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Full text of "Reseña histórico-descriptiva de antiguas y modernas supersticiones del Río de la Plata"

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SITEHSTICIONES 


DEL 


RIO    DE    LA    PLATA 


RESEÑA 


HISTÓRICO- DESCRIPTIVA 

DE 

ANTIGUAS  Y  MODERNAS 


SUPETtSUCIOXES 


JDEL 


RIO    DE    LA   PLATA 


POR 


D.  DAXIKL  GRANADA 


MONTEVIDEO: 
A.  BAKUEIUO  Y  RAMOS,  Editor, 

355,   C.VLLK  2.)   DK   Mayo,  355. 

1896. 

V.»    |iro|ii «Miad. 


— — p-N 


18  9^ 


Imprenta  Artística,  de  Djrualoche  y  Royes,  18  de  Julio  77  y  79. 

MONTEVI  DKO.  « 


INTRODUCCIÓN. 


SiTMARio.  —  Las  cosas  nimias  en  la  filosofía  y  en  la  historia.— Las  alnci- 
naciones  de  la  mente  y  las  diversas  formas  de  mafjnetismo:  maj^ia 
y  dcncia  oculta.  —  Dispersión  y  mezcla  informe  de  elementos  tra- 
dicionales. —  Restauración  de  mitos  y  leyendas.  —  Modernos  estu- 
dios del  folk-lore.  —  Literatura  y  sistemas  literarios.  —  Condénase 
el  realismo.  —  Fuerzas  ó  leyes  del  mundo  físico:  espiritualízalas 
la  misma  ciencia  experimental.  —  El  positivismo:  cómo  invade  y  este- 
riliza la  vida.— Combátese  la  indiferencia  en  el  arte. — Literatura  lla- 
mada criolla:  sus  defectos. —Belleza  en  las  obras  literarias.  —  Cri- 
terio espiritualista.  —  Utilidad  de  los  estudios  tradicionales  en  el  arte. 
—  Benevolencia  en  la  censura  de  supersticiones  y  errores  comunes. 


Nada  liay  inútil,  para  el  historiador  y  el  filosofo,  de 
cuanto  el  vulgo  conserva  tradicionalniente  en  hábitos  y 
creencias.  El  observador  hallará,  entre  unas  y  otros,  cosas 
que  mueven  á  risa  y  aun  á  lástima,  por  la  simplicidad  6 
ignorancia  de  quien  las  ejecuta  ó  tiene  por  ciertas.  Con 
todo,  algún  interés  han  de  ofrecer  y  utilidad  para  el  más 
cabal  estudio  y  conocimiento  de  la  condición  hiunana,  de 
sus  inclinaciones  v  tendencias,  de  la  vida  íntima  de  las  so- 
ci edades  en  el  tiempo  y  en  el  espacio.  Ya  se  trate  de  me- 
ras ilusiones  de  los  sentidos  y  de  la  mente,  ya  de  juicios 
deducidos  de  falsas  premisas,  ya  de  fenómenos  sorpren- 
dentes, pretei'natnrales,  cuya  manera  de  engendrarse  per- 
manece oculta  aún  al  hombre,  que  los  contempla  ofuscado, 
atribuyí^ndolos  á  recóndita  acción   misteriosa  de  inteligen- 


VI  INTRODUCCIÓN. 

eias  6  potestades  superiores  al  movimiento  y  obrar  nece- 
sario del  orden  físico,  importa  mucho  sacarlos  á  plaza. 
Puede  hoy  emprender  llanamente  y  sin  rebozo  una  tarea 
semejante  el  más  encopetado  de  los  historiadores  ó  de  los 
sociólogos.  Muy  poco  enterado  estará  de  lo  que  hacen  y 
escriben  muchos  hombres  de  ciencia  en  París,  Londres, 
Berlín  y  otros  grandes  centros  del  saber,  quien  al  presente 
intentare  aplicar  al  pie  de  la  letra  la  advertencia  que  encie- 
rran aquellos  versos  de  antaño  : 

Las  cosas  de  admiración 
Xo  las  digas  ni  las  cuentes; 
Que  no  saben  todas  gentes 
Cuáles  son  (i). 

Pocas  serán  hoy  las  personas  que  ignoren  cuánto  inte- 
rés despiertan  en  nuestros  días  los  estudios  que  se  refieren 
á  las  alucinaciones  de  la  mente.  Los  presentimientos,  las 
apariciones,  los  anuncios  que  nacen  (al  parecer)  espon- 
táneamente en  el  alma  y  otras  alucinaciones  ó  fenómenos 
psíquicos  de  la  propia  índole,  que  los  cuerpos  científicos  no 
pueden  admitir  como  representativos  de  cosas  reales,  ocu- 
pan actualmente  el  entendimiento  y  la  pluma  de  fisiólogos, 
médicos,  físicos,  filósofos  y  hombres  de  letras,  en  el  Anti- 
guo y  en  el  Xuevo  Mundo.  Distínguense  principalmente 
en  este  género  de  estudios  los  ingleses  y  los  franceses, 
quienes,  para  dar  mayor  amplitud  á  sus  tareas,  han  plan- 
teado asociaciones  y  periódicos  especialmente  dedicados  á 
ventilar  cuestiones  psico- físicas  graduadas  de  preternatura- 
les. Enlázanse  tales  materias,  en  multitud  de  casos,  real  ó 

il)    Cantar  anónimo.  Cuáles  son:  cómo  son. 


INTRODL'CCIOX.  Vil 


aparentemente,  á  diversos  fenómenos  peculiares  del  maccne- 
tismo  nnimal,  del  hipnotismo,  del  espiritismo  (en  lo  que 
tiene  de  cierto ),  de  la  sugestión  mental  ó  de  la  auto-suges- 
tión, de  la  llamada  fascinación,  etc.;  los  cuales,  á  su  vez, 
tienen  mucha  similitud  y  notoria  correspondencia  con  las 
doctrinas  y  prácticas  de  la  magia  y  de  la  titulada  ciencia 
oculta  de  la  India  y  del  Egipto,  tan  de  moda  en  nuestros 
días.  El  hombre  de  ciencia  que  por  medio  de  experimentos 
trata  de  estudiar  la  naturaleza  y  efectos  de  las  diversas  ma- 
nifestaciones á  que  se  presta  el  magnetismo  animal,  hallai'á, 
pues,  en  las  fuentes  de  la  tradición  de  que  el  vulgo  con- 
serva rastros  en  hábitos  é  ideas,  tal  cual  dato  que  le  con- 
duzca á  esclarecer  nociones  no  bien  determinadas. 

Las  tradiciones  populares,  en  nuestros  tiempos  de  obser- 
vación científica,  van  desapareciendo  con  mayor  rapidez 
que  nunca  de  la  memoria  de  las  gentes.  De  ahí  nace  que 
con  frecuencia  se  confundan  y  trabuquen  los  hechos  y  cir- 
cunstancias que  concurrieron  originariamente  á  constituir 
un  mito.  Teniendo  esto  presente,  no  le  tomará  á  uno  de 
sorpresa  el  hallar  diversificado  el  origen  y  pormenores,  y 
hasta  el  sentido,  de  una  leyenda,  enlazada  tal  vez  á  hechos 
históricos  ó  sociales,  ó  al  modo  que  tuvo  el  entendimiento 
humano  de  comprender  ó  de  explicarse  los  fenómenos  de 
la  naturaleza  que  sorprendieran  la  inocencia  del  hombre 
primitivo.  La  mano  del  hombre  y  la  acción  continua  de 
los  elementos  van  con  el  tiempo  modificando  y  dispersando 
los  variados  y  numerosos  restos  de  un  palacio  abandonado. 
Las  losas  de  un  pavimento  concurrieron  á  formar  una  ta- 
pia, los  pilares  de  una  galería  hacen  el  oficio  de  mojones 
en  la  línea  divií^oria  de  dos  heredades,  y  en  la  pihi  del  ora- 
torio beben  agua  limi)ia  y  fresca  las  gallinas  de  un   corral 


Vni  INTRODUCCIÓN. 

de  la  vecindad.  Reconstruir  el  edificio  con  los  mismos  ma- 
teriales de  que  estaba  formado,  sólo  un  loco  podría  inten- 
tarlo :  los  chapiteles  de  las  columnas,  deshechos  y  mezcla- 
dos con  otros  escombros,  han  ido  á  cegar  un  pozo  que  no 
prestaba  ningún  servicio.  Mas  el  hombre  observador  quiere 
conocer  las  reglas  arquitectónicas  á  que  obedecía  un  edi- 
ficio característico  de  la  época  en  que  fué  levantado,  y 
busca  y  trata  de  reunir  los  restos  dispersos  de  los  mate- 
riales empleados  en  él.  El  viajero  que  visita  los  derruidos 
pueblos  de  las  Misiones  del  Paraná  y  Uruguay,  indaga  con 
ansiedad  si  por  acaso  se  halla  alguna  reliquia  que  conserve 
la  memoria  tangible  de  los  tiempos  heroicos  de  los  imper- 
térritos soldados  que  militaban  bajo  la  ensena  de  Ignacio 
de  Loyola.  Los  vecinos  de  Cayastá  sacan  entre  la  reja  del 
arado  v  2:uardan  con  estimación  diversos  utensilios  de  hie- 
rro  y  de  peltre  que  los  conquistadores  que  acaudillara 
D.  Juan  de  Garay,  acosados  por  los  indios,  dejaron  allí  per- 
didos, al  trasladarse  precipitadamente,  y  quizás  de  noche, 
al  punto  en  que  ahora  se  yergue  la  esbelta  capital  argen- 
tina de  la  provincia  de  Santafé. 

Lo  propio  que  en  los  derruidos  edificios  y  pueblos,  su- 
cede en  los  extinguidos  organismos  sociales,  cuyas  ruinas 
forman  la  tradición  que  el  vulgo  conserva  diversificada  en 
leyendas,  mitos,  cuentos,  aprensiones  y  creencias  supersti- 
ciosas de  toda  laya.  Los  objetos  materiales  curiosos  que 
nos  dejaron  las  generaciones  precedentes  van  á  parar  á  los 
museos.  Los  restos  que  de  tales  generaciones  han  quedado 
incorporados  á  las  costumbres,  ideas  y  aficiones  particula- 
res de  cada  nación  ó  de  cada  pueblo,  tienen  oportuna  ca- 
bida en  los  archivos  de  la  historia,  museos  del  mundo  mo- 
ral que  ávidamente  escudriña  el  hombre  observador  y  de 


INTRODUCCIÓN.  IX 


ciencia.  Los  modernos  estudios  del  folk -I ore ^^\  que  tanto 
favor  alcanzan  en  los  centros  de  mayor  cultura,  se  propo- 
nen recoger  las  tradicioneshistóricas,  cosmogónicas  y  gentí- 
licas conservadas  en  la  mente  vulgar  y  en  hábitos  y  costum- 
bres, sin  despreciar  las  más  pueriles  aficiones  y  ridículos 
entretenimientos  de  la  gente  sencilla,  niños  y  viejos.  Junta 
y  almacena  ú  folJdorida  (que  así  titulan  á  este  nuevo  rebus- 
cador de  cosas  viejas)  cuantas  curiosidades  y  rarezas  halla 
en  el  seno  de  la  sociedad  actual,  ofreciendo  á  la  conside- 
ración de  los  eruditos  multitud  de  pormenores  y,  digámoslo 
así,  desperdicios  dejados  en  el  campo  de  la  observación 
por  la  pluma  grave  del  historiador  y  el  sociólogo.  Los  es- 
tudios del  folh-lore  (que  comprenden  las  supersticiones 
hoy  reinantes  aún)  y  los  de  la  magia  y  ciencia  oculta  de 
asiáticos  y  africanos,  hermanados  con  fenómenos  ciertos  del 
magnetismo  en  sus  formas  diversas,  coinciden  frecuente- 
mente en  puntos  esenciales,  influyendo  en  las  aficiones  de 
los  pueblos.  La  literatura,  expresión,  como  dicen,  de  la 
sociedad,  necesariamente  ha  de  experimentar,  según  ya  se 
viene  observando,  el  efecto  de  tales  fermentos  ^"-^.  El  hom- 
bre, por  su  natural  propensión,  se  presta  á  recibir  con  faci- 
lidad esa  influencia.  Tiende  el  hombre,  en  cualquier  estado 
de  cultui-a,  á  desprenderse  del  campo  de  la  realidad,  el  cual 


(1)  El  eriuÜto  paremiólogo  I).  Josó  María  Sl)ail)¡  censura  con 
justicia  la  introducción  en  nuestra  lenj^ua  de  la  voz  inglesa  fhlk-lore 
(folk:  vnljío;  lorc :  leer»,  sustituyéndola  con  la  expresión:  saber  tra- 
dicional popular,  en  mi  artículo  de  su  .V'>//o7/"fl/*/a  sobre  los  Refranes^ 
A'Jafjios  ¡I  Proverbios  Castellanos,  premiada  por  la  Biblioteca  Xacional. 
Madrid.  1^01. 

(2)  ManiKéstanlo  singularmente  en  el  numdo  literario,  por  lo  que 
al  habla  española  respecta,  La  Buena  Fama,  El  Hechicero  y  El  Bcr- 
mejino  Prehistórico  recientemente  publicados  por  D.  Juan  Valera. 


INTRODUCCIÓN. 


no  satisface  plenamente  la  alta  ambición  de  su  espíritu, 
que  busca  en  fuentes  superiores  el  origen  y  las  causas  de 
los  hechos  y  fenómenos  del  mundo  físico  (ó  del  psico- 
físico),  que  le  confunden,  que  suspenden  sus  sentidos  con 
mucha  frecuencia. 

El  realismo  ó  naturalismo,  que  intentaran  alzarse  con  la 
soberanía  en  el  mundo  del  arte,  van  perdiendo  actualmente 
á  las  claras  su  influencia  y  gloria  efímeras.  La  belleza, 
íntimamente  hermanada  á  la  verdad  y  al  bien,  con  quienes 
se  unifica  su  esencia  en  la  alta  esfera  de  lo  absoluto,  á  que 
responden  las  inspiraciones  del  genio,  comunica  nuevas 
formas  esplendorosas  á  la  vida  y  movimiento  del  mundo 
físico  y  del  moral.  Allí,  en  el  espacio  ilimitado  que  ofrece, 
despliega  sus  valientes  alas  el  entusiasmo  creador,  y  hasta 
profetico,  que  engendra  los  cantos  de  Homero,  del  Dante, 
de  Camoens,  las  cartas  y  relaciones  de  Colón,  la  novela 
satírico  -  caballeresca  de  Cervantes,  el  teatro  de  Shakes- 
peare y  de  Calderón,  la  poesía  lírica  de  Schiller,  de  La- 
martine, de  Víctor  Hugo.  Late  ahjo  de  teurgia,  dice  un 
orador  ilustre,  en  las  intuiciones  de  la  mente  inspirada : 
centellean  todas  con  relampagueos  de  milagro.  Así  las 
apoteosis  de  los  tiempos  antiguos  vuelven,  los  semidíoses 
resurgen,  y  el  cariño  d  los  hombres  superiores  concluye 
por  teñirse  con  los  arrobos  del  culto  ^^\ 

Poco  ó  casi  nada  es  ya,  á  los  ojos  del  físico,  la  materia, 
como  principio  activo.  Mayor  es  el  prestigio  de  que  gozan, 
en  el  orden  y  movimiento  de  la  naturaleza,  las  leyes  que 
informan  los  fenómenos  de  la  vida  en  el  universo.  La  teo- 


(Ij    D.  Emilio  Castelar,  Discurso  en  la  Real  Academia   Española, 
en  contestación  al  de  D.  José  Echcgaray. 


INTRODUCCIOX.  XI 

ría  de  la  unidad  de  las  fuerzas,  cuyos  diversos  modos  de 
acondicionarse,  segíin  la  intensidad  y  la  dirección  de  sus 
movimientos,  engendran  el  calor  y  la  luz,  la  electricidad 
y  el  magnetismo,  la  atracción  universal  y  la  afinidad  quí- 
mica, las  impresiones  que  los  cuerpos  causan  en  los  sentidos, 
en  suma,  cuantas  formas  y  cualidades  ó  estados  presentan 
los  objetos,  elevase  necesariamente  á  la  ]nn'a  esfera  de  las 
ideas,  desde  donde  el  espíritu  columbra  y  escudriña  los 
resortes  impalpables  de  la  máquina  del  mundo.  La  ciencia, 
partiendo  de  la  observación  de  la  naturaleza  corpórea,  llega 
casi  á  las  plantas  del  Creador.  Y  si  la  ciencia  asciende  fa- 
talmente hacia  la  idea  de  Dios,  el  arte  pide  más :  le  nece- 
sita. Sin  el  concepto  de  la  divinidad,  sin  el  concepto  del 
mundo  moral,  el  concepto  del  arte  desaparece.  «  La  natu- 
raleza no  sería  otra  cosa  que  una  inmensa  máquina,  si  se 
suprimiese  de  ella  lo  sobrenatural,  lo  ideal.  Con  semejante 
naturaleza,  la  poesía  y  el  arte  están  de  más.  ^  ^^^ 

El  materialismo,  ó  sea  el  positivismo  (que  en  resumidas 
cuentas  viene  á  ser  una  misma  cosa  y  á  producir  el  mismo 
efecto  en  el  orden  moral),  ha  tratado  de  incrustarse,  y  no 
sin  eficacia,  en  el  seno  de  las  sociedades  americanas.  A  la 
par  con  esta  calamidad,  hállase  por  demás  bastardeado  el 
campo  de  la  [)()Htica,  cuya^  nnlltiples  ramas  se  extenúan  y 
deforman,  con  grave  daño  de  his  gentes.  Adelantando  sus 
raíces  el  fomes  del  pudi'iniicnto,  estrechase  más  y  más  el 
círculo  ya  de  suyo  tan  estrecho  del  egoísmo  desconíiado  y 
receloso,  abátese  el  ánimo,  esterilízase  el  ingenio  y  sfcmse 
las  fuentes  del  entusiasmo.  I^sta  dohMUMa  es  universal.  Así 
se  advierte  hai'ta  escasez  do  frutos  es})()ntáneos  en  el  orbe 

(1)    Víctor  (l(^  F/iprado,  Íj'  Srnfimrnf  (Ir  laXnfurc  rhrx  les  Mídcrncs, 


XII  INTRODUCCIÓN. 


literario.  Fuera  de  los  inventos  y  adelantos  de  las  ciencias 
físicas  Y  déla  industria,  cuyo  número  y  grandeza  nos  va  qui- 
tando el  habito  de  asombrarnos  de  cosa  alguna  que  nos 
anuncien,  por  estupenda  que  sea  en  realidad,  el  pensamiento 
humano  se  haUa  como  suspenso  ante  la  inminencia  y  rumor 
sordo  y  alarmante  de  profundos  trastornos  en  orden  social. 
Ciertamente  la  situación  política  y  económica  de  los  pue- 
blos europeos  y  americanos,  por  causas  más  ó  menos  seme- 
jantes, llama  y  concentra  la  atención  de  los  hombres  pen- 
sadores en  las  cosas  que  más  inmediatamente  interesan  á 
la  vida  civil:  poco  dispuesto  se  halla  el  ánimo  á  expandirse 
en  ambientes  halagadores  que  no  están  en  consonancia  con 
el  aspecto  borrascoso  y  lúgubre  del  horizonte. 

Entretanto  hase  visto  crecer  y  diseminarse  en  todas  par- 
tes la  planta  espinosa  y  mefítica  del  realismo,  que  importa 
la  extinción  de  todo  ideal  en  la  vida  y  en  el  arte.  Mas  en 
vano  ha  intentado  acabar  con  el  fuego  sagrado  y  perenne 
de  las  ilusiones,  en  que  tanto  se  goza  el  hombre  y  á  favor 
de  las  cuales  eleva  el  ánimo  y  el  entendimiento  á  grandes 
cosas.  En  torno  de  las  taperas  y  de  los  ranchos  (que 
ofrecen  á  nuestra  mente  la  ima«:en  de  o;eneraciones  muer- 
tas  ó  moribundas)  nacen  abrojos,  cardos,  cicuta  y  otras 
plantas  análogas,  que  lastiman  y  envenenan.  Tal  levanta 
su  cabeza  el  realismo  en  el  campo  de  la  poesía  y  del  arte. 
Los  frutos  que  produce  están  erizados  de  espinas  y  contie- 
nen sustancias  nocivas :  hieren  el  alma  y  degradan  al  hom- 
bre. Florece;  pero  con  pálidas  flores  privadas  de  gracia  y 
perfume:  flores  que  se  cultivan  en  agria  tierra,  la  que  no 
les  ofrece  otro  alimento  que  las  hojas  caídas  del  árbol  de 
la  esperanza. 

No  son,  por  tanto,  cosas  vanas,  ni,  para  el  Bio  de  la 


INTRODUCCIÓN.  XIII 

Plata,  forasteras  y  despreciables,  como  quiere  que  lo  sean 
un  distinguido  escritor  argentino ^^,  los  sistemas  litera- 
rios que  han  divididu  á  poetas  y  artistas.  Todo  pueblo 
que  constituye  una  nacionalidad  es  un  factor  que,  en  su 
esfera  y  condiciones,  actúa  más  ó  menos  poderosamente  en 
el  concierto  de  las  naciones  á  que  está  incorporado  por  sus 
vínculos  y  estirpe.  Las  relaciones  políticas  y  comerciales 
yuxtaponen  á  los  pueblos ;  mas  las  étnicas  é  históricas  los 
hermanan  fatalmente:  aquéllas  dependen  de  la  voluntad; 
éstas  son  necesarias,  ni  pueden  deshacerse  con  leyes  ni  con 
tratados.  Las  naciones  menos  poderosas,  así  vinculadas, 
reciben  su  influencia  de  las  más  grandes,  que  les  comuni- 
can sus  ideas,  buenas  6  malas.  Y  aquí  entra  la  labor  del 
crítico  y  del  publicista.  Las  cosas  malas  hay  que  repug- 
narlas á  todo  trance,  á  fin  de  atenuar,  ya  que  no  sea  posi- 
ble extinguir,  sus  efectos  dentro  de  casa.  Los  sistemas  li- 
terarios^ que  pueden  ser  buenos  ó  malos,  importan  grande- 
mente á  la  vida  íntima  de  una  nación,  como  que  las  ideas 
y  afectos  de  los  hombres  individualmente  y  el  colectivo 
pensar  y  sentir  de  las  sociedades  son  el  fermento  interior 
que  ha  de  producir  á  la  larga  su  felicidad  ó  su  desgracia. 
El  realismo  es  un  sistema  pernicioso,  y  en  donde  causa 
mayores  males  es  precisamente  en  aquellos  países  en  que 
la  literatura  está  en  la  infancia.  Sus  cultivadores,  habi- 
tuándo:?e  á  no  despegarse  del  terreno  material  en  (pie  tu- 
rnan los  asuntos  de  sus  composiciones,  acaban  por  perder 
toda  noción  verdadera  de  la  belleza  artística.  El  pueblo, 
á  fuer  de  inculto,  se  aficiona   fácihnente  á  toda  lectura  ó 


(1)     D.  Junn  Antonio  Ar<:;:er¡cli  en  v\  prólogo  ;í   la    sección    argen- 
tina (le  la  Ainñica  Lucraría. 


XIV  INTIíODUCCIüX. 

espectáculo  que  le  ofrezca  una  representación  descarnada 
de  los  episodios  más  detestables  de  la  vida  civil.  La  casta 
diosa  de  la  l)elleza  parece  como  que  se  oculta  avergonzada, 
abandonando  el  florido  campo  de  sus  legítimos  triunfos, 
que  sólo  ella  debiera  llenar  con  sus  brillantes  resplandores. 
Entonces  desenfadadamente  aparecen  y  se  ganan  el  favor 
popular  multitud  de  engendros  literarios,  que  avergüenzan : 
descarnadas  pinturas  de  la  vida  privada,  en  que  naufragan 
juntamente  la  virtud  y  la  inocencia,  el  buen  gusto  del  au- 
tor y  la  cultura  de  los  lectores.  Pueden  muy  bien  compa- 
rarse con  los  yuyales,  que  invaden  las  tierras  labrantías 
abandonadas  por  la  mano  del  cultivador,  ó  los  bañados,  ane- 
gadizos y  otros  lugares  bajos  de  los  campos  de  pastoreo. 
Al  lado  de  los  engendros  del  realismo,  brotan  otros  frutos 
sin  belleza.  Feas  y  repugnantes  son  las  relaciones  de  críme- 
nes y  las  vidas  de  gauchos  vagabundos  borrachos  y  asesi- 
nos, con  formas  y  pretensiones  de  novela.  Sin  embargo  las 
composiciones  gauchescas,  así  como  los  que  han  dado  en 
llamar  dramas  criollos,  aunque  desposeídos  de  las  condicio- 
nes que  indispensablemente  pide  el  arte,  no  dan  siquiera  con- 
tra los  principios  morales  en  que  descansan  las  sociedades. 
Ki  son  obras  propiamente  literarias,  ni  sus  autores  intentan 
presentarlas  como  tales  ante  el  tribunal  de  la  crítica.  Inspí- 
ralas generalmente  el  amor  al  suelo  nativo,  y  dan  idea  de 
lo  que  es  el  ])aisano  y  de  su  manera  de  expresarse  ^^\  Es 
detestable,  empero,  la  representación  de  los  dramas  crio- 
llos, en  circíos,  bajo  un  toldo,  por  hombres  vulgares :  espec- 
táculo por  demás  grotesco. 


(1)    El  Martín  Fierro  por  D.   José  Hei'Jiández  es  la  obra  maestra 
en  el  género  de  composiciones  gauchescas. 


INTRODUCCIÓN.  XV 

No  ya  en  lenguaje  <janclic>^co,  como  las  composiciones 
(le  este  genero  y  los  dramas  criollos,  sino  en  lenguaje 
corriente,  escribió  la  fácil,  cuanto  incorrecta,  pluma  de 
D.  Eduardo  Gutiérrez  su  celebrado  Juan  MoreWa,  y  otras 
relaciones  en  prosa  de  la  vida  asendereada,  criminosa  y 
triste  del  paisano.  ¿Entrarán  estos  escritos  en  el  movi- 
miento literario  de  una  ilación,  cuyos  frutos  piden  la  obser- 
vancia de  las  condiciones  de  toda  obra  perteneciente  á  los 
dominios  del  arte  ?  Los  escritos  de  Gutiérrez  ¿  son  una 
novela?  Nada  menos  que  eso:  ninguna  de  las  condiciones 
intrínsecas  de  la  novela  reúnen.  ¿  Una  historia  ?  la  histo- 
ria de  la  vida  asendereada  y  vagabunda  de  este  y  de  aquel 
gaucho  i)endenciero?  Ni  responden  á  la  forma  histórica 
(pues  tienen  apariencias  de  novela),  ni  en  ellas  se  describe 
y  caracteriza  una  época  ó  un  as^iecto  particular  de  la  vida 
de  una  nación  en  sus  ejemplares  individuales  más  señalados 
que  representen  convenientemente  el  conjunto  colectivo  "^^^ 
Las  obras  de  Gutiérrez  no  pertenecen  á  ningún  género 
literario,  si  bien  con  todos  los  elementos  que  se  hallan  dise- 
minados en  ellas  pudo  haber  creado  un  tipo  que  represen- 
tase la  índole,  carácter,  condiciones,  hábitos,  excelencias  v 
defectos  peculiares  del  paisano,  del  f/aúcho,  conuniicándole 
una  acción  (en  novela  ó  cu  drama)  en  que  se  manifestase 
ampliamente  su  2)ersonalida(l.  El  asunto  sería  tanto  más 
apreciable  el  día  de  hoy,  cuanto  los  usos  y  costumbres 
exóticas,  no  siempre  mejores,  van  modificando  á  toda  ¡)r¡sa 
las  que  eran  ])ro])ins  del  ]^nisano  rioplatense. 


(1)  I).  Doiningo  F.  Sarinaiito,  \x\v  ejomplo,  v\\  su  iH>pular  /«- 
cu)idu,  ahra/.a  ó  pinta  con  vivo  coloiitlo  un  iH?n'oilo  tuihult'nto  y  dosiis- 
troso  i\v  la  Artrentina. 


XVI  INTRODUCCIÓN. 

El  artista,  para  que  lo  sea  de  le}^  para  que  tenga  legí- 
tima entrada  por  sus  méritos  en  el  templo  de  la  fama,  con- 
templará el  inmenso  y  variado  cuadro  de  la  naturaleza, 
observando  y  escudriñando,  con  elevado  y  libre  espíritu,  el 
continuo  movimiento  y  evolución  de  las  fuerzas  que  la  in- 
forman, los  fenómenos  extraordinarios  con  que  sorprende 
nuestro  ánimo,  el  revolver  y  batallar  de  los  elementos  que 
entraña,  cuando  buscan  el  equilibrio  y  la  armonía  á  que 
responden ;  contemplará  y  observará  de  la  propia  manera 
la  vida  del  hombre  y  de  las  sociedades  humanas  en  el 
tiempo  y  en  el  espacio ;  lo  inquirirá  todo  y  se  penetrará  de 
todo,  pero  sin  apartar  entretanto  los  ojos  del  altar  de  la  be- 
lleza, y  quien  dice  de  la  belleza,  dice  de  la  verdad,  dice  del 
bien,  que  son  esencialmente  una  cosa  misma,  tres  modos 
de  manifestarse  la  causa  absoluta  y  soberana  del  uni- 
verso. 

Las  disposiciones  estéticas,  digámoslo  así,  de  la  gente 
castiza  rioplatense  son  favorables  á  las  creaciones  legítimas 
del  arte.  Pero  si,  en  lugar  de  ofrecerle  en  composiciones 
literarias  los  sanos  perfumes  poéticos  que  el  buen  gusto 
canoniza,  se  le  acostumbra  á  entretenerse  en  ridiculas  vul- 
garidades y  en  repugnantes  escenas  feroces,  cuyos  actores 
han  ido  á  parar  por  sus  cabales  á  la  penitenciaría,  y  eso 
merced  á  un  falso  sentimentalismo  que  los  libró  de  la  pena 
de  muerte  á  que  los  condenara  su  delito,  acabará  por  de- 
sechar lo  verdaderamente  bello  y  delicado.  Y  esto  es  cosa 
natural.  La  masa  del  pueblo,  á  fuer  de  inculta,  propende 
naturalmente  á  lo  grotesco.  El  salvaje  de  la  Pampa,  del 
Uruguay,  de  la  Patagonia  preferían  la  carne  de  yegua, 
condimentada  con  la  grasa  hedionda  del  ñandú,  á  los  man- 
jares más  exquisitos  de  nuestras  mesas. 


INTRODUCCIOX.  XVri 


Ni  es  necesario  que  un  escrito  sea  propiamente  literario, 
para  que  reúna  las  condiciones  que  pide  el  arte.  Obras 
hay  que,  sin  que  tengan  nada  de  artísticas  en  su  forma, 
sin  ser  novelas,  ni  dramas,  ni  poemas,  épicos  ó  líricos,  pre- 
sentan en  sus  páginas  el  resplandor  de  la  belleza.  Los  fru- 
tos del  realismo,  negados  á  la  belleza  moral,  no  pueden 
presentarle.  Tampoco  la  misei'able  vida  aperreada  de  un 
bandido.  Xo  hay  talento  que  baste  á  suplir  la  pobreza  de 
asuntos  empequeñecidos  en  la  corta  esfera  de  la  vida  ma- 
terial. Pero  el  gusto  del  arte  legítimo  embellece  la  vida, 
aun  en  los  desiertos,  en  las  tolderías  del  indio  salvaje,  en 
las  luchas  horrorosas  del  bárbaro  con  el  cristiano'^'. 

El  criterio  es])i ritualista,  como  se  apoya  en  la  persona- 
lidad humana,  (pie  el  materiahsmo  de¿cunoce  y  niega, 
tiende  necesariamente  hacia  un  ¡dcal,  en  alas  de  la  activi- 
dad Ubre  del  inspirado  adoi'ador  de  lo  bello  en  la  natura- 
leza, en  l<i  vida  y  en  el  mundo  moral,  que  es  su  centro. 
En  el  campo  estrecho  del  realismo  vemos  imperar  como 
criterio  el  fuego  de  las  emociones  nerviosas,  exclusivamente 
vinculadas  á  la  naturaleza  material-'l 


(1)  SeMaladnnuMito  \o  (Icinue-traii  la  K.mursiñn  ii  los  Indios:  línn- 
quclcs  por  I).  Lucio  V.  Mansilla.  y  (allnnuni,  lírlmú  y  Painr  por 
D.  Eslaiiislai)  S.  Z('))allos.  A  po-ar  de  (luo  su  objeto  es  relatar  el 
estado  en  (jiie  se  hallaron  la  Pampa  y  comarcas  circunvecinas  cuando 
los  indios  bárbaros,  que  hace  pocos  anos  las  enseñoreal)an,  mantenían 
una  líuerra  iíorrii)lemente  feroz  é  implacal)ie  con  los  cri>lianos,  olreivn 
gratísinjo  esparcimiento  al  ánimo  y  le  elevan.  VA  a>unto  no  es  lite- 
rario; pero  el  buen  «?usto  de  acpiellos  autores  le  ha  revestido  de  for- 
mas bellas.  He  ahí  cómo  la  naturaleza  y  la  vida,  aun  en  lo  ipie  apiña 
y  horroriza,  ofrecen  materiales  de  buena  ley  al  arte. 

(2)  «La  libi'rtaíl  (jue  el  arte  conquistara  ante  la  autoridad  rejij^iosa, 
va  ahora  lí  perderla  ante  el  escabel  de  la  ciencia  fí>¡ca,  Kl  alma 
humana,   objeto   único   del    arte  en    las    mayores  épocUí-  de  grandeza 


XVIII  INTRODUCCIÓN. 

El  criterio  espiritualista  repugna  toda  autoridad  coerci- 
tiva. Condena  el  materialismo ;  pero  no  le  aherroja.  Ni 
desconoce  la  conveniencia  de  la  oposición  de  elementos, 
inherente  á  toda  transformación,  á  todo  progreso  en  el 
orden  físico  v  en  el  moral.  Y,  precisamente,  porque  la 
crítica  espiritualista  proclama  el  principio  de  la  libre 
actividad  como  garantía  y  condición  necesaria  del  arte, 
condición  sin  la  cual  el  arte  se  desenvuelve  sofisticado  y 
da  frutos  ilegítimos,  por  eso  analiza  con  esmero  los  que 
brotan  del  seno  de  la  época  en  que  actúa,  repudiándolos,  si 
son  malsanos,  y  señalando  los  vicios  del  sistema  á  que  obe- 
decen. 

Así  como  el  historiador  y  el  sociólogo  utilizan  el  sentido 
simbólico  de  los  mitos  en  las  leyendas  populares  y  las  me- 
nudencias y  puerihdades  del  folk-lore,  para  rastrear  el  ori- 
gen y  seguir  el  rumbo  de  los  sucesos  y  comunicar  mayor 
apoyo  y  certidumbre  á  las  conclusiones  y  juicios  que  for- 
mulan; de  la  propia  manera  el  poeta,  el  novelista,  el  pintor, 
el  escultor,  en  suma,  el  literato  y  el  artista  (que  necesaria- 
mente han  de  conocer  á  fondo  el  modo  de  obrar,  sentir  y 
pensar  de  la  sociedad  en  que  viven,  á  fin  de  no  equivocarse 
con  respecto  al  móvil,  frecuentemente  complejo,  que  im- 
pulsa el  hombre  á  proceder  en  la  vida)  acudirán,  si  quie- 
ren dar  colorido  local  á  sus  obras,  á  aquellas  turbias,  pero 
indígenas,  fuentes    tradicionales,  en  busca  de    elementos 


clásica,  cede  su  primacía  á  la  naturaleza.»  (Víctor  de  Laprade,  Essais 
de  Critique  Idealista. )  Un  profundo  pensador  y  eximio  literato,  D.  An- 
tonio ("ánovas  del  Castillo,  hablando  de  la  libertad  y  el  progreso, 
formula,  con  alusión  al  positivismo,  este  pensamiento  tan  exacto:  ^<  á 
la  larga  deja  de  estar  en  la  vida  cuanto  en  la  ciencia  falta. »  (Pro- 
blemas Contemporáneos. ) 


\ 


INTHODÜCCIOX.  XIX 

apropiados  á  su  objeto.  T/a  presente  Reseña  HlM rico- 
Descriptiva,  harto  iinperfectíi  sin  duda,  no  importa  otra 
cosa  que  abrir  el  camino  á  esta  clase  de  estudios  en  el  llío 
de  la  Plata.  Le  ha  parecido  al  autor  «pie  los  datos  diver- 
sos que  por  vía  de  entretenimiento  había  ido  recogiendo 
de  la  boca  del  vulgo,  no  debía  relegarlos  al  desierto  del  ol- 
vido, adonde  precipitadamente  se  encaminan  ideas  vetustas, 
creencias  supersticiosas  y  costumbres  que  el  hombre  escu- 
driñador aún  con  facilidad  desentierra  de  entre  las  ínfimas 
capas  que  forman  la  masa  social,  señaladamente  la  que 
está  desparramada  en  los  campos. 

El  célebre  benedictino  Fray  Benito  Jerónimo  Feijoo  y 
Montenegro  pugnó,  en  el  siglo  decimoctavo,  por  romper  la 
densa  niebla  de  supersticiones  y  comunes  errores  en  que 
estaba  envuelto  el  suelo  ibérico.  Los  resplandores  de  su 
doctrina,  clara,  aguda  y  elocuente,  alcanzaron  con  facilidad 
á  las  colonias  españolas  del  Nuevo  Mundo.  VA  peruano 
D.  Pedro  de  Peralta  Barnuevo,  que  era  un  portento  de 
erudición,  elevóle  sobre  el  pedestal  de  los  héroes  en  las  oc- 
tavas de  su  poema  Lima  P'nndada.  Diclio  se  está  que  el 
autor  de  la  presente  Reseña  no  pretende  seguir  las  huellas 
del  ilustre  autor  del  Teatro  Crítico  y  (le  las  Cartas  Ern- 
ditas.  Indicado  (pieda  ya  su  objeto.  Mas  eso  no  (juita  (pie, 
de  pasada,  haga  tal  cual  ve/  alguna  ligera  censura,  si  cen- 
suras pueden  llamarse  esas  observaciones  im[)ensadas,  acaso 
festivas,  que  el  relato  de  un  hecho  curioso  suele  sugerir  al 
que  habla  ó  escribe.  Toda  superstición,  toda  creencia  erró- 
nea procede  del  entendimiento,  no  de  la  voluntad:  que  nadie 
quiíM'e  hacerse  nial  á  >í  mismo.  Aun  los  má^  claros  entendi- 
mientos, los  h(>ml)res  íle  genio,  han  rendido  tributo  á  esta 
ó  á  aquella  preocupación  que  por  causas  singulares  ha  lie- 


XX  IXTRODUCCIOX. 


gado  á  ecliar  raíces  en  su  espíritu.  El  poderoso  influjo  de 
la  tradición,  que  tan  avasallados  tiene  en  general  los 
afectos  humanos,  rodea  el  ánimo  de  una  penumbra  que  no 
todos  se  atreven  á  romper  ex  abrupto.  ¿Quién  no  tiene  al- 
gún flaco?  El  que  crea  que  no  tiene  ninguno,  comete  una 
inocentada :  esa  creencia  es  su  flaco.  Por  otra  parte,  lo  que 
para  unos  es  una  idea  muy  acertada  y  luminosa,  para  otros 
es  un  desproposito,  una  locura.  El  hidalgo  Don  Cleofas, 
al  ver  tanta  diversidad  de  manías  y  extravagancias  en  la 
casa  de  locos  de  Madrid,  dijo  á  su  compañero:  vamonos, 
vamonos  de  aquí;  no  sea  que  nos  embarguen  y  encierren 
también  á  nosotros,  por  algún  ramo  de  locura  de  que  ado- 
lezcamos, sin  sospecharlo,  6  que  á  los  encargados  de  esta 
casa  les  parezca  que  padecemos ^^^.  Sea,  pues,  indulgente 
la  censura,  y,  si  es  posible,  hágase  de  un  modo  indirecto. 
La  agresión,  la  censura  acerba,  cierra  la  puerta  al  conven- 
cimiento; porque  irrita  y  subleva  el  ánimo,  que  entonces 
se  emperra.  Persuádase  con  benevolencia;  y  si  nada  se 
consigue  de  este  modo,  aun  así  respétese  hasta  en  sus  erro- 
res al  prójimo;  que  bastante  tiene  con  no  alcanzar  más. 
Lo  mismo  ha  de  hacer  el  que  se  considere  indebidamente 
perjudicado  por  otro.  Exponga  con  moderación  sus  razo- 
nes; que,  ó  conseguirá  su  objeto,  si  tenía  derecho,  ó  se 
desengañará,  si  estaba  equivocado.  Para  enojarse  y  romper, 
siempre  hay  tiempo  y  ocasiones.  De  lo  contrario  se  expone 
á  empeorar  lo  que  tal  vez  hubiera  tenido  fácil  remedio.  El 
que,  proponiéndose  clavar  una  tabla,  da  un  martillazo  en  el 
clavo  con  toda  su  fuerza,  rompe  el  clavo,  rompe  el  martillo. 


(1)  «Porque  c-n  ol  iiiuiido  todos  somos  locos,  los  unos  de  los  otros,; 
El  Diablo  Cojudo  por  Luis  Vélez  de  Guevara. 


iNTHODrcriox.  xxr 

y  no  clava  la  tabla.  Acomode  pri inoro  el  clavo  donde  con- 
venga, dé  luego  sobre  él  unos  golpocítos  con  el  martillo,  y 
finalmente  remáchelo  con  un  par  de  buenos  martillazos. 
De  ese  modo  entrará  el  clavo  y  quedará  asegurada  la 
tabla. 


RESEÑA  HTSTORTCO-DESCRTPTIVA 

di: 

ANTIfiUAS  Y  MODKIIXAS  SriM'llSTK'IOXKS 

DEL 

RÍO   DE    LA    PLATA. 


CAPÍTULO  PRIMERO. 

Primeras  ilusiones  y  desengaños  de  los  españoles 
en  el  Río  de  la  Plata. 


Sumario.  — Dilatación  de  España  en  el  Nuevo  Mundo. —Juan  Díaz 
de  Solís  descubre  el  mar  Dulce  y  perece  ú  ^us  orillas.  —  D.  Pe- 
dro de  Men<loza  expira,  mísero  y  tullido,  en  un  piélago  de  ilusio- 
nes. —  Juan  de  Ayolas,  con  gente  ilustre,  perece  en  una  embos- 
cada.—Sustituyele  Domingo  ^Martínez  de  Irala  por  elección  popu- 
lar. —  IjOs  conquistadores,  en  la  ciudad  de  los  Huenos  Aires,  se 
comen  hasta  los  zapatos. 


Diversas  naciones  extrañas,  instigadas  por  sed  de  rique- 
zas, placeres  y  mando,  invadieron  sucesivamente  el  com- 
batido suelo  ibérico,  asentando  en  el  sus  lare.s.  Los  mora- 
dores indígenas,  defendiendo  su  autonomía  nativa  sin  darse 
jamás  á  partido,  su})ieron,  cuando  no  echar  de  sí  el  irresis- 
tible torrente  advenedizo,  todavía  estancarlo  y  absorberlo 
en  su  mismo  seno,  convertirlo  en  substancia  pro[)ia,  en  sa- 
via de  su  vida.  Así,  en  resolución,  latinos,  godos  y  árabes 


2  SUPERSTICIONES  DEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

acabaron  por  constituir  una  nueva  nacionalidad  en  los 
campos  de  batalla,  fundiendo  en  molde  acerado  sus  opues- 
tas costumbres,  índole  y  lenguaje.  Tan  luego  como  la  gente 
hispana,  de  este  modo  robustecida  y  transformada,  hubo 
desliedlo  el  último  atrincheramiento  de  los  moros,  á  su 
vez  se  hizo  avasalladora:  exuberante  de  energía,  derramó 
con  profusión  su  vida  y  fuerzas  por  el  mundo  ^^\  Ofrecióle 
el  alto  genio  inventor  de  Colón,  atraído  y  fascinado  por  el 
fiero  genio  de  la  guerra,  propicia  ocasión  y  grandioso  es- 
cenario en  que  poder  esparcirlas.  La  parte  del  globo  que 
hasta  entonces  permaneciera  oculta  al  occidente  del  tene- 
broso Atlántico,  habíala  vislumbrado  el  filósofo  Séneca  jus- 
tamente al  tiempo  mismo  en  que  se  iban  á  forjar  y  á  tem- 


(1)  La  superioridad  de  las  armas  trajo  consigo  la  celsitud  del  in- 
genio. En  honiérica  frase  recuerda  este  período  histórico  un  eminente 
escritor.  «Yióse  á  los  españoles,  durante  el  siglo  decimosexto,  apren- 
der ,v  enseñar  en  las  sabias  universidades  de  Francia  ó  Flandes;  ri- 
mar y  construir  estrofas  en  la  ribera  de  Ñapóles  ó  las  orillas  del  Po, 
al  tiempo  mismo  que  el  Ariosto  3^  el  Tasso,  estudiando  á  la  par  con 
ellos  al  Petrarca  y  al  Boccacio ;  predicar  en  Inglaterra  la  verdad  ca- 
tólica á  los  mal  convertidos  subditos  de  la  reina  María;  disputar  doc- 
tamente en  Alemania,  secundando  con  sus  silogismos  los  golpes  de  la 
temida  espada  de  Carlos  V;  plantear,  profundizar,  ilustrar  en  Trento 
las  más  complicadas  cuestiones  teológicas ;  contribuir  más  que  nadie  á 
extender  el  imperio  de  la  filosofía  escolástica,  produciendo  con  arre- 
glo á  su  método  y  principios,  abundantes  y  preciados  libros,  no  ya 
sólo  de  teología,  sino  de  derecho  natural  y  público,  de  jurisprudencia 
canónica  y  civil.  Ni  los  estudios  lingüísticos,  ni  los  escriturarios,  ni 
las  matemáticas,  ni  la  astronomía,  ni  la  topografía;  ni  la  geografía,  ni 
la  numismática,  ni  la  historia  en  general,  materias  tan  descuidadas 
más  tarde,  dejaron  de  florecer  tampoco  durante  el  período  referido, 
con  ser  aquel  mismo  el  que  vio  nacer,  por  causa  de  la  oculta  y  ame- 
nazadora invasión  del  protestantismo,  los  mayores  rigores  de  la  cen- 
sura real  y  eclesiástica  en  España. »  (  D.  Antonio  Cánovas  del  Cas- 
tillo, Discurso  sobre  la  literatura  castellana  en  el  siglo  XVIII,  3Ie- 
morias  de  la  Ikal  Academia  Española.) 


(ArMTri/)  pniMERO. 


s 


piar  los  ferreos  elementos  (iiie  informaron  y  dieron  impulso 
a  la  nueva  generación  paia  (juien  estaba  destinada  y  cjue 
de  ella  se  adueñó  a  íines  de  la  déciina<piinta  centuria ''\ 
Eí^paña,  cuyos  guerreros,  avezados  á  matar  y  morir  sin 
lastima  ni  dolor,  escuchaban  atónitos  los  imprecatorioí 
apostrofes  de  Fray  Bartolomé  de  las  Casas,  enseñoreóse 
prestamente  del  indiano  hemisferio.  Hízole  segunda  pa- 
tria de  sus  hijos  y  suya  propia,  no  escrupulizando  mez- 
clar su  sangre  generosa  con  la  sangre  de  las  razas  con- 
quistadas. Conquista,  que,  como  dice  un  sabio  historió- 
grafo^"^, no  tiene  precedentes  en  la  historia  del  mundo, 
que  realiza  un  ideal  caballeresco  y  cristiano,  y  cuyos 
soldados  llevaban  en  la  punta  de  sus  picas  los  fueros  mu- 
nicipales de  las  ciudades  peninsulares  y  la  religión  del 
Crucificado. 

A  fines  del  año   1515  y  principios  del  516,  el  ilustre 
piloto  Juan  Díaz  de  Solís  descubrió  y   navegó  el  dilatado 


{ 1 )  Tnidujo  el  pasaje  de  Séneca  Cristóbal  Colón  en  esto^  térmi- 
nos :  «  Vernán  los  tardos  años  del  imindo  ciertos  tiempos  en  los  cuales  el 
mar  Océano  aHojarii  los  atamientos  de  las  cosas  y  se  abrirá  una  grande 
tierra;  y  un  nuevo  marinero,  como  aquel  (jue  fué  irnía  de  Jasón  que 
hubo  nombre  I'^ipliis,  descobrirá  nuevo  nuuido:  ya  entonces  non  será 
la  isla  Filli  la  postrera  de  las  tierras. »  (  Colección  de  los  Viajes  y  Des- 
cubrinñcnlus  que  J/icieroii  por  M  ir  los  Españoles  debele  fines  del  Siido 
A'r  por  T).  ^farlín  Fernánde/  de  Navarrete. ) 

Colón,  dando  cuenta  á  los  Reyes  Católicos  de  los  nuevos  descubri- 
mientos que  hacía  en  su  tercer  viaje  á  las  Indias  Occidentiilcs,  se 
expresa  de  la  siixuiente  manera  : 

«Todo  pasaiá,  y  no  la  palabra  de  Dios, 

*Y  se  cumplirá  todo  lo  quo  á\']o; 

«El  cual  tan  claro  habló  de  estas  tierras  por  la  boca  de  Isaías  en 
tantos  lu^iares  de  su  lOscriptura,  afirmando  que  do  España  les  sería 
divulgado  su  santo  nombre.»  ( Colrcción  citada  de  Navarrete.  > 

(2)  D.  Vicente  Harrantes,  Discurso  de  recepción  en  la  Real  .Vca- 
demia  de  la  Historia. 


4  SUPERSTICIONES  DEL  RIO  DE  LA  PLATA, 

río  e  inmenso  golfo  de  la  Plata  hasta  cerca  de  la  junta  del 
Uruguay,  denominándole,  á  estilo  de  su  tiempo,  mar  dulce, 
que  lo  parece,  en  efecto,  pues  en  partes  no  se  divisa  otra 
cosa  en  el  horizonte  que  cielo  y  agua. 

liOS  que  sobrevivieron  á  Solís  (muerto  á  manos  de  los 
charrúas),  haciendo  justicia  á  la  memoria  del  descubridor, 
dieron  su  nombre  al  río:  río  de  Solís.  Pero,  habiendo  Se- 
bastián Gaboto,  en  1527,  enviado  á  España,  para  ante  el 
monarca,  unos  indios  adornados  con  baladíes  objetos  de 
plata  que  entendió  ser  metal  propio  de  las  regiones  que 
estaba  reconociendo  (las  que  baña  el  Paraná),  donde  los 
obtuvo,  el  río  de  que  se  trata  cambió  el  nombre  de  su 
infortunado  descubridor  por  el  más  halagüeño  con  que  ha 
venido  decorado  hasta  nosotros :  río  en  que  se  halló  la 
piafa,  en  que  abunda  la  plata,  río  de  la  plata,  brillante 
denominación  muy  á  propósito  para  encender  más  y  más 
el  ánimo  inflamable  de  los  hombres  de  la  época. 

D.  Pedro  de  Mendoza,  gentilhombre  de  cámara  y  ma- 
yorazgo de  Guadix,  había  adquirido,  al  par  con  ingen- 
tes riquezas,  buena  reputación  de  soldado.  Contagiado  del 
entusiasmo  bélico  y  aventurero  de  sus  contempoi'áneos, 
concibió  la  idea,  que  le  halagara  sobremanera,  de  conquis- 
tar y  poblar  las  ignotas  regiones  bañadas  por  el  mar  dulce 
de  Solís,  que  ya  entonces  suscitaban  la  natural  ambición  de 
las  gentes,  y  especialmente  la  más  noble  délos  héroes,  con 
el  nombre,  por  todos  estilos  lisonjero,  de  Bío  de  la  Plata. 

Ofreció  D.  Pedro  organizar  y  conducir  la  expedición  á 
su  costa,  obh'gándose  á  llevar  de  España,  entre  las  demás 
cosas  necesarias  para  la  ejecución  de  su  designio,  cien  ca- 
ballos y  yeguas.  Aceptada  la  propuesta  por  el  emperador 
Carlos  V,  otorgóse  el  correspondiente  asiento  y   capitula- 


CAPITULO    rRIMKRO. 


ción  en  Toledo  á  21  de  mayo  de  1534^^1  Dióse  prisa  el 
proponente  á  ponerla  en  efecto:  ya  el  24  de  agosto  y  1.**  de 
septiembre  del  propio  año  zarpaba  sucesivamente  de  Sevilla 
y  de  San  Lucar  de  Barrameda,  acompañado  del  más  dis- 
tinguido ejército  (pie  quizás  haya  pisado  en  las  Indias,  con 
haberlo  sido  tanto  el  que  en  el  año  loOt)  llevó  Nicolás  de 
Ovando  á  la  isla  de  Santo  Domingo.  Componían  la  ar- 
mada que  jnevino  para  el  viaje,  catorce  navios,  en  los  que 
embarco  (dice  Ulrico  Schmídel,  soldado  de  la  expedición, 
natural  de  Baviera)  setenta  y  dos  caballos  y  yeguas '-I  A 
poco,  deri'otadas  y  dispersas  las  naves  por  efecto  de  nn 
temporal,  fondearon  en  las  Canarias,  donde,  á  solicitud  de 
D.  Pedro,  se  incorporó  á  la  expedición  Pedro  Benítez,  ca- 
ballero jirincipal  de  Tenerife,  á  quien  siguieron  ^liguel  Ló- 
pez Gallego,  Alonso  López  y  Francisco  Benítez,  no  menos 
distinguidos  por  sus  dotes  militares,  los  cuales,  levantando 
en  las  islas  tres  compañías  de  soldados,  fletando  tres  em- 
barcaciones y  proveyéndose  de  armas,  municiones  y  caba- 
llos, hicieron  rumbo  al  Plata ^"^^  Vióse  D.  Pedro  en  la 
precisión  de  arribar  á  Río  Janeiro,  donde  hizo  matar  á 
puñaladas,  por  motivos  livianos,  á   su   maestre  de  campo 


(1)  Colección  de  Documentos  inúl.  etc.  del  Archiro  de  Indias,  i>or 
D.  Luis  Torivs  fie  Mendoza. 

(2)  J'iaje  al  IHu  de  la  Plata. 

(3)  I).  José  de  Viera  y  Cía  vi  jo,  Xoticias  de  la  Historia  General 
de  las  Islas  (^^anarias.  Todo  so  coinpriiel)a,  dice  el  autor,  por  las  dos 
escrituras  de  conci(M"to  (pie  para  el  arinaiueuto  se  celebraron  con 
D.  IVdro  de  Mendoza:  la  una  en  la  villa  de  Orotava  ú  V\  do  octulm^ 
de  ir^r)  por  ante  Juan  Navarro,  y  la  otra  en  el  puerto  de  Santa  (Vuz 
á  21  (le  soptienihre  del  mismo  ano  ante  Hernán  (ionzález.  Kxiste  tam- 
W\ó\\  la  fe  en  relaciíMi  dada  por  1).  Andró<  de  V¡llarr(H'l,  KscriUano 
Mayor  del  (  oncej(\  el  informe  del  Cabildo  y  cartas  oriirinales  de  la 
América.  Sclunídel  no  dice  nada  sobre  este  particular. 


6  SUPERSTICIONES  DEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

Juan  de  Osorio,  lionibre  de  gran  experiencia  militar  y  de 
excelentes  dotes  personales,  respetado  y  querido  de  todos 
los  individuos  de  la  expedición,  que  lloraron  amargamente 
su  perdida,  echándole  mil  veces  de  menos  en  sus  ulteriores 
conflictos  y  adversidades.  Por  fin,  entrando  en  el  río  de  la 
Plata,  surgió  el  adelantado  en  la  isla  de  San  Gabriel, 
que  está  en  la  margen  septentrional,  frente  á  la  Colonia 
del  Sacramento,  donde  le  esperaba  su  hermano  el  almirante 
D.  Diego  de  Mendoza,  que  había  seguido  su  derrota  al 
sur,  cuando  aquél  aportara  en  el  Brasil.  De  allí  atravesó  á 
la  costa  austral,  desembarcando  junto  á  la  boca  del  Ria- 
chuelo y  construyendo  un  fuerte  y  viviendas  con  adobes  y 
¡laja  próximamente  en  el  mismo  paraje  en  que  hoy  ostenta 
sus  magníficos  edificios  de  sillería  la  grande  y  fastuosa 
ciudad  celebrada  por  la  bondad  de  sus  aires :  que  privile- 
giados debían  de  ser  los  aires  donde  los  ríos  eran  de  plata. 
Quedóle  el  nombre  de  Buenos  Aires  al  primer  puesto 
que  se  fundaba  en  las  regiones  del  Plata;  porque  el  pri- 
mero de  los  conquistadores  que  en  dicha  ocasión  saltó  en 
tierra,  agradablemente  impresionado  con  la  suavidad  del 
temple  que  á  la  sazón  endulzaba  el  ambiente,  exclamó : 
¡(]iic  buenos  aires!  ¡Era  la  estación  de  las  flores!  y  los 
españoles,  en  aquella  época  de  brillantes  ilusiones,  miraban 
á  través  de  su  imaginación  oriental  las  vírgenes  regiones 
del  Nuevo  Mundo,  de  suyo  sorprendentes.  En  busca  de 
países  fantásticos,  penetraron  en  lugares  conocidos  sólo  de 
las  fieras  y  de  las  aves,  en  los  cuales  suponían  poderosos 
reinos,  como  los  de  Paititiy  Quivira  en  Méjico  y  el  Perú, 
fundados  por  príncipes  fugitivos,  tras  la  destrucción  de  los 
imperios  de  Motezuma  y  Atahualpa,  ó  como  el  Dorado  en 
Tierra  firme  y  la   ciudad  de   los   Césares   en   Chile  y  la 


CAPITULO    PRIMERO.  í 

Argentina,  que  tenían  de  oro  macizo  las  tejas  de  los  techos 
de  las  casas  y  las  rejas  de  los  arados  ^^.  Por  el  mismo 
estilo,  no  dudaron  los  españoles  hallarse  en  medio  de 
regiones  abundantísimas  de  plata,  cuando  la  casualidad  les 
deparó  insignificantísimos  dijes  que  délas  opulentas  manos 
de  los  indios  del  Perii  pasaron  á  las  tristes  y  mendicantes 
délos  que  desnudos  corrían  la  costa  occidental  del  Paraná, 
por  donde  üaboto  y  sus  CM)nq)añeros  iban  navegando. 

Ejecutábase  el  susodicho  establecimiento  á  principios 
de  febrero  del  año  1535,  entre  las  furiosas  acometidas  de 
los  indios  comarcanos,  que  trataron  de  impedirlo  á  todo 
trance.  Mas  })ronto  veremos  á  los  mismos  españoles  des- 
aparecer de  la  orilla  austral  del  Plata,  dejando  en  ella 
simiente  de  futura  riqueza  en  el  más  generoso  de  los  ani- 
males útiles;  pero  desaparecer  trágicamente  al  golpe  mor- 
tal de  la  certera  bola  del  querandí,  quemadas  sus  casas  y 
entre  las  angustias  del  hambre. 

Cupo  á  I).  Pedro  de  Mendoza  la  suerte  más  cruel.  Fué 
su  menor  desdicha  el  (piedar  airuinado  j^or  causa  de  la 
expedición  en  que  había  })uesto  su  fortuna;  pues  descora- 
zonado y  reagravadas  sus  antiguas  dolencias,  acabó  sus 
días  entre  horribles  padecimientos  físicos  y  morales,  reci- 
biendo luctuosamente  su  cadáver  las  aguas  del  Océano, 
pura  fjKc  (i  /(>>'  rdiK).^  pcn-^diit irntosy  dice  Oviedo,   no  Jal- 


(1)  No  estnviiroii  muy  distantes  de  la  rt'aÜdad  ile  lu?  lu'chos  las 
¡liisioncs  de  aniudlos  nue  con  sus  dcscubriínicntori  y  coiiqui?taá  dieron 
ocasión  á  (lue  dijera  el  poeta: 

lU'sntatla  la  Anu'iira  sus  viMias, 
QiK'  uno  osloiit»^  y  otro  iucIhI  puro, 
¿(im'  miiclio  si,   pisanilo  oí  cuinpo  v^nlo, 
Piula  calzó  el  caballo,  qiio  oro  imirnlv? 

((jiÚNOORA.) 


8  SÜPfíRSTlCrOXES  DEf.  RIO  DE  LA  PLAtA. 

tase  ¡(na  scpolfura  niut/  mayor  que  aquella  del  rey 
Jlau.'^eolo,  que  los  historiadores  po7ien  por  uno  de  los 
siete  miraylos  del  mundo ^^\  Este  infortunado  magnate, 
que  al  regi'esar  tullido  á  España,  recomendaba  encarecida- 
mente á  sus  lugartenientes^-^  que,  pues  sabían  la  estrechez 
á  que  había  quedado  reducido,  le  enviasen  á  la  brevedad 
posible  la  primera  joya  ó  piedra  que  topasen,  murió  en  el 
viaje,  después  de  un  grande  desasosiego  que  le  produjo  el 
haber  comido  la  carne  de  una  perra  que  hizo  matar  para 
suplir  la  falta  de  víveres  frescos.  ¡Ríos  de  plata  y  aires 
paradisíacos!  cuan  bárbaramente  desengañasteis  á  los  que 
tales  os  soñaron,  haciéndoles  pagar  con  espantable  fiereza, 
por  cuantos  medios  de  expresión  tiene  el  dolor,  copiosísimo 
tributo  de  muerte! 

Juan  de  Ayolas,  en  quien  D.  Pedro  de  Mendoza  había 
delegado  el  mando,  perdió  la  vida  en  una  emboscada  que 
le  armaron  los  indios  bayaes  y  payaguaes  confederados, 
cuando  regresaba  á  la  Asunción  del  Paraguay,  después  de 
su  audaz  travesía  por  el  norte  del  Chaco  hasta  la  falda  de 
la  cordillera  de  los  Andes.  Pereció  con  todos  sus  compa- 
ñeros, entre  quienes  se  hallaban  D.  Carlos  de  Guevara, 
D.  Carlos  Dublín,  hermano  de  leche  del  emperador  Carlos  V, 
D.  Juan  Ponce  de  León,  hermano  del  duque  de  Arcos,  y 
Luis  Pérez  de  Cepeda,  hermano  de  Santa  Teresa  de  Jesús. 

Los  conquistadores,  en  virtud  de  famosa  real  cédula 
dada  en  Valladolid  a  12  de  septiembre  de  1537,  eligieron 
á  mayoría  de  votos  por  gobernador  y  capitán  general  á 


íl)    Historia  General  y  Natural  de  las  Indias. 

(2)  Oirtíi  que  D.  Pedro  de  Mendoza  dejó  á  Juan  de  Ayolas,  al 
partir  píira  España,  inserta  en  la  Colección  de  Documenios  inéditos 
del  Archivo  de  Indias  por  D.  Luis  Torres  de  Mendoza  y  otros. 


CAPITULO   PRIMERO  9 

Domingo  Martínez  de  Irala.  Este,  vista  la  impo.sibili(la<l 
de  mantener,  con  los  pocos  españoles  (pie  la  muerte  había 
respetado,  un  puesto  (jue,  como  el  de  Buenos  Aires,  estaba 
tan  distante  de  la  Asunción,  centro  de  las  operaciones  de 
la  conquista,  resolvió  despoblarlo.  Hallábase  la  ciudad,  u 
la  sazón,  hostigada  incesantemente  por  los  indios  y  privada 
de  medios  de  subsistencia.  Llegó  á  tal  punto  el  hami)re 
el  año  de  1530,  seíun  refíere  el  soldado  historiador 
Schmídel  ^^^,  que,  acabándoselos  gatos,  ratones,  culebras  y 
otros  animales  inmundos,  se  comieron  hasta  los  zapatos, 
situación  reagravada  con  la  implacable  severidad  de  su 
entonces  gobernador  Francisco  Ruiz  Galán,  que  mandó 
ahorcar  tres  españoles,  porque  secretamente  habían  muerto 
y  devorado  un  caballo.  Así  los  míseros  pobladores  de 
Buenos  Aires  se  apresuraron  á  embarcarse  en  los  bergan- 
tines y  bateles  que  llevaba  al  intento  el  comisionado  para 
el  despueble,  ese  mismo  leal  caballero  y  altivo  capitán 
Diego  de  Abren,  que,  después  sublevado  contra  Irala, 
anduvo  vagando  por  los  bosques  del  Paraguay,  desde 
donde  ejecutaba  sus  temidos  asaltos,  hasta  que,  sorpren- 
dido á  favor  de  la  oscuridad  de  la  noche  en  una  espesura 
donde  yacía  doliente  y  casi  ciego  con  algunos  españoles, 
fue  muerto  como  una  fiera  de  un  saetazo. 


(1)     ]lajc  al  Rio  de  la  Víala. 


CAPÍTULO  II. 

Apariciones  al  tiempo  de  la  conquista  entre  indios 

y  cristianos. 


Sumario.  —  El  indio,  entre  el  fragor  y  carnicería  de  las  batallas,  ve 
en  los  aires  y  en  los  torreones  al  genio  feroz  de  la  guerra.  —  Se 
espanta  y  huye  á  su  presencia.  —  San  Blas  salva  á  los  españoles 
en  Corpus  Christi.  —  Sálvalos  el  símbolo  de  la  Kedenciún  en  la 
barranca  de  Arazatí.  —  Sálvalos  la  virgen  en  Tucumán. 


La  pujanza  hercúlea  y  feroz  denuedo  de  los  españoles 
asombraron,  terrificaron  al  indio.  Llegó  á  figurarse  el  in- 
dio que  las  nuevas  gentes  que  tan  audazmente  ocupaban 
la  tierra,  al  acometer  y  llevar  á  feliz  término  empresas  im- 
posibles, obraban  en  virtud  de  un  poder  sobrenatural  que 
los  favorecía  y  auxiliaba  personalmente  en  los  trances  más 
peligrosos  de  sus  conquistas.  Así  el  ánimo  espantado  de 
los  hijos  de  los  desiertos  y  de  las  selvas,  en  medio  del  fra- 
gor y  carnicería  de  la  pelea,  dibujaba  con  la  mente  en  los 
campos  de  batalla  y  en  los  torreones  de  las  fortalezas  for- 
midables guerreros  esgrimiendo  poderosamente  enormes  es- 
padas con  que  amenazaban  anonadarlos.  Así  también  creían 
que  era  género  de  brujería,  obra  del  diablo,  llamárasele 
añaiifja  ó  (fualicho,  un  objeto  extraordinario,  nuevo  para 
ellos,  el  símbolo  de  la  Redención  ó  una  imagen,  por  ejem- 


CAPITULO    II.  11 

pío,  que  los  conquistadores  reverenciasen  y  tomasen  por 
seguro  de  sus  triunfos.  Fácil  cosa  debieran  ser  para  los 
indios  estas  iniaL;¡iiaeiuiu's,  al  c(jnt('nq)lar  (jue  una  y  otra 
vez  reconocieran  los  españoles  á  su  glorioso  apóstol  San- 
tiago cabalgando  en  blanco  brioso  corcel  por  los  aires  y 
derribando  enemigos  á  los  certeros  golpes  de  ponderosa  y 
reluciente  espada,  como  le  vieran  los  soldados  de  Cortes  en 
Méjico,  los  de  Pizarro  en  el  Perú,  los  de  Valdivia  en  Chile. 
El  primer  adelantado  del  Ivío  de  la  Plata  1).  Pedro  de 
Mendoza,  una  vez  fundado  el  puesto  de  Buenos  Aires,  des- 
pachó á  Juan  de  Ayolas  Paraná  arriba  para  descubrir  y 
hacer  una  casa  fuerte  en  sitio  conveniente.  Establecióla 
Ayolas  después  de  haber  tratado  amigablemente  con  los 
timbíies,  en  la  margen  derecha  de  aquel  río,  entre  el  Carca- 
rana  y  el  Salado,  con  el  nombre  de  Corpus  Christi,  día  de 
su  arribo.  Posteriormente  continuó  navegando  río  arriba  en 
busca  de  una  comunicación  con  el  Perú,  por  encargo  de 
]).  Pedro  de  Mendoza,  que,  por  las  Inicuas  noticias  que 
del  nuevo  establecimiento  recibiera,  hizo  á  el  una  visita  v 
dio  á  su  [)ucrto  el  nombre  de  Buena  Espcrair^a.  1 ).  Pe- 
dro, nuiy  enfermo  y  abatido,  se  volvió  luego  á  ]>uenos  Ai- 
res y  en  seguida  embarcóse  para  España,  muriendo  míse- 
ramente en  el  camino.  Quedó  gobernando  á  Júnenos  Aires 
y  los  puestos  ya  fundados  Francisco  Ruiz  (Inlán.  Durante 
su  gobiíM'no  lo.^  españoles  (pie  estaban  en  Corpus  Ciiristi 
irritaron  á  los  timbúes  y  caracaraes  con  extorsiones  y  tro- 
pelías vandálicas.  Azara^'  quiere  eximir  de  íoda  nspon- 
sabilida<l  en  el  hecho  á  Ruiz  (ialán,  ¡mj»utánd()K>  al  co- 
mandante de  la  fortaleza    I'rancisco   Al  varado  y  á  los  ma- 

(l)    Dcscyi[KÍúu  c  Ilifilüria  del  raruf/naij  ij  del  ¡iio  de   Li   Piala 
3. 


Í2  suPERStrcroNEs  del  río  dé  la  plata. 

los  consejos  del  cura  Juan  Pavón  y  del  escribano  Pedro 
Hernández.  Mas,  sobre  decir  Schmídel  y  Puidíaz^^^  que 
Ruiz  Galán,  de  paso  á  Buenos  Aires  desde  la  Asunción 
del  Para2;uav,  adonde  babía  ido  en  busca  de  víveres,  mató 
á  nuichos  indios,  les  incendió  sus  ranclios  y  cautivó  muje- 
res y  niños,  por  sospecbas  de  complicidad  con  parcialida- 
des enemigas,  no  liay  duda  de  que  era  liombre  muy  capaz 
de  una  maloca  semejante.  En  Buenos  Aires,  cuando  la 
gente  se  moría  de  hambre,  y  cuando,  después  de  haber 
devorado  hasta  los  zapatos,  la  aplacaban  con  los  cadá- 
veres y  excrementos  humanos,  ahorcó  a  tres  soldados,  por- 
que secretamente  mataron  un  caballo  para  comer  de  su 
carne:  á  otro,  por  haber  robado  una  lechuga,  le  cortó  las 
orejas:  á  una  dama  noble,  que  recibió  un  pescado  de  ma- 
nos de  un  marinero  con  tal  de  rendirse  á  su  voluntad,  la 
obligó  á  cumplir  el  pacto  inicuo;  y  a  una  mujer,  á  quien 
el  delirio  de  la  desesperación  la  condujo  á  los  indios,  la 
mandó  atar  de  un  árbol  para  que  fuese  pasto  de  las  fieras. 
Quien  tal  hacía  con  los  españoles,  ¿  de  que  no  sería  capaz 
con  los  indios?  Ello  es  que  los  caracaraes  y  timbúes  de- 
terminaron vengarse.  Para  el  efecto,  se  presentaron  varios 
caciques  en  Corpus  Christi,  solicitando  la  protección  de 
los  españoles  contra  parcialidades  que  (decían)  á  unos  y  á 
otros  eran  hostiles.  Concedióseles,  y  al  intento  salieron  en 
busca  del  enemigo,  bajo  el  mando  de  Alonso  Suárez  de 
Figueroa,  cincuenta  españoles  de  los  ciento  veinte  que 
guarnecían  el  fuerte.  Mas  los  españoles  auxiliares,  durante 
una  comida,  fueron  atacados  y  muertos,  tras  cruda  pelea, 
por  los  mismos  que  sirnulaban   obsequiarlos,   salvándose 

^1)     Viaje  al  Río  de  la  Plata.    Argentina. 


CAPÍTULO  ir.  13 

solo  un  niucliacho,  que  volvió  á  Corpus  Christi  con  la  no- 
ticia de  la  traición.  Sin  perdida  de  tiempo  los  envalento- 
nados indios  comarcanos,  en  gran  número  (diez  mil,  se- 
gún Sclimídel;  dos  mil,  ^('<¿nn  Ruidíaz),  asaltaron  el  fuerte 
con  ímpetu.  Rechazados  con  denuedo,  repitieron  sus  asal- 
tos con  rabia  y  furor  durante  catorce  días  continuos,  pe- 
gando fuego  á  las  casas  de  los  cristianos.  Se  peleaba  de 
día  y  de  noche;  y  ya  muy  trabajados  los  españoles,  pudie- 
ron (á  favor  de  dos  bergantines  que  llegaron  á  Buena  Es- 
peranza, y  al  ruido  de  las  bocinas  y  gritería  de  los  bárba- 
ros acudieron  en  su  auxilio)  hacer  una  impetuosa  salida, 

r 

con  su  comandante  á  la  cabeza.  Enilo  á  la  sazón,  Anto- 
nio de  Mendoza,  que  murió  en  la  batalla.  Los  sitiadores 
volvieron  las  espaldas,  dejando  cuatrocientos  muertos  en  el 
campo  y  huyendo  á  la  desbandada.  Los  cristianos,  á  no 
estar  rendidos  del  cansancio,  los  hubieran  acuchillado  á  su 
salvo:  tal  era  el  espanto  y  confusión  con  (pie  los  infieles 
se  retira])an.  Un  guerrero  vestido  de  blanco,  con  una  es- 
pada desnuda  en  hi  mano,  cuyo  brillo  ofuscaba,  habíase 
encimado,  en  lo  más  recio  de  la  jK'lca,  sobre  uno  de  los  to- 
rreones de  la  fortaleza:  los  bárbaros,  á  su  presencia,  ciegos 
y  atónitos  caían  al  suelo.  Esta  acción  y  retirada  acaeció 
el  .')  (le  fe])rero  del  año  Is.')!),  día  de  San  l>las,  de  (piien 
los  crisli;in(>s  supusii'ron  lial)rr  rcriltido  la  milairrosa  avuda. 
Con  tal  motivo,  fue'  San  I>las  aclamado  y  ¡m-ado  especial 
patrono  de  la  coiuiuista  del  Kío  de  la  Piala  v  Parairuav,  v 
de  entonces  en  adelante  celebróse  su  totividad  con  fervo- 
roso v  solemne  culto   ^\ 


(1)     Uiiidúiz  di'  (íuzínáii,  An/rnfinfi.   K\  V.  \\\\ro  Íá)7a\\\0,  Ilisluria 
del  ranvjndj,  ¡íio  de  la  Flatri  ¿/  Tticuiiuin. 


14  SUPEÉSTICTOXES  DEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

El  adelantado  Juan  de  Torres  de  Vera  y  Aragón,  año 
de  loSS,  mando  fundar  cerca  de  la  confluencia  de  los  ríos 
Paraguay  y  Paraná  un  puesto  y  ciudad  que  dominase  el 
territorio  (jue  vierte  al  último  sus  aguas  por  el  lado  del 
oriente.  Encomendó  la  empresa  á  su  sobrino  Alonso  de 
Vera  el  Tupí,  sobrenombre  que  le  dieron  los  españoles, 
por  haber  hallado  mucha  semejanza  entre  su  rostro  y  el 
muv  feo  y  espantable  de  los  feroces  guaraníes  que  ocupa- 
ban la  margen  izquierda  del  alto  Uruguay.  Los  españoles 
de  aquella  época,  tan  galantes  con  las  damas,  eran  crueles, 
sin  respetar  dignidades,  con  los  hombres  desfavorecidos  de 
la  natm-aleza  en  sus  personas:  llevaban  hasta  el  escarnio 
la  sátira  y  la  befa.  Las  superiores  prendas  del  ánimo,  que 
hicieran  tan  calificada  la  nobleza  de  los  Vera  y  Aragón, 
no  estaban,  por  lo  visto,  en  consonancia  con  las  del  cuerpo, 
que  debieron  de  ser  harto  contrarias  á  las  formas  que  es- 
maltan la  belleza,  cuando  á  otro  de  los  sobrinos  del  ade- 
lantado, que  llevaba  el  mismo  nombre  que  el  primero,  le 
pusieron,  para  distinguirlo  de  él,  un  apodo  tan  horrible 
como  el  de  Cara  de  Perro,  aludiendo  a  lo  mal  agestado 
que  era  de  su  condición  el  teniente  general  de  gobernador  de 
las  provincias  del  Paraguay  y  Río  de  la  Plata.  Alonso  de 
Vera  el  Tupi,  y  Alonso  de  Vera  Cara  de  Perro:  tales 
eran  los  sobrenombres  con  que  los  conquistadores  distin- 
guieron a  dos  insignes  caudillos  de  gran  prestigio  y  auto- 
ridad. 

Alonso  de  Vera  el  Tupi,  bajando  el  río  Paraguay  con 
ochenta  es[)añol(íS,  en  la  orilla  izquierda  d(íl  Paraná,  legua 
y  media  más  abajo  de  la  junta  de  entrambos,  desembarcó 
con  su  gente.  Construyó  luego  sobre  una  barranca,  en  Ara- 
zatí,  algunas  chozas  y  un  fortín  ó  empalizada,  con  abatíes 


CAPÍTULO  ir.  15 

ó  estacas  de  los  montes  imiiediatos,  plantando  tainl>ién,  ii 
un  tiro  de  arcal)uz  próximamente,  una  eshelta  cruz  de  fé- 
rreo é  incorruptible  ii  nnulfo/'^K  Este  fue  el  fundamento 
de  la  ciudad  de  San  Jinm  de  Vera  dcJd.^  Siete  Oíkriex- 
TES,  capital  hoy  de  la  piovineia  ai-gentina  (pie  lleva  este 
nombre.  Parapetada  la  gente,  el  animoso  caudillo,  con 
parte  de  ella,  salió  Paraná  an'iba  en  busca  de  provisiimes. 
En  esta  ocasión  los  indios  comarcanos  (parcialidades  de 
raza  guaraní),  que  ya,  con  la  llegada  de  los  españoles  anda- 
})an  alborotados  y  reuniéndose  pnia  expulsarlos,  determi- 
naron dar  un  asalto  á  la  improvisada  pol)laeión.  Los  si- 
tiados, unido  ya  á  ellos  su  capitán,  resistieron  con  esfuerzo 
sobrehumano,  durante  ocho  días  continuos,  las  furiosas 
acometidas  de  más  de  seis  mil  bárbaros  combatientes,  cpie 
confiados  en  la  superioridad  de  su  numero  se  prometían 
una  fácil  victoria.  Xi  el  hambre,  ni  la  sed,  ni  las  heridas, 
ni  la  falta  de  descanso,  fueron  parte  á  hacerlos  desmayar. 
Pareciendo  á  los  sitiadores  que  aquella  heroica  resistencia  no 
podía  ser  efecto  del  valor  y  fuerzas  personales  de  tan  ]^o- 
cos  individuos  romo  guarnecían  el  puesto,  dieron  en  >o>- 
pechar  (jue  algún  otro  obstáculo  tendrían  (pie  remover  para 
vencerlos,  (pie  no  eran  sólo  los  sitiados  el  único  enemigo 
con  (piien  estaban  combatiendo.  Sin  duda,  la  cruz  ¡flau- 
tada cérea  de  la  fortaleza  tenía  algún  hechizo  (pie  hacía 
invencibles  á  sus  defensores:  resolvieron  prenderle  fuego. 
Juntan  leña  y  acuden  con  ella  al  lugar  en  (pie  ibnn  á  ha- 


(1)  Asiruiíiuiu  JKijIandifol'uu)),  anncurdiaccd .  \\<  \mo  do  los  árlio- 
les  más  eminentes  de  la  ciienea  norte  de  los  afluentes  del  Plata.  Su 
madera,  eolorado- oscura,  es  resinosa  y  sirve  para  curtir  y  para  tabla- 
zones de  buques,  tirantes,  pilares,  ejes  de  carretas  y  nuieblos.  La  cruz 
tenía  de  cuatro  v  media  :í  cinco  varas  de  altura. 


16  SUPERSTICIONES  DEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

COY  la  fogata.  Mas  el  primero  que  se  acerca,  cae  muerto 
al  pie  de  la  cruz.  Vn  arcabuzazo  le  derribara.  Esta  cir- 
cunstancia casual  aterra  á  los  bárbaros,  que  ya  miraban 
con  espanto  a(|uel  objeto  de  veneración  para  los  españoles. 
Cunde  el  pánico  entre  los  sitiadores  y  echan  todos  á  huir 
despavoridos,  abandonando  la  empresa  y  abrazando  mu- 
chos voluntariamente  la  fe  del  Crucificado.  Los  caciques 
Paragiiarí,  Jlboipí  y  Aguará,  en  seguida,  rindieron  va- 
sallaje á  D.  Alonso  de  Vera  el  Tujn.  La  milagrosa  cruz 
de  urunday  conservase  con  religioso  respeto  dentro  de  una 
caja  de  madera  negra  custodiada  en  una  de  las  iglesias  de 
la  capital  de  la  provincia.  Expónese  con  gi-an  pompa  to- 
dos los  años  el  día  3  de  mayo,  en  que  se  celebra  la  fiesta 
de  la  Santa  Cruz  del  llílagro.  Aunque  el  hecho  que  se 
conmemora  aconteció  el  3  de  abril,  hase  trasladado  la  ce- 
lebración de  la  fiesta  al  3  de  mayo,  á  fin  de  hacerla  coin- 
cidir con  la  de  la  Invención  de  la  Cruz  en  Jerusalén.  La 
generosa  provincia  de  Corrientes  ostenta  figurada  en  su 
escudo  la  santa  cruz  del  milagro  plantada  en  la  barranca 
del  Paraná  por  sus  primeros  intrépidos  pobladores,  y  el 
año  de  1888  ha  celebrado  oficialmente  el  tercer  centenario 
de  la  fundación  de  la  ciudad ^^l 

La  conquista  del  Tucumán,  después  de  la  tan  célebre 
de  Chile,  fué  una  de  las  más  arduas  y  sangrientas  del 
Nuevo  Mundo,  por  la  ferocidad,  pujanza  y  valentía  de  las 
numerosas  generaciones  de  indios  bravos  é  indomables  que 
poblaban    el  territorio,  en  cuyas  escarpadas  serranías  se 


(1)  Lozano,  Historia  del  Paraguay;  Martín  de  Moussj^  Desarip- 
tion  Gf'ofjraphífjue  el  Statistique  de  la  Confódératíon  Argentine;  Doctor 
Ramón  Contreras,  Recuerdos  Históricos  de  la  Fundación  de  Corrientes. 


CAPÍTULO   ir.  17 

encastillaban,  cuando,  vencidos  en  los  valles,  no  les  quedaba 
otro  recurso  que  la  fuga.  Ciento  treinta  años  próximamente 
estuvieron  luchando  los  españoles  para  hacerse  dueños  de 
la  tierra.  Allí,  de  paso  para  Chile  (1542),  batalló  l)¡ec:;o 
de  Almagro  con  los  omaguacas  y  calchaquíes.  Allí,  por  el 
mismo  tiempo,  sus  primeros  conquistadores  Diego  de  Rojas 
y  Felipe  Gutiérrez,  y  luego  (lo.lO)  Juan  Núñez  de  Prado 
con  pocos  soldados,  se  hicieron  temer  dcí  calchaquíes,  juríes 
y  otros  fieros  enemigos,  peleando  casi  siempre  uno  contra 
cien.  Años  adelante  insignes  capitanes  siguieron  sus  pasos, 
con  igual  esfuerzo  heroico.  La  sola  presencia  de  Nicolás 
Carrizo  y  Juan  Sedeño  aterraba  á  los  indios.  Francisco  de 
Aguirrc,  con  cuarenta  soldados,  peleando  como  leones, 
resistió  en  campo  raso  el  repentino  asalto  de  un  ejército 
compuesto  de  cuatro  mil  calchaquíes.  Con  el  mismo  numero 
de  soldados  penetró  en  el  Chaco  Gregorio  Bazán.  Tris- 
tan  de  Tejada,  Jerónimo  Luis  de  Cabrera,  Bernabé  Ibáñez 
del  Castillo,  entre  otros  conquistadores  del  antiguo  Tucu- 
nián,  ejecutaron  hechos  portentosos.  Finalmente  I).  Alonso 
de  Mercado  y  Villacorta  sojuzgó  con  mano  poderosa  á  los 
calchaquíes,  que  defendieron  su  suelo  y  su  inde}>endencia 
con  la  misma  constancia  y  valor  que  los  araucanos,  ]>refi- 
riendo  algunas  de  sus  parcialidades,  como  los  quihnes, 
estrellar  sus  hijos  contra  las  piedras  y  arrojarse  por  los 
despeñaderos  para  morir  despedazados,  antes  que  entregarse 
á  los  españoles.  El  23  de  septiembre  de  lOGS  celebrábase 
la  fiesta  de  la  Virgen  del  Valle  (Catamarca),  con  asistencia 
de  cierto  numero  de  j^ri^ioneros  calchaquíes,  (pie  se  le 
presentaban  como  trofeo  de  las  milagrosas  vit'torias  me- 
diante  su  })rotección  obtenidas  por  los  cristianos.  lOntoná- 
base  el  tedeum,  cuando  se  empieza  á  sentir  entre  los  cal- 


18  SUPERSTICIONES  DEL  RÍO  DE  LA  PLATA. 

cliaqilíes  un  niiinnullo  y  una  inquietud  que,  creciendo  con 
rapidez,  acaba  en  alaridos  y  tumultuosa  fuga  precipitada. 
Las  tropas  que  en  la  plaza  rendían  los  debidos  honores 
en  aquella  solenniidad,  contienen  á  los  fugitivos,  á  quienes 
el  gobernador  Mercado  pregunta :  —  ¿  Porqué  huíais  ?  —  -  He- 
mos reconocido,  respondieron  los  calcha quíes,  en  la  imagen 
que  se  halla  en  el  altar  de  la  iglesia,  á  la  misma  excelsa 
mujer  que,  cabalgando  en  brioso  corcel  por  los  aires,  nos 
acometía  lanza  en  ristre,  junto  con  los  españoles,  en  las  más 
crudas  batallas,  y  nos  confundía  y  desbarataba.  Al  go- 
bernador, á  quien  las  palabras  de  los  indios  suscitaron 
el  recuerdo  de  sus  victorias,  se  le  humedecieron  los  ojos^^l 


fl)    La  Virgen  del  Valle   y   la    Conquista   del   Antiguo    Tucumán 
por  el  Presbítero  Pascual  P.  Soprano. 


CAPÍTULO  III. 

Supersticiones   indígenas  y  supersticiones 
advenedizas. 


Sumario.  —  Analogía  de   creencias   entre  el   Viejo  y  Nuevo  Mundo. 

—  Sus  causa>.  —  Concepto  que  formaron  los  misioneros  de  las 
creencias  indígenas  que  se  asemejaban  á  las  que  el  catolicismo 
consagra.  —  Los  nuevos  pobladores  asimílanse  costumbres  é  ideas 
indígenas.  —  Magos  indígenas:  privan  aun  después  de  la  conquista. 

—  Fermento  fie  supersticiones  indiano -europeas. —Plaga  de  hechi- 
ceros en  Tucunu'ui.— ^íagnctizadores  y  fakires  ante  el^  tribunal 
del  Santo  Oficio.  —  La  I  nquisición  persigue  ii  los  hechiceros.  — 
Castigos  que  les  imponían  los  jesuítas.  —  Adivinos,  hechiceros, 
magos,  invocadores  del  demonio. — Sus  artes.  —  Plaga  de  alufn- 
hrnflas.—  \u(xe\íi  de  Luz.  —  El  espíritu  infernal  obrando  mara- 
villas.— Relajación  i\o  costumbres  al  tiempo  de  la  población  de 
América.  —  Depravación  del  clero.  —  Casos  varios  curiosos  que  la 
manifiestan.  —  Martín  del  Barco  Centenera,  historiador  de  la 
Argentina,  ante  el  tribunal  del  Santo  Oficio.  —  El  soldado  y  el 
clérigo  disputando  sobre  buenas  costumbres. —Caso  señalado  del 
conquistador  Francisco  de  Aguirre. 


Considerable  luniiero  de  sii])ersticiones  originarias  de 
Europa  y  del  Oriente  se  hallaron  también  esparcidas  por 
todo  el  continente  americano  á  la  entrada  de  los  es])añoles. 
Los  adivinos,  hechiceros  y  saludadores,  que  aun  levantan 
de  vez  en  cuando  cabeza,  ]>rivaban  igualmente  en  los 
imperios  de  Motezuma  y  de  Atahualj)a  y  entre  las  hordas 


20  SUPERSTICIONES  PKT.  RIO  DE  LA  PLATA. 

salvajes  de  toda  la  tierra  firme  é  islas  del  Nuevo  Mundo 
Sor])rendentes  analogías  se  hallaron  también  entre  las 
creencias  de  los  moradores  del  orbe  de  Colón  y  las  que  en 
el  orden  superior  de  la  religión  profesaba  la  nación  con- 
quistadora:  el  diluvio,  el  misterio  de  la  Trinidad,  la  comu- 
nión, el  ayuno,  el  bautismo,  la  confesión,  la  penitencia,  etc. 
El  opacuna,  en  el  Perú,  era  un  lavatorio  ó  baño  en  agua, 
para  quedar  limpios  de  pecados.  En  determinadas  fiestas 
solennies  repartíanse  unos  bollos  sagrados  ó  cancos  (cancu), 
que  las  mamaconas  (monjas  de  los  templos  del  Sol)  hacían 
con  harina  de  maíz,  teñida  y  amasada  con  la  sangre  de 
corderos  blancos  sacrificados:  símbolo  de  unión  íntima 
y  eterna  con  el  Sol  y  el  Inca  (Dios  y  su  representante 
en  la  tierra).  Todas  las  desgracias  y  enfermedades  que  les 
sobrevenían,  eran  castigo  de  la  divinidad  por  sus  peca- 
dos. En  desagravio  de  la  divinidad  ofendida  y  para  re- 
medio de  aquellos  males,  sacrificaban  animales  y  niños, 
confesábanse  y  recibían  penitencias.  Penitente  y  confesor 
(ichurij  íbanse  á  la  vera  de  un  río.  Postrábase  aquél 
primeramente  de  pechos  sobre  el  suelo;  luego,  levantándose, 
decía  sus  pecados  al  íchitri,  que  estaba  obligado  á  guardar 
secreto  bajo  pena  de  muerte.  Los  pecados  que  debía  mani- 
festar el  penitente,  eran  el  homicidio,  el  robo,  el  adulterio  y 
estupro,  la  sodomía  y  bestialidad,  la  maldición  (la  tierra 
me  trayiie,  el  rayo  me  parta),  la  mentira  y  murmuración, 
el  uso  de  hechizos  ó  hierbas  para  hacer  mal,  el  no  celebrar 
las  fiestas,  el  deshonrar  padre,  madre,  abuelos  ó  tíos  y  no 
socorrerlos  en  sus  necesidades,  el  sacrilegio,  la  omisión  de 
los  sacrificios  ú  ofrendas  obligatorias,  decir  mal  del  Inca, 
etc.  Imponíase  al  confesante  una  penitencia  conforme  á  los 
pecados  de  que  se  acusaba,  cumplida  la  cual,  recibía  unos 


rAPÍ'rri.í)  iii.  21 

ligeros  golpes  en  las  espaldas  con  una  piedra.  Después  ]>eni- 
tente  y  confesor  escu})ÍMn  sucesivamente  en  uu  manojo  de 
heno.  El  confesor  decía  ciertas  oraciones,  maldecía  los 
pecados  que  el  penitente  confesaba,  y  arrojaba  el  manojo 
al  río,  imprecando  á  los  dioses  pnra  que  lo  llevase  al  abismo, 
donde  rjucdase  eternamente  sepultado  '  . 

La  idolatría  y  supersticiones  de  todo  género  luin  >¡do 
siemi)re  más  6  menos  semejantes,  y  aim  á  veces  entera- 
mente iguales;  en  las  diversas  partes  del  nnuido,  ])or  leja- 
nas y  faltas  de  comunicación  conocida  (¡ue  huyan  estado 
entre  sí.  Esto  ha  dependido  de  varias  causas:  de  ser  una 
misma  la  naturaleza  y  aspiraciones  del  hombre  en  to<las 
partes,  de  haberse  hallado  rodeado  de  objetos  y  circunstan- 
cias analogías  v  de  luia  remota  conuinicación  ú  origen  co- 
mun  que  sin  dudn  han  tenido  los  jmeblos  más  ai)arta(los 
entre  sí  v  más  distintos  en  fisonomía,  color,  hábitos  v  ca- 
rácter. 

Los  misioneros  y  escritores  eclesiásticos  de  la  concjuistíi 
veían  la  niMiio  de  Satanás  en  las  susodichas  semejanzas  de 
la  idolati'ía  v  la  religión  revelada.  Satanás,  intentando  ser 
adorado  como  Dios,  excogita,  para  inducir  á  ello  á  los 
hí^nbres,  cuantos  medios  ])uede  inventar  la  malieia  de  un 
ser  tan  perspicaz  y  ladino.  ^las,  como  preilielio  e>tá  (pie 
se  h'  ha  de  (jHcIn'dr  ¡a  cabeza,  siempre  ha  salido  derro- 
tado eji  sus  encuentros  con  los  soldados  de  Cristo,  que,  ar- 
mados con  las  armas  del  Evangelio  v  llevando  la    eruz  en 


(1)  Costutnbrrs  Antif/uos  dr  ¡os  Xnturnlcs  drl  Vcn'i,  en  la  ol>r:i 
Tres  I^clacioncs  (le  Antiijiícdadcs  /V/v/<7/íí/.v  publii-adns  por  el  Ministrrio 
(1(*  Fomento.  C'ju'ta- Prólofro  de  D.  Marc»  s  .üim'iie/  <le  la  Kspa«la. 
Madrid,  ISTO.  1^1  V.  José  Ac(\<ta,  Historia  Xafurnl  y  Moral  dr  las 
Indias. 


22  SUPERSTICIONES  DEL  Kl'o  DE  LA  PLATA. 

la  mano,  desbaratan  sus  planes  y  le  confunden  irremisible- 
mente. Tal  se  ha  visto  realizado  y  cumplido  en  las  predi- 
caciones de  los  misioneros  que  España  y  Portugal  enviaron 
al  Asia,  al  África  y  al  Nuevo  Mundo.  La  astucia  y  maña 
de  Satanás,  cuya  naturaleza  intelectiva  es  tan  superior  á  la 
del  hombre,  hale  permitido  tomar  cuantas  formas  convi- 
nieron á  sus  designios,  desde  la  de  ángel  de  luz,  hasta  la 
de  serpiente.  Así  conseguía  (halagando  las  aficiones  y 
tendencias  de  los  hombres,  señaladamente  de  aquellos  que 
se  hallaron  privados  de  la  lumbre  del  Calvario,  en  quienes 
el  triunfo  era  más  fácil)  que  le  tributasen  honores  divinos. 
De  ahí  tienen  origen  los  extravagantes  y  variados  modos 
de  adoración  que  los  españoles  hallaron  en  el  Nuevo 
Mmido^^l 

El  morador  de  las  desiertas  campañas,  por  vía  de  asi- 
milación, tomó  de  los  hábitos,  usos,  lenguaje  y  aficiones 
del  indio,  que  unió  á  su  destino  después  de  la  conquista,  lo 
más  análogo  y  adaptable  á  su  modo  de  ser,  á  sus  necesi- 
dades en  tierras  desconocidas  y  hasta  á  sus  preocupaciones 
respecto  de  los  hechos  y  fenómenos  que  no  era  capaz  de 
explicar  su  pensamiento.  Los  elementos  que  de  tal  suerte 
se  asimilaron  las  nuevas  gentes  que  poblaron  la  tierra  mez- 
cladas con  los  indios,  entraron  en  sus  costumbres  como 
una  mera  accesión.  Pero  no  por  eso  dejaron  de  modificar- 
las considerablemente  y  de  imprimirles  su  sello.  Así  los  ele- 
mentos indígenas  vinieron  á  confundirse  con  los  peculiares 
de  los  nuevos  pobladores  en  muchos  accidentes,  á  favor  de 
la  oscuridad  con  que  regularmente  se  presentan  las  causas 
de  los  hechos  relativos  á  la  vida  íntima  de  las  naciones, 

( 1 )    Monarquía  Indiana  por  Fray  Juan  de  Torquemada.  Madrid,  1723. 


>fTi:LO   líl. 


23 


que,  ó  no  linn  or*n[ri\)a(loV;  sólo  lian  ocupado  inciden  tal- 
mente líl  atención  es  tndiydora  del  historiador  y  el  filó- 
sofo en  los  j)asa(los  si^Wlos 

Los  nia<^os,  heehieeiVos,  jiivinos  ó  hrnjos  indíi;enas  con- 
tinuaron, después  de  hiA  coiViista,  ejerciendo  sus  artes  va- 
nas, no  ya  en  el  seno  da*  su.>itolderías  ó  puel)los  indepen- 
dientes, sino  entre  cristia\nos.Infinito  era  su  número,  dando 
nuicho  (pie  hacer  á  los  m\¡nistos  de  la  Iglesia,  ()cui)ados  en 
extirpar  de  la  vina  del  Seííor  un  iKJciva  y  contagiosa  pes- 
tilencia^'-. Los  magos,  hechiceros,  adivinos  y  brujos  crio- 
llos, de  la  grey  cristiana,  adlP])ta'on  de  los  indígenas  cuanto 
se  acomodaba  á  sus  designios  \v  prácticas  tradicionales, 
sustituyendo  con  la  señal  d^la  cr\z,  y  eon  })reces  á  su  ma- 
nera dispuestas,  las  palabras  y  acciones  simbólicas  (pie  les 
pareció  desechar.  \      y 

Unidas  á  las  de  los  europeas  las  supersticiones  de  los 
indios,  prodújose  un  vigoroso  fermento  en  tan  a})artadas  y 
desiertas  regiones,  cuyos  nuevos  pobladores,  á  pesar  del 
yugo  con  (pie  los  sujetaban  los  p)deres  real  y  eclesiástico, 
dieron  constantemente,  en  cuantas  o^*asiones  se  les  presen- 
taron, muestras  señaladas  del  indi.idualisnio  congénito  de 
una  r.i/a  ¡nformada  en  los  cani[)0:^de  batalla,  abundante- 
mente regada  con  sangre  de  iberos)^  de  latinos,  de  godos, 
de  árabes.  Los  retoños  de  las  ideas  supersticiosas  así  amal- 
gamadas extendiéronse  \)nv  campos  y  ciudades,  como  la 
mala  hierba  (pie  invade  los  terrenos  labrantíos  cuando  de 
continuo  no  la  trabajan  sus  cnltivad(Ves.  Consta  de  un 
memorial  presentado  al  Consejo  de  Indias  el  7  de  octubre 
de   17.')!'    por  el    pi"(K*ui'ador   de  lia   ciudad    de  Córdol)a    del 


(1)     El  V.  José  (le  Acostji,  Ifi.stariays'atinal  y  Moral  de  las  Indias. 


/ 

24  SUPERSTICIONES  DEL  Rl'f"-  L^PLATA. 

Tueuináii  D.  Gregorio  de  Arras^^^  ^^  ^^  provincia  que 
para  ante  el  le  confiara  la  gestic^^^  ^^  negocios  hallábase 
verdaderamente  ¡alagada  de  lo^^^^y*^^  vicios  y  herejías 
y   con  más    especialidad  de   cliifo^^^  siendo  tanta  su 
abundancia  que,  á  pesar  del  Jectc^^^*^^  ^F^  ^^^  inhabi- 
litaba para  todo  servicio  en  /sa  fiesta,  encontrábaseles 
de  criados  hasta  en  los  moní/teri/  J  conventos.    Casi  no 
había  un  enfermo  que  deia/  de^^'i^iuir  sus  dolencias  á 
los  efectos  de  algún  malenca.    ^  informaciones  (raras) 
que  el  comisario  del  Santo/)ñ(/^^^'  la  Inquisición  hiciera 
acerca  de  algunos  de  talesÁelit'  qiiedaban  allá  en  Lima, 
sin  que  se  volviese  á  oir/iabl  ^^  semejante  cosa  en  la 
vida;  y  como  á  los  iuecab  rfP  ^^^  estaba  vedado  el  en- 
tender en  causas  de  esa  i/atup^^?  ^^^  bergantes  hechice- 
ros, cuyo  pacto  con  el  dfmc/  ^^^^  notorio,  campaban  por 
su  respeto  ^^l  /     / 

A  las  cárceles  de  lai  Ii^sición  fueron  á  dar  muchos 
sujetos  bien  humorados  jíabilidosos,  que  hoy  hubieran 
podido  presentarse  en  el'^^^^^^^^'^^  ^^  ^^^  teatro  á  ley  de 
magnetizadores  ó  faki/'es^ig^^i'^^  ^^^  1^'^  procesos  del  siglo 
décimosqDtimo  un  m^rA  üi-giles,  de  Riohamba  (Quito), 
que,  al  son  de  la  g\A'4<\  l|<icía  bailar  un  huevo  y  levan- 
tarle del  suelo  hastJ/  altpa  de  su  cabeza.    Cien  azotes 
valieron  sus  gracias  //lelclior  de  Anáribar,  joven  de  diez  y 
nueve  años,  que,  hatóndo  lelebrado  pacto  con  el  diablo  en 
el  Cuzco,  tuvo  la  a/lanteJde  ofrecer  algunas  pruebas  de 
manos  á  los  mismos  iníiisidores  que  le  estaban  proce- 
sando, á  quienes  con  ellas  ctjo  espantados.  José  Nicolás  Mi- 


(1)    Memorial  inserto  en  hJ  flistoría  del  Tribunal  del  Santo  Oficio 
de  la  Inquisición  de  Lima  paVO.  J.  T.  Medina. 


CAPÍTULO  in.  25 

clicl,  maestro  de  niños,  en  Oruro,  eoii  artes  iiiaLiieas  con- 
vertía, á  la  vista,  en  neí»;ros  á  los  hombres  hlaneos^^^  De- 
sesperado, intentó  v;n¡as  veces  en  la  cárcel  (jnitarse  la 
vida.  Condenosele  en  las  [)enas  de  doscientos  azotes  y  des- 
tierro por  siete  años  en  el  presidio  de  Valdivia  ^"^. 

Los  mastines  celadores  del  católico  rebano,  como  llamo 
Cervantes  ^^^  á  los  agentes  ó  comisarios  del  Santo  Oíieio,  eran 
pocos  y  mansos  en  las  regiones  del  Plata,  dependientes  en- 
tonces, y  tan  apartadas,  del  virreinato  del  Perú.  Los  mas- 
tines peruleros  tenían  harto  con  lo  de  casa,  especialmente 
en  lo  respectivo  á  luteranos  y  judaizantes,  (pie  eran  mu- 
chos. 

Por  lo  demás,  la  Liipiisicion  persiguió  en  America,  del 
propio  modo  que  en  España,  a  los  que  en  las  artes  diahó- 
licas  ejercitaban  su  ingenio  6  su  malicia.  De  su  temida 
jurisdicción  estaban  exentos  los  indios;  mas  los  hechice- 
ros que  con  yerbas  ó  maleíicios  produjesen  la  nuierte  ú 
otro  daño  en  las  personas,  eran  castigados  por  las  justicias 
reales  ^^\  Los  jesuítas,  en  el  gobierno  de  cuyas  misiones 
eran  libres,  saho  la  obediencia  y  sumisión  al  soberano,  al 
Rey,  nunca  dejaron  en  paz  á  los  magos  y  hechiceros  que 
pululaban,  generalmente  con  gran  prestigio,  entre  los  indios 
de  todo  cacicazíío.  Con  un  centenar  de  azotes,  en  medio 
de  la  plaza,  los  despojaban  de  los  atributos  de  la  divinidail 


(1)  Troprlia  llaiiiaroii  ala  ciencia  de  prc^ontar  una  cosa  por  otra 
á  los  ojos  del  espectador.  Véase  el  Coloi¡itio  de  tus  Perros  por  Miu'iiel 
de  Cervantes. 

(2)  Relación  de  procesos  en  la  llisforifi  del  Trihuiml  del  Sanio  O/i- 
cio de  Ifi  Innuisiriñn  de  Ijinid  por  !>.  J.  'P.  >rrd¡na.  entre  ellas  la  del 
Dr.  D.  Pedro  de  Peralta  IJarniuvo. 

(3)  Pcrsilcs  //  Si</isninnda. 

(4)  Ley  X),  tít.  l/\  lib.'^  G.''  de  Indias. 


26  SUPERSTICIONES  DEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

qiio  cleeíaii  po^?oov  pava  obrar  maravillas.  La  experiencia 
tenía  demostrado  ()ue  esta  mhidable  medicina  era  bas- 
tante á  extirpar  una  pestilencia  que  tanto  daño  hacía  en 
las  ahnas. 

IjOs  adivinos,  hechiceros  y  magos  invocaban  al  demonio 
con  n()nd)re  de  ángel  de  luz,  rindiéndole  cierta  manera  de 
adoración  y  ofreciéndole  perfumes  y  hierbas  olorosas.  Ha- 
bía evocadores  del  demonio  (que  venían  á  ser  los  espiri- 
tistas de  nuestros  días),  el  que  se  les  aparecía  en  la  figura 
dr  un  animal  ó  bien  representando  las  personas,  vivas  ó 
muertas,  percadoras  6  beatificadas,  con  quienes  querían  co- 
numicarse  cara  á  cara.  Le  hablaban,  y  recibían  sus  res- 
puestas, sobre  sucesos  pasados,  actuales  ó  futuros.  Encen- 
díanle luces  y  quemábanle  incienso,  al  propio  tiempo  que, 
con  una  bebida  hecha  de  yerbas  y  raíces  (el  acliiima,  el 
chamico  y  la  coca),  se  enajenaban  y  entorpecian  los  sen- 
tidos hasta  el  punto  de  engendrar  en  su  mente  las  ilusio- 
nes y  representaciones  fantásticas  que  luego  tenían  y  pu- 
])Hcal)an  por  revelaciones  inequívocas  de  las  cosas  ó  de  los 
hechíjs  (pie  deseaban  conocer  ó  de  que  prometían  dar  noti- 
cia. Aparte  de  los  invocadores  del  demonio,  militaban  en 
America  los  astrólogos,  levantando  figuras  para  formar  el 
horóscopo  de  las  personas  y  formulando  -juicios  sobre  ca- 
sos futuros  y  contingentes  ó  sobre  acciones  dependientes 
de  la  voluntad  divina  ó  del  libre  albedrio  de  los  hombres. 
Para  las  a(Uvinaciones  v  hechizos  valíanse,  asimismo,  los 
que  en  aitcs  dia])óhcas  ejercitaban  su  malicia,  de  habas,  trigo, 
maíz,  monedas,  sortijas  y  de  otras  semillas  y  objetos  seme- 
jantes, mezclando  lo  sagrado  con  lo  profano:  evangelios, 
agmisdeyes,  aras  consagradas,  agua  bendita,  estolas  y  otras 
vestiduras  sacerdotales.    Tenían  y  usaban  ciertas  cédulas 


CAPÍTULO  ni.  '27 

Giiigmátieas  y  recetas  6  inemoriales ;  palal)ra.s  ú  oraciones; 
círculos,  rayas  y  caracteres;  relií|iiias  de  santos;  piedra 
imán;  cabellos,  cintas  y  polvos;  candelillas,  redomas,  ollas j 
vasos  de  agua,  alfileres,  etc.  Aparecieron  muchas  alum- 
bradas, mujeres  que  hacían  milagi'os,  recibían  favores  del 
cielo,  tenían  visiones  y  revelaciones,  sabían  lo  que  pasaba 
de  tejas  arriba  y  de  tejas  abajo,  adivina1)an  y  ¡)redecían, 
dal)an  fructuosos  consejos  y  sanaban  á  los  enfermos.  Co- 
sas eran  estas  que  alarmaban  á  las  conciencias  timoratas 
y  alguna  vez  impulsara  á  los  ministros  de  la  Inquisición  á 
considerar  y  averiguar  si  la  nuijer  favorecida  con  tales  vir- 
tudes albcTgaba  en  su  alma  y  en  su  corazón  el  ef^píritu  y 
experimentaba  los  arrobos  de  ángel  de  luz  ó  de  dnfjel  de 
tinieblas.  Las  mujeres  iluminadas  constituían  por  sí  solas 
una  plaga ^^\ 

Cclel)re  fue  en  el  indiano  hemisferio  la  titulada  madre 
Angela  ó  Angela  de  Dios,  cuyo  apellido  era  Carranza, 
natural  de  Córdoba  del  Tucumán,  (piien,  ])asando  al  Perú 
y  frecuentando  los  tenq)los  de  Lima,  logi"ó  (pie  la  tuviesen 
por  santa.  Para  llenar  con  la  mies  católica  los  trojes  del 
infierno,  habíase  valido  (como  suele)  el  de/nonio  de  una 
de  esas  mujeres  que  llaman  beatas.  Lo  era  la  tucumana 
del  hábito  de  San  Aí^ustín.  Era  la  mac^trd  de  la  mis- 
tica,  la  abogada  del  pueblo,  la  mararilla  del  orbe:  éxta- 
sis, raptos,  inteligencias  misteriosas  con  seres  superiores, 
revelaciones,  milagros.  Juzgábase  compendiado  el  cielo 
en  aquella  mujer.    Yineulab;i  l:i  h'licidad  de  las  personas, 


(1)  Carta  del  ¡iKiiiisidor  Andivs  Juan  Gaitán  y  edicto  ¡iiquisitorial 
proiiiuliiado  en  Lima  td  año  de  IG'Jl  insertos  en  la  Historia  del  Tri- 
bunal del  Sanio  O/iciu  de  la  Inqnisuión  de  Lima  por  D.  J.  T.  Meilina. 

4. 


28  SUPERSTICIONES  DEL  RÍO  £>E  LA  PLATA. 

el  buen  c'xito  do  los  negocios,  aspiraciones  y  empresas,  á 
los  objetos  (pie  sn nt i íieaba:  rosarios,  medallas,  campanillas 
V  rencerros,  cuentas,  pañuelos,  espadas  y  dagas,  papeles 
escrito-  V  íirnias,  sus  cabellos  y  muelas  y  uñas,  sus  enaguas^ 
vendas  y  paños  teñidos  en  su  sangre.  Tan  enorme  era  la 
cantidad  de  prendas  santificadas  y  de  amuletos,  que,  cuando 
el  tribimal  de  la  IiKiuisición  publicó  edictos  mandando  en- 
tregar todos  los  que  hubiese  en  manos  de  particulares,  se 
IK'uó  con  ellos  una  sala  espaciosa.  Sólo  las  cuentas  y  ro- 
sarios contábanse  por  millones:  en  diez  j^ontijicados  no 
distribuyera  tantos  la  Sede  Apostólica.  Muchos  llegaron 
Con  su  fama  v  celebridad  hasta  la  misma  Roma.  En  los 
quince  años  que  la  tal  Angela  de  Dios  ejerció  su  ministe- 
rio, escribió  quince  libros  en  materias  teológicas,  com]3ren- 
didos  en  quinientos  cuarenta  y  tres  cuadernos,  con  más 
de  siete  mil  quinientas  fojas.  Tuvo  engañados  hasta  á  los 
virreyes  y  arzobispos.  Era  vana  y  arrogante,  im2:>aciente, 
iracunda  y  codiciosa  en  extremo  ^^^.  Fallóse  su  causa  en 
2U  du  diciembre  de  1G94. 

Obra  han  sido  del  espíritu  infernal  las  brujerías,  los  he- 
chizos y  ensalmos,  la  Ijuenaventura,  el  prestigio  y  la  ma- 
gia, la  adivinación  y  el  sortilegio,  los  agüeros,  la  simpatía 
y  palabras,  las  visiones,  todo  hecho,  en  suma,  ó  todo  fenó- 
meno, ya  puramente  imaginario,  ya  real  ó  ya  sofisticado, 
que  ofreciera  condiciones,  apariencias,  caracteres  ó  inthcios 
de  responder  á  una  alteración  del  orden  regular  de  las  co- 
sas ante  el  criterio  teológico.    Ciertos  accidentes  raros  del 


(1)  Carla  al  Consejo  do  la  Inquisición  escrita  por  el  inquisidor  Fran- 
cisco Várela  el  L",  de  en(;ro  de  KiOó  é  inserta  en  la  Historia  del  Tribu- 
nal del  Santo  Oficio  de  la  Inqimicióii  de  Lima  por  D.  J.  T.  Medina. 


CAPÍTULO   lií.  2d 

liistorismo,  ciertas  onferniedacle.s  nerviosas,  no  vinienjn  á 
ser  sino  nianifestaeiones  de  la  presencia  de  espíritus  ma- 
lignos ó  demonios  (jiic  ro(lcal)an  (obsc><iónj  6  se*  liai)ían 
introducido  í posesión  J  en  el  cucrj»)  del  ó  de  la  paciente, 
á  (juien  estaban  atormentand(K  idea  (¿ue  tenía  sus  raíces 
en  la  gentilidad  y  el  judaismo.  El  exorcismo  era  su  re- 
medio. 

La  relajación  de  costundjres,  durante  el  siglo  décimo- 
sexto,  2>i'('^<?iitiíbase  con  mayor  desenfado  aún  que  en  la 
Península  entre  los  poldadores  del  Nuevo  Mundo.  El 
clero  se  dejaba  llevar  de  la  fácil  corriente  desencadenada 
que  al  gusto  convida  con  deleites,  demostrándolo  con  so- 
brada notoriedad  el  crecido  número  de  solicitantes  en  con- 
fesión que  registran  los  anales  del  Santo  Oficio  ^^\  Co- 
rrían de  boca  en  boca,  á  manera  de  sentencias,  frases  indi- 


(1)  Á  la  .-ocirdad  española  de  la  época  á  que  no>  referimos  en  el 
texto,  endereza  los  s¡<^ii¡(.'nte<  conceptos  un  escritor  ilustre  de  nuestros 
díjis,  D.  Gaspar  Núnez  de  Arce:  «Una  moral  laxa  y  acomodaticia 
bahía  invadido  todas  las  clases  y  condicione?,  desde  los  favoritos  y 
mairiiales  de  la  corte,  concusionar¡(v<  y  escandalosos,  que  cn-ían  acallar 
el  remordimiento  de  sus  conciencias  turbadas  emi)leando  parte  de  sus 
rapiñas  en  fundaciones  y  mandas  piadosas,  basta  los  salteadores  de 
caminos,  que  resguardaban  supersticiosamente  sus  pecbos,  cerrados  á 
la  clemencia,  con  imágenes  de  santos  y  escapularios  benditos.  La  per- 
versión era  general;  y  como,  cuando  el  cuerpo  social  se  inficiona  de 
malos  buinores,  llega  á  todos  sus  miembros  el  virus  delelértH^,  ni  .•si- 
quiera el  clero,  encargado  de  la  dirección  de  las  almas,  pudo  preser- 
varse del  pestilente  contagio. 

*  Como  no  (juiero  lastimar  los  delicados  y  cjLstos  oídos  del  bello 
sexo,  que  bonra  este  acto  con  su  asistencia,  ¡nvsr'tndo  de  ciiar  casos 
abominables,  que  siiministra  en  abundancia  hi  historia  de  aquel  sitjh 
(el  XVII )y  y  tampoco  evocare  el  recuerdo  de  crímenes  cjcecrables  é 
impioSy  no  sienijur  castiyados  como  tuereciaUj  cuyos  ¡trocesos  duermen 
en  los  empolvados  leyajos  de  nuestros  arcbiros.-»  (Discurso  inserto  en 
las  Mcínorias  de  la  Jíeal  Academia  KspañolaJ 


30  SUPERSTICIONES  BEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

cativas  Je  un  estado  social  nada  ascético,  de  gentes  mejor 
halladas  con  las  comodidades  y  placeres  de  la  vida  terrena 
que  con  las  prácticas  austeras  de  la  perfección  cristiana. 
En  Cfitc  inundo  no  me  veas  mal  pasar,  que  en  el  otro  no 
me  verás  peiiar,  era  refrán  valido  entonces,  que  de  España 
lo  recil)iera  gustosa  la  placentera  América.  Una  beata  de 
la  Merced,  llamada  Francisca  Ortiz,  en  Santiago  de  Chile, 
declaraba  ante  el  comisario  del  Santo  Oficio  que  realmente 
ella  había  i)rocurado  siempre  no  verse  contrariada  en  sus 
gustos,  recordando  que  en  España  oyera  muchas  veces  de- 
cir: en  este  mundo  no  me  veas  mal  pasar,  que  en  el  otro, 
etc.  Otra  nmjer,  Lucía  de  León,  fué  igualmente  procesada, 
por  haber  dicho  que  los  vecinos  de  Cuyo  (Argentina), 
cuva  c(jnducta  se  censuraba,  se  atenían  acaso,  para  su  go- 
bierno, al  refrán :  en  este  mundo  no  me  veas  mal  pasar, 
etc.  Jerónimo  de  Ortega,  clérigo,  confiesa  haber  firmado 
cédula  al  demonio,  y  que,  arrochllado  en  medio  del  campo, 
ofrecíale  coca,  que  para  el  efecto  levantaba  con  sus  manos 
en  alto,  invocándole  en  esta  forma:  tú,  á  quien  dicen  se- 
ñor del  África,  como  tan  poderoso,  ayildame  y  dame 
fortuna,  así  en  el  juego  como  en  amores.  Clérigos  segla- 
res y  religiosos  criticaban  la  apatía  y  cortedad  de  las  in- 
dias. Fray  Juan  Prieto  quejábase  de  que  las  indias  fuesen 
desamoradas,  manifestando  que  lo  eran  tanto,  que  de  ordi- 
nario se  veía  oljligado  á  forzarlas.  Fray  Diego  de  Sana- 
bria,  comendador  de  Esteco,  en  Tucumán,  preciábase  de 
payar  bien  los  buenos  servicios  de  sus  confesadas,  cuando 
á  sus  instancias  le  visitaban  en  su  aposento.  Fray  Mateo 
de  Alvíirado,  en  Tucumán  también,  contaba  que,  por  la  in- 
dolencia natural  de  las  indias,  tenía  que  llevarlas  á  empu- 
jones hasta  su  celda.  Córdoba,  Salta  y  Santiago  del  Estero, 


CAPÍTULO    IIT.  31 

á  mediados  del  sido  drciinoseptiiiio,  fueron  teatro  de  las 
galanterías  y  aventuras  del  fastuoso  y  perfumado  ol)is|>o 
de  Tueumán  Fray  jMelchor  Maldonado  de  Saavedra,  que 
escalaba  de  noche  las  casas  de  las  doncellas.  Los  procesos 
contra  los  propios  comisarios  del  Santo  Oficio  ocupaban 
una  buena  parte  de  las  horas  de  tra1)ajo  del  austero  visi- 
tador Juan  Kuiz  de  Prado.  Entre  los  comisarios  procesados, 
figura  uno  de  los  primitivos  historiadores  del  Kío  de  la 
Plata,  el  arcediano  Martín  del  Barco  Centenera,  que  en  la 
expedición  del  adelantado  Juan  Ortiz  de  Zarate  habíase 
embarcado  con  bistre  y  mucha  costa  de  hacienda.  El  fa- 
moso autor  de  la  Argentina,  que  ejercía  por  el  año  de 
1589  el  cargo  de  comisario  inquisitorial  en  Cochabaml)a, 
fue  condenado  en  j^rivación  de  oficio  y  multa,  entre  otras 
causas,  por  atropellar  la  jurisdicción  real,  nunitener  ban- 
dos y  conducirse  con  grande  indecencia  y  escándalo,  ha- 
ciendo púl)lica  ostentación  de  sus  aventuras  amorosas  y 
emborrachándose  y  abrazándose  con  las  botas  de  ^'ino  en 
los  banquetes ^^\ 

La  ruda  condición  marcial  Mel  soldado  meritorio  de  la 
conquista  en  los  desiertos,  nada  casto,  malamente  hubiera 
de  recibir,  por  lo  tanto,  las  violentas  censuras  que  contra  su 
conducta  })iiva(la  fulminara  el  encono  y  la  ira  de  renci- 
lloso vicario.  El  de  Santiago  del  Estero ^"\  capital  antigua 
del  Tueumán  en  la  Argentina,  enderezó  las  suyas  á  Fran- 
cisco de  Aguirre, soldado  valeroso, (pie  había  adíinirido  alto 


(1)  Véanse  los  procosos  rcirist nulos  en  la  Historia  del  Trifmnol 
del  Sa)ito  Oficio  de  la  Iiuiuisiriñn  dr  Lima  por  H.  J.  T.  Medina.  Meni 
de  (Viile  por  el  misino  autor. 

(2)  Julián  Martínez,  clérigo,  rieario  de  las  j)rovine{as  de  Tueumán, 
Dioguitas  y  Juries  y  Argentina  ). 


32  SUPERSTICIONES  DEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

prestigio  y  fanin  cu  las  guerras  de  Arauco,  al  lado  de  Val- 
divia. IIal)iiMido  pasado  al  oriente  de  la  cordillera  délos 
Andes,  para  sujetar,  como  lo  ejecutó  con  su  acostumbrado 
brío  y  celtM'idad,  los  indios  rebelados  del  Tucumán,  se  hizo 
cargo  dv\  mando  do  la  provincia.  Concertado  con  sus  ému- 
los, el  malevolente  vicario  se  propuso  perderle,  y,  tras  se- 
rias desavenencias  y  dis])utas,  denuncióle  á  la  Inquisición, 
formulando  contra  él  nudtitud  de  cargos  significativos  de 
su  impiedad  y  herejía.  Confesó  Aguirre  llanamente,  entre 
otras  cosas,  haber  dicho:  que  era  mayor  el  servicio  que  se 
liacía  á  Dios,  procreando  mestizos,  que  el  pecado  en  que 
se  ineurría:  que  ningún  sacei'dote  podía  menos  de  estar 
amancebado,  so  pena  de  cometer  otros  delitos  más  feos: 
que  si  se  viese  en  la  alternativa  de  desterrar  á  un  herrero 
ó  á  im  clérigo,  antes  desterraría  al  clérigo  que  no  al  he- 
rrero: que  la  misa  estaba  de  más,  porque  Dios  sólo  miraba 
los  corazones:  que  él  comía  carne  en  días  prohibidos,  por- 
que no  vivía  en  ley  de  tantos  achaques:  que  en  su  gober- 
nación del  Tucumán  no  había  más  papa  ni  obispo  que  él: 
que  las  excomuniones  solamente  eran  temibles  para  los 
hombrecillos:  y  que  él  había  conocido  un  hombre  que  re- 
zaba mucho  y  se  fué  al  infierno.  Habiéndole  excomulgado 
el  ciu-a  vicario,  el  gobernador  Aguirre  contestó  que  en  Tu- 
cumán no  había  más  excomulgado  que  el  cura  yicario:  que 
en  todo  caso  consultase  al  puel)lo,  y  si,  con  arreglo  á  su 
opinión,  le  quería  absolver,  que  le  absolviese.  Preso  Agui- 
rre, fué  conducido  á  Lima  con  barra  de  grillos  y  á  lomo  de 
muía  (más  de  quinientas  leguas).  Ni  sus  eminentes  servi- 
cios á  la  corona,  ni  la  dignidad  de  su  mando,  ni  su  edad 
ya  casi  se])tuagenaria,  fueron  parte  á  librarle  de  una  con- 
dena tan  humillante  como  arbitraria,  precedida  de  ocho 


fArÍTí'i/)  I  ir.  33 

años  consecutivos  de  sufViniiciitos  físicos  y  morales  en  las 
sombrías  cárceles  del  terrible  ti-¡lnin;il  cnijíedeniido,  cuya 
conducta  censuro  con  severidad,  })()r  lo  injusta  y  desarre- 
glada, el  visitador  Ivuiz  de  Prado  '\  IVro,  á  t(xlo  esto,  ¿ no 
creería  uno  estar  oyendo  en  los  asj)eros  labios  del  soberlno 
conquistador  de  Chile  y  de  'J'ucunian  los  mismos  dicluira- 
chos  que  á  ley  de  frases  retoricas  espetan  boy  día  á  la 
muclie(hnnbre  oradores  y  escritores  populacheros?  YÁ  niodo 
que  ha  tenido  antaño  el  hombre  de  pensar,  y  sentir,  y  de 
obrar  y  expresarse,  no  ha  variado  tanto  como  pudieran 
quererlo  significar  los  cam])ios  de  instituciones. 


(1)  Colección  , de  Documcntns  i  ni  di  tos  del  A  rehiro  dr  Indias  ix)r 
D.  Luis  Torres  de  Mendoza  y  otros,  ó  Iíist')rin  del  Tribnnil  del  ^nto 
O/icio  dr  la  In'¡nisirióii  en  (^hilr  por  D.  J.  T.  Me  l¡ii:i  '  extractos  del 
visitador  Kuiz  (le  Pnido). 


CAPITULO  IV. 

Gualicho   y    Añanga. 


Sumario. —  Personificación  de  las  fuerzas  de  la  naturaleza.  —  Su 
interpretación  gentílica  por  los  vates.  —  Inteligencias  maléficas.— 
Teogonias:  unidad  de  los  elementos  que  las  integran  y  de  las 
fuerzas  naturales.  —  Añacuá  ó  añanga  de  los  guaraníes  y  gualicho 
de  los  pampas  conviértense  en  microbios.  —  Estragos  que  causan. 
—  Las  chinas  se  afanan  por  exterminarlos.  —  Gualicho  en  las  tol- 
derías de]  indio  castiga  con  terrible  severidad  á  los  que  faltan 
al  deber  sagrado  de  la  limosna.  —  El  mal  y  el  bien  en  el  mundo 
moral  y  ei\  el  físico.  —  Las  divinidades  indígenas  á  los  ojos  del 
misionero.  —  Oportuno  uso  de  voces  indígenas  castellanizadas  re- 
ferentes á  las  teogonias  del  indio. 


El  hombre,  en  los  albores  de  la  vida,  supone  inmediata- 
mente enlazados  á  inteligencias  ó  poderes  superiores  é 
invisibles  los  hechos  y  fenómenos  que  en  el  orden  físico 
se  cumplen,  á  virtud  de  las  fuerzas  de  la  naturaleza  que 
los  informan,  respondiendo  á  leyes  que,  establecidas  por  la 
mente  suprema,  rigen  el  movimiento  y  equilibrio  del  uni- 
verso. Todos  creen  (los  m(]io^)  que  las  fuerzas  y  el  bien 
son  en  el  cielo,  decía  Cristóbal  Colón,  desde  las  Antillas, 
en  carta  a  T.uis  do  Santangel^^'.  El  soberbio  guaicurú,  ava- 

( 1 )  Cohcción  de  los  Viajes  y  Descubrimientos  que  hicieron  por  Mar 
los  Españoles  desde  fines  del  Siglo  XV  por  D.  Martín  Fernández  de 
Navarrete. 


CAPÍTULO   IV.  35 

sallador  do  las  naciones  circuiivccinas,  en  el  Chaco,  salía 
denodadamente  al  encuentro  de  las  tormentas,  re<]!;idas  por 
los  demonios,  á  (jiiienes  creía  vencer  y  abatir,  ol)ligándolos 
á  sepultarse  de  nuevo  en  la  nes^a  mansión  de  los  al)ismos 
que  los  vomitara.  Diversas  generaciones  guaraníes  alejaban 
las  pestes  y  otras  calamidades  cí)n  algazara  y  con  el  canto, 
acompañado  este  del  ruidoso  sonido  del  harnea  fmbaracd, 
calabaza  con  chinas  dentro).  Las  tribus  de  la  región  pata- 
gónica procedían  de  la  misma  manera.  Los  pampas,  cuando 
advertían  los  síntomas  de  alguna  enfermedad  ó  les  amena- 
za! )a  algún  peligi'o,  se  armal)an  de  todas  sus  armas  (lanzas, 
l)olas,  cuchillos,  garrotes,  lo  que  habían  á  las  manos),  mon- 
taban á  caballo,  y,  prori'umpiendo  en  gritos  desaforados, 
arremetían  contra  el  invisible  enemigo  y  no  dejaban  de 
asestar  golpes  al  aire  hasta  que  se  persuadían  haberle 
echado  de  sus  toldos. 

Aun  el  hombre  culto,  por  instinto  y  por  hábito,  se  inclina 
á  personificar,  y  metafóricamente  lo  hace  á  cada  paso, 
las  variadas  fuerzas  de  la  naturaleza,  en  especial  cuando  la 
máquina  del  mundo  oculta  sus  resortes.  Los  poetas  (que 
ejercitando  })rimor(Ualmciitc  la  faculta<l  imaginativa,  revis- 
ten sus  conceptos  de  formas  pci-egrinas  y  metafóricas)  hanse 
convertido,  consagrados  por  el  numen  (pie  los  inspira,  en 
apóstoles  universales  de  esta  interpretación  idolátrica  de 
la  naturaleza,  (pie  esconde  su  modo  de  obrar  y  su  destino 
á  los  ojos  del  limitado  entendimiento  hiunano,  ávido  de 
levantarse  á  mejor  y  más  amplia  esfera  que  la  estrecha  y 
mísera  (jue  le  encarcela  en  el  planeta.  La  nnisa  de  l:is 
sociedades  cristianas  ha  hecho  sentir  y  hablar  á  los  pro- 
montorios y  á  los  ríos  por  boca  deCamoens  en  el  tormen- 
toso cabo  de  Buena  Esperanza  y  de  Fray  Luis  de  León  en 


30  SUrEüSTICIONES  DEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

el  Tajo  protVtizaiulo  la  perdida  de  España  al  confiado 
Rodrigo. 

Es  i'l  ser  humano,  para  todo  pueblo  naciente,  objeto  pri- 
mordial del  orbe,  la  meta  a.  (pie  se  dirige  y  en  que  termina 
ordinariamente  el  universal  ccmcierto,  á  que  cooperan  bajo 
el  gobierno  de  la  divinidad  aquellas  inteligencias.  Hay,  em- 
j>ero,  intelig(MU'ias  maléficas,  que  conspiran  á  destruir  ó 
alterar  este  concierto  en  daño  del  hombre,  á  (piien  de  todos 
modos  pei'siguen.  Estas  inteligencias  son  engendros  del 
genio  del  mal,  del  diablo,  que  cada  pueblo  concibe  en  con- 
formidad a  las  coiidiciones  del  suelo  en  que  vive  y  de  sus 
tradiciones  indígenas  ó  advenedizas.  El  conjunto  y  modo 
de  obrar  de  las  inteligencias  que  gobiernan  en  uno  íí  otro 
sentido  el  orbe,  constituye  las  teogonias,  imaginaciones  for- 
jadas por  la  mente  colectiva  de  las  sociedades  que  van 
despertando  a  la  vida  del  espíritu.  En  medio  de  la  multi- 
plicidad de  inteligencias  que  pueblan  el  mundo  imaginario 
de  las  sociedades  primeras,  propende  el  espíritu  á  la  unidad, 
(pie  á  la  postre  alcanza,  atraído  por  la  armonía  que  reina 
entre  el  orden  físico  y  el  moral.  Así  como  las  fuerzas  de  la 
naturaleza  tienden  á  la  unidad,  manifestándose  a  fuer  de 
modificaciones  de  una  fuerza  tánica  y  fundamental  que  obra 
incesantemente  })ara  dar  forma  ó  vida  á  los  objetos;  de  la 
propia  manera  las  inteligencias  que  componen  el  mundo 
imaginario  de  los  puel)los  gentíKcos  y  primitivos,  propen- 
den á  reconocer  la  existencia  de  un  ente  soberano  que  las 
rige  y  avasalla. 

Hay,  j)or  tanto,  notoria  identidad  entre  las  fuerzas  de  la 
naturaleza  y  las  inteligencias  que  imaginó  el  hombre  pri- 
iniliví).  Estas  inteligencias  ó  agentes  invisibles,  por  lo 
general  son  antropomorfos.  Mas  á  veces  tienen  la  forma  de 


CAPÍTL'hO    IV.  37 

ciialí|uiera  otro  sor  animado  de  la  naturaleza.  Así,  por  ejem- 
plo, ahniKjd,  (pie  era  el  diablo  de  los  guaraníes,  tenía  |)ara 
algunas  generaciones  la  forma  de  un  insecto  í aj/acnid  ó 
añacucí,  í\\'á\)V)  ternezuelo ),  (pie  hacía  tinit»)  daño  en  las 
nn'eses,  y,  lo  (jue  es  más  gi'ave,  en  el  cuerpo  del  hombre, 
Cierno  los  terribles  microbios  (pie  diezman  la-;  poblaciones, 
especialmente  si  han  salido  de  las  lj(jcas  del  Ganges,  del 
Kilo  6  del  Misisipí. 

El  V.  José  Guevara,  tratando  de  lo^  lul''s,  (pie  eran  in- 
dios salvajes  moradores  dd  Chao,  dice  del  at/acud  ipie 
era  un  f/on/ojo  del  campo,  que,  á  parte  de  otras  diabluras, 
se  entretenía  en  mortificar  al  hombre,  introduciendo  en  su 
cuerpo  diversos  elementos  de  destrucción  que  le  causaban 
el  dolor  y  la  nuuTte^^^.  Iba  este  diablillo  armado,  á  lo 
indio,  de  arco  y  flechas. 

Mas  el  af/acud  de  los  hiles  no  es,  en  substancia,  otra 
cosa  que  el  añacud  de  las  demás  generaciones  guaraníes 
(á  cuya  raza  seguramente  }KTtenecieron  aípK'Uos).  ^u  figura 
de  (joryojo  del  campo,  ¿4^^^^  ^'-^  '"^^'^^^  ^^'^'^  ^^^'  '«*^  infinitas 
transformaciones  que  ha  sabido  tomar  y  toma  el  diablo  de 
los  indígenas  todos  del  Nuevo  Mundo,  ])or  su  índole  y  con- 
diciones idc'ntico  al  espírilii  maligno  de  los  eristianos,  (pie 
todas  las  regiones  del  globo  tiene  invadidas  y  contaminadas? 
Aijacjid,  anacudy  añanyd  son  formas  varias  de  un  mismo 
vocablo.  A/laiif/a  decimos,  castellanizada  la  voz.  La  lengua 
cast(>llana,  del  proj»io  mo(lo  (|ue  la  portuguesa,  á  la  po>tre 
conviei-íe  en  llanas  las  voces  agudas  (pie  se  asimila.  Por  eso 
también  los  bi-nsilcnos  dicen  comúnmente  c//"/í7 ;///</,  sin  jx-r- 


(l)     Historia  (le  la   Conijuista  thl  Parnrumi/.  Hio  de  la  Pinta  ;/  Tu- 
cunnin. 


38  SUPERSTICIONES  DEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

juicio  (Ir  proiuiiu'iiir,  cuando  les  place,  afíangd.  Vivas  aún, 
bien  que  luoiibuiulas,  subsisten  en  parte  de  la  Argentina 
(Corrientes,  ^Misiones),  en  el  Paraguay  y  en  el  Brasil  las 
lenguas  guaraní  y  tupí,  una  y  otra  originarias  del  mismo 
tronco  y  solo  diferenciadas  entre  sí  por  accidentes  análogos 
á  los  que  distinguen  la  portuguesa  de  la  castellana.  Las  di- 
ficultades que  ofrece  el  penetrar  bien  el  sentido  de  las  pa- 
labras en  boca  de  gente  bárbara,  lia  impedido  á  los  misio- 
neros (que  eran  los  que  regularmente  averiguaban  estas 
cosas)  juntar  datos  precisos  que  sirviesen  para  determinar 
la  naturaleza  y  cualidades  ó  atributos  de  las  divinidades 
indígenas.  Añaiiga,  gualicho,  zo])ay  significan  respectiva- 
mente el  maligno  espíritu  entre  guaraníes,  araucanos  (in- 
clusos los  pampas)  y  peruanos.  Añacud  ó  ayacuá  es  un 
dial)lill(),  un  diablo  diminuto  é  imperceptible  entre  los  gua- 
raníes, que  para  algunas  generaciones  lia  tomado  la  forma 
de  un  gorgojo  del  campo.  Aílangapüanga  es  otra  manera 
de  dialjlo,  el  diablo  colorado  (pitavg)  ó  ardiente,  por  la  si- 
militud del  rojo  y  de  la  llama. 

La  idea  de  un  viviente  diminuto  é  imperceptible  (de  un 
viicrohio)  productor  de  enfermedades  en  el  hombre  y  en  los 
animales,  sin  duda  ha  sido  general  entre  los  bárbaros  del 
continente  americano.  Tal  era,  á  lo  menos,  la  imaginación 
reinante  entre  los  indios  de  las  regiones  comprendidas  entre 
el  Plata  y  el  Onnoco,  entre  los  del  Chaco,  de  la  Pampa, 
de  la  Patagonia,  de  Arauco,  de  la  Tierra  del  Fuego.  El 
gualicho  de  los  pampas  se  halla  en  las  aguas  pútridas  de 
los  pantanos  ú  otros  receptáculos,  como  las  desemboca- 
duras de  los  gi-andes  ríos  que  forman  deltas,  en  las  frutas 
nocivas,  en  las  yerbas  venenosas,  en  las  emanaciones  dele- 
téreas de  toda  índole,  en  los  cerrados  bosques  sin  ventila- 


CAPÍTULO  ÍV.  39 

cíón,  en  el  aire  que  respiranics  viciado  ]^or  eiialquior  causa 
accidental,  en  el  cráter  de  los  volcanes,  en  donde  se  aglo- 
mera mucha  gente,  en  torno  <le  ranchos  y  de  tapera.'^,  en 
los  árboles  secos  y  vetustos  que  ha  aishido  la  suerte,  cual 
si  de  ellos  liuyese  la  vida.  Introducido  en  el  vientre,  le  hace 
doler;  introducido  en  las  piernas,  las  paraliza;  introducido 
en  los  ojos,  los  ciega:  en  los  oídos,  los  ensordece:  en  la  len- 
gua, priva  del  habla ^^\  Los  pampas  y  los  charrúas,  em- 
badurnados con  gi'asa  de  yegua  ó  de  nandú  (avestruz)  y 
amontonados  bajo  un  toldo,  hondjres,  nuijeres,  chicos  y 
gi'andes,  perros  y  gatos,  comían  y  dormían  entre  un  infi- 
nito mundo  de  microbios:  ni  sns  narices  advertían  lo  más 
mínimo  que  pudiese  desagradar,  ni  habría  mod(j  de  liaeerles 
entender  (si  uno  se  lo  propusiese)  el  significado  preciso  de 
la  palabra  nauseabundo.  \a\  catinga  (hediondez,  peste), 
para  ellos,  era  algo  parecido  á  la  fragancia  del  azahar  6  del 
nardo.  Las  madres  acomodaban  á  los  recien  nacidos  en 
una  armazón  de  tal)litas  de  caña  tacuara,  amarradas  con 
tientos  (tiritas  de  enero)  á  dos  listones  paralelos.  Por 
uno  de  los  extremos  los  listones  formaban  ángulo,  termi- 
nando en  punta,  á  fin  de  (pie,  clavada  en  tieira  la  armazón, 
(piedasen  libres  y  pendientes  los  nuislos  y  j)iernas  de  la 
criatura,  afianzada  solamente  desde  la  cintura  hasta  los 
honderos  y  de  espaldas.  De  ese  modo  las  madres  podían 


(1)  Expedición  (i  la  sierra  de  la  Ventana  por  D.  PtHlro  Andrts 
(í.'uvíii  (18J1),  en  Iji  Calece.  Ámjelis:  1).  Ijicio  V.  M;uir>ill:i,  Cna 
Excursión  á  los  Indios  lian(¡neles;  I).  Manuel  J.  Ohisroaixa,  La  (on- 
(¡nista  del  Desierto. 

Con  razón  I).  Juan  Valera,  lial)lan(lo.  on  carta  al  autor,  ilrl  at/a- 
cuá  (le  los  líuaraníes,  li»  eonii)aral)a  íestivanu'ntc  á  los  microbios  de 
M.  Pasteur.    (Xneras  Cartas  An)eric(¡nas.) 


40  su^í:RSTr^ro^'E.s  DriL  vdo  de  La  í^íatá. 

ocupa rso  en  sus  fnenas  (que  oran  niucbas,  pues  todo  lo  ha- 
cían })ara  ollas  y  para  sus  oonipañoros  ó  maridos,  esencial- 
nionto  porozosos  y  Iiaraganos),  al  paso  que  sus  hijuelos, 
estirando  y  saeudiendo  las  piernitas,  favorecían  el  des- 
arrollo de  su  nuisculatura,  entretenidos  en  mirar  el  campo, 
los  caballos  y  perros,  y  rodeados  de  moscas.  Cuando  los 
indios  se  ponían  en  marcha,  las  madrees  echaban  á  la  es- 
palda la  susodicha  armazón,  y  la  presión  continua  que  ha- 
cía en  el  fondo  de  ella  la  parte  posterior  del  cráneo,  daba 
por  resultado  que  á  la  larga  se  les  aplastase.  De  ahí  que 
í'l  indio  pampa  tenga  achatada  la  parte  posterior  de  la  ca- 
beza. Pues  bien :  tan  luego  como  la  criatura  podía  andar 
y  sostenerse,  prendían  fuego  á  la  armazón  que  le  sirviera  de 
cuna.  El  objeto  de  la  quemazón  no  era  otro  que  destruir  6 
matar  ct  (jualicho,  como  si  dijéramos  los  millones  de  mi- 
llones de  microbios  que  sin  duda  alguna  albergaría  un 
nnieble  de  caña  y  correas  que  durante  mía  porción  de  me- 
ses consecutivos,  sin  solución  de  continuidad,  había  ido  al- 
macenando toda  la  innumdicia  que  se  desprendiera  del 
cuerj)ito  del  incUo.  Si  no  destruían  el  gualicho  de  que  el 
nmeble  (piedalja  infestado,  creían  firmemente  que  hijo  y 
madre  habían  de  ser  víctimas  de  enfermedades  y  desgracias 
inevita])les.  Les  acarreaba  el  desprecio  y  aborrecimiento  de 
los  demás,  quedando  condenados  á  vivir  eternamente  per- 
seguidos y  maltratados,  como  si  estuviesen  contaminados 
por  el  demonio. 

El  mal  en  el  mundo,  sean  cuales  sean  las  formas  con  que 
se  presente,  responde  á  causas  que  más  ó  menos  remota- 
mente se  hallan  enlazadas  con  las  fuerzas  de  la  naturaleza, 
que,  obedeciendo  á  las  leyes  impuestas  por  el  supremo  or- 
denador de  las  cosas,  mantienen  el  equilibrio  universal.  El 


CAPITULO    IV.  41 

liomljro,  empero,  atendiendo  sólo  á  los  efectos  y  causas  in- 
mediatas, considera  el  mal  como  una  perturbación,  como 
un  trastorno  de  las  leyes  (que  son  necesarias,  constantes) 
del  organismo  (¿ue  mantiene  y  mueve  el  universo.  El  ge- 
nio del  mal,  j^or  tanto,  mirado  bajo  un  respecto  como  ele- 
mento de  destrucción  y  desorden,  es  en  realidad  un  agente 
del  bien,  uno  de  los  resortes  que  concurren  á  hacer  efecti- 
vas y  eficaces  las  leyes  de  la  vida  en  el  orden  físico  y  en 
el  moral. 

La  mortandad  de  criaturas,  entre  los  indios,  es  infinita: 
mueren  como  chinches.  Cada  familia  en  su  toldo,  es  un  ha- 
cinamiento de  inmundicia:  verdadero  gualicho  que  mata 
la  gente.  La  comida  no  es  menos  higiénica  que  el  cuidado 
de  la  persona:  carne  de  yegua  medio  cruda,  ó  de  cualquier 
bicho  que  atrapa  su  hambrienta  perrada,  grasa  de  nandú, 
yerba  mezclada  con  azúcar  ( que  mastican  ),  aguardiente 
( pues  son  muy  borrachos )  y  tabaco.  Una  de  las  enferme- 
dades (jue  más  estragos  han  hecho  éntrelos  indios,  ha  sido 
la  viruela:  pavorosa  deidad  de  la  muerte,  (pie  dejaba  sin 
hijos  á  las  madres,  cuando  no  arrastraba  á  todos  a  su  lú- 
gubre mansión,  dejando  desiertas  las  tolderías.  Si  (lo  (pie 
era  muy  frecuente)  había  vn  los  toldos  alguna  cautiva,  al 
momento  le  achacaban  la  desijjracia. — ;  Cri.sHana  ccJiando 
(jualiclin!  gritaban  con  furia  infernal;  y  la  infeliz  moría 
martirizada.  Huccnvú  ó  Jfnccufá  era  el  Luzbel  ó  8ata- 
nás  que,  suscitado  por  el  cristiano,  enviaba  al  indio  los 
agentes  del  mal.  Ll  diablo  ó  (/iidllc/to  (corrupción  de  Ifiu- 
cunl  ó  ¡[uccufú)  anda  diversificado  por  el  nnindo,  ha- 
ciendo daño  por  mil  medios,  c(.)mo  los  innunicral)les  demo- 
nios arrojados  al  abismo  que  á  manera  de  nú(.'robios  han 
quedado  en  el  aire.  Estos  seros  malditos  cuinplí;in,  en  vir- 


42  SÜPÉRSTrCION*ES  DEL  Ilfo  DE  LA  PLATA. 

tiul  de  SU  propia  inaldiul,  una  función  terrible  que,  sin  que- 
rerlo, obstaba  al  (|uebrantamiento  de  las  leyes  del  orden 
moral,  ofreciendo  un  concepto  verdaderamente  original,  que, 
ptn-  lo  bárbaro  y  sorprendente,  merecería  la  calificación,  si 
puede  decirse  así,  de  sublime  salvaje.  Quien  faltaba  al 
deber  sagrado  de  la  limosna,  estaba  expuesto  á  las  vengan- 
zas de  JInccuní,  que  en  este  caso  hacen  estremecer.  «Ja- 
más dejes  de  suplir  la  miseria  ajena,  decía  á  su  nuera  la 
mujer  del  feroz  Calvaíñ;  porque  Huecuvil  tiene  emisarios 
que  disfrazados  de  pobres  piden  limosna,  y  si  se  les  des- 
precia ó  niega  algo  se  vengan  en  las  criaturas  dándoles 
onapuc  (  veneno),  para  hacer  derramar  lágrimas  á  sus  pa- 
dres. »  '^^ 

YA  mal,  del  mismo  modo  que  el  bien,  se  presentan  de 
infinitas  maneras  en  el  mundo  moral  y  en  el  físico.  Así 
en  grado  como  en  forma,  son  las  manifestaciones  del  mal, 
en  la  naturaleza  y  en  la  vida,  múltiples.  Con  frecuencia  asi- 
mismo el  mal  se  halla  asociado  al  bien :  el  bien  y  el  mal 
relativamente  al  hombre,  se  entiende;  que  el  bien  y  el  mal 
en  un  orden  superior  no  cal^e  concebirlos  unificados,  puesto 
que  esencialmente  se  excluyen,  ni  el  mal  existe  en  abso- 
luto. Personificadas  por  el  hombre  primitivo  las  fuerzas 
de  la  naturaleza  y  los  móviles  de  las  acciones  humanas,  ha 
de  resultar  necesariamente  un  conjunto  de  divinidades  ó 
seres  sobrenaturales  diversos  en  forma,  en  poder  y  en  ín- 
dolí'  y  atributos.  Unos  serán  buenos,  otros  malos,  y  los 
habrá  que  reúnan  ambas  cualidades. 

Las  manifestaciones  aparentes  del  concepto  que  de  la 


(1)    Paine  ij  ¡a  Dinasita  de  los  Zorros  (sucesión   de  caciques  raii- 
quele»)  por  V.  Estanislao  8.  Zeballos. 


CAPÍTULO    IV.  43 

divinidad  tenían  los  indios  salvajes,  eran,  á  juicio  de  los 
misioneros  v  de  todo  Ijucn  cristiano,  artes  diabólicas.  Así 
el  (jualiclio  de  los  pampas  y  de  los  araucanos,  el  ahanya 
de  los  guaraníes  y  otros  muchos  entes  fantásticos,  no  fue- 
ron sino  el  d labio j  que  lia  querido  extraviar  y  dominar  á 
estas  generaciones  indígenas.  Las  noticias  transmitidas  por 
los  misioneros  han  sido  la  fuente  más  inmediata  á  su  ori- 
gen, como  (|ue  los  i)i*opagadores  del  Evangelio  se  comuni- 
caban íntimamente  con  los  indios  que  reunían  en  torno  del 
signo  de  la  redención  del  genero  humano.  Mas,  á  fuer  de 
soldados  de  la  milicia  de  Cristo,  poco  se  afanaron  por  in- 
dagar las  cosas  buenas  (jue  los  dioses  de  los  gentiles  pu- 
dieran ejecutar  (aunque  en  realidad  de  verdad  no  debieron 
ser  muchas  ni  muy  señaladas),  contentándose,  por  lo  ge- 
neral, con  dar  á  conocer  al  más  ladino  entre  ellos,  á  a(piel 
á  quien  el  sacerdote,  hecliicero  ó  mago  indígena  invocaba 
y  consultaba  en  sus  desvarios  e  imposturas.  Este  dios  más 
sacudido  era  el  diablo ;  pues,  mediante  él,  los  indios  perse- 
veraban en  las  reprobables  idolatrías  que  les  inculcara,  y 
los  magos  ó  hechiceros  que  desempeñaban  el  sacerdocio 
recibían  de  él  sus  ins[)iraciones. 

Kl  lenguaje  rioplatense  lia  cistcllanizado  diversos  voca- 
blos ([uichuas,  ai"aucano-|)am]):is,  guaraníes  y  africanos '^^. 
Su  us(>  importa  á  la  mayor  precisión  de  las  ideas.  Ésta  y 
a([uella  voz  (jUc  cu  castellano  eorr(»spondeii  á  diabhK  por 
ejemplo,  expresan  ideas  análogas,  piro  no  idénticas.  Por 
tanto,  cuando  se  hable  del  dialtlo  de  los  pampas,  cumple 
divlv  (/(((dicho,  y  cuando  del  de  los  guaraníes,  <'^7r7//</<^  i'tc. 

La  abundancia  de  voces  para  expresar  una   misma  iilea, 

(1)    Véase  la  liilrotluccinii  dil   íucibulurio  Iiioplatensc   del    autor. 
5. 


44  SUPERSTICIONES  DEL  KÍO  DE  LA  PLATA. 

sin  qwo  al*j.una  diferonda,  aunque  no  sea  sino  modal,  la  di- 
versifunu'ju)  arguve  propiainente  riqueza  ni  menos  perfec- 
ción de  leniíuaj(\  I^a  ricpieza  y  perfección  consisten  real- 
mente en  (pie  á  ninguna,  cosa  del  mundo  físico  ó  del  moral 
les  falte  expresión  breve,  clara  y  eufónica,  por  cuyo  medio 
penetre  con  facilidad  en  el  entendimiento  de  todos  la  idea 
que  un(^  se  propone  comunicar.  La  concurrencia  de  tér- 
minos homólogos  en  una  lengua  puede  tener  causas  diversas. 
Unas  son  meramente  accidentales;  y  entre  estas  se  cuenta 
la  asimilación  innecesaria  de  voces  exóticas,  cotno  sucede 
cuando,  teniendo  en  la  propia  lengua  nombre  adecuado  una 
cosa,  se  hace  uso  del  que  lleva  en  un  idioma  extraño.  Esto, 
que  en  general  procede  de  ignorancia,  es  un  mal.  Pero  á 
veces  la  concurrencia  de  términos  homólogos  dimana  de 
los  orígenes  diversos  que  tiene  la  cosa  que  representan.  La 
idea  de  brujería,  de  hechizo,  del  diablo,  hallaráse  expresada, 
según  los  casos,  ora  con  las  palabras  propias  de  nuestra 
lengua:  diablo,  hechizo,  brujería;  ora  con  la  voz  pampa 
castellanizada  gualicho;  ora  con  las  guaraníes  añanga  y 
payé;  ora  con  la  quichua  huacanque  ó  guacanque ;  ora 
con  la  africana  mandinga.  Los  nombres  castellanos  se 
usan  necesariamente  en  el  lenguaje  culto.  En  estilo  familiar, 
y  sijbru  todo  entre  la  gente  del  campo,  suele  decirse  gua- 
licho, añanga,  payé,  guacanque,  mandinga. 

Gualicho,  j)ciyé  y  mandinga  expresan  los  tres  conceptos 
de  diablo,  brujería,  hechizo.  Payé  significa,  además,  he- 
chicero. Añanga  equivale  á  genio  del  mal,  aunque  algunas 
de  sus  acciones  no  tengan  precisamente  por  objeto  dañar 
al  hombre  y  á  los  animales,  ó  alterar  el  orden  de  la  ña- 
tumi  c/.a.  3landinga  es,  más  })ropiamente  que  diablo, 
duende.  Su  residencia  ordinaria  es  el  hogar.  Huacanque  ó 


CAPÍTCTLO    IV.  45 

guacanquc  roprosontn  on  general  la  i^íca  de  brujería;  mas, 
en  partieular,  eijinvalc  pi'opiaincntc  á  talisináii  ó  eneanto. 
El  (jiie  es  afurtiniado  en  el  amor,  en  <•]  jiici^'o,  en  los  eom- 
bates,  con  segnridad  X^wxw  (juaccnupir.  (Juacanfiuc  G  Jiua- 
canquc  son,  por  ejemplo,  h\>^  plumas  de  cahuré  que  lleva 
consigo  aquel  a  (piien  no  hay  nuijer  que  le  desaire.  ¿Qué  ca- 
rrera no  ganara?  ¿(¿ue  carta  oportuna  para  el  triunfo  en  el 
juego  de  naipes  no  vendrá  á  sus  manos?  ¿(¿ué  cuchillada 
no  tajará  la  oreja  del  adversario?  Del  muy  afortunado  en 
el  juego  se  dice  (pie  ücne  Jiuacanquc.  Fai/r  {^n  el  Paraguay, 
Misiones  y  (\)rrientes,  significa  lo  propio  que  guacanquc. 
«Este  individuo  //V//r  yvrty/r, »  dicen  de  a(|uel  á  (piien  la 
suerte  favorece  con  hartii  frecuencia.  Tener^j^^yr  6  (juacan^ 
que  equivale  á  ser  poseedor  de  un  talismán  con  cuyo  auxi- 
ho  supera  las  nrayores  dificultades  que  no  son  capaces  de 
venc3r  el  esfuerzo,  inteligencia  é  industria  ordinarios  del 
hombre.  Quien  tiene  pdyé  <>  hiiacanquc  es  casi  un  mago. 
Lo  regular,  })ues,  y  más  conforme  á  la  vei-dad  histórica 
y  á  la  propia  significación  de  los  vocablos  será  usar,  caste- 
llanizados, los  nombres  que  tuvieron  en  sus  respectivas  len- 
guas las  diversas  ideas  que  en  onlen  á  las  cosas  imagi- 
narias ó  preternaturales  tenían  formadas  los  guaraníes, 
chaípienos,  pamj)as,  patagones,  fueguinos,  araucanos,  pe- 
ruanos, etc.  De  esa  manera  el  concepto  será  más  verda- 
dero, más  exj)resivo,  más  cabal;  al  paso  ipu'  l;i  lengua  cas- 
tellana, la  lengua  di'l  legítimo  poblador  de  América,  se  en- 
ri(piecerá  más  y  más  v^m  determinado  númei'o  de  voces 
(pie  llevarán  iinpre-a  la  forma  (pie  les  impuso  el  troípiel  de 
su  antigua  dominaciíai  p  )r  el  nuuido,  euyo  brillo  glorioso 
no   tiene  igual,  ni   parecido,  en   los  anales   de   la    historia. 


CAPÍTULO  V. 

Médicos    indios 


Sumario.  —  El  primitivo  médico  es  hechicero.  —  Enfermedades,  cosa 
de  brujería.  —  Hechicero,  á  la  vez  que  adivino  y  sacerdote.  —  Pia- 
ches del  Orinoco.  —  Magos  del  Río  de  la  Plata:  modo  de  inspi- 
rarse y  de  conjurar:  sus  maravillas:  sus  penitencias.  —  Semejanza 
de  sus  prácticas  con  las  de  los  santones  del  continente  asiático.— La 
magia  en  la  España  árabe.  —  Aborígenes  del  Misisipí:  su  modo 
de  curar:  como  los  del  Orinoco  y  del  Plata.  —  Boratios  de  Vene- 
zuela: cómo  curaban.  -  Indios  de  la  Florida:  su  modo  de  curar. 
—  El  genio  del  mal:  causante  del  dolor  y  la  muerte:  de  qué  me- 
dio se  vale  para  producirlos.  —  Cómo  extrae  el  hechicero  las  cau- 
sas inmediatas  del  mal.  —  Identidad  de  creencias  del  hombre  pri- 
mitivo, en  todas  partes,  respecto  á  las  causas  de  las  dolencias  hu- 
manas. —  Chupadores  y  sajadores.  —  Ventosas  é  hidroterapia  cha- 
rrúas. —  Las  chinas  paren  á  la  orilla  de  un  río.  —  Yerbas  y  fár- 
macos de  los  pampas  y  pegüenches.  —  Modo  de  ahuyentar  al 
gualicho.  —  Médicos  araucanos.  —  Médicos  del  antiguo  Perú. 


Los  médicos,  entre  las  sociedades  salvajes,  han  sido 
siempre  los  hechiceros,  como  que,  para  ellas,  toda  dolencia 
humana,  lejos  de  proceder  de  causas  naturales  que  por  me- 
dios idénticos  pudiese  ser  combatida,  no  es  sino  cosa  de 
brujería,  que  sólo  podrá  deshacerse  por  personas  que  de 
una  manera  ó  de  otra  tengan  comunicación  ó  pacto  con  el 
diablo  ó  genio  del  mal.  El  hechicero  reunía  al  mismo  tiempo 
la  cualidad  de  adivino  y  el  oficio  de  sacerdote.  Los  jpia- 


CAPÍTULO    V.  47 

ches,  de  mucha  fuma  oii  las  regiones  que  ])aña  el  Orinoco, 
ei'an  a  la  vez  sacerdotes,  adivinos  y  hecliiceroH.  Para  infun- 
dirse el  espíritu  de  entusiasmo  é  inspiración  que  necesi- 
taban en  las  ocasiones  más  arduas,  internábanse  en  los  ar- 
cabucos ó  montes  de  mayor  espesura,  y  con  clamorosos 
alaridos  y  gesticulaciones  estrambóticas  y  espantables,  in- 
vocaban al  demonio,  que  acudía  á  sus  ruegos,  asistiéndoles 
en  el  trance  que  motivaba  el  llamamiento.  Contando  ya 
con  el  auxilio  del  demonio,  metíanse  en  oscuros  bohíos  6 
chozas  diputadas  para  oratorios.  AUí,  á  fuer  de  oráculos, 
absolvían  las  consultas  que  se  les  dirigían,  y  sus  consejos  ó 
decisiones  eran  aceptadas  como  un  fallo  inapelable ^^\ 

En  la  propia  forma,  ni  más  ni  menos,  procedían  los  magos 
ó  adivinos  y  hechiceros  de  todas  las  generaciones  que  ocu- 
paban el  Nuevo  Mundo.  Los  del  Río  de  la  Plata,  metidos  en 
lomas  recóndito  de  un  monte,  donde  se  hallaba  lachozuela 
que  les  servía  de  templo  ó  locutorio,  enardeciendo  su  espí- 
ritu con  abundantes  libaciones  de  chicha,  vociferando  v 
brincando  y  haciendo  visajes  y  contorsiones  como  un  hom- 
bre que  está  fuera  de  sí,  entre  los  bramidos  del  tigre  y 
otros  gritos  aterradores  de  diversos  animales,  dirigían  sus 
reverenciadas  alocuciones  al  pueblo,  que  los  escuchaba  es- 
tupefacto. Eran  árl)itros  del  bien  y  del  mal,  de  la  vida  y 
de  la  muerte,  de  la  fuerza  de  los  elementos :  hacían  bra- 
mar y  enfurecerse  las  fieras,  desencadenarse  las  tempesta- 
des, alterarse  los  mares,  crecer  ó  secarse  los  ríos  y  lagunas, 
inundar  las  tierras.  Referían  puntualmente  lo  que  estaba 
pasando  en  lugares  remotos  y  encantaban  á  una  persona 


(1)    Oviedo,  Ilist.  den.  >/  Xa(.  i/r  las  Jnil.;  Las  Casas,  JIist.de  las 
Jnd.;  Ilerreni,  Decadas. 


48  SUPERSTICIO^'ES  DEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

(lo  modo  (]uo  no  le  era  posible  moverse,  comer,  dormir, 
hablar  ni  estar  trancuiila  sin  que  ellos  se  lo  mandasen. 
Observal)an,  para  merecer  el  don  de  magia,  rigidísimos 
ayunos  v  morl¡ílcal)anse  con  acerbas  penitencias  corpora- 
les, absteniéndose  entretanto  de  todo  genero  de  baños  ó 
lavatorios.  \^¡vKin  desnudos  y  solitarios  en  lugares  lóbre- 
gos, fríos  V  :!p;u'tados.  No  probaban  otro  alimento  que  el 
maíz  tostado  y  el  ai'diente  ají  ó  pimienta.  Andaban  des- 
o-reñados,  lariras  las  uñas,  macerado  el  cuerpo,  causando 
horror  a  las  gentes,  hasta  que,  desfallecidos  y  enajenados, 
recibían  de  la  divinidad,  que  invocaban  con  sumo  recogi- 
miento y  fervor,  la  privilegiada  facultad  de  hacer  cosas  es- 
tupendas 6  milagros ^^^.  Como  se  ve,  las  prácticas  de  estos 
magos  no  se  diferenciaban  de  las  que  observaron  los  dis- 
cípulos de  Zoroastro,  de  las  que  siguen  hoy  los  fakires  ó 
santones  en  el  continente  asiático,  de  las  que  prohijara  la 
Grecia  y  el  Egipto,  de  las  que  extendiera  en  la  Península 
la  dominación  arábiga. 

En  una  novela  de  Cervantes  ^-^  figura  una  Cenotia,  nacida 
y  criada  en  Alhama,  ciudad  del  reino  de  Granada.  Salió 
Cenotia  de  su  patria,  huyendo  de  la  vigilancia  de  los  mas- 
tines veladores  del  católico  rebaño,  esto  es,  de  los  inquisi- 
dores. Su  estirpe  es  agarena,  sus  ejercicios  los  de  Zoroas- 
tro. ^- ¿ Ves,  decía,  este  sol  que  nos  alumbra?  Pues,  si  para 
señal  de  lo  que  puedo,  quieres  que  le  quite  los  rayos  y  le 
asombre  con  nuiles,  pídemelo;  que  haré  que  á  esta  clari- 


(1)  El  P.  Antonio  Kiiiz  de  Montoya,  Conquista  Espiritual  del  Pa- 
rnf/najj,  I'aran>í,  í'n(f///ni/  y  Tujíp,  y  iníls  especialmente,  los  PP.  Lo- 
Ziino  y  ÍIiK'vara,  1  listona  de,  la  Cottquisla  del  Paragiunj,  Río  de  la 
Plata  ¡j  Tufumán. 

(2)  PérsUes  y  Sigismunda. 


CAPÍTULO   V.  49 

dad  suceda  en  un  punto  escura  noche.  O  ya,  si  quisieres 
ver  temblar  la  tierra,  [)elear  los  vientos,  alterarse  el  mar, 
encontrarse  los  montes,  bramar  las  fieras  íi  otras  espanto- 
sas señales  que  nos  representen  la  confusión  (h'l  caos  pri- 
mero, pídelo;  (jue  tú  (lucdaiás  satisfecho  y  yo  acreditada.» 

Los  magos  que  la  concpiista  hallo  en  América  tenían 
no  pocos  rasgos  de  semejanza  con  los  (pie  acompañaron 
á  los  nuevos  ¡Habladores.  Los  magos  advenedizos,  como  que 
se  encontraron  con  hermanos  de  oficio,  tomaron  de  ellos 
cuanto  les  pareció  convenir  á  sus  designios.  Por  eso  se 
advierte  en  los  ensalmos  y  hechizos  y  en  las  ceremonias  de 
los  magos  criollos  mucho  de  indígena  mezclado  con  lo  de 
tradición  oriental  y  europea. 

Los  aborígenes  del  Misisipí  usaban  los  propios  medios 
de  curar  que  los  del  Orinoco,  del  Amazonas  y  del  Plata. 
Todos  curaban,  más  ó  menos,  de  la  misma  manera:  impo- 
niendo y  pasando  las  manos  á  guisa  de  magnetizadores, 
soplando,  sajando  y  chupando,  operaciones  que  ejecutaban 
los  curanderos  má2;icos  ó  sacerdotes. 

Los  boratios  de  Venezuela  eran  sacerdotes  que  reves- 
tían el  triple  carácter  (común  á  todos  los  sacerdotes  indí- 
genas) de  adivino,  de  hechicero  y  de  medico.  Curaban  á 
los  enfermos  inqxjsibilitados  de  levantarse  de  sus  hama- 
cas por  la  gravedad  de  sus  dolencias.  Preguntaba  el  hora- 
fio  al  enfermo  que  le  dolía,  y  luego  si  (pieria  sanar,  á  lo 
que  c'ste  respondía  (]ue  sí.  I  Preguntábale  en  seguida  si  sa- 
bía que  él  lo  podía  curar,  y  el  enfermo  respondía  que  sí  lo 
sabía.  Respondiendo  á  todo  (pie  sí,  eon  persuasión  íntima 
del  [)od('r  (jue  tenía  el  hora  fio  j)ara  dejarlo  sano  y  bueno, 
empezaba  la  cura,  ya  tan  favorablemente  preparada.  Por 
de  contado   mandaba  el  horntio  (pie  todos  los  de  la  casa 


50  SUPERí^TICIOXES  PEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

uv uñasen,  permitiéndoles  solamente  comer  un  poco  de  ma- 
zamorra de  maíz  una  vez  al  día,  y  eso  rala.  Esto  proba- 
l)lemente  sería  una  hábil  precaución  del  curandero,  para 
evitar  que,  comiendo  los  demás,  cayese  el  enfermo  en  la 
tentación  de  liacei"  lo  mismo:  conocía  bien  la  flaqueza  de 
la  condición  humana.  Cuando  le  parecía,  volvía  el  horatio 
y  preguntaba  al  enfermo  que  es  lo  que  más  le  dolía  ó  in- 
comodaba. Si  decía  que  en  la  cabeza,  por  ejemplo,  aplicá- 
bale á  ella  las  manos,  cerrándolas  y  abriéndolas  y  pasán- 
doselas por  encima,  como  quien  junta  alguna  cosa.  Por 
último,  cerrando  apretadamente  la  mano  derecha,  soplaba 
en  el  puño,  abríale  y  decía:  allá  irás,  mal.  Luego  al  punto 
rompía  á  gritar  desaforadamente,  atormentando  durante 
dos  horas  ó  más  al  enfermo.  Cuando  quedaba  ronco  de 
dar  tantos  y  tan  feroces  alaridos,  preguntaba  al  enfermo  si 
se  hallaba  mejor.  Si  respondía  que  sí,  recibía  la  paga  y  se 
iba.  Pero  si  respondía  negativamente,  se  metía  con  disi- 
mulo una  espina  li  otra  cosa  aparente  en  la  boca,  y,  chu- 
pando en  la  parte  dolorida,  escupía  la  causa  del  mal  que 
hacía  creer  al  enfermo  tenía  en  el  cuerpo.  Si  á  pesar  de 
todos  estos  arbitrios,  seguía  malo  el  enfermo,  el  horatio  se 
disculpaba  con  el  diablo,  echándole  la  culpa  de  la  inefica- 
cia de  sus  esfuerzos^' I 

Los  indios  comarcanos  de  la  Florida,  en  la  América  del 
norte,  curaban  á  los  enfermos  sajando  la  parte  del  cuerpo 
en  que  éstos  sentían  el  dolor,  si  era  en  donde  pudieran  ha- 
cerlo, y  chupando  al  rededor  de  la  sajadura  ^^l  En  esto  no 


( 1 )  fíisforia  Grrín-al  ij  Xatural  de  las  Indias  por  Gonzalo  Fer- 
iiáiulez  (le  Oviedo,    riiblicada   por  la  Heal  Academia  de  la  Historia. 

^(2)  Xaufragios  y  Jornada  á  la  Florida  de  Alvar  Núñez  Cabeza  de 
Vara. 


CAPÍTULO    V.  51 

se  diferencia])an  de  las  demás  generaeíones  indígenas  del 
Nuevo  Mundo.  Curaban  asimismo  cauterizando  con  fuego, 
y  soplando  en  seguida  el  cauterio.  Luego,  con  las  manos, 
hacían  el  ademán  de  echar  afuera  ó  despedir  de  ellas  el 
mal  que  simulaban  ó  creían  haber  sacado  de  hi  herida. 
Tampoco  en  esto  habí;i  diferencia  en  lo  substancial.  Las 
causas  del  dolor  y  de  la  nuierte  eran  análogas  en  todas 
partes.  Ni  el  dolor  ni  la  muerte  procedían  de  causas  na- 
turales. El  genio  del  mal  introducía  en  el  cuerpo  del  indi- 
viduo á  quien  quería  hacer  sufrir  ó  matar,  instrumentos 
punzantes,  cortantes  ó  roedores,  6  seres  vivientes,  que  [iro- 
ducían  el  dolor  y  la  nuierte.  A  veces  las  causas  del  dolor 
son  invisibles;  pero  tienen  siempre  el  mismo  origen.  I  n 
mago  ó  hechicero,  que  tenía  comunicación  con  el  genio  del 
mal,  á  quien  invocaba  en  ocasiones  graves  para  ejercer  su 
ministeri(\  extraía  con  la  boca  ó  echaba  afuera  con  las 
manos  las  causas  materiales  ó  invisibles  de  los  padecimien- 
tos humanos. 

Sin  duda  alguna  ha  sido  general  en  el  mundo,  aun  en 
pueblos  de  cierta  cultura,  la  idea  de  suponer  causante  de 
los  males  ó  enfermedades  del  hombre  á  un  agente  perso- 
nal que  le  persigue  y  mortifica.  Los  judíos  atribuían  casi 
todos  sus  males  al  espíritu  inmundo.  Especialmente  las 
enfermedades  más  terribles  v  extraordinarias  eran  obra 
del  demonio.  Por  medio  de  los  exorcismos  creían  ahuyen- 
tarle 6  librar  á  los  pacientes  de  su  maléfico  influjo.  Entre 
muchas  gentes  selváticas  del  crbeusan  fórnudas,  conjuros, 
ensalmos,  cantos,  succiones,  so})los  y  estrépito  de  voces  é 
instrumentos  para  hacer  salir  del  cuerpo  del  enfermo  los 
seres  que  le  destruyen  enviados  por  el  genio  del  mal. 

El  modo  más  constante,  casi  el  modo  ordinario  que  te- 


52  SUPERSTICIONES  DEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

luaii  los  iiulíiiviias  de  curar  las  enfermedades  en  todo  el 
continente  americano,  lia  sido  la  succión  mañosamente 
ejercida  por  liccliiceros  (sus  médicos),  á  fin  de  extraer  por 
su  medio  las  causas  materiales  del  dolor:  un  insecto,  un 
f^usano,  una  astillita,  uua  espina.  Desde  el  estrecho  de 
Magallanes,  hasta  el  Orinoco,  hase  ya  visto  que  le  usaban 
multitud  de  generaciones.  En  la  América  Central  y  en  la 
ilel  Norte  no  pocas  igualmente  le  han  usado.  Usáronle  los 
panameños,  los  nicaragüenses,  los  californios,  los  flori- 
denses^^l 

En  el  lugar  donde  se  hallaba,  ó  donde  creían  que  se  ha- 
llaba la  dolencia,  chupaban.  Para  facilitar  la  extracción  ó 
salida  de  las  causas  del  mal,  solían  también,  antes  de  pro- 
ceder á  la  succión,  sajar  la  piel  en  el  punto  en  que  debían 
efectuarla.  Esto  era  práctica  universal,  que  estaba  en  per- 
fecta armonía  con  el  concepto  que  tenían  formado  de  las 
causas  inmediatas  del  dolor.  Los  chupadores  ó  sajadores 
aparecen  en  las  tolderías  del  guaraní,  del  chaqueño,  del 
pampa,  del  patagones,  del  fueguino,  del  araucano;  apare- 
cen á  las  orillas  del  Orinoco,  en  las  regiones  bañadas  por 
el  Misisipí;  aparecen  en  las  tierras  comarcanas  al  istmo 
de  Panamá. 

Actualmente  usan  el  arbitrio  de  la  succión  muchas  de 
las  generaciones  que  sobrevivieron  á  la  conquista  y  pobla- 
ción de  América,  y  consérvanse  las  ceremonias  que  acom- 
pañan á  la  operación  misteriosa,  como  obra  de  hechicería 
que  es  para  los  indios.  Los  chiriguanos,  avecindados  entre 
Santa  Cruz  de  la  Sierra  y  Chiquitos  (Bohvia)  proceden 


(1)    Véase  la  Ilisíoria  General  de  América  desde  sus  tiempos  más 
remotos  por  D.  Francisco  Pí  y  Margal  I. 


CAPÍTULO   V.  53 

del  modo  siguiente.  Fuman  en  una  gran  pipa,  echando  el 
humo  á  los  enfermos,  6  bien  les  ehupan  la  parte  dolorida, 
presentándoles  luego  una  astillita,  una  ('S})¡na,  un  liueso  ó 
un  gusanillo,  que  de  antemano  se  meten  en  la  boea  para 
hacer  creer  cjue  los  sacaron  del  cuerpo  y  que  eran  la  causa 
de  la  dolencia  ^'\  Esta  es  la  |)arte  de  refinada  bellaquería 
que  se  nota  existir  en  t(jdo  hechicero  indígena,  sea  cual 
sea  su  esliij)e,  desde  el  estrecho  de  ^íagal lañes  hasta  las 
márgenes  del  Misisipí.  Usan  además  otro  medio.  El  de 
expulsar  con  soplos  ó  ademanes  apropiados  la  causa  del 
mal,  cuando  es  invisible  como  el  espíritu  maligno  de  que 
procede. 

Las  causas  ordinarias  del  dolor  no  son  otra  cosa,  para 
el  hombre  de  la  naturaleza,  (pie  objetos  materiales  que  en 
contacto  con  el  cuer[)o  lo  des])edazan  y  destruyen.  Raras 
veces  podrá  suceder  que  una  sensación  dolorosa  no  esté 
enlazada  á  un  cuerpo  material  que  la  produzca.  Pero  el 
hombre  de  la  naturaleza  no  desconoce  asimismo  que  las 
sensaciones  dolorosas  pueden  emanar  de  causas  invisibles 
e  intangibles,  como  el  agente  maleíico  que  las  envía.  Lo 
ordinario  será,  sin  endjai'go,  que  el  diablo  dañe  al  hombre, 
introduciendo  en  su  cuerpo  instrumentos  punzantes,  cor- 
tantes y  desgarradores,  ó  seres  aniniados,  que  destruyan 
su  organismo:  un  dardo  6  íiecha  dimiiuita,  un  hueso,  una 
espina,  una  pedrezuela,  una  astilla,  un  gusano,  un  insecto 
voraz  y  i'cpugnante.  Algunos  diablillos,  como  el  (n/acud, 
que  era  un  [lor(jojo  del  cain¡)o''~\  estaban  armados  de  arco 


( 1 )  Las  Misiones  Franrismnas  mire  los  Infieles  de   fíolirin  por  el 
R.  P.  Fr.  José  Canliis. 

(2)  El  I*.  José  GuevnrM,  Historia  de  la  Conquista  del  Paraguay,  fíio 
de  la  Plata  y  Tucumán. 


54  SUPERSTICIONES  DEL  RIO  DE  I  A  PIATA. 

V  ílocluis  con  que  asestaban  certeros  y  fáciles  tiros  a  las 
personas  que  elegían  }H)r  víctimas.  Cuando  esto  no  bas- 
taba, enfurecidos,  se  abalanzaban  al  paciente,  mordiéndolo 

V  arañándolo  con  tal  saña,  que  dejaban  clavadas  en  él 
uñas  y  dientes.  De  alú  que  el  cbupador,  ora  fuese  el  j^a^/d 
de  los  guaraníes  ó  el  machí  de  los  pampas,  becliiceros  que 
tenían  ]xicto  con  sus  respectivos  añanga  y  gualicho^  apa- 
rentasen sacar  de  la  boca,  después  de  la  succión,  los  gusa- 
nos, insectos,  astillitas,  flechillas,  unitas,  espinas,  huesecillos 
ó  dientecitos  que  el  enfermo  tenía  en  el  cuerpo. 

Un  historiador  moderno  ^^\  tomando  como  resultado  de 
la  observación  de  las  causas  y  de  los  efectos  en  el  orden 
natural  las  prácticas  engañosas  de  los  hechiceros,  ha  lle- 
gado á  suponer  cierto  género  de  conocimientos  terapéuti- 
cos en  los  aborígenes  del  Uruguay.  Pondera  las  dotes  ctil- 
minantes  de  ¡a  raza  que  poblaba  las  comarcas  uruguayas, 
de  la  que  hace  un  retrato  moral  muy  hermoso.  Con  tal  mo- 
tivo asevera  que  los  indios  á  que  se  alude  conocían  el  uso 
de  la  ventosa  (sic):  chupaban  C07i/z6<?r2;a  la  parte  dolorida 
del  cuerpo,  hasta  conseguir  la  inflamación  cutánea.  De 
donde  resulta  que  la  chupadura  tenía  por  fin  hacer  afluir 
los  humores  á  la  superficie  del  cuerpo,  ó  bien  efectuar  una 
revulsión,  como  sucede  con  las  ventosas  que  aplica  la  me- 
dicina. Tal  idea  supondría,  con  efecto,  en  los  charrúas  bas- 
tante buen  criterio  y  algún  estudio  de  la  naturaleza.  Pero 
lo  que  hacían  los  charrúas,  como  todas  las  demás  parciali- 
dades indígenas  del  Pío  de  la  Plata,  era  aparentar  que 
extraían  del  cuerpo  del  paciente  el  maleficio  que  había 


( 1 )    D.  Francisco  Bauza  en  su  Ilistoria  de  la  Dominación  Española 
en  el  Uruguay  {2."^  ed.), 


CAPÍTULO   V.  55 

introducido  auaiuja  ó  (/ualicho;  para  lo  cual  h)>  mé<lioos 
ó  hechiforos  (machíeí^,  payés),  quo  en  realidad  de  verdad 
eran  unos  grandes  bellacos,  llevaban  disimuladamente  en 
la  boca,  debajo  de  la  lengua,  como  queda  indicado,  los 
gusanos,  espinas  6  huesos  que  después  de  la  succión  mos- 
traban con  aparato  y  farsas  al  enfermo  y  circunstantes''  . 
Chupaban  con  fuerza  precisamente  para  hacer  creer  que 
trabajaban  con  afán  por  extraer  el  objeto  6  ser  maléfico 
introducido  por  el  diablo  en  el  cuerpo  del  paciente,  donde 
se  había  prendido,  digámoslo  así,  con  uñas  y  dientes.  Uno 
de  estos  médicos  dejo  tuerta  á  la  mujer  del  cacique  Lin- 
c6n,  de  tanto  chuparle  un  ojo  que  tenía  inflamado ^■^. 

Supone  asimismo  el  historiador  impugnado  que  las  mu- 
jeres de  los  indios  iban  á  parir  al  río,  inducidas  de  una 
idea  que  tuvieran  formada  acerca  de  los  beneficios  del 
agua,  que  aplicaban,  junto  con  las  fricciones,  como  método 
terapéutico,  á  todas  las  enfermedades  en  ambos  sexos  ^^\ 
Los  charrúas  fueron  poseedores,  según  esta  aserción,  de 
un  método  hidropático.  ¿(^ue  dato  histórico  ó  que  deduc- 
ción invocara  el  autor  en  su  apoyo,  si  hubiese  de  abonar  lo 


(1)  Kuiz  <le  Moiitoya,  Conquista  Espiritual  del  Purayaau,  Parauú, 
Vniguay  ¡j  Tape.  Lozano,  Guevara,  Historia  de  la  Couquista  del  Pa- 
racjuaii.  Rio  de  la  Plata  y  Tucuuidn. 

{'^i)  Diario  de  la  Krjtediciñn  noitra  los  ludios  Teijüdclu's  por  el 
Capitán  1).  Juan  Antonio  Ilcrnándt'Z  (1770),  en  la  Colección  de  Obras 
y  Documentos  del  Rio  de  la  Plata  por  D.  Pedro  de  Ánjiídis. 

(ii)  El  Sr.  Bauza  se  expresa  a>í:  -En  el  aeto  de  alumbrar,  eehá- 
base  al  ai^nia  la  recién  parida  con  su  cría  y  después  de  esta  operación 
la  frotaba  y  calentaba  contra  su  seno,  nii(Mitras  otras  nuijeres  la  fric- 
cionaban á  vWw.  \'\Av  método  terapéutico  de  las  fricciones  y  los  baños 
era  la  principal  medicación  que  conocían,  aplicándola  á  toda  enfer- 
medad iMi  cual(iuiera  de  los  dos  sexos.»  ( Jíist.  de  la  Doniin.  Esj>.  en 
el  Urufj.l 


56  SUPERSTICIONES  DEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

que  afinna?  ¡Tinpo.-ible  tarea!  Lo  que  á  las  claras  le  condujo 
II  suponer  qne  los  charrúas  usaban,  por  sistema  curativo, 
el  agua  y  las  fricciones,  ha  sido  el  hecho  conocido  de  ir  á 
parir  á  la  oriUa  de  un  arrojo  6  laguna  las  chinas  silvestres, 
como  acostumbran  aún  hacerlo  en  la  Patagonia  y  el  Chaco. 
Pespues  de  parir,  se  lavan  ó  las  lava  su  acompañante,  si 
le  tienen.  Si  no,  ellas  solas  se  despachan  sin  dificultad. 

El  modo  de  parir  de  las  charrúas  hanlo  tenido,  no  sola- 
mente todos  los  salvajes  del  Kío  de  la  Plata,  sino  los  del 
Bnisil  y  probablemente  los  de  otras  regiones  de  América. 
Ponense  en  cuclillas  las  parturientes  en  la  orilla  de  un  río  ó 
de  una  laguna:  paren:  se  lavan  ellas  y  lavan  á  la  criatura. 
LuesiO  se  vuelven  á  sus  casas  tan  serenas  como  si  nada 
les  hubiera  pasado.  Eso  de  echarse  al  agua  con  su  cría, 
parece  demasiado  arrojo.  Los  baños  y  fricciones  á  fuer  de 
medio  terapéutico,  y  aplicados  á  toda  clase  de  enfermeda- 
des, estuvieron  muy  lejos  de  conocerlos  y  de  usarlos  ni 
los  charrúas  ni  otra  generación  alguna  indígena.  Pero  no 
es  de  extrañar  que  creyese  ver  sistemas  curativos  más 
ó  menos  semejantes  ó  algo  parecidos  á  los  que  hoy  co- 
nocen los  pueblos  civilizados,  quien  en  la  historia  del 
Uruguay  presenta  contrarrestándose  dos  civilizaciones:  la 
europea  y  la  charrúa  (!).  Un  estado  de  civihzacion  arguye 
la  existencia  de  una  sociedad  que,  habiendo  salido  del 
natural  ó  salvaje,  adquiere  y  posee  nociones,  costumbres  y 
usos  fundados  en  la  ordenada  a^^licación  del  entendimiento 
á  la  observación  de  la  naturaleza  y  al  estudio  de  las  nece- 
sidades  del  hombre.  En  tal  situación,  no  fuera  mucho  que 
los  í)rimitivos  ocupantes  del  Uruguay  conocieran  y  aplica- 
ran metódicamente  los  benéficos  efectos  del  as^ua,  de  las 
fricciones  y  de  las  ventosas  en   determinadas  dolencias. 


CAPÍTT'LO    V.  57 

Pero  la  realidad  histórica  no  admite  semejante  supuesto. 

Magos,  que  reunían  los  atributos  de  sacerdote,  médico  y 
hechicero:  que  invocaban  al  demonio,  haciendo  ayunos  y 
penitencias  rigurosas  para  merecer  que  se  les  j)resentase  y 
respondiese  y  comunicase  el  don  de  adivinar  y  curar  las 
dolencias  humanas  y  sujetar  á  su  albedrío  el  poder  de  los 
elementos,  aparecen  acá  y  acullá  entre  las  diversas  gene- 
raciones indígenas  que  poblaban  el  Nuevo  Mundo.  Y  apa- 
recen curando  de  un  modo  casi  uniforme,  como  que  todos 
ellos  atribuían  el  dolor  y  la  muerte  á  causas  en  substancia 
idénticas.  Usaban  algunos  de  yerbas,  de  cauterios  de 
fuego,  etc.;  pero  siempre  acompañados  de  aparatos  y  vi- 
sajes y  gritos  ó  del  hablar  entre  dientes.  Unos  lo  hacían 
soplando  la  parte  enferma  ó  dolorida  y  pasando  á  C(^rta 
distancia  de  ella  las  manos  con  ademán  de  arrastrar  v 
echar  afuera  alguna  sul)stancia  impalpable,  como  los  mag- 
netizadores de  nuestros  días:  otros  sajando  y  chupando;  y 
otros  chupando  solamente,  y  íhigiendo  que  sacaban  del 
cuerpo  doliente  la  causa  del  mal,  que  consistía  en  algíin 
instrumento  cortante,  punzante  ó  roedor,  introducidos  en 
él  por  entes  análogos  al  ayacudáo.  los  hiles  y  wX  (jaaUcho 
de  los  pampas ''\ 

Los  ])nmpas  y  pegüenches  tenían,  aparte  de  los  proce- 
dimientos mágicos,  sus  yerbas  (pu*  la  Pampa  v  sierras  de 
los  Andes  les  ofrecían,  y  hasta  sus  compue-tos  medicina- 
les. Usaban,  con  efecto,  una  bebida,  (pie,  por  lo  calmante, 
haría  sin  duda  las  veces  de  un  te  de   malvas.   Componíase 


(1)  Oviedo,  ///.s7.  Gen.  y  Xuf.  dr  Ins  huí.;  L:is  Cnsns,  ¡list.  de  las 
Ind.:  Tlcrrcra,  Ih'rnd.  dr  Ind.;  'roniucmada,  Mununiuiu  Indiana;  Ca- 
beza de  Vaca,  Jornala  d  la  Florida,  etc. 


58  SrPERSTICIOXRS  DKL  RIO  DE  LA  PLATA. 

(le  pólvora,  jabón  y  piedra  lipis  ó  vitriolo  (sulfato  de  co- 
bre), disueltos  en  agua.  ¿Qné  (jualícho  resistiría  la  acción 
urente  de  este  fármaco?  Si  por  fortuna  se  hallaba  aquel 
al  alcance  de  la  mano,  como  en  una  llaga,  de  seguro  no  se 
les  escapaba:  metían  en  la  llaga  un  puñado  de  pólvora:  ó 
curarse,  ó  reventar.  Ya  se  deja  ver  que  tales  procedimien- 
tos son  modificaciones  que  los  indios  introdujeron  en  el 
arte  de  curar  después  de  la  conquista.  Tampoco  descono- 
cieron la  cirugía,  y,  por  ende,  la  anatomía  y  la  fisiolo- 
gía. Así,  por  ejemplo,  si  la  enfermedad  era  interior,  abrían 
el  vacío  del  paciente,  cortaban  un  pedazo  de  entraña  y  se  lo 
hacían  tragar.  Pero  lo  que  da  más  envidia  es  ver  á  un  en- 
fermo, debajo  de  un  toldo  de  mantas  ó  ponchos,  ya  mori- 
bundo, rodeado  de  mujeres  y  hombres  que  por  medios  eje- 
cutivos y  con  infernal  ruido  de  cascabeles  y  voces  estentó- 
reas intentan  ahuyentar  á  las  deidades  adversas  (gualichos 
de  otras  generaciones  ó  de  hechiceros  enemigos)  que  intro- 
dujeron el  mal,  entretanto  que  el  ó  la  médica  se  esfuerza  por 
extraerlo,  chupando  la  parte  dolorida.  El  paciente  contempla 
resignado  esta  baratlnda  y  aguanta  el  baqueteo,  hasta  que, 
vivo  ó  nuierto,  sale  de  su  cobertizo  ^^\  Si  no  lo  aguanta,  y 

(1)  Descripción  de  la  Patagonia,  diario  de  D.  Antonio  de  Viedina 
(ITSü),  en  la  Calece.  Angelis.  Expedición  á  los  Tegüelclies,  diario  de 
D.  Juan  Ant.  Hernández,  en  la  misma  Calece.  He  aquí  cómo  des- 
criíj»'  la  ceremonia  de  la  expulsión  del  gualicho,  en  la  viruela  negra, 
un  exacto  narrador: 

Allí  soporta  el  paciente 
Las  terribles  curucioiics  ; 
PuoH,  íi  golpes  y  estrujones, 
Con  los  remedios  aquellos, 
J.o  agarríiii  de  los  cabellos 
Y  le  arrancan  los  liiecliones. 

Mácenle  mil  herejías. 
Que  el  presenciarlas  da  horror: 


CAPÍTULO    V.  59 


en  su  desesperación,  huyendo,  aplastado  [)or  la  fiebre,  cae 
al  suelo,  allí  le  ultiniaii  á  lanzadas.  A  patadas  y  j)urie- 
tazos,  que  por  de  contado  recibe  el  paciente,  echan  de  su 
cuerpo  al  maligno  espíritu  los  indios  de  Tierra  del  Fuego  ^^^. 

iJraina  ol  indio  do  dolor, 
Por  Ifi»  loniicnlos  que  pasa ; 
Y,  unláiidolo  todo  en  grasa. 
Lo  poiifu  á  licrvir  al  sol, 

Y,  puesto  allí  boca  arriba, 
Al  rededor  le  hacen  fuego. 
Una  china  viene  luego, 
Y  al  oído  le  da  gritos. 
Hay  algunos  tan  malditos, 
Que  sanan  con  este  juego. 

{La   Vuelta  de  Martin  FUrro  por  D.  José  Hernández.) 

(1)  "Cuando  un  indio  írcíiére-c  ii  los  onas  de  la  Tierra  del  Fuego), 
hombre  o  mujer,  viejo  ó  joven,  grande  ó  chico,  se  halla  enfermo,  se 
llama  al  módico,  el  cual  hace  colocar  al  enfermo  á  sus  pies  y  después 
de  repetidas  fricciones  en  la  i);ute  dolorida,  si  ésta  es,  por  ejemplo,  el 
vientre,  se  pone  encima  de  pie  6  de  rodillas  y  lo  pisotea  híista  más 
no  poder.  Cuando  la  parte  enferma  es  la  cabeza,  las  ospahhi-  ó  el 
hombro,  etc.,  entonces  se  cambia  de  procedimiento,  ivemphizando  los 
pisotones  con  tremendos  puñetazos,  que  el  enfermo  recibe  con  dulce 
resignación,  pues  los  juzgan  tan  necesarios,  que,  si  no  pudieran  reci- 
birlos, \{i:^  parecería  faltarles  el  mundo  entero.  Es  verdad  que  muchas 
veces  la  impaciencia  del  alma  por  abandonar  el  cuerpo  la  obbga  á 
marcharse  antes  de  que  la  operación  termine;  mas  esto  no  es  suficiente 
para  que  ellos  cambien  de  sistema.  Estáis  operaciones  van  general- 
mente acompañadas  de  gritos,  impnM'acion(>s,  amenaza-,  gestos  y  con- 
torsiones rich'cuhis  para  obligar  al  espíritu  mahgno  á  huir;  pues,  según 
ellos,  vive  en  oí  cuerpo  del  enfermo.  De  e?to  he  sido  yo  mismo  ti's- 
tigo,  no  una  sino  nmchas  veces  al  día,  pues  á  estn  operación  se  sn- 
jetíin  los  enfermos,  no  sólo  tvxlos  los  días,  Ano  varias  veces  durante  él; 
y  sino  siempre,  con  frecuencia  he  logrado  impedir  ó  aminorar  tan 
bárbaros  procedimientos.  Como  á  jefe  de  la  Misión  se  me  presentan 
con  frecuencia  enfermos  para  (lue  los  opere  á  su  manera;  mas  yo  me 
contento  con  hacer  el  signo  de  la  cruz  sobre  la  izarte  dolorida,  y  les 
despido  aconsejándoles  la  templanza,  á  cuya  casi  absoluta  falta  debe 
atribuirse  la  mayor  parte  d(^  sus  dolencias. "  (D.  José  María  Ik^auvoir, 
Presbítero,  carta  á  sn  snperior,  «latada  en  Río  (irande  (Misión  de  iu 
Candelaria  de  la  Tierra  del  Fuego)  en  el  mes  de  octubre  de  lí^ííó  y 
l)ubl¡ca(la  eii  el  lioicini  ."^alcaiano:  Buenos  Aires. "^ 


60  SUrERSTlCJONES  DEL  KIO  DE  LA  PLATA. 

Los  araucanos  toiiíaii,  de  la  propia  manera  que  los 
j^anijxis,  sus  ntacJn'c.^  6  maches,  encantadores  y  hechiceros 
que  ejercían  el  arte  de  curar  por  medios  supersticiosos, 
como  que  atribuían  á  IIuccuvú  ó  Pilldn  la  causa  de  sus 
dolencias.  Entre  ellos  había  una  clase  á  que  daban  el 
nombre  de //í/í7/(V^  (nefandos),  que  llevaban  por  vestido 
una  camiseta  y  un  delantal  llamado  ¡mno,  al  modo  de  las 
nuijeres.  Usaban  el  cabello  largo  y  suelto,  y  las  unas  cre- 
cidas. Las  ceremonias  en  el  acto  de  curar  eran  semejantes 
más  6  menos  á  las  de  todos  los  pueblos  salvajes  del  Nuevo 
^lundo.  Xo  había  de  faltar,  siendo  posible,  una  rama  de 
su  reverenciado  canelo,  valiéndose  asimismo  de  la  succión 
para  extraer  de  la  parte  enferma  el  objeto  destructor  de 
la  existencia  que  en  él  había  introducido  .Pilldn  ■'^\ 

Con  palabras  y  acciones  supersticiosas,  precedidas  de 
algún  sacrificio  y  suertes,  curaban  los  médicos  del  Perú,  á 
quienes  daban  los  nombres  de  camasca  y  soncoyoc.  Los 
sacrificios  se  hacían  en  obsequio  de  la  persona  que  decían 
habérseles  aparecido  en  sueños  y  dádoles  la  facultad  y  los 
medios  de  curar  las  enfermedades^ -I 


Cl)    D.  Francisco  Núncz  de  Pineda  y  Bascuñán,  Cautiverio  FeliZ) 
y  otroj». 

('¿)    El  1*.  Hernabí;  Coljo,  Ilisloria  del  Nuevo  Mundo. 


CAPÍTULO  VI. 

Condición  moral  del  campesino  rioplatense. 


Sumario.  —  Supersticiones  y  iiimjíÍíi  en  la  península  ibérica.  —  Preí^lo- 
niinio  de  la  tradición  gentílica. —  Religiosidad  del  campesino  rio- 
platense.—  El  paisaíio,  ajeno  de  doctrina.  — Influencia  jesuítica. — 
Los  párrocos:  sus  giras  por  la  campaña.  —  Bendición  de  padres  y 
padrinos.— Uso  de  escapularios.  — Santiguase  la  comida.  —  Misas 
l)or  las  almas  de  los  desiertos.  —  Velación  de  cruces. —  Cruces  en 
los  caminos  y  en  medio  del  campo,  en  jjasos  y  picculas.  —  Velorios. 
—  Negros,  pardos,  indios,  mulatos,  mestizos  y  blancos. 


Aunque  el  grado  de  credulidad  de  las  diversas  castas 
varía,  el  ciuiiulo  de  ideas  supersticiosas  que  poseen  es 
idéntico:  su  origen  casi  totalmente  europeo.  Las  supersti- 
ciones indígenas  eran,  en  su  mayor  parte,  idénticas  ó  nuiy 
parecidas  á  las  de  los  nuevos  pobladores,  á  las  que  Eurojni 
entera  conoce,  á  las  muy  antiguas  del  Oriente.  Respecto  de 
las  de  España,  que  trasladé)  éi  América  la  conquista,  cum- 
ple recordar  (pie  los  godos,  además  de  las  suyas  propias, 
recibieron  las  tradicionales  del  gentilismo  que  hallaron  en 
la  Península.  Judíos  y  árabes  introdujeron,  bajo  luievas 
formas,  casi  todas  las  mismas  supersticiones  orientales  ([ue 
griegos  y  romanos  habían  aceptado  siglos  antes.  Don 
Alonso  X  de  Castilla,  por  sobrenombre  el  Sabio,  reúne  en 
torno  suyo  éi  los  maestros  hebreos  y  arabo,  (|ue  tlesde  las 


02  SUPERSTICIÓN j:s  del  nío  de  la  plata. 

escuelas  ile  ToleJo,  como  ya  antes  lo  hicieran  las  de  Cór- 
doba y  (í ranada,  irradiaban  libremente  en  la  Península, 
entre  la  población  cristiana,  los  brillantes  resplandores  de 
la  ciencia  del  Oriente,  hermanada  por  tales  medios  á  la 
entonces  no  superior  del  Occidente.  De  ahí  nació  que  en 
una  ú  otra  ocasión  y  circunstancias  aparecieran  el  Libro 
del  Tesoro  (atribuido  al  Rey  Sabio,  y  que  se  supone  obra 
posterior  á  su  época),  que  trata  de  la  piedra  filosofal  ó 
transnnitación  de  los  metales  en  oro  '^^,  la  xistrología  Judí- 
ciarla  compuesta  en  arábigo  y  trasladada  al  castellano 
por  el  físico  (médico)  Rabí  Yeuda  Mosca,  la  Fascinología 
ó  Aojamicnto  por  D.  Enrique  de  Villena^^'^,  el  Tractado 
del  Ad crinar  et  del  Arte  Mágica  por  Fray  Lope  de 
Barrientos,  y  otros  escritos  de  plumas  doctas,  tocantes  á 
diversas  ramas  de  la  hoy  tan  favorecida  ciencia  oculta  ^^\ 

(1)  Comienza  w.á\ 

Lloga'Iu  la  faiui  á  los  mis  oídos 
<iue  eu  tierra  de  Egipto  im  sabio  vivía 
Con  tanto  saber,  que  facer  podía 
Presentes  los  casos  que  no  eran  venidos 

In.-ertúle  D.  José  Amador  de  los  Ríos  en  el  tomo  3.°  de  su  Rís- 
ioria  Critica  de  la  Lilemtura  Española. 

(2)  Con  el  título  de  Tractado  de  la  Fascinación  ó  Aojainienlo  apa- 
rece este  mismo  libro,  eu  uu  códice,  como  obra  de  Fernando  de  Rojas, 
ano  de  U(Á).  (Historia  de  la  Literatura  Española  por  G.  Ticknor, 
trad.  por  D.  Pascual  de  Gayaugos  y  D.  Enrique  de  Vedia,  Adiciones 
de  los  traduct.) 

(3)  La  biblioteca  de  1).  Enrique  de  Villena  fué  mandada  exa- 
minar por  D.  Juan  II,  encomendándose  la  tarea  á  Fray  Lope  de  Ba- 
rrientos, que  echó  al  fuego  cuantos  libros  le  parecieron  infectos  de 
ma^ia  y  hechicería.  Corría  valido  que  D.  Enrique  9braba  maravillas: 
que  embermejecía  el  sol,  adivinaba  lo  porvenir,  ocultábase  á  la  vista 
común,  congelaba  el  mercurio,  hacía  tronar  y  llover,  condensar  el  aire 
en  forma  de  esfera,  ele.  Atribúlasele  esta  visión:  liermes,  sobre  un 
pavón,  llevando  una  pluma,  una  tíibla  con  figuras  geométricas  y  una 


CArírrr/)  vr.  63 

En  la  materia  (]o  que  so  trata,  del  propio  modo  que  en 
pinito  á  costnmljros  y  a  lenguaje,  predomino,  entre  la  de 
todas  las  naciones  que  por  mas  o  menos  tiempo  se  pose- 
sionaron de  la  Península,  la  influencia  latina.  De  tal  ma- 
nera predomino,  que  en  los  conjuros  frecuentemente  cam- 
paron por  su  respeto  las  divinidades  gentílicas.  El  con- 
juro que  Eernando  de  Rojas  pone  en  boca  de  la  madre 
Celestina,  cuando  toma  esta  sobre  sí  la  tarea  de  forzar 
la  voluntad  de  Melii)ea  á  que  amase  a  Calixto,  da  una 
elocuente  idea  de  los  que  ordinariamente  usaron  los  he- 
chiceros. «¡Conjuróte,  triste  Pintón,  decía,  señor  de  la 
profundidad  infernal,  emperador  de  la  corte  dañada,  capi- 
tán soberbio  de  los  condenados  anídeles regidor  de 

las  tres  furias  Tesífone,  ^legera  y  Aleto,  adnn'nistrador  de 
todas  las  cosas  negras  del  reino  de  Estigie  y  Dite .  .  .  . , 
mantenedor  de  his  volantes  arpías,  con  toda  la  otra  com- 
pañía de  espantables  y  pavorosas  hidras!  ....  Yo,  Celes- 
tina, tu  más  conocida  clientula,  te  conjuro  por  la  virtud  y 
fuerza  do  estas  bermejas  letras,  por  la  sangre  de  aquella 
nocturna  ave  con  que  o^tán  escritas,  por  la  gravedad  de 
aquestos  nombres  y  signos  que  en  este  papel  se  contienen, 
por  la  áspera  ponzoña  de  las  víl)oras  de  que  este  aceite  fue 
hecho,  con  el  cual  unto  este  hilado,  vengas  sin  tardanza  á 


lliiví»,  condúcelo  pov  una  ílorcst-i  á  Iji  ciiid  id  de  las  arto^  y  de  la-í 
ciencias.  TraiisHLrnra«'  Hernias  de  varias  maneras,  ha^^ta  que,  oonver- 
Udo  en  nube,  lleiía  ji  un  tabernáculo,  en  que  hay  una  an[ueta  con 
variíis  inscripciones:  altrrnnrión,  digestión,  corrupción,  generación; 
cuerpo,  ííninii,  espíritu:  rnhifi'a''iún,  putrifl'ar'ión,  disolución,  aumen- 
tación, congelación,  purgación  g  formación;  en  las  cuales  están  como 
cifradas  todas  las  operaciones  que  producen  la  transmutación  de  los 
metales.  (Historia  Critica  de  la  Literatura  Española  por  D.  José 
Amidor  (U^  \o-<    Kíos.) 


04  SUPERSTICIONES  DEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

oboileoor  mi  voluntad:  ou  ello  te  envuelvas  y  con  ello  estes 
sin  un  momento  te  partir,  hasta  que  Melibea,  con  apare- 
jada oportunidad  que  haya,  lo  compre,  y  con  ello  de  tal 
manera  quede  enredada,  que  cuanto  más  lo  mirare,  tanto 
más  su  corazón  se  ablande  á  conceder  mi  petición,  y  se 
lo  abras  y  lastimes  del  crudo  y  fuerte  amor  de  Calixto  .... 
Y  esto  hecho,  pide  y  demanda  de  mí  á  tu  voluntad.  Si  no 
lo  haces  con  presto  movimiento,  ternasme  por  capital  ene- 
mií^a:  heriré  con  luz  tus  cárceles  tristes  v  escuras,  acu- 
saré  cruelmente  tus  continuas  mentiras,  apremiaré  con 
mis  ásperas  palabras  tu  horrible  nombre  ....  Y  otra  y 
otra  vez  te  conjuro.  Así,  confiando  en  mi  mucho  poder, 
me  parto  para  allá  con  mi  hilado,  donde  creo  te  llevo  ya 
envuelto.»'^'  Cristo  y  Satanás,  ángeles  y  demonios,  san- 
tos y  deidades,  cosas  sagradas  y  cosas  profanas,  todo  mez- 
clado y  confundido,  entraban  á  constituir  los  conjuros  que 
el  hechicero  de  Europa  y  el  de  América  usaron.  El  de  Amé- 
rica introdujo  además  deidades  y  cosas  indígenas,  á  que 
atribuía  poder  y  virtudes  sobrenaturales.  No  se  hallan  en  el 
mismo  caso  las  fórmulas  ó  palabras  que  usa  el  mago.  Éstas 
encierran  generalmente  una  bendición,  una  maldición,  una 
plegaria,  acomodadas  á  las  creencias  del  que  las  profiere 
y  del  que  recibe  el  beneficio.  Las  cuevas  encantadas  mues- 
tran paladin^nnente  la  tradición  oriental,  y  los  cerros  bra- 
vos descubren  al  hombre  primitivo  en  presencia  de  las 
fuerzas  naturales  personificadas. 

La  poderosa  influencia  de  las  ideas  por  el  cristianismo 
informadas,  ni  la  coacción    ejercida  por  las  autoridades 


(1)    La  Ce'c-ifina  ó  Trarjkoni'^.dia  da  C  díxío  y  Mzlíbea  por  el   Ba- 
chiller FiTimndo  de  Rojas  (siglo  XV  ). 


fAPÍTí'i.o  vr.  05 

civil  y  eclesiástica,  fueron  parte  á  (lesterrar  las  infinitas 
aprensiones  que,  orii^iiiarias  de  diversas  gentes,  se  apode- 
raron del  espíritu  y  del  ánimo  de  los  pueblos  meridionales 
de  Europa.  Conserváronlas  estos  hasta  el  día  de  hoy,  es- 
pecialmente en  los  campos  6  regiones  apartadas  de  los  cen- 
tros de  cultura  intelectual  y  social,  que  tampoco  se  hallan 
exentos  de  su  contagio.  Lo  propio  ha  sucedido  en  el  Nuevo 
Mundo.  En  sus  vastas  y  casi  desiertas  campañas  penetran 
harto  débilmente  los  rayos  de  la  lumbre  intelectual  que 
disipa  las  tiniel)las  de  la  ignorancia. 

El  ^ftí*.sa?í o,  ú  hombre  del  campo,  en  punto  á  religión, 
vive  ayuno  de  toda  doctrina.  Pero  guarda  en  su  alma, 
aunque  enturbiado  con  supersticiones  diversas,  un  ('sj)í- 
ritu  de  religiosidad  (jue  le  dispone  á  recibir  con  fruto  la 
simiente  del  Evangelio.  T^a  pol)lación  mestiza,  que  forma 
la  masa  de  la  po])laci(Hi  del  Ivío  de  la  Plata,  cuyos  an- 
tepasados fueron  adoctrinados  2>or  los  jesuítas,  es  la  más 
apta  para  ello.  Concurrió  á  formarla,  en  las  regiones  ba- 
ñadas por  las  vertientes  de  los  ríos  Paraguay,  Paraná  y 
Uruguay,  la  raza  guaraní.  Kedujeronse  los  guaraníes,  ex- 
cejito  algunas  parcialidades  excesivamente  bravas  é  indo- 
mables, al  celo  heroico  de  los  jesuítas,  que  supieron  avasa- 
llarlos ante  el  símbolo  de  la  fe.  Tan  hondas  raíces  echo  ^sta 
en  su  ánimo,  (pie  no  podrá  borrarse  de  v\  Jianfa  cl  (f(\^aj)n- 
rccimicnto  del  úlfinio  i /td triduo  (jcnuiuo  de  la  raza^^K 

El  j):iisano  es  i'eligioso,  ó  más  bien  dicho,  se  considera 
católico,  por  razón  del  bautismo  y  por  tradición;  pero  no 


(1)  A  Celchrariln  da  Pairun  de  JrsHs  Christo  cutre  os  Guamni/s  por 
D.  José  Jojiquín  ^faclindo  do  Olivrini.  i  Rrrisln  do  Insiituto  líistoriro 
c  Gcínjyuplt'n'u   linisilriro.) 


66  SUPKRSTÍCIONES  DEL  RÍO  DE  LA  PLATA. 

portille  fonozíMi  ó  poi^iiu^  prnetique  los  deberes  que  impone 
la  liilesia  á  todo  cristiano  ortodoxo.  Las  jmrroqnias  están 
en  las  ciiidadí^s,  villas  y  pueblos.  En  el  Río  de  la  Plata  no 
liav  aldeas.  Los  eanipesinos  viven  unos  de  otros  á  largas 
distancias,  y  de  la  parroquia  quedan  á  diez,  veinte,  cuarenta 
ó  sesenta  le2;uas.  Donde  haA"  casas  ó  establecimientos  al2:o 
j)r6xiinos,  á  ])edid()  de  los  vecinos  suele  fundarse  una  es- 
cuela, á  la  que  asisten  los  niños  de  todas  edades,  andando 
])ara  ello  diariamente  á  caballo  unas  cuantas  leguas.  Poca 
ó  niuLiuna  religión  se  enseña  en  tales  escuelas  á  la  niñez,  y 
eso  s¡  un  maestro  poco  considerado  no  la  induce  á  irreve- 
rencias con  la  palabra  y  el  ejemplo.  Los  párrocos  ó  sus  te- 
nientes, acompañados  de  un  sacristán,  salen  á  caballo  todos 
los  anos,  después  de  la  zafra  (venta  de  lanas,  ganados,  etc.), 
á  liacei'  lo  (pie  llaman  giras  por  la  campaña,  cuyo  objeto 
exclusivo  es  bautizar,  en  rueda  á  veces,  apresuradamente, 
en  las  casas  de  negocio  ó  pulperías,  donde  se  detienen  un 
par  de  días  al  intento.  Cobran  por  cada  bautismo,  por  lo 
regular,  una  esterlina  á  todo  el  que  más  ó  menos  buena- 
mente puede  pagarla.  No  todos  los  sacerdotes  tienen  y 
practican  la  virtud  de  la  caridad  y  de  la  mansedumbre. 
Algunos,  no  raros,  son  bruscos  y  despóticos,  é  inexorables 
en  lo  í|ue  toca  á  sus  intereses.  Milagro  es  que,  con  una 
carencia  absoluta  de  doctrina  y  con  tales  ejemplos,  no  haya 
perdido  enteramente  la  fe  el  habitante  de  las  vastas  re- 
giones que  tributan  al  Plata ^'\ 


(1)  La  rGl¡í,MÓii  e^  la  nave  do  la  Ií>l(sia,  3'  navega  entre  dos  escollos: 
la  superstición  y  la  impiedad.  Hacia  el  de  la  superstición  es  tan  res- 
baladizo el  vulgo,  que  para  no  estrellarse  en  él,  se  necesita  una  ex- 
trema vigilancia  por  parte  de  los  que  rigen  la  nave.  (Feijoo,  Cartas 
Kniflilas. ) 


íAPÍTiT/)  vr.  67 

Véase,  eoii  todo  eso,  lo  que  pasa  en  iina  estaneia.  Al  rom- 
per el  m11);i,  anda  ya  el  mate  en  manos  de  los  peones  y  llei^a 
á  las  del  patrón,  no  el  último  en  levantarse,  tan  luego  eomo 
aparece  en  la  delantera  de  la  casa  6  se  sienta  debajo  de  la 
ramada.  A  su  presencia  acuden,  uno  tras  otro,  sus  hijos,  chi- 
cos y  grandes,  y  sus  numerosos  ahijados,  quienes,  con  las 
manos  cruzadas,  le  piden  la  bendición.  El  padre  ó  padrino  la 
otorga  con  esta  fórmula  consagrada:  Dios  te  dé  su  gracia. 
Lo  propio  hace  con  sus  hijos  y  ahijados  el  último  de  los  peo- 
nes, sea  blanco,  indio  ó  negro,  y  las  madres  ó  madrinas.  A  la 
fórmula  Dios  te  dé  su  gracia,  suelen  sustituir  otros,  espe- 
cialmente en  las  ciudades,  la  de  Dios  te  haga  bueno,  una 
santa,  etc.  «Al  elevar  su  mano  para  bendecir,  dice  subli- 
memente un  ilustre  prelado,  tienen  conciencia  de  que  ejercen 
una  función  divina,  y  los  hijos  veneran,  en  el  padre  que 
bendice,  a  Dios,  que  desde  los  cielos  ratifica  lo  hecho.  »'^^ 

llaro  sei'á  el  paisano  que  no  lleve  un  escapulario,  ])or  lo 
regular,  de  la  virgen  del  Carmen,  que  le  valdr¿í  en  las  oca- 
siones. ¡Cuántas  bidas,  ]);)r  su  favor,  han  dejado  de  pene- 
trar en  el  pecli(j  á  (jue  iban  enderezadas!  En  el  último 
trance  de  la  vida  y  en  los  peligros  no  deja  el  paisano  de 
encomendarse  á  Dios  y  de  invocar  la  protección  de  la  vir- 
aren ó  de  alíiún  santo  de  su  i)articular  devoción --^ 


(1)    El  Cardennl  ^roiicscillo  y  Viso,   Letras    Dirinas  if  Iliímauas, 
Cap.  Costumbres  mncn'canas. 

Como  a  jHMTO  «imnrron, 
Mi'  rt  tlt'anuí  «Mitro  tantos: 
Yo  ino  oncoiiuMuir'  A  los  miitos. 
Y  ocliú  luaiio  &  lui  facón 

{El  Gaucho  Martin  Fierro  por  D.  Josc  Ilcrndncloi.} 

Yo  le  «lije :  si  iiio  ¡«ni va 
La  virgen  en  osle  npiiro, 


68  SUPERSTICIONES  DEL  KÍO  DE  LA  PLATA. 

Con  ol  primor  podíizo  de  carne  que  echo  á  la  olla,  el 
paisano  lia  solido  liacei',  acompañada  de  la  correspondiente 
invocación,  la  señal  de  la  crnz.  Comida  santignada,  libre 
de  maleíieio.  Se  la  santigno,  para  que  el  diablo  no  echase 
pelos  en  la  comida.  Multitnd  de  prácticas  y  de  expresiones 
por  el  estilo  descnbren  con  frecuencia  el  espíritu  de  tradi- 
cional religiosidad  mezclada  de  supersticiosas  aprensio- 
nes, con  C[\w  procede  en  casi  todos  los  actos  de  su  vida 
el  Ciimpesino  rioplatense. 

El  paisano  consagra  su  piedad,  no  solamente  á  rogar 
jx)r  los  SUJOS  y  por  las  almas  de  aquellos  que  en  vida 
conociera,  sino  también  por  los  desventurados  que  perecie- 
ron trágicamente  en  los  campos  de  batalla,  en  las  arries- 
gadas expediciones  contra  los  indios,  en  las  penosas  trave- 
sías de  las  desiertas  pampas.  De  tarde  en  tarde  acude  á  la 
parroquia  de  su  lugar  y  encomienda  al  cura  una  misa 
por  las  almas  de  los  desiertos ^^K  Rézala  con  profundo 
recogimiento  y  confía  en  la  misericordia  del  todopoderoso. 

La  velación  de  una  cruz  es  otra  de  las  prácticas  pia- 
dosas de  la  gente  campesina.  Pide  al  cura  jxtrroco  que  le 
bendiga  la  cruz.    Una.  vez  bendita,  la  vela  diu^ante  una  ó 


En  adolanto  lo  juro 

Sor  más  buono  que  una  malva. 

(ídem,  ídem.  ) 

Hay  no  niíis  me  lo  afirmé, 
Diciéndolo :  Dios  te  asista, 
Y  de  un  re\.6s  lo  voltié. 

(ídem,  ídem. ) 

Jfyj,  por:  ;ihí.    ]\Ic  lo  afirma:  lo  a.s3guré.     Lo  voltio:  lo  volteé,   lo 
ílerribé. 

(1;    Llamó  la  atención  osla  co3tunil)ro   al  ilustre  cardenal  Mones- 
cillo  en  su  preciosa  obra,  ya  citada,  Ldras  Divinas  y  Humanas. 


CAPÍTULO    VI.  00 

iiiíls  iloí'lios,  011  casa  de  uno  de  los  vecinos,  con  luces  y 
oraciones  fervientes  de  JioniUres,  nnijercs  y  niños.  Velada 
la  cruz,  se  la  conduce  en  procesión  al  sitio  en  que  se  lialla 
enterrado  el  difunto,  ])lantándola  con  toda  solenuiidad  junto 
á  la  sepultura,  del  lad(>  de  la  cabecera. 

Xo  sieinj)re  la  cruz  ar<;uye  la  existencia  de  un  cnteiTa- 
miento.  A  veces  no  indica  otra  cosa  sino  cjue  en  el  luiíar 
donde  se  halla  plant-ada  (en  un  camino  6  en  medio  del  campo) 
nuu'ió  repentina  6  trágicamente  un  cristiano.  Aunque  le 
lleven  á  enterrar  al  campo  santo,  plantan  una  cruz  bendita 
y  velada,  6  no  velada,  en  el  punto  cu  que  exhaló  el  ultimo 
suspiro.  Allí  el  alma  se  desprendió  de  su  envoltura,  que 
es  el  cuerpo  material  y  perecedero  (en  sentido  religioso). 
Allí  el  finado,  al  morir,  (li'l)ió  de  haber  puesto  su  corazón 
en  la  víctima  del  Calvario. 

í]n  los  pasos  y  plcndas  de  los  arroyos  suelen  morir  aho- 
gados el  jinete  y  la  cabalgadura.  La  corriente  arrastró  aguas 
abajo  al  muerto.  Pues  en  el  árbol  más  ])róximo  á  la  catás- 
trofe, si  el  arroyo  tiene  monte,  se  coloca  una  cruz  bendita, 
ant(^  la  cual  el  viandante  rogará  por  el  alma  del  ahogado. 

Velación  y  sepultura  del  cuerpo  del  difnnto  son  dos  so- 
lemnidades que,  en  ])udiendo,  ningún  cristiano  omite.  La 
velación  de  un  difunto  (|Ue  está  de  cuerpo  ])resente,  lleva 
el  nombre  de  velorio  entre  la  g(»nte  vulgar,  en  sentido  fa- 
miliar entre  la  gente  culta.  Va\  sentido  figurado  se  llama 
velorio  á  lo  que  es  de  imposible  ó  dudosa  realización,  y  que 
sin  embargo  se  ofrece  6  se  U'  (juiere  ]n'esentar  como  lison- 
jero. Tambión  en  sentido  figurado  y  burlesco  dícist»  (pie 
ha  sido  un  relorio  una  tertulia  desanimada  ó  á  la  (|ue  ha 
asistido  poca  gent(».  Lo  ])ropio  dícest»  de  cualquier  otro 
género  di'  reuniones  (pie  no  han  estado  como  era  de  espi'- 


70  SUPERSTICrOXES  DEL  RIO  DE  LA   PLATA. 

rirs(\  dada  su  naturaleza.    ]Mas  no  toda  clase  de  velorios 
son  rr/orio;  pues  los  liay  harto  animados  y  estrepitosos, 
que  el  ínfimo  vuIíío  suele  dedicar  á  la  muerte  de  los  jmr- 
vulos.    Rcnmidos  en  la  casa  mortuoria  hombres  y  mujeres, 
deudos,  amiiTos  y  convidados,  entre  los  cuales  nunca  han 
lie  faltar  soldados,  chinas  v  toda  lava  de  2:ente  aleoTe,  se 
entretienen  durante  la  noche  en  cantar  y  bailar  y  en  diver- 
sos juegos  .de  ])rendas,  como   las  aves  nocturnas,  el  pul- 
prro,  la  cortina  de  amor,  tan  significativos,  sin  dejar  de  la 
mano  el  cigarro,  el  mate  y  la  copa  de  aguardiente  ó  caña, 
i'xeitantes  de  marca  y  muy  a  propósito  para  avivar  más  y 
más  el  fuego  encendido  con  el  roce  continuo  de  multitud  de 
cuer])os  desigualmente  cargados  de  electricidades  de  ambos 
géneros  (positivo  y  negativo),  que  ora  se  atraen,  ora  se 
neutralizan  y  ora  se  repelen.    Movidos  de  tales  estímulos, 
no  es  de  extrañar  que  tei'mine  la  fiesta,  como  sucede  fre- 
cuentemente, con  tormenta  de  rayos  y  truenos:  palos  y 
trompadas  y  tajos,  amenazas,  gritos,  lamentaciones.  Tal  es 
el  coro  de  danza  y  canto  que  acompaña  al  recien  fallecido 
angelito  en  su  dichosa  ascensión  á  la  celestial  morada  de 
los  inocentes.  La  verdad  es  que  el  termino  velorio  tiene  un 
olor  á  pulpería,  que  trasciende  hasta  la  medula  de  los 
huesos.    Decir  velorio  es  casi  decir  bochinche,  ó  jarana, 
con  escándalo  y  ])endencias. 

El  velorio  de  un  ángel  solía  durar  dos,  cuatro,  seis  ó 
más  días;  ])ues  los  vecinos  y  amigos  solicitaban  de  los  pa- 
dres ó  deudos  el  cuei'po  de  la  criatura  para  celebrar  en  su 
casa  la  bienhadada  fiesta.  Andaba  á  ese  intento  el  cadáver 
putrefacto  de  casa  en  casa,  dando  motivo  á  que  la  juventud 
se  divirtiese,  jugando,  bailando,  chacoteando,  comiendo  y 
h('hmv]c).  rV'ñía  el  cuerpecito  del  ángel  y  colgaba  de  él,  una 


CAl'ílL'LO    VI.  71 

cinta  rojíi  ó  azul,  \)()V  lo  regular,  qu(»  tcriín  un:is  cuantas 
varas  tk;  largo  y  cu  l;i  cual  hacía  un  nudo  cada  uno  de  los 
concurrentes,  á  la  cuenta  [)ara  (pie  llevase  de  ellos  al  cielo  un 
recuerdo  de  los  (¡ue  tan  hicn  le  (juerían  y  (|uedaban,  menos 
felices,  en  este  valle  de  lágrimas. 

La  gente  más  su})ersticiosa,  entre  el  vulgo  «juc  pucMa 
las  comarcas  platenses,  son  los  negros,  zambos  ó  pardos, 
indios  y  imdatos;  no  tanto  los  mestizos;  })oco  ó  nada  los 
Illancos.  Menor,  mucho  menor,  es  en  el  campo  6  campana 
el  número  de  blancos  que  el  cíjnjunto  de  a(piellas  castas, 
entre  las  que  })redominó  el  mestizo  ó  indio.  Es  de  adver- 
tir que  indio  se  llama  indistintamente  al  verdadero  indio 
(silvestre  ó  civilizado)  y  al  mestizo.  Basta  (jue  un  indivi- 
duo ostente  sangre  del  indio  en  sus  venas,  para  (j[ue  le  lla- 
men V  se  llame  él  mismo  indio  sin  el  menor  em])acho:  ni 
lo  tienen  á  gala  ni  á  mengua.  A  las  mujeres,  .sean  indias 
puras  (salvajes  6  cristianas),  sean  mestizas,  se  les  llama 
comúnmente  chinas.  Eso  de  cliinas  no  ticiu^  (pie  ver  nada, 
ni  aun  figuradamente,  como  |)udiera  presumirse,  con  las  co- 
sas de  aipiel  gran  imperio  del  Asia  dogmatizado  ])or  Con- 
fucio.  Es  cosa  de  los  Incas,  en  cuyos  dominios  las  vírge- 
nes escogidas  que  en  los  tcnq)los  del  sol  tenían  á  cargo, 
entre  otros  ministerios,  conservar  el  luego  sagrado  á  seme- 
janza de  las  vestales  de  la  gentilidad  griega  y  romana,  lle- 
vaban el  nond)re  de  chinas  (criadas  ó  siervas  )  de  la  luz 
del  día.  Chinas,  asimismo,  llamábanse  otras  mujeri's  su- 
jetas á  determinados  servicios  en  los  tenq)los  del  Inca.  De 
ahí  dimano  (pie  los  es])añoles  llamasen  al  })rincipio  en  el 
Perú  chinas  á  las  indias  jt'ívenes  y  solteras  que  servían  en 
los  conventos  de  monjas;  después  á  las  indias  y  mestizas 
que  servían  en  las  casas  de  familia  ;  y  per  último,  como  su- 


72  srrEiíSTicioNES  del  rio  de  ea  plata. 

eoi.k'  al  prosonte,  no  sólo  a  toda  mestiza  y  á  toda  india  in- 
cori)Oiada  á  la  masa  social,  sino  también  á  las  indias  que 
moran  salvaj(\>^  en  pampas  6  en  arcabucos.  Los  que  llaman, 
pues,  chinos  á  los  indios  y  á  los  mestizos,  no  limitando  á 
las  nuijeres  esta  calificación,  se  expresan  con  chocante  im- 
propiedad; pues  jamás  se  ha  aplicado,  ni  podido  aplicarse 
históricamente,  ni  se  aplica  entre  el  elemento  nacional  cas- 
tizo de  las  comarcas  platenses,  semejante  vocablo  al  hom- 
bre. El  paisano  que  oyese  llamar  de  ese  modo  al  indio  ó 
mestizo,  difícilmente  contendría  la  risa. 

Negi'os,  pardos,  indios,  nmlatos,  mestizos  y  blancos:  tal 
es  el  orden  descendente  que  sigue  el  achaque  de  la  creduli- 
dad en  el  liom])re.  No  por  eso  ha  de  creerse  que  el  rico 
caudal  de  aprensiones  que  el  campesino  rioj^latense  alma- 
cena en  su  memoria  proceda  del  negro  ó  del  indio.  Nada 
menos  que  eso.  El  origen  de  ellas,  en  su  mayor  parte,  en 
su  casi  totalidad,  es  europeo.  A  toda  la  gente  de  color  ha 
co]>ijado  debajo  del  mismo  manto  el  tejido  de  las  leyes  di- 
vinas y  humanas  que  el  Viejo  Mundo  introdujo  en  el  Nuevo. 
Sólo  (|ue  unas  castas  han  conservado  más  pertinazmente 
que  otras  las  trazas  que  el  paganismo  había  dejado  de  sus 
eiTores  en  la  masa  del  pueblo  cristiano. 


CAPÍTULO  VIL 

Preocupaciones  acerca  del  cabello  y  la  barba 
entre  indios  y  cristianos. 


Sumario.  — Guerra^;  tic  frontera.  — Exterminio  del  indio.  —  Indios  y 
cristianos:  se  odian  á  nuicrte.  — Concepto  que  el  indio  forma  del 
cristiano:  es  para  él,  el  diablo.  —  Concepto  que  el  cristiano  forma 
del  indio:  no  tiene  crux  en  el  mate.  —  Matanza  de  indios.  —  (ienio 
feroz  de  la  guerra.  —  Greñas   del  indio. —  Cabellera  de  las  chinas. 

—  Vestimenta  de  las  chinas.  —  Baños  invernales   en    obsequio  del 
Bautista.  — Ofrendas  culinarias  á  los  muertos.  —  B;u'ba  del  paisajio. 

—  Trénzasele    la    paisana. —  Castigo   de    la    nuijer  inconst.inte. 
Cabellera   y   honor   femenil    de  la   antigua   España. —  Cabello  y 
barba  entre  griegos  y  romanos,  en  Europa  toda,  en  el  Oriente. 


Sorprenda'  toldoa,  matar  ¡nd'wa,  tomarles  la  rhusfiía  y 
rescatar  cautiros:  lie  alií  el  modo  con  ([uc  tiicron  conce- 
bidas y  ejecutadas  las  cx^ndiciones  á  los  indios,  después  de 
la  caída  de  Kosas,  que  mantuvo  paces  con  ellos  lai-j^o 
tiempo ^'\  Como  este  género  de  gui'rra  y  defensa  no  mejo- 
raba en  nada  la   situación   de  cosas;   antes,  exacerbándose 


(1)  Memoria  presentada  al  Congreso  Nacional  rl  1.'' de  ago-io  de 
1877  por  el  Miii¡>n-o  dr  la  ( Juerra  l>r.  j).  Valentín  .VI>ina.  La-  i>;da- 
bras  (le  letra  cur-iva  son  tv'Xtuales. 


7rt  SL'rEI{8TlClO-NKS  DEL  lilO  DE  LA  PLATA. 

más  V  más  ('1  rencor  de  los  salvajes,  recrudecía  el  daño  con 
nia\ores  \-  más  frecuentes  venganzas.  Para  remediarlo  en 
parte,  ideóse  construir  un  foso  y  paredón  en  la  dilatadísima 
línea  de  frontera  del  sur  de  Buenos  Aires.  De  ese  modo,  á 
semejanza  de  la  gran  muralla  de  la  China,  el  ancho  foso  y 
paredón,  guarnecido  por  los  fortines,  contendrían  las  irruj)- 
ciones  de  los  bárbaros  de  la  Pampa.  Aun  no  se  había  termi- 
nado el  foso  (que  hubiera  debido  cruzar  próximamente,  para 
SU3  fines  efectivos,  un  espacio  de  doscientas  leguas),  cuando 
la  audacia  de  los  indios  demostró  su  ineficacia.  La  desolación 
iba  en  aumento,  y  fue  necesario  acabar  con  los  indios :  des- 
truir  para  siempre  sus  tolderías;  acuchillarlos;  cautivar  sus 
familias;  arrojar  sus  restos  destrozados  al  otro  lado  de  la 
Cordillera  y  cerrarles  la  entrada  de  tal  suerte,  que  jamás 
volviesen  á  li(jllar  la  tierra  que  durante  tantos  años  regaran 
de  sangre  cristiana  ^^\  Por  entonces  ya  el  odio  y  furor  entre 
cristianos  e  indios  rayaba  en  delirio.  Huínca  (que  equivale 
á  extranjero),  cristiano  y  eiiomígo  mortal,  eran,  para  el  indio, 
una  misma  cosa.  Los  mismos  odios  suscitaron  los  cristianos 
entre  los  in(Hos  del  Chaco,  en  los  que  se  ejecutaron  matan- 
zas injustificables,  no  pocas  por  medios  alevosos.  A  la 
postre  unos  y  otros  indios,  crudamente  perseguidos,  llegaron 
(i  persuadirse  de  que  el  cristiano  es  una  especie  de  salvaje 
])rupaga(lo  ])ara  su  daño  por  el  espíritu  del  mal,  y  que  sólo 
pur  excepción  puede  hallarse  mi  hombre  blanco  que  no  sea 


•(1)  D.  Estani.slao  S.  Zeballos,  La  Conquista  de  Quince  Mil  Leguas, 
y  otras  obras  del  mismo  autor  sobre  la  Pampa. 

El  rifMieral  D.  Lucio  V,  Mansilla,  mal  avenido  con  el  exterminio, 
parece  dar  a  entender  que  los  indios  eran  malos,  porque  no  se  ha 
sabido  ó  no  se  ha  querido  hacerlos  buenos.  (  Una  Excursión  á  los 
Jad  ¿OH  Ha  nq  ucles. ) 


CAPITULO  VI r.  75 


pérfido,  cruel,  ladrón,  traidor,  asesino,  poseedor  en  >uina  de 
cuanta  disposición  ó  tendencia  inaliuna  es  capaz  de  alíripir 
la  ci'iatura  humana  '  . 

Kl  eiistiano,  á  su  ve/,  encendidas  sus  pasiones  con  la 
guerra  cruel  y  asaltos  desoladores  del  indio  enihi-avecido, 
le  miraba  con  i^ual  6  peor  repugnancia  (pie  á  una  fiera 
sanguinaria  de  los  bosques  intertropicales.  Ha  llegado  hasta 
nuestros  días  la  calificación  de  bárbaros,  salvajes,  bravos 
é  infieles  que  se  ha  dado  siempre  á  los  indios,  cosa  que  no 
tiene  nada  de  singular  ni  de  chocante,  pues  lo  eran  en  rea- 
lidad. Pero  en  los  uhimos  tiempos  llegó  á  ser  ])roverbial 
entre  los  cristianos  la  idea  ó  preocupación  de  (pie  los  indios 
bravos  no  tienen  cruz  en  el  mate.  El  genero  de  vida  (pie 
lleva  el  indio  salvaje,  á  la  intemperie,  sujetas  las  gi-eñas 
con  una  bincha,  sin  nada  que  [)reserve  del  sol,  del  agua  y 
del  polvo  el  casco  de  la  cabeza,  va  desvaneciendo  la  señal 
de  las  articulaciones  del  cnnie(j,  que  en  su  estado  ordinario 
presentan  la  forma  de  una  cruz.  En  sentido  familiar  se  da 
el  nombre  de  mate  (voz  (piichua  castellanizada)  al  casco 
de  la  cabeza  del  liond)i-e,  por  la  semejanza  (]ue  tiene  con  una 
calabaza,  cuando  carece  de  cabello.  Ahora  bien,  ha  rayado 
en  pre()cu})ación  el  habito  de  llamar  cristiano  al  hombre 
civilizado,  en  o[)osición  al  infiel  ó  salvaje.  Parece  como 
que  diesen  á  entender  que  el  hombre  no  bautizado  care- 
ciese de  racionalidad  y  (pie,  j)or  consecuencia,  se  le  bo- 
rrase del  cráneo  el  signo  de  la  cruz.  Xo  tiene  cruz  eíi 
el  mate  es  frase  (pie  se  usa  para  signiíicar,  en  sentido 
burlesco  y  des[)ectivo,  (pie  el  indio  salvaje  no  debe  ser 
tratado  con   la  consideración  tpie  merece  el   hombre.  Por 

(1)     D.  l'\'l¡>b('rlo  (k-  OÜvriía  (V-;ir,     Viajf    al    Pilis   de    los   Tolms. 


76  SUPERSTICIONES  DEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

lo  inisnio,  c'uaiulo  ha  liabido  que  matar,  los  cristianos,  tra- 
táiulose  (lo  indios,  lian  nuierto  sin  piedad  ni  escrúpulo  de 
conciencia  todos  los  que  han  podido.  La  frase  proverbial: 
parvee  una  matanza  de  indios,  con  la  que  se  repre- 
senta un  disforme  cúmulo  de  objetos  oscuros,  en  peda- 
zos, entre  un  lítpiido  negro,  bien  claramente  lo  dice  á  la 
fantasía :  muchedumbre  de  imUos  ferozmente  acuchillados 
V  apiñados  sus  trozos  en  un  charco  de  sangre.  La  fero- 
cidad no  tiene  patria.  El  hombre  civilizado  llega,  en  oca- 
siones, á  ser  esclavo  de  esta  pasión,  con  tanta  vehemencia 
como  el  hombre  salvaje. 

La  ferocidad,  en  el  hombre,  es  un  monstruo  que  nace 
allí  donde  se  ha  vertido  mucha  sangre  de  seres  humanos: 
consecuencia  natural  de  la  constante  ocupación  de  matar 
gente  en  las  lides.  Críase  entre  la  sangre  derramada,  y  con 
ella  se  alimenta,  sin  saciarse:  cuanta  más  sangre  bebe, 
tanto  mayor  es  su  ansiedad  por  beber  sangre.  Así  el  cris- 
tiano del  sigl(j  decimoctavo,  criado  en  las  hdes,  no  fué,  en 
el  Río  de  la  Plata,  menos  feroz  que  lo  fuera  el  del  décimo- 
sexto.  8i  no  ha  cometido  precisamente  las  mismas  atro- 
cidades, no  ha  sido  por  falta  de  disposición  para  ejecu- 
tarlas, sino  porque  no  ha  tenido  oportunidad  de  cometer 
otras  semejantes.  Odiosísimas  acciones,  hechos  horripilan- 
tes imputó  á  los  conquistadores  el  ardiente  celo  de  Fray 
Bartíjlomé  de  las  Casas,  quien,  más  que  ningún  otro  histo- 
riador ó  cronista  de  la  época,  ha  servido  de  fuente  á  los 
que  modernamente  han  juzgado  la  conquista.  Mas  los  in- 
gleses, los  franceses,  los  italianos,  los  alemanes,  los  rusos, 
lí)s  norteamericanos,  los  chilenos,  los  argentinos,  etc.,  en  el 
siglo  actual,  en  el  sigh)  d(i  la  líhertad,  de  la  igualdad  y  de 
\i\  fraternidad,  en  el  siglo  del  derecho  de  gentes,  en  el  si- 


CAPÍTULO    VIÍ.  77 

glo  liumanitar'w  por  oxceleiifia,  de  las  sociedades  protee- 
rí)ras  de  aniniídes,  ei)  el  s¡i;lo  de  la  prensa  periódica,  de  la 
pro})a<;anda  política  y  social,  de  las  luces,  del  progreso,  del 
telégrafo,  del  va[)or,  de  las  revoluciones  pojudares  aborta- 
das por  el  dolor,  hanse  manifestado  tan  feroces,  cuand(j  la 
ocasión  se  les  lia  presentado,  que  hubieran  dejado  con  la 
boca  abierta,  atendidas  las  circunstancias,  á  los  soldados 
de  la  con(|UÍsta.  Llevada  á  efecto  i)or  hombres  feroces, 
tem})lados  en  la  dura  guen-a  de  los  moros,  dui*a  y  férrea 
hubo  de  ser  la  conquista.  Abusos,  excesos,  atrocidades: 
tal  es  la  escuela  obligada  del  uso  de  la  fuerza  entre  los 
puel)los,  del  compiistar  invadiendo  y  matando.  Los  espa- 
ñoles no  habían  recibido  de  la  naturaleza  nini^un  don  ó 
favor  espt'cial  y  privativo  (pie  los  constituyese  en  la  obli- 
gación de  ser  más  buenos  y  mejores  que  el  resto  de  los 
hombres. 

Abusos  y  excesos  de  todas  clases  ha  habido  en  la  con- 
quista, desde  que  desem])arcó  Colón  en  las  Antillas,  hasta 
que  los  nuevos  poseedores,  hispano  ó  aiiglo-americanos,  se 
apoderaron  de  las  tierras  (pie  ocu})aban,  ó  aun  ocupan,  los 
primitivos  habitantes  del  Nuevo  Mundo.  El  indio,  para 
unos  y  para  otros,  no  tiene  cruz  en  el  mate,  no  tiene  de- 
rechos, no  merece  ningún  genero  de  consideraciones:  debe 
ser  exterminado,  y  lo  fue  y  sigue  siéndolo.  Los  norte- 
americanos, sobre  todo,  se  singularizaron  v\\  el  cumplimii'uto 
de  este  designio,  y  aun  hoy,  en  lo  (|ii('  de  él  (pieda  por 
cumj)lir,  se  ])intan  solos  para  engañar  al  indio,  pai'a  juTse- 
giiirle  con  ruda  inhumanidad,  á  muerte,  para  exterminarle 
y  destruirle  hasta  el  j)Uiito  de  no  dejar,  si  es  posible,  ras- 
tro alguno  de  su  existencia  en  la  tierra  que  enseuf^rean  sin 
el  lustre  que  da  el  sacriileio  y  la  misma   tmu  ridad  de  la> 


78  SUiMOKSTlCIONES  DEL  iíiO  DE  LA  PLATA. 

iuvioiu's  c'jrcutíulns  por  c'l  soldado  español  en  sus  empresas 
civilizadoras  por  el  inundo  ^^^. 

Lt)s  indios  oxMíeralniente  usaron  el  pelo  largo.  Era,  para 
ellos,  molesto,  á  la  par  (pie  afrentoso,  el  cortárselo.  Así,  una 
de  las  eosas  que  distinguen  al  indio  salvaje  son  las  greñas. 
Los  ([ue  se  cortaron  la  cabellera  fueron  j^ocos;  y,  entre  es- 
tos i)ocos,  los  más  lo  hacían,  no  por  gusto,  sino  por  nece- 
sidad. Con  efecto,  muchas  parcialidades  se  cortaban  las  gre- 
ñas, para  que  los  españoles  no  pudiesen  prenderse  de  ellas 
en  las  batallas.  Los  jesuítas  consiguieron  que  sus  neófitos 
se  cortasen  el  pelo ;  con  lo  que  se  distinguían  a  la  chstan- 
cia  los  cristianos  de  los  infieles  y  los  hombres  de  las  nnije- 
res.  Es  sabido  que  el  indio  tiene  poco  ó  ningún  pelo  en  la 
cara. 

Las  nmjeres  indígenas  reducidas  conservaron  larga  la  ca- 
bellera. Vestían,  entre  los  guaraníes  de  las  misiones  jesuí- 
ticas, una  camisa  talar,  ceñida  á  la  cintura  con  una  faja  ó 
cJiuinhc,  y  una  túnica  llamada  ti^oy,  que  llegaba  bástalos 
tobillos  ■'.    Cuando  trabajaban  en  sus  huertas  ó  chacras, 


(1)  La  íictiuil  guerra  de  Cuba  (1896),  alimentada  por  los  Estados 
Unidos  de  la  América  del  Norte,  que  aspiran  á  la  absorción  de  la  pro- 
ductiva isla,  demuestra  patentemente  cuan  natural  es  á  la  generación 
hispana  el  espíritu  de  expansión  civilizadora  que  con  esfuerzo  heroico 
animaba  sus  empresas  en  la  época  de  la  conquista  de  América.  Desde 
el  eminente  hombre  de  Estado  (D.  Antonio  Cánovas  del  Castillo), 
que  con  graves  prov^idencias  encamina  los  sucesos  al  restablecimiento 
(ie  la  paz  entre  millares  de  obstáculos  que  arredran,  hasta  el  soldado 
hisono  trasladado  á  mortífero  clima,  causan  la  admiración  de  las  gen- 
tes. La  concisión  del  Manwje  á  las  Cortes,  en  su  apertura  (el  propio 
año),  no  ha  obstado  á  que  en  él  se  consignaran  aquellos  levantados 
propósitos  del  dominador  hispano. 

(2)  También  usaron  solamente  el  tipoy,  sin  cuello  ni  mangas,  ce- 
ñido con  el  cíiumhr. 


CAriTULo  VI r. 


se  quitaban  c*l  Upoy,  y  con  su  larí^a  cabellera  tendida,  se- 
mejante (i  un  velo,  parecían  de  lejos  unas  religiosas  la- 
brando la  tierra ^^\  En  la  iglesia  entraban  siempre  con  el 
pelo  tendido,  costumbre  ípie  lian  conservado  después  que, 
destruidas  las  Misiones,  se  mezclaron  con  las  demás  po- 
blaciones cristianas.  La  víspera  del  día  de  San  Juan  I>mu- 
tista,  después  de  media  noclie,  iban  en  procesión  al  lío 
mas  iiunediato,  con  la  cabellera  tendida,  y  se  metían  en  el 
agua,  bañándose  todo  el  cuerpo,  aun  cuando  ya  el  frío  del 
invierno  no  convida  á  semejantes  lavatorios.  El  santo,  (pie 
iba  delante,  era  de  los  ])rimeros  en  dar  el  ejemplo.  Como 
sus  carnes  eran  de  palo,  diría  j^ara  sus  adentros:  ahí  me 
l(h^  (Jen  todas.  D.»  lo  contrario  no  le  hubiera  hecho  nuicha 
gracia  la  valentísima  devoción  de  las  misioneras  en  un  si- 
glo  tan  poco  ascético  como  el  nuestro.  El  día  de  difuntos 
acudían  al  Campo  santo  y  depositaban  sobre  los  sepulcros 
toda  clase  de  alimentos:  huevos  cocidos,  gallinas,  patos, 
mandioca,  butifarras,  queso,  etc.  Después  de  los  responsos 
y  de  los  rezos,  el  sacerdote  distribuía  santificados  entre  los 
mismos  fieles  concurrentes  los  comestibles  que  ofrecieran 
á  los  difuntos. 

El  gaucho  usó  ];i  l)arba  entera,  no  afeitándose  nunca. 
Con  el  eueliillo  solía,  empero,  recortarla  (tomándola  de  las 
})unt^is  con  la  mano  iz(¡uierda),  cuando  le  estorbaba,  por 
estar  demasiado  larga.  El  cabello  cubríale^  las  orejas  y  á 
veces  le  ilígaha  hasta  la  espalda.  No  había  (ni  aun  hoy 
mismo  se  ve  (>ntre  los  ])aisanos)  un  raj)a(lo.  l']-o  no  lo  con- 
sentiría en  manera  alguna.  Raparlo  huhirra  >¡do  tan  igno- 


(1)     ^rimiti^ri,    Hrlaflnn    drs    Missions  du  Pdvnguan.     París,    1S2T. 
Socirlr  C((tholi(¡nr  drs  líons  IJrrrs. 


80  SÜPERSTIl'IONE^  DEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

minioso  como  si  \o  cortasoii  las  orejas.  El  sombrero  no  se 
lo  rala,  sino  que  lo  lleva,  6  eeliado  sobre  la  frente  con  el 
ala  derecha,  ó  caído  hacia  nn  lado,  6  descansando  en  la 
nuca.  Cuando  viaja  ó  hace  viento,  le  asegura  con  el  bar^ 
hijo  (barboquejo). 

La  mujer  del  campo,  ó  del paú,  forma  con  su  cabellera 
una  ó  d(^s  trenzas ;  las  que  xuinca  arrolla  ó  recoge,  sino  qne 
lU'va  colgantes  sobre  la  espalda  y  á  veces  echa  por  sobre 
los  hombros.  Considera  nn  deshonor  la  falta  del  pelo,  qne 
cuida  como  una  prenda  de  gran  valía.  El  ofendido  amante 
desenvaina  su  afilado  cuchillo,  corta  de  un  tajo  las  trenzas 
de  la  mujer  infiel  y  las  ata  luego,  por  escarnio,  á  la  cola 
de  su  caballo.  ¡Suplicio  infamante  de  la  inconstancia  en  el 
amor!  La  mujer  que  lo  snfre,  sufre  mía  pena  cruel.  ¡Desdi- 
chada I  ¿Quien,  de  entonces  más,  la  librará  del  martirio  de 
oír  y  de  saber  que  dicen  de  ella:  la  tusaron  por  putaf 
Imposilde  librarse  de  esa  nota  difamatoria.  Litentarlo,  se- 
ría poner  puertas  al  campo. 

IIal)ía  en  el  Salto  (Uruguay)  una  china,  que  enfermó 
gravemente.  Estaba  conchabada  en  una  casa  de  familia,  y 
sus  amos  llamaron  al  medico  para  que  la  asistiese.  El  mé- 
dico, después  de  haberle  aplicado  varios  remedios,  dispuso 
que  le  cortasen  el  pelo.  Todo  lo  había  llevado  con  pacien- 
cia, mostrando  mucho  agradecimiento  á  las  2:)ersonas  que 
la  cuidaban.  Pero  cuando  vio  que  se  le  acercaban  con  las 
tijeras  ])ara  cortarle  el  cabello,  se  puso  á  llorar  con  la  ma- 
yor aflicción.  l\)mó  con  ambas  manos  sus  largas  trenzas, 
apretándolas  contra  el  pecho.  A  fuerza  de  ruegos,  consi- 
guieron ípie  se  dejase  cortar  la  cabellera.  Pero  la  pobre 
diina,  al  contemplarse  privada  de  ella,  empeoró  acelerada- 
mente, imu'iendo  ;i  las  v(;inticuatro  horas.  Otra  china  vieja 


CAPÍTL'LO   vir.  81 

que  hi  liii])ía  acomjKiuado  hasta  el  último  instante,  reeoi^ió 
las  trenzas  de  la  difunta  y  las  puso  en  el  féretro,  debajo  de 
la  yerta  cal)eza  que  en  vida  las  conservara  eon  tanto  celo. 

El  uso  del  cabello  lai'^o  lia  sido  general  y  muy  preciado 
en  todo  tiempo  entre  las  mujeres.  Las  de  al<:;unas  regiones 
sobresalieron  v  fueron  muv  celebradas  ])or  la  hermosura 
de  sus  cabellos.  Las  nuijeres  de  Salta,  en  la  Argentina, 
fueron  reputadas  las  más  gallardas  del  Tucumán:  en  la 
hermosura  de  la  tez  y  señaladamente  en  la  abundancia  y 
dilatación  de  sus  cabellos  creíase  que  excedían  á  todas  las 
de  América  ^^\ 

Las  mujeres  de  España,  en  lo  antiguo,  como  ahora,  de- 
jaron crecer  enteramente  el  cabello.  Llevábanle  tendido 
las  doncellas.  Recogíaide  y  cubríanle  con  una  toca  las  c<i- 
sadas.  Usanza  era  ésta  aconsejada  por  la  seriedad  pro})ia 
de  su  estado ^-'l  La  airosa  modestia  de  las  solteras  y  el  re- 
cogimiento de  las  casadas  haría  creer  que  el  concepto  ilel 
honor  en  las  mujeres  de  aípiellos  tiempos  estaba  grabado 
en  sus  corazones  por  la  mano  de  la  delicadeza.  Véase  sin 
embargo  cómo  entendían  las  cosas  á  tal  respecto  los  legis- 
ladores de  la  é})oca.  La  mujer  honesta  que  recibiese  grave 
ofensa  en  su  honra  (cosa,  por  lo  visto,  nada  rara  en  los  ea- 
minos),  debía  entrar  por  las  calles  del  piiel)lo  arrancándose 


(1)  «Muy  raní  liuy  (luo  no  lk;4ik'  á  cubrir  la?  cadenus  con  esto  apro- 
ciable  adorno;  y  por  esta  razón  le  dejan  comunmente  suelto  ó  trenzado 
alo  largo  con  gallardía.»  (Kl  Laxarillo  de  Ciet/os  Caminantes  desde 
Buenos  Aires  hasta  Lima  por  1).  Calixto  Bustamante  Carlos  Inca.  Vm 
Gijón.    Aí\o  de  1773.) 

(2)  La  mujer  casada,  en  los  siglos  undécimo  y  duodécimo,  llevaba 
el  pelo  atado,  la  viuda  usaba  toca  y  la  soltera  andaba  en  cabello  { largo 
y  suelto).  El  cabello  atado  es  sitnholo  germánico.  (I).  Tei')rtlo  Bniga, 
Epojnas  da  liara  Mosiirabc.  [Historia  da  Poesía  rorinuuesa.) 


82  surEiiSTicioxES  del  río  de  la  plata. 

las  tocas,  arrastrándose  por  ol  suelo  y  gritando:  ¡fulano 
í/ic  forzó f^^^  ¿Cómo  hubiera  salido  de  la  danza  la  ofen- 
dida quo  con  taK\s  medios  de  prueba  hubiese  acudido  en 
demanda  de  justicia  ante  el  sesudo  gobernador  de  la  ínsula 
Barataria  ?  La  prueba  de  su  jnidor  y  recato  no  podía  ser 
más  clara  y  v(M"dadera. 

Barba  cunipüda  (larga)  y  bellida  (hermosa)  tenía  el 
Cid  Cami)eador,  segíin  la  gesta  ó  poema  de  sus  hazañas. 
Los  antiguos  españoles  no  gustaron  de  cortarse  el  cabello 
y  la  barba,  prefiriendo  usarlos  medianamente  largos.  Me- 
sarlos rra  una  de  las  más  vulgares  y  mayores  afrentas  ^""l 
Castigábase  en  la  Península  este  genero  de  agresión  y 
ofensa  poi*  diversas  leyes  locales  ó  fueros.  Algunos  mani- 
fiestan cu  su  singular  severidad  la  rudeza  de  los  tiempos. 
El  que,  segíin  el  fuero  de  Alcalá,  arrancaba  á  otro  la  barba 
ó  el  cabello,  además  de  pagar  una  multa,  tenía  que  mante- 
ner en  su  casa  aldanuiificado,  con  el  mismo  regalo  ó  como- 
didad (pie  á  su  propia  persona,  hasta  que  todo  el  pelo  de 


(1)  «A  la  primera  villa  que  allegare,  debe  echar  las  tocas  en  tierra, 
e  rastrarse,  e  dar  apellido  diciendo:  fukín  me  forzó. ^>  —  { Ordenamiento 
de  las  Corles  de  NdjeraJ 

(2)  A  lo?  hidalgos  pobres,  que  de  ordinario  traen  la  bolsa  tan  llena 
de  soberbia  como  vacía  de  moneda,  llamábanlos  en  España  (siglo  de- 
cimosexto )  peloncft.  Aludíase  con  esta  expresión  á  una  diosa  de  la 
gentilidad,  Pandora,  á  ([uien,  por  soberbia  cuanto  pobre,  la  despluma- 
ron y  pelaron  (para  afrentarla)  los  mismos  dioses  que  le  habían  en- 
gíilanado.  (La  Picara  Montañesa  llamada  Justina  por  Francisco  Ló- 
pez de  Ubeda.  En  ^ladrid,  por  Juan  de  Ziiniga.  Año  de  1735. )  Pe- 
lado, entre  otras  acepciones  que  indica  el  Diccionario  de  la  Academia, 
ef|uivale  en  el  Río  de  la  Plata  á  pobre,  desprovisto  de  lo  más  necesa- 
rio. La  caterva  fie  muchachos  que  se  reúne  en  las  puertas  y  atrios  de 
la-s  ¡glesia-s  cuando  hay  un  bautismo,  grita  al  padrino  que  no  les  arroja 
unos  cobres  (cuartos):  «Padrino  pelao,  padrino  pelao,  que  no  tiene  un 
cobre  para  bacalao.* 


CAPÍTULO    VIL  83 

la  cara  6  cahcza  quedase*  parejo.  «Todo  aquel  (pie  homo 
e.squirare,  pecheXmaral)itinos,(' aun  dele  comer  en  su  casa 
cuerno  a  el  mismo,  fasta  que  la  barba  6  los  cabellos  sean 
equados.  »^^  Aun^jue  este  lai'o  modo  de  reparar  el  daño 
ocasionado  no  podía  tener  lugar  sino  entre  gente  plel)eya, 
como  íjue  los  ca])a]leros  tenían  otros  medios  muy  distintos 
de  velar  por  su  honra,  denuiestra  cuan  mirados  eran  aque- 
llos hombres  en  eso  de  conservar  la  inteín-idad  de  la  bar])a 
ó  cabello,  pues  cuando  en  él  6  ella  recil)ían  agra\io  se  pri- 
vaban de  salir  n  la  calle.  Con  arreglo  a  otros  fueros  pe- 
ninsulares, al  que  arranca])a  la  barl)a  le  an-ancaban  la  suya. 
Si  el  agresor  no  tenía  b!U-l)a,  le  cortaban  una  porción  del 
])ellejo  de  la  cara,  igual  ú  la  (jue  ocupase  el  mechón  ó  me- 
chones que  hul)iese  an*ancado. 

Los  primitivos  griegos  y  romanos  usaron  la  barba  larga. 
Casi  todos  los  pueblos  de  Europa,  en  la  edad  antigua  y  en 
la  media,  prefirieron  la  barl)a  larga,  distintivo  de  gente  hi- 
dalga, no])le,  superior.  Aun  en  la  edad  moderna  prevale- 
ció esta  idea.  Francisco  I,  por  edicto  del  año  1535,  ordenó, 
bajo  pena  de  muerte,  í]UO  tod*^  villano  y  labriegí^  anduviese 
afeitado. 

Los  orientales  consideran  la  bai'ba  y  pelo  largos  como 
un  signo  de  grandeza  moi'al.  La  barba  de  un  maliometano 
es  el  adorno  mas  preciado  de  su  persona.  I  na  creencia  su- 
persticiosa les  induce  a  conservarla  como  una  cosa  poco 
menos  (pie  sagrada.  Hombre  afeitado,  hombre  afrentado. 
Quien  pierde  su  barba  no  se  atreve  á  presentarse  en  pu- 
blico, por  temor  del  general  desprecio. 

Así,  los  pueblos  dil  norte  como  del  mediodía  de  la  anti- 

(1)    Kl  Farro  de  Alcalá. 


S4  SUPERSTICIONES  DEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

i^ua  Kuropa,  estimaron  cu  mucho  una  larga  cabellera.  Afei- 
tar á  uno  la  cabeza  era  cruel  castigo.  El  esclavo,  el  villano, 
ó  andaban  raj)ados,  6  llevaban  el  pelo  corto.  El  rey  Wamba 
fue  desposeído  del  trono,  porque,  hallándose  dormido,  la 
alevosía  de  un  malvado  le  cortó  la  cabellera.  ¿Que  mucho 
que  (^1  paisano,  godo  y  árabe  de  casta,  gustase  de  ostentar 
una  larga  barba  y  sobre  todo  una  larga  cabellera? 


CAPÍTULO  VIIL 

Salamancas. 


Sumario.  —  ^Fagia  natural,  goéliea  y  teilrgica.  —  Escuelas  máí^icas  de 
la  Península.  —  Las  cavernas  ú  los  ojos  de  los  antií^uos,  de  la 
iinaginación  vulgar. — La  de  San  Patricio  en  Irlanda.  —  La  de 
Trofonio  en  (¡recia. —  La  de  Montesinos.  —  Lo  que  ve  y  oye  el 
vulgo  riojílatense  en  las  cavernas.  —  El  apagar  de  las  luces. —  El 
frío  que  hiela.  —  Loque  se  aprende  en  las  snlmunncas.  —  Caudillo 
consultando  el  oráculo  de  \\\\{\  salamanca.  —  Salamanca  (\q\'í\yi\o. — 
El  cristiano  encantado.  —  La  onza  encantada.  —  Maravillas  de  las 
salcunancas.  —  Jjíxs  brujas  en  los  bailes  de  las  salamancas.  —  Jun- 
tas nocturnas  6  snharlos. 


TLiy  vai'ios  ííoiioros  de  innuíia.  I.  Mauia  nafural.  T.a 
que  consiste  en  obras  (\\u\  si  l)ien  cansan  admiración,  no 
son  sino  efectos  do  cansas  natnralos,  ii^noradas  del  eomnn 
de  los  hond)res.  Llámase  también  mágica  hlanca.  II.  Pla- 
gia diahóHca,  negra  6  (jorticn.  La  (¡ne  afecta  ejecntai'  co- 
sas (extraordinarias  y  estnpendas,  con  ayuda  del  demonio, 
de  nn  ser  sobrenatural,  de  fuerzas  misteriosas  y  personifica- 
das. De  ella  nace  el  ai1e  de  la  beclncei*ía  y  di'  ella  tienen 
origen  multitud  de  supersticiones.  III.  Magia  fnín/ica.  La 
niaiíia  santa  de  los  irentiles,  fundada  en  el  íntimo  trato  v 
comunicación  con  deidades  ])enelicas,  á  favor  del  ]H'rf(Tcio- 
jiamiento  moral  del  individuo  (jue  la   practica,  cuya  inten- 


86  ST^PEKÍ^TrCTOXES  DEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

cióii  dvhv  ('st:ir  constantoniento  ordenada  al  bien  de  los 
hombres.  Al  trasladarse  al  mundo  cristiano  la  magia  del 
«i'entilismo,  niTdió  el  demonio  la  soberanía  de  deidad  con 
(jue  imperaba.  Entre  los  magos  de  la  gentilidad  era  de  rito 
efectuar  sus  invocaciones  en  cuevas  ó  lugares  subterráneos. 
Xo  solamente  el  vtilgo,  mas  también  graves  escritores  cre- 
veron  en  la  existencia  de  escuelas  de  artes  mágicas  en  Sa- 
lamanca, Córdoba,  Toledo  y  otros  puntos  menos  famosos 
de  España.  Atribuyese  á  los  moros  la  introducción  de  ellas 
en  la  Península.  T^a  cueva  de  Salamanca,  en  especial,  echó 
hondas  raíces.  Del  nuirqués  de  Santillana  decían  que  en 
ella  se  había  hecho  un  consumado  mágico ^^ I 

Las  tradiciones  de  la  magia  goética,  en  lo  que  respecta 
á  las  habitaciones  maravillosas  y  escuelas  soterradas  en 
antros  profundos  y  esj)antables,  hanse  continuado,  aunque 
muy  descaecidas,  en  la  Península  y  con  no  menos  persisten- 
cia en  la  América  EsjDañola. 

Los  ritos  de  la  magia  goética  celebrábanse  ordinaria- 
mente de  noche,  cuyas  sombras  favorecían  su  ejercicio,  y 
en  cavernas  ó  lugares  subterráneos,  donde  se  anida  el  es- 
j)anto.  De  ahí,  empero,  no  debe  inferirse  que  el  primitivo 
origen  de  las  cuevas  encantadas  sean  las  prácticas  de  la 
magia  goética  introducida  en  España  por  la  conquista  ará- 
])iga.  Ese  es  el  origen  inmediato  de  las  cuevas  de  Sala- 
manca, de  Córdol)a  y  de  Toledo.  Pero  las  cavernas  liabi- 
tiidas  por  seres  fantásticos  no  tienen  patria  originaria:  son 
comunes  á  todos  los  pueblos  en  su  estado  de  infancia. 

Las  cavei'iias,  desde  las  más  remotas  épocas,  en  los  pue- 
blos jtrimilivos,  en  las  sociedades  que  en  el  conocimiento 

(1)    Feijoo,  Tmlro  Crílico. 


CAI'ITULO    VJir.  ^i 


(Ic  la  ii;iliiraK*/a  y  du  los  principio.s  i'acioiíales  no  lian  .ca- 
lido aun  (le  un  estado  relativo  de  infancia,  lian  servido  para 
localizar  las  maravillas  iniai^inadas  por  el  espíritu  poético 
y  teurgico  á  la  sazón  i'einantes.  Transformadas  las  s(K-ie<Ia- 
dcs,  destruidas  sus  teoi;-onías,  desvanecidos  con  la  luz  <le  la 
experiencia  y  de  la  razón  despreocupa<la  los  errores  y  fan- 
tasmas de  la  mente  primitiva,  todavía  el  vulgo  ignaro,  ele- 
mento conservador  en  (jue  lo  tradicional  arraiga  tenaz- 
mente, continúa  dando  asenso  á  las  concei)ciones  teiírgicas 
y  goeticas  y  revistiendo  de  formas  peregrinas  t(jdos  aque- 
llos lugares  que  se  prestan  a  tales  imaginaciones,  por  cual- 
quiera singularidad  que  los  distinga,  como  las  oscui'as  ca- 
vernas inexplorables^^^,  las  dilatadas  lagunas,  los  elevados 
cerros  breñosos,  las  ruinas  de  castillos,  de  monasterios,  de 
jmeblos,  de  casas  antiguas. 

La  sustitución  de  unas  creencias  a  otras  cambia  los  ]>or- 
menores  y  accidentes  del  nuuido  hechizo  de  la  fantasía. 
El  molde  primitivo  permanece  intacto  ó  easi  íntegro.  La 
era  de  la  Encarnación,  conforme  á  esta  evolución  necesaria 
6  inevitable,  cristianizó  muchas  de  las  tradiciones  gentíli- 
cas que  sobrevivida )n  á  la  caída  de  los  ídolos  de  la  aiui- 
güedad  pagana.  La  vieja  Erín  tuvo,  en  medio  de  un  lago, 
en  una  isla,  su  caverna  encantada,  en  <[Ue  la  magia  goe- 
tica  obraba  sus  prodigios.  í^os  (pie  el  glorioso  apóstol  de 
L'landa  obi-ó  des[)ues  en  la  propia  isla,  transformaron  la 
caverna   niáuiea   irentílica  en  caverna   máiiica  cristianizada, 


(1)  «¿V  qué?  ¿No  h:iy  jiUí  ojos  {[uv  lian  v¡>l(>  >al¡r  de  la  >¡ina 
faiitiisnias,  imas  veces  blancos,  otras  veces  iieji^ros?  ¿No  hay  oídos 
que  han  escuchado,  llenos  de  terror,  lamentos  y  sollozos,  ruidos  de 
cadena<,  aullidos  y  carcajadas?  (I).  José  Selgas,  en  la  novela  titu- 
lada: Dos  Muflios   ¡'iras./ 


88  SUPERSTICIONES  DEL  lUO  DE  LA  PLATA. 

(hudo  nacimiento  al  Fioyaforio  de  San  Pat)'icío^^\  Una 
(le  las  comedias  de  Calderón,  el  dramaturgo  sublime  de  la 
España  i-atóliea,  tiene  ¡jor  título:  El  Purgatorio  de  San 
Patricio,  euvo  interior,  eon  arreglo  á  las  creencias  popula- 
res, describe  largamente  en  una  de  sus  escenas. 

A  mediados  del  siglo  quinto,  un  varón  insigne,  San  Pa- 
tricio, natural  de  Escocia,  propagó  con  ferviente  celo  apostó- 
lico en  la  antigua  Erín,  hoy  Irlanda,  la  fe  del  Crucificado. 
Reliacios  a  sus  [uvdicaciones,  que  despreciaban,  persistían 
los  irlandeses  en  seguir  tributando  homenajes  á  sus  falsas 
divinidades.  Fue  necesario  mi  prodigio  del  cielo,  para  que 
abrazasen  las  santas  doctrinas.  Con  efecto,  ábrese  rej)enti- 
namente  nna  cueva  profunda,  que  horroriza,  en  una  isla  pe- 
queña del  lago  Derg.  Los  curiosos  irlandeses  acudieron  á  la 
novedad,  y  no  faltó  quien  se  atreviese  á  j)enetrar  en  la  honda 
cueva,  siguiendo  el  camino  subterráneo  que  conducía,  ¡  qué 
espanto!  al  horrendo  lugar  en  que  ardían  las  llamas  del 
])urgatorio  que  purificaban  las  almas  de  los  que,  una  vez 
limpios,  merecieran  ascender  á  la  celestial  mansión  de  los 
bienaventurados.  Constancia  y  valor  estoico  en  el  visitante, 
espantables  escenas,  grandes  peligros,  tinieblas,  luz,  persona- 
jes vestidos  de  blanco,  demonios  de  diversas  formas  mons- 
tniosas,  voceSjgemidos,  estanques,  llamas,  cuanto  caracteriza 
á  las  salamancas  del  Río  de  la  Plata,  á  las  cavernas  del 
Oriente,  de  Grecia,  de  España,  de  Europa  entera,  aparece 

( 1 )  P.  Christian  (Histoire  de  la  Magie,  du  Monde  Surnaiurel  et  de 
la  FataliléJ  desconoce  evidentemente  esta  evolución  de  las  ideas,  supo- 
niendo que  del  Purí^atorio  de  San  Patricio  nació  lo  que  llama  teología 
demoniaca,  y  aü-ibuyendo  las  ¡maí^inaciones  vulgares  sobre  el  particu- 
lar á  la  influencia  de  un  clero  fanático  y  á  las  supercherías  de  los 
monjes  agu.itino»  que  establecieron  un  convento  á  inmediaciones  de  la 
caverna. 


CAPITULO    VIH.  b{) 

igiiíilinciite  en  la  cueva  de  San  Patricio.  Toda  cueva  encan- 
tada es  semejante  en  el  fondo:  todas  refi})onden  á  una 
misma  falsa  idea  del  liumano  espíritu  insipiente.  Dragones 
6  sierpes  aladas  custodiaron,  así  l;i  caverna  de  Trofonio 
en  la  gentílica  Grecia,  como  la  de  San  Patricio  en  la  cris- 
tiana Irlanda  ^^\  Una  serpiente  inmortal  custodiaba  la  caja 
de  hierro  que,  en  medio  del  río  Coptos,  en  el  Egipto,  con- 
tenía el  libro  de  Totli,  cuyas  paginas  encerraban  Ioh  secre- 
tos de  la  magia  ^"l  Dragones  ó  seri)ientes  custodian  las 
cuevas  encantadas  ó  .salamancas  de  que  la  imaginación  del 
vulgo  campesino  en  el  Kío  de  la  Plata  puebla  las  cordille- 
ras, los  cerros,  las  barrancas  de  las  regiones  que  habita. 
Uno  de  los  más  célebres  oráculos  de  la  Grecia  fué  Tro- 
fonio, á  (piien  estaba  dedicado  un  tenq)lo  en  medio  de  un 
bosque  de  la  Beocia,  así  como  una  caverna,  junto  á  él,  (pie 
estaba  llena  de  serpientes,  á  las  (pie  aplacaban  los  visitan- 
tes arrojándoles  tortas  de  miel.  Allí  había  dos  fuentes,  una 
de  las  cuales  borraba  de  la  memoria  los  hechos  pasados 
y  la  otra  imprimía  en  el  espíritu  las  cosas  nuevas  que  se 
veían  y  oían  en  la  caverna.  Timarco  refiere  lo  (]ue  vi(')  en 
la  cueva  de  Trofonio:  sonidos  melodiosos,  voces  inarticula- 
das, a(pií  torrentes  de  fuego  y  allí  luces  suaves  y  apacilíles, 
grandes  islas  movibles,  abismos  ¡n'ofundos,  densos  vaporen, 
gritos  de  animales,  (piejumbres  de  hombres  y  mujeres,  ge- 
midos de  niños.    Kstas  cosas   las  presenciaba,  sin  Hai)er  si 


(1)  -Es  iiatciite  la  scincjaiiza  dt' la  cueva  dv  Trofonio  vn  GrocMa  y 
la  de  San  l^atricio  en  Irlanda,  Kn  una  y  otra  preciMlían  expiaeionos. 
En  luia  y  otra  había  visiones  infernales.  En  una  y  otra  em  «rriospuln 
la  entrada.  De  una  y  otra  se  cuenta  que,  <le  los  que  i-ntraron,  uno  se 
quedó  allá  en  i>oder  de  los  deinonios.  ^     (  Feijoo,   Trtifrn   CritiroJ 

;,«)     Tabubúy  liowan  r(j!/¡>(irn,  puhl.  por  ,1.  U.  Uosny. 


90  srrKiiSTiciONES  del  rio  de  la  1»LATA. 

clormiclo  ó  despierto  las  pereibíaii  sus  sentidos.  Cayó  en  un 
desninvt),  del  (jue  no  volvió  hasta  que  le  sacaron  fuera  de 
la  caverna,  como  le  sucedió  á  D.  Quijote  en  la  cueva  de 
^lontesinos.  De  todos  los  oráculos  de  la  Grecia  (que  tan- 
tos oráculos  tuvo),  ninguno  manifestó  más  á  las  claras  la 
bella([uería  de  los  sacerdotes  consagrados  á  ellos,  que  el  de 
Trofonio  en  la  Beocia^^l 

La  preocupación  vulgar  que  reinaba  en  España  con  res- 
pecto á  este  género  de  encantamientos  subterráneos,  dio 
asunto  al  inmortal  autor  del  Quijote  para  componer  una  de 
las  admirables  páginas  descriptivas  que  el  famosísimo  libro 
atesora.  Caminando  j^or  el  término  de  la  Osa  de  Montiel, 
en  el  corazón  de  la  Mancha,  proj^úsose  D.  Quijote  penetrar 
en  la  cueva  de  Montesinos  y  «  ver  á  ojos  vistas  si  eran 
verdaderas  las  maravillas  que  de  ella  se  decían  por  todos 
aquellos  contornos.  »  Andado  cierto  espacio,  en  una  con- 
cavidad (|ue  hace  la  cueva,  «  éntrale  una  pequeña  luz  por 
unos  resquicios  ó  agujeros,  qne  lejos  le  responden,  abiertos 
en  la  su})erficie  de  la  tierra.  »  De  repente  acometióle  un 
sueño  profundísimo,  y,  cuando  menos  lo  ^^cnsaba,  despertó 
de  él  sin  saber  cómo,  hallándose  en  medio  del  más  ameno 
y  deleitoso  prado  que  puede  criar  la  naturaleza.  Despabiló 
los  ojos,  limpiólos;  y  vio  que  no  dormía,  sino  que  realmente 
estid^a  despierto.  Pero  desconfiando  aún  de  este  testimonio, 
se  tentó  la  cabeza  y  los  pechos,  á  fin  de  certificarse  más  y 
más  de  que  era  él  mismo  el  que  allí  estaba,  y  no  algún 
fantasma  engañoso.  El  tacto,  el  sentimiento,  los  concerta- 
dos discursos  que  entre  sí  hacía,  desvanecieron  toda  duda 
á  ese  respecto.    Ofreciósele  luego  á  la  vista  un  suntuoso 

(1)    J.  J.  J3arthéleiiiy,   Viaje  de  Anacarsis  tí  la  Grecia. 


CAPÍTILO    VIII.  91 

palacio,  ciivos  muios  traii^íparontcs  parecían  de  claro  cris- 
tal fabricados.  Abi'iciidosc  dos  ^Tandcs  puertas,  aeercósele 
un  venerable  anciano,  vestido  con  un  capuz  de  ])ayeta  mo- 
rada que  por  el  suelo  le  arrastraba,  por  s(jbre  los  hombros 
y  ú  los  pechos  una  Ijcca  de  raso  verde,  en  la  mano  un  ro- 
sario de  cuentas  mayores  que  nueces,  la  Ijarba  canísima  y 
hasta  mas  abajo  de  la  cintura,  lento  el  })aso,  gi*ave  el  con- 
tinente. Era  Montesinos,  quien  se  congratulo  de  que  el  va- 
leroso caballero  de  la.  Mancha  hubiese  ido  á  visitar  á  los 
que  en  aquellas  soledades  estaban  encantados.  Sintió  gran- 
des alaridos  v  aniíustiados  sollozos.  Dál)anlos  hermosísi- 
mas  doncellas,  que,  vestidas  de  luto,  iban  en  |)rocesióii  11(.- 
rando  endechas  sobre  el  cuerpo  de  Durandarte,  que  yacía 
allí  encantado  en  magnífico  sepulcro.  Estas  y  otras  cosas, 
muy  análogas  a  las  que  el  vulgo  cree  ver  en  las  salamancai<, 
contó  D.  Quijote  haber  visto  en  la  cueva  de  Montesinos. 
Sancho,  que,  aunque  burdo,  tenía  buen  meollo,  no  pudo  tra- 
garlas, y  se  explicaba  de  un  modo  discreto  la  alucinación  de 
D.  Quijote.  I^ecía  Sancho  con  desenfado:  los  encantadores' 
que  encantaron  á  la  chusma  que  J).  (Quijote  dice  haber 
visto  y  comunicado  en  la  curva  de  ^lontesinos,  le  encajaron 
en  el  magín  toda  esa  máípiina  (jue  refiere.  Quiso  decir  San- 
cho que  D.  Quijote  era  víctima  de  una  ilusión.  \jO^  encanta- 
dores á  (pie  aludía  su  maheia,  eran  las  preocupaciones  y 
fantasías  (pie  engendran  de  una  parte  la  ignorancia  y  de  otra 
la  imaginación  mal  gol)eniada,  las  cuales  acal)an  por  tia>- 
tornar  el  juicio  délos  hombres  mejor  acondicionados, cuan<lo 
(5stos  no  han  sabido  sustraerse  á  la  perniciosa  inliuencia  ava- 
salladora del  error  entronizado  en  el  enteiubmiento  v  eu  el 
animo  de  la  mucliedundjiH*  irrellexiva  y  poco  daila  á  con- 
formarse con  las  S(M(;iedades  de  l;i   v¡(l:i   i'eal  y  peivcedera. 


92  SUPERSTICIÓN IvS  mih  KIO  DE  LA  PLATA. 

Así  en  las  serranías  qne  se  encadenan  á  los  Andes, 
como  en  las  que  cruzan  las  comarcas  que  riegan  el  Paraná 
V  Uru^niav,  v  en  las  barrancas  de  ríos  y  arroyos,  albér- 
(«-anse  en  cuevas  v  grutas  profundas  é  inexploradas,  que  la 
imaiíinativa  vulgar  convierte  en  alcázares  encantados,  mu- 
chedumbre de  entes  fantásticos,  dotados  de  cualidades  su- 
periores V  capaces  del  bien  y  del  mal,  que,  eutre  las  diver- 
sas cosas  que  misteriosamente  ejecutan,  desde  afuera  se 
siente  que  llaman,  conversan,  amenazan,  gritan,  munnu- 
ran,  lloran,  disputan,  suspiran  y  se  lamentan.  Siéntense 
asimismo  ruidos  extraños,  músicas,  estruendos,  y  hasta  ti- 
ros V  sablazos,  Estas  cuevas  encantadas  llevan  el  nombre 
de  salamancas  en  todo  el  Río  de  la  Plata,  lo  propio  que 
en  Río  Grande  del  Sur  del  Brasil.  Cavernas  profundas  é 
impenetrables,  socavadas  por  las  aguas  ó  formadas  por 
accidentes  terrestres,  infunden  terror  y  espanto  á  quien  osa 
dar  algunos  pasos  hacia  el  interior  de  ellas.  El  apagar 
de  las  luces  que  lleva  en  la  mano  el  receloso  explorador 
(que  ignora  los  efectos  del  ácido  carbónico  depositado 
naturalmente  en  la  caverna),  le  sorprende  y  acobarda. 
Añádase  á  esto  el  intensísimo  frío  ( miedo )  que  hiela  y 
las  roces  y  rjolpes  que  el  curioso  siente  á  sus  espaldas  al 
retirarse,  como  si  le  fuesen  persiguiendo  para  matarlo  ó 
prenderlo  y  hundirlo  en  un  abismo;  y  se  tendrá  corrido  el 
velo  que  oculta  tanto  misterio  en  la  cueva.  ¡Dichoso,  em- 
pero, quien,  siendo  bastante  osado  para  internarse  en  ella, 
mereciere  aprender  las  nmchas  cosas  que  allí  se  enseñan, 
así  en  materia  de  ciencias,  como  en  las  artes  y  habilidades 
que  hacen  más  y  más  apetecible  y  fácil  la  vida!  De  allí 
han  Sil  1  ido  encantadores  y  adivinos,  hombres  de  fortuna, 
guerreros  siempre;  vencedores,  políticos  eminentes,  músicos  y 


CAPÍTULcj  VIH.  93 

2)oetas  suhliiiics,  (juíinicos  y  mecaiiico.s  maravillo.sOH,  mujeres 
que  hechizaron  por  sus  encantoH.  Muclias  de  las  nimpatíaü 
(para  curar)  que  se  conocen,  allí  fueron  aprendidas.  Allí 
se  satisfacen  hasta  las  pretensiones  más  triviales.  A  este  le 
2)ro|H>rcionan  los  medios  ó  le  dan  el  secreto  de  que  nunca  le 
falte  dinero :  á  a(piel  los  de  salir  hien  en  tal  ó  cual  empresa 
6  lance  dificultoso  v  arriesi^ado:  á  este  otro  los  de  granar  á 
los  naipes  6  á  otro  juego:  á  aquel  otro  los  de  tocar  bien  la 
guitarra  6  no  errar  un  tiro.  Todo  está  en  tener  coraje  y 
meterse  dentro  de  la  salamanca:  quien  se  atreve  á  ello,  de 
se2:uro  sale  con  akuna  virtud.  Cuando  Onofroff  anduvo 
por  Buenos  Aires  y  Montevideo  asombrando  con  sus  expe- 
rimentos y  cumpliendo  las  ordenes  mentales  de  los  curio- 
sos con  sor})rendente  puntualidad,  el  paisano,  á  cuyos  oídos 
llego  la  noticia,  decía  entre  bromas  y  veras :  «  de  juro  ha 
de  haber  entrado  en  una  salamanca.  >>  En  la  salamanca  se 
satisfacen  todos  los  deseos  y  aspiraciones :  el  que  entra,  pide 
lo  que  quiere.  De  nmclios  liom])res  acaudalados  y  caudi- 
llos poderosos  cuéntase  (pie  tlebieron  su  buena  fortuna  en 
los  negocios  y  en  las  lides  á  los  datos  y  consejos  obtenidos 
en  una  salamanca  |)ara  su  g()bierno  individual.  En  la  gue- 
rra (1835-1845)  6  revolución  re})ublic:nia  llamada  de  los 
farrapos  (rotos),  en  la  antigua  provincia  de  Río  Grande 
del  Sur  (Brasil),  figuró  en  primera  línea  un  caudillo  (pie, 
á  sus  grandes  riquezas  e  intluencia,  reunía  la  circunstancia 
de  que  la  suerte  le  favoreciese  en  sus  empresas  y  en  casi 
todos  los  lances  (pie  hicieran  peligrar  su  vida  ó  sus  desig- 
nios. El  vulgo  atribuía  la  estrella  incomparable  del  famoso 
caudillo  ((pie  era  el  general  lientos  Manuel  Kibi'iro,  cono- 
cido connuimeiite  por  ¡ycnfos  Manuel  á  secas)  á  las  con- 
sultas (pie  suponen  hacía  tal  y  tal  vez  en  la  sa/a/nanca  (jue 


[)l  SUrERSTICIOXES  DKL  RIO  DE  LA  PLATA. 

hav  CU  uno  do  los  cerros  de.  Yarao  (Jarcio),  que  están  al 
norte  del  río  Cuarev,  por  donde  pasa  la  línea  divisoria  en- 
tre el  Uruguay  y  el  Brasil. 

La  sala  manea  del  eerro  de  Yarao  es  una  de  las  más  cele- 
bradas. Todos  los  propietarios  de  los  campos  donde  se 
hallan  los  cerros  de  Yarao,  han  hecho  fortuna:  favor  que 
deben  á  las  consultas  que  hacen  al  oráculo  de  la  salamanca. 
Yendo  cierto  sujeto  á  una  vaquería  (batida  de  ganado 
vacuno  cerril),  sobrevínole  mía  tormenta  que  le  hizo  perder 
el  rumbo.  Aflojo  las  riendas  á  su  caballo,  para  que  le  llevase 
adonde  su  instinto  le  condujese.  Caminando,  caminando, 
fué  á  ptu'ar  ¡unto  á  los  cerros  de  Yarao,  donde  topó  con  un 
hombre,  que  le  dijo:  «Yo  también  soy  cristiano,  de  la 
ciudad  de  Santo  Tomé  (antiguas  misiones  jesuíticas  del 
Uruguay ) .  Aquí  me  han  traído  y  estoy  encantado . »  Instó 
el  hombre  encantado  al  peregrino  que  lo  siguiese,  prome- 
tiéndole hacerle  participante  de  las  grandes  cosas  que  es- 
condía en  su  seno  la  salamanca  que  le  servía  de  albergue. 
El  extraviado  caminante,  revistiéndose  de  todo  el  valor  que 
pudo,  siguió  paso  á  paso  al  desconocido,  entrando  en  mía 
caverna  que  le  condujo  por  extrañas  y  dificultosas  veredas 
á  mansiones  resplandecientes,  donde  las  pedrerías  y  el  oro 
derramados  con  profusión  por  todas  partes  era  lo  menos 
capaz  de  causar  suspensión  y  maravilla.  El  desconocido,  al 
despedir  al  visitante,  dióle  una  onza,  diciéndole  que  nunca 
se  le  acabaría.  Así  sucedió  en  efecto:  aunque  repetidas  ve- 
ces gastó  la  onza,  otras  tantas  volvió  á  encontrarla  en  el 
Ijolsillo  del  chaleco.  Pero  una  dicha  tan  singular  llegó  á  in- 
fundirle temor;  y  un  día  tiró  la  onza,  prefiriendo  vivir  po- 
bremente del  fruto  de  su  trabajo. 

Espaciosas  ha})itaciones  y  salas  cuyas  paredes  y  techos 


CAPÍTCLO  VI ir.  95 

centellean  como  eldiamantey  cloro  bruñido, donde  multitud 
de  jóvenes  tan  ])el]Ms  eu;d  las  pudo  imau'inar  la  fantasía  de 
Malioma  danzan  í;Taeiosamente  al  compás  de  músicas  sua- 
vísimas, alegran  deliciosamente  los  ojos  y  los  oídos  de  los 
afortunados  que  penetran  en  una  salamanca,  a  cuya  entrada 
se  le  aparece,  saliendo  de  entre  las  breñas,  una  teiTÍfica  ser- 
piente, que  le  reci])e  solitaria,  como  si  se  intentase  someter 
la  constancia  del  ex2)lorador  a  las  pruebas  espantosas  que 
diz  que  usa  la  masonería  en  la  recepción  de  sus  neófitos. 
Las  l)rujas  asisten  á  los  bailes  de  las  salamancas.  Las 
salamancas  de  Tucumán  se  singulaiizan  á  este  respecto. 
Las  fiestas  que  organiza  el  salamanquero  en  las  temidas 
mansiones  subterráneas  de  ciertos  lugares  encantados,  vie- 
nen á  ser  aquellas  celebres  asambleas  nocturnas  conocidas 
en  Europa  con  el  nombre  de  danzas  del  sábado.  Presumen 
algunos  que  el  nombre  de  sábado,  aj^licado  á  las  juntas 
nocturnas  de  brujas,  hechiceros  y  magos,  procede  de  ser 
ese  el  día  de  la  semana  en  (|ue  los  judíos,  á  quienes  se 
tenía  por  maestros  en  el  arte  de  hacer  maravillas,  cele- 
braban sus  asambleas,  eligiendo  para  el  efecto,  por  causa 
de  las  ])erstruciones  religiosas,  un  lugar  escondido  y  soli- 
tario.  .V  estas  asambleas  llamábaidas  sábados,  dándose  el 
mismo  nombre,  en  sentido  despectivo,  á  los  ccmvites  ó 
juntas  de  (|ue  se  trata.  Otros  quieren  que  se  derive  de  una 
voz  griega  (sábados)  que  signiüea  algazara  y  frenesí  pro- 
ducidos poi-  el  abuso  de  los  dones  de  Baeo,  en  euyo  honor 
se  celebraban  grandes  fiestas  (las  bacanales)  que  degene- 
raban en  tumultuosas  orííías'^l 


(1)    L.  F.  Alfred  Mauíy,  La  Magie  ci  VAslrologie,    V.   Chiistian, 
IIis!oirc  (k  la  Majie. 


/ 


9G  SUrERSTIC IONES  DEL  RIO  DE  EA  PLATA. 

Las  brujas,  á  iiunlia  noche  (que  es  su  hora  oficial),  des- 
pués de  invocar  al  demonio  y  de  untarse  de  pies  á  cabeza 
con  el  maravilloso  ungüento^'-  que  para  el  efecto  preparan, 
transformadas  en  buhos  ú  otras  aves  (6  bien  en  su  propia 
fii>'ura  de  viejas  feas,  escuálidas  y  desabridas,  (caballeras  en 
palos  (.le  escoba ),  salen  volando  hacia  el  lugar  secreto  y 
apartado  donde  tienen  sus  juntas  nefandas.  Retínese  allí 
gran  concurso  de  gente  de  ambos  sexos  y  de  todos  estados, 
y,  reverenciando  á  Satanás,  que  se  les  j)resenta  con  la 
cabeza  y  pies  de  macho  cabrío,  por  lo  que  suelen  llamarle 
cabrón  ^-\  danzan  en  torno  de  él,  celebran,  por  escarnio,  la 
misa  negra,  ¡íarodia  de  la  sagrada,  hártanse  de  viandas 
execrables  y  entréganse  desenfrenadamente  á  impúdicos 
placeres.  Eligen,  para  estas  asambleas  y  fiestas,  lo  más 
escondido  de  un  espeso  bosque  no  frecuentado  de  seres 
liumanos,  ciertas  islas  misteriosas  de  que  huye  la  gente,  un 
gi-ande  edificio  antiguo  arruinado  y  solo,  la  espantable  so- 
ledad de  un  campo  santo,  las  profundas  cavernas  inexplo- 
radas de  cerros  y  ¡tarajes  inaccesibles.  ¿Qué  sitio  más  á 
propósito  que  las  espaciosas  y  recónditas  salamancas  f  En 
todas,  como  que  todas  son  obra  de  la  misma  negra  mano 
del  ¡)ríncipe  de  las  tinieblas,  han  de  merecer  hospedaje  sus 
más  devotas  siervas.  Mas  las  salamancas  de  Tucumán 
gozan,  á  este  respecto,  de  fama  tal,  que  pareciera  ser  pri- 
vilegio exclusivo  de  ellas  la  asistencia  de  las  brujas  á  sus 
convites. 


(1)  Producíale.^  un  sopor  (lurante  el  cual  creíaiiHe  transportadas  por 
los  aires  y  que  pasaban  roalmoiito  por  ollas  las  cosas  que  imaginaban. 

(2)  « Muchas  veces  he  querido  preguntar  á  mi  cabrón  qué  fin  ten- 
drá vuestro  suceso.^    (Cervantes,  Coloquio  de  los  Perros.) 


CAPITULO  IX. 

Salamancas. 


Sumario. —  Condiciones  morales  necesarias  para  entrar  en  una  ftala- 
manca.  —  Pruebas  terribles.  —  Arraigada  ¡dea  del  destino  en  la 
ícente  hispano -anierieaiía.  —  Relación  de  un  percíxrinante  á  quien 
la  fatalidad  hace  infeliz.  —  Ln\  blanca  y  lux,  ticfjra  (el  bien  y  el 
mal).  —  Kl  negrillo,  símbolo  de  la  desgracia.—  Espíritu  fantástico 
de  los  pueblos  hi'ípano-americanos.  —  Su  influencia  en  el  bien  de 
la  vida.  —  Cueva  encantada  de  Salamanca  f  España  ).— Su  nuicha 
r.una  traspasa  los  mares.  —  El  nombre  propio  de  Salamanca  pasa 
á  ser  apelativo  en  el  Río  de  la  Plata.  —  San  Cipriano  patrono  de  la 
cue^-a  de  Salamanca.  —  El  y  Santa  Justina  alcanzan  juntos  la 
corona  del  martirio.— Cipriano  en  la  comedia  de  Calderón  El  Má- 
(jico  Prodigioso.  —  Cuevas  encantadas  entre  los  indios  del  Nuevo 
jMundo.  —  Su  perfecta  analonía  con  las  del  Viejo.- Las  cavernas 
en  la  historia  y  en  la  prehistoria.  —  En  Méjico  y  el  Perú.  —  En 
i'hWc.  —  Mar/NCs  y  It nccurn ¿/es.  — hlon  del  historiador  Eray  Juan 
de  Torquemada.— ObsíM-vaciones  á  su  respecto. — J^iacJirs  del  Ori- 
noco: lugares  donde  hacían  penitencia  y  ensei^aban. —  ídem  entre 
lo>  nuigos  guaraníes.— Adoratorios  en  las  alturas  y  adoratorios  en 
las  cavernas.  —  En  las  Aiitilla-í.  —  En  el  Perú. 


El  acceso  al  interior  de  las  salamancas,  {[  la  manera  de 
los  templos  6  escuelas  mái^icas  del  Egipto  y  del  Asia,  está, 
])()!•  lo  general,  vedado.  Tara  merecer  y  poder  entrar  en 
ellas,  es  necesario  revestirse  (h  mucho  coraje  y  de  mucha 
iiuliferencia  á  todo  cuanto  rodee  y  sea  capaz  de  hacer  im- 
presión leve  ó  vcluMUíMitc  en  lo."  s(Mitidos  y  en  el  ánimo  del 


98  8riM:KsrK'io\Es  del  kío  de  la  plata. 

aspirante,  que  Jebe  tener  al  intento  la  impasibilidad  de  un 
estoieo.  Pruebas  terribles,  aparatos  y  ceremonias  magní- 
ficas, que  ti-aen  a  la  mente  las  que  usaron  los  pueblos  del 
Oriente  y  las  que  diz  que  usan  los  masones  en  la  recep- 
ción de  sus  neóíitos,  esperan  al  sujeto  que  quiere  iniciarse 
en  los  misterios  de  una  salamanca.  Mas  aun  así,  con  todas 
estas  purificaciones,  todavía  el  neófito  no  sabe  si,  al  salir  de 
la  salamanca,  será  feliz  ó  desgraciado  en  su  vida  terrenal. 
Acaso  flaqueó  la  santidad  de  su  intención  en  el  acto  de 
manifestar  sus  aspiraciones,  acaso  en  el  libro  del  destino 
está  escrita  de  antemano  su  suerte.  El  destino  es  cosa  C|ue 
anda  en  boca  del  paisano  á  cada  paso -^^  como  que  la  tradi- 
ción arábiga  no  ba  abandonado  atín  del  todo  la  imagina- 
tiva de  la  gente  hispana  ó  hispano-americana.  La  expre- 
sión tan  usual  en  los  pueblos  de  raza  española:  estaba  de 
Dios  que  había  de  se?'  asió  que  asi  había  de  suceder,  si 
bien  indica  propiamente  que  en  ello  ha  intervenido  la  vo- 
luntad divina,  que  el  hecho  se  ha  ciniiplido  por  disposición 
de  la  Providencia,  todavía  es  notorio  que  el  sentido  en  que 
el  vulgo  la  aplica  se  ajusta  y  se  refiere  á  la  doctrina  del 
fatalismo  predicada  por  Mahoma,  por  el  profeta  y  enviado 
de  Ala.  En  la  forma  y  en  el  fondo  responde  á  una  idea 
fatalista  el  siguiente  proverbio  representativo  de  la  desgra- 


\-*^/  Vive  (.'1  íigiiila  en  su  nido, 

ICl  tigre  vive  en  la  selva, 
Kl  zorro  en  la  cueva  ajena ; 
Y,  en  su  destino  inconstante, 
Sólo  el  gaucho  vivo  errante 
Donde  ¡o  lleva  la  suerte. 

(El  Gaucho  Martin  Fierro  por  D.  Josó  Hernández.) 

Pero  contra  el  plan  mejor 
Kl  destino  se  revela. 

(ídem,  ídem. ) 


CAI'ÍTLLO    IX.  í)9 

eia:  rl  honthrc  dcsíjraciado  cae  de  Cfipaldaa,  y  se  apiada 
las  narices. 

Cuentan  que  liiilx)  un  lií)iiii)re  (juc,  siguiendo  los  conse- 
jos de  un  amigo,  se  piopiiso  ir  á  buscar  á  una  salamanca 
los  medios  de  ser  feliz,  (juc  no  encontral)a  ni  creía  fáciles 
de  hallar  en  el  tráfago  del  mundo.  Para  el  efecto,  encami- 
nóse, con  arreglo  á  las  instrucciones  que  d(íl  amigo  reci- 
biera, hacia  el  ocaso,  á  puesta  del  sol.  Después  de  andar 
un  largo  trecho,  sin  saber  cómo  ni  cuándo,  topó  de  manos 
á  boca  con  dos  formidables  yaguaretés,  ó  tigres  del  país, 
que  estaban  peleando  enfurecidos.  El  peregrinante  debía 
proseguir  su  camino,  sin  temor,  sereno,  imperturbal)le,  en- 
tre los  mayores  peligros  ó  daños  que  pudieran  amenazarle 
ú  oponérsele  al  paso.  Así  lo  hizo;  y  pasó  innmne  por  en- 
tre las  ensan2:rentadas  uñas  y  colmillos  de  los  dos  tigres 
horripilantes.  Halló  en  seguida  dos  bravísimos  leones  des- 
pedazándose; y  ])or  entre  sus  garras  y  sus  dic^ntcs  })asó 
tranquilo  y  pausado,  sin  (jue  la  más  mínima  lesión  hubiese 
herido  su  epidermis.  Luego  pusieron  en  inminente  peligro 
la  \áda  del  caminante  las  desnudas  espadas  de  dos  irrita- 
dos combatientes;  por  entre  las  cuales  pasó  él,  sin  embargo, 
ileso.  Más  adelante  se  halló  en  medio  de  una  espaciosa 
campiña  alfombrada  de  césped,  asond)rada  con  esbeltos 
árboles  frondosos,  esmaltada  con  ñoridas  plantas  odoi'íh'- 
ras  que  encantadoras  ninfas  cultivaban,  cubierto  el  cielo 
de  bandadas  de  pájaros  maravillosos  por  la  hermosura  de 
su  plumaje  y  la  dulcísima  melodía  de  su  canto.  Pero  el 
peregrinante  debía  ser  tan  insensible  á  los  atractivos  de  la 
belleza  y  de  los  halagos  más  eficaces  6  tentadores,  como 
indiferente  á  los  peligros  y  á  las  cosas  que  mayor  repulsión 
causan  ordinariamente  al  hombre.    ¿Quién  creyera,  cono- 


100  SUPKRSTICIONES  DEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

cioiulo  la  c'Diulicióii  lili  mana,  quo  también  en  esta  parte 
había  de  cumplir  al  pie  de  la  letra  el  peregrinante  las  ins- 
trucciones que  le  diera  aquel  su  amigo  ya  iniciado  en  los 
misterios  de  las  salamancas?  Nada  le  valió  empero  el  sa- 
crificio hei'oico  que  hiciera  de  los  más  legítimos  afectos,  la 
constancia  con  que  sobrellevara  los  más  temibles  trances 
que  pusieron  á  prueba  su  fortaleza  é  inmutabilidad  du- 
rante su  peregrinación  por  sendas  y  regiones  nunca  holla- 
das de  su  planta.  O  alguna  vez  flaqueó,  cuando  menos  con 
la  intención,  siempre  insegura  en  medio  de  tantas  solicita- 
ciones como  las  que  rodean  al  hombre  en  el  mundo  y  le 
rodearon  á  el  en  la  subterránea  mansión  de  los  seres  en- 
cantados; ó  el  destino,  contra  el  cual  vana  es  toda  resis- 
tencia, le  conducía  ineludiblemente  á  un  termino  fatal  en 
una  vida  llena  de  peripecias  crueles.  Entre  densas  tinie- 
blas, tras  larga  jornada,  apersonósele  un  individuo  que  por 
la  voz  y  gi'a vedad  con  que  hablaba  conoció  ser  un  anciano, 
quien,  haciéndole  sentar,  le  preguntó  que  buscaba  y  que 
quería:  Luz,  dijo  el  peregrino.  ¿Qué  clase  de  luz?  repuso 
el  anciano.  Llanca  ó  negraf  Maquinal  mente,  sin  hacerse 
cargo  de  las  consecuencias  que  pudiera  traer  una  respuesta 
inconsiderada,  sin  pensarlo,  respondió:  negra.  El  anciano 
colgó  del  cuello  del  peregrino  una  bolsita  que  contenía  un 
negrillo  de  palo,  diciendole:  ahí  tienes  lo  que  me  ¡yides. 
Una  serie  no  interrumpida  de  contrariedades  y  amarguras 
ocasionadas,  ora  por  lo  que  se  llama  desgracia  ó  mala 
suerte,  ora  por  propia  imprudencia,  por  propio  vicio  y  por 
propia  malicia:  tal  fue  la  vida  del  peregrino,  después  de 
8U  salida  de  la  salamanca. 

La  luz  negra,  (pie,  junto  con   los  rayos  visibles,  á  los 
ojos  dr'  la  ciencia  ilumina  los  espacios,  concurriendo  pode- 


CAPi'Trr/)  rx.  101 

rosamente  á  la  vida  uiiiver.sal  ^^,  para  el  mago  y  para  el 
vulgo  surge  de  los  abismos  y  envuelve  al  hombre  en  lúgu- 
bres sombras  de  muerte  que  le  hacen  desgraciado  en  el 
mundo. 

Multitud  de  cuentos  y  leyendas  por  el  estilo,  aunque 
mal  hilvanadas,  andan  en  boca  de  la  gente  campesina. 
Varias  en  accidentes  y  pormenores,  identifícalas  una  común 
semejanza,  que  descubre  su  origen  primero.   Muy  alejado 


(1)  «El  espectro  solar  se  compone  de  muchos  rayos,  cada  uno  de 
los  cuales  es  una  línea  de  vibración  de  las  partículas  del  éter:  al 
menos  esta  es  la  hipótesis  dominante,  el  simbolismo  más  perfecto  y 
más  fecundo  de  cuantos  se  han  inventado  para  explicar  el  fluido  lu- 
minoso. Cada  rayo  es  como  una  nota  nuisical  del  éter:  las  hay  í^ravcs, 
las  ha}'  agudas,  y  el  prisma  las  abre  en  abanico  irisado,  es  decir, 
las  dispersa  en  forma  de  espectro  solar.  Pero  nuestros  sentidos  son 
mozriuinos,  }•  en  esa  orquesta  del  espacio,  maravillosa  irama  de  colore-, 
sólo  vemos  los  colores  comprendidos  entre  el  rojo  y  el  violado:  el 
color  rojo,  que  supone  477  millones  de  millones  de  movimientos  vibra- 
torios en  un  segundo  de  tiempo,  es  la  nota  baja  de  la  escala  musical 
de  los  cielos:  el  color  violado,  para  el  cual  cada  átomo  de  éter  vibra 
734  millones  de  millones  de  veces  en  un  segundo,  es  la  nota  alta,  la 
de  las  t¡{)k's  celestes. 

«  Pero  hay  otros  muchos  rayos  de  luz  inferiores  al  rojo  y  superiores 
al  violado  por  el  número  de  sus  vibraciones;  y  esos,  que  rayos  de  luz 
son,  que  se  componen  de  vibraciones,  que  trabajan  á  luiestro  alrededor, 
como  rayos  de  calor  ó  como  rayos  químicos,  esos,  repito,  no  los 
vemos. 

«Precisamente  los  rayos  eficaces  par.;  la  fotografía  son  rayos  obscu- 
ros, son  los  superiores  al  violado,  los  invisibles  para  nosotros.  Xo  hay, 
pues,  que  asombrarse,  si  los  rayos  negros  de  luentgen  graban  sobre 
la  plancha  fotográfica  la   mano  espectral. 

«  Existe,  pues,  la  luz  negra,  y  pov  lo  tanto  invisible,  como  existe  la 
luz  blanca  ó  la  luz  de  colores.  La  luz,  .<egún  las  teorías  modernas  y 
objetivamente  considerada,  es  vibración  del  éter:  la  veremos  ó  no, 
según  la  agudeza  de  luiestros  sentidos  y  lo  agudo  ó  lo  grave  de  la 
nota  luminosa.» 

( fj)s;  nn/os  X,  cinuicd  c¡(/ih/ir:[  (,si»i)re  el  iiivciUo  de  lv»entgcn)  por 
I).  f]o>0  Echegaray. ) 


102  .SUPERSTICIONES  DEL  RÍO  DE  LA  PLATA. 

está  el  tiempo  presente  de  aquellos  en  que  nacieran  esas 
imaginaciones  v  en  que  el  vulgo  las  creía  sin  reparo.  Em- 
pero la  fantasía  popular  maniñéstaseles  propicia  y  antes 
aviva  que  descolora  los  fantásticos  visos,  el  tinte  germá- 
nico y  oriental  ó  hispano  -  árabe  de  los  cuentos  y  leyendas 
de  la  Península ^^':  cualidad  no  contraria  al  bien  de  la  vida. 
La  mitología  de  genios  y  hadas  agranda  el  mundo  y  mul- 
tiplica las  riquezas  y  las  fuerzas  humanas.  Los  antiguos 
cuentos  y  romances  que  de  ella  tienen  origen  hanse  exten- 
dido por  todas  partes,  pasando  por  conductos  generalmente 
desconocidos  de  nación  en  nación,  de  lengua  en  lengua;  y 
al  presente  hállanse  vinculados  á  todas  las  reminiscencias 
y  goces  morales  que  alberga  y  saborea  la  imaginación  de 
una  parte  considerable  del  género  humano  '-\  Tal  se  ob- 
serva realizado,  así  en  las  consejas  que  la  gente  campesina 
transmite  de  boca  en  boca,  de  una  á  otra  generación,  como 
en  los  fantásticos  seres  de  que  puebla  cerros,  cavernas, 
l)Osques  y  lagunas. 

Salamanca,  tratándose  de  cuevas  má2;icas  ó  encanta- 


\*)  Páxaros  verdes  que  fablau, 

Ilomes  qiiü  los  eiitoiidíau, 
Et  platicas  que  d'Oriente 
A  Occidente  nos  venían. 

Yeredes  del  Septontrión 
Las  negras  fechizerías ; 
Cíaballeíos  que  á  dragones 
En  guerra  campal  vencían. 

Veredes  feos  enanos. 
Gigantes  por  otra  vía, 
Vestiglos  que  del  infierno 
Eu  la  tierra  aparecían. 

(Leyenda  de  las  Tres  Toronjas  por  D.   Agustín   Duran,  inserta  en 
las  Memorias  de  la  Real  Academia  Españoh.) 
(2)    Littcraturr  du  Midi  de  VEurope  par  Sismonde  de  Sismondi.  1813. 


caim'ti'lo  IX.  10.*] 

das,  no  es  otni  cosa  etiniol6<^icamente  que  el  nombre  sustan- 
tivado de  la  antigua  y  celebre  ciudad  que  como  propio  le 
lleva  en  España.  Hubo  en  tei minos  de  Salamanca  (y  sin 
duda  habrá  aún)  una  cueva  llamada  de  San  Cchrldn, 
famosa  de  antiguo  por  la  creencia  vulgar  de  que  allí  ense- 
naban la  nigi'omancia  y  otras  artes  de  encantamento^''. 
Conociósela  también  en  la  Península  por  el  nombre  liso  y 
llano  de  cueva  de  Salamanca.  Cervantes  intitulo  Za  cueva 
de  Salamanca  uno  de  sus  graciosos  entremeses,  al  que 
pertenece  el  siguiente  diálogo: 

—  Pancracio.  —  ¿Y  quien  os  había  de  dar,  amigo,  me- 
jor cena  y  mejor  cama? 

—  Estudiante.  —  ¿Quién?  Mi  habilidad;  sino  que  el 
temor  de  la  justicia  me  tiene  atadas  las  manos. 

—  Pancracio.  —  Peligrosa  habilidad  debe  de  ser  la 
vuestra;  pues  os  teméis  de  la  justicia. 

—  Eí<tudiante.  —  La  ciencia  que  aprendí  en  la  cuera  de 
Salamanca,  de  donde  soy  natural.  Si  se  dejara  usar  sin 
miedo  de  la  Santa  Inquisición,  yo  sé  que  cenara  y  recenara 
á  costa  de  mis  herederos.  Y  aun  quizá  no  estoy  muy  fuera 
de  usalla,  siquiera  por  esta  vez,  donde  la  necesidad  me 
fuerza  y  me  disculpa.  Pero  no  sé  yo  si  estas  señoras  serán 
tan  secretas  como  yo  lo  he  sido. 

—  Pancracio.  —  No  se  cure  de  ellas,  ann'go,  sino  haga 
lo  (|ue  quisiere,  que  yo  les  haré  cpie  callen.  ^'  ya  deseo  en 
todo  extremo  ver  alguna  de  estas  cosas  que  dicen  que  se 
aprenden  en  la  cuera  de  Salamanca. 


(1)     I).  Sebaslláii  do  ( 'oviurul)¡;is,   'írsoro  dría  íymjnn  Ctisirllnnn. 


104:  SUrKKSTlCIONES  DEL  KÍO  DE  LA  PLATA, 

LuoiTO  canta  un  sacristán: 


O' 


Oigan  los  que  poco  saben, 
Lo  que  con  nii  lengua  franca 
Digo  del  bien  que  en  ai  tiene 
La  cueva  de  Salamanca. 

Oigan  lo  que  dejó  escrito 
De  ella  el  bachiller  Tudanca 
En  el  cuero  de  una  yegua 
Que  dicen  que  fué  potranca, 
En  la  parte  de  la  piel 
Que  confina  con  el  anca. 
Poniendo  sobre  las  nubes 
La  cueva  de  Salamanca. 

En  ella  estudian  los  ricos 

Y  los  que  no  tienen  blanca, 

Y  sale  entera  y  rolliza 

Ija  memoria  que  está  manca. 
Siéntanse  los  que  allí  enseñan 
De  alquitrán  en  una  banca; 
Porque  estas  bombas  encierra 
La  cueva  de  Salamanca. 

En  ella  se  hacen  discretos 
Los  moros  de  la  Palanca, 

Y  el  estudiante  más  burdo 
C'iencias  de  su  pecho  arranca. 
A  los  que  estudian  en  ella 
Ninguna  cosa  les  manca. 
Viva,  pues,  siglos  eternos 

La  cueva  de  Salamanca. 

El  insigne  dramaturgo  Juan  Kuiz  de  Alarcón  compuso 
también  una  comedia  con  el  título  de  La  cueva  de  Sala- 
manca. Otros  muchos  escritores  de  más  ó  menos  nom- 
bradla contribuyeron  á  hacer  proverbiales,  en  son  de  burla, 
mediante  graciosas  escenas  y  descripciones,  la  ya  vulgari- 
zada patraña  de  la  cueva  de  Salamanca. 


CAPÍTULO    IX.  105 

El  vulgo  complacíase  cu  tales  con.scjas;  pero  el  iiuírt 
crédulo  lio  por  eso  dejalni  de  tomar  á  lo  serio  las  cosas. 
!No  era  sólo  la  de  íSalamanca,  siuo  tauíljiéu  la  de  Toledo, 
cueva  eueautada  fauíosa.  Dceíau  (pie  eu  uua  y  en  otra 
se  l]a])ía  eusefíado  la  magia  eu  tiempo  de  los  sarrace- 
nos. Después  de  la  exj)ulsi6u  de  los  moros,  continuo  aso- 
ciada á  esas  y  muchas  otras  cuevas  la  idea  de  los  encan- 
tamientos. 

La  fama  de  las  maravillas  de  que  era  testigo  el  que  vi- 
sitaba la  misteriosa  cueva  de  Salamanca,  extendiéndose 
l)or  toda  España,  pasó  á  los  mares  de  Occidente  en  bocji 
de  los  pobladores  del  Xuevo  ^lundij,  cuyas  cavernas  lle- 
naron de  encantadores  y  adivinos.  La  cueva  de  Sala- 
manca  produjo  así  en  América  no  corto  numero  de  sala- 
mancas. 

El  nombre  de  San  Cchrián,  hoy  San  Cipria/io,  con 
que  aparece  bautizada  la  famosa  cuera  de  Salamancay 
alude  á  que  Cebrián  ó  Cipriano  (que  cuando  gentil  habíji 
sido  mago  de  gran  resonancia  en  el  mundo )  mereció  des- 
pués de  su  conversión  al  cristianismo  que  la  divina  bondad 
le  favoreciese  con  el  dou  de  hacer  milagros.  Cosas  estu- 
pendas y  prodigiosas  hizo,  en  efecto,  merced  á  su  jdta  el(^- 
cuencia  y  á  esta  graeia  (jrafis  data,  en  provecho  y  honra 
de  la  religión  del  Crucificado.  He  acjuí,  eu  breves  términos, 
la  historia  de  su  vida. 

San  Cii)riano  nació  en  Antioquía  de  Siria,  celebrada 
ciudad  del  lujo  y  de  los  [)laceres,  la  reina  del  Oriente. 
Sus  nobles  y  ricos  padres,  eui papados  en  todas  las  supers- 
ticiones del  2;eutilismo,  le  i'ducarou  é  instruveron  en  las 
cieucias  de  los  encantaiuieutos  v  la  maiiia,  en  la  astroloiría 
judieiaria  y  en  el  arle  de  los  sacriíicios:  facultades  para  las 


lOl)  SU1»E1ÍST1CI()>'ES  DEL  IIÍO  DE  EA  PLATA. 

cuales  mostró  una  disposición  nada  común  desde  sus  pri- 
meros ensayos.  Dióse  á  los  viajes,  á.  ñn  de  adquirir  ma- 
yores conocimientos  v  enterarse  de  cuanto  secreto  ence- 
rrara  la  escuela  de  los  astrólogos  y  de  los  adivinos  y  he- 
chiceros, recorriendo  sucesivamente  la  Grecia,  el  Egipto, 
la  India  y  la  Caldea.  Iniciado  en  todos  los  misterios  que 
ambicionaba  conocer,  llegó  á  ser  el  mago  más  hábil  que 
hasta  entonces  habían  conocido  los  siglos,  reputándosele  so- 
berano maestro  del  arte  de  los  demonios.  Mas  desespe- 
rábale el  ver  que  con  los  cristianos  eran  inútiles  sus  en- 
cantos. 

aloraba  en  Antioquía  una  joven  llamada  Justina,  que, 
de  gentil  que  era  por  nacimiento  y  educación,  habíase  con- 
vertido á  la  fe  de  Jesucristo.  Tan  modesta  como  hermosa, 
rara  vez  salía  á  la  calle,  y  eso  cubierta  con  su  manto  ó 
con  su  velo.  Esta  precaución  no  fué  parte  á  impedir  que, 
ciegamente  prendado  de  su  belleza,  codiciase  la  posesión 
de  su  persona,  para  satisfacer  impura  pasión  sensual,  cierto 
joven  antioqueno  que  por  acaso  la  contemplara.  Hizo  al 
intento  muchas  diligencias  el  enamorado ;  pero  resultando 
todas  inútiles,  recurrió  al  favor  de  Cipriano  para  reducir  á 
la  casta  doncella.  Cipriano,  abrasado  en  el  mismo  fuego,  se 
abalanzó  á  la  empresa,  en  la  que,  no  obstante  los  esfuerzos 
del  jefe  de  los  magos  del  Oriente,  salió  siempre  triunfante, 
merced  á  sus  penitencias  y  oraciones,  la  perseguida  virgen 
de  Jesucristo,  sostenida  de  la  gracia  celestial  de  que  se  hizo 
merecedora.  Bastábale  hacer  la  señal  de  la  cruz,  para  des- 
vanecer las  ilusiones  y  artificios  con  que  los  demonios  la 
tentaban.  Cipriano,  observándolo,  encárase  con  Satanás  y 
le  dice:  «  ¿  Qué  poder  es  el  tuyo,  que  no  le  tienes  para 
rendir  á  una  tierna  doncella?»    Satanás  se  vio  forzado  á 


CAPÍTULO    JX.  107 

confesar  que  la  cruz  le  ponía  en  preci{)ita(la  fuga.  <^  ^Iny 
loco  he  sido  yo,  prosiguió  Cipriano,  en  no  liaberme  dedi- 
cado á  servir  á  un  señor  que  puede  más  que  tú.  Renuncio 
á  tus  prestigios .  » 

El  padre  de  las  misericordias  había  escogido  á  Cipriano, 
como  á  otro  Saulo,  para  hacer  de  el  un  vaso  de  elección, 
mediante  el  arrepentimiento.  Desnuda  la  cabeza,  cubierto 
de  ceniza  y  postrado  en  titira,  imploraba  el  perdón  de  sus 
pecados.  Otorgóle  Dios  los  tesoros  de  su  gracia  y  el  don 
de  milagros,  talentos  con  que  se  dedicó  á  la  conversión  de 
los  idólatras.  Obtuvo  un  éxito  tan  feliz  y  extraordinario  en 
esta  conquista  espiritual,  que  el  emperador  Diocleciano  lo 
mandó  prender  y  despedazar.  El  y  la  virgen  Justina,  que 
también  fué  condenada  por  su  eminente  santidad,  alcan- 
zaron juntos  la  corona  del  martirio ^^\ 

Calderón  de  la  Barca,  el  antiguo  estudiante  de  teología 
de  la  universidad  de  Salamanca,  á  cuya  sublime  facundia 
no  se  escapaba  ningún  asunto  ca2)az  de  impresionar  viva- 
mente el  ánimo  religioso  de  sus  contemporáneos,  presentó 
en  el  teatro,  con  su  comedia  El  Mdy'ico  Prodi(jioso,  las 
dramáticas  vicisitudes,  tentaciones  y  martirio  de  Cipriano 
y  Justina.  El  demonio,  que,  cuando  fue  espíritu  puro,  con 
su  rebelión  perdió  la  gracia,  pero  no  la  ciencia,  que  era  (y 
es  por  ende)  inlhiita,  logra  que  Cipriano  le  venda  su  alma, 
firmando  cédula  al  efecto  con  sangre  de  su  brazo,  á  trueque 
de  poseer  á  Justina,  de  quien  se  había  enamorado  con  fre- 
nesí. Enseñaríale  la  magia,  mediante  la  cual  sabría  ga- 
narse irresistiblemente  la  voluntad  de  su  amada:  y  para 


(1)     Año  Cristiano  \\o\'  el  I*.  Croisset,  traducido  por  rl  V.  Francisco 

(le  Isla. 


f 


108  supp:esticioisES  dp:l  río  de  la  plata. 

aprenderla  tendría  que  estar  encerrado  con  el  un  año  en 
una  cueva.  Así  lo  verifica  Cipriano,  y  al  cabo  sale  de  la 
cueva,  ufanándose  de  su  saber  en  estos  términos : 


Ingrata  beldad  mía, 
Llegó  el  feliz,  llego  el  dichoso  día. 
Línea  de  mi  esperanza, 
Término  de  mi  amor  y  tu  mudanza; 
Pues  hoy  será  el  postrero 
En  que  triunfar  de  tu  desdén  espero. 
Este  monte,  elevado 
En  sí  mismo  al  alcázar  estrellado: 
Aquesta  cueva  oscura, 
De  dos  vivos  funesta  sepultura; 
Escuela  docta  han  sido 
Donde  sutil  la  mágica  he  aprendido, 
En  que  tanto  me  muestro. 
Que  puedo  dar  lición  á  mi  maestro. 
Y,  viendo  ya  que  hoy  una  vuelta  entera 
Cumple  el  sol  de  una  esfera  en  otra  esfera, 
Á  examinar  de  mis  prisiones  salgo, 
Con  la  luz,  lo  que  puedo  y  lo  que  valgo. 
Hermosos  cielos  puros. 
Atended  á  mis  mágicos  conjuros; 
Blandos  aires  veloces. 
Parad  el  sabio  estruendo  de  mis  voces; 
Gran  peñasco  violento, 
Estremécete  al  eco  de  mi  acento; 
Duros  troncos  vestidos. 
Asombraos  al  horror  de  mis  gemidos; 
Floridas  plantas  bellas, 
Al  son  os  asustad  de  mis  querellas; 
Dulces  aves  suaves. 

La  acción  temed  de  mis  prodigios  graves; 
Bárbaras,  crueles  fieras, 
^lirad  las  señas  de  mi  afán  primeras: 
Porque,  ciegos,  turbados. 
Suspendidos,  confusos,  asustados, 
Ciclos,  aires,  peñascos,  troncos,  plantas. 
Fieras  y  aves,  estén  de  ciencias  tantas. 


C  A  TÍTULO    IX.  109 

Mas  el  Dios  de  los  cristianos,  protcgieüdo  á  Justina,  la 
libra  de  las  asechanzas  del  demonio,  cuyo  pacto  borra  Ci- 
priano (con  ser  martirizado)  también  con  su  propia  san- 
gre, arre})entido  de  su  flaqueza ^^\ 

Auníjue  las  aalaniancas  dr  (jue  se  trata  sean  originarias 
de  la  Pc^nínsula,  no  por  eso  ha  de  creerse  que  toda  cueva 
encantada  tenga  hi  misma  procedencia;  pues  no  pocas  hay 
en  las  regiones  del  Plata,  así  como  en  el  resto  del  conti- 
nente, que  fueron  reputadas  albergue  de  prodigios  \yoY  los 
naturales  que  antes  del  descubrimiento  pol)hd)an  la  tierra, 
y  en  ellas  asimismo  estal)lecieron  su  escuela  y  su  orat<jrio 
los  magos  indígenas,  mensajeros  y  ministros  de  añan<ja, 
de  gualicho  y  otras  divinidades  representativas  del  de- 
monio. ¿Que  superstición  lia])rá  que,  nacida  en  el  Viejo 
Mundo,  c¿n*ezca  de  otra  análoga  ó  semejante  en  el  Nuevo? 
La  condición  humana  y  la  naturaleza  exterior  en  todas 
partes  son  idénticas.  Variarán  los  accidentes,  ofrecerán  di- 
versas particularidades;  pero,  en  el  fondo,  el  que  nació  c^n 
* 

Europa  hallará  en  el  Asia,  en  el  África,  en  la  Oceanía,  en 
la  [)rimitiva  America,  re])roduci(las  las  mismas  cosas:  el 
hombre  de  esta  ó  de  aquella  casta,  tales  ó  cuales  montes  y 
llanuras,  ríos  y  mares,  peces,  aves  y  cuadrúpedos,  el  propio 
cielo  variamente  estrellado.  Las  supersticiones  vienen  á 
ser  la  interpretación  primaria  de  los  fenómenos  naturales; 
y  siendo  uno  mismo  el  iuterpi'ctc  (el  hombi-c  en  su  estado 
primitivo)  y  una  misma  la  cosa  que  se  interpreta  (el  (es- 
pectáculo del  universo),  aínies  habrán  de  ser,  salvas  dife- 
rencias de  forma,  las  conclusiones  (jue  se  fornuilen  al  res- 


(1)     l'U  Máijico  Prodii/toso,  ('(^iiudia   l";uiu)>;i  do   1  >.    IVilio  C'iiKloróii 
(lo  lii  IJtirca,  puhl.  por  Alt'red  Morel-Fatio.  Ht'ilbronii. 


lio  SUPERSTICIONES  DEL  RÍO  DE  LA  PLATA. 

poeto.  Sustrácnse  raras  veces  á  esta  regla  aun  las  supers- 
ticiones que  nacen  en  el  seno  ele  las  sociedades  modernas, 
por  nuiv  alejadas  que  se  hallen  de  la  fuente  común  á  todas 
las  que  privan  por  el  mundo.  En  la  averiguación  de  estos 
hechos,  determinando  circunstancias  y  deslindando  épocas, 
interesadas  están  la  historia  y  la  prehistoria,  á  quienes  tan 
útiles  son  los  restos  y  vestigios,  por  mucho  que  las  inju- 
rias del  tiempo  los  hayan  desfigurado,  del  hombre  y  de  los 
pueblos  primitivos. 

En  las  cavernas  procura  hallar  la  ciencia  prehistórica 
vestigios  ó  muestras  claras  de  la  naturaleza  y  del  género 
de  vida  del  hombre  primitivo.  Sin  duda  á  veces  los  restos 
del  hombre  prehistórico  y  de  su  modo  de  existencia,  en 
profundas  é  impenetrables  cavernas,  habrán  sido  ocasión 
de  que  generaciones  posteriores  las  poblasen  de  seres  fan- 
tásticos. Otras  veces,  por  el  contrario,  habrá  sucedido,  ó 
podrá  suceder,  que  se  tomen  por  prehistóricos  de  remoto 
origen  los  despojos  y  restos  confusos  de  adoratorios,  luga- 
res de  purificación  y  penitencia  y  escuelas  ó  noviciados  de 
la  magia,  pertenecientes  á  generaciones  de  épocas  más  in- 
mediatas. 

Entre  los  restos  fósiles,  dice  un  sabio  geólogo,  de  una 
época  inmediatamente  anterior  á  la  actual,  enterrados  en 
cavernas  y  en  los  depósitos  de  aluvión,  hállanse,  en  la 
América  del  Sur,  esqueletos  de  megaterios,  megalonios, 
gliptodontes^^^,  milodones,  toxodones  y  macranquenias,  for- 
mas extinguidas,  genéri carnéente  afines  del  perezoso,  del 
armadillo,  del  capibara  ó  capincho  y  de  la  lama.  Hállanse 
también,  en  las  cavernas  del  Brasil,  junto  con  las  especies 

(1)     Tatú  gigante  llanian  al  güptodonte  en  el  Río  de  la  Plata. 


CAPÍTULO   IX.  1  1  1 

antedichas,  mono.s,  igualmente  extinguidos,  de  rabo  corto, 
semejantes  á  lo3  géneros  Ccbíis  y  CaUitJtrix .  .  .  .  Profun- 
das grietas  y  abismos  han  ai)ierto  los  terremoto?,  y  las 
masas  montañosas  han  sido  violentamente  fracturadas  y 
dislocadas,  durante  su  elevación  sobre  el  nivel  del  mar. 
De  ahí,  por  la  simple  acción  de  los  terremotos,  esas  gran- 
des cavidades  que  encubre  bajo  su  corteza  la  tierra,  á  parte 
de  las  que  proceden  de  las  excavaciones  ejecutadas  por  el 
curso  rápido  de  las  aguas.  Pero  hay  cavidades,  señalada- 
mente en  las  rocas  calcáreas,  que  al  paso  que  en  general 
tienen  comunicación  con  alguna  hendidura,  aquí  se  dilatan 
á  manera  de  vastas  galerías  y  allá  se  reducen  á  un  corto 
recinto,  ofreciendo  á  la  vista  del  espectador  formas  tan  ca- 
prichosas, que  á  veces  el  ánimo  se  resiste  á  convenir  en 
que  deban  realmente  su  origen  á  una  simple  rotura  ó  á  un 
simple  cambio  de  lugar  de  sólidas  masas  ^  ^  K 

En  Méjico,  en  el  Perú,  en  todas  las  regiones  del  nuevo 
continente  ha  habido  cuevas  y  cavernas  habitadas  de  bru- 
jos y  de  demonios  que  hablaban  con  los  indios,  con  altares 
y  rastros  de  sacrificios  y  huesos  humanos,  con  lagos  tran- 
quilos, con  ruidos  de  truenos  y  vientos  impetuosos  -^  Es 
que  allí,  del  propio  modo  (|ue  en  lo  más  recóndito  de  los 
bosques  y  en  lo  más  inaccesible  de  las  altas  montañas, 
buscó  sombras  y  espanto  la  magia  y  estableció  sus  escuelas 
ó  noviciados  misteriosos  y  aterradores. 

En  cuevas  y  lugares  ocultos,  donde  rendían  culto  á  su 
divinidad  infernal,  á  quien  invocaban  en  sus  consultas  y 


(1)  Prinriprs  de  Grolorjie  por  Sir  Charles  Lyell,  trad  ]ior  M.  J.  Oi- 
nestoii. 

(2)  Véaso   el  C/ron¡sta  Antonio  «1(»  llt-rriTa,    Dicadas   de    Indias  6 
Historia  (irncral  etc. 


112  SUPERSTICIONES  DEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

empresas  graves,  encerrábanse  también,  entre  araucanos, 
por  largo  tiempo,  los  que  aspiraban  á  iniciarse  en  las  doc- 
trinas y  secretos  de  la  magia  que  los  machíes  j  JiuecicvU' 
ycit  practicaban.  Allí  permanecían  todo  el  tiempo  necesario, 
sin  ver  entretanto  el  sol,  pasando  por  diversas  pruebas, 
entre  ellas  las  aparentes  de  arrancarles  los  ojos  y  la  lengua, 
para  sustituir  una  j  otros  con  la  lengua  y  ojos  de  Pillán 
6  Huccuvú  (su  dios  tutelar),  y  el  meterles  una  estaca  por 
el  vientre,  sacándola  por  el  espinazo  ^^\ 

Los  huccuvuycs  ó  rentes,  entre  los  araucanos,  andaban 
vestidos  con  unas  mantas  largas,  llevando  también  largo 
el  cabello.  Los  que  no  le  tenían  naturalmente  largo,  su- 
plíanle con  una  cabellera  postiza  de  cochayuyo  ó  de  otro 
filamento  vegetal.  Vivían  separados  del  concurso  de  las 
gentes  y  durante  largo  tiempo  permanecían  incomunicados 
en  lóbregas  cuevas  de  montañas  escarpadas.  El  nombre  de 
huecuvuyes^-^  les  viene  de  Hueciivil,  que,  del  mismo 
modo  que  Pillán,  representaba  una  divinidad,  que  para 
los  nuevos  pobladores  no  significaba  ni  podía  significar 
otra  cosa  que  el  demonio,  á  quien  consultaban  para  dar 
sus  respuestas  y  ejercer  los  demás  actos  propios  de  su 
ministerio. 


En  hondos  y  secretos  soterrailos 
Tienen  capaces  cuevas  fabricadas, 
Sobre  maderos  fuertes  afirmadas 
Para  que  estén  así  nestóreos  anos : 


(1)  Diego  de  Rosales,  Historia  del  Reino  de   Chile  (pasaje  trans- 
cripto por  D.  J.  T.  :\[edina  en  sus  Aborígenes  de  Chile) . 

(2)  Boquibuyas  en  la  Conquista  Espiritual  de  Chile  por  el  P.  Diego 
de  Rosales.  Corrupción  de  Jmecuvuyes, 


CAPÍTCLo  rx.  113 

Las  cuales,  en  luf^ar  de  ricos  paños, 
Están  (le  abajo  arriba  entapizadas 
Con  todo  el  suelo  en  ámbito  do  esteras 
Y  de  cabezas  hórridas  do  fieras  O). 

Los  hitecuvuycs  sacrificaban  víctimas  liiimanas  j  de 
animales  á  su  deidad,  incensando  con  el  humo  del  tabaco. 
Ni  faltaban  en  las  cavernas  las  serpientes  y  los  lagartos, 
las  transformaciones  de  seres  humanos  en  cóndores  y  en 
otras  clases  de  animales,  el  fuego,  los  estruendos  y  otros 
encantos.  Las  ramas  del  canelo,  árbol  sagrado,  figuraban 
en  sus  ceremonias,  como  en  las  de  los  machíes  cuando 
hacían  sus  curaciones  ^-^ . 

Observa  el  historiador  Fray  Juan  de  Torquomada  que 
por  regla  general  los  pueblos  de  todas  las  regiones  del 
glo])o  han  :idorado  y  hecho  sacrificios  á  Dios  en  lugares 
eminentes,  y  en  cuevas  y  sitios  bajos  á  las  divinidades  in- 
fernales e  inferiores.  Así,  los  dioses  que  el  paganismo  re- 
putaba celestiales,  recibían  sacrificios  en  los  alfares  (quasi 
alta  ara,  porque  eran  altos ) :  los  terrenos,  en  las  aras;  y 
los  infernales,  en  cuevas  y  cavernas,  como  que  hondo  y  pro- 
fundo era  el  lugar  donde  tenían  su  morada  '''^\ 

Lo  qu(^  especialmente,  empero,  debió  arrastrar  á  las  ca- 
vernas al  mago,  ó  al  hechicero  y  adivino,  es  la  necesidad 
de  ocultar  sus  procedimientos  y  medios  falaces  de  que  se 
valía  })ara  cautivar  el  ánimo  de  las  gentes,  sinmlando  re- 
cibir inspiraciones  y  protección  y  ayuda  en  sus  empresas  y 


(1)  Pedro  de  Ona,  Amura  Doviado,  canto  sejjundo. 

(2)  D.  Francisco  Núnez  de  Tin. da  y  Has<«uniui,  CmUiverio  Friiz^ 
c  Infontiacióu  del  C^ipitsín  Antonio  de  Soto  Pedreros  (en  Los  Abori' 
goies  ele  Clillc  por  I).  J.  T.  Meti¡n;0. 

(3)  M()}iai'i¡n¡a   hidinit'!. 


114  SUPERSTICIONES  DEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

acciones  de  la  temida  deidad  á  quien  servían.  Con  el  mismo 
proposito  sepultábanse  en  los  espesos  montes  apartados  y 
en  las  montañas  ó  sierras  inaccesibles.  Cuevas  y  bosques  y 
serranías  prestábanse  por  igual  al  propio  intento. 

hos  piaches  de  las  regiones  bañadas  por  el  Orinoco,  en 
lugares  ocultos  y  retirados,  en  medio  de  los  bosques,  ini- 
ciaban á  sus  neófitos  en  el  arte  de  la  magia.  Solitarios, 
observando  una  vida  rígida,  puro  el  cuerpo  y  el  pensa- 
miento, permanecían  sus  discípulos  dos  años  bajo  su  guarda 
y  dirección,  hasta  que,  imbuidos  en  la  eiencia  oculta  (di- 
remos) que  ellos  les  comunicaban,  volvían  de  nuevo  al 
mundo,  aptos  para  ejercer  el  arte  de  la  nigromancia  y  para 
curar  á  los  enfermos  ^^\ 

Los  que  aspiraban  á  iniciarse  en  los  arcanos  de  la  ma- 
gia, entre  los  guaraníes,  sufrían  rígidos  ayunos,  mortificá- 
banse con  duras  penitencias,  absteníanse  del  contacto  del 
agua,  de  toda  loción  de  su  cuerpo,  de  todo  abrigo,  de  toda 
otra  comida  que  la  pimienta  y  maíz  tostado  en  cortísima 
cantidad,  en  lugares  fríos,  lóbregos  y  retirados,  donde  el 
demonio  acudía  á  sus  fervientes  invocaciones.  Cuando  vol- 
vían al  mundo,  invocábanle  bebiendo  la  yerba  del  Para- 
guay, que  para  el  efecto  reducían  á  polvo  ^^'^. 

Xi  tampoco  fueron  mirados  los  esplendores  del  cielo 
como  la  fuente  única  del  bien  que  pueden  merecer  los  mor- 
tales y  liacia  el  cual,  por  ende,  debieran  éstos  encaminar 
sus  adoraciones  en  altas  cumbres.  Los  isleños  de  Santo 


(1)  Pedro  Mártir  de  Anglería,  Fuentes  Históricas  sobre  Colón  y 
Amérirn,  dadas  u  luz  y  traducidas  por  el  Dr.  D.  Joaquín  Torres 
Asonsio. 

(2)  El  P.  Pedro  Lozano,  Historia  de  la  Conquista  del  Paraguay, 
Rio  dn  la  Piala  y  Tucumán. 


CAPÍTULO  rx.  115 

Domingo  reverenciaban  una  caverna,  adornada  con  mul- 
titud de  pinturas  y  á  cuya  entrada  figuraban  dos  zemcs  ó 
ministros  preternaturales  de  la  divinidad,  de  la  cual  salie- 
ron el  sol  y  la  luna  que  alumbraron  al  mundo.  De  las  ca- 
vernas de  Caunaná  supusieron  haber  salido  seis  parejas  de 
que  tuvo  origen  el  genero  liumano.  Custodiábalas  Maclio- 
chael,  (]uien,  sorprendido  por  el  astro  del  día  cuyo  aspecto 
le  estaba  vedado,  quedó  convertido  en  piedra  ^^^.  El  primero 
de  los  Incas  ó  reyes  del  Perú  salió  igualmente  de  una  cueva, 
á  seis  leguas  del  Cuzco,  después  del  diluvio,  que  también 
le  hubo  para  los  indios  como  para  los  pueblos  del  Oriente. 
Agua  de  los  dioses  bebíase  en  una  fuente  que  brotaba  den- 
tro de  encanüida  caverna '"\ 

Los  indios  del  Perú  adoraban  y  sacrificaban  en  los  picos 
más  altos  de  las  sierras,  en  lo  más  eminente  de  los  montes, 
en  elevados  cerros,  en  medio  de  los  desiertos  y  en  hondas 
cuevas.  Adoraban  y  creían  dotado  de  los  atributos  de  la 
divinidad  cuanto  ofrecía  algo  de  extraordinario  ó  sorpren- 
dente á  sus  ojos  en  cualquier  línea -'^l 


(1)  IVdro  ]Múil¡r  de  An.iílería,  Fuentes  I [isf úricas  sobre  Colón  y 
América,  dudas  á  luz  y  traducidas  por  el  Dr.  D.  Joaquín  Torres 
Asensio. 

(2)  El  Cronista  Antonio  de  Herrera,  Décadas  de  Indias  ó  Historia 
General  etc. 

(3)  El  Inca  (Jarcilaso  de  la  Vei^a,  Comentarios  Reales  del  Perú, 
El  Cronista  Antonio  de  Herrera,  Décadas  de  Indias  6  Historia  Genc^ 
Vid  etc. 


CAPÍTULO  X. 


Cerros  encantados. —  Fuego  y  oro. 


Sumario.  — Personificación  de  las  fuerzas  de  la  nutuvúezíi.  — Fuerza 
déla  tierra:  madre  del  oro.  — Tesoros  y  salamanqueros  (sus  cus- 
todios).—Héroes  mitológicos.  —  Draí^ones  y  demonios  variamente 
visibles.  — Fenómenos  ígneos  de  las  regiones  andinas  á  los  ojos 
del  vulgo.  — El  carbunclo.  — El  /aro/.  — El  mhoitatá  6  culebra  de 
fuego.  — Transformado  en  genio,  protege  los  campos  contra  los 
incendiarios.  —  Meudii,  madero  encendido,  los  abrasa. —Concepto 
del  mhoitatd  por  escritores  brasileños.  — El  ñandá-puitd  ó  avestruz 
colorado  de  Corrientes. —Tesoros  y  salamancas  de  otras  regiones 
indianas.  — Cueva  encantada  de  Mixco  (en  Guatemala).— 7^¿erra 
r/rfl,  llamaradas  y  encantos.  — Apariciones  de  demonios  en  los  so- 
cavones de  las  minas  y  demás  subterráneos:  parecer  del  más  anti- 
guo mineralogista.  — Mitos  indígenas.  — Su  fusión  con  las  creencias 
de  los  conquistadores.— El  cerro  de  Añapuraeítd.  —  Yél  teyuyagud, 
leyenda  guaranítico- misionera.  —  Misiones  jesuíticas  del  Paraná  y 
Uruguay.  —  Carbunclos,  artan,ga¡)itan(jas,  encantos  y  salamancas 
en  el  cerro  célebre   de  Yarao.  —  En  qué   para  el  apego   al  oro. 


El  hombre  primitivo  personificó  las  fuerzas  de  la  natu- 
raleza, que  le  parecieron  inteligencias  ó  potestades  sobre- 
naturales que  obraban  conscientemente  de  una  ú  otra  ma- 
nera en  el  mundo  en  provecho  ó  en  daño  de  los  seres  que 
le  pueblnn.  Personificó  asimismo  los  objetos,  así  anima- 
dos como  inanimados,  que  bajo  cualquiera  forma  dan  idea 
matíM-¡al  de  la   existencia  de  fuerzas  capaces  de  producir 


CAPÍTULO    X.  117 

algún  cfoeto  extraordinario.  Personifico  la  t('m})e.Htad,  el 
trueno,  el  relámpago,  los  eeli})se8,  el  sol  y  la  luna,  los  ma- 
res, los  lagos,  los  árboles  y  hasta  los  cerros  y  las  piedras. 
Las  luces  del  cani])o,  de  los  entierros  ó  f/iiacas,  de  las 
ruinas  6  taperas,  de  los  i)antanos  y  de  los  bosques,  indi- 
carán la  presencia  de  alma.^  en  pena  ó  almas  del  otro 
rmcndo.  Pero  el  fuego,  llamas  y  llamaradas  de  los  lugares 
altos  y  peñascosos,  donde  regularmente  hay  ¿salamanca, 
serán  para  el  vulgo  la  madre  ó  fuerza  del  oro  y  de  la 
plata,  sin  perjuicio  de  revelar  asimismo  la  existencia  de 
encanto,  que  los  hace  mansión  de  agigantados  genios,  de 
grandes  serpientes,  de  pájaros  enormes  íí  otros  seres  extra- 
ordinarios y  poderosos  que  custodian  los  tesoros  allí  en- 
cerrados. El  custodio  de  los  tesoros  ó  del  lusrar  encantado, 
custodio  que  á  veces  será  un  cristiano  (un  hombre),  lleva 
el  nombre  de  salamanquero.  Creencias  son  éstas,  utili- 
zadas de  la  poesía ^^^,  notoriamente  originarias  del  viejo 
mundo,  l)ien  que  hallaron  en  el  nuevo  otras  análogas  que 
con  ellas  se  mezclaron  y  confundieron.  Dragones  6  serpien- 
tes con  garras  y  alas,  grifos  (mitad  águila,  mitad  león), 
monstruos  varios  de  diversas  formas  es})antosas,  agiganta- 
dos genios,  ladinos  enanos,  moros  (en  la  j)enínsula  ibérica) 
que  esgrimen  poderosamente  enormes  alfanjes  ó  cimitarras, 


(  1  j  Y  es  voz  c'oim'in  (|iu'  A  su  rctlt'jo  oscuro, 

Kn  In  cncRnt:ula  torro  ni  lunr  vociim 
Do  fl  conde  Don  Julián  gozó  sonuro 
Kl  pn'niio  vil  »1p  su  traición  indina, 
VugH  en  custodia  d*>l  hondido  muro 
Palillo  espectro  vi\  la  desierta  ruina, 
Y  ni  tiviuulo  fulgor  do  opacn  ten 
Disf]>nse  hi  souihni  gigantea. 

(D.   Francisco  Martínez,  de  In   Rosa, 
Fratpnmto»  dr  un  /Vwia. ) 


lis  SUPERSTICIONES  DEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

esjnritus  6  demonios  que  cruzan  los  aires  en  figura  de 
relámpagos,  bramando  con  furor  y  estrépito  aterradores, 
custodian  los  tesoros  escondidos  en  el  suelo  de  Europa.  El 
di-agon,  que  no  es  sino  una  de  tantas  formas  con  que  el 
demonio  se  disfraza,  viene  custodiando  tesoros  desde  muy 
antiguo.  Su  fiereza  y  voracidad,  sus  terribles  garras,  la  ra- 
pidez que  le  dan  sus  alas,  su  vista  perspicaz,  unidas  á  una 
fuerza  proporcionada  á  su  corpulencia,  le  habilitaron  para 
defender  tesoros  ocultos  contra  el  común  de  los  hombres. 
Mas  á  la  postre  muere  á  manos  de  un  héroe  ó  semidiós. 
Perseo,  Hércules,  Cadmo  respectivamente  dan  muerte  á  los 
dragones  que  custodiaban  el  jardín  de  las  Hespérides,  el 
vellocino  de  oro  v  la  fuente  máo'ica  de  Beocia.  Edison, 
Pasteur,  Roentgen,  disipando  las  tinieblas  del  mundo  visi- 
ble, ejecutaron  en  nuestros  tiempos  hazañas  semejantes. 
El  dragón  y  los  demonios  bajo  diversas  formas  custo- 
dian igualmente  los  tesoros  ocultos  en  el  Río  de  la  Plata. 
En  las  regiones  andinas  especialmente  tienen  centinelas  de 
fuego.  El  fuego  es  señal  constante  de  tesoros  ocultos  y  en- 
cantos. Pero  en  las  regiones  andinas  más  señaladamente 
que  en  otras  partes.  Hombres  y  animales,  en  contacto  con 
el  suelo  en  que  circulan,  se  cargan  de  fluido  eléctrico  posi- 
tivo y  negativo  que  se  aislan  y  recomponen  á  favor  de  con- 
diciones atmosféricas  especiales.  El  cuerpo  humano,  con- 
vertido en  una  verdadera  botella  de  Leiden,  á  veces  se  ha- 
lla envuelto  en  nifagas  de  fuego,  que  se  meten  y  deslizan 
])or  entre  la  ropa.  El  viandante,  que  esto  ve,  y  que  siente 
las  detonaciones  de  las  descargas  de  electricidad  en  sus  pro- 
pios vestidos,  y  observa  que  los  hilos  del  fleco  de  su  poncho 
se  atiesan  y  bailan  como  las  laminillas  ó  bolitas  de  un  elec- 
troscopio, y  que  la  crin  de  su  caballo  chisporrotea  brillando 


CAPÍTULO    X.  119 

(le  noche  al  pasar  por  sobre  ella  la  mano,  se  sorprende  y 
asusta,  si  no  está  prevenido  de  la  novedad  del  fenómeno. 
Los  indígenas  atribuían  estos  fuegos  á  la  industria  del  de- 
monio, entretenido  en  infundir  vanos  temores  en  el  ánimo 
de  los  transeúntes^^ I 

En  los  lugares  metalíferos  de  las  propias  regiones  andi- 
nas aparecíase  ante  la  imaginación  de  los  indios  comar- 
canos un  ser  viviente  (jue  despedía  de  la  cabeza  una  luz 
vivísima  extraordinaria,  que  nmclios  presumían  fuese  el 
ambicionado  carbunclo,  según  refiere  el  P.  Techo.  Esta 
aparición,  ó  farol,  ha  continuado  presentándose  hasta  el 
día  de  hoy  á  los  ojos  de  los  arril)eños,  (pie  miran  en  ello 
un  indicio  ine(}uívoco  de  las  muchas  ri(|uezas  que  oculta 
aún  la  tierra,  ahora  en  minas,  ahora  en  tesoros  escondidos 
por  la  mano  del  hombre^ "I  Buen  modo  de  esconder  un 
tesoro:  encendiendo  un  farol. 

El  carbunclo,  por  tanto,  de  las  regiones  próximas  á  los 
Andes,  que  no  es  sino,  bajo  alguna  forma  parecida,  el 
tcyuyacjud  de  las  Misiones  del  Paraná  y  Uruguay,  se  halla 
en  relación  íntima  con  el  origen  de  los  metales,  con  la 
madre  del  oro  y  de  la  plata  ([ue  entrañan  los  cerros,  (pie 
ocultan  las  salamancas:  es  la  luz  y  el  movimiento  i)erso- 
nificados.  En  la  antigua  luu'opa,  en  el  Oriente,  en  la  India, 
hubo  dragones  y  serpientes  aladas  que  des})edían  de  la 
cabeza  una  luz  vivísima,  semejante  á  un  rubí  ó  carbunclo 
de  color  muv  encendido.  Simbolizaban,  seiiún  antiiiuas 
leyendas,  el  sol  de  la  [)ii  nía  vera  (pie  comunica  á  la  natu- 

(1)  El  P.  Nicolás  del  Techo,  Historia  Provinri^c  Paraquari(C  So- 
cictatis  Jesu.  —  Samuel  A.  Lafone  y  Quevcdo,  Londres  //  Catamarca. 
—  Francisco  Latzina,  (iroc/nijthic  de  ¡a  íi('¡nd)lit¡uc  Argentinc. 

(2)  Lafone  y  Que  vedo,  Londres  y  Catamarca. 


120  SUPERSTICIONES  DEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

raleza  el  movimioiito  de  la  vida:  la  luz  desvaDeciendo  las 
tinieblas  ^^^ 

Las  generaciones  guaraníes  del  Eío  de  la  Plata  y  del 
Brasil  tuvieron,  á  parte  del  tcijuyaguá,  que  mora  actual- 
mente en  los  cerros  de  Yarao,  la  culebra  de  fuego.  Lláma- 
sele mhoHatd^-\  y  es  muy  pequeña.  Recorre  aun  el  día  de 
liov  las  campañas  del  Brasil  y  del  Río  de  la  Plata  y  Para- 
guay, zabulléndose  en  las  lagunas  y  escondiéndose  entre 
los  peñascos  de  cerros  y  cerrilladas^^^  Pertenece  á  la  fa- 
milia del  tcj/u¡/a(j2id  de  las  Misiones  y  del  carbunclo  ó 
farol  que  alumbra  las  serranías  de  las  regiones  andinas. 

Los  tres  son  pequeños,  los  tres  (en  todo  ó  en  parte)  de 
fuego;  los  tres  andan  por  los  cerros  ó  lugares  donde  regu- 
larmente hay  imaginarios  tesoros,  y  por  entre  las  aguas 
de  los  lagos,  cuyas  arenas  esconden  á  veces  en  diminutos 
gi'anos  luciente  oro.  El  mhoitatá  es  en  su  esencia  un  repre- 
sentante, como  el  carbunclo  y  el  teyuyagiid,  de  la  madre 
del  oro.  Oro,  fuego  y  encanto,  y  culebras  ígneas  que  los 
8Íml)olizan,  son  ideas  asociadas  en  la  mente  vulgar  y  del 
hombre  primitivo.  Mas  el  mhoitatd,  del  propio  modo  que 
los  demás  fantasmas  nacidos  del  fuego  y  el  oro,  representa 
asimismo  en  la  imaginación  popular  otros  conceptos  varios 
misteriosos  de  la  vida  y  de  la  muerte:  luz,  a  veces,  que 
viene  de  la  morada  de  los  espíritus,  con  algún  fin  descono- 
cido,  al  mundo.  A  su  cumplimiento  responden  las  transfor- 
maciones con  (jue  diversifican  su  ordinario  modo  de  pre- 
»entarse. 


(1)  E.  Salvfrtc,  Las  Ciencias  Ocidtas. 

(2)  De  vilxA,  víbora  ó  culebra,  y  lata,  fuego.  Mboí  significa  también 
fjuítiisma. 

(3)  Coíitiiiuidad  de  peñascales.  Provincialiamo  del  Río  de  la  Plata. 


CAPÍTULO    X.  121 

Por  eso  el  mhoUald  aparece  en  algunas  regiones  del 
Brasil  cual  genio  protector  de  los  campos  contra  los  incen- 
diarios. Sin  embanco  las  tradiciones  no  le  conocen  sino 
corno  una  pequeña  sei-piente  de  fuego  que  ordinariamente 
reside  en  el  agua.  Suele  transformarse  en  gi'ueso  madero 
hecho  brasa,  al  que  denominan  mcucín.  El  madero  encen- 
dido, representando  la  divinidad  airada,  aplica  la  ley  del 
talión  á  los  que,  por  hacer  daño  ó  sin  necesidad,  incendian 
los  campos:  abrasa  á  los  incendiarios ^^\ 

El  poeta,  en  la  amplia  esfera  de  la  imaginación,  campa 
por  su  respeto.  El  historiador  suele  espaciar  su  ingenio 
con  iíTual  libertad,  cuando  escudrina  el  oriíren  v  la  índole 
de  hechos  singulares  que  no  ofrecen  documento  instnictivo 
que  los  explique.  Así  aparece  el  nihoitatd  saliendo,  a  los 
ojos  del  indio,  de  entre  las  llamas  (pie  levantan  los  árboles 
de  los  bosques  por  su  mano  incendiados.  El  indio,  donde 
ha  de  constniir  sus  ranchos,  en  regiones  montuosas  del 
Brasil,  pega  fuego  á  los  árboles  (pie  le  estorban.  T.evántanse 
en  espirales  llamas  poderosas,  que  corren  iin[)ulsadas  por 
el  viento.  Las  serpientes,  que  estaban  dormidas  entre  la 
espesa  hierba,  se  retuercen,  al  sentir  los  ardores  del  luego, 
y  tratan  de  huir.  De  ahí,  á  juicio  de  escritores  brasileños, 
el  inhoitatd,  la  scrpicnfe  de  fuc<jo  que  protege  los  bos- 
ques ^"\  ¿No  jxnrece  ^ste,  para  un  bárbaro,  un  origen  algo 
retónco  del  mhoitatd .^  La  Kcrpicnic  de  fuafo,  en  d  caso 
j)ropuesto,  es  una  metáfora,  y  no  un  mito.    Y  ¿cómo  una 


(1)  O  Sclrof/nn  (  Lcndas  Tupis:  Oriijcns,  Cosf untes,  Rcí/ÍiIü  Sel- 
vagcm)  por  Couto  de  MMuallifics.  Río  do  Jnnolro. 

(2)  A  lírligiao  dos  Tujtjfs-  (tnnranf/s  por  il  Dor,  Josó  Vor¡ssinu7 
de  Mattos,  citado  (para  apoyjirso  vn  él)  por  D.  \\  .).  de  Santa- Auna 
Nerv  en  su  ohra  Lr  Piif/s  drs  Ania\onrs. 


122  SUPERSTICIOÍÍES  DEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

víbora,  nuierta  entre  las  llamas  de  un  bosque  incendiado, 
había  de  ser  precisamente  la  potestad  vengadora  de  los 
ái'boles  destruidos? 

Una  creencia  popular  ó  selvática,  enlazada  á  fenóme- 
nos natnrales  ó  al  espectáculo  que  ofrece  el  mundo  ante 
el  ánimo  espantado  del  hombre  primitivo,  regularmente  no 
se  halla  circunscrita  á  los  términos  geográficos  que  señalan 
la  residencia  de  las  generaciones  ó  pueblos  en  que  aparece. 
Ya  sea  por  la  comunicación  necesaria  de  ideas  entre  pue- 
blos vecinos,  aunque  desafectos  ó  enemigos,  ya  por  su  co- 
mún origen,  ya  porque  de  iguales  causas  y  disposiciones 
congénitas  nacen  conceptos  análogos  ó  semejantes,  es  casi 
seguro  hallar  en  una  vasta  región,  en  un  continente,  mitos 
idénticos  ó  parecidos  entre  las  diversas  generaciones  indí- 
genas que  lo  habitan. 

Las  manifestaciones  ígneas  ó  luminosas  de  la  tierra,  que 
ahora  tienen  por  almas  en  pena  ó  del  otro  mundo^  ahora 
por  explosiones  de  la  madre  del  oro  ó  por  influjo  ó  fuerza 
del  encanto  á  que  está  sometido  un  lugar  determinado,  y 
que  ya  llevan  el  nombre  de  es¡yíritus,  ya  el  de  luces  de  la 
viuda,  ya  el  muy  común  de  espantos  en  las  regiones  andi- 
nas y  provincias  inmediatas,  conviértense  en  ñandú- puitd 
ó  ñandú- tata,  ó,  lo  que  es  lo  mismo,  avestruz  colorado  ó 
avestruz  de  fuego,  en  las  comarcas  mediterráneas  del 
Paraguay,  Paraná  y  Uruguay.  El  avestruz  colorado,  sacu- 
diendo las  alas  en  medio  del  campo  ó  en  la  cumbre  de  un 
cen'o,  representa  esas  llamaradas  que  suspenden  el  ánimo 
de  la  gente  campesina,  arguyendo  la  existencia  de  un  en- 
tierro ó  tesoro  escondido,  ó  de  terrenos  metalíferos  exube- 
rantes. 

Ciertamente  la  posesión  de  salamancas   y  salaman- 


CAPÍTULO    X.  12;] 

queros,  de  tesoros  escondidos  y  fuet^os  y  estruendos,  de 
carbunclos,  de  cerros  (jue  hnonan  y  se  conmueven,  de 
laginias  que  se  tragan  d  los  transeúntes,  de  encantos  en 
suma,  no  es  cosa  privativa  dd  Ivío  de  la  Plata,  del  Pa- 
raguay, del  Brasil.  YA  diablo  es  el  mismo  en  todas  par- 
tes. El  es  quien  tales  enjuagues  ordena  j)ara  sus  fines. 
Y  ¿como  liabía  de  pi-ivarsc  voluntariamente,  sin  (pié  ni 
para  qué,  de  la  comidilla  (pie  le  ofrecían  Méjico,  Vene- 
zuela, Nueva  Granada  ó  Colondjia  y  demás  países  ameri- 
canos? Guatemala,  })or  ejemplo,  tiene  la  cuera  cncantcuJa 
de  M¿.vco  en  una  eminencia  (pie,  á  manera  de  ond)ligo  n 
reventazón  ^^^,  se  levanta  en  el  valle  de  Jilotepe})es.  Nadie 
se  atreve  á  penetrar  en  la  cueva;  poi-([ue,  al  llegar  á  la 
segunda  de  sus  bocas,  tiembla  con  ruido  esi)antoso  la  tierra. 
Los  indios  llanulbanle,  por  ende,  fierra  rira.  Decían  (pie 
había  encerrado  en  ella  un  gran  tesoro:  cosa  muy  probable, 
segiin  se  explica  un  historiador  del  siglo  decimoséptimo, 
porque  d  la  cuera,  sólo  por  la  cuera,  sin  otro  inferes,  )to 
la  habían  de  defender  con  encantos.  J)a  mayor  certi- 
dumbre á  la  sospecha  la  circunstancia  de  salir  de  noclie 
por  la  boca  de  la  cueva  (jrande.^  llautaradas  e  incendios, 
que  se  ven  desde  muy  lejos;  pero  en  llegando  cerca,  se 
extingue  y  apaqa  la  claridad  de  aquella  (jran  cande- 
lada, que  por  fuerza  del  tesoro  ó  del  encaidn  se  enci('nile. 
La  fuentecilla  Cate)/d,  que  signilica  madre  del  a(/ua,  era 
el  dios  de  la  cueva  de  Mixco  "'. 


(1)  JirrrnfdiÓH.  KiniíuMicia  no  muy  oii('iiml)rn(l:i.  (|U(^  p:uvoo  snlúla 
violfiitiiinonto  (le  la  tierra  ó  «li'SLíJijada  de  una  conlillirM.  N'éase  ]'ocn- 
bulario  Jíio/ilnlriisr  por  el  autoi-. 

(2)  llistoriii  (Ir  (iiuilcmahí  \)ov  «'1  eapitán  1).  Antoni.»  d»-  Fueiitoá 
y  Guznuin,  pul)l¡eada  por  I).  Justo  Zaragoza. 

lu. 


124  SUPERSTICIONES  DEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

Demonios,  genios,  serpientes  aladas,  carbunclos,  añan- 
qapitanqas  ó  tcijuiiaguaes,  todo  es  lo  mismo,  todo  tiene  una 
misma  causa  ú  origen  y  representa  una  misma  cosa  ante  la 
imao'inaeión  del  vulgo  v  del  hombre  primitivo:  la  madre 
del  oro,  la  fuerza  de  la  tierra,  el  cerro  ó  la  montaña  en- 
cantados, que  braman,  tiemblan,  se  iluminan,  relampaguean 
y  truenan:  la  tierra  viva  de  los  indios  guatemaltecos. 

Estas  ideas  vagas  y  oscurecidas,  que  el  ,vulgo  conserva 
a  \v\  de  cuentos  y  tradiciones  caseras,  enlázanse  á  las  teo- 
rías de  los  primeros  escritores  que  trataron  científicamente 
de  los  fenómenos  naturales.  La  razón  y  la  experiencia  des- 
préndense a  duras  penas  de  los  sueños  del  alma.  Jorge 
AgTÍcola,  alemán,  el  mineralogista  más  antiguo,  no  estuvo 
exento,  aunque  era  un  sabio,  de  las  preocupaciones  reinan- 
tes en  su  época  (primera  mitad  del  siglo  decimosexto). 
Tratando  de  la  naturaleza  y  generación  de  los  minerales, 
consigna  como  un  hecho  comprobado  que  en  los  pozos, 
galerías  y  socavones  de  las  minas  de  metales  eran  muy 
frecuentes  las  apariciones  de  demonios,  y  que  lo  mismo 
2)asaba  en  todo  lugar  subterráneo  ^  ^  \  Corría  ya  la  décima- 
séptima  centuria,  y  todavía  los  más  sabios  magistrados, 
que  ilustraron  la  jurisprudencia  con  obras  afamadas,  tra- 
taban seriamente  de  los  peligros  y  grandes  molestias  con 
que  concurrían  á  hacer  más  y  más  duro  y  aflictivo  el  tra- 
bajo de  las  minas,  peor  mil  veces  que  el  de  galeras,  los  de- 
monios suhterrdncos,  encargados  de  la  guarda  délos  teso- 
ros que  esconde  en  sus  entrañas  la  tierra.  Estantiguas  ó 
fantasmas,  de  diferentes  y  extrañas  figuras  espantosas,  pre-  ' 
sentábanse  de  continuo  á  los  ojos  de  los  mineros :  ahora 

(1)    Feijoo,  Teatro  Crítico  Universal. 


CAPITULO    X.  125 


(Icinonios,  ahora  duendes,  que  ya  los  dañaban  on  sus  per- 
sonas, ya  con  burlas  y  sorpresas  los  traían  in(|uict(^s  y  al- 
borotados. ¡Tanto  costaba  el  codiciado  metal!  Bien  decía 
el  antiguo  adagio:   raro,   cuanto  difírH,   es  iodo  lo  her- 


moso ^ '. 


Por  d()(|uiera  hallaron  los  conquistadores  ceiTOS  encan- 
tados, con  sus  correspondientes  cavernas,  al])ergue  de  los 
dioses  ó  potencias  sobrenaturales  (pie  el  indio  reveren- 
cia])a  con  espanto.  En  ellos  el  añatuja  de  los  guaraníes  6 
el  (jualícho  de  los  2:>ainpas  se  entronizaba,  para  recii)ir  los 
homenajes  de  lo^  ¡^aycs  y  de  los  niacJiícs,  (pie  acudían  allí 
confiados  en  merecer  su  favor  y  ayuda  en  las  ocasiones 
solemnes.  Después  de  la  entrada  de  los  españoles,  entre 
los  guai'aiiíes  especialmente,  (pie  fueron,  por  lo  general,  los 
menos  indóciles,  los  mitos  indígenas  mezcláronse  con  los 
ritos,  creencias  y  tradiciones  del  viejo  mundo. 

El  cerro  de  ^íhapuracitd,  en  Santa  Cruz  de  la  Sierra, 
al  pie  del  cual  pereció  el  conquistador  Xuflo  de  Chaves 
asesinado  por  un  cacique,  ei'a  el  espanto  de  los  chiriguanos. 
Allí  el  (lial)l()  ((inaiKi)  entonaba  canciones  ( piiréilicí/j 
que  los  indios  aprendían  y  cantaban  á  manera  de  hinnios. 
Quien  se  atreviese  á  subir  al  cerro  de  ^ÍÑapuracild,  moi'ía 
asombrado.  Solamente  á  los  hechiceros  ó  j;«//rx,  que  tenían 
concierto  con  ((íianf/a  y  de  él  recibían  sus  eontidencias  y 
facultades  javternaturales  pura  obrar  maravillas,  1<'S  estaba 
permitida  la  ascensión  á  a(piel  lugar  sagrado  y  espan- 
table -\ 


(1)  Politicn  IinH'um  por  1).  .In.ni  «If  í^olórzaiio  y  Pt-rfini.  di'l 
Consejo  (le  Su  M:ij(sl:i(l  cii  Ks  Siipiriiios  de  (';i>t¡ll;i  v  Iii(li:;s  y  an- 
tiguo Oidor  de  hi  lu-al  Audienciji  do  liinia. 

(2j     Icáreo  (Vntciiera,  l^d  Argaitimi. 


12G  smoRSTicioxEs  del  río  de  la  plata. 

En  la  ,^ala manca  de  los  cerros  de  Yarao  mora  el  teyú- 
i/a(/i(ir^\  De  allí  salió  la  vez  primera  que  ojos  humanos 
oontemi)laron  maravillados  el  peregrino  resplandor  que  le 
hermosea. 

Las  misiones  jesuíticas  del  Paraná  y  Uruguay  se  funda- 
ron primitivamente,  á  fines  del  siglo  decimosexto,  en  la 
antigua  provincia  de  Guaira.  Poco  después  los  pobladores 
de  San  Pahlo,  llamados  mamelucos  en  sentido  despectivo, 
por  lo  desordenados  y  pei'versos  cuanto  audaces  y  temibles, 
devastaron  á  sangre  y  fuego,  robando  y  esclavizando,  las 
va  florecientes  reducciones.  Los  miserables  restos  de  ellas, 
antes  de  mediar  el  siglo  decimoséptimo,  emigraban  desas- 
tradamente, navegando  aguas  abajo  el  río  Paraná.  Mucho 
más  adelante  del  punto  en  que  éste  confluye  con  el  Iguazu, 
tan  famoso  por  el  salto  colosal  que  dan  sus  aguas,  la  deso- 
ía la  grey  peregrinante,  dejando  las  balsas,  asentó  sus  mus- 
tios lares  en  nuevas  comarcas  desiertas,  que  abrieron  desde 
luego  su  seno  á  la  reja  del  arado,  produjeron  el  trigo, 
sazonaron  la  vid  y  embalsamaron  el  ambiente  con  la  fra- 
gancia* del  azahar.  Casi  á  orillas  del  Uruguay  levantóse  la 
ciudad  de  Santo  Tomé,  cuyas  ruinas  suministraron  en  la 
é})0ca  actual  fuertes  materiales  á  los  habitantes  del  nuevo 
pueblo,  dedicado  al  comercio,  que  lleva  el  mismo  nombre ^■^'^. 

Un  día  el  sacristán  de  la  iglesia  de  Santo  Tomé  observó 
que  las  aguas  de  una  laguna  vecina  hervían  alborotada- 
mente, como  si  estuviesen  caldeadas  por  una  gran  hoguera 
subterránea.  Fuese  andando  hacia  la  laguna,  arrastrado  por 


(1;     \<)7.  guaraní:  (Morto  género  de  lagartijas, 

(2)    Ciudad  y  departamento  de  la  provincia  de   Corrientes  ( Argen- 
tina J. 


CAPÍTULO    X.  127 

la  novedad  del  fenómeno.  Tuando,  ya  algo  alejado  del  pne- 
blo,  estuvo  próximo  al  objeto  (pie  le  atiaía,  salió,  cesando 
de  hervir  las  aguas,  y  se  eneaminó  hacia  el,  una  especie  de 
lagailija,  cuya  eaheza,  velada  por  una  envoltura  indeíinihlc, 
parecía  de  fuego  é  irradiaba  nna  \\\a  jx'regrina  (pir  ofus- 
caba la  vista.  El  sacristán  de  la  iglesia  de  Santo  Tome, 
niíls  feliz  (pie  Barco  Centenera  en  caso  idéntico,  sea|)oderó 
del  mirífico  reptil,  y  metic'ndolo  en  una  (/ffa//tjfa  (vaso  de 
cuerno  de  buey)  con  agua,  se  lo  llevó  a  su  casa.  ICntendió 
el  sacristán  (pie,  habiendo  salido  del  agua  la  lagartija, 
había  de  gustai'le  ó  necesitar  el  agua  para  vivir.  En  seguida 
se  fue  en  l)usca  de  alimento,  proponiéndose  regalarla  con 
la  rica  miel  de  la  IccJdijnana  (al)eja  silvestre,  que  fabrica 
su  nido  ó  panal  en  las  matas,  á  poca  altura  del  suelo). 
El  arcediano  ^íaitín  del  Barco  Centenera,  autor  del 
2)oema  histórico  La  Arycnt'uia,  vino  al  Río  de  la  Plata  el 
año  1578  con  la  expedición  del  adelantado  D.  Juan 
Ortiz  de  Zarate.  Por  este  tiemj)o  corría  valida  la  especie 
de  que  en  las  Indias  había  un  animalejo  (pie  tenía  en  la 
cabeza  una  ])ie(lra  preciosa,  semejante  a  una  brasa  vivísima, 
del  color  del  rul)í.  Llamábanle  carbunclo  ó  carbúnculo. 
J>arco  Centenera  dice  haberle  visto  mas  de  una  vez  en  el 
Río  de  la  Plata  y  (pie  pasó  inlinitas  congojas  y  trabajos 
])or  darle  caza.  El  maravilloso  reptil  se  le  escapaba  de 
entre  las  manos,  j)(>r  decirlo  así,  merced  á  la  extremada 
agilidad  de  (]Ue  estaba  dotado.  La  misma  luz  (pie  despedía, 
ofuscando  la  vista,  extraviaba  al  jx-rseguidor.  Lo^  guara nít's 
denominábanle  añ(nt</pi/au</,  ó  sea,  diablo  (h'  pul  colo- 
rada, j)0i'  el  aspecto  ígneo  (pie  presentaba  su  cuerpo  ó  su 
cabeza.  El  (( ña/n/apifa/ií/a  ó  carbunclo  (|Ue  Icáreo  Cent(^- 
nera  tuvo  la  fortuna  de  ver  repetidas  vece>  en  las  comarcas 


128  srrERSTiciONES  del  rio  de  la  plata. 

rioplnteiisos,  no  os  otra  cosn,  ni  menos  real  y  verdadera, 
(jiie  el  frt/ín/a(/U((  de  la  salamanca  del  Yarao  que  vino  á 
meterse  en  la  (juampa  del  saeristán  de  la  iglesia  de  Santo 
Tome. 

De  vu(^lta  el  sacristán  con  las  provisiones  qne  había 
ido  á  buscar  para  su  huésped,  venía  diciendo  entre  sí: 
¡l^lreee  mentira  (pie  de  la  noche  á  la  mañana,  sin  quererlo 
ni  pensarlo,  uie  vea  convertido  en  un  millonario!  Con  esta 
preciosidad  que  poseo,  ¿cuántas riquezas  no  allegaré?  ¡Sun- 
tuosos palacios  en  Buenos  Aires,  bien  pobladas  estancias 
en  el  Uruguay,  ricos  trapiches  en  Tucumán,  excelentes  yer- 
bales en  Loreto,  que  tan  exquisito  mate  ofrece  á  los  vicio- 
sos, y  aun  criaderos  de  diamantes  en  Matogrosso  para  dar 
realce  á  la  presencia  de  la  china  más  gallarda  que  viste 
tipoy  ^^"^  en  cuanto  bañan  los  ríos  que  corren  á  henchir  el 
Plata !  El  sacristán  hablaba  con  el  entusiasmo  de  un  poeta. 
Y  no  vvw  para  menos.  Él  habría  oído  decir  muchas  veces, 
sin  duda  alguna,  que  el  conquistador  Rui  Díaz  Melgarejo 
solía  lamentarse,  según  cuenta  Barco  Centenera,  de  que, 
habiéndosele  volcado  una  canoa  en  que  navegaba,  se  le  hu- 
biese caído  al  agua  un  carbunclo  que  había  encontrado,  con 
el  cual  pensaba  prestar  grandes  servicios  á  su  rey.  El  sa- 
cristán de  Santo  Tomé  no  era  hombre  que  levantase  el 
pensamiento  á  grandes  cosas.  En  sujetos  de  esta  condición, 
los  bienes  de  fortuna  son  ídolos  en  que  adoran,  sin  acertar 
á  disfrutarlos:  gózase  el  bastardeado  ánimo  en  la  mera 
posesión  de  riquezas.  A  fuerza  de  posponer  todo  lo  demás 


(\)  Saco  fio  lienzo  ó  rlc  algodón,  sin  cuello  ni  mangas,  que,  ceñido 
á  la  cintura  con  el  cJuimhr,  usaban  las  mujeres  guaraníes.  Llegábales 
ba.'tta  los  tobillos. 


CAPÍTULO    X.  129 

á  este  objeto  de  su  pasión,  vji  sccáiuloselcs  el  alma,  y  aca- 
]);in  por  ser  impíos.  Kii  este  resbaladero  vino  a  j)onerse 
el  pobre  sacristán  de  ►Santo  Tomé,  á  (juien  el  diablo  ípii.so 
escoger  por  trofeo  en  la  ocasión  pi*esente. 

I*asmado  quedó  el  sacristán,  cuando,  al  entrar  en  su 
aposento,  se  baila  de  manos  á  boca  en  ])resencia  de  una 
inuj(;r  bellísima,  verdaderamente  encantadora,  (pie  le  dirige, 
para  atraerle  sigilosamente,  blandas  palabras  de  afecto. 
Si  andjicionas,  anadió,  el  oro  y  la  plata,  y  los  diamantes  y 
los  i'ubíes,  sígneme:  volveré  á  entrar  en  la  r/f/ampa  donde 
tu  me  pusiste,  y  me  llevarás  en  tu  man<j  adonde  yo  te  en- 
camine: allá  tendrás  rifjuísimos  tesoros  que  todo  caminante 
envidia. 

El  sacristán,  aunque  lieeln'zado,  no  respondió  inmediata- 
mente á  la  t(^ntaeión  de  la  encantadora:  ó  no  tuvo  suficiente 
coraje  para  irse  en  seguida,  ó  le  faltaron  la  ocasión  y  los 
medio?.  El  becho  es  que  los  padres  de  la  Compañía  que 
tenían  á  cargo  la  reducción  de  Santo  Tomé,  notando  tibieza 
en  la  fe  por  parte  del  sacristán  y  no  disinuilable  aban- 
dono en  el  cumplimiento  de  sus  deberes,  dieron  en  obser- 
var sus  pasos.  El  resultado  fué  que  descubriesen  todo  lo 
que  pasaba.  El  ícyici/a(/ud,  que  repetidas  veces  babíase 
transformado  en  inq)udica  mujer  becliicera,  desapareció.  El 
sacristán,  que  otras  tantas  veces  babía  j)ecado,  fué  preso. 
Se  le  juziió  V  condenó.  Pero  cuando  le  iban  á  castiu'ar,  un 
gran  ruido  y  sacudimiento,  (|U(\  rajandí^  la  tierra,  bizo  tem- 
blar los  edilicios  de  la  ciudad,  consternó  á  todo  el  pueblo, 
terrificado  á  la  vez  con  el  fragor  d(*  agudos  gritos  extraños 
y  formidables,  (pie  ])arecían  salidos  de  la  l)oca  de  algún  es- 
])íritu  infernal,  (^)rrió  al  pinito  la  voz  de  (pu',  si  castigaban 
al  sacr¡>tán,  Santo  Tomé  >e  liundiría.    Lo>  padres  cebaron 


130  SUPERSTICIONES  DEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

SUS  l)eiulic-iones,  exoi-cizaiido  al  espíritu  maligno  que  pro- 
ducía aipiella  confusión  y  escándalo.  Mas  al  cabo,  creciendo 
el  tuundto  y  la  angustia  de  los  tomistas,  fué  preciso  re- 
nunciar al  cMstigo  y  dar  libertad  al  procesado.  El  trayecto 
j)or  donde  se  abrió  la  tierra,  dando  paso  al  fcyuyagiid  que 
acudiera  tan  estrepitosamente  en  auxilio  del  cautivo  sacris- 
tán, está  aiin  patente  en  Santo  Tomé,  desde  cuyos  arraba- 
les, hasta  la  orilla  del  Uruguay,  corre  una  zanja  que  las 
chinas  é  indios  misioneros  señalan  como  testimonio  del 
suceso. 

El  tcijuijarjud  con  su  presa,  pasando  á  nado  el  Uruguay, 
estuvo  unos  días  en  San  Borja  (sin  duda  para  descansar 
y  reponerse,  después  de  tanto  baqueteo),  y  luego  siguió 
hasta  los  cerros  de  Yarao,  en  uno  de  los  cuales  está  la  sa- 
lamanca de  donde  en  noche  oscura  salió  al  encuentro  del 
extraviado  caminante  de  la  vaquería  el  desconocido  que  le 
dijo  ser  también  cristiano  natural  de  Santo  Tomé  y  que  le 
dio  una  onza  con  la  que,  por  más  que  gastase,  nunca  se 
hallaría  falto  de  dinero  ^^\ 

Hace  ya  cerca  de  doscientos  años  que  el  teyuyagiid  en- 
carceló en  el  cerro  de  Yarao  al  sacristán  de  Santo  Tomé. 
Hoy  es,  y  todavía  el  sacristán  de  Santo  Tomé,  bueno  y 
sano,  pero  arrepentido  y  triste,  habita  los  inmensos  pala- 
cios maravillosos  de  la  salamanca  de  Yarao:  rodeado  de 
riquezas,  las  contem¡)la  impasible,  sin  disfrutar  de  las  satis- 
facciones y  regalos  que,  debidamente  aplicadas,  proporcio- 
na n  fáciles  en  el  mundo. 


(1)    Véase  Cap.  VIII. 


CAPÍTULO  XI. 

Cerros  bravos. 


Sumario.  —  Cómo  mira  el  villero  los  cerros  y  cavernas. —  Sus   apren- 
siones   utilizadas  por  el  arte.  —  Antropomoríisnio  de  la  naturaleza. 

—  Personificación  de  cerros  3' serranías. —  /"¿/¿T^a  de  la  tierra:  ma- 
dre del  oro.  —  Los  naturales  de  Santo  Domingo  personifican  >u 
isla.  —  Las  fuerzas  naturales  á  los  ojos  de  los  antiguos. —  Vida 
del  universo. —  Ll  mundo  con  narices.  —  Sus  cr/í//a.v.  —  Encantos 
de  cerros.  —  Riquezas  ó  tesoros  y  encantos.  —  Enojos  y  bramidos 
de  cerros.  —  Emigraciones  de  la  madre  del  oro. —  Cerros  bravos. — 
Kl  de  Ocompíes  en  Santafé.  —  El  de  Tafí  en  Tucumiin.  —  El  de 
Famatir.a  en  la  Kioja.  —  Fortalezas  de  los  Incas  ó  ¡airaras.  — 
Cerros  de  Pan  de  A\úcar  en  Salta.  —  La  sierra  de  Ambato  en 
Catamarca.  —  Causas  naturales  de  los  estremecimientos  y  brami- 
dos de  cerros  y  serranías. —  El   Tronador  de  las  regiones  andinas. 

—  Música  en  las  restingas  de  los  ríos  y  en  el  fondo  de  las  aguas. 

—  Sus  causas  naturales. —  Piedras  vivientes.  —  La  Itacuin't  de  Co- 
riientes. 


Corros  y  ciivci'niís  Imn  dado  constaiitciiu'ntc  n  la  ¡iiiaL:,!- 
nacióii  del  vii1í;-o  niotÍNos  fáciles  de  ('sj)ac¡arsi'  en  la  iiclai- 
losa  csfcfa  de  los  fantasmas.  Llainai'adas  niisici-iosas  y  cs- 
tniondos  fofiiiidaMcs,  saciidiiinciitos  y  tcinltlorcs  (jiio  rajan 
la  tiori'a  y  ahi'cii  lioyos  profundos,  ojuilcnla^  minas  di'  ore» 
y  plata  y  tcsoi'os  ocultos,  mon-tiMios  li(»ri-cnd(>>,  alcrradn- 
i'cs  espectáculos,  magiu'licas  halutacioiics  de  pei-sonajes  ex- 
traordinarios, de   genios,   de   magos,  de   plañidei'as  jóvcne^s 


132  SUPERSTICIONES  DEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

lu'rino:^as,  todo  oso  y  otros  infinitos  encantos  maravillosos 
oíriH'cn  á  los  ojos  dd  candoroso  esj)íritu  del  hombre  ignaro 
é  imaginativo  los  cerros  elevados  y  las  cavernas  ó  sala- 
mancas (|ue  en  sus  faldas  ostentan.  De  ahí  sacó  (que  no 
del  solo  ingenio)  el  lino  (*antor  de  Envero  y  Almcdora  una 
de  las  hellas  pinturas  que  enriquecen  el  esmerado  poema: 


Puebla  feliz  alígera  cuadrilla 
Plátano  y  palma,  5'  cedro  y  ciuamoiiio, 

Y  ali^o  y  sauce  en  la  bañada  orilla, 

Y  las  copas  que  esmalta  el  áureo  pomo. 
Segura  de  temor  la  tortolilla 

No  se  esconde  arrullando  á  su  palomo; 
No  aguarda  el  ruiseñor  que  el  día  acabe, 
Para  entonar  su  cántico  suave. 

Hurtos  del  aura,  en  la  campiña  amena, 
Con  su  fragante  soplo  se  disfruta 
Jazmín  y  rosa,  y  nardo  y  azucena, 

Y  cuanta  esencia  cada  ñor  tributa. 

Súbito  estruendo,  cmjjero,  el  campo  airíiena .... 
Parece,  retemblado,  interna  gruta 
El  cerro  abrir:  muestra  entre  roca  y  roca 
Un  espacio  capaz  de  áspera  boca. 

Llega,  entra  Esvero,  ¿adonde?  Arde  luciente 
^Magniñcada  cúpula  de  estrellas, 
A  reverberación  resplandeciente 
Lanzando  un  mar  de  fúlgidas  centellas. 
Adonde  quiera  que  la  planta  asiente, 
Ve  que  hervirá  debajo  de  sus  huellas: 
Creyera  verse,  adonde  quiera  mira, 
Ileso,  en  medio  de  flamante  2^ircc(^'>. 


(1)  Esvero  y  Almcdora  por  D.  Juan  María  Maury.  «Ve  que  her- 
virán debajo  de  sus  huellas,-  reza  el  texto  (edición  de  París,  Librería 
Hispano -Americana,  1840):  error  manifíesto. 


CAPÍTULO  xr.  133 

Suertes  varias  de  (iK-aiitamicntos  distinfriK'n  á  las  sala- 
manca.^ o  C'iicvjis  niistoriosas,  a  los  con'os  v  sierras  v  á  toda 
eniineneia  barrancosa.  Cada  una  tiene,  por  lo  rciíular,  su 
individual  origen,  su  earaeter,  su  historia,  su  destino.  Pero 
las  nií1s  coiinnics,  las  (juc  careeen  de  un;i  historia  particular, 
las  (jue  ])rescntaii  una  hi/  característica,  nn  lipo  general,  en 
el  Río  de  la  Plata,  son  acjuellas  cuya  \  irlud  estriba  en  los 
tesoros  y  minas  que  guardan,  albei'gando  en  su  escondido 
seno  la  madre  del  oro  ij  de  ¡a  plata. 

Inclínase  naluralniente  el  espíritu  drl  hombre,  en  la 
época  de  la  infancia  de  las  sociedades,  cuando  la  luz  de  la 
razón  ajilicada  á  la  observación  de  la  naturaleza  no  ha  di- 
sipado aun  las  luibes  que  encapotan  el  cielo  de  las  ideas 
en  el  mundo  de  la  verdad,  á,  suponer  en  las  inteligencias  ó 
númenes,  en  las  divinidades  gentílicas,  en  diversas  clases 
de  ángeles  y  demonios,  en  nudtiplicidad  de  entes  incoq/)- 
reos  ó  monstruosos,  la  actividad  generadora  de  los  hechos 
y  fenómenos  preternaturales  ó  extraordinarios  cuya  expli- 
cación y  conocimiento  no  se  hallan  al  alcance  de  su  com- 
prensión ó  de  sus  sentidos.  En  todos  los  ])ueblos  primi- 
tivos aparece  el  antropomoríismo  poblando  la  naturaleza 
de  agentes  personificados  de  casi  idéntica  manera. 

Suponen  algunos  autores  que  la  personiíicación  de  las 
fuerzas  de  la  natnraleza  corresponde  á  una  ej>oca  |)oster¡or 
á  la  infancia  de  las  sociedades,  quienes  primitivanuMite  no 
pudiei'on  levantar  el  pensamiento  de  la  limitada  esfera  del 
antropomoríismo.  Pero,  biiMi  miradas  las  cosas,  el  antropo- 
morfismo ¿que  es,  en  suma,  >iiio  la  personificación  de  las 
fuerzas  de  la  naturale/a?  Al  pe!-soiu*ficarlas,  no  procede  el 
híuubi'e  jH'imitivo  por  vía  de  análisis  y  (1(>  abstracción,  sino 
vaga  é  intnitivanu'iite,  por  efecto   de   la    mieva    impresión 


134  SUPERSTICIONES  DEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

([ue  hwccn  en  su  luiiiuo  inculto  los  fenómenos  naturales. 
Las  inteligencias  6  potestades  superiores  que  forja  su 
mente,  ¿qué  son,  en  substancia,  sino  concepciones  antropo- 
niórticas  de  la  vida  del  mundo  físico?  Las  fuerzas  y  los 
resultados  de  las  fuerzas  constituyen  la  materia  de  todo 
género  de  pei'soniñcaciones.  La  magnitud  y  las  formas 
extraordinarias  de  ciertos  objetos  notables  de  la  naturaleza 
despiertan  espontáneamente  en  la  imaginación  la  idea  os- 
cura de  un  inmediato  y  poderoso  elemento  dinámico  que 
los  iuforma  y  los  anima;  y  de  ahí  la  personificación  de 
estas  ó  aquellas  montañas,  sierras,  quebradas  y  cerros,  de 
abismos  y  hondas  cavernas,  de  dilatadas  lagunas,  etc. 
Seres  conscientes,  generalmente  monstruosos,  dotados  de 
cuaHdades  y  de  afectos  ó  pasiones  semejantes  á  las  que 
al  hombre  caracterizan,  han  sido  el  molde  más  común  en 
que  han  fundido  sus  impresiones,  ante  el  espectáculo  de 
la  naturaleza,  los  pueblos  primitivos. 

Los  cerros  y  lugares  breñosos  medianamente  elevados 
llaman  la  atención  del  hombre  campesino.  La  tradición  de 
que  en  ellos  han  solido  hallarse  minas  y  tesoros,  le  hace 
sospechar  que  encierran  los  medios  de  sacarle  de  pobre,  si 
la  fortuna  ú  otras  causas  naturales  ó  extraordinarias  le  fa- 
cilitan su  adquisición.  Ofrecen  á  sus  ojos  y  á  sus  oídos  fe- 
nómenos varios  que  le  suspenden  y  maravillan:  llamaradas, 
estruendos,  voces,  bramidos,  estremecimientos,  ayes.  Un  es- 
píritu, un  ente  sobrenatural,  fantástico,  los  informa  ó  vive 
en  ellos.  Son  lugares  encantados. 

ííenchidos  con  la  substancia  metalífera  cuya  fuerza  cal- 
dea sus  entrañas  y  dotados  de  individualidad,  reúnen,  para 
el  hombre  primitivo  y  el  vulgo  ignaro,  las  condiciones  pro- 
pias de  los  seres  organizados.  I^as  piedras  que  sirven  de  ci- 


CAPÍTULO  xr.  135 

miento  y  ni'mMzon  á  la  sierní,  niontnñ;i  ó  cerro,  forman  los 
huesos  y  musculatura  del  monstruo:  la  tierra  «juc  los  relle- 
na, compone  su  carne:  los  filones  y  vetas  metálicas  equiva- 
len á  sus  nervios  y  sus  venas  :  las  ju'ofundas  cavernas  nnies- 
tran  sus  ne<i;ras  bocas.  Tienen  asimismo  un  alma  :  la  madre 
(Irl  oro,  \^  fuerza  de  ¡a  tierra,  como  si  dijéramos  el  foco 
de  su  sensibilidad  y  sus  ideas ^^\  Por  eso  se  olíscrva  que  d 
monstruo  se  enoja  y  tiembla  con  furor,  estreméeesc  con  de- 
lirio, ¿rrí//¿  a  de  ira,  y  que  estalla  con  estrepito  (tronando  y 
relampagueando )  el  concentrado  fuego  de  sus  pasiones  •-^. 
Los  isleños  de  la  Española  ó  Santo  Domingo  personi- 
ficaban la  región  de  (jue  eran  poseedores.  Creían  que  la 
isla  estaba  dotada  de  organismo  viviente:  (pie  respiraba, 
comía  y  digería  como  lo  hacen  los  animali's.  Tno  de  los 
efectos  fisiológicos  de  la  ultima  de  dichas  funciones  vitales, 
tenía  su  órgano  a})ropiado  en  una  cueva  insondable  y  mis- 
teriosa que  del  lado  del  mar  ostentaba  la  isla'". 


(1)  Entro  luinero:;,  madre  del  oro  es,  ?o<íÚii  el  P.  InTiiabó  Cobo, 
el  meUil  (coinininieiite  cohre  ó  plata)  con  i\\\v  sale  mezclado  el  oro. 
( Historia  del  Xncro  Miimlo. ) 

Tomóle  ciertas  piedras  doradas,  fiiie  eran  como  Jiiadrcs  de  oro,  que 
por  tiempos  todas  se  convirtieran  en  oro  >  etc.  (El  Cronista  Antonio 
de  Herrera,  hiendas  de  Indias:  Historia  (¡en.  etc.) 

El  vuljío  desmaterializa  más  el  siirnificado  d.-  la  expresión.  í^os 
indios  del  Perú  decían  (pie  el  sol  criaba  todas  las  cosas  y  que  les 
daba  mailrr.  (Fray  Bartolomé  de  las  Casas,  J)r  las  Anfiíjaas  (trufes 
del  Pera,  public.  i)or  I).  M.  Jiménez  de  la  Espada.") 

(2)  <  Cuando  caían  malos  (alude  á  los  indios  del  PoiiT,  vn  aquel  lu- 
gar decían  que  la  tierra  estaha  e.'iojada,  y  derranjaban  ebicha  y  quema- 
ban ropa  para  aplacarla.  ^  (El  Licenciado  Fernandodc  Santillán,  lielarion 
del  Oriíjru  //  (íohirrno  de  los  Incas,  en  la  obra  7Vr.s-  ¡íi  hirionfs  de  Anfi- 
güedades  I^eruanas  \n\\)\\ci\ihi-i  \)ov  d  Ministerio  de   l'nmcnio,  .Ma«lr¡d.) 

(ii)  Pe;lro  ^í:í^lil•  de  Anulcría,  Famtrs  Histtnicas sobre  (  olón  //  Amé- 
rica dadas  á  luz  y  traducidas  por  el  l)r.  D.  Joaquín  Torres  Asensio. 


136  supfnjSTicioxES  del  rio  de  la  plata. 

Plinio  el  Antiguo,  nacido  el  año  23  de  la  era  cristiana, 
compuso  con  toda  la  elevación  de  espíritu  que  permitían 
los  escasos  conocimientos  científicos  de  sn  época,  nna  his- 
toria natural  que  vino  á  ser  harto  famosa.  Valióle  el  so- 
brenombre de  Xaiiiraltsta.  Considerando  el  globo  terrá- 
queo en  los  más  notables  productos  y  fenómenos  que  pre- 
senta :  en  los  volcanes  que  fiamean  y  rngen,  en  las  fatídi- 
cas cavernas  cuyas  exhalaciones  embriagan  é  inf anden 
el  don  de  adivinación,  en  los  tesoros,  en  las  piedras  pre- 
ciosas, en  las  aguas  medicinales,  en  tantas  otras  cosas  que 
maravillan,  pregunta:  ¿qué  causa  pueden  tener,  si  no  se 
mira  en  todo  ello  la  divinidad  de  la  naturaleza,  que,  espar- 
cida por  doquier,  bajo  infinitas  formas  varias  se  mani- 
fiesta ?^'^^ 

La  ciencia  contemporánea  ha  querido  ver  representada 
la  vida  orgánica  en  el  planeta  que  habitamos  y  en  el  uni- 
verso todo,  tendiendo  á  identificarla  con  la  de  los  seres 
propiamente  animados.  La  vida  del  globo  terráqueo  (y  la 
del  universo)  redúcese  á  una  esfera  exclusivamente  mate- 
rial: fenómenos  puramente  físicos  y  acciones  ó  reacciones 
químicas,  movimiento,  concurso,  oposición  y  equilibrio  de 
fuerzas.  En  este  sentido,  el  universo,  los  millares  de  milla- 
res (le  numdos  que  le  componen  diseminados  en  el  espacio, 
todos  los  seres  que  los  pueblan  y  todos  los  fenómenos  que 
en  ellos  se  manifiestan,  hállanse  dotados  de  vida,  sujeta  á 
un  solo  y  único  principio  informante  (el  movimiento,  se- 
gún algunos)  en  el  orden  material,  así  como  único  y  solo 
es  (la  soberana  esencia)  el  de  quien  emana  todo  lo  que 
existe  en  el  mundo  del   espíritu  y  de  la  materia.     Como 

(1;    C.  Pliiiü  SecuiKÜ  Naturalis  IJislorice  líber  II. 


cAPÍTrr.o  xr.  137 

principio  originario  de  todas  las  cosas,  como  creador  de  to- 
das las  cosas,  cabe  decir  que  el  ser  divino  se  halla  virtual- 
niente  en  ellas.  La  misma  idea  de  Plinio,  que  descubría  en 
todas  las  cosas  á  la  divinidad  difnndida  ])or  la  níitnraleza 
y  manifestítndose  de  mil  maneras  admii'ables,  no  se  ale- 
jara, en  tal  concepto,  desciu-tada  toda  idea  de  i)anteísmo, 
de  la  noción  cierta  del  mundo  y  del  universo.  Alejase  de 
ella  el  concei)to  de  (piien  contempla  en  la  causa  primera, 
no  un  ente  espiritual  consciente  superior  á  la  naturaleza, 
sino  un  m(!ro  principio  activo,  despojado  de  personalidad, 
que,  transformando  fuerzas,  produce  inmediatamente  todo 
cuanto  existe  en  el  universo. 

Filósofos  y  geógrafos  antiguos,  equi])arando  á  la  vida 
del  cuer|)o  en  los  seres  animados  la  del  globo  terráqueo, 
hanse  propuesto  hallar  en  este  órganos  similares  ii  los  que 
poseen  los  primeros  pai-a  ejercer  las  funciones  j)r()pias  clel 
organismo.  Solino  ( C.  JuUtis  Solinuí^),  (pie  en  el  siglo 
tercero  de  nuestra  era  escribió,  siguiendo  y  extractando  a 
Plinio,  si  bien  con  algo  de  su  cosecha,  una  descripción  de 
la  tierra ^'\  preséntala  á  modo  de  ser  viviente  y  le  pone 
unas  narices  en  el  fondo  del  ( )eéano.  Así,  las  mareas,  el 
tliijo  y  el  reílnjo  del  mar,  representa,  en  la  economía  del 
mundo,  el  fenómeno  lisiológico  de  la  respiración  ejercida 
por  sus  pulmones. 

T.a  magia  y  la  rirnda  ocuUa,  en  (|Uc  aquella  se  funda, 
considci'an  al  liombi'e,  al  animal,  á  la  planta,  al  globo  te- 
rrá(pieo,  al  sistema  [>lanetario,  á  los  intinitos  numdos  tpie 
ruedan  })or  el  espacio,  como  una  serie  de  cdulaa  del  uni- 


(l)     De  Siiu  ct  Mirabilihus  Orhis.  VA  primitivo  nomlnv  de  la  obra 
era  Polijhistoria. 


13S  SUPERSTICIONES  DEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

verso,  catla  una  de  las  cuales  encierra  análogos  elementos 
do  vula  orgánica,  enlazados  entre  sí  por  un  principio  único 
(juc  pone  todo  en  perfecta  armonía  y  correspondencia.  Este 
concepto  de  la  vida  universal  es  la  base  de  los  razona- 
mientos por  analogía  en  que  apoya  sus  inducciones  y 
deducciones  la  ciencia  oculta^^"*. 

El  oro  y  la  plata  son  los  productos  de  la  tierra  que  más 
determinadamente  representan  la  riqueza  en  el  sentido 
vulgar  (no  cientíñco  6  económico)  de  la  expresión.  Las 
riquezas  suscitan  en  la  imaginación  la  idea  del  oro  y  de 
la  plata,  metales  que  el  descubrimiento  y  conquistas  de 
America  hicieron  aún  más  famosos  y  significativas.  Pues 
bien,  el  oro  y  la  plata  encierran,  para  el  vulgo,  un  elemento 
dinámico,  (pie  á  la  j)ar  con  el  químico,  producen  el  fuego 
y  el  estruendo  misteriosos  que  forman  el  ejicanto  de  los 
cerros  y  serranías.  La  madre  de  los  metales,  la  fuerza  de 
la  tierra,  responde  á  un  encantamiento,  á  un  oculto  y 
misterioso  hervir  de  la  naturaleza. 

Encantos  y  personificación  de  las  fuerzas  de  la  natura- 
leza son  conceptos  imaginarios  á  que  el  vulgo  ha  vinculado 
las  riquezas  que  el  suelo  encierra.  El  terreno  pedregoso  y 
generalmente  elevado  que  las  contiene,  á  parte  de  ser  á 
veces  en  sí  mismo  un  lugar  personificado,  alberga  seres  fan- 
tásticos de  varias  formas  aterradoras  ó  demonios  subte- 
rráiieoH.  Estos,  entre  otros  ministerios  de  que  están  en- 
cargadíjs,  custodian  los  tesoros  ocultos.  Las  propias  ma- 
neras de  manifestarse  que  el  vulgo  atribuye  á  la  madre  de 
los  metales  nativos,  á  las  minas  de  oro  y  plata,  hálla- 


(1)     Traiié  Mdthodique  de  Science  Occulle  por  Papus.   Lettre-Pré- 
face  de  Ad.  Fraiick,  de  l'Li.stitut. 


CAPÍTULO  xr.  139 

las  también  su  iinaginacióii  cu  los  tesoros  escoudid(js  p(n* 
la  mano  del  liomljre,  como  talegas  de  onzas  ó  alhajas  y 
otros  objetos  de  subido  valor.  El  encanto  unifica  las  cau- 
sas y  los  efectos.  En  uno  y  otro  caso  trátase  de  rique- 
zas, que  los  espíritus  (leíicndcn  contra  atrevidas  manos  co- 
diciosas ^  ^  \ 

El  concepto  que  el  hombre  pi'imitivo  foija  en  su  imagi- 
nación de  los  fenómenos  y  objetos  naturales  diversifícase 
en  cada  país  ó  nación  conforme  á  las  particularidades  de 
su  cosmogonía  y  de  sus  mitos,  pero  conservando  sus  carac- 
teres primordiales.  Mauritanos  y  etíopes  tenían  sus  ceiTos 
ha])itados  de  seres  fantásticos.  Por  la  noche  fuegos  varios 
iluminaban  sus  cumbres  y  sus  laderas:  rústicas  Haut^is, 
acompañadas  de  })anderos  ó  adufes  y  de  sonajas,  hacían 
oir  de  lejos  dulcísimas  melodías  que  nunca  oíd(js  humanos 
overan.  Un  mediano  cerro  había  en  África,  en  la  Libia, 
que  suponían,  i)or  su  forma,  sepulcro  de  Anteo,  gigante 
nacido  de  la  diosa  Cibeles  ó  Gea  (personificación  de  la 
tierra).  Era  un  tirano  á  (juicn  nadie  se  atrevía.  Hércules, 
suspendiéndole  en  alto  á  fin  de  (jue  no  recibiera  del  suelo 
las  fuerzas  que  le  constituyeran  invcncii)le,  ahogóle  entre 
sus  l)raz()s.  Cuando  algún  codicioso,  allegándose  al  cerro 
encantado,  extraía  de  él  algún  ol)jeto,  desencadenábase  una 
tempestad  (jue,  con  el  })avor  (pie  infundía,   le  obligaba   á 


(1)  «Las  niina^  de  este  cerro  i^del  Potosí)  no  fueron  labradas  on 
tiempo  de  los  Incas,  que  fueron  señores  del  Perú  antes  de  entrar  los 
españoles....  I^a  causa  debió  de  ser  no  tener  noticia  de  ellas;  ann- 
que  oíros  vurnfun  no  sr,  qnr,  fálmln  :  i¡ur  tiuisicron  hihrar  aquellas 
miuas,  ij  Olieron  rirrfas  roces  que  (leñan  á  los  indioa  (¡ue  no  íoi'asen 
allí,  que  estaba  aqarl  cerro  quanlailo  jtara  otros. »  ^^  VA  P.  Josó  de 
Acosta,  Historia  Xatural  y  Mural  de  las  Indias.) 

11. 


140  SUPERSTICIONES  DEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

dejarlo ^^^  Ho  allí  un  cerro  que  se  enoja,  como  dicen  en  el 
Eío  de  la  Plata  de  los  que  relampaguean  y  truenan  y  bra- 
vian, cuando  alguno  se  les  acerca  ó  intenta  extraer  de 
ellos  ¡os  tesoros  que  esconden  ó  guardan  en  su  seno  y  en 
sus  antros,  habitados  de  gigantes,  de  negrillos  y  de  mons- 
truos diversos,  y  de  los  cuales  salen  voces,  gritos,  ayes  y 
melodías  indecibles.  Análogo  concepto  formaban  del  oro  y 
sus  minas  los  indígenas  de  otras  regiones  americanas.  Cre- 
yeron los  de  Tierrafirme  que  el  oro  contenía  una  deidad, 
sin  duda  emanada  del  sol,  á  quien  adoraban.  Las  altas 
montañas  de  Dabaida  proceden  de  una  divinidad,  que, 
cuando  se  enoja,  manifiesta  su  ira  por  medio  de  ti'uenos  y 
de  relámpagos.  De  más  es  decir  que  tales  regiones  encerraban 
opulentas  minas  de  oro  y  abundancia  de  piedras  pre- 
cíosas  --' . 

La  madre  del  oro,  ó  de  la  plata,  la  madre  de  los  me- 
tales, se  traslada  á  veces  de  un  punto  á  otro,  ó  se  va, 
como  dicen,  á  la  manera  del  alma  que  se  separa  del  cuerpo 
de  un  ser  viviente  que  ha  llegado  al  término  de  su  existen- 
cia, que  la  ha  ya  completado.  Despréndese,  por  consecuen- 
cia, del  foco  en  que  actuaba,  para  ir  á  dar  forma  á  otros 
elementos  apropiados  á  su  tendencia,  ó  para  volver  al  seno 
de  la  naturaleza,  al  centro  ó  fuente  de  que  provino.  Por  eso, 
cuando  se  observan  en  un  cerro  ó  serranía  esas  llamara- 
das, esos  ruidos  misteriosos,  y  esos  sacudimientos,  que  se- 
mejan á  los  últimos  alientos,  á  las  convulsiones,  al  estertor 


( 1 )  Compendio  fleooráfico  ó  Il/stúrico  del  Orbe  ÁJiiigno  según 
Pompoyo  Mela,  tniduc¡(Jo  é  ilustrado  por  D.  Jusepc  Antonio  González 
de  Sala>.  Edición  Sancha. 

(2)  Pedro  Mártir  de  Anglería,  Fuentes  Históricas  sobre  Colón  y 
América  trad.  por  el  Dr.  D.  Joaquín  Torres  Asensio. 


CAPITULO  xr.  111 

de  un  moríbundo,  dice  la  <;'cntc  del  campo  que  la  madre 
del  oro  se  va,  ó  que  y>«.srt  de  un  liujar  d  otro^^K  A  las 
veces  la  madre  del  oro  se  escapa,  antes  de  (pie  el  cerro  se 
lialle  henchido  del  precioso  metal  que  alimenta.  Y  hay 
ocasiones  en  que  no  se  aleja  para  siempre  del  luiíar  de  (pie 
se  desprendiera;  sino  que,  al  cabo  de  cierto  tiem[)0,  Aiielve 
allí  y  continua  manifestándose  por  los  propios  medios  pre- 
ternaturales con  que  antes  de  su  ida  maravillaba  á  los  tran- 
seúntes. Un  ser  viviente  (jue  ^inn  no  ha  alcanzado  su  com- 
pleto desarrollo  y  })erfecci6n,  suele  morir  por  causas  extra- 
ñas al  orden  natural  y  progresivo  de  su  existencia;  y  la 
madre  que  informa  los  metales  subterráneos,  suele  ejer- 
cer su  actividad  alternativamente  en  uno  v  otro  luírar,  en 
este  y  en  acjuel  cerro  encantados.  Muchas  veces  han  visto 
los  vecinos,  y  no  vecinos,  de  los  cerros  de  Yarao,  salir  de 
él  y  dirigirse  hacia  los  tres  cerros  de  la  Cruz,  en  Corrien- 
te:?, la  madre  del  oro.  Otras  tantas  veces  los  vecinos,  y 
no  vecinos,  de  los  cerros  de  la  Cruz  la  han  visto  despren- 
derse de  ellos  y  encaminarse  en  direccitai  á  los  de  Yarao, 
desde  cuyas  respectivas  cumbres  se  divisan  uno  y  otros. 
Ve  y  señala  la  imaginaciíai  vulgar  una  zanja,  cubierta,  con 


(1)  Kl  historiador  Fray  Juan  tío  Toriiuciiiada,  que  escrilu'ti  en  una 
época  en  que  naturalmente  era  desconocida  la  hipótesis  dtd  fuego  cen- 
tral del  globo,  relativamente  á  los  volcanes  y  á  otros  fenómenos  te- 
rrestres, así  como  la  más  moderna  teoría  de  las  acciones  químicas, 
caloríHcas  y  diiuínncas,  expl¡('ái)ase  de  este  modo:  «  Teniro  para  mí 
que  hay  luirares  que  tienen  propiedad  de  atraer  á  sí  exlíalaeiones  so- 
cas y  cálidas,  y  esas  se  convierten  i^w  fuo<ro  y  v\\  lunn«>,  y  con  la  fueraa 
d(í  ellas  lanzan  tamhién  otra  materia  irruesa  (jue  se  resuelve  en  ceniza 
ü  en  pi(>(lra  pómez  ó  semejante.  Y  que  esto  sea  así,  es  indicio  bas- 
U\nte  el  echar  á  tiempos  el  humo,  y  no  siempre,  y  á  tiempos  fuep\ 
y  no  siempre;  porque  es  según  lo  (luo  ha  podido  atraer  y  digerir.» 
(Monarquía  Indiana.) 


142  SUPERSTICIONES  DEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

el  andar  do  los  años,  de  un  pasto  amarillento,  que  formara 
el  tcijuijagud  (otros  dicen  que  una  serpiente  de  tres  ca- 
bezas) en  un  viaje  que  hizo  desde  el  cerro  de  Yarao  á 
los  cerros  de  la  Cruz.  Hace  unos  cincuenta  anos  reventó 
con  gran  estrépito  un  cerrito  de  los  muchos  que  contiene  el 
quebrado  territorio  del  Uruguay.  ¿Cuál  seríala  causa?  La 
madre  del  oro,  que  se  fué  para  el  Brasil,  en  cuya  direc- 
ción iban  las  llamaradas  que  despidió  al  dar  el  estampido. 
Cuando  el  tiempo  se  descompone,  ó  á  mediodía  en  los  de 
mucho  calor,  es  la  ocasión  en  que  los  susodichos  fenóme- 
nos, sobrenatm-ales  para  el  vulgo,  se  verifican. 

Enójanse  los  cerros,  las  cordilleras  y  montañas,  los  ríos 
y  lagunas,  tronando,  estallando,  relampagueando,  encapo- 
tando con  nubes  el  cielo,  embraveciendo  las  aguas,  so- 
plando con  furor,  desencadenando  tempestades.  «  Muchas 
veces  me  han  querido  persuadir  los  naturales,  dice  el 
P.  Guevara,  que  no  llegue  á  tal  cerro,  monte  ó  laguna, 
porque  es  muy  bravo  y  sabe  enojar se.yy^^^  De  ahí  el 
nombre  de  cerro  Bravo  que  lleva  el  de  Ocompíes  en  la 
provincia  argentina  de  Santafé,  cuyos  habitantes  aseguran 
que  da  bramidos,  cuando  quiere  mudarse  el  tiempo  ^"^^ 
Y  de  ahí  tantos  otros  cerros  bravos  de  la  cuenca  del  Plata. 
El  de  Tafí  en  Tucumán  y  el  de  Famatina,  con  su  respec- 
tiva salamanca,  en  la  Rioja,  son  harto  mentados,  por  los 


(1)  Hist.  de  la  Conquist.  del  Parag.,  Rio  de  la  Plat.  y  Tucum. 

D.  Samuel  A.  Lafone  y  Quevedo,  aludiendo  al  modo  que  tienen  de 
exprenar^e  los  catamarqueíios  segini  las  creencias  vulgares,  dice  así: 
«Si  algún  afortunado  tiene  el  derrotero  que  le  indique  el  paradero  de 
ali^iui  tapado  6  rica  mina  por  aquellas  alturas,  ahí  está  el  cerro  que 
se  enoja,  brama  y  hace  que  se  descomponga  el  tiempo. »  (Londres  y 
Catamarca.) 

(2)  El  P.  Guevara,  obra  citada. 


CAPÍTULO    XI.  143 

nubarrones,  truenos  y  relanipa^íos  que  despiden,  cuando  se 
enojan.  Del  eerro  de  Faniatinu  sacaron  los  niinistros  de 
los  Incas,  según  tradición,  grandísimas  ricjuezas  de  oro  y 
plata.  En  su  laboreo  ocupábanse  millares  de  indios  comar- 
canos. Para  su  defensa  tenían  construidas  en  el  varias  for- 
talezas 6  pucaras,  en  las  que  resistieron  con  denuedo  á  los 
españoles  durante  largos  años.  Vano  fue  empero  el  es- 
fuerzo de  los  conquistadores;  pues,  auncjue  se  apoderaron 
del  codiciado  cerro  de  Famatina,  no  disfrutaron  de  sus  ri- 
quezas: los  magos,  al  a])andonarle  en  manos  de  los  enemi- 
gos victoriosos,  le  dejaron  encantado.  De  entonces  nuis  se 
divisan  á  lo  lejos  las  brillantes  vetas  de  oro  y  j)lata  (juc  á 
los  rayos  del  sol  manifiestan  la  opulencia  del  Famatina; 
pero,  en  acercándose  á  buscarlas,  desaparecen,  ó  bien  se  le- 
vantan horrísonas  tempestades  que  hacen  retroceder  al 
más  osado ^^\  En  medio  de  una  vasta  llanura  de  la  pro- 
vincia de  Salta  se  encaraman  dos  cerros  que,  por  su  forma, 
les  llaman  Pan  de  Azúcar,  denominación  (¡ue  los  conquis- 
tadores aplicaron  á  muchas  otras  eminencias  semejantes 
del  Nuevo  efundo.  Cuando  algún  transeúnte  (de  los  nuiy 
contados  que  á  ello  se  atreven)  intenta  cruzar  por  entre 
los  cerros  de  Pan  de  Azúcar,  ó  subir  á  sus  no  explo- 
radas cumbres,  tiend)lan  y  braman  espantosamente,  como 
si  un  monstruo  colosal,  escondido  en  sus  entrañas,  des- 
pertase y  se  revolviese  con  furor,  al  sentir  turbado  su 
sosiego^"-''. 

Corre  de  norte  á  sur,  desde  Tueumán  hasta  la  Kioja,  cru- 


(1)  Kl   I\  L(>/.:iiio,   llisf.ilrla  Coiuinist,    iJrl  ñim;/.,   líio  df  la  Plat. 
y  Tucum. 

(2)  Buenos  Aires  y  otras  rrovincins  Argentinas  por  T.  .1.  llutclun- 
son,  trad.  y  aiiot.  por  D.  T..  V.  Vanla. 


144  SUPERSTICIONES  DEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

zaiulo  Catamarca,  cuyo  valle  forma  con  la  sierra  de  An- 
casti,  la  famosa  de  Ambato,  que  aterra  con  sus  bramidos 
á  los  transeúntes.  Visiones,  gritos,  ayes  dolientes,  se  ven  y 
se  sienten  durante  la  noche  en  sus  laderas  y  en  sus  cum- 
bres. La  nevada  y  tormentosa  cordillera  de  Aconquija  es 
su  tronco  matriz,  ofreciendo,  como  éste,  altísimas  cumbres. 
Cuando  la  sierra  de  Ambato  brama,  tiembla  el  suelo  y  agí- 
tase la  atmósfera,  fenómeno  que  atribuyen  algunos  á  las 
reacciones  químicas  de  las  substancias  metálicas  que  sin 
duda  alguna  encierra  en  sus  entrañas.  Duda  el  P.  So- 
prano que  los  muchos  y  ricos  veneros  de  Ambato  sean 
siempre  la  causa  de  sus  estruendos  y  temblores ;  porque  en 
la  sierra  Grande  de  Córdoba,  donde  no  hay  indicios  de 
metales,  ha  sentido  bramar  y  moverse  el  suelo  de  la  propia 
suerte ^^l 

La  causa  verdadera  de  los  estremecimientos  y  bramidos 
de  que  se  trata,  no  es  otra  visiblemente  que  la  explosión  de 
gases  ó  vapor  de  agua  encerrados  en  las  cavidades  de  los 
cerros  y  de  las  sierras.  A  favor  de  determinadas  condicio- 
nes atmosféricas,  especialmente  de  la  humedad  y  el  calor, 
revienta  el  peñasco  hueco,  impulsado  por  la  dilatación  del 
agua  ó  gases  que  contiene,  á  la  manera  que  dicen  se  efectúa 
la  explosión  de  las  geodas  ó  cocos  ^~\ 

Las  causas  generales  de  los  temblores  y  terremotos,  lo 
serán,  á  veces,  de  aquellos  fenómenos,  y  en  muchos  casos 
producirá  el  ruido  y  sacudimiento  la  simple  caída  de  un 
peñasco.  Así  sucede  que  piedras  enormes  que  se  desgajan, 
y  que,  ahora  caen  á  ¡)lomo  de  una  altura  considerable,  ahora 


(1;    La  Virrjoi  dd  Valle  y  la  Conquista  del  Antiguo   Tucumán. 
(2)    Véase  Cap.  XXVI. 


CAPÍTULO  xr.  145 

se  precipitan  rodando  y  cliocand(j  contra  otras  semejantes 
que,  ó  bien  se  despedazan,  ó  bien  inmobles  resisten  el  golpe 
formidable  de  la  que  desciende,  haciéndola  saltar  y  revol- 
verse, producen  ruidos  estrei)itosos  y  retumbantes  en  todas 
las  eminencias  escarpadas  de  constitución  peñascosa.  Cuando 
el  tiempo  se  descom[)one,  más  fácilmente  se  efectúa  el  de- 
rrumbe de  los  peñascos  agrietados,  á  favor  de  la  humedad 
y  el  calor,  por  su  propio  peso,  una  vez  que  las  aguas,  soca- 
vando su  apoyo,  los  dejan  en  falso.  El  estruendo  que  pro- 
duce el  derrumbe,  es  mucho  mayor  también  naturalmente, 
estando  carchada  la  atmósfera. 

El  Tronador  es  un  alto  monte  nevado,  cuya  ruidosa  de- 
nominación le  viene  del  espantoso  estruendo  que  produce 
con  frecuencia  la  constante  caída  de  los  aludes  que  se  pre- 
cipitan rodando  por  sus  laderas.  Hállase  el  Tronador  no 
lejos  de  la  laguna  ó  lago  de  Xahuelhuapí,  cuyas  aguas 
duermen  del  lado  oriental  de  los  Andes,  hacia  las  puntas 
del  río  Negro  de  Patagonia.  En  la  más  gi*ande  de  sus  islas, 
inmediata  á  la  orilla,  misioneros  jesuítas  establecieron,  á 
fines  del  siglo  decimoséptimo,  una  reducción  de  indios  puel- 
ches y  poyas,  que  poco  duró,  asesinados  los  intre[)idos  pa- 
dres é  incendiada  la  iglesia. 

Ha  sido  creencia  generalizada  en  el  Viejo  ^íundo,  y  por 
ende  en  el  Nuevo,  hasta  ya  nniy  avanzada  la  (nlad  mo- 
derna, que  los  grandes  ruidos  ó  truenos  y  la  aparición  de 
relámpagos  y  llamaradas  donde  y  cuando  no  podían  ordi- 
nariamente esperarse  unos  íenónienos  semejantes,  indica- 
ban, á  la  manera  de  los  cometas,  guerras,  sequías,  pestes  y 
otras  calamidades  entn^  los  hombres.  Mucho  [)reocuparon 
á  los  moradores  de  la  Ciudad  de  los  Reyes  (Lima)  dos 
formidables  truenos  (|U(\    Me(»nij)aíiados   de   s(»ndos   relám- 


146  SUPERSTICIONES  DEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

pagos  nunca  vistos  por  lo  fuertes,  se  sintieron  en  el  próxi- 
mo cerro  de  San  Cristóbal  el  ano  de  1G80^^-. 

Otro  género  de  sonidos,  sonidos  dulces  y  melodiosos, 
percibe  el  paisano  rioplatense  en  el  fondo  peñascoso  de  las 
aüuas  V  en  las  restingas  de  los  arroyos.  Música  de  arpas, 
de  órganos  y  de  guitarras  endulza  de  noche,  especialmente 
pocas  horas  después  de  la  caída  de  la  tarde,  el  ambiente  de 
las  costas  y  de  las  islas  donde  forma  su  cmicha  el  leñador 
ó  carbonero  ó  donde  el  vecino  de  la  comarca  arroja  el  largo 
aparejo'-^  tranquilamente  sentado  en  la  alta  pesquera.  La 
gente  campesina  ve  en  ello  el  encanto  que  infaliblemente 
acompaña  á  todo  hecho  extraordinario  é  inexplicable  á  sus 
ojos. 

Alejandro  de  Huml^oldt,  navegando  el  Orinoco,  oyó  de- 
cir á  todos  los  del  país  que  á  ciertas  horas  del  día  se  sen- 
tían salir  de  los  peñascos  ruidos  extraños.  Inquiriendo 
por  sí  mismo  lo  que  en  ello  hubiese  de  verdad,  pudo  con- 
vencerse de  que  no  se  trataba  ya  de  una  preocupación  cam- 
pesina, sino  de  un  hecho  real  y  verdadero.  Ex23lícale  del 
modo  siguiente.  Las  peñascosas  moles  ó  restingas  están 
llenas  de  hendiduras  tan  delgadas  como  profundas.  Cal- 
déanse  durante  el  día.  Entre  48''  y  70°  varía  el  calor  que 
adquieren,  calculándose  en  28''  el  del  aire  ambiente.  Fácil- 
mente se  concibe  (pie  la  diferencia  de  temiDcratura  entre  el 
aire  subterráneo  y  el  exterior  llegue  á  su  máximum  hacia 
la  salida  del  sol,  cuando  menos  próxima  está  la  hora  del 


( 1 )  £1  Dor.  D.  Diego  Andrés  García,  Tratado  del  Origen  de  los 
Indios  del  Perú  etc.  ( carta  al  fin  ). 

('!}  Instrumento  de  peí-cn,  que  con>¡?«te  en  un  brannante  de  diez  ó 
quince  brazas,  con  uno  ó  más  anzuelos  en  la  punta.  Sobre  la  voz  can- 
cha véase  Vocahnlario  Rioplatense  por  el  autor. 


CAPÍTULO    XL  147 

mayor  calor  del  día.  Esos  sonidos  semejantes  á  los  de  un 
órgano  que  aplicado  el  oído  á  uii  peñasco  se  sienten.  ;.  no 
serán,  por  lo  tanto,  el  electo  de  una  corriente  de  aii-e  (pie 
sale  por  las  hendidiuas?  El  roce  del  aire  con  las  hojuelas 
elásticas  de  la  mica,  (|ue  interceptan  las  liendiduras,  ¿no 
contribuirá  á  modificar  los  sonidos?  Creíble  }>arece  que  los 
antiíí;uos  habitantes  del  Eiripto,  que  incesantemente  subían 
y  l)ajal)an  el  Xil(>,  hayan  licclio  en  la  Tebaida  la  misma 
observación  que  los  moradores  del  (Jrinoco,  dando  luiíar  á 
las  farsas  de  los  sacerdotes  con  la  estatua  de  Memnon.  El 
aire  que  durante  el  día  se  caldeara,  escápase  de  noche  por 
los  resquicios,  produciendo  los  cantos  de  que  los  viajeros 
dan  noticia.  Huidos  semejantes  hanse  observado  en  las 
])layas  del  Océano.  ]\raniíiestanse  precisamente  en  el  j)unto 
y  hora  en  (jue  apunta  el  día  y  cierra  la  noche,  como  si  con 
armonías  sobrenaturales  (pusiera  algún  genio  de  las  aguas 
saludar  á  la  aurora,  cuando  apareces  y  consolarnos  de  la 
ausencia  del  sol,  con  la  esperanza  de  su  retorno,  cuando  se 
ha  se})ultado  en  el  hoi-izonte^*l 

Pero  ;;([ué  mucho  que  los  cerros  se  estremezcan  y  bra- 
men, si  una  piedra  desnuda,  sola,  vive  y  crece  como  si  fuera 
una  planta?  Parece  que  l^emóci'ito,  filósofo  griego  (pie  se 
reía  de  todo,  y  (pie  ])or  tanto  dcbín  de  reírse  á  carcajadas 
de  liis  maravillas  de  los  magos,  se  proj)Uso  demostrar  (pie 
las  cosas  (pie  más  tenían  de  soi)renaturales  á  los  ojos  del 
vulgo,  no  eran  sino  fenómenos  debidos  á  las  propiedades 
ocultas  de  los  cuerpos.  Por  consiguiente  la  magia,  para  De- 
mócrito,  consistía  en  la  aplicación  de  las   l(>yes  de  la  nalii- 


(1)     Mf/sfirrs  (ifs  Srirurrs  Orcidlrs  por  I  ii   liiilit'.  Tmiís.    Lilíinirie 
lllustréo. 


148  SUPERSTICIONES  DEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

raleza,  en  vas  obras  presentaba  extrañamente  modificadas 
a  la  vista  del  hombre  ignaro.  Supuso  el  valiente  filósofo 
que  las  piedras  tenían  un  alma  vegetativa.  Sabios  natura- 
listas, como  Tournefort  y  Lineo,  que  en  el  siglo  decimoc- 
tavo ilustraron  las  ciencias,  admitieron  como  j)Osible  el  su- 
puesto crecimiento  de  las  piedras. 

Creencias  análogas  tiene  el  vulgo  americano,  las  cuales 
enlaza  con  otras  naturalmente  imbuidas  de  misterio  en  re- 
giones pobladas  de  almas  en  pena  y  fantasmas.  En  Co- 
rrientes de  la  Argentina,  á  pocas  leguas  de  la  ciudad  de 
^lercedes,  vendo  de  Curuzú-Cuatía,  osténtase  en  una  caída 
del  terreno  una  piedra  de  forma  piramidal,  que  hace  como 
una  cintura  á  un  par  de  varas  de  su  base.  Llamante  Ita- 
cupú,  voz  guaraní,  que  significa  piedra  alta.  Su  altura 
será  de  unos  cinco  6  seis  metros;  el  ancho,  de  unos  dos 
metros.  Asegura  el  vulgo  que  esa  piedra  se  cina,  crece; 
y  añade  que  se  ven  luces  y  apariciones  en  torno  de  ella: 
que  primitivamente  fué  una  cruz,  labrada  ó  puesta  allí  por 
los  jesuítas  ó  teatinos,  y  que,  después  de  la  expulsión  de 
estos  solícitos  misioneros,  á  medida  del  crecimiento  fue- 
ron desapareciendo  y  ocultándose  sus  formas,  de  que  aun 
quedan  patentes  indicios.  Las  piedras  carecen  de  vida  or- 
gánica, y  por  lo  mismo  no  pueden  desarrollarse  como  los 
vegetales  y  animales,  ni  crecer  por  intususcepción,  to- 
mando y  asimilándose  interiormente  los  elementos  nece- 
sarios para  el  efecto.  Pueden,  sí,  aumentar  de  volumen  por 
yuxtaposición,  como  todo  mineral;  pero,  hallándose  en  la 
superficie  de  la  tierra,  expuestas  á  la  acción  de  las  aguas  y 
al  natural  desmedro  por  otras  causas  exteriores,  antes  lle- 
garán á  empeíjueñecer  y  extinguirse,  que  á  adquirir  mayo- 
res proporciones.  Sólo  que  las  aguas,  arrastrando  la  tierra 


CAPÍTL'LO    XI.  149 

que  rodea  la  partc^  inferior  de  una  piedra,  la  hatean  apa- 
recer cada  vez  mas  alta  y  vohnninosa.  Entonces,  para  el 
ánimo  ya  preocupado  con  la  idea  del  crecimiento,  día  á 
día  irá  siendo  mayor  la  (•()r])nlencia  de  la  animada  j)iedra 
misteriosa.  Esto  es  lo  (iiiu  en  todo  caso  sucederá  con  la 
famosa  Itapucú  de  Mercedes. 


CAPITULO  XII. 

E  ntierros   y    guacas. 


Sumario.  —  Lugares  encantados.  —  Tesoros  escondidos  ú  ocultos:  mi- 
nas, entierros,  tapados,  guacas.  —  Guardianes  de  tesoros.  —  Supues- 
tos tesoros  de  los  jesuítas.  —  Casa  Manca  de  Mbororé.  —  Casa  blanca 
del  valle  de  Catamarca.  —  El  secreto  eterno:  cuento  misionero.— 
Destrucción  de  las  Misiones  por  los  portugueses.  — Castigo  del  cielo 
padecido  por  un  soldado. —  El  cuadrante  de  la  Cruz. —  Espíritus 
elementales  de  la  tierra.— 6^no???o.9.  — Los  enanos  de  Europa  re- 
partiendo con  parsimonia  las  riquezas  de  la  tierra. —  Prodigalidad 
de  los  salamanqueros  del  Río  de  la  Plata.  —  Trabajadores  de  mi- 
nas: criaturas  muertas  sin  bautizar.  —  Za/¿orie5.  —  Los  rayos  invi- 
sibles de  Roentgen  ante  el  tribunal  del  Santo  Oficio.  —  Proce- 
sos de  varios  brujos  zaharíes.  —  Zaharíes  modernos.  —  Rique- 
zas reales  y  riquezas  supuestas  del  Nuevo  Mundo.  ~  Entierros  y 
almas  en  pena.— Fuerzas  naturales.  —  Creencias  vulgares  enlaza- 
das con  ellas.  —  Doctrinas  científicas  bosquejadas  por  los  españo- 
les de  la  época  subsiguiente  al  descubrimiento  de  América. —  La 
magia  y  la  ciencia  ante  la  naturaleza. 


Raro  es  el  cerro  peñascoso  y  escarpado,  desde  la  cor- 
dillera de  los  Andes  hasta  las  comarcas  del  Uruguay,  Pa- 
raná y  Paraguay,  que  no  tenga  su  salamanca  ó  cueva 
encantada,  que  no  encierre  considerables  riquezas  de  oro 
y  plata  en  sus  entrañas,  que  no  se  embravezca  y  dé  bra- 
midos estrepitosos,  que  no  presente  en  su  cumbre  algunos 
negrillos  que  desaparecen  á  los  ojos  del  que  curioso  se 


CAPÍTULO   xir.  151 

les  acerca,  que  no  emita  luces  y  resplandores  que  á  veces 
iluminan  una  vasta  extensión  de  territorio.  Aprensiones 
son  éstas  generales  en  toda  la  America,  sin  duda  nin- 
guna, como  que,  habiendo  traído  su  origen  de  Europa, 
hallaron  terreno  fértil  y  a[)ropiado  en  (pie  arraigar  y  desen- 
volverse ^  ^  \ 

Tesoros  naturales,  que  consisten  en  ricas  minas  de  oro 
y  ])lata  descubiertas,  pero  generalmente  ignoradas  de  los 
hombres,  ó,  sino,  tesoros  escondidos,  con  cuyo  paradei'o 
nadie  atina,  están  custodiados  por  gigantes  y  por  serpien- 
tes, amén  de  hallarse  rodeados  de  otras  particularidades 
que  se  oponen  al  intento  del  temerario  que  los  busca.    El 


(1)  «Durante  las  guerras  entre  moros  y  cristianos  que  asolaron  este 
país  (España)  por  espacio  de  algunos  siglos,  las  ciudades  y  los  casti- 
llos estaban  expuestos  á  cambiar  repentinamente  de  dueño,  y  sus  ha- 
bitantes, mientras  duraban  los  bloqueos  y  los  asaltos,  se  veían  preci- 
sados á  esconder  su  dinero  y  sus  alhajas  en  las  entrañas  de  la  tierra, 
á  ocultarlo  en  las  bóvedas  y  pozos,  tal  como  se  hace  hoy  día  en  los 
despóticos  y  bárbaros  países  de  Oriente.  Cuando  la  exi)ulsión  de  los 
moriscos,  muchos  de  ellos  escondieron  también  sus  mas  preciosos  obje- 
tos, creyendo  que  su  destierro  sería  solamente  temporal  y  que  ellos  vol- 
verían y  recuperarían  sus  tesoros  en  el  porvenir.  Se  ha  descubierto 
casualmente  algún  que  otro  dinero,  después  de  pasados  algunos  siglos, 
entre  las  ruinas  de  fortalezas  y  casas  moriscas;  habiendo  bastailo  unos 
cuantos  hechos  aishidos  de  esta  clase  para  dar  pie  á  un  sinnúmero 
de  narraciones  fabulosas  sobre  tesoros  ocultos.  ■» 

«Las  historias  que  de  aquí  brotan  tienen  generalmente  cierto  tinte 
oriental,  y  participan  de  esa  mezcla  de  árabe  y  cristiano  que  parece 
característico  en  las  cosas  de  España,  especialmente  en  las  provincias 
del  mediodía.  Las  ri(iuezas  escondidas  han  de  estar  casi  siempn»  bajo 
la  influencia  mágica,  ó  guardadas  por  encantamientos  y  talisnianes,  y 
algunas  veces,  defendidas  por  horril)les  luoii^triios  ó  tiero--  <lragones, 
ó  bien  por  moros  encantados  (pie  >e  iialhm  maravillosamente  vestidos, 
con  sus  férreas  armaduras  y  desnudas  las  espadas;  pero  inmóviles  como 
estatuas  y  h.aciendo   una  desvelada   guardia  durante    nuichos    siglos.» 

(Washington  Irving,  Cuentos  de  l<i  Allianihm,  trad.  por  I).  José 
Ventura  Traveset.  (rranada.) 


152  SUPERSTICIONES  DEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

tesoro  oseoiulido,  eoinúiiineiite  se  llama  entierro.  En  las 
provincias  argentinas  qne  están  situadas  entre  la  cordillera 
de  los  Andes  v  los  ríos  Paraná  y  de  la  Plata,  llevan  el 
nombre  quichua  castellanizado  de  huacas  ó  guacas  los  te- 
soros que,  durante  las  conquistas  del  Perú  y  de  Chile,  se 
supone  escondieron  ú  ocultaron  las  gentes  de  la  tierra  que 
rindieran  vasallaje  al  Inca.  La  voz  huaca,  entre  los  in- 
dios del  Perú,  tenía  diversas  acepciones,  que  regularmente 
envolvían  la  idea  de  cosa  adorable  ó  sagrada.  Explícalas 
el  Inca  Garcilaso  en  sus  Comentarlos.  También  dicen  ta- 
pados los  arribeños  á  las  guacas  y  á  todo  entierro  ó  te- 
soro escondido.  El  primero  de  estos  nombres  procede  del 
que  los  nuevos  pobladores  daban  á  las  minas  que,  ha- 
biendo sido  ya  beneficiadas  ó  descubiertas  en  tiempo  de 
los  Incas,  estaban  ocultas  ó  tapadas,  por  diligencia  de  los 
naturales,  que  intentaban  sustraerlas  á  los  ojos  de  los  es- 
panoles  ^^l 

En  el  Perú  enterraban  los  caciques  y  personas  principa- 
les en  cerros  hechos  á  mano,  llamados  i'áxnhién  guacas.  Eran 
altos:  de  veinte  ó  treinta  varas  y  aun  mayores.  Con  los  cuer- 
pos de  los  difuntos,  enterraban,  según  su  costumbre  y  con- 
forme á  sus  creencias  sobre  la  vida  futura,  multitud  de  útiles 
y  muebles  que  les  habían  servido  en  su  primera  existencia 
terre  lal,  entre  ellos,  y  principalmente,  alhajas  de  oro  y  pie- 
dras preciosas.  Había  asimismo  cerros  artificiales  diputa- 
dos para  adoratorios  ó  templos,  donde  sacrificaban.  Dis- 
púsose en  tiempo  de  los  Incas  que  los  templos  del  sol  se 


(1)  «S¡  la  iniíia  está  en  cerro  nuevo,  se  le  da  al  descubridor  una 
mina  de  sesenta  varas,  y  si  es  tapada,  del  tiempo  de  ios  reyes  Incas,  se 
le  da  de  ochenta.»  (El  P.  Bernabé  Cobo,  Historia  del  Nuevo  Mundo.) 


CAPÍTULO  xir.  153 

edificasen  en  los  lugares  niits  eminentes.  Si  a  inmediacio- 
nes de  la  ciudad  en  que  debían  ser  edificados,  no  se  ha- 
llase, por  ser  tierra  llana,  una  altura  conveniente  al  intento, 
formábase  un  cerro  artificial  y  en  su  cumbre  se  establecía 
el  adora  torio  ^^\ 

Hacíase  el  enterramiento,  con  todo  secreto,  en  lugar  re- 
cóndito. Confia l)ase  únicamente  á  algún  deudo  6  amigo  de 
los  más  graves  y  reservados,  á  la  vez  que  más  ancianos, 
como  (|ue  su  próxima  desaparición  del  lunnero  de  los  vivos 
alejaba  más  y  más  la  posibilidad  de  (pie  llegare  á  oídos  de 
nadie  la  noticia  del  escondr¡j(j.  Tal  entierro,  que  acompa- 
ñaban además  con  mazorcas  de  maíz  y  otros  géneros  de 
alimentos,  respondía,  como  queda  insinuado,  á  la  creencia, 
dogmática  entre  ellos,  de  que  los  muertos  habían  de  resu- 
citar corporalmente  en  el  nnmdo.  Las  prendas,  riquezas, 
íitiles  y  comidas  que  ponían  en  la  sepultura  con  el  cuerpo 
del  difunto,  estábanle  reservadas  para  el  día  de  la  resurrec- 
ción, á  fin  de  que,  en  la  nueva  vida  terrenal  (pie  le  espe- 
raba, no  careciese  de  lo  necesario  conforme  á  su  (.'on- 
dición.  A  los  Tucas  difuntos  dábanles  de  comer  y  beber, 
como  si  estuviesen  vivos  todavía,  mediante  ciertas  cere- 
monias, de  los  productos  de  chacras  y  ganados  especial- 
mente administrados    por   caniaijos.    Xo  siemlo  persona 


(1)  Kl  Inca  Oarcilaso  de  la  Vt'^^ji,  Comentarios  líenlrs  del  Perú. 
Fray  Bartolomé  do  las  Casa-^,  7V  las  Anfi;/nas  (icntcs  del  Prrá,  pu- 
blic.  por  D.  M.  Jimérioz  do  la  E>p:»d;i.  I>.  Jorji»  Juan  y  I).  Antonio 
de  Ulloa,  liclariñn  llistñrirtí  ilrl  Vinji  ti  la  Anti  rna  Mt  ritliona!  Iniho 
de  ordrn  dr  S.  Maif. 

Llaüiaban  hitaras  (en  el  I*ei ú  ^  e>t<i>  ttMiiplos  ó  a<iorator¡o3  y  eii- 
tierrojj,  y  aun  á  los  ídolos  y  fifruras  que  en  ellos  se  adoraban.  I).  Juan 
de  Solórzano,  Pol'dica  Indiana.) 


154  SUPERSTICIONES  DEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

de  alta  jerarquía,  el  entieiTO  se  hacía  simplemente  en  el 
suelo  ^  ^  \ 

Los  españoles,  tan  luego  como  tuvieron  conocimiento  de 
estas  cosas,  se  dieron  a  buscar  tesoros  escondidos.  El  ánimo 
de  los  nuevos  pobladores  estaba  ya  predispuesto  á  ello, 
como  que  la  tema  de  buscar  tesoros  escondidos  era  antigua 
y  general  en  Europa.  Moros  encantados  y  sierpes  volado- 
ras los  custodiaban  en  España.  Entes  fantásticos  y  ser- 
pientes ó  víboras  ^^'  custodian  asimismo  hoy  día  las  gua- 


(1)  <^Los  mayores  y  má-!  ordinarios  tesoros  que  se  suelen  buscar 
y  hallar  en  las  Indias,  así  de  la  Nueva  España  como  del  Perú,  son 
los  que  se  sabe  y  la  experiencia  ha  mostrado  que  hay  en  los  templos 
ó  adoratorioá  y  entierros  antiguos  de  los  indios,  cuya  costumbre,  como 
lo  reíicren  los  Padres  Acosta  y  Torquemada  y  otros  autores,  era  ha- 
cer las  figuras  de  sus  falsos  dioses  de  plata  y  oro,  y  servirles  con  va- 
jiHas  y  ofrendas  riquísimas  de  lo  mismo  (especialmente  los  mejicanos), 
y  enterrar  á  los  que  morían  (y  más  si  eran  de  los  principales)  con 
muchas  joyas,  piedras  y  atavíos,  por  ricos  que  fuesen.  Y  lo  que  juz- 
gal)an  ser  necesario  para  ponerles  casa  en  el  otro  mundo  y  servicio 
igual  al  que  tuvieron  en  éste;  para  lo  cual  enterraban  ó  quemaban 
también  con  ellos  sus  mujeres  y  sus  criados.»  (D.  Juan  de  Solór- 
zano,  Política  Indiana.) 

« Y  cada  uno  de  los  reyes  Ingas  dejaba  todos  sus  tesoros  y  hacienda 
y  renta  para  sustentar  el  adoratorio  donde  ponían  su  cuerpo,  y  lo  mismo 
hacían  otros  indios  principales  y  particulares,  cada  uno  según  su  posible. 

Y  les  ponían  plata  y  oro  en  la  boca,  en  las  manos  y  en  los  senos;  y  cu- 
raban y  conservaban  los  cuerpos  muertos  con  tanta  curiosidad,  que  per- 
manecían enteros,  sin  oler  mal  ni  corromperse,  más  de  doscientos  años. 

Y  yo  doy  fe  de  híiber  visto  algunos  y  las  grandes  huacas  ó  entierros 
de  los  valles  de  Trnjillo,  Pachacama  y  Chincha,  y  otras  que  están  en 
medio  de  sus  llanos.  Y  arrimados  y  sobrepuestos  unos  sepulcros  á 
otros  (que  los  hacían  de  tapias  de  barro  pintadas  y  labradas  por  den- 
tro y  fuera ),  vienen  á  ocupar  tanto  sitio  en  largo,  ancho  y  alto,  que 
parecen  nniy  grandes  montes.»     {VA  mismo  autor,  en  la  obra  citada.) 

(2)  D.  Sanmel  A.  Lafone  y  Quevedo  supone  que  la  ideado  las  ví- 
boras en  los  tesoros  escondidos  es  superstición  proveniente  de  las  po- 
blaciones indígenas  del  Tucumán.  Véase  su  obra  Londres  y  Catamarca. 


CAPÍTULO  xir.  155 

ca.y  y  fapadoH  de  la  Rioja,  Cataniarca,  Tucuináii,  Santiago 
y  demás  comarcas  argentinas  díjnde  se  supone  su  existen- 
cia. Porque  es  de  advertir  que  los  españoles,  buscando  y 
rebuscando  tesoros,  encontraron  lí  millaradas,  en  lugar  de 
oro  y  plata,  desengaños;  mas  esto  no  bastó  para  desarrai- 
gar del  espíritu  la  idea  de  hallar  cosas  de  gi*an  valórenlos 
entierros. 

Presume  Teófilo  Braga  que  la  tradición  relativa  á  mo- 
ras encantadas  procede  de  una  mala  inteligencia  del  voca- 
blo mahra  ó  niahr  con  que  en  los  pueblos  del  norte  de 
Europa  sedesigna  al  espíritu  infernal.  Añádase  á  esto  (dice) 
que  la  idea  de  los  tesoros  enterrados  es  el  tema  fundamen- 
tal de  las  epo})eyas  germánicas,  y  se  reconocerá  que  aquella 
tradición  ¡)ortuguesa  (peninsular)  tiene  Origen  de  los  pue- 
blos del  Norte.  En  las  tradiciones  portuguesas  (y  lo  propio 
en  las  españolas)  las  inoras  (y  moros)  encantados  son  los 
guardianes  (muy  comunmente)  de  los  tesoros  escondidos  ^ '  \ 
Sigue  este  parecer  D.  Marcelino  Menendez  Pelayo,  atribu- 
yendo á  la  voz  celtii  niahva  ó  nialir  hi  significación  de  un 
cierto  espíritu  y  también  demonio  íncubo  ^-\ 

La  violenta  expulsión  de  los  jesuítas  decretada  por  Car- 
los III  (lió  mayor  pábulo  á  la  idea  lija  del  })r()bable  ha- 
llazgo de  tesoros.  Supónese  erradamente  (pie  los  jesuítas 
escondieron,  al  tiempo  de  la  expulsión,  grandes  riípiezas. 
Ignora  el  vulgo  (pie  los  padres  (1(>  la  C()nq)añía,  en  Misio- 
nes, fueron  sorprendidos  en  sus  camas,  y  sin  permitírseles 
tomai"  ninguna  disposición,  ni  habla i-  con  nadi(N  ni  siquiera 
despedirse  de  sus  neóíitos,  se  les  condujo  hasta  Montevi- 


(1)  K¡)n])ras  (la  Rara  Moí^iirabe  ( Ilisforia  da  Pocsia  Purtuijucxa). 

(2)  Historia  de  los  Heterodoxos  Españoles. 

12. 


15G  SUPERSTICIONES  DEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

deo  V  Buenos  Aires,  donde  los  embarcaron  para  Europa. 
De  modo  que  aunque  hubiesen  tenido  riquezas,  no  hubie- 
ran podido  esconderhis.  Pero  el  hecho  es  que  en  los  de- 
rruidos pueblos  de  las  antiguas  Misiones  hay,  por  todas 
partes,  junto  á  los  arboles  más  añosos  y  á  los  ruinosos 
muros,  pozos  excavados  por  los  mismos  vecinos,  que,  pro- 
vistos de  una  ¡hiedra  de  toque  en  que  examinan  cualquier 
cacharro  que  desentierran,  nunca  pierden  la  esperanza  de 
sacar,  cuando  no  un  talego  de  onzas,  algún  cojDÓn  ó  ban- 
deja de  oro  ó  plata  macizos  que  los  saque  de  pobres.  Por 
eso  mismo,  en  medio  de  los  inmensos  bosques  que  pue- 
blan una  parte  considerable  del  territorio  de  Misiones  se 
halla,  según  las  ii)iaginaciones  tradicionales  de  sus  habi- 
tantes, la  casa  hlafica  sin  j^uertas  ni  ventanas  (sin  vanos) 
de  Jlbororc,  donde  los  jesuítas  expulsos  encerraron  los 
riquísimos  tesoros  que  poseían. 

Casa  blanca  encantada  hubo  otra  en  el  antiguo  Tucu- 
mán.  El  audacísimo  impostor  que  con  el  nombre  usurpado 
de  Pedro  Bohorques  Girón  intentó  primeramente  engañar 
á  los  ^'irreyes  del  Perú  conde  de  Chinchón  y  marqués  de 
Mancera,  al  presidente  de  la  Peal  Audiencia  de  la  Plata  ó 
Charcas  y  al  gobernador  de  Chile,  diciéndose  descubridor 
del  país  de  la  Sal  y  del  opulento  imperio  de  Paitití,  pasó 
después,  huyendo  de  la  justicia,  al  oriente  de  los  Andes, 
por  la  cordillera  de  Chile,  y  fué  á  dar  á  Tucumán.  Hizo 
creer  á  los  indios  calchaquíes  del  valle  de  Catamarca  que 
era  él  uno  de  los  descendientes  legítimos  de  los  antiguos 
monarcas  del  Perú  y  que  se  llamaba  Gualpa  Inga.  Con- 
siguió luego,  seguido  de  un  acompañamiento  de  curacas 
que  lo  reverenciaban  como  rey,  que  los  españoles  diesen 
crédito  á  sus  patrañas,  en  las  que  figuraba  la  existencia  de 


CAPÍTULO  xir.  157 

riíjuísimas  minas,  tesoros  ó  huacas,  y  de  una  casa  blanca 
donde  los  Incas  escondieran  sus  inmensas  riquezas  al  tiempo 
de  la  conquista.  Este  celebre  aventurero  puso  á  la  postre 
en  serios  apuros  el  dominio  español  en  Tucuman,  acabando 
por  morir  ahorcado  en  1()04'^'. 

Las  riquezas  de  los  jesuítas  que  se  suponen  escondidas 
en  la  rasa  blanca  de  Jlbororé,  nunca  existieron.  Las  hubo, 
sí,  que  brillaron  en  la  majestad  de  sus  templos.  Tal  era  el 
empleo  que  en  especial  tenían.  El  resto  era  enviado  á  Eu- 
ropa para  los  fines  de  su  instituto.  Las  minas  de  que  sa- 
caban estas  riquezas  no  se  hallaban  en  los  cerros,  en  los 
peñones  ni  debajo  de  tierra,  sino  en  los  brazos  de  los  in- 
dios reducidos.  La  madre  del  oro  y  de  la  plata,  en  Misio- 
nes, era  la  product(^ra  fuerza  del  ti'aljajo  aplicado  con  mé- 
todo y  esmero  á  la  ganadería,  al  beneficio  de  la  yerba  del 
Paraguay  y  á  la  labranza.  La  ley  suprema  (pie  allí  regía, 
era  la  caridad.  Basta  saber  que  los  jesuítas  fueron  sustituí- 
dos  en  las  Misiones  por  franciscanos,  dominicos  y  merceda- 
rios,  y  cuando  alguno  de  estos  religiosos  se  distinguía  por 
sus  virtudes,  decían  de  él  los  pobres  indios:  2)arece  tui 
padre   de   la  ('oinixiñía. 

Había,  hace  años,  en  la  Cruz  (antiguo  pueblo  misio- 
nero, hoy  de  Corrientes)  una  eliina  nniy  vieja,  (pie  decía 
haber  ayudado  á  esconder  muehas  ricjuezas  de  los  padres 
misioneros.  Acordábase  perlecta mente  del  sitio  donde  ha- 
bían sido  enterradas;  pero  nunca  (pliso  manifestarlo,  por 
más  que  la  trabajaron  en  ese  sentido  amigos  y  deudos:  te- 
mía que  se  cumpliese  la  predicción  que  á  tal  respecto  le 
habían   hecho  los  padres.    Dijéníule:    <t  (.inania  religiosa- 

(1)    Lozano,  'Conquist.  tUl  I\mi(j.,  Rio  de  la  Pial,  y  Tucum. 


158  SUPERSTICIONES  DEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

mente  el  secreto  de  que  sólo  tú,  después  de  nosotros,  eres 
depositaría.  Ten  sabido  que,  cuando  intentares  revelarlo,  la 
divina  providencia  castigará  tu  infidelidad  con  la  muerte.  » 
Las  chinas  misioneras  tienen  mucha  fe,  y  respetan  gran- 
demente la  palabra  del  sacerdote.  La  anciana  cruceña,  ade- 
más de  temer  el  castigo  del  cielo,  era  una  mujer  buena  de 
su  condición.  Pero  esta,  misma  bondad,  unida  al  menoscabo 
que  los  años  habían  causado  en  sus  facultades  mentales, 
como  (]ue  no  contaba  menos  de  una  centuria,  á  juzgar  por 
su  aspecto  y  por  los  hechos  que  refería,  la  indujo  á  condes- 
cender con  las  instancias  de  los  solicitantes.  Un  sujeto. 
Acuña  de  apelhdo,  que  servía  el  cargo  de  juez  de  paz  en  el 
pueblo  de  la  Cruz,  considerando  vanos  los  temores  de  la 
vieja  misionera,  tomó  sobre  sí  la  empresa  de  hacerla  hablar. 
Sabiendo  que  tenía  un  hermano  al  norte  de  las  Misiones, 
puso  empeño  en   averiguar  su  paradero.  Dio  con  él,  y  le 
mandó  un  recado,  pidiéndole  que  viniese  á  la  Cruz.  Fué  á 
la  Cruz  el  indio.  Eateróle  Acuña  de  lo  que  su  hermana  de- 
cía, ofreciéndole  comprarle  una  casa  en  el  pueblo  y  una 
chacra  en  los  alrededores,  si  conseguía  persuadirla  con  bue- 
nas razones  á  que  descubriese  el  escondite.  Prestóse  el  indio 
á  ello,  y  después  de  muchas  idas  y  venidas  obtuvo  de  su 
hermana  la  promesa  de  que  le  revelaría  el  secreto  cuando 
estuviese  por  morir.  Pasó  uno  y  otro  año  sin  que  la  china 
misionera,  aunque  longeva,  diese  señales  de  estar  próxima  á 
la  muerte.  Impacientes  su  hermano  y  Acuña  volvieron  á 
instarle  sobre  el  asunto.  Entonces  la  misionera  prometió  á 
Acuña  revelarle  el  secreto.  —  «Pero  lo  haré,  dijo,  de  aquí  á 
tres  días.  »  A  los  tres  días  enfermó  de  pronto  la  china 
vieja.  Acudieron  los  vecinos.  Halláronla  ya  muy  mala,  ago- 
nizante; pero  todavía  podía  hablar,  y,  con  palabras  entre- 


CAPÍTULO    XI I.  159 

cortadas,  oyeron  que  decía: — Acu/la  .  .  .  .  Acuna.  .  .  Co- 
rrieron á  llamar  á  Acuña,  para  que  recibiese  de  labios  de 
la  moribunda  la  noticia  del  escondrijo.  Acudió  presuroso 
Acuña,  acercóse  it  la  moribunda,  hablóle ....  La  mori- 
bunda pronunció  con  voz  apagada  y  apenas  perceptible  el 
nondjre  de  xVcuña,  exhalando  en  sus  brazcs  el  ultimo  sus- 
piro: faltóle  aliento  para  revelar  el  secreto ^^\ 

El  pueblo  de  la  Cruz,  así  como  otros  varios  de  las  Mi- 
siones de  la  costa  occidental  del  Unisruav,  fue  arrasado 
el  año  de  1817  por  el  general  portugués  Francisco  das 
Chagas,  enviado  al  efecto  ^-^  por  el  marques  de  Alégrete, 
gobernador  de  Kío  Grande  del  Sur  (Brasil).  Incendió  Cha- 
gas  los  edificios,  cautivando  y  pasando  á  cuchillo  los  habi- 
tantes: hondjres,  mujeres  y  niños.  Las  riquezas  mas  pre- 
ciosas de  los  templos  incendiados  fueren  conducidas  á 
Porto  Alegre  y  de  allí  enviadas  en  su  mayor  parte  á  Río 
Janeiro.  Sesenta  y  cinco  arrobas  portuguesas  (1,040  kilo- 
gramos), en  vasos  sagrados,  candelabros,  lustros,  coronas, 
etc.,  de  plata  maciza,  llegaron  a  Porto  Alegre ^"^  Kn  el 
acto  de  saquear  una  iglesia,  uno  de  los  soldados  de  Cha- 
gas  divisó  en  lo  alto  del  retablo  del  altar  mayor  unos  ricos 
pendientes  qu(»  adornaban  la  imagen  de  Nuestra  Señora. 
«Aquella  china  vieja,  dijo  el  .^oblado,  no  precisa  de  a([ue- 
llos  pendientes:  voy  á  sacárselos.  »  En  seguida  subió  por 


(1)  Acuna  y  otros  te.<t¡<ío.>  del  lucho  n-firioron  d  í'Mx^  al  autor  tui 
el  mismo  pueblo  de  lii  Cruz. 

(2)  El  objeto  (1(1  Marqués  de  Aleixrete  era  impedir  que  el  (Ten(^- 
ral  Artiíras,  recientemente  derrotado  i>or  los  portujíueses,  pudiese  re- 
hacer sus  fuer/.as  en  los  pueblos  de  Misiones.    , 

(8)  Mémoire  Ilistorique  sur  la  Drnuirnrr  el  la  Jxuiur  des  Missions 
des  Jcsidtcs  (lans  Ir  Ihssin  dr  la  Plata  por  V.  Martín  de  Mouss}'. 


160  SUPERSTICIOXES  PEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

la  e.-^ealera  lateral  del  altar  en  que  estaba  la  imagen.  Pero, 
al  ir  á  arrancar  los  pendientes,  sintió  de  repente  un  dolor 
tan  fuerte  en  lo  interior  del  cuerpo,  que,  no  pudiendo  sos- 
tenerse, cayó  rodando  por  los  peldaños  de  la  escalera.  So- 
brevivió tres  años  a  este  suceso,  sufriendo  terribles  dolo- 
res que  los  recursos  de  la  ciencia  no  pudieron  mitigar:  lo 
que  se  tuvo  como  un  castigo  del  cielo ^'\  Entre  las  ruinas 
del  pueblo  de  la  Cruz,  quedó  en  pie,  sustentando  un  cua- 
drante, una  elegante  columna  estriada,  que  lleva  en  su 
cornisa  la  siguiente  inscripción:  xí  Soh's  Ortu  Usqiie  Ad 
Occasum   Laúd  ahile  Est  N  ornen  Domini.  1729^^\ 

Los  antiguos,  entre  la  multitud  de  seres  imaginarios  de 
que  poblaron  el  mundo,  pusieron  los  grifos,  monstruos  que 
tenían  el  cuerpo  y  patas  de  león  y  la  cabeza  y  alas  de 
águila,  que  respectivamente  representan  la  fuerza  y  la  agi- 
lidad, símbolo  de  la  vigilancia,  por  lo  que  solían  grabar 
uno  en  los  sepulcros  y  urnas  funerarias,  cuyos  restos  cus- 
todiaban. Los  grifos  extraían  el  oro  de  las  entrañas  de  la 
tieiTa.  I^os  arimaspos,  naturales  de  la  Moscovia,  que  tenían 
sólo  un  ojo  en  medio  de  la  frente,  trabajaban  de  continuo 


(1)  Historia  da  Repiiblica  Jesuitica  do  Paraguay  pelo  conego 
J.  P.  Ga,v,  Vigario  de  San  Borja  das  Missoes  Brasileiras.  Río  de  Ja- 
neiro. 

(2)  Un  gobernante  de  Corrientes  se  propuso  trasladar  á  la  Capi- 
tal do  la  provincia  el  cuadrante  de  la  Cruz.  Para  el  efecto  se  valió 
de  un  sujeto  que  se  comprometió  á  hacerlo  por  la  suma  de  seiscien- 
tos pesos  fuertes.  Tomó  ésto  una  maromn,  amarróla  por  un  extremo 
á  la  columna  del  cuadrante  y  prendió  del  otro  diez  yuntas  de  bueyes. 
Luego,  á  fuerza  de  picana  (aguijada),  hizo  que  los  bueyes  tirasen  á 
todo  tirar.  Felizmente  la  columna  (toda  de  una  piedra)  permaneció 
inmóvil.  Gracias  á  olio,  conserva  hoy  la  Cruz  el  proííiado  monumento 
hi.-tórico  (juo  marcó  las  horas  que  estuvieron  ardiendo  las  llamas  en- 
cendidas por  la  mano  feroz  de  Chagas. 


CAPÍTULO  xrr.  161 

por  arrebatarlos  los  codifijidos  tosoros  on  fiinosa  irnoiTa 
inacabable  ^^\ 

A  los  ojos  (le  antií¡::iias  escuelas,  componíase  el  mundo 
de  cuatro  elementos:  aire,  tierra,  fucuo  y  aí^ua.  Su  más 
pura  substancia  hállase  representada,  según  los  cabalistas, 
por  entes  de  forma  animada:  ^^alamandrcn^,  silfos,  ondinas 
y  gnomos  ( (jcnios  ó  espíritus  elementales  de  la  tierra). 
Las  salamandras,  en  fií^ura  de  laí:;artos,  habitan  las  rei^io- 
nes  del  fuego.  Los  silfos,  con  alas  de  mai'iposa,  puel)lan 
el  aire.  Las  ondinas  son  ninfas  que  oculta  el  fondo  de  los 
mares,  de  los  ríos,  arroyos  y  lagos.  Los  gnomos,  de  forma 
humana  como  las  ondinas,  pero  enanos  y  contrahechos,  es- 
condense  en  el  interior  de  la  tierra,  trabajan  en  las  minas 
y  custodian  los  tesoros  v  riquezas  subterráneas. 

Los  enanos  del  norte  de  Europa,  entretenidos  en  extraer  de 
la  tierra  metales  preciosos,  tienen  sus  fiestas  nocturnas  en 
ciertas  épocas  del  año.  Acaso  sea  en  la  primavera;  porque 
en  la  primavera  celebra  sus  fiestas  nupciales  la  naturaleza. 
A  la  luz  de  la  luna  (como  las  vizcachas  en  el  Kío  de  la  Plata) 
danzan,  juguetean  y  chillan  en  torno  de  los  gigantescos  dól- 
menes y  menhires  que  levantara  el   esfuerzo  de  los  celtas. 

Los  enanos  tudescos  y  bretones  dan  á  los  visitantes  oro 
y  plata.  Repártenle  con  parsimonia,  castigando  la  avaricia 
del  pedigüeño:  al  (pie  tiende  la  mano,  le  dan  un  [)uñado; 
pero  al  que  trae  una  bolsa,  lo  sacan  á  jnuitapiés.  Esta  cua- 
lidad de  la  eccmomía  en  la  distribución  de  los  dones  con- 
trasta con  la  numific(*ncia  del  .<alaman(juero  ric^platense, 
(pie  en  casos  id^^nticos  da  todo  lo  que  le  })idcn. 

Mancio  Sierra  de  Lc^guízamo,  uno  de  los  com¡)añeros  de 

(1)    C.  Plinii  Secumli  Xniuralis  llislorur  liber  XN'II. 


1(32  SUPEKSTICIONES  DEL  RÍO  DE  LA  PLATA. 

PizaiTO  que  pasaron  la  raya  que  éste  les  trazó  en  el  suelo 
con  el  \mñ'd\  señalándoles  el  lado  de  donde  les  esperaban 
los  trabajos,  el  lianibi'e,  el  dolor  y  la  muerte,  perdió  al 
juego,  en  la  misma  noche  en  que  le  tocara  en  el  reparto,  el 
sol  de  oro  y  piedras  preciosas  que  brillaba  con  los  rayos 
matinales  del  astro  del  día  en  el  testero  del  templo  del 
Cuzco.  De  allí  quedó  el  refrán,  aludiendo  al  derrochador: 
es  capaz  de  jugctr  el  sol  antes  de  que  amanezca.  Por  el 
estilo  de  Lesiuízamo  eran  oeneralmente  los  demás  soldados 
de  la  conquista  del  Nuevo  Mundo.  Los  hijos  de  los  espa- 
ñoles que,  dedicados  á  la  industria  y  al  comercio  con  pa- 
ciente economía  lograban  hacer  fortuna,  no  fueron  menos 
pródigos  y  rumbosos  que  los  conquistadores  de  ricos  impe- 
rios. El  resultado  de  esta  educación  y  conducta  era  que 
los  nietos  del  poblador  acaudalado  viviesen  pobres  y  sin 
hábitos  de  trabajo.  Tal  fué  el  origen  de  la  frase  prover- 
bial: joac/r^  mercader,  h^'jo  caballero  y  nieto  'pordiosero. 
Con  gente  de  esta  índole,  el  salamanquero ,  ó  guardador  de 
tesoros,  no  podía  observar  la  parsimonia  usada  por  los 
gnomos  ó  enanos  del  norte  de  Europa.  El  mismo  sala- 
manquero, ó  gnomo  criollo,  debió  particijoar  del  carácter 
general  de  las  naciones  donde  habitaba. 

Moran  también  en  las  cavernas  y  subterráneos  délas  re- 
giones septentrionales  de  Europa  las  criaturas  que  mueren 
sin  liaber  recibido  el  bautismo,  ocupadas  en  transportar  por 
sendas  innumerables  á  las  diferentes  partes  del  globo  los 
metales  y  piedras  preciosas.  Como  se  les  mira  con  plena 
indulgencia,  no  están  cerradas  para  esos  tiernos  penitentes 
las  puertas  del  paraíso.  Pero,  como  se  hallaban  en  estado 
de  pecado  venial  cuando  la  muerte  los  sorprendió,  han 
menester  purificarse,  antes  de  entrar  en  la  mansión  de  los 


CAPÍTULO  xir.  163 

bienaventurados,  trabn jando  en  las  Tuinas  durante  al<íunas 
centurias.  Una  luz  íjue  á  modo  de  lamparilla  emito  pálidos 
rayos  desde  su  frente,  es  el  alma  (pie  laniíuideee  por  efecto 
de  los  malos  pensamientos  que  la  enturbian.  El  arrepenti- 
miento la  hace  revivir,  comunicándole  su  virtud  salvadora  ^^\ 
Los  gnomos  riopíatenses,  los  salamanrjueros,  (jue  igual- 
mente viven  entre  las  piedras  y  cavernas  ó  lui^ares  subte- 
rráneos, suelen  aparecer  en  las  cumbres  de  los  cerros  en 
figura  de  negrillos:  solo  [)or  el  color  se  distinguen  de  los 
enanos  (pie  albergan  las  regiones  septentrionales  de  Europa. 
Donde  tal  sucede,  hay  salamanca  seguramente,  que  es 
como  decir  minas  y  tesoros,  (¿uien  tiene  suficiente  virtud  y 
constancia  para  entrar  en  una  salamanca,  obtiene  cuanto 
quiere  y  pide.  Algo  habrá  íla([ueado  durante  su  peregrina- 
ción por  los  extraños,  espantables  y  maravillosos  senderos 
que  conducen  al  interior  de  la  salamanca,  para  que  haya 
sido  desechada  su  pretensión.  A  quien  por  ventura  le  fal- 
tan las  fuerzas,  á  grandes  ])eligros  se  expone,  tal  vez  le 
esperan  tremendas  calamidades.  De  una  misteriosa  sala- 
manca, así  puede  uno  salir,  ó  regresar  al  mundo  real,  el 
más  feliz,  como  el  más  desgraciado  de  los  hombres.  Todo 
depende  de  la  fatalidad,  unida  á  las  pruebas  de  estoicismo 
y  méritos  del  peregrino.  Los  enanos  tudescos  y  bretones 
ofrecen  un  puñado  de  (U'o,  y  el  salamanquero  rioplatense 
otorga,  si  se  lo  piden,  la  facultad  de  reconocer  y  descubrir, 
sin  catear,  las  minas  (pie  oculta  el  suelo  ó  los  tesoros  que 
en  (''1  se  hallan  escondidos.  Pero  ¿(piien  se  atreve  hoy,  con 
ser  hoy  tan  codiciado  el  oro,  á  penetrar  en  una  .<alamancaf 
Ni   aun   á   trueipie   de   salir  de  ella   hecho   un   za/iorí,  se 

(1)     Lcgcndc  de  ln    Vicrge  de  Miinsfrr  por  Qiuitn'lles. 


164  SUPERSTICIONES  DEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

allana  nadie  á  soportar  las  pruebas  á  que  para  tal  efecto 
habría  de  someterse.  Por  eso  ya  no  se  ven  zahories. 

La  península  ibérica  alberga  en  su  seno  con  especialidad, 
y  envió  al  Xnevo  Mundo,  una  especie  de  brujos  que  llevan  el 
nombre  de  zaharíes ''^K  Son  personas  dotadas  de  la  envidia- 
l)le  facultad  de  ver  á  través  de  los  cuerpos  oj)acos,  de  descu- 
brir lo  que  está  oculto,  aunque  sea  debajo  de  siete  estados  de 
tierra.  Son  sus  ojos,  ojos  que  adivinan.  No  hay  paredes  ni 
capas  de  tierra  que  valgan:  todo  lo  penetra  su  vista  perspi- 
caz. Su  pi-incipal  oficio  es  descubrir  minas  y  tesoros.  La 
ciencia  vulgar  enseña  que  Dios  dispensa  esta  gracia  a  los 
que  nacen  el  día  de  viernes  santo ^-\  Sin  embargo,  debe 
de  ser,  antes  que  obra  de  la  divinidad,  artimaña  del  genio 
(k'l  mal.  Este,  á  fin  de  que  la  grey  cristiana  se  persuada  de 
que  el  zahori  no  es  otra  cosa  que  un  ministro  de  la  divini- 
dad, ha  ideado  el  engañoso  artificio  de  infundir  la  virtud  de 
clarificar  con  los  rayos  visuales  los  cuerpos  opacos  á  los  in- 
dividuos que,  á  parte  de  otros  favores,  nacieran  en  viernes 
santo.  Sucede  á  este  respecto  con  el  zahori  una  cosa  seme- 
jante a  lo  que  pasa  con  el  saludador,  que  nace  con  una  cruz 
en  el  paladar,  á  las  tres  de  la  tarde,  en  día  de  viernes  santo. 

Los  archivos  de  la  Liquisición  suministran  prueba  cierta 
é  indubitable  de  que  el  zahori  recibe  del  diablo  la  maravi- 
llosa facultad  de  ver  en  la  obscuridad  v  á  través  de  los  cuer- 


(1)  <'É?;te  es  embuste  endémico  en  España,  y  acaso  heredado  de 
los  moros;  pues  la  voz  %¿if/¿o?'z  parece  arábiga.»  (Feijoo,  Teatro  Crítico 
Universal.)  Zahori  es,  con  efecto,  voz  árabe  equivalente  á  geomántico, 
el  que  profesa  la  geomancia  (magia  y  adivinación  supersticiosa  por  los 
cuerpos  terrestres,  6  con  líneas,  círculos  ó  puntos  hechos  en  la  tierra). 
( Diccionario  de  la  Lengua  Castellana  por  la  Real  Academia  Española, 
12."  ed.) 

(2)  Feijoo,  Teatro  Critico  Universal. 


CAPITULO    XII.  165 

l^os  opacos.  El  fuego  y  la  luz  emanados  del  sol  que  el  indio 
adora,  los  cuales  tMiiiMéii  dchou  de  >^('V  una  de  las  fonnas 
y  disfraces  infinitos  c(jn  que  el  diahlo  oculta  su  figura  }>ara 
asond)rar  y  enloquecei"  al  mundo  con  invenciones  estu|)en- 
das,  lian  formado  sus  zahon'cx  ó  han  dado  a  los  hechice- 
ros los  rayos  invisibles  de  Eínití^en ' '  . 

Una  mulata  esclava,  de  nombre  alaría  Martínez,  declaro, 
en  Santiago  de  Chile,  ante  el  comisario  tlel  Santo  Oíiciu, 
que,  cuando  le  venía  en  deseo,  se  ponía  {\  mirar  el  sol  á 
mediodía  en  punto,  y,  puesta  en  cruz,  presentábase  á  sus 
ojos  el  cielo  abierto  y  el  esplendor  de  la  gloria,  viendo  el 
interior  de  los  h()ml)res  como  si  su  cuerpo  fuera  de  vidrio: 
en  suma,  que  era  zahori.  Estas  y  otras  gi'acias  le  valieron 
á  la  favorecida  mulata,  desnuda  de  medio  cuerpo  arriba, 
una  zurra  de  doscientos  azotes,  montada  en  bestia  de  al- 
barda,  por  las  calles  de  la  ciudad  y  á  voz  de  pregonero^"'. 

Hubo  en  Lima  otra  mulata  esclava,  Ana  María  de  Con- 
treras,  (pie,  j)resa  por  heeliieera,  confesó  su  delito.  Dijo  que 
un  rayo  la  había  partido,  quei laudo,  de  resultas,  zahori.  Para 
no  ver  los  difuntos  enterrados,  solamente  entraba  en  las  igle- 
sias los  viernes.  Como  (pie  debía  su  mai'avillosa  facultad 
al  calórico  y  luz  de  la  chispa  eléctrica,  el  color  imíjo,  (pie  re- 
presenta el  fuego,  era  materia  simpática  á  su  especial  virtud 
visiva.  Así,  dlax  mujeres  (jhc  vestían  faldellín  colorado, 


(1)  Kl  profesor  (íiiilloriMO  Conrado  Rontp;iMi,  de  Berlín,  acaha  de 
descubrir  una  nueva  forma  <le  rayt>s  luniinoríos  ¡nv¡<il)les,  que,  atrave- 
sando los  cuerpos  opacos,  permite,  «'iiíre  otras  aplicaciones  de  que  será 
susc{>ptil)le,  sacar  fotojíralías  del  interior  de  ellos  6  de  los  que  están 
del  lado  opu(\-to  al  en  que  se  halla  el  ejecutante.  De  aquí,  á  ver  en  la 
obscuridad,  no  parece  haber  inuclia  di^lancia. 

(2)  Ixclación  de  la  causa  tiryuiíhi  <i  Marta  Marlinfi  etc.  en  la  Ili^- 
torin  riel  Santo  Oficio  de  la  Inquisición  oí  Chile  por  I>.  J.  T,  Meiliiui. 


1G6  SUPERSTICIÜXJÍS  DEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

les  ría  todo  cuanto  tenían,  como  sí  estuviesen  en  pelota. 
Muchas  otras  ventajas  por  este  tenor  alcanzaba.  Salió  al 
auto  de  fe  celebrado  en  la  ciudad  de  los  Reyes  á  23  de  enero 
de  I  ()39,  con  las  insignias  de  hechicera,  coroza  blanca,  soga 
á  la  garganta  y  vela  verde  en  la  mano.  Abjuró  de  levi  j 
recibió  en  la  forma  acostumbrada  un  centenar  de  azotes  ^^^. 

La  procedencia  de  las  virtudes  del  zahori,  fuese  cual 
fuese,  no  sería  hoy,  como  no  lo  ha  sido  nunca,  un  obstá- 
culo insuperable  para  que  todo  bicho  viviente  le  utilizare 
en  su  constante  anhelo  de  atesorar  riquezas,  ora  á  intento 
de  gastarlas  con  la  misma  facilidad  con  que  se  adquirieron, 
ora  con  el  fm  de  pasar  una  vida  regalada,  ó  bien  por  el 
raro  placer  de  tenerlas  bien  guardadas  ó  escondidas  debajo 
de  tierra,  á  costa  de  andar  ¡cenando  después  de  la  muerte 
en  figura  de  luz  vagarosa,  hasta  que  un  feliz  mortal  halla 
el  entierro  ó  tapado  que  las  contiene  y  es  tan  caritativo 
que  separa  una  monedita  y  la  invierte  en  misas  rezadas  en 
sufragio  de  su  dueño.  La  dificultad  está  en  dar  con  un  za- 
hori (entre  el  infinito  número  de  ellos)  que  no  lo  deje  á 
uno  sin  camisa. 

El  día  menos  pensado  habrá  zaharíes  legítimos,  me- 
diante los  recursos  del  magnetismo.  El  estado  de  sonam- 
bulismo espiritualiza  los  sentidos  del  tacto  y  de  la  vista. 
La  visión  á  la  distancia  y  á  través  de  cuerpos  opacos  es 
una  cosa  suficientemente  comprobada  en  nuestros  días. 
Como  debajo  de  tierra  no  hay  luz,  será  muy  difícil  que  el 
hipnotizado  (pues  con  el  sonambulismo  natural  no  hay 


(1)  Auto  (h  fe  celebrado  en  Lima  el  23  de  enero  de  1830  etc.  por 
el  Licenciado  Fernando  de  Montesinos,  inserto  en  la  Historia  del  Tri- 
bunal del  Santo  Oficio  de  la  Inquisición  de  Lima  por  D.  J.  T.  Medina. 


CAPÍTULO    XII.  167 

que  contar  para  la  empresa)  pueda  ver  el  oro  y  la  plata 
que  se  hallan  escondidos.  Pero  la  ciencia  va  en  camino  de 
convertirse  en  magia,  por  lo  maravilloso  de  sus  inventos;  y 
no  sería  un  milagro  que  descubriese  el  modo  de  ver  en 
medio  de  la  más  profunda  obscuridad  impenetrable  á  las 
ondas  luminosas  necesarias  á  la  visión. 

En  la  America  del  Sur  tendrían  los  zahoria^  ancho 
campo  donde  ejercitar  sus  habilidades.  Yacen  en  ella  aún 
ocultos  los  inmensos  tesoros  que  enterraron  los  vasallos 
del  Inca,  y  éste  mismo,  á  la  entrada  de  los  españoles ^^^ 
Mayor  es  aún  la  certidumbre,  si  cabe,  de  las  cuantiosas  ri- 
quezas que  al  tiempo  de  la  expulsión  (año  de  1 708)  escon- 
dieron los  jesuítas,  quienes,  para  hacerlo,  han  debido  estar 
dotados  del  don  de  adivinanza,  como  que  los  pliegos  del 
conde  de  Aranda  permanecieron  cerrados  hasta  el  día  mismo 
en  que  el  gobernador  de  Buenos  Aires  marques  de  Buca- 
relli  procedió  á  ejecutar  las  órdenes  que  le  fueron  dadas  al 
efecto,  lo  que  verificó  con  tanto  celo,  que  ni  dejó  que  los 
prosélitos  ee  despidieran  de  sus  neófitos. 

Lo  que  sí  hay  de  seguro  es  que  durante  la  guerra  de  la 
independencia  y  el  período  de  las  civiles  se  escondieron 
muchas  cantidades  de  oro  y  plata  y  otros  objetos  de  valía. 
Tampoco  es  dudoso  que  el  subsuelo  americano  ocultii  abun- 
dantes minas,  (jue  á  veces  parece  como  ([ue  intentara  ofre- 
cerlas á  la  natural  codicia  en  cerros  medianamente  eleva- 


(1)  «S¡,  cuando  ciiiraroii  los  (v^pafiolos,  so  tliorau  i^\.x\\<  \w\\\\\\<  y 
tan  jírcsto  no  cjcciilaran  su  cruí'ldatl  cu  dar  la  uuierto  ;í  Atahuallpa, 
no  sé  qué  navios  bastaran  á  traer  á  las  Kspafias  tan  jjmndcs  tesoros 
como  están  perdidos  cu  las  cutianas  de  hi  tierra,  y  \\o)  estarán.  p<ir 
ser  ya  umertos  los  que  Jos  enterraron.»  (Crónica  del  l'crú  ¡xir  Pedro 
Cieza  de  León,  puhlic.  por  D.  Marco-  .Tiiuénez  de  la  Kspadn.) 


IGS  SUPERSTICIONES  DEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

dos.  Túvose  en  el  Perú  por  más  fácil  y  barato  armar  los 
soldados  y  herrar  las  cabalgaduras  con  plata,  que  no  con 
hierro.  Un  entendido  historiador  (Antonio  León  Pinelo) 
asevera  (}ue,  admitiendo  que  de  America  á  España  haya 
dos  mil  leguas,  hubiera  podido  hacerse  con  la  plata  que 
han  dado  las  Indias  un  camino  que  tuviese  caatro  dedos 
de  espesor  y  catorce  varas  de  ancho.  Asimismo  no  habrá 
que  echar  en  saco  roto  el  mucho  dinero  enterrado  aun  hoy 
día  por  personas  que  mueren  sin  dar  noticia  de  él  á  ningún 
cristiano 

El  alma  del  que  murió  sin  dar  noticia  á  nadie  del  dinero 
que  tenía  escondido  ó  guardado  en  tal  ó  cual  lugar,  anda 
penando.  Las  luces,  generalmente  azuladas,  que  se  suelen 
ver  de  noche  en  el  campo  y  en  los  alrededores  de  los  pue- 
blos, luces  que  se  levantan  del  suelo  y  que  á  corta  distan- 
cia de  é\  andan,  vuelven,  culebrean  alrededor  del  tronco  de 
un  árbol  y  al  cabo  se  desvanecen,  no  son  otra  cosa  que 
almas  en  pena.  ¿Y  cuándo  cesarán  de  penar?  Cesarán  de 
penar,  cuando  algún  afortunado  cristiano  halle  el  entierro 
ó  tapado,  y  con  parte  del  dinero  que  haya  sacado  de  él 
mando  decir  unas  misas  por  el  alma  de  su  dueño.  Hay 
quien  pone  un  papel  y  lápiz  en  el  sitio  en  que  aparecen  las 
luces  ó  en  que  el  alma  que  anda  penando  se  manifiesta  por 
medio  de  otros  fenómenos  extraordinarios,  como  golpes, 
silbidos,  ayes  ó  lamentos,  á  fin  de  que  escriba  en  él  lo  que 
desea  é  indique  el  lugar  en  que  está  escondido  el  dinero 
que  en  vida  enterrara. 

El  hombre,  desde  la  infancia  de  la  humanidad,  ha  con- 
templado siempre  el  astro  majestuoso  y  resplandeciente, 
que  disipando  las  sombras  de  la  noche  da  calor  y  alegría 
al  mundo,  como  á  un  ser  personal  que  guarda  en  su  seno 


CAPÍTULO    XIÍ.  109 

las  causas  de  la  vida  y  de  las  mutaciones  que  experimenta. 
El  fuego  y  la  luz  lianle  revelado  en  todas  partes  la  exis- 
tencia de  un  poder  creador  ó  transformador  de  la  materia. 
El  movimiento  y  el  ruido  sigiiiíicaron  la  acción  y  la  voz 
de  las  fuerzas  de  la  naturaleza,  que  se  atraen,  se  repelen, 
ahora  combaten  entre  sí  formando  una  confusión  de  ele- 
mentos, ahora  se  unifican  6  se  asocian  y  dan  origen  á  va- 
riadas V  nuevas  formas  de  vida.  Allí  donde  ha  encontrado, 
ó  supuesto  existir,  una  reunión  de  fuerzas  productoras  de 
las  transformaciones  cjue  la  niatrria  le  ofrece,  hale  parecido 
ver  con  los  ojos  lo  que  descubría  con  la  mente:  veía  el 
fuego  y  la  luz,  sentía  el  calor  de  la  vida  y  percibía  el  ruido 
del  movimiento.  De  ahí  las  lagunas  y  pasos  de  ríos  que 
hierven  y  se  embravecen,  y  los  cerros  que  se  enojan  y  true- 
nan y  braman,  y  que  revientan  y  se  conmueven,  y  que  pnj- 
ducen  llamaradas  y  arden  y  despiden  resplandores  que  in- 
cendian la  atmósfera. 

El  hombre  primitivo  y  el  vulgo,  que  juzga  del  pro|)io 
modo,  vagamente  concillen  á  veces  el  origen  cierto  de  las 
cosas:  le  rodean  de  circunstancias  misteriosas,  le  personi- 
fican, forman  de  él  v  de  ellas  un  mito.  El  calor  v  el  in(>v¡- 
miento,  hi  luz,  bramidos,  estremecimientos,  llamaradas, 
transformaciones  varias,  han  sido  ])ara  el  h()ml)r(^  j)r¡mitiv(> 
v  el  vulíío  las  causas  v  señales  del  oro  v  de  la  piala,  la 
madre  de  los  metalcs^^\   Muchas  analogías  se  advierten 


(1)  Fray  Jnati  de  Torqncnuula  menciona  el  parecer  de  los  que  en 
su  tiempo  atribuían  los  derruinhes  estruendí^sos  de  los  peñasces  de 
cerros  y  i^ierras  ii  la  acción  de  tnrtalrs  fhijosos,  que  con  el  intenso 
calor  que  en  sí  tienen  proclucen  esas  alteraciones,  (hundes  ¡Idnmmuas 
y  (jraiule  resplandor  testiticahan  los  indios  haberse  visto  en  esos  lu- 
gares. ( Monarqnia  Indiana.) 


170  SUrERSTlCIONES  DEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

entre  las  concepciones  vulgares  y  primitivas  y  las  hipóte- 
sis científicas  de  nuestros  tiempos,  acordes  con  las  que 
bosquejaron  los  españoles  de  la  época  en  que  los  Colones 
y  Magallanes,  los  Corteses  y  Pizarros,  descubrían  y  sujeta- 
ban el  Nuevo  Mundo  al  dominio  de  la  península  ibérica. 
Sorprende,  dice  Humboldt,  hallar  el  germen  de  las  más 
importantes  verdades  físicas  en  escritores  del  siglo  décimo- 
sexto  ocupados  en  historiar  un  continente  nuevo.  La  ma- 
yor parte  de  las  cuestiones  á  que  hoy  día  se  consagran  los 
hombres  de  ciencia  ofreciéronse  á  la  consideración  de  los 
viajeros  españoles  del  tiempo  de  la  conquista  y  de  los  que 
en  la  Península  se  enteraban  de  sus  relatos :  la  unidad  de 
la  especie  humana  y  sus  desviaciones  del  tipo  primitivo, 
las  migraciones  de  los  pueblos,  la  filiación  de  las  lenguas, 
la  peregrinación  de  las  especies  vegetales  y  animales,  la 
causa  de  los  vientos  alisios  y  de  las  corrientes  marinas, 
el  decrecimiento  del  calor  en  las  pendientes  de  las  cor- 
dilleras y  en  las  profmididades  de  los  mares,  la  acción 
recíproca  de  los  volcanes  y  su  influencia  en  los  terremotos. 
El  perfeccionamiento,  en  suma,  de  la  geografía  y  de  la  astro- 
nomía náutica  corrió  á  la  par  con  los  adelantos  que  en  la 
historia  natural  descriptiva  y  en  la  física  del  globo  en  ge- 
neral alcanzaron  los  españoles  de  aquella  época  ^^ I  Así 
podrá  causar  novedad  á  las  personas  no  versadas  en  el  es- 
tudio de  los  escritores  de  los  pasados  siglos  que  á  princi- 
pios del  decimoséptimo  haya  habido  en  la  Península  quien 
considerase  el  calor  y  al  movimiento  como  la  causa  uni- 
versal de  la  vida  y  formas  de  la  naturaleza.    D.  Alonso 


(1;    Ilistoire  de  la  Géographie  du  Nouveau  Continent  por  Alejandro 
de  Humboldt. 


CAPITULO    XII.  171 

Carrillo  Lasso  de  lii  Vega,  siendo  [)residente  del  Consejo 
de  India.s,  escribió  una  obra  acerca  de  las  minas  de  Es- 
paña, en  la  que  discurre  sobre  la  formación  de  las  subs- 
tancias metálicas.  La  di.sposicióii,  dice,  (|ue  tuvo  la  tierra 
desde  el  punto  en  que  fué  creada,  se  modifica  en  fuerza  de 
las  causas  universales  del  morí  míe  uto  y  dr  la  luz.  Para 
la  formación  de  un  metal  lia  de  haber  natural  dtsjjosiclóu 
que  le  produzca,  introducidas  en  sus  moléculas  la  vida  ó 
forma  convenientes.  Introdúcese  Vdforuui  (pie  le  conviene 
á  favor  del  morí  miento,  y  el  calor,  que  el  i<ol  envía,  in- 
tegra y  acabala  el  cuerpo  del  m(4al.  La  [)ro(lucción  de  los 
metales  es  constante;  pues  la  naturaleza,  madre  de  las 
cosas,  nunca  esta  ociosa^^'. 

La  ciencia  de  los  antiguos,  en  orden  á  la  naturaleza, 
procedía  en  general  de  la  oculta  (pie,  profesada  primitiva- 
mente por  los  magos  del  Egi})to  y  de  la  India,  esparcieron 
por  el  mu}ido  las  conquistas  de  griegos  y  romanos,  árabes, 
portugueses  y  esj)añoles.  Siete  fueron  las  diferencias  es- 
pecíficas (le  metales:  oro,  plata,  azogue,  cobre»,  hierro,  es- 
taño y  ])lomo;  en  la  generación  de  cada  uno  de  l(>s  cuales 
inrtuía  su  resj)ectivo  planeta.  Cada  plaiu'ta  conunu'eaba  su 
actividad  y  su  fuerza  á  aípiellos  de  los  metales  c*(Ui  (piic- 
nes  tenía  más  analogía  y  alinidad:  el  sol  al  (M'o,  la  luna  á 
la  j)lata,  Mercurio  al  azogue,  \"enus  al  cobre,  Mai'le  al  hie- 
rro, fJupitei"  al  estaño,  íSaturuí)  al  plomo.  Por  eso  vemos 
que  concuerdan  las  enseñanzas  de  I^q>us,  el  moderno  v 
más  autorizado  sistematizador  del  oculti.^mo,  con  las  ¡deas 
de  los  hombres  doctos  ele  un  tienijM»  en  (jue  ya  e>tal>a  nuiv 


(1)    De  las  Aitfi(juas  Minas  de  Ksjm/la.    Su  autor  D.  .\ntoiuo  Ca- 
rrillo Lasso.  1024. 

13. 


172  SUPERSTICION*ííS  DEL  IllO  DE  LA  PLA^I^A. 

entrada  la  mayor  edad  del  nmndo  civilizado,  figurando  en- 
tre ellos,  como  no  podía  menos  de  suceder,  los  misioneros 
que  difundieron  la  luz  del  Evangelio  en  los  imperios  de 
Motezuma  y  Atahualpa^^-. 

El  oro,  á  los  ojos  de  los  iniciados,  es  la  luz  condensada^"^. 
Decían  los  indios  del  Perú  que  el  sol  comunicaba,  juntamente 
con  su  luz,  la  virtud  que  tiene  el  oro  resplandeciente^^ I 

Los  poetas  supieron  atribuir  de  la  propia  manera  al  sol 
el  origen  del  oro;  y  así,  censurando  el  afán  de  riquezas 
exaltado  con  las  opulentas  minas  ,del  Perú,'  compuso  Salas 
Barbad  i  lio  el  siguiente 

Epitafio. 

Aquí  yace,  peregrino, 
Un  mísero  perulero 
Idólatra  del  dinero: 
¡Sacrilego  desatino! 

Mucho  de  un  indio  burlaba, 
Que  le  dijo:  al  sol  adoro; 
Y  él  adoiaba  en  el  oro 
Que  el  mismo  sol  le  criaba  (^). 


(1)  Véase  el  P.  Bernabé  Cobo,  Cap.  XXXIV,  Lib.  8.«  de  la  Histo- 
ria del  Xuero  Mundo,  sobre  la  generación  de  los  metales.  Sin  embargo, 
Morel-Fatio  atírnia  que  las  ciencias  ocultas  tuvieron  poca  importancia 
en  España  en  la  época  de  Calderón  y  aun  mucho  tiempo  antes.  «Las 
prácticas  de  los  magos  y  hechiceros,  añade,  referidas  por  Pedro  Ciruelo 
en  su  Iif'prohación  de  las  Supersticiones  y  Hechicerías  parecen  harto 
pálidas  (anodines)  en  comparación  de  lo  que  por  la  misma  época  pa- 
saba en  Alemania  y  en  Francia.  Los  procesos  por  causas  de  hechi- 
cería fueron  también  menos  frecuentes  en  España  que  en  aciuellos  dos 
países  del  norte.  -  (El  Mágico  Prodigioso,  comedia  famosa  de  Don  Pedro 
Calderón  de  hi  Barca,  publ.  por  A If red  Morel-Fatio.   Heilbronn.) 

(2j    Eliphas  Lévi,  Histoire  de  la  Magie. 

(3j    El  P.  J^ernjíbé  Cobo,  Historia  del  Nuevo  Mundo. 

(i)  D.  Alonso  Jíirónimo  de  Salas  Barbadillo,  en  el  Parnaso  Es- 
jjañol  de  D.  Juan  Jo^é  López  de  Sedaño. 


CAPÍTULO  xrrr. 

Lagunas  bravas. 


Sumario.— Porqué  ll(3van  el  nombre  de  liravas  muchas  lacrunas.— A>- 
yros  del  ri'jn'i.  —  Bramidos,  lamentos,  etc.  —  La^runa  Ihcrd.  —  ha 
serpiente  curiijit.  —  (ranado  vacuno  y  caballar  en  las  islas  de  la 
Ihcrá.  —  Los  jesuítas:  tradiciiui  nn'tica.  —  Islas  movientes.  —  Los 
indios  caracaraes  habitadores  de  la  Ihrrd.  —  Tradición  errónea 
acerca  de  los  jesuít:is.— Multijilicidad  de  lag:unas  encantadas.— La 
Yupacaray.  —  Bendícela  un  obispo.  —  Famosa  virjíen  de  Caacujic. 
—  El  pecado  nefando  entre  los  indios  del  Nuevo  Mundo.— Or¡«^en 
más  connuí  de  los  encantos  de  lajíunas  y  demás  receptáculos  de 
affuas.— La  soga  de  oro  de  Huaina  Capac— El  giijante  de  (niairá, 
pescando  á  orillas  del  Paraná.  —  La  peña  Poltrc.  —  Supuestas  r¡- 
(juezas  de  los  jesuítas.  — Isla  de  Calimayo,  en  Tucunián.  — Laguna 
de  la  Cruz,  en  Santiago.  —  Isla   Encantada  tii  Rocha  i,  Uruguav). 


La  iionienclatiira  geográfica  del  Río  de  la  I  Mata  ofrece 
iniiltitiid  (le  higiinas  lira  rus,  VA  origen  de  su  noinhre  es  el 
mismo  (|ue  el  de  los  cerros  líraros,  sierras  /¿rardsy  pasos 
Bí'drnx  de  que  está  sembrado  el  territoiio  v  ciivo  m.ivor 
mnmro  ami  no  ha  sido  registrado  en  los  ni:ij):is,  dieeiona- 
rios  y  demás  trabajos  deserij)tivos  del  suelo  rioplateiise^'^ 
Lagunas   linirus,  cerros  Hraros,   sierras    I)rar(is  y  |)asos 

(1)  El  Dircionnrio  (íroi/rd/ico  Anicniino  por  I).  I-Francisco  Lalzina. 
que  es  la  obra  más  completa  (pie  en  su  géncm  posin*  el  Kío  de  la 
Plata,  >nlo  registra  un  cerro  lirnro  de  San  duan  y  cuatro  lagunas  lira- 
vas  (dos  de  Buenos  Aires,  una  de  Córdoba  y  uim  de  Corrientes  i. 


174  SUPERSTICrOXES  Df:L  RIO  DE  LA  PLATA. 

Braros,  envuelven  algún  encanto.  Todo  lugar  bravo  pre- 
senta fenómenos  ígneos,  acústicos  y  dinámicos  producidos 
por  causas  misferíosaSy  que  el  vulgo  atribuye  á  la  acción  in- 
mediata de  espíritus  ó  seres  fantásticos  escondidos  en  los 
antros  de  las  serranías  ó  en  el  fondo  de  las  aguas.  Los  ce- 
rros tienen  sus  gnomos,  sus  salamanqueros.  En  las  lagu- 
nas y  en  \o^  pasos  (vados)  de  ríos  y  arroyos  moran,  entre 
genios  diversos,  ninfas  de  formas  varias,  apareciendo  asi- 
mismo ahora  alegres  y  ahora  llorosas  mujeres  generalmente 
vestidas  de  blanco  cendal  transparente.  Déjanse  ver  no 
menos  en  las  orillas  de  los  lagos  ó  bien  zabulléndose  y 
deslizándose  por  la  tersa  superficie  de  sus  quietas  aguas  cris- 
talinas, que  á  veces  hierven  agitadas  por  mano  invisible, 
traviesos  negrillos  que,  tan  luego  como  son  descubiertos,  se 
sustraen  diligentemente  á  las  miradas  del  hombre.  Estos 
seres  fantásticos  de  color  de  azabache  son  conocidos  con  el 
nombre  de  negros  del  agua.  La  bravura  de  los  receptácu- 
los referidos  dimana  de  que  sus  aguas,  embravecidas  ó  eno- 
jadas,  de  repente  suelen  alborotarse  y  bramar,  como  los  ce- 
rros poseedores  de  salamancas.  Tai  fenómeno  se  verifica 
regulii miente  cuando  algún  ser  humano  se  aproxima  á  la 
laguna  encantada  ó  brava.  Sus  irritadas  aguas,  saliendo  de 
madre,  se  tragan  á  la  gente.  Desde  su  fondo  exhalan  ayes 
dolientes,  lamentos  profundos,  aterradores  alaridos,  voces 
airadas  y  quejas  amenazantes.  De  tarde  en  tarde  permiten 
que  salgan  á  sus  márgenes,  ó  envían  á  sus  inmediaciones  con 
fines  varios,  demonios  y  monstruos,  gigantes  y  pigmeos,  mu- 
jeres y  hombres,  negrillos,  y  ciertos  animales  ó  sabandijas  ^  ^ '. 


(1)    En  Santo  Domingo  de  las  Antillas  hubo  una  laguna  brava 
muy  famosa,  que  describe  Juan  de  Castellanos  en  estos  términos: 


CAPÍTULO  XI ir.  175 

Si  se  biciese  un  rcronocimionto  (hasta  hoy  no  realizado) 
de  la  famosa  laguna  Ibera,  en  Corrientes,  de  la  Argentina, 
¡que  de  encantos  no  se  desharían  I  Allí  sin  duda  hahran 
ido  á  refugiarse,  huyendo  de  la  justicia,  individuos  que  han 
tenido  una  (in^fjrar'ni  (cometido  un  homicidio  ),  y,  bien 
hallados  en  algún  alb:ird6ti  ó  isla,  se  han  dejado  estar  de 
mucho  tiempo  atrás,  seguras  de  no  ser  descubiertos.  Allí 
se  cría  á  sus  anchas  la  gigantesca  culebra  cur'n/fí.  Asegu- 
ran que  se  traga  un  animal  Vcicuno,  dejando  la  cabeza 
fuera  de  sus  fauces,  por  causa  del  obstáculo  (pie  ofre- 
cen los  cuernos  ó  guampas.  Tritúrale  luego  los  huesos, 
enroscándose  al  tronco  de  un  árbol.  En  seguida  se  mete 
en  el  agua,  donde  anda  un  día  ó  dos  con  la  cabeza  fuera, 
al  aire,  hasta  que,  podrida,  cae  la  de  su  víctima.  Schmí- 
del,  soldado  de  la  expedición  de  I).  Pedro  de  Mendoza, 
cuenta  (jue,  subiendo  el  río  Paraná,  cerca  de  la  orilla  ha- 


01  ro  lago,  demás  de  lo  que  cuento, 
Hay  en  las  altas  sierras  encumbradas 
Dondr  Ni/.ao  liare  nacimiento: 
J,.is  orillas  dfl  lajro  despobladas 
Por  el  alborotado  movimiento, 
Y  voces  espantosas  mal  formadas. 
La  terribilidad  del  cual  estruendo 
A  todos  los  mortales  es  horrendo. 

( EUgias  lU  Varones  Ilustres  de  Indias. ) 

Rofiriéndo.>ío  ;il  luisnio  lago,  dico  (ionzalo  Fornáiidoz  do  (Oviedo: 
*  del  qu;il  liay  d»  rramíi(la>  por  esta  i-la  mucha>  novelas,  que  yo  no 
creo,  ni  sqii  para  escivbir  sin  más  ccrtiticación  dolías.^  (Historia  (ir- 
nrral  ;/  Xatiiml  dr  las  indias,  puhlic.  p<^r  la  Koal  Acadoniia  <lo  la 
Historia/^ 

♦^La  laguna  mejicana  se  alteró  sin  viento,  y  hervía  y  espumaba  en 
tanta  manera,  que  levantaba  el  ajíua  y  bañó  más  de  la  mitad  «le  las 
casas  de  la  ciudad  y  otras  se  anenaion.  Muchas  veces  se  aparecían 
dos  hombres  unidos  en  un  cuerpo,  y  otras  veces  se  vían  cuerpos  con 
dos  cabezas,  que  eian  llevados  á  los  palacios  negros  de  Moiezuma,» 
(Antonio  de  Herrera,  Pecadas  de  Indias.) 


176  SUPERSTICIONES  DEL  lUO  DE  LA  PLATA. 

liaron  una  serpiente  que  tenía  el  grueso  de  un  hombre 
y  cuarenta  y  cinco  pies  de  largo,  negra,  con  pintas  leo- 
nadas V  rojas.  Decían  los  indios  que,  cuando  se  baña- 
ban, esta  clase  de  culebras  los  rodeaba  con  la  cola,  y, 
arrastrándolos  al  agua,  los  engullía.  Los  españoles  matá- 
ronla de  un  balazo,  y  los  indios,  partiéndola  en  pedazos,  se 
la  comieron  cocida  y  asada ^^\  El  P.  Pedro  Romero  halló 
una  muerta  que  tendría  de  sesenta  á  setenta  pies,  siendo  el 
grosor,  á  })rop()rción,  cosa  estupenda  ^-^.  Ha  pocos  años  ocu- 
rrió el  caso  siguiente.  Una  nmjer,  acompañada  de  su  ma- 
rido, estaba  lavando  en  una  laguna,  á  inmediaciones  de  la 
Ibera.  Una  niña  de  ocho  ó  nueve  años  de  edad,  hija  suya, 
se  había  separado  algtín  tanto,  corriendo  y  jugando.  De 
pronto  sienten  gritos  dados  por  la  criatura :  era  que  una 
curiyú,  que  la  había  tomado  de  las  piernas  con  la  boca, 
íl)ala  arrastrando  hacia  la  orilla.  Habiendo  acudido  el  pa- 
dre de  la  criatura,  con  un  palo,  la  culebra,  asustada,  soltó 
su  pi'esa  y  se  metió  en  el  agua.  Crían  se  allí  á  millaradas 
los  caimanes  ó  yacarés,  los  de  pecho  amarillo,  majores 
que  los  otros  más  comunes,  y  muy  feroces.  De  víboras  y 
culebras,  de  tigres  y  otras  alimañas  y  sabandijas,  no  hay 
que  hablar,  que  de  todo  abundan  aquellos  bañados,  esteros, 
albardones  e  islas  montuosas. 

Refieren  que,  ahora  muchos  años,  hubo  una  gran  seca 
en  Corrientes,  y  los  animales,  desesperados,  se  internaron 
en  los  esteros  de  la  Ibera  ( que  entonces  dieron  paso ),  bus- 
cando pasto  y  agua.  Pasada  la  seca  y  habiendo  vuelto  á  su 


(1)  Viaje  ril  Hio  de  la  Plata,  en  la  Colecc.  Angeli?. 

(2)  Lozano,  Jli.storia  de  la  Coiiquisia  del  Paraguay,  Rio  de  la  Piala 
y  Tucumán, 


CAí'iTíT/)   xrrr.  1  <  í 


estíidü  normal  lu  Ibení,  se  cerraron  liasia  liov,  como  antes 
lo  estiban,  los  pasos;  y  las  vacas,  toros,  caballos  y  yeguas 
que  habían  penetrado  en  basca  de  agua  y  de  alimento, 
quedaron  encerrados.  Así  no  sería  de  extrañar  que  en  las 
i^las  y  albardones  de  la  íbei'a  baya  ganado  vacuno  y 
Caballar,  como  se  supone  y  nuicbos  alirman,  oriundo  de 
aquellos  aninjales  que,  después  de  babel*  entrado,  no  j)U- 
dieron  salir  á   sus  ípiereneias. 

VA  vuliío,  (|ue  siempic  baila  una  causa  misteriosa  y  so- 
brenatural en  l(>s  beclios  extraordinarios  por  su  rareza  ó 
magnitud,  cuenta  que  un  padre  jesuíta,  ó  un  padre  fran- 
ciscano, después  de  la  terrible  expulsión  decretada  por 
Carlos  III  y  cumplida  con  estricta  severidad  por  los  virre- 
yes y  gobernadores  de  las  provincias  indianas,  anduvo  re- 
corriendo, armado  de  unas  disciplinas,  con  las  (pie  hacía 
ademan  de  azotar  6  espantar  alguna  cosa,  los  dilatados 
campos  de  Misiones,  poseedores  de  ricas  estancias.  Luego 
se  vieron  desaparecer,  internándose  en  la  lagiuia  Ibera,  para 
no  ser  vistas  ni  recobradas  jamás,  las  innumerables  ma- 
nadas de  toros  y  vacas,  y  caballos  y  yeguas,  y  burros  y 
nudas,  y  ovejas  y  cabras  de  <]ue  poblara  los  campos  de 
Misiones  la  perseverancia  incansable  y  edificante  de  los 
heroicos  soldados  de  Cristo  i[\U'  militaban  bajo  la  enseña 
de  San  Ignacio. 

Da  origen  la  Ibera  á  los  ríos  Santa  Lucía,  Corrientes  y 
Bateles,  (pie  vierten  en  el  Paraná,  y  el  caudaloso  Miriñay, 
que  desemboca  en  el  Uruguay.  La  Ibera  es  invadeable,  á 
causa  de  los  esteros,  embalsados,  fangales  y  bañados  que  la 
forman  (al  parecer),  y  de  las  islas  y  albardones  montuosos 
que  hay  en  ella.  Dicen  los  naturales  que  las  islas  se  mue- 
ven, cosa  no  imposible,  si  están  formadas,  como  es  proba- 


178  SUPERSTICIONES  DEL  RIO  DE  LA  PLATA- 

ble,  (le  canialotes  que  eoii  el  tiempo  llegan  á  ser  un  monte 
flotante.  Varias  aprensiones  y  fábulas  corren  acerca  de  la 
Ibera. 

Suponen  algunos  que  en  el  interior  ele  la  laguna  hay 
grandes  islas  habitadas  por  indios,  cosa  de  todo  punto  in- 
creíble; si  bien,  á  la  entrada  de  los  españoles,  se  refugiaron 
en  ella  los  caracaraes  y  otras  parcialidades,  en  la  persuasión 
tle  que  allí  no  podrían  ser  hallados  ni  perseguidos.  Los 
caracaraes  tenían  por  cierto  que,  si  los  españoles  entraban 
en  la  dificultosa  laguna,  se  volverían  locos  ó  morirían.  De- 
positaban los  difuntos  sobre  los  embalsados,  y,  después 
de  podridos  los  cuerpos,  sacaban  los  huesos,  lavábanlos  y 
giiardábanlos.  Hacían  corrales  de  piedra,  en  los  que  tenían 
sus  bailes  é  invocaban  al  demonio ^^ I 

Creen  también  los  campesinos  que  la  laguna  está  habi- 
tada por  cristianos  procedentes  de  familias  misioneras  que 
acompañaron  á  algunos  jesuítas  qne  lograron  sustraerse  á 
la  expulsión  llevada  á  efecto  con  tanto  rigor  por  Campo- 
manes.  Cuando  el  cielo  está  límpido,  ven  con  la  imagina- 
ción las  torres  de  las  iglesias,  y  en  las  noches  serenas  sienten 
sonar  las  campanas.  Ignoran  (á  parte  de  lo  extravagante 
del  supuesto)  que  de  los  jesuítas  ninguno  pudo  sustraerse 
á  la  expulsión;  pues  todos  fueron  sorprendidos  en  sus 
camas.  Añaden  que  se  sienten  voces,  músicas,  relinchos  de 
caballos,  mugidos  de  toros  y  vacas,  balidos  de  ovejas,  etc., 
y  que,  dando  un  grito  en  ciertos  parajes,  repercute  con  ex- 
traño ruido  })or  entre  las  apiñadas  plantas  que  los  pue- 
blan, las  cuales  se  arquean  y  agitan  como  si  una  ráfaga  de 
viento  las  sacudiese  ó  ante  la  novedad  se  conmoviesen  azo- 

(1 )    El  P.  P.  Lozano,  Conquista  del  Parag.,  Rio  de  la  Plat.  y  Tucum, 


CAPÍTULO    xiir.  170 

radas.  T^a  imaginación  del  vvú^n  revisto  de  formas  perr- 
grinas  á  la  naturaleza,  de  suyo  maravillosa. 

Muchas  lagunas  encantadas  tiene  ocasión  de  contemplar 
el  viajero  observador  que  cruza  las  dilatadas  regiones  des- 
iguales del  Ivío  (]i'  la  Plata.  Todo  lugar  <jue  ofrezca  al- 
guna particularidad  extraña  ó  sorprendente,  que  infun<la 
pavor  ó  recelo,  todo  lugar  donde  en  alguna  forma  se  mani- 
fieste el  movimiento  de  la  vida  de  la  naturaleza  y  que  sea 
poco  frecuentado  ó  menos  accesible  (pie  los  comunes  que 
son  ya  familiares,  despierta  en  el  alma  del  hombre  primi- 
tivo y  del  inculto,  que  se  le  acerca,  la  idea  del  misterio,  que 
lo  es  en  efecto  para  el  cuanto  no  puede  comprender  y  le 
impresiona  vivamente;  y  de  ahí  nace  el  encanto  de  que, 
juntándose  en  la  imaginación  los  diversos  fantasmas  que 
la  pueblan,  aparecen  acompañados  los  cerros,  cavernas,  rui- 
nas, lagunas,  etc. 

Ríos,  lago?,  esteros,  bosques,  cerros,  quebradas  y  sierras 
forman  del  Paraguay  una  de  las  más  bellas,  varias  y  pinto- 
rescas regiones  de  la  cuenca  del  Plata,  á  que  corresponde, 
pues  á  el  tributan  las  aguas  que  la  riegan.  Xo  lejos  de  la 
Asunción,  extiende  sus  orillas  la  vasta  laguna  Yupacarat/. 
Ipacaray,  suprimida  la  ?/,  llámanle  comuinnente.  La  por- 
ción de  tierra  que  hoy  le  sirve  de  lecho,  fué  en  tiempos  re- 
motos (reza  la  tradición  (uiginaria  de  la  conquista)  asiento 
de  un  pueblo  de  indios  (pie  desenfrenadamente  se  entre- 
gara al  pecado  nefando,  llonorizada  la  naturaleza,  con- 
virtió de  repente  en  mai*  end)ravecido  el  recinto  macula<lo 
jK)r  el  infame  vicio  abominable,  s(^]>ultando  bajo  sus  aguas 
á  todos  los  (juc  le  habitaban.  1  >e  entonces  v\\  adelante  sa- 
lieron del  fondo  de  la  encantada  laguna  )  upatuinuj  lasii- 
meros  ayes  y  estremecedores  alaridos  de  hombres,  mujeres 


180  SUPERSTICIONES  DEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

y  ni  nos,  que  claman  por  misericordia  é  imploran  socorro 
á  los  transeúntes.  Horrendas  figuras  de  demonios  salían  al 
encuentro  del  que.  temerario  ó  compasiv^o,  intentaba  acer- 
carse a  sus  bordes:  hacíanle  retroceder  espantado.  Cuando 
el  tiempo  se  descompone,  encréspanse  las  aguas,  (^ue,  del 
proi)io  modo  que  los  cerros  personificados,  se  enfurecen  y 
braman,  tronando  en  el  interior  de  la  laguna  y  relampa- 
gueando en  la  superficie.  De  estos  fenómenos  terrificantes 
le  vino  también  el  nombre  de  Acay,  que  es  una  exclama- 
eión  guaraní  equivalente  á  la  castellana:  ¡Gran  Dios! 
qi(('  maravilla!  Añaden  que  un  obispo  exorcizó  la  la- 
guna, haciendo  posible,  mediante  el  conjuro,  que  los  tran- 
seúntes })udiesen  acercársele  sin  peligro  y  despojándola  de 
las  demás  circunstancias  que  la  constituían  objeto  de  es- 
panto. De  ahí  el  nombre  que  lleva  de  Yupacaray:  la- 
guna bendecida ^^\  Sobrenadando  en  sus  aguas  apareció 
una  imagen  de  la  Madre  de  Dios,  cuyo  hallazgo  se  dispu- 
tiü'on  dos  caciques.  Un  misionero  decidió  la  contienda  en 
favor  del  que  moral)a  en  el  apartado  valle  de  Caacupé, 
adonde  hoy  hacen  sus  peregrinaciones  los  paraguayos  de- 
votos y  agradecidos  á  una  imagen  obradora  de  infinitos  y 
gi-andes  milagros.  El  8  de  diciembre  es  el  día  de  su  festi- 
vidad, y  de  clásica  romería  al  santuario  de  Caacupé. 

El  vicio  que  diera  ocasión  al  encanto  de  la  laguna  Yupa- 
caray hallábase  harto  generalizado  en  el  Nuevo  Mundo. 
Casi  no  había  generación,  ya  salvaje,  ya  sujeta  al  imperio  de 
los  monarcas  de  Méjico  y  el  Perú,  á  la  que  no  envileciese 
la  sodomía.  Muy  dados  á  ella  eran  los  indios  pampas.  Car- 


(Ij    Lozano,  Conquist.  del  Parag.  etc.  Guevara,  Conquist,  del  Pa- 
rar/, etc. 


CAPÍTur/»   xirr.  181 

gabán  sienipro  a  las  ancas  de  su  oaballo,  cuaiKlo  no  ¡Imn  de 
pelea,  á  su  coneul)ina,  o,  lo  que  era  unís  eouuui,  á  su  Im rm- 
(jáir^K  Tvo  propio  hicieron  algunas  generaciones  guara- 
níes'"^  Los  (pie  en  el  P<  rú  prestábanse  á  ese  vicio  infame, 
andaban  acicalados  los  rostros,  vistiendo  el  traje  de  mujer. 
Llamábanlos  orúa.^.  Los  Incas  los  castigaban,  haciéndolos 
llevar  á  la  orilla  de  un  raiidid  v  arrojándolos  en  él  atados 
á  la  cola  de  un  [)erro.  'rand)ién  los  ahorcal)au,  echando  des- 
pués sus  cuerpos  donde  nunca  pareciesen.  Los  españoles 
castigáronlos  con  la  nuiei'te.  Vasco  Núñez  de  Jíalboa  los 
hacía  aperrear.  Cuando  su  ¡ornada  famosa  á  hi  Mar  del  Sur, 
aperreó  una  ve/  á  cincuenta  indios  (pie  tenían  por  costum- 
bre cometer  el  ¡)ecado  nefando^'''. 

El  orig(»n  de  los  encantos  de  lagunas  y  de  otros  recep- 
táculos no  es,  en  general,  tan  horrible  como  el  de  la  Yupa- 
caray.  Con  mayor  frecuencia  hállase  vinculado  á  episodios 
(>  accidentes  relativos  á  la  ocultacié)n  ()  pc'rdida  de  tesoros, 
como  suced<.^  en  la  Tberá  de  Corrientes  y  en  la  isla  de  Cali- 
mayo  de  Tucumán.  Supúsose  (jue,  en  España  los  moros,  y 
en  la  América  del  Sur  los  Incas  y  los  jesuítas,  escondieron 
inmensas  ri(juezas,  guardadas  luego  por  seres  fantásticos  () 


(1)  «Y  por  esa  razón  no  so  aunicntini  imicho.  ♦  (FU  Laxnrillo  de 
Ciefjos  Cnnu'nantrs  desde  Ihirnos  Airrs  hasta  Unía  por  I).  Calixto 
Biiíítaniaiilc  Carlos  Inca,  nntunil  (\v\  Cuzco.  Kn  (iijón.  Año  de  ITTÜ.) 

(2)  De  los  pavMLniaes  dice  el  V.  Vv.xy  Pedro  .]o<0  de  Parras: 
<^Cnando  se  ausentan  de  sus  nuijero,  llevan  un  hombre  de.-»tina«lo  con 
<|uien  se  eIlt^e^•;u^  torpemente  ;í  la  sodomía.  Llaman  á  iste  homi>re 
niariatchi,  cuyo  s¡y:nificado,  en  iiuotro  idioma  castellano,  no  puedo 
pronunciarse  sin  ver<>-rienza.  i  I hnrio  //  Ihrnttcro  dr  los  l'injes  del 
P.  l'r.  P(>dro  José  de  Parras  á  América,  pul)l.  en  la  Itrrista  dr  la 
IVddioicca  l't'thlira  de  Buenos  Aires  por  D.  Manuel  Ricardo  Trelles.) 
Los  «jfuaranít's  llamahan  tehiro  al  sodomita. 

(3)  Francisjco  López  de  (iómara.  Historia  (íeneral   de  las   Indias, 


182  SUPERSTICIONES  DEL  KÍO  DE  LA  PLATA. 

por  deiiionios.  Por  todas  partes  se  creyó  posible  encontrarse 
de  manos  íi  boca  con  nn  tesoro  escondido ^^ I  Un  cacharro 
pareció  vasija  de  oro  ó  plata  y  sometiósele  al  examen  de 
la  piedra  de  toqne,  que  a  cada  paso  mostraba  á  los  ojos 
ávidos  el  error  en  qne  estaban,  sin  conseguir  nunca  que 
llegasen  á  desengañarse.  Toda  botija  enterrada  debía  de 
estar  llena  de  rico  metal;  y  si  acaso,  en  lugar  de  oro  ó 
plata,  ísalía  de  ella  una  víbora  ó  culebra,  no  podía  ser  otra 
cosa  la  causa  de  este  accidente  sino  el  demonio,  que  to- 
mando forma  odiosa  y  repugnante,  sustraía  de  las  codi- 
ciosas manos  el  preciado  depósito. 


Un  hombre  labrador,  cavando  acaso, 
Atento  á  la  cultura  de  su  huerto, 
A  media  vara  halló  enterrado  un  vaso. 

Suena  la  azada,  y,  á  los  golpes,  cierto 
Y  formado  salió  un  cántaro  ó  jarro, 
Con  un  betún  tortísimo  cubierto. 

Era  el  atapador  también  de  barro 
A  modo  de  pirámide,  y  tan  dura, 
Que  le  quebrara  apenas  un  guijarro. 

Y  como  en  esta  tierra  se  murmura 
Que  hay  en  ella  escondida  plata  y  oro, 
Pensó  que  estaba  dentro  su  ventura. 


(1)  Peregrinando  Sancho  Panza  por  Sierra  Morena,  decía:  ^ Ruego 
á  Dios  me  saque  de  pecado  mortal,  que  lo  mesmo  será  si  me  saca 
deste  peligroso  oficio  de  escudero,  en  el  cual  he  incurrido  segunda 
vez,  cebado  y  engañado  de  una  bolsa  con  cien  ducados  que  me  hallé 
un  día  en  el  corazón  de  Sierra  ^lorena.    Y  el   diablo    me   pone   ante 

los  ojos,  aquí ,  allí ,  acá  no,  sino  acullá ,   un    talego   lleno 

de  doblones,  que  me  parece  que  á  cada  paso  le  toco  con  la  mano,  y 
me  abrazo  con  él,  y  lo  llevo  á  mi  casa,  y  echo  censos,  y  fundo  rentas 
y  vivo  como  un  príncipe.  Y  el  rato  que  en  esto  pienso,  se  me  hacen 
fáciles  y  llevaderos  cuantos  trabajos  padezco  con  este  mentecato  de  mi 
amo,  de  quien  sé  que  tiene  más  de  loco  que  de  caballero.»  (El  Inge- 
nioso Hidalgo   Don    Quijote  de  la  Mancha  por  Miguel  de  Cervantes.) 


(\\vÍTv\j)  xiir.  183 

'^ Dichoso  yo,  sin  duda  que  es  te-oro, 
Dijo,  que  en  los  peliíjro.s  de  líi  guerra 
Aquí  lo  sepultó  algún  rico  moro.» 


Trastorna  la  vasija,  persuadido 
Que  estaba  del  más  fíiio  oro,  maciza, 
Entre  joyas  antiííuas  embutido. 

Pero  envueltos  le  arroja  con  eeiii/a 
Huesos  meílio  quemados  (de  varones 
Quizá  que  alguna  historia  solemniza). 

Atónito,  entre  varias  opiniones, 
Llega  á  tener  por  cierto  que  el  demonio 
Aquel  tesoro  transformó  en  carbones  (i). 


¿Cuántas  cliligciicias  no  se  lian  licclio  })ara  descubrir  el 
paradero  de  la  famosa  cadena  de  oro  que  el  Inea  Huaina 
Capac  mandó  fabricar  en  conmemoración  del  venturoso 
nacimiento  de  su  primogénito?  Tenía  la  cadena  trescientos 
cincuenta  pasos  de  largo,  ó,  lo  (jiic  es  lo  nn'smo,  setecientos 
pies,  y  era  tan  gruesa,  que  asidos  á  ella  doscientos  indios 
orejones  no  })odían  levantarla  con  facilidad.  En  las  danzas 
de  los  Incas,  (jue  eran  sólo  de  bombi'es,  tomábanse  los 
unos  de  las  manos  de  los  otros,  dándolas,  no  á  los  (pie 
tenían  á  su  lado,  sino  á  los  (jiie  les  seguían,  de  manera  (pie 
entre  todos  viniesen  á  formar  mía  eadeua :  (jue  fui'  lo  ipie 
Huaina  Capac  (pliso  que  sirviese  de  modelo  para  liacei-  la 
de  oro.  Los  indios  del  [\'V\\  carecían  de  una  vo/  (pie  expre- 
sase la  idea  de  cadena,  y  por  e^o  llamaron  /ntasca,  etpii- 
valeiite  á  -"^of/a  en  castellano,  á  la  de  oro  (jiie  rebordaba  el 
nacimiento  del  primogénito  de  Huaina  Capac.   De  aquí  el 


(1)    Bartolomé  Leonardo  de  Argensola,  Sátira,  en  la  colección   de 
D.  Ramón  Fernátidez  {D.  Pedro  Estala). 


1S4  SUPERSTICIONES  DEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

nombre  de  soija  de  oro  que  le  dieron  los  españoles  y  con 
que  fué  eonoeida  en  la  historia  la  tradición  relativa  á  este 
lieclio.  De  ahí  asimismo  el  nombre  Huáscar  (añadida  la 
erre,  ]nira  disinuilar  lo  humilde  del  significado  de  la  expre- 
sión) con  que  fue  sustituido  el  propio  (Inti  Cusi  Huallpa) 
del  último  vastago  legítimo  de  la  sangre  real  de  los  Incas. 
Entre  las  incalculables  riquezas  que  escondieron  los  indios 
del  Perú  á  la  entrada  de  los  españoles  para  que  no  fuesen 
á  caer  en  sus  manos,  contábase  la  soga  de  oro  de  Huaina 
Capac.  Quién  decía  que  el  tesoro  de  los  Incas  estaba  ente- 
rrado en  el  Cuzco,  quién  que  lo  habían  llevado  á  otras 
partes  donde  menos  fácilmente  pudiese  ser  rastreado  el 
escondrijo,  quién  que  la  imperial  soga  de  oro  hallábase 
en  el  fondo  de  una  laguna.  Un  religioso  de  la  orden  de 
San  Agustín  fué  por  Buenos  Aires  á  España,  prometiendo 
hacer  el  descubrimiento.  Concediósele  licencia  ]Dara  poner 
en  ejecución  su  designio,  estipulándose  que  la  mitad  de  lo 
que  se  encontrare  sería  para  el  rey  y  la  otra  mitad  para  el 
autor  del  hallazgo.  Mas  los  afanes  del  ligero  agustino  no 
dieron  otro  resultado  que  su  propio  descrédito  y  la  añadi- 
dura de  un  mievo  desengaño  á  los  muchos  de  que  ya  había 
sido  ocasión  el  empeño  de  inquirir  el  desconocido  paradero 
de  los  ino'cntes  y  fabulosos  tesoros  de  los  Incas  ^^l  Por 
todas  partes  creíase  poder  hallarlos :  escondidos  debajo  de 
tierra,  en  cerros  ó  en  llanuras,  en  los  tapados  sepulcros, 
junto  á  los  derruidos  templos,  al  pie  de  un  árbol  añoso,  ó 
en  los  ríos  y  lagunas  ^"l 

( 1 ;  El  íiicíi  (jrarcilíiso  de  la  Vega,  Comentario.^  Reales  del  Perú. 
L).  Juan  (le  Solórzaiio,  Política  Indiana. 

(2)  "(/Omo  se  supo  en  todo  el  reino  que  habían  entrado  los  espa- 
üoles  con  mano  armada,   robando,    matando,    deshaciendo   templos   y 


CAPÍTULO    XIII.  185 

A  orillas  del  Paraml,  antes  de  llegar,  subiéndole,  á  la 
prodigiosa  catai'ata  conocida  con  el  nombre  de  salto  de 
Guayrd,  un  gi,<!;nnte  í|ue  asombraba  por  su  proceridad  y 
corpulencia,  con  una  larga  cana  tacuiiM  (  especie  de  l)ambu) 
y  unas  redes  y  aparejo  de  recias  hebras  de  chaguar  (cuyo 
uso  íipi'endiera  sin  duda  de  los  españoles),  solía  entrete- 
nerse en  la  2)esca  del  colosal  pacú  y  del  no  menos  enorme 
surubí  (que  para  el  serían  poco  más  que  mojarras),  sen- 
tado en  un  penon  que  á  la  distancia  relucía  como  un 
wo))le  metal  bruñido  de  oro  ó  plata.  Kl  gigante  era  de 
tierra  adentro,  y  sólo  de  vez  en  cuando  aparecía  en  aquella 
pesquera,  })ara  el  exclusivamente  reservada.  Que  el  })eñ6n 
era  de  un  fino  metal  no  fué  desde  luego  dudoso:  de  parecer, 
aserio,  había  poco  que  andar  en  la  exaltada  imaginación 
délos  que  venían  siguiendo  las  ])isa(las  de  C^ortés  y  Pizarro. 
Las  dudas  sólo  versaron  sobre  si  era  de  plata  u  oro.  Pero 
en  definitiva  se  convino  en  (pie  era  de  plata.  Nunca  lial)íau 
podido  tocarla  con  sus  manos  los  españoles  del  Paraguay ; 
por(|ue  ocupados  en  expediciones  hacia  el  lado  del  Perú, 
en  guerras  y  en  poblar  tierras  apartadas,  hubieran  tenido 
que  distraer  su  atención  y  sus  fuerzas  de  estas  arduas  em- 
presas necesarias  para  destruir  los  obstáculos  (pie  los  indios 

oniíor¡o:í,  síKjueaii<li)  i)n<'l)l<)s,  y  (Hic  uAct  su  corazón  ora  plata  y  on>, 
acordaron  (,  los  indios  i  de  tapar  y  c-conder  todos  los  sepulcros,  y  ios 
tesoros  que  no  pudiíaon  esconder  los  echaron  en  el  mar  ú  laiíunas.» 
( Ixi'lnriñn  (le  /ns  Antitjuds  Costumbres  dr  los  \iifnnih's  ih  I  I'irú  \  anó- 
nima i,  en  la  obra  Trrs  Jielrwionrs  I'cninHas  puMic.  por  el  Ministerio 
de  Fomento  (Madrid). 

De  los  indios  de  Nueva  (Jranada  i  hoy  Colombia  »  dii-e  A  Cronista 
Antonio  de  Herrera:  ^TtMnan  hosijues  y  laiíunas  consajxradas,  é  iban 
a  sacrificar  en  ellas,  y  no  podían  corlar  árbol  ni  ti>mar  a^ua.  Knte- 
rraban  en  los  bosipies  oro  y  joyas,  y  lo  echaban  v\\  las  la;íuni:S  como 
en  ofrenda,  y  nunca  lo  tocaban.  >  ( Dtcadan  de  Indias.) 


18G  SUPERSTICIONES  DEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

de  Guaira,  bravos  y  belicosos,  hubieran  opuesto  á  su  en- 
trada. Llamaban  al  rico  peñón,  por  antífrasis,  la  peña 
FobrCy  así  como  al  animal  más  perezoso  y  tardo  de  la 
tierra  le  bautizaron  con  el  nombre  de  perico  ligero. 


La  pena  Pobre  está  más  adelante: 
Es  alta  como  roca  muy  crecida; 
Aquí  han  visto  muchos  un  gigante 
De  gran  disposición  y  muy  crecida. 
Iso  está,  según  yo  supe,  él  aquí  estante; 
(^ue  allá  la  tierra  adentro  es  su  guarida. 
]Mas  viene  aquí  á  pescar  muy  á  menudo, 
De  sus  redes  cargado,  mas  desnudo  (i). 


El  lugar  de  la  peña  Pobre  estaba  comprendido  en  las 
misiones  que  los  jesuítas  tenían  fundadas  en  las  vertientes 
del  Paraná  y  Uruguay,  donde  no  querían  que  entrasen  los 
españoles  (americanos  y  europeos),  por  temor  de  que 
contaminasen  con  sus  costumbres  las  muy  sencillas  de  sus 
neófitos.  Esta  incomunicación  dio  pábulo  al  engaño,  á  la 
par  que  encendía  más  y  más  la  hoguera  de  la  discordia 
que  desde  un  principio  prendiera  entre  el  áspero  conquista- 
dor por  una  parte  (á  que  más  tarde  se  uuió  el  clero  seglar 
nada  limpio),  y  por  la  otra  los  austeros  discípulos  de  Igna- 
cio de  Loyola.  Corrió  entonces  la  especie  de  que  los  jesuítas 
beneficiaban,  ocultándolo,  un  riquísimo  venero  de  plata,  con 
detrimento  del  real  erario,  á  quien  se  defraudaba  en  el 
quinto  (jue  le  correspondía  por  las  leyes.  Denuncióse  el  he- 
cho aute  el  Consejo  de  Indias,  quien,  previos  los  informes  y 
reconocimientos  que  el  caso  pedía,  se  persuadió  de  lo  ilusorio 
del  cargo.    El  ludi mentó  que  las  crecientes  del  río,  con  sus 

(1;    Martín  del  Barco  Centenera,  La  Argentina. 


CAPÍTULO    XI ir.  187 

arenas,  producían  con  frecuencia  en  el  penon  o  pcíla  PohrCy 
loliabía  dejado  tan  liso,  ípie  á  los  rayos  del  sol  resplande- 
cía como  el  oro  ])ruriido.  ¿De  dónde  mejor  que  de  ahí  pudo 
haber  tenido  origen  el  refrán  que  nos  advierte  que  no  es 
oro  iodo  lo  ([uc  rcluccf  Pero  allí  había,  al  decir  de  los 
2>a(lres  de  la  Compañía,  verdaderas  minas  de  oro  (pie  ellos 
beneficiaban  á  su  sabor:  ¡as  alniaa  redimidas  con  la  san- 
gre del  cordero  inniaculado^^\ 

Ya\  la  isla  de  Ccdimayo,  perteneciente  á  un  arroyo  qne 
rieira  una  de  las  más  deliciosas  comarcas  de  Tucumán, 
jardín  de  la  Argentina,  se  reúnen  los  duendes  y  las  brujas 
á  sus  conciliábulos  v  festines.  Siéntense,  á  altas  horas  de 
la  noche,  deleitosísimos  acordes,  bullicio  y  carcajadas  de 
aquellos  alegres  moradores.  Los  fugitivos  restos  de  un  ca- 
cicazgo lule  asiláronse  en  Calimayo,  en  cuyas  aguas  arro- 
jaron sus  tesoros,  para  que  no  fuesen  á  mano  de  los  espa- 
ñoles ^-\ 

En  la  laguna  de  la  Cruz,  provincia  de  Santiago,  en  la 
Argentina,  reside  una  bruja  con  cuya  cabellera,  fpie  tiene 
dos  varas  de  largo,  arrastra  á  quien  se  le  antoja  llevar  con- 
sigo ^■'^.  ¿Para  qué  llevará  consigo  á  los  transeúntes?  ^luy 
apasionada,  cuanto  pérfida,  debe  de  ser  la  l)ruja  de  la  la- 
guna de  la  Cruz. 

Una  pareja  de  [)alomitas  blancas  habita  de  antiguo  la 
isla  Encantada,  á  quien  bañan  las  ondas  del  Atlántico, 


(1)  Lozano,  (í novara,  Conquista  drl  Paraguau,  Rio  de  la  Plata  y 
Tucumán. 

(2)  Provincia  de  Tucumún  por  ArsciTuí  (TranÜlo.  rnhUcación  oficial: 
Tiiciiiná!i. 

(3)  Buenos  Aires  ¡i  otras  Provincias  Argentinas  por  T.  J.  Hutchin- 
son,  trad.  por  I).  L.  \'.  N'arcla. 

11. 


188  SUPERSTICIONES  DEL  RIO  DE  LA  l'LATA. 

junto  á  Eoclia,  cu  el  Uruguay.  Matar,  aprisionar  ó  hacer 
daño  á  una  do  las  inocentes  isleñas  solitarias  de  las  costas 
oceánicas,  acarrearía  de  seguro  una  calamidad,  una  desgra- 
cia, á  que  nadie  naturalmente  quiere  exponerse.  Pobladas 
de  lobos  marinos  las  islas  de  aquella  región,  ¿  quién  mejor 
que  sus  constantes  liuéspedes,  los  loberos  (cazadores  de  lo- 
bos), sabrán  lo  que  pasa  en  ellas?  Pues  los  loberos  son 
quienes  con  más  persuasión  testifican  que  la  isla  Encan- 
tada lo  está  en  efecto.  Las  eternas  palomitas  blancas,  entre 
otras  manifestaciones  demostrativas  de  la  existencia  de  un 
encanto,  bien  á  las  claras  lo  publican  ^^^. 


(1)    Apuntes  para  la  Gaografía  del  Departamento  de  Rucha  (Uru- 
guay) por  D.  B.  Sierra  y  Sierra. 


CAPÍTULO  XIV. 


El  mito  en  la  naturaleza  vegetal. 


Sumario.  —  Arboles  y  plantas  reverenciadas  por  los  antiguos.  —  Deifi- 
cación de  la  naturaleza  j)or  los  indígenas  (kd  Perú  y  denuís  gene- 
raciones del  Xuevo  ^lundo.  —  Ofrendas  del  hombre  primitivo  á 
los  árboles.  —  Fiestas  ó  borracheras  de  los  indios  ante  los  árboles. 

—  El  buiglic  ó  canelo  de  los  pampas,  araucanos  y  patagones. — 
Sus  cayüiiics.  ~Fj\  canelo  y  el  Jiambi  entre  los  hechiceros.  —  El 
ceibo  y  la  tacufira  entre  generaciones  guaraníes.  —  El  algarrobo 
ó  tacú  presencia  las  fiestas  ó  cltiquia  de  los  indios  andinos.  —  Los 
hechiceros  guaraníes  (pafjrs')  sírvimse  del  CDitjuafj  ó  benjuí  de  las 
elisiones. — Kl  )ialia(Ii(jua,  árbol  mítico  de  los  mocobíes.  —  Plantas 
mágicas. —  El  hascliisclt  ú  t/rrha  de  los  fahircs.  —  Excitantes  varios. 

—  Usanlos  los  sacerdotes  indígenas  de  América. —  El  tabaco  entro 
los  magos  del  Xuevo  Mundo.— Los  amantas  d»!  Inca  ofrecen 
la  coca  á   sus   ídolos. —  Propiedades  é  historia    mítica    de  la  coca. 

—  Su  uso  en  la  magia  indígena.  — Diversas  plantas  usadas  por 
los  hechicer«)S  indígenas  y  criollos.  —  Preciada  c/tit/ta    del    molle. 

—  Origen  mítico  del  uso  de  la  y»'ri)a  d«'l  Paraguay.  —  Tradición 
relativa  á  las  peregrinaciones  de  Santo  Tomás  Apóstol  por  Amé- 
rica.—  Huellas  de  pies  humanos  en  las  piedras.— Conjeturas  á  su 
respecto. —Leyenda  sobrí'  la  yerba  ó  caá  de  los  guaraníes. —  La 
mandioca.  —  Sus  propiedades,  u>o  y  cultivo.  —  Leyenda  di' la  niau- 
dioca.  —  La  cliiclia  ó  vino  de  mandioca.  —  Los  ;í<V/(7/r.s- del  Orinoco 
hacen  uso  de  la  mandioca  ó  ¡juca  en  sus  conuuiicaciones  con  el 
demonio. 


Los  antiguos,  que  on  todo  veían  la  vida  consciente,  vie- 
ronla  con  ojos  reverentes  en  los  árboles  y  j)lantas.  Tuvie- 
ron sus  bos(|ues  sagrados,  sirviéronles  de  templos,  y  dedi- 


190  supí:rstici()Nes  del  rio  de  la  tlata. 

carón  á  los  dioses  los  arboles  más  notables :  el  roble  á  Jú- 
piter, el  lanrel  á  Apolo,  el  olivo  á  Minerva,  el  mirto  á  Ve- 
nus, á  Hércules  el  álamo '^^  Lo  propio  sucedió  con  las 
hierbas  del  c-nnpo^-\ 

La  gentilidad  griega  y  romana  reverenció  en  especial  la 
oliva  y  la  encina.  Un  ramo  de  oliva  era  símbolo  de  paz,  de 
concordia.  Llevábale  en  la  mano,  confiado  en  el  éxito,  quien 
iba  á  hacer  una  súplica.  La  encina  ó  roble,  sobre  todo,  con- 
sagrada al  dios  de  los  dioses,  á  Júpiter,  mereció  altos  hono- 
res. Con  ramas  de  encina  coronábanse  las  estatuas  de  Jú- 
piter. Los  soldados  que  se  distinguían  en  la  defensa  de  la 
ciudad,  que  estaba  bajo  la  protección  del  dios  del  Olimpo, 
eran  coronados  con  una  corona  de  oliva,  con  la  corona  cívica. 
El  emperador  Antonino  Pío  consideraba  acción  de  mayor 
precio  defender  á  un  ciudadano,  que  matar  mil  enemigos. 
Colgaron  lámparas  encendidas  de  los  árboles  divinizados. 
Cubríanlos  con  mantos  de  ricas  telas,  con  magníficas  colga- 
duras, coronábanlos  con  floridas  guirnaldas,  ungíanlos  con 
esencias  aromáticas.  Otros  pueblos  de  Europa  y  del  Asia 
ejecutaban  las  mismas  cosas.  Jerjes,  caudillo  persa,  cami- 
nando con  su  ejército,  halló  un  plátano  por  acaso.  Detúvose 

(1)  C.  Plinü  Seciindi  Naturalis  Historice  líber  XII. 

(2)  De  Demócrito  dice  Juan  de  la  Cueva: 

Y  do.scul)rió  también  la  yerba   laipa, 
Que  descubre  tesoros  escondidos, 

Y  revela  las  cosas  venideras 
Trayéudola  debajo  de  la  lengua. 

(Los    Cuatro  Libros  de  los  Liventores  de  las  Cosas.) 

La  yerba  violL  contra  los  encantos: 
Quien  la  ludió  primero  fué  Mercurio, 

Y  Clises  el  que  de  ella  usó  primero 
Tara  librarse  de  la  maga  Circe. 

( El  mismo. ) 


CAPÍTULO    XIV.  191 

delante  de  el,  regule  eon  preeiados  vinos  olorosof^,  adorní'ile 
con  joyas,  con  paramentos  de  hijo,  e  hizo  que  á  su  alrede- 
dor acampasen  las  soherhias  tropas  que  conducía. 

Un  ])adre  jesuíta,  que  eseiúbió  a  íincs  del  siglo  decimo- 
sexto 6  principios  del  decimoséptimo  una  Uclnrión  (  an»")- 
ninia)  <lc  ¡a.s  (/oshi mhrcx  Anti<jua>í  de  ¡os  Xa f tírales  del 
Pirn''^\  afirma  que  los  indios  peruanos  reverenciaban  la 
tierra  y  el  mar,  los  montes,  cerros  y  quebradas,  los  peñas- 
cos tajados  a  ])lomo,  las  hondas  cavei'nas,  los  manantiales 
y  lagos,  etc.,  no  porque  entendiesen  que  C(>nt<*nían  en  sí 
alguna  divinidad  6  virtud  del  cielo  ó  (pie  eran  cosa  viva, 
sino  porque  estaban  persuadidos  de  que  el  gran  Illa  Tcccc 
Víracoclin  los  había  puesto  en  el  lugar  donde  se  hallaban 
y  señalado  con  alguna  particularidad  notable,  para  que 
sirviesen  de  temj)lo  6  adoratorio  en  que  él  y  los  otros  dioses 
fuesen  venerados.  Garcilaso  de  la  Vi'ga  -'  a])un(laba  en  el 
mismo  sentido,  por  lo  que  respecta  á  las  creencias  poste- 
riores á  la  creación  del  imperio  de  los  Incas,  atribuyendo 
á  Manco  Capac  y  a  sus  aniaatas  (sabios  y  adivinos  6 
sacerdotes)  la  extir[)3ci6n  de  la  idolatría  de  a<[Uellas  gene- 
raciones que,  no  sabiendo  levnnínr  el  [)ensamiento  á  cosas 
invisibles,  adoraban  animales  v  i»lantas,  montañas  v  cerros, 
fuentes  y  lagunas  y  otros  objetos  materiah's  de  diversa 
naturaleza,  sin  exeluir  los  más  viles  y  despreciables.  Ía)S 
Incas  y  sus  a  manías  enseñaron,  según  (íarcilaso,  que  no 
debía  ser  tenido  ni  adoi'ado  por  Dios  más  (pie  PacJuicaniac, 
inv¡sil)le  y  deseonoeido,  á  la  [Kir  con  el  sol,  [H)r  el  l)ien  (pie 


(1)  Tres  lírlacioncs  dr  Anliunciítnles  Vcvnnnns  pul)li(';ul:is  ]>or  v\ 
Miiiislcrio  (le  I*\)m(Milo  (Mnilrid,  isTít  ,  ron  un  Drúloj^o  <1»'  P.  Marcos 
Jiménez  de  la  Iv-pada. 

(2)  CuiHCiildiios  Jicalcs  del  Perú, 


102  SUPERSTICIONES  DEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

este  hacía  al  nuiíulo,  con  la  luna,  8ii  licrniana  y  mujer,  y 
con  las  r(\^phuuleciontes  estrellas,  que  eran  las  damas  y  las 
criadas  de  su  casa  v  corte.  El  célebre  naturalista  in2;lés 
Carlos  Roberto  DarAvin,  que  en  su  viaje  al  rededor  del 
glol)0  visito  las  pampas  argentinas,  creyó  ver,  antes  qne 
una  divinidad,  un  mero  altar  en  que  se  la  reverenciaba, 
en  el  arl)ol  qne  (4  indio  inciensa  con  el  humo  del  tabaco 
V  de  cuvas  ramas  cuel«:a  sus  ofrendas.  El  modo  de  ver  las 
cosas  á  este  respecto  parece  acercarse  mucho,  en  Darwin, 
como  se  ha1)rá  observado,  al  que  manifiesta-  el  autor  anó- 
nimo de  la  Bclacíón  antes  citada.  Sm  embargo  es  hidu- 
dable  que  las  generaciones  selváticas  adoraron  y  adoran 
en  ciertos  árboles  y  en  otros  objetos  naturales  (hasta  en  las 
piedras)  un  ser  divino  y  viviente.  Deteníanse  ante  el  reve- 
renciado árbol,  hablábanle,  y,  por  medio  de  los  sacerdotes, 
recibían  sus  respuestas  '^\  Entre  los  idólatras  del  Perú,  eran 
h Hacas  ú  objetos  sagrados  todos  aquellos  en  quienes  tenían 
por  cierto  (pie  se  al])ergaba  un  ser  divino,  como  en  las  pie- 
dras grandes,  en  tales  ó  cuales  árboles,  etc.  ^"\  Lo  propio 


(1)  Fr.  Bartolomé  de  las  Casas,  Historia  de  las  Lidias. 

«Este  modo  de  hablar  del  demonio  en  árboles  y  otras  formas,  ha 
sido  costumbj'c  mu}'  aiil¡í2,ua  suj'a,  para  tener  engañados  á  los  míseros 
hombres,  que  pareeiéndoles  cosas  prodigiosas,  los  adoraban  por  dioses.» 
(Fr.  Juan  de  Torquemada,  Monarquía  Indiana.) 

(2)  « Eran  coFa  sagrada  todas  aquellas  en  que  el  demonio  les  hablaba, 
e.^to  es,  los  ídolos,  las  penas,  piedras  grandes  6  árboles  en  que  el  ene- 
migo entraba  para  hacerles  creer  que  era  Dios.»  (Garcilaso,  Conieniarios.) 

'■  Adoran  los  ríos,  las  fuentes,  las  quebradas,  las  penas  ó  piedras 
grandes,  los  cerros,  las  cumbres  de  los  montes  que  ellos  llaman 
apadñías,  y  lo  tienen  por  cosa  de  gran  devoción:  finalmente,  cual- 
íiuicra  cosa  de  nalurah-za  que  les  parezca  notable  y  diferente  de  las 
«lemas,  la  adonuí  como  reconociendo  allí  alguna  pardeular  deidad.» 
''El  P.  José  de  Acosla,  Ilisloria  Natural  y  Moral  de  las  Indias.) 


CAPÍTULO  xrv.  193 

cabe  decir  de  las  generaciones  que  poblaron  6  que  ])U(blan 
aun  el  Chaco,  la  Pain]>a,  la  Patagonia,  etc.  Los  indios  de 
Chubut,  en  la  Patagonia,  adoran  la  piedra  sagrada  de  Ya- 
lalcycurd,  cuyos  huecos,  formados  por  las  piedrezuelas  que 
la  mai'ga  tenía  adheridas  {[  ella,  son  los  ojo.^  por  donde 
mira:  regalaida  con  fi'utos  de  la  tierra  y  con  chicha  ^  .  Los 
araucanos  (y  lo  juismo  acostumbraron  ejecutar  los  pata- 
gones y  pam})as),  no  solamente^  veneraron  y  colgaron  ofren- 
das de  las  ramas  del  ho¡(j]ic  6  canelo,  incensándoh^  eon  el 
luiiiio  del  tabaco  y  vertiendo  sobre  el  su  chicha,  sino  (pie 
en  sus  fiestas  y  ceremonias  y  en  sus  curaciones  (que  hacían 
los  machías  no  había  de  faltar  nunca  un  ramo  del  árbol 
sagrado,  al  cual  rendían  homenaje,  eomo  si  virtualmente 
presidiese  al  acto  que  celebraban -'"^ 

El  hombre  primitivo,  el  salvaje,  ofreció  cuanto  poseía  y 
más  j)reciaba  á  sus  (Hvinidades  arbóreas  en  todas  las  regio- 
nes del  globo:  en  Asia,  en  África,  en  Ivaropa,  en  Oceanía, 
en  el  Xuevo  Mundo.  Le  presentó  animales  en  saerificio,  y 
colgó  de  sus  ramas,  á  título  de  ofrendas,  mechones  de  peh), 
correas,  cintas,  dientes,  íleclias,  crines  de  caballo,  vasijas, 
pieles,  botellas,  pedazos  de  tela,  restos  de  cigarro  y  otros 
ohjetos  análogos.  El  indio  de  America,  además  de  estas 
olVeiidas,  vertió  la  ehieha  y  la  inbisión  de  la  yerba  (caá) 
en  las  grietas  de  los  árboles,  cual  si  las  divinidades  vege- 
tales que  reverenciaba  hubiesen  de  [>articipar  de  bebidas 
tan  codiciadas  y  favorecidas  del  cielo.  Incensólas  con  el 
humo  del  tabaco,  (jue  íué  siem[)re  para  él,   [)ara  el   mago, 


Cl^  Viaje  li  1(1  Pnfnnonid  An.^fni!  p»»r  I).  I'r;iii('¡-c«>  ]\  M..r,Mo. 
liiirims  Airt'S. 

{2)  f)rsrn))rión  Ilishuiro-  (ico¡/ni/ira  drl  Itcino  lic  ( 'hile  l^ov  I).  \"i- 
coMto  (\'irvMlI()  V  ( ¡ovciicclio.  Sniiliai;»)  <lo  ('lulo. 


194:  SUrERSTICIOXES  DEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

para  el  lieclncero,  para  el  sacerdote  (del  mismo  modo  que 
la  chicha,  y  la  yerba  del  Paraguay,  y  la  coca  del  Perú), 
elemento  indispensable,  ó  de  gran  valía,  en  el  ejercicio  y 
cumplimiento  de  sus  altas  funciones  y  ministerio  sagrado. 
A  presencia  de  los  arboles  sagrados,  tuvo  el  indio  sus  jun- 
tas y  i)arIa))iC))fo^^,  celebró  sus  festines  ó  borracheras,  bailó 
sus  danzas,  entonó  cánticos,  elevó  preces,  derramó  lágrimas 
de  dolor  v  de  ale2:ría. 

Cada  generación  consagró  el  árbol  que  sus  regiones  le 
ofrecieran  más  señalado,  ó  al  que  se  halla  vinculado  un 
hecho  sobrenatural  que  la  tradición  perpetua. 

Los  iiuhos  pampas,  patagones  y  araucanos  adoraron  el 
canelo  (hoiglic),  árbol  semejante  al  del  mismo  nombre  de 
la  India,  en  cuya  razón  se  lo  dieron  los  españoles  y  con- 
serva hasta  el  día  de  hoy.  El  tronco  tiene  unas  ocho  ó 
diez  varas  de  altura.  Echa  las  ramas  en  series  de  cuatro 
en  cuatro,  á  manera  de  cruz.  Sus  hojas,  alternas,  son  gran- 
des y  de  un  color  verde  claro,  blanquizcas  por  el  envés. 
Sus  flores,  pequeñas,  blancas,  olorosas,  estrelladas,  rematan 
los  ramos.  Este  árbol,  entre  los  indios  de  la  parte  austral 
del  continente,  hace  las  veces  que  el  olivo  entre  griegos  y 
romanos  y  en  la  Europa  cristiana.  Sus  ñestas  más  solemnes 
(cfujiünoi  ó  cahuines),  las  cuales,  sea  cual  sea  su  objeto, 
religiíjso,  bélico  ó  familiar,  terminan  en  borracheras  y  li- 
cencias, á  favor  del  pulco  (pulen)  ó  chicha,  ó  bien  del 
aguardiente,  que  es  su  néctar,  celébranlas  á  la  presencia  de 
un  canelo.  A  falta  del  árbol,  colocan  un  ramo  de  él  en  alto. 
Llevan  otro  en  la  mano,  que  parece  simbolizar  el  vínculo 
snpciioi-  íjue  auna  sus  voluntades  y  designios.  Un  ramito 
de  canelo  es  tanibién  pnnida  de  reconciliación  y  de  afecto, 
que  afianza   C(jn  sello  sagrado  la  consecuencia  de  la  con- 


CAPITULO     XÍV.  195 

(liicta  futura  de  los  (st¡j)ulant('s  con  las  protestas  do  cons- 
tante y  sincera  amistad  que  se  han  prometido.  De  las  si- 
métricas ramas  del  reverenciado  vegetal  cuelgan  los  indios 
nndtitud  de  ofrendas  á  la  deidad  ó  espíritu  que  su})onen  le 
anima,  es  a  saber:  cintas  usadas,  correas  6  f/iia.^cas,  trajíos, 
botellas,  restos  de  cigarro  ó  puc/to.^,  y  cuantas  bujerías, 
desechos  y  zarandajas  pudiera  envidiar  la  mas  caprichosa 
urraca. 

Celebraron  también  sus  juntas  los  hechiceros,  ostentando 
como  símbolo  de  su  oficio  unos  canutos  y  varillas  de  ca- 
nelo, árbol  consagrado  á  su  divinidad  protectora.  Compo- 
jiían  sus  hechizos  con  hierbas  y  excremento  de  ihuiícJics  ú 
otras  sabandijas  (pie  se  crían  dentro  de  las  cuevas  que  les 
sirven  de  mora<la  y  punto  de  reunión  para  sus  conciertos  en 
casos  graves  y  dificultosos.  Con  dichos  compuestos  unta- 
ban las  varillas  mágicas  de  <jue  acostumbraban  servirse. 
Solían,  en  sus  compuestos,  hacer  uso  del  liamhi  6  amhi ;  de 
donde  la  denominación  de  Jianihicanicn/o.^  que  tandjién  se 
daba  á  los  hechiceros.  Había  tanta  credulidad  en  este  punto 
entre  los  indios  de  Arauco,  que,  según  resulta  de  las  actas 
del  Cabildo  de  Santiago  de  Chile  en  los  primeros  tiempos  de 
la  con(pnsta,  matábanse  unos  á  otros  los  naturales  ó  íbansc 
consumiendo  con  el  anihl  y  otros  hechizos  que  les  daban  1(k 
((///hlccmiaf/os  y  demás  hechiceros,  siendo  julblico  y  notorio 
que  por  los  })Uebl<)S  se  hallaban  nuiltitud  ile  nniertos  de  am- 
bos  sexos  á  causa  de  tales  brebajes.  A  íin  de  poner  coto  á  un 
mal  tamaño,  mandós(»  primero  (|Ue  cada  seis  meses  saliesen 
á  visitar  la  tierra  cierto  número  Av  comisarios,  i*on  k\  en- 
cargo de  casligai'  á  los  deliucuelUes  con  todo  el  rigor  tlel  de- 
ret'ho.  Luego  se  dispuso  (pie  la  visita  st'  hiciesi'  cada  dos 
mes(s,  con  espei'ial  cuidado  de  ciisligar.  j)revia  inb^rmación 


196  SUPERSTICIONES  DEL  RÍO  DE  LA  PLATA. 

sumaria,  á  los  ha)nhicamaj/os  y  hechiceros;  porque  demás 
(Jcl  daño  que  reciben  Io>(  nntuvcdes,  se  desirve  d  Dios  en 
los  hechizos  que  hacen  invocando  cd  demonio^^\ 

El  eoib'o  y  la  c^aña  tacuara,  entre  las  generaciones  gna- 
raníes,  tnvo  su  lugar  en  las  ceremonias  y  mansiones  sagra- 
das. Los  guarayos,  originarios  del  Paraguay  y  establecidos 
luego  entre  el  Chaco,  Santa  Cruz  de  la  Sierra  y  Chiquitos, 
inciensan,  en  sus  templos  (focáis),  con  el  humo  del  tabaco 
el  interior  de  las  cañas  tacnaras,  que  después  llenan  de  chi- 
cha. ]\Iuerto  nn  guarayo,  le  entierran  cara  al  occidente,  di- 
rección hacia  la  cual  se  halla  la  deliciosa  residencia  de  su 
viejo  progenitor  6  abuelo,  llamado  Ahaangui,  que  espera 
á  sus  nietos  ó  descendientes  con  mujeres  hermosas,  chacras 
ó  huertas  de  mucha  fertilidad  y  abundancia  de  la  codiciada 
chicha  que  preparan  con  la  mandioca  ó  yuca,  más  fuerte 
que  la  que  sale  de  otras  plantas,  como  que  con  facilidad 
emborracha  y  hace  doler  el  vientre.  Al  salir  de  su  toldería 
en  dirección  al  poniente,  provisto  de  las  venturosas  tacua- 
ras, de  arco  y  flechas,  de  un  mate  ó  calabacino  lleno  de  chi- 
cha y  de  unas  cañas  dulces  para  regalo  del  abuelo,  se  le 
ofrecen  dos  caminos.  El  uno  á  la  derecha,  llano,  espacioso, 
cubierto  de  llores,  que  es  el  camino  de  los  cristianos  ó  ca- 
raís,  cuyo  termino  ignoran.  El  otro  á  la  izquierda,  angosto 
desigual  y  cubierto  de  makza  y  de  plantas  de  tabaco.  Este 
es  el  que  conduce  á  las  tierras  de  Ahaanguí  ó  abuelo  de 
los  guarayos.  Tras  largas  y  penosas  jornadas,  en  las  que 
más  de  una  vez  le  han  sacado  de  apuros  las  tacuaras  que 


(1)  Adaa  del  Oihildo  de  Scatlia/jo  {de  2  de  enero  y  O  <le  iiov¡em])re 
do  líV^i)  en  líi  Cokíxióit  de  Ilisloriadorcs  de  dille  y  Jhcimienlob-  re- 
kitu'o.s  <i  Ifi  ¡¡¡íilijria  Xacloiial.  Hunliago,  18G1  y  .siguientes. 


CAPÍTULO    XIV.  197 

lleva  al  intento,  entra  en  la  «suspirada  rei^ión  «londeereoe  el 
corpulento  ceiho  6  ziiinandíj  {\  cuyo  pie  se  sienta  a  (!(•<- 
cansar.  Libando  el  dulce  néctar  de  sus  aterciopeladas  llo- 
res rojas  revolotean  en  torno  multitud  de  colibríes,  mien- 
tras el  peregrino,  no  (|U('i'iendo  ser  menos,  a])ela  á  su  mate 
y  s(^  bebe  la  cliiclüi.  Prosii;'ae  su  camino,  y  cuando  enti'a 
en  la  ciudad  de  ^lhaan(/}fí,  recibe  un  baño  de  cuerpo  en- 
tero, que  le  deja  libre  de  toda  ]K'stilencia  y  en  especial  de 
la  macula  y  tufo  que  liubicre  j)odido  pe^íarsele  de  su  roce 
con  los  cristianos -^^e 

El  algarrobo,  árl)ol  en  que  se  ahorco  Judas  j^ara  abogar 
sus  remordimientos,  fué  también  entre  los  indios  de  las  re- 
giones orientales  déla  Cordillera  planta  venerada.  Llamanle 
(acu  (árbol),  como  quien  dice  el  árbol  ]>or  excelencia.  Hom- 
bres V  animales  acuden  á  él  en  busca  de  grato  alimento.  De 
él  hacen  aloja  y  la  pasta  á  que  llaman  patcnj.  En  torno  de 
él  celebraban  los  indígenas  la  fiesta  chiqui,  presentándole 
las  cabezas  de  guanacos,  liebres,  pumas  y  otros  animales, 
excepto  de  avestruces  6  Huríc.^,  que  respetaban.  Esta  cei'e- 
monia  era  acompañada  de  borrachera  y  canto,  como  toda 
fiesta  semejante  entre  los  indios,  y  se  ha  conservado  hasta 
mediados  del  siglo  actual.  Tsában^i  por  este  t¡em])0  los 
cam[)esinos,  con  el  objeto  de  conjurar  la  seca  y  otras  cala- 
midades. Terminada  la  fiesta,  coirían  á  pie  una  carrera, 
cuyi)  premio  consistía  en  unos  muñecos  Ofucif/fUfsJ  de  masa 
pendientes  del  árbol,  <jUe  era  la  meta  ". 

El  (i/njnuf/f  copal  ó  benjuí  de  las  Misiones  del   Taraná 


(  1 )     í.'is  Misifinrs  FroHcisrann^'  mire  los  Infirfrs  fie  llolirin  por  v\ 
\\.  \\  Vv.  José  C'anlns. 
K^'l)    Londres  //    (Aihmntrra    por  I).  SainiK'l  A.  1. áfono  y  Qucvolo. 


198  SÜPERSTICrONES  DEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

y  l^nigiiay,  es  árbol  cuya  madera  se  aplicaba,  por  su  gro- 
sor é  ineorruptibilitlad,  á  la  fiUbrlca  de  las  grandes  iglesias. 
Sus  hojas,  medio  abiertas,  miran  siempre  al  sol.  Extraíase 
de  él  un  balsamo  á  que  se  atribuían  extraordinarias  virtu- 
des, aplicado  á  las  heridas,  llagas  y  corrupciones  de  huesos. 
T Jamábase  hál.^ciíno  del  Brasil.  Las  mismas  propiedades 
tiene  el  palo,  que  para  el  efecto  se  pulveriza  y  mezclado  con 
agua  se  pone  al  sol.  Su  cocimiento  recomiéndase  jDara  cu- 
rar las  úlceras  del  estomago,  del  hígado  y  de  los  pulmones, 
así  como  aquellas  eufermedades  que  han  hecho  famoso  por 
el  mundo  al  guayacán  y  palo  santo.  Su  leña  hace  un  fuego 
dorado  y  da  un  escaso  humo  suavísimo  que,  al  paso  que 
recrean  la  vista,  confortan  el  cerebro.  Su  olor  es  semejante 
al  del  benjuí;  por  lo  vque  lleva  también  este  nombre.  Los 
sacerdotes  ó  hechiceros  guaraníes,  los  payés,  servíanse  de 
la  aromática  resina  del  anguay  para  incensar  los  adorato- 
rios  en  que  ejercían  sus  funciones.  De  ahí  el  distinguir  á 
tan  preciado  vegetal  con  la  denominación  de  ihird-2')ayc, 
voces  guaraníes  que  significan  literalmente  árbol  de  los 
hechiceros  ^^\ 

Los  mocobíes,  indios  del  Chaco  argentino,  imaginaron 
un  árbol  altísimo,  llamado  ncdiadiyua,  por  donde  las  almas 
de  los  muertos,  de  rama  en  rama,  subían  al  cielo.  Un  día 
que  una  vieja  fué  á  pescar  á  una  laguna,  volvió  muy  triste 
á  su  toldo,  por  no  haber  logrado  llevar  á  sus  hijos  ni  uno 
siquiera  de  los  abundantes  y  ricos  pescados  que  criaban 
las  aguas  de  aquel  privilegiado  receptáculo.  La  pobre  vieja 


n  )  Kl  W  l^•(l^o  Lozano,  Ilial.  de  la  CoiKpiisí.  del  Pcireig.,  Rio  de  la 
J'laL  ij  Tacíim.  VA  Ilcrinaiio  Pedro  Montoiicnro,  Plantas  Medieinales 
de  Miniónos,  en  la  llcvii<la  del  Pasado  Argentino  por  T>,  M.  R.  Trelles, 


CAPÍTULO    XIV.  lílO 

(letenniíió  ir  de  j)U('i-ta  en  piicría  pidiendo  limosna  ;1  los 
mocobícs  para  suplir  su  iudi^ciicia,  y  los  nioc'ol)íes  lo  ne- 
garon liniosníj.  Entonces  la  vieja  se  ti'ansfornio  en  cdpi- 
(jiiara  (por  otro  nombre  capi nclio),  cuadrujx'do  que  vive 
en  las  rihei-as  de  las  aguas  (donde  se  zabulle  con  freeuen- 
cia),  regularmente  pobladas  de  monte,  que  es  su  guarida. 
La  ca})iguara  (que  tiene  muy  buenos  dientes)  empezó  á 
roer  la  corteza  del  ncdiad'Hjua.  Después  (]ue  le  hubo  des- 
cortezado, continuó  su  tarea,  royendo  el  tronco.  Por  ultimo, 
tanto  royó  y  royó,  que  dio  en  tierra  con  el  árbol:  irrepara- 
])!('  pérdida  y  desgracia  j)ara  la  nación  mocol)!,  que  desde 
entonces  se  halla  privada  de  un  medio  de  ascender  tan 
agradable  y  descansadamente  á  las  regiones  celestiales. 

Plantas  hay,  por  lo  regular  aromáticas,  cuyas  hojas,  fru- 
tos ó  raíces  contienen  principios  que,  asimilados  por  la  eco- 
nomía animal,  exaltan  la  vida  nerviosa.  Unos  son  veneno- 
sos; otros  inofensivos,  ó  pocíjs  perjudiciales,  si  se  toman  en 
corta  cantidad.  Entre  éstos,  algunos  han  venido  á  consti- 
tuir una  necesidad  para  el  hombre  en  las  sociedades  mo- 
dernas, necesidad  que  en  unos  concurre  á  la  convcMiiente 
alinuMitación  ó  al  legítimo  regalo,  y  en  otros  llega  á  dege- 
nerar en  abuso  nocivo  y  aun  en  vicio  fatal  y  repugnante, 
como  la  embriaguez,  (jue  degrada  y  aniquila. 

Pide  el  ejercicio  de  la  magia  (jue  la  voluntad  acaudale 
y  sujete  enteramente  á  su  dominio,  en  tienqu)  oportuno,  la 
mayor  cantidad  i)osible  de  fuerza  nerviosa.  k>iendoen  ayu- 
nas, mejor;  ponjue  entonces  el  trabajo  lisiológico  del  orga- 
nismo no  embaraza  la  facultad  intelectiva  de  niniriui  modo. 
^lanÜiéstase  por  esa  razón  en  las  ceremonias  y  prácticas  de 
la  magia  una  tendencia  á  dcsma/rriaUzar,  digámoslo  así, 
progresivamente  el  ser  humano,  á  separarle  de  su  parte 


200  SUPERSTICIONES  DEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

orgánica,  á  sustraerle  de  la  acción  puramente  material  de 
las  fuerzas  físicas.  Para  conseguirlo  más  fácilmente,  para 
favorecer  la  exaltación  y  mayor  lucidez  de  las  facultades 
que  cultiva,  se  vale  de  los  excitantes  ó  de  ciertas  substan- 
cias narcóticas  que  se  califican  de  estupefactivas.  Entre 
ellas  ocupa  el  primer  lugar  en  el  Oriente  el  haschísch, 
voz  árabe  que  significa  yerba,  queriendo  dar  á  entender 
que  es  la  yerba  por  excelencia.  Llámanle  también  yerba 
de  los  fakires.  Los  árabes,  y  en  especial  los  del  Egipto, 
han  hecho  un  estudio  escrupuloso  de  las  sustancias  lla- 
madas psíquicas,  por  sus  propiedades  excitantes  del  cere- 
bro. Preparan  bebidas  que  hacen  divagar  y  promueven  la 
verbosidad ;  bebidas  que  inducen  al  canto,  á  la  danza ;  be- 
bidas que  sumergen  al  hombre  en  un  piélago  de  deleites: 
todo  lo  cual  se  efectúa  mediante  una  predisposición  de 
ánimo,  un  cultivo  mental  precedente,  que,  como  la  tierra 
labrantía,  recibe  la  substancia  psíquica  eficazmente,  ampli- 
ficando y  embelleciendo  prodigiosamente  el  movimiento  de 
las  ideas  y  de  las  ilusiones  ^^\ 

La  preferente  nutrición  del  organismo  acorta  el  vuelo 
del  entusiasmo.  El  estado  de  robustez  opónese  á  los  des- 
vanecimientos del  misticismo.  La  preponderancia  de  los 
excitantes,  })or  el  contrario,  no  puede  menos  de  ser  dañosa; 
pero  en  camijio  convida  el  espíritu  á  elevarse  con  valentía 
y  lucidez  al  nuuido  de  las  ideas  ^-'.  El  alcohol,  el  café,  el 
te,  el  chocolate,  el  tabaco  y  el  mate  figuran  en  primera  lí- 
nea entre  las  substancias  estimulantes  de  uso  cotidiano. 


(1)  Traite  Tlicüviqíic  el  Pralajue  che  IlascJiich  etc.  aiióiiimo  (Eriiest 
Bosc). 

(2)  Papus,  Traite  Élémenlaire  de  Magie  Fratique. 


CAPÍTULO    XIV.  201 

El  café  me  rcaní uid,  me  dcsasiia,  decía  el  cele])re  Zíin- 
meniiann,  y  Napoleón  se  explicaba  sohre  el  particular  de 
este  modo:  <- El  café,  bien  cargado  y  en  abundancia,  me 
hace  revivir:  me  ocasiona  cierto  escozor,  un  roimiento  i>ar- 
ticular,  cierto  dolor,  (jue  no  deja  de  ser  placentero;  pero  yo 
prefiero  sufrir  algo,  li  no  sentir  nada.»  «Por  eso,  dice 
I).  Pedro  Felipe  Monlau  (cuya  es  la  cita  precedente),  lian 
alcanzado  tan  colosal  fortuna  el  alcohol,  el  café,  el  tabaco 
y  demás  estimulantes  que  hacen  .sentir  enérgieamente.  ^  ^^^ 
E  igualmente  por  eso  usaron  algunos  de  tales  estifnulantes 
los  adivinos,  para  encender  el  entusiasmo  prof ético,  antes 
de  dar  sus  oráculos.  El  tabaco  de  Méjico,  de  las  Antillas, 
de  las  regiones  que  baña  el  Orinoco,  la  coca  del  Perú  y  la 
yerba  del  Paraguay  fueron  [)lantas  mágicas  6  sagi'adas, 
cuyas  virtudes  enseño  la  divinidad  al  sacerdote,  para  (pie 
de  ellas  se  embebiese,  cuando  hubiere  de  consultarla  c^n  el 
acto  de  ejercer  su  ministerio.  El  sacerdote  no  hacía  más 
que  comunicar  á  los  consultores  las  respuestas  (]ue  le  daba 
la  divinidad,  6  el  demonio,  á  (juien  invocaba. 

Las  })lantas  que  })or  sus  condiciones  ó  propiedades  se 
singularizan  de  alguna  manera,  arraigan,  florecen  y  fructi- 
fican en  el  fértil  v  dilatado  camiw  del  mito  v  de  la  levenda. 
Señaladamente  las  plantas  excitantes,  en  todas  las  regiones 
del  globo,  [)agan  tributo  á  la  fábula;  como  (jue  las  utiliza 
el  mago  y  el  adivino  })ara  encender  en  su  espíritu  il  fuego 
del  entusiasmo.  Así,  el  tabaco,  la  coca  y  la  yerba  (del  mate), 
plantas  originarias  de  América,  tienen  su  historia  míliea. 
Los  antillanos  cultivaban  el  tabaco  en  sus  huertas,  v  su 
uso  (aspirando  el  humo  hasia  el  [)uiUo   de  embriagarse  y 

(1)    Elementos  de  Ilijicnc  Públieü, 


202  SUPEKSTICIOXES  DEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

caer  como  muertos)  parecíales,  no  solamente  provechoso, 
sino  niuij  santa  cosa^^K  Los  mejicanos  (asimismo  dados 
á  su  uso)  le  llamaron  pifdcfl,  y  creyeron  ver  en  la  peregrina 
planta  (|ue  les  producía  una  borrachera  deleitosa  e  inspi- 
radora el  cuerpo  de  la  diosa  Cíhuacohuatl^-K 

Los  indios  de  las  Antillas  (Santo  Domingo,  Cuba)  aspi- 
raban el  tabaco  por  las  fosas  nasales,  introduciendo  al  intento 
en  ellas  unas  cañuelas  de  carrizo.  Los  bohiques  ó  sacerdotes 
y  los  caciques  y  hombres  principales  usaban  para  ello  un 
cañuto  de  un  jeme  de  largo  y  un  poco  menos  grueso  que 
el  dedo  meñique,  el  cual,  por  uno  de  sus  extremos,  se  re- 
partía en  dos  conductos,  que  se  aplicaban  conjuntamente  á 
las  ventanas  de  la  nariz.  Al  acto  de  aspirar  el  humo  de  la 
hierba  de  que  se  trata  y  aun  al  instrumento  de  que  se  ser- 
vían para  el  efecto,  dábanles  el  nombre  de  cohoha  y  el  de 
tabaco,  según  el  primer  cronista  del  Nuevo  Mundo  Gon- 
zalo Fernández  de  Oviedo  ^^^.  Pero,  ya  fuese  que  los  espa- 
ñoles no  hubiesen  comprendido  bien  el  sentido  de  estas 
voces,  ya  que  en  realidad  significasen  también  la  hierba  de 


(1)  Gonzalo  Fernández  de  Oviedo,  Historia  General  y  Natural  de 
las  Indias. 

(2)  Fr.  Juan  de  Torquemada,  Monarquía  Indiana.  De  la  voz  me- 
jicana ¡^itciell  vino,  sin  duda,  el  nombre  de  peto,  que,  seg-ún  Solórzano 
(Pülií.  IndJ,  dieron  también  al  tabaco  los  españoles.  De  aquí  pudo 
nacer  asimismo  el  verbo  pilar  (fumar),  vulgarizado  en  América.  La 
voz  guaraní  jjeti  y  la  araucana  puthem,  que  signiñcan  tabaco,  asemé- 
janse  bastante  á  la  mejicana  ¡yilcietL 

(3)  «E  á  aquel  tal  instrumento  con  que  toman  el  humo,  ó  á  las 
caruK'las  que  es  dicho,  Haman  los  indios  tabaco,  é  no  á  la  hierba  ó 
sueño  fiue  les  toma  (como  pensaban  algunos).  (Gonzalo  Fernández 
de  Oviedo,  Historia  General  y  Natural  de  las  Indias.) 

<  Callabas  (cohobas  dcíbe  leerse)  6  ahumadas  que  los  indios  toman, 
que  assimismo  llaman  tabacos.-»  (El  mismo,  en  la  obra  citada.) 


CAPÍTUI/)    XIV.  203 

que  se  trntn,  6  ya  que  por  traslación  se  liiibicse  dado  a  la 
cosa  que  usaban  el  mismo  nombre  que  tenían  el  uso  y  su 
instrumento,  ello  es  que  llamaron  cohoha  y  mas  constan- 
temente, hasta  el  día  de  hoy,  iabaco  á  la  planta  referida, 
á  su  hoja  y  á  su  picadura  '^K 

Los  magos  j  sacerdotes,  adivinos,  hechiceros  y  médicos, 
hanse  valido  de  los  sueños,  éxtasis  y  arrobamientos,  de  las 
alucinaciones  y  el  delirio,  producidos  artiík-ialmente  por 
medio  de  substancias,  ora  narcóticas,  ora  excitantes,  para 
obrar  las  maravillas  de  que  se  decían  capaces.  Por  eso 
los  poetas  líricos  y  épicos,  comparados  á  los  profetizadores 
y  adivinos  (vates),  han  sinmlado  colocarse  en  un  estado  de 
furor  y  entusiasmo  divinos,  que,  haciéndoles  ver  lo  que  se 
sustrae  á  los  ojos  del  común  de  los  hombres,  les  permita 
decir  cosas  extraordinarias,  con  poderoso  acento  que  con- 
mueva y  arrebate:  la  naturaleza  del  asunto  que  suscita  la 
inspiración  suele  á  las  veces  inducirlos  á  pedir  heleno  para 
sus  sienes ^-^  Plinio  el  Naturalista  menciona  nudtitud  de 


(1)  Cohoha  en  Pedro  Mártir  de  Anglería  (Fiioites  Históricas  sobre 
Colón  y  America,  trad.  por  el  doctor  don  Joaquín  Torres  Asensioj  y 
en  Fr.  Bartolomé  de  las  Casas  (Historia  de  las  Indias). 

(2) 

Noche,  lóbrega  noche,  eterno  asilo 
I)el  uíiserablo  que  esquivando  el  sueño 
Profundas  penas  en  silencio  gime, 
No  desdeñes  mi  voz :   Ulal  beleño 
Presta  á  mis  sieius,  y  en  tu   horror  sublime 
Empapada  la  ardiente  fantasía, 
I)a  A  mi  pincel  fatídicos    coloivs 
Con  que  el  tremendo  día 
Trace  al  fulgor  do  vengadora  tea, 

Y  el  odio  irrite  de  la  patria  mía, 

Y  escándalo  y  terror  al  urbe  sea. 

(I).  Juan  Nii'asio  Gallego,  Klenfa  titulada  A'/  'i'.«  ./í 
triado,  en  sus  Obras  IWticas  publicadas  por  la 
Ucal  Acudeiuia  Lspaúola.) 


15. 


204  SUPERSTICIOXES  DEL  RÍO  DE  LA  PLATA. 

hierbas  á  que  atribuían  sus  contemporáneos  virtudes  pre- 
ternaturales, preconizadas  especialmente  por  los  filósofos 
griegos  Pitagoras  y  Democrito,  que  habían  recogido  algu- 
nas enseñanzas  de  los  magos  de  la  Persia,  de  la  Arabia, 
de  la  Etiopia  y  del  Egipto :  hierbas  para  evocar  á  los  dio- 
ses, para  alcanzar  el  don  de  adivinanza,  para  engendrar  un 
delirio  que  hacía  ver  cosas  extraordinarias  ^^^  Entre  las 
substancias  narcóticas  ó  estupefactivas  (como  quieren  de- 
nominarlas) que  han  usado  y  usan  los  magos  del  Oriente, 
ninguna  ha  sido  tan  celebrada  por  su  excelencia  (según 
queda  indicado)  como  el  famosísimo  haschisch,  que  se 
extrae  del  cáñamo  de  la  India  ^-\  Los  magos  del  Nuevo 
Mundo  han  tenido  también  su  haschísch.  Su  haschisch  ha 
sido  la  hierba  sagrada  ó  santa,  el  preciadísimo  tabaco '^'K 
El  uso  de  él,  nacido  (al  parecer)  en  las  Antillas,  pasó 
luego  á  la  tierra  firme,  donde  se  extendió  fácilmente  por 
todas  partes:  desde  el  seno  mejicano  hasta  las  costas  ma- 
gallánicas.  Pusieron  el  tabaco  sobre  las  brasas,  inhalando 
el  humo  por  boca  y  narices.  Admira,  dice  el  Dr.  Ni- 
colás Monardes,  el  uso  que  hacían  del  tabaco  los  sacer- 
dotes de  los  indios.  Cuando  los  caciques  y  hombres  prin- 
ci[)ales  tenían  que  consultar  algún  negocio  de  importancia, 

(1)  C.  Plinii   Secundi  Naturalis  Historia  (lib.   XXIV  y  XXV). 

(2)  Los  negro?,  en  América,  emborrachábanse  (y  aun  lo  hacen) 
con  lo  que  en  el  Río  de  la  Plata  y  en  el  Brasil  llaman  paiigo,  que 
es  la  hoja  de  cáñamo  (quizás  el  índico).  Fiunanle  en  pito  6  cachimbo, 
y  los  marea  y  atolondra,  inyectándoles  los  ojos  d.^.  sangre  y  causándoles 
una  tos  recia  y  escabrosa;  pero  para  ellos  es  una  delicia. 

(3j  Xi  ]\rauíy  {La  Marjie  et  l'Astrologie),  ni  Papus  (Traite  Élé- 
mnntairc  de  Magia  Pratiqíie),  ni  el  autor  anónimo  del  Traite  Théoriqne 
el  Prattque  du  líasclü/'h  et  autres  suhstames  psiehiques  (París,  1804), 
hacen  mención  del  tabaco  entre  las  plantas  célebres  por  sus  propie- 
dades y  uso  en  la  magia  y  hechicería. 


CAPÍTULO    XIV.  205 

recurrían  al  .sacerdote.  El  sacerdote,  á  su  presencia,  tomaba 
unas  hojas  (h  tabaco,  echábalas  en  la  lami)r('  y  recibía  el 
humo  (le  ellas  por  la  boca  y  por  las  narices:  en  tomándolo, 
caía  en  el  suelo  como  muerto.  Lucido,  volviendo  en  sí,  daba 
las  respuestas,  conforme  d  loa  fanta>ímas  c  ilusiones  que 
micnfras  rsfaha  dr  aquella  manera  vía^^K  Además  del 
tabaco  de  cultivo,  hay  cu  la  América  del  ?:^ur  uno  silvestre, 
de  mayor  fortaleza  y  eficacia,  al  cual  los  indios  del  Perú 
llamaron  coro  y  los  gw^Y^nxQ^  j)ct¿  zactc  y  caá  yuqui  -\ 
Al  hortense  los  indios  del  Perú  dieron  el  nombre  de  saire 
0  sairi^  '. 

Sacerdotes,  magos,  hechiceros,  adivinos  y  médicos,  en  el 
Perú,  eran  oficios  que  primitivamente  estuvieron  en  mano 
de  una  sola  persona;  mas  á  veces  anduvieron  divididos.  Lo 
más  común  fué,  sin  embargo,  que  los  sacerdotes  reuniesen 
todos  esos  ministerios^^'.  Lo  propio  ha  sucedido  en  todo  el 
Nuevo  Mundo.  Desde  el  norte  de  América  hasta  Tierra 
del  Fuego,  sacerdotes,  adivinos,  médicos  y  hechiceros  rara 
vez  ejercieron  privativamente  .alguno  de  estos  oficios.  El 


(1)  «Y  él  la-^  interpretaba  como  le  parecía  ó  como  el  demonio  le 
aconsejaba,  dándoles  de  continuo  las  respuestas  ambij^uas  de  tal  ma- 
nera, que,  como  quiera  que  acaeciese,  podían  decir  que  aquello  era  lo 
que  dijeron  y  la  respuesta  que  dieron.»  (Historia  MrJicifnil  de  las 
cosa.s  que  se  traejí  de  nuestras  Indias  OccUlcntalcs  por  el  Dr.  Monar- 
des.  Sevilla,  \'ü\.) 

(2)  El  P.  I^arlolomé  (V.bo,  Historia  del  Nuevo  Mundo. -El  Her- 
mano Pedro  Montcneijro,  Plantas  Mrdirinalcs  de  Misiones. 

(3)  '^Mieses,  raíces,  hierbas  medicinales,  en  especial  las  dos  que 
llama  coca  y  sairc,  sacriHcal)an.  Saire  es  la  que  por  otro  nond)re  dicen 
tabaco.*  ( Ixclaciún  de  las  Costa )nhres  Anticuas  de  los  Xaturalcs  del 
Pira  (anónima),  en  la  obra  titulada  Tres  ¡íclaciones  de  Antii/iiedade.'i 
Peruanas  pul)l¡cadas  por  el  Ministerio  de  Fomento.  Madrid,  1S79). 
También  en  (íarcilaso,  Conient.  ¡xeal. 

(4)  El  P.  Bernabé  Cobo,  lUatoria  del  Xucvo  Mundo, 


206  SUPERSTICIONES  DEL  REO  DE  LA  PLATA. 

nui2;o  lo  ora  todo:  su  inspirador,  el  demonio,  no  había  cosa 
a  (^ue  no  diese  satisfacción  cumplida.  Para  ejercer  sus  fun- 
ciones todos  estos  ministros  de  pillán,  zopay,  huccuvú  ó 
ahanga  recurría  con  preferencia  á  la  virtud  excitativa  de  la 
planta  privilegiada  de  su  suelo  respectivo :  el  mago  de  Mé- 
jico 6  de  Venezuela  al  tabaco,  el  de  las  Antillas  también  al 
tabaco  ó  cohoha,  á  la  coca  el  del  Perú,  y  el  guaraní  á  la 
yerba  del  Paraguay.  Hacían  además  uso  los  hechiceros,  en 
diversas  aplicaciones,  de  ciertas  semillas.  Los  indígenas  del 
Perú  servíanse  con  mucha  frecuencia  del  maíz  y  de  los  frí- 
soles, á  la  par  con  unas  pedrezuelas  negras  ó  de  otro  color 
diferente,  que  guardaban  con  religioso  cuidado,  pasando, 
por  la  muerte,  de  unas  á  otras  manos.  Decían  los  hechiceros 
que  estas  piedras,  ellos  ó  sus  antepasados,  habíanlas  obte- 
nido  por  medios  sobrenaturales.  A  unos  se  las  diera  el 
trueno,  á  otros  el  alma  de  algún  difunto  que  se  les  presen- 
tara de  noche,  y  otros  las  hallaron  en  una  gitaca^^K 

Los  boicios  (ó  hohiques)  de  las  Antillas,  adivinos  y 
médicos,  consnltaban  á  los  zcmes  (ó  cemies).  Purgábanse, 
ayunaban  y  embriagábanse  (según  queda  indicado)  con 
la  cohoha  (ó  tabaco).  Respondían  á  ley  de  oráculos,  me- 
diante estos  estímulos,  y  curaban  gesticulando  ridicula- 
mente, soplando  y  chupando,  y  simulando  arrojar  un  huese- 
cillo  6  piedrezuela  ú  otro  objeto  que  les  parecía  conve- 
niente presentar  como  causa  de  la  dolencia  ^^l 

El  adivino  del  norte  del  Orinoco  encerrábase  en  su  bohío, 
inspirando  por  boca  y  narices,  durante  uno  ó  más  días,  el 


(1)  El  P.  Bernabé  Cobo.  Jlisioria  del  Nuevo  Mundo. 

(2)  Pedro  Mártir  de  Anglería,    Fuentes   Históricas  sobre    Colón  y 
América  dadas  á  luz  y  trad.  por  el  Dr.  D.  Joaquín  Torres  Ascnsio. 


CAPÍTL'LO    XIV.  207 

humo  del  tal)aco,  hasta  que,  adormecido  con  él,  caía  al 
suelo  como  muerto  ^^^. 

Los  adivinos  íamaicfasj  del  Inca  ofrecían  la  coca  á 
sus  ídolos.  Conocieron  esta  planta  los  monarcas  peruanos, 
cuando,  extendiendo  sus  coníjuistas,  exploraron  la  cordillera 
de  los  Andes,  de  cuyos  valles  más  calientes  es  originaria. 
Tragaban  la  substancia,  masticando  las  hojas  6  revolviendo 
en  la  boca  una  pelotilla  que  formaban  con  ellas  y  cal  de 
conchuelas  ^-\  Reponíales  las  fuerzas  quebrantadas  por  el 
cansancio,  mitigábales  la  sed  y  el  hambre  en  jornadas  por 
desiertos  y  serranías  privadas  de  agua  y  de  todo  alimento, 
encendíales  el  rostro,  y,  mezclada  con  el  tabaco,  causábales 
un  deleitoso  transportamiento.  A  sol(j  el  Inca  estaba  re- 
servado el  cultivo  de  la  })reciada  planta  en  pequeñas  y  pri- 


(1)  Oviotlo,  llist.  de  las  Iiid.  —  Fucntos  y  Giizim'iii,  lírcordación 
F/orida  (.sobre  los  hondios  y  iiaijnalcs,  sacerdotes  de  Vcneziiehí  y  de 
Cíiiateinala). 

(2)  «Los  indios  cuentan  de  la  coca  lo  mismo  que  los  aficionaílos 
del  tal)aco,  por  ser  un  equivalente  (en  cuanto  al  uso  de  mascarla),  como 
la  yerha  del  Paraj»uay  (lo  es  del)  al  te  y  café.»  (El  Lazarillo  de  Cie- 
gos Caniinanles  desde  Buenos  Aires  husla  Lima  por  D.  Calixto  l>us- 
tamante  Carlos  Inca,   natural  del  Cuzco.     En  (iijón.     Año  de  1773.) 

En  el  Perú,  en  Bolivia  y  en  alj^unas  provinciíis  ar.Líentinas  (Jujuy, 
Salta)  mascan  ó  chupan  la  coca,  como  en  otras  partes  lo  hacen  con  el 
tabaco,  al  que  suple  con  ventaja  en  esa  forma.  Hacen  una  pelotilla, 
que,  mezclada  con  la  ceniza  del  jume,  revuelven  en  la  boca.  La  potasa 
(álcali)  del  jume  se  combina  ó  une  liireramcnte  con  la  cocaína  i, alca- 
loide), díindolc  mejor  irusto.  Mézclaida  también  con  la  ceniza  de  la 
quinua  y,  se;íiln  el  V.  J5i'rnal)é  Cobo  i  llist.  del  Xaev.  Mand.l,  con  la 
de  huesos,  piedras  y  conchas  de  mar  (juemadas.  La  pasta  así  formada 
lleva  el  nombre  de  tjirta.  Tam!)ién  haiían  su  i/ir/a  con  el  tabaco  los 
indios  peruanos,  al  pn»pit)  intento:  sufrir  la  sed  y  el  hambre.  .Mascá- 
banlo y  mezclábanlo  i'on  polvo  de  conchas  <le  almejas  tpiemadas,  y 
formando  unas  pelotillas,  las  ixuardaban  para  usarlas  en  lariras  y  pe- 
nosas jornada»:,  i  Ilisl.  M>d.  de  las  cosas  (¡uc  se  traen  de  nueslrtvi  Ind. 
Occid.  \)oi'  el  I)r.  Monardes.  Sevilla,  1371.) 


20S  SUPERSTICIONES  DEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

inoroí^a^í  el la eras  bajo  la  guarda  de  celosos  camayos,  Ee- 
o'alaban  una  vez  al  ano  una  bolsita  de  coca  á  los  hunos 
(curaeas  de  diez  mil  vasallos),  quienes  les  correspondían 
enviándoles  un  vaso  de  oro.  Hubo  al  oriente  del  Cuzco  (en 
la  región  de  la  coca)  una  mujer  muy  hermosa,  pero  liviana. 
Su  vida  deshonesta  escandalizó,  y  fué  necesario  imponerle 
un  ejemplar  castigo:  la  mataron  y  enterraron  en  medio  del 
cam}>o.  De  su  cuerpo  brotó  una  planta:  era  la  coca.  Reco- 
gieron sus  hojas,  y,  secándolas  al  sol,  pudieron  conocer  y 
admirar  sus  virtudes:  la  generosa  tierra  todo  lo  tapa  y  todo 
lo  ])urifica,  transformando  los  más  sucios  despojos  en  frutas 
exquisitas  y  en  bellas  flores  multiformes  que  embriagan 
con  su  perfume.  Llevaban  la  coca  en  una  chitsj)a  ó  bolsa 
de  tejido  que  á  manera  de  morral  pendía  de  una  trenza  ó 
'inta  que  bajando  del  hombro  izquierdo  caía  hasta  la  cintura 
del  costado  derecho.  Estábales  prohibido  probarla,  hasta 
después  de  haber  tenido  cópula  ^^ I 

Los  adivinos  quemaban  la  coca  mezclada  con  sebo  de  car- 
neros de  la  tierra  (llamas,  alpacas,  etc.).  Sus  médicos,  que 
ordinariamente  reunían  á  su  oficio  el  de  adivinos  y  hechi- 
ceros, liaeían  que  los  enfermos  soplasen  un  poco  de  coca  ha- 
cia el  sol,  ofreciéndosela  y  pidiéndole  la  salud.  Los  magos, 
])ai'a  dar  sus  oráculos,  mascaban  la  coca,  ora  cantando,  ora 
llorando.  Con  palabras  que  tenían  consagradas  al  intento, 
invocaban  las  almas  de  las  personas  de  quienes  querían  sa- 
Ijer  algo.  Tenían  los  indígenas  por  cosa  de  mal  agüero  el 
canto  de  ciertas  aves  extrañas,  como  los  buhos  y  lechuzas, 


fl)  Iiiformafióa  de  las  idolalrías  de  los  Incas  en  la  Calece,  de  Do- 
riim.  inéd.  del  Ardí,  de  Lid.  por  D.  L.  Torres  de  Mendoza. —  El  Inca 
(jrarcilaso  de  la  Ve;;a,  Coiueiilarios  Realas  del  Perú. 


C 


CAPÍTULO   xrv.  209 

así  como  o]  aullido  di;  los  porros;  y  para  ahajar  ol  (laílo  de 
que  se  creían  amenazados,  ofrecíanles  coca,  pidiéndoles  (pie 
no  les  hiciesen  mal  y  rpie  matasen  a  sus  enemigos  ^^^. 

La  coca,  del  niisnKj  moílo  (pie  la  yerba  del  Para^í^nay  ó 
del  mate,  el  acliuma,  el  chamico,  el  tabaco,  el  maíz,  el  mo- 
lle,  el  ají  ó  pimiento  y  otras  i)lantas  indí<!;cnas,  pasaron, 
con  sus  virtudes  mágicas,  de  las  manos  del  indio  á  las  del 
nuevo  poblador  de  la'  tierra.  Las  nnijeres  livianas  sobre 
todo  y  los  hombres  enamorados  acudían  á  los  hechiceros 
criollos  en  busca  de  los  medios  de  conquistarse  la  volun- 
tad de  la  persona  amada.  Unos  daban  á  mascar,  ante  una 
huaca  6  sepulcro,  maíz  y  coca,  substancia  que  el  aspirante 
debía  ofrecer  á  las  almas  de  los  muertos  sin  bautismo. 
Buenos  eran  también  al  propio  intento  baños  de  flores  y 
hierbas  silvestres  cocidas  con  huesos  humanos  extraídos 
de  las  sepulturas.  Encendíanse  luces  de  velas  formadas 
con  los  cabellos  de  la  persona  (pierida,  echándolos  después 
en  una  olla  en  que  se  calentaba  cierta  cantidad  de  aguar- 
diente con  porciones  de  coca  mascada.  No  faltaba  quien  pro- 
pinase al  enamorado  fricciones  de  ají,  como  si  no  tuviese 
bastantcí  con  el  que  ya  llevaba  en  las  entrañas.  Invocá- 
base á  Pa//a  Iiaja,  á  la  vez  que  hacían  la  srual  de  la  cruz, 
mascando  la  coca,  que  era  manjar  grato  al  demonio,  con 
quien  firmábanse  cédulas  o  pactos  por  los  que  el  promi- 
tente (piedaba  obligado  á  servirle  y  á  entregarle  su  alma, 
con  tal  (le  (pie  le  favoreciese  en  sus  amoríos  6  negocios ^"^. 


(n  l']l  I*.  TuTiiahc  (\)l)o,  lüs/ond  ilcl  \urro  Manilo,  |)ti!)l¡r;i(|;i  por 
1).  Marcos  Jiiiu'iu'/  (le  la   ICspada. 

(2)  W'nnsr  los  diviTsos  procesos  de  liccliiccrías  en  la  Historia  ilrl 
TrihiataJ  del  Santo  Oficio  i/r  ln  ¡minisirion  de  Lima  por  I).  ,1.  T.  Me- 
dina.    IdciH  i'K   Chiir  por  í'1  iu¡smh>  autor. 


210  SUPERSTICIONES  DEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

Los  adivinos  del  Perú,  llamados  timiLS^^\  consultaban 
á  zopay,  emborrachándose  para  el  efecto  con  chicha,  re- 
forzada con  el  zumo  de  la  vílca. 

Entre  los  diversos  géneros  de  chicha,  la  del  molle  fué 
la  más  apreciada.  La  chicha  del  molle  embriaga  más  que 
la  de  maíz  ó  de  cualquiera  otra  semilla:  teníanla  los  indios 
por  la  más  2:)reciosa  y  regalada.  Su  olorosa  resina,  que 
extraían  del  árbol  dando  cuchilladas  en  el  tronco  y  en  las 
ramas,  servía  para  embalsamar  los  cuerpos  de  los  Incas,  á 
fin  de  que  incorruptos  se  conservasen  en  sus  guacas  ó  se- 
pulcros. Infinitas  y  maravillosas  fueron,  para  los  indios  y 
para  los  españoles,  las  propiedades  medicinales  del  molle 
delPeriV-\ 

Tiene  el  uso  de  la  yerba  un  alto  origen  en  la  que  pu- 
diéramos llamar  mitología  cristiana.  Los  misioneros  ha- 
llaron multitud  de  objetos,  costumbres,  ideas  y  aun  pala- 
])ras  que  les  certificaban  de  una  comunicación  remota  entre 
los  habitantes  del  Viejo  Mundo  y  el  nuevo  continente.  Dis- 
puesto el  ánimo  á  dar  asenso  á  noticias  basadas  en  esa 
convicción,  no  titubearon  en  sospechar  y  creer  que  un  j)clí 
Zumc'^^\  alto,  blanco  y  barbudo,  que,  según  tradición 
indígena,  viniera  del  lado  del  oriente  y  predicara  nunca 
oídas  doctrinas  al  morador  de  la  tierra,  no  era  ni  pudo  ser 
otro  personaje  que  el  apóstol  Santo  Tomás,  ó,  como  en- 
tonces se  decía  comúnmente,  Santo  Tomé.  Imbuidos  en 


(1)  Había  otros  magos  6  adivinos  á  que  daban  el  nombre  de 
IJaifcis.  ( Como  llar  ios  Reales  del  Perú  por  el  Inca  Garcilaso  de  la 
Veífa.) 

(2)  El  P.  ]5eriial)é  Col)o,  J listar ia  del  Nuevo  Mundo,  publicada 
por  I).  >íarcoH  Jiménez  de  la  Espada. 

(3)  Pal  significa  sacerdote,  anciano,  mago. 


CAPÍTULO    XIV.  211 

tal  idea,  pareciólos  hallar,  ontro  otras  señales,  milagrosos 
caminos  y  Imellas  del  santo  a])óstol  en  todas  partes  y  espe- 
cialmente desde  las  costas  del  Brasil  Insta  las  entrañas 
delPeriV^\ 

Huellas  de  pies  humanos,  6,  hablando  con  propiedad, 
figuras  representativas  de  ellas,  claramente  estampadas  en 
piedras,  halláronse  muchas  en  America ^-^  En  el  Brasil  y 
el  Paraguay  se  hallaron  varias.  Las  del  Brasil,  unas  junto 
al  mar  y  las  otras  tierra  adentro.  Es  indudable  que  las 
huellas  de  que  se  trata  han  sido  impresas  por  la  mano  del 
hombre  para  significar  algún  hecho  6  alguna  idea  de  (pie 
se  perdiera  la  noticia  al  tiempo  del  descubrimiento  de 
America.  Jeroglíficos  semejantes  ofrecen  los  antiguos  pue- 
blos del  viejo  mundo.  Los  egipcios  simbolizaron  con  dos 
pies,  en  actitud  del  que  va  caminando,  el  acto  de  progre- 
sión, el  paso.  Entre  los  griegos  fueron  símbolo  de  cosa 
perdida.  Los  primitivos  cristianos  grabaron  en  sus  sepul- 
cros huellas  de  pies  humanos.  Pero  en  general  esas  huellas 
de  j)ies  humanos  (|ue  parecen  ir  y  venir,  en  los  monumentos 
votivos  del  paganismo,  simbolizaron  feliz  regreso  después 
de  largo  y  peligroso  viaje ^''.  Al  norte  de  San  Vicente,  en 
elBrasil,  junto  á  Iti  costa  del  Atlántico,  hay  una  peña,  que 
la  marea  bate  con  el  ímpetu  de  sus  aguas,  en   la   cual  se 


(1)  Historia  de  la  Co)i(¡uis(a  del  Paraguau,  liio  de  la  Plata  y 
TticHinán  por  el  P.  Pedro  Lozano. 

(2)  Al}»uiios  entienden  (jue  son  iiropianiente  huellas  hxs,  señales  de 
plantas  de  pies  luinianos  que  se  han  hallado  en  una  toha  do  Niea- 
ra'::na,  suponiéndolas  impresas  en  rcniotísiinos  tieinpir-,  cuando  la  toha 
eslaha  todavía  hlamla.  Así  v\\  la  oi)ra  Ai nt  rica  i  llistnria  dr  su  dcs- 
(■H/)rinn'('n/n  vio  por  Rodolfo  Cronau  (e<l.  española:  Barcelona.  1S1)2. ) 

(.3)  Didionnairc  des  Antiquites  Cltrt'ticnnes  par  M.  lAliltc  Mar- 
tiirnv. 


212  SUrERSTICIOXES  DEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

liallaroii  Inipre.^as  dos  Imellas  de  pies  humanos  en  actitud 
de  quien  va  caminando  hacia  el  mar^^\ 

Consta  que  antes  de  la  invención  de  hi  aguja  náutica 
(conocida  en  Europa  desde  el  siglo  duodécimo,  cuando 
menos),  los  fenicios  y  otros  pueblos,  en  tiempos  remotos, 
orientándose  por  las  estrellas  circumpolares,  se  aventuraron 
á  navegaciones  temerarias ^-^  Las  de  los  noruegos,  en  la 
edad  media,  pohlando  la  Islandia  y  visitando  repetidas  ve- 
ces la  Groenlandia,  llegaron  á  tocar  las  costas  orientales 
de  la  América  septentrional.  Corre  autorizada  la  idea  de 
una  antigua  comunicación  del  oriente  del  Asia  con  el  occi- 
dente de  América.  Mas  no  cabe  desconocer  que,  sustituí- 
dos  los  falsos  conceptos  de  la  figura  de  la  tierra  con  la 
noción  de  su  esfericidad  claramente  expuesta  y  sustentada 
por  Aristóteles,  no  hubo  de  necesitarse  un  grande  esfuerzo 
de  entendimiento  para  concebir  la  posibilidad  de  una  na- 
vegación más  ó  menos  arriesgada  desde  las  costas  occiden- 
tales  de  Europa  y  de  x\f rica  á  las  orientales  del  Asia-'^'\ 
Ni  es  imposible  que,  impulsados  por  esta  idea,  navegantes 
tan  intrépidos  como  los  fenicios  y  los  noruegos,  se  abalan- 
zasen, sin  aguja  náutica,  á  la  mirífica  empresa  de  comuni- 
car con  el  Asia  por  el  oeste  de  Europa  ó  África,  tropezando 
con  América.  De  esa  manera  las  plantas  de  pies  humanos 


(1)  «Ni  pudioron  borrarlas  los  siglos  pasados,  ni  creo  que  podrán 
los  futuros,  >  dice  el  P.  Lozano  (Ilist.  de  la  Conquist.  del  Parag.,  lÜo 
de  la  rifd.  tj  Tucum.),  atribuyendo  la  aparente  perpetiiidad  de  las 
íií,airíis  de  plantas  de  pies  al  supuesto  de  haber  sido  hollada  por 
Santo  Tomás  la  piedra  en  que  están  impresas. 

{'1)  J)isrrU(/'/óji  sobre  la  Hisloria  de  la  Náutica  por  D.  jMartín 
Fernández  de  Navarrete. 

(3)  Jíistoire  de  la  Góograjdüe  da  Nouvcau  Contiiieat  par  Alcxan- 
dre  de  IIuml)oIdt. 


CAPÍTULO    XTV.  213 

grabadíis  ou  la  rooa  de  la  co>ta  del  Brasil  al  norte  do  Síin 
Vicente,  pueden  simbolizar,  |)oi'  la  disposición  en  que 
están,  el  acto  del  re,íi;reso  hacia  el  oriente,  ni  África,  de 
antiguos  navegantes  heroicos  cuanto  felices  que  aportaron 
á  las  playas  orientales  del  eontiuente  americano  mucho 
antes  de  que  el  genio  de  Colón  le  ofreciera  á  la  corona  de 
Castilla.  Las  In^llas  que  se  hallaron  (y  aun  se  conservan) 
en  otros  parajes  demostrarían  el  itinerario  délos  visitantes. 
Pero  volviendo  al  viaj(i  y  predicaciones  (como  quieren 
Lozano  y  otros  historiadores  de  la  conquista)  que  el  após- 
tol Santo  Tomé  hizo  en  el  Para":uav,  va  en  las  fértiles  co- 
marcas  de  ^Maracayíi,  pudo  ver-y  contemplar,  regados  por 
el  Pai'aná  y  Uruguay,  los  inmensos  bosques  de  caá  ó  yerba 
que  allí  liberalmente  cría  la  naturaleza.  Los  indios  no  sa- 
bían que  la  planta  caá  pudiera  ser  utilizada  como  medi- 
cina y  como  alimento;  antes  al  contrario,  mirábanla  con 
repulsión,  porque  sus  hojas  eran  venenosas  y  causaban  la 
muerte.  Santo  Tomé  halló  en  ellos  muy  buena  disposición 
pura  i-ecibir  la  fe  de  Cristo  y  aguas  del  bautismo,  si  bit-n 
profetizando  que  con  el  tiemjx)  habían  de  olvidar  la  celes- 
tial doctrina,  hasta  que  unos  sucesores  suyos  se  las  ense- 
ñasen de  nuevo,  como  lo  verificaron  en  el  Paraguay  los  pa- 
dres jesuít-as.  El  santo  a})óstol,  complacido  de  ver  su  grey 
tan  bien  aparejada,  quiso  hacerles  un  beneficio  señalado, 
y  para  el  efecto  les  enseñó  el  uso  de  la  yerba.  .Vrraneó  una 
porción  de  ramas  de  ív/r/,  en  presencia  de  la  nnieheíuunbre 
(pie  le  seguía  cautivada  poi*  su  palabra.  Las  juntó  euida- 
dosameiile,  y,  liaeiendo  con  oli-as  de  otros  árboles  una  In»- 
gnera,  tendiólas  á  eonvi-niente  altura  de  modo  (pie,  .-in 
quemarse  ni  alniniarsi»,  se  tostasen.  La  acción  K'iila  del  ca- 
lor lie  la  hoguera,   hizo   [)enler  á  las   h(»jas  de  cdd,  por  la 


214  SUPERSTICrOXES  DEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

evaporación  de  los  elementos  dañosos,  las  propiedades  mor- 
tíferas que  tenían  naturalmente.  Para  mayor  ventura  y 
regocijo  de  los  fieles  guaraníes,  las  hojas  de  caá,  luego 
pulverizadas  6  deshechas,  manifestaban  con  riquísima  fra- 
gancia cuan  benéficas  y  gratas  al  2:>aladar  habían  de  ser 
las  propiedades  reveladas  por  la  mano  del  santo.  Los  indios 
de  ^laracayíi,  desde  entonces,  desgajaron  ramas  de  yerba 
y  las  tostaron.  Deshicieron  las  hojas  tostadas,  y  poniéndo- 
las en  agua,  usaron  una  bebida  de  tanto  agrado  como  pro- 
vecho :  la  que  hoy  llamamos  mate, 

Vuw  terrible  peste  diezmaba  los  j)ueblos  guaraníes  ^^ I 
Los  desolados  moradores  de  las  regiones  infestadas  por 
donde  el  apóstol  Santo  Tomé  andaba  predicando,  acudie- 
ron á  él,  para  que,  con  el  poder  sobrenatural  que  le  reco- 
nocían y  como  hijo  del  cielo  que  era  visiblemente,  los  ampa- 
rase en  aquella  calamidad.  Santo  Tómeles  dijo : —  «  En  casa 
tenéis  el  remedio:  la  misericordia  divina  jamás  desampara 
al  bueno.»  En  seguida  mandó  traer  unas  ramas  de  yerba, 
las  tostó,  desmenuzó  las  hojas,  púsolas  en  agua,  y  bebió  á 
presencia  de  los  circunstantes  para  que  no  recelasen  hacer 
l(j  mismo  chicos  y  grandes. —  «  Bebed,  añadió,  las  hojas  de 
esta  yerba,  y  con  ella  sanaréis  los  enfermos  y  quedaréis 
inmunes  de  la  j)este  los  sanos. »  Obedecieron  los  indios : 
tostaron,  deshicieron  y  pusieron  en  agua  las  hojas  de  la 
yerba;  y  ninguno  murió,  que  las  tomase,  si  enfermo,  ni 
adoleció  de  la  mortal  pestilencia,  si,  estando  sano,  usó  por 
precaución  la  bebida.  Con  tal  motivo  los  indios  comarca- 
nos de  ^Nlaracaytí  primeramente,  y  años  adelante  las  gene- 


( 1 )    llist.  de  la  Conqiást.  del  Parag.,  Río  de  la  Pial,  y  Tucwn.  por 
el  P.  Pedro  Lozano. 


CAPÍTULO    XIV.  215 

raciones  que  á  su  imitación  usarrm  la  yerl)a,  invocalnm,  al 
tiempo  (le  bebería,  á  su  iuolvi(lal»le  ])enefactor  el  apóstol 
Santo  Tomé,  especia hnente  en  las  ocasiones  en  que  á  fa- 
vor (le  ella  esperaban  verse  libres  de  los  estragos  de  una 
cruel  epidemia. 

Otros  grandes  beneficios  dispensó  el  apóstol  Santo  Tom^, 
segíin  las  tradiciones  misioneras,  á  los  indios  guaraníes  que 
escucharon  sus  predicaciones  con  sencilla  humildad.  Ade- 
más del  tesoro  de  la  fe,  después  olvidado,  dióles  á  conocer 
el  cultivo  y  uso  de  la  mandioca  ^^\  que  es  hoy  la  comida 
ordinaria  del  correntino,  del  misionero,  del  paraguayo,  del 
brasileño:  su  pan,  su  patata,  su  vino:  el  recurso  del  po- 
bre. Hay  dos  clases  de  mandioca  ó  yuca:  la  una  dulce, 
que,  asada  ó  cocida,  no  hace  daño ;  la  otra  amarga,  brava, 
capaz  de  matar  y  que  mata,  como  la  yerba,  á  quien  la  come. 
Los  indios  no  comían  más  que  papas,  maíz  (abatí j,  maní 
(mandubí J,  bananas  y  alguna  otra  hierba  ó  raíz.  Santo 
Tomé,  viendo  en  los  guaraníes  tan  Iniena  disposición  para 
recibir  la  luz  del  Evangelio,  tomó  un  tallo  de  la  ¡)lanta,  le 
trozó  con  sus  manos  y  mandó  que  enterrasen  las  diversas 
partes  en  que  fué  dividido.  A  los  pocos  días  brotaron,  for- 
mándose igual  numero  de  ¡)lantas.  Lo  que  se  come  es  la 
raíz,  tubérculo  parecido  al  moniato,  blanco  y  harinoso. 
Como  una  de  las  clases  de  mandioca  era  (y  es)  venenosa, 
Santo  Tomé  mandó  que  la  exprimiesen,  ijue  después  de 
exprimida  la  pulverizasen  y  luego  la  tostasen,  con  lo  que 
perdería  sus  propiedades  nocivas.  De»  este  modo  es  como 
hov  se  hace  en  el  JJrasil,  en  rl  Tarairuav  v  en  Corrientes 


(1)     Conquista  Esjn'rHiial  del  Parnijuay,  Paraná,  Uruijuay  ¡j  Tape 
por  el  P.  Antonio  Uuiz  de  Montoya. 


216  SUPERSTICIONES  DEL  KIO  DE  LA  PLATA. 

la  \\\V^[\vfa)'ina  (farinlia).  Ala  fariña  que  llaman  en  el 
l\ío  de  la  Plata,  es  decii',  á  la  harina  de  mandioca,  dieron 
antiguamente  el  nombre  de  harina  de  palo,  tomado  tam- 
bién del  portugués  fan'nha  de  pao,  que  es  como  hasta  el 
día  de  hoy  la  denominan  los  brasileños.  Así  es  como  debe 
entenderse  el  siguiente  pasaje  del  P.  Antonio  Ruiz  de  Mon- 
toya:  «  Partimos  juntos  el  P.  Antonio  de  Moranta  y  yo,  y 
á  la  mitad  del  camino  de  cuarenta  días  de  despoblado  nos 
faltaron  los  tasajos  y  harina  de  ¡:)alo,  que  era  nuestra 
provisión.  » '^^  Palo,  por  tallo  de  la  planta,  como  llaman 
iguahnente  á  todo  tronco  de  árbol. 

En  el  Brasil  hay  una  leyenda  relativa  al  origen  de  la 
manchoca.  La  hija  de  un  cacique  mostróse  un  día  emba- 
razada. Su  padre,  anheloso  de  castigar  al  autor  de  tamaña 
deshonra,  preguntóle  quién  era  sa  pérfido  amante.  La  joven 
le  respondió  que  ella  no  había  tenido  comercio  con  hombre 
alguno.  El  cacique  la  amonestó,  por  lo  que  á  él  le  parecía 
una  negativa,  y  hasta  llegó  á  amenazarla  con  un  severo  cas- 
tigo, si  no  decía  la  verdad.  Como  su  hija  continuara  ne- 
gando, determinó  matarla.  Entonces  apareciósele  un  hombre 
blanco,  quien  le  dijo:  —  «No  mates  á  tu  hija,  es  inocente, 
nunca  conoció  varón. »  Contúvose  el  irritado  cacique,  cuya 
hija  dio  á  luz  mía  niña  encantadora,  que  á  los  pocos  meses 
halóla] )a  y  discurría  perfectamente.  Pusiéronle  el  nombre  de 
Jlani,  y  al  cabo  de  un  año  murió,  sin  que  dolencia  alguna 
hubiera  anunciado  su  próximo  fin.  Entérresela  en  la  propia 
casa  del  padre  de  Maiii,  y  todos  los  días  regaban  la  sepultura, 
según  costumbre  que  de  antiguo  tenía  la  tribu.  Al  poco 
tiempo  brotó  una  planta,  que  dejaron  crecer  y  desarrollarse, 

(1;    Conquiat.  Espirit. 


CAPÍTULO   xrv.  217 

por  no  ser  CDiiocida.  Lii  planta  crec-io  y  dio  fruto.  Los  pája- 
ros comieron  do  rl  y  se  eml)riagaron,  fenómeno  fisiológico 
hasta  entonces  desconocido  de  los  indios.  Por  ultimo,  la 
tierra  en  que  arraigaba  la  planta,  con  el  crecimiento  de  la 
raíz  se  hendió.  Cavaron,  y  en  la  forma  del  tubérculo  cre- 
yeron ver  representado  el  cuerpo  de  Mani.  Comieron  de 
el,  e  lucieron  una  bellida  fermentada,  que  fue  su   vino^^^ 

Los  salvajes  del  Brasil,  al  tiempo  del  descubrimiento, 
sacaban  su  vino  de  la  mandioca,  masticándola  v  haciénd(da 
fermentar  en  agua,  como  la  chicha  del  maíz  y  otros  frutos 
en  casi  todo  el  nuevo  continente  ^"^.  Llámanle  los  naturales 
cauín,  ccuifimjyiicra  y  giiaríba,  y  QS  hoy  habida  usada  en 
el  Brasil  ^^l 

Los  achaguaes,  en  los  llanos  regados  por  el  Meta  y  el 
Orinoco,  conservaron  también  la  tradición  de  que  el  após- 
tol Santo  Tomás  enseñó  el  cultivo  y  aprovechamiento  de 
la  i/iica  ó  mandioca  á  los  indios.  De  ella  hacen  allí,  como 
en  otras  partes,  el  pan  llamado  cazabe.  La  yuca  mansa 
cómenla  asada  ó  cocida,  y  de  la  braca  hacen  su  vino  ó 
chicha.  La  brava,  sin  tostar,  es  tan  venenosa,  (pie  mata  á 
la  gente  y  á  los  animales  que  la  comen.  A  las  vasijas  de 
calabazas  en  que  ponen  la  chicha,  dan  el  nombre  allí  tan 
vulgarizado  de  muriqucs  como  en  el  Río  de  la  Plata  el  de 
mates.    De  la  yuca  y  del  tabaco,  así  como  de  la  harina 


(1)  Couto  do  Maíralhries,  O  Sclragcm  { Oriycns,  Costumcs^  Rrfjhu) 
Sclvayeni :  Lnclds  Ttipis).  Río  de  Janeiro.  Casa  ó  transformación 
(oca,  tupí)  (le  Maiii,  Mani-uca,  de  donde,  por  eorrupeión,  niamiiocay 
dice  Ma;ralliaes. 

(2)  Véiise  Vocabulario  líioplafrnsc  ¡iaxonado  por  el  autor. 

(3)  Diccionario  de  Vocabnlos  JJraxilciros  por  el  Vizconde  de  Beau- 
repaire-Koháii.   Río  de  Janeiro. 


218  SUPERSTICIONES  DEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

(yopa)  de  iiiin  frutilla  de  cierto  árbol  grande  y  frondoso, 
y  de  un  pe(|aeño  pescado  llamado  chaca,  se  valían  los 
])iaches  6  hechiceros  del  Orinoco  para  simular,  comiendo, 
bebiendo  é  incensando  con  ellos,  su  comunicación  con  el 
demonio  6  divinidad  inspiradora  de  sus  ensalmos,  adivina- 
ciones y  portentos ^^l 


(1)  Historia  de  las  Misiones  de  los  llanos  de  Casanare  y  los  ríos 
Orinoco  y  Meta  por  el  Padre  Juan  Rivero,  de  la  Compañía  de  Jesús. 
Bogotá. 


CAPÍTULO  XV. 


Uso  y  hechizos  de  la  yerba  del   Paraguay. 


Sumario.  —  Origen  de  la  voz  iiiair.—  Yerba  del  Pararjiía)/.  —  Diversas 
clases  de  yerba.  —  Cultivo  de  i/rrhales.  —  Prciiaracióii  dv  la  yerha. 

—  Barbacoas.  —  Modo  de  tomar  el  mate.  —  Kl  mate  para  el  paisa nn 
y  la  cJiina. —  Te  de  yerba  para  los  recién  nacido?.— CVía.*  hierba 
por  excelencia.— Origen  mítico  del  uso  de  la  3erba  entre  los  gua- 
raníes.—  Los  caratos  y  añatuja  (  niagos  y  demonios)  se  entienden 
por  medio  de  la  yerba. —  Tsanla  los  hechiceros  y  adivinos  criollas. 

—  Fórnuda  supersticiosa,  al  tomar  el  primer  sorbo  de  un  mate.  — 
Uso  de  la  yerba  como  bebida  entre  los  indios. —  Excelencias  de 
la  yerba.  —  Su  al)uso  por  los  españoles. —  Cond)ií tele  v\  clero. — 
Uso  actual. 


La  voz  mate  es  originaria  del  Pmi,  (juichua.  Su  primi- 
tiva acepción  (que  es  el  scntidn  en  (juc  aun  se  usa  conuni- 
niente  en  el  Perü,  Bolivia,  Chile  y  Kín  <K'  la  Plata)  ñu'  la 
de  calabaza  hueca  usada  a  manera  de  receptáculo,  ya  para 
contener  líquidos,  ya  ])ara  guardar  cualesípiiera  ohjetos 
menudos.  Conservó  el  pro})io  nondu'e  de  niaic  el  calaba- 
cino usado  como  vasija  á  propósito  j)ara  sorber,  mediante 
una  hoiul)ill(i,  la  infusión  de  la  ¡icrlxi  del  Paraf/iiai/.  El 
vegetal  llamado  botánica  mente  /A'.r  pnra</Kai/('nsi.s',  así 
como  su  producto,  conocióse  primitivamente  mu  la  tlenomi- 


ic. 


'220  SUPKliSTÍCIONES  DEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

nación  de  t/crha  del  Paraguay  ^^\  en  razón  de  ser  origina- 
rios de  la  antigua  región  de  este  nombre,  entonces  mucho 
más  vasta  que  en  el  día  presente.  Críase  el  árbol,  formando 
extensos  bosques,  en  las  primeras  vertientes  de  los  ríos 
Uruguay  y  Paraná  y  en  las  orientales  del  Paraguay.  Tiene 
el  tamaño  y  el  aspecto,  á  cierta  distancia,  del  naranjo.  Sus 
hojas  son  permanentes.  Tanto  al  árbol,  como  á  su  pro- 
ducto, llámaseles  connmmente  yerba.  Cuando  en  el  Río 
de  la  Plata  y  en  el  Brasil  se  pronuncia  la  palabra  yerba, 
todos  entienden  que  se  refiere  al  producto  de  que  se  trata. 
Un  terreno  poblado  de  esta  clase  de  árboles,  silvestres  ó 
de  cultivo,  recibe  el  nombre  de  yerbal.  Famosos  son  los 
yerbales  del  Paraguay,  de  Misiones,  de  San  Pablo  del  Bra- 
sil ^-l  El  mate  de  forma  ovalada  y  sin  cabo  ó  asidero,  de- 
nomínase porongo  ó  poro,  voces  de  origen  guaraní. 

Entre  las  diversas  clases  de  árboles,  los  de  tronco  blan- 
quizco y  hoja  menuda,  que  son  raros,  dan  la  yerba  más 
exquisita.  Sígnenles  en  bondad  los  de  hoja  grande.  Los 
de  tronco  violado  dan  una  yerba  muy  amarga  y  astringente, 
que  sólo  mediante  ciertos  lavados  puede  servir  para  el 
mate.  Los  llamados  caaberd  y  caúna  son  más  inferiores 
aún  y  nocivos  á  la  salud.  La  yerba  del  Paraguay  es  la 
más  rica  y  estimada;  pero  la  argentina  y  brasileña  tienen 
mayor   consumo,  tanto  por  su  baratura,  como  por  estar 


(1)  En  tal  sentido  (yerba  del  mate  en  general)  debe  entendérsela 
expresión  yerba  del  Paraguay  comprendida  en  el  título  del  presente  Ca- 
pítulo. 

(2)  En  el  Río  de  la  Plata  pasa  comúnmente  por  yerba  argentina  y 
dan  el  nombre  de  yerba  aríjentina  á  la  del  Brasil,  menos  agradable  y 
que  á  veces  parece  un  veneno,  pero  de  mucho  consumo,  por  su  abun- 
íl:incia  v  baratura. 


CAPÍTULO     XV.  1^21 

más  habituadas  á  su  uso  la  gencTalidad  de  las  personas. 
La  misionera  (la  más  suave)  es  casi  tan  menuda  como  el 
polvo,  y  trae  nmclios  palo^,  ó  sea  pedacitos  del  tronco  de 
las  ramas,  defectos  de  preparación  que  la  hacen  desmere- 
cer y  aminorar  su  despacho.  En  la  Argentina  consúmese 
nmcha  yerba  del  Paraguay.  En  el  Uruguay  prefieren  ge- 
neralmente la  del  Brasil,  (pie  lleva  el  nombre  usurpado  de 
argentina.  La  propiamente  argentina  escasea,  i)()r  lo  muy 
limitado  de  su  cultivo  y  })reparaci6n.  La  del  Paraguay 
suele  ser  adulterada  con  la  mezcla  de  otros  productos  vege- 
tales más  ó  menos  desa«Tadal)les  v  aun  nocivos  á  la  salud; 
entre  ellos,  las  hojas  y  palos  del  ¡hirarohi,  cuyas  propie- 
dades excitantes  y  estimulantes,  tomada  puia  la  infusión, 
producen  vértigos  y  alteraciones  nerviosas. 

Casi  todas  las  reducciones  de  los  jesuítas  tenían  sus 
ycrhalciiy  que  beneficiaban  en  tiempo  oportuno  con  el  ma- 
yor esmero  y  perfección  de  procedimientos.  La  yerba  más 
exquisita  era  la  llamada  caminí,  de  hojas  menudas.  En  el 
Paraguay,  hasta  el  año  de  1SG5,  en  que  empezó  la  desola- 
dora guerra  con  sus  hermanos  del  Plata  y  con  el  Brasil,  se 
siguió  cultivando  con  igual  esmero  y  perfección  de  proce- 
dimientos la  yerba  del  mate,  entonces  tan  exquisita  (pie 
nadie  escrupulizaba  el  pagar  uno  ó  dos  pesos  fuertes  por 
la  libra,  á  tmeque  de  saborear  su  delicada  sustancia.  Pero 
eso,  á  la  verdad,  era  tomarse  mucho  trabajo  y  entretenerse 
demasiado.  ¿Para  (pie  tniidar  ijcrbalcSy  si  son  árboles  del 
monte?  Esperar  á  (pie  esti.'n  en  saz(')n  [)ara  beneficiarlos, 
impacienta.  Eso  de  ¡r  eligiendo  y  entresacando  las  rami- 
tas  de  la  j)laiita,  sin  dañarla,  es  cosa  que  sólo  á  los  jesuí- 
tas se  les  ])()(lía  ocurrir,  lloy  el  pi'ocedimiento  es  más  sim- 
ple y  ejecutivo.  Trepado  el  i/crhatcro  en  i*l  árbol,  y  facón 


2'22  SUPERSTICIONES  DKL  RIO  DE  LA  PLATA. 

011  iiuuu),  nieiuulea  tojos  á  diestro  y  siniestro,  derribando 
ramas,  chicas  y  grandes,  liíista  dejarlo  limpio.  El  modo  de 
preparar  la  yerba  está  naturalmente  en  armonía  con  la  ga- 
llarda soltura  del  yerbatero,  al  extraerla  de  los  árboles  que 
fueron.  Así  son  las  yerbas  que  propinan  á  los  consumido- 
res, las  cuales,  por  lo  regular,  caen  como  brebajes  en  el  es- 
tómago. El  bálsamo  de  Fierabrás,  que  Don  Quijote  reco- 
mendó á  Sancho,  no  era,  sin  duda,  más  bravo. 

La  buena  yerba  se  obtiene  de  este  modo.  Cortados  los 
ramos  del  árbol,  evitando  que  fermenten,  los  orean  al  fuego 
con  una  lena  especial  para  el  efecto,  agavíllanlos  y  coló- 
canlos  en  una  especie  de  emparrado,  ó  zarzo,  al  que  lla- 
man barbacuá,  con  los  cabos  hacia  el  suelo,  á  una  altura 
de  dos  metros  ó  poco  más.  Un  botánico  ^^^  entiende  que 
barbacuá  es  corrupción  del  guaraní  mbaraínbacuá,  mon- 
tón ó  haz  de  cosa  asada  ó  tostada.  Pero  habiendo  sido  en 
todo  tiempo  indios  ó  descendientes  de  indios  (mestizos) 
los  que  beneficiaron  la  yerba,  y  conociendo  y  hablando  la 
lengua  guaraní,  no  es  fácil  persuadirse  de  que  hubiesen 
trabucado  de  ese  modo  las  cosas;  pues  tal  cambio  de  sen- 
tido equivaldría  á  llamar  asado  al  asador  6  parrilla.  El 
barbacuá  de  los  yerbateros  no  es  otra  cosa  que  la  barba- 
coa de  los  indios  de  Venezuela,  Honduras,  etc.  «  E  asan 
la  carne,  dice  Oviedo,  sobre  unos  palos  que  ponen  á  ma- 
nera de  trébedes  ó  parrillas  en  hueco  (quellos  llaman  bar- 
bacoas) é  la  lumbre  debajo.  »  '"^'^  Herrera  también  define 
claramente  el  vocablo:   «cañizo  de  palos  rollizos,  fijo  en 

(\)  Don  Domingo  Parodi,  riaidas  del  Paraguay,  de  Corrientes  y  de 
3Iis¿oties. 

(2)  Ilisloria  General  y  Natural  de  las  Indias  publicada  por  la  Aca- 
demia do  la  Historia. 


CAPÍTULO    XV.  223 

tioiTa,  en  cuatro  estacas,  y  paja.  .>^^^  El  zarzo  de  que  se 
trata  se  expresa  en  guaraní  con  las  voces  taqua  j)cmhí,  se- 
gún Ivuiz  de  Moiitoya  -^. 

Debajo  del  harhaniá  6  de  la  harhacoa  tienden  un  le- 
clio  de  brasas  foi'niado  de  maderas  escogidas  al  intento, 
como  la  aromática  cahrinhn  verde;  el  cual  cuidan  de 
mantener  convenientemente  i::raduado  con  a2:ua.  Secan  de 
este  modo  la  yerlja,  y  luego  la  rrinrl/raN  ó  pican  con  un 
grande  cuchillo  de  madera  nniy  dura,  al  que  llaman  fn- 
cón^'^\  Esto  lo  ejecutan  en  la  candta'^  .  Finalmente,  des- 
menuzada la  yerba   mas  y  más,  ó  reducida  casi  á   polvo, 


(1)  Dé  radas  de  Lidias, 

Las  barbacoas,  por  su  naturaleza,  usábanse  de  varias  maneras:  en 
canias,  en  habitaciones  lacustn^s,  etc. 

« Las  camas  son  unas  esterillas  de  yerba,  que  ponen  sobre  una  bar- 
bacoa, que  es  cañizo  de  palos  rollizos,  fijo  en  tierra,  en  cuatro  estacas, 
y  paja,  y  encima  una  estera.  (Herrera,  Décadas j  -Adonde  vivían  en 
barbacoas,  n  casas  sobre  árboles,  que  estaban  en  el  agua.-  El  mismo.) 
Lo  propio  en  Oviedo. 

Díjose  indistintamente  barbacoa  y  barbacuá,  prevaleciendo  sin  em- 
barf^o  la  primera  de  (^stas  formas. 

*  Todos  los  dueños  de  chacras  de  coca,  demás  de  los  Ljalpones  que 
tienen,  en  que  moran  los  indios  yanaconas  y  corpas,  tengjín  sus  gal- 
pones grandes  con  bcrbacinís  altas,  en  que  habiten  y  duerman  los  in- 
dios alquilados,  con  >us  mujeres  é  hijos.>  (Ley  2.=*,  título  14.'\  libro  <>.'' 
de  la  lirr()p'dació)i  dr  Indias.  I 

La  Real  Academia  Española  registra  en  su  Diccionario  de  la  Lengua 
Castellana  (duodécima  edición  )  v\  término  barbacoa^  y  le  define  de  esta 
suerte:  *  Aiiirr.  Carne  asada  en  un  hoyo  que  se  abre  en  tierra  y  se  ca- 
lienta como  los  honi>)s. »  ¿Kn  (lué  paí>  d»-  América  tiene  est.i  si<rn¡fi- 
cación  la  palabra  ba  Incoa  Y 

(2)  Vocabuhirio  ij  Tesoro  dr  la  Lrnijua  (tuarani. 

(3)  Kn  Huenos  Aires,  en  algunas  tiendas  de  mercancías  paragua- 
yas, venden  los  facones  de  los  yerbateros  por  macanas  de  indios  sil- 
vestres, á  las  cuales  se  parecen  bastante. 

(4)  Véase  Vocabulario  ¡lioplate/ise  tle!  autor. 


22-4  SUPERSTICIONES  DEL  KÍO  DE  LA  PLATA. 

al  prepararla,  con  una  corta  cantidad  de  caúna  y  de  hojas 
de  (juahiroha.  Comienza  la  zafra  á  principios  de  invierno 
y  termina  á  fines  de  primavera. 

A  la  operación  de  servir  la  bebida  de  que  se  trata, 
dicen  con  entera  propiedad  cebar  mate;  pues,  como  sue- 
len ser  varios  los  que  le  tqman  por  turno,  se  le  va  echando 
yerba  nueva,  á  medida  que  se  extrae  la  que  ya  ha  per- 
dido la  sustancia.  Si  no  se  renueva  la  yerba  cuando  con- 
viene, quedando  chirle  el  mate,  se  dice  que  está  lavado. 
La  calabacita  es  el  mate  más  usado,  y  el  mejor,  des- 
pués de  curado;  los  de  metal  queman  la  yerba  y  pronto 
la  dejan  lavada.  Prepárase  poniendo  en  la  calabacita  una 
bombilla,  regularmente  de  plata,  por  la  cual  se  sorbe  el 
líquido. 

La  bombilla  es  un  tubo  del  largo  y  grosor  de  un  lapi- 
cero, achatado,  en  la  parte  superior,  por  donde  se  chupa,  y 
en  la  inferior  rematando  en  una  cavidad  llena  de  agujeros, 
por  los  cuales  se  sorbe  la  infusión  de  la  yerba.  Común- 
mente es  de  plata  ó  de  plata  y  oro.  Los  muy  pobres  la 
usan  de  hojalata  y  también  de  paja.  En  seguida  se  echa 
la  yerba,  y  luego,  con  cierto  arte,  agua  caliente;  con  lo  que 
queda  cebado  un  mate  amargo  ó  cimarrón,  que  es  el  más 
tónico.  El  dulce  se  ceba  poniéndole  cada  vez,  antes  que  el 
agua,  una  cucharadita  de  azúcar.  Tómase  también  con  le- 
che, azúcar  quemada,  cá:?cara  seca  de  naranja  y  canela. 

El  agua  no  ha  de  estar  muy  caliente,  sobre  todo  en  el 
mate  amargo.  Muy  caliente,  en  el  amargo,  más  daña  que 
aprovecha.  El  paisano  jamás  toma  el  mate  con  agua  muy 
caliente.  Después  de  hervir  el  agua,  la  aparta  del  fuego,  y 
cuando  se  ha  templado  un  poco,  ceba  el  mate.  El  dulce, 
con  agua  templada,  ípieda  muy  mal. 


CAi'íni.o    XV.  225 

Gonoralnu'nto  ol  ])ais;in()  toma  amarino  el  mate,  esto  os, 
tomíi  mate  ciiiiarróii.  YA  (jiie  le  toma  dulce  (que  es  raro), 
usa  el  azúcar  rubia.  Es  azúcar  siu  i-cíinai\  medio  sucia, 
pei'O  uuiy  dulce  y  sabrosa  (cou  el  ^^usto  de  la  caña),  de  co- 
lor i-ojizo  auiarilleuto.  A^icue  del  l>rasil.  VA  paisano  la  pre- 
fiere á  la  refinada  ^^^. 

Los  hombres  de  campo,  cuando  tienen  que  ejecutar 
ciertos  trabajos  que,  como  el  a})arte  de  ganados,  requieren 
una  aplicación  continuada  ác  sus  esfuerzos,  se  desayunan 
con  un  cJíurrai^co  y  unos  mates  al  amanecer,  y  no  vuelven 
á  probar  alimento  hasta  la  noche.  Lo  mismo  hacen  las 
cJiinaH  lavanderas.  Levántanse  con  el  alba;  toman  unos 
mates,  con  un  churrasípiito,  si  lo  tienen,  y  echándose  á 
la  cabeza  el  enorme  atado  de  ropa,  van  á  la  orilla  del  río 
ó  arroyo  en  (jue  lavan.  Allí  permanecen  todo  el  día  ocu- 
padas en  su  faena,  aprovechando  solo  la  ocasión  de  teniler 
la  ropa,  ya  á  mediodía,  para  tomar  de  nuevo  unos  cuantos 
mates.  Lo  propio  hacen  á  la  caída  de  la  tarde,  cuando  se 
retiran,  seguidas  ó  precedidas  de  sus  hijuelos,  (piienes,  aun- 
(juc  no  alcancen  una  vara  de  altura,  ayudan  á  sus  madres 
á  llevar  los  atados  de  ro[)a,  las  caldcu'itas,  el  mate  y  sus 
avíos,  un  hacecillo  de  leña,  etc. 

Cuando  nace  una  criatura,  lo  primero  (pie  le  dan  pobres 


(1)  Un  conurciantc  di-  .Montovidi'o,  iiroinet ¡endorse  un  biUMi  ne«ro- 
cio,  envió  á  otro  del  Salto  (Urujíuay)  una  partida  de  azúcar  refinada, 
fabricada  en  Francia,  y  que,  no  ol)stante,  podía  venderse  á  un  precio 
más  módico  aún  qui'  la  ruhia  del  Hrasil.  ¡Cómo  sería  ella  I  El  del 
Salto  mandó  una  porción  de  barricas  á  varias  pulperías  de  la  campana, 
recomendando  la  conveniencia  del  artículo.  Pero  ¿quó  suce<lió?  Que 
no  tardaron  cu  dcvolvérschi  todos;  pon|Uc  nadie  \x\  «pu-ría,  á  pesar  de 
su  brillantez  y  liinpieza.  ICs  difícil  meter  jjato  por  liebre,  en  las  cosas 
de  \\\  nalurale/.M.  á  (pnen  «le  ella  recibe  sus  conocimientos  y  uticiones. 


226  SUPERSTICIONES  DEL  RÍO  DE  LA  PLATA. 

Y  ricos,  parteras  y  madres,  es  un  te  de  yerba,  al  que  á  veces 
le  añaden  una  cucharadita  de  aceite  de  comer.  Llaman  te 
á  toda  bebida  caliente  ó  infusión  de  yerbas,  que  se  da  á  los 
enfermos:  te  de  malvas,  de  tilo,  de  hojas  de  naranja,  de 
borraja,  etc.  El  objeto  del  te  de  yerba  que  se  da  á  los 
recién  nacidos  es  favorecer  la  expulsión  de  la  pez  (meco- 
nio).  Esto  los  médicos  no  lo  aprueban:  pertenece  mera- 
mente á  la  medicina  casera.  El  uso  del  te  de  yerba  para 
las  criaturas  recién  nacidas,  es  tan  general  como  el  de  la 
márcela  para  las  indisposiciones  de  estómago,  y  difícil- 
mente la  ciencia  médica  logrará  desterrarlo  de  las  costum- 
bres nacionales,  por  el  crédito  de  que  goza. 

Los  guaraníes  llamaban  caá  a  las  hojas  del  ilex  paro.- 
guayensis,  y,  probablemente  por  extensión,  al  árbol  de  que 
procede.  De  la  propia  manera  los  españoles  llamaron,  y  ha 
continuado  llamándose  hasta  el  día  de  hoy,  yerba  á  las 
mismas  hojas,  así  frescas,  como  tostadas  y  molidas,  y 
yerba  al  árbol  que  la  produce.  Es  creíble  que,  en  atención 
á  las  señaladas  virtudes  que  encierran  sus  hojas,  les  lla- 
masen caá  los  indios  en  el  sentido  de  yerba  por  excelen- 
cia'^\  El  misionero  Antonio  Ruiz  de  Montoya,  que  pasó 
treinta  años  entre  los  guaraníes  catequizándolos  con  pa- 
ciente constancia  heroica  y  estudiando  curiosamente  su 
lengua,  insinúa  que  la  yerba,  por  sus  cualidades  excitantes 
y  hasta  por  el  nombre  de  caá  que  le  dan  los  indios,  tiene 
harta  semejanza  con  el  te  ó  cha  de  la  China.  Esta  obser- 
vación del  autor  del  Vocabulario  y  Tesoro  de  la  Lengua 


(1)  Alúdese  á  las  siguientes  palabras  de  D.  Juan  Val  era,  en  carta 
al  autor:  «  Cnú,  con  evidencia,  ha  de  sií»'nificar  en  guaraní  planta,  yci'ha, 
árhil,  lo  vefjelal  de  modo  rjcnárko,  y  no  sólo  mate,  co'no  Vd.  añrma.» 
(Nuevas  Carlas  Americanas.) 


CAPÍTULO     XV.  227 

Oifarn/n'  (\Q}nor<\  inducirnos  i1  creer  rpic  In  voz  raá,  en  el 
caso  de  í|ue  se  trata,  no  corresponde  á  yerba,  ni  signiíica- 
ría  por  consiguiente  ycrJ}a por  excelencia.  Pero,  a  parte  de 
que  Montoya  pudo  carecer  de  datos  ciertos  sohre  el  preciso 
origen  de  la  voz  caá,  el  frita  d(»  la  China  no  es  pi'opiamente 
el  nombre  del  te,  sino  el  mod )  con  que  los  chinos  ofrecen 
la  mercancía  á  los  compradores  ^^\ 

La  yerha  del  Paraguay  ])rimitivamente,  poco  antes  del 
descubrimiento  del  Nuevo  Mundo,  no  era  conocida  sino 
de  un  mago.  El  demonio  ( anaiujaj,  con  quien  tenía  trato, 
se  la  mostró,  diciendole  que,  cuando  quisiese  consultarle, 
bebiese  de  ella.  Bien  se  comprende  que,  para  los  indios, 
el  demonio,  (pie  decían  los  cristianos,  debía  de  ser  una 
diviiu'dad  liai'to  menos  al)()minable  que  el  ángel  de  tinie- 
blas cuya  soberbia  le  sepultó  en  el  abismo.  El  mago  ó 
carai  payé,  no  despreciando  la  confidencia  que  le  hiciera 
añanya,  bebió  de  la  yerba,  y  desde  entonces  hizo  maravi- 
llas.  Usóla  también  como  ingrediente  en  sus  hechizos. 

El  favorecido  mago,  nada  egoísta  sin  duda,  inició  a  otros 
en  el  misterio  de  que  era  depositario.  Estos  a  su  vez  lo 
transmitieron  á  otros.  De  mod(>  ([Ue,  al  tienq^o  de  la  con- 
quista es})ir¡tua]  de  las  generaciones  guaraníes  que  encen- 
dían sus  hoííares  en  las  vertientes  del  Paraná  v  l'ruííuav, 
ya   había   nuichos   magos  que  invocaban  al  demonio,  be- 


(n  Los  portiii;neso.«,  siempre  nlicionailísimos  al  u<o  tiel  w,  >o\\ 
los  úiiicos  ([uc  dan  ;i  éste  su  verdadero  iKMuhro  llamándole  rlin,  (|ue 
corresponde  al  tcJid  de  los  cliiiios  y  al  tsjtjii  de  los  japoneses.  Las 
denií'is  naeion(\<  nos  hemos  ([uedado  f.'o\\  Ihr,  h\  (pie  no  es  un  nomhre, 
sino  un  verho  en  im|ieiativo,  íjue  los  chinos  emplean  para  ofrtMvr  su 
artículo  ;i  los  forasteros  ó  extranjeros.»  ( .Monlau,  I\lnncníos  de  Hi- 
(jirur  Pública J 


228  SUPERSTICIONES  DEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

bi Olido,  })ara  iluiinnar  sus  facultades,  la  infusión  de  la  pre- 


ciada yerba  ^^^ 


Los  hechiceros  y  adivinos  criollos,  mestizos,  pardos, 
mulatos  y  mujeres  en  especial,  tomaron  de  los  indios  en 
sus  maleñcios  y  ensahnos,  así  como  para  sus  ceremonias  e 
invocaciones,  el  uso  de  la  yerba,  que  alternaba  con  el  del 
tabaco,  la  coca  y  la  chicha.  El  mate  y  el  cigarro,  pero  con 
especialidad  el  mate,  ha  sido  el  vehículo  más  socorrido  del 
hechicero.  Ninguna  cosa  como  el  mate  se  presta  con  tanta 
facilidad  y  disimulo  á  la  propinaci(5n  de  un  hechizo,  á  cu- 
yos efectos  llaman  daño^'l 

El  uso  de  la  yerba  como  bebida  no  tardó  en  extenderse 
á  Chile  y  al  Perú,  junto  con  las  supersticiones  á  ella 
vinculadas.  Los  hechizos  aplicábanse  comúnmente  á  ne- 
gocios de  amor.  Unos  eran  aplicados  por  la  misma  persona 
que  deseaba  hacerse  amar  de  aquella  en  quien  había  puesto 
su  pensamiento.  Otros  los  aplicaban  individuos  que  hacían 
de  ello  un  comercio :  hechiceros,  que  generalmente  eran 
mujeres. 

La  idea,  sin  duda,  de  que  el  demonio  tenía  contaminada 
la  yei'ba  con  su  maléfico  influjo,  ha  sido  causa  de  que  mu- 
chas gentes,  cuando  iban  á  tomar  mate,  arrojasen  de  la 
Ijoca  hacia  la  espalda  las  dos  primeras  chupaduras :  una  por 


(1)    El  P.  Antonio  Ruiz   de   Montoya,    Conquista  Espiritual   del 
Paraguay,  Paraná,  Uruguay  y  TajM. 
(2) 

Me  puso  {\  coutar  mis  penas 
Más  colorao  que  un  tomate, 

Y  se  me  añudó  el  gaznate 
Cuando  dijo  el  ermitaño : 
«lleiiiiano,  Ií;  han  hecho  daño; 

Y  se  l(j  lian  liocho  en  un  mate.» 

{El  Gaucho  Martin  Fierro  por  D.  Josr  Tlernáiidez.  } 


CAPÍTULO    XV.  220 

sobro  el  liomhro  doreelio  y  la  otra  ])or  solero  el  iz(|ii¡í'i<l<>. 
Esta  costumbre  ó  superstición  li.i  llc^'ado  liasta  nuestros 
(lías;  pues  no  faltan  aún  cbinas  6  indios,  6  gente  demasia- 
damente cerril,  que  lo  practique -^^ 

En  la  cpoca  del  descubrimiento  de  A  mélica  jiróxima- 
niente,  comenzaron  los  indios  <íuaraníes  a  hacer  uso  de  la 
yerba  como  bebida.  Ponderaban  su  excelencia,  aseu;uran(lo 
que  les  servía  de  sustento,  los  alentaba  y  disponía  a  resis- 
tir las  fati<;'as  del  trabajo,  les  componía  el  estomago  y  les 
despertaba  los  sentidos.  Tomábanla  con  agua  fría,  que  es 
como  de))e  tomai'se  vu  tiempo  de  calor,  según  el  Hermano 
Pedro  Montenegro,  de  la  Compañía  de  Jesús.  Aun  en 
tiempo  de  frío,  dice  el  mismo  autor,  debe  tomarse  con  agua 
templada,  y  poco.  Los  que  la  toman  con  agua  nuiy  ca- 
liente, y  toman  nuiclio,  yeri'an  y  no  les  hará  provecho.  El 
agua  nuiy  cidiente  en  el  mate  es  harto  ])erniciosa:  agita  el 
corazón,  pi'iva  del  sueño,  enerva,  mueve  á  la  cólera,  á  la 
melancolía   v  á   la    luiui'ia,  causíindo  el  //ta/  de  a)ií<ias^-\ 

Misioneros  y  paraguayos,  cuando,  rendidos  por  la  fatiga, 
privados  del  necesario  alimento  ó  enervados  con  la  sofo- 
cante atmósfera  caldeada  del  estío  en  zona  ardiente,  pi*o- 
curan  reanimar  las  descaecidas  fuerzas  cor[)orales  y  las 
abrumadas  del  espíritu,  lo  hacen  ii  favor  del  fcrcrr,  (jue  lla- 
man á  la  infusión  frín,  pero  muy  concentrada,  de  la  yerba, 
bebiéndola  á  tragos,  con  breves  descansos,  en  amplia   taza 


(1)  Zupají  (el  diablo):  *para  nombrarle,  o?ícupían  primero,  en  señal 
de  maldicinii  y  abominación.  ^  1  Kl  Inca  (iarcilaso  (li>  la  Veira,  Comen- 
tarios líenles  (Id  l'cn'i.) 

(2)  Descripción  de  lus  IV'ín/ns  Medicinales  de  Misimus  por  v\ 
Hermano  Pedro  Moiil('iu\ur«».  Inserta  en  la  lírrisla  del  Pasado  Anjen- 
lino  por  I).   M.   lí.  'rn>lles. 


230  8UPKRSTICI0NES  DEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

Ó  (•iilabacino^^'.  Sus  propiedades  á  este  respecto  son  idén- 
ticas á  las  de  la  coca,  que  no  es  privativa  del  Perú,  de  Bo- 
livia  y  de  la  parte  septentrional  de  la  Argentina  próxima 
á  los  Andes,  sino  que  se  extiende  á  otras  regiones  de  la 
América  del  Sur  y  de  la  Central.  El  hayo  y  el  yaat,  de 
que  respectivamente  usaron  los  indios  de  Bogotá  y  de  Ni- 
ciu'agua,  uo  pareceu  ser  sino  la  coca  misma.  Idénticas  son 
sus  propiedades  y  excelencias:  idéntico,  y  con  los  propios 
ingredientes,  el  modo  de  preparar  la  mezcla  llamada  yicta 
en  el  Perú  y  en  la  Argentina;  é  idéntico  el  uso  de  ella,  en 
pelotillas  que  en  sus  viajes  ó  durante  el  trabajo  revuelven 
en  la  boca  ^-\ 

Para  los  españoles,  al  principio,  fué  la  yerba  pura  y  sim- 
plemente una  medicina,  una  especie  de  zumaque,  capaz  de 
hacer  arrojar  las  entrañas.  Empezaron,  pues,  por  tomarla 
como  vomitivo.  Ponían  una  onza  ó  más  en  infusión  por 
espacio  de  una  hora,  y  luego,  echándole  agua  caliente,  que- 
daba pronta  para  bebería  ^^l    Pero  se  habituaron  á  ello  de 


(1)  Plantas  Usiinlcs  del  Paraguay,  de  Corrientes  y  de  Misiones  por 
D.  Domingo  Parodi. 

(2)  Véase  Gonzalo  Fernández  de  Oviedo,  Historia  General  y  Na- 
tural de  las  Indias. 

LVqM  nombra  D.  Antonio  de  Ulloa  á  la  pasta  de  coca  (Noticias 
Americanas).  Yicta  es  evidentemente  forma  castellanizada  del  vocablo 
quichua  Ilipta. 

(3)  «  En  la  provincia  del  Paraguay  se  llama  Caá  un  árbol  grande 
que  echa  hi  hoja  parecida  á  la  del  Zumaque.  Hállase  este  árbol  so- 
lamente en  la  tierra  de  los  indios  gentiles  y  de  guerra,  y  ellos  sacan  á 
vender  la  íioja  seca  á  los  españoles,  los  cuales,  como  no  han  visto  el 
árbol,  sino  la  lirija,  la  llaman  comúnmente  Hierba  del  Paraguay,  siendo, 
como  es,  hoja  d(!  árbol.  Toman  los  indios  paraguayos  esta  hierba,  y 
á  su  imitación  los  españoles  de  a(iuella  provincia,  y  aun  de  otras  bien 
distantes,  pues  la  vi  yo  tomar  en  México;  y  tumanla  de  esta  manera: 
echan  un  [)urio  de  ella  en  una  grande  olla  de  agua,  y  después  que  ha 


CAPÍTULO    \V.  '2'M 

tíil  iiiodo,  í|n(',  ílcííciKTaiiclo  cu  vicio  pcrjudicinl  {[  la  piedad, 
dio  lugar  á  (jue  se  adoptasen  providencias  para  ponerle  re- 
medio; ¡)ero  tan  inntil mente  como  se  liabía  intentado  con 
la  coca  del  Pern,  Ñnirada  con  malos  ojos  por  vigilantes 
prelados,  á  qnienes  inquietaba  la  tradición  demoníaca  que 
conservaban  de  ella  los  hechiceros  v  adivinos.  Die^co  de 
Torres,  jesuíta  conspicuo,  provincial  (jue  fue  del  Paraguay, 
Tucumán  y  Chile,  elevo  sus  quejas  sobre  el  particular  al 
tribunal  de  la  In(|uisici6n  establecido  en  Luus.'^\  El  uso 
de  la  yerba,  decía,  zumaque  toxfado  que  se  toma  para  ro- 
mitar  frecucntoncnitc,  más  (pie  un  vicio,  es  una  supcrsti- 
Clon  (Udhóllca  ([ur  acarrea  nnic/tox  (faíios.  «  Al  princi- 
pio la  usaron  los  indios  por  pacto  //  su<jes(ió/i  clara  del 
demonio  que  se  les  a})arecía  en  los  calabozos  en  figura  de 
vuerco.  :>  Probablemente  alude  el  P.  Torres  con  la  expre- 
sión calabozos  á  los  antros  6  lugares  secretos  y  oscuros  en 
que  los  adivinos  y  hechicen ís  guaraníes  hacían  sus  evoca- 
ciones y  consultas  á  la  divinidad  inspiradora  de  sus  accio- 
nes y  j)alabras.    Auuíjue  el  demonio  se  les  presentase  en 


hervido,  bclxMi  de  esta  asíiia  t¡l)¡a  la  mayor  cantidad  (iiio  piu^len ;  y 
como  la  hoja  es  amarina  y  vomitiva,  y  con  esto  ayiuhi  hi  mucha  airuii 
caliente  que  se  bebe,  lanzan  al  punto  cuanto  tienen  en  el  cstómajxo. 
Sirve  estii  hierba,  tomada  por  este  orden  y  cuando  la  necesidad  lo  re- 
quiere y  no  con  el  vicio  que  acostuml)ran  algunos,  para  relevar  los 
humores  de  los  extremos,  como  de  las  piernas  hinchadas  ó  gotosas; 
limpia  el  estómaj^o  de  las  Hemas,  (juita  la  jíuiueca,  y  es  contra  hi  ¡jachi, 
abre  las  vías  y  facilita  el  menstruo  y  la  orina  \í  yo  una  ve/  á  un  ri'- 
lijíioso  (|ue  estaba  reventando  de  detención  de  t)rina,  y  en  tomando  e>ta 
hierba,  orinó  con  onm  facilidad,  pero  primero  echó  el  ajrua  clara  como 
la  había  bebido  y  á  lo  último  la  orina,  porcpie  no  bebió  para  pn>vo- 
car  á  vómito.»    (El  P.  Hernabé  ('ot)o,  Historia  del  Xtirro  MkwUk) 

{1)    Memorial  inserto  en    la  Historia  del  Trihunal  del  ¿sitito  Oficio 
de  la  In(¡ffisicióti  de  I. i/na  por  I).  .1.  T.  Medina. 


232  suiMoiíSTiciONES  dp:l  rio  de  la  plata. 

figura  (k'  puerco,  no  les  parecería  a  ellos  tan  feo  como  á 
nosotros:  grumos  de  oro  llama  el  escarabajo  á  sus  hijos. 
-  Agora,  prosigue  el  P.  Torres,  será  pacto  implícito,  como 
se  suele  decir  de  los  ensalmos  y  otras  cosas.  »  Todos  los  c^ue 
usaban  esta  bebida  decían  en  confesión  y  fnera  de  ella  que 
era  vicio  ;  pero  que  verdaderamente  no  se  podían  enmen- 
dar: tanto  va  se  había  arrai«;ado.  Estorbaba  la  frecuencia 
de  los  sacramentos,  especialmente  el  de  la  Eucaristía ;  pues 
ni  tenían  paciencia  para  esperar  á  que  se  acabase  la  misa, 
ni  después  de  haber  comulgado  podían  Kbrarse  de  arrojar 
entre  los  vómitos  la  hostia  consagrada :  inconvenientes 
análogos  á  los  que  ofrecía  el  brebaje  que  hacían  de  una 
mezcla  de  coca  y  tabaco.  Etíam:  como  la  yerba  es  una 
bebida  muy  diurética,  salían  á  orinar  una  ó  más  veces  du- 
rante la  misa,  con  notable  irreverencia  y  escándalo.  A  es- 
tas gTaves  razones  añadía  el  P.  Torres  la  muy  plausible  de 
impedir  que  se  sujetase  los  indios  á  los  duros  trabajos  del 
beneficio  de  la  yerba.  Tomábanla  en  calabazas  ó  mates 
curados  al  fuego,  aderezados  y  pintados  con  primor.  Ni 
los  mismos  aborígenes  se  aficionaron  jamás  á  la  infusión 
de  la  yerba,  como  sus  pesados  huéspedes.  Los  indios  la 
tomaban  una  vez  al  día,  ó  bien  cuando  tenían  necesidad; 
los  españoles  á  cada  paso.  Los  gobernantes  y  sacerdotes 
no  se  quedaban  atrás.  Un  obispo  y  un  teniente  general 
del  Paraguay  se  entregaron  con  tal  desenfreno  á  este  vicio, 
({ue,  cundiendo  desmedidamente  con  su  ejemplo,  en  la  sola 
ciudad  de  la  Asunción  se  consumían  por  año,  en  el  de 
1G20  (cuando  apenas  contaba  quinientos  vecinos  españo- 
les), (le  catorce  d  quince  mil  arrobas. 

Costaba  la  arroba  doce  pesos  huecos,  ó  sea  cuatro  fuer- 
tes. El  exceso  en  i\  beber  de  la  yerba  causó  muchos  acci- 


<  APÍTLLíí     XV.  238 

dejitcs,  y  liubo  españoles  (|ue  por  a]«;'imos  días  pcnücron  el 
jiiicir)  ^K  Connaturalizados,  al  fin,  con  la  yerba,  ó  sea  el 
mate,  ha  continuado  li;ista  el  día  de  hoy  su  uso  y  su  abuso. 
Tiene,  sin  duda,  el  mate  propiedades  estomacales  y  diuré- 
ticas; i)ero  sólo  las  j)Osee  el  mate  amargo  ó  cimarrón,  como 
llaman  al  sin  azúcar.  Kl  mate  dulce  más  daña  que  ai)ro- 
veclia.  Sin  embargo,  cuando  se  toma  mate,  no  se  toma  por- 
que sea  una  bebida  saludable,  sino  por  pasatiempo,  por  el 
solo  gusto  de  tomarlo.  J)e  ahí,  y  del  modo  de  tomarlo  (en 
rueda,  entre  la  conversación,  eoiriendo  de  mano  en  mano), 
la  facilidad  con  (jue  nuichos  se  hacen  viciosos.  .Vlgunos  lo 
son  tanto,  que  desde  (pie  se  levantiui  hasta  (pie  se  acues- 
tan no  dejan  de  la  mano  el  mate. 

El  mate  generalmente  se  toma  con  algún  acompañante 
ó  en  rueda.  Está  en  hiicna  manoj  se  contesta  á  (piien  tiene 
la  cortesía  de  ofrecerlo.  El  paisano  dice  sencillamente:  ¡<ir- 
vasc  íio  nuU.  En  boca  del  americano  se  oye  á  cada  paso  el 
modo  adverbial  no  nuís.  Tomado  un  mate,  se  vuelve  á  ce- 
bar, presentándolo  á  otro  de  los  tertulianos;  y  así  sucesi- 
vamente pasa  de  mano  en  mano  y  de  boca  vn  boca.  La 
gente  prolija  recomienda  al  sirviente  (pie  limpie  la  bombi- 
lla después  (jue  uno  ha  sorbido  por  ella  y  que  no  chupe  el 
mate  como  acostumbra  hacerlo  todo  cebador  al  tiempo  de 
echarle  el  agua.  Pero  lo  regular  es  que  el  cebador  se  lo 
lleve  á  la  boca  en  cuanto  lo  recibe  en  sus  manos  y  (pie  se 
dirija  á  la  cocina  sorbiendo  ruidosamente  el  resto  de  agua 
que  ha  (piedado  en  el  fondo.  Hombres  y  nuijeres,  chicos  y 
grandes,  sanos  y  (.'ufermos,  negros  y  blancos,  todos,  uno 


(1)     Rui/.    (If    Moiitoyjí,    (oNi¡KÍ.s/.    h'sj/ir.:    Lmzjuh),    C.'om/nu^ti.   <A/ 
l'arnu.;  J.  T.  Mcdiiia,    ¡list.  t/r  hi  Ini¡uis.  rn   I, una. 


23-i  SUrEKSTIClOísES  DEL  liío  DE  LA  PLATA. 

tras  otro,  en  el  campo,  apliean  sus  labios  sin  reparo  ni  es- 
crúpulo á  la  misma  bombilla.  Quien  no  acercaría  á  sus  la- 
bios la  co})a  donde  bebió  antes  que  él  uno  de  sus  más  alle- 
gados, no  escrupuliza  en  aplicarlos  á  la  bombilla  en  que 
acaba  de  poner  los  suyos  un  extraño  ó  desconocido :  tal  es 
la  fuerza  de  la  costumbre. 

El  paisano  toma,  siempre  que  tiene  ocasión,  unos  cuan- 
tos mates,  pero  amargos.  Tomado  de  noche  el  mate,  sobre 
todo  no  estando  acostumbrado,  desvela.  Esta  y  otras  pro- 
piedades excitativas  colocan  al  mate  en  la  elevada  catego- 
ría de  los  alimentos  nervinos :  uno  de  los  más  eficaces  fac- 
tores con  que  las  fuerzas  de  la  naturaleza  concurren  á 
avivar  el  centelleo  de  la  imaginación  y  el  senticniento  que 
informan  el  mundo  del  arte. 


CAPÍTULO  XVI. 

Vicisitudes  del  ombú  y  preocupaciones 
á  su   respecto. 


Sumario.  — Destrucción  de  los  montes. —  El  habitante  del  Río  de  la 
Plata  corta  árboles  sin  reparo  ni  tasa.  —  Cómo  limpia  un  campo. 
—  Planta  junto  á  su  casa  un  onibíí.  —  El  higuornn.  —  El  onibil  es 
árbol  indígena.  —  Los  guarain'es  ponían  un  ombú  al  lado  desús 
sepulturas.  —  Con  qué  objeto  lo  ponían.  —  El  tala  en  los  cerritos. — 
Razón  de  hallarse  en  ellos.  — El  ombú  solitario  y  las  plantas  que 
s¡<íuen  al  hombre  en  los  desiertos.  —  Ideas  que  suscita  el  ombú  so- 
litario.—  Porqué  permanece  en  pie.  —  Personificación  de  his  fuer- 
zas de  la  naturaleza  y  de  los  objetos  que  las  manifiestan.  —  Pre- 
venciones actuales  contra  «d  ombú.  —  Resistencia  del  ombú  á  la 
muerte.  —  Los  ombúes  y  la  bruja  de  Santa  Rosa  del  Cuarey. — 
On'í'en  de  las  prevenciones  contra  el  ombú.— La  /rtj>crfl.  —  Etimo- 
logía de  esta  voz. —  Su  significado.- La  tapera  y  el  ond)ú  en  la 
geografía  del  Río  de  la  Plata  y  del  Brasil.  —  Lo  que  la  imagina- 
ción tlel  vulgo  quiere  ver  en  las  tapcra.'i. 


General  desde  muy  antii;u()  ha  sido  en  el  Viejo  y  Nuevo 
Mundo  el  uso  inconsiderado  de  los  montes  de  las  hereda- 
des 6  de  eonuui  aprovechamiento.  Desmedráhanlos,  empo- 
brecíanlos y  acal)a])an  [)or  destruirlos  con  las  cortas  [>ara 
leña  y  madera,  (jue  ejí^cutahan  sin  mctodo  ni  cuidado  y  sin 
atender  á  sazón:  á  veces  pcoáhanlt's  fui'i;o.  Actualmente  en 
el  Brasil,  doudc  nhunda  id  hosiMJc,  acostiuuhran  iucfU- 
diarlo,  á   üu  de  reducir  á  tcrrcuos  de  lal)rau/a  el  suelo  en 


2'M)  SUPKlJbTlClOXlv'>  DEL  liío  DE  LA  PLATA. 

que  arraiga.  Ha  use  dictado  en  España,  en  todo  tiempo, 
multitud  de  leyes  y  ordenanzas  dirigidas  á  evitar  la  des- 
trucción de  los  montes  y  á  regularizar  su  disfrute ^^\  Don 
Alonso  X  de  Castilla  tenía  ordenado  que  al  que  hallasen 
quemando  un  monte  lo  metiesen  dentro  de  él,  y  si  no  pu- 
diere ser  habido,  le  confiscasen  sus  bienes  ^^'.  Disponían 
las  leyes  de  Indias  que  el  aprovechamiento  de  los  montes 
se  practicase  con  método,  procurando  que  los  árboles  que 
se  cortasen  pudiesen  crecer  de  nuevo  y  multiplicarse.  Las 
cortas  para  enmaderamientos  debían  ejecutarse  en  época  ó 
sazón  conveniente  á  su  duración  y  firmeza  '^\ 

El  poblador  de  las  regiones  que  vierten  sus  aguas  al 
Plata  ha  cortado  en  todo  tiempo,  sin  reparo  ni  tasa,  cuan- 
tos árboles  ha  tenido  al  alcance  del  hacha,  ya  para  leña, 
ya  para  horcones,  postes,  cumbreras,  bancos,  mesas,  carre- 
tones, utensilios,  canoas,  etc.  El  estanciero  ó  el  capataz  de 
un  establecimiento  que,  recorriendo  con  cualquier  motivo 
el  monte  de  su  campo,  ve  un  hermoso  árbol  de  tronco  de- 
recho y  elevado,  dice  al  punto: —  «  ¡Qué  buen  palo!  Cór- 
tenlo. » 

Acostumbraban  los  antiguos  españoles  y  portugueses 
llamar  jialo  al  árbol,  cometiendo  una  sinécdoque.  La  con- 
dición de  la  madera,  su  utilidad  ó  excelencia,  determinaba 
la  clase  de  palo.  Así  los  árboles  señalados  por  alguna 
cualidad  superior  de  su  tronco,  por  alguna  propiedad  de 

(1)  Véase  la  Xueva  y  la  Novísima  Recopilación. 

(2)  «(^ue  no  pongan  fuego  para  quemar  los  montes,  é  al  que  lo 
fallaren  faciendo  que  lo  echen  dentro;  é  si  non  lo  pudieren  aver,  que 
le  tomen  lo  que  ubiere.»  (Ordenanza  en  las  cortes  de  Valladolid  de 
1250  citada  por  D.  ^Manuel  Colnieiro  en  su  Historia  de  la  Economía 
Pol'iiica  en  España. ) 

(3j    Leyes  12  y  14,  título  17,  libro  4.^  de  hi  Reco2nlaciún  de  Indias. 


CAPÍTULO  XVI.  237 

su  madera  utilizable  en  la  niedieina  6  en  la  industria,  han 
quedado  con  el  nomljre  de  palo  antepuesto  á  otro  que  los 
determina,  ó  l)ien  á  un  adjetivo  que  los  califiea  e  indivi- 
dualiza. Palo  hraiiil,  palo  canipecJic,  palo  áloe,  palo  de 
rosa,  falo  didcc,  palo  .santo,  palo  de  lanza,  palo  mortero, 
p)alo  a/narílloj  palo  blanco,  palo  borracho,  palo  de  trébol, 
palo  de  San  Antonio,  palo  de  cruz,  palo  de  leche,  palo 
de  Santo  Doniinrjo,  palo  de  yerba  (del  mate),  etc.  Estos 
nombres  han  (quedado  como  [)ropios  de  los  árboles  á  que 
primitivamente  se  aplicaron  en  sentido  translaticio.  La 
Academia  Española  registra  algunos  ^'^.  8u  número  podría 
aumentarse  considerablemente  con  los  nombres  de  palos 
diversos  que  se  conocen  en  la  América  Española  desde  el 
uno  al  otro  extremo  (norte  y  sur),  sin  contar  los  que  sin 
duda  habrá  en  Filipinas  y  otras  posesiones  del  Asia  y  del 
África.  D.  Antonio  Batres  Jáuregui  cita  una  porción  de 
palos  de  Guatemala,  advirtiendo  que  omite  otros  cuya  lista 
sería  nmy  larga  ^ "I 

El  hombre  del  campo  tala  á  veces  sin  escrúpulo  un 
monte  poblado  de  guabiyúes,  pitangas,  guaribayes,  camba - 
raes  y  otros  árboles  fructíferos,  medicinales  y  de  adorno, 
sin  dejar  en  pie  uno  para  nuiestra.  A  esto  llama  limpiar 
el  campo.  Si  algún  árbol  ha  plantado  (y  eso  C(m  sólo  arran- 
car un  gajo  y  meterlo  debajo  de  tierra),  ha  sido  el  oml)ú, 
que  se  desarrolla  y  agiganta  frondosamente,  sin  nupierir 
ningún  cuidado,  en  pampas,  cuciiillas  y  cerros.  Al  presente 
ha  ido  dejando  el  ombú,  á  (piieii  atribuye  sus  desgracias, 
y  le  sustituye  (¿on  el  |)araíso,  con  d  liigucrón,  con  el  gua- 


( 1 )    Diccionario  de  la  Lcnyua  Castellana^ (luotk'ciina  i'ilición,  :irt.  Palo. 
('i)     Vicios  (Ir  LcHfjuaje  //  I'rorincialisinos  t/e  (iHaienmla. 


238  SUPERSTICIONES  DEL  RÍO  DE  JA  PLATA. 

ribay  ó  arnera  mansa,  con  árboles  frutales,  con  plantas 
diversas. 

El  higueron  ^^\  llamado  también  agarrábalo  j  en  el 
Paraguay  y  Corrientes  guapoí  é  ihajjoi,  es  árbol  cuya  al- 
tura y  ramaje  llegan  á  ser  colosales.  Da  un  fruto  comible, 
semejante  á  un  liigo,  pero  nmy  pequeño.  Prende  de  semilla 
en  el  suelo,  en  la  horqueta  de  un  árbol,  entre  unas  piedras 
ó  en  un  muro  arruinado.  Abraza  con  cien  robustos  brazos 
las  paredes  abandonadas  á  las  injurias  del  tiempo.  Sor- 
prende esta  disposición  de  sus  raíces  en  los  restos  de  los 
dilatados  templos  y  largos  galpones  ó  casas  en  que  se  al- 
bergaban los  indios  reducidos  de  las  antiguas  Misiones  je- 
suíticas del  Paraná  y  Uruguay:  teatro  de  grandezas  y  des- 
venturas. Parece  como  que  el  selvático  íhapoí  intentara 
defender  fieramente  aquellos  restos  venerandos  contra  la 
barbarie  de  los  hombres.  Cuando  el  higueron  nace  en  un 
árbol,  y  luego,  ganando  el  suelo,  arraiga  en  éste,  no  tarda 
en  crecer  vigorosamente.  Su  amplio  tronco  va  envolviendo 
el  del  árbol  en  que  nació,  el  cual  perece  irremisiblemente, 
por  fuerte  que  sea,  ahogado  por  la  planta  á  quien  diera 
hospitalidad  entre  sus  ramas.  Llama  la  atención  á  veces  el 
tronco  alto  y  recto  de  árbol  añoso  envuelto  casi  del  todo 
por  el  higueron,  que  lo  ha  ido  invadiendo  perpendicular- 
mente,  para  luego  estrecharlo  y,  por  decirlo  así,  tragarlo. 
Es  curioso  ver  aparecer  las  extendidas  ramas  de  la  emi- 
nente palmera  por  entre  una  abertura  del  rudo  tronco  del 
agarrapalo. 


(1)  Urostifjma  subir ¿pimerviitm.  (Plantee  Diaplioricoí'  Floree  Ar- 
genlinr/'  por  ,1.  Hieronymus.)  Familia  artocarpeas,  género  nrosiigma. 
í Plantas  del  Parafjiiaij,  de  Corric/ites  y  de  Misiones  por  D.  Domingo 
Parodi.) 


CAPÍTULO  xvr.  239 

Cruzando  los  oampo^í,  suele  deseubrii'se  á  la  distancia, 
en  las  pampas  y  oucliillas,  un  (•()njunt()  de  arboles.  Es 
que,  de  unos  veinte  anos  (6  menos)  á  esta  parte,  ha  ha- 
bido estancieros  que  desearon  tener  fruta  y  sombra  junto 
á  sus  casas,  y  venciendo  la  natural  indolencia  del  paisano 
ó  recurriendo  a  un  extranjei-o  (italiano,  por  lo  general,  el 
hortelano  6  (¡uiiiicro  del  Río  de  la  Plata)  jmdo  lograrlo. 
Por  lo  demás  el  estanciero  que  intentare  ver  reproducido 
un  árbol,  de  estaca,  mediante  un  simple  mandato,  chasco 
se  llevaría.  Para  conseguirlo,  es  necesario  (pie,  llamando  á 
sus  peones,  les  diga: — <^ Desgajen  esa  rama.  .  .  .  Bueno. 
Ahora  traigan  el  pico  y  la  azada.»  —  «¿Dónde  están?» 
preguntíHi  los  peones.  —  «  Búsquenlos, »  responde  el  estan- 
ciero, sin  extrañeza  ni  impaciencia,  «  en  el  galpón.  Allí  de- 
ben de  estar.»  Los  peones,  al  cabo  de  un  buen  rato,  apa- 
recen reposadamente  con  el  pico  y  la  azada  enmohecidos, 
rotos  y  sin  mango.  —  «  Pónganles  cabo,  »  dice  el  estanciero. 
«Ahora,»  prosigue,  «caven  aquí.  Primero  rompan  la  tie- 
rra con  el  pico.  .  .  .  Sarpien  la  tierra.  .  .  .  Metan  la  rama 
hasta  la  mitad ....  Echen  tierra.  .  .  .  Traigan  un  balde  de 
a2:ua Echeido  sobre  la  tierra    ...  Traiíran  otro .... 

r 

Échenlo.  .  .  .  l>ien.  ;>  Todo  esto  tendrá  que  hacer  el  estan- 
ciero para  ver  plantado  un  nrbolito.  Pero  diga  á  media 
voz  á  sus  peones,  apuntando  á  un  árbol  recio  y  corpulento, 
corten  r.^c  palo;  y  en  un  credo  estará  derribado  el  árbol. 
No  hay  (pie  pregunt  n*  dónde  c-tá  el  liacha.  l']l  hacha  está 
en  todas  partes  y  sienq)re  á  mano. 

Árbol  más  vulgai*  y  conocido  (pie  el  ombú,  no  le  hay  cu 
el  Río  de  la  Plata.  Hase  puesto  .en  duda  si  es  indígena, 
presumiendo  algunos  (pu»  pudiese  S(»r  advcMKMÜzo,  por  no 
hallársele  g(Miei'almente  sino   plantado,  ó  donde   hay  indi- 


240  süpersttci()np:s  del  rio  de  ea  plata. 

ei(is  (lo  haberlo  sido,  por  la  mano  del  hombre.  Azara ^^^  le 
eiuiinera  entre  los  indígenas  y  dice  qne  hay  uno  en  el  jar- 
dín botánico  de  Madrid  y  otro  en  el  puerto  de  Santa  María 
(provincia  de  Cádiz),  donde  han  averiguado  que  sus  hojas 
limpian  y  curan  las  úlceras.  Colmeiro^"^  lo  registra  tam- 
bién como  orighiario  del  Rio  de  la  Plata  (de  Buenos  Aires), 
si  bien  da  en  otro  lugar  noticia  del  bellasombra  de  Má- 
laga, aquél  y  éste  de  la  misma  familia ^"^\  Hieronymus^^^ 
clasificándole  científicamente  como  Colmeiro,  le  considera 
oriundo  de  Corrientes  y  añade  que  en  España  se  llama  be- 
lomhra,  que  es,  á  ojos  Adstas,  el  mencionado  bellasombra. 
Sin  duda  es  el  ombtí  planta  indígena  en  efecto.  Antes  del 
descubrimiento  y  consiguiente  entrada  de  los  españoles,  ya 
algunas  generaciones  guaraníes,  los  timbtíes,  los  quiloasas, 
los  colastinés,  que  ocupaban  parte  del  territorio  en  que  hoy 
está  asentada  la  provincia  de  Santaf é,  plantaban  junto  á  los 
sepulcros  de  sus  mayores  un  ombu.  Los  sepulcros  adorná- 
banlos con  plumas  de  avestruz  6  üandil,  que  tanto  uso 
han  tenido  siempre  entre  los  indios.  Da  á  entender  el 
P.  Lozano '^^  que  plantaban  el  ombú,  por  lo  triste.  Mas 
nada  tiene  su  aspecto  que  despierte  en  el  alma  ideas  de  pe- 
sar ó  sentimiento.  Los  indios  creían  que  la  muerte  era  pa- 
sajera: que  habían  de  resucitar  un  día  en  cuerpo  y  alma; 
y  precisamente  por  eso  ponían  dentro  de  las  sepulturas 
cantidad  de  provisiones  y  otras  cosas  necesarias  á  la  vida, 

(1)  Dcscrip.  ó  lüst.  del  Parag.  y  del  Rio  de  la  Plat. 

(2)  Diccionario  de  Plantas  del  Antiguo  y   Nuevo  Mundo  por  el 
Dr.  D.  ^Miguel  Colmeiro. 

(3)  Pircunia  dioica  Moq.  ( fitolacaceas ) . 

(4)  Planiúi  Diapli.orica'  Floree  Argentinóe  por  J.  Hieron5'mus.  Bue- 
nos Aires,  1882. 

(5)  Uist.  de  la  Con/jni.st.  del  Parag.,  I  ¿lo  de  la  Plat.  y  Tucum, 


CAPITULO    XVI.  241 

ú  fin  (le  que  á  los  sepultos  no  les  faltase  nada  de  lo  ])re- 
ciso  en  los  i)nmer()s  tiempos  de  su  nueva  existencia  terre- 
nal. Es  el  ombú  notable  por  su  frondosidad  y  cor})ulencia. 
Al  anochecer  acuden  á  albergarse  en  sus  multiplicadas  ra- 
mas muchedumbre  de  [)ájaros  diversos,  que  al  romper  el 
alba  saludan  en  coro  el  nuevo  día  ccm  blandos  y  alegres  y 
estrepitosos  cantos  varios.  Semejan  himnos  matinales  que 
alados  interpretes  de  la  naturaleza  entonaran  al  padre  de 
la  luz  y  de  la  vida.  ¿Xo  parece  estar  uno  viendo  al  indio, 
en  la  mañana  de  la  resurrección,  recordar  con  lagrimas  de 
a2;radecimieiito  y  de  alearía  la  benéfica  solicitud  amorosa 
de  aquellos  hijos  suyos  que  plantaron  el  ombú  al  lado  de  su 
sepulcro?  En  los  cerritos  del  Uruguay,  junto  íl  los  supuestos 
vicheaderos'^^^  (sepulcros  sin  duda  alguna),  hallase  siem- 
pre algún  árbol,  generalmente  el  tala,  bastante;  grande  y 
nmy  frondoso,  que  da  con  extraordinaria  abundancia  un  pe- 
queño fruto  comible  y  dulce,  de  que  todo  jnijaro  gusta.  Los 
talas  y  otros  árboles  (jue  entiM-amente  aislados  se  hallan  en 
los  cerritos,  donde  los  indios  sepultabjii  sus  muertos,  ¿no 
habrán  sido  plantados  allí  [)or  la  mano  de  los  deudos  de 
aquellos  que  esperaron  la  aurora  de  la  resuiTeccion  para  vol- 
ver á  disfrutai"  de  la  vida?  Parecerá  éste,  á  primera  vista, 
un  concepto  algo  rebuscado  para  unos  bárbaros.  Con  todo 


(1)  Véase  Vorahulnrio  ]¡*i<)/>lafrnsc  por  d  autor.  Viclicadero  (ata- 
laya), del  portufíiiós  rii/inr,  espiar,  aecehar.  Kii  el  eitado  Vocabulario 
escribimos  con  be,  en  luiiar  de  baeerlo  con  ve,  la-  voces  vichear  y  ri- 
clicadcro;  por  no  haber  atiiia<lo  entonces  con  el  ori«^en  de  estas  expre- 
siones. Dícese  tainliién  ricJinr  y  ricínnícro.  Viclirnr  ( acichar,  espiar) 
es  expresión  muy  común  entre  el  vul.u:o.  A  unos  montones  piramiilales 
di;  piedra  que  sui'U'U  bailarse  en  los  cerritos,  Ibiman  richradcros  ó  ri- 
cliadcros,  por  suponer  erra<ianíeu(('  (pie  los  formaban  los  charrúas  pam 
espiar  tras  ellos. 


2-42  SUPERSTICIONES  DEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

adviértase  que,  aunque  menos  tosco  y  estrecho,  no  por  eso 
es  menos  rudo  y  material,  en  substancia,  que  su  análogo  de 
encerrar  viandas  y  utensilios  en  las  sepulturas  para  que  en 
tiempo  oportuno  se  aproveche  de  ellas  el  difunto  redivivo. 
El  ombú  suele  hallarse  aislado,  solitario,  en  las  pampas 
y  en  las  cuchillas  rioplatenses.  Raro  será  que,  si  han  des- 
aparecido de  allí  las  paredes  y  aun  los  cimientos  y  escom- 
bros de  un  edificio,  no  aparezca  alguna  otra  señal  que 
ariruva  haber  sido  anticua  morada  del  hombre.  Verá  el 
observador  que  en  torno  del  solitario  y  vetusto  ombú  na- 
cen diversas  plantas  que,  en  los  desiertos,  siguen  al  hom- 
bre por  todas  partes:  en  los  caminos  que  frecuenta,  en  las 
casas  donde  habita,  en  los  lugares  que  guardan  sus  restos 
mortales.  Abrojos,  cardos,  cicuta,  manzanilla,  ortigas,  mal- 
vas, crecerán,  sin  que  nadie  las  plante,  al  lado  de  la  choza 
del  labrador,  junto  al  rancho  del  puestero,  entre  unas  rui- 
nas, al  rededor  de  un  cementerio,  en  los  solares  y  hasta  en 
las  calles  y  plazas  de  los  pueblos  momificados.  Pero,  aun 
cuando  se  haya  desvanecido  todo  rastro  de  humana  habita- 
ción, aun  cuando  no  descubran  nuestros  ojos  indicio  alguno 
de  que  la  planta  del  hombre  hubiere  hollado  el  paraje 
donde,  en  medio  de  una  pampa  ó  de  una  cuchilla,  dilate  un 
añoso  ombií  sus  profusas  ramas,  casi  puede  asegurarse  que 
allí  hubo  un  hogar,  allí  días  de  regocijo  y  de  amargura,  allí 
ilusiones  y  desengaños,  allí  un  casamiento,  un  bautismo,  un 
féretro,  allí  un  luctuoso  episodio,  un  robo  6  un  asesinato. 
¿Serán  acaso  estos,  ya  alegres  y  ya  tristes  recuerdos,  la 
causa  del  respeto  con  que,  al  parecer,  se  ha  mirado  siempre 
al  ombú,  que  vemos  permanecer  solo,  aislado,  en  medio 
del  campo,  á  las  orillas  de  un  pueblo,  junto  á  una  tapera? 
¡Cuánto  hubiera  sido  de  desear  que  así  fuera!  ¡Qué  bellas 


CAPÍTULO    XVÍ.  243 

páginas  romántica.s  no  liu])iera  sido  capaz  de  inspirar  esta 
circunstancia  feliz  á  un  alma  poética  y  meditabunda  I  Mas 
desgraciadamente  no  es  así.  La  verdadera  causa  de  haber 
quedado  (;n  pie  el  ombú,  es  que  no  sirve  más  que  ])ara 
dar  sondjra.  Su  tronco  y  ramas  no  sirven  para  nada  :  ni 
para  hacer  postes,  pues  se  pudren  antes  de  secarse;  ni 
8Í(|uiera  para  el  fuego,  pues  no  arden.  Así  es  que,  abando- 
nada 6  destruida  la  población  ó  casa,  se  desprecia  el  árbol 
poi"  inútil.  Por  lo  demás,  el  agigantado  oml)ú  no  ha  podido 
menos  de  merecer  tributo  de  adoración  ante  el  espíritu 
antropomórfico  del  hombre  primitivo,  que  en  los  grandes 
árboles  solitarios  ha  creído  ver  algumi  deidad  ó  inteligencia 
de  quien  puede  recibir  su  felicidad  ó  su  desgracia. 

El  vulgo  ignaro,  que  en  su  modo  de  pensar  tiene  mucho 
del  hombre  primitivo,  tiende  naturalmente  á  personificar 
las  fuerzas  de  la  naturaleza  y  todos  aquellos  objetos  que  las 
manifiestan  en  una  ú  otra  forma  indicante  de  vida,  como 
la  arnera  ó  guaribay  maléfico  con  sus  efluvios,  los  cerros 
bravos  con  sus  estruendos  y  llamaradas  y  las  lagunas  mis- 
teriosas con  sus  luces  vagabundas.  Así  han  dado  los  cam- 
pesinos rioplatenses  en  atribuir  á  la  mala  influencia  de 
los  ombues  el  acal)amiento  de  los  hogares,  la  ruina  de 
las  fortunas,  la  desgracia  de  las  familias.  Ca>ia  con  omhú, 
dicen,  acaba  en  tapera.  Ahora  (pie  el  paraíso  y  otros  ár- 
boles forasteros  suplen  con  ventaja,  ó  sólo  por  moda,  al 
viejo  ombu,  pregonan  su  fatalidad,  ñachi  iíuciio  \v  reco- 
nocen y  si  de  el  se  acuerdan  es  para  decir  (jue  el  (]ue  se 
acuesta  á  su  sombra  se  levanta  hinchado  y  eon  dolor  de 
cabeza.  ¡Así  paga  el  diablo  á  (piien  bien  le  sirve  I 

Tarde  ó  temprano   viene  á    menos   ó   s(^  arruina    (pi¡(Mi 
ti(MU^  (MI  su  casa  un  ombú.  lOsia    es  la    persuasión  g(MieraL 


244        SUPERSTK  IONES  DEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

Si  no  se  arruina  6  viene  á  meno^,  no  se  escapará  cuando 
menos  de  algún  contratiempo  ó  desgracia  que  le  haga  re- 
cordar toda  su  vida  la  imprudencia  que  cometiera  plantando 
ó  dejando  crecer  un  ombú  en  el  lugar  de  su  morada.  El  día 
ó  época  de  la  Cotástrofe  no  es  fijo,  pero  sí  seguro.  Algunos, 
sin  embargo,  entienden  que,  cuando  las  raíces  del  ombú 
llegan  á  los  cimientos  de  la  casa,  está  próxima  la  ruina  de 
la  familia.  Mejor  sería  que  considerasen  que,  cuando  la  fa- 
milia se  arruina,  el  ombú  echa  abajo  la  casa  con  sus  raíces. 

Críase  el  ombú  en  toda  clase  de  terrenos,  húmedos  ó 
secos,  y  una  vez  que  arraiga,  difícilmente  deja  de  vivir  en- 
tero 6  despedazado.  Ni  el  hacha,  ni  el  pico  y  azada,  son 
capaces  de  exterminarlo.  Por  más  que  le  desmenucen  y 
que  arranquen  sus  restos,  siempre,  por  uno  ú  otro  lado, 
levanta  cabeza.  Así  cuando  el  ombú  es  ya  de  muchos  años, 
no  poco  trabajo  da  á  los  que  se  empeñan  en  destruirlo;  y 
hay  gente  que,  no  pudiendo  acabar  con  él,  abandona  sus 
casas  y  se  va  á  establecer  en  otro  lugar,  lejos  de  allí.  Se 
apresura  el  hombre  del  campo  á  cortar  y  arrancar  los  om- 
búes,  tan  luego  como  le  empiezan  á  empobrecer  sus  malos 
negocios  ó  su  desidia.  Lo  que  debiera  hacer  es  imitar  al 
ombú,  que  sabe  acomodarse  á  todas  las  circunstancias  y 
que  así  en  tiempo  de  seca  como  de  lluvias  excesivas  y 
temporales  halla  medios  de  sostenerse. 

En  Santa  Rosa  del  Cuarey  había  tres  viejos  ombúes, 
que  ahogó  ha  pocos  años  una  extraordinaria  creciente  del 
Uruguay,  cerca  de  cuyas  orillas  estaban.  Pues  de-de  en- 
tonces empezó  á  moverse  y  adelantar  el  antes  paralítico  y 
moribundo  pueblo  de  Santa  Rosa.  Por  el  mismo  tiempo 
cruzó  una  bruja  á  media  noche  por  los  aires,  soltando  una 
carcajada.    A  juicio  de  intérpretes  autorizados,  parece  que 


rAPÍTtnx»  XVI.  245 

fue  una  risa  samístiea,  y  que  la  fea  mujer  endemoniada, 
que  tan  á  deshora  (su  hora  oficial)  iba  á  perturbar  el 
desoanj?o  de  los  pacíficos  vecinos  de  Santa  Rosa,  quiso  sig- 
nificarles que  no  se  engreyesen  mucho  con  la  perdida  de 
los  ombues,  porque  se  les  había  de  caer  el  gozo  en  el  pozo. 

Arruinada  una  familia,  malvende  y  abandona  su  casa,  y, 
si  permanece  en  ella,  se  le  \'iene  al  suelo,  como  que  no 
puede  componerla.  Solamente  el  ombú,  que  no  fidtó  antaño 
en  ninguna  casa,  engruesa  su  tronco,  multiplica  y  dilata 
sus  ramas,  y  se  afirma  cada  vez  más.  Por  eso  rara  serl  la 
casa  arruinada,  particulannente  si  es  antigua,  en  que  no 
haya  algún  ombú,  que  es  quien  se  lleva  la  culpa  de  todo. 
Xo  hay  más:  junto  á  una  tapera  un  ombú.  Se  está  viendo: 
el  ombú  trae  consigo  la  ruina  de  las  familias.  Casa  con 
ombú  acaba  por  ser  tapera. 

Tapera  es  voz  de  la  lengua  guaraní,  que  significa  lugar 
des}x>blado,  población  que  fué.  Hase  incorp<:>rado  al  len- 
guaje cjistellano  y  al  portugués  en  el  Río  de  la  Plata  y 
Paraguay  y  i  n  el  Brasil.  La  voz  castellana  correspondiente 
sería  ruinas,  ¡talar  abandonado.  Aunque  no  queilen  restos 
de  eilificios,  aunque  hayan  desaparecido  hasta  las  *señiüe3 
de  la  estadía  del  hombre,  aunque  ni  siquiera  el  ombú  la 
recuerde,  el  lugar  que  fué  habitado  lleva  el  nombre  de  ta- 
pera^ Es  tapera,  ya  se  trate  de  las  miras  ó  lugar  abando- 
nado de  una  casa,  ya  de  una  población.  Muchos  parajes, 
en  el  Río  de  la  Plata,  en  el  Paracruav  v  en  el  Brasil,  se 
designan  geográfiai mente  con  el  nombre  de  tapera.< :  la 
tapera  de  fulano,  la  (apera  de  mengano,  ó  simplemente  la 
tapera.  Lo  propio  sucede  con  el  ombú.  ¿Cuántos  pimtos,  en 
la  cuenca  del  Plata  y  al  sur  del  Brasil,  no  son  conocidos 
sino  por  el  nombre  de  ombúf  Mucho  han  debido  el  cami- 


24()  SUPEKSTK^IOXES  DIOL  RÍO  DE  LA  PLATA. 

liante,  el  explorador,  el  baqueano,  la  partida  expedicionaria, 
el  chasque,  á  la  f apera  y  al  omhú.  La  geografía  del  Kío  de 
la  Plata  y  del  Brasil  no  pueden  ya  desprenderse,  ni  siquiera 
imaginarianiente,  de  la  tapera  y  el  omhú:  aunque  una  y 
otro  hayan  desaparecido,  en  los  textos  y  en  los  mapas 
quedarán  escritos  sus  nombres. 

La  imaginación  del  vulgo  campesino  quiere  ver  en  las 
taperas,  durante  la  noche,  á  los  padres  difuntos  de  las 
familias  que  en  los  días  de  bienandanza  poblaran  el  lugar 
en  que  yacen  los  restos  de  la  casa  arruinada  y  tal  vez  los 
des2')OJos  mortales  de  algunos  de  sus  deudos.  Ayes  y  luces 
demuestran  á  las  claras  la  venida  de  las  almas  del  otro 
mundo  á  tales  sitios.  Allí  andan  penando,  y  piden  misas 
para  su  alivio  y  descanso.  ¡Qué  dolor  para  los  hijos  por 
cuya  imprudencia  ó  desvarios  pasan  hambre  y  privaciones 
los  que,  sin  sus  calaveradas  y  despilfarros,  fueran  posee- 
dores de  rica  hacienda!  Las  doloridas  sombras  callada- 
mente los  amonestan,  enseñándoles  con  su  ejemplo  cómo 
empiezan  y  cuál  suele  ser  el  término  de  las  fortunas:  una 
y  otra  noche  recogerán  los  palos,  trapos,  huesos,  cacharros 
y  demás  restos  que  hallaren  y  los  amontonarán  en  un  lu- 
garcito  del  solar  deshecho  y  abandonado. 


CArlTULO   X\1I. 

Naturaleza  y  efectos  maléficos  de!  guaribay 
bravo  ó  aruera. 


Sumario. —  Descríbese  c\  ar/ua7-aibá.  —  Su>  benéfica:^  propirdadcs.  — I.a 
cJiicha  (le  nwllc  en  las  iravcsias.  —  Clases  varias  <le  niollc.  —  La 
amera  mala.  — Sus  maléticos  efluvios.  —  Efectos  íisioló^cos  que 
causan.  —  La  arnera  mata  ú  un  hombre.  —  Simpatía  para  curar  el 
(laño  de  la  arnera.  —  Sivijiatia  para  precaverse  de  él.  —  Saludo  al 
rcn's.  —  Mirar  sin  pestañear.  —  7;r.«  veces  hácese  la  misma  cer»^- 
monia.  — La  señora  arnera  es  deidad  muy  vana.  — EHcacia  del 
saludo:  fenómeno  psico-físico  de  anlo-sngeMión.  —  A  un  mi-^terio, 
otro  misterio.  —  La  señora  arnera  muere  ahoi^ada,  como  el  tirano, 
por  sus  propios  comensales.  —  EnsoberbeciíU,  mata;  despedazada 
y    abatida,  besa  la  mano  al  verdugo. 


El  agiLaraihd,  aguaraihay  ó  (juaribay  eí^  árbol  que  se 
halla  en  los  montes  de  los  ríos  trilnitarios  del  Plata,  v  en 
otros  interiores,  así  como  en  serranías.  Pertenece  á  la  fami- 
lia de  las  terebentináceas.  Bus  liojas  son  estrechas,  largas 
á  proporción,  dentadas,  parecidas  á  his  del  sauce  llorón ; 
su  palo  negi'o;  sus  flores  chicas,  blancas,  en  racimo;  su 
semilla  semejante  ii  los  granos  de  la  pimienta.  I  )e  la  resina 
de  sus  hojas  y  ramas  hacían  los  jesin'tas,  en  las  antiguas 
Misiones  del  Paraná  y  rniguiiy,  un  remedio  para  heridas, 
illceras,  males  de  orina,  debilidad  de  estómago,  cólicos,  reu- 


248  SUPERSTICIONES  DEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

iiiatismo  V  otras  dolencias:  una  especie  de  sanalotodo ^^l 
Llamábasele  hdlsamo  de  agiiaraihd  ó  hdlsamo  de  Misio- 
nes. Es  el  mismo  árbol  conocido  científicamente  por  schinus 
molle  ó  drhol  de  la  falsa  pimienta ''-\  el  anacahuita  vul- 
gar. El  turhinto  del  Perú,  corrupción  notoria  de  terebinto, 
pertenece  á  esta  clase  de  árboles.  Al  occidente  del  Paraná 
¡lámanle  molle,  voz  peruana;  porque  allí  ha  ejercido  inme- 
diata influencia  la  lengua  de  los  Incas. 

No  hay  correntino,  entrerriano  ó  paraguayo  que,  al  pasar 
por  una  plaza  ó  camino  donde  haya  un  giiarihay,  no  se 
acerque  á  él  y  arranque  una  ramita  que,  colocada  en  el 
sombrero  ó  d  los  tientos  de  su  recado,  llevará  contento  á 
su  casa,  con  el  objeto  de  aplicar  sus  hojas  ó  cocimiento 
á  cuantas  indisposiciones  ó  males  tenga  su  familia.  La  fe 
que  les  merece  la  planta,  con  sus  virtudes  varias,  es  infi- 
nita. 

Hay  un  género  de  molle  cuyas  semillas  sueltan  una 
sustancia  melosa  de  que  se  sirven  en  la  Argentina  los 
moradores  de  las  provincias  de  arriba  (próximas  á  los 
Andes)  para  dar  fortaleza  á  la  chicha.  De  ellas  hacen 
también  aloja,  que  se  considera  mía  bebida  refrigerante 
sin  igual  en  el  mundo,  un  néctar  divino,  en  especial  cuando 
el  viajero  fatigado,  en  las  travesías,  necesita  reponer  las 
descaecidas  fuerzas:  es  lo  primero  que  le  ofrecen  en  los 
ranchos  ó  casas  adonde  llega  pidiendo  permiso  para  des- 

(1)  Descrijición  de  las  Plantas  Medicinales  de  Misiones  por  el 
H.  Pedro  Montenegro,  jesuíta.  Inserta  en  la  Revista  del  Pasado  Argen- 
tino por  M.  R.  Trelles.  —  Descripción  é  Historia  del  Paraguay  y  del  Rio 
de,  la  Plata  por  D.  Félix  de  Azara. 

(2)  Véase  Diccionario  de  Nombres  vidgares  de  Plantas  del  Antiguo 
y  Nuevo  Mundo,  con  su  correspondencia  científica,  por  el  Dr.  D.  Mi- 
ííuel  Colnieiro. 


CAPÍTL'LO     XVÍI.  249 

cansar.  Eu  la.s  campaña.s  del  Uruguay,  i*araná  y  Paraguay 
ofrecen  lo  que  más  apetece  allí  el  caminante:  un  mate. 

Hiiy  el  molle  que  llaman  fie  curfir,  rico  en  tanino.  Le 
hay  en  cuyas  ramas  críase  una  mosca  negra,  menor  (jue 
la  connm  de  las  poblaciones.  El  germen  se  desarrolla  de- 
positado dentro  de  una  sustancia  leñosa,  esférica,  del  ta- 
maño de  una  avellana.  Hay  el  afjuaraihd  de  espina  enco- 
nosa y  hojas  alternas  y  opuestas,  cuya  cascara  sirve  para 
hacer  un  cocimiento  que,  haciendo  con  él  buches,  entona 
las  encías. 

El  molle  es  una  planta  rara  y  privilegiada,  cuyas  ramils 
y  hojas  han  servido  al  mago  entre  los  indios,  y  después  de 
la  conquista  entre  los  nuevos  pobladores,  para  sus  ceremo- 
nias, hechizos  y  ensalmos.  Cuando  la  Inquisición  persiguió 
al  hechicero  y  al  adivino,  muchos  y  nuichas  del  arte  fue- 
ron á  parar  á  sus  lóbregas  cárceles.  Repetidas  veces  apa- 
rece en  las  declaraciones  de  los  reos  el  molle,  entre  las  se- 
ñaladas hierbas  y  árboles  de  (|ue  hacían  uso  en  diversas 
formas  los  hechiceros,  adivinos  é  invocadores  del  demo- 
ni(\  Presa  fué,  por  ejercer  las  artes  diabólicas,  Beatriz 
de  la  Bandera,  vecina  y  natural  di*l  Cuzco,  á  quien  se  le 
aparecían  los  demonios  en  ligura  de  monos  y  de  mastines, 
con  unas  colas  muv'  lar";as  v  ramas  de  mollr  en  las  ma- 
nos.  Estos  tratos  y  amistades  dieron  con  la  hechicera  en 
los  dientes  de  otros  iiiasfincs^^^  nmclio  más  íieros  y  temi- 
bles que  los  (jue  defienclen  de  lobos  un  rebaño,  los  cuales, 
después  (le  los  zamarreos  de  costumbre,  la  llevaron  ca- 
mino  de   la   plaza   mavor   de   la   ciudad   de   los   Revés  (v 


(,  I  j     Mfisfinrs   rcItuUnrs   del   cnfiiliro    rrhntlit    llaiuó    Miguel  ilc  (  Vt* 
vaMti'8  á  los  iiKiuisidoiX'S  vn  su  IVrsilrs  //  Sifjisinundti. 


250  SUPERSTICIO^'ES  DEL  RÍO  DE  LA  PLATA. 

liioo'O  del  destierro ),  con  el  capirote  blanco  del  penitente  y 
una  vela  verde  en  las  manos  ^^^. 

La  odorífera  resina  del  molle,  sus  celebradas  propieda- 
des cui-ativas  y  la  fuerza  particular  que  da  á  la  cliicha,  cu- 
yas libaciones,  inflamando  el  ánimo,  favorecen  la  inspira- 
ción, eran  condiciones  harto  apreciables  y  peregrinas  para 
que  fuesen  desaprovechadas  por  la  perspicacia  del  mago  y 

del  hecliicero. 

En  las  regiones  bañadas  por  el  Uruguay  es  famoso  el 
género  de  molle  conocido  por  aruera.  Llámanle  también 
cbn  más  determinación  arnera  mala,  á  distinción  de  la 
mansa  ó  guarihay  de  que  se  hacía  el  bálsamo  de  elisio- 
nes. Viene  la  voz  aruera  del  portugués  aroeira  (len- 
tisco), que  es  el  nombre  que  tiene  en  el  Brasil  el  árbol  de 
que  se  trata.  Sus  hojas  son  más  dobles  que  las  del  gua- 
rihay, más  cortas,  no  tan  resinosas,  no  aserradas,  y  no 
están  adheridas,  como  las  de  aquél,  á  los  vastagos  de  las 
ramas,  sino  sustentadas  de  trecho  en  trecho  por  un  pedún- 
culo (dos  opuestas  y  una  en  el  medio  de  entrambas). 

Los  efluvios  de  la  aruera  excitan  de  tal  manera  la  san- 
gre en  algimas  personas,  con  sólo  pasar  por  debajo  de  ella 
y  aun  con  sólo  acercársele,  que  las  enferma  de  un  modo 
alarmante.  Á  unos  les  pone  el  cuerpo  como  si  estuviera 
picado  del  sarampión.  Á  otros  los  llena  de  turgencias,  de- 
jándolos como  lazarinos.  Éntrales  una  fuerte  comezón,  híu- 
chanse,  dales  fiebre  y  mareo,  tómanseles  de  sangre  los  ojos 
y  núblaseles  la  vista.  Entre  los  años  1877  y  78  murió  un 

(1)  Auto  de  fe  celebrado  en  Lima  el  23  de  enero  de  1639  etc. 
según  relación  hecha  por  el  Licenciado  D.  Fernando  de  Montesinos, 
inserfí)  en  la  Historia  del  Tribunal  del  Sanio  Oficio  de  la  Inquisición 
de  Lima  por  \).  J.  T.  Medina. 


CAPÍTULO     XVII.  251 

individuo  en  Catalán  (  Urii,u;uay ),  por  la  acción  mórbida 
de  la  arnera.  Estuvo  labrando  un  palo  de  arnera,  mien- 
tras uno  de  sus  peones  cortai)a  otros,  con  el  objeto  de 
hacer  un  gal})6n  en  su  establecimiento.  Enfermó  con  los 
síntomas  ordinarios  del  mal  de  la  amera,  y  antes  de  tres 
días  dejó  de  figurar  en  el  número  de  los  vivos. 

Diferente  cosa  es  el  manzanillo  de  las  islas  de  Barlo- 
vento y  Tierrafirme,  con  que  los  caribes  emponzoñaban 
sus  flechas.  Las  hojas  de  él  asemejan  á  las  del  peral  y  su 
fruto  al  del  manzano,  de  donde  le  viene  el  nombre.  El 
dormir  á  su  sombra  causa  un  fuerte  dolor  de  ca))eza,  hin- 
chando ojos  y  cara.  Sus  efluvios,  con  el  rocío  de  la  noche, 
abrasan  la  piel,  y  el  humo  de  la  leña  que  de  él  se  saca  es 
igualmente  malsano ^^\  Colmeiro  registra  el  manzanillo 
de  Caracas  y  del  cerro  de  Veneznela  (terehintdceasj  y 
el  de  Cuba  ( euforbiáceas )''\ 

También  hay  otro  árbol  en  Corrientes,  Misiones  y  Pa- 
raguay, cuya  sombra  (al  decir  de  la  gente  del  campo)  da 
dolor  de  ca))eza  y  produce  náuseas.  Llámanle  bitambó 
(voz  guaraní),  y  pertenece  á  la  familia  de  las  leguminosas. 
Es  enorme,  parecido  al  higuerón,  y  crece  en  las  vertientes 
de  las  cuchillas,  junto  á  algún  manantial. 

Una  fricción  de  caña,  ó  un  baño  til)io  de  saliiuiera, 
dicen  que  es  bueno  para  curaise  del  mal  causado  por  los 


(1)  (^udh'o  Libros  de  la  Naturcilc\(i  1/  Virtuilcs  Mal iri nales  dr  las 
Plantas  de  la  Nneva  España  del  J)r.  Francisco  FcrnáinKz,  por  Fray 
Francisfo  Xiinéncz;  Goiizal»)  FcriiániK-z  de  Oviedo,  Historia  (ieneral 
y  Xatuntl  de  las  Indias:  Fcdro  Mártir  de  An.trlería,  trad.  de  D.  Joa- 
quín Torres  Asensio,  Fncntes  Jlislóriras  sobre  Colón  y  Annrica:  v\ 
P.  Bernabé  Cobo,  Historia  del  Xuevo  Mnndo. 

(2)  Diccionario  de  Plantas  del  Antiyao  y  Xucvo  Mundo  por  el 
Dr.  D.  Miguel  (olmeiro. 

18. 


252  SUrERSTICIONES  DEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

efluvios  (le  la  amera.  Pero  lo  más  expedito  es  acudir  al 
superior  remedio  de  la.  símjiatía,  que  para  esto  no  era  na- 
tural que  faltare,  como  que  la  causa  originaria  del  mal 
encierra  á  los  ojos  del  paisano  un  misterio  impenetrable. 
Presentan  al  enfermo  una  rama  de  arnera.  El  enfermo  la 
saluda  tres  veces,  mirándola  al  mismo  tiempo  con  respeto, 
como  quien  se  humilla  y  pide  perdón.  El  saludo  debe  ha- 
cerse, como  dicen,  al  revés.  Si  es  de  mañana,  se  le  dirá : 
—  Buenas  tardes,  señora  antera.  Si  es  de  tarde,  se  le 
dirá: — Buenos  días,  señora  amera.  Hecho  esto,  debe  ti- 
rarse la  rama.  Cuando  la  rama  se  haya  secado,  estará  sano 
el  enfermo. 

Aunque  el  remedio  es  tan  fácil,  lo  mejor  es,  sin  embargo 
precaverse  del  mal;  y  así  lo  hacen  los  hombres  del  campo, 
cuando  van  á  cortar  una  antera  ó  entran  debajo  de  ella, 
ó  pasan  á  su  lado.  El  medio  de  precaverse  es  también  una 
manera  de  simpatía,  la  misma  que  para  curarse:  saludar 
al  revés.  —  Buenas  tardes,  señora  antera.  —  Bitenos  días, 
señora  antera  El  primero  de  estos  saludos  se  hace,  si  es  de 
mañana,  y  el  segundo,  si  de  tarde.  El  que  va  á  juntarse  al 
árbol,  detiénese  á  corta  distancia,  con  gran  respeto,  como  si 
se  presentase  delante  de  la  divinidad:  descúbrese,  clava  en  él 
la  reverente  mirada  y  dice  su  saludo.  Mientras  saluda,  no 
le  es  permitido  ni  siquiera  pestañear:  tan  fija  debe  tener 
la  vista  eu  el  objeto  de  su  atención.  Tres  veces  consecu- 
tivas ha  de  repetir  el  saludo.  Cumplida  esta  solemnidad,  no 
tenga  miedo  de  que  la  antera  le  dañe.  Así.  el  paisano 
que  va  á  cortar  de  ella  un  palo,  ó  aun  á  derribarla,  des- 
pués de  haber  hecho  el  saludo,  se  le  acerca  sin  recelo.  Ha- 
cha en  mano,  tirado  el  sombrero,  ceñida  la  frente  con  su 
pañuelo  ó  vincha,  descarga  recios  golpes  en  el  tronco,  hasta 


CAPÍTULO    XVII.  253 

dar  en  tierra  con  el  árbol  que  ha  de  servirle  de  lena  en  el 
fuego  ó  de  postes  en  su  corral.  Es,  sin  duda,  la  señora 
arnera  una  deidad  nniy  vana.  Con  tal  que  la  saluden  con 
mucho  aparato  y  rendimiento,  consiente  que  la  derriben  y 
despedacen.  ¡Cuántas  ameras  se  arruinan  por  la  misma 
causa!  Unos,  por  aparentar,  gastan  más  de  lo  que  pueden, 
perdiendo,  junto  con  la  hacienda,  la  honra.  Otros  reciben 
mcienso  del  mismo  fuego  (la  ñngida  amistad  y  respeto  del 
adulador)  que  ha  de  abrasarlos  y  perderlos. 

El  saludo  de  la  arnera  reúne  todas  las  condiciones  ca- 
paces de  engendrar  en  el  ánimo  del  que  hace  la  ceremonia 
el  fenómeno  psico- físico  de  la  auto- sugestión.  Mediante 
este  fenómeno,  el  solemne  saludo  promueve  en  el  organis- 
mo un  movmiiento  más  expedito  que  el  ordinario  de  las 
funciones,  á  favor  del  cual  resiste  eficazmente  á  la  acción 
perturbadora  de  los  efluvios  de  la  arnera.  El  paisano  con- 
templa en  esta  la  personificación  de  un  ser  maléfico,  dotado 
de  inteligencia  y  voluntad  para  hacer  daño.  El  remedio  de 
la  simpatía  en  este  caso  debía  ser  por  tanto,  para  el  pai- 
sano, el  más  adecuado  recurso.  Se  trata  en  su  concepto  de 
un  hecho  sobrenatural.  Aunque  los  medios  naturales  })uc- 
den  dar  buen  resultado,  ninguno  más  seguro  en  tal  su- 
puesto que  los  que  la  magia  ó  ciencia  tradicional,  oculta, 
tiene  acreditados  con  infinitos  ejemplos  notorios:  á  un 
misterio,  otro  misterio. 

Las  cenizas  de  la  arnera,  (jue  arde  en  un  instante, 
sirven  para  hacer  lejía.  Aseguran  que  sus  hojas,  cocidas  y 
aplicadas  á  modo  de  cataplasma,  disuelven  las  hinchazones. 
Por  grandes  y  por  malas  que  testas  sean,  no  resisten  á  la 
eficacia  resolutiva  de  la  arnera.  Así  resulta  que  la  arnera, 
mientras  vegeta   ensoberbecida,  particularmente  en  los  lu- 


254  SUPERSTICIONES  DEL  RÍO  DE  LA  PLATA. 

gares  altos  ó  de  serranía  y  cuando  en  primavera  entra  en 
pleno  ardor  y  movimiento  la  savia,  ofende  y  mata;  mas 
despedazada  y  abatida,  convierte  en  bálsamo  su  veneno. 
La  aruera  suele  morir  ahogada  entre  las  profusas  ramas 
sarmentosas  de  una  parásita  trepadora  que  parece  elegirla 
para  matarla,  como  si  se  propusiese  librar  á  la  humanidad 
de  tan  peligroso  viviente.  Contrahecha,  tuberosa,  mori- 
bunda, lucha  en  vano  la  aruera  contra  su  aleve  y  tosco 
huésped,  fiera  imagen  de  la  ingratitud.  Nace  el  isipó  ó 
bejuco  matador  en  las  ramas  de  la  aruera,  de  cuyo  jugo 
se  alimenta  mansamente  mientras  las  raíces  no  llegan  al 
suelo.  Pero  una  vez  arraigado,  engruesa,  echa  tronco,  ex- 
tiende y  multiplica  sus  brazos  y  estruja  y  ahoga  al  árbol 
á  quien  debe  la  vida.  Así  perecen  generalmente  los  tira- 
nos. Cría  cuervos,  y  te  sacarán  los  ojos. 


CAPÍTULO    XVIII. 

Personificación  y  supuesta  influencia  de  las  aves. 


ScMARio.  —  iinitacióii  de  la^  cualiilade.-^  y  oricio?;  ik'l  hombre  por  los 
animales.  — Pájaros  varios.  — Domiiucoá  y  cardenales. —  I litlalgos 
pobres,  monjitas  y  viudas.  —  Dormilones  y  charrúas.  —  Naranjeros: 
hermosura  incomparable  de  al^^unas  de  sus  variedades.  —  Boyeros. 
—  Beiiteveos:  indios  y  cristianos  interpretando  los  sonidos  de  hi 
naturaleza.  Anuncian  huéspedes.  —  El  rayador.  —  Herreros,  leñeros, 
pedreros  y  carpinteros. —  El  carpintero,  ave  de  mal  ai,aifro.  —  El 
terutero,  enemigo  de  los  contrabandistas.  — El  ñacurutú  contagia 
el  vicio  de  la  pereza.  —  Lechuzas  y  vizcachas:  su  compañerisnio. — 
El  hornero  y  la  golondrina:  analogía  de  las  preocupaciones  á  su 
respecto.  —  Palomas  y  gallinas. —El  avestruz  entre  las  diversas 
generaciones  indígenas:  sus  i)lumas,  adivinos,  gualicho,  bt>rrache- 
ras,  encantos,  bienandanza.  —  Pájaro  hechicero.  —  Mal  agüero  del 
t(fi/ar?if/m'r</.  —El  caburé  y  el  urutaú.  —  El  ju«g(>  y  el  amor:  su 
papel  importante  en  el  campo  de  la  magia  y  hechicería.  —  El  vicio 
(U'l  juego  en  el  Río  de  la  Plata.  —  Patronos  preternaturales  del 
juego. —  La  blasfemia  en  el  juego,  y  sus  penivs.  -  as,  com- 

posfi/ras  y  nrompnñrimirnfns.  —  VÁ  rf}tncn}}q}fP  y  \\\<  ¡diurnas  tio  los 

pájaros. —  C'onsagracinll    de    l;l-    ;iVi>    elillr    \c<-    indio- 


Ciertos  animales,  y  en  especial  las  aves,  por  su  as|>ecto, 
por  sus  instintos  6  por  su  manera  de  vida,  j>arecen  imitar 
las  enalidades  de  la  persiuia  ó  ejecutar  aquellas  cosjis  de 
que  sólo  es  caj^az  im  ser  raeion.d.  T^a  imai;inaeión,  á  vista 
de  ello,  se  eoni])laee  en  liimir  dentados  á  esos  animales  de  las 
enalidades  Iniínanas  que  dt'  iin  modo  más  6  menos  patente 


256  SUPERSTICIONES  DEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

remedan,  ó  bien  en  atribuirles  los  mismos  oficios  ó  minis- 
terios que  el  hombre  ejerce.  Así,  en  las  vastas  regiones  á 
que  se  extiende  la  cuenca  del  Plata,  hallamos  horneros,  le- 
ñeros, pedreros,  carpinteros,  herreros,  boyeros,  etc.  El 
dominico  se  cubre  con  una  blanquísima  vestimenta.  Os- 
tenta un  rojo  copete,  semejante  al  capelo,  el  erguido  y  airoso 
cardenal,  tan  abundante  como  arisco,  de  color  gris  negro 
el  cuerpo.  IMuy  escaso  y  retirado  en  el  Paraguay,  entre  sus 
variedades,  figura  el  que  llamaron  los  guaraníes  araguird, 
es  decir,  pájaro  del  día  ó  de  la  luz,  con  alusión  á  lo  bri- 
llante y  subido  de  su  rojo  penacho.  Con  triste  y  prolon- 
gado acento,  á  la  orilla  de  los  ríos,  se  lamenta  de  la  pérdida 
de  su  fortuna  el  hidcdgo  pohre.  Vístese  de  blanco  y  negro, 
con  tanta  gracia  como  modestia,  la  sencilla  monjita.  Lleva 
en  la  cabeza  una  toca,  símbolo  del  duelo  del  amor,  la  no 
menos  graciosa  viuda.  Contemplando  al  astro  majestuoso 
del  día,  yace  el  mirasol  en  los  bañados.  Echado  en  el  suelo, 
como  un  haragán  enemigo  del  trabajo,  yace  el  dormilón. 
El  negro  charrúa  hace  el  nido  en  las  barrancas,  y,  como 
el  indio  salvaje  del  Uruguay,  da  un  fortísimo  silbido  des- 
templado, algo  semejante  al  relincho  del  caballo.  Entre 
los  siete  colores  que  singularizan  al  naranjero,  muestra 
sobre  su  pecho  el  anaranjado  como  distintivo  de  sus  afi- 
ciones: la  naranja  es  su  manjar  predilecto,  si  bien  gusta 
de  otras  frutas  y  de  las  legumbres,  haciendo  no  poco  daño 
en  las  huertas.  Trepado  en  el  árbol,  agujerea  la  naranja 
y  come  su  carne,  dejando  entera  la  cascara.  El  nombre 
indígena  de  este  pájaro  es  saihohi,  denominación  que  alude 
al  color  azul  predominante  en  su  plumaje.  Es  pájaro 
de  que  hay  algunas  variedades  y  que  no  escasea;  pero 
es  rarísimo  el  que  Azara  llama  j)7'ecioso,  por  lo  admira- 


CAPÍTULO  XVII r.  257 

ble  de  .su  belleza,  el  cual  sólo  aparece  con  nuiclia  escasez 
en  el  Paraguay  por  diciembre.  No  liay  pala])ras  (dice 
Azara,  generalmente  tan  seco  en  sus  descri})CÍones),  no  hay 
palabras  para  explicar  la  hermosura  de  este  pajai'o,  ni  ima- 
ginación (jue  la  conciba.  Su  hermosura  es  tan  rara,  que,  al 
contemplarla,  cuahpiiera  diría  que  la  naturaleza  no  puede 
producir  cosa  semejante.  Sus  colores  no  tienen  igual  en 
el  mundo,  y  varían  tanto  según  su  posición  respecto  de 
la  luz,  que  no  se  pueden  describir  como  los  denuls.  Es  me- 
nester una  doble  descripción:  una  que  llamaríamos  en  con- 
junción, cuando  el  pájaro  está  entre  el  que  mira  y  el  sol  ó 
punto  de  donde  viene  la  luz,  y  otra  en  oposición,  cuando 
el  observador  se  halla  entre  aquél  y  el  lugar  que  envía  los 
rayos  luminosos  ^  ^  \ 

El  boyero  remeda  melodiosamente  con  el  canto  el  modo 
particular  que  tienen  los  labriegos  que  cuidan  l)ueyes  de 
hacerse  obedecer  de  estos  pacíficos  animales.  Quieren  que 
el  hentcvco  indique  con  sus  repetidos  gritos  la  acción  de  la 
persona  que  está  observando  lo  que  otra  ejecuta.  Azara 
advierte  que  los  españoles  le  daban  el  nond)re  de  viente- 
veo  y  los  guaraníes  el  de  puilaijud;  porque  á  los  unos  y  á 
los  otros  respectivamente  les  parecía  que  pronunciaba  con 
claridad  estas  palabras  ^"\  ¿C'uál  de  los  dos  intérpretes,  el 


(1)  AjnnitdiHinifos  para  la  Ilisloria  Nal tirnl  ile  los  Pájaros  del  Pa- 
rnt/Kdf/  11  lito  (Ir  la  Piala.  M;i(lr¡<l,  lS(iJ-n.  AIikIIciuIo  Azara  á  la  errada 
persuasión  en  (jiie  estaha  el  célebre  naturalisila  liuíión  de  (|ue  en  Anié- 
riea,  en  ra//)n  de  ¡nílueneias  elinuitolój^ieas,  no  había  pájaros  tpio  can- 
tasen l)¡en,  se  expresa  así:  <  I*ero  si  si*  eligiesí-  un  eoro  do  cantorc.-'  en 
el  antiiíuo  continente  y  se  comparase  con  otro  de  ¡«xual  numero  reco- 
gido en  el  Paraixuay,  tal  vez  se  disputaría  la  victoria.»  i^Obra  citada.) 

(2)  Ajatiiiann'í  utos  para  la  Ilisloria  Salitral  de  los  Pájaros  del  Pa- 
riujuiui  !i  I  lio  de  la  Piala. 


258  SUPERSTICIONES  DEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

español  ó  el  guaraní,  tiene  mejor  oído  ó  entiende  con  más 
propiedad  lo  que  este  pájaro  dice?  Cuando  el  henteveo 
canta  á  mediodía  junto  á  una  casa,  significa  que  viene  gente 
de  lejanas  tierras:  una  visita  inesperada,  un  huésped  pa- 
riente, auiigos  6  personas  extrañas  que  están  próximos  á 
llegar  sin  previo  aviso. 

El  rayador,  hacia  el  amanecer,  así  como  al  anochecer, 
volando  á  flor  de  agua,  va  rayando  la  superficie  del  río  ó  de 
la  laguna  con  la  mandíbula  inferior  sumergida,  bien  abierta 
BU  grande  boca,  á  efecto  de  tragar  los  pescadillos  que  en- 
cuentra al  paso.  La  forma  del  pico  no  le  permite  cazar  de 
otro  modo  en  tierra  ni  en  el  agua^^\ 

El  herrero  es  un  pájaro  blanco,  con  la  frente  verdoso- 
cobriza,  del  tamaño  de  una  tórtola,  pero  menos  grueso  de 
cuerpo,  y  cuyo  canto  se  asemeja  al  ruido  que  hacen  la  lima 
y  el  martillo,  cuando  con  ellos  están  alternativamente 
limando  y  dando  martillazos  en  un  pedazo  ó  lámina  de 
hierro:  chriiii  tan,  chríni  tan,  chriiii  taii.  El  leñero  ó 
espinero,  pájaro  pequeño,  de  color  pardo,  hace  un  enorme 
nido  en  los  árboles  bajos,  postes  y  cercados  de  las  chacras 
y  estancias,  con  multitud  de  palitos  y  de  largas  y  recias 
espinas  de  plantas  diversas.  Los  guaraníes  le  llamaban 
armnihí  ^-\  Conócenle  también  con  el  nombre  personal  de 


(1)  *Es  un  pájíiro  desgraciado,  á  quien  la  naturaleza,  dándole  un 
pico  el  más  extraordinario,  ha  precisado  á  subsistir  de  un  solo  manjar, 
y  á  cogerlo  de  un  solo  modo  el  más  trabajoso.»  (Azara,  Pájaros  del 
rarwiuaij  y  Uto  de  la  Víala.) 

(2)  «Si  encuentra  un  espinillo  ú  otro  árbol  no  frondoso,  ó  tuna, 
aislados  ó  solos  en  el  campo,  los  prefiere  para  hacer  su  nido;  y  es 
frecuento  hallar  dos,  y  hasta  seis  nidos  en  el  mismo  árbol,  á  veces 
pegados  unos  á  otros.  Igualmente  le  construye  en  los  postes  de  los 
corrales,  en  los  emparrados  y  enramadas  de  las    casas   campestres,  y 


CAPÍTULO     XVIII.  259 

Josc  Char arría,  porque  les  ha  parecido  hallar  en  su 
canto  alguna  semejanza  con  la  pronunciación  de  estas 
palabras. 

Es  el  pedrero  un  manso  pajarillo  de  unas  cinco  pulga- 
das de  longitud,  blanco  el  pecho  y  pardo  el  lomo,  de  senci- 
llo y  triste  canto.  Solitario,  mora  en  los  terrenos  pedrego- 
sos, especialmente  en  los  cerritos,  donde  hace  su  nido,  sus- 
pendiendo al  transeúnte  con  su  acento  melancólico  que 
repite  constantemente  de  rato  en  rato. 

El  carpintero  es  un  pajaro  de  fuerte  y  agudo  pico,  que, 
armado  de  tres  fdos,  le  permite  trabajar  en  el  tronco  de  los 
árboles,  (jue  descorteza  y  agujerea  para  extraer  gusanos 
que  apetece  y  hacer  un  lugar  seguro  y  escondido  donde 
criar  sus  hijuelos;  lo  que  ejecuta  á  rapidísimos  golpes  que 
se  sienten  de  lejos.  Tiene  unas  uñas  corvas  y  no  menos 
recias,  á  favor  de  las  cuales  se  trepa  })erpendicularmente 
por  los  árboles.  Hermosea  gallardamente  su  cabeza  un  alto 
copete,  ora  amarillo,  ora  rojo.  Trabaja  con  su  pico  en  toda 
clase  de  árboles,  algunos  de  los  fpie,  como  el  ceibo,  por  su 
blandura  están  llenos  de  agujeros.  También  suelen  hallarse 
con  frecuencia  agujeros  profundos  á  lo  largo  del  tronco  de 
las  palmeras,  en  cuyo  fondo  hace  el  carpintero  su   nido, 


en  las  estaca>  de  los  corrales,  prefiriendo  por  lo  común  las  inmediatas 
á  la  piurta  más  frecuentada.  Los  sexos  nunca  se  separan  en  tiempo 
de  amor,  y  aun  todo  el  año;  y  si  el  uno  coba,  el  otro  está  :i  la  puerta. 
8i  uno  lleva  un  palo  para  el  nido  ó  (pié  cemer  á  los  pollos,  le  acom- 
paña el  otri>,  aun(|ue  sea  de  vacío,  .-i  no  encontró  «pié  llevar.  Kl  nido 
no  parece  suyo,  porque  tiene  dos  pies  de  altura,  y  uno  y  me<lio  de 
diámetro,  componióndose  de  palitos  espinosos,  más  uruesos  de  lo  que 
jíance  puede  manejar  el  artista,  y  nuiy  apretados.-  (I).  Féli.x  ile 
A/ara,  A¡)unfiiiinrn(os  ¡uira  la  l¡isi<n'i(i  Xnfíirul  tlr  Iths  PiiJaro:i  del 
Pamtjunu  ij  l\io  de  la  Plata.) 


260  SUPERSTICIONES  DEL  RÍO  DE  LA  PLATA. 

con  una  entrada  lateral  bien  circular  ^^\  El  carpintero  es 
para  el  vulgo  un  pájaro  fatal.  ¿Quién  se  atreve  á  tenerlo 
en  su  casa?  Acarrearía  infaliblemente  la  muerte  ú  otras 
desventuras  á  los  miembros  de  la  familia.  El  paisano  le 
detesta  y  le  maldice  con  ira.  Cuando  una  persona  penetra 
en  un  monte,  el  carpintero  alborota  con  recios  gritos  los 
contornos.  Así  aquel  que  por  causa  de  una  desgracia 
(homicidio)  se  esconde  en  un  monte,  fácilmente  es  descu- 
bierto por  su  perseguidor.  El  carpintero  entra  en  la  deno- 
minación general  de  inmundicia,  con  que  designan  á  todo 
animalejo  nocivo  por  su  abundancia  y  otras  condiciones. 
Y  ¡qué  pájaro  gallardo  el  carpintero!  Algunos  tienen  la 
esbelta  cabeza  de  color  rojo  encendido  como  una  brasa  de 
fuego.  Cuando  canta  cerca  de  una  casa,  dicen  que  anuncia 
que  alguno  de  los  que  la  habitan  no  tardará  en  morir.  Si 
ya  una  persona  ha  fallecido  en  la  casa,  pronto  se  acercará 
á  ésta  el  carpintero  y  posado  en  la  rama  de  un  árbol  ator- 
mentará á  sus  moradores  con  destemplados  gritos. 

El  terutero,  llamado  teteu  en  el  Paraguay,  nombre  imi- 
tativo de  su  modo  de  gritar,  alborota,  si  no  tanto,  poco 


(1)  «Sus  movimientos  son  prontos,  el  espíritu  y  fisonomía  espanta- 
dizos, el  pico  grueso  en  la  base,  recto,  muy  sólido,  de  cuerno  fortísimo, 
y  la  mitad  superior  termina  en  filo  vertical,  como  el  de  un  cincelito, 
teniendo  tres  aristas  afiladas,  una  en  el  caballete  y  otra  en  cada  cos- 
tado. Con  él  dan  golpes  en  los  troncos,  que  se  oyen  de  lejos,  sin  que 
se  puedan  contar  por  apresurados;  pero  cuando  conocen  que  hay 
gusano,  y  no  encuentran  agujero  para  extraerle,  golpean  con  más 
fuerza  y  más  despacio.  Lo  mismo  hacen  para  excavar  los  agujeros  en 
que  crían,  y  tal  vez  duermen,  penetrando  los  troncos  gruesos  hasta  el 
centro.  En  el  Paraguay  se  encontró  á  un  infeliz  indio  muerto,  sus- 
pendido por  la  mano  de  uno  de  dichos  agujeros,  donde  la  metió  para 
extraer  los  pollos;  y  no  pudiéndola  sacar,  porque  resbalaría,  quedó 
colgado  de  ella.-  (Azara,  rajaros  del  Paraguaij  ¡j  Rio  de  la  Mala.) 


CAPITULO    XVIII.  261 

menos  que  el  bullicioso  carpintero,  cuando  ve  gente,  á  la 
que  suele  seguir  buen  trecho  incomodándola  con  su  alga- 
zara. De  noche  en  las  casas  (pues  se  domestica  fácihnente) 
y  en  el  campo  grita  asimismo  descompasadamente,  apenas 
siente  algún  rumor  6  advierte  una  novedad  que  le  causa 
extrañeza.  Por  eso  dicen  desde  nmy  antiguo  que  el  terutero 
es  enemigo  de  los  contrabandistas  ^^\ 

Nacitrutii  es  un  lechuzón  de  color  acanelado  (que  es  el 
que  predomina)  y  negruzco.  Tiene  unas  plumas  á  ma- 
nera de  cuernos  junto  á  sus  escondidas  orejas,  de  donde 
baja  una  lista  negi'a  que  le  circunda  la  cara,  y  hacia  el 
centro  de  ella  una  mancha  blanca  en  forma  de  cruz ;  las 
uñas  y  pico  corvos,  éste  muy  fuerte  y  agudo;  los  ojos  cas- 
taños, grandes  y  redondos.  Es  muy  torpe  y  perezoso.  Per- 
manece inmóvil  todo  el  día  donde  lo  pongan;  pero  de  noche, 
apenas  oscurece,  sube  barandas  y  azoteas  y  anda  callada- 
mente de  aquí  para  allí  como  un  duende.  Expresa  su  ale- 
gría ladrando  como  un  gozquejo,  particularmente  cuando 
se  le  acerca  ó  ve  pasar  una  persona  á  quien  conoce  ó  que 
le  habla.  Ante  un  objeto  que  le  causa  pavor,  se  esponja  y 
contonea,  erizando  el  })lumaje  y  abriendo  en  forma  de  aba- 
nico las  alas.  En  esta  actitud  bufa  como  un  gato  y  castañetea 
fuertemente  con  el  pico.  Tiene  un  gimoteo  semejante  al  de 
la  paloma.  Con  la  voz  imita  su  nombre  fuerte  y  narigal- 
mente,  asustando,  dice  Azara,  á  los  que  transitiin  de  noche 
por  los  bos(|ues  elevados,  que  son  sus  palacios  ^-K  Cría  dos 
pollos.  Creen  que  si  alguno  los  IK^va  á  su  casa,  los  padres 
lo  !-  visitan   infalii)lenK'nte  la    pi-iniera   noche.       ^'    no  liav 


(1)  Azara,  Pájaros  del  Pimujuaij  y  Pió  de  la  Plata. 

(2)  Pájaros  del  Paraguaij  ij  Rio  de  la  Plata. 


262  SUPERSTICIONES  DEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

duda,  prosigue  Azara,  que  así  será,  si  los  sienten  chillar.  » 
Tenían  por  cierto  los  guaraníes  que  el  contacto  con  este 
poltrón  aveehuclio,  de  tardo  vuelo,  les  comunicaba  el  vicio  de 
la  pereza.  Tal  idea  se  habían  formado  de  su  poltronería,  que 
le  juzgaban  incapaz  de  hacer  nido  para  criar  sus  hijuelos  ^^ I 
El  chirrido  de  la  lechuza  cerca  de  una  habitación,  alarma 
á  la  familia.  ¡  La  lechuza !  animal  fatídico  que  anuncia  la 
muerte!  La  lechuza  llamada  ui'ucurcd  por  los  guaraníes 
habita  en  la  cueva  de  la  vizcacha^  cuadrúpedo  de  quien 
dice  el  vulgo  que  las  noches  de  luna  tiene  sus  danzas.  Retí- 
nense las  vizcachas  que  habitan  las  cuevas  vecinas,  y  brin- 
can y  retozan,  dando  gritos  particulares  que  manifiestan  su 
contento.  Es  la  vizcacha  cuadrúpedo  de  unos  dos  pies  y 
medio  de  longitud  desde  el  hocico  á  la  punta  de  la  cola,  de 
boca,  dientes,  rabo,  modo  de  andar  y  de  sentarse  semejantes 
á  los  conejos,  orejas  cortas,  cara  mofletuda,  atravesada  por 
unas  listas  negras  y  á  sus  lados  una  barba  erizada  del 
mismo  color,  larguísima,  gruesa  y  dura,  agudas  y  fuertes 
uñas  y  un  grito  á  manera  de  tos  enronquecida.  Es  arisca, 
aunque  guacha  se  domestica,  y  muy  valiente  y  poderosa, 
defendiéndose  bravamente,  hasta  morir,  del  hombre  y  de  los 
animales:  un  perro,  ni  aun  dos,  por  fuertes  y  malos  que 
sean,  no  la  matan.  Instinto  de  este  bicho,  terror  de  las 
mujeres,  es  cargar  con  cuanta  bosta,  huesos,  palos  y  otros 
oljjetos  halla  en  el  campo,  y  rodear  con  ella  y  ellos  la  en- 
trada de  su  habitación,  adonde,  por  lo  mismo,  el  viajero 
que  ha  perdido  alguna  cosa  acude  en  su  busca  con  la  pro- 
babilidad de  encontrarla.  Propónese  la  vizcacha  con  esto, 


d)     Historia  dn  la  Conrpdsfa  del  Parafjuai/,  Jilo  de  la  Piala  y  Tactt- 
mún  por  el  P.  Pedro  Lozano. 


CAPÍTULO  xviir.  263 

segíin  entiende  la  gente  campesina,  tan  observadora  de  la 
naturaleza,  desviar  de  allí  á  los  animales  que  pasan,  para 
que  no  le  desmoronen  la  cueva  con  las  pisadas.  En  el 
mismo  sitio  permanecen  casi  todo  el  día,  como  de  centinela, 
un  i)ar  de  lechuzas,  del  mismo  color  ceniciento  que  la  viz- 
cacha, en  cuya  cueva  anidan  en  i>erfecta  y  nunca  internnn- 
pida  armonía  con  sus  hos})italarias  vecinas.  Las  ^^zcachas 
hacen  de  noche  sus  correrías,  siendo  su  primera  diligencia, 
al  caer  de  la  tarde,  el  ir  de  unas  madrigueras  á  otras,  por 
lo  cual  dice  con  malicia  la  gente  del  campo  que  se  rUifan. 
Estas  madrigueras  (que  hacen  en  medio  del  camjx)) 
suelen  comunicarse  por  galerías.  En  sus  inmediaciones  nace 
una  ortiga  diminuta  y  bravísima,  llamada  ortiga  vizca- 
chera. Los  particulares  instintos  de  la  vizcacha,  su  valen- 
tía y  poder  y  el  hospedaje  (jue  conceilc  á  la  lechuza,  han 
dado  pábulo  á  la  imaginación  vulgar  para  que  vea  en  ella 
y  en  sus  costumbres  algo  de  misterioso,  y  de  ahí  las  visi- 
tas que  se  hacen  entre  sí  las  que  viven  en  cuevas  vecinas, 
sus  danzas  nocturnas,  etc. 

Lleva  el  nombre  de  hornero  6  casero  un  pájaro  amigo 
del  hombre,  cuyas  casas  busca  para  construir  en  sus  cor- 
nisas, en  los  árboles  que  las  rodean  ó  en  los  postes  de  sus 
corrales,  un  fuerte  nido  de  barro  que  se  asemeja  exterior- 
mente  á  un  horno  de  cocer  pan.  El  pájaro  no  alcanza  á 
tener  una  cuarta  de  longitud  desde  el  pico  a  la  punta  de  la 
cohu  Tira  esta  al  color  rojo,  d  ¡íccho  es  blanco  y  el  resto 
del  cuerpo,  en  general,  pardo  aciinelailo.  Poco  más  de  me- 
dia cuarta  tendrá  el  nido,  cuya  entrada,  más  alta  que  an- 
cha, se  halla  en  un  costado.  Junto  á  uno  délos  lados  de  la 
entrada  hay  un  labi(|ue,  el  cual  deja  en  el  fondo  del  eilifi- 
cio  una  abertura  que  comunica  con  el  ajHisento  en  que  hace 


264  SUPERSTICIONES  DEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

el  nido  la  pareja.  El  departamento  contiguo,  6  que  comu- 
nica directamente  con  la  entrada  exterior,  les  sirve  para 
guarecerse  de  la  intemperie  y  para  evitar,  con  las  dificul- 
tades que  ofrece  á  los  pájaros  grandes,  que  los  caranclios 
y  otras  aves  de  raj^iña  les  saquen  los  hijuelos. 

No  hay  una  casa,  en  el  campo,  donde  no  se  vea  el  casero 
ú  hornero  en  los  horcones,  y  en  los  postes  y  estacas  de  los 
corrales  y  cercados  de  los  caminos.  Hállanse  al  alcance  de 
la  mano  los  nidos  del  hornero;  pero  nadie,  ni  aún  los  mu- 
chachos, les  sacan  los  huevos.  Pájaro  tan  social  y  tan  ha- 
bilidoso no  había  de  carecer  de  alguna  virtud  extraordina- 
ria: en  casa  con  nido  de  hornero  no  cae  el  rayo.  Por 
eso  y  por  otros  beneficios  que  acarrea  su  presencia,  suelen 
verse  rosarios  de  nidos  de  hornero  en  las  cornisas  de  las 
casas  de  las  estancias. 

Por  sus  condiciones  y  hábitos,  no  por  su  aspecto,  ni  por 
la  forma  de  su  nido  ni  por  su  canto,  aseméjase  á  la  golon- 
drina el  pájaro  de  que  se  trata.  Una  y  otro  son  mirados  de 
toda  clase  de  personas  con  igual  reverencia  y  cariño,  y 
hasta  análogas  particularidades  imaginarias  refieren  de  en- 
trambos ^^\  De  las  golondrinas  dicen  que  con  su  piquito 
sacaron  las  espinas  de  la  corona  que  los  judíos  pusieron  á 
Cristo  en  la  cruz^-\  añadiendo  que  enmudecen  los  días 


(1)  Da  largas  noticias  sobre  las  propiedades  y  atributos  de  las  go- 
londrinas, según  las  creencias  de  los  antiguos,  el  P.  Fr.  Baltasar  de  Vi- 
toria en  la  2.*  parte  del  Teatro  de  los  Dioses  de  la  Gentilidad. 

(2)  Fernán  Caballero  trae  la  siguiente  canción  popular: 

Que  en  el  monte  Calvario  En  el  monte  Calvario 

Las  golondrinas  Los  jilgucritos 

Le  quitaron  á  Cristo  Le  quitaron  á  Cristo 

Las  cinco  espinas.  Los  tres  clavitos. 


(La  Gaviota,  novela  original  de  costumbres  espaiSolas.) 


CAPÍTUT.o  xvrn.  265 

jueves  y  viernes  de  hi  semana  santa  ^^\  Corre  parejas  eon 
esta  preocupación  la  reinante  en  el  Río  de  la  Plata  res- 
pecto de  los  horneros.  El  hornero,  dicen,  )io  ir  abaja  en 
domingo.  Si  por  acaso  un  liornero  está  trabajando  en  do- 
mingo, el  vulgo  alucinado  hallará  alguna  razón  que  expli- 
que la  causa  de  ello:  por  ejemplo,  que  habiendo  llovido  la 
víspera,  durante  una  sequía,  se  ve  precisado  á  quebrantar 
su  costumbre  rehgiosamente  observada  de  antiguo,  aprove- 
chando, para  hacer  su  casita,  el  barro  que  formo  el  acci- 
dental aguacero,  so  pena  de  quedar  sin  albergue  para  sí  y 
sus  hijuelos. 

La  golondrina  rioplatense,  llamada  biyuí  por  los  guara- 
níes, nombre  imitativo  de  su  canto,  se  parece,  según  Azara, 
á  la  de  España  en  la  modestia  de  su  vestido,  en  volar  con 
violencia,  en  el  modo  de  beber  y  de  pillar  los  insectos  en 
el  aire,  en  tener  la  boca  ancha,  el  pico  algo  corvo,  la  cabeza 
plana,  el  cuello  gi'ueso  y  corto,  el  ala  tendida,  y  en  que  se 
ausenta  en  invierno,  aunque  la  hay  estacionaria.  La  domés- 
tica cría  en  los  edificios,  haciendo  el  nido  entre  sus  vigas  y 


(1)  « —  Ante  todas  cosas,  liijo,  ¡iitcrriiinpió  la  tía  ^raímela,  tenía 
pensamiento  de  preguntarte  á  tí,  que  has  estado  por  allá  (que  es  la 
tierra  de  las  golondrinas),  si  es  verclad  que,  tan  parleras  y  cantoras 
como  son,  en  llegando  el  jueves  y  el  viernes  santo  no  abren  su  pico 
y  se  están  calladas  como  en  misa? 

—  bincha  verdad  que  es,  contestó  el  soldado.  También  yo  lo  había 
oído  decir;  y  estando  en  Tetuán  por  la  semana  santa,  me  puse  en  ace- 
cho y  notó  que  ninguno  de  esos  animal itos,  que  totioa  los  días  nos  te- 
nían atolondrados  los  oídos  (porque  allí  hay  golondrinas  para  nublar 
el  sol),  ninguna  se  dejó  oir:  estaban  tristes. 

—  jAnimalitos  de  Dios!  dijo  enternecida  la  tía  Manuela,  que  recor- 
daban y  honraban  más  la  pasión  del  Señor  que  esos  salvajes  infícics 
moros!*  ( Pronic^a  de  un  Soldado  d  la  Vinjcn  del  Carmen  por  Fer- 
nán Caballero.) 


266  SUPEKSTICIONES  DEL  RÍO  DE  LA  PLATA. 

en  los  aguji^TOs  de  las  paredes,  prefiriendo,  como  más  altos, 
los  templos.  Se  posa  con  frecuencia  en  las  cruces  de  las  ve- 
letas, en  los  caballetes  y  en  los  alambres  de  los  telégrafos 
y  de  los  cercos.  Acomete  á  todo  pájaro  que  se  acerca  á  su 
nido,  persiguiéndolo  sin  dejarlo  hasta  que  se  ahuyenta. 
Aunque  representa  á  la  golondrina  conn^ni  de  la  península 
ibérica,  difiere  en  el  canto,  que  es  más  sencillo,  y  en  su  ma- 
yor poltronería,  pues  se  posa  con  más  frecuencia ^^\  Pare- 
cido al  hornero  es  el  que  llaman  Alonso  García;  pero  no 
es  el  mismo  pájaro,  como  Azara  supone  ^"-\ 

¿Qué  aves  más  caseras  y  más  mansas  que  la  paloma  y 
la  gallina?  La  paloma,  sin  embargo,  preocupa  á  las  gentes: 
criada  en  una  casa,  no  tarda  en  afligir  con  alguna  desgracia 
á  los  miembros  de  una  familia.  Por  lo  visto  no  es  la  pa- 
loma tan  inocente  y  candida  como  dicen.  Cuando  la  gallina 
canta  como  gallo,  es  inme(hata  la  ruina  del  dueño  de  casa: 
afortunadamente  lo  hace  muy  rara  vez.  Adviértase  que  la 
fatahdad  de  que  se  trata,  por  lo  que  respecta  á  las  palo- 
mas, solamente  reza  con  las  procedentes  de  Europa,  pues 
las  originarias  de  América  son  incapaces  de  hacer  daño  á 
nadie  en  ningún  sentido.  La  paloma  y  la  gallina  son,  en 
América,  aves  criollas,  importadas  primitivamente  por  sus 
nuevos  pobladores.  De  más  estará  recordar  cuánta  admi- 
ración causara  el  2>i'imer  gallo  que  llevaron  los  españoles 
en  el  sencillo  ánimo  de  los  vasallos  del  Lica,  quienes  cre- 
yeron que  su  canto  era  una  voz  pura  y  envidiable,  tan  arti- 
culada y  significativa  como  la  que  á  ellos  y  á  sus  extraños 
visitantes  les  servía  para  conmnicarse. 

(1)  Apiintamie7iios  para  la  Historia  Natural  de  los  Pájaros  del  Pa- 
raguay y  Pío  de  la  Plata. 

(2)  En  la  obra  citada. 


CAPÍTULO    XVIII.  2G7 

El  avestruz,  por  sii  magnitud  y  fuerza,  por  la  particular 
atención  con  que  mini,  por  sus  condiciones  y  liá))itos  no 
comunes,  ha  sido  en  diversas  formas  considerado  de  los 
indígenas.  A  parte  del  uso  que  hacían  en  general  los  indios 
todos  de  las  plumas  del  avestruz  en  sus  binchas  y  en  otros 
adornos  de  sus  personas,  colocábanlas  sobre  los  sepulcros 
de  deudos  y  antepasados  ciertas  generaciones  guaraníes  ^^\ 
Los  pampas  y  los  aucaes,  cuando  se  pro2^onían  invadir  las 
poblaciones  cristianas  y  otras  tolderías,  consultaban,  de 
tarde  ó  de  noche,  á  sus  adivinos.  Clavaban  derechamente 
en  el  suelo  sus  desmesuradas  lanzas,  revestidas  hacia  el 
hierro  de  un  círculo  de  plumas  de  avestruz  para  espantar 
con  su  rápido  movimiento  los  caballos  del  enemigo.  Al  pie 
de  las  lanzas  sentábanse  sus  respectivos  dueños,  á  sus  es- 
paldas las  indias,  y  al  frente  de  todos  presentábase  el  adi- 
vmo,  con  un  cuchillo  en  la  mano,  que  movía  acelerada- 
mente á  la  manera  del  que  está  picando  carne.  Al  propio 
tiempo  entonaba  el  adivino  su  monótona  canturía,  acom- 
pañada por  todos  los  otros,  indios  e  indias.  Al  cabo  de 
media  hora,  poco  más  ó  menos,  empezaba  el  adivino  á 
suspirar  y  á  quejarse  clamorosamente,  retorciéndose  y  ha- 
ciendo visajes,  al  compás  del  canto  de  los  demás,  que  no 
cesa,  hasta  que,  á  la  señal  de  un  f(M*niidable  alarido  dado 
por  el  primero,  callan  todos  y  se  levantan.  El  caciíjue 
entonces,  que  con  un  machete  en  la  mano  se  halla  á  la 
derecha  del  adivino,  sin  mirarle  á  la  cara,  le  pregunta  lo 
que  necesita  saber.  El  adivino  le  responde,  y  todos  le 
creen,  persuadidos  de  que  es  (jualicho  en  cuerpo  y  alma. 


(1)    El  V.  PchIio  Ijozaiu),   Historia  de  la   CotuiuiMa  del  Parai/uay, 
Rio  de  la  Plata  y  Tucmnán, 

19. 


268  SUPERSTICIONES  DEL  RÍO  DE  LA  PLATA. 

quien  introducido  en  su  persona  habla  por  su  boca.  Una 
vez  hedías  las  consultas,  ofrecen  al  adivino  un  huevo 
crudo  de  avestruz  y  agua.  El  adivino  se  bebe  el  agua  con 
el  huevo.  Of récenle  en  seguida  tabaco,  y  lo  fuma.  Con 
tales  presentes  regalan  á  gualícJio  en  la  persona  del  adi- 
vino. Simula  el  adivino  fuertes  vómitos :  es  gualicho ; 
gualícJio,  que  después  de  haberse  regalado  con  el  huevo 
de  avestruz  y  el  humo  del  tabaco,  se  desprende  y  sale  re- 
giamente del  cuerpo  del  adivino,  en  medio  del  regocijo  y 
algazara  del  pueblo  reunido,  que  á  gritos  y  echando  fuego 
al  aire  lo  saluda^^l 

Debajo  de  un  algarrobo  celebrábcinse  los  chiquis,  que 
eran  una  de  las  fiestas  ó  borracheras  de  los  indígenas 
de  Catamarca  y  otras  regiones  vecinas  á  los  Andes.  Días 
antes  de  aquel  en  que  tenía  lugar  la  fiesta,  salían  los 
indios  al  campo  á  cazar  liebres,  guanacos,  pumas  y  aves 
diversas  que  sacrificaban  en  torno  del  algarrobo,-  árbol 
de  ellos  reverenciado,  presentándole  las  cabezas  de  las 
víctimas.  El  avestruz  ó  suri  (voz  quichua)  era  el  único 
animal  que  respetaban,  exceptuándolo  de  la  caza  y  del  sa- 
crificio^"^. 

El  vulgo,  en  el  Paraguay,  Misiones  y  Corrientes,  regio- 
nes originariamente  pobladas  por  generaciones  guaraníes, 
tiene  un  avestruz  imaginario,  rojo,  de  fuego,  que  en  los 
cerros  y  otros  lugares  levanta  á  veces  la  cabeza,  sacudiendo 
sus  alas.  Llámanle  ñandú  tata  (avestruz  de  fuego)  ó  ñandú 


(1)  Diario  del  Capitán  ~D.  Juan  Antonio  Hernández  (expedición 
contra  los  indios  tegüelches,  año  de  1770),  en  la  Colección  de  Obras  y 
Documentos  relativos  á  la  Historia  Anti(jiia  y  Moderna  de  las  Provin- 
cias del  Río  de  la  Plata  por  D.  Pedro  de  Ángelis. 

(2)  Londres  y  Catamarca  por  D.  Samuel  A.  Lafone  y  Que  vedo. 


CAPÍTULO    XVIII.  269 

puüd  ('cweíitruz  colorado),  custodio  y  ministro  de  los  teso- 
ros naturales,  ó  si  no  escondidos,  que  oculta  el  suelo  gene- 
ralmente entre  peñascos:  mito  en  que  transforma  la  mente 
vulgar  cierta  clase  de  fenómenos  ígneos  producidos  por  ac- 
ciones y  reacciones  químicas  de  determinadas  materias  que 
entran  en  la  composición  de  la  tierra  en  algunos  parajes 
y  que  se  manifiastan  á  través  de  su  superficie  ó  bien  por 
otras  causas  físicas  accidentales. 

El  paisano,  en  general,  ve  un  indicio  de  buena  ven- 
tura en  el  hallazgo  de  un  huevo  rj nacho  de  avestruz.  Dícese 
guacho  del  animal  tierno  que  no  tiene  madre,  de  la  que, 
necesitándola  aún  para  su  crianza,  está  privado.  Dícese 
igualmente,  en  sentido  familiar,  del  huérfano,  del  niño  aban- 
donado, ó  que  ha  sido  recogido  por  personas  extrañas  que 
lo  cuidan  y  protegen.  Aplícase  también  á  cosas;  y  así  se 
dice  guacho  del  huevo  que  se  halla  solo  y  abandonado  en 
medio  del  campo.  Los  primeros  huevos  que  pone  el  avestruz, 
los  deja  abandonados  en  cualquiera  parte  del  campo  donde 
se  ha  visto  precisado  á  desembarazarse  de  ellos:  después 
forma  la  nidada.  Quien,  caminando,  encuentra  un  huevo 
guacho  en  medio  del  campo,  se  apea  del  caballo,  lo  recoge 
ó  alza,  se  lo  lleva  á  su  casa,  le  extrae  el  contenido  por  un 
agújemelo  y  lo  cuelga  6  acomoda  en  lugar  seguro:  ése 
tiene  la  suerte  en  casa.  Aseguran  que  cuando  alguno  anda 
con  los  huevos  de  la  nidada,  basta  que  solo  llegue  á  mi- 
rarlos, })ara  que  el  macho,  que  es  (piien  encoba,  los  abo- 
rrezca y  abandone,  y  que  enfurecido  los  esparza  y  haga 
pedazos  á  patadas.  Ni  hay  necesidad,  añaden,  de  que  se  los 
toquen:  la  sola  acción  de  detenerse  á  contemplarlos,  es 
causa  bastante  para  (pie  el  padre  los  oilie  y  los  desparrame 
y  rompa.    Para   evitarlo,  conoce  el  vulgo    varios  proce- 


270  SUPEESTICIONES  DEL  RÍO  DE  LA  PLATA. 

dimientos  simpáticos,  en  los  que  cree  á  pie  jimtillas^^l 
El  guhapayCy  nombre  compuesto  de  dos  voces  guara- 
níes que  equivalen  á  pájaro  hechicero,  llamado  también 
tingazú,  en  el  Paraguay,  donde,  con  ser  su  patria,  abunda 
poco,  no  sale  casi  de  las  orillas  de  los  bosques,  su  constante 
morada,  ni  baja  al  suelo,  ni  aun  á  las  ramas  inferiores  de 
los  árboles.  La  parte  superior  del  cuerpo  es  de  subido  color 
de  tabaco,  el  pecho  y  costados  plomizos,  negro  el  vientre, 
parda  la  punta  de  las  alas  y  la  de  la  cola  blanca.  No  bebe. 
Tiene  un  grito  alto  y  desagradable.  Nadie  come  su  carne, 
que  dicen  hace  efecto  de  purgante.  Es  uno  de  los  pájaros 
de  más  peregrina  historia,  por  las  muchas  hechicerías  que 
de  él  ha  derivado  el  vulgo ^^ I 

El  tayazugiiirá,  del  Paraguay  y  Misiones,  es  pájaro  tan 
arisco,  que  huye  del  hombre  á  una  milla  de  distancia. 
Quieren  encontrar  semejanza  entre  su  voz  y  la  del  cerdo ; 
y  de  ahí  el  nombre  que  lleva,  compuesto  de  dos  voces  gua- 
raníes que  significan  pájaro- cerdo.  Es  pájaro  de  mal 
agüero :  cuando  pasa  volando  por  sobre  alguna  casa  y  da 
un  grito  al  mismo  tiempo,  indica  que  en  ella  ha  de  morir 
en  breve  alguno  de  sus  habitantes  ^^ I 

El  caburé  y  el  urutaú,  urutao  ó  cacuí,  que  habitan  el 
norte  de  la  cuenca  del  Plata,  son  pájaros  celebérrimos,  pá- 
jaros dotados  de  virtudes  singulares,  pájaros  obradores  de 
maravillas  sin  cuento.  Particularmente  en  materias  de 
juego  y  amor,  el  caburé  y  el  urutaú  ó  cacuí  no  tienen 
igual  en  el  mundo. 


(1)  Véase  Cap.  XXI  y  siguientes. 

(2)  Azara,  Pájaros  del  Paraguay  y  Rio  de  la  Plata. 

(3)  Azara,  Pájaros  del  Paraguay  y  Río  de  la  Plata. 


CAPÍTULO  xvni.  271 

El  juego  y  el  amor  lian  sido  constantemente  el  asunto 
ordinario  de  los  heclii/os  y  el  princi})al  objeto  de  los  talis- 
manes. Ser  afortunado  significa  entre  el  vulgo,  por  lo  ge- 
neral, ganar  con  frecuencia  en  el  juego  y  triunfar  con  faci- 
lidad en  los  lances  de  amor.  Bien  entendido,  por  supuesto, 
que,  al  decir  el  juego,  en  este  caso,  no  se  alude  á  los  de 
mero  pasatiempo  ó  recreo,  ni  á  los  que  tienen  por  objeto 
el  desarrollo  de  las  fuerzas  corporales  ó  la  soltura  y  agili- 
dad ;  sino  al  juego  á  que  muchos  se  aficionan  apasionada- 
mente con  el  fin  de  ganar  dinero  ú  otras  cosas  de  utilidad 
6  de  precio  á  favor  de  la  caída  de  un  dado  ó  de  la  aimrición 
de  un  naipe,  ¡mvando  á  otro  de  lo  que  posee,  hasta  el 
punto  (si  á  mano  viene)  de  dejarlo  arruinado,  en  la  calle, 
en  cueros,  á  la  manera  de  dos  duelistas  ( como  dice  un  elo- 
cuente jurisconsulto)  que  procuran  recíprocamente  quitarse 
la  vida^^^.  YX  paisano  ú  hombre  del  campo  juega  á  veces 


(1)  D.  Joaquín  Escriche,  Dicciowirio  Raxonado  de  Legislación  y 
Jurisprudencia.  «Acercaos,  añade,  una  vez  en  vuestra  vida  á  una  casa 
de  jueiío,  y  veréis  allí  muchos  hombres  amontonados  y  silenciosos 
esperando  con  ansia  y  terror  que  sa]<^a  un  rey,  un  rey  el  más  arbi- 
trario y  déspota  de  cuantos  han  existido  jaini'is  sobre  la  tierra,  un  rey 
loco,  ciego  y  sordo-nmdo  que  rei)arte  el  bien  y  el  mal  sin  justicia  ni 
razón,  un  rey,  sin  embargo,  tan  desi-ado  como  el  ^íesías,  un  rey  á  (luien 
ellos  mismos,  los  mismos  que  le  esperan,  enemigos  tal  vez  de  todos 
los  reyes,  han  hecho  á  sabiendas  dueño  absoluto  de  sus  fortunas  y  de 
sus  vidas,  un  rey,  pues,  de  inmenso  poder  por  nadie  contestado,  y 
íí  quien  nadie  ha  hecho  traición  ni  usurpádole  A  trono,  un  rey,  por 
fin,  pintado  en  un  cartón,  el  reí/  de  copas ;. ...  y  lijos  y  enclavados  en 
él  los  desencajados  ojos  de  la  confusa  nudtitud,  descubre  al  cabo  su 
cabeza  el  rey  abigarrado,  con  despecho  de  los  unos  y  sonrisa  diabó- 
lica de  los  otros:  aparece  el  tan  esperado  cotno  ttMuido  rey  de  copas; 
y  con  sólo  aparecer,  sin  discusión  de  Cortes  ni  auxilio  de  ministros 
responsables,  transfiere  de  golpe  ii  éstos  el  oro  de  aquéllos  para  (piitái*- 
selo  mañana,  y  despoja  á  aquéllos  del  fruto  d.-  los  ahorros  y  econo- 
mías de    sus    antepasados   para  no   devolvérselo  januís,   porque  ivsí  es 


272  SUPERSTICIONES  DEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

hasta  la  camisa:  juega  primero  sn plata  (su  dinero);  luego 
juega  sus  pilchas  ó  prendas,  su  poncho,  su  recado  de  mon- 
tar, su  apero  (maneador,  lazo,  boleadoras),  su  chapcao 
(arreos  con  chapas  de  plata),  su  caballo  (que  es,  para  él, 
quedar  sin  piernas),  sus  botas,  su  facón  ó  cuchillo  (que  es 
como  si  le  cortasen  la  mano  derecha),  su  chaleco,  etc.  ^^^ 
Los  más  acaudalados  comerciantes  del  Paraguay  se  vieron 
reducidos  á  la  mendicidad  en  la  luctuosa  época  de  la  dic- 
tadura perpetua  de  D.  Gaspar  Rodríguez  de  Francia,  por 
causa  de  las  medidas  tiránicas  y  desatentadas  y  persecu- 
ciones implacables  de  aquel  dés]3ota  sombrío  y  feroz,  que 
envilecía  á  los  hombres  terrificándolos  para  siempre.  A  fin 
de  remediar  su  indigencia,  no  teniendo  otra  cosa  en  qué 


su  voluntad  y  buen  placer,  conculcando  los  principios  del  derecho 
natural  y  del  derecho  escrito,  que  no  permiten  dar  á  uno  lo  que  es  de 
otro,  como  ciertos  gobernantes  conculcan  con  idéntico  resultado  la 
Constitución  y  las  leyes  que  con  gritos  hipócritas  proclaman.  Llé- 
vanse  á  efecto,  sin  embargo,  ejecutivamente  los  bárbaros  decretos  del 
inexorable  rey  de  copas;  y  cien  fortunas  desaparecen,  y  cien  casas  se 
hunden,  y  cien  familias  lloran  su  desgracia;  y  tal  vez  los  jugadores 
que  ya  no  pueden  dar  pan  á  sus  hijos,  ni  vestido  á  sus  esposas,  se 
lanzan  en  la  carrera  del  crimen,  6  acallan  sus  remordimientos  con  el 
suicidio,  ó  se  revisten  de  la  máscara  de  patriotas  y  asaltan  los  desti- 
nos públicos  para  reparar  sus  descalabros. » 

(1)  «Para  jugar  á  los  naipes,  á  que  son  muy  aficionados  (los  cam- 
pestres del  Río  de  la  Plata),  se  sientan  sobre  los  talones,  pisando  las 
riendas  del  caballo  para  que  no  se  lo  roben,  y  á  veces  con  el  cuchi- 
llo ó  puñal  clavado  á  su  lado  en  tierra,  prontos  á  matar  al  que  se 
figuran  que  les  hace  trampas,  sin  que  por  esto  dejen  ellos  de  hacerlas 
siempre  que  puedan.  Aprecian  poco  el  dinero,  y  cuando  lo  han  per- 
dido todo,  nmchas  veces  poniéndolo  á  una  sola  carta,  se  juegan  la 
ropa  que  llevan  puesta,  siendo  frecuente  (Quedarse  en  cueros,  si  el  que 
ganó  no  le  da  algo  de  la  suya,  si  es  peor  que  la  del  que  perdió.  Las 
pifl/jcrías  ó  tal)erMas  que  hay  por  los  campos  son  los  parajes  de  reu- 
nión (le  esta  gente.  *  (  Descripción  á  Historia  del  Paragucuj  y  del  Río 
de  la  Plata  por  D.  Félix  de  Azara.) 


CAPÍTULO  xvirr.  273 

ocuparse,  se  dedicarou  unos  á  liilar  algodón  para  hacer 
lienzo,  manufactura  usual  en  los  pueblos  de  indios  (pie  en 
ello  se  ocupaban  de  antiguo,  y  otros,  no  pocos,  se  entrega- 
ron al  juego  de  naipes.  Habiendo  llegado  á  faltar  los  nai- 
pes y  el  papel  con  que  hacerlos,  echaron  mano,  para  su- 
pHrlo,  (le  los  libros  impresos.  Una  gran  cantidad  de  obras 
de  todo  g(jnero  de  materias,  inclusas  las  que  se  conserva- 
ban en  las  Ijililiotecas  de  los  conventos,  fueron  convertidas 
en  cartas  de  baraja  por  los  harajcros  (que  así  llamaban  á 
los  fal)ricantes  de  naipes)  de  la  Asunción  ^^\ 

Propende  el  hombre  á  considerar  en  todo  hecho,  en  todo 
lo  (|ue  ocurre,  aunque  evidentemente  no  se  deba  sino  al 
acaso,  una  razón  que  lo  justifique:  un  factor  consciente, 
una  inteligencia,  una  voluntad  superior  que  otorga  ó  niega 
los  dones  que  de  ella  se  esperan.  El  destino  y  la  fortuna, 
la  ciega  y  caprichosa  fortuna,  son  divinidades  gentílicas 
que  el  vulgo,  siguiendo  su  lógica  tradicional,  baraja  y  em- 
pastela con  los  dogmas  y  preceptos  del  cristianismo.  Por 
eso  el  jugador,  cuando  pierde,  maldice  de  la  divinidad:  re- 
niega de  Dios,  de  la  virgen  y  de  los  santos.  El  Rey  D.  Al- 
fonso X  de  Castilla  dedica  la  piimera  de  las  disposiciones 
del  Onlcnaiiíicnio  do  las  Tafurcrías^  ó  casas  públicas  de 
juego  de  suerte  y  azar,  al  castigo  de  los  blasftnnos.  El  (]ue, 
dice,  jugando  á  los  dados,  descreyere,  })ague  (peche)  por 
la  primera  vez  seis  maravedís  de  oro^  por  la  segunda  doce, 
y  por  la  tercera  córlenle  dos  dedos  de  la  leníjua  en  fra- 
vicso.  Si  no  tuviere  con  que  pagar  la  multa  (tlianiia),  jx)r 


(1)  Descripción  Histórica  de  la  Antiuua  Prorincia  del  Paragnat/ 
por  D,  Maiiano  Antonio  Molas,  pul)l¡('n(la  por  v\  Or.  1).  Ani^el  Jus- 
liiiiaiu)  Carranza.  1  hunos  Airvs,  lyOS. 


274  SUPERSTICIONES  DEL  RÍO  DE  LA  PLATA. 

la  primera  vez  denle  treinta  azotes,  por  la  segunda  cin- 
cuenta, y  por  la  tercera  córtenle  la  lengua  del  modo  que 
queda  indicado.  Siendo  ricohombre  ó  hidalgo  el  que  des- 
creyere en  el  juego  de  dados,  la  tercera  de  las  penas  ante- 
dichas no  se  le  aplicaba,  quedando  al  arbitrio  del  rey  su 
castigo.  Todos  los  que  concurrían  á  las  tafiirerias  ó  gari- 
tos, todos  sin  excepción,  cristianos,  judíos  ó  moros,  por  po- 
bres, por  desnudos  que  fuesen,  eran  hábiles  para  declarar 
contra  el  acusado;  puesto  que  todos,  los  buenos  y  los  ma- 
los, los  mejores  y  los  ^peores,  todos  eran  iguales  en  cuanto 
tafures,  y  porque  se  entiende  que  tafur  debe  provar  so- 
bre tafur.  Al  tahúr  que  testimoniare  falso  se  le  condenaba 
á  permanecer  en  la  picota,  en  medio  de  la  plaza  principal 
de  la  villa  ó  ciudad,  desde  la  mañana  hasta  el  mediodía, 
con  dos  dedos  de  la  lengua  en  travieso  fuera  de  la  boca  ^^\ 
Suaves  por  demás  eran  las  penas  en  la  décimatercia  cen- 
turia. 

Poco  seguro  de  la  protección  de  la  divinidad  por  sus 
pecados,  hase  entregado  buenamente  el  hombre,  aun  en  los 
pueblos  cristianos,  á  las  solicitaciones  de  la  magia.  Se  ar- 
mará, si  tiene  feUz  ocasión  de  obtenerla,  de  una  guayaca 
que  dicen  en  el  Río  de  la  Plata  á  una  bolsita  de  cuero  ce- 
rrada de  un  modo  impenetrable  á  los  ojos  del  curioso,  la 
cual  guarda  y  oculta  un  talismán  constituido  por  una  nó- 
mina, llamada  escrito  por  el  vulgo,  y  diversos  objetos  baladíes 
combinados  de  secreta  manera  ó  comjncestoSj  como  alumbre, 
mercurio,  agujas  partidas,  plumas  de  pájaro,  etc.  Dan  el 
nombre  de  compostura,  en  la  materia  de  que  se  trata,  al 


(1)     Oi-(knamicnto  de  las  Tafurerias   hecho  por  el  maestre  Roldan 
de  orden  del  Rey  Don  Alonso  X  de  Castilla. 


CAPITULO  xvrn.  275 

arreglo  y  consagi-ación  de  un  talismán  por  medios  cabalís- 
tico? que  usa  el  vulgo  y  ha  usado  el  mago  indígena  de 
America  desde  una  é[)Oca  anterior  á  la  conquista,  á  seme- 
janza de  lo  que  sobre  el  particular  se  ha  practicado  y  se 
practica  en  el  Oriente  y  en  el  Egipto  ^^\  Lo  propio  tratán- 
dose de  la  preparación  de  hechizos  y  de  amuletos.  La  ex- 
presada voz  (juayaca  es  originaria  del  Perú,  que  significa 
bolsa  ó  costal  ^"^;  y  en  la  preocupación  de  que  se  trata,  se 
da  especialmente  ese  nombre  al  todo,  al  continente  y  al 
contenido,  ó  sea,  al  talismán.  Quien  lleva  al  pocho,  pen- 
diente del  cuello,  una  guayaca,  ese  va  ó  anda  acompa- 
ñado: tiene  un  compañero  que  le  favorece  y  patrocina  en 
todas  las  ocasiones  y  peligros  de  la  vida.  Bi  va  huyendo 
de  un  enemigo  poderoso  ó  de  la  justicia,  le  librará  de  caer 
en  sus  manos :  le  hará,  si  es  necesario,  invisible  á  sus  ojos. 
En  negocios  de  juego  y  amor,  no  hay  para  que  decir  que 
sakh'á  siempre  victorioso.  Pero  no  todos,  sino  muy  pocos, 
muy  privilegiados  son  los  que  poseen  una  guayaca,  ¿Cómo 
remediar  su  falta?  Muy  sencillamente:  con  las  plumas  del 
caburé  ó  del  urutaú.  Al  encanto  que  encierran,  á  la  mara- 
villosa virtud  de  (pie  están  animadas,  se  le  da  el  nombre 
guaraní  depa?/6' ó  el  quichua  castellanizado  de  huacanquc 
ó  guacanquc.  Aun  en  los  países  primitivamente  poblados 


(1)  El  talisnuiii  tk'hc  estar  consagrado,  que  es  conuinicarle  la 
necesaria  eficacia  mediante  la  í)alal)ra  y  la  acción:  ceremonia  es- 
pecial de  la  ma^ia.  C'ompóneide  diversos  metales,  según  los  plane- 
tas á  que  responden.  ( Véase  Papus,  Traite  KU'mctitairc  de  Majic  Pla- 
tique.) 

(2)  «Y  echó  canlidad  dello  en  un  costalejo  ó  guanara,  que  ellos 
dicen.  ^  ( Ixclacióu  del  Cerro  de  I\)/t>si  //  su  descuhriuiieuto  inserta  en 
la  ohra  titulada  lielacioues  (ieo</ni/iras  de  Indias  publicadas  por  el 
Ministerio  de  Fonu'uto.  Madrid,  188;').) 


276  SUPERSTICIONES  DEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

de  generaciones  guaraníes,  como  el  Paraguay,  Misiones  y 
Corrientes,  y  en  donde  todavía  habla  el  vulgo  (mestizos  y 
blancos)  la  lengua  guaraní  mezclada  con  la  castellana,  una 
y  otra  estropeadas  lo  que  se  puede  suponer,  acostumbran 
decir  huacanque,  sin  excluir  por  eso  la  voz  guaraní  ])ayé, 
á  todo  liecliizo,  brujería  ó  cosa  de  encantamiento.  Hitacan- 
qiii  (forma  primitiva  del  vocablo),  haciendo  el  oficio  de 
verbo,  dice  relación  á  los  enamorados  en  cuanto  lloran  los 
tormentos  que  en  sus  pechos  ocasiona  la  pasión  que  los 
mueve  ^^\  Pero  como  nombre  sustantivo  significa  huacan- 
qui  un  género  de  hechizos  y  talismanes  ó  nóminas  del 
demonio  que  usaban  y  daban  á  otros  los  hechiceros  del 
Perú,  á  intento  de  aficionar  y  rendir  mujeres  y  hombres  á 
la  voluntad  de  enamorados  corazones.  Consistían  estos 
huacanquis  en  ciertas  figuras  hechas  de  plumas  de  pája- 
ros ó  de  otras  cosas  varias  ^^\  Tenían  una  guaca  6  dios 
de  los  amores,  á  quien  hacían  sus  consultas :  formábanle 
de  unas  pedrezuelas,  blanca  una  y  negra  la  otra,  en  dispo- 
sición semejante  á  la  de  dos  personas  que  están  abrazán- 
dose. Decían  hallarlas  cuando  cae  con  gran  estrépito  un 
rayo,  que  era  quien  las  traía  á  la  tierra  ó  engendraba.  Ven- 
díanlas, dando  al  adquirente  las  instrucciones  que  debían 
observar  para  su  uso.  Este  talismán,  además  del  nombre  de 
huacanqui,  llevaba  el  de  cuyancarumi.  Poníanle  en  una 
cestilla  de  plumas  azules  y  verdes  del  tunqui  y  del  pilco, 
entre  harina  de  maíz,  hojas  de  coca  y  hierbas  olorosas -^^ 


(1)  El  Inca  Garcilaso  do  la  Vega,    Comentarios  Reales  del  Perú. 

( 2 )  YA  V.  Bernabé  CoIjo,  llisloria  del  Nuevo  Mundo. 

{'6)    Memorias  Antiguas  Historiales  y  Políticas  del  Perú  por  el  Li- 
cenciado   D.    Fernando    de    Montesinos.    «En   estos   amiUetos   (dice 


CAPÍTULO  xvin.  277 

Sacrificaban  pájaros  de  la  puna  ó  tierras  altas  y  frías 
de  las  regiones  vecinas  á  la  cordillera  de  los  Andes,  pro- 
firiendo en  el  acto  de  la  ceremonia  deprecaciones  enca- 
minadas á  atraerse  los  favores  del  cielo  y  á  alejar  el  mal 
de  sus  hogares.  «  Piérdanse,  decían,  las  fuerzas  de  las  (jua- 
cas  de  nuestros  enemigos. »  ^^^  El  termino  <juacas  esta 
aquí  usado  en  el  sentido  de  inteligencias  ó  deidades  repre- 
sentadas por  los  ídolos,  de  toda  ¡potestad  que,  ad(jrada 
por  generaciones  enemigas,  era  para  los  conjuradores  ma- 
léfica. 

Los  indios  del  Perú  adoraban  al  cóndor,  por  su  gran- 
deza, y  de  el  y  de  las  águilas  presumían  descender  algmias 
generaciones.  Adoraban  á  los  halcones,  por  su  ligereza  y 
por  su  industria  2)ara  la  caza  de  que  se  sustentan.  Adora- 
ron al  Ijulio,  cuyos  ojos  y  cuya  cabeza  los  tuvieron  por  muy 
hermosos.  Adoraron  al  nun-ci^lago,  por  la  sutileza  de  su 
vista  en  percibir  de  noche  los  ol)jetos^-\  También  a  la 
gentilidad  griega  y  romana  le  parecieron  muy  lindos  los 
ojos  del  buho,  ojos  singularmente  envidiados  de  las  demás 
aves,  que  se  le  acercaban  para  arrebatárselos  con  el  pico. 
El  buho  ( á  pesar  de  ser  ave  de  mal  agüero),  del  propio 
modo  que  el  })av6n  y  el  ánsar,  fueron  consagrados  á  Juno, 
así  como  el  águila  á  Júpiter.  Asimismo,  con  no  menor 
semejanza  á  las  costumbres  de  latinos  y  griegos,  los  indios 
del  Perú  tenían  sus  aríolos  6  agoreros   (propiamente  los 


D.  Marcos  Jiménez  de  la  Espada  en  una  nota  del  pasaje  á  que  ?e  refiere 
la  eita  prcn-edentc)  entraban,  y  aun  entran  hoy,  prineipalniente,  plumas 
(le  <¡inn(is  (tominejos  ó  picaflores).^ 

(1)  Kl    V.    José    (le    A  costa,    Iliatoria    Xatural    v    Moral   de    laa 
In(¡iai<. 

(2)  1^1  ínea  Gareilaso,  Comcnt.  Iical.  del  rcru. 


278  SUPEESTICIONES  DEL  RÍO  DE  LA  PLATA. 

hnahic  j  los  wmis,  j  también  los  amantas  ó  sabios),  que 
por  la  observación  del  vuelo  de  las  aves  y  por  la  de  las 
entrañas  de  los  animales  predecían  los  casos  futuros  y  des- 
cubrían los  presentes  ignorados  ú  ocultos  ^^\ 


(1)  Ilelaciüti  (anónima)  de  las  Costumbres  Antiguas  de  los  Natu- 
rales del  Pirú,  en  la  obra  Tres  Relaciones  de  Antigüedades  Peruanas 
publicadas  por  el  Ministerio  de  Fomento  (Madrid,  1879). 


CAPITULO  XIX. 

Maravillosas  virtudes  del  caburé. 


Sumario. — Descríbese  el  caburé.  —  Ferocidad  y  fuerza  del  caburé. — 
El  caburé  atrae  (terrífica  y  entuíucce)  á  los  demás  pájaros. — 
Condiciones  de  un  caburé  enjaulado.  —  Deducciones  que  saca  el 
vulgo  de  las  cualidades  y  hábitos  del  caburé.  —  El  vulgo  juzga 
atendiendo  á  la  analogía  de  causas  y  efectos.  —  Fuerza  atractira 
del  caburé.  —  Virtudes  varias  del  caburé  y  sus  plumas.  —  Gua- 
canques  ó  talismanes  indígenas.  —  Auto -sugestión.  —  El  caburé  }* 
laíj  jóvenes  casaderas. 


El  caburé  ó  cahurcy  es  una  pequeña  ave  de  rapiña,  de 
color  castaño  con  algunas  manchas  blancas,  especialmente 
en  el  pecho  y  dos  oscuras  en  la  parte  supeiior  del  cuello. 
Tiene  la  cabeza  grande  á  proporción  del  cuerpo  (de  unos 
diez  centímetros),  las  patas  fornidas,  las  uñas  muy  agudas. 
La  2^upila  es  negra,  amarillo  el  iris,  la  mirada  feroz  cuanto 
serena.  Hal)ita  en  los  bosques  de  las  regiones  septentrio- 
nales de  la  cuenca  del  Plata:  Entre  Ríos,  Kío  Grande  del 
Sur  del  Brasil,  Corrientes,  Paraguay,  Misiones,  Chaco.  Su 
nombre  guaraní,  caburé  ó  caburcy,  hase  c<istellanizado,  y 
no  se  le  conoce  por  otro. 

Devora  las  demás  aves  que  })illa,  prefiriendo  sin  embargo, 
por  más  tiernas,  las  más  pequeñas.  Les  come  generalmente 
las  entrañas  y  la  cabeza;  pero  eso  en  estado  de  libertad,  es 


280  SUPERSTICIONES  DEL  RÍO  DE  LA  PLATA. 

decir,  cuando  la  abundancia  de  víctimas  le  permite  har- 
tarse con  lo  que  más  apetece  de  ellas.  De  lo  contrario, 
todo  lo  aprovecha.  Encerrado  en  una  jaula,  devora  los  paja- 
rillos  que  se  le  ofrecen,  no  dejando  más  que  las  canillitas 
y  algunas  plumas  á  ellas  pegadas.  Parece  gustar  mucho 
del  chingólo,  pajarillo  cauteloso.  Los  hombres  del  campo 
dicen,  para  reprender  la  excesiva  prudencia  ó  meticulosi- 
dad de  una  persona:  j9or  desconfiado,  mata  al  chingólo  el 
caburé. 

Cuando  el  caburé  quiere  saciar  su  voracidad,  pósase  en 
la  rama  de  un  árbol  elevado,  da  un  grito  dominador  y 
penetrante  y  mira  rápidamente  á  su  alrededor.  Los  pájaros 
que  se  hallan  al  alcance  de  su  voz  y  todos  aquellos  á  quie- 
nes dirige  la  mirada,  se  aterran  y  entumecen:  no  pueden 
huir,  ni  volar  sueltamente.  Antes  al  contrario,  como  atraí- 
dos de  un  imán,  se  encaminan  hacia  el  caburé,  saltando  de 
rama  en  rama  y  pasando  con  torpe  vuelo  de  uno  á  otro 
árbol,  hasta  que  llegan  y  se  posan  en  el  mismo  en  que  él  los 
espera  inmóvil.  Por  eso  dice  la  gente  del  campo  que  el 
caburé  atrae  con  su  canto  y  con  su  vista  á  los  demás  pája- 
ros de  la  selva  ó  monte  en  que  ejerce  sus  tiranías.  Allí 
donde  se  ve  revolotear  y  piar  en  torno  de  un  árbol  multi- 
tud de  pájaros  (centenares  á  veces),  no  hay  duda  de  que 
un  cabm'é  se  apresta  á  sacrificar  algunos  vivientes.  Tan 
luego  como  los  tiene  á  todos  reunidos,  se  abalanza  con  im- 
petuosidad al  que  intenta  devorar,  y,  matándole,  le  deja 
caer  al  suelo.  Hace  esto  con  dos  ó  tres  pájaros  de  su  pre- 
dilección, y  en  seguida  desciende  á  comer  la  cabeza  y 
entrañas. 

Los  campesinos  aseguran  qu(}  el  caburé  mata  aun  á  las 
aves  mayores  y  de  más  fuerza,  como  el  águila,  metiéndose- 


CAPÍTULO  xrx.  281 

les  debajo  del  ala  y  arrancándoles  las  entrañas.  Pero  tal 
idea  no  pasará  de  una  ilu.-ion  o  de  una  sospecha;  pues  el 
caburé,  que  vive  en  regiones  poljladas  de  aves  de  todas 
clases,  no  tiene  para  qué  disputar  al  águila  sus  presas,  ni 
el  águila  á  él  las  suyas.  Cada  uno  ha  sus  gustos  y  su  tea- 
tro y  modo  de  proceder  para  mantenerse  y  regalarse  '^^l 

Dos  pajarillos,  por  mansos  que  sean,  al  encontrarse  de 
repente  en  una  jaula,  se  asustan  y  tratan  de  huir  ó  se 
pelean.  Con  el  caburé  sucede  lo  contrario.  El  caburé  per- 
manece inmóvil  é  indiferente.  El  paj arillo  se  le  acerca,  se 
para  á  su  lado,  lo  acaricia,  lo  expulga,  se  le  sube  sobre  el 
lomo,  lo  besa,  y  hace  en  suma  cuanto  puede  por  merecer, 
digámoslo  así,  el  perdón  de  la  vida,  como  si  abrigara  la 
esperanza  de  moverle  á  compasión  y  misericordia.  Entre- 
tanto el  caburé  permanece  inmóvil  é  indiferente,  como  si 
nada  observase. 

El  caburé,  mientras  le  miran,  parece  no  hacer  caso  del 
pajarillo  que  le  acompaña.  Mas  como  se  halle  sin  un  tes- 


(1)  «^  Nunca  lo  he  visto  al  sur  de  los  29  grados.  No  es  muy  escaso, 
y  habita  los  bosques  grandes,  posándose  de  la  medianía  para  abajo 
de  los  árboles,  prefiriendo  ramas  tronchadas  ó  de  pocas  hojas,  sin 
ocultarse,  ni  huir  aunque  le  pasen  muy  cerca.  Es  solitario,  sin  conocer 
diferencia  sexual ;  y  no  hay  aquí  quien  no  diga  y  asegure  que  tiene 
la  habilidad  y  atrevimiento  de  introducir>e  bajo  <lel  ala  de  todos  los 
pájaros,  sin  exceptuar  los  yacús  y  caracarás,  y  de  pegárseles  y  comer- 
les el  costado  hasta  matiU'los.  ^luchos  hombres  de  verdad  aseguran 
esto,  y  haberle  visto  matar  á  dichos  pájaros,  y  aun  á  los  pavos  caseros 
del  referido  modo.  Sin  embargo  sobé  en  mi  cuarto  un  yaeú  vivo  y 
una  gallina;  pero  no  los  embistió  un  caburé  que  tenía  suelto  y  había 
sido  cogido  adulto,  era  fiero,  y  tem'a  iiambre.  Pero  quizás  el  verse 
encerrado  le  quitó  el  atrevimiento.  Como  quiera  yo  he  mantenido 
algunos,  y  me  parece  que  no  hay  pájaro  más  vigoroso  á  proporción 
del  volumen,  ni  más  feroz  é  ¡ndomest¡cal)le. »  (Azm*a,  IMJaroa  ílcl  Pa- 
raguay  y  Rio  de  la  Plata.) 


282  SUPERSTICIONES  DEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

tigo  que  pueda  obstar  á  su  acción  carnicera,  no  tarda  en 
apoderarse  de  su  víctima  y  en  arrancarle  las  entrañas.  Sor- 
prendido en  el  acto  de  la  carnicería,  si  está  posado  en  el 
palillo  de  la  jaula,  suelta  con  disimulo  la  presa.  Si  en  lugar 
de  estar  posado  en  el  palillo  de  la  jaula,  se  halla  en  el 
suelo,  entonces,  en  el  acto  de  sorprenderlo  cometiendo  el 
delito,  tiende  rápidamente  un  ala  y  oculta  tras  ella  el  pa- 
j arillo  ya  muerto  ó  moribundo.  Si  está  vivo  aún,  lo  suelta 
también  como  en  el  caso  anterior,  para  que  vean  que  no  le 
ha  hecho  mal.  El  caburé  tiene,  en  suma,  todas  las  trazas 
de  un  criminal  taimado. 

Los  instintos  feroces  del  cabure  le  acompañan  hasta  el 
último  instante  de  su  vida.  Podrá  estarse  muriendo;  pero 
siempre  tendrá  ánimo  y  fuerzas  para  cometer  un  asesinato. 
La  presencia  de  una  víctima  lo  enardece,  le  hace  revivir. 
Un  caburé  enjaulado  había  muerto  multitud  de  paj arillos. 
Privósele  de  esta  satisfacción,  por  lástima  de  las  víctimas. 
El  caburé,  aunque  comía  lo  que  le  daban,  empezó  á  en- 
tristecerse á  los  pocos  días.  En  seguida  viósele  decaer  pres- 
tamente y  acoquinarse,  encrespadas  las  plumas,  en  un  rin- 
cón de  la  jaula.  Se  le  sacó  de  la  jaula  y  se  le  puso  entre 
unas  plantas,  á  ver  si  revivía.  Nada  pudo  conseguirse,  que 
estaba  ya  moribundo.  Púsosele  entonces  de  nuevo  en  la 
jaula;  y  volvió  á  encogerse  en  un  rincón,  cerrados  los  ojos. 
Tentando  todos  los  medios,  echóse  un  paj  arillo  dentro  de 
la  jaula.  Sentirlo,  incorporarse,  abrir  bien  sus  grandes  ojos, 
abalanzarse  á  él  y  arrancarle  las  entrañas,  fué  todo  uno. 
Pero  no  lo  comió;  pues  no  tenía  fuerzas  para  más.  Tornó 
al  rincón  de  la  jaula,  muriendo  tranquilamente  en  seguida 
con  su  víctima  en  las  unas. 

La  gente  campesina,  juzgando  por  analogía,  como  acos- 


CAPÍTULO  XIX.  283 

tumbra,  para  formular  sus  deducciones,  atribuye  al  cabnre 
y  ¿í  sus  plumas  Li  facultad  de  atraer  personas  y  cosas.  La 
mirada,  el  grito,  la  fuci'za,  la  ferocidad  y  el  [)restigio  del 
cabure,  que  terrífica  y  entumece  los  miembros  de  todas  las 
otras  aves,  que  las  atrae,  como  el  imíín  al  acero,  son,  para 
el  hombre  inculto,  condiciones  especiales  de  un  ser  raro, 
que  sale  del  orden  ordinario  á  que  están  sujetos  los  demás 
de  su  género. 

El  hombre  ignaro  no  concibe  los  efectos  fisiológicos  del 
terror,  que  produciendo  el  entumecimiento  de  los  miembros 
motores,  de  las  piernas,  brazos,  patas  y  alas  de  los  seres 
terrificados,  les  impide  sustraerse  á  la  voluntad  ó  instinto 
carnicero  del  agente  que  los  avasalla.  Cree  que,  en  el  caso 
de  que  se  trata,  la  acción  del  caburé  envuelve  una  fuerza 
atractiva  irresistible.  Sin  conocer  las  teorías  del  magne- 
tismo animal,  que  suponen  en  el  agente  ú  operador  una 
fuerza  análoga  á  la  del  imán,  (|ue  se  desarrolla  mediante  la 
mirada  y  los  pases,  produciendo  en  el  paciente  el  adorme- 
cimiento y  paralización  de  las  funciones  vitales,  el  campe- 
sino rioplatense  quiere  ver  en  la  acción  del  caburé  á  una 
especie  de  magnetizador  que  atrae  y  sujeta  á  su  albedrío 
á  todos  los  otros  pájaros.  Los  fenómenos  naturales  y  psí- 
quicos son  en  todas  partes  idénticos.  La  atracción  univer- 
sal, la  atracción  del  imán,  la  atracción  que  la  voluntad,  la 
mirada,  la  acción  del  hombre,  el  instinto,  la  ferocidad,  las 
propiedades  de  ciertos  animales  ejer.*en  en  determinados 
seres  vivientes  y  en  las  cosas,  proceden,  á  los  ojos  del  vulgo, 
como  siempre  acaece  en  las  sociedades  primitivas,  de  una 
causa  sobrenatural  é  inconi])rensibl(».  Por  eso  en  totlas  las 
épocas  y  en  todas  las  regiones  del  globo  ha  usado  el  hom- 
bre de  iguales  procedimientos  en  su  modo  de  aplicar  á  la 

20. 


284  SUPERSTICIONES  DEL  RÍO  DE  LA  PLATA. 

vida  liumnna  las  supuestas  virtudes  de  las  cosas  en  que 
observaba  uno  de  esos  fenómenos  extraordinarios  ó  nota- 
bles. La  analogía  es  el  procedimiento  más  sim2:>le,  más 
adecuado  á  una  comprensión  infantil.  Ese  es  el  criterio  por 
que  se  guía  el  hombre  primitivo,  el  vulgo  ignaro.  La 
magia  y  la  ciencia  oculta  del  Oriente  y  del  Egipto  en  el 
estriban,  como  que  su  origen  no  es  el  análisis  ni  la  obser- 
vación razonada,  sino  pura  y  simplemente  la  perceiición 
material  y  un  concepto  intuitivo,  verdadero  ó  falso,  de  las 
causas  y  fenómenos  naturales.  De  ahí  que  se  advierta  en  el 
modo  que  tienen  los  campesinos  rioplatenses  de  considerar 
las  cualidades  e  instintos  del  caburé  y  en  la  aplicación  que 
hacen  de  ellos  á  los  casos  y  accidentes  de  la  vida,  una 
completa  semejanza  con  el  modo  que  tienen  de  pensar  y 
de  conducirse,  en  iguales  circunstancias,  las  generaciones 
selváticas,  el  vulgo  inculto  de  todas  las  regiones  del  globo, 
y  los  magos  ó  hechiceros  ó  ministros  de  la  divinidad  (gen- 
tilica,  se  entiende),  así  del  Asia  y  del  África,  como  de  la 
antigua  Euroj^a  y  del  Nuevo  Mundo. 

El  que  tiene  un  caburé,  ó  solamente  tres  de  las  plumas 
del  ala,  puede  darse  por  satisfecho:  todo  le  saldrá  bien.  El 
caburé,  ó  sus  plumas,  atraen  cuanto  de  bueno  hay  para  el 
hombre.  No  tardará  su  venturoso  posesor  en  sacarse  la  lo- 
tería, si  acostumbra  comprar  números.  El  pulpero  guardará 
en  el  más  elevado  de  los  est  mtes  de  su  casa  de  negocio  un 
lío  que  contenga  las  susodichas  plumas  de  caburé.  Así 
como  el  caburé  atrae  y  reúne  en  torno  de  sí  á  todos  ó  á 
la  mayor  parte  de  los  pájarus  de  la  comarca  en  que  anida, 
de  la  propia  manera  el  comerciante  de  la  campaña  logrará 
ver  frecuentada  su  bien  abastecida  pulpería  de  muche- 
dum}>re  de  vecinos  y  transeúntes    que  dejarán    su  'plata 


CAPÍTULO    XIX.  285 

sobre  el  mostrador  á  cambio  de  un  vaso  de  caña,  de  yerba, 
de  azúcar,  de  tabaco,  de  un  rebenque  ó  un  cojinillo,  de 
un  facón,,  de  unas  Ijotas  6  de  un  cinto,  pagados  á  peso 
de  oro. 

Las  chinas  (indias  6  mestizas),  generalmente  amance- 
badas, no  quieren  saber  de  cal)ure-',  cuando  se  hallan  en 
cinta,  próximas  á  dar  a  luz  el  fruto  de  su  amor.  Están  per- 
suadidas de  que,  en  teniendo  dentro  de  su  casa  un  cabure 
ó  sus  plumas,  cuando  paren,  se  les  llena  la  casa  de  r/auchos, 
ó  sea  de  homl)res  del  campo  más  ó  menos  vagabundos  ú 
ociosos.  El  cabure  6  sus  plumas  atraen  á  los  curiosos,  que 
naturalmente  molestan  á  la  paciente,  quien,  por  muy  su- 
frida que  sea  (como  lo  son  las  chinas  en  casos  tales),  pre- 
ferirá estar  sola  ó  acompañada  de  su  comadre  ó  de  algunas 
amigas.  Malicioso  \)<^v  demás  se  muestra  el  cabure  con  las 
chinas  parturientes. 

Las  venturosas  plumas  del  cabure,  llevadas  en  el  bolsillo 
del  chaleco  ó  en  el  seno,  pendientes  del  cuello  en  una  gua- 
yaca, con  ó  sin  conipostura,  pues  ellas  por  sí  solas  tienen 
virtud  í-uficiente  para  el  efecto,  aseguran  el  triunfo  en  los 
lances  de  amor  más  difíciles  6  imposibles.  El  afortunado 
que  las  lleve  consigo,  por  lo  (pie  al  amor  atañe,  espere  ser 
correspondido  de  la  nnijcr  que  le  apasiona:  no  desdeñará 
sus  palabras  de  afecto  la  más  esquiva  de  las  hermosas. 
Ya  se  ha  visto ^^^  que,  al  })ropio  intento,  los  hechiceros 
peruanos  proporcionaban  á  los  amantes  unos  talismanes  de 
cuyo  secreto  maravilloso  solameníe  ellos  eran  poseedores. 
Llamábanles  ¡niacanqni,  voz  (piichua  (pie,  castellanizada, 
convirtióse  en  huacanqiic  y  gnaca/iquc.  L'd  (/uayaca,  que 

(1)    Cap.  XVIII,  p;í-  270. 


2 86  SUPERSTICIONES  DEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

en  general  significa  bolsa  ^^^  y  en  el  caso  especial  de  que  se 
trata  equivale,  por  sinécdoque,  á  talismán,  guardaba  de  un 
modo  inviolable  el  Jmacanque,  que  se  componía,  entre  otras 
cliuclierías,  de  plumas  de  pájaros  ^'^\  á  la  vez  que  de  nóminas 
y  de  signos  y  figuras,  ideado  todo  por  la  malicia  é  industria 
del  nigromante.  ¿Cómo,  habiendo  extendido  los  Incas  su  do- 
minación, su  lengua,  sus  creencias  y  sus  costumbres  al  lado 
oriental  de  los  Andes,  en  las  vastas  regiones  del  Chaco 
donde  mora  el  caburé,  no  habían  de  entrar  en  los  huacan- 
quis  de  sus  magos  las  preciadas  plumas  de  este  pájaro  ma- 
ravilloso? Cierto  que  las  plumas  del  caburé  son  mágicas  de 
suyo,  que  no  han  menester  de  liuacanque  extraño  para 
obrar  sus  maravillas ;  pero  también  es  notorio  que  añadida 
la  consagración  y  compostura  será  mucho  mayor  ó  más 
cierta  su  eficacia.  Las  solas  plumas  del  caburé  (y  lo  propio 
cabe  decir  de  las  del  urutaú)  en  muchos  casos  fallarán,  por 
la  poca  ó  ninguna  fe  de  su  poseedor.  Pues  esa  fe  que  le 
falta  al  dueño  de  las  plumas,  la  suplirá  la  guayaca  guar- 
dadora del  huacanque  6  payé  infundido  en  ellas  por  medio 
de  la  compostura,  si,  ya  que  no  cree  lo  suficiente  en  la 
magia  de  las  plumas,  cree,  cuando  menos,  en  la  que  encie- 
rra la  comp)Ostura.  Porque  no  hay  que  perder  de  vista  en 
todas  estas  cosas  de  brujería  y  nigi'omancia  que  la  fe  desem- 
peña en  ellas  un  papel  de  superior  importancia.    Es,  en 


( 1 )  Guayaca  significa  también  especialmente  en  el  Río  de  la  Plata 
la  bolsita  de  cuero  en  que  el  hombre  del  campo  guarda  su  tabaco  y 
avíos  de  fumar,  su  dinero,  etc.  Tiene  asimismo  esta  voz  otras  acep- 
ciones comprendidas  en  el  sentido  general  de  bolsa. 

(2)  «Eran  estos  huacanquis  ciertas  figuras  obradas  de  plumas  de 
pájaros  ó  de  otras  cosas  diferentes.»  (El  P.  Bernabé  Cobo,  Historia 
del  Nuevo  Mundo.) 


CAPÍTULO    XIX.  287 

C'lla.s,  la  fe  su  principal  y  casi  único  factor.  Efectivamente 
el  que  lleva  consii^o  las  plumas  de  cabure,  con  la  fe  nece- 
saria, va  bien  acompañado.  Lleva  consigo  una  compostura 
que  en  la  generalidad  de  los  casos  le  dará  la  victoria. 

Emprenderá  su  canq)aña  con  la  seguridad  del  resultado, 
por  la  fe  que  tiene  en  el  huacanquc  ó  payé  que  le  acom- 
paña. Un  fenómeno  de  auto -sugestión  le  infundirá  con- 
fianza en  el  éxito,  haciéndole  más  resuelto,  más  audaz,  y 
como  en  general  se  trata,  por  supuesto,  de  esos  amores  en 
que  se  cuenta  para  el  triunfo  con  la  flaqueza  del  sexo  en 
2)ersonas  que  navegan  sin  norte  seguro  en  el  mar  de  la 
vida,  es  cosa  indubitable  que  conseguirá  más  fácilmente  lo 
que  and)iciona  que  aquel  que,  en  igualdad  de  circunstancias 
personales,  formule  tímidamente  su  pretensión,  ó  ante  obs- 
táculos serios,  al  parecer,  pero  en  realidad  sólo  ai)arentes, 
retroceda  y  abandone  la  enq)resa.  Tal  es  Va  fuerza  atrac- 
tiva de  las  plumas  del  caburé.  Dicho  se  está  (pie  no  siem- 
pre en  tan  condenables  aspiraciones  se  a2)lica  la  virtud  de 
atracción  que  tienen  las  codiciadas  plumas.  Úsalas  asi- 
mismo el  (pie  está  verdaderamente  enamorado  de  la  belleza 
y  prendas  personales  de  la  nuijer  á  cuya  mano  aspira; 
pero  que  teme  no  ser  correspondido,  ó  sabí»  ó  presume  que 
otro  le  disputara,  tal  vez  con  mejor  fortuna,  la  preferencia. 

]^]1  caburé  busca  las  selvas.  Huye  de  los  centros  de  po- 
blación. Hay  que  [)eregrinar  })ara  dar  con  él,  y  no  pocos 
esfuerzos  y  constancia  ha  menester  (juien  intenta  cauti- 
varle. Por  eso  i-ara  vez  se  le  ve  en  manos  del  hond)re,  y 
quien  logra  tres  dí^  las  plumas  del  ala,  guárdalas  c(uno  oro 
(MI  ])ano.  ¡Tiástinia  grande!  Hi  tuvit'^ram(V  el  caburé  más  á 
mano,  no  babría  bicho  vivi(>níe  que,  (juieras  no  ipiieras, 
rehusase  cMitregar  l)on¡tamente  el  cuello  al   yugo  del   ma- 


2SS  SUPERSTICIONES  DEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

ti'iiiionio.  Las  jóvenes  solteras  no  temieran  quedarlo  para 
siempre,  no  les  alarmara  la  tristísima  perspectiva  de  con- 
templarse condenadas  ala  monótona  tarea  de  vestir  santos. 
Con  las  plumas  de  un  caburé,  escondidas  en  el  palpitante 
seno,  tendrían  un  novio  a  pedir  de  boca.  Hasta  llegaríamos 
á  borrar  del  diccionario  de  la  lengua  castellana  el  término, 
ya  entonces  sin  aplicación  posible,  de  solterona.  ¿  Quién, 
teniendo  en  su  mano  el  medio  fácil  de  evitarlo,  había  de 
querer  serlo  á  la  postre,  por  mucho  que  en  la  edad  de  las 
candorosas  ilusiones  hubiese  querido  aparecer  desdeñosa? 
¿Quién,  siquiera  alguna  vez  en  su  vida,  no  ha  sentido  fla- 
mear en  su  pecho  el  fuego  de  la  pasión  que  arrastra  y  en- 
cadena? ¿Quién,  por  más  que  fuere,  como  de  la  hermosura 
sin  sentimiento  dijo  el  poeta  ^^\ 

Estatua  muda  que  la  vista  admira 

Y  que  inseijsible  el  corazón  no  adora? 

El  fuego  suave  y  puro  del  sentimiento,  la  magia  de  los 
afectos  en  un  alma  delicada,  son  el  huacanque  maravilloso 
que,  esmaltando  la  belleza,  cautiva,  atrae  con  fuerza  casi 
irresistible  las  voluntades. 


(1)    D.  Manuel  José  Quintana  en  su  oda  A  la  Jicrmosura . 


¿Tanto  vale  el  sentir?     ¿Á  tanto  alcanza 

Su  divino  poder? Ojos  herniosos, 

Sabed  que  nunca  parecéis  más  bellos, 

Sabed  que  nunca  sois  más  poderosos, 

Qu(,'  cuando  en  vos  se  mira 

K\  vivo  afán  que  el  sentimiento  inspira. 

Sin  61,  ¿qu6  es  la  beldad?     Flor  inodora, 

Estatua  muda  que  la  vista  admira 

Y  que  insensible  el  corazón  no  adora. 


CAPÍTULO  XX. 

Origen  mítico  y  excelencias  del  urutaú. 


Stmahio.  —  Xoainl)iú  y  Cii¡nil)aé  se  aman.  —  Los  padres  de  Neanibiú 
opóneii.-e  á  «u  casamiento.  —  Desaparece  Xeanibiií.  —  Pierde  la 
sensibilidad  y  el  habla.  —  Hallada  en  los  montes  del  Iiíiia/.ú, 
esfuerzan  se  en  vano  por  restituirla  al  seno  de  su  familia.  —  Con- 
súltase al  adivino  Aguará- Payé.  —  Condiciones  de  Aguará- Payé. 

—  El  adivino  Aguará -Payé,  para  evocar  á  su  divinidad  inspira- 
dora, bebe  la  infusión  de  la  yerba  y  chicha  de  mandioca.  —  Des- 
barro>  de  la  crónica  á  su  respecto.  —  Xeambiií  conviértese  en  uru- 
taú. —  Sobre  el  origen  mítico  del  urutaú.  —  Sus  diversos  nombres. 

—  Sus  caracteres.  —  Sus  condiciones.  —  Preocupaciones  del  vulgo 
á  su  respecto.  —  Sus  excelencias  preternaturales.  —  Imposibilidad 
de  aprisionarle.  —  El  cuento  de  la  paraguaya. 


Las  agiias  del  Unigiiav,  ominadas  por  el  aire  que  eiu- 
balsaniado  retoza  en  las  regiones  que  se  aveeinan  á  la 
hoguera  de  los  trópicos,  meeieron  la  einia  de  Ñeamlái'i, 
tierna  joven  guaraní,  hija  iniiea  de  poderoso  eaeique,  que, 
después  de  haber  eastigado  á  los  tupíes,  pasó  á  estahleeerse 
con  su  parcinlidad,  atravesando  iiuuensos  bosques,  no  lejos 
di'l  Iguazil. 

Aniariraba  las  niguas  del  liiua/ú  eon  ardicntrs  láirrinias 
C'uinibaé,  gallardo  moretón  generoso,  que.  prisionero  iK'l 
eaeicjue  y  enamorado  de  Ñeand)iú,  plañía  seeri'tanuMite  su 
desventiu'a :   (jue   también   el   indio   siente  eon   intensidad. 


290  SUPERSTICIONES  DEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

también  el  indio  llora.  El  cacique  y  la  cacica  decididamente 
se  oponían  á  la  unión  matrimonial  de  dos  seres  que  recí- 
procamente se  idolatraban,  de  dos  seres  ya  naturalmente 
fundidos  en  una  sola  alma  por  el  amor. 

El  cacique  y  la  cacica  no  querían  ni  siquiera  pensar  en 
que  Neambiú,  la  hija  en  quien  adoraban,  pudiese  jamás 
separarse  de  ellos  sino  con  la  muerte :  arrancarla  de  su  lado 
era  arrancarles  el  corazón.  Neambiú  lloraba  á  solas:  no 
quería  mortificar  á  sus  padres.  Ñeambiú  callaba  y  obede- 
cía. Una  vez,  sin  embargo,  les  dijo: 

—  ¿Conque  no  me  dejáis  casar  con  Cuimbaé? 

—  Hija  del  alma,  le  respondieron  sus  padres,  tú  no  debes 
casarte  aún,  y  mucho  menos  con  un  hombre  que  pertenece 
á  la  raza  de  los  tupíes,  que  ayer  no  más  fueron  nuestros 
crueles  enemigos  y  sin  duda  mañana  volverán  á  serlo  de 
nuevo. 

—  I  Crueles  .  .  .  . !  repuso  Neambiú.  Soislo  vosotros  con 
esa  que  decís  hija  del  alma.  ¡  Ah!  yo  soy  hija  de  la  desgracia! 

Decir  que  lííeambiú  era  por  todo  extremo  gallarda  y  her- 
mosa, y  que  á  las  prendas  de  la  hermosura  y  gallardía 
juntaba  las  mucho  más  estimables  de  la  belleza  del  alma, 
de  una  sensibilidad  tan  delicada,  que  se  traslucía  en  todos 
los  movimientos  de  la  expresión  de  su  faz  encantadora  y  de 
sus  ojos  hechiceros,  está  de  más.  Está  de  más  decirlo;  por- 
que en  hecho  de  verdad,  por  poco  que  á  uno  se  le  alcance 
en  materias  de  amor,  el  menos  experimentado  alcanza  que, 
si  la  tierna  Ñeambiú  no  hubiese  sido  bella  y  sensible,  no 
hubiera  podido  ser  tan  desgraciada.  /Ay  infeliz  de  la  que 
nace  hermosa!  ha  dicho  el  cantor  de  la  belleza ^^l 

C 1 )    D.  Manuel  José  Quintana,  El  payiieón  del  Escorial. 


CAPÍTULO    XX.  291 

Un  día,  cuando  menos  lo  pensaban,  desapareció  Xeam- 
biú  de  la  casa  de  sus  padres.  Los  alarmados  caciques  acu- 
dieron prestamente  á  la  morada  de  Cuim1)ae,  sospechando 
que,  de  concierto  con  él,  luiljiera  tomado  Xeambiii  la  ex- 
trema determinación  de  escaparse.  Cuimbae,  sorprendido 
con  la  noticia,  manifestó  sinceramente  la  extrañeza  que  le 
causaba,  juzgando  hasta  imposible  que  una  joven  tan  dis- 
creta y  amorosa  como  era  Neambiú  hubiese  salido  fugada 
de  la  casa  paterna.  Pero  dijo: 

—  Yo  soñé  que  una  mujer  muy  fiera  que  representaba 
la  desgracia,  se  había  llevado  á  Xeambiú  á  los  montes  del 
Iguazíi,  donde  mora  entre  los  cuach-úpedos  y  las  aves,  que 
ni  la  ofenden  ni  huyen  de  su  j^resencia. 

—  ¡Al  Iguazú!  al  Iguazú!  clamó  con  delirio  el  infortu- 
nado cacique,  al  Iguazú!  á  buscar  á  mi  hija,  que  se  la  ha 
llevado  caapord  ^ ^  ^' 

—  ¡Caapord!  caapord!  repitieron  á  una  los  vasallos 
del  dolorido  cacique,  se  ha  llevado  u  Ñeambiíil  ¡A  buscar 
á  Neambiú,  que  se  la  ha  llevado  caapord!  á  buscar  á 
Neambiú! 

El  clamoreo  de  los  ipccúcs  (carpinteros  en  castellano), 
pájaros  que  alborotan  nuicho  cuando  ven  gente,  excitó  la 
curiosidad  de  la  fugitiva,  que,  saliendo  de  entre  espeso 
monte,  hallóse  al  punto  rodeada  de  los  solícitos  vasallos 
del  desventurado  cacique,  quienes  cariñosos  trataron  por 


(1)  Ente  fantástico  qiu»,  en  monstruosa  fiííura  humana  (ora  ile 
hombre,  ora  (U'  nuijcr),  liahita  en  \o>  montes,  el  cual  hace  desirracia- 
dos  para  toda  su  vida  á  los  que  tienen  la  desdicha  de  mirarle.  Tam- 
bién c(ii¡)orn  (Diccionario  de  ]'()caln{lns  IhirJlciros  por  el  Teniente 
General  Vizconde  (K>  Heaurepaire  -  KoluuO ;  pero  caá -pora  es  más 
propio.     Caiiy  monte:  morador  ilel  monte. 


292  SUrERSTICIOXES  DEL  RÍO  DE  LA  PLATA. 

todos  los  medios  de  persuadirla  á  que  regresase  al  seno  de 
su  familia.  Mas  el  exceso  del  dolor  sin  esperanza  y  sin 
consuelo  ahogara  en  el  pecho  de  Neambiú  el  fuego  de  los 
afectos,  y  ya  no  respondía  á  las  excitaciones  de  la  amistad, 
ni  su  lengua  articulaba  una  palabra.  Neambiú  había  per- 
dido enteramente  la  sensibilidad,  y  junto  con  la  pérdida  de 
la  sensibilidad  perdiera  el  habla.  Insensible  y  muda,  volvió 
las  espaldas  é  internóse  de  nuevo  en  el  monte. 

Las  compañeras  de  Neambiú,  aunque  la  conocieron  her- 
mosa entre  las  hermosas,  no  por  eso  la  odiaron.  Por  el 
contrario,  queríanla  mucho:  ella  se  hacía  querer  á  fuerza 
de  bondad  y  de  indulgencia.  Fué  cacica,  como  hija  de 
cacique,  entre  las  jóvenes  indias;  mas,  por  lo  buena  y  ama- 
ble, gobernaba  los  corazones  con  mayor  poderío  que  su 
padre  á  los  sumisos  vasallos,  con  ser  tan  obedecido  por  su 
autoridad  omnímoda,  por  su  fuerza  material.  ¡Cuánto  más 
puede  la  fuerza  de  los  afectos! 

Las  amigas,  pues,  de  Ñeambiú,  viendo  frustrada  la  em- 
presa de  los  emisarios  que  tornaron  lamentando  su  mala 
suerte,  determinaron  unánimes  ir  en  pos  de  la  fugitiva:  las 
solicitaciones  de  la  amistad  cariñosa  y  desinteresada  debie- 
ran ser  más  eficaces  que  las  mejores  razones  de  quien 
cumple,  al  darlas,  un  mandato.  Pero,  ¿y  si  topaban  con 
caapord,  el  horrible  demonio  de  los  bosques,  que  hacía  des- 
graciados para  toda  su  vida  á  los  que  por  acaso  le  miraban? 

—  No  importa,  se  dijeron.  Mayor  sería  nuestro  castigo 
por  mano  del  mismo  añanga  ( el  diablo ),  si,  por  temor  de 
encontrarnos  con  caapord,  dejáramos  de  socorrer  á  una 
desgraciada.  Añamja,  que  todo  lo  sabe  y  en  todo  se  mete, 
no  quiere  más  que  un  pretexto  para  hacer  daño,  y  á  las 
veces,  considerados  los  efectos  de  sus  acciones,  parece  como 


CAPÍTULO    XX.  293 

que  cumpliera  un  ministerio  divino.  ¡Corramos  á  ])uscar  á 
Neaml)iú ! 

Las  antiguas  compañeras  de  la  fugitiva  volvieron  des- 
consoladas. Sus  persuasiones  lial)ían  sido  tan  inútiles  como 
las  súplicas  de  los  vasallos  que  las  habían  precedido  en  el 
propio  intento.  Neambiú  permanecía  ante  ellas  como  una 
estatua  de  mármol :  ni  respondía  palabra,  ni  daba  señales  de 
sentimiento.  La  desdicha  de  Neambiú  parecía  irremediable. 

Consultóse  entonces,  como  se  hacía  siempre  en  casos 
tales,  al  adivino  de  la  parcialidad.  Era  Aguará  -  Payé  indio 
espantaljle,  por  lo  feo,  y,  tanto  como  feo,  sagaz.  Bien  lo 
publicaba  su  nombre:  Aguará,  que  quiere  decir  zorro.  Por 
lo  sagaz  y  por  lo  feo,  lo  proclamaron  adivino.  Iba  cerrando 
la  noche,  hora  la  más  á  proposito  para  consultar  á  los  orá- 
culos. Aguará -Pciyé  tomo  dos  enormes  mates  ó  calabaci- 
nos, llenos  el  uno  de  infusión  de  caá  (yerba  del  Paraguay) 
y  el  otro  de  chicha  ó  vino  de  mandioca.  Primeramente 
bebióse  el  mate  de  cady  y  luego,  murmurando  algo  entre 
dientes  y  con  poco  sacrificio  de  sus  aficiones,  el  de  la  chi- 
cha. Así  que  hnl)0  bebido  la  chicha  ^^\  empezó  á  tamba- 
lear, y,  haciendo  unos  visajes  horribles,  cayó  como  muerto. 
Reza  la  crónica  que  le  dieron  el  vino  en  una  bota,  y  que  él, 
«  em})inándola,  puesta  á  la  boca,  estuvo  mirando  las  estre- 
llas un  cuarto  de  hora,  »  y  que,  « en  acal)ando  de  beber, 
dejó  caer  la  cabeza  á  un  lado,  y  dando  un  gran  suspiro, 
dijo:  ¡  OJi  Ji¡ deputa  bellaco,  //  cómo  ex  católico !^^  Pero 
el  cronista  debió  de  ser  maiichego  y  algo  [o[)ü;  pues  no 
vio  (|ue  los  indios  no  usaron  para  guardar  y  beber  el  vino 
las  botas  (pie  usan  en  España,  sino    mates  ó  calabacinos, 

( 1 )     La  ehk'ha  ó  vino  dv  inaiuüoca  riiiborracha  taciliuontc. 


294  SUPERSTICIONES  DEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

ni  considero  que,  refiriéndose  el  suceso  á  una  época  ante- 
rior á  la  conquista  de  America  y  tratándose  de  indios  sil- 
vestres, lio  pudo  Aguará -Payé  haber  calificado  de  católico 
lo  que  bebía,  por  inuclio  que  le  gustase  ^^\ 
Vuelto  en  sí  Aguará -Payé,  dijo: 

—  Neambiú  lia  perdido  para  siempre  la  sensibilidad  y 
el  habla.  Abandonad  la  empresa. 

—  ¡  No !  no !  contestaron  los  padres  de  Neambiú ;  aban- 
donar la  empresa,  no :  antes  morir,  que  abandonarla !  ¡Al 
Iguazú ! 

—  ¡  Antes  morir,  que  abandonarla !  repitieron  sus  vasa- 
llos. ¡Al  Iguazú!  al  Iguazú! 

Fueron  al  Iguazú. 

Comprendieron  todos  que  Neambiú  necesitaba  una  pro- 
funda revulsión  moral  que  hiciese  revivir  en  su  alma  el 
fuego  de  la  sensibilidad,  que  estaba  como  extinguido,  man- 
teniéndola en  un  estado  de  completa  indiferencia  á  todo. 
Simulando  la  muerte  de  algunas  personas  de  su  amistad, 
se  las  nombraron  una  por  una.  El  anuncio  de  la  muerte  de 
sus  mejores  amigas,  el  anuncio  de  la  muerte  de  sus  mismos 
padres,  no  fueron  parte  á  conmoverla  un  punto.  Yerta,  im- 


(1)  Confundió  sin  duda  el  cronista  con  el  caso  del  adivino  las 
reminiscencias  que  tenía  de  sus  lecturas  del  Quijote  de  Miguel  de  Cer- 
vantes, cuyos  son  los  pasajes  puestos  entre  comillas  en  el  texto.  En 
cuanto  al  calificativo  de  hideputa,  es  obvio  que  suena  como  alabanza, 
al  modo  que  lo  hace  el  vulgo  del  Río  de  la  Plata  y  Paragua}',  en 
cuya  boca  es  tan  frecuente  aquella  expresión  en  casos  análogos.  Des- 
pués de  haber  Sancho  Panza  empinádose  la  bota  y  prorrumpido  en 
la  referida  alabanza,  díjole  el  Caballero  del  Bosque:  —«Veis  ahí  cómo 
habéis  alabado  este  vino,  Ihuiiándole  hideputa?»  —  «Digo,  respondió 
Sancho,  que  confieso  que  conozco  que  no  es  deshonra  llamar  Jiijo  de 
puta  á  nadie,  cuando  cae  debajo  del  entendimiento  de  alabarle. » 


CAPÍTULO    XX.  295 

pasible,  muda,  permanecía  Neamijiíí.  Mudo  permanecía  asi- 
mismo Aguará -Paye,  que  contemplaba  la  triste  escena. 

—  Haz  que  sienta,  le  dijeron. 

Obedeciendo  Aguará -Paye,  adelantase  pausadamente  y 
dice  á  Neambiú: 

—  Cuimbae  lia  muerto .  .  .  . 

Una  chispa  eléctrica  no  obra  con  mayor  rapidez  y  efi- 
cacia en  un  cuerpo  inflamable,  que  las  palabras  del  adivino 
en  el  alma  de  Neambiú.  Xeambiú,  exhalando  repetidos 
ayes  desgarradores,  desaparece  instantáneamente  á  los  asom- 
brados ojos  de  los  que  la  rodeaban,  (juienes,  ¡penetrados  de 
dolor,  quedan  convertidos  en  sauces.  Neambiú,  convertida 
á  la  vez  en  el  ave  que  llaman  unitaú,  elige  la  más  vieja  y 
deshojada  de  las  ramas  de  aquellos  saucí  s  para  llorar  eter- 
namente su  desventura. 

Tal  es  el  origen  mítico  del  2¿r?¿/azí,  pájaro  muy  celebrado 
en  el  Paraguay  y  Río  de  la  Plata,  así  como  en  el  Brasil, 
por  las  maravillas  que  el  vulgo  le  atribuye,  á  causa  del  ex- 
traño modo  de  gritar  que  le  singulariza,  semejante  al  cla- 
moroso lamento  de  una  mujer,  que  termina  con  amorti- 
guados ayes^^l  Couto  de  ]\Iagalhaes,  escritor  muy  versado 
en  las  lenguas  indígenas  del  Brasil  y  en  su  historia  y  cos- 
tumbres, dice  categóricamente :  «  No  conozco  las  tradiciones 
relativas  al  urutaú  ó  ii  rutad  i,  y  por  eso  me  limito  á  con- 
signar aquí  su  nombre,  que  significa  are-fantasma.  » ^"^ 


(1)  «El  rirufaíi  os  de  los  pájaros  más  famosos,  por  las  patrañas  sin 
número  que  de  él  refieren.»  (Azara,  Pájaros  drl  Panujuay  y  Uto  ih  J<i 
Plata.) 

(2)  O  Sclragcm  ( Origcns,  Costutncs,  luiigido  Sclvagcm).  Río  de 
Janeiro,  187G. 

En  una   interesante   eoleeeión  de  artículos  descriptivos   de  costum- 


296  SUPERSTICIONES  DEL  RÍO  DE  LA  PLATA. 

La  VOZ  guaraní  umdaú  suele  castellanizarse  transfor- 
mada en  urufao.  Al  oeste  del  Paraguay,  en  el  Chaco  Ar- 
gentino, hállase  también  el  urutail;  pero  los  moradores  de 
las  provincias  vecinas  le  dan  el  nombre  de  cacui.  Para- 
guayos, misioixn'os,  correntinos,  entrerrianos,  orientales  ó 
uruguayos  y  brasileños,  danle  invariablemente  el  nombre 
guaraní  de  urutaú  más  6  menos  modificado. 


bres  rioplateiises,  que  con  el  título  de  Recuerdos  de  la  Tierra  acaba 
de  publicar  D.  Martiniano  Leguizamón  ( Buenos  Aires,  1896 ),  se  hace 
mención  del  kalaiy,  atribuj'^endo,  según  tradición,  á  su  modo  de  gritar, 
un  sonido  semejante  á  turan,  voz  quichua  equivalente  á  mi  hermano. 
El  autor  da  noticia  de  la  siguiente  leyenda,  tan  diferente  de  la  que 
referimos  en  el  texto.  Entre  unas  quebradas  de  Tucumán  vivían  dos 
hermanos,  varón  y  mujer.  El  uno  acostumbraba  ir  á  buscar  miel  de 
alpamisqui  y  algarroba  á  los  bosques,  mientras  la  otra  se  ocupaba  en 
los  quehaceres  domésticos.  Un  día  que  el  primero  volvió  á  su  casa  sin 
miel,  por  no  haberla  encontrado,  su  hermana  le  ocultó  la  comida,  ha- 
ciéndole pasar  hambre.  Entonces  él,  por  vengarse,  dijo  á  su  hermana 
que  en  un  árbol,  un  mistol,  había  un  gran  nido  de  alpamisqui;  pero 
que,  siendo  delgadas  las  ramas,  no  había  podido  subir  hasta  el  lugar 
donde  se  hallaba:  que  ella,  como  más  liviana,  sin  duda  podía  ba- 
jarlo. Fueron  al  bosque,  subió  la  india  al  mistol  y  tras  ella  su  her- 
mano. Cuando  llegaron  á  las  más  altas  ramas,  descendió  el  indio, 
desgajando  las  que  quedaban  en  pos  de  sí.  La  triste  india,  sin  ramas 
por  donde  pudiera  bajar  al  suelo,  quedó  en  el  árbol,  llamando  con 
acento  dolorido  á  su  hermano:  Jturay!  turay  !  Tal  es  la  leyenda  del 
kakuy,  según  los  datos  recogidos  del  lado  de  los  Andes  por  el  Sr.  Le- 
guizamón. Ignoramos  si  el  canto  del  caciá  del  oeste  del  Paraná  di- 
fiere en  algo  de  el  del  urutaú  de  las  vertientes  orientales  de  este  río. 
Pero  en  eso  de  interpretación  de  cantos  de  pájaros  y  gritos  de  otros 
animales,  hay  que  tener  presente  que  cada  uno  y  cada  pueblo  los  en- 
tiende á  su  manera.  Recuérdese,  sino,  lo  que  dejamos  consignado 
( Cap.  XVIII,  pág.  255 )  con  respecto  al  pájaro  cuyo  canto,  á  los 
oídos  de  la  gente  de  habla  española,  sonó  y  suena  benteveo,  y  á 
juicio  de  los  guaraníes  quiere  decir  iñtaguú  :  \  qué  cosas  más  distintas  ! 
En  cuanto  á  la  leyenda  tucumana,  nada  de  extraño  tiene  que  difiera 
de  la  guaraní,  como  cosa  dependiente  de  la  imaginación  de  pueblos 
tan  distantes  entre  sí,  distancia  mucho  mayor  en  el  estado  salvaje  de 
las  sociedades  humanas. 


CAPÍTULO    XX.  297 

Tiene  el  nrutaú  un  pie,  6  poco  mus,  de  longitud,  desde 
la  punta  del  pico  á  la  de  la  cola.  Su  color  es  pardo  acane- 
lado, con  mezcla  de  negro  y  oscuro,  la  cabeza  chata,  el 
cuello  grueso  y  corto,  la  boca  enorme,  grandísimos  los  ojos. 
Es  pajaro  nocturno,  y  j^ertenece,  según  Azara,  a  la  clase 
de  los  ihi}jaúes^^\  Hace  el  nido  en  los  huecos  de  los  ár- 
boles, y  su  canto  (á  manera  de  alaridos  rpie  hacen  estre- 
mecer y  que  exhala  de  ti('m[)o  en  tiempo)  es  tan  vigoroso, 
que  se  siente  claro  á  más  de  media  legua  de  distancia.  Ha- 
bita los  montes  del  Paraguay,  Corriente-^,  Misiones,  Chaco, 
el  norte  del  Uruguay  y  Entrerríos  y  todo  ó  casi  todo  el 
Brasil  ^-^ 


(1)  «La  mucha  luz  les  ofusca,  y  de  día  se  levantan  de  nuu*  cerca 
para  volar  poco  trecho  baja  y  horizontahnente,  y  dejarse  caer  de  re- 
pente como  cuerpos  perdidos  pleí^ando  las  alas,  donde  no  es  fácil  ver- 
los; porque  sus  colores  difieren  poco  de  la  tierra  ó  pasto  donde  caen, 
y  se  mantienen  como  pegados  sin  enderezar  el  tarso.  Sólo  buscan  el 
alimento  con  el  crepúsculo  y  la  luna,  volando  con  mucha  facilidad  y 
poca  elevación  para  pillar  los  insectos,  variando  con  frecuencia  de  di- 
rección.» (Pájaros  del  Pararjuay  ¡j  Rio  de  la  Plata.) 

(2)  «Aunque  es  bastante  escaso,  habita  en  el  Paraguay,  y  aun  lo 
he  visto  en  los  33  grados.  No  vive  sino  en  los  bosques  muy  elevados, 
posándose  siempre  en  árbol  grande  muy  seco,  donde  con  el  cuerpo 
vertical  se  pega  como  los  carpinteros  al  extremo  de  alguna  rama  tron- 
chada, apoyándose  con  la  cola,  de  modo  que  sobresale  la  mitad  dtl 
cuerpo  al  tronco  ó  rama ;  por  cuyo  motivo,  por  su  color  de  corteza,  y 
ponqué  pasa  allí  en  absoluta  quií'tud  todo  el  día,  es  nuiy  dificultoso 
verle.  Pero  cuando  se  consigue,  le  suelen  pasar  por  el  cuello  un  la- 
cito  acomodado  v\\  la  punta  de  una  caña.  Janui>  baja  al  suelo;  y  si 
se  le  pone  en  61.  ensancha  las  ala-,  y  apoyando  los  remos  y  coxis 
en  tierra,  se  n)an tiene  derecho  con  el  cuerpo  vertical  siii  echarse  sobre 
el  t;irso  como  los  demás,  ni  hacer  u-o  de  los  pies.  Sólo  existe  por  acá 
desde  octubre  á  febrero  inclusivr ;  en  cuya  temporada  se  oye  su  voz, 
que  es  un  alarido  alto,  espacioso  y  nuiy  melancólico,  y  lo  ri'pite  con 
pausas  toda  la  noche,  haciendo  creer  a  los  bobos  que  llora  la  ausen- 
cia del  sol,  porijue  comienza  cuando  óste  so  pone  y  acal)a  cuando 
sale.»  (Azara,  Pujaron  del  Para  juay  y  Uto  de  la  Plata,  J 


298  SUPERSTICIONES  DEL  RÍO  DE  LA  PLATA. 

A  lo  extraño  del  modo  de  gritar  del  urutaú  se  une 
la  cireunstaneia  de  encontrársele  rarísima  vez,  y  la  ge- 
neralidad de  los  hombres  del  campo,  con  ser  tan  escru- 
tadores, no  le  conocen,  ni  tienen  la  menor  idea  de  su 
forma.  Su  absoluta  inmovilidad  durante  el  día  y  su  co- 
lor parecido  al  de  la  corteza  de  los  árboles,  así  como  su 
escasez  y  el  hallarse  siempre  metido  en  los  montes,  di- 
ficultan que  se  le  vea.  Así  es  que  muchos  le  tienen,  no 
por  mi  pájaro  real  y  verdadero,  sino  por  un  ente  fantástico. 
Xo  se  empeñan  en  buscarle,  porque  suponen  que  es  tarea 
inútil,  que  nadie  le  podrá  encontrar,  que  no  se  deja  ver  de 
ojos  humanos. 

Otros  creen  en  la  existencia  del  urutaú;  pero  le  con- 
sideran un  pájaro  misterioso,  dotado  de  multitud  de 
excelencias  preternaturales,  entre  ellas,  la  de  preservar 
de  las  seducciones  la  pureza  de  las  doncellas.  Esta  vir- 
tud singular  debe  de  estar  enlazada  al  origen  mítico  del 
pájaro,  á  la  historia  de  Neambiú.  La  piel  y  las  plumas 
del  urutaú,  del  ¡propio  modo  que  las  del  caburé,  sirven 
para  muchas  cosas :  |  feliz  quien  las  posee !  Azara  refiere 
algunas  de  las  singularidades  que  hacían  al  urutaú  tan 
famoso  en  su  tiempo,  como  lo  ha  continuado  siendo  hasta 
el  día  de  hoy.  Helas  aquí.  Quebrándole  los  huesos  de 
las  alas  y  de  las  piernas,  por  la  noche,  amanece  sano  al 
día  siguiente.  Al  que  remeda  su  canto,  se  le  quema  la 
ropa  antes  de  tres  días.  El  que  lleva  alguna  de  sus  plu- 
mas, atrae  la  voluntad  de  las  personas  de  sexo  diferente. 
Consigúese  infaliblemente  cualquiera  pretensión  que  haya 
sido  escrita  con  una  pluma  de  urutaú.  Obtiénese  el 
propio  resultado,  aunque  la  carta  se  escriba  con  la  pluma 
de  otra  ave,  como  tenga  dentro  del  cañón  algunas  bar- 


CAPÍTULO    XX.'  299 

bas  del  urutaii.  Sus  })lumas  y  cenizas  curan  no  pocas  do- 
lencias ^^K 

Mas  ¿quien  será  tan  afortunado,  que  consiga  un  urutaú? 
¿Cómo  ha  de  hacer  para  dar  con  el,  si  es  casi  imposible,  si 
no  imposible  del  todo  hallarle?  Y  en  caso  de  que  tuviere  la 
suerte  de  dar  con  el  paradero  de  uno  y  verle  con  sus  ojos, 
¿lograría  cazarle?  Una  paraguaya  que  vivía  en  un  ranchito, 
no  lejos  de  un  arroyo,  acostumbraba  ir  á  lavar  á  sus  orillas. 
En  uno  de  los  árboles  del  monte  que  daban  sombra  á  la 
costa  del  arroyo  donde  lavaba,  vio  algo  la  paraguaya  que 
le  llamó  la  atención.  Se  acercó  más,  se  fijó  bien,  y  no  puso 
en  duda  que  lo  que  veía  era  un  urutaú,  que  medio  oculto 
en  la  rama  de  un  árbol  parecía  como  dormido,  si  bien 
abría  de  vez  en  cuando  sus  grandes  ojos.  Acompañaba  á 
la  paraguaya  un  hijo  de  corta  edad,  á  quien  le  dice: 

—  ¿Ves  aquel  animalito?  Es  el  urutaú.  Trae  mañana 
una  cimbra^- \  á  ver  si  lo  cazas.  Allí  mismo  lo  hemos  de 
volver  á  encontrar  mañana. 

—  ¿El  urutaú?  dijo  alborozado  el  muchacho. 


(1)  Azara  (Pájaros  del  Paraguay  y  Rio  de  la  Plata).  «De  todas 
las  referidas  maravillas,  y  otras,  se  encuentran  testigos  que  las  creen 
como  EvaiiL^L'lios. »  (El  ¡nismo.l 

(2)  Vara  larga,  con  un  lazo  corredizo  en  la  punta,  para  cazar 
ciertos  pájaros,  como  perdices,  loros,  etc.  De  la  caza  de  loros  por 
medio  de  ciml)ras,  dice  Azara:  *Los  hjtrUaros,  y  aun  los  indios  de 
las  reducciones  de  San  Joaquín  y  San  Estanislao,  los  pillan  de  un 
modo  que  acaso  será  increíble.  Clavan  una  ó  <los  estacas  junto  al 
ári)ol  (le  la  fruta  que  les  gusta,  y  poniendo  un  palo  atravesailo  ó  dos 
desde  dichas  estacas  al  árbol,  forman  allí  una  especie  de  jaula  muy 
clara  con  ramas  de  indina,  capaz  de  contiMUM-  al  cazador.  Este  ata  al 
árbol  un  individuo  doméstico  para  ([ue  llame  á  los  silvestres,  que 
acuden  infaliblemente  y  se  posan  en  el  árbol,  <londe  sin  perder  tiempo 
le^  pasa  el  caxador  jtor  el  ruello  un  /</;«  corredizo,  puesto  en  la  punta 
de  una  vara,  (pie  nunu^ja  desde  la  jaula,  y  si  tiene  cuj>íro  ó  seis,  coge 

21. 


300  SUPERSTICIONES  DEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

—  Sí,  repuso  la  madre,  no  te  olvides  mañana  de  la 
cimbra. 

—  ¿Trajiste  la  cimbra?  preguntó  al  día  siguiente  la  pa- 
raguaya á  su  hijo. 

—  I  Ay !  que  me  olvidé,  respondió  el  paraguayito. 

—  Pues  que  no  te  se  olvide  mañana,  repuso  la  madre. 

—  ¿  Y  la  cimbra  ?  dijo  al  otro  día  la  paraguaya.  ¿  Cómo 
te  fuiste  á  olvidar  otra  vez  de  traerla  ?  Es  verdad  que  yo 
misma,  que  no  he  estado  pensando  en  otra  cosa,  también 
padecí  el  mismo  olvido.  Pero  ¿  y  no  la  tenías  pronta  ? 

—  Sí,  la  arreglé,  la  puse  arrimada  al  galpón  para  to- 
marla (íuando  viniésemos,  y  no  sé  cómo  me  olvidé  de  traerla. 

Veintiúu  días  consecutivos  salieron  madre  é  hijo  de  la 
oriha  del  arroyo  con  la  idea  de  llevar  una  cimbra  para  cazar 
el  urutau,  y  veintiuna  veces  una  y  otro  se  olvidaron  de  llevar 
la  cimbra  á  la  orilla  del  arroyo  para  cazar  el  urutau.  En 
tanto  el  urutau  yacía  tranquilamente  en  la  misma  rama  del 
árbol  en  que  le  había  visto  la  vez  primera  la  paraguaya. 
Al  cabo  cayó  ésta  en  la  cuenta  de  que  era  vano  su  intento. 
El  pájaro  maravilloso  tenía  J9a?/c^  es  decir,  había  en  él  cosa 
de  brujería,  y  en  consecuencia  serían  inútiles  y  resultarían 
siempre  frustráneos  cuantos  esfuerzos  hiciese  para  cazarlo, 
como  recordaba  haber  oído  decir  repetidas  veces. 


otros  tantos  loros;  porque  no  tiran  de  ellas  hasta  que  cada  una  ha 
asegurado  un  individuo,  ni  éstos  se  escapan  hasta  que  la  golilla  les 
ajusta.  También  los  cazan  á  flecliazos;  3^  si  los  quieren  vivos,  ponen 
una  rodaja  li  otra  cosa  en  la  punta  de  la  flecha,  para  que  el  golpe 
los  aturda  sin  ^atarlos. »    (Pájaros  del  Paraguay  y  Río  de  la.  Plata.) 


CAPÍTULO  XXI. 

Simpatía,  palabras,  etc.  (elementos  de  la 
magia  vulgar). 


Sumario.  —  Simpatía  y  palabras.  —  Su  importancia  á  juioio  flol  cam- 
pesino rioplatense.  --  La  ciencia  y  la  niaj^ia.  —  Las  doctrinas  «le  la 
magia  en  España.  —  8u  propagación  en  el  siglo  decimotercio  y 
subsiguientes:  judíos,  árabes,  gitanos.  —  Lnposible  unión  de  la 
ciencia  intuitiva  del  Oriente  á  la  analítica  del  Occidente  del  nunulo 
antiguo.  —  Introducción  de  la  ciencia  oculta  del  Oriente  en  el 
Nuevo  efundo.  —  Determínase  la  naturaleza  de  la  ciencia  oculta. — 
Doctrina  de  los  alquimistas.  —  Doctrina  esotérica  de  la  India  y  el 
Egipto :  el  universo,  el  hond)re.  —  La  analofjia  y  el  ternario.  — 
Supuesta  virtualidad  del  número.  —  El  .sry>/r//r///o.  —  Amor  y  odio 
de  las  cosas.  —  Simpatía  y  antipatía.  —  7/;/r//////arfV;/í  de  la  tierra. 
—  Cómo  se  ha  explicado  la  supuesta  simpatía  y  antipatía  de  los 
objetos  de  la  naturaleza.  —  Idea  á  su  respecto.  —  Utiiida»!  de  su 
estudio.  —  La  oración  en  la  magia.  —  Palabras  ó  fórmulas  entre 
los  gentiles  y  entre  los  cristianos.  —  Concepto  que  los  aruiguos 
formaron  de  ellas.  —  Acción  simbólica  de  las  manos  entre  gen- 
tiles y  cristianos.  —  Transformaciones  del  d¡al)lo  para  hacer  daño 
al  hond)re.  —  Exorcistas.  —  Conjuros. 


Siínjyafía  y  palabras  son  cosas  grandeniciitc  familiares 
al  campesino  lioplatt-iise,  como  lo  fueron  en  Espafur  '  .  Con 
sinipníía.H  y  pciliibras  ha  ol denido  nniehos  hienes,  ha  ale- 
jado  mnehos  daños,  se  ha  precavido  contra  mnchos   [uli- 


(1)    ^  Efectos  vemos  en    la    naturaleza  de  <iuien  ignoramos  la.<s  cau- 
sas: adormécense  ó  entorpécense  á  unos  los  dientes,  de  vt>r  cortar  con 


302  SUPERSTICIONES  DEL  RÍO  DE  LA  PLATA. 

gi'os,  lia  curado  inuelias  enfermedades  en  hombres  y  en 
animales.  ¡Simpatía!  ....  Palabras!  ....  ¡Misterio  im- 
penetrable! Lo  que  no  alcanzan  las  ciencias  médicas,  los 
cálculos  mejor  concertados,  las  más  sabias  providencias, 
las  precauciones  más  prudentes,  la  fuerza  más  poderosa,  la 
autoridad  más  ciegamente  obedecida,  fácil  y  prestamente 
lo  consiguen  la  simpatía  y  las  p)alahras.  Son  una  mano 
invisible  y  omnipotente  que,  movida  por  la  voluntad  del 
ser  privilegiado  que  la  conoce  y  sabe  gobernar,  hace  y  des- 
hace, ata  y  desata,  cura  y  enferma,  armoniza  ó  trastorna 
los  elementos;  pues  así  sirve  para  el  bien  como  para  el  mal. 
/  Simpatía !  ....  Palabras !  .  .  .  .  \  Líbrenos  Dios  del 
perverso  que  con  simpatía  ó  con  palabras  quiera  y  pueda 
hacernos  mal! 

Las  ciencias  físicas,  dice  un  escritor  de  nota,  en  su  ori- 
gen no  fueron  más  que  un  conjunto  de  supersticiones  y  de 
procedimientos  empíricos  que  constituían  lo  que  llamamos 
la  magia.  Tan  persuadido  ha  estado  el  hombre  de  su  dis- 


un  cuchillo  un  paño ;  tiembla  tal  vez  un  hombre  de  un  ratón,  y  yo  he 
visto  temblar  de  ver  cortar  un  rábano,  y  á  otro  le  he  visto  levantarse 
de  una  mesa  de  respeto,  por  ver  poner  unas  aceitunas.  Si  se  pregunta 
la  causa,  no  hay  saber  decirla,  y  los  que  más  piensan  que  aciertan  á 
decirla,  es  decir  que  las  estrellas  tienen  cierta  anti'paüa  con  la  com- 
plexión de  aquel  hombre,  que  le  inclina  ó  mueve  á  hacer  aquellas  ac- 
ciones, temores  y  espantos,  viendo  las  cosas  sobredichas  y  otras  seme- 
jantes que  á  cada  paso  vemos. »  ( Miguel  de  Cervantes,  Trabajos  de 
Pemiles  y  Sigismunda.)  La  noción  de  aniípatia,  en  boca  del  campe- 
sino rioplatense,  va  envuelta  siempre  en  su  correlativa  de  si'mj)atía, 
que  es  el  término  consagrado.  Una  simj)atia,  dice,  refiriéndose  á  tal  ó 
cual  hecho  imposible  ó  inexplicable. 

« Si  vuestra  merced  hubiere  menester  algún  pegadillo  para  la  ma- 
dre, téngolos  milagrosos,  y  si  para  el  mal  de  muelas,  sé  unas  palabras 
que  quitan  el  dolor  como  con  la  mano. »  ( El  Viejo  Celoso,  por  Miguel 
de  Cervantes.) 


CAPÍTULO    XXL  303 

posición  para  dominar  las  fuerzas  de  la  naturaleza,  que, 
desde  el  punto  y  hora  en  que  se  puso  en  contacto  con 
ellas  trató  de  sujetarlas  á  su  voluntad.  Pero  en  vez  de  es- 
tudiar los  fenómenos   para  descubrir  las  leyes  y  aplicarlas 
á  sus  necesidades,  antojó.^ele   que  á  favor  de  determinadas 
fórmulas  y  ceremonias  estaría  en  su  mano  el  reducir  los 
agentes  físicos  al  cumplimiento  de  sus  designios.  Tal  es  el 
carácter  fundamental  de  la  magia.  Su  objeto  era  encade- 
nar á  la  voluntad  del  hombre  las  fuerzas  de  la  naturaleza, 
poniendo  en  sus  manos  lo  que  es  obra  de  Dios :  pretensión 
que  respondía  al  concepto  (|ue  la  antigüedad  se  formara 
de  los  fenómenos  del  universo.  No  fueron  estos  para  ella 
el  resultado  de  leyes  inmutables  y  necesarias  constante- 
mente activas;  sino  un  mero  efecto  del  voluble  arbitrio 
de  los  espíritus  ó  divinidades,  cuya  acción  sustituía  á  la 
de  los  agentes  naturales.  El  medio,  pues,  de  someter  la  na- 
turaleza al  hombre,  no  podía  ser  dudoso :  arrastrar  aque- 
llas divinidades  ó  espíritus  al  cumplimiento  de  sus  deseos. 
Lo  que  la  religión  entendía  obtener  per  medio  de  la  ora- 
ción, de  rezos,  intentó  la  magia  conseguirlo  con  encantos, 
fórnuilas  y  conjuros.  La  divinidad  quedaba  sujeta  al  poder 
del  mago,  quien,  dueño  de  sus  secretos,  tenía  en  su  mano 
los  medios  de  trastornar  el  universo  y  las  leyes  (jue  lo  go- 
biernan ....  El  conocimiento  de  las  leyes  naturales  des- 
cubiertas por  la  observación  puso  de  resalto  lo  estéril  y  lo 
absurdo  de  las  operaciones  de  la   magia.  Expulsada  ésta 
del  terreno  de  la  ciencia  en  orden  á  los  fenómenos  celes- 
tes, acudió  á  refugiarse  en  el  de  las  acciones  físicas.  Luego, 
arrojada  también,  con  la  luz  de  la  experiencia,  del  mundo 
material  y  terrestre,  se  retiró  en  el  de  las  acciones  fisioló- 
gicas y  psicológicas,  cuyas  leyes,  como  más  obscuras,  nu^ 


304  SUPERSTICIONES  DEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

nos  fácilmente  se  dejan  penetrar  del  entendimiento:  ahí 
se  fortiñcó  y  ahí  continúa  resistiéndose  todavía "^^ I 

La  magia  y  sus  doctrinas,  originarias  del  Oriente,  del 
Egipto  y  de  la  India,  cuyos  maestros  ( cierto  número  de 
hombres  privilegiados),  por  tradición  oral  ó  consignada 
en  símbolos  y  formas  ininteligibles,  la  conservaron  riguro- 
samente oculta  á  los  ojos  del  vulgo,  á  quien  estaba  vedado 
penetrar  sus  misterios,  siempre  codiciados  de  todas  gen- 
tes y  naciones,  han  adquirido  el  día  presente,  con  oca- 
sión de  los  maravillosos  experimentos  á  que  se  prestan 
las  manifestaciones  varias  del  magnetismo,  harto  favor  en 
Em'opa,  donde  investigadores  ilustrados  lianse  propuesto 
sistematizar  los  principios  en  que  se  funda  la  suma  de  co- 
nocimientos que  á  tal  respecto  ha  podido  reunir  su  inteli- 
gencia y  vincularlos  (si  cabe)  á  los  que  forman  el  caudal 
científico  contemporáneo.  Los  taumaturgos  ó  sabios  de  la 
India  y  del  Egipto  enseñaban  al  pueblo  lo  que  les  parecía 
oportuno ^'^  ó  convenía  á  su  intento  (doctrina  exotérica). 


(1)  L.-F.  Alfred  Maury,  La  Magia  d  VAstrologie  dans  VAntiquité 
et  au  Moyen  Age. 

(2)  Hase  tendido  siempre  á  ocultar  las  sublimidades  de  la  ciencia 
á  los  ojos  del  vulgo  ignaro.  «Los  sabios  se  guardaron  de  descobrir 
las  verdades  de  la  sabiduría  á  muchos  et  procuraron  de  las  encobrir 
á  los  que  non  han  buen  entendimiento ;  porque  á  tales  como  éstos 
daña  el  saber  en  tres  maneras :  la  primera,  porque  non  lo  entienden ; 
la  segunda,  porque,  non  lo  entendiendo,  menosprécianlo  diciendo  que 
non  es  verdad ;  la  tercera,  porque  non  les  ahonda  ( no  les  basta  ó  no 
se  contentan  con )  de  que  ellos  non  lo  entiendan  et  lo  desprecien  non 
lo  entendiendo,  mas  aun  quieren  que  otros  del  su  entendimiento  lo 
desprecien  et  non  lo  crean  así  como  ellos  non  lo  creen.»  (Pasaje  de 
las  obras  astronómicas  de  Don  Alfonso  el  Sabio,  inserto  por  Don 
Francisco  ^lartínez  ^Fariña  en  la  Introducción  de  su  Ensayo  lüstóríco- 
Crítico  s'ohra  la  Legislación  y  princÍ2iales  cuerpos  legales  de  León  y 
Casulla. ) 


CAPÍTULO  xxr.  305 

Lo  secreto,  lo  que  solo  se  comiinicaha  á  determinadas 
personas  con  grandes  solemnidades  y  pruebas  de  conve- 
niente predisposición  para  el  efecto  ( doctrina  esotérica  ), 
constituye  lo  (¡ue  se  conoce  con  la  resonante  denomina- 
ción de  ciencia  ocidta  de  la  India  y  el  Egipto,  rpie  más 
bien  pudiera  llamarse,  á  nuestro  entender,  comparada  al 
estado  actual  de  los  conocimientos  humanos,  ifjnorancia 
oculta  de  la  India  y  el  Egij)to.  Tomando  por  base  de  su 
método  y  sistema  la  analof/ía,  que  en  todo  tiemjx)  y  lugar 
ha  constituido  la  falsa  é  infecunda  lógica  del  hombre  pri- 
mitivo, la  doctrina  de  que  se  trata,  estancada  en  una  espc»- 
cie  de  misticismo,  carece  de  las  condiciones  características 
de  la  labor  propiamente  científica.  Hoy  ha  dejado  de  ser 
ciencia.  Fuélo  en  otras  épocas,  y  de  ella  se  derivaron, 
mezcladas  con  engendros  fantásticos,  nociones  útiles  y 
verdaderas  en  diversos  géneros  de  asuntos,  que,  purifica- 
dos luego  con  la  luz  de  la  razón  y  la  experiencia  y  el  es- 
píritu analítico  de  nuestros  tiempos,  han  llegado  á  formar 
importantes  ramas  de  conocimientos  humanos,  como  la 
astronomía,  la  química,  la  metalurgia,  la  medicina,  las  ma- 
temáticas, la  física,  etc.  Don  Alonso  el  Sabio,  siguiendo 
las  huellas  de  Don  Alonso  \^ÍI  de  Castilla,  se  esforzó  por 
hacer  participante  á  I^spaña  de  la  co})iosa  luz  intelectual 
(pu"  á  la   sazón   irradiaba  el   Oriente  '*'.  Los  judíos  reco- 


(1)  «Coiivi'iicido  el  sal)i()  y  celoso  monarca  ^,  Don  Alonso  X  de 
Castilla)  (le  que  para  hacer  felices  á  sus  pueblos  era  necesario  ilus- 
trarlos, desterrar  la  ¡«inorancia,  variar  \i\<  opiniones  púUlicius,  cand>iar 
las  ideas,  dulcificar  las  costMnd)res  y  moderar  el  carácter  feroz  de  los 
castellanos,  se  propuso  introducir  ji  toda  costa  las  ciencias  en  España. 
Llama  la  sabiduría,  la  convida  y  la  trac  desíle  las  remotas  regiones 
donde  ú  la  sa/.ún  se  hallaba  refui^iada :  franquea  la-  puertas  del  n*ino 
ú  los  sabios  del    Oriente  y  ^lediodía,    y  abre  sus   tesi>ros  para  derra- 


306  SUPERSTICIONES  DEL  RÍO  DE  LA  PLATA. 

gieron  la  herencia  de  los  ái'abes  españoles,  cuya  filosofía 
parece  extinguirse  con  la  muerte  de  Averroes  (1198).  Tra- 
dujeron y  comentaron  sus  escritos.  Eso  no  obstante,  el 
movimiento  intelectual  filosófico  de  la  raza  semítica  en  Es- 
paña manifestóse  cerca  de  un  siglo  antes  que  el  de  los  sa- 
rracenos. Los  árabes  ofrecieron  muestras  de  su  espíritu  en 
el  particular  por  el  siglo  noveno,  al  paso  que  los  judíos  se 
dieron  á  conocer  á  mediados  del  siglo  décimo,  en  que  Rabí- 
Moselí  y  Rabí-Hanoc  trasladaron  á  Córdoba  las  celebres 


marlos  entre  los  literatos :  á  todos  extiende  su  protección,  en  todos  res- 
peta y  aprecia  la  sabiduría :  el  judío  y  el  árabe,  así  como  el  cristiano, 
experimentan  igualmente  su  beneficencia. . .  Sus  dominios  se  pueblan 
de  sabios,  y  las  universidades  y  estudios  públicos,  de  escolares  que 
van  en  tropas  á  escuchar  los  nuevos  oráculos  de  la  sabiduría. »  ( Don 
Francisco  Martínez  Marina,  Ensayo  Histórico  -  Critico  sobre  la  Legis- 
lación y  2^^'i^'ic-ipalcs  cuerpos  legales  de  León  y  Castilla.)  Entre  las 
producciones  intelectuales  de  la  época  (  siglo  decimotercero ),  menciona 
este  erudito  historiador  las  siguientes :  Libro  del  Tesoro,  Libro  de  las 
Formas  y  de  las  Imagines  que  son  en  los  cielos  et  de  las  virtudes  et 
de  las  obras  que  salen  deltas  en  los  cuerpos  que  son  deyuso  del  cielo ; 
Lapidario  (trata  de  las  virtudes  de  trescientas  setenta  piedras.  El 
físico  Rabí  Yeuda  Mosca,  en  el  prólogo  de  la  versión  de  este  libro, 
del  arábigo  al  castellano,  dice:  «et  ovol  en  Toledo  de  un  judío  quel 
teníe  ascendido,  que  se  non  queríe  aprovechar  del,  nin  que  a  otro 
toviese  pro » );  Astrologia  Judiciaria  ó  De  los  Juicios  de  la  Astrología, 
trasladada  del  árabe  al  castellano,  de  orden  de  Don  Alonso,  por  Rabí 
Yeuda  Mosca,  y  luego  de  romance  en  lengua  latina  ;  Libro  del  Saber 
de  Astrología,  « que  mandó  componer  de  los  libros  de  los  sabios  anti- 
guos que  fablaron  en  esta  ciencia  Don  Alonso  Rey  de  Castiella »  etc. 
Cumple,  no  obstante,  recordar  que  desde  el  reinado  de  Alfonso  VII 
de  Castilla,  que  dispensó  generosa  acogida  á  los  rabinos  proscritos 
de  Andalucía  por  Ja  dura  persecución  de  Abd  -  el  -  Mumén,  hacia  me- 
diados del  duodécimo  siglo,  hallábanse  organizados  en  Toledo  los  es- 
tudios de  la  ciencia  oriental  con  los  más  sabios  profesores  de  las  re- 
nom])radas  escuelas  de  Sevilla  y  Lucena.  (Historia  Social,  Política  y 
Religiosa  de  los  Judíos  de  España  y  Portugal  por  Don  José  Amador 
de  los  Ríos,  é  Historia  de  los  Heterodoxos  Españoles  por  Don  Mar- 
celino Menéndez  Pelayo. ) 


CAPÍTULO    XXI.  307 

academias  de  Pombeditali  y  Siiva^^  .  Todo  el  saber  de  los 
judíos  de  Oriente  estriba  en  las  tradiciones  y  doctrinas  de 
su  Talmud.  La  cabal n  es  su  filosofía.  El  espíritu  está  di- 
fundido en  el  universo  y  anima  la  materia.  La  luz  es  la 
causa  eficiente  de  las  formas  y  de  la  vida :  movimiento  it 
la  vez  que  calor.  Cuando  la  luz  llega  á  fijarse  y  á  polari- 
zarse en  un  punto,  engendra  el  ser  viviente.  Luego  atrae, 
paní  perfeccionarlo  y  conservarlo,  la  substancia  plástica 
necesaria.  La  luz,  empero,  no  es  el  espíritu,  como  lo  creen 
los  hierofantes  indios  y  todas  las  escuelas  de  magia  goe- 
tica.  Es  solamente  el  instrumento  del  espíritu.  Es  la  })ri- 
mera  manifestación  física  del  hálito  divino.  Dios  la  crea 
eternamente.  El  hombre,  á  semejanza  de  Dios,  la  modifica 
y  parece  multiplicarla  ^^\  Pero,  acaudalado  el  saber  rabí- 
nico  con  los  conocimientos  adquiridos  bajo  la  protección 
de  los  califas,  abasidas  v  á  favor  de  una  inmediata  comu- 
nicación  con  los  árabes  españoles,  que  abarcaban  la  ciencia 
del  Oriente,  las  escuelas  de  Toledo,  señaladamente  en  la 
época  de  Alonso  X  ( siglo  decimotercio )  adquirieron  alto 
brillo  y  renombre  por  el  mundo.  De  ahí  penetran  en  Fran- 
cia los  resplandores  de  la  ciencia  de  árabes  y  judíos.  De 
Francia,  de  Italia  y  de  Alemania  acuden  á  Toledo  los 
amantes  del  saber.  Junto  con  los  conocimientos  racionales 
ó  los  que  propiamente  revestían  un  carácter  científico,  en- 
señábase la  mairia  diversamente  clasificada  v  naturalmente 
asociada  á  las  más  elevadas  es])eculaciones  de  la  filosofía. 
La  fama  de  las  enseñanzas  de  la  magia  en  Toledo,  creció 
sobremanera.  Citábanse  unos  jóvenes  de  Suavia  y  Ba viera 


(1)  MeiRMulfz  IVlayo,  Ildcrodoxos  Españoles. 

(2)  El  ¡fus  Leví,  líistoirr  de  la  3íagie. 


308  SUPERSTICIONES  DEL  RÍO  DE  LA  PLATA. 

que  habían  estudiado  en  Toledo  la  nigromancia.  «Los  cléri- 
gos, decía  Elinando,  van  á  estudiar  á  París  las  artes  libera- 
les, á  Bolonia  los  códigos,  á  Salerno  los  medicamentos,  á  To- 
ledo los  diablos,  y  á  ninguna  parte  las  buenas  costumbres. » 
De  Toledo  y  de  Ñapóles  vino  la  nigromancia,  dice  un 
romance  francés.  En  el  libro  caballeresco  de  Maugís  y 
Vivían  supónese  que  el  héroe  había  estudiado  magia  en 
Toledo  ^^^.  La  magia,  en  suma,  pasado  el  siglo  decimocuarto, 


(1)  Historia  de  los  Heterodoxos  Españoles  por  Don  Marcelino  Me- 
néndez  Pelayo.  Respecto  del  saber  de  los  árabes,  dice  este  autor : 

«Las  artes  mágicas  de  los  muslimes  ibéricos,  como  toda  su  civilización, 
eran  de  acarreo.  Lo  de  menos  era  el  elemento  arábigo.  A  éste  podemos 
atribuir  los  amuletos  y  talismanes  con  signos  y  ñguras  emblemáticas ; 
pero  el  fondo  principal  de  las  supersticiones  (fuera  de  las  que  son  comu- 
nes á  todos  los  pueblos  y  razas,  y  las  que  el  Koran  autoriza  en  medio 
de  su  rígido  monoteísmo,  v.  g.,  la  de  ciertos  espíritus  ó  genios,  que  no  son 
ni  ángeles  ni  hombres,  el  poder  de  los  maleficios,  el  de  las  influencias 
lunares,  etc.)  está  tomado  de  creencias  persas  y  sirias,  que  en  esta 
parte  se  amoldaban  bien  al  principio  fatalista.  Influencia  oriental,  pues, 
y  no  árabe,  ni  siquiera  semítica  (puesto  que  el  poderoso  elemento 
persa,  la  tradición  de  los  Magos,  es  arya),  debemos  llamar  á  la  que 
traen  á  España  los  musulmanes  y  propagan  los  judíos,  á  pesar  de  las 
severas  prohibiciones  de  su  ley.  La  Cabala  solía  descender  de  sus  altu- 
ras metafísicas  para  servir  de  pretexto  á  las  artes  irrisorias  de  no  pocos 
charlatanes,  que  profanaban  el  nombre  de  aquella  oculta  ciencia. 

«Copiosa  biblioteca  puede  formarse,  si  hemos  de  creer  á  los  arabistas^ 
con  las  obras  de  moros  y  judíos  concernientes  á  artes  mágicas,  astrología 
judiciaria,  días  natalicios,  interpretación  de  sueños.  Sólo  de  esta  última 
materia  se  mencionan  en  algún  Catálogo  7,700  autores.  Cítase,  no  sin 
elogio,  por  lo  que  hace  á  España,  el  poema  de  Aben  Ragel  de  Córdoba 
sobre  la  astrología  judiciaria;  una  Demonologia,  atribuida  al  último  de 
los  Al-Magheriti;  los  Pronósticos  sobre  figuras  y  contemplaciones  celestes, 
de  Abulmasar;  el  Juicio  de  la  ciencia  arenaria  ó  geomancia,  de  Alzanati; 
otro  poema  sobre  el  mismo  asunto,  por  Abulkairo ;  un  tratado  De  arte 
gentliaca,  debido  al  famoso  astrónomo  sevillano  Arragel ;  la  Cldroman- 
iia,  del  cordo))és  AIsaid-ben-Alí-Mohamed ;  las  Natividades,  del  judío 
toledano  Alkhabizi,  y  varios  tratados  de  anuiletos  y  encantamientos, 
en  lo  cual  parece  que  descolló  Abulcassin-Alcoschairi  do  Almería.» 


CAPÍTULO   xxr.  309 


era  llamada  en  Europa  ciencia  toledana ^^\  La  adivina- 
ción y  astrología  judiciaria,  tan  generalizadas  á  la  sazón 
en  toda  Europa,  llegaron  á  ser,  con  el  andar  del  tiempo, 
oficio  de  gente  ociosa,  y  hasta  los  zapateros  de  viejo  for- 
maban horóscopos  ^■^.  A  las  supersticiones  indígenas,  á  las 


(1)  L. -F.  Alfrod  Maurv,  La  Mufjie  d  lAsirolofjic. 
«  En  sus  glosas  á  la  Eneida  escribe  Don  Eiinque : 

«É  la  cabeza  3'  total  idat  de  las  vedadas  scienciits  es  la  magia,  de  la 
qual  salieron  quatro  principales,  que  son :  maÜíemática,  prestigio,  ma- 
leficio, encan/aeión.  De  niaihcmiilira  salieron  nueve,  que  son  :  ^droman- 
cia,  piromancia,  gconiancia,  spafidwancia,  fiilguraria,  ciromancia,  trc- 
iiularia,  sonorítica  y  auspiciiun.  De  prestigio  salieron  seys,  que  son  : 
ahsconsoria,  piiUoria,  congregaioria,  transformaría,  pasionaria,  Indijhia. 
De  maleftf'io  salieron  diez,  que  son:  mediaria,  sopniaria,  inrocaioria, 
nigromancia,  siricaioria,  fibrica,  e.rlaria,  sortilejo.  amatoria,  vastatoria. 
De  la  cncantationc  salieron  tres,  que  son :  emperica,  imprecatoria,  li- 
gatoria. De  nigromancia  salieren  f[uatro,  que  son  :  atromancia,  conO' 
manda,  pedoxomancia,  urnomancia.  De  siricaioria  salieron  dos,  que 
son  :  cursoria  y  fascinatoria.  De  conomancia  salió  una,  que  es :  lUho- 
manda.  Y  así  son  cumplidas  las  cuarenta  artes  vedadas.  -  (  Pasaje 
inserto  en  la  Historia  de  los  Heterodoxos  Españoles  por  D(^n  ^F.  ^^e- 
néndez  Pelayo,  con  ocasión  de  dar  noticia  del  Tratado  del  Aoja)nirnto 
ó  Fascinación  escrito  por  Don  Enrique  de  Villena  en  el  ano  de  1411.) 

(2)  Del  mono  adivino  decía  Don  (¿uijote  : 

« Está  claro  que  este  mono  habla  con  el  estilo  del  dial)lo.  Y  estoy 
maravillado  cómo  no  le  han  acusado  al  Santo  Oficio,  y  examiiu'idole, 
y  saeádole  de  cuajo  en  virtud  de  quien  adivina.  Porcjue  cierto  está  que 
este  mono  no  es  astrólogo,  ni  su  amo  ni  él  alzan  ni  saben  alzar  estas 
usuras  ([ue  llaman  judiciarias,  que  tanlo  ahora  se  usan  en  EspailGy 
(pie  no  Itaij  miijerdlla,  ni  ]>aje,  ni  xajiaicro  de  viejo  que  no  presuma 
de  ahar  nna  figura,  como  si  fuera  una  sota  de  naipes  <lel  suelo, 
echando  á  perder  con  sus  mentiras  é  i;!:norancias  la  verdad  maravi- 
llosa de  la  ciencia.  >-  (Don  (Jnijote  de  la  Mancha  por  Miiíuel  de  Cervantes.) 

«La  general  <lecadencia  y  barbarie  retroactiva  del  si^lo  XI\',  el 
continuo  trato  y  comi'rcio  con  judíos  y  musidmanes,  el  contagio  de  las 
sedas  heréticas,  todo  contribuyó  á  osi'urecer  la  noción  del  libre  albe- 
drío  y  á  difundir  las  artes  divinatorias,  menos,  sin  embargo,  que  en 
otras  naciones.*  {Don  Marcelino  Mi'uéndez  Pelayo,  Ilistoriu  délos 
Heterodoxos  Espa ñules. ) 


310  SUPERSTICIONES  DEL  RÍO  DE  LA  PLATA. 

que  tenían  origen  de  la  dominación  romana,  á  las  que  los 
godos  arraigaron,  á  las  tradiciones  gentílicas  similares  á 
las  mágicas  del  Oriente,  á  las  de  la  propia  naturaleza  in- 
troducidas por  árabes  y  judíos,  juntáronse  luego  los  em- 
bustes de  los  gitanos,  que  en  el  jDrimer  tercio  de  la  décima- 
quinta  centuria  aparecieron  en  España,  á  la  par  que  en 
otras  regiones  de  Europa  (cíngaros,  egipcios^  egipcianos , 
egipciacos,  bohemios ),  diciendo  la  buenaventura  por  las 
rayas  de  las  manos  y  por  la  fisonomía  y  vendiendo  filtros 
á  los  amantes  desdeñados. 

Preténdese  actualmente  por  algunos  partidarios  y  expo- 
sitores del  ocultismo  asociar  al  orden  de  conocimientos  ra- 
cionales y  analíticos  de  la  Europa  las  concepciones  intuiti- 
vas de  los  pueblos  del  Asia.  Quien  juntase  á  las  aguas  de 
un  río  las  de  un  estanque,  vería  desaparecer  el  estanque: 
las  aguas  del  río  se  llevarían  con  su  corriente  las  del  es- 
tanque, y  sólo  quedaría  el  río.  Tal  sucedería  al  quieto  saber 
contemplativo  de  los  maestros  del  Oriente,  si  por  ventura 
le  Adncularan  al  impetuoso  movimiento  científico  contem- 
poráneo de  las  sociedades  cristianas.  Sin  embargo,  tales  es- 
tudios no  carecen  de  utilidad ;  pues,  á  parte  de  que  nada  hay 
inútil  para  la  ciencia,  convidan  al  espíritu  á  salir  del  es- 
trecho recinto  en  que  le  aprisionan  y  anonadan  el  positi- 
vismo, el  materialismo  y  el  pesimismo  ^^l  Por  lo  demás. 


(1)  Con  alusión  al  género  de  estudios  á  que  nos  referimos  en  el 
texto,  Mr.  Ad.  Franck  (del  Instituto)  se  expresa  así:  «Las  profun- 
didades tienen  sus  tinieblas  y  entrañan  sus  peligros.  Pero  yo  prefiero 
una  y  mil  veces  sus  audaces  especulaciones  á  la  miopia  del  positivismo 
y  á  la  desesperación  más  ó  menos  hipócrita  del  pesimismo. »  Carta  á 
Papús,  que  sirve  de  prólogo  á  la  obra  de  éste  titulada  Traite  Métho- 
dique  de  Science  Occulte. 


CAPÍTULO    XXI.  811 

para  penetrar  la  índole  de  las  creencias  y  aprensiones  po- 
pulares, 6  supersticiones  y  errores  conuines,  es  necesario 
hacerse  cargo  de  la  lógica  del  vulgo,  que  encierra,  digá- 
moslo así,  dos  elementos:  el  propio  (peculiar  del  hombre 
primitivo)  y  el  adventicio  (adventicio  tradicional,  se  en- 
tiende, pues  la  acumulación  actual  de  nociones  similares 
no  debe  tenerse  en  cuenta).  Así  en  las  creencias  populares 
del  Río  de  la  Plata  hay  el  caudal  indígena  y  el  importado, 
ambos  de  idéntica  naturaleza.  El  importado,  originario  de 
Oriente,  lo  fue  por  intermedio  de  españoles  y  portugueses, 
que  constituyeron  las  nacionalidades  que  hoy  pueblan  el 
nuevo  continente.  Portugueses  y  españoles,  con  sus  expe- 
diciones y  conquistas  del  Oriente,  acabaron  de  sembrar 
por  el  nmndo  las  nociones  de  ciencia  oculta  que  persas,  y 
griegos  y  romanos,  y  árabes,  ya  habían  comunicado  á  mul- 
titud de  naciones.  En  España,  aun  después  de  la  expul- 
sión de  árabes  y  judíos,  continuaron  estas  razas  ihfluyendo, 
por  medio  de  los  moriscos  y  conversos,  en  el  entendi- 
miento y  hábitos  de  los  españoles  ^^l 


(1)  Tratando  de  los  moriscos,  un  insigne  arabista  y  literato  se  ex- 
presa de  este  modo :  « La  gente  común,  siempre  dada  á  la  curiosidad 
y  superstición,  pretendía  levantar  el  velo  de  lo  futuro  con  el  ahjuitcb 
( libro )  de  los  sueños  6  con  las  sKcrtcs  de  Dulcarnaní,  resto  del  juego 
ú  oráculo  de  los  dardos  de  los  árabes  antiguos,  y  buscaba  preserva- 
tivos contra  los  reveses  de  fortuna,  las  calamidades  naturales  ó  la  ira 
de  los  grandes,  en  diversos  conjuros,  como  anojarcns  ó  bebe<lizos  má- 
gicos, y  liiries  ó  cédulas  cabalísticas,  mezcladas  algunas  veces  con 
palabras  griegas  ó  bebreas,  Hguras  misteriosas  ó  letras  enigmáticas.» 
(  Don  Eduardo  Saavedra,  Discurso  sobre  la  influencia  de  los  nmsul- 
manes  e>i)arioles  sometidos  al  dominio  cristiano,  inserto  en  las  Mcnio- 
rías  de  la  Real  Academia  Española.) 

Aconsejada  de  una  morisca,  cierta  dama  principal  de  Sahunanca 
dio  un  hecliizo  amatorio  á  un  joven  licenciado  en  leyes,  que  de  resul- 


312  SUPERSTICIONES  DEL  RÍO  DE  LA  PLATA. 

La  suma  de  conocimientos  que  componen  la  ciencia 
oculta  de  los  diversos  pueblos  y  gentes  que  lian  ocupado 
las  diversas  regiones  del  globo,  viene  á  ser,  en  resolución, 
subiendo  al  origen  de  las  cosas,  lo  que  pudiéramos  llamar 
ciencia  primitiva  ó  r/zaíria;  del  género  humano:  conjunto 
de  nociones  reales  ó  imaginarias  que  por  vía  de  intuición 
y  de  analogía  forma  el  hombre  sin  cultura  acerca  de  los 
fenómenos  de  la  naturaleza  y  de  la  vida.  Única  y  soberana 
en  su  clase,  por  la  riqueza  de  nociones,  por  su  influencia, 
y  por  la  fama  y  primacía  que  ha  alcanzado  en  el  mundo, 
ha  sido  desde  tiempos  remotos  la  de  la  India  y  el  Egipto. 

Los  alquimistas,  con  la  tema  de  transmutar  en  oro  el 
plomo,  el  hierro  ú  otro  metal  de  precio  relativamente  ín- 
ñmo,  decían:  todo  esta  en  todo.  La  naturaleza  está  mode- 
lada por  un  tipo  primitivo,  que  todos  los  seres  reprodu- 
cen, cuando  no  en  la  forma,  en  su  esencia.  Esta  idea  era  el 
hilo  de  Ariadna.  Hallarle  equivaldría  á  hallar  la  piedra 
filosofal,  la  materia  adecuada  para  convertir  el  plomo  ó 
mercurio  en  oro.  No  lo  consiguieron;  porque  no  les  o  cu- 


tas perdió  el  juicio,    dando  en  la  manía  de    creer   que  era   de  vidrio. 
( El  Licenciado  Vidriera  por  Miguel  de  Cervantes. ) 

«Pasé  adelante,  donde  estaban  juntos  los  ensalmadores,  ardiéndose 
vivos,  y  los  saludadores,  también  condenados  por  embustidores.  Dijo 
un  diablo:  —  «Veislos  aquí  á  estos  tratantes  en  santiguaduras,  merca- 
deres de  cruces,  que  embelesaron  el  mundo  y  quisieron  hacer  creer 
que  podía  tener  cosa  buena  un  hablador.  Si  curan  con  agua  y  trapos 
la  herida  que  sanara  por  virtud  de  la  naturaleza,  dicen  que  es  por 
ciertas  palabras  virtuosas  que  les  enseñó  un  judío.  Estos  son  por  los 
que  se  dijo :  lairtan,  que  es  bendición,  porque,  con  la  bendición,  hur- 
tan, tras  ser  siempre  gente  ignorante.  Y  he  notado  que  casi  todos  los 
ensalmos  están  llenos  de  solecismos ;  y  no  sé  qué  virtud  tenga  el  so- 
lecismo por  lo  cual  se  pueda  hacer  nada.»  (Don  Francisco  de  Quevedo, 
Las  zahúrdas  de  Plutón. ) 


CAPITULO    XXÍ.  313 

rrió,  como  á  los  bancos  de  emisión  favorecidos  por  el  es- 
tado, que  para  ello  podría  servir  el  papel.  Pero,  como  po- 
hrc  j)orfiudo  saca  mcndnir/o,  inventaron,  de  rechazo,  la 
pólvora,  el  fósforo  y  otras  cosas  útiles  ^^^.  El  principio  fun- 
damental de  los  alquimistas  inf(jrma  igualmente  el  orden 
y  la  vida  de  la  naturaleza  concebidos  por  las  especulacio- 
nes de  la  magia  y  la  ciencia  oculta. 

Practican  la  maíjia  en  la  India  y  en  el  Egipto  los  indi- 
viduos que,  perteneciendo  á  las  clases  á  quienes  está  reser- 
vada la  dirección  de  la  sociedad,  se  iniciaron,  después  de 
rudas  pruebas  físicas  y  morales  de  virtud  y  constancia,  en 
los  misterios  de  sus  templos.  Sus  enseñanzas,  que  forman 
(como  queda  indicado)  la  doctrina  esotérica,  descansan  en 
un  concepto  orgánico  del  universo,  al  modo  de  los  animales 
y  plantas.  El  universo  forma  un  todo  animado  y  consti- 
tuido por  tres  principios,  que  son  la  naturaleza,  el  hombre 
y  Dios,  ó  sean  el  macrocosmo,  el  microcosmo  y  el  arque- 
tipo.  Todas  las  porciones  que  integran  el  universo  visible  ó 
invisible  están  íntimamente  unidas  por  correspondencias. 
El  hombre  ó  microcosmo  (mundo  pequeño)  contiene  en 
sí  analógicamente  todas  las  leyes  que  rigen  el  universo. 


(1)  «Los  escrito?  de  alquimia  sólo  pueden  ser  útiles  á  quien  los 
lee,  no  para  instrucción,  sino  para  diversión,  como  livs  novelas  de  Don 
Bcliaiiis  de  Grecia  y  Amadís  de  Gaula.  No  por  eso  condeno  aquellos 
autores  que,  sin  jactarse  de  poseer  la  i>¡edra,  tratan  esta  materia  filo- 
sóficamente... .  VMg  asunto  es  tan  diuno  de  disquisición  seria,  como 
otras  materias  filosófica"^. »  ( Feijoo,  Teatro  CrilicOy  Disc.  Piedra  filo- 
sofal.) «La  alquimia,  arrastrada  por  sus  mismas  ilusiones  {\  la  inves- 
tigación y,  á  veces,  al  descuhrimionto  de  la  venlad,  ha  preparado  la 
regeneración  de  his  ciencias  naturales,  conduciéndtdas,  en  cuanto  á  los 
hechos,  por  el  camino  de  la  exi>eriencia  y  del  análisis,  y  vinculándolas 
por  sus  principios  a  las  niás  altas  es|H'culac¡on«'s  de  la  nu'tatí-icjL  > 
( Parare lae  et  l'Alchimie  ait  AT/."  SUrle  \k)t  M.  Franck,  iK'  llnsliluU) 


314  SUPERSTICIONES  DEL  RÍO  DE  LA  PLATA. 

La  naturaleza  es  el  punto  céntrico  de  manifestación  gene- 
ral de  todos  los  demás  principios.  El  hombre,  poniéndose 
en  comunicación  con  la  naturaleza  por  medio  de  la  acción, 
con  sus  semejantes  por  medio  de  la  palabra  y  con  Dios  por 
medio  de  la  oración  y  del  éxtasis,  forma  el  lazo  que  une 
la  creación  al  Creador.  Constituyen  el  ser  humano  tres  prin- 
cipios :  el  cuerpo,  el  mediador  plástico  y  el  espíritu.  El  me- 
diador plástico  (vida  orgánica)  equivale  á  cuerpo  astral, 
intermediario  del  cuerpo  y  del  espíritu ^^ I 

Compónese  el  ser  humano,  de  elementos  idénticos,  cé- 
lulas. En  cada  célula  se  halla  individualizada  la  vida 
general  del  ser  humano.  Constituye  la  vida  la  fuerza 
solar  transformada:  es  una  forma  del  calor  y  la  luz 
emanadas  del  astro  del  día.  El  hombre,  del  propio  modo 
que  los  demás  seres  vivientes,  son,  á  su  vez,  células  del 
aire,  de  la  sangre  de  nuestro  planeta.  El  globo  terráqueo 
es  también,  por  lo  mismo,  un  ser  viviente.  El  reino  mineral 
forma  su  esqueleto.  El  reino  vegetal  representa  su  vida 
vegetativa.  El  reino  animal,  que  es  la  vida  sensitiva,  cons- 
tituye su  sistema  nervioso.  Su  cerebro  es  la  humanidad. 
La  tierra,  del  mismo  modo  que  los  demás  planetas  de  nues- 
tro sistema,  vienen  á  ser  las  células  del  mundo  solar,  que 
á  su  turno  es  célula  del  universo  ^  '^  \  Todo  está  en  todo, 
todo  está  formado  de  elementos  idénticos,  todo  concurre  á 
integrar  un  organismo  universal  que  gravita  en  torno  de  la 
unidad  ^primera.  Siendo  la  tierra  un  cuerpo  vivo,  dotado 
consiguientemente  de  sensibilidad  y  sistema  nervioso,  fácil- 


(1)  Papús,  Le  Diabla  et  V  Occultisme. 

(2)  Trailó  Móihodique  de  Science  OccuUe  por  Papús.  Carta -prefa- 
cio de  Ad.  Franck,  miembro  del  Instituto.  París. 


CAPÍTULO    XXI.  315 

iiiente  se  concibe  como  á  favor  de  la  luz  solar,  que  todo  lo 
penetra,  mueve  y  auna,  podrá  una  fuerza  ó  substancia  co- 
municar desde  lejos  los  efectos  de  su  acción  á  cualquiera 
de  las  partes  que  le  conq)onen.  La  fuerza  nerviosa  es 
capaz  de  condensarse  y  de  dilatarse,  y,  por  consiguiente, 
de  salir  fuera  del  ser  Jiuniano.  La  magia,  en  suma,  no  es 
otra  cosa  que  la  aplicación  de  la  voluntad  humana  dina- 
íiiizada  d  la  evolución  rápida  de  las  fuerzas  vivientes 
de  la  naturaleza  ^^ '. 

La  doctrina  esotérica  descansa  en  la  analogía,  cuya 
clave  es  el  ternario'' ~\  Siendo  el  hombre  un  mundo  pe- 
queño (microcosmo),  del  conocimiento  délas  funciones  de 
su  or2;anismo  se  infiere  lo  que  será  la  circulación  de  la  vida 
en  el  universo.  La  natm*aleza  entera  se  gobierna  por  el  ter- 
nario. 

El  número  carece  de  realidad  objetiva,  así  en  el  mundo 
físico  como  en  el  moral.  Mas  el  vulgo,  de  acuerdo  con  las 
tradiciones  de  la  antigüedad  y  de  la  magia,  le  supone  do- 
tado, según  las  unidades  (pie  encierra,  de  una  virtud  ca})az 
de  menoscabar  ó  de  aumentar  la  perfección  de  las  cosas 
que  le  incluyen. 

La  excelsa  virtualidad  del  septenario  nace  de  ser  el  re- 
sultado de  la  unión  del  ternario  y  el  cuaternario.  El  ter- 
nario representa  el  movimiento  y  la  resistencia,  engendra- 
dores  de  la  estabilidad  y  la  armonía,  simbolizadas  por  el 
cuaternario.  El  siete  es  el  número  sagrado;  representa  el 
poder  mágico  en  toda  su  tuerza:  es  el  espíritu  secundado 
por  todas  las  j)()ten(*ias  clenicntales '"'^  Su  noMe/a  y  vir- 

(1)  Tíipús,  ()l)ra  filjuhi. 

(2)  Papiis,  obra  citada. 

(3)  Papús,  obra  citada. 

22. 


316  SUPERSTICIONES  DEL  RÍO  DE  LA  PLATA. 

tildes  han  sido  largamente  ponderadas  por  gentiles  y  cris- 
tianos, dando  ocasión  á  que  Don  Alfonso  X  de  Castilla 
dividiese  en  siete  partes,  ó  partidas,  el  dilatado  cuerpo  de 
prudentes  leyes  con  que  intentó  mantener  en  paz  y  en  jus- 
ticia los  pueblos  de  su  señorío. 

La  idea  de  que  las  cosas  tienen  entre  sí  vínculos  de  amor, 
paz  y  concordia,  ó  bien  de  que  se  repelen  impulsadas  de  las 
pasiones  del  odio,  de  la  enemistad  ó  la  guerra,  á  favor  de 
causas  desconocidas,  ó  del  influjo  de  las  estrellas  y  cuerpos 
superiores,  con  su  luz  y  movimiento  y  otras  propiedades, 
conforme  á  la  voluntad  soberana,  que  todo  lo  tiene  orde- 
nado con  su  infinita  sabiduría,  privó  en  todas  las  épocas, 
desde  que  los  filósofos  griegos  y  romanos  la  acreditaron 
por  el  mundo.  Lo  que  Plinio  y  otros  escribieron  sobre  el 
particular  hállase  repetido  en  obras  posteriores  de  la  mo- 
derna edad,  y  España  recogió  también  naturalmente  esta 
herencia,  cuidando  de  salvar  la  libertad  moral  del  hombre 
entre  las  fuerzas  simpáticas  y  antipáticas  que  obran  sobre 
su  ánimo. 

Desde  muy  antiguo  ha  creído  ver  el  hombre  en  las 
cosas,  no  obstante  carecer  de  alma  capaz  de  afectos,  las 
mociones  de  odio  y  amor,  de  aversión  y  de  amistad,  de  an- 
tipatía y  de  simpatía.  La  repulsión  y  la  atracción  que  el 
combate  ú  oposición  y  el  equilibrio  ó  neutralización  de 
fuerzas  j)arecen  manifestar,  así  como,  especialmente,  los  fe- 
nómenos singulares  del  imán  con  relación  á  determinadas 
substancias  ( hierro,  acero,  níquel,  etc. ),  llamaron  constante- 
mente la  atención  del  hombre  primitivo.  La  paz  y  la  guerra 
de  la  naturaleza,  las  amistades  y  los  odios  de  las  cosas, 
aunque  materiales  é  insensibles,  hechas  todas  para  el  hom- 
bre, describió  Plinio  en  la  historia  del  orbe,  donde  con 


CAPÍTULO   XXI.  317 

claro  ingenio  reunió  cuantos  conocimientos  alcanzaba  su 
época  con  respecto  á  la  tierra  y  á  sus  productos.  Los  griegos 
llamaron  simpatía  á  esa  paz  de  la  naturaleza  y  amistad  de 
las  cosas.  La  naturaleza,  madre  divina  de  todas  las  cosas, 
tiendas  dispuestas  convenientemente  para  el  servicio  y  dis- 
frute del  hombre  hasta  en  medio  de  los  desiertos,  ofre- 
ciendo á  cada  paso  maravillosos  ej('m¡)los  de  antipatía  y 
simpatía:  plantas  de  diferentes  clases  que  se  buscan  y 
viven  asociadas :  plantas  (pie,  juntas  6  próximas,  desfa- 
llecen y  mueren :  substancias  minerales  que  se  amalgaman 
ó  se  destruyen,  unidas  ó  en  contacto,  etc.  Las  propiedades 
simpáticas  ó  antipáticas  de  las  cosas,  aplicadas  al  hombre, 
le  curan  de  sus  dolencias,  y  de  ahí  nació  la  medicina ^^^ 

Enseña  la  ciencia  oculta  que  hay  un  agente  mixto,  un 
agente  natural  y  divino,  espiritual  y  corpóreo,  un  inedia- 
dor  plástico  universal,  un  receptáculo  común,  unas  vibra- 
ciones del  movimiento  é  imágenes  de  la  forma,  un  fluido 
y  una  fuerza  que  en  cierto  modo  pudiéramos  denominar 
la  ¡ina(jinaciÓ7i  de  la  tierra.  En  virtud  de  ella  se  conui- 
nican  secretamente  todos  los  organismos  á  favor  del  sis- 
tema nervioso;  y  de  ahí  provienen  la  simpatía  y  la  a/¿//- 
patía:  de  ahí  los  sueños  y  los  fenóaienos  de  la  doble  vida 
y  de  la  visión  preternatural.  No  otra  cosa  es  el  od  délos  he- 
breos y  de  Ilichembach,  y  la  luz  astral  de  los  martinistas  ^'K 

La  idea  de  la  simpatía  ó  antipatía  en  los  objetos  na- 
turales era  harto  extraordinaria,  ruidosa  y  antigua,  para 
que  el  espíritu  investigador  y  crítico  de  Fí'ijoo  la  pasase 
por  alto.  El   término  cualidades  oculta.^,  nada  signilica. 


(  1  )    (\  IMiiiü  Sccundi  Xafuralis  líistoruc  lux  r  XX. 
(2)     Klifás  Ia'VÍ,  llistoirc  de  la  Mujie. 


318  SUPERSTlCIOísES  DEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

En  las  escuelas  j  en  los  libros  se  le  quiso  dar  mayor  pre- 
cisión con  los  nombres  de  simpatía  y  antipatía.  Donde 
hay  efectos  preternaturales,  raros,  admirables,  y  especial- 
mente donde  hay  ó  se  advierte  algún  género  de  atracción 
ó  de  repulsión  entre  dos  cosas,  allí  hay  sinip)atía  ó  anti- 
patía.  Son  la  simpatía  y  la  antipatía,  según  Plinio,  el 
amor  ó  el  odio  de  las  cosas  que  carecen  de  sentido.  Otros 
quieren  que  sean  el  consenso  y  el  disenso,  ó  la  concordia 
y  discordia,  que  en  realidad  de  verdad  es  lo  mismo  que 
decir  el  amor  y  el  odio.  Los  que  entienden  que  la  sim- 
patía y  antipatía  consiste  en  la  semejanza  ó  desemejanza 
de  toda  la  substancia  entre  dos  cosas,  enredan  más  y  más 
la  esiDccie.  Kinguno  de  tales  conceptos  da  razón  de  los 
efectos  particulares  cuya  causa  se  inquiere,  y,  hablando 
con  pro])iedad,  no  hay  simpatía  ni  antipatía  en  el  mundo. 
La  semejanza  y  desemejanza  (y  lo  propio  cabe  decir  de 
la  analogía  en  que  la  ciencia  ocnlta  funda  sus  deduccio- 
nes) son  puras  relaciones,  carecen  de  actividad  ^^\ 


( 1 )  Teatro  Crítico  Universal  por  Fray  Benito  Jerónimo  Feijoo  y 
Montenegro. 

AVilliam  George  Black  en  su  Medicina  Popular  ( cap.  de  la  Historia 
de  la  Cultura)  trad.  por  D.  A.  Machado  y  Alvarez,  menciona,  pero 
no  define  ni  explica  satisfactoriamente  lo  que  se  entiende  ó  lo  que  en- 
tiende el  vulgo  por  simpatía.  Concrétase  á  referir  multitud  de  medios 
y  formas  que  en  diversos  países  tiene  el  vulgo  y  el  hombre  salvaje 
de  curar  las  dolencias,  añadiendo  de  pasada  que  se  supone  haber  una 
misteriosa  correspondencia  entre  los  seres  humanos  y  los  objetos  na- 
turales y  que  las  siqiersticiones  médicas  tienen  por  base  la  asociación 
de  las  ideas:  á  los  remedios  de  ellas  emanados  va  siempre  unido  el 
concepto  de  la  simpatía.  La  asociación  de  las  ideas  puede  dar  origen 
á  un  juicio  lógicamente  bueno,  y  cabe  suponer  una  correspondencia 
misteriosa  en  cosas  real  y  efectivamente  relacionadas  entre  sí.  La  sim- 
patía,  de  tal  manera  explicada,  ofrece  una  noción  demasiado  incierta 
del  concepto  que  envuelve. 


CAPÍTULO    XXI.  319 

Algnno«,  6  los  niíls,  entienden  (prosigue  Feijoo)  por 
simpatía  y  antipatía  un  género  de  determinación  se- 
gún la  cual  se  verifuía  tal  ó  cual  efecto  en  un  cuerpo  dado, 
precisamente  porque  en  otro  á  quien  este  dice  relación 
simpática  ó  antipática  se  manifiesta  uuíi  correlativa  afec- 
ción, accidente  ó  movimiento,  concomitancia  de  fenómenos 
que  se  realiza  sin  (¿ue  un  medio  exterior  propague  la  ac- 
ción de  uno  á  otro  objeto.  El  hierro,  por  ejemplo,  se  deter- 
minará á  moverse,  precisamente  porque  el  imán  está  pre- 
sente ó  á  corta  distancia.  Se  restañará  la  sansrre  de  la 
herida,  precisamente  porque  se  echan  en  la  venda  ensan- 
grentada con  que  estuvo  atada  los  polvos  >timpáticos  (que 
llaman),  aunque  aquella  y  estos,  al  tienn:)0  de  hacer  la  ope- 
ración, se  hallen  muy  distantes.  ¡Quimera  filosófica!  Las 
modificaciones  que  un  cuerpo  experimente  no  podrán  de- 
terminar á  otro  á  cosa  alguna,  sin  que  obre  sobre  él  de  un 
modo  efectivo,  y  para  ello  es  necesario  que  le  conuinique 
materialmente  su  acción '^^. 

La  idea  de  la  simpatía,  en  el  hombre  primitivo  y  en  el 
vulgo,  que  le  sigue  generalmente  en  sus  juicios  de  igual 
manera  informados,  nace  de  la  supuesta  posibilidad  de  es- 
tablecer una  efectiva  correspondencia  y  concomitancia 
entre  objetos  que  ofrecen  á  los  ojos  una  analof/ía  y  uny>a- 
ralelixmo  de  acción,  que  á  veces  nada  tienen  que  ver  en 
realidad  con  su  respectiva  naturaleza  y  modo  de  obrar.  Las 
pcdahras,  en  que  nunca  faltan  los  v  ti  meros  en  una  ú  otra 
forma,  constituyen  el  elemento  dinámico,  digámoslo  así, 
de  este  imaginario  juego  de  causas  y  (afectos.  El  numero 
ternario  (ó  sus  nulltiplos)  es  el  que  figura  esencialmente 

( 1 )     Teatro  Ciútico  Universal. 


320  SUPERSTICIONES  DEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

en  las  símjjafías.  Y  se  comprenderá  fácilmente  porque  en- 
tra el  ternario,  teniendo  presente  el  significado  que  la  ma- 
gia ó  ciencia  oculta  atribuye  á  los  números  1,  2  j  3.  El 
número  1  representa  lo  activo,  el  número  2  lo  j)asívo  j  el 
número  o  la  acción  de  lo  activo  sobre  lo  j)ci8Ívo^^\ 

Hay  en  toda  sivipatía  un  agente,  un  paciente  y  un  ele^ 
mentó  que  restablece  la  alterada  armonía  de  las  leyes  de 
la  vida,  que  lo  son  del  universo. 

El  estudio  de  las  simpatías  contribuirá  á  poner  en  claro 
algunos  pormenores  de  la  magia  y  á  demostrar  que  la  ti- 
tulada ciencia  oculta  (que  no  tiene  nada  de  científico)  no 
presenta  á  nuestros  ojos  otra  cosa  que  las  ideas  y  atisbos 
del  hombre  en  sus  primeras  edades  ante  el  cuadro  y  movi* 
miento  ordenado  de  la  naturaleza.  Una  vez  que  los  estudios 
del  folk'lore  acopien  datos  suficientes  sobre  el  particular, 
se  verá  sin  duda  alguna  que  la  mayor  parte  de  las  ideas  y 
prácticas  supersticiosas  que  tienen  los  individuos  de  una 
nación  para  curar  sus  enfermedades  y  para  otros  fines,  son 
idénticas  en  lo  esencial  á  las  que  siguen  los  individuos  de 
otras  naciones  diferentes  en  religión,  lengua,  condiciones 
étnicas  y  grado  de  civilización. 

Los  efectos  de  la  oración,  entre  los  magos  del  Oriente, 
se  reputan  excelsos,  extraordinarios,  de  eficacia  infalible, 
así  por  lo  que  respecta  al  mundo  exterior,  como  en  lo  to- 
cante á  la  persona  que  la  exhala  del  fondo  del  alma.  En  el 
plan  astral,  las  formas  elementales  se  imantan  por  la 
acción  de  la  palabra.  En  el  sujeto,  purifícase  el  sentimiento, 
que  mueve  la  voluntad  á  obrar  cosas  extraordinarias  y  es- 
tupendas: el  alma  parece  hallarse  en  su  propio  y  verda- 

( 1 )    Papús,  TraiL  Méthod,  de  Scípjic.  OccuU, 


CAPÍTULO  xxr.  321 

dero  elemento  ^^\  Tales,  en  el  fondo,  aunque  ohseurecido.s  y 
toscamente  practicados,  son  los  principios  que  informan  la 
magia  popular  ó  creencias  relativas  á  las  operaciones  .s///¿- 
pdíícafi  de  que  usa  el  vulgo  en  sus  curaciones  y  negocios. 
Las  tradiciones  mágicas,  mezcladas  entre  los  cristianos  con 
ideas  supersticiosas  y  con  rastros  de  las  creencias  del  indio, 
forman  el  tema  de  las  fórnudas,  conjuros  ó  palabras  que 
acompañan  generalmente  á  toda  acción  s'nnpdtlca.  Lfis 
j)alahraíi,  en  substancia,  incluyen  una  oración,  con  la  que 
se  bendice  ó  se  maldice.  Suelen  ser  una  de  las  formalidades 
de  que  va  acompañada  la  acción  para  alcanzar  el  resultado 
ó  efecto  que  el  mago  popular  se  promete  de  las  simpafías 
6  antipatías  de  las  cosas.  Las  palabras  se  pronuncian  ge- 
neralmente con  solemnidad,  pero  en  reserva,  sin  que  nadie 
las  oiga,  á  fin  de  que  no  pierdan  su  virtud  y  eficacia,  como 
la  perderían  infaliblemente,  conocidas  del  vulgo.  El  secreto 
de  la  fórmula  ó  palabras  no  puede  ser  conocido  de  nadie,  so 
pena  de  j^erder  su  virtud  y  eficacia.  Algunos,  sin  eml)argo, 
dicen  que  puede  ser  conocido  de  tres  personas,  y  no  más. 
Acabálase  la  potencialidad  de  las  palabras  con  símbolos  y 
ceremonias  encaminadas  a  merecer  de  la  divinidad  que  go- 
bierna el  mundo  el  favor  ([ue  se  le  pide.  Ceremonias,  pre- 
ces, símbolos,  constituyen,  en  suma,  la  forma  productora  de 
toda  manifestación  sinipática  de  las  cosas,  con  respi'cto  á 
la  persona  (jue  la  pronuieve.  Todo  esto  lo  practica  á  su  ma- 
nera el  vul^ro  en  el  Río  de  la  Plata,  Tara^uav  v  l^rasil,  si- 
guiendo  la  tradición  de  jxdiugueses  y  españoles.  J).  lOnri- 
que  de  Villena  pondera  las  obras  que  por  rirtud  dr  pa- 
labras se  hacen  y  en  lo  cual  alcanzaron  (jrandcs  secretos 

( 1  )    Papús,  Tniif  Élñ)i.  de  Muy.  l*mt. :  Tmi(.  Mrtlt.  de  Scicm-.  (átuU. 


322  SUPERSTICIONES  DEL  RÍO  DE  LA  PLATA. 

los  hehraiquísfas^^\  Palabras,  conjuros,   cantos  mágicos 
fueron  preconizados  de  griegos  y  romanos  ^^^. 

Las  fórmulas  ó  palabras,  así  como  las  ceremonias  de  la 
magia  popular,  en  sociedades  modeladas  en  la  religión  del 
Crucificado,  como  lo  están  las  de  la  América  Española  y 
Portuguesa,  debían  hallar  su  razón  última,  su  esencial  vín- 
culo y  virtud  activa,  en  Dios,  en  la  Trinidad,  en  el  símbolo 
de  la  Pedención,  en  la  virgen  María,  en  cuanto  la  Iglesia 
enseña.  x\sí  es  en  efecto :  las  palabras  envuelven  siempre 
alguna  bendición  (tal  vez  mezclada  con  reminiscencias 
gentílicas),  en  nombre  de  las  cosas  santas  que  el  católico 
venera,  ó  una  maldición  al  enemigo  del  género  humano,  á 
Satanás,  que  no  se  cansa  de  perseguirle  y  de  dañarle  por 
todos  los  medios  imaginables.  La  voz  de  la  oración,  en 
todo  el  espacio  á  que  se  extiende,  quita  al  rayo  su  fuerza 
destructora  y  le  desvanece.  La  pura  sonrisa  de  la  inocencia 
arguye  que  el  niño  dormido  está  soñando  con  los  angelitos, 
que  descienden,  en  su  imaginación,  á  la  cuna  y  le  acarician 
y  divierten.  El  repentino  silencio  que  sobreviene  á  una 
conversación  mantenida  entre  varias  personas,  tiene  por 
causa  el  paso  entre  ellas  de  un  ángel,  cuyas  alas  comu- 
nican   al   ambiente  que   las  envuelve   un    movimiento  y 


( 1 )     Tratado  del  Aojamiento  ó  Fascinología,  citado  por  D .  M.  Me- 
néndez  Pelayo  en  la  Hist.  de  los  Heterod.  Esii. 
(2) 

El  canto  y  el  conjuro  es  poderoso 
A  retraer  la  luna  reluciente. 
El  rostro  demudó  Circe,  monstruoso, 
Con  cantos,  de  ülises  á  las  gentes. 
De  canto  rodeada  vigoroso, 
Revienta  por  los  prados  la  serpiente. 
Ve  presto,  mi  conjuro,  y  la  mar  pasa, 
Y  vuelve  de  la  villa  á  Dafni  á  casa. 

(Égloga  de  Virgilio,  trad.  por  Fray  Luis  de  León.) 


CAPÍTULO   xxr.  323 

ruido  misterioso?',  que  infunden  respeto  y  suspensión '^\ 
Los  pueblos  del  (Jriente  y  los  griegos  y  romanos  usa- 
ron, en  la  curación  de  sus  enfermedades,  los  remedios  de 
yerbas,  los  que  entendieron  hallar  en  las  sujniestas  simpa- 
tías  de  las  cosas  y  los  que  atribuyeron  á  las  pal  abráis  6 
fornuilas  rogativas,  que  eran  de  impetración,  de  cxpnhión 
y  de  recomendación.  Los  más  circunspectos  reluisaban 
dar  asenso  á  las  palabras  y  encantos  mágicos;  pero,  consi- 
derado el  puel)lo  en  masa,  no  se  dudo  de  su  eficacia  en  la 
curación  de  enfermedades.  Hechos  notorios  ponían  á  cada 
instante  la  prueba  de  ello  á  los  ojos  de  todo  el  mundo.  La 
tradición  constante  lo  corroboi'aba.  Creían  que  el  poder 
de  las  palabras  era  tanto,  que  atraían  el  rayo  del  cielo. 
Las  vestales,  con  una  simple  oración,  detenían  en  el  acto  á 
los  esclavos  fugitivos  que  aun  no  hubiesen  salido  de  Roma. 
Teofrasto  asegura  que  por  medio  de  un  encanto  se  curaba 
la  ciática.  Homero  cuenta  que,  á  favor  de  uno,  detuvo 
Ulises  la  sangTe  que  se  escapaba  de  una  herida  en  el  muslo. 
Catón  hace  referencia  de  una  fórmula  para  las  luxaciones 
y  Varrón  de  otra  para  la  gota.  César,  después  de  una  caída 
de  un  carro,  repetía  siempre  tres  veces,  al  sentarse  en  un 
vehículo,  cierta  fórmula  (]ue  sabía;  con  lo  que  se  conside- 
raba libre  de  accidentes  análogos.  Creíase  que  los  dioses 
asistían  en  todos  los  instantes  y  en  todos  los  casos  á  los 
negocios  de  la  vida,  mostrándose  j)ro})icios  á  los  que  pia- 
dosamente solicitaban  su  [)atr()cinio.  De  ahí  las  preces  ó 
palabra.^  en  la  curación  de  enfermedades,  lo  proj^io  (pie 
en  otras  ocasiones  de  peligro,  como,  \\\y\\  precaver  de  in- 
cendios una  casa,  el  escribir  una  fórmula  en  las  paredes 

( I )     Cifcnfos  //  Porsias  J'opularcs  Andaluxas  por  Fornáii  Cahallero. 


324  SUPERSTICIOXES  DEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

del  edificio.  De  ahí  las  felicitaciones  de  año  nuevo;  el  poner 
á  personas  v  cosas  nombres  significativos  de  bienandanza; 
el  saludar  á  los  que  estornudan;  el  desear  bien  á  los  muer- 
tos, al  nombrarlos;  el  suponer  que  el  zumbido  délos  oídos 
nos  advierte  que  los  ausentes  están  hablando  de  nosotros; 
etc.,  etc.  Pero  lo  más  raro,  en  descrédito  de  las  fórmulas, 
es  el  uso  de  voces  exóticas  e  inexplicables  ó  de  términos 
extravagantes;  lo  que  parece  tanto  más  digno  de  menos- 
precio, de  risa,  cuanto  uno  espera  algo  de  grande  y  so- 
lemne, digno  de  la  divinidad,  que  la  mueva  é  impulse  á 
obrar  como  lo  desea  el  postulante  (i). 

Figura  y  se  distingue,  entre  las  ceremonias  mágicas,  la 
acción  simbólica  de  las  manos.  Sea  inmediata  ó  á  la  dis- 
tancia, con  ó  sin  contacto,  en  esta  ó  en  aquella  forma,  la 
acción  de  las  manos,  que  natm^almente  acompaña  á  la  pa- 
labra, tiene  en  la  magia  una  virtud  efectiva  en  los  objetos 
a  que  se  dirige.  Por  medio  de  pases,  esto  es,  de  ciertos 
movimientos  de  las  manos,  el  magnetizador  transmite  (se- 
gún doctrinas  disputadas)  el  fluido  que  ha  de  atar  á  su 
voluntad  y  restablecer  6  alterar  la  armonía  y  juego  de  las 
funciones  fisiológicas  de  la  persona  hipnotizada.  Efectos 
maravillosos  liase  atribuido  desde  las  más  lejanas  edades 
á  la  mano  de  hombres  privilegiados.  Pefiere  Grates  de 
Pérgamo  que  cerca  de  Párium,  en  el  Helesponto,  había 
una  clase  de  hombres,  llamados  ofiógenos,  que  curaban 
con  el  tacto  la  mordedura  de  las  víboras  y  extraían  del 
cuerpo  los  venenos,  imponiendo  las  manos  ('-).  Al  impo- 
nerlas el  mago  del  pueblo,  simboliza  que  la  divina  miseri- 


( 1 )  C.  Pünii  Secundi  Naturalis  Historim  líber  XXVIII. 

(2)  Pliiiio,  Natiir.  Histor,  lib.  VIL 


CAPÍTULO  xxr.  325 

cordia  ampara  l)ajo  las  suyas  al  pacionte,  que  recibe  de 
ellas  el  don  de  la  salud.  Poner  6  lí/i/}oncr  las  manos  sobre 
alfinno,  es  l^endecirle  y  orar  por  él,  así  como  dedicarle  ó 
consagrarle  al  servicio  de  Dios  (n.  La  imposición  délas 
manos  es  ceremonia  que  se  halla  en  el  Antiguo  Testamento 
y  d(í  que  hacen  uso  los  obispos  en  el  sacramento  de  la 
confirmación  y  al  ordenar  a  los  presbíteros,  dicióndoles: 
Accípe  Spiriíuní  Sancfuní  etc.  Jesucristo  dijo  que  los 
que  en  él  creyeren,  pondrían  Lis  manos  sobre  los  enfermos 
y  los  dejarían  sanos  (-). 

Las  manos,  no  solamente  ejecutan  las  determinaciones 
de  la  voluntad,  sino  que  también  se  prestan  ii  interpre- 
tarlas con  nuula  elocuencia,  simbolizando  el  estado  del 
ítnimo  y  las  modificaciones  del  ])ensamiento.  De  ahí  el  pci- 
sonificar  tan  frecuentemente  las  manos,  calificándolas  de 
amenazadoras,  suplicantes,  crueles,  piadosas,  airadas,  etc. 

Satanás,  no  pudiendo  atraer  el  hombre  á  su  partido,  se 
venga  de  él,  perjudicándole,  tocándole  en  sus  intereses, 
cosa  que  tanto  le  duele.  ¿Cómo  lo  efectíia?  Infinito  es  el 
incinero  de  demonios  queá  manera  de  microbios  revolotean 
])or  la  atmósfera.  Pues  bien,  los  demonios,  para  hacer 
(laño  al  liombre,  para  hacerle  creer  al  mismo  tiempo  (pie 
el  daño  procede  de  las  mismas  cosas  creadas  por  la  divini- 
dad, s(»  disfrazan  cada  v  cuando  les  acom(KÍ:i,  tomando  Ihs 
l'ormas  cpie  convienen  á  sus  designios.  VA  diablo  se  con- 
vierte, cuando  quiere  ó  se  le  antoja,  en  serpiente,  cnci-vo, 
toro,  puerco,   lobo,    [>erro   negro,   rata,    mos(.'a   ú  otro  in- 


( 1 )  El    (obispo  Don    Fóüx  Torres   Aiiiat,  La  Sagrada  Biblia  tra- 
ducida de  la  Vulíjatn. 

(2)  Kv;iiijí('l¡(i  de  San  >í:ir('os,  ca¡i.  X\'I,  vers.  IS. 


326  SUPERSTICIONES  DEL  EIO  DE  LA  PLATA. 

secto^^l  Se  convierte  en  cualquier  cosa.  Es  tan  ingenioso 
y  hábil,  como  astuto  y  perverso. 

Es  más,  los  espíritus  malignos,  esparcidos  en  la  atmós- 
fera á  manera  de  animales  microscópicos,  pueden  introdu- 
cirse, por  medio  de  la  respiración  ó  con  los  alimentos  y  las 
bebidas,  en  los  órganos  del  cuerpo  humano,  á  quien  siguen 
de  continuo  en  su  anhelo  de  habitarlo.  Por  eso  los  exor- 
cistas,  á  vista  de  un  endemoniado,  enderezaban  sus  con- 
juros á  la  cabeza,  á  los  ojos,  á  los  cabellos,  á  la  lengua,  á 
las  narices  y  oídos,  á  los  brazos  y  piernas,  al  pecho  y  al 
vientre,  al  corazón,  á  las  venas,  á  los  ríñones,  á  las  manos 
y  pies,  etc.  Proponíanse  expulsar  del  cuerpo  los  espíritus 
que  le  atormentaban -^l 

Para  destruir  los  animales  útiles,  ¿cómo  hará  el  demonio? 
Se  transformará  en  mosca,  y,  depositando  su  cresa  el  demo- 
nio en  la  primera  herida  ó  llaga  que  advierta  en  el  cuerpo 
de  los  animales  que  constituyen  el  patrimonio  del  hombre, 
hará  que  se  forme  una  gusanera. 

Piadosas  leyendas  antiguas  presentan  á  los  demonios 
convertidos  en  moscas,  y  atestiguan  á  la  vez  que,  no  sola- 
mente á  los  hombres,  sino  también  á  los  animales,  han  so- 
lido atormentar  de  esta  manera  disfrazados.  En  la  vida  de 
un  santo  aparece  una  ternera  poseída  del  demonio.  El 
hombre  ó  el  animal  poseído  así,  ó  en  otra  forma,  de  los  es- 
píritus malignos,  libertábase  de  tan  horrorosa  cautividad 
por  medio  de  exorcismos  y  de  amuletos  ^^\ 

Los  exorcistas  fueron  los  que,  á  los  principios  de  la  era 


(1;    La  Magie  et  rAstrologie  por  L.-F.  Alfred  Maury. 

(2)  La  Magie  et  VAstrologie  por  L.-F.  Alfred  Maury. 

(3)  Maury,  La  Magie  et  VAstrologie. 


CAPÍTULO    XXI.  327 

cristiana,  libraron  al  lionibre  de  la  posesión  del  demonio, 
iinjíoniendo  las  manos  y  recitando  rogativas.  Mas  luego  se 
observó  que  la  fe  y  la  caridad  que  animaban  á  todos  los 
cristiáneos,  así  clérigos  como  legos,  bastaban  por  sí  solas 
para  conjurar  al  espíritu  inmundo.  Debilitada  la  fe  con  el 
andar  de  los  años,  la  orden  de  los  exorcistas  fuese  restable- 
ciendo 2^oco  á  poco  ^^  I 

Además  de  los  exorcismos,  había  los  amuletos  ó  talis- 
manes, que  producían  los  mismos  efectos,  por  la  sola  virtud 
(le  su  consagración  ó  de  las  fórmulas  que  contenían.  Eran 
estas  conjuros  análogos  á  los  (jue  se  pronuncialjan  para 
expulsar  al  demonio  del  cuerpo  de  los  poseídos.  A  veces 
contenían  las  mismas  expresiones  bárbaras  de  que  usaban 
con  el  mismo  objeto  los  mágicos  de  la  antigüedad.  De  esa 
manera  entraban  en  la  corriente  de  las  creencias  propias 
del  cristianismo  las  ideas  de  los  gentiles  á  tal  respecto,  la 
medicina  de  los  ensalmos  'I 


(1)  L'al)l)i''  Martijrny,  l>irlt(nui(iirc  des  Aultqiuli.s  ihn  tuauC'S. 

(2)  Mam  y,  La  Mauic  ct  lAstrulogie. 


CAPITULO  XXII. 

La  vista  en  la  magia  vulgar. 


Sumario.  —  Importancia  de  la  mirada  en  las  operaciones  mágicas.  — 
iNíirar  sin  pestañear.  —  No  mirar  para  atrás:  símbolo  de  la  cons- 
tancia en  la  fe.  —  Poder  de  la  mirada.  —  Fenómenos  del  magne- 
tismo animal.  —  Preocupaciones  acerca  de  la  mirada  del  avestruz. 

—  El  huevo  del  avestruz  en  las  mezquitas  del  árabe  y  en  Jas 
iglesias  del  cristiano.  —  Efectos  de  la  mirada  en  el  reino  animal.  — 
Estupefacción  que  causa  la  mirada  de  la  víbora  y  la  culebra.  — 
Explícase  el  fenómeno.  —  El  caburé  produce  iguales  efectos.  —  El 
campesino  supone  que  la  víbora  y  la  culebra  exhalan  un  vaho  que 
envuelve  y  atrae    á   la    víctima.  —  La    terrible    víbora   yarará.  — 

—  Efectos  de  su  picadura.  —  El  paisano  juega  con  las  víboras.  — 
Cómo  las  domina.  —  Mascadores.  —  Magnetizadores.  —  Malas  chan- 
zas. —  El  que  juega  con  víboras  acaba  por  perder  la  vista.  — 
Amistad  entre  el  hombre  y  la  víbora.  —  Los  antiguos  encantado- 
res de  serpientes.  —  Iguales  cosas  entre  los  indios  del  Nuevo 
]\Iundo.  —  El  que  juega  con  víboras  muere  arrastradamente,  como 
anda  el  odioso  reptil. 


Figura  en  multitud  de  casos,  entre  los  factores  más  efi- 
caces de  la  magia  vulgar,  la  mirada,  la  vista.  En  la  fasci- 
nación, en  la  curación  de  enfermedades  de  hombres  y  de 
animales,  en  los  saludos  á  las  plantas  maléficas,  en  toda 
operación  cabalística  cuyo  objeto  se  halle  presente,  la  mi- 
rada del  que  la  ejecuta,  entre  el  vulgo  campesino  del  Río 
de  la  Plata,  es  una  cosa  de  esencial  importancia.  La  vista 


CAPÍTüiX)  XXII.  329 

acompafía  á  la  intención:  sigue  al  entendimiento  ya  la 
voluntad,  con  quienes  aparece  frecuentemente  hermanada, 
como  la  luz  al  calor.  La  mirada,  en  las  í)])eraciones  inatíi- 
cas  que  usa  el  vulgo  lioplatense,  tiene  que  ser  fija,  intensa. 
Debe  mirarse  al  objeto  á  que  uno  dirige  su  intención,  sin 
pestañear :  tanta  es  la  atención,  tanta  la  intensidad  de  es- 
píritu que  se  requiere,  para  el  buen  éxito  de  la  operación 
cabalística,  misteriosa,  incomprensible,  absurda  al  parecer, 
pero  cierta,  segura,  (pie  ejecuta  el  poseedor  del  mágico  se- 
creto. La  fe  en  su  resultado  es  tan  necesaria  asimismo,  (pie, 
por  ejemplo,  si  de  la  curación  de  una  enfermedad  se  trata, 
no  debe  el  agente  volver  á  acordarse  de  ella.  No  debe  mi- 
rar para  afras,  al  dar  la  espalda  al  ol)jeto  á  (pie  hubiere 
aplicado  su  remedio  x'un pático  ó  cabalístico.  Al  terminar 
la  operación,  debe  apartar  del  objeto  instantáneamente  la 
vista,  de])e  apartarla  con  la  rapidez  del  pensamiento,  con 
la  misma  rapidez  con  (pie  se  apartaría  de  el  la  luz  despu(5s 
de  apagada  la  llama  que  la  emitía.  No  mirar  para  atrás,  es 
símbolo  de  la  constancia  en  la  fe^^l  A  veces  debe  no  mi- 
rarse el  objeto  al  ejecutar  la  ()})erac¡ón,  y  así  lo  practicó  la 
gentilidad  ^-\ 


(1)  «Xinguiio  que,  después  de  liaher  puesto  su  nuuio  en  el  arado, 
vuelve  los  ojos  atrás,  es  apto  para  el  reino  de  Dios.»  (Evangelio  do 
San  Lúeas,  trad.  i)or  el  Obispo  I).  Félix  Torres  Aniat.) 

Esta  coui/n  cogr  y  saca  afíion» ; 
Adonde  oí  a^ua  corii-  vr  ulc«n/.alla ; 
Por  las  t'spaldas  la  echa,  y  vf  a  ligera  : 
No  mires,  Ainnrilis,  al  eclialla. 
Con  esto  tentr.ré  a(|iiel  nliiia  fiera. 
Mas  ¡qué  canto  ó  (|ui'  Dios  ¡lodrá  nlilandulla! 
Ve  |ir«-!<to,  mi  conjuro,  y  In  mar  Ita^a, 
Y  vuelve  de  la  villa  :\  l>afni  ;i  casa. 


(KglcHja  de  Vlrw'ilio,  tmd.   por  Fray  Luis  do  I>(>óti.) 


330  SUPERSTICIONES  DEL  RÍO  DE  LA  PLATA. 

Del  poder  de  la  mirada,  grande  y  vario  en  sus  efectos, 
á  cada  paso  ofrece  la  vida  pruebas  notorias.  Sigue,  á  la 
par  con  el  gesto,  los  movimientos  de  la  palabra,  y  á  me- 
nudo mauifiesta  patentemente  por  sí  sola,  así  las  pasiones 
más  violentas,  como  los  más  suaves  afectos.  Una  persona 
hipnotizable,  observaba  el  célebre  Charcot,  no  tarda  en 
pestañear,  si  se  la  mira  fijamente.  La  vista  es  recurso  pri- 
mario del  magnetizador.  La  acción  de  la  vista  semeja  la 
del  sol,  que  vivifica  la  naturaleza  ^^ I  Cuentan  que  el  fakir 
de  la  Lidia,  desnudo  (con  sólo  un  taparrabo),  escuálido, 
sentado  (á  la  usanza  oriental)  sobre  sus  calcañares,  tendi- 
dos los  brazos  en  dirección  á  una  maceta  y  fijos  en  ella 
los  ojos,  en  pocas  horas  hace  germinar  la  semilla  que  al 
intento  se  puso  en  la  tierra,  y  formarse  la  planta,  y  crecer 
y  desarrollarse,  y  echar  ramas  y  flores  y  frutos.  Sorpren- 
dida con  tales  efectos  la  mente  del  vulgo,  no  es  mucho  que 
la  mirada  del  hombre  y  de  los  animales  se  convierta  para 
él  en  un  manantial  de  encantos  y  brujerías. 

El  magnetismo  animal,  con  sus  fenómenos  ciertos,  sus- 
pende el  ánimo  del  hombre  primitivo  y  del  vulgo  y  sirve 
de  apoyo  al  mago  para  obrar  maravillas.  Si  hay  ó  no  un 
jluido  nervioso  ó  un  fluido  magnético,  á  favor  del  cual 
una  persona  produzca  en  otra  los  raros  fenómenos  del  hip- 


(1)  Por  influencia,  se  entiende.  Tratando  del  basilisco,  animal  fa- 
buloso que  mataba  con  la  vista,  dice  así  el  P,  Feijoo :  «La  vista  no 
es  activa,  sino  dentro  del  propio  órgano.  El  objeto  le  envía  especies ; 
pero  ella  nada  envía  al  objeto.»  (Teatro  Crítico.)  La  teoría  de  la  des- 
composición de  la  luz,  cuyos  ra3^os  forman  el  color  y  dibujan  en  la 
vista  las  cosas  que  los  reflejan,  no  era  dogma  científico  en  la  época  de 
Feijoo.  Especies,  agentes  imponderables,  fluidos,  sustituían  á  las  mo- 
dificaciones del  movimiento  con  que  hoy  se  explican  multitud  de  fenó- 
menos.  Pero  la  observación  de  Feijoo  no  por  eso  es  menos  oportuna. 


CAPÍTULO    XXII.  331 

notismo,  no  hace  al  caso.  El  sabio  se  desvela  buscando  las 
causas  de  los  hechos  y  fenómenos  preternaturales  de  la 
naturaleza  y  de  la  vida  en  el  orden  natural  de  las  cosas. 

El  homljre  primitivo  y  el  vulgo  nunca  han  estado  dis- 
puestos á  romperse  la  cabeza  con  tales  disquisiciones, 
sobre  todo  sabiendo,  como  saben  con  entera  seguridad,  que 
semejantes  enredos  los  dispone  el  diablo,  ú  otras  inteli- 
gencias ó  agentes  invisibles  (fuerzas  personificadas).  El 
abate  Faría,  portugués,  nuilato,  natural  de  Goa,  antigua 
capital  del  virreinato  lusitano  de  las  Indias  Orientales, 
adípiirió  crédito  é  inmensa  po})ularidad  en  París,  á  fines 
del  siglo  decimoctavo,  con  públicas  disertaciones  sobre  el 
magnetismo  y  experimentos  análogos  admirables.  Negó  la 
existencia  de  un  fluido  magnético,  y  consiguientemente  la 
transmisión  de  él,  como  otros  pretendían  (y  pretenden), 
por  medio  de  los  pases:  demostró  que  la  fijación  de  la  mi- 
rada en  un  objeto  es  bastante  para  constituirse  en  estado 
de  hipnosis  6  sueño  nervioso:  fonnuló  la  teoría  de  la  su- 
gestión, y  pretendió  pasar  })or  iluminado,  por  un  bracmán 
que  desde  la  infancia  había  tenido  la  fortuna  de  ser  ins- 
truido en  los  misterios  de  las  doctrinas  sagradas  de  los  in- 
dios. El  sacerdote  Faría  y  el  médico  Paracelso^^^  entre 
otros  hombres  célebres  ([\w  procedieron  de  la  propia  ma- 
nera, denuiestran  patentemente  cuan  próximas  están  en  el 
c^mpo  de  la  imaginación,  las  sublimidades  de  la  ciencia  y 
las  especulaciones  de  la  magia. 

Entre  africanos  y  asiáticos  hay  la  creencia  de  que  el 
avestruz  encoba, mirando  lijamcnti»  los  huevos.  Entre  el 
vulgo  del  Brasil  y  del  Kío  dv  la  Plata  hállase  igual   idea. 

(1)    Véase  Cap.  XX Vil. 

23. 


332  SUPERSTICIONES  DEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

Observan,  no  obstante,  que  el  avestruz  se  echa,  aunque  no 
la  hembra,  sino  el  macho,  quien  cría  y  cuida  los  pol hielos, 
circunstancia  que  no  obsta  á  que  empolle  con  la  mirada. 
Tiene  el  avestruz  una  vista  extremadamente  larga.  Es  cu- 
rioso, y  suele  detenerse  á  mirar  con  atención  los  objetos 
que  le  causan  novedad.  Una  y  otra  circunstancia,  la  de  no 
encobar  la  hembra  y  la  de  fijar  la  mirada,  han  dado,  sin 
duda,  origen  á  la  creencia  de  que  el  avestruz  encoba  con 
la  vista.  Los  coptos  ( cristianos  originarios  de  Egipto,  que 
siguen  la  secta  eutiquiana)  cuelgan  ante  el  altar  dos  hue- 
vos de  avestruz,  poniendo  una  luz  en  medio  de  entrambos, 
para  que  en  ella  fije  la  vista  el  sacerdote  que  celebra  la 
misa.  Los  mahometanos  ponen  también  sobre  las  lámpa- 
ras de  sus  mezquitas  huevos  de  avestruz,  que  aparecen 
igualmente  en  los  altares  de  algunas  de  las  iglesias  de  Es- 
paña ^^\  Los  campesinos  rioplatenses  labran  de  diversos 
modos  caprichosos  la  cascara  de  los  huevos  de  avestruz  ó 
ñandií,  los  que,  colgados  ó  sobre  las  mesas,  sirven  de 
adorno  en  las  salas.  Del  poder  maravilloso  que  supusieron 
en  la  mirada  del  avestruz  sobre  sus  huevos,  coptos  y  ára- 
bes sacaron  en  consecuencia,  por  una  razón  de  analogía, 
que  los  huevos  del  avestruz  encerraban  una  virtud  capaz 
de  hacer  concentrar  la  atención  de  una  persona  en  el  objeto 
á  que  dirige  su  pensamiento.  Con  el  propio  modo  de  razo- 
nar, el  campesino  paraguayo  y  rioplatense  tiene  por  cosa 
infalible  la  eficacia  de  las  plumas  del  caburé  para  atraer 
la  mirada,  la  voluntad  y  los  pasos  de  las  personas  á  quie- 


(1)  Fray  Martín  Saniiicnto,  opúsculo  sobre  CostMmhres  etc.  da  Es- 
paña, inserto  en  el  Refranero  General  Español  por  D.  José  María  Sbarbi 
y  reproducido  en  la  Monografía  sobre  Refranes  por  el  mismo  autor. 


CAPÍTULO   XXII.  333 


ne.s  el  que  las  lleva  consigo,  6  las  posee,  endereza  sus  de- 


signios. 


Los  primeros  huevos  de  avestruz  que  en  sus  viajes  por 
África  pudieron  lialjer  los  españoles,  dice  un  insigne  nove- 
lista y  prolijo  observador  de  costuinljres,  depositáronse,  á 
fuer  de  exvotos  ú  ofrendas,  en  los  altares  de  las  iglesias, 
pendientes  de  cintas  vistosas  primorosamente  enlazadas.  El 
avestruz,  según  la  tradición,  imposibilitado  de  cubrir  la  ni- 
dada y  careciendo  de  calor  bastante  á  traspasar  la  dura  cas- 
cara, no  encoba  sus  huevos.  En  cambio,  tiene  tanto  fuego  en 
su  mirada,  enardecido  con  el  anhelo  de  empollar,  que,  fijando 
la  vista  en  los  huevos  con  mucha  fuerza  de  voluntad,  logra  á 
la  postre  verse  rodeado  de  sus  hijuelos.  Los  huevos  de  aves- 
truz ante  los  altares  sirven  de  ejemplo  de  devoción  fruc- 
tuosa al  cristiano  que  asiste  al  santo  sacrificio  de  la  misa^^\ 

El  reino  animal  ofrécenos  muestras  notorias  del  poder 
y  efectos  de  la  mirada.  La  culebra  y  la  víbora,  por  ejem- 
plo, al  clavar  sus  ojos  en  los  de  ciertos  pájaros  y  cuadrú- 
pedos, les  traba  el  ejercicio  de  los  músculos  con  el  terror 
que  les  infunde.  El  hombre  no  está  libre  de  los  mismos 
efectos  fisiológicos,  al  encontrarse  sus  azorados  ojos  con  los 
serenos  cuanto  feroces  de  una  víbora  irritada.  Esta  estu- 
pefacción dimana  de  la  idea  que  el  paciente  tiene  de  lo 
mortal  de  la  herida  que  pudiera  hacer  el  reptil,  si  se  le 
acercare.  Los  pájaros,  ranas,  sapos  y  otros  animalejos,  se 
aterrau  y  entumecen,  no  sólo  en  presencia  de  una  víbora, 
sino  también  de  una  culebra,  que  carece  de  veneno.  No  es 
en  ellos  la  causa  de  su  terror  un  concepto  (pie  tengan  for- 


(l)     Fernán  (  aballcro  (scudóniíno  de  Doña  Cecilia  liohl  ile  Fiíber), 
Cucntus  u  Pocsids  Populareis  Atidaluccji. 


334  SUPERSTICIONES  DEL  RÍO  DE  LA  PLATA. 

mado,  como  el  hombre  le  tiene,  de  la  actividad  mortal  del 
veneno  que  introduce  •en  el  cuerpo  del  paciente  la  picadura 
de  la  víbora ;  pues  ordinariamente  no  mueren  regularmente 
de  esa  manera.  La  causa  de  su  terror  y  entumecimiento  es 
el  conocimiento  que,  por  instinto,  tienen  del  peligro  ó  po- 
sibilidad en  que  se  hallan  de  ser  engullidos  por  un  reptil 
que  de  ellos  se  alimenta.  Es  cosa  manifiesta  que  la  fasci- 
nación 6  la  facultad  que  tienen  algunos  animales  de  do- 
minar y  atraer  con  la  vista,  está  asociada  á  alguna  otra 
cualidad  peculiar  suya  que  les  comunica  un  prestigio  capaz 
de  avasallar  el  instinto  de  aquellos  seres  inferiores  á  quienes 
persiguen  para  sustentarse.  La  ferocidad,  vigor  y  rapidez 
con  que  se  lanza  el  pequeño  caburé  sobre  su  presa,  le  hacen 
el  soberano  y  arbitro  de  todo  viviente  alado,  á  excepción 
del  cóndor  de  los  Andes,  morador  de  regiones  que  el  no 
habita ;  pues  al  águila  misma,  con  tener  unas  y  pico  mucho 
más  fuertes  que  las  suyas,  acomete  (dicen)  y  mata,  me- 
tiéndosele debajo  del  ala  y  arrancándole  las  entrañas. 
A  favor  de  tan  raras  v  temibles  condiciones,  bástale  al  ca- 
buré  dar  un  grito,  para  que  todos  los  pájaros  que  le  oyen 
acudan  á  su  llamado.  Piando  y  revoloteando  en  el  árbol 
donde  el  caburé  ha  establecido  su  trono,  permanecen  to- 
talmente entregados  á  su  voluntad,  hasta  que  desciende  á 
devorar  los  que,  muertos,  ha  arrojado  al  suelo  para  saciar 
su  voracidad.  Allí  donde  el  viandante  divisa  un  árbol  lleno 
de  pájaros  que  revolotean  y  gritan,  sabe  de  seguro  que  hay 
un  caburé  que  los  encadena  á  su  apetito.  Las  culebras  y 
víboras  exhalan  por  la  boca,  según  entiende  el  hombre 
del  campo,  un  vaho  que  envuelve  al  paciente  (rana,  ave- 
cilla, etc. )  y  lo  va  atrayendo,  tendidas  en  el  suelo  ó  enros- 
cadas en  el  tronco  de  un  árbol. 


CAPÍTULO   XXII.  335 

Nada  tiene  de  iuci-eíble  que,  para  facilitar  la  atracción, 
tratase  la  víbora  6  culebra  de  adormecer  6  asfixiar  con  su 
propio  hálito  á  la  víctima.  El  pajarillo  fascinado  j)ía,  revo- 
lotea, salta,  al  mismo  tiempo  que  se  va  acercando  al  tran- 
quilo reptil,  cuyas  fauces  le  esperan  abiertas  para  tragarlo 
vivo  y  humilde. 

Una  víbora  yarard^^\  asustada  con  el  i^olpe  que  dio  un 
paisano  con  su  guadaña  en  una  mata  de  paja  brava  que 
estal)a  cortando  para  componer  el  techo  de  un  rancho, 
pegó  un  saho  y  fue  á  caer,  ¡)Oco  más  ó  menos,  á  un  metro 
de  distancia.  Enroscóse  precipitadamente  la  víbora,  levantó 
en  alto  la  cabeza,  y  abriendo  y  cerrando  la  boca,  y  sacando 
la  lengua  al  al)rirla,  clavó  los  ojos  en  los  del  paisano,  quien 
en  seguida  quedó  yerto,  inmóvil.  Corríale  un  sudor  frío 
por  el  cuerpo.  Quiso  pedir  socorro ;  pero  no  pudo  hablar. 
Estaba  mudo  y  como  ])etrificado.  La  víbora  sin  embargo 
permanecía  quieta  y  enroscada  en  el  suelo,  aunque  en 
actitud  de  saltar.  Al  cabo  de  un  rato,  empezó  á  sentir  que 
la  sangre  circulaba  por  sus  venas.  Se  apartó,  dio  voces, 
y  acudiendo  con  palos,  mataron  la  víbora  y  la  (piema- 
ron.  Decía  el  paisano,  refiriendo  el  hecho,  que  aun([ue 
se  había  visto  en  muchos  peligros  como  hombre  decampo 
y  como  soldado,  nunca  le  había  pasado  una  cosa  seme- 
jante. 

Es  la  yarará  víbora  tan  mala,  (pie  una  persona  mor- 
dida por  ella  no  sobrevive  más  de  veinticuatro  horas.  Vn 
caballo,  un  animal  vacuno,  mueren  nuiy  pronto,  d(\sas()se- 
gados,  corri(Mido  d(^  una  parte  á  otra,  buscando   las  casas. 


(1)     Yararaca,  dicen  muchos,   forma  brasileña  tomada  por  la  in- 
fluencia del  tupí,  que  difiere  algún  tanto  del  guaraní. 


336  SUPERSTICIONES  DEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

é 

eclianclo  sangre  por  los  ojos,  por  los  oídos,  por  las  encías, 
por  la  corona  de.  los  vasos  ó  pezuñas  é  hincliándoseles  todo 
el  cuerpo.  Una  víbora  yarará  mordió  en  Entre  Ríos,  fron- 
tera de  Corrientes,  á  un  peón  de  estancia.  Se  le  aplicaron 
en  seguida  cuantos  remedios  se  conocen  en  el  campo  para 
esos  males:  el  cauterio  con  un  hierro  ardiente,  baldes  de 
leche,  pieles  de  venado,  tabaco  mascado,  isipó-curuzíí,  etc. 
El  individuo  sanó  al  cabo  de  un  mes  y  medio  de  penosa 
enfermedad ;  pero  quedó  ciego  y  loco. 

Pero  si  las  víboras  y  culebras  terrifican  al  hombre  con  la 
mirada,  también  el  hombre  á  su  vez  con  la  suya  influye  en 
ellas  y,  tranquilizándolas  y  manoseándolas,  llega  á  domi- 
narlas de  tal  modo,  que  se  entregan  totalmente  en  sus  ma- 
nos. Hay  hombres  (campesinos  los  más)  que,  en  hallando 
una  víbora  ó  culebra,  á  manera  de  magnetizadores  se  le 
ponen  delante,  fijan  en  ella  la  vista,  tómanla  del  pescuezo  ó 
del  mecho  del  cuerpo,  y,  con  cuidado  de  que  no  les  pique,  le 
pasan  la  mano  por  el  lomo  repetidas  veces,  la  soban,  como 
dicen,  hasta  que  desenojada  y  tranquila,  se  les  entrega. 
Otros  hacen  primero,  estando  aún  la  víbora  en  el  suelo, 
unos  pases  semejantes  á  los  que  usan  los  magnetizadores. 
Otros  la  apaciguan  con  un  palito,  pasándolo  suavemente 
por  el  lomo,  antes  de  tomarla.  Luego  se  entretienen  un 
rato  con  ella,  manoseándola.  Finalmente  enróscanla  en  el 
brazo,  arróllanla  entre  las  manos,  m cítenla  en  el  bolsillo,  en 
el  seno,  debajo  del  sombrero,  ¡en  la  boca!  inflando  los  ca- 
rrillos. 

Algunos,  después  ó  antes  de  asirlas,  las  atontan  y  ador- 
mecen por  medio  del  tabaco.  Así  los  mascadores  suelen 
darse  á  este  entretenimiento.  Unos  escupen  al  reptil,  cuando 
está  aún  en  el  suc^lo.  Otros  le  hosti«:an;  v  cuando  está  irri- 


CAPÍTULO  xxir.  337 

tado,  lo  dan  á  morder  un  naco^^\  como  dicen,  de  tabaco 
en  cuerda.  Atontado  el  reptil,  untase  el  niascador  las  ma- 
nos con  la  saliva  de  la  mascada^ -\  y  pásaselas  [x>r  la  ca- 
beza. Narcotizado,  juegan  con  él.  Generalmente  ocultan  el 
l)rocedi miento  y  medios  de  que  se  valen,  á  fin  de  simular 
que  es  cosa  de  brujería,  que  tienen  aliiún  poder  sobrena- 
tural 6  extraordinario  que  los  habilita  ])ara  hacer  lo  (|ue 
quieran  de  una  víbora  6  culebra  ^'^. 

Unos  y  otro?,  los  magnetizadores  y  los  narcotizadores, 
andan  á  veces  por  todas  partes  y  en  sus  viajes  con  una 
víbora  de  las  que  más  teme  la  gente,  como  las  de  la  cruz 
ó  las  de  coral,  y  se  divierten  en  sorprender  y  dar  sustos  á 
los  amigos  y  á  los  que  tienen  facha  de  l)uenos,  entre  los 
que  nunca  falta  quien  corrija  su  imprudencia  con  la  })unta 
de  una  daga  6  la  boca  de  una  pistola. 

Los  magnetizadores  vienen  á  serlo  en  virtud  de  una 
propensión  natural  que  los  conduce,  desde  nuichachos,  á 
imitar  á  las  personas  por  (juienes  han  visto  ejecutar  cosas 
semejantes.  A  la  larga  pierden  la  vista.  Quédales  como 
nublada.  Esto  j)rueba  (jue  su  vista,  al  encontrarse  con  la 
del  r('])til,  trabaja  de  un  modo  eficaz  y  poderoso,  sin  darse 
de  ello  cuenta.  No  matan  ni  dañan  á  las  víboras  los  que 
juegan  con  ellas;  antes  las  delienden,  si  ven  (jue  alguno  las 


(1)  PimImzo.     Voz  portuííuosa,  toiDjida  del  l^rasil. 

(2)  Porción  (lo  tabaco  mascado. 

(3)  «El  viilyo  reputa  tal  {jnwiíada  (el  meterse  cu  el  pecho  las  ví- 
l)oras),  como  una  brujería,  ¡j;iiorando  quizá  que  para  esta  operación, 
á  diferencia  del  ju^dar  de  la  India,  se  rurau  con  ajos,  cuyo  olor  ale- 
tar^^a  :i  la  víi)ora.»  (1).  Mariano  Antonio  Molas,  Ih'srri¡)riini  Histórica 
(ir  la  Anliíjna  Prorincia  del  Paraijuaii^  «lada  tí  luz  por  el  Dr.  D.  Anjiirel 
J.  Carranza.  Únenos  Airorf,  18158.)  Uaucluula:  acción  arriesgada,  (pie 
se  ejecuta  con  presunción,  propia  de  un  ¡joúcho. 


338  SUPERSTICIONES  DEL  RÍO  DE  LA  PLATA. 

persigue.  «Déjela,  pobrecita:  es  un  animalito  inofensivo,» 
dieen  al  perseguidor.  De  ahí  que  nniclia  gente,  ya  admi- 
rada de  lo  que  hace  el  magnetizador,  le  tenga  por  hombre 
misterioso,  por  hechicero,  por  brujo.  Algunos  tienen  una 
víbora  en  un  frasco  de  aguardiente,  de  que  beben  un 
trago  de  vez  en  cuando.  Aplícanle  á  heridas  de  toda  clase, 
suponiendo  que  cicatrizan  mejor  y  más  pronto. 

Los  encantadores  de  serpientes,  los  líbicos  ó  psilos,  tan 
famosos  en  la  antigüedad,  procedían  seguramente  de  la 
propia  manera  que  los  magnetizadores  y  narcotizadores  del 
Eío  de  la  Plata,  indios,  mestizos,  negros  y  blancos.  Los 
titiriteros  y  charlatanes  egipcios,  de  que  hace  mención  Pu- 
nió en  su  Historia  Natural,  son  otro  ejemplo  semejante. 
Domesticaban  una  clase  de  víboras  que  preferían  al  intento. 
Les  ensenaban  diversas  habilidades.  Las  hacían  poner  rí- 
gidas y  tiesas  como  una  caña  ó  bastón  y  quedar  aparente- 
mente muertas. 

Hechiceras  del  Perú,  bajo  el  imperio  de  los  Incas,  en- 
cantaban  las  víboras  ó  serpientes,  dejándolas  bobas  ^^l 
Costumbre  debió  de  haber  sido  general,  no  ya  en  el  Pera, 
sino  en  otras  regiones  del  continente,  como  que  en  todas 
partes,  en  Europa,  en  el  África,  en  el  Asia,  de  antiguo  ha 
habido  gentes  ocupadas  en  ese  ejercicio. 

La  pérdida  de  la  vista,  para  el  campesino  rioplatense,  no 
es  sino  un  castigo  que  el  cielo  impone  al  que  halla  gozo  en 
jugar  con  un  rej)til  cuya  abominable  figura  tomó  el  demo- 
nio para  engañar  á  Eva.  Como  que  estuviese  familiarizado 
con  el  enemigo  del  hombre,  el  encantador  de  serpientes 


(1)    El   Cronista  Antonio  de  Herrera,   Décadas  de  Indias,  6  His' 
toria  General  etc. 


CAPÍTULO    XXII.  339 

ofrece  á  sus  prójimos  un  espectáculo  que  los  llena  de  ho- 
rror y  repugnancia.  El  que  juei^a  con  víboras,  dicen,  muere 
arrastradamente  (infelizmente).  Tarde  6  temprano,  lle- 
vará una  vida  arrastrada  como  la  víbora  (miserable,  de- 
sastrada, aborrecible,  llena  de  privaciones  y  dolores,  opro- 
biosa). En  este  caso,  como  en  todos  los  demás  que  suponen 
preternaturales,  juzgan  los  campesinos  fundándose  en  razo- 
nes de  analogía  entre  los  fenómenos  y  acciones  del  orden 
físico  y  las  manifestaciones  de  la  vida  moral  en  el  nuuidij. 


CAPÍTULO  XXIII. 

De  algunas  preocupaciones  (simpatías  y  antipatías 

cabalísticas). 


Sumario.  — Muchedumbre  de  preocupaciones,  y  sus  causas.  —  Herbo- 
larios. —  San  Antonio.  —  Prendas  maneras.  —  Fatalidad  de  ciertos 
días  de  la  semana.  —  Cruces  benditas,  sustos,  mariposas,  trece  á 
una  mesa,  etc.  —  Preocupaciones  varias  entre  los  indios  de  Amé- 
rica. —  Popularidad  del  número  tres  entre  el  vulgo.  —  Aplícanse 
las  doctrinas  de  la  magia  al  encanto  de  las  plumas  del  caburé.  — 
Casos  varios  de  paralelismo  en  la  simpatía  cabalística.  —  El  andar 
del  aguará  antipático  al  del  cal^allo.  —  Revulsivos  simpáticos  del 
curandero. 


Todos  cuantos  desatinos  ha  engendrado  la  superstición 
e  ignorancia  como  recursos  ó  medios  de  alcanzar  la  salud 
ó  fortuna  ú  otros  bienes,  ó  para  hacer  daño  al  prójimo  en 
su  persona  ó  su  hacienda,  están  fundados  en  una  supuesta 
correspondencia  ó  enlace  simpático  ( traído  por  los  cabe- 
llos )  de  las  cosas  que  se  hallan  ó  se  ponen  en  acción  para 
el  efecto,  ó  bien  en  la  tradición  gentílica,  mezclada  á  las 
creencias  del  cristianismo,  que  veía  la  mano  de  sus  deida- 
des, respondiendo  á  los  ruegos  de  los  hombres,  en  todas 
las  acciones  humanas  y  en  todos  los  fenómenos  del  uni- 
verso. Así,  los  herbolarios  salen  en  viernes  santo  á  juntar 
las  hierljas  medicinales  que  han  fama  de  buenas,  como 


CAPÍTÜIX)   XXIII.  341 

graniilln,  lucera,  zarzamora,  apio  cimarrón,  cala^íiiala,  giiai- 
curú,  llaiitcn,  cancorosa,  cepacjiballo,  carnicera,  liierha  del 
pollo,  etc.  De  la  caña,  aparejo  ú  otro  instrumento  de  i)esca, 
cuelgan  una  figurilla  (pie  representa  u  San  Antonio,  paní 
rpie  atraiga  á  los  peces,  á  quienes  bendijo.  También  ^irve 
el  bueno  del  santo  pescador  para  que  llueva  en  las  secas : 
mientras  no  accede  al  i)edido  que  se  le  bace,  tienenle  me- 
tido en  el  agua  de  un  arroyo  6  laguna,  pendiente  de  la  rama 
de  un  árbol,  6  bien  de  cabeza  en  un  aljibe ^^^  Es  manera 
una  prenda  (para  lo  que  se  elige  con  preferencia  un  real 
cortado  de  los  que  por  casualidad  quedan  de  abora  mucbos 
años )  que  presentan  á  un  santo  á  fin  de  que  favorezca  en 
todo  á  la  persona  que  se  lo  ofrece.  La  cosa  ofrecida  viene 
á  participar,  por  simpatía,  del  sexo  del  patrono  á  quien  se 
consagra.  Si  el  }) atronó  electo  es  varón,  el  objeto  presen- 
tado será  /nacho,  y  será  Iicmbra,  si  mujer.  Así,  un  real, 
aun(jue  pertenece  al  género  masculino,  será  real  Itetnbra, 
si  está  dedicado  á  una  santa.  El  agua  que  resta  en  un  jarro 
ó  vaso  después  de  beber,  la  tiran,  á  ñn  de  que  no  les  des- 
cubra sus  secretos  el  que  beba  después.  El  inesperado  lia- 
llazgo  de  una  herradura  da  suerte  al  que  la  recoge  y  guarda. 
Contados  son  los  bautismos  (pie  se  efectúan  los  martes. 
Los  casamientos  no  siguen  tan  puntualmente  el  refrán:  (/i 
viarte.^^  ni  te  cases  ni  te  emharques^'\  Lo  (pie  ]>rueba  una 


(1)  «Rcfé  las  lolaiiías  y  un  padii'niu'stn)  y  avi-maría  á  San  Xavier, 
á  (inicn  (k'  veras  cncoiucndé  Ia<  cinco  piniixuas  :  pendiente  <le  un  ct>nlel 
eché  al  a^ua  su  medalla,  y  nos  favoreció  el  santo,  «lue  ya  ¡han  en 
decadencia  los  huracanes.^  (El  Padre  José  Cíarcía,  Diario  del  Vinjc 
l/rrho  (Irsílr  su  Misión  de  Cailuí,  ni  C¡tili)t\  hacia  rl  sur,  cu  los  años 
17(i(>  ii  17(¡7,  iniíireso  en  Santia;;o  de  Chile,  ISSD.) 

(2)  «Martes  (juiere  decir  día  aciaj^o :  sus  honis  son   infaustas 

Hahlad  del  influjo  «juu  ejercen  sus  lu)ras  en  los  deslinos  de  los  hon»- 


342  SUPERSTICIONES  DEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

vez  más  que  el  amor  es  niño  y  ciego,  ó  que  es  tan  arro- 
jado, que  desafía  á  la  fatalidad.  Cuando  la  sequía  deja 
yermos  los  campos  y  las  chacras  ó  huertas  privan  del  pre- 
ciso alimento  al  pobre,  velan  una  cruz  bendita.  Si  no  tienen 
ima  cruz  bendita,  ó  no  pueden  conseguir  que  el  cura  se  la 
bendiga,  la  sacan  del  campo  santo  ó  de  una  sepultura.  Lle- 
vanla  en  procesión  hasta  el  río  ó  el  arroyo  inmediato,  y  arró- 
janla  al  agua,  dejando  que  se  la  lleve  la  corriente.  Cuando 
los  gatos  se  lavan  la  cara,  va  á  llover.  Un  susto  ó  una  sor- 
presa ai^rovecha  contra  el  hipo,  sin  perjuicio  de  tomar  á  tra- 
gos un  poco  de  agua.  La  aparición  de  una  mariposa  negra 
es  mala  señal  ^^\  Gato  negro,  por  el  contrario,  suerte  cons- 


bres ;  abrid  una  discusión  amplia,  luminosa,  y  después  de  charlar  toda 
una  mañana,  toda  una  tarde  ó  toda  una  noche,  descubriréis  la  anti- 
güedad de  su  origen,  lo  veréis  aparecer  entre  las  supersticiones  del 
paganismo,  lo  explicaréis  de  mil  maneras  más  ó  menos  sabias,  más  ó 
menos  eruditas,  3^  al  ñn  vendréis  á  parar  á  estas  tres  conclusiones  di- 
ferentes: preocupación,  misterio,  fatalidad.  La  sabiduría  de  las  na- 
ciones no  se  ha  desdeñado  de  tomarlo  en  cuenta,  é,  incluyéndolo  en 
el  catálogo  interjuinable  de  sus  sentencias,  ha  dicho :  en  martes,  ni  te 
cases  ni  te  embarques.»  (Don  José  Selgas,  en  la  novela  titulada  Día 
Aciago. ) 
Burlóse  Quevedo  de  la  preocupación  de  los  días  aciagos,  de  este  modo : 
«Días  aciagos  y  horas  menguadas  son  todos  aquellos  y  aquellas 
en  que  topan  al  delincuente  el  alguacil,  el  deudor  al  acreedor,  el  tahúr 
al  fullero,  el  príncipe  al  adulador  y  el  mozo  rico  á  la  ramera  astuta. » 
(Don  Francisco  de  Quevedo,  El  Libro  de  todas  las  Cosas.) 
(1)    Un  delicado  poeta  embelleció  esta  preocupación: 

No,  como  un  tiempo,  colosal  quimera 
Mi  atónita  atención  amedrentaba, 
Mis  oídos  profundo  no  aterraba 

Acento  de  pavor : 
Que  fué  la  aioariciún  vaga  y  ligera. 
Leve  la  sombra  aórea  y  nebulosa, 
Que  filó  sólo  una  negra  mariposa 

Volando  en  derredor. 

(Nicomedea  Pastor  Díaz,  La  mariposa  negra.) 


CAPÍTULO    XXÍII.  343 

tante  en  casa.  Las  mariposas  blancas  que  ^iran  en  t(jnio 
(le  la  luz,  anuncian  al<;'0  ])ueno.  Trece  á  una  mesa,  dee- 
gracia  cierta,  y  ésa  en  el  corto  término  de  un  año:  alusión 
á  la  cena  de  los  apóstoles,  por  la  traición  de  Judas.  Co- 
mezón en  la  palma  de  la  inano,  lotería  segura.  ¡La  oreja 
encendida!  ¿quién  se  estará  acordando  de  mí?  Si  la  de  la 
izquierda,  mal;  bien,  si  la  de  la  derecba.  Niño  que  de  nocbe 
no  duerme,  vestirle  con  la  ropa  al  revés.  Ya  que  de  la  nocbe 
liaces  día,  obligándome  a  pasar  en  claro  el  tiempo  nece- 
sario para  el  descanso,  yo  te  pongo  al  revés  la  ropa,  á  ver 
si  te  gusta  que  te  pongan  lo  de  abajo  arriba  y  lo  de  aiTÍba 
abajo.  Ya  se  deja  entender  que  nadie,  sino  el  diablo  ó  un 
duende,  mandinga,  anda  metido  en  la  danza,  y  á  él  se  di- 
rige la  befa,  como  sucede  en  los  conjuros  contra  el  daño  y 
el  mal  de  ojo.  El  cliillido  ó  canto  de  ciertas  aves,  cosa  de 
mal  agüero ^^l  Sería  cuento  de  nunca  acabar  el  seguir  los 
pasos  al  vulgo  por  este  sendero,  cuyo  caudal  de  estrambó- 
ticas aprensiones  es  idéntico  en  ambos  numdos,  salvas 
excepciones  procedentes  de  particularidades  de  la  tierra  en 
el  Nuevo.  Pero  entre  todas  las  aprensiones  citadas,  y  las 
muchas  que  se  omiten  en  gracia  de  la  brevedad  y  por  muy 
conocidas  en  Europa  al  par  que  en  América,  ninguna  más 
apro^^iada,  en  su  caso,  (pie  la  (|U('se  refiere  á  la  herradura. 


(  1 )  Ciiaiitlo  el  cuervo  siiiirslro  U;  graznan", 

La  snl  se  derniiiian', 
El  espojo  que  luiras  se  roiui)iere 
O  toiuoroso  suofu)  t»>  alligicn", 
Armaraste  severo 
Contra  las  amona/as  del  agüero 
Y  dirás  á  tu  ¡tropio  srntiniicnlo  : 
No  luo  tocan  los  miedos  del  portento. 

(  Dvclriiui  lie  KpicUto  traducida   por  I>.  Francisco 
de  (Jucvedo  Villegas. ) 


344  SUPERSTICIONES  DEL  RÍO  DE  LA  PLATA. 

Porque,  en  justicia  y  buena  lógica,  los  que  creen  en  el  pres- 
tigio de  la  herradura,  merecen  llevarla  ^^\  La  preocupación 
relativa  al  acto  de  sentarse  á  una  mesa  trece  personas,  en 
el  Río  de  la  Plata,  es  cortesana,  reciente:  aun  no  ha  pene- 
trado en  la  casa  del  paisano.  ¿  Cuántos,  entre  la  gente  culta, 
no  temen  sentarse  á  una  mesa  de  trece  cubiertos?  La  trai- 
ción de  Judas  anunciada  por  el  Salvador  en  la  cena,  ¿qué 
tiene  que  ver  con  la  reunión  casual  de  trece  personas  en 
torno  de  una  mesa?  Dentro  del  año  subsiguiente  á  la  co- 
mida, sin  embargo,  alguno  de  los  comensales  ha  de  morir, 
tal  vez  sin  saberse  de  qué,  tal  vez  de  un  modo  trágico : 
preocupación  tan  pueril  como  la  más  candida  de  las  sim- 
plicidades comunes  entre  la  gente  campesina,  por  más  que 
se  engalane  con  frac  y  guante  blanco  en  los  comedores  ar- 
tesonados  de  París,  de  Londres  y  de  Viena^-^'l 


(1)  Satirizó  D.  Francisco  de  Quevedo  algunas  de  las  aprensiones 
vulgares  en  el  Libro  de  todas  las  Cosas.   Dice,  jjor  e  emplo : 

«Si,  al  salir  de  tu  casa,  vieres  volar  cuervos,  déjalos  volar  y  mira 
tú  donde  pones  los  pies. 

« Si,  riñendo,  se  te  cae  la  espada,  y  te  rompen  la  cabeza,  es  mal 
agüero  para  tu  salud  y  bueno  para  el  cirujano  y  alguacil. 

« Todas  las  rayas  que  vieres  en  las  manos,  significan  que  la  mano 
se  dobla  por  la  palma,  y  no  por  arriba. » 

(2)  Un  escritor  de  fino  ingenio  se  expresa  del  modo  siguiente 
acerca  de  la  ijreocupación  á  que  se  hace  referencia  en  el  texto  : 

« —  ¡  Trece  !.  • . .  exclamaron  algunas  voces.  ¡  Número  fatal ! 

—  Fatalísimo,  añadió  una  señorita,  contando  de  nuevo  el  número  de 
los  circunstantes.  Y  no  hay  duda,  somos  trece.  ¡  Esto  es  terrible ! 

—  Señora,  le  replicaron  los  incrédulos,  estamos  al  borde  de  una  ca- 
tástrofe, 

—  No  se  burlen  Udes.,  dijo;  hay  casos,  casos  desastrosos,  y  puedo 
citar  desgracias  ocasionadas  por  la  fatalidad  de  ese  número.  En  el 
colegio  comimos  una  vez  trece,  y,  antes  de  cumplirse  el  año,  murió 
una  de  mis  compañeras,  que  estaba  ya  para  salir  de  él. 

—  Cualquiera,  advertí  yo,  puede  morirse  después  de  comer,  y  mucho 


CAPÍTULO  xxiri.  345 

Los  indios  de  America  tuvieron  preocupaciones  seme- 
jantes á  los  de  los  pueblos  europeos. 

Cantar  un  ])ulio,  mochuelo  6  lechuza,  ú  otra  ave  noc- 
turna, en  una  casa  donde  hubiere  i)osado,  era,  entre  los  in- 
dios, señal  de  que  alguno  había  de  morir  en  ella  pronto^' I 
Temblar  los  párpados,  zumbar  los  oídos,  bostezar,  toser, 
estornudar,  sacar  el  pie  derecho  ó  el  izquierdo,  hallar  pe- 
leándose los  animales  6  trabadas  ó  combatiendo  las  cule- 
bras ó  sabandijas,  ladrar  ([)endencias)  6  aullar  (muerte) 
perros,  auguraban  bienes  ó  males  segíln  los  casos ^"l  Sonar 
el  fuego,  anunciaba  próxima  llegada  de  huespedes.  Acer- 
carse un  remolino  de  viento,  significaba  asalto  de  enemigos. 
Zumbar  los  oídos  era  eco  de  nnn*muraciones.  Caer  el  bo- 
ca lo  de  la  boca,  argüía  que  se  estaba  acordando  de  uno 
quien  bien  le  quería.  Pasar  por  cima  de  una  casa  un  pá- 
jaro, indicaba  que  al(júíi  brujo  venía  d  flechar  á  sus  ha- 
bitantes, esto  es,  á  hacerles  un  maleficio  ^^^. 

Entrar  un  sapo  en  una  embarcación,  entre  los  guaraníes, 
era  señal  de  que  alguno  de  los  que  iban  en  ella  había   de 


más  s¡  tiene  un  ano  delante  para  coí^er  una  pulmonía,  un  tifus  6  cual- 
quiera do  las  enfernicMlades  que  matan. 

—  Se  equivoca  Ud.,  me  contestó.  Los  médicos  no  supieron  decir 
claramente  de  qué  enfermedad  nnuió  mi  companera  de  colegio.  Desde 
entonces  le  tengo  horror  al  lunnero  trece.  En  Taris  no  se  |X)nen 
nunca  trece  cubiertos  en  la  mesa.»  (Don  José  belgas,  El  Xt'nncro 
Trece,    novela. ) 

(1)  Fr.  Juan  de  Torquemada,  hablando  de  los  mejicanos,  en  su  Mo- 
iiarqnia  Indiana:  Relación  (anónima)  délas  Co.stunibre.s  Anliguas  de 
los  Xaluralr.s  del  Pin)  (Tres  licl.  de,  Antigiied.  Peruan.  puhl.  por  el 
^linisterio  de  Fom.  Mad.,  1879);  etc. 

(2)  Peí.  (nnón.)  de  las  (hst.  Ant.  de  los  X,  del  Pira  (Tres  Peí.  de 
Antif/iied.  Peruan.  puhl.  por  el  Minist.  de  Fom.  Mad.,  1S71)\ 

(3)  Ilisturia  Mililar,  Cicil  u  Sayrada  de  Chile  por  il  P.  Migui-l  ile 
Olivares. 


o 


46  SUPERSTICIONES  DEL  RÍO  DE  LA  PLATA. 


morir  pronto  ^^\  Entrando  en  un  lugar  un  venado,  había 
que  matarlo.  Si  no  lo  mataban,  de  seguro  había  de  morir 
fatalmente  alguno  de  los  que  moraban  en  el  sitio  por 
donde  se  hubiere  escapado.  Cuenta  el  P.  Antonio  Ruiz  de 
Montoya  que  en  una  ciudad  de  españoles  se  estaba  cele- 
brando en  cierta  ocasión  con  una  fiesta  de  á  caballo  un 
casamiento.  Un  venado,  que  venía  huyendo  de  gente  que 
le  perseguía,  pasó  por  la  calle  de  la  casa  de  los  novios, 
donde  estaban  divirtiéndose  sus  amigos.  El  accidente  sirvió 
de  mayor  entretenimiento;  pues  todos  se  dieron  á  querer  apri- 
sionar al  venado.  El  venado,  sin  embargo,  se  les  escapó,  y  un 
indio  que  estaba  presente,  dijo:  —  «  ¿Quién  es  el  que  ha  de 
morir  hoy  en  esta  casa?  »  Aquella  misma  noche  adoleció  el 
novio,  y,  al  amanecer,  su  cuerpo  era  cadáver  ^^l  Murió  el 
novio,  por  lo  visto,  en  fuerza  de  un  fenómeno  psico- físico 
de  auto -sugestión.  La  preocupación  reinante  y  la  predicción 
del  indio  impresionaron  acaso  una  naturaleza  ya  de  suyo 
desmedrada,  y  le  causaron  la  muerte. 

El  número  tres  figura  esencialmente  en  la  mayor  parte 
de  las  fórmulas  y  aplicaciones  simpáticas.  Cuando  se  re- 
siente la  muñeca,  por  causa  de  algún  esfuerzo,  dicen  que 
se  abre.  Para  cerrarla,  cí nenia  con  tres  vueltas  de  una 
cinta  colorada  (otros  negra),  sin  pecar,  esto  es,  nueva,  no 
usada  todavía.  Para  conocer  si  una  criatura  tiene  mal  de 
ojo,  dejan  caer  con  el  dedo  tres  gotas  de  aceite  en  un  vaso 
de  agua,  acompañando  la  operación  con  palabras.  Si  las 
gotas  de  aceite  se  van  al  fondo,  la  criatura  tiene  mal  de 

(1)  Ruiz  de  Montoya,  Conqiiist.  Esp.  del  Parag.,  Paran.,  Urug.  y 
TajJ.,  y  Lozano,  Jlist.  de  la  Conquist.  del  Parag.,  Río  de  la  Plat.  y 
Tucum. 

(2)  Conquist.  Espir.  del  Parag.,  Paran.,  Urug.  y  Tape. 


CAPÍTULO   XXIII.  347 

ojo.  La  caída  de  la  paletilla  se  cura  con  palabras,  y  iiii- 
dieiido  una  cinüi  que  tenga  tres  tantos  desde  la  mano  al 
codo.  Si  la  paletilla  está  caída,  encógese  cuatro  dedos  la 
cinta.  El  empaclio  de  las  cviaturas  se  comprueba  y  cura 
levantando  tres  veces  con  las  yemas  de  los  dedos  el  pellejo 
del  espinazo  á  la  altura  de  la  boca  del  estómago  y  apli- 
cando á  este  un  parche  de  aceite  mezclado  con  la  flor  de 
la  ceniza.  Estando  empachada  la  criatura,  suena  interior- 
mente la  parte  del  espinazo,  al  levantarse  la  piel.  Tres  gol- 
pes en  un  mortero  con  la  maza,  tirándola  en  seguida  y  hu- 
yendo sin  mirar  para  atrás,  liarán  desaparecer  un  orzuelo. 
Un  puñado  de  sal  arrojado  al  fuego  dará  el  mismo  resultado, 
si  el  paciente  logra  huir  tan  precipitadamente,  que  no  llegue 
á  sentir  el  chisporroteo.  Tres  cerdas  de  la  cola  del  caballo  6 
tres  hebras  del  cojinillo,  anudadas,  evitarán,  si  se  echan  en 
el  nido  de  un  avestruz,  6  nandú,  que  este  patee  y  desparrame 
los  huevos  que  está  encobando,  cuando  le  sacan  alguno.  Di- 
cen que  el  avestruz  deshace  la  nidada,  si  advierte  que  le  han 
extraído  un  huevo.  Algunos  se  limitan  á  echar  sobre  los 
huevos  unas  hilachas  de  la  bajera,  y  otros  reparan  el  agravio, 
orinando  en  el  nido:  tras  cuernos,  palos.  Los  manosanta.^  y 
tatadiose><,  cuando  van  á  hacer  sus  rezos  y  santiguaderas, 
encienden  /?7'.s'  luces  delante  del  crueitljo  6  de  la  virgen. 
El  encanto  de  las  plumas  del  caburéestil  fundado,  como 
todas  las  creencias  de  este  genero,  en  una  relación  de  ana- 
lofjía  que  se  supone  eficaz  para  causar  un  efecto  real  eiUre 
los  términos  comparados.  VA  cabuiv,  con  el  leiTor  (\\\c  in- 
funde, entumece  los  miend)r()s  y  end)araza  el  vuelo  de  h)s 
pájaros  que  le  rodean  y  se  le  acercan  '  .   1^1  vulgo,  (jue  no 

(1)    V.  Clip.  XIX,  pág.  238. 

21. 


348  SUPERSTICIONES  DEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

se  penetra  de  ello,  cree  que  el  caburé  atrae  á  los  demás 
pájaros.  De  aquí  deduce  que  el  que  lleve  consigo  ó  tenga 
en  su  casa  las  plumas  del  caburé,  atrae  la  suerte  en  las 
diversas  formas  con  que  se  presenta  y  según  las  aficiones 
ó  necesidades  de  la  persona  que  las  posee.  El  negociante 
atraerá  á  los  compradores  de  sus  mercancías,  el  hombre 
enamorado  á  la  hermosa  que  le  desvela.  Para  que  el  en- 
canto surta  efecto,  es  necesario  que  el  caburé  se  cace  vivo, 
que  se  le  arranquen  tres  plumas  del  ala,  y  que  en  seguida 
se  le  suelte.  Las  tres  (núrnero  cabalístico)  plumas  del  ala 
quedan  ligadas  á  la  acción  del  caburé.  El  caburé  en  los 
bosques  sigue  atrayendo  hacia  sí  los  pájaros  todos,  á  fin 
de  regalarse  con  los  que  más  apetece.  El  poseedor  de  las 
plumas  del  ala,  á  la  par  con  el  caburé,  aunque  no  lo  vea  ni 
sepa  de  su  paradero,  atrae  las  personas  y  las  cosas  que 
desea  ó  le  convienen.  Y  luego  las  domina  ó  las  adquiere 
pronta  y  eficazmente;  porque  es  sabida  la  rapidez  con  que 
el  caburé  se  lanza  sobre  su  presa,  tan  luego  como  tiene 
reunidos  en  torno  suyo  á  los  pájaros  del  lugar  donde  se 
halla. 

Las  quebraduras  y  enfermedades  del  útero  se  curan  con 
una  simpatía  del  ombú  y  del  higuerón.  Un  viernes  santo, 
antes  de  amanecer,  pone  el  paciente  en  el  tronco  del  árbol 
un  pie,  por  el  lado  en  que  da  el  sol.  Un  muchacho  corta 
en  torno  del  pie  la  corteza  del  árbol,  sin  desprenderla. 
Cuando  se  contrae  la  corteza,  por  la  falta  de  comunicación 
con  la  savia  de  la  que  envuelve  el  tronco  del  árbol,  sana 
el  enfermo.  Los  gusanos  que  se  nutren  con  la  carne  des- 
compuesta de  la  matadura  de  una  caballería,  caen,  ai  se- 
carse la  hierba  que  saca  su  alimento  de  la  porción  de  te- 
rreno donde  asentara  el  casco  el  animal  agusanado  y  que 


CAPÍTULO  xxiir.  349 

el  curador  ha  des¡)ren(li(lo  del  suelo,  bendecido  con  una 
cruz  y  dado  vuelta  hacia  la  tierra. 

El  paralelismo  es  tan  exacto,  á  juicio  del  vulgo,  que  en 
deteruu'nadas  circunstancias  hay  la  necesidad  de  sepanir  de 
la  persona  ó  del  animal  que  se  hallaba  enfermo  el  objeto 
por  cuyo  intermedio  se  verifica  la  curación.  Por  ejemplo, 
})Mra  la  gusanera  hay  una  simpatía  que  consiste  en  colgar 
del  pescuezo  del  caballo,  vaca,  etc.,  mediante  un  tiento  de 
haíjiial  (tira  delgada  de  cuero  de  potro),  un  palito  con 
sendas  cruces  en  sus  extremos.  Pero,  cuando  han  caído 
los  gusanos,  es  necesario  sacar  del  cuello  del  animal  el  col- 
gajo; porque  si  se  le  deja,  el  animal  se  aniquila,  se  va  con- 
sumiendo hasta  el  punto  de  morirse.  Con  los  mismos  efec- 
tos, cuélganse  del  pescuezo  del  animal  agusanado  tres  ó 
nueve  (/arras  (pedacitos  endurecidos  de  cuero,  que  propia- 
mente son  las  extremidades  con  ojales  por  donde  se  le 
afinuza  para  estirarlo  entre  cuatro  estacas,  á  lo  que  llaman 
estaqueo).  En  cayendo  los  gusanos,  hay  que  sacar  las 
garras;  si  no,  se  aniquila  y  nuiere  el  animal. 

El  paisano  tiene  la  preocupación  de  que  no  se  puede 
cruzar  al  galope  j^or  donde  ha  pasado  un  aguará,  so  jiena 
de  que  ruede  el  caballo.  ¿De  dónde  dimana  esta  })reocu- 
pación?  Los  caballos  andadores  6  de  sobrepaso  ruedan 
con  facilidad.  El  aguará  se  asemeja  en  el  andar,  como  se 
indica  en  otro  lugar  ^^\  á  la  cabalgadura  de  sobrejmso,  que 
rueda  con  facilidad.  Es  posible  que  una  y  otra  vez,  pi>r 
acaso,  haya  rodado  el  caballo  del  paisano,  persiguiendo  :í 
un  animal  por  donde  poco  antes  hubiere  visto  pasar  un 
aguará.  J)e  eso,  á  deducir,  juzgando  por  analogía,  como 

(1)    Cap.  XXXVI. 


350  SUPERSTICIONES  DEL  KIO  DE  LA  PLATA. 

lo  hace  el  hombre  primitivo,  el  mago,  el  vulgo,  que  la  causa 
de  la  caída  es  el  haber  cruzado  corriendo  por  donde  anduvo, 
el  aguará,  hay  muy  corta  distancia.  La  deducción  ofré- 
cese clara,  fácil.  Es  género  de  simpatía. 

La  preocupación  de  que  se  hace  referencia  ha  podido, 
sin  embargo,  tener  origen  del  Viejo  Muüdo.  La  aparición 
de  un  lobo  atravesando  el  camino,  era  mal  agüero  para  el 
caminante.  Como  el  aguará  ofrece  bastante  semejanza  con 
el  lobo,  es  posible  que  se  hubiese  aplicado  á  él  la  misma 
preocupación  que  respecto  del  segundo  tuvieron  en  Europa. 
Hombres  de  campo  que,  sin  ninguna  preocupación,  convie- 
nen en  el  hecho,  por  haberles  acaecido  ( dicen )  á  ellos  mis- 
mos ó  por  suponerlo  posible,  lo  explican  de  este  modo.  El 
aguará  es  catingoso,  hediondo.  Por  donde  pasa  queda 
la  atmósfera  impregnada  de  la  fetidez  que  el  animal  ha 
despedido  de  su  cuerpo.  El  caballo,  al  cruzar  por  el  camino 
que  ha  seguido  el  aguará,  se  distrae  con  el  olor  que  siente, 
y  rueda.  Así  también  el  caballo,  al  cruzar  por  donde  ha 
pasado  un  tigre,  en  sintiendo  su  olor,  pega  una  sentada, 
se  sienta,  es  decir,  se  para  de  golpe,  echándose  hacia  atrás, 
sentándose  sobre  los  garrones  ó  parte  posterior  de  las 
corvas. 

En  la  propinación  de  los  remedios  de  hierbas  y  demás 
cosas  que  usan  los  curanderos,  los  números  tres  y  siete 
aparecen  con  frecuencia  surtiendo  sus  mágicos  efectos.  El 
curandero,  que  ordinariamente  es  hombre  curtido  y  baque- 
teado, juzga  á  los  demás  por  sí,  midiendo  á  todos  por  el 
mismo  rasero.  Como,  ó  es  negro,  ó  tiene  mucho  del  sol- 
dado y  del  indio,  que  más  de  cien  veces  han  curado  con 
pólvora  y  aguardiente  sus  dolencias,  no  repara,  si  á  mano 
viene,  en  administrar,  para  mi  enfermo  á  quien  la  fiebre  ha 


CAPÍTULO  xxiir.  351 

dejado  exánime,  iiiin  dosis  regular  de  aquellos  poderosos 
revulsivos.  Y  si  con  arreglo  á  los  preceptos  de  la  ciencia 
oculta  que  profesa,  ha  de  ser,  por  ejemplo,  el  numero  siete 
quien  determine  la  Ciuitidad  ó  porciones  del  medicamento 
que  ha  de  ingerir  en  sus  entrañas  el  paciente,  poco  hará  al 
caso  que  la  dosis  parezca  excesiva.  Para  el  intrépido  curan- 
dero nunca  lo  será.  Así,  entendiendo  (pie  la  enfermedad 
de  que  adolece  el  cuitado  que  se  pone  en  sus  manos,  debe 
curarse  con  aguardiente,  le  mandará  echar  entre  pecho  y 
espalda  siete  buenos  tragos  de  aguardiente  ^^\ 


(1)  «El  enfermo  licitó  casi  muerto  i^ ;i  Ihicuí,  en  el  ParaLrnay ). 
Los  ataques  pasados,  el  no  haber  podido  cenar  anoelie,  la  falta  de 
cama  y  la  jornada  de  hoy,  casi  acabaron  con  él.  Al  momento  se  lo 
facilitó  caldo,  que  no  admitió  su  estóma.iro,  porque  le  entró  una  acce- 
sión con  vómitos,  delirio  y  mucha  calentura,  que  duró  hasta  nieilia 
noche.  8e  llamó  al  curandero  del  valle,  quien  le  recetó  sirte  tragos 
de  aguardifítiír,  que  no  permití  (pie  le  diesen,  y  desdií  dicha  hora  fué 
á  mejor.»  (I).  Félix  de  .\zara,  l'idjrs  inrditos  drsdr  Santa  Fr  d  la 
Asiiiirión,  ni  interior  del  Piinvjntvi  ij  d  los  purhlos  dr  Misiones,  publica- 
dos con  noticia  preliminar  y  notas  por  el  General  1).  Bartolomé  Mitre  y 
el  Dr.  I).  Juan  María  Gutiérrez.    Buenos  Aires,  1873.) 


CAPÍTULO  XXIV. 

De  otras  preocupaciones  (fenómenos  naturales). 


Sumario.  —Apariciones  de  cometas:  su  fatalidad.  —  Terremotos,  tem- 
blores de  tierra,  cometas  y  eclipses  entre  los  indios  de  América : 
qué  anunciaban.  —  Pronósticos  de  un  astrólogo  guaraní,  —  Los 
eclipses  en  la  antigüedad  y  entre  los  indios  del  Perú.  —  Geodas  ó 
cocos. — Sus  virtudes  sobrenaturales.  —  Descríbense  los  coco,?. — 
Admiración  que  causan  á  los  españoles.  —  Revientan,  según  tra- 
dición, con  gran  estrépito.  —  Cateadores.  —  Trátase  de  explicar  la 
rotura  de  los  cocos.  —  Ideas  de  los  antiguos  respecto  de  los  geo- 
das. —  Otro  género  de  piedras  huecas. 


Una  de  las  preocupaciones  populares  más  antiguas  y 
comunes  que  aun  subsisten,  son  los  terrores  infundidos 
por  los  cometas,  no  precisamente  en  virtud  de  causas  na- 
turales que  se  presuma  puedan  manifestarse  en  el  orden 
físico  con  el  contacto  ó  comunicación  mediata  ó  inme- 
diata de  ellos  y  de  nuestro  planeta,  sino  por  el  solo  influjo 
de  su  presencia  en  el  firmamento  á  las  miradas  de  los 
hombres.  Consideróseles  como  anuncio  de  públicas  cala- 
midades, como  unos  siniestros  mensajeros  de  las  regiones 
celestes.  Entre  los  sucesos  extraordinarios  que  sobreve- 
nían á  la  aparición  de  un  cometa,  contábanse  los  destro- 
namientos  y  muertes  de  príncipes.  A  lo  que  argüía  inge- 
niosamente Feijoo :   «  La  ambición  del    vecino,   la  queja 


CAPÍTILO    XXIV.  353 


del  va??allo,  íoii  los  cometa-^  que  deben  temer  los  sobe- 
ranos» ^^\ 

Un  cometa  puede  realmente  producir  alteraciones  gi-a- 
ves  en  el  planeta  que  habitamos,  sin  chocar  el  uno  con  el 
otro,  lo  que  sería  un  cataclismo  que  acabaría  con  todo. 
Puede  modificar  las  condiciones  normales  de  la  atmósfera 
terrestre.  Un  lastro  de  gases  deletéreos,  irrespirables,  i)uede 
inficionar  el  aire  que  rodea  el  globo  ternlqueo,  al  cruzar 
éste  por  un  punto  de  la  órbita  ó  camino  andado  por  el  co- 
meta. Puede  sufrir  la  tierra,  con  la  aproximación  del  co- 
meta, un  considerable  aumento  de  temperatura,  y,  junto 
con  la  alteración  del  aire  atmosférico,  ocasionar  sequías  y 
pestes.  La  ruina  de  las  cosechan,  la  mortandad  de  los  ga- 
nados, la  desolación  de  los  pueblos,  traen  en  pos  de  sí  el 
malestar,  el  hambre,  la  miseria  y  el  robo,  los  homicidios, 
las  discordias,  las  guerras,  las  invasiones  y  conquistas  y  el 
despotismo  de  los  mandones  coronados  con  el  lauro  de  la 
victoria.  De  suerte  que  la  supersticiosa  ignorancia  no  an- 
duvo lejos  de  la  lógica  realidad  en  el  orden  natural  de  los 
hechos  y  fenómenos  posibles.  El  engaño  estuvo  en  la  idea 
de  las  causas  inmediatas  de  los  temidos  acontecimientos. 

Antes  de  la  llegada  de  los  españoles,  hubo  en  el  Períi 
gi'andes  terremotos  y  teml)lores  de  tierra  mayores  que  los 
ordinarios,  y  cayeron  muchos  cerros.  Aparecieron  nmchos 
cometas  de  formas  raras  v  espantables.  Por  el  color  v  dis- 
posición  de  tres  cercos  que  una  noche  serena  apart.H?ieron 
en  la  luna,  los  adivinos  ó  magos  llamados  Uaicas  pronos- 

(1)     Teatro  Critico  Universal. 

«Cometa  con  cola  denota  niuehas  hocéis  abÚTtas;  y,  si  fuere  oriniín. 
inorírún  sin  diula  aquel  ano  todos  los  reyes  ((Ue  Dios  t|U¡s¡«*n\  »  (  I)on 
Francisco  de  Que  vedo,    Kl  Libro  ilc  tola.s  ios  Cosas,  i 


354  SUPERSTICIONES  DEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

ticaron  á  Huriina  Capac  que  el  supremo  hacedor  y  sus- 
tentador del  universo,  Pachacamac,  amenazaba  la  sangre 
real  y  su  imperio ^^l  Los  astrólogos  y  amantas  ó  sabios 
que  se  juntaron  de  mandato  de  Huaina  Capac  con  motivo 
de  la  aparición  de  unos  cometas  espantosos  y  de  dos  eclip- 
ses de  sol  y  de  luna,  pronosticaron  el  fin  del  mundo  ^^l  El 
temblor  de  la  tierra,  entre  los  mejicanos,  era  señal  de  que 
se  había  de  acabar  presto  el  maíz  de  los  trojes  ^"^\  Grandes 
guerras  anunciaban  los  cometas,  y  muertes  de  personas 
principales  los  eclipses  del  sol  y  la  luna,  entre  los  pegüen- 
ches-^l  Entre  los  cristianos,  los  terremotos  y  temblores  de 
tierra,  las  inundaciones,  pestes  y  otras  calamidades  natu- 
rales han  sido  castigo  del  cielo  por  los  j)ecados  de  los 
hombres. 

El  cacique  Oberá,  célebre  mago,  intentó  libertar  á  la 
generación  guaraní  del  dominio  de  los  es2:)añoles.  Titulá- 
base hijo  de  Dios  y  decíase  concebido  sin  obra  de  varón, 
en  el  vientre  de  una  mujer  que  después  del  parto  conser- 
vara su  prístina  virginidad.  Un  cometa  que  apareciera  por 
entonces  (1577)  al  occidente,  fué  la  señal  espantosa  que 
presentó  el  caudillo  guaraní  á  los  ojos  de  los  suyos  para 
persuadirles  á  una  rebelión  que  había  de  acabar  con  los 
españoles.  El  cometa,  decía  el  indio,  desapareció  repenti- 
namente, porque  él  así  lo  había  ordenado:  era  el  arma 
principal  y  más  terrible  de  que  liaría  uso,  cuando  llegase 


(1)    El  Inca  Garcilaso  de  la  Vega,  Comentarios  Reales  del  Perú. 
{2)    Memorias  Antiguas  Historiales  y  Políticas  del  Pera  por  el  Li- 
cenciado Fernando  Montesinos. 

(3)  Fr.  Juan  de  Torquemada,  Monarquía  Indiana. 

(4)  Descripción  de  la  naturaleut  de   los  terrenos  poseídos  ¡wr  los 
Pegüenches  por  D.  Luis  de  la  Cruz,  en  la  Colecc.  Ángel is. 


CAPÍTULO  xxrv.  355 

la  ocasión  oportuna  del  exterminio  de  sns  onemií^os,  hasta 
entonces  invencibles.  Con  ella  incendiaría  sus  poblaciones 
y  perecerían  todos  abrasados.  La  confianza  que  inspirara 
Oberá  á  los  indios  no  tuvo  límites,  y  el  fuego  de  la  rebe- 
lión cundió  })or  el  Paraguay  y  otras  regiones  inmediatas 
adonde  había  enviado  emisarios.  Juan  de  Garay,  capita- 
neando ciento  treinta  españoles  de  los  más  valerosos,  salió 
de  la  Asunción  del  Paraguay  en  busca  de  los  rebeldes,  á 
(juienes  pronto  hizo  wv  la  temeridad  de  su  intento  ;  á  vista 
(le  ]()  cual,  otro  cacique,  el  cruel  Ta])uiguazu,  disuadió  á  su 
parcialidad  de  llevar  más  adelante  la  empresa.  Uno  de  sus 
adivinos,  el  más  anciano,  llamado  Urainliid,  manifestó 
(jue  antes  de  la  entrada  de  los  españoles  habían  aparecido 
varios  cometas,  cuya  presencia  y  el  movimiento  de  las  es- 
trellas le  convencieran  de  que  nuevas  gentes  vendrían  á 
conquistarlos,  conjetura  que  se  conformaba  con  el  rumor 
que  ya  entonces  corría  entre  ellos  en  el  mismo  sentido. 
Los  españoles  son  irresistibles,  añadía  el  venerable  anciano, 
el  cielo  visiblemente  los  favorece :  ante  ellos  un  poder  se- 
creto enerva  nuestras  fuerzas:  nuestra  ruina  es  inevitable  ^^^. 
Los  antiguos  griegos  y  romanos  atribuyeron  á  obra  de 
deidades  maléficas  ó  irritadas  el  fenómeno  de  los  eclipses, 
y  á  su  aparición  j)rorrumpían  en  clamorosos  gritos,  asor- 
dando á  la  vez  con  profuso  ruido  de  instrumentos  de  toda 
clase,  á  efecto  de  impedir  que  llegasen  al  eii'lo  las  voces 
de  los  encantadores.  Turcos  y  persas  hicieron  lo  mismo, 
intentando  desvanecer  con  el  ruido  las  malas  impresiones 
(pie  causan  los  eclipses. 


(1)     Barco  CentOMoia,  J^a  Argentina;  el  P.  IVdro  I^ozano,  Historia 
de  la  Conquista  del  raragnay,  líio  de  la  ríala  y  Tucunián. 


356  SUPERSTICIONES  DEL  RÍO  DE  LA  PLATA. 

Igual  costumbre  tuvieron  los  chinos,  continuáudola  aun 
después  de  conocer  la  verdadera  causa  de  los  eclipses ;  y 
es  que  «  tanto  se  arraiga  en  los  ánimos  una  observación 
supersticiosa,  que  apenas  puede  turbarla  en  la  posesión  el 
más  claro  desengaño  »  ^  ^  \ 

Los  eclipses  de  luna  atemorizaban  á  los  indios  perua- 
nos, creyendo  amenazado  de  muerte,  con  la  caída  del  cielo, 
el  mundo.  Cuando  ocurría,  apaleaban  á  los  perros,  para 
que  con  sus  dolientes  aullidos  conmoviesen  á  la  amable 
deidad  de  la  noche,  despertándola  de  su  letargo  y  evitando 
de  ese  modo  la  ruina  del  universo.  Persuadidos  estaban  de 
que  la  luna  no  desoiría  los  clamores  de  los  perros,  á  quie- 
nes nunca  podía  olvidar,  por  cierto  servicio  que  le  habían 
hecho.  Adorábanlos  por  su  lealtad  y  nobleza,  representá- 
banlos en  his  paredes  de  sus  templos,  hacían  bocinas  ó 
trompas  de  sus  cabezas,  que  tocaban  en  las  fiestas  y  en  la 
guerra,  y  en  algunas  partes  comían  su  carne,  que  hallaron 
sabrosísima  ^''^^. 

Hay  un  género  de  geodas,  piedras  huecas  cristalizadas 
por  dentro,  que,  según  tradición,  cuando  están  formadas, 
revientan  con  estruendo,  lanzando  á  larga  distancia  los  pe- 
dazos en  que  se  dividen.  Los  indios  contemplaron  el  fe- 
nómeno como  la  obra  de  un  poder  sobrenatural,  atribu- 
yendo grande  virtud  á  cada  una  de  las  fracciones  que  les 
era  dado  recoger  de  la  piedra  despedazada  con  la  explosión, 
como  si  la  naturaleza  brindase  á  voz  en  grito  con  los  ce- 
lestiales dones  de  la  felicidad  y  bienandanza  al  más  solí- 
cito en  acudir  á  su  llamamiento.  Una  poderosa  fuerza  per- 


(1)  Feijoo,  Teatro  Crítico  Universal. 

(2)  El  Inca  Garcilaso  de  la  Vega,    Comentarios  Reales  del  Perú. 


CAPITUIvO   XXIV.  357 

so7ial  {'d\os  0]Ori  del  hombre  primitivo),  que  clama  y  á 
todos  vientos  arroja  considerables  partes  de  su  ser  que  á 
los  rayos  del  .sol  resplandecen  con  hermosura,  no  podía 
menos  de  parecer  un  llamado  á  las  gentes  pai*a  que  se 
apresurasen  á  recibir  de  las  benéficas  manos  de  la  divini- 
dad las  prendas  de  ventura  (pie  se  dignaba  ofrecer  á  sus 
hijos.  Las  piedras  de  que  se  trata  recibieron  el  nombre  de 
cocos. 

Son  los  cocos  unas  piedras  huecas,  cuya  pared  interior 
está  cubierta  de  cristales.  Unos  son  mayores  (pie  una  ca- 
labaza ;  otros  menores  que  una  avellana  y  semejantes  á 
una  semilla  u  fruta;  algunos  parecidos,  en  forma,  tamaño 
y  color,  al  fruto  de  la  j^almera  ^\  Los  no  grandes  suelen 
tener  dentro,  á  parte  de  la  cristalización  que  entapiza  la 
pared,  otros  cristales  aglomerados  y  que  forman  como  el 
carozo  ó  semillas  de  una  fruta.  El  color  de  los  cristales 
varía  según  la  composición  de  la  piedra  á  que  están  ad- 
lieridos:  morados  (que  son  los  más  comunes),  blancos, 
rojizos,  amarillentos,  negros.  Hay  ciistales  mucho  mayores 
que  una  nuez,  y  otros  diminutos  como  la  punta  de  una 
aguja.  Los  de  grano  lino  son  los  más  resplandecientes  y 
bellos.  Algunos  ofuscan  con  la  profusión  de  luces  que  emi- 
ten ex])uestos  á  los  rayos  del  sol,  y  mirados  de  noche  á  la 
luz  artificial  es  mayor  y  más  hermosa  su  esplendidez.  Rara 
vez  se  hallan  enteros  los  grandes.  Ilállanse  despedazados, 
y,  á  veces,  á  largo  trecho  luias  de  otras  las  fracciones  en 
(jue  aparece   dividida   la  piedra.    Los   pedazos   correspon- 


(1)  La  piedra  nuís  extraña  do  euaiitas  han  venid»)  á  mi  notieia,  es 
la  (lue  llaman  coco  del  Para(juni/.  Haide  puesto  este  nombre  los  espa- 
ñoles, pt)r  tener  H«j:ura  de  eoco  y  eriarse  en  la  provineia  d«l  Para- 
uiiay.  *  (101  V.  l>t'rnal)ó  CoIh),  Ilisfon'n  ilrl  yurro  Mundo.) 


358  SUPERSTICIONES  DEL  RÍO  DE  LA  PLATA. 

dientes  a  una  misma  piedra  se  hallan,  ora  en  el  suelo,  ora 
debajo  de  tierra,  á  veces  á  un  metro  ó  más  de  profundi- 
dad, en  cerros  ó  en  campo  llano. 

Causaron  estas  piedras  no  poca  admiración  á  los  espa- 
ñoles que,  descubriendo  y  conquistando,  por  primera  vez 
las  contemplaron  en  la  antigua  provincia  de  Guaira,  si- 
tuada en  las  regiones  del  alto  Paraná.  «  Descubriéronse  en 
aquel  territorio,  dice  Ruidíaz  de  Guzmán,  unas  piedras 
muy  cristalinas,  que  se  crían  dentro  de  unos  cocos  de  pe- 
dernal, tan  apretadas  y  juntas,  haciendo  unas  puntas  pira- 
midales, que  alumbran  toda  aquella  periferia.  Son  de  di- 
versos y  lucidos  colores,  blancas,  amarillas,  moradas,  colo- 
radas y  verdes,  con  tanta  diafanidad  y  lustre,  que  fueron 
reputadas  por  piedras  finísimas  y  de  gran  valor,  diciendo 
eran  rubíes,  esmeraldas,  amatistas,  topacios  y  aun  dia- 
mantes. Estos  cocos,  por  lo  común,  se  crían  debajo  de  tie- 
rra en  los  montes,  hasta  que,  sazonados  los  granos,  revien- 
tan dando  un  grande  estruendo.  Y  con  tanta  fuerza,  que  se 
han  hallado  algunos  pedazos  de  pedernal  más  de  diez  pa- 
sos de  distancia  de  adonde  reventó  el  coco,  que  con  el  in- 
cremento que  toman  dentro  aquellas  piedrecillas  hace  tal 
estrago  al  reventar  debajo  de  tierra,  que  parece  que  con 
la  fuerza  del  estruendo  estremece  los  montes»  ^^\  Afirma 
igualmente  D.  Juan  de  Solórzano  que  estalla  el  coco,  y 
que  los  indios  del  Perú^^^,  cuando  sentían  el  estruendo, 
acudían  presurosos  á  buscar  los  fragmentos  de  la  piedra, 


(1)  Argentina.  Son  lo  mismo  que  las  piedras  de  Francia,  dice 
D.  Antonio  de  Alcedo    (Dice,  Geogr.-histór.  de  las  Ind,  Oocid.) . 

(2)  El  virroinato  del  Perú  extendía  primitivamente  su  jurisdicción 
al  Río  de  la  Plata  y  Paraguay,  regiones  á  que  sin  duda  se  refiere  el 
autor. 


CAPÍTULO   XXIV.  359 

persuadidos  de  que  su  liallazgo  era  indicio  de  buenaven- 
tura ^^l  I).  Félix  de  Azara  se  expresa  así:  'En  bastantes 
parajes  se  encuentra  lo  que  se  llama  cocos,  que  son  unos 
pedruscones  sueltos,  que  encierran  dentro  cristales,  con  sus 
facetas  apiñados  como  los  granos  de  una  granada.  Los  hay 
de  varios  colores,  y  los  mayores  y  mas  bellos  están  en  la 
serrezuela  de  Maldonado  (Uruguay).  Aseguran  allí  que 
por  la  costra  exterior  va  penetrando  el  jugo  que  forma 
dentro  los  cristales  y  que,  creciendo  éstos  y  faltándoles 
cavidad,  revienta  el  coco  con  un  estruendo  igual  al  de  una 
bomba  ó  cañonazo  »  ^-\  «  El  estampido  que  hacen  al  reven- 
tar, decía  D.  Manuel  A.  de  Flores,  es  tan  parecido  al  que 
causa  un  cañón  cuando  se  dispara,  que,  al  oir  las  primeras 
(piedras),  creímos  fuese  tiro  de  las  embarcaciones  que  de- 
bían venir  de  Cuvabá»^^'.  Finalmente  el  General  de  In- 
genieros  D.  José  María  Tleyes,  refiriéndose  á  estas  piedras, 
también  admite  que  «  revientan  debajo  de  tierra  con  estré- 
pito» ^^\ 

Los  cateadores  llevan  una  barreta,  con  la  que  tientan 
en  el  suelo,  donde  les  parece  que  puede  haber  piedras  de 
esta  clase.  Por  el  ruido  y  movimiento  que  hace  el  suelo, 
conocen  si  hay  ó  no  piedras  debajo.  Generalmente  las  pie- 
dras se  hallan  partidas,  y  adheridos  en  su  primitiva  dispo- 
sición todos  ó  la  mayor  parte  de  los  pedazos  que  la  intr- 
graban.  Est«i  yuxtaposición  es  lo  que  faeiüta  al   cateador 

( 1 )  PoVdira  Indiana. 

(2)  Descripción  r  Historia  del  Paraf/ua!/  ¡i  del  Hio  de  la  Plata. 

(3)  Carla  al  ^íaríiués  de  Valdclirios  (ITóG),  en  la  Colerción  de 
An.ííeüs.  I).  Manuel  A.  de  Flores,  entonces  otieial  de  la  Keal  Ar- 
mada, fué  después  teniente  general  y  virrey  <le  Nueva  (íranada. 

(-1)  Descripción  Ucográficn  del  Territorio  de  la  líejmblica  Oriental 
del  Uruguay. 


360  SUPERSTICIONES  DEL  RIO  DE  LA  PLATA. 

el  hallazgo  de  la  piedra,  por  el  choque  y  rozamiento  de  las 
fracciones  de  ella  entre  sí,  cnando  sacude  el  suelo  con  el 
golpe  de  la  barreta.  La  piedra,  que  es  durísima,  enterrada 
quizás  á  un  metro  de  profundidad,  ¿porqué  está  rota  en 
dos  ó  más  pedazos?  Los  movimientos  sísmicos  ó  séismicos 
(temblores)  que  experimenta  de  continuo  en  todas  partes 
la  corteza  del  globo,  es  presumible  que,  por  lo  general,  sea 
la  causa  productora  de  la  ruptura.  La  circunstancia  de  ha- 
llarse los  pedazos  de  una  piedra  á  cierta  distancia  unos  de 
otros  (á  cien,  doscientos  ó  más  metros),  en  ó  debajo  del 
suelo,  puede  tener  por  causa  las  convulsiones  que  en  épocas 
remotas  ha  sufrido  el  continente  y  todo  el  planeta.  ¿Y  el 
estallido  de  los  cocos  f  El  estallido  de  los  cocos  puede  ser 
una  cosa  semejante  al  estruendo  y  estremecimiento  de  los 
cerros  y  serranías,  citando  el  tiempo  se  descompone.  El 
agua  encerrada  en  algunas  geodas  ó  cocos,  al  dilatarse  en 
determinadas  condiciones  atmosféricas,  hace  que  revienten 
con  estruendo.  El  estampido  de  un  cañonazo  no  es  mayor 
que  el  estrépito  que  causa  la  geoda  al  estallar  impulsada 
por  el  vapor  á  que  una  alta  temperatura  eleva  el  agua  que 
contiene. 

Los  antiguos  atribuían  á  las  geodas  propiedades  cura- 
tivas de  ciertas  enfermedades.  Considerábanla  excelente, 
en  determinadas  composiciones,  para  las  enfermedades  de 
la  vista  y  de  los  pechos  de  las  mujeres ^^ I  También  en  el 
Nuevo  Mundo  atribuyeron  á  los  cocos  virtudes  medicinales. 
Bebiendo  en  ellos,  quitaban  la  melancolía.  Los  polvos  de 
los  cristales  interiores,  mezclados  con  agua  de  azahar,  ade- 
más de  quitar  también  la  melancolía,  curaban  el  mal  de 

(1)    C.  Plinii  Secundi  Naturalis  Historian  liber  XXXVl. 


CAPÍTULO   XXIV.  *   361 

corazón  y  la  gota  coral.  Tomados  con  aguardiente,  repa- 
raban los  espíritus  vitales ^^\ 

Hay  otras  piedras  huecas,  que  se  liallan  en  las  barrancas 
de  algunos  ríos,  excavando  en  ellas  ó  cuando  las  aguas 
pluviales  ó  de  las  crecientes  las  desmoronan.  Son  estas  pie- 
dras más  6  menos  redondeadas,  chicas  y  grandes,  aun([ue 
no  más  de  un  metro  las  conocidas,  duras  como  el  hierro  y 
negruzcas.  Por  fuera  están  cubiertas  de  tierra  arenisca  nj- 
jiza  (que  es  el  color  de  la  que  abunda  en  las  vertientes  del 
alto  Uruguay,  donde  se  crían)  y  sembradas  de  pedrezuelas 
ó  chinas  reciamente  adheridas.  El  interior  está  relleno  de 
greda.  Como  objetos  de  curiosidad,  á  modo  de  macetas  ó 
por  adorno  en  los  patios  y  jardines,  suelen  apreciarse  estas 
(jcodas.  Al  intento,  les  hacen  una  abertura,  sacándoles  la 
greda  que  contienen. 


(1)    El  P.  Ht'inabé  Cobo,  Historia  del  Kuevo  Mundo. 


CAPÍTULO  XXV. 

Fe  en  las  simpatías.  Taumaturgos  pedestres. 
(Auto-sugestión.) 


Sumario.  —  Misterios,  simpatía  y  auto  -  sugestión.  —  Acreditada  sim- 
patía del  color  rojo.  —  Acción  de  las  palabras  en  los  elementos 
simpáticos.  —  Necesario  secreto  de  las  fórmulas.  —  Cómo  se  obtie- 
nen y  se  transmiten.  —  Taumaturgos  populares.  —  Curaciones  á  la 
distancia  por  medios  simpáticos.  —  Auto -sugestión.  —  Pretensiones 
del  mago  vulgar.  —  Sobre  los  famosos  polvos  simpáticos  de  Digby. 
—  Cómo  explicaba  Digby  la  acción  de  los  polvos  simpáticos.  —  La 
curación  por  simple  contacto  de  los  medicamentos,  y  á  la  dis- 
tancia, ante  las  corporaciones  científicas.  —  Manosantas  y  tata- 
dioses.  —  Remedios  santos,  hierbas  santas  y  manos  de  santos.  — 
Proezas  edificantes  de  un  tatadiós  del  Tandil.  —  Cómo  procede  el 
manosanta.  —  Osadía  del  manosanta.  —  Su  hombría  de  bien.  — 
Sus  letras.  —  Cómo  se  forma  y  populariza.  —  Cómo  la  echa  á 
perder. 


En  personas  ignorantes,  crédulas,  influye  poderosamente 
cuanto,  á  su  modo  de  ver,  encierra  un  7nisterio.  El  número 
tres,  el  número  siete,  el  colocarse  del  lado  del  sol,  la  conco- 
mitancia de  la  curación  con  la  contracción  de  la  corteza 
de  un  árbol  (la  que  se  va  secando  por  falta  de  savia),  son 
elementos  bastantes  á  producir  el  fenómeno  psico- físico  de 
la  auto -sugestión  y  ^uñ  resultados  fisiológicos.  Tiene  el 
vulgo  en  las  simpatías  fe  ciega.  Y  esta  fe,  por  lo  que 


CAPÍTULO   XXV.  363 

toca  á  las  personas,  es  el  aírente  misterioso  que  mueve 
la  máquina  de  su  ser,  haciendo  que  alcance,  en  nnichos 
casos,  la  salud  á  que  aspira.  Verifícase  á  favor  de  ciertas 
acciones  aparatosas,  de  fórmulas,  de  preces,  de  invoca- 
ciones, de  santiguaderas,  el  fenómeno  psico- físico  de  la 
auto-siKjestión,  de  cuyos  efectos  fisioló<íicos  los  experi- 
mentos coetáneos  ofrecen  notorias  nmestras.  Por  su  me- 
dio se  restablece  el  ordenado  juego  de  las  funciones  del 
organismo,  cuyo  entorpecimiento  alteraba  la  salud  del  in- 
dividuo. Muchas,  nniy  molestas,  nuiy  graves  y  nuiy  fre- 
cuentes son  las  enfermedades  que  pueden  desaparecer 
mediante  una  influencia  magnética,  hipnótica  ó  sugestiva. 
Las  histéricas  y  nerviosas,  cuyo  número  es  harto  crecido, 
se  hallan  en  este  caso.  El  vulgo  ignaro,  que  ve  y  observa 
y  experimenta  los  efectos  maravillosos  de  las  simpatías 
que  usa,  no  titubea  en  atribuirles  uq  carácter  sobrenatural. 
Kazón  tiene  el  vulgo,  en  medio  de  su  ignorancia,  })ara 
creer  hoy  lo  (|ue  en  otras  épocas  tuvieron  por  cierto  los 
sabios.  Muchas  de  las  curaciones  serán  casuales,  imagina- 
rias; mas  el  vulgo,  (|ue  no  discierne  en  cosas  que  estiín 
fuera  de  su  alcance,  colócalas  en  el  numero  de  las  ciertas 
y  comprobadas. 

En  medicina  dase  el  nond)re  de  simpatía  á  la  concomi- 
tancia de  fenómenos  internos  del  organismo,  ya  sean  lisio- 
lógicos,  ya  patológicos,  (pie  se  veriíican  en  órganos  que  ca- 
recen de  conexión  directa  entre  sí.  La  simpatía  vulgar  de 
que  se  trata,  nada  tiene  que  ver  con  la  simpatía  médica 
(pie  la  ciencia  deíine. 

El  color  ;ojo  desempeña,  entre  los  medios  sinq>áticos, 
inq)ortaiit(»  papel  curativo.  Cuando  se  aln'r  la  uun^eca,  una 
cinta  ó  tira  colorada  sin  pecar  (nueva,  no  usatla ),  ceñida 


364  srpKiísTirioNbis  ükl  kio  dk  la  i^lata. 

* 
en  ella,  la  vurlví*  á  su  prístino  estatK)  ilc  >:iirulM(l.    A  un 

U'nu'ix)  ú  otm  aniuuil  ron  Ilujo  ile  vicntro,  sr  le  corta  ó 
imnleni  la  c\)rrentía,  atanilole  v\\  la  raíz  tUl  tronco  de  la 
i-ola  una  tira  ci^lorada :  y  una  tira  Av  luivcla  colorada  en 
torno  del  jK*scue/.o  de  un  venadito  ó  jíaiua  (/ttarhos  (sin 
madre  K  l>»j^í  t*l  dominio  di'l  liondue,  le  preserva  de  la  tris- 
teza V  malestar  que  le  aconu-te,  privado  di'  su  lilícrtad  y 
natund  compañía,  tristeza  y  privación  de  lil>ertad  (pie  k- 
oca^iomín  infaliMemeutt'  la  nuierte^^^ 

Las  palahraa  (que  es  jo  esencial   del  sccnto)  conuuii- 
caii  la  virtu<l  eficiente  á  la  .^imj)afía.   La  operación  ó  la 
acción,  el  aparato,  son  la  ft>nna,  y   las  palabras  el   alma. 
Sólo  en  determinadas  ocasiones  sah'  de  la  boca  del  hombre 
de  cjimjK)  el  sei-reto.    Vn  j)adre,  en  las  postrimerías  de  su 
existencia  terrenal,  transmite  secretamente  á  ircs  de  sus 
hijos  la  fórmida  (pie  le  sirvió  para  hacer  bien  á  sus  pn')- 
jimos  ó  ¡Kira  la  conservación  de  su  hacienda.    I  ;i  hond)re 
pobre,  viejo  y  dcísvalido,  que  no  espera  ya  jmseer  ganados 
cuya  pisanera   haya  de  curar  por   medio  de   una   tórmula 
HÍm|>át¡ca,  dámela  á  conocer  á   un   ami<;o  ó  ini   benefactor. 
Fuera  de  entos  aujos,  la  fórnuda  (pie  encierra  el  secreto  sim- 
palicf),  pucíle  Rer  transmitida   lícitamente  á  dos  |)ersonas, 
e»  decir,  í»in  (pie  las  palabras  pierdan  su  eíicacia.    Kn  tal 
caso,  la  tran.smisi(>n  del  secreto  se  hace  con  la  debida  so- 
lemnidad y  juramento;  de  Huerie  (pie  nunea  ha  de  j)asar  de 
trejf  el  námem  de  Ion  que  le  posean.  El  ternario  forma  una 
unidad  «uperíor,  envolviendo  una  i»erfección  moral  (|Ue  im- 
pide denmeri'zca  la  virtud  del  secreto. 


Ají.  aii  liiJt  Mimjtftiiajt,  no  rnAo  ú  la-  pcrj^oiui.'*  (en  t\\h'  puwle  veri- 
fiopir  U  auio-MUfjrMtiónl,  niño  á  lan  coHa.'^.  V^éajíe  Ctip.  X.XI  y  páj^.  'M'á). 


CAPÍTULO   XXV.  365 

Obtienese  además  un  secreto  simpático,  penetrando  en 
una  salamanca.  El  que  lia  tenido  suficiente  fortaleza  de 
ánimo  para  internarse  en  una  salamanca  (cueva  encan- 
tada ),  de  seguro  regresa  de  allí  sabiendo  algún  secreto,  no 
sólo  para  curar  enfermedades  propias  y  ajenas,  sino  para 
salir  ganancioso  en  toda  carrera  de  caballos  ó  juego  de  ba- 
raja, ó  para  rendir  á  su  voluntad  á  la  más  esquiva  de  las 
mujeres. 

Ahora,  hay  géneros  de  simpatía  ó  modos  extraordina- 
rios de  curar  que  privativamente  aplica  un  taumaturgo,  un 
individuo  que  presume  haber  recibido  del  cielo  la  gracia 
gratis  data,  el  don  de  hacer  milagros  que  sólo  Dios  puede 
otorgar  mediante  su  infinito  poder  soberano.  De  ahí,  en  el 
Río  de  la  Plata,  los  mañosa n tas,  los  tatadioses  y  los  sa- 
ludadores. 

Gran  j^recio  hacen  de  un  género  singular  de  simpatía, 
que  consiste  en  aplicar  desde  lejos,  sin  ver  ni  conocer  á  la 
persona  ó  al  animal  que  están  enfermos,  las  operaciones 
y  fórmulas  de  que  consta.  Llaman  á  esto  curar  cí  la  dis- 
tancia. Rara,  muy  rara  es  la  persona  que  tiene  la  dicha 
de  poseer  el  secreto  de  esta  codiciada  simj^atía.  Individuos 
hay  que  guardan  y  aplican  el  secreto  de  curar  cí  la  dis- 
tancia. Basta  que  un  enfermo  piense  en  ellos,  de  un  lugar 
á  otro,  aunque  haya  ríos,  mares  y  cordilleras  de  por  me- 
dio, para  que  sane  de  la  dolencia  que  le  aquejaba.  Cual- 
quiera diría  que  se  trata  de  supuestos  espiritistas,  ó  de 
hipnotizadores  campesinos.  Pero  no  hay  nada  de  eso.  El 
manosanta  ó  el  depositario  de  una  simpatía,  que  pretenden 
influir  á  la  distancia,  acaso  no  han  oído  hablaren  su  vida  de 
espiritismo  y  nuicho  menos  de  hipnotismo,  términos  nuevos, 
para  ellos  exóticos,  cuyo  sentido  ignoran.  Tiene,  en  reali- 


361)  -'  «'l-'RFTICIÜNES  DEL  KÍO  DK  LA  Tl^MA. 

iliul  de  vervlíul  Imstante  sonujanza  con  ciertas  doctrinas 
nKKlcrnas,  de  «iníeter  científico,  la  idea  y  íornia  dv  curar 
ú  la  distancia.  Viene  á  ser  ni  nuís  ni  ninios  qne  la  aufo- 
siujcitión,  cuando  el  paciente  es  una  persona  :  la  sngestión 
que  promueve  uno  en  sí  mismo,  en  el  estado  de  vigilia,  á 
favor  de  un  acto  de  voluntad  suficientemente  eficaz  para 
el  efecto.  El  cíun|>esino  del  Kío  de  la  iMata,  así  como  el 
bnisileño  de  Río  (¡nuide  del*»Sur,  quieren  ir,  sin  endjargo, 
c»>n  sus  simpatías  mnclio  más  adelante  que  los  hipnotiza- 
dores c»»n  sus  asond)rosos  experimentos.  Los  hombres  cicn- 
tílioís  tlcl  Viejo  Mumlo  intentan  obrai*  en  el  ánimo  y  or- 
ganismo del  paciente,  entre  otras  formas  de  transmisión  de 
la  voluntad,  ¡>or  míM lio  de  la  siKjcstión  mrnfdlon  el  estado 
hipnótico  ó  de  .sueño  artificial.  Kl  mago  vulgar  rioj)latense 
pretendí*  pro«Íucir  el  mismo  efecto  en  el  estado  de  vigilia. 
El  hi¡»notizador  sugiere  mentalmente  sus  ideas  y  designios 
a  una  |HTsona,  á  un  ser  dotado  de  conq)rensión  racional,  á 
un  individuo  capaz  de  entender  el  lenguaje  en  que  le  hahla 
OOn  «>lo  el  |K'nsaniiento,  como  lo  entendería,  si  h*  hablase 
Clin  la  emisión  corpórea  de  la  voz,  con  los  sonidos  articu- 
lados que  forman  la  palabra.  101  mago  pedestre  de  la  cuenca 
del  l'lala  va  mas  adelante,  pretendiendo  extender  la  esfera 
de  acción  propia  de  huh  ensalmos  á  las  dolencias  que  pa- 
decen loH  animales,  y  aun  á  la»  cosas  inanimadas,  como  si 
las  plantas  y  la»  aguas  y  los  cielos  fueran  seres  dotados  de 
entendimiento  y  voluntad  y  por  ende  capaces  de  obedecer 
sus  niandati>H.  I^i  pretensión  de  curar  á  la  distancia  no  es 
cosa  reciente,  ni  se  ha  fundado  solamente  en  ceremonias  y 
pfi//i//ra4  ( fórmulas  se<Tetas).  IIond>res  de  ciencia  anti- 
;-  HHitlernos  han  as<»mirado  e  int<*ntado  d(;mostrar  con 

ex|M  rinientoH  que  un  me< linimento  puede  producir  el  efecto 


CAPÍTULO   XXV.  367 

natural  de  sus  propiedades,  sin  necesidad  de  que  el  en- 
fermo le  tome,  ni  de  que  se  le  aplique  á  la  parte  da- 
ñada. 

Los  polvos  simpáticos  de  Digby  alcanzaron  no  poca 
fama  en  la  Europa  de  la  décimaseptima  centuria.  Preten- 
díase curar  desde  lejos  con  ellos  las  heridas  y  llagas.  Com- 
poníanse los  polvos  mágicos  de  sulfato  de  hierro,  llamado 
comúnmente  vitriolo '^\  Aplicábase  el  vitriolo  á  un  pe- 
dazo de  tela,  ó  a  cualquier  otro  objeto,  á  la  espada,  por 
ejemplo,  manchada  con  la  sangre  de  la.  herida.  Mediante 
esta  simple  operación,  el  paciente  sanaba.  No  había  nece- 
sidad de  aplicar  el  vitriolo  á  la  herida  ó  llaga,  ni  de  poner 
en  contacto  con  ella  el  trapo  que  le  contenía.  El  vitriolo 
curaba  la  herida  desde  lejos,  por  considerable  que  fuera  la 
distancia  á  que  se  hallare  de  él,  ó  del  objeto  manchado  de 
sangre  y  espolvoreado,  la  persona  cuya  llaga  se  trataba  de 
curar.  Bastaba  que  se  hallasen  en  contacto  la  sangre  de  la 
herida  y  los  polvos  simpáticos  ^-\ 

Un  fraile  cai'melita,  que  había  estado  en  el  Oriente, 
donde  adquiriera  el  secreto,  conumicólo  á  Kenelm  Digby, 
docto  químico  y  filósofo  inglés,  quien,  después  de  haber 
hecho  algunos  experimentos  en  que  pudo  convencerse 
de  la  eficacia  del  remedio,  disertó  científicamente  á  su  res- 


(1)  Todo  sulfato  lleva  el  nombre  de  vitriolo.  El  de  hierro  es  propia- 
mente vitriolo  verde ;  el  de  cobre,  axul ;  el  de  zinc,  bhniro. 

(2)  «¡Qué  decantados  fueron  los  i)oli'o.'<  simpáticos,  que,  echándo- 
los en  la  venda  con  que  se  había  ceñido  la  parte  herida,  á  cualquiera 
distancia,  curaban  la  llaga  ó  restañaban  la  sangre,  6  quitaban  el 
dolor,  aun  cuando  la  venda  estuviese  en  Matlrid  y  el  herido  en  Roma! 
Todo  lo  que  se  ha  hallado  en  ellos  es  que  hacen  algún  leve  efecto, 
estando  la  herida  y  la  venda  dentro  del  mismo  cuarto  ó  á  muy  breve 
distancia.»  (Feijoo,  Teatro  Critico.) 


368  ?;i'rKRSTICIONES  I>KI-  ufo  I)K  LA   TLAIA. 

pivto  ante  una  asamlílea  de  j^fiito  docta  A  año  de  ir»r)8^*\ 
Con  ni/ón  jURnlf  aliruiarsc,  diiv    l)!L;l)y,    c|iu>  v\  vitriolo 
€S  una  de  las  substancias  mas  excelentes  (jiir  la  iiMturalcza 
ha  imnlucido.  I^s  químicoá  enseñan  (jue  il  vitriolo  no  es 
Otni  ii>sa  que  la  ciyrporijtcación  del  es|>íritii  iinivcrsal  (|U0 
anima  v   |>erfei'c¡ona    todo    cuanto  existí*  en   este   mundo 
2iUÍ»lunar.  Este  espíritu  universal  vorporijicado  es   atraído 
eluiamente  |>or  un  ¡mdn  apropiado  á   su  forma.   La  luz 
tnuis|)(»rta  los  atemos  que  se  desprenden  de  la  sangre  mez- 
clada con  el  vitriolo,  difundiéndolos  en  un  espaído  de  aire 
iimsidenildemente  dilatado.   í^a   llaira  de  (jue  se  extrajo  la 
sanpn*  que  se  mezcló  con  el  vitriolo,  atrae  los  etiuvios  que 
de  e:*te  compuesto  se  desprendieron.  Kntonceslos  cxjn'rditA 
del  vitriolo,  que  es  una  sustancia    balsámica,  producen  el 
to  a|>et<*<-itlo,    aliviando  y   curando   la    llaica   ó   herida. 
TihIo  este  mistado,  pues  (concluye  el  ülósoío  disertante),  se 
gobierna  |xjr  nuMÜos  naturales.  Innecesario  es,  para  expli- 
carle, recurrir  á  la  falsa  idea   de  un  agente  que  obra  á    la 
di.^tancia,  sin  comunicación  real  con  el  sujeto  ó  cosa  a  <pie 
»e  aplica.  Se  trata   pura  y  simplemente  de  una  snhsfnnria 
hal/támií^a  que  se   mezcla   corjK)ralmente  con   la  materia  ó 
carne  de  la  llaga.  Nada  hay  en  ello  de  ensalmo,  ni  «le  ma- 
íria.  K«to  e«  cierto.  Mas  tampoco  debemos  creer  (pie  la  es- 
fera de  acción  de  la   naturaleza  se  baile   reducida  al  coito 
í^i.'...;,,  á   (|iie  la  circunscriben  nuestros  sentidos   corpu- 


(\)    IHMniura  fait  en  una  eélibre  ÁKHrmhUe  parlé  ClirrnUrr  I)i{¡hi/, 

Ckti ■     ■  '      ;•  ,,ir  I-Ir.,   Inurhfint  ln  (¡tu  li- 

aOf,  ......   llilllujil  'I'-    JCf'f!  nini,i/mfr 

Xhot'fXm'Mm  riiiuifi  <'ii  la  notii  nnUTÍor. 


CAPÍTULO   XXV.  369 

En  nuestros  días  (año  de  1887),  ante  la  Academia  de 
Medicina  de  París,  uno  de  sus  más  calificados  individuos  ^^^ 
se  propuso  demostrar  que  los  medicamentos  producen  su 
efecto  ordinario  en  una  persona  hipnotizada,  con  sólo  poner 
en  contacto  con  su  cuerpo,  y  aun  á  cierta  distancia  de  ella, 
un  tubo  de  cristal  herméticamente  cerrado  que  los  con- 
tenga. Xo  habría  necesidad,  por  consiguiente,  de  que  los 
medicamentos  fuesen  ingeridos  en  el  organismo  que  los 
pide  para  la  curación  de  sus  dolencias.  La  Academia  de 
Medicina,  después  de  varios  experimentos,  declaró  que  la 
supuesta  curación  por  medios  tan  contrarios  á  los  princi- 
pios fundamentales  de  la  terapéutica,  era  inaceptable. 

Manosantas  y  tatadioses^^^  llaman  en  el  Río  de  la 
Plata  á  cierta  clase  de  taumaturgos  populares  que  recorren 
los  campos  y  las  ciudades  prometiendo  curas  maravillosas. 
Así  el  t atadlos  como  el  manosanta  se  valen  de  aparatos  y 
ceremonias,  de  fórmulas  ininteligibles,  de  preces  y  de  pa- 
labras V  de  santisruaderas.  La  denominación  de  fatadiós, 
sin  embargo,  la  aplica  con  preferencia  la  gente  menuda  á 
los  negros,  que  la  aceptan  y  se  la  dan  á  sí  propios  con 
toda  modestia.  El  fatadiós  propina  también  remedios,  que 
consisten  generalmente  en  hierbas,  y  á  veces  inventan  los 
procedimientos  y  cosas  más  disparatadas  que  pueden  ca- 
ber en  cabeza  humana. 

El  vulgo,  al  exornar  á  este  género  de  curanderos  con 
los  dictados  de  tatadiós  y  de  manosanta,  no  da  á  enten- 
der propiamente  que  reconozca  en  ellos  cualidades  ó  atri- 
butos peculiares  de  Dios  ó  de  los  santos.  Ni  con  la  califi- 


(1)  El  Dr.  Luys. 

(2)  Tata  significa  padre. 


t'O  SIPFn-íTfriONKS  PF.I.  KÍO  I>K  LA   IM.ATA. 

i*acióii  do  mano^fania  aliule  priH'ismnentt»  :il  htclio  de  cii- 
nir  iiuiliaiUe  la  imjKKsii'ióir  de  \i\<  iikiiios,  ciMno   1»»   Inurii 
algunos;  |X)njue  esto  es  ci)sn  accidi-ntal,  im  simple  porme- 
nor tle  sus  o|H'niciones  misteriosas.  Kl   vuli^o,  dr  :intiu:iio, 
lia  cjdifieaido  inetafórieamente  de  santos  ciertos  remedios  y 
hierhas  meilieinales  tan  elieaees,  (pie  no  parererín  sino  (pie 
hiibie^n  recibido  esjHTÍalmente  del  eielo,  p:ir:i   iuiielicio 
del  hombre,  la  virtud  curativa  que  encierran.   VA  eampe- 
síiio  rit>|>lateiise,  generalmente  mestizo,  dice:   Id   /narre/a 
es  una  planta  que  J)los  esparció  por  el  suelo  de  Ana'- 
rica  para  remedio  del  indio,  Kl  mestizo  se  titula  indio  a 
8Í  mismo:  nadie,  en  el   Río  de  la   Plata,  escrupuliza  serlo, 
ni  n»nani  en  que  de  tal  le  caliliqíien,  aumpie  tenga  más  de 
la  raza  blanra  (pie  de  la  cobriza.   Paia   signilicar  la    pron- 
titud (on  que  un  remetlio  produce  su  efecto,  dícese  (pie  á 
favor  de  6\  dc^saparece  el  dolor  como  con  ¡a  mano   dr   un 
santo.  Comúnmente  se  expre.^a  la  misma  ¡dea   con   mayor 
bn»v«Lid:  cesa  el  dolor,  ó  se  quita   el    mal,  como  con   la 
mano.  Cuando  un  medicamento  se  considera  infalible  para 
esta   6  aquella   enfermedad,    se   le   recomienda    diciendo: 
¡sanio  remedio!  Por  otra  parte,  mano,  en  sentido  trasla- 
ticio, dignifica  la  |)er.<ona  que  obra  y  los  medios  de  que  se 
tAr\i%  ai*í  como  el   valimiento  y   i)atrocinio  <pie  dispensa. 
I>e  HHKloque,  habiendo  remedios  santos  y  liierhns  santos, 
eé  natural  que  haya  tambi(^n  míanos  santas. 

Hay,  no  olit»tante,  gente  (jue  cree  que  los  m añosa n tas 
efectáan  süh  curucioncs  á  favor  de  una  gracia  ijratis  data, 
que  mtw  unos  Ví»rdadero8  taumaturgos.  (Jtros  (entienden 
que  »  '  ro  de  brujería  ó  de  magia.  Otros  solamente  ha- 
llan tii  ello  un  misterio,  cosas  veladas  al  entendimiento  de 
lot4  mortales. 


CAPITULO    XXV.  371 

En  el  Tandil,  al  sur  de  Buenos  Aires,  apareció  un  tata- 
diós  que  mediante  algunas  supercherías  logró  fanatizar  al 
gauchaje.  Metiósele  en  la  cabeza  que  allí  estaban  de  más 
los  extranjeros,  que  juntaban  mucho  dinero  en  tanto  que 
el  hijo  del  país  estaba  pobre,  y  se  propuso  exterminarlos. 
Para  el  efecto,  reunió  algunos  desalmados  y  salió  por  el 
campo  matando  y  robando  á  cuanto  extranjero  hallaba  y 
asaltando  las  casas  y  poblaciones.  Perseguido  eficazmente, 
no  tardó  en  caer  en  las  garras  de  la  justicia,  que  le  dio  su 
merecido.  El  memorable  tatadiós  del  Tandil  era  un  dios 
bien  paternal. 

El  inanosanta  no  deja  de  aplicar  asimismo  tal  cual  me- 
dicamento; pero  lo  que  le  distingue  y  caracteriza  es  el  uso 
de  las  preces,  de  la  señal  de  la  cruz  y  de  velas  encendidas 
delante  de  un  crucifijo  ó  de  la  virgen.  No  pregunta  que 
enfermedad  tiene  el  doliente,  ni  le  importa  saberlo.  Lo 
único  que  necesita  saber  es  dónde  siente  el  dolor  ó  la  in- 
comodidad, á  fin  de  santiguar  oportunamente  la  parte  en- 
ferma ó  en  que  se  manifiesta  la  enfermedad.  Pone  el  cru- 
cifijo ó  la  imagen  sobre  una  mesa.  Enciende  delante  del  cru- 
cifijo ó  de  la  imagen  tres  velas,  ó  un  número  mayor,  pero 
siempre  cabalístico.  Reza  con  las  manos  cruzadas.  El  pa- 
ciente, al  mismo  tiempo,  reza  también,  fijos  los  ojos  en  el 
crucifijo  ó  la  imagen.  Finalmente  hace  con  la  mano  ó  con 
el  dedo  pulgar  la  señal  de  la  cruz  en  el  propio  lugar  en 
que  entiende  hallarse  localizada  la  dolencia.  A  veces  cura 
imponiendo  las  manos,  sin  otra  ceremonia. 

El  magnetizador  hace  uso  de  los  pases  para  someter  á 
su  influencia  la  voluntad  del  sujeto  ó  paciente  en  quien 
opera.  El  manosanta  no  usa  de  pases;  porque  no  conoce 
ni  aplica  el  arte  de  la  magnetización.  Instintivamente,  em- 


372  SÜPERSTIOIOXFIS  DKL  KÍO  Di:  LA   TLA  1  A. 

pero,  suele  im|><>iuT  las  manos,  (ImikIo  a  conocer  con  ello  el 
|nirentesii>  natural  que  tienen  uno  y  otro  procediiuitnto. 
A  Vi»iHS  el  manosanfa  aplica  la  mano  á  la  jiartc  enferma 
6  di»loritla,  como  sise j>ro|ni>¡er:i  transmitir  por  contactólas 
detenn  i  naciones  ile  su  voluntad  al  paci(»nte.  A  veces  cura 
con  solo  un  mandato.  Suele  iniir  ;i  las  psí< plicas  las  tiirr- 
ras  nfltunik^s.  Había  un  manosanfa  que  se  prej)aral>M 
|mni  hacer  sus  curaciones  mentales,  mirando  lijamente  ;d 
sol  dunuite  un  n»to.  De  ese  modo  ad()uiría  la  iiicrza  iicce- 
saría  ¡Mira  obrar  sobre  la  imaiijinación  y  el  cerchro  de  sus 
adm  i  raí  lorias.  Las  luces  interpuestas  ciitn'  el  crucilijo  ó  la 
imagen  y  el  paciente,  ofuscan  sus  cqos,  (pie  les  dirigen  la 
supliesinte  mirada,  disponiéndole  á  recibir  la  ¡inju'csión 
mental  que  le  va  á  comunicar  el  manosanta.  á  lin  de  pro- 
mover la  auto 'üUfj catión  (pie  ba  de  suscitar  el  fácil  jue<j;o 
de  las  funcit mes  cuyo  entorpecimiento  causaba  la  dolencia. 

I^  supina  ipiorancia  del  inanosania  le  ¡idimde  esa  im- 
|»avi<lez  que  se  necesita  para  acometer  con  serenidad  y  coii- 
tian/a  tan  arduos  empí'Uos  como  tíuna  á  su  cargo.  El  aba- 
tido enfermo,  pasmado  de  la  osadía  <lel  /tidtwsanfa,  auinpie 
al  pronto  dudare,  acal»a  j»or  creerle  capaz  de  un  milagro, 
mayonnente  si  se  agolpan  en  a(piel  instante  á  su  imagina- 
ción la*  curaciones  maravillosas  (pie  de  él  ba  oído  coníai*: 
el  prestigio  avasalla. 

Procura  el  manoi^an/a  ser  bombre  de  bien,  no  bacer 
malas  acríones,  |K*rsuadi(lo  de  (pie  la  práctica  de  la  virtud 
favíirece  el  éxito  de  sus  curaciones;  en  lo  (pie  se  asemeja, 
c*omo  en  sus  procedimientos,  á  todo  mago,  ya  sea  de  la 
India,  ya  de  Kgipto,  ya  de  sus  imitadores  europeos,  ya  d<* 
lax  geti«'raciones  m'lvátieiis  que  poblaban  el  Nuevo  Mundo. 
Uno  de  los  com|Hiñeros  de  Alvar  Ndñez  Cabe/.a  «le  Vaca, 


CAPÍTULO   XXV.  373 

eQ  la  Florida  ( America  del  Norte ),  atribuía  á  sus  muchos 
pecados  su  poca  fortuna  en  la  curación  de  enfermedades 
con  santiguaderas  y  soplos ^^\ 

El  manosanta  no  cobra  nada  j)or  sus  curas :  recibe  lo 
que  le  dan  voluntariamente. 

El  manosanta,  lo  mismo  que  el  tatadiós,  por  lo  general, 
no  sabe  leer  ni  escribir.  Xo  ha  aprendido  en  ningún  libro, 
ni  en  ninguna  escuela,  su  arte.  Nadie  se  lo  ha  transmitido 
verbalmente,  ni  ha  visto  hacer  por  otro  las  cosas  que  él 
ejecuta.  Ni  se  propuso  de  caso  pensado  ocuparse  en  curar 
á  los  enfermos.  Le  ocurrió  un  día  ver  si  sanaba  un  hombre 
afligido,  implorando  la  divina  misericordia,  santiguando,  so- 
plando ó  imponiendo  las  manos,  y  le  salió  bien  el  pensa- 
miento. Repitió  la  operación  una  y  otra  vez,  siendo  en  todas, 
ó  en  algunas,  feliz.  Corrió  la  voz,  y  le  proclamaron  mano- 
santa.  Nace,  pues,  el  manosanta  del  seno  de  las  sociedades 
en  determinadas  circunstancias,  como  ciertas  hierbas  que 
brotan  y  crecen,  sin  que  nadie  las  plante  ni  las  cultive,  en 
terrenos  apropiados  á  recibir  la  simiente  que  las  produjo. 
Al  emprender  inconscientemente  su  ministerio,  responde  á 
una  vocación,  que,  ajena  de  cultivo  intelectual,  se  convierte 
en  monomanía.  Coinciden  sus  procedimientos  con  los  que 
usaron  los  magos,  adivinos  y  hechiceros  de  otras  épocas  y 
regiones;  porque  unos  mismos  antecedentes,  unas  mismas 
caucas  y  unas  mismas  circunstancias  les  dieron  origen  y 
una  misma  es  la  humana  naturaleza  en  todas  partes. 

Los  manosantas  la  echan  á  perder,  cuando,  ufanados 
con  sus  triunfos,  se  levantan  li  mayores.  Entonces  pierden 
los  estribos,  y  caen.   Se  meten  en  un  berenjenal  en  que  es 

(1)    Véase  Cap.  XXVI  I. 


374  srrF.RSTicioNES  i>kl  kio  dk  la  plapa. 

preiMSO  aiuliir  cnm  |>¡e>í  do  plomo,  y  ellos,  ni  lui;;ir  ilo  maii- 
U'iierse  ci>n  ciuitola  en  v\  \nuuo  adonde  su  l>iu'iia  suerte  los 
COiuhijo  ilesos,  á  lü  mejor  dan  una  zapateta,  (juieren  eal- 
zai>e  los  talares  de  Mercurio  y,  entre  ti  ili'seneanio  de  los 
unos  y  la  rec*hiHa  de  los  otros,  da  punto  su  easi  gloriosa 
nim»ra.  Sic  transí f  (floria  mum/i.  Tal  le  aconteció  a  un 
celebre  manoitanfa.on  Montevideo,  que,  después  de  haher 
hecho,  scgiín  dicen,  curas  admirables,  intimó  cierto  día  á 
un  cojo  que  soltase  las  muletas  y  echase  ;í  andar  sin  mié» lo. 
El  cojo  no  se  atrevía  á  soltarlas.  Pero  tantas  fueron  las 
inst¡*^icioiu*s  é  insultos  del  nia/iosanfa,  (pie  dejó  caer  las 
muletas,  cayendo  él  á  la  par  con  ellas  y  dándose  un  porrazo 
Um  grande,  que  |M>r  |)oco  se  queda  sin  la  otra  pierna.  Ksta 
Uiú  la  ultima  curación  que  hizo  en  pril)lico  el  nianosanfa 
niontcvidi*íino. 


CAPÍTULO  XXVI. 

El  vulgo  médico. 


Sumario.  — El  diablo  médico.  — ^lédicos  y  abogados  novatos. — Yerros 
de  médicos.  —  Lógica  del  vulgo:  llágase  el  milagro,  y  hágalo  el 
diablo.  —  Curanderos  y  saludadores  estimados  del  vulgo.  —  Los 
curanderos  del  Río  de  la  Plata.  —  Medicina  popular.  —  Trabajos 
de  los  jesuítas  sobre  plantas  medicinales,  —  El  famoso  médico 
Mandouti.  —  Remedios  caseros.  —  De  medico,  poeta  y  loco,  todos 
tenemos  un  poco.  —  Carácter  del  saludador.  —  El  ayuno  }'  la  sa- 
liva :  su  antiguo  crédito  y  virtudes.  —  Signo  del  saludador.  —  Duda 
teológica.  —  El  saludador,  hechura  del  diablo.  —  ]\[odo  de  combatir 
la  acción  del  diablo  en  el  nacimiento  del  saludadjor.  —  El  salu- 
dador en  las  cárceles  del  Santo  Oficio. 


Para  todo  buen  cristiano,  las  curaciones  del  mañosa nf a, 
del  tatadiós  j  del  saludador  son  obra  del  espíritu  infer- 
nal, son  genero  de  brujería.  Y  con  efecto,  al  diablo  no  podía 
ociuTÍrsele  una  diablura  más  propia  de  su  condición,  que 
meterse  á  medico.  ¿  Quién  mejor  que  él  puede  ordenar  una 
rica  farmacopea  con  los  infinitos  datos  que  su  23erspicacia 
y  curiosidad  ha  ido  acopiando  desde  la  creación  acá?  ¿Qué 
profesión  está  más  necesitada  de  la  experiencia,  que  la  me- 
dicina? La  abo2:acía  también  la  necesita  mucho.  Pero  no 
ofrece  tantos  peligros  la  inexperiencia  del  abogado  como  la 
del  médico;  porque  á  veces  está  en  mano  del  juez  (y  co- 


376  SUrERSTK'IOXES  DKL  liú)  DK  I.A  Il-AIA. 

iTt»5ijH)iule  jí  su  noblí'  oí'u-io)  suplir  ion  oportunas  nizones 
las  ¡m|H'rliiuiití*s  de  la  iK'ft'nsa.  Un  antiguo  proloijuio  dv 
Ih»  escuelas  aet»iisi'jaba:  en  ahogado  ni  m  niedin»  inicvo 
¡KMigiis  tu  harionda  ó  tu  vida;  (jue  i*l  uno  iiircdará  in>  \\r- 
giK'ios  mus  de  lo  qui'  i'stuvicivn  y  »•!  uin»  te  llivaiá  al 
cain¡>0  siuito  antes  de  que  lK*gue  tu  iiora  .  ;( íuaidal  no  te 
fíes  de  imtlie(»s  novatos;  que,  como  advierte  (¿uevedo, 
c/rajr  la  cura  viene  el  cura  >  ^-\ 

El  matwnauia,  el  fatadióa  y  el  saludador  son  uno^ 
ministros  dd  espíritu  de  las  tinii'l»las,  que,  eon  el  halago  de 
ofreivr  nada  menos  (pie  el  bienestar  físico  á  las  gentes,  se 
pDípoue  dominarlas.  íSiendo  esto  así,  j)onerse  en  manos  dr 
uu  siduílailor,  iHpiivale  á  ponerse  en  manos  del  diablo,  l'.ii 
Bubstaneia  viene  á  ser  la  misma  rosa.  Kntrcya  uno  su 
alma  al  diablo.  ¿Qué  hará,  pues,  el  hond)re  piadoso,  cuando 
está  viemlo  que  se  mucre,  si  el  saludador,  el  tatadiós  ó  el 
mauosanta  no  lo  remedia?  ¿Dejarse  morir,  por  no  curarse 
en  manos  iLl  diíiblo?  Caso  es  éstx»  j»ara  cuya  solución  no 
hay  que  acudir  á  los  doctores  de  la  Iglesia,  sino  á  la  gra- 
mática ¡Kirda,  que  es  la  (jue  se  consulta  en  lo  tocante  á  las 
precisas  como<lidades  y  necesario  gobierno  de  la  vida.  VA 
hombre  defiende  instintivamente  su  existencia  contra  las 
cauflas  que  tienden  á  destruirla.  La  naturahza  le  aguijonea 
0011  laa  punzadas  del  dolor,  para  «pie  no  ande  lerdo  en  este 
|Kint<i.  Uu  |)obre  diablo,  (pie  con  un  fármaco,  ()  unas  hier- 


(\)     Son  •  \n  medico   tiovOt   qtna   cmI   ¡mmiriila   jmrrntttm; 

ntf  i/i  ft'intrnto  norrilo,  f¡uia  fst  confnnftr  lilium. 

{'¿)    (*•  -,  en  uno  de  hum  eiitrnii*»»!'?*,  Hiitiri/.a  <ir  oU*  iikmIo  Ion 

rtT' '•  -  ''  •  '    '■  •' :.-:_-,V  a^í^   i.,*  iiinicxtor  ({uc  h»*  o.x  den 

u.  ..»n)  eon  jyrrro»  de  nu'*<l¡roH  y  l)ol¡enrioH. » 

IKI  J.  (if  UfM  J'odrtdosJ 


CAPÍTULO    XXVI.  377 

bas,  ó  con  preces  y  santigiiaderas,  ó  con  soplos  y  con  mi- 
radas y  pases  y  visajes  y  mojigangas,  restituye  la  perdida 
salud  al  enfermo,  ese  es,  á  los  ojos  del  paciente  que  recibe 
el  beneficio,  un  interprete  de  la  naturaleza,  un  ministro  de 
la  divinidad  en  la  tierra.  Que  es  negocio  de  brujería,  que 
es  una  cosa  imposible,  sobrenatural,  que  sólo  Dios  puede 

hacer  milagi'os,  que  anda  metido  en  ello  el  diablo 

Enhorabuena,  dice  el  paciente;  pero  llágase  el  milagro, 
mas  que  lo  haga  el  diablo,  y,  cerrando  los  ojos,  se  pondrá 
en  manos  de  quien  le  brinda  con  la  salud  6  le  libra  de  un 
gi'ave  peHgro^^l  La  gramática  parda  así  lo  prescribe  y  en- 
seña. Tal  modo  de  pensar  y  de  proceder  es  muy  ^^i'opio  de 
la  ñaca  y  deleznable  condición  humana,  y  en  España  y 
en  las  regiones  pobladas  de  su  gente,  avezada  á  comunicar 
con  judíos  y  moros,  están  todos,  á  pesar  del  celo  del  Santo 
Oficio,  curados  de  espanto.  Hágase  el  milagro,  y  hágalo 
Mahoma,  ha  dicho  para  su  capote  quien  de  las  doctrinas 
de  este  profeta  aprendió  á  resignarse  estoicamente  ante  las 
desoladoras  llamas  de  su  hogar  incendiado:  ¡jues  que  la 
casa  se  quema,  calentémonos  todos.  El  vulgo  no  está  en  los 
ápices  de  la  teología,  y,  cuando  lo  estuviere,  ni  aun  así  sa- 
crificaría á  ellos  sus  conveniencias  reales  é  inmediatas,  lo 
que  actualmente  le  apremia.  Sobre  todo  el  dolor  no  en- 
tiende de  sutilezas.  El  dolor  va  á  escape  tras  el  remedio. 


(1)  '<En  saliendo  á  la  callo,  tendió  en  el  suelo  mi  guiadora  su  manto 
y  mandóme  que  pusiese  los  pies  en  ól.  Me  dijo  que  tuviese  buen  áni- 
mo, que  por  entonces  dejase  mis  devociones.  Lueixo  vi  mala  señal, 
luego  conocí  que  quería  llevarme  por  los  aires,  y  aunque  como  cris- 
tiano hien  enseñado  tenia  por  hurla  todas  estas  hechiccrias  (cowo  es 
raxón  que  se  tengan),  todavia  el  ¡)eli(jro  de  la  muerte,  como  ya  he  dicho, 
7ne  dejó  atropellar  jwr  todo.*    (Cervantes,  Vérsiles  /y  SiyisnuDida.) 


378  SUPERSTICIONES  DEL  RÍO  DE  LA  ILA  lA. 

Eiitri'^se  f;u*¡l  lí  hi  mano  que  le  aliviii,  la  cual  es,  pnra  ó!, 
sania,  8¡  \v  riinu 

Auiigiu»  ariuu|ue  iK'l  vulgo  ha  sido  rrcurrir  á  un  curan- 
dero ó  á  un  Siiluihul(U\  para  (jue  ron  yerbas  6  con  })alal>ras 
Instituya  lí  los  dolientes  la  ])erilida  salud,  particularmente 
cuando  los  nuxlicos  no  aciertan  con  el  remedio,  si  le  tiene ^^\ 

Cunnideros  han  sidí)  por  lo  «general,  desde  anti<;uo  hasta 
el  día  de  hoy,  los  niethcos  de  la  gente  campesina  en  el  Río 
de  la  Plata.  En  el  Paraguay,  cada  distrito  ó  poblado  teiu'a 
uno,  que  tOilos  los  días  de  llesta  sentábase  á  la  puerta  de 
la  parroquia,  adonde  acudían  los  enfermos  y  le  enviaban 
8U8  aguas  en  un  canuto.  \']\  curandero  tomaba  el  cañuto,  y, 
vertiendo  en  la  palma  de  la  mano  unas  gotas,  las  miraba 
contra  el  sol  y  luego  las  tiraba  al  aire:  operaciones  (jue  re- 
petía dos  ó  tres  veces.  El  arrojar  al  aire  las  aguas  tenía 
jK)r  objeto  verificar  si  caían  conglobadas  6  sueltas  como  el 
rocío.  En  el  primero  de  los  casos  había  indicios  de  (pie  la 
eiifennedad  era  jirocedente  del  frío;  <  n  el  segundo,  tenía 
por  causa  el  ndor.  El  remedio  consistía  en  unas  hierbas, 
que  el  |)aciente  debía  tomar  en  iidusión.  Estos  curanderos 
ni  vinitaban  á  los  enfermos,  ni  oían  la  relación  de  sus  do- 
lencias. En  los  puel>los  de  indios  se  elegía  anualmente, 
OOino  los  alcaldes  de  los  cabildos,  el  indio  (pie  del)ía  hacer 
de  niAÜcí),  cuya  tarea  se  reducía,  |>or  lo  regular,  á  ir  á 
llamar  al  cuní  para  que  confesase  al  enfermo  y  al  sepul- 
lureríi  |iani  que  cubriese  con  tierra  su  cuerpo  y  le  pudiese 
una  cruz  encima ^^\  Eso  no  obst^nití*,  los  enfermeros   (cu- 


I       K'      '    '■  '                               .   una  liccliicirn  ii  «iiíkii  umm 

nui'irr  !•  ' culi'  tiiiM   Ilija  )|ih'  «'^t:il»ii 

fft»  .  ..1. 

A  /ir  I,  J  >  II I  J/tMÍoria  del  ¡'araijuuy  y  del  iiio  de  la  ¡'lnUi. 


CAPÍTULO   XXVI.  379 

ruzuyacs)  de  las  reducciones  jesuíticas  sabían  sangrar  y 
aplicar  algunos  remedios  que  el  cura  les  indical^a  ó  que 
ellos  tenían  por  buenos  ^^\  Hubo  un  tiempo,  dice  un  escri- 
tor del  siglo  decimosexto,  en  que,  no  las  drogas  y  la  codi- 
cia, sino  el  amor  y  la  caridad  curaban  á  los  enfermos.  Cada 
uno  decía  á  su  vecino  lo  que  sabía  y  había  experimentado. 
Sacábanse  los  enfermos  á  Jas  plazas,  á  fia  de  que  las  per- 
sonas que  tu^desen  conocimiento  de  algún  remedio  ade- 
cuado, se  lo  diese  ó  aconsejasen"^. 

La  población  campesina,  hoy,  á  parte  de  los  curanderos, 
conoce  un  sinnúmero  de  medicamentos  para  toda  clase  de 
dolencias.  Los  jesuítas  hicieron  prolijo  estudio  de  las  plan- 
tas medicinales  del  Paraná  y  Uruguay.  Los  padres  Segis- 
mundo Asperger  y  Buenaventura  Suárez,  y  el  hermano 
Pedro  Montenegro,  dieron  noticias  de  ellas  ^"^1  Las  recetas 
y  aforismos  del  padre  Asperger  andaban  en  manos  y  en 
boca  del  vulgo  y  tenían  más  crédito  en  el  Eío  de  la  Plata, 
según  Azara,  que  en  Europa  los  de  Hipócrates  y  Dioscó- 
rides^^l 

A  fines  del  siglo  decimoctavo  (ano  178o)  arribó  á  Bue- 
nos Aires,  precedido  ya  de  alguna  fama  adquirida  en  Eu- 
ropa, un  médico  portugués,  natural  de  Praga,  que  había 
hecho  sus  estudios  en  la  ciudad  de  Coimbra,  pero  que  no 
exhibía  títulos  debidamente  legalizados.  El  Doctor  M«n- 


(1)  Memoria  délas  Misiones  de  Indios  Guaranis   jior  O.  Cfonzalo 
de  Dobla?,  en  la  Calece.  Ani^elis. 

(2)  Diálogos  del  ¡lustre  ca])allero  Pedro  Mexía. 

(3)  La  obra  de  Moiitencaro  publicóse  eu  la   lirrisla  riüriütica  del 
Pasado  Arfjentino  por  D.  Mauuel  Kieanlo  Trelles. 

(4)  Viajes  Inéditos  publieados  por  D.  Bartolomé  Mitre  y  D.  Juan 
M.  Gutiérrez. 


880  SUPKIÍSTICIONKS  PKL  Ilío  PK  I. A   PLATA. 

ilouli»  que  así  se  llaiual>;i,  llego  inuv  luego  á  ser  en  la  ea- 
pical  ilel  virreinato  iK'l  Río  de  la  Plata,  eomo  mas  adelante 
lo  fuera  en  el  alto  y  bajo  Perú,  una  i'speeie  de  mago,  por 
sus  curas  sorprt^ndentes,  |)or  sus  pronósticos  infalibles,  j)()r 
la  sencillez  v  rareza  de  sus  niedieamentos^^l  Había  en 
Buenos  Ain^  dos  niínHcos  autorizados  por  la  suüeieneia 
de  sus  diplomas,  los  cuales  (cí^ino  es  consiguiente  y  sucede 
sienipiv  en  nisos  tales),  se  (piejaron  de  la  intrusión,  solici- 
tando de  la  autoridad  competente  (jue  prohibiese  al  titu- 
lado Dr.  Mandouti  hacer  público  alarde  de  una  profesión 
|>ara  cuyo  ejercicio  no  estaba  legalmente  habilitado.  Cuen- 
tan tjue  el  virrey  tuvo  la  humorada  de  suplir  con  una  sin- 
gular prueba  de  comi)etencia  la  falta  de  título  (pie  oficial- 
mente la  autentica.^e.  Fingiéndose  enfermo  á  favor  de  una 
liebre  artificial,  hizo  ir  á  su  palacio  al  I  )r.  Mandouti,  y  |>i- 
dióle  que,  para  curar  ó  aliviar  mi  dolencia,  le  diese  una  nie- 
dieina.  Mandouti,  (pie  era  tan  perspicaz  como  ingenioso, 
observó  un  rato  al  gobernador  y  con  aparente  gravedad  le 
«lijo:  — cComa  vuestra  señoría  buen  jamón  y  buenos  pavos 
relleno.-i,  l>eba  bueiujs  vinos  generosos  y  íiime  buenos  ha- 
llante; que  con  tales  medicinas  quedará  tan  sano  como 
antes. »  El  golK*nmdor,  riéndose  de  la  respuesta,  le  (on- 
teBtó:  — «  Doctor  Mandouti,  vuestra  merced  podrá  curar 
enfermos  al  par  am  los  otros  médicos,  sin  que  Galeno  se 
sonrojo.  »  Mandouti  anda  hoy  todavía  en  boca  do  todos. 
¿Quií'^n  no  ha  oído  una  y  cien  veces  nombrar  al  I)r.  Man- 
douti? Su  recí'tJirio  se  exiiende  á  millaradas.    Muchos  re- 


(I)    Hall.  !  .-   íMi  lili  nijiílmio  ¡iiifircM),  íIi»  (¡iw  h<*  Iiiiii 

MCv>   Vílrin-  ;j    .1    líliilii   «If  Culccf'""     iimifihlit    ilr    l.'ictliis 

del  f'  'I .  M'tiiiJ'niti. 


CAPÍTULO   XXVI.  381 

medios  extravagantes  hay  en  él,  y  no  por  eso  dejan  de  me- 
recer entera  confianza  á  las  gentes. 

Las  hierbas  medicinales  estudiadas  por  los  jesuítas  y  las 
recetas  de  ellos  y  de  Mandouti  han  contribuido  considera- 
blemente á  constituir  la  ciencia  médica  del  vulgo  en  el  Río 
de  la  Plata.  No  hay  ciudad  6  pueblo  que  no  tenga  sus  ven- 
dedores ( negros  ó  indios )  de  hierbas  medicinales,  que  ellos 
mismos  van  á  buscar  por  cerros,  playas,  bañados,  lomas  y 
valles. 

La  medicina  popular,  ó  casera,  se  compone  principal- 
mente de  hierbas.  Es  vulgar  opinión  que  no  hay  planta 
que  carezca  de  alguna  virtud  curativa.  La  dificultad  está  en 
conocerla ;  que,  por  lo  demás,  toda  planta  sirve  para  algo. 
Entre  los  minerales,  utilízanse  algunas  substancias,  como 
la  sal.  El  reino  animal,  aunque  no  tanto,  ni  con  mucho, 
como  el  de  las  plantas,  ofrece  bastantes  remedios.  La  gi'asa 
del  yacaré  (caimán),  para  el  reumatismo:  la  de  la  iguana, 
para  toda  hinchazón:  la  de  la  comadreja  ó  miciLrc,  así 
como  su  carne,  comida,  para  las  hemorroides.  El  hígado  de 
zorrino  ó  yaguané,  secado  á  la  sombra,  recomiéndanle 
como  sudorífico  y  para  el  dolor  de  costado,  tomando  una 
corta  porción  de  polvo  de  él  desleído  en  agua  ó  vino  ca- 
liente. El  olor  de  sus  orines,  excesivamente  hediondos,  para 
la  jaqueca.  Las  uñas  del  anta,  gran  bestia  ó  mhoreri,  to- 
madas en  polvo,  para  curar  la  alferecía.  Abierto  vivo  el 
zaramagullón  ó  biguá  y  aplicado  al  pecho,  para  el  asma. 
El  guirapayé  ó  ave  hechicera,  llamado  más  común- 
mente tingazú,  comido,  hace  el  efecto  de  un  purgante ^^l 


(1)    Apuntamientos  para  ¡a  Historia  Xatnral  de  los  Cnadriqicdos  y 
de  los  Pájaros  del  Paraguay  y  Rio  de  la  Plata  por  D.  Félix  de  Azara. 


382  SUrERSTICIONKS  I>EL  líío  DK  \.\  PLATA. 

AiK'iiiás  lie  las  liiorhas  v  otros  nuilicaiuentos  racionales, 
UuiuaJos  remaiioit  caacrosi  conoc^e  el  vulgo  iiiliiiito  iiu- 
iiuTO  do  remeiHos  simpa  ti  eos.  El  laere  en  il  bolsillo  sirve 
jmra  las  hemorroides;  los  jK)rotos  6  habielmelas  en  torno 
de  los  ojos  y  la  frotaeión  eoii  una  barra  de  azufre,  para  el 
aire;  las  rebanadas  de  papas  (patatas)  en  las  sienes,  para 
el  dolor  de  cabeza;  una  llave  pendiente  del  cuello,  para 
hacer  retirar  de  los  pechos  de  las  madres  la  h^che;  una 
cuita  6  una  tira  sacatlas  de  la  enagua  (pie  lleva  puesta  una 
mujer,  paní  la  retención  de  la  orina,  etc.  Casi  no  hay  ob- 
jeto natural  6  artificial  que  no  tenga  para  el  vulgo,  alguna 
virtud,  alguna  aj»licaci6n  simpática. 

La  piel  del  renado  del  campo,  <]ue  dicen  mata  a  la  ví- 
bora encerrándola  en  un  círculo  de  su  baba  caiin(/Oiia 
(pestilente),  es  usada  como  preservativo  de  la  mordedura 
de  este  reptil  venenoso:  lo  ahuyenta.  Los  antiguos  creyeron 
(y  de  ellos  tiene  origen  la  actual  creencia)  (pie  los  ciervos, 
destructores  de  víboras,  tenían  virtud  contra  ellas  v  su  ve- 
neno  y  que  les  eran  funesto.s.  Un  diente  de  ciervo  las  aliu- 
yeiitaba.  Dormía  trauípiilo,  sin  el  más  mínimo  temor  de 
que  una  vílxira  se  le  aproximase,  quien  se  acost^iba  sobre 
uiMi  piel  de  cier\'0^*^.  El  paisano,  cuando  se  echa  á  dormir 
en  un  sitio  visitado  de  vílx)ras,  pone  una  piel  de  venado 
debajo  de  su  recado  de  montar,  (pie  le  sirve  de  camíi  en  el 
suelo. 

Tienen  asimismo  conjo  eficjiz  j>reservat¡vo  de  la  morde- 
dura de  víUjni  el  licrjr  de  Uipó-cnnizú  6  milhoiiicna. 
Toman,  ¡mni  el  efecto,  de  vez  en  cuando,  una  copita  de  él, 
y  H€  crwn  inmunes. 

(1)    C.  PlinU  HücuikJí  \aiural¿M  JJijttoriít  IíInt  XXVI II. 


CAPÍTULO   XXVI.  383 

La  camisa  de  la  culebra  (ó  víbora),  colocada  entre  el 
forro  del  sombrero,  en  la  parte  por  donde  ciñe  la  frente, 
quita  el  dolor  de  cabeza. 

Con  palabras,  curan  la  culebrina,  á  que  llaman  tam- 
bién fuefjo  de  San  Antón.  Creen  que  tiene  origen  del  paso 
de  una  culebra  ( ó  víbora )  por  sobre  la  pieza  de  ropa  inte- 
rior que,  después  de  lavada,  lia  sido  tendida  al  sol,  reco- 
gida y  puesta,  sin  habérsele  pasado  la  plancha.  Suponen 
que  la  irritación  de  la  piel  se  va  extendiendo  al  rededor 
del  cuerpo  hasta  que  los  extremos  de  la  mancha,  que  re- 
presentan la  cabeza  y  cola  de  la  culebra,  se  tocan  ó  juntan: 
entonces  muere  la  persona  ^^'.  Usan  la  piel  del  zorrino  con- 
tra el  dolor  de  costado :  con  una  tira  cortada  á  lo  largo,  se 
envuelven  la  cintura.  El  pellón^-^  del  agitará- guazil  (co- 
múnmente aguará j  cura  é  impide  la  salida  de  las  hemo- 
rroides. 

De  médico,  poeta  y  loco,  todos  tenemos  un  poco,  según 
nos  advierte  el  refrán  ^'''\  cuyo  autor,  que  es  el  mismo  vulgo 
ó  sea  el  hombre  experimentado  de  todos  los  tiempos,  tiene 
examinada  á  fondo  la  condición  humana.  Esta  oj^inión  que 
de  nosotros  mismos  tenemos,  no  nos  favorece  mucho ;  por- 
que nos  hacemos  merecedores  de  que  se  nos  achaque  el 
prurito  ingénito  de  meternos  en  camisa  de  once  varas. 
Mas  el  hecho  mismo  de  que  todos  traigan  á  cuento  el  pro- 


(1)  D.  Antonio  de  Ulloa  describe  l;i  culebrilla  en  la  liclación  His- 
tórica del  Viaje  á  la  America  Meridional  por  D.  Jorge  Juan  y  D.  An- 
tonio de  Ulloa. 

(2)  ]\[anta  de  piel  (del  latín  pellis).  Alúdese  en  el  texto  á  la  del 
recado  de  montar. 

(3)  De  iniUico,  poeta  y  loco  etc.  en  la  Monografía  sobre  los  Refranes 
Castellanos  por  D.  José  María  Sbarbi. 


384  M  rKiiiTKio.NES  \n:\.  mío  de  t.\  pt.ata. 

verlúo,  t'stá  tlnnostniíulo  (jue  tiulos  6  casi  todos  cdiiIíosmii 
lisa  y  llanamente  el  penulo,  esto  es,  (|U('  todos  so  recono- 
cían ejíiiaet^s  de  atentar  contra  la  salud,  eoiitni  l:i  Ix'llcza  y 
contni  las  reglas  del  sentido  eomun,  eonio  (jiie  nadie  ó 
muy  ¡XK'08  ignoran,  alumbrados  si(|u¡er;i  de  la  lu/  natural, 
que  las  eosas  (jue  conoeemos  a  niedÍMs  más  dañan  (|ue 
aprovechan.  í'uando  en  mío  sobresale  la  jainicia  de  aijiie- 
llas  tendencias  de  que  hace  mención  el  reirán,  lo  jhx'o  <¡r 
imUlico,  la  cual,  en  semejante  caso,  regularmente  se  pre- 
senta adunada  á  otro  |>oco  de  simplicidad  ó  de  la  cualidad 
ci>ntniria,  entonelas  resulta  el  curandero.  Www  se  deja 
entender  que,  siendo  tan  conumes  á  la  humanidad  los 
flacos  (|ue  le  atril)uye  el  refrán,  forzosamente  habrá  de 
ser  bastante  (X)nsidcrable  el  número  de  curanderos  en  el 
mundo.  El  continente  bañado  })or  las  aguas  del  Atlán- 
tico y  del  Pacífico,  los  cobija  en  abundancia.  Del  Río  de 
la  Plata  en  es|M'cial  no  decimos  nada:  blancos,  mestizos, 
indios,  nnilatos  y  negros,  todos  meten  la  euehaiada  eii 
materias  de  me<licina.  Por  lo  (pie  resp(»cta  al  acierto  con 
que  lo  verifican,  bastará  con  saber  (pie  l«s  chinas  y  los 
negros  son  los  más  aficionados  d  ello.  Kn  general  ( man  6 
matain,  con  hierbas;  á  distineión  del  médico,  que  lo  hace 
con  drogas. 

Drofjrn*  también,  aunque  inmateriales  (signos,  palabras, 
-antiguadenis)  u.san  el  Halndador,  el  /ftfadiós  y  el  inano- 
nanta,  Kl  primero  de  («tos  médicos  populares  es  el  más 
antiguo,  rhinico  en  K-paña,  de  «londe  pasé)  á  América  <'on 
bi  conquista.  Fué  el  precursor  inmediato  de  los  dos  últ¡- 
moí».  !><»>*  tres,  en  ciertas  ocasiones,  hacen  uso  aHÍmisino  de 
la  ini|M>^iciéiii  de  las  manos  y  de  los  soplos.  Mas  el  saln- 
dador  difiere  del  tatadión  y  del  inanoHania  en  qu(í  su  espií- 


CAPÍTULO   XXVI.  385 

cial  ministerio  es  curar  la  hidrofobia  ó  nial  de  rabia  en 
hombres  y  animales.  Distíno:uele  Í2:ualniente  la  condición  de 
emplear  con  preferencia,  en  la  curación  de  la  rabia  y  otras 
enfermedades,  la  saliva,  por  medio  de  la  lengua,  y  el  aliento. 
Elige  la  mañana  para  sus  curas,  en  razón  de  que,  á  esa 
hora,  está  aún  en  ayunas.  Ya  sea  porque,  con  el  nuevo  día 
y  en  ayunas  está  más  libre  de  la  influencia  de  la  materia 
el  espíritu,  ó  ya  porque  se  halle  este  menos  empañado  por 
las  impurezas  del  tráfago  social,  ello  es  que  las  primeras 
horas  de  la  mañana  son  las  más  favorables  al  alto  minis- 
terio del  saludador  y  de  todo  mago  ó  taumaturgo. 

Antiguo  y  considerable  es  el  crédito  del  ayuno  y  de  la 
saliva  en  las  supersticiones  y  en  la  magia.  La  saliva  de  un 
hombre  en  ayunas  reputábase  excelente  antídoto  del  ve- 
neno de  las  víboras.  Curaban  la  lepra  y  otras  enfermedades 
de  la  piel,  frotando  en  ella  con  la  saliva  igualmente  en  ayu- 
nas. Escupían  á  intento  de  preserv^arse  de  la  epilepsia, 
como  repeliendo  el  contagio.  Pedíase  favor  á  los  dioses  en 
una  pretensión  extraordinaria,  escupiendo  en  el  propio 
seno.  Acostumbrábase,  en  la  aplicación  de  toda  clase  de 
remedios,  escupir  tres  veces,  conjurando  de  esa  manera  el 
mal  y  favoreciendo  la  acción  de  los  medicamentos.  El  que, 
arrepentido  de  haber  dado  un  golpe  á  otro,  quería  evitar 
que  sufriese  las  consecuencias  de  él,  escupía  al  punto  en  la 
palma  de  la  mano  con  que  le  pegó.  En  el  acto,  el  agredido 
dejaba  de  sentir  el  dolor.  Después  de  aporrear  a  una  bestia 
de  carga,  escupían  también  en  la  mano  inmediatamente, 
para  que  echase  á  andar  en  seguida.  Para  hacer  más  dolo- 
roso el  golpe,  escupían  primero  en  la  mano.  Expulsaban 
cualquier  animalillo  (|ue  se  hubiese  introducido  en  el  oído, 
escupiendo  en  él.  Preservábanse  de  los  maleficios,  eseu- 


386  SrPKRSTIOIONBS  DKL  HÍO  1>K  LA   IM.Al  A. 

pioiulo  eii  la  pn>pia  orina,  liu^ixoQiU'  se  t'xpelía,  ó  on  el  za- 
pnto  del  pie  ilenvho,  antes  tle  calzarlo.  Escupían  al  tieniju) 
lie  atnivesjir  |H)r  tloiule  huUieran  corrido  un  peliiíro.  Las 
nodrizas  tenían  cuidado  <i(»  escupir  tres  veces  á  la  llcL::atla 
de  un  extranjero  6  cuando  alij:uno  se  detenía  á  mirar  un 
niño  dornuiio,  auinjuc  ya  le  hulúeren  puesto  Kajo  la  prn- 
teccióu  del  dios  Fascino.  Untando  los  ojos  con  saliva  en 
ayunas,  pretendían  curar  la  oftalmía  ^'^.  La  mllrn  rn 
ayunan  inaia  las  8crjncnici<,  viene  diciendo  el  vulgo  de 
muy  atrás'"'.  Común  es,  entre  las  curaciones  con  la  saliva 
en  ayuna.s,  la  (pie  hacen  de  la  v(Truí:;a.  HumcdrcíMila  con 
saliva  tres  días  consecutivos  en  ayunas.  Algunos  disuel- 
ven un  |)Oco  de  sal  en  la  saliva,  al  mismo  tiempo  que  fro- 
tan en  la  verniga. 

El  nacimiento  del  manosanta  y  del  (ata(Jió¡<  no  viene 
aeom|iañado  ni  preccMlido  de  ninguna  circunstancia  nece- 
saria o  fatal.  El  del  .saludador  sí.  Cuando  una  mujer  lia 
tenido  siete  hijos  varones  seguidos,  el  ultimo  de  ellos  nace 
con  una  cruz  en  el  paladar,  sind)olizando  (pie,  entre  otras 
singidaridades,  tiene  la  virtud  de  curar  por  medios  sobre- 
naturales 6  extraordinarios. 

Fué  causa  de  formales  disputas  entre  los  teólogos  mora- 
listas es|>añoles,  tnitando  de  la  ohacrranda  vana,  si  en 
CBte  género  de  superstición  están  ó  no  comprendidos  los 
saludadores.  Unos  tenían  por  lícUa  la  curación  ejercida 
por  los  saludadorcj;  otros  la  consideraban  supcnticioHa, 
Ixw  que  la  reputaban  liclla  divergían  entre  sí,  creyendo 


•    (*  y\\u"  ^.     u.\:  y„f,..„n.  /,  ia,..r  XXVII I. 

-       /.  /   l>ur  FraucÍMCü  López 

de  IbcÜA.  Mmirvl,  1. 


CAPITULO    XXVI.  387 

unos  que  procedía  de  una  virtud  natural  y  atribuyéndola 
otros  á  una  gracia  gratis  data^^\ 

Juzgando  con  arreglo  á  la  lógica  popular  y  a  los  sanos 
principios  teológicos,  lia  de  advertirse  que,  no  porque  el 
saludador  nazca,  como  los  ojos  de  la  superstición  ven  que 
nace,  con  una  cruz  en  el  paladar,  deberá  creer  el  buen  cris- 
tiano que  Dios  le  envía  al  mundo  dotado  de  una  gracia 
gratis  data  que  le  habilite  para  curar  por  medios  maravi- 
llosos. Quien  seguramente  le  envía  de  esa  manera  acondi- 
cionado, es  el  mismísimo  diablo,  que,  para  iludir  á  las  gen- 
tes, le  marca  en  el  paladar  con  un  signo  representativo  de 
la  divinidad  martirizada  en  el  Calvario.  La  astucia  de  Sa- 
tanás da  para  todo.  Que  tal  es  la  inteligencia  en  que  están 
á  ese  respecto  los  que  creen  en  saludadores,  lo  evidencia  el 
hecho  de  que,  cuando  a  las  madres  les  parece  ver  la  cruz 
en  el  paladar  del  recien  nacido,  se  apresuran,  para  borrár- 
sela, á  conferirle  en  el  bautismo  el  padrinazgo  del  hermano 
mayor  de  la  serie  septenaria. 

El  saludador,  según  una  versión  europea,  es  un  individuo 
nacido  en  viernes  santo,  á  las  tres  de  la  tarde,  hora  en  que 
murió  Jesús,  circunstancia  en  cuva  virtud  recibe  del  cielo 
la  facultad  privilegiada  de  curar  la  hidrofobia  en  hombres 
y  animales,  de  ver  abiertas  las  sepulturas,  de  saber  de  ante- 
mano quienes  y  cuándo  le  han  de  ir  á  buscar  para  asistir  á 
un  enfermo.  Entre  otras  de  sus  singularidades,  puede  tener 
en  la  mano  un  hierro  ardiendo  sin  quenuu-se.  Tres  veces 


(1)  Feijoo,  Teatro  Critico.  «Mi  si'iitir  es,  decíii  el  benedieliiio,  qiio 
n¡  curan  supersticiosamente,  ni  lícitanionte,  ni  por  virtud  sobrenatural, 
ni  natural,  ni  diabólica. 

Sejiíin  el  mismo  Feijoo,  el  saludador  es  uu  personaje  puramente  pe- 
ninsular. «Sólo  en  España,  dice,  hay  esta  especie  de  cui-anderos. » 


S88  siti»ki{sticii)Xf:s  dkl  río  dk  i.a  i'lapa. 

lloró  en  el  vii'iitro  inatoriio.  Mus  lii  mujer  (|iu'  cu  r\  le  llcvn, 
giianla  abs<»luto  sivrrto;  |n>n|Uis  di»  lo  coiitrario,  }KM(|(»na 
ipso  f'nrto  ]i\  f^nw'ux  qiu'  I)¡os  le  otorpi.  Una  rniz  rn  rl 
l^nlaiiar  manitVstnnu  nacida  la  iriatura,  su  i-arácíiT  di- 
vino ^  .  No  |>arcM.t^  divino  oso  canlotor  á  inuclios,  á  la  íü^c- 
uenilidtid;  pnos  on  naciciido  un  hijo  saludador,  se   aj>H'su- 


(1)  1).  K«t¡th¡o  ( )lav;irría  y  liuarle,  socnMario  dil  I- ulL- luir  cnsk^ 
llano,  n*  •  '  A  h\  tnul.  de  la  MtJirina  ¡*(t¡>\tUi'  «K»  (ítH)rjíe  lilack  por 
1).  A.  >.  ;  .  y  Álvanz. 

l'ii  claro  in^tiio  observador  (io  las*  costumbiTs  describe  \\A  el  salu- 
•i  el  concepto  que  de  él  forma  el  vulgo:  «El  poder  del  .sy7- 

■  •  «  ■  •  '    triencia    alynuia    de    ser    un    poder   diabniieo. 

I  -  -  eon  (juieiu's  viveeii  eontiiiua  (•oiiiuiiieacMÚn, 

no  cau.sa  espanto  su  presencia,  ni  terror  sus  miradas,  ni  pavor  sus 
pftlabnu. 

—¿Quién  i-."«  f^-  iiund)rey  les  preguntaréis.  V  os  contestariin  senci- 
llamente: 

—  ¡Rah!  Eí»e  e»»  el  saludiulor. 

/   replicaréis;   bueno.    Pero    ¿qué    quiere   decir    snÍH- 

ira  ipiomncia  les  causará  asombro,  y  exclauíarán  al  punto: 

—  ¡Toma!  Saludador  quiere  decir  que  tiene  (jracia. 

La  gracia  de  eate  hombre  cu  ven  laderamente  extraordinaria.  Mésmer 
hncfii  r- "  *  •    *       ii-  en   <l»'li«'io"<as   cííntorsiones,  enead«'na- 

díH.  al  I  .  '.  Du-Potet    hacía  ver  en  su   rs|MJo   má- 

gico díjilMMiaiH  viitioneit.  Fox  hacía  danzar  los  nuieblen  al  capricho  <le 
fdi  '  !,  y  Honie  ha  he<'ho  que  los  espíritus  hablen    por  el  lá{)i/. 

■'  '  r'   '        ■  'o  hace  ver  al  >on:iml»ulo  íi  lar^jas  dis- 

-.    --  ' :..  ,  ,  a  o?*.    Ksta  nigromancia,  medio  eientí- 

fím,  iiwiVui  ni(»Uca,   nie<Iio   terrible  y  burlona  á  la    vez,    ha   re4di¿ado 
rÜublunis.    Puci  bien:    el  saludador  hace  niái)  to- 
'         '•  «I  niyo  en    medio  de    las    nubes   y   el 
!r  .  que    riUHi>ende  el  torrentí'  (pie  se  preci- 

piu  y  rugo,  con  «ola  su  presencia.    Kso  hace; 

t«>  que  fletener  el  furor  convulsivo  de  un  aninnd 

iiAal   dt>    la    hidrofobia.     Hace    más: 

f'i  el  enfermo  acude  á  él  antes  «pit; 

.  lo«  h*-  iiedad.  Tal  et  el  Halud(ulw\  tal  es  su 

grat%a.»    ( Kl  .^  rr,  novela,  ¡Kir  I>.  J«i«ó  HidgiuJ 


CAPÍTULO  xxvr.  389 

ran,  como  queda  indicado,  á  borrarle  la  mentida  cruz  que 
el  diablo  ha  grabado  en  su  paladar,  teniéndole,  para  el 
efecto,  en  la  pila  bautismal  el  mayor  de  los  siete  hermanos 
de  la  serie  masculina.  Se  le  tendría  por  brujo,  v  ninguna 
madre  quiere  que  su  hijo  pase  por  brujo.  La  simulación  de 
los  atributos  de  la  divinidad  entra  por  mucho  en  los  pla- 
nes y  tramas  del  común  enemigo.  Esto  lo  tiene  bien  sabido 
una  gente,  las  chinas  en  especial,  cuya  educación  religiosa 
trae  su  origen  de  la  que  los  misioneros  jesuítas  infundie- 
ron con  hondas  raíces. 

Aunque  el  cristianismo  no  ha  rehusado  admitir  en  el 
número  siete  excelencias  notorias,  los  gentiles  fueron  quie- 
nes 2)rimeramente  ensalzaron,  en  conformidad  á  sus  ideas, 
las  que  creyeron  ver  en  él.  El  séptimo  hijo  saludador  puede 
ser,  por  consiguiente,  artificio  del  demonio,  por  más  que 
responda  á  un  número  celebrado  de  los  cristianos.  ¿Y  la 
cruz  en  el  paladar?  La  cruz  en  el  paladar  obra  puede  ser 
asimismo  de  Satanás,  que  está  interesado  en  hacerla  pasar 
por  divina.  Lejos  está  Satanás  de  querer  que  se  le  acha- 
quen á  él  los  escándalos  que  ha  de  dar  el  saludador  con 
unas  curaciones  tan  contrarias  al  orden  regular  de  las  co- 
sas, y  con  la  cruz  que  distingue  al  escandaloso,  consigue 
que  sus  acciones  redunden  en  daño  de  la  religión  del  Cru- 
cificado. 

Condenado  á  salir  con  una  mordaza  por  las  calles  y  á 
diez  años  de  cárcel  fué  en  Lima  por  el  Santo  Oficio  de  la 
Liquisición  un  individuo  que,  entre  otras  habilidades  de- 
moniacas, tenía  la  de  ser  saludador,  como  lo  confirmaban 
una  cruz  en  el  pecho  y  otra  en  el  cielo  de  la  l)oca,  (pie  dijo 
á  los  inquisidores  le  identificaban  en  tal  carácter.  En  la 
prisión,  mientras  le  estuvieron  formando  causa,  veía   res- 


390  süPERSTinoxKs  dki.  nío  ni-:  i.a  plata. 

plaiulores  y  sentía  una  suavísima  frairancin'^l  ¡IVliz  con- 
dición iK'  un  uiortaK  que  sabía  convertir  la  inortífrra  pes- 
tilencia y  lobreguez  de  mazmorras  borremlas  ep.  deliciosa 
mansión  i^anidisíaca!  ¿Qu<?  serían  para  él  los  diez  anos  de 
airee!  y  la  pública  exbibición  con  mordaza?  SÍí::1os  de  li- 
bertad de  acción  y  de  libertad  de  la  palabra.  Lastima  que 
86  trate  de  un  miserable  jugador  eiitreixado  á  vicios  vci- 
gonzosos, 

S:du<lador  ba  babido  tan  prestigioso,  que  pusiera  en  cui- 
dado la  temida  autoridad  del  general  I).  Justo  José  de  Ur- 
quiza  en  la  provincia  de  Entre-Ríos.  Con  sus  maravillosas 
curaciones  se  iba  baciendo  demasiado  popular,  y  el  general 
Urquiza  juzgó  o|X)rtuno  encerrarlo  en  una  cárcel.  Vlu  cWñ 
yacía  el  eximio  taumaturgo  cuando,  asesinado  aquel  céle- 
bre caudillo,  jmdo  recuperar  la  libertad  perdida,  para  ii-  á 
inc»»r¡x>rarse  á  las  fuerzas  revolucionarias  de  López  Jordán, 
donde  sin  duda  babrá  tenido  frecuente  ocasión  de  mani- 
festar de  nuevo  la  eficacia  de  sus  recónditas  virtudes.  ¿Le 
babran  muerto?  Eát¿d)a  rctobado^'\ 


'  r,,i.,  ilr  la  Inquvríeión  de 
J  .  Chile,   l^ST. 

{'J)    Véa*e  Cap.  XXXVI. 


CAPITULO  XXVII. 

De  algunos  taumaturgos  célebres  (magia,  rezos, 

santiguaderas,  soplos: 

«sugestión»  y  «auto-sugestión»). 


Sumario.  —  Magos,  brujos,  magnetizadores  y  médicos,  miembros  de 
una  misma  familia.  —  Obraron  maravillas  con  diversas  formas  de 
sugestión.  —  El  hipnotizador  científico,  mago  de  alta  escuela.  — 
Nace  la  magia  de  la  medicina,  segiin  los  sabios  antiguos.  —  Métese 
á  mago  un  médico  insigne.  —  Los  indios  salvajes  hacen  magos,  á 
la  fuerza,  á  unos  españoles.  —  Intentan  comerse  á  los  españoles, 
y  dejan  los  por  flacos.  —  T^xígenles  que  los  curen  de  sus  dolen- 
cias. —  Obligados  los  españoles  á  curar,  rezan,  santiguan,  soplan, 
y  dejan  sanos  á  los  enfermos.  —  Curas  sorprendentes.  —  Un  en- 
fermo, que  los  indios  creían  nuierto,  se  levanta  y  sale  caminando. 
—  Los  españoles  convertidos  en  semidioses.  —  Fenómenos  de  auto- 
sugestiónjde  sugestión  mental.  —  Un  tauniaturgo  indígena:  cosa 
mala  ( del  diablo  ).  —  Un  conquistador  del  Tucunuín  cura  con  en- 
salmos, y  cae  en  las  manos  del  Santo  Oficio. 


Durante  un  milenario,  en  la  edad  media,  el  únieo  médieo 
del  pueblo,  dice  Mielielet,  fué  la  Ijruja.  Los  emperadores, 
los  reyes,  los  papas,  los  más  ricos  barones,  tenían  algunos 
doctores  salidos  de  las  escuelas  de  Salerno  y  de  las  de  los 
moros  y  judíos.  Pero  la.  masa  del  pueblo,  fuese  cual  fuese 
la  clase  á  que  perteneciere,  el  mundo  todo,  digámoslo  así, 
estaba  en  manos  de  la  }ia(ja^^\ 

(1)    La  Sorcure. 


392  8rrKR.sTicn^Nr>^  t»k.l  kío  di:  la  ii.ata. 

El  inairo  v  la  saíni,  el  lurincvro  v  el  mlivino,  rl  snliula- 
dor  V  el  ountiulen),  el  nianosanfa  v  el  tatadióa,  v  liastn  A 
magiiet¡z;ulor  y  el  espiritista  son  miembros  de  iiiiii  misma 
familia.  Los  priiieipios,  aparatos,  formulas  y  proeetlimii'iitos 
de  tixloí»  ellos  tieiíen  siempre  alguna  semejanza,  más  ó 
menos  próxima  6  n*mota,  con  las  doctrinas  y  las  prácticas 
así  exotéricas  (píihlica.s)  como  esotéricas  (secretas),  délas 
escuelas  miígiais  del  Asia  y  del  Egipto.  Ilccliicero,  adivino, 
sacvnlote,  mago,  primitivamente  fueron  minas  de  un  .^olo 
tronco.  Toilos  ellos  curaron  con  ensalmos  ó  por  la  s(jla  vo- 
luntad solemnemente  manifestada,  y  valiéronse  para  el 
efecto  de  su  prestigio  y  de  aparatos,  estrépitos,  luces,  pases, 
gcítículaciones  y  miradas  fascinadoras.  Se  lian  valido,  en 
suma,  sin  sabt'rio,  del  inllujo  magnético,  de  la  sugestión 
hipnótica,  de  la  at(tO'XUf/rsflón,  de  la  sugestión  inc/i/d!, 
ó,  como  otros  quieren,  potencia  dinámica  df  la  idea  ri- 
ializa(ia^^\  paní  maravillar  al  i)uei)lo,  (pie  los  reverenciaba 
cual  si  fueran  sertas  superiores  al  resto  de  los  li()nd)res.  Del 
seno  de  tenias  las  religiones  han  salido  taunuiturgos  })()pu- 
lares  que,  sin  propinar  ninguna  meílicina,  han  curado  á  los 
enfermos.  Los  cjuc  hoy  pululan  por  la  cuenca  del  IMata,  no 
í|uerien<lo  S4*r  menos,  se  titulan  talddioscfi  y  //uuiosantds, 
blancos,  indios,  mestizos,  nujlatos,  ])ardos,  negros.  Unos 
pretenden  tener  mano  de  santo  para  curar  enfermedades; 
í»tros  intentiin  elevarse  á  mayores:  dícense y^a^Z/ví*  (tata) 
de  bis  gentírs,  dotados  di*  atributos  divinos,  con  la  particu- 
lari<Lid  de  ner  los  negros  quienes  á  tal  altura  se  renutiitan. 
Bi'mejante  ¡«renti-scoóconumidad  de  origen  y  ascendencia, 
en  manera  alguna  menoscaba  ni  aplebeya  la  elevada  con- 

(I)    Pupas,    TraiU  FMmeiü.  de  Magie  J*ratit¡iif, 


CAPÍTULO   XXVII.  393 

dición  jerárquica,  en  la  esfera  intelectual  y  científica,  del 
meritorio  mago  académico  de  nuestros  días,  el  hipnotizador 
de  alta  escuela,  que,  en  lo  que  tienen  de  verdad  sus  admi- 
rables experimentos,  el  mundo  aplaude  con  justicia.  Fuera 
de  esto,  el  humildísimo  taumaturgo  pedestre  é  ignaro  del 
vulgo  campesino  ni  siquiera  sospecha  que  pueda  tener  pa- 
rientes y  antepasados  de  tanto  fuste. 

Que  la  magia  nació  de  la  medicina,  nadie  duda,  según 
Plinio.  Atendió  primero  á  nuestra  salud,  y  luego,  á  pre- 
texto de  velai'  por  ella,  atrevióse  á  cosas  mayores:  unió  á 
sus  operaciones  el  ministerio  de  la  religión,  y  echó  mano 
de  la  astrología,  que  ponía  en  las  suyas  el  destino  de  las 
personas.  Así  logró  tener  encadenados  los  espíritus  por 
medio  de  un  triple  vínculo  poderoso,  privando  en  gran  nú- 
mero de  naciones,  y  con  más  avasallador  imperio  en  el 
Oriente.  Zoroastro,  en  Persia,  siglos  antes  de  la  era  cris- 
tiana, supónese  haber  sido  el  inventor  de  la  magia.  Dise- 
minóla por  Grecia  Ostano,  mago  insigne  que  acompañó  á 
Jerjes  en  sus  expediciones.  El  esplendor  y  fama  de  la 
ciencia  de  los  magos  atraía  á  cuantos  aspiraban  á  brillar 
en  el  mundo  con  la  luz  del  entendimiento.  Pitágoras,  Em- 
pédocles,  Demócrito,  Platón,  á  fin  de  instruirse  en  ella, 
atravesaron  los  mares,  haciendo  los  mayores  sacrificios,  so- 
portando penalidades  sin  cuento.  Por  una  coincidencia  sin- 
gular, medicina  y  magia  juntamente  desarrolláronse  en  Gre- 
cia: la  medicina  con  Hi])ócrates,  la  magia  con  Demócrito 
(que  fué  quien  más  ha  contri])uído  á  extenderla),  en  la 
época  de  la  guerra  del  Peloponeso,  año  300  de  Roma.  Con 
Alejandro,  acom])añado  de  otro  mago  del  mismo  nombre 
que  el  (jue  siguiera  á  Jerjes  en  sus  con(piistas,  la  deshnn- 
bradora  ciencia  de  Zoroastro  recorrió  casi  toila  la  tierra 


394  srrrnsTirioxES  DEL  iíío  dk  i. a  pi.ai a. 

i*ntoiu*e8  i'Onoí'iiia  ^ *  ■.  Entro  los  indios  del  Kuevo  Mundo 
h:dlái\>n>e  asiniisnio  n-unitlos  en  las  manos  iK  1  médifo 
los  otieios  del  ni:ijr«\  del  sacerdote,  del  astrólogo,  del  adi- 
vino ■  . 

El  famoso  Panicelso,  sabio  médico  suizo  de  la  décima- 
sexta  ívnturia,  cuyas  notaMcs  curaciones  K»  granjeanuí  (  \- 


(1)    Plinio,  Xaturalis  liistona  v  üb.  XXX). 

(2;    •  KI       *     'le  ndeviiiar,   6   pronosticar   las  cosas   por  venir,  y 
quantas  va;  -    los   rnnhs  daban  lí  enlcmli-r  á  r.-ta  gente    ( á  los 

indios  de  la  Española  ó  Santo  Domingo ),  andaba  junto  con  la  medi- 
cina é  arto  má^ca.  Lo  qual  pari'sce  que  concuerda  con  lo  (lue  (Iícmí 
Plinio  en  su  yatuml  !'  '  'i,  cunfesando  (|ue,  bien  tjue  sra  il  arte 
máj*  íraudulente  é  en:;  «le  tridos,  ha  ávido  j^randísinia  reputación 

en  lotio  el  mundo  y  en  todos  siglos.   Ni  se  maraville  alguno  aquesta 
arte  aver  adquirido'tan  gnuídísima  autoridad;  porque  ella  sola  abraza 
-  tr»*s  artes,  los  quales   Mibrc   todos    timen  el  imperio  de  la 

\ na.    Porcpie   principalmente   n¡n;íuno  <lubda  este   arte  aver 

venido  <le  In  me<licina,  como  cosa  más  sanctn  6  más  excelente  que  la 
medicina,  y  en  aquesta  forma  é  sus  proniesas,  nuiy  deseadas  y  llenas 
.'     '    '  '    '  '     lai  fuerza  de  la  religión.    E  <lesi)ués  (pie 

j con  esto   el    arte    matemática.    La  <pial 

no  en    los  hondires ;    porque  cada  uno  es  deseoso  de  saber 

las  rosaA   futuras  é  por  venir.  (:  creen  que   verdaderamente  se  pue<lc 

Así  quí*  tal  arte,  aviendo  atado  los  sentidos  de  b)S 

íiudoH,  ha  llegado  á  tanta  sublimidad  ó  altura,  (pío 

.1  la  mayor  parte  de  la  gentí-  y  en  el  Oriente  nuuida  á 

rey  de  reye».  É  sin  dulnla  allí  nació  en  la  región  de  Persia,  y  fuó  el 

"  .   en  lo   (pial  todos  los  e-eriplores 

lo  (>s  de   Plinio,  á  propósito  de  lo 

is  ípK»   el  primero   de   los  magos 

fué  Vj  '  .  rey  de  lo»  batrianos.    Por  manera  que  en  estas  partes 

tal    vanidad.   O  junto  con    la 

'  - :    pues  sus   naMicos  prinei- 

j  .  <us  religiosos  les    adminis* 

trmn  nuf  'f.  noniaj»  mfandas  y  diabólicas.»  <  ICl  (Voni^ta 

<  ■  '   (¡rurral  //  Sutural  dr  Itis  In- 

de  la  Kp*panola  enti^'iidase  de 
>     ^e  Cap.  V,  págs.  1G  y  47,  y 
Om>.  XIV.  páff,  15ir>.) 


CAPÍTULO   XXVII.  395 

traorcliiiaria  reputaci(5n  en  toda  Eurojia  v  á  quien  la  medi- 
cina debe  la  aplicación  del  opio  y  del  mercurio  y  la  far- 
macia muchas  preparaciones,  profesaba  la  astrología  y  la 
magia,  creía  haber  descubierto  el  secreto  de  prolongar  la 
vida  y  de  hacer  oro,  é  intentó  destronar  á  Hipócrates,  Ga- 
leno y  Avicena.  ^lanifestó  públicamente  que  todos  sus  co- 
nocimientos en  el  arte  y  ciencia  de  curar,  los  había  adqui- 
rido de  boca  del  vulgo,  en  las  aldeas,  conversando  con  cu- 
randeros y  con  los  apacentadores  de  rebaños.  Vino  á  ser,  en 
suma,  un  taumaturgo  popular,  una  especie  de  manosanta. 
Alvar  Xúñez  Cabeza  de  Vaca,  que  en  la  epopeya  de 
la  conquista  de  América  figura  entre  los  conquistado- 
res que  la  ilustran  con  mayor  brillo  y  pureza  ^^^,  vino  á 
ser,  entre  los  indios,  también  un  taumaturgo,  un  mano- 
santa,  pero  no  voluntario  como  Paracelso,  sino  á  la  fuerza. 
El  teatro  de  sus  maravillosas  curaciones  fué  la  Florida, 
en  la  América  Septentrional,  donde  Ponce  de  León, 
Soto,  Xarváez  y  otros  héroes,  dejaron  ilustre  memoria 
de  sus  hazañas,  que  el  yanJccc,  incapaz  de  imitar,  no  res- 


(1)  Alvar  Xiínez  Cabeza  de  Vaca,  muerto  D.  Pedro  de  ^[endoza  y 
su  lugarteniente  Juan  de  Ayola?,  vino  en  calidad  de  adelantado  al 
Río  de  la  Plata.  Su  primer  hazaña  fué  la  gigantesca  travesía  desde 
Santa  Catalina  (Brasil)  hasta  la  Asunción  (Paraguay),  que  dejó 
asombrados  á  los  mismos  conquistadores  del  Paraguay,  para  quienes 
las  proezas  mayores  eran  ordinarias  acciones  del  soldado.  Los  con- 
quistadores del  Paraguay,  así  los  que  habían  venido  con  D.  Pedro  de 
Mendoza,  como  los  que  el  mismo  Cabeza  de  Vaca  hal)ía  traído  á  su 
costa,  en  gran  número  conjurados,  se  le  rebelaron  y  lo  tuvieron  preso 
en  lóbrego  calabozo  (del  que  salió  enfermo  y  tullido)  un  año,  mien- 
tras se  construía  un  bergantín  para  enviarlo  á  España  con  un  falso 
proceso.  Era  Cabeza  de  Vaca  celoso  de  su  autoriilad  y  rígidamente 
austero,  humano  con  los  indios  y  firme  represor  de  abusos :  tal  parece 
haber  sido  su  delito. 


39t)  srpKnsTinoNKs  nr.L  kío  ni:  la  i'Lata. 

fH»ta  '  .  CalH'za  de  N'aca,  lu)nil)re  ilc  alta  |)rnsn]»¡a,  nuls  y 
más  iliiínanirnti'  eniiohkriila  vn  su  persona  pur  claras  aecio- 
ni»s,  |msó  it  la  Floriila,  desdo  las  Antillas,  euii  IVmlih»  ilr 
Narviíe/,  cuya  expeilieiún,  tan  heroica  euanio  desgraeiada, 
se  efectuó  ¡k)!*  el  año  de  ir)28.  Los  indios  (jue  ])ol)lal)an 
aquellas  regiones  enin  ferocísimos,  muy  lulicosos,  y  he  co- 
mían lí  la  gentr.  Narváez  llevaba  seiscientos  españoles,  de 
los  que  el  hamlue,  la  guerra  y  los  trabajos  solamentt»  dejti- 
ron  ci>u  vida  cuatro,  á  saber:  Alvar  Núñez  Cabeza  de  \'ara, 
Alonso  del  Castillo  Maldonado,  Andrés  Dorantes,  y  un  ne- 
gro  alándKs  esclavo  de  .Uvaí*  Xuñcz,  llamado  Estebanico. 
Cuando  de  los  seiscientos  expctlieionarios  sólo  habían  (¡iic- 
dado  quince,  los  indios  caril)es,  reputándolos  hombres  supe- 
riorí»s,  exigiéronles  que  los  curasen  di'  sus  dolencias.  Inten- 
taron primero  comerlos.  Pero  los  españoles  estaban  tan 
flacos,  que  los  caribes  no  hallaron  en  sus  cuerpos  nada  ca- 
paz de  saciar  su  horrible  voracidad:  las  jx'ualidades  y  la 
falta  tie  alimento  los  tenían  reducidos  á  un  saco  (\v  liucsos. 
Cambiaron,  pues,  de  propósito  los  indios  lloriilenses,  pro- 
{Kjniéndose  sacar  algún  otro  [>rovecho  de  sus  míseros  cau- 
tivos. 

Loí«  indios  de  la  Florida  y  sus  islas  tenían,  como  todo 
pueblo  salvaje,  sus  médicos,  (pie  reunían  en  sí  los  ministe- 
rios del  sacerdote,  del  mago,  del  hechicero.  Juzgaron,  em- 
pero, que  unoH  hombres  de  tanto  esfuerzo  y  valor  como 
eran  los  cj^pañolen  que  invadieron  el  país  (jue  ocuj)aban,  m*> 
pcxlían  dejar  de  tener  mía  facidtad  igtial  ó  superior  á  la  de 


fi""      ••  .•  I., i/iH  i|f  Im  I"'!"»!-!»!»!,  i'nvíiiii  (í  (iil)«  líf'utr 

y  xnv,  á  iiiti'iit')  (le  Hiixtnu'i'iii  ai  doiniíiio  «le  KHiuiñii: 

bi  quicn-n  libre,  |ura  Iiiu'«tIíi  Cf^'lavu. 


CAPÍTULO    XXVII.  397 

sus  propios  m^^dicos  ó  hechiceros  (denominación  que  más 
comúnmente  se  lia  dado  á  los  magos  indígenas  del  Xuevo 
Mundo ).  Pidieron  los  indios  á  los  españoles,  según  queda 
indicado,  que  los  curasen,  presentándoles  algunos  enfer- 
mos. Los  españoles,  al  principio,  creyeron  que  los  indios 
clianceal^an ;  pero  luego  vieron  que  el  negocio  era  serio  en 
demasía:  morirían  de  hambre,  si  no  accedían  al  pedimento. 
Cabeza  de  Vaca  les  dijo  que  ni  él  ni  sus  compañeros  eran 
médicos,  ni  entendían  nada  en  la  materia,  y  que  por  con- 
siguiente nada  podrían  hacer  en  su  obsequio  por  lo  que  se 
refería  á  sus  dolencias.  El  cacique  le  contestó  que  todo  en 
la  naturaleza,  hasta  las  piedi-as,  tenían  alguna  virtud  para 
el  bien,  y  que  los  españoles,  como  gente  excelsa  que  era, 
con  mayor  razón  podrían  hacerlo.  Cabeza  de  Yaca,  en  re- 
solución, tuvo  que  ceder;  y,  habiéndosele  presentado  unos 
enfermos,  puso  en  Dios  su  pensamiento,  rezó  un  padre- 
nuestro y  un  avemaria,  y  pidió  por  la  salud  de  aquellos  in- 
felices al  mismo  tiempo  que  los  santiguaba  y  les  soplaba 
en  la  parte  donde  parecía  hallarse  el  mal  localizado ^^l  El 


(1)  «Nos  quisieron  hacer  físicos,  sin  examinarnos  ni  pedirnos  los 
títulos;  porque  ellos  curan  las  enfermedades  soplando  al  enfermo, 
y  con  aquel  soplo  5'  las  manos  echan  de  él  la  enfermedad.  Y  man- 
dáronnos que  hiciésemos  lo  mismo  y  sirviésemos  en  altJ^o.  Nosotros 
nos  reíamos  de  ello,  diciendo  que  era  burla  y  que  no  sabíamos  curar ; 
y  por  esto  nos  quitaban  hi  comida,  hasta  que  hiciésemos  lo  que  nos 
decían.  Y  viendo  nuestra  porfía,  un  indio  me  dijo  á  mí  que  yo  no 
sabía  lo  que  decía  en  decir  que  no  aprovecharía  nada  aquello  que  él 
sabía ;  ca  y  porque)  las  piedras  y  otras  cosas  que  se  crían  por  los  campos 
tienen  virtud,  y  (lue  él,  con  una  piedra  caliente,  trayéndola  por  el  es- 
tómago, sanaba  y  quital)a  el  dolor,  y  ([ue  nosotros,  que  éramos  hom- 
bres, cierto  era  que  teníamos  mayor  virtud  y  poder.  En  tin,  nos  vi- 
mos en  tanta  necesidad,  que  lo  hobimos  de  hacer,  sin  temer  que  nadie 
nos  llevase  por  ello  la  pena.  La  manera  que  ellos  tienen  en  curarse 
es  éstii :  que  en  viéndose   enfermos,   llaman  un    médico,  y  después  de 


398  srpKR5íTioioNES  pi:l  kío  m:  \.\  plata. 

^xito  de  U\i\  iTÍstiano  arbitrio  íwv  plcnanu'iite  satisíjictorio. 
En  toilos  los  aisDs  nuevos  i[uv  sr  K»  ofrecieron,  usó  tKl 
mismo  prociH-liinifiito :  rezar,  junlir  niiserieonüa,  santÍL::uar 
y  soplar.  Ía)s  pacientes,  tan  luego  eonio  reeibían  la  señal  de 
ki  cniz,  cpiedahan,  |x>r  lo  general,  buenos  y  sanos.  Ix)s  ilo- 
lores  de  eabiv.a,  muy  frei'uentes  entre  aquellos  indios,  como 
entre  los  de  la  Pampa  de  la  Argentin:i  (so])ro  todo  cuando 
reina  el  viento  di'l  mediodía),  desaj)arecíaii  como  por  iii- 
canto.  Lo  mismo  sucedía  con  las  incomodidades  ó  dolen- 
cias de  otra  i)arte  del  cuer¡H),  que  á  la  postre  desaparecían 
sin  necesidad  de  recun-¡r  á  la  operación,  nada  l)landa,  de 
las  sajaduras  y  cjuiterios  que  los  mAlicos  indios  usaban: 
ooea  de  que  se  maravillaban.  Pero  la  admiración  llegó  á 
sa  colmo,  cuando  llevaron  á  Calx'za  de  Vaca  cinco  tulli- 
dos, que  estaban  nmy  malos.  Era  ya  la  caída  de  la  tartle. 
A  la  put*sta  del  sol  los  santiguó  y  encomendó  á  J  )io8,  y  al 
día  siguiente  salieron  caminando  con  tanta  soltura  y  i)iza- 
rría  como  si  nunca  hubiinuí  tenido  nada. 


corado,  no  »«'»lo  Ir  dnn  trwlo  lo  que  posoon,  mas  entre  sus  parientes 
bmean  cof&n  para  darle.  1^  que  el  niódieo  hace,  es  dalle  unas  sajas 
•donde  tiene  el  dolor,  y  cliúpanles  al  derredor  de  ellas.  Dan  eaute- 
rioi  de  fuego,  que  es  coí»n  entre  ellos  tenida  por  nmy  provechosa,  y 
jro  lo  be   •  ado,  y  me   Husce<lió   bien   <le  ello.  Y  despu^'s  de 

c»to,  «opla;.  ..  ,..:  ,  .  .^ar  (\u*'  les  duele,  y  con  e.sto  creen  «'líos  que  se  les 
quim  el  mal.  I^  manr-ra  con  que  nosotroH  curamos  era  santi^'uándolos 
irk^,  y  n-zar  un  ¡mU-rnftntoT  y  un  avenuiría,  y  rojear  lo  mejor  que 
;  '   Miírt»  Nm-^tro  S-nor  qui*  les  die»e  sahnl,  y  espirase  (inspi- 

r-i  .      qu«'  ""- '  •'  )•  ren  aljfán  huen  tratamiento,  (¿uiso  Dios  Nues- 

^'  V  »u  II   ^  lia  que  to<los  aquíllos  ¡xjr  quien  suplicamos, 

lii-  -«nlitfiínnKw*  decían  á  los  otros  que  eiitahan  sanos  y  hue- 

hacían  huen  tratiunicnto,  y  dejahan  ellos 
•"  **   '    nos  daban  cueros  y  otraH  cofillas, » 

(  '  .        ,  i    /a  ()(.  Vara  y  lirltuióu  de  la  .hn- 

nada  que  huo  ti  la  t'Uirula  con  el   Adrlantndo    J'ún/ih  de  Narvácx.) 


CAPÍTULO   XXVII.  399 

Otro  caso  harto  sorprendente  acabó  de  hacer  de  Cabeza 
de  Vaca  un  dios  ])s.yr  los  indios.  En  cierta  ocasión  pidie- 
ron á  Cabeza  de  Vaca  que  fuese  á  curar  varios  enfermos, 
entre  los  cuales  había  uno  que  tenía  todas  las  apariencias 
de  muerto.  Con  oraciones  y  santiguaderas  y  soplos,  curólos 
á  todos.  El  muerto  redivivo  se  levantó  y  anduvo  paseán- 
dose. Esto  causó  gran  admiración  y  espanto,  y  en  toda  la 
tierra  no  se  hablaba  de  otra  cosa^^l  Todos  acudían  á  Ca- 
beza de  Vaca  y  á  sus  compañeros,  para  que  los  curase  y 
para  que  santiguase  á  sus  hijuelos,  como  preservativo  de 
los  males  á  que  naturalmente  estaban  expuestos.  Dábanles 
cuanto  tenían.  Dieronles  unas  calabazas,  símbolo  de  su 
autoridad  mágica  ó  sacerdotal,  las  cuales  llevaron  en  ade- 


(1)  «Cuando  llegué  cerca  de  los  ranchos  que  ellos  tenían,  yo  vi  el 
enfermo  que  íbamos  á  curar,  que  estaba  muerto;  porque  estaba  mu- 
cha gente  al  derredor  de  él,  llorando,  y  su  casa  deshecha,  que  es  se- 
ñal que  el  dueño  estaba  muerto.  Y  ansí,  cuando  yo  llegué,  hallé  al 
indio  los  ojos  vueltos  y  sin  ningún  pulso,  y  con  todas  señales  de 
muerto,  según  á  mí  me  paresció,  y  lo  mismo  dijo  Dorantes.  Yo  le  quité 
una  esíera  que  tenía  encima,  con  que  estaba  cubierto,  y  lo  mejor  que 
pude  supliqué  á  Nuestro  Señor  fuese  servido  de  dar  salud  á  aquél  y 
á  todos  los  otros  que  de  ella  tenían  necesidad.  Y  después  de  santi- 
guado y  soplado  muchas  veces,  me  trajeron  su  arco  y  me  lo  dieron  y 
una  sera  de  tunas  molidas,  y  lleváronme  á  curar  otros  muchos  que  es- 
taban malos  de  modorra,  y  me  dieron  otras  dos  seras  de  tunas,  las 
cuales  (lí  11  nuestros  indios,  que  con  nosotros  habían  venido;  y  hecho 
esto,  nos  volvimos  á  nuestro  aposento,  y  nuestros  indios,  á  quien  di 
las  tunas,  se  quedaron  allá,  y  á  la  noche  se  volvieron  á  sus  casas,  y 
dijeron  que  aquel  que  estaba  muerto  y  yo  había  curado  en  presencia 
de  ellos,  se  había  levantado  bueno  y  se  había  paseado,  y  comido  y 
hablado  con  ellos,  y  que  todos  cuantos  había  curado  quedaban  sanos 
y  nuiy  alegres.  Esto  causó  gran  admiración  y  espanto,  y  en  toda  la 
tierra  no  se  hablaba  de  otra  cosa.  Todos  aquellos  á  (luien  esta  fama 
llegaba  nos  venían  á  buscar  para  que  los  curásemos  y  santiguásemos 
sus  hijos.*  (Xaufragios  y  Jornada  á  la  Florida  de  Alvar  Xúñez  Ca- 
beza de  Vaca.) 


400  SUPERSTICIONES  DKL  RÍO  DE  LA  l'L.VrA. 

lanto  (^>nsij:iK   IVlíaiiK'S  qiu»  on  su  ausencia  se  acordasen 
sieinnro  de  ellos  y  rogasen  por  su  salud.  Decían  (jue  aíjue- 
Uo8  honil>res  maravillosos  eran  verdaderamente  hijos  del 
jo/.  Ninguno  curaban,  que  no  (juedase  sano.  Llegaron  á 
jK»rsuadirse  los  indios  de  que  muica  liarían  de  morir,  mien- 
tras los  es|>;iñoles  anduviesen  \x)v  sus  tierras.   Por  donde 
loe  peregrinantes  pasaban,  acudían  los  indios,  con  sus  hijos 
á  cuestas,  y  las  manos  llenas  de  regalos.  Rodeábanlos,  tocá- 
banlos V  volvían  á  sus  casas  corriendo.  Luego  cerc;d)an  de 
nuevo  á  los  españoles,  y  así  iban  y  venían  roí^ocijadamente, 
sti^íroá  de  estar  libres  del  dolor  y  la  muerte.  Nada  comían 
ni  lx»bían,  sin  que  primero  los  españoles  lo  san  ti  licuasen  y 
soplasen.  Preferían  morir  de  hambre,  antes  que  llevar  á  la 
boca  un  bocado  <|ue  no  hubiese  sido  bendecido  ])or  ellos. 
Seguíanles   ordinariamente   millares  de  indios,  y  á  cada 
paso  era  necesario  satisfacer  su  exigencia,  santiguando  y 
soplando  lo  que  habían  de  comer  y  beber.  Así  Cabeza  de 
Vaca  y  sus  compañeros  se  veían  im[)ortunados  incesante- 
mente, siendo  grande  el  trabajo  á  que  los  obligaba  la  ne- 
cesidad de  contentar  á  los  solicitantes,  cuyo  nCunero  lísccn- 
dió  muchas  veces  á  tres  6  cuatro  mil.   La  sola  señal   ile 
enojo  de  los  es|)añoles  era  causa  bastante  para  acarrearles 
la  muerte.  Cuando  los  indios  presumían  que  los  españoles 
estaban  airados  6  descontentos,  no  se  atrevían  á  compare- 
cer ante  ellos,  temerosos  de  que  caerían  muertos,  con  solo 
verlos.  Tenían  por  cierto  que  los  esj)añ(jles  los  podían  nui- 
tar  con  la  sola  voluntad  de  privarles  de  la  vida.  Una  vez 
que  Cal>eza  de  Vaca  y  sus  compañeros  sí;  ungieron  enoja- 
dos ¡lara  Imicítsc  olKNleccr,  em|>e/.aron  á  morir  muchos  in- 
dio». Aunque  T  añoles  trataron  de  tranquilizarlos,  no 
por  CHíj  dejaban  «l<;  morir,  creyendo  que  en  rwdidad  de  ver- 


CAPÍTULO    XXVII.  401 

dad  les  deseaban  la  muerte.  Fué  tanta  la  mortandad,  que 
los  españoles  llegaron  á  temer  que  se  muriesen  todos  ó  que 
espantados  se  ausentasen  y  los  dejasen  solos.  En  tiempo 
de  sequía,  rogaban  á  los  españoles  que  hiciesen  llover. 
Pedíanles  que  los  tocasen  y  santiguasen.  Dolientes  y  sa- 
nos querían  estar  bendecidos  por  los  españoles.  Las  ma- 
dres acudían  con  sus  hijos  en  brazos,  para  que  se  los  toca- 
sen y  santiguasen.  Cabeza  de  Vaca  y  los  suyos,  para  con- 
servar la  autoridad  semidivina  de  que  gozaban,  trataban  en 
toda  ocasión  de  ser  lo  más  graves,  y  á  ese  intento  les  ha- 
blaban pocas  veces  ^^\ 

Los  compañeros  de  Cabeza  de  Vaca  rehusaban,  como  él, 
meterse  en  tales  honduras,  temerosos  de  que  su  mala  for- 
tuna alborotase  el  cotarro;  pero  importunados  por  los  indios 
cada  vez  más  persuadidos  de  que  los  españoles  eran  hom- 
bres de  naturaleza  privilegiada,  probaron  á  sacar  fuerzas 
de  flaqueza  y,  mal  que  bien,  hicieron  sus  curaciones.  Así 
todos,  como  dice  festivamente  el  propio  Cabeza  de  Vaca, 
sin  previo  examen  ni  exhibición  de  títulos,  fueron  recibidos 
por  médicos^" I 

Alonso  del  Castillo  Maldonado,  uno  de  los  tres  últimos 
compañeros  de  Cabeza  de  Vaca,  no  siempre  acertaba  á  cu- 
rar las  diversas  enfermedades,  señaladamente  siendo  gra- 
ves. Atribuía  su  mala  fortuna  á  (pie  sus  pecados  debían 
estorbarlo  no  pocas  veces.  La  sospecha  del  soldado  español, 
bajo  el  imperio  del  dogma  cristiano,  conformábase  con  la 
doctrina  de  los  magos  del  Oriente  y  del  Egipto,  que  pide 


(1)  Naufragios  de  Alvar  Xinleí  Cabeía  de  Vara  y  Relación  dr  la 
Jornada  (¡ac  hiw  ti  la  Florida  con  Pan/ i  lo  de  yarrdei. 

(2)  Naufraijios  ¡j  Jornada  á  la  Florida  do  Cabeza  de  X^acn. 


402  SUrKRSTIClONRS  PKI.  KIO  DK  la   PLAIA. 

un  alma  jniriíu-aila  am  la  práctica  dv  la  virtud, para  obrar 
los  priHÜgios  (H)n  que  maravillan  á  los  orcyentes. 

rrocinlía  eviiloiuomento  Cabeza  do  Vaca,  sin  conocer  la 
naturaleza  del  fenómeno  psiw-físico  que  se  verilic-aba,  i>or 
meilio  de  la  auto -sinjcst  ion  y  de  la  suirestión  ni  en  tal.  Ca- 
bt»za  de  Vaca  en»  un  hombre  superior,  y  li»>  indios  le  con- 
templaban con  la  misma  admiración  y  reverencia  (jiie  se 
tributa  á  un  semidiós.  Su  condición  individual  y  su  pres- 
tigio le  permitieron  ejercer  en  el  ánimo  ile  los  enfermos  un 
ascemliente  «ipaz  de  impresionarlos  vivamente  cuando  las 
circunstancias  lo  rtH|uerían.  Empero,  el  juicioso  historiador 
que  moilernamente  dio  á  la  estampa  los  escritos  de  Cabeza 
de  Vaca,  no  admite  la  posibilidad  de  las  curaciones  que 
^te  narra.  «La  crítica  (dice)  no  puede  admitir  estos  lic- 
choá  sobrenaturales,  hijos  probablemente  de  la  casuali- 
dad >^^^  Cuando  el  hist<»riador  de  (pie  se  hace  referencia 
dio  á  la  estampa  los  escritos  de  Cabeza  de  \'aea,  ano  de 
18r)2,  aun  no  se  había  demostrado  cientííicamente  la  posi- 
bilidad de  curar  nudlilud  de  enfermedades  (y  en  especial 


(1)  «En  e»ta  Inj<limos«  HÍtimción  en  cuando,  oblij^ado  Alvar  Núriiz 
á  atístir  á  Im  indicM  iMiferiiioM  que  roí-Iainahiu)  su  auxilio,  comenzó  á 
ralcr»*  * »  'I<"  otros  medios  fí-ico-,  «!«•  soplos,  oraciones  y 

rrrr.-  ■  >;-•.•  halló  íjracia  «IcIanU'  del    Señor    para  hacer, 

iK*  jente  maravillosas,  sino  hasta  mila^fros  ciertOH, 

puc«  iiM>guni  quf;  cu  una  ocasión  resucitó  un  indio    muerto.     La   crí- 
tica no  p'¡    "  '.lín-nalural'H,  hijos  pr<>l)al)leinente 

ílc  U  '-*•  ..    I»'*  aludimos,  de  un  error    material 

«1«.  .{\.  ,m'  el  Mar«|U^*"í  de  Sorito,  en  una  larjja  <IÍHer- 

tmriím,  no  tmrnnn  orudiUi  que  indiíjesUi  y  pesaila,  dr'fendió  con  el  ma- 

de    Alvar    NYii^ez,    la    razón    w    uu'\íii  d 
í).   Knriíjue  de  Vedia,  en  Ioh    I'irlimi- 
iJorcM  J'riniiíivoJt  de  ¡lulias :  liiblioicra 
K:  rm.) 


CAPÍTULO   XXYII.  403 

las  que  curaba  Cabeza  de  Vaca)  á  favor  de  las  diversas 
formas  de  swjestión  que  hoy  se  conocen.  Las  curaciones 
de  Cabeza  de  Vaca,  pues,  no  deben  ser  juzgadas  como  he- 
chos sobrenaturales,  y,  por  lo  tanto,  inadmisibles  á  los 
ojos  de  la  sana  crítica.  Cabeza  de  Vaca  refiere  hechos  de 
que  fué  autor  y  testigo:  no  pretendió  hacer  milagros  ó  pa- 
sar por  taumaturgo.  Quien  ve  amenazada  su  vida,  6  la  de 
los  seres  amados,  por  una  grave  enfermedad  ó  un  gi*an 
peligro,  implora  la  divina  misericordia  y  en  ella  espera.  Si 
se  salva,  da  gracias  á  Dios.  Esto  hizo  Cabeza  de  Vaca. 
Por  lo  demás,  entre  los  indios  era  tanto  más  fácil  y 
hacedero  el  fenómeno  psico- físico  de  la  auto -sugestión, 
cuanto  su  credulidad,  en  punto  á  maravillosos  efectos  de 
supuestas  causas  sobrenaturales,  no  tenía  límites.  Con  mo- 
tivo de  las  curaciones  sugestivas  que  hacía  Cabeza  de  Vaca, 
recordaban  la  aparición  entre  ellos  de  un  personaje  miste- 
rioso, á  que  llamaban  cosa  mala,  como  quien  dice  cosa  del 
demonio,  el  cual  primero  sajaba  y  destripaba  á  los  indios, 
y  luego,  poniendo  las  manos  sobre  las  heridas,  dejábalos 
sanos.  Cabeza  de  Vaca  les  dijo  que  tal  hombre  no  era  sino 
un  malo,  es  decir,  el  demonio  ^^ I  El  ?Ma/o  había  preparado 
el  camino  á  Cabeza  de  Vaca. 


(1)  «Éstx)s  y  los  de  más  atrás  nos  contaron  una  cosa  muy  extraña, 
y  por  la  cuenta  que  nos  fií^uraron,  parescía  que  había  quince  ó  diez 
y  seis  años  que  había  acontescido,  que  decían  que  por  atiuella  tierra 
anduvo  un  hombre,  que  ellos  llaman  mala  cosa,  y  que  era  pequeño 
de  cuerpo,  y  que  tenía  barbas,  aunque  nunca  claramente  le  pudieron 
vor  el  rostro.  Y  que  cuando  venía  ii  la  casa  donde  estaban,  se  les  le- 
vantaban los  cabellos  y  temblaban,  y  luego  parescía  á  la  puerta  de 
la  casa  un  tizón  ardiendo.  Y  luego  aquel  hombre  entraba  y  tomaba 
al  que  quería  de  ellos,  y  dábales  tres  cuchilladas  grandes  por  las 
ijadas  con  un  pedernal  muy  agudo,  tan  ancho  como  una  mano  y  dos 


404  SUPERiH'ICIONK.S  DKL  RÍO  DK  LA   I'LAIA. 

Por  curnr  con  onsalnios,  junto  con  otros  curiaos  acumu- 
lados |K)r  la  niaügniílail  ilc  enfurecidos  émulos,  á  mediados 
del  si^lo  decimosexto  ahoiíarnn  las  sombrías  prisiones  del 
Siuito  Oticio  el  ánimo  idtivo  de  un  ilustre  soldaik)  haza- 
ñoso de  la  a>nqu¡8ta  de  Chile  y  del  Tucunu1n^'\  Acusa- 
luiHe,  con  efecto,  it  Francisco  de  Aijuirre  dv  (|ue  cu  cierta 
oCM^úón,  estando  herido  un  indio,  a^lvirtió  al  cirujano  <|iu» 
no  tenía  pira  quc!^  molestarse  en  ciu-arle,  ponjuc  el  sahía 
un  ensidmo  á  ijue  no  resistía  niuj2:iuia  dolencia  senu'jaute. 
Añadían  los  acusadores  que  en  otra  ocasión  había  curado 
Ataiirn*  á  un  hijo  suyo  de  un  dolor  de  muelas,  escribiendo 
ciertas  letras  en  el  asiento  de  una  silla  y  clavando  sobre 
ella-  la  punta  de  su  cuchillo.  Aguirre  confesó  que  era  vci- 
dad  que  conoí'ía  cierto  ensalmo  para  ciu*ar  las  heridas; 
IH'D)  que  sólo  hacía  uso  de  él  en  la  guerra  y  á  falta  de  c¡- 


paliiH><<  en  luoni^,  y  metía  las  manos  por   aqu<'Ilas  riK'liill.KliH  y  sa- 

r<t.  .T.  -  l;i,  tripa-*.  Y  qiio  cortaha  de  una  tripa  poco  más  n  menos  <lo 

iO,  y  aquello  que  eortalin  echaba   en    lan  brasas.    V  lue^o  lo 

:  i  *H  tr»  cuchilladaji  en  un  brazo,  y  la  se^^unda  daba  por  la  san);ra' 

lo,  y  dende  á  poco  se  lo  tornaba  jí  concertar. 

¡  ...-  ...iM  -.  -obre  las  heridas,  y   decíannos  quo    lue^^o    (pie- 

-.    Y  que  muchas  ví'ces,  cuando  l)ailid)an,  aparescía  entro 

ell'»-,  «-n  hábito  de  mujer  una«i  vece»,  y  otras  como  homl)r(\  Y  cuando 

icTÍM,  loniaba   el   buido  ó  cosa  y  .subíala  en    alto,   y  demh?  lí  un 

i--        ■' "'í  V    !  :'ri    muy  jíran  golpe.    También    nos  contaron 

que  ;  •  ron  de  conier,    y    que    nunca    jamáx  comió. 

Y  que  le  pit-cuntüban  dAnde  venía  y  á  qué  parte   tenía  su    casa,    y 
que  lea  detinra  de  la  tierra,  y  dijo  qutt  su  cusa  era  allá 

áthmio,  "    -i    nos  decían,    nosotros    nos   reíamos 

mtifho.  1        üio  ellos   vieron  que  no  lo   creíamos, 

••  de  aquellon  quo  decían  <|uu  él  había  tonuulo,  y  vimos 
*^  que  él  había  dado  en  los  lu^nircs  en  la 

!<••»  dijimoH  (jui- aquél  era  un  ma/o.» 
!<•  .\lvar  Núiii/ ( 'abejunle  \'aca.) 
(ly     Vtaiie  «1  Cap.  III. 


CAPÍTULO   XX Vil.  405 

rujano.  Dijo  las  palabras  del  ensalmo,  mostrando  que  no 
encerraban  nada  supersticioso,  ni  contrario  á  la  fe  católica^ 
En  cuanto  á  la  curación  del  dolor  de  muelas  por  los  pro- 
pios medios  simpáticos,  confesó  igualmente  ser  cierta  la 
denuncia ;  pero  que  cuando  lo  hacía,  lo  hacía  sólo  por  ca- 
ridad, sin  mira  alguna  interesada.  Además  de  las  penas 
que  se  le  aplicaron,  en  razón  de  otros  supuestos  delitos  de 
que  se  le  acusara,  siendo  gobernador  de  la  provincia  de 
Tucumán  en  la  Argentina,  prohibiósele  tisar  más  de  los 
ensalmos  para  curar  heridas  y  dolor  de  miLe¡as^^\  Pa- 
rece, pues,  que  Aguirre  era  especialista  en  la  materia.  El 
celo  de  los  inquisidores  veía  en  este  genero  de  curaciones 
la  mano  del  diablo.  Xi  disimulaba  que  tolerasen  prácticas 
tales  á  los  indios  reducidos  ó  prisioneros.  El  gobernador 
de  Chile  Martín  Ruiz  de  Gamboa  fué  denunciado  ante  el 
Santo  Oficio,  porque,  hallándose  en  guerra  con  los  indios 
de  la  frontera,  consintió  que  un  cacique  prisionero,  que  es- 
taba muy  enfermo,  se  hiciese  curar  por  una  médica  do  su 
parcialidad,  por  una  machí,  que,  como  era  de  costumbre, 
invocaba,  en  el  acto  de  ejercer  su  ministerio,  á  la  deidad 
infernal  causadora  de  las  humanas  dolencias  ^"^. 


(1)  «  Fué  mucho  el  rigor  que  so  usó  cou  este  reo, »  dice  el  visitailor 
Juan  Ruiz  de  lirado.  (Historia  (Ir I  Tribunal  del  Santo  Oficio  de  la  In- 
quisición en  Chile  por  I).  J.  T.  Medina.) 

(2)  Historia  del  Tribumil  del  Santo  Oficio  de  la  Inqnisici('fn  en 
Chile  por  D.  J.  T.  Medina. 


CAPÍTrLO  XXVIII. 

Curas  morales  (auto-sugestión»). 


Sl'M  ^"•'^  —Curanderos,  saliuladores  y  manosantds.  —  Vi'iumu'Uo:^  de 
n  y  dt»  auto -suuestiún.  —  Curas  morales.  —  Vírííoiies  inila- 
;::  -.1-  del  Kío  de  l:i  Platu.  — El  chuch(t  do  ^ixUn.  —  J'romrsantcs 
ú  promeseros.  —  Riiiueza-t  <ie  \o^  saiituano?*.  —  El  cerro  Monje  do 
San  Javier.  —  Votos  de  los  canoeros  ile  Cumanday.  — /''//r/i/r.s-  m/- 
Ut^osas  y  aguas  santas.  — Oñgvw  probable  de  las  tradiciones  d  hu 
rwpecto.  —  Virtud  de  lits  a^^uas  para  nuinditicar,  no  sólo  el  cuerpo, 
mas  el  alnui.  —  Juan  Ponce   de   I^mi,    en    las   Antillas,   sale   en 

y I"  la  niaravillo-íu  fu<'nte    de  la  juventud  //  la  vida,  y,  entre 

lantiile-i  drl  dolor  y  la  muerte,  descubre  la  Florida  en  la 
América  Septentrional. 


Tna  enfermedad  no  puede  curarse  sino  con  remedios  y 
|)í>r  procedí  mientes  adecuados  á  su  naturaleza  y  á  las  c(jn- 
diciones  y  circunstancias  con  íjue  se  presenta.  El  eiiran- 
dero  administra  generalmente  hierbas  mas  6  menos  efica- 
ces |iara  laü  dolencias  á  que,  bien  6  mal,  las  aplica.  Como 
no  fial>e  pizca  de  anatonna,  ni  de  fisitjlogía,  ni  de  terapéu- 
tica, pnK*ede  á  ojo  de  buen  cubero.  I'l  inc<Heo,  por  nuiclio 
íjue  HejKi,  andará  no  pocas  ve<'es  á  tientas;  ptro  nunca  dirá, 
8Í  tiene  cíincieneia,  allá  va  cao.  El  curandero,  |H>r  mucha 
conciencia  ó  temor  de  Dios  que  tenga,  habrá  de  decirlo  íor- 
••ntc  en  la  mayor  parte  de  sus  cm'aciouíiH.  Lo  que  le 
»alva  cH  que,  para  Huplir  mu  deficiencia,  antei>onc  á  la  propi- 


CAPÍTULO  xxviir.  407 

nación  de  la  pócima,  junto  con  su  buena  intención,  la  frase 
consagi^ada :  este  remedio  le  curará,  con  la  ayuda  de  Dios, 
como  Dios  sea  servido,  si  Dios  quiere,  etc.  Para  el  cu- 
randero, no  hay  hierba  que  carezca  de  alguna  virtud;  pero 
solamente  usa  aquellas  cuya  bondad  tiene  acreditada  la 
experiencia  y  que  conoce  por  tradición. 

El  saludador  y  el  manosanta  tienen  otras  ínfulas.  Pre- 
súmense  dotados  de  facultades  excelsas,  si  bien  hay  algu- 
nos que  tienen  la  sinceridad  de  manifestar  públicamente 
que  no  á  todos  los  que  asisten  curan:  que  á  unos  curan 
y  á  otros  no  curan;  y  que  aun  respecto  de  aquellos  á 
quienes  curan  (que  son  los  más,  según  ellos),  no  pueden 
decir  porque  ni  cómo  los  curan.  Estos  proceden  jui- 
ciosamente. Queda,  sin  embargo,  impresa  en  su  ánimo  la 
idea  de  que  la  divinidad  escucha  sus  plegarias;  para  lo 
cual  es  necesario  que  de  ella  hayan  recibido  mi  favor  es- 
pecial que  les  permita  hacer  las  maravillas  que  otros  no 
son  capaces  de  ejecutar,  aunqae  se  valgan  de  los  propios 
medios  que  él  usa  al  intento.  Bueno  sería  que  la  divini- 
dad otorgase  el  don  de  milagros  á  Juan,  Pedro  ó  Diego, 
que  anduviesen  de  aquí  para  allí  y  de  allá  para  acullá, 
dando  traspiés. 

¿Cuántas  personas,  desahuciadas  de  los  médicos,  no  se 
curan  sin  su  asistencia,  cuando  menos  lo  piensan,  como 
por  encanto?  Si  se  acude  á  un  manosanta  e\\  una  ocasión 
semejante  ( que  es  precisamente  la  ocasión  de  acudir  á  la 
mano  de  un  santo ),  él,  de  st^guro,  se  lleva  la  palma.  Hay 
dolencias  que  se  extinguen  mediante  la  natural  tendencia, 
del  organismo  á  restablecer  el  necesario  juego  ordenado  y 
expedito  de  sus  funciones:  médicos  y  medicamentos,  antes 
embarazan  su  ejercicio,  que  facilitan  la  curación.  A(pií,  del 


408  SUPERSTICIONES  DKL  KÍO  DK  LA   l'I.AIA. 

prupio  iiuhIo  que  en  el  caso  anterior,  viene  de  perilla  el 
manoétanfa,  Multitiul  dv  ilolencias,  señaladamente  las his- 
UTÍe«s  y  nerviosas,  desaparecen  por  medio  del  In'pnolUmo 
6  de  In  simple  suf/cstlón  en  el  estado  de  viiíllia.  La  .s'////r,s'- 
tión  puinle  ser  un  acto  rellejo,  nucamente  interior,  no  ema- 
uado  de  un  agente  extraño  á  la  voluntad  v  il  entendimiento 
de  In  jHjrsona  en  que  se  efectúa.  Esta  rnifo-  ítui/csfión  ó  pro- 
pia jtufjt'stió/i  del  paciente  será  tanto  más  eficaz,  cuanto  ma- 
yor y  más  poderosa  ó  viva  sea  la  impresión  ó  el  sentimiento 
que  la  promueve.  Niniíuno  más  intenso,  de  mayor  fuerza 
dinámic^i,  (pie  la  fe.  Este  genero  de  dolencias  t*stá  j)idionflo 
u  voz  en  cuello  un  manoj^ania.  Curas  morales  llainal>a 
Fray  Martín  í^armiento  á  las  que  se  efectCian  mediante 
la  propia  sugestión  ti»*  los  enfermos,  despertada  por  lu- 
chos exteriores  que  encienden  en  el  ánimo  un  sentimiento 
capaz  de  producirla  con  vehemencia.  Líbese  en  la  obra 
espuria  de  Galeno  Expertis  Mcdiciti  (pie  hubo  en  otro 
tiempo  mé<licos  aliarium  (de  los  altares,  sagrados),  (pie, 
|)ara  curar,  daban  á  los  enfermos  por  alimentos  medi- 
cinales las  ofrendas  comestibles  que  se  sacrilicaban  á  los 
dios4-s'*\ 

Milagros  á  parte,  infinitas  curas  morales,  que  menos 
delicatkimente  podrían  también  llamarse  curaciones  por 
propia  u  auio-guf/csiión,  han  hecho  y  hacen  de  tontiniio 
( como  la  virgen  de  Ix)urdes  en  ¡'"rancia )  la  virgen  de  Lu- 
jan eii  J buenos  Aires,  la  virgen  del  Rosario  en  Córdoba,  la 
virgen  del  Valle  en  Catamarea,  la   virgen  de  Itatí  en  Co- 


r..Jfrr'„',n  ,tf   I'/^r*  y  PrüMm   I'roverhialfM  cxpÜcndaH  ¡vir  Fniy 
M.i  i   #•»    In    Itibliotrra   lliatürüa  de  la  Filt)Unjia 

Cd^t'  f/j'i  t  i-.r  «1  (  «Mi'W   «If  la  ViAuzA. 


CAPÍTULO   XXVIII.  409 

mentes,  la  virgen  de  Caacupé  en  el  Paraguay  ^^l  En  Salta 
brota  el  agua  por  todas  partes,  formando  charcos  y  pan- 
tanos, de  que  se  origina  el  chucho  (fiebre  intermitente), 
que  tanto  mortifica  á  sus  moradores.  Hernando  de  Lerma 
fundó  á  Salta  el  año  de  1582;  y  desde  entonces  11a- 
mósele  así,  porque  (dicen),  para  andar  por  sus  contornos, 
era  preciso  ir  saltando,  á  fin  de  no  enlodarse.  El  chucho 
aflige  asimismo  á  los  vecinos  de  Córdoba,  de  la  Kioja,  de 
Jujuy.  Todos  ellos  han  debido  á  la  virgen  del  Valle,  por 
esa  y  otras  enfermedades,  innumerables  favores.  Allá  van 
los  peregrinos,  'promesantes  ó  promeseros,  á  cumplir  sus 


(1)  V.  Cap.  XIII,  págH.  179  5^  180  sobre  la  laguna  Ipacaray  á  que 
está  enlazada  la  historia  de  la  virgen  de  Caacupé.  Azara,  con  su  acos- 
tumbrada acerbidad  crítica,  dice:  «De  la  última  demarcación  se  deduce 
que  la  laguna  Ipacaray  tiene  11  \  millas  marítimas  rectas  de  longitud, 
y  su  anciiura  media  se  reputó  de  dos,  y  en  su  extremo  septentrional 
tres.  Se  prolonga  de  NO.  SPl  y  en  la  dirección  del  valle  en  que  está. 
Tiene  esteros  en  sus  extremos  y  bosques  en  los  costados  ;  pero  toda 
ella  es  limpia,  desplayada  y  sus  aguas  algo  salitrosas.  Los  animales 
la  suelen  atravesar  nadando  únicamente  como  la  tercera  parte.  Su 
suelo  es  de  arena  acarreada  de  las  laderas  por  las  aguas,  y  no  tar- 
dará un  siglo  en  cegarle  por  los  depósitos  de  acarreo  que  no  tienen 
salida;  pues  el  arroyo  Salado,  que  es  el  único  desagüe,  casi  carece  de 
pendiente  y  apenas  corre.  La  entretienen  los  arroyos  de  Pirayú  y  de 
las  Salinas,  con  otros  chorrillos  de  las  laderas.  El  vulgo  cuenta  de 
ella  varias  fábulas.  Dice  que  antiguamente  se  llamaba  Tapaicoa,  y 
que  mudó  este  nombre,  porque  la  bendijo  un  señor  obispo.  A  esto 
alude  su  actual  nombre.  Añade  que  se  tragó  un  pueblo  de  indios;  lo 
que  presumo  hace  relación  á  que  se  apropiaron  los  religiosos  el  pue- 
blo, (lando  á  entender  que  es  otro  el  que  existe,  y,  para  dar  salida  al 
antiguo,  dicen  que  fué  sumergido.  Dicen  también  que  en  ella  se  ven 
monstruos  y  ejércitos  de  canoas,  y  se  oyen  ruidos  espantosos,  con 
otros  disparates.»  (D.  Félix  de  Azara,  Viajes  im ditos  desde  Sania  Fe 
á  la  Asunción,  al  interior  del  Parar/aa//  1/  á  los  pueblos  de  Misiones, 
iml)l.  con  una  noticia  i)reliminar  y  notas  por  el  Cieneral  D.  l^artolomé 
JNIitre  y  el  Dr.  D.  Juan  María  Gutiérrez.    Buenos  Aires,  1873.  ) 


410  Sri'F.HSTICIOXfó  DKL  KÍO  DK  LA  1»I^\TA. 

votos,  con  irnin  dovooióii  y  n'fogiinionto.  Cojos,  inaiiros, 
tulHilos,  simaron,  y  hasta  cii'gos  luibo  i\uc  recobraron  la 
vista  '  .  llistmi*os,  paralíticos,  rengos,  nnulos,  sordos,  e|>i- 
li*|)tií*os,  riegiKS  nianros,  reumáticos,  etc.  (cuando  estas  tli- 
versas  enfernunlades  proccnlen  de  causas  susceptilíles  de 
»er  nioiÜlicailas  á  favor  di'  la  siit/c^llón  j,  no  sería  milaiiro 
que  hallasen  renunlio  á  sus  males  al  pie  de  la  virmii. 
¿Y  his  fiebres  miasmáticas?  Deíienden  el  oriíaiusnio  ejer- 
dtod  de  microbios,  ijue  acometen  y  batallan  con  los  ijue 
de  afuera  vienen  á  destruirlo.  »Si  los  microbios  invasores 
son  dermtados,  la  aulo-auycstión  puede  favorecer  el  ex- 
terminio de  los  disj)ersos,  restableciendo  con  energía  el 
descíieiMdo  juego  de  las  funciones,  á  la  manera  (|ue  un  ge- 
nend  prestigioso  reilobla  el  coraje  de  sus  soldados  con  íra- 
8e>í  o|)ortunas  que  les  llegan  al  alma^-\ 


.i'  A'i  l'irjtn  delVnllf  ;/  la  Cotiquista  del  mnijmj  InninriH  por 
el  rp-b.  I*aM*iiul  V.  Soprano.  Buenos^  Aires. 

La  Kiojn  fué  fundiulu  en  1591  por  Juan  Kafnírcz  de  Vílazco,  quiíii 
fundó  también  á  Jujuy  en  Vfírl:  CYírdobn  en  1573  por  Jerónimo  Luis  de 
Csbrcru :  Cal;»  <  n  lí>S3  iK)r  Fernando  d»*  M<*ndn/ft  Matr  i\v  Luna. 

(1¿;  He  nqu.  ..  •  <n>curría  hobre  las  ¡nuííjenes  ú  santuarios  niila- 
gnw»  un  frnile  iM^nc^lietino  del  hí^Io  decimoctavo  en  Espalda:  «  Kn 
gemrnü  lo»  habitiuloro!<  de  cualcpiier  territorio  donde  hny  alguna  ima- 
grii       '  •       •  ■'  ,    ,',  .santuario    de  íjui<'n  se  «lecanta  al^rún 

coiii ,.     .„.  .  ;L^an    ardirntemrnte    m   f«)mentar  hu  cré- 

dito, ya  por  <Y>fitá*niphirlo  como  gloria  del  país,  ya  porque,  siempre, 
de  la  cr>nrurrenr*ta  de  los  devoto«i  fomsteroH  leM  resulta  al^nni  «inolu- 
meoto.  I>»  '  'vrt'w  á  otra-<  tií-rras  <*omo  teHlipM  ocularrs, 

y  állinuim' ..:  a  las  plinna.n  de  varios  t-scritores,  los  cua- 

le»,  para  ánr  el  \>:  X    lu   estampa,  se   consideran  l)¡en  fundados 

en  la  fama  comón....  Cuanto  les  sucede  bien,  despuén  de  im[)lonu' 
d  auii'        '  '•    *    \«'n  á    la    intrrc<'HÍón    «bd   santo,  como  si,  sin 

•íí'»  ^    ; ;.  .,      di-    las  cnu**aH    naturales,    no  so  pudiese  con- 

íU»  murliUM  <iifenn<*<lfules,  loj;rar  partos  feliecs,  eonsit^uir  v\ 
I.  .    \'  "  v\'t  en  variaa  ncKfx'iacioncH  etc.»  (Feijoo,  (kirtttJt  KnidiUut. ) 


CAPÍTULO  xxvm.  411 

Las  wgenes  y  santos  milagrosos  han  sido  recompen- 
sados (si  esta  expresión  profana  es  admisible)  con  dona- 
tivos ú  ofrendas  varias.  Algunos,  en  especial  la  virgen, 
tienen  profusión  de  alhajas  de  oro  y  piedras  preciosas. 
Cada  cual  da  lo  que  puede.  El  hombre  del  campo  les  lleva 
caballos  y  vacas  y  ovejas.  Santuarios  hubo,  y  hay  aún,  que 
tuvieron,  y  tienen,  estancias  pobladas  de  ganado  vacuno  y 
caballar  procedente  de  los  animales  que  les  presentaran,  en 
cumplimiento  de  promesas,  gentes  que  debieron  á  la  virgen 
su  salvación  ó  su  fortuna  en  casos  graves  de  enfermedad  ó 
de  peligro  ó  en  arriesgadas  empresas. 

Apariciones  y  desapariciones  de  imágenes  santas,  cruces 
milagi'osas,  lugares  señalados  con  algún  hecho  sobrenatural 
hállanse  infaliblemente  allí  donde  el  hombre  ha  fijado  por 
algún  tiempo  su  residencia,  allí  donde  un  acontecimiento  no- 
table ha  efectuado  una  transformación  considerable  en  su 
vida  ó  suerte  futura,  ora  en  las  vecindades  de  I03  Andes, 
ora  en  las  vertientes  del  Paraná,  ó  del  Paraguay  y  Uruguay. 

En  San  Javier  (antiguas  misiones  jesuíticas  del  alto 
Uruguay)  hay  un  cerro  llamado  del  Monje,  muy  visitado 
de  peregrinos,  que  van  á  cumplir  votos  ó  promesas  y  en 
busca  de  remedio  á  sus  dolencias.  Refugióse,  ha  tiempo,  en 
el  cerro  de  que  se  trata  un  fraile  que,  huyendo  de  indios  ó 
bandoleros,  pasara  del  Brasil  á  la  margen  opuesta  del  Uru- 
guay. Allí  mandó  el  fugitivo  construir  una  modesta  ermita 
y  colocar  una  cruz  de  madera  que  con  el  tienqx)  había  de 
ser  muy  venerada.  Hizo  el  mismo  la  cruz,  y  al  cavar  la 
tierra  para  plantarla,  a})arecieron  })e})itas  de  oro  y  Ijrotó 
una  fuente  de  agua  maravillosa.  Curaba  el  ermitaño  con  el 
agua  de  esta  fuente  las  más  graves,  antiguas  y  dolorosas 
enfermetlades,  y  de  entonces  más  el  manantial,  pozo  ó  ca- 

28. 


412  SUrERSTICIONKS  DKL  RÍO  DK  LA  PLATA. 

chimba  del  ivrn>  ili'l  Monje  ha  vciiiilo  liacieiulo  curacioiics 
«tUjH'iulas,  AilcSnist»  vi\  la  iTinita  al  Señor  de  los  I)csicrio,*<, 
i\  quien  si»  i'ncx)mit'mla  ci\  sus  triljuiacioues  toilo  iristiano. 
El  Señor  dr  los  JhaitTfoa,  el  Señor  del  cerro  del  Monje,  la 
Cruz  Milatjroita,  las  ^i</uaif  Sanias  de  Santa  María  de 
la  Boca  del  Monte,  í}í^  todo  imi  sulístancia  una  misma  cosa. 

Hallase  el  eerm  de  las  üijuas  ,<üntas  ni  el  término  de 
Santa  J/arm,  junto  á  la  entrada  6  boca  del  monte  im|u'ne- 
tmble  que  se  extiende  á  uno  de  sus  costados.  De  aiií  la 
denominación  con  que  la  fama  distinj^uiera  al  Monje  de 
¡ag  Af/uas  Sanias  de  Santa  Marín  de  la  Boca  del  Monte , 
cuya  resonancia,  ]K)r  sí  sola,  es  bastante  a  producir  en  el 
inimo  del  paciente  el  fenómeno  de  la  (into-suijestíón  que 
lia  lie  Bañarle.  MUaijro  por  mllaj/ro,  tan  niHaijro  es  curar 
á  un  enfermo  sin  renuilios,  como  hacer  .salir  hien  á  uno  en 
cuahpiiera  empresa  ó  trance.  Así  no  du<lan  los  que  conocen 
las  manivillas  obradas  por  la  m¡lai;rosa  cruz,  ó  por  el  Señor 
de  los  Desiertos  ó  del  cerro  del  Monje,  ([ue,  haciéndole 
una  promesa,  ganarán,  |)or  ejemj>l(>,  una  carrera,  ó  reco- 
brarán un  cahallo  ó  parejero  «pie  les  ha  sido  rohado:  de- 
ducción lógica  de  la  premi.sa  en  que  se  funda  el  raciocinio. 
Ia  corredera  (  salto  )  de  Cumanday,  (pie  está  frente  al 
cerro  del  Monje,  y  otnis  restingas,  ofrecen  serios  peligros  á 
la  navegación,  que  ¡wr  aípiellas  alturas  se  efectóa  en  ca- 
noaa.  l'ues  |X)r  eso  los  amoeros,  antes  de  emprender  un 
viaje  Uruguay  arriba,  se  encomiendan  al  Señor  de  los  De- 
»inioi  ó  éSeñor  del  cerro  del  Monje ^  haciendo  un  voto  (pie 
ramplen  crm  religiosidad  á  su  regreso.  La  seguridad  de  su 
patrocinio  len  infunde  más  valor  y  coníian/a. 

OUnerva  un  erudito  liistoria<lor  que  las  sujMírsticiones 
germánícaa  resaltan  á  csida  ¡)aHo  en  la  ¡loesía  popular  por- 


CAPÍTULO  xxvni.  413 

tuguesa,  pudiendo  decirse  lo  propio  de  la  española  en  cuanto 
á  las  tradiciones  á  que  se  refiere.  Las  mujeres  encantadas 
aparecen  siempre  á  la  sombra  del  gigantesco  roble  de 
Igdrasill  ó  al  pie  de  la  fuente  de  Urda.  En  la  Villa  Nueva 
de  Toscoa,  cuando  hacen  rogativas  á  Nuestra  Señora  para 
que  llueva,  y  no  llueve,  júntanse  nueve  doncellas  que  ten- 
gan el  nombre  de  3Iaría,  van  en  procesión  á  un  sitio  lla- 
mado Lameiro  de  Azinhate,  que  está  á  una  media  legua, 
y  vuelcan  una  pila  enorme  de  piedra,  regresando  luego  á 
sus  casas :  agua  no  ha  de  faltar.  ¿  Qué  son,  prosigue  el  his- 
toriador aludido,  las  fuentes  milagrosas  y  aguas  santas 
que  hay  en  el  reino  ( en  Portugal ),  sino  un  resto  de  la  tra- 
dición germánica  de  la  fuente  de  Urda^^^? 

Es  aun  costumbre  en  algunos  parajes  de  las  comarcas 
brasileñas  y  rioplatenses  ir  la  gente  en  procesión  á  la  mar- 
gen de  mi  arroyo,  y,  mediante  ciertos  ruegos  y  ceremonias 
supersticiosas,  esperar  la  lluvia  apetecida.  Lias  fuentes  mila- 
grosas y  aguas  santas,  ó  las  que  bajo  cualquiera  otra  deno- 
minación han  sido  reputadas  maravillosas,  pudieron  haber 
tenido  su  origen  de  causas  más  generales  que  la  simple  y 
determinada  tradición  de  los  pueblos  del  norte  de  Europa  ^'-^K 

La  creencia  en  la  virtud  mundificativa  y  purificatoria 
del  agua,  material  y  moralmente,  y  de  las  fuentes,  es  anti- 


(1)  D.  Teófilo  Braga,  Ejjopcas  da  Rara  Mosámhe  (Historia  da 
Poesía  Portugucxa). 

(2)  Con  la  fábula  de  las  aguas  y  fuentes  prodigiosas  y  otras  pa- 
trañas por  el  estilo  entreteníase  el  vulgo.  « Esta  agua,  que  con  tanta 
priesa  se  deja  descolgar  de  las  nubes,  es  de  la  fuente  que  da  origen 
y  principio  al  río  Jordán :  toda  mujer  á  quien  tocare  en  el  rostro,  se 
le  volverá  como  de  plata  bruñida,  y  á  los  hombres  se  les  volverán 
las  barbas  como  de  oro.»  (El  Retablo  de  las  Marabillas,  entremés  de 
Miguel  de  Cervantes. ) 


414  SUrKRiíTICIONES  DKL  KÍO  DK  LA  TLAIA. 

quísiina.  Mucho  autos  do  la  iustituoióu  iKl  hautisuio,  lo8 
gi»nt¡les  croyorou  que,  así  como  ol  airua  (juitalcí  l:is  man- 
chas dv\  ouorp),  oou  hi  propia  oíioacia  niuiulilic'al>a  il  ahna 
de  sus  jXH^do.^.  lU'ivulos  bañóse  i-n  una  íiioiito  de  liil>ia, 
en  Africii,  á  tiu  de  qutnhu'  limpio  de  las  muchas  maldades 
que  había  cometido,  uiataiido  y  afligieudo  á  las  u;outos. 
Teseo  conocía  una  fuente  cuyas  aguas  purilieabaii  al  hom- 
bre de  sus  vicios.  Eneas  no  se  atrevió  á  hacer  sacrifioio 
alguno,  antes  de  bañar  su  cuerpo  en  aguas  corrientes  y  cla- 
ras. Peleo  {u6  absuolto  de  la  pena  de  muerte,  jior  haber 
sido  purgado  su  delito  con  as])ersión  de  agua.  I^os  sacer- 
dotes se  lavaban  para  cele]>rar  sus  ritos  mayores.  Las  mez- 
quitas de  los  árabes  tienen  alboreas  ó  tinajas  llenas  de 
agua,  donde  lavan  sus  cuerpos  para  puiilicarse  de  sus  pe- 
cados. Los  indios  del  Nuevo  Mundo  tuvieron  la  misma 
crec»nc¡a,  los  mismos  usos,  y  su  manera  de  bautismo  en  el 
nacimiento  de  las  criaturas ^^^  El  bautismo  y  la  purifica- 
ción fundábanse  en  un  concepto  de  analogía  entre  el  mundo 
físico  y  el  moral,  que  es  el  que  tuvieron  formado  del  mo- 
vimiento y  orden  del  universo  los  pueblos  primitivos  ^^l 
Acompañábanle  de  ceremonias  y  fórnndas  consagradas, 
8olemnidadc»8  esenciales  al  efecto  superior  ó  sobrenatural 
del  baño  ó  lavatorio,  semejantes  en  la  forma  al  de  los  cris- 
tianos^^. Si  de  fuentes  maravillosas  se  trata  con  respecto 


f\     Tor  i.i^  Monarquía    Indiana;    Aco.'«ta,  IliMona  Áaíural  y 

Mural  de  . '-  m^oij*:  iW.    V.  Cap.  III.  páífH.  '¿Si  y  2\. 

(2)    V.  Cap.  XXI. 

Don  Alonno  el   Sabio  do«crilx!,  ilijfáinoBlo  a«í,  el  hautisnio   <lf 
«-.■  '  ro*a  í|iií'  lava  al  homc  (le  fuera  6  w  rialiulariunt*! 

al  iH.r    fii<r/.a  de  la^   HaiiUiH    palabras   del 

II-  N'u«-fro   S<fn>r   DioH,   (pn;  cm    Puiln*,  é 

Fijo  é  Espíritu   Bfuito,  é  del   <liiiienlo  d«l  agua   (mjii    que   He  ayunta, 


CAPÍTULO  xxvni.  415 

al  Xuevo  Mundo,  ofrécese  desde  luego  á  la  imaginación  la 
de  Bimini,  una  de  las  islas  Bahamas,  que  hacía  rejuve- 
necer á  los  hombres.  Los  inchos  de  las  Antillas  hicieron 
creer  en  ella  al  viejo  conquistador  Juan  Pon  ce  de  León, 
quien,  peregrinando  en  su  busca,  sacó  algún  fruto  de  su 
credulidad,  pues,  tras  infinitas  contrariedades,  el  año  de 
1512  descubrió  la  Florida  ^^^.  Juan  de  Castellanos  pinta  el 


quando  face  el  baptismo.  É  tan  grande  es  la  virtud  de  estas  palabras 
é  del  agua,  que  tañendo  ( tocando )  el  cuerpo  de  fuera,  lava  el  alma 
de  dentro  é  face  señal  en  ella.  E  fué  establescido,  quando  Nuestro 
Señor  Jesucristo  quiso  ser  baptizado  de  San  Juan  Bautista  en  el  río 
Jordán.  E  esto  fizo  él,  por  dar  exeniplo  á  los  homes  que  por  el  bap- 
tisnio  se  deben  lavar. »  ( Ley  2.%  tít.  4.°,  Partida  3.\ ) 

(1)  Oviedo,  Herrera,  etc.  Un  celebrado  escritor  contemporáneo  se 
expresa  así :  <  Juan  Ponce  de  León  entregó  el  mando  de  Puerto  Rico, 
sin  la  menor  repugnancia.  La  pérdida  del  gobierno  de  una  isla  sal- 
yaje,  era  asunto  de  poca  monta  entonces,  cuando  había  todo  un  Nuevo 
Mundo  que  explorar,  en  donde  un  atrevido  soldado  como  él,  ceñida 
la  espada  y  embrazado  el  escu<io,  podía  conquistarse  una  fortuna. 
Había  además  reunido  lo  suficiente  para  llevar  adelante  sus  planes, 
y,  como  casi  todos  los  primeros  descubridores,  tenía  la  cabeza  llena  de 
las  empresas  más  románticas.  Encaprichóse  en  que  aun  quedaba  un 
tercer  mundo  que  descubrir,  y  esperó  ser  él  el  primero  que  tocase  en 
sus  costas,  adquiriéndose  así  una  fama  igual  á  la  de  Colón.  Mientras 
revolvía  en  su  mente  tales  ideas,  considerando  qué  camino  debería 
elegir  para  encontrar  las  desconocidas  regiones  que  le  rodeaban,  tro- 
pezó con  unos  indios  de  edad  avanzada  que  le  dieron  noticias  de  un 
país  donde  no  sólo  satisfaría  sus  ambiciosos  deseos,  sino  que  realizaría 
el  sueño  más  lisonjero  do  los  poetas.  Aseguráronle  que  nuiy  lejos, 
hacia  el  norte,  había  un  país  abundantísimo  en  oro  y  en  toda  clase 
de  delicias;  pero  lo  más  sorprendente  que  poseía  era  un  río  con  la 
singular  virtud  de  rejuvenecer  á  todo  el  que  se  bañaba  en  sus  aguas. 
Añadieron  que  en  tiempos  remotos  y  antes  de  la  invasión  de  los  es- 
pañoles, una  numerosa  partida  de  cubanos  navegaron  en  busca  de 
aquellos  afortunados  países  y  río  de  la  vida,  y  que  como  no  habían 
vuelto,  era  de  presumir  que  hubieran  recobrado  su  juventud  y  que 
se  hubiesen  detenido  allí  encantados  con  los  placeres  del  territorio.  El 
sueño  de  los  alquimistas  estaba  realizado.  ¡  No  había  más  que  encon- 
trar aquel   país  maravilloso  y  entregarse   luego  á  los    placeres  de  sus 


416  SIPF.RSTICIONKS  DKL  HÍO  DK  LA   TLATA. 

entusiasmo  qwv  diSjXTti)  entro  toda  clase  de  personas  la 
noticia  de  la  fuente  de  la  juviiitud  de  la  isla  de  Biniini. 


¡nni«Mi«{t'«  riqueza.-»  y  p«»n^nno  juvtMitml  I  Sin  tMul)Mrp:o,  aljxuiios  am-iniios 
iiulio^  a<^^unil>nti  que  no  eni  necesario  ¡r  tan  lejos  m  husea  de  aciue- 
Uaí(  rejuvenecetloras  a^^uas,  porque  en  cierta  isla  del  jj^nipo  de  las  Ha- 
haina»,  lia'      '     !*iin¡n¡.   >ituada  muy  adentro  del    Océano,    lialtía  una 

fuente  quc  , í   las  niisnuis    nuiravillosa.s  y  apreeiahles    enalidades. 

Juan  IVnee  de  Ijcón  oía  estos  cuentos  con  sin'^ular  credulidad.  Era 
de  e*i«d  avanzada  y  el  t4L>nnino  onlinario  de  la  vida  no  le  parecía  sufi- 
ciente para  llevar  á  cahí)  sus  colosales  proyectos.  ¡Qué  dicha  poder 
baí\ars<>  en  aquella  pro<li«íiosa  fuente  ó  admirable  río  y  salir  de  sus 
afiuf*  dotaílo  de  toda  la  fuerza  y  frescura  de  la  primera  juvenlu<l  y  de 
la  práctica  y  íud>¡<luría  de  la  edad  niadura !  ¡Qué  de  empresas  no  ve- 
rílicaHa  en  el  transcurso  adicional  de  los  vijr'^rosos  an<>8  (pie  f»e  le 
•'-  "'-isen!  Parecerá  incri'íble  en  la  época  presente,  (jue  un  hombre 
'  y  experiencia  diese  fe  á  unos  cuentos  parwidos  íl  Ijls  senci- 
Uai«  ficcioneí»  de  un  cuento  árabe ;  poro  entonces  las  inaravillosa.s  no- 
vedad*- in  en  boj^a,  merctnl  á  los  contiíuios  <lescni)rimientos  que 
casi  reiti>#..>i'.>ii  las  ilusiones  déla  fábula,  y  la  imaginación  délos  via- 
jeros españoles  había  lle^^ado  á  exaltarse  de  tal  ummIo,  (pie  creían  las 
cosas  más  absurdas.  IMenamente  convencido  de  que  existía  el  país  que 
acababan  de  describirle,    aprontó  el   buen    P«»nce  á  hus   expensa»*    los 

• -     "m   que   dar    principio  á  la    expedición,    hallando    fácilmente 

"•  que  le  acompafia-en. 
No  eran  sólo  los  viajeros  y  aventureros  (piien(»s  creían  en  las  fá- 
kmlaa  y  los  maravillosos  cuentos  indio«*.  Hombres  de  eminentes  eslu- 
dicM  les  daban  también  crédito.  Prueba  de  ello  es  (>1  si^^iiiiMite  extracto 
de  la  segunda  dt'fiuia  de  P(>dro  Mártir  (  de  An^d(M-ía ),  dirigida  á 
Iji^pti  X«  papa  á  Ih  saz4>n.  «  PJntre  la.s  isltts  situadas  al  norte  de  la  Kspa- 
fióla,  hay  una  á  .'í*i.'»  le^^uas  de  d¡<itaiieia,  se^jun  dicen  los  (pie  las  han 
exf'  -    *  •ntiene  un  manantiid    perenne  de  aifua  viva,   de  tan 

mn-  I  (pie  bebiéndoia  con   na'todo    restablece  á  los  aiicia- 

su  juventud  primera.   Y  aneífuro  á  Vuestra  Hantidad  (pie  esto 
no  ea  un  «i  m  fundmnentfi,  fH)r(pie  es  tan  valido  en  la  corte,  (pie 

no  •/>!•      '  le  da  fe,  sino  hasta  las  |>er«*onas  euva    sabiduría  y 

fortan.'i  ,     m  del  común  del  pueblo.    .Mas  m¡  Vuestra   Santidad 

dc9M<a  Aaber  mi  opini/ín  acerca  de  este  punto,  le  diré  que  no  rpiiero 
atribuir  tan  u  á  la  naturaleza ;  jK-ro  sí  que  Dios  se  ha- 

brá r*'-'  I*  '     nrazón  de  los   hom- 

bre*,» •  _.         ,  muntoH  (Ir  los  f'ofn- 

pañero»  d  ""y  ItííÍK,  ü<l. ) 


CAPÍTULO    XXVIII.  417 

pelitre  los  más  antiguos  desta  gente 
Había  muchos  indios  que  decían 
De  la  Bimini,  isla  prepotente, 
Donde  varias  naciones  acudían, 
Por  las  virtudes  grandes  de  su  fuente, 
Do  viejos  en  mancebos  se  volvían, 
Y  donde  las  mujeres  más  ancianas 
Deshacían  las  rugas  v  las  canas. 


Bebiendo  de  sus  aguas  pocas  veces, 
Lavando  las  cansadas  proporciones, 
Perdían  fealdades  de  vejeces, 
Sanaban  las  enfermas  complexiones; 
Los  rostros  adobaban  y  las  teces. 
Puesto  que  no  mudaban  las  f alciones; 
Y,  por  no  desear  de  ser  doncellas, 
Del  agua  lo  salían  todas  ellas. 


Decían  admirables  influencias 
De  sus  floridos  campos  y  florestas  ; 
No  se  vían  aun  las  apariencias 
De  las  cosas  que  suelen  ser  molestas, 
Xi  sabían  que  son  litispendencias, 
Sino  gozos,  placeres,  grandes  fiestas: 
Al  fin  nos  la  pintaban  do  manera 
Que  cobraban  allí  la  edad  primera. 


Estoy  agora  yo  considerando. 
Según  la  vanidad  de  nuestros  días, 
¡Qué  de  viejas  vinieran  arrastrando, 
Por  cobrar  sus  antiguas  gallardías, 
Si  fuera  cierta  como  voy  contando 
La  fama  de  tan  grandes  niñerías ! 
¡Cuan  rico,  cuan  pujante,  cuan  potente 
Pudiera  ser  el  rey  de  la  tiú  fuente! 


¡Qué  de  haciendas,  joyas  y  preseas, 
Por  remozar,  vendieran  los  varones! 
¡Qué  grita  de  hermosas  y  de  feas 
Anduvieran  aquestas  estaciones! 


Un  SrPF.RSTICIONt:s  DKL  KlO  DK  l.A  l'l.AlA. 

¡Cuan  iliforiMitos  trají';*  y  libri-aa 
Viiiienin  á  pinar  i'sios  |H*nlonos! 
Cifíio  no  st'  tomaran  |H'na  tanta 
Tor  ir  A  visitar  la  lierní  santa. 


I^i  fama,  pues.  »li'l  agua  se  vt-nía 
Por  los  (Kistos  cabildos  y  concejos, 
Y,  con  imarriinir  tiue  ya  sv  vía, 
En  mozos  >e  tornaron  nujclios  viejos, 
Prosij^nienilo  tan  loca  fantasía 
Sin  querer  ser  capaces  <le  consejos. 
Y  ansí  ti>maron  muchos  el  camino 
l)e  Uui  tlesatinado  desatino. 


Al  norte,  pues,  guiaron  su  corrida, 
No  r«in  fortunosísimos  ritrorcs, 
Hien  K'jos  tic  la  fuente  ni»  rida 

Y  de  sus  prosperados  moradores ; 
Mas  descubrió  la  punta  que  Florida 
LlamA,  porque  la  vio  pascua  de  flores. 
Volvióse  hecho  tal   docuhrinúento, 

Y  piili»'»lo  por  adelantamirnto  ( 1 ). 


I       Klfjina  úf  Varón fM  íluMlren  dt  hiiiia*. 


CAPITULO  XXIX. 

Gusanera    y    simpatía. 


Sumario.  —  El  paisano  cura  con  simpatías  la  gusanera.  —  Necesario 
secreto  del  conocimiento  de  una  simpatía.  —  Solamente  tres  per- 
sonas pueden  ser  poseedoras  de  él.  —  En  el  revoltillo  de  la  gusa- 
nera anda  metido  el  diablo.  —  El  paisano,  exorcista.  —  Principal 
industria  del  paisano.  —  La  gusanera  en  las  regiones  del  Río  de 
la  Plata.  —  Causas  y  desarrollo  natural  de  la  gusanera.  —  Cómo 
sana  naturalmente  el  animal  agusanado.  —  Las  larvas  crían  alas 
y  se  van  volando.  —  El  paisano  asegura  que  caen  en  fuerza  de 
una  simpatía.  —  Diversas  formas  de  simpatía  para  la  curación  de 
la  gusanera.  —  Curación  á  la  distancia.  —  Bencediira,  vocablo  bár- 
baro. —  El  secreto  de  las  palabras  y  los  errores  de  un  historiador 
á  su  respecto.  —  La  mordaz  ironía  en  las  curaciones  simpáticas.  — 
El  diablo  destruyendo  las  sementeras.  —  Gusanos  é  insectos.  —  La 
isoca.  —  La  catanga.  —  El  frailesco  ó  bicho  moro  y  la  vaquilla.  — 
Cómo  destruyen  los  sembrados  :  división  del  trabajo.  —  El  tambe- 
yuá  y  la  lagarta.  —  El  marandubá.  —  La  langosta.  —  Modo  de  ale- 
jar estas  plagas :  simpatía. 


La  curación  de  la  gusanera  por  medio  de  la  simpatía  es 
el  fueiie  del  paisano.  Animal  agusanado,  dice  este,  si  no  se 
le  cura  de  un  modo  ó  de  otro,  muere.  Se  salvará  por  ca- 
sualidad alguno.  Lo  regiüar  es  que  perezca,  por  causa  de 
los  gusanos.  Remedio  más  fácil  (y,  cuanto  fácil,  infali- 
ble), para  curar  la  gusanera,  que  la  simpatía,  no  le  hay 
ni  puede  haber.  Lo  difícil  es  conocer  una  simpatía.  El  que 


420  SüPERSTinONKS  PKL  KÍo  PF  I. A   IM.ATA. 

la  (*oiuHV,  la  rt'srrvM  excliisivanuMito  para  sí;  piios  de  lo 
contrario  |>oriloría  su  rticaria,  su  virtud.  MI  (|uo  revela  el 
éccreto,  quebranta  el  juramento  que  prestó  al  eununiirár- 
8ele,  y  ya  pk'nlo  una  de  sus  eondiciones  esoneiales  la  .sim- 
patía. Ha  habido  una  alteración  en  el  orden  moral,  y  no 
pnrece  sino  que  hubiese  una  potestad  invisible  que  velase 
8obre  el  cumplimientt)  de  lui  deber  tan  saujrado  como  lo  es 
la  guanla  del  depi'isito  (pie  se  eoutía  á  a<piel  á  (piien  s(»  le 
comunicji  la  fórmula  maravillosa.  La  violación  del  jura- 
mento tiene  sanción  condiiína :  quien  falta  á  él,  pierde  lo 
que  ine«l¡ante  el  se  le  da.  El  perjuro  ha  menoscabado  las 
leyetí  que  mantienen  el  cípiilibrio  universal,  y  ])or  conse- 
cuencia las  leyes  del  orden  moral  no  responden  á  la  mv/. 
del  j)erjuro.  Hsta  es  regla  «general.  No  esta,  por  supuesto, 
limitada  á  las  .simpatías  que  se  usan  en  la  curación  de  la 
gusaneni.  To<la  simjiatía,  ya  ten^a  por  objeto  la  curación 
de  los  animales,  ya  se  a|)lique  á  los  seres  hinnanos,  sea 
cual  sea  la  enfermedad  para  <pie  sirva,  se  halla  sujeta  a  la 
condición  fatal,  ineludible,  del  secreto.  Lo  esencial  del  se- 
cn*to  son  las  ¡talaln'd^.  El  que  las  e()ii()ce  puede  comiuii- 
cairlas  c<m  eficacia  ( |x*rdii'ndü  él  consiguientemente  la  vir- 
tud de  curar)  á  írrn  |M'rsonaH  no  mas.  \a\  ciuu'ta  ya  no  ad- 
quirirá, junto  con  las  palabras,  virtud  alguna,  ó  mas  bien 
dicho,  pierden  ya  su  virtud  las  palabra.s. 

¡La  gUHflni^ni!  /;Qué  clase  de  enfermedad  sera  esa  ox- 
traordinariu,  ó  cuál  será  la  causa  de  una  enfermedad  <|ue 
tan  singulares  |)ráeticas  requiere  para  su  cinación  ?  en  la 
cual  obni  con  tanta  eíicacia  la  HÍm]>atí(if  contra  la  <pi(í 
ae  eatrelhi  el  ««Hcepi ¡cismo  de  los  más  recalcitrantes  des- 
pn-í'iadnn-H  de  la  cirnria  oculta  del  canqn'sino?  ¿De 
dónde  viene  ó  i\\\\6u  la  trae? 


CAPÍTULO   XXIX.  421 

Bien  se  deja  ver,  por  el  hecho  de  santiguar  invocando  la 
Santísima  Trinidad,  que  en  el  revoltillo  de  la  gusanera 
anda  metido  el  diablo.  Este  perro  enemigo  del  hombre 
(particularmente  del  cristiano)  encubre  sus  designios  de 
mil  maneras,  y  así  se  transfigura  en  ángel  de  luz,  para  ten- 
tarle, como  en  la  más  repugnante  sabanchja,  para  perjudi- 
carlo. Los  indios  pampas,  con  su  gualicho,  y  los  guaraníes, 
con  su  añanga,  tienen  asimismo  que  hal)érselas  con  un 
diablo  muy  parecido  al  nuestro  en  sus  maldades  y  artima- 
ñas. El  nuestro,  según  el  criterio  vulgar,  nos  manda,  entre 
otras  plagas,  la  isoca,  el  frailesco,  la  vaquilla,  el  tambeyuá, 
la  lagarta,  el  marandubá,  la  langosta  y  la  gusanera.  Des^ 
truye  las  sementeras  del  labrador  v  causa  la  muerte  de  los 
ganados  del  estanciero  con  epidemias  y  otros  géneros  de 
males.  El  achaque  más  frecuente  ( continuo,  mejor  dicho )  en 
los  animales  es  la  gusanera. 

El  ¡íaisano,  curando  la  gusanera  \\  otras  enfermedades 
con  un  remedio  misterioso  y  secreto,  con  una  i^lmpatía, 
desempeña,  en  resumidas  cuentas,  las  funciones  de  un  exor- 
cista,  aunque  exorcista  no  consagrado  sino  por  la  mano  de 
la  superstición  y  la  ignorancia. 

El  exorcista  popular,  el  paisano,  como  católico  (|ue  es, 
conjura  necesariamente  con  hi  señal  de  la  cruz.  No  podía 
menos  de  ser  así.  Trátase  de  correr  al  diablo,  y  el  diablo 
se  espanta  con  el  símbolo  del  Crucificado.  Aun  familiar- 
mente se  acostum])ra  decir:  ¡cruz,  diablo!  para  expresar 
el  deseo  de  ver  uno  alejada  de  sí  á  una  persona  por 
extremo  enfadosa  6  molesta,  á  un  muchacho  nniy  tra- 
vieso, etc.,  etc.  Así  el  paisano  santigua  la  gusanera.  ;.  Porqué 
la  santigua?  Porque  la  cresa  depositada  en  la  herida  del 
aniniíd   agusanado  \\o  es  otra  cosa  (pie  un  conjunto  de  es- 


422  srPERSTirioNKS  pkl  uÚ)  di:  i. a  tlaia. 

]>íritud  inmuiulos.  Dol  aiiv  doiule  monm,  Ikiii  }):isa(lo  i1  es- 
tablecerse en  el  loiins  oiu'llo,  ancas  »'>  pcilio  di'  la  vaca  ó 
del  caballo,  animales  (jue  lanío  preiáa  el  lioniluv.  Si  el 
diablo  ha  sabido  volverse  niosea  en  la  edad  media  ^*,  ¿por- 
que, en  la  nioilerna,  no  había  di'  hacer  lo  propio?  (^nicn 
hace  un  cesto,  hará  eiento. 

La  gjuuulería  ha  sido  hasta  el  día  de  hoy  la  industria 
del  paisano.  Lidiar  eon  vacas  y  caballo-  h.i  sido  siempre  su 
o<*u|KU-ión  favorita.  'rand)ien  suele  ser  chacarero  ;  pero  de 
mala  gjuia  y  sólo  en  caso  de  necesidad,  como  el  (]iie,  estando 
en  \\\\  puesto,  no  cuenta  mas  (pie  con  una  majadita'-'', 
|wra  el  sustento  de  numerosa  i)r()le.  Entonces  siembra 
maíz,  pa|ja.s  moniat<»s  y  aljíuna  otra  cosa.  Pero  aun  el  cha- 
carero, lo  es  j>or  accidente,  y  no  le  tallan,  á  parle  de  las 
ovejas,  unos  mafunf/os  (caballos  viejos  y  enfermos),  un 
jmr  de  vacas  lecheras  y  (  no  hay  paia  (pié  decirlo)  media 
docena  de  ¡cerros.  Esta  circunstancia  de  entender  conslan- 
temente  en  <*1  cuidado  de  animales,  ha  venido  á  hacer  la- 
mo»! en  v\  Kío  de  la  Plata  la  curaci(')n  de  la  gusanera,  á 
laque  aplican,  eon  eficacia  indiscutible  (segíin  ellos),  la 
MÍtnpafía. 

Ijü  gusanera,  particularmenle  en  las  regiones  cálidas, 
como  lo  son  la  mayor  parte  de  las  (pie  bañan  el  Paraná  y 
Uruguay,  persigue  mucho  á  los  ganad(js  vacuno  y  cai)a- 
llar,  si  bien  nuilas,  burros,  caliras,  ovejas  y  |>erros,  toda 
cla>*e  ele  animales  (pie  nc»  estén  revestidos  de  al;;una  cora/a, 
como  l(M  enculMTtados,  están  expuestos  á  sufrirla.  Aun 
estos  mismos,  los  encubertados,  no  están  libres  de  que  se 


Unto  i  '/.  hnto,  rcbnno. 


CAPÍTULO   XXIX.  423 

les  agusanen  las  orejas,  el  hocico  y  las  patas.  Por  pequeña 
que  sea  una  herida,  basta  para  que  se  forme  una  gusanera. 

Insectos  hay  (de  la  clase  de  los  dípteros),  como  las 
moscas,  que  depositan  sus  huevos  en  las  mataduras  y  otras 
heridas  de  los  animales.  Las  larvas  que  salen  de  estos 
huevos,  se  alimentan  de  las  materias  orgánicas  aparentes 
que  les  proporciona  la  putrefacción  de  la  carne  de  la  he- 
rida, que  en  los  climas  cálidos  entra  muy  luego,  si  no  se  la 
cura  inmediatamente,  en  estado  de  descomposición.  Des- 
arróllanse  las  larvas,  crían  alas,  y,  convertidas  en  insectos, 
toman  vuelo,  a])andonando  el  sitio  en  que,  á  costa  y  con 
sufrimiento  del  animal  agusanado,  adquirieran  la  plenitud 
de  sus  formas.  Así  que  desaparece  el  insecto,  empieza  na- 
turalmente la  curación  de  la  herida  ó  matadura  por  sí  sola, 
á  no  ser  que  haya  ésta  interesado  algún  órgano  importante 
del  animal  agusanado,  cuya  destrucción  le  ocasionare  la 
muerte.  El  paisano,  sin  embargo,  quiere  ver  en  la  cresa  unos 
gusanos  que  acaban  con  la  vida  del  animal  casi  siempre, 
si  no  le  aplica  el  oportuno  remedio.  El  que  usa  es  la  sim- 
pafía.  Mediante  ella,  los  gusanos  (dice)  caen. 

Siguen  al  animal  agusanado  (vacuno  ó  caballar).  Obser- 
van dónde  asienta  la  pezuña  ó  el  casco.  Apéanse,  sin  quitar 
la  vista  de  la  gusanera,  pónense  en  cuclillas,  sacando  el 
largo  y  puntiagudo  cuchillo,  cortan,  soslayándolo,  el  espacio 
de  terreno  en  que  está  impresa  la  pisada,  voltéanlo,  hácenle 
una  cruz  con  la  punta  del  cuchillo,  y  se  van,  sin  mirar  más 
la  gusanera.  También  hacen  lo  mismo  con  los  espacios  ho- 
llados por  una  mano  y  la  pata  del  lado  opuesto.  Cuando  el 
pasto  de  la  tierra  desprendida  del  suelo  se  seca,  caoi  (di- 
cen) los  gusanos. 

Caen  igualmente  los  gusanos,  cuando  se  secan  los  ma- 


424  SUrKIWTIClONES  DEL  KÍO  1>E  LA  l'LATA. 

nojo8  de  jmsto  (trc^)  que  arnuua  v\  curiulor  y  cvlia  al 
suelo  ú  la  liiTiH-ha,  á  la  i/íjuicnla  y  por  la  ispaUla,  lui- 
nuulo  lijnnK'iite  á  la  ^cUi^aiuTu.  l)i's[>ut\s  no  se  la  viulve  á 
mirar  nuu*,  so  jK'iia  tle  frustrarse  la  euraciún. 

Olro  niOilo  ile  haeer  caer  los  gusanos.  Arrancan  una 
cenia  ile  la  eriu  ó  cola  ile  su  caballo,  ó  una  j»ajucla.  Dis- 
|Mjiieiila  en  forma  de  nudo,  lomándola  de  las  puntas.  Apli- 
ain  el  ojo  á  la  gusanera  por  meilio  del  lazo  y  paulatina- 
mente lo  van  eerrantlo  hasta  que  aquC'lla  se  deja  de  ver. 
£ii  seguida  apartan  la  vista  de  la  gusanera,  tiran  la  certla 
6  ¡wjuela,  y  se  van.  Cieneralmente  esUi  operación  va  aconi- 
]tañada  de  palal)ras.  Las  anteriores  tamiáén  se  hacen  con 
])¿dahras,  que  muchos  omiten,  dándoles  (por  supuesto)  el 
mismo  resultado. 

(Jomo  no  vuelven  á  mirar  más  la  gusanera,  por  temor 
de  (iue  la  t^impatia  pierda  la  virtud  de  curarla,  suponen 
que  los  gusanos  caen,  cuando  l(j  (pie  los  gusanos  hacen, 
deí*pués  de  las  cruces,  miradas,  preces,  iórnnilas  y  maldi- 
ciones, es  acahar  de  nutrirse,  completar  su  díísarrollo  y 
echar  á  volar  en  busca  de  otros  y  mejores  alimentos. 

AlíTunos  (jcuán  preciada  es  esta  xiiirp(tt¿al )  curan  á  la 

. -ia.  Consiste  la  simpatía  d  la  distancia  l'w  palabras 

y  acciones  simbólicas.    Para  curar  un  animal  desde  lejos, 

no  luin  menester  verlo,  ni  conocerlo.    1  «astilles  saber  qué 

pelo  tiene  y  dónde  pasta. 

Huelen  llamar  hencedura  á  la  sinq»alía.  Este  es  un  vo- 
cablo cerril,  derivado  del  verbo  iKjrlugnés  l)enzcr,  bendecir, 
Hantiguar  ^  .    T^s  brasileños  riograndenses  usan  nnicho  la 


Inrurrt'fi,  pu(*«t,  *-i\  uiin  iimiiirK'-Ui  ¡iiiprop¡c<Iii<l  ion  qu(%  no  koh- 
|ii-<-h;in<io  quo  te   traU  de  un    deriviulo   búrliiiru  (li;l   verlxi  jx^rUi^uóii 


CAPÍTULO   XXIX.  425 

simpatía,  y  no  pocas  de  las  fórmulas  conocidas  en  el  Río  de 
la  Plata  y  Paraguay  han  sido  comunicadas  j)or  ellos.  Por 
eso  asimismo  suelen  en  el  Río  de  la  Plata  llamar  hichera 
(del  portugués  hicheira)  á  la  gusanera,  biclio  al  gusano,  y 
abicharse  al  acto  de  agusanarse.  Esta  commiicación  de  voces 
extrañas  es  muy  fácil  entre  gentes  vecinas  que  hablan  len- 
guas tan  análogas  como  la  portuguesa  y  la  castellana,  que 
tienen  un  origen  común  y  una  común  historia. 

El  necesario  secreto  de  las  fórmulas  hace  difícil  su  co- 
nocimiento de  parte  de  los  curiosos.  Por  ejemplo,  puesto 
un  paisano  en  el  compromiso  de  manifestar  de  qué  pala- 
bras se  vale  para  curar  la  gusanera,  dirá :  «  Gusanos  mal- 
ditos, caed  de  esa  gusanera  de  once  en  once,  de  diez  en 
diez,  de  nueve  en  nueve, »  y  así  sucesivamente  hasta  ter- 
minar :  «  de  uno  en  uno,  y  no  quede  ninguno,  »  haciendo 
con  la  mano,  al  pronunciar  cada  número,  la  señal  de  la 
cruz  é  invocando,  por  último,  el  nombre  de  la  Santísima 
Trinidad.  Pero  en  realidad  la  serie  de  números  de  la  fór- 
mula verdadera  no  debe  comenzar  2)or  once,  como  engaño- 
samente dijo  el  interrogado,  sino  por  nueve.  De  esta  ma- 
nera satisface  al  importuno,  y  no  se  priva  del  uso  eficaz  de 
una  fórmula  reservada,  que  le  sirve  para  impedir  que  se  le 
mueran  muchos  animales  agusanados:  perdonable  engaño. 


hcnxcr  (  btMulecir ),  escriben  rcnccdura,  en  higar  de  hoiccdura.  Así  un 
escritor  motlerno,  D.  Xavier  de  Viana,  titula  Voiccdura  una  de  las 
interesantes  narraciones  de  su  libro  Campo,  en  la  cual  relata  las 
ceremonias  y  fónnulas  usadas  por  el  lio  Luis  en  la  curación  de  la 
mordedura  de  víbora.  También  nos  llama  la  atención,  dada  la  idea 
que  se  forma  el  vulgo  de  la  mujer  sin  cabello  (Cap.  Vil  de  esta 
obra,  págs.  80  y  81),  (|ue  una  cliiiia  se  corte  la  trenza  y  la  ofrezca  á 
su  companero,  en  prenda  de  amor  y  íidelidad,  como  lo  vemos  en  otra 
de  las  narraciones  del  libro  citado. 


426  SUPERSTICIÜNI^IS  DKL  KÍO  DK  1-.V  ri-AlA. 

Víolima  iK»  un  oni::jiño  soiiujanto  os  posible  (jiu'  luiya 
sido  el  escritor  ( lláwker )  de  ijiiiiii  W'ílliain  (íeor«j;e  Blaek 
tomó  la  i»s|HH*ie  relativa  al  imulo  que  tieiuii  los  campesinos 
ingleses  ile  eurar  la  monledura  de  vilíora.  Ponen,  diee, 
8obn»  la  herida  dos  ü'oeitos  de  aNellan»»  dispuestos  en  íonna 
de  cniz,  pronuneiando  dos  recen,  en  alta  voz  y  con  .solem- 
nidad las  siguientes  palabras:  «  I^ajo  est(»  pequeño  ave- 
llano hay  un  jactancioso  gusano  de  garganta  inaneliada. 
Es  nueve  dobla  Ahora  de  nueve  doble  a  ocho  doble,  de 
ocho  doble  á  siete  doble,  »  y  así  sueesivameiite  liasm  decir: 
c  de  uno  doble  á  ninguno  doble  »^*\  Desile  luego  es  de 
.sn|K)ner  que  la  fornnda  se  rej)ita,  no  r/ox,  sino  tres  veces; 
|)oniue  este  numero  sindxdiza  la  produeciíni  del  ('(piilibrio 
de  las  fuerzas  6  de  los  seres,  al  })aso  que  el  })rimero  re[»re- 
senta  el  antaí'onismo  v  la  resistencia,  seirini  los  arcanos  de 
la  magia  y  ciencia  oculta^^\  Pero  lo  más  notorio  de  la 
confusión  o  del  engaño  es  la  retaliila  de  los  [/úsanos.  Se 
<la  |K)r  supuesto  que  el  reptil  de  que  se  trata,  la  ríbora,  es 
un  gusano  que  se  nndtipliea  en  la  berida  cubierta  pol- 
la cniceciía  de  avellano,  cosa  de  todo  punto  inadmisible. 
I^  víl>oni  clava  los  colmillos,  inocula  su  veneno  sin  for- 
mar llaga,  y  se  va.  No  deja  ni  en'a  gusanos,  como  la 
cresia  de  los  dípteros  en  las  mataduras  ó  llagas  de  los  ani- 
males. Deja  su  veneno  y  mata  con  su  veneno.  ¡  Fresco  es- 
taría el  paciente,  si  hubiese  de  esjKírar  á  que  desapareciesen 
loH  (juMinos  de  la  herida  hecha  por  el  venenoso  reptil  eon 
Hus  horadados  colmillos !  Lo  probal)le  es,  p<%r  eonsecucín  ia, 


f^'      V'Hiñun  Papular   í'í'npíliilo   di-  lii   Hislmin  dr  la    ('nlhmi  iU- 
Hl  n\.  itfrr  I).  Antonio  Miirluulo  y  A  i  van*/.. 

Í2)     l'apús,  Traii.  MHUímI.  de  Scinw.  (Jccuil. 


CAPÍTULO   XXIX.  427 

que  las  palabras  recogidas  por  Háwker  de  boca  de  los 
campesinos  ingleses,  se  refieran  á  la  curación  de  la  gusanera. 

Con  ocasión  de  la  picadura  de  víbora,  puede  suceder  que 
se  forme  una  llaga  en  la  que  un  díptero  ponga  su  cresa. 
Esto  es  cosa  muy  distinta  de  la  picadura.  He  aquí  el  caso. 
Sucede  con  frecuencia  que  la  víbora,  cuando  muerde  con 
rabia,  deja  clavadas  las  presas  en  el  cuerpo  de  la  persona 
ó  animal  acometido.  En  este  caso,  si  la  víbora  no  es  muy 
venenosa,  ó  estaba  en  un  estado  en  que  el  veneno  tuviere 
poca  actividad,  el  animal  herido  no  muere ;  pero  se  inflama 
la  parte  del  cuerpo  en  que  están  enterrados  los  colmi- 
llos, hasta  que,  saliendo  éstos,  queda  una  llaga  donde  pue- 
den los  dípteros  depositar  su  cresa.  Entonces  sale  una  gu- 
sanera en  el  sitio  en  que  la  víbora  clavó  sus  colmillos. 
En  semejante  caso  ya  no  es  la  mordedura  de  la  víbora 
el  mal  que  padece  la  bestia  enferma.  El  veneno  que  el 
reptil  introdujo  en  el  cuerpo  del  paciente,  no  produjo  el 
temido  efecto.  Eso  se  disipó.  Xo  es  ésa  la  curación  que 
requiere  la  dolencia.  Se  trata  de  curar,  no  la  picadura  de 
víbora,  sino  la  cjusanera,  caso  en  que  vendría  bien  la  fór- 
mula citada  por  Black.  Pero  Black  se  refiere  precisamente 
á  la  curación  del  envenenamiento  producido  por  la  morde- 
dura de  una  víbora,  caso  en  el  que  la  fórmula  que  cita  es 
enteramente  inadecuada  al  intento. 

La  ironía  de  buena  ley  es  como  una  luciente  aguja,  (pie 
punza  sin  herir.  La  mordaz  ironía  que  nace  en  ánimos 
perversos,  del  despecho  ó  la  envidia,  es  saeta  enherbolada 
que  mataría  al  hombre  de  bien,  si  éste  no  aprovechara  su 
propia  superioridad  intelectual  ó  moral  para  eml)otar  los 
enconosos  tiros  con  el  seguro  de  su  fama  y  su  conducta, 
enaltecidas  en  tales  casos  con  el  silencio.  El  escándalo  es 

29. 


428  tiurKi{>Ti('ioNF.s  DKí-  iiío  i>i:  i.a  plata. 

Im  atnuVftMa  fii  quo  rospini  el  inonstruo  de  i:i  diíaiuju'ión. 
El  wnmilalo  K*  anima  y  ivgocija:  pormu»,  con  los  insnltns 
n»cMpnK»»*,  í»!  nada  piíTilc  y  el  hombiv  «|ne  vale  se  enloda 
y  61»  doHgagta.  El  |^iÍ8ano,  en  aliijunas  de  sus  simjtah'as, 
usa  el  arma  tle  la  ironía.  ¿Contra  (]uién  mejor  que  contra 
un  soberbio?  Siluro  de  .«u  fuer/a  con  el  arma  dt»  la  fe,  el 
paisano,  si  el  eterno  enemiüo  dd  iiondn-c  se  lia  c(mvcr- 
tído  (ix>r  ejemplo)  en  larva  >ol>i-c  el  lomo  llagado  de  una 
ealmllería,  santiiruará  y  pronunciará  sus  palahr^n,  termi- 
nando de  eííte  modo:  y  que  choíí  yí/xa/iow  aumcnft'n  como 
Icuf  Zarras  rn  domint/o.  Al  levés  me  las  pintas. 

La  agricultura  lia  adcjuirido  modernamente  en  el  I  vio 
de  la  Plata  un  desarrollo  consideralíle.  101  espíritu  maliuno, 
alerta  siempre  para  dañar  al  hiunhre  vn  su  jH'rsona  y  íu 
hw  OKsas  (pie  j>osee,  ii  vista  de  un  adelanto  (pie  tanto  le  me- 
jora, ha  formado  numeroso  ejercito  de  gusanos  e  insectos  vo- 
raeí*>i,  que  envía  á  los  send)rados  con  el  objeto  de  destruirlos. 
1^1  fiioxeni  y  otros  enemigos  análogos  de  la  agricultura  en 
grande  escala,  jcuánta  desolación  no  causan  I  ;,  \  los  pobres 
chacarero» f  El  frailesco  <'»  hicha  inaro,  la  rdíjuil/d,  el 
maramiu/iu,  la  /ai/arfa^  la  ¡soctt,  el  itunbcyuíí,  la  lan- 
gOéíta  voladoni,  la  langosta  saltona,  la  langosta  criolla  \  la 
hormiga  forman  las  diversas  tropas  organizadas  de  formi- 
dable ejercito  de  demonios  en  figura  de  insectos  y  de  gu- 
sanos que  envía  el  príne¡|M'  de  las  tinieblas  á  la  destruc- 
ción de  las  hu<*rtas,  sí^nbrados  ó  cbacras.  Algunas  divisio- 
m*»*.  (^1110  las  de  la  langosta  y  el  frailesco,  marchan  en 
mau^aM  ó  columnas. 

y^  la  ¡Moca  un  gusano  blanco,  no  mayor  (pie  el  dedo 
ineAM|ue  de  una  criatura,  de  caU^za  naranjada,  barriga  ne- 
gniz#ti,  seis  jmtas  y  dos  garlios  á    ukmIo  de  colmillos.   Sí» 


CAPÍTULO   XXIX.  429 

alimenta  de  las  raíces,  que  roe  y  corta,  de  muchas  plantas 
útiles.  En  estos  últimos  años  ha  sido  tanta  la  isoca,  que 
muchas  sementeras  ó  chacras,  y  hasta  campos  de  pastoreo, 
quedaron  asolados.  Sécanse  las  hortalizas  y  el  pasto,  que- 
dando la  tierra  suelta  y  como  removida  en  tomo  de  las 
raíces.  Ki  la  langosta  hace  más  daño  que  á  veces  causa  la 
isoca.  Es  larva  del  escarabajo  ó  catanga  (voz  quichua),  que 
tan  luego  como  está  en  aptitud  de  volar,  gana,  á  la  caída  de  la 
tarde,  la  región  del  aire,  para  caer  en  las  fauces  de  las  lechu- 
zas. Los  lagartos,  los  peludos,  los  zorrinos  y  otras  alimañas, 
á  quienes  perseguimos  y  matamos,  también  gustan  de  estas 
larvas  é  insectos,  comiendo  todos  los  que  pueden.  De  ma- 
nera que  nosotros  destruimos  á  quien  nos  hace  un  beneficio. 

12'c\\\\2in  frailesco  ó  bicho  moro  á  un  insecto  destructor 
de  las  huertas,  que  come  las  hojas  de  las  plantas,  deján- 
dolas enteramente  desnudas,  con  solo  el  tronco  y  los  ner- 
vios. Por  la  forma,  le  dan  el  nombre  de  frailesco,  como 
que  se  asemeja  á  la  vestimenta  del  franciscano,  ceñida  á  la 
cintura.  El  color  es  negro,  sembrado  de  puntitos  blancos,  ó 
sea  gris,  á  que  dicen  moro  en  el  Kío  de  la  Plata,  tratán- 
dose de  animales.  Irnta  la  piel  de  las  personas  con  su  pi- 
cadura, dejando  ampolla.  Estrujado,  es  un  cáustico  pode- 
roso. Alginios  farmacéuticos  le  emplean,  en  lugar  de  can- 
táridas ó  de  moscas  de  Mihin.  Las  plantas  que  prefiere 
son  el  tomate  y  el  pimiento  en  primer  término,  hi  patata  y 
las  habas.  En  acabándose,  acude  á  todas  las  demás  hor- 
tenses, sin  desperdiciar  la  alfalfa:  todo  lo  aniquila. 

La  vaquilla  es  insecto  de  la  propia  especie  que  el  bicho 
moro  6  frailesco ;  de  color  overo -negro  y  un  poco  mayor 
el  tamaño:  en  voracidad  no  le  cede  un  ápice.  Algunos  lla- 
man vaquilla  al  frailesco  ó  biclio  moro. 


430  SürKRSTICIONKS  DKL  KÍo  DK  LA  TLATA. 

El  bicho  moro  y  la  vaquilla,  \x\  lanu;osín,  A  tambcijud 
y  la  ¡at/arfa,  y  la  i,<oca,  son  las  plniías  inayoros.  ciitiv  las 
del  reino  animal.  (]uo  casti'^an  :í  la  nuiiciihura  (  n  d  Kío 
de  la  Plata. 

Adaní  ¡Smith  escribió  una  obra  íaniosa,  en  (juc  dosiii- 
traña  los  medios  y  eausas  que  desarrollan  y  arrecientan  la 
rí()ueza  de  las  naciones,  viniendo  lí  ser  eomo  el  fundador 
de  la  economía  política.  Pero  antes  dr  (juc  Adaiii  Smitli 
expusiese,  y  tlemostrase  la  conveniencia  de  observar  es- 
trictamente, los  princi]»¡os  fundamentales  de  esta  ciencia 
tan  im|X)rtante,  ya  el  vulgo  y  el  diablo  babían  aplicado 
aljrunos  á  divei*sas  cosas:  el  primero  instintiva  é  incierta- 
mente, como  (pie  aún  no  se  liabía  fijado  en  ellos,  y  el  se- 
gundo con  j>erfecto  Címocimiento  de  su  eficacia,  por  el  saber 
natural  y  experiencia  que  tiene.  Lo  (pie  Adán»  Sniiíb  pro- 
]K)nía  paní  enriquecer  y  hacer  felices  a  las  sociedades  lin- 
manas,  eso  mismo  ejecutaba  el  diablo  para  empobrecerlas 
y  martirizarlas.  Entre  los  dogmas  económicos  más  reco- 
mendados jx>r  el  ci'Iebre  escoces  y  los  que  le  siguieron  en 
tales  estudios  íigura  la  división  del  frdlfajo,  por  lo  nuicbo 
que  le  abrevia  y  facilita.  La  división  del  trabajo,  con  efecto, 
entre  tantos  o|K*nir¡os  cuantas  cosas  ú  operaciones  diversas 
y  cwneurrentes  á  un  mismo  fin  pueden  ejecutarse  \>ot  sepa- 
rado, es  uno  de  los  mayores  anhelos  de  la  industria  moderna. 
Pucí*  ewto  mismo  hizo  (»1  diablo,  convirti{*ndose,  para  arrui- 
nar la  agricidtura  tan  necesaria  al  hombre,  en  lan<josla, 
bii'ho  moro,  ijfoca,  Uujarla,  hor/ni(/a,  etc.,  y  distribuyendo 
la  tarea  de  deatnicción  entre  estos  solícitos  agentes  de  sus 
penxTsos  designios.  W  frailesco  y  la  vaquilla  encomendó 
la«  plantas  de  tallo.  Las  rastreras  ó  de  guía,  como  el  /a- 
|iallo  y  el  melón,  puso  á  cargo  del  lambcyud  y  de  la  la- 


CAPÍTULO   XXIX.  -431 

garta.  En  roer  y  cortar  las  raíces  de  unas  y  otras,  debía 
ocuparse  la  isoca. 

El  tamheyud'^^  es  una  chinclie  silvestre,  de  color  verde, 
que  come  las  hojas  y  aun  las  guías  ó  tallos  rastreros  de 
los  zapallos,  calabazas,  melones  y  otras  plantas  análogas. 
Ayúdale  en  esta  faena  la  insaciable  lagarta^-',  que  es  un 
gusano,  también  verde,  delgado,  de  unos  cinco  á  seis  cen- 
tímetros de  largo;  que  camina,  arqueando  el  cuerpo  hacia 
arriba,  hasta  juntar  la  cola  con  la  cabeza  apoyadas  en  el 
suelo,  y  luego,  apoyado  en  la  cola,  estirando  el  cuerpo  ha- 
cia delante  todo  lo  que  da  de  sí,  y  esto  con  diligencia,  de 
modo  que  en  corto  rato  anda  un  largo  trecho.  El  tambe- 
yud,  lo  mismo  que  el  bicho  moro  y  la  vaquilla,  tampoco 
pierden  su  tiempo;  pues,  cuando  acaban  con  una  planta, 
pasan  volando  á  otra:  para  eso  tienen  alas,  y  no  cortas. 
Si  la  chacra  ó  cortijo  es  de  tomates  y  plantas  de  tabaco, 
no  les  faltará  tampoco  un  ministro  especial  que  los  con- 
suma. Vendrá  á  comer  sus  hojas  y  tallos  el  marandubd^'^\ 
que  es  un  gusano  verde  con  manchas  negras,  del  grosor 
del  dedo  índice.  Las  hembras  extienden  en  hilera  sus  hue- 
vos á  lo  largo  de  la  espalda,  y  los  hijos,  cuando  nacen,  que- 
dan pegados  á  las  hojas  de  la  planta,  como  en  cosa  que  les 
pertenece  por  herencia.  Después  que  el  marandubd  ha 
engordado  y  })rocreado  á  su  salvo,  con  perjuicio  de  tercero, 
se  transforma  en  mariposa  y  se  va  á  pasear  por  tierras  ex- 
trañas y  á  libar  el  néctar  de  las  flores  de  los  jardines.  Lo 
merece:  ¡cuántos  hacen  lo  mismo!  En  caso  de  que  los  re- 
feridos elementos  de  destrucción  no  hayan  acal)ado  con 

(1)  Voz  guaraní. 

(2)  Voz  portuguesa. 

(3)  Voz  guaraní. 


432  suPEit»<TirioNt:i>  dhl  kío  dk  la  i'Laia. 

totlo,  ó  seiin  |xx*os  |>ani  tiinto,  vioiie  á  coojHTar  con  ellos 
la  laiiiíDsia,  en  ittant/aa  tan  espesas  y  lUlaladas  (|iie  anu- 
blan el  sol.  Cae  en  masa  sobre  plantas  y  árboles,  (|U(' deja 
muertos,  como  si  hubiese  babiilo  un  incendio  rn  el  reino 
vej^tal  y  caído  sobre  el  una  lluvia  de  ceniza.  CrA'se  (jue 
etíte ejército  asolador  tiene  su  canipanunio  en  el  Chaco, her- 
videro de  sabandijas,  |H)r  lo  cálido  del  clima,  sus  cerrados 
boscjues  y  malezales  é  innu^isos  anciradizos^'^  Una  vez 
(jue  la  langosta  voladora  ha  esterilizado  los  canijios,  deja 
eu  ellos  enterrado  un  como  cartuchito  semejante  á  una 
e«piga  de  trigo,  y  va  á  morir,  por  lo  regular,  á  las  costas 
de  los  arroyos.  Ese  eartuchilo  ha  de  dar  ciento  por  uno; 
|)ero  no  de  gr.mos  de  trigo,  sino  de  la  no  menos  devora- 
dora  langostii  saltona.  I>»  la  saltona  hay  dos  especies:  una, 
la  que  procede  de  la  voladora;  otia,  la  criolla  ó  del  país. 
Esta,  cuando  la  |)ersiguen,  se  desparrama,  saltando  á  lar- 
gos treelios  i>or  sobre  la  c;d>eza  de  las  j)ersonas.  A<juélla 
es  fácil  de  acorralarse  como  un  rebano  de  ovejas;  lo  <|ue 
proporciona  el  meilio  de  matarla,  á  luego  y  echándole  tie- 
rra encima,  en  j)ozos  y  zanjas. 

El  chararcro,  amenazado  con  estas  ]>lagas,  no  pií  ide  del 
todo  la  es|X'ranza;  pues  tiene  fe,  nuicha  6  poca,  en  r\  |>on- 
derudo  remedio  de  todos  los  males  incurables  (pn*  |)ro(M'den 
del  rencor  del  demonio  al  hombní:  el  remedio  del  sahula- 
dor  y  manosanta:  la  Jtiiapdlíd.  Para  el  efecto,  estudia  el 
terreno  6  «nnjNi  en  <pie  va  á  ejercer  el  sublime  ministerio 
f|ue  lia  <le  dar  jK)r  resultado  la  extinción    de   la   )»laga.    VA 

'  '         •.  HiTrora  y  otro»  hi-loriiulorí'f*  tic  lii  coiuiaistn  »if*nn  lln- 

li:i  «•on-(Tvii<lo  ha-tn  lioy  «mi  l)ocji  ilc 
la  I"  la  IMala.  La  K«'al  Armli-inia  Iv-pañ<»la 

DO  lo  00  SU  diccionario  de  la  Ijcmjua  Citjftcliami. 


CAPÍTULO   XXIX.  433 

terreno  de  labranza,  á  que  dicen  chacra,  es  generalmente 
cuadrado  ó  cuadrilongo.  Como  dentro  de  este  perímetro  ó 
contorno  está  encerrado  el  maléfico  agente  destructor  de 
las  sementeras  y  plantaciones,  es  necesario,  para  hacerlo 
salir  de  él,  espantarlo  por  tres  de  los  lados  y  ángulos,  de- 
jando franco  uno  de  éstos  por  donde  pueda  escaparse. 
Detiénese  el  conjurador  en  cada  una  de  las  tres  esqui- 
nas de  la  chacra,  por  la  parte  de  a  fuera,  y  santigua,  diciendo 
sus  palabras  en  voz  alta^^\  con  solemnidad  y  prosopopeya, 
puestos  los  ojos  en  la  causa  del  mal  que  combate  y  el  pensa- 
miento en  la  divina  misericordia.  Terminan  ordinariamente 
las  preces  con  esta  execración :  —  Gusanos  c  insectos  maldi- 
tos, como  que  d  Dios  no  adordis,  él  ha  de  querer  que  aban- 
donéis estos  sembrados.  ¡  Salid  de  aquí!  El  maldecido  ejér- 
cito de  Satanás  no  tarda  en  levantar  campamento  y  empren- 
derla retirada  })or  la  única  salida  que  se  le  dejó  para  su  es- 
cape: la  esquina  que  se  omitiera  santiguar  al  intento  en  la 
huerta  ó  chacra  que  estaba  devastando.  Al  enemigo  que 
huye,  puente  de  plata. 


(1)    Caso  do  hallarrje  solo  el  exorcista;  pues,  habiendo  (estiiros,  la 
necesidad  dol  secreto  le  oblisíaría  :t  pronunciar  nuntalnicntc  la  fórmula. 


CAPÍTrLO  XXX. 

Hechicería    y    demonios. 


Sl'M  vino.  —  El  iiui;:o  y  el  lu'chiivro  quieren  srr  homl)ros  do  ciencia.— 
M;i;;ncliáino  en  la  Uía^íia.  —  Kn  qué  se  (iiferencia  el  ina;;o  del  he- 
chicero. —  Knfenue<lade>  y  (lesj^racias :  cómo  vienen  al  hombre. — 
El  dolor:  qué   provecho  sí»  saca  de  él.  —  ('ómo  sobreviene  la  de- 
sesperación. —  Idt*as  del  vulgo  á  tal  resp(rl4>.  —  Kl  nnila  y  los  nía- 
Ufiítjs. —  Males    da  daño   y  malt*8  de  (/(/y^a.      Perver.-iilad  de  las 
brujan  y   hfchicenui.  —  El   diablo  entre   cristianos   é  indios. —  El 
diablo  de  lo«  indios  «lisfrázase  de  pobre  para  casiip^ar  al  que  falta 
al  d«-lH*r  sabido  de  la  limosna.— Tostídos  d.l  diablo.— Exorcismos. 
—  Caso  de  una  nmchaeha  endemoniada.  —  Brebajes  y  conjuros.— 
Magnetismo,   espiritismo.  —  El  espíritu    ¡nimmdo.  —  Su  historia.— 
Criterio  de  la  Ijílesia  acerca  de  ciertos  fenómenos  psico-físicos.  — Cua- 
li-'    '       '    lob  demonios.  —  El  diablo,  sc^ún  doctrinas  heterodoxas.  — 
Ii;* ....  ...i  de  criM-ncias  entre  los  indípMias  dfl  Nuevo  Mundo  y  los 

del  Viejo.—  El  diablo  de  los  indí^jena.^  de  América  nada  tiene  que 
envi<iiar  al  í1«*  Io.h  pueblos  cristianos.  —  Zrvy/r///  y  Viracocha,  entre 
h "  iU\  IVrú.  —  rV////,  lÜablo  dv  lits  .\ntillas.  —  El  liucrurú 

ó/k  .  -  ...  i  -  '!■  !:i  Pampa,  de  la  l*aUi;;onia,  <le  Arauco.  —  J/(/m///<í/í/ 
y  i»ua  ini-  Síijro»  del  a¡jna.  —  i¿oV^v  del  diablo. 


La  mapa  e.s  m-^úii  b).s  ocullistdx,  una  nrncin  que  dc- 
claní  el  mudo  cíüi  que  el  liomlnx*  (?.s  capaz  de  poner  en  ac- 
tividad, en  ca>4í>«  v  eircinistaneiuH  deternnnadas,  la  fuerza 
uni vernal  que  iiifonna  el  iiniverrio.  \a)a  novísimos  experi- 
mentóte tiel  tna^ncti.-ino  en  hiH  diversaH  nianifestaeione.'^  6 
fami*  i\v  que  ch  í<iiHe<'pt¡l)le,  Ion  fenónienoH  p.^ico-íiHÍcoH 


CAPITULO    XXX.  435 

que  ofrece  el  estado  hipnótico  ó  de  sueño  nemoso  en  que 
puede  quedar  sumergida  una  persona  mediante  ciertos  pro- 
cedimientos, la  acción  química  de  algunas  substancias, 
producen  efectos  análogos  ó  á  veces  del  todo  semejantes 
á  los  que  la  magia  y  la  hechicería  ostentan  como  obra  ex- 
clusiva y  misteriosa  de  la  voluntad  é  influencia  de  seres 
privilegiados  que  han  recibido  del  cielo  ó  de  mía  superior 
inspiración  la  facultad  y  los  medios  de  hacer  maravillas. 
Así  las  ciencias  físicas  y  químicas  están  á  punto  de  enga- 
lanar con  arreos  de  fuste  al  ma^'O  v  al  hechicero.  El  mas;- 
netizador  contemporáneo,  dilatando,  como  pretende,  la  sen- 
sibilidad ó  fluido  sensitivo  del  cuerpo  humano  hacia  fuera, 
y  transfundiéndolo  en  una  materia  apta  para  absorberlo, 
para  empaparse  en  él,  persuádese  á  obrar  maravillas  idén- 
ticas á  los  célebres  hechizos  de  las  imágenes  de  cera  y 
otros  temidos  efectos  ejiísdem  farince.  Quiere  proceder 
como  decía  Cervantes  de  los  discípulos  de  Zoroastro,  que 
juntando  lo  activo  d  lo  pasivo,  hacen  cosas  tan  estu- 
pendas, que  parecen  milagros''^'',  las   cosas  inanimadas 


(1)     Trabajos  de  Pérsiks  y  Sigistminda. 

Es  fóruiulíi  (le  la  magia,  que  mira  en  el  ternario  el  elemento  ac- 
tivo: 1,  el  jHisiL'o:  2,  y  el  neutro:  3,  que  resulta  de  la  acción  de  los 
dos  primeros  entre  sí.  Un  escritor  español  de  mediados  del  siglo  de- 
cimoquinto la  menciona  también.  Tratando  de  las  artes  mágica<?,  dice: 
«Aquestas  solas  artes  que  usan  sangres  ó  sahumerios,  son  malditas. 
Mas  el  ayuntar  lo  aciiro  al  pasiro,  y  el  esculpir  de  las  piedras  en  tal 
signo  ó  el  adivinar  en  las  estrellas,  lícito  es,  si  es  á  buen  tin.  E  otro 
pronunciar  de  nombres  lícitos,  que  llaman  tabla,  et  constreñir  los  espí- 
ritus con  aquella  virtud,  lícito  es,  mientras  el  fin  sea  bueno.  Bien  puede 
el  astrólogo  hacer  una  imagen  en  el  signo  del  Escorpión,  para  que  sane 
los  hombres  de  toda  mordedura  de  serpiente,  et  lícito  sería  á  un  hombre 
hacer  una  imagen  por  quitar  los  lobos  ó  la  langosta  de  una  tierra. 
Y  los  que  dicen  que  esto  no  es  posible,  también  confiesan  que  no  saben 
nada.     (El  Bachiller  Alfonso  de  la  Torre,  en  la    ]lsi</n  Deleitable.) 


436  süPKKSTinoxES  pkl  nío  dk  la  ii.ArA. 

ohniiulo  iHuno  si  ostuvii^seii  dotiuiius  dv  vida,  la  naturaleza 
i'iitrra  ol>eiliviemlo  al  hombro. 

Cimiulo  las  o|H»rar¡onos  ilr  i|iu'  -c  trata  sow  ('jrc'iiiada.s 
jHir  sujetos  iiiiriailos  en  v\  modo  de  olnar  de  las  fiuTzas 
imturalet?  y  de  enniiiiiiiar  la  voluntad  al  \)\ru  en  la  alta 
CKÍeni  de  la  vida  univorsid  (los  nahion,  (jue  apri'ndit  ron  vn 
los  templos  6  escuelas  sagradas),  porti'iu'ccn  proj>¡:iin(>iite 
(se^iín  loe  mai^ntros)  a  la  )na(jia.  IVnt  s¡  (juií'nt's  las  eje- 
cutan í*«»n  profanos,  si  no  saben  ó  no  purdin  «gobernar  las 
fuerzas  natundes  para  obrar  efectos  preternaturales,  ó  ni, 
eonoí'iendo  de  ello  algo,  lo  utilizan  en  su  personal  prove- 
cho y  en  daño  de  las  gentes,  esos  tales  no  son  luaijos,  sino 
hechiceros.  La  hechicería,  pues,  es  fruto  bastardo  de  la 
magia  goHica,  diabólica  6  negra^^  .  Por  lo  demás,  tiene 
la  hechicería,  á  semejanza  de  la  ínagia,  sus  adivinacio- 
mt*,  sus  éxtasis  y  sueños  nerviosos,  sus  alucinaciones,  sus 
visiones,  en  suma,  su  física  y  su  (|uíniica  maravillosas,  y 
sus  dt'itlades  coadyutoras  é  inspiradoras,  que  son  los  de- 
monios. Kl  hechicero  tiene  por  familiar  al  diablo,  con  (juien 
celebra  pactos  expresos  ó  tácitos,  vendiéndole  y  entregán- 
dole* su  alma,  con  tid  que  le  ayude  y  favorezca  (  n  su  odiosa 
tarea.  El  hechicero  liga,  6,  como  dice  también  el  j)aÍ8ano 
rioplatense,  aia  á  su  albedrío  la  voluntad  y  la  acción  de 
lili*  {lersonas,  evo<*a  y  trae  á  su  presencia,  como  los  espiri- 
tistas, las  almas  de  los  difuntos,  y  (piierc  obrar,  en  resolu- 
ción, cíimo  los  sabios  y  nuigos  h'gítiuíos. 

Kl  mago  e«  el  nn'nistro  de  la  divini<lad  en  la  tierra.  1*]1 
hechicero  loes  del  dial)lo.  El  mago,  \H)r  su  instituto,  cn- 
auiiina  al  bien  sus  acciones,  rpiiere  enjugar  las  lágrimas  á 

V.  («p.  VII.  páff.  85. 


CAPÍTULO   XXX.  437 

los  que  lloran ,  quiere  hacer  felices  á  los  hombres.  El  he- 
chicero y  su  hermano  carnal  el  brujo,  condiciones  que 
suelen  estar  reunidas  en  un  mismo  individuo,  se  ocupan, 
como  su  maestro  el  diablo,  en  hacer  daño  á  toda  alma  na- 
cida ^^\  Señaladamente  la  bruja,  todo  envidia,  todo  odio  y 
todo  venganza,  se  goza  en  las  ajenas  desgracias,  se  com- 
place hasta  en  la  muerte  que  ocasiona  de  los  tiernos  niños 
bautizados,  aunque  ella  sabe  bien  que  se  van  al  cielo.  Lo 
sabe;  pero  los  mata,  sin  embargo,  por  sola  su  inclinación 
al  mal  y  porque  al  mismo  tiempo  aflige  y  hace  llorar  a  los 
padres.  Tiene  con  frecuencia  de  nuncio  al  dolor.  El  dolor 
la  estimula,  la  atrae,  como  los  cuerpos  sin  vida  al  cuervo. 
Sabe  que  á  la  postre  nada  puede  contra  el  bueno:  sabe 
que  el  mismo  dolor  acaba  por  ser  un  bien  en  las  almas 
nobles;  pero,  aunque  sepa  todo  esto,  no  por  eso  deja  de 
hacer,  como  en  el  caso  de  los  tiernos  niños  bautizados, 
todo  el  daño  que  ella  concibe  que  puede  causar  por  el  pronto 
á  aquellos  á  quienes  odia  ó  tiene  entre  ojos. 

El  vulgo  en  general  atribuye  á  un  hechizo,  á  la  acción 
fatal  e  irremediable  de  una  bruja,  sus  más  dolorosas  enfer- 
medades, sus  mayores  desgracias.  Sométese  á  veces,  sobre- 
llevando con  resignación  cristiana  sus  males.  Ni  olvida  que 
con  verdad  suele  decirse:  no  hay  mal  que  por  bien  no 
vcnya.  Pei'o  con  todo,  no  es  el  orden  universal,  no  son  altos 


(1)  «El  instrumento  de  los  hechizos  es  el  gran  asente  ináíiico,  ó, 
en  términos  más  llanos,  la  potencia  matínética  gobernada  por  una  vo- 
luntad perversa.  Lo  que  los  hechiceros  y  nigromantes  buscaban  en 
sus  invocaciones  del  espíritu  impuro,  era  esa  potencia  magnética,  que 
es  patrimonio  del  verdadero  adepto,  usurpado  por  aquéllos  con  el  fin 
de  abusar  de  él  de  una  manera  indigna.»  (Papús,  Traite  Kh'mcti- 
iairc  (le  Magie  Prati/jue.J 


488  6UPERsticionf:s  del  río  dk  i.a  plaia. 

designios  los  emisaiitt's  do  imu'lias  do  sus  d('Si::r:K*ias;  sino 
la  perversidad,  la  foroz  iinjuiíia  de  una  iimjcr  al)()rrecil>lo. 
«  Pan\*e  que  ol  bien  y  el  mal,  diee  Mignrl  de  Cervantes, 
distan  tan  \x)co  el  uno  del  otro,  que  son  como  dos  líneas 
wneurn.»ntes,  que,  aunque  parten  de  apartados  v  diteivníes 
principios,  araban  en  nn  mismo  punto  ^^  ».  La  religión  con- 
suela  al  hombre  en  sus  adversidades.  Los  males  (pie  le 
atormentan  y  ipie  á  vives  le  dejan  abatido  y  solo  en  el 
nunido,  privado  de  los  seres  más  ipieridos  ijue  enfermeda- 
des y  desgracias  arrebataran  de  su  li(>L:;ir,  vienen  á  ser, 
cuando  no  castigos  que  en  la  tierra  purgan  sus  faltas,  |)iue- 
\nis  de  constancia  á  (pie  la  divina  voluntad  inescrutable  so- 
mete al  justo,  merced  á  las  cuales  alcanza  este  á  merecer 
con  mayores  títulos  la  gloria  y  el  premi.»  en  la  inmortal 
vida  futura,  y  aun,  como  en  el  caso  de  d(»l),  ima  crecida 
Huma  de  bienes  en  la  actual  perecedera.  jPruebíis  son,  acer- 
ba.s  las  que  sufren  los  padres,  en  presencia  de  ima  inocente 
criatura  martirizada  jwr  larga  enfermedad  dolorosa  (pie  le 
ararrea  la  muertel  Dios  lo  da,  y  Dios  lo  (piita.  Ni  un 
átomo  en  el  mundo  se  mueve,  sin  (pn*  le  impulse  una  causa 
ó  fuerza  que  obra  con  \k'ho  y  medida,  concurriendo  orde- 
nadamente á  la  ejecución  de  los  planes  y  designios  del 
Creador,  sabios  y  justos^-".   Y  con  frecuencia  sucede  «pie, 

'1       Trnh,:,.^  ,h  f.'rnles  y  Siyiitmuwla. 

I-  1"  rl  nuil   ■ 

*4  ■  •  onniigo  • 

Y  qa«  rl  dolor,  rtul  evIfloM  amigD, 
Me  moee  en  ra  rvgajw. 

ífo  #•  «rto  !»» — ''n,  no  e»  nrHflrIo; 

Tributo  «  Uíl  jr  dr  rv«pclo: 

Vm\\6  to  «(K  rt<: 

Y  u,. 

(D.  Jo*é  Joftqufo  Oh  Mora.) 


CAPÍTULO   XXX.  439 

mientras  el  bueno  padece,  prospera  el  malo,  y  vive  alegre  y 
se  regocija,  y  con  insolente  satisfacción  se  complace  en  las 
desgracias  ajenas.  ¡Desventurado  de  él!  Es  feliz  para  su 
daño,  no  ya  allá  en  el  centro  de  las  almas  (donde  una  alta 
justicia  castiga  al  malo,  así  como  premia  la  virtud),  sino 
aun  aquí  en  la  tierra. 

El  dolor  es  necesario  en  el  mundo,  á  quien  mejora,  con- 
tribuyendo poderosamente  al  perfeccionamiento  moral  del 
hombre:  hácele  más  benévolo,  más  tolerante,  más  justo. 
Fortalece  el  ánimo,  levanta  el  entendimiento,  afina  el  in- 
genio é  induce  al  más  puro  ejercicio  de  la  virtud.  Es 
un  fuego  que,  disgregando  las  impurezas  del  alma  y 
ahuyentando  de  ella  el  humo  de  la  vanagloria,  la  hace 
resplandecer  acrisolada,  y  vigoriza  y  achestra  sus  facul- 
tades ^^\ 

Quien,  desconociendo  ú  olvidando  los  saludables  docu- 
mentos con  que  la  rehgión  mitiga  los  pesares,  suelta  de  la 
mano  el  timón  y  pierde  el  rumbo  que  había  de  conducirle 


(1)    Sublimados  por  el  dolor  fueron  sin  duda  el  ingenio  y  el  gusto 
de  quien  dijo: 

En  lo  adverso,  constancia  so  aorodita. 
¡Oh!  ejercite  yo  siempre  el  sufrimiento, 
Con  frente  no  marchita ! 
Que  los  valientes  ánimos  más  deben 
A  la  acerba  ocasiiSn,  que  á  la  dichosa; 
Porque  en  el  daño  su  valor  se  aumetita, 
Como  el  estéril  campo,  que  acrecienta 
Su  virtud,  abrasado 
En  incendio  sonante  y  dilatado: 
Su  vicio  se  destierra, 
Y  la  copia  de  frutos  jiroducida 
Debe  más  á  la  llama  que  á  la  tierra. 
¡  Oh !  cuánto  es  infelice  quien  la  vida 
Breve  pasa  olvidado ! 

Siempre  igual,  cuando  nace  y  cuando  muere, 
Yace  en  alto  silencio  sepultado. 

( Francisio  de  Kioja,  Á  ¡a  constaticia.) 


440  SUPERSTICIONES  DEL  KÍO  DK  LA  PLATA. 

ú  juuTti»  st^giim.  nie  en  bni/.os  dr  la  (lesi's|H'raoióii,  inons- 
tnio  quo  prt»:<tamente  si»  a|>oilera  de  rl  v  \v  dcsjunlaza  las 
entrañas,  liariiiuloK'  doblt'inontt»  dosü:rai*¡ad().  Mas  la  n- 
8Ígiiaoióii  no  olííjita  á  qui',  siomlo  liondo  ó  invincdiaMi'  v\ 
mal  presente,  las  uatuniles  penas  ilcl  corazón  MnaiKjiu'n 
vivas  iajínmas  lí  los  ojos^*\ 

El  vulgo,  en  venhul  }x>r  tradicional  iloctrina,  alcanza, 
aunque  insegura  y  vagamente,  estos  saludables  documentos. 
A  veces  los  practica;  |>ero  con  mayor  frecuencia  s(^  aparta 
de  ellos.  V\\  incidente  desgraciado,  una  grave  cnícrnicdad 
cuyo  origen  ignora  y  que  va  consumiendo,  a  la  par  (pie 
atormentando,  al  paciente,  le  |)onen  en  confusión.  No  los 
cun:?i<lcra  ya  como  un  castigo  ó  como  una  prueba  á  (jue  el 
Supremo  .Juez  le  somete,  ni  menos  los  admite  como  efectos 
de  causas  naturales.  Crevendo,  como  cree,  en  la  acción  dí'l 
diablo,  al  íüablo  atribuirá  sus  desgracias,  ya  que  no  direc- 
tamente en  muchos  crasos,  cuando  menos  á  favor  de  un  he- 
chizo que  la  mano,  la  intención  ó  los  ojos  de  una  nuijiT 
maléiicji  le  endereza,  Ix>3  supuestos  efectos  de  un  hechizo 
»e  di.stinguen  eu  el  Río  de  la  Plata  e<>n  » 1  nombre  paili- 
cular  de  dduo. 

VA  diablo,  el  malo,  desempeña  y  ha  de.-enij)eriado  siem- 
pn*  en  todas  partes,  entre  cristianos  e  indios,  un  papel 
iin|M>rt¿inte,  principal,  en  materias  (K*  heehicería.  Kl  ba 
hÍíIo,  y  aun  e»,  su  autor,  ora  mediato,  ora  innudiato.  1^1  ha 
MÍdo,  y  aun  e«,  el  coautor,  el   ¡nspinidor  de  el  «'»  la   imih'- 


( 1 )  <4ur  «I  áaimo  ooonUnU 

No  Mimu  au  fgnkuómnk 
fio  nefgkt  tk  \íM  lualc*  BrnUniti'uUj, 
Mm  «/(lo  ra  DO  abatirM  á  mi  iHft'tviM. 

(Vnadaoo  t\f  lU'iJB,  Á  la  eomstantia.) 


CAPÍTULO   XXX.  441 

fica^^^  por  cuya  mano  el  hombre  es  víctima  del  daño.  Tal 
vez  será  propiamente  un  hechizo,  que  mediante  los  conju- 
ros del  hechicero  produce  el  mal  que  se  deplora.  Otras 
veces  se  causará  el  daño  con  bebidas  y  hierbas,  ó  yuyos, 
que  el  maléfico  suministra. 

La  doctrina  ortodoxa  ensena,  como  todos  saben,  que  los 
males  y  desgracias  suelen  venir  de  lo  alto,  pudiendo  suce- 
der, por  tanto,  que  los  males  y  desgracias  que  sobrevienen 
á  los  hombres  por  arte  de  hechicería,  en  que  el  diablo  toma 
ingerencia  de  un  modo  esencial,  en  virtud  de  pacto  expreso 


(1)  La  Real  Academia  Española  en  su  Diccionario  de  la  Lengua 
Castellana  no  registra  el  nombn^  sustantivo  maléfico  ( del  latín  mak- 
ficiís )  en  el  sentido  de  hechicero.  Pero  ha  sido  nombre  muy  usado, 
especialmente  por  los  escritores  de  los  siglos  decimosexto  y  décimo- 
séptimo.  El  P.  Bernabé  Cobo  se  expresa  así: 

« Con  nombre  de  hechiceros  comprehendemos  á  toda  suerte  de  gente 
que  usa  de  supersticiones  y  artes  ilícitos  para  obrar  cosas  extrañas  y 
que  exceden  la  facultad  luiinana,  las  cuales  alcanzan  por  invocación 
y  ayuda  del  demonio,  en  cuyo  pacto  explícito  ó  implícito  estriba  todo 
su  poder  y  ciencia.  Los  teólogos  suelen  dividir  esta  superstición  dia- 
bólica en  cuatro  especies:  á  la  primera  llaman  arte  márjica,  y  es  cuando 
por  ella  se  pretende  algún  efecto  ó  conocimiento  de  cosa  maravillosa ; 
á  la  segunda  adivinación,  y  es  cuando  se  procura  el  conocimiento  de 
las  cosas  por  venir,  ó  de  las  presentes  y  pasadas  que  no  se  pueden 
alcanzar  luituralmente ;  la  tercera  es  con  que  los  propiamente  llamados 
hechicei'os  ó  maléficos  procuran  ser  instruidos  y  ayudados,  no  para  pro- 
vecho, sino  para  daño  de  otros,  y  ésta  se  dice  maleficio  ó  hechicería; 
y  la  cuarta  y  última  es  la  llamada  rana  observancia,  de  la  cual,  sin 
daño  ni  perjuicio  de  nadie,  usan  los  que  la  profesan,  para  ser  ayudados 
en  cosas  de  su  propia  utilidad  ó  deleite.  De  todas  estas  cuatro  especien 
hubo,  entre  estos  indios  (del  Perú),  hechiceros  nuiy  diestros  y  ejerci- 
tados. ■»  (Historia  del  Xitero  Mundo  por  el  P.  Bernabé  Cobo,  de  la  Com- 
pañía de  Jesús,  publicada  por  I).  Marcos  Jiménez  de  la  Espada.) 

« La  fuerza  de  los  hechizos  de  los  maléficos  y  encantadores  ( que  los  hay) 
nos  hace  ver  una  cosa  por  otra.»  (Cervantes,  Pérsiles  ¡j  Sigismunda.) 

« Maléfico  :  el  hechicero.  >  (  Tesoro  de  la  Lengua  Castellana  por  el 
Licenciado  D.  Sebastián  de  Covarrubias  Orozco. ) 


442  surKRSTh'ioNj:s  del  río  dk  i.a  ri^vxA. 

6  tarilo  que  t*on  el  celebni  i'l  lurliicení,  tcniínii  i  n  ocasio- 
nes el  mismo  orijíen.  Así  el  brujo  y  rl  luilucero  vendrán 
á  8er  en  nuiltituil  ile  casos  instrumento  de  la  justicia  di- 
vina. Tna  bruja  de  Cervantes,  la  Cañizares,  insigne  en  su 
arte,  disi'urriendo  teolói^icamentr,  distin^uf  los  nudes  de 
daiío  de  los  males  de  rulpu.  Males  y  dcsí^racias  vienen  á 
las  gentes  (individuos  ó  pueblos),  (¿ue  juuceden  del  Allí- 
sinio,  6  de  su  voluntad  pernútente:  eidernudades  extraor- 
dinarias y  muertes  rej)entinas,  nauiragitKs,  elioques,  caídas, 
incendios  espontáneos  (no  debidos  á  la  mam»  del  hombre), 
terremotos,  etc.  Éstos  son  los  males  de  ({ano  ó  de  juna. 
Los  males  de  culpa  se  deben  al  lionduc,  (|ue  es,  en  suma, 
su  propio  autor.  Dios,  pues,  por  nuestros  pecados,  permite 
á  veees  que  las  brujas  y  hechiceras  hagan  daño  con  sus 
artes  diabólicjis  á  las  gentes.  No  pi'rniitiendolo,  no  lo  i)ue- 
den  hacer:  en  tal  caso,  ellas  con  sus  conjuros  y  el  demonio 
con  todo  su  saber  y  su  artería  son  del  todo  en  todo  impo- 
tentes. En  cierta  ocjisión  la  Cafuzares  intentó  destruir  una 
vifia  de  un  su  enemigo,  y  por  más  «^ue  hizo,  no  lo  i)udo 
conseguir;  |)orque,  como  le  dijo  el  demonio,  Dios  no  se  lo 
permitía.  Ni  tocar  á  una  hoja  de  la  viña  de  su  enemigo  le 
fué  dado  en  esta  ocasión  á  la  Cañizares.  Sii  perversidad 
era  corre«¡)ondiente  á  su  olicio:  mataba  los  niños  tiernos 
bautizados,  no  obstante  saber  que  con  la  nuierle  se  iban  al 
cielo.  Movíale  á  ello  su  mala  índole;  pues  ¿al  /idt/,  como 
dice  el  refrán,  ^u/:  se  quiebra  dos  ojos,  porque  su  ene- 
mítjo  sr  quiebre  uno,  A<leniá>s  de  satisfacer  esta  inquina 
dial/flica,  complacíiisc'  en  <lar  pesadund)re  á  los  pa<lres, 
matándoles  huh  hijos,  que  es  lo  cpie  más  lloran  ' '.  Kl  diablo 

(1)     Cóioffttio  de  loM  ffrrroÑ  Cipión  y  ífrryafixa  por  M.  de  CatmuíU^h. 


CAPÍTULO   XXX.  -14:3 

de  los  indios,  en  esto,  como  en  todo  lo  demás,  no  iba  en 
zaga  al  de  los  cristianos.  Y  aun  era  peor,  si  cabe.  Entre  los 
pegiienches,  todo  el  que  moría,  moría  de  daño.  El  hechi- 
cero que  lo  causaba,  moría  quemado.  Siendo  mucha  la 
mortandad,  sobre  todo  en  niños,  y  bastando  una  sospecha 
para  condenar  al  supuesto  malhechor,  era  frecuente,  por 
tal  causa,  el  suplicio  del  fuego  entre  ellos ^^\  Lo  propio 
cabe  decir  de  las  demás  parcialidades  de  la  Pampa,  de  la 
Patagonia,  de  Arauco.  El  mal,  las  enfermedades,  las  des- 
gracias todas,  son  obra  de  hueciifii  ó  gualicho.  Huecufú 
ó  huecuvú,  ó  bien  gualicho,  castellanizada  la  voz,  era  el 
autor  de  todos  los  males.  Causábalos  directamente,  ó  por 
intermedio  de  sus  machíes  ó  ministros  y  hechiceros,  que 
con  él  se  comunicaban.  Eran  éstos  á  la  vez  los  médicos  de 
los  indios,  que  los  suponían  naturalmente  capaces  de  curar 
los  males  causados  por  ellos  mismos.  Si  tenían  en  su  mano 
la  causa  del  mal,  consiguientemente  debían  tener  su  reme- 
dio ó  el  poder  de  quitarlo.  También  huecufú  se  ensañaba 
con  los  niños  tiernos,  como  la  Cañizares  y  demás  brujas  6 
maléficas  del  Viejo  Mundo.  Dábales  oñapuc  (veneno)  di- 
rectamente, ó  por  medio  de  sus  ministros,  á  fin  de  hacer 
derramar  lágrimas  á  los  padres,  afiigiendo  á  éstos,  por  sus 
culpas,  con  la  muerte  de  sus  hijos  inocentes.  Para  el  efecto 
se  metamorfoseaba  de  diversas  maneras  según  los  casos, 
cumpliendo  en  ocasiones  una  misión  divina.  Disfrazado  de 
pobre,  por  ejemplo,  llamaba  á  la  puerta  del  que  faltaba  al 
deber  sagi'ado  de  la  limosna,  y,  si  se  le  negaba  la  que  pedía 
ó  se  le  despreciaba  de  algún  modo,  en  venganza  daba  oha- 


(1)    Descripción  de  los  terrenos  de  los  Andes  poseídos  por  los  Pegiien- 
ches por  D.  Luis  de  la  Cruz,  en  lii  Colección  An}^el¡s.  V.  Cap.  \\  y  \\ 

90. 


444  SUPERSTICIONES  I>K1,  liío  1>K  I. A    II. APA. 

put' á  sua  tiernos  hijuelos.  l\>r  eso  ora  niuv  arriesgado  des- 
|»nHMar  ó  nej^ar  linuísiia  al  |)o1)re,  »|ue  inulía  ser  ¡ntccu/ti 
disfni/iult> ^ * \  Dieho  se  está  (|iu'  si  aíjinl  á  (iuion  (/iialirho 
quería  hacer  mal  earivía  di'  hijos,  no  por  eso  se  lihralia  dr 
loe  efectos  de  su  saña  y  j>erversidad  hahituales:  a  él,  sin 
que  lo  sintiera,  le  hacía  t raimar  el  veneno.  Si  prefería  sus 
hijos,  era  paní  herirle  en  lo  que  mas  podía  dolerlc  Los 
mocobíes  del  Chaco  ]>erdieron  «1  árhol  j>or  cuyas  ramas 
Hubían  al  cielo,  })(>r  haber  ne«íad»>  limosna  á  una  pobre 
vieja,  (jue  no  era  sino  el  diablo  (pie  se  había  disfrazado  de 
niendijío,  como  solía  hacerlo  el  (jualicho  ó  liuecunl  de  los 
IwmjMS.  La  virja  se  transformó  en  eai)¡i;uara,  y,  royendo  el 
árlxd,  acabó  jH>r  derribarlo  ^-\ 

Satanás  y  sus  scí-uaces  aiulan  nu^tidos,  por  anti(piísima 
tradición,  en  muchas  de  las  supersticiones  \  ul*^ares.  En  las 
de  que  se  va  á  tratar  en  adelante  íi^íuran  con  harta  fn- 
cufiicia,  |>oniendo  de  resalto  en  no  ¡«ocas  ocasiones  su  in- 
humanidad y  su  barbarie,  llanse  introducido  á  veces  en 
líw  cueqxM  humanos  y  á  veces  los  han  rodeado,  por  algún 
designio  in(»scrutable,  ó  poi-  ti  solo  gusto  de  estarlos  ator- 
roentaiulo.  De  ahí  los  posruos  o  jiosrídos  de  los  espíritus 
malignos,  los  endcinoniadoH,  y  más  frecuentemente  las  cn- 
fU'inoniafloJt^^K  De  ahí  los  ohseson,  ó  sean  aquellas  pci- 
mmas  que,  sin  tener  j»rccisamente  los  demonios  dentro  del 


(1)  V.  Cap.  IV,  páíf.  42. 

(2)  V.  Cap.  XIV,  páíjii.  lí)8  y  TJÍi. 

f3)  Ccrvunií-H  pu*^)  <•»  Ihku  <le  uiiii  cmlniííniiada  chIji-h  palaliniM:  — 
«  Mi«»  iimoro«o«  peii>«iini¡pnloí*  non  Ioh  «Iímiioiiíoh  que  me  ntoriiicntaii. 
Tii-o  linmlins  porqtic  (>i>erf)  hartiini.  IVro,  con  IímIo  cho,  la  «Ií-hcoh- 
fianza  iü  •  <Ik'«'Ii  <•»  Castilla,  ti  los  drsdirh/hios 

MÉ  Ujt  MU       .  ■' ,  '<    ln  Imm/i  II  la  fttatio.»    ( 'ña bajos  de 

¡'    'drs  y  Stguonuiuiíi.  ) 


CAPÍTULO   XXX.  445 

cuerpo,  experimentan  los  efectos  de  su  presencia  inmediata. 
Poseídos  j  obsesos  ha  habido  en  el  mundo  desde  los  tiem- 
pos más  remotos. 

Repetido  número  de  observaciones,  libres  de  resabios 
mentales,  unidas  á  las  enseñanzas  de  la  crítica  en  la  inter- 
pretación de  los  textos  bíbHcos,  hicieron  patente,  á  media- 
dos del  siglo  decimoctavo,  á  los  ojos  de  los  hombres  de 
claro  entendimiento,  que  los  posesos  y  obsesos,  antes  que 
personas  atoi'mentadas  por  el  espíritu  maligno,  eran  lisa  y 
llanamente  unos  enfermos  sujetos  á  la  acción  varia  y  sin- 
gular de  accidentes  nerviosos  ^  ^  \  Mucho  antes,  pues,  de  que 
naciera  Charcot  había  sido  expulsado  el  demonio  del  cuerpo 
de  las  posesas,  por  medios  naturales,  esto  es,  sin  necesidad 
del  superior  remedio  de  los  exorcismos.  Pero  Charcot,  en 
los  hospitales  de  París,  con  sólo  una  mirada  hizo  huir  pre- 
cipitadamente del  cuerpo  de  las  posesas  á  toda  la  caterva 
de  espíritus  que  durante  tantos  siglos  han  estado  atormen- 
tando á  la  humanidad  y  en  especial  al  bello  sexo. 

El  vulgo,  sin  embargo,  asombrado  á  la  vista  de  una  mu- 
jer acometida  de  violentos  ataques  liistericos  que  la  des- 
figuran é  impulsan  á  acciones  inusitadas,  ha  continuado 
sospechando  ver  en  ella  las  contorsiones  y  maniobras  del 
demonio  introducido  en  su  cuerpo  para  atormentarla,  sin 
perjuicio  de  rodearla,  con  el  })ropio  intento,  otra  multitud 
de  espíritus  inmundos.  Penetrado  el  vulgar  criterio  de  esta 
idea,  cuando  ocurre  un  caso  análogo,  en  vez  de  acudir  á  un 
médico,  recurre  á  las  patrañas  que  la  tradicional  medicina 
supersticiosa  recomienda  como  apropiadas  y  eficaces  para 


(1)    La  Marjie  et  VAstrologie  dans  V Antiquité  et  au  Moycii  Agcpov 
L.-F.  Alfred  Maury. 


44G  srPKKsTicioNKs  dkl  líio  Di:  i.a  plata. 

ÜlHTtar  a  la  luisiTahlf  víctima  tlt»  los  íDniu'ntos  (|U('  pa- 
dece. I-#as  fuinigac-iones  dr  la  clasica  ruda  son  iiiíalibles 
en  casos  tales.  Ceremonias,  v  rezos  v  santi^iriiaderas  cons- 
tituyen  el  fondo  de  la  curación  sobrenatural  con  que  se 
remeilia  un  mal  de  índole  semejante.  Kl  curandero  (que 
lo  es  cualquiera  (jue  esta  en  el  secreto)  viene  á  ser  hmI  y 
venladeramente  un  exorcista  populin*,  sin  más  títul(>  u¡ 
consíigración  que  los  que  le  conlienii  la  cnduliilad  é  ¡guo- 
nincia  de  sus  oyentes  y  espectadores. 

Por  el  año  1894  tuvo  suspenso  y  aliíorotado  á  todo  un 
vecindario,  en  un  paraje  del  Uruguay  (  Salto,  costa  del  1  )a¡- 
mán ),  cierta  nmchacha  mestiza,  aun  no  desarrollada,  (pie, 
habiendo  adolecido  sin  causa  aparente,  enq)e//>  á  ejecutar 
acciones  extrañas  y  ;í  ser  víctima  de  accidentes  no  menos 
raros ;  lo  que  dio  lugar  á  (pie  sus  parientes  y  vecinos  viesen 
en  su  imaginación  asombrada  cosas  estuju'udas.  lleaípií 
aiáles.  De  re|)ente  conienza))a  á  gritar  la  [»aciente,  cla- 
mando ípie  la  llevaban.  Estirábase,  y,  tiesa,  j)arecía  que  la 
arrastraban  de  las  pierna.s,  escurrí  (endose  del  asiento.  Un 
hombre  forzudo  no  era  poderoso  ii  sujetarla.  Se  retorcía,  y 
gemía  y  lloraba.  Insultaba  soezmente  á  los  (pie  le  dirigían 
hi  ¡>alabra  ó  la  miniban  con  detención.  Se  arañaba,  ha- 
ciendo (Twr  que  no  era  ella,  sino  otro  ser  invisible  quien 
le  clavaba  las  uñas.  Cíolpeaba  con  recios  golpes  las  j)uertjis 
y  ventanas,  jmreíles  y  muebles  de  la  casa,  sin  (pie  nin- 
guno fuesí*  ca|raz  de  saber  (piién  los  daba.  Chistaba  y  daba 
HÍlbidos,  que  parecían  scjnar  en  el  techo  del  cuarto  en  (jue 
eaUi\m.  En  el  patio,  en  pleno  día  ó  bien  de  noche,  tiralia 
p¡e«lniH  Cí>n  tal  habilidad,  (pie  venían  á  caer  en  la  misma 
comí  de  donde  salían,  sin  (pie  nadie  sospechase  de  (jU('  part(? 
las  arrojaban.  Añadían  los  esjHjctíidori^H  (¿ue,  cuando  le  daba 


CAPÍTULO   XXX.  447 

el  ataque,  solía  ponerse  en  mo\imiento  todo  lo  que  había 
en  el  cuarto.  Se  levantaba,  como  impelida  del  viento,  la 
ropa,  desprendiéndose  de  las  perchas  y  volando.  Levan- 
tábanse del  mismo  modo  las  tapas  de  las  cajas.  Las  puer- 
tas zafábanse  de  las  bisagras  y,  caminando,  iban  á  recos- 
tarse á  una  pared.  Rodaban  las  camas  de  hierro.  Un  facón 
(cuchillo  largo  de  punta),  de  cabo  de  plata,  y  un  poncho, 
colocados  á  los  pies  de  una  cama,  se  dirigieron  horizontal- 
mente  por  el  aire,  despacio,  hacia  donde  se  hallaba  la  mu- 
chacha, junto  á  la  cabecera,  en  brazos  de  un  hombre  an- 
ciano que  la  estaba  sujetando.  Decían  que  la  paciente, 
antes  de  ponerse  en  ese  estado,  no  hablaba  sino  portugués, 
como  que  hacía  poco  que  llegara  del  Brasil  (Río  Grande 
del  Sur ),  donde  era  nacida ;  pero  que,  desde  que  le  dieron 
los  ataques,  se  expi'esaba  corrientemente  en  castellano,  como 
si  hubiera  nacido  en  la  tierra,  sin  que  ni  en  el  acento  se 
distinguiera  de  los  hijos  del  país,  fenómeno  que  desapare- 
ció al  recobrar  el  uso  normal  de  sus  facultades.  Al  propio 
tiempo  mostraba  suma  lucidez  de  entendimiento  y  notable 
perspicacia. 

Con  brebajes  y  conjuros  y  fumigaciones  de  ruda  proba- 
ron á  expeler  y  ahuyentar  del  cuerpo  é  inmediaciones  de 
la  paciente  los  espíritus  de  que  indudablemente  estaba  po- 
seída y  cercada.  Clama,  hija  (le  decían ) :  —  Dios  conuiígo, 
y  el  diablo  al  infierno.  Y  la  endemoniada  respondía:  —  El 
diablo  conmigo,  y  Dios  d  la  p .  .  .  .  ^^^YX  exorcista  popu- 
lar que  la  asistía,  viéndola  tan  pertinaz,  le  dio  de  mojico- 


(1)  Expresión  muy  frecuente  en  boca  del  vulg:o  del  Río  de  la  Plata, 
la  que  usa,  ora  en  su  sentido  natural  á  fuer  de  insulto,  ora  en  son 
de  alabanza,  como  queda  indicado  en  la  nota  de  la  pá^.  291. 


448  srPKRSTIClÜNES  DEL  HÍO  DE  LA  TLAIA. 

nee,  wn  los  qiu»  la  ayiulalm  t'ristianainento  á  vencer  á  Sa- 
tanás: «yuilii  i\ue  jK)r  el  pronto  tlió  alu;rni  resultado;  pues 
va  liesei'haba  al  iU*nionio  y  í^o  acOi::ía  al  Creador,  v  no  hacía 
tantas  extravainuieias.  Pero  volvió  á  exacerbarse  el  mal. 
Volvieron,  jH>r  ende,  al  Inupieteo  de  los  coiijin*os,  etc.,  y  la 
infeliz  jxirecía  enloqueeei'se :  prendida  dr  una  vieja,  cu- 
bríase el  rostro,  como  aterrada,  con  las  manos  6  con  un 
piho,  y  con  jK?netnintes  gemidos  manifestaba  sn  malestar 
y  8U  espanto.  A  la  postre,  por  consejo  de  ])ersonas  sensa- 
tas, acudieron  á  un  medico,  y  cu  jhm'o  ticnijK)  de  asistencia 
qiiwló  sana  y  buena  la  muchacha. 

Es  de  notar  que  los  individuos  (pie  creyeron  ver  (y  eran 
inuebos )  las  cosas  im|K)sibles  de  (pie  se  ha  hecho  referen- 
cia, tan  semejantes  á  los  fenómenos  que  ofrecen  el  mau;ne- 
tismo  y  el  espiritismo,  ni  siquiera  conocían  el  significado 
de  estas  voces,  ni  acaso  las  oyeron  pronunciar  vn  su  vida. 
Eran  gente  destituida  de  todo  genero  de  cultura,  ignorantí- 
sima, que  ni  sabía  leer,  sencilla  y  honrada,  como  los  aldea- 
nos que  .se  presentaron  á  San  Macario  con  la  (pie  imagina- 
ron yegua,  siendo  su  propia  hijiu  <  Eso  que  decís,  les  dijo 
el  «into,  no  está  en  la  doncella,  sino  en  vuestros  ojo8^'\» 

La  casa  en  cpie  vivía  la  su])Uesta  energómena,  ya  de  nni- 
clio  antes,  sc^íin  contaban  los  vecinos,  t(»nía  algo  de  inistc- 
río80,  que  la  hacía  mirar  con  nícelo.  Era  una  casa  repetidas 
vea'H  castigada  con  aparic¡on(»s,  con  fantasma.s,  con  voces 
pavorosas,  cfm  aves  fatídicos,  con  luces  que  vagaban  solita- 
rias, con  niidoH  subterráneos  y  otras  cxwas  jx)r  el  estilo.  iOra, 
en  suma,  lo  que  llaman  comúnmente  una  casa  aMomhrfuhi  ^'\ 


(1)    VkmCmp.  XXXVI 
(2;    VéMc  Cnp.  XXXI. 


CAPITULO    XXX.  449 

Digamos,  pues,  algo  de  la  historia  del  espíritu  inmundo, 
aunque  para  todo  buen  cristiano  es  cosa  bien  conocida.  Di- 
gamos algo  de  el,  ya  que  de  él  no  podemos  desprendernos 
mi  solo  instante  de  la  vida,  pues  siempre  nos  sigue  los 
pasos,  siempre  nos  está  provocando,  y  tentando  y  morti- 
ficando. Todos  saben  perfectamente  que  el  diablo  anda 
suelto.  ¿  Quién  ignora,  por  otra  parte,  que  hasta  detrás  de 
la  cruz  está  el  diablo  f 

Creado  el  universo,  Luzbel  ó  Lucifer,  príncipe  de  los 
ángeles  rebeldes,  quiso  obrar  por  virtud  propia  efectos  se- 
mejantes á  los  que  emanaban  de  la  soberana  voluntad  om- 
nipotente. Muchedumbre  de  es2:)íritus  celestes,  cuyo  mi- 
nisterio era  servir  á  su  Hacedor,  envidiaron  también  sus 
obras.  Llamóles  Lucifer :  acudieron,  proclamólos,  y,  capita- 
neándolos, trabó  reñida  batalla  con  los  ángeles  buenos, 
fieles. 

San  Miguel,  arcángel,  acaudilló  á  los  ángeles  buenos,  y 
derribó  del  cielo  al  rebelde  y  sus  secuaces.  Es  el  jefe  de  la 
milicia  celestial,  y  represéntasele  hollando  bajo  sus  plantas 
al  demonio,  simbolizado  comúinnente  en  un  dragón ^^\  Lu- 
cifer, Luzbel  ó  Satanás  (diversos  nombres  de  un  mismo 
individuo),  es  hoy  el  príncipe  del  mundo,  expresión  con 
que  se  alude  al  espíritu  de  los  hombres  viciosos  y  malva- 
dos que  lo  pervierten. 


(1)    Do  Lucifer,    vencido  por  el  arcángel  San  Mij^uol,    dice  líarto- 
lomé  Leonardo  do  Argensola : 

o  fiieso  la  desgracia  de  su  estado, 
ó  pensar  que  con  fraudes  libraría 
8u  causa  del  peligro  conocido, 
Súbito,  de  sus  artos  ayudado, 
En  un  drajííSn  horrible  transformado, 
Sill)ando  se  rt>tira  impetuoso. 


450  8l'PERiíTICIONKS  DKL  RÍO  DE  LA  PLATA. 

I^)S  ángeles  nmlos  arrojados  al  ahisino  constituye*!!  el 
diablo.  Son  esos  dt'tnonios  (jne  nos  peisi^nen  con  enemis- 
tad y  oilio  inextinguible,  liilinito  ninnero  de  espíritus  ma- 
lignos qucnlaron  en  el  aire,  sin  dejar  |)or  eso  de  sufrir  la 
|vna  del  fuego  eterno  á  qiu*  fuiTon  condenados.  Moran 
eiitn»  nosotros.  Tan  crecido  es  su  munero,  que  si  los  eom- 
j^inWnios  con  los  microhio.^  que  tantas  molestias,  i'ufer- 
inetlades  y  muertes  nos  ocasionan,  todavía  nos  quedaríamos 
a^rtos,  C4>nio  si  esto  fuera  poco,  aun  los  (pie  están  en  el 
iiiüoruo,  a  veces,  por  disju^sicion  divina,  salen  de  el  (  cuyos 
tormentos  í*ontiníian,  no  obstante,  sufriendo  ),  con  el  per- 
verso designio  de  tentai-nos  de  la  propia  manera  que  los 
que  permanecen  en  el  aire.  Tiéntannos  con  sugestiones, 
aliora  interiormente,  ahora  por  uicmÜí^  de  los  objetos  exter- 
nos, L#os  demonios  que  nos  tientan,  salen  de  las  bocas  del 
infierno,  chorno  los  microbios  (pie  nos  infestan  con  el  cí'ilera 
ai<iátieo  y  la  fiebre  amarilla,  de  las  del  ( íangesy  del  Misisipí. 

Con  el  propio  designi«>  base  visto  á  Satanás  hacer  cosas 
maravillosa.^  <pie  asoml>ran  á  la  v(»z  (pie  em])aucaii  á  la 
gente».  El  ha  sido  el  inventor  y  ordenador  de  los  artificios 
del  brujo  y  del  hechicero,  de  los  portentos  «I»'  la  magia,  de 
loí*  encantos  y  adivinaciones,  de  las  nuKpiinaciones  de  los 
duendes  (que  con  ruido  de  muebles,  silbidos  y  voces  extra- 
Raa  allxirotan  á  los  habitantes  de  una  ca.sa),  de  las  apari- 
Honeí*,  fantasmas,  etc.  Autorizados  escritores  de  la  Iglesia 
:an  que  muchos  de  los  feuí'imenos  del  magnetismo  ani- 
mal, muchoH  fenómenos  del  espiritisme»  y  de  hij)notismo, 
son  obra,  kí  no  rad  y  verdaderamente  demostraljle,  cuando 
menoH  po«ib^"    ''••]  í-r^píritu  de  las  tinieblas '*\  así  c(uno  en 

M;     LI  1'.  .].  .1.  Tmiiro,  /^  ^^jtttUmmr,  tnul.  n\  fr.  i>or  .\.  Oiitliiir. 


CAPITULO   XXX.  451 

otro  tiempo  tampoco  cabía  duda  en  que  lo  fueran  las  liis- 
téricas  ó  posesas.  Eso,  para  diablura,  parece  demasiado.  A 
su  acción  maléfica  (por  eso  es  el  malo)  está  expuesto  á 
cada  paso  el  hombre.  Cede  este  en  ocasiones,  maquinalmente 
ó  sin  oponer  resistencia,  á  las  pérfidas  sugestiones  del  de- 
monio. Pero  a  veces  celebra  con  él  un  pacto  expreso,  fir- 
mándole cédula  en  que  le  vende  el  alma,  con  tal  que  le 
ayude  y  proteja  en  sus  pretensiones,  que  ordinariamente 
versan  ( como  cosa  de  picaros )  sobre  lances  de  amor  y 
fortuna.  El  pacto  tácito  es  mía  mera  inteligencia  y  con- 
formidad entre  las  pretensiones  ilícitas  del  uno  y  la 
ayuda  insidiosa  del  otro.  De  estos  pactos,  y  en  especial 
del  pacto  expreso,  nacen  los  hechiceros,  adivinos,  l}rujOS, 
encantadores,  magos,  invocadores  todos  del  espíritu  in- 
mundo. 

Los  demonios,  merced  á  su  condición  angélica,  que  no 
han  perdido  con  la  caída,  conocen  por  intuición  la  verdad 
natural  de  las  cosas,  se  trasladan  instantáneamente  de  una 
parte  á  otra,  por  apartadas  que  estén,  ejecutan  sus  desig- 
nios sin  tropezar  con  las  dificultades  que  se  oponen  regu- 
larmente á  los  del  hombre,  valiéndose  de  medios  extraor- 
dinarios é  imprevistos.  Su  actividad  y  la  eficacia  de  sus 
voliciones  están  en  perfecta  consonancia  con  su  facultad 
intelectiva,  que  es  incompara1)le.  Lo  es  tanto,  que  Fulton, 
Edison,  Charcot,  Pasteur,  al  lado  del  espíritu  de  las  tinie- 
blas, son  unos  niños  de  teta. 

El  dia])lo,  según  doctrinas  heterodoxas,  carece  de  perso- 
nalidad. No  es  sino  una  idea  negativa,  lo  opuesto  al  ser 
positivo  (la  divinidad).  Dios  es  la  luz  y  la  verdad,  el  or- 
den y  la  armonía ;  el  diablo  lo  contrario  de  todo  esto  y  de 
las  cosas  que  de  ello  se  derivan.  El  diablo  representa  el  no 


452  srpERSTirioNEs  del  río  de  la  ru\TA. 

jkt;  iKH'ión  á  i\\\v  ropuiíiia  toila  idea  de  iiulividiialidad. 
Dtuuli*  m>  (vtit  el  ivino  de  Dios,  viono  i1  <|U(Hlar  el  del  dia- 
l)ln.  IVrsonilieaiido  A  lioiid)re  este  jn'iiieipio  dil  no  arr, 
dale  el  ejinícter  de  inteligeneia  destnietora.  De  ahí  la  lueluí 
entre  la  vida  v  la  muerte,  el  Mcii  v  el  nial,  la  luz  v  las  ti- 
nieblas,  en  suma,  entre  el  srr  y  el  no  .sv/*.  VA  leí^ítimo  sa- 
ei»nloie  del  diablo  en  la  tii-rra,  es  el  iiiati  rialista,  el  ati^», 
¡uira  quien  las  fuerzas  espirituales  no  son  otra  eosa  ijue  ti 
resultado  ile  una  debilidatl  eerehral,  que  eonduee  al  misti- 
eismo  ^  . 

liase  indieado  ya  ( y  á  cada  paso,  en  un  estudio  de  esta 
naturaleza,  se  ofrece  la  ocasión  de  r('|)etirl() )  ([ue  la  fanta- 
sía humana,  en  todas  las  reu;iones  del  globo,  puebla  con 
unos  mismos  elementos  y  de  unos  mismos  seres  ideales  el 
mundo  de  las  ilusiones,  los  espacios  imaginarios,  el  teatro 
de  la  vida  en  toilo  su  curso,  en  todos  sus  movimientos  v 
accidentes,  desde  la  cuna  al  sepulcro.  Portugueses  y  espa- 
ñoles, esto  es,  los  heroicos  navegantes  que  abrieron  nuevas 
S4*ndas  á  los  descubrimientos  \K>r  mar  en  toda  la  redondez 
de  la  tierra,  tuvieron  luego  re} metidas  ocasiones  de  recono- 
cía y  comprobar  la  admirable  semejanza  de  creencias  y 
ritos  de  los  pueblos  más  distantes  enti  e  sí  y  desconocidos  los 
unos  de  Ioh  otros.  Esta  semejanza,  por  lo  regular,  era  tan 
coniph'ta  en  sus  formas  principales  y  liasta  en  sus  ]>orme- 
non»,  que  forzaba  el  ánimo  á  creer  ó  á  presumir  que  en 
tiein|ios  anteriores,  más  ó  menos  remolos,  hubiese  habido, 
no  ya  una  mera  comunicación,  sino  una  rom  penetrar  ion 
de  idi-as,  de  wntimi(»nto8  y  de  costund)res  entre  unas  y 
Otrai)  gente».  I^as  cre<*ncias  del  Nuevo  Mundo,  respecto  de 

( \  >    Pnpií»,  />  Pinf/ir  rt  VOecuUinme. 


CAPÍTULO    XXX.  453 

las  del  Viejo,  pueden  compararse  a  las  caprichosas  figuras 
de  una  tela  mirada  por  el  revés.  La  religión  y  sus  ritos,  las 
supersticiones,  los  embustes  de  la  hechicería,  las  preten- 
siones Y  cabalas  de  la  magia  que  conociera  el  Viejo  Mundo, 
constituyen  el  derecho  de  la  tela,  y  forman  su  revés  las 
mismas  cosas  que  toscamente  dispuestas  y  acondicionadas 
se  hallaron  en  el  Nuevo  al  tiempo  de  su  conquista.  Por  lo 
que  toca  á  la  religión  revelada,  historiadores  y  teólogos 
convinieron  en  atribuir  la  coincidencia  á  industria  del  de- 
monio, que,  remedando  las  obras  de  Dios  é  iludiendo  á  las 
gentes  privadas  de  la  luz  del  Evangelio,  se  esfuerza  por 
dominarlas  y  ser  de  ellas  reverenciado  ^^l  Quiso  Luzbel  y 
quisieron  sus  secuaces  aparecer  en  el  Nuevo  Mundo,  en 
todo  y  por  todo,  tales  cuales  eran  en  el  Viejo,  y  con  la  pro- 
pia similitud  dar  vida  y  forma  á  un  sinnúmero  de  super- 
cherías. 

El  diablo  de  los  indios,  con  efecto,  en  punto  á  sabiduría, 
industria  y  cualidades  estéticas,  nada  tiene  que  envidiar  al 
de  los  cristianos.  Es  tan  sabio  como  picaro,  y  tan  picaro 
como  feo.  El  propio  origen  es  idéntico  en  entrambos:  el 
del  indio,  como  el  del  cristiano,  pecaminoso:  dañado  fruto 
de  la  soberbia  y  rebeldía.  Los  historiadores  todos  de  la 
conquista,  cuya  mayor  parte  eran  teólogos,  reconocieron  en 
el  dios  más  venerado  y  temido  de  los  indígenas  del  Nuevo 
Mundo  al  mismo  diablo  que  conocían  en  Europa.  El  zii- 
pay,  ó  zopay  de  los  indios  del  Perú  es  Lucifer  en  pinta. 
Illa  Tecce  Viracocha,  la  luz  eterna  y  gran  dios  de  los 
peruanos,  tenía  comunicada  su  divinidad  y  potencia  á  di- 


(1)    YA  P.   José   Acosta,  Historia  Natural  y  Moral  ilc  las  Indioji; 
Fr.  Juan  (lo  Torqueniada,  Polifira  India)m  ;  etc. 


454  SUPERSTICIONES  DEL  RÍO  DE  LA  PI  AlA. 

versjis  criaturas,  que  dclu'aii  obrar  rosjHvtivnnu'nte  sojíun 
8U  |virlii'ular  virtutl  y  oürio:  aa)ni|>:in;ílKmK\  y  por  lo  ge- 
nenil,  testaban  en  il  eielo.  Unos  eran  consejeros,  y  otros 
luenunente  servidoivs  de  su  creador.  Illa  Tvccc  Viracocha 
era  ¡ttvmbÍt\  é  invisibles,  por  ende,  balu'an  de  ser,  y  eran, 
sus  criailos  6  servidores.  Entre  los  criados  (pu'  tenía,  unos 
IuiIk)  que  j>ernianmeron  leales  y  sumisos  a  sn  creador 
(ángeles  buenos),  á  quienes  los  peruanos  llamaron  liua- 
minea,  y  otros,  |>or  el  contrario,  prevaricaron  y  se  lucieron 
traidores  y  enemigos  (ángeles  malos).  A  estos  llamaron 
zupai/es  ó  zopaycs  (demonios).  Zupat/  propiamente  siu;- 
iiiíica  adversarlo  maliijno.  Adoraron  los  indios  del  Perú  á 
los  huamineas.  A  zupaij  nunca  le  rindieron  adoración. 
Pero  zupay  inventó  nunlios  y  maneras  con  (pie  fuera  ado- 
rado'*'.  El  ecmi  (y  |K)r  su  estilo  los  demás  demonios  in- 
iias)  de  los  indios  de  Santo  Domingo  era  tan  Ico  y 
«•simntable  como  suele  pintarse  al  demonio  á  los  pies  del 
arrángel  San  Miguel  6  del  apóstol  San  P>artolome.  Reve- 
rencial »anle  en  lugares  obscuros,  á  donde  entraban  á  pedir 
que  los  s(K*orriese  en  sus  necesidades,  que  les  diese  agua 
¡Kini  los  cjun|>os  y  bere<lamientos,  y  buenas  coseclias,  y  la 
victoria  contra  sus  enemigos.  Los  boh'Hjues  ó  hrhiques 
( sacenlotes,  ó  adivinos  y  magos)  resj)ondían  á  las  consultas 
que  les  hacían.  Era  el  diablo  (piien,  por  intermedio  de 
elloft,  halilal)a:  eomo  as  aniiyuo  a^irólof/o,  decíales  el  día 
que  había  de  llover  ti  otras  cosas  de  las  que  la  natura 


1       /  (an/iiiima)  de  Um  Costil mhrrs  Antif/uaH  de  Iom   yntu- 

rnlft  dfi  í'tru,  i'fi  '       '     •    Trr/í  IfrlarioncM  dr  Auti<i''^di¡drs  Peruanas 

|HibIi-  "I  !•  í-.r  .1   \\ .  di-  Fomi-nto    ( .Miulr¡<l,  IsTli).    KI  Jiulor  de 

Im  y.'  .1  f>ni  jertiiítA,  iK';;ún    rebulla   dir   hu    contenido  y  le 

t¥Áñ  i>.  MnT'tf  .iim^-ijcz  de  lu  KHjtadii. 


CAPÍTULO    XXX.  455 

tiene  por  oficio '-^l  Huecuvú,  nombre  que  dan  al  diablo, 
llamado  también  hualichuy  los  indios  de  la  Pampa  y  de 
parte  de  la  Patagonia,  así  como  los  de  Arauco,  significa  el 
vagador.  Creen  los  indios  que  anda  vagando  por  el  mundo 
un  infinito  número  de  demonios,  autores  de  todos  los  ma- 
les, así  de  aquellos  que  reciben  en  sus  personas,  como  de 
los  que  mortifican  á  los  animales  ^-^ 

En  realidad  de  verdad  todo  esto  es  cosa  de  mandinga. 
Jlandinga  es  duende  ó  diablillo  que,  masque  en  el  campo, 
habita  en  las  ciudades  ^^l  Esta  singularidad  procede,  no 
precisamente  de  que  prefiera  mandinga  la  vida  ciudadana 
á  la  del  campo;  sino  de  haber  pasado  á  las  Indias  en  bar- 


(1)  Gonzalo  Fernández  de  Oviedo,  Historia  General  y  Xafural 
de  las  Indias.  «Y  no  he  hallado  en  esta  generación  cosa  entrellos 
más  antiguamente  pintada  ni  esculpida  ó  de  relieve  entallada,  ni  tan 
principalmente  acatada  é  reverenciada,  como  la  figura  abominable 
é  descomulgada  del  demonio,  en  muchas  é  diversas  maneras  pintado  ó 
esculpido,  ó  de  bulto  con  muchas  cabezas  é  colas  é  disformes  y  es- 
pantables é  caninas  é  feroces  dentaduras,  con  grandes  colmillos,  é 
desmesuradas  orejas,  con  encendidos  ojos  de  dragón  é  feroz  serpiente, 
é  de  mu}'  diferenciadas  suertes,  y  tales  que  la  menos  espantable  pone 
nmcho  temor  y  admiración.»    (El  mismo,  en  la  obra  citada.) 

(2)  Descrijjción  de  la  Patagonia  y  de  las  partes  adyacentes  por  To- 
más Falkner,  en  la  Colección  de  Obras  y  Documentos  para  la  Historia 
del  Rio  de  la  Plata  por  D.  Pedro  de  Angelis.  Véanse  los  Cap.  IV  y  V. 

(3)  Los  duendes  son  unos  diablillos  revoltosos  y  chacoteros,  que 
molestan  y  dan  sustos  á  la  gente.  El  P.  Fuente  de  la  Peña  en  el  Ente 
Dilucidado  sostiene,  con  la  debida  seriedad,  que  los  duendes  no  son 
ángeles  buenos,  ni  ángeles  malos,  ni  almas  separadas  de  los  cuerpos ; 
sino  cierta  especie  de  animales  aéreos  engendrados  por  la  putrefacción 
y  los  vapores  corrompidos  que  inficionan  la  atmósfera.  Los  verdade- 
ros duendes  son  los  de  carne  y  hueso.  ¡  Cuántos  hurtos  y  cuántas  agre- 
siones al  honor  de  las  familias  se  han  cometido  con  la  capa  de  duen- 
des! «La  comedia  de  La  dania  duende,  decía  Feijoo,  se  representa  más 
veces  que  se  piensa;  porque  hay  nuichas  damas  que  son  duendes,  como 
también  muchos  que  se  hacen  duendes,  por  las  damas. »  (  Teatro  Cri- 
tico Universal.) 


456  S^PER^TICIOXKS  DKL  KÚ)  DK  LA   TLATA. 

eos  nejrren>s,  cuyos  tripulaiitos  i|iUHlaluin,  |u>r  lo  ivi^ular,  ;í 
fuer  ilr  i'sclavo.s  on  los  centros  populosos.  Mdudinr/a,  i\m 
tal  (le  no  separarse  ile  una  oonijuiñía  i[\w  auiujue  liiuniKle 
y  aimtiila  le  tniía  constantemente  á  la  inrinoria  los  africa- 
nos lares,  n\n\  vez  salía  al  campo.  De  ahí  (pie  se  le  halle 
injís  en  ricos  y  elegantes  salones,  (jue  hajo  el  techo  pajizo 
del  camj)esino.  Salta  á  los  ojos  que  el  uso  de  este  termino 
mandinga,  que  á  veces  se  aplica  en  sentido  de  encantamiento, 
no  n»sjH)nde  á  una  creencia  supersticiosa.  Es  un  trnnim» 
familiar,  que  regularmente  usan  las  madres  para  rej)render 
carifiosa mente  á  sus  hijos  y  en  otnis  ocasiones.  —  «  A¿  que 
luvic^e^  mandinya  en  el  cuerpo;  que  siempre  has  de  andar 
con  el  vestido  desarreglado.  —  No  puedo  dar  con  las  llaves, 
p»r  más  que  revuelvo  y  las  husco.  ¡Parece  cosa  de  nuin- 
dinga!—  ¡ E}<  cosa  de  nmnd'uKja!  Todo  me  ha  <le  salir  al 
revés.—  Me  lleva  mandinga,  cuando  tal  cosa  veo  ú  oigo.» 
Tales  son  los  modos  más  comunes  de  usar  el  término  man- 
dinga familiarmente,  dentro  de  casa. 

Por  gracia  fué  tomado,  sin  duda,  el  nond)re.de  mandinga, 
de  1mx*íi  <le  los  negros  africanos,  que  tuvieron  de  esclavos 
la.H  familias  de  América,  desde  la  época  colonial,  hasta  poco 
deí*pués  de  la  indeiKíndencia.  En  los  desiertos  del  África 
hal)ita,  como  es  sabido,  una  casta  de  negros,  de  color  de 
azidiache,  de  labios  abultados  y  de  cortos  y  ensortijados  ca- 
U'lIoH.  Eaíüh  negros  tienen  el  nond)re  de  mandingas. 

Lo«  magos,  encantadores  y  hei'hiceros  guaraníes  tenían 
trato  familiar  cíjn  el  demonio,  que  entre  espantoso  ruido  y 
<'onfusión  de  elementos  se  les  aparecía  en  figura  de  un  ne- 
grillo *  .  Actualmente  llama  (^1  vulgo  negros  del  agua  {ilAtí 

( 1 ;     L/zZiiiio,  llijit.  (U  ¡a  Conquuit.  del  Paray.^  Ilio  de  la  Vlat.  jj  Turum. 


CAPÍTULO   XXX.  457 

visiones  que  desde  el  fondo  de  los  arroyos,  ríos,  lagos  y  la- 
gunas, se  ofrecen  á  su  imaginación,  nadando,  zabulléndose, 
ó  corriendo  por  las  orillas,  en  figura  humana  y  de  color  de 
azabache. 

La  representación,  pues,  del  diablo  en  figura  de  negro, 
además  de  estar  en  consonancia  con  la  imagen  que  el  cris- 
tianismo se  formara  del  monstruo  de  la  soberbia  y  rebel- 
día, espantoso  en  todo  sentido,  tiene  en  el  Río  de  la  Plata 
su  precedente  en  las  tradiciones  indígenas.  Por  lo  demás 
cada  raza  se  considera  dotada  de  las  mejores  cualidades 
físicas  y  morales  que  distinguen  á  la  especie  humana  '^\  Los 
indios  salvajes,  en  constante  y  cruda  guerra  con  el  cris- 
tiano, miraron  en  el  hombre  blanco  al  mismo  demonio  ^■^. 
En  Calicut,  antiguo,  rico  y  famoso  emporio  del  Oriente, 
adoraban  al  demonio  representado  en  una  figura  de  bronce 
de  horrible  aspecto,  á  quien  ofrecían  en  sacrificio  la  sangre 
de  un  gallo.  Como  que  los  aborígenes  de  Calicut  son  de 
color  ])azo  ó  pardo  oscuro,  pintaban  negros  á  sus  dioses  y 
blanco  al  diablo  ^^\ 

¿Que  mucho,  por  tanto,  que  en  el  Eío  déla  Plata  tomen 
familiarmente  por  tipo  del  diablo  en  sus  ocupaciones  de 
duende  á  los  renegridos  mandingas  del  África?  Es  de  su- 
poner que  no  sólo  en  America  (pues  parece  general  en  ella 
el  uso  de  la  voz  mandinga  en  el  sentido  indicado),  sino 


(1)  Pinta  el  blanco,  nogro  al  diablo; 
Y  el  nogro,  blanco  le  pinta. 

( f^l  QaúcliO  Martin  Fierro  por  D.  José  Hernández.) 

(2)  V.  Cap.  Vil,  pá-s.  71  y  75. 

(3)  Compendio  de  las  Historias  de  los  Descubrimientos,  Conquis- 
tas y  Guen-as  de  la  India  Oriental  y  sus  islas  por  I).  José  ^lartíiiez 
de  lii  Puente.  Madrid,  IGSl. 


458  SUPKRiíTIClONES  DKL  KÍO  DK  LA   TLATA. 

t¡iinl»¡iii  on  las  islas  Filipinas  y  otnis  regiones  coloni/.aihis 
|H.>r  es|mi^oles  y  jK>rtui;ui'sos,  ande  mamliiuja  liaeiendo  tra- 
Vi-sunis  en  las  cjisas  de  familia. 

Maiuliníja,  en  resnniidas  enentas,  jurienrei'  á    la    ralea 
de  los  duendes:   nn   duende  afrieano,  criollo  en  Aniériía. 


CAPÍTULO  XXXL 

Demonios,  apariciones,  fantasmas,  etc. 


Sumario. — Lugares  asombrados.  —  Lugares  bravos.  —  Desencanto  del 
paso  Bravo  de  San  José  de  Feliciano.  —  Casas  molestadas  por 
demonios  5'  por  almas  del  otro  mundo:  en  la  antigüedad;  en  los 
tiempos  modernos.  —  Entierros  y  tapados.  —  Opiniones  de  juristas. 
—  Piedras  tiradas  por  mano  invisible.  —  Apariciones :  su  objeto.  — 
Fenómenos  psíquicos  y  psico- físicos.  —  Disposición  de  la  pobla- 
ción castiza  rioplatense  para  los  cuentos  y  leyendas  de  la  mayor 
idealidad.  —  El  ángel  de  la  guarda:  leyenda.  —  Almas  en  pena  ó 
del  otro  mundo.  —  Liix^  mala.  —  F.\  malo.  —  Fuego  de  San  Telmo, 
6  poder  de  las  puntas.  —  Agua  mala.  — Concepto  vulgar  déla  lux, 
mala.  —  Fuegos  fatuos.  —  El  argüid  una  de  Cataluña,  ó  juego  de 
los  muertos.  —  La  danza  macabra  ó  de  los  muertos,  —  Compadres 
y  comadres  pagando,  después  de  muertos,  la  violación  del  sacra- 
mento.—  Ruidos  extraños,  nocturnos.  —  Quién  muere  como  u)i 
perro.  —  Fantasmas.  —  Almas  separadas  de  los  cuerpos.  —  Doctri- 
na espiritista.  —  Doctrinas  de  la  magia. —  Cem'ies  y  hupiacs  de  las 
Antillas.  —  ^lejicanos  y  peruanos.  —  Angucraes  y  mbaes  de  los 
guaraníes.  —  Indios  en  general.  —  Ofrendas  culinarias  en  los  se- 
pulcros: entre  gentiles;  entre  cristianos.  —  Los  nuiertos  comiendo 
•d  dos    carrillos.  —  Doctrina  do  la  Iglesia. 


Un  sitio  asombrado  es  el  teatro  ele  todas  las  travesuras 
y  á  veces  maldades  que  por  uiedios  extraños  v  espantables 
puede  ejecutar  el  demonio.  Las  alma-^  del  afro  mundo 
asombran  también  las  casas  y  otros  lugares.  Se  espanta  ó 
asombra  la  gente  con  los  ruidos,  voces  y  visiones  con  (jue 

31. 


460  srPKRSTIl  lONKS  DKL  RÍO  DE  I^  PIATA. 

los  demonios  6  almas  rn  pena  se  nuinirustan:  y  (K-  alií  il 
nonihre  i\\\v  ref¡l>o  el  lugíir  ni  (|ue  ocuirt'n.  Así  como  hay 
casas  (que  son  nuiehns  vn  v\  Río  de  la  Plata)  (laomhradait, 
hay  tanilúeii  vatios  6  paso.^,  lai^iinas,  niiiias  ó  /aj)rra,'<  y 
hasta  árl»oles  asouihra<fos,  ¿(Juit'n  pasa  tK  noelie,  sin  re- 
celo, sin  tt'inor,  sin  espanto  a  veees,  por  lui  vado  óy>/Vr7í/rt, 
por  entre  jÚinIhis  y  ai^uas  y  árboles  asomhraffos/  ¿(¿uii'n 
\n\  á  vivir,  nitle  halde  en  ocasiones,  á  una  casa  asomhradaf 
Un  viejo  osiserón  raro  será  (pu'  no  este  asombrado.  Casa 
{ret'uenteniente  desalquilada,  casa  asombrada. 

Por  el  estiK)  de  las  casas  asombradas,  son  algiinos  de 
los  lugares  bravos  que  lia  habido  y  aun  se  hallan  en  el  Ivío 
de  la  Plata.  En  particular  los  lugares  Iwavos  enciernin  al- 
gún enwinto,  albergando  ordinariamente,  bajo  temible  cus- 
todia, tesoros  ocultos^ '^  Va\  \\\\  concepto  más  general,  es 
bravo  todo  objeto  que  maniliesta  |»()r  medios  maléficos  y 
aterra<lores,  ó,  cuando  menos,  singulares  y  misteriosos,  la 
vida  ó  fuer/a  que  lo  informa.  Son,  en  uno  y  otro  concepto, 
y  se  reputan  y  llaman  />/-aro^,  los  cerros  y  serranías  (pie  de 
tarde  en  tarde  se  estremecen  y  braman,  bravas  las  lagunas 
que  se  anx)roUni  y  hierven  á  la  presencia  de  uii  ser  hu- 
mano, bravos  los  árboles  cuya  proximidad  causa  una  en- 
fennedad  o  la  muerte,  como  suee<le  con  la  arurra^'\  bra- 
vos los  pasos  (vados)  (pie  se  tragan  á  la  gente. 

Hace  una  veintena  de  años  era  general  la  creencia  entre 
el  vulgo  cam¡K»s¡no  de  las  provincias  argentinas  de  Kntrií 
Kíos  y  Corrientes  que  el  puso  Uravo  de  San  José  de  Fe- 
liciano (arroyo  caudaloso)  se  tnigaba  á   los  transeiuites. 


1)    XhiM;  Cap.  XI. 
(2)    \huie  Cap.  XVII. 


CAPÍTULO   XXXI.  461 

¿Quién  se  atrevía  á  pasarlo  de  noche?  ¡Cuántos  no  pere- 
cieron en  él!  Pocos  eran  los  que,  habiéndolo  pasado  de 
noche,  contaban  el  cuento.  El  paso  Bravo  de  San  José  de 
Feliciano  se  tragaba,  con  efecto,  sobre  todo  de  noche,  al 
atrevido  viandante  que  intentaba  vadearlo.  Hundíale  en 
un  abismo  algún  genio  maléfico  que  habitaba  debajo  de 
sus  aguas.  ¡Cuántas  y  cuántas  víctimas  de  su  ferocidad 
no  lloraron  las  madres,  esposas  é  liijos!  El  encanto,  em- 
pero, del  paso  Bravo  no  había  de  ser  eterno. 

Corre  el  San  José  de  Feliciano  por  entre  el  coloso  de 
los  bosques  á  que  llaman  monte  de  Montiel,  que,  abar- 
cando una  parte  considerable  de  Entre  Kíos,  se  interna  en 
Corrientes.  No  lejos  del  paso  Bravo,  por  el  que  forzosa- 
mente han  de  encammarse  los  transeúntes,  están,  como 
acechando,  desde  el  lado  de  Corrientes,  unos  ñeros  mate- 
zales,  de  que  huye  el  hombre  con  espanto.  Tenía  en  ellos 
su  apostadero  y  guarida  una  gavilla  de  malhechores,  que 
asaltaban,  robaban  y  mataban  á  todo  transeúnte.  Escon- 
dían las  víctimas  entre  los  matorrales  y  zanjones,  con  toda 
precaución,  á  fin  de  que  no  quedase  rastro  de  sus  críme- 
nes. Mil  veces  impunes,  confiaron  demasiado,  6  bien,  como 
suele  decirse,  les  llegó  su  hora.  Sospechas  primero,  y  se- 
ñales visibles  más  tarde,  indicaron  el  lugar  en  que  el  mons- 
truo fantástico  se  albergaba.  Deshecho  el  encanto,  apare- 
cieron los  malévolos.  Perseguidos  á  muerte,  unos  perecie- 
ron en  la  refriega,  y  otros  desaparecieron  espantados  hu- 
yendo de  su  pro})ia  sombra.  Desde  entonces  el  paso  Bravo 
de  San  José  de  Feliciano  dejo  de  tragarse  á  los  transeúntes. 

Casas  molestadas  por  demonios  y  })or  almas  del  otro 
mundo,  hul)olas  en  la  antiii'üedad  v  en  la  edad  media  v  la 
moderna,  como  en  el  día  de  hoy.  Los  mismos  ruidos,  los 


462  surKRSTicioNí:s  dkl  kío  i>k  la  tlaia. 

inisinos  clamónos,  las  mismas  apariciones.  Ihihín  en  Koina 
casas  que  nadie  se  atrevía  á  oeiipar,  á  cmusm  de  los  taii- 
Uismas,  millos,  ete.,  que  veían  y  sentían  cu  illas  los  ojos 
del  ery^íuito.  Combatida  ilc  ilusiones,  y  \nn'  ello  al)aiul«>- 
nada,  estaba  la  easa  que  Dacio,  obispo  de  Milán,  ocupó 
eu  Corinto,  y  si  pudo  vivir  en  ella,  j^raeias  á  ipie,  eon  pa- 
labnis  divinas,  expulsó  de  allí  al  demonio.  Con  }>alal)ras 
magiais  expulsóle  asimismo  Ai'i«;noto,  segiui  Luciano,  de 
una  wisii  iidiabitable  por  causa  idéntica,  M|>ai*eciendo  des- 
pués el  Cíuliíver  de  un  hombre  en  d  propio  ln,u;ar.  Sepnl tó- 
bele, y  de  entonces  más  la  e-iisa  i)ndo  ser  habitada  sin  te- 
mor de  espantajos'^  .  ¿Era  el  diablo?  ó  era  el  alma,  (pie 
estaba  |K*iiando,  del  insepidto!  Plinio  cuenta  ijueen  Atenas 
luibía  ima  CJisa  nuiy  <]:randc,  en  la  (pie  durante  la  noclie 
atemorizaba  á  sus  haiiitadores  ((pie  acabaron  |)or  aban- 
donarla) con  ruidos  de  hierros  y  de  cadenas  y  con  golpes 
un  viejo  flaco  y  asípieroso  de  eal)ello  y  barba  horribles. 
Arrendóla  Atenodoro,  íihVsofo,  (pie,  sabiendo  lo  (piei)asaba, 
qu¡8o  habérselas  con  la  fantasma.  A[)areció  ésta  en  la  so- 
Iwlad  y  silencio  de  la  noche,  y,  8Í;;u¡éndola  Atenodoro,  des- 
apareció. Señaló  Atenodoro  el  sitio  en  <pie  desapareciera 
la  fantasma.  Al  día  siguiente  hizo  cavar  en  el  jiunto  seña- 
lado, y  Imllaron  debajo  de  tierra,  entre  grillos  y  ciidenas, 
los  restos  de  un  cadáver.  Recogidos  y  sepultados,  quedó 
libre  en  adelante  la  casa  de  esjKíCtros  y  de  ruidos  terrorí- 
fiüoa  "^  En  el  Kío  de  la  Platíi  las  casas  de  tal  modo  asoni- 
bradojt  arguyen  la  existencia  de  tesoros  escondidos  ó  en- 


1       /.        V  -  y  loM    iMmofiioM   por    Fray   Juan    Nydcr   (f\- 

"^  ^  '■  wlii'.  |M>r    I),    .JohÓ    >íaríii    Moiiloto.     ( ¡{ihliot.  de 

'/.  |Hir  I).  Aiit    M;nli:i(ln  V   Alvanz. ) 
(2)    Ohrn  riuidji  de  Nydfr. 


CAPÍTULO    XXXI.  463 

tierros.  El  desasosiego  de  las  almas  que  penan  por  causa 
del  entierro  ó  tapado,  cesa  tan  luego  como,  descubierto  el 
tesoro,  manda  el  hallador  que  digan  unas  misas  por  el 
difunto  ^^^ 

Los  juristas,  en  los  comienzos  de  la  época  moderna,  se 
vieron  forzados  á  discurrir  (en  la  necesidad  de  establecer 
una  doctrina  para  la  decisión  de  los  casos  que  se  presen- 
taban )  sobre  la  responsabilidad  de  los  inquilinos  que,  por 
causa  de  ilusiones  y  tumultos  fantásticos  que  de  noche  y 
aun  de  día  los  inquietaran,  dejaban  las  casas  que  tenían 
arrendadas,  antes  del  plazo  señalado  para  la  terminación 
del  arriendo.  La  opinión  de  los  juristas  más  autorizados 
inclinóse  á  favor  de  los  inquilinos  ^""l 

El  tirar  de  las  piedras  por  mano  invisible  es  cosa  harto 
frecuente  en  el  Río  de  la  Plata.  Después  de  nuichas  sospe- 
chas erradas,  de  nuichos  sobresaltos  y  de  muchas  pesqui- 
sas, en  que  interviene  la  autoridad  á  llamado  del  dueño  de 
casa,  resulta  casi  siempre  que  una  nmchacha,  una  sirvien- 
tita,  una  negi^illa,  se  entretenía  en  tirar  las  piedras  con  pas- 
mosa zorrería  y  habilidad.  Plañía  es  ésta  muy  generalizada 
en  chicos  y  grandes,  aunque  por  lo  regular  son  muchachas 
de  doce  ó  trece  años  los  duendes  tiradores  de  piedras  que 
turban  el  sosiego  de  las  familias. 

Las  apariciones  se  verifican  de  noche  ó  de  día,  ahora 
presentando  la  propia  figura  del  cuerpo  que  el  alma  sepa- 
rada tuvo  en  vida,  ahora  por  medio  de  la  voz  natural  del 
difunto,  con  (jue  le  conocieron  y  le  reconocerán  las  per- 
sonas á  quienes  se  dirige.  La  persona  á  quien  se  presentan, 


(1)  Véaí^e  Cap.  XII. 

(2)  ^[ontoto  en  las  adic.  :i  la  ol)ra  citada  de  Nyder. 


4l>4  srPKlt'^TiriONFlUi  DEL  Kl(>   lU.   l.A   11. Al  A. 

las  RVonfKvnt  taml>i(!'n  ¡neiiuívooanieníc  en  ciortos  cnsoí^ 
por  carai'tores,  nisgos  y  acoioiios  que  las  ¡(Icntilicnn  con  el 
deudo  o  amigo  que  en  esa  forma  sobrenatural  lo  imioiusta 
ó  lia  un  consejo,  ó  preconiza  y  ai^radecr  una  Imma  olna 
meritoria,  ó  ileplora  un  acaecimiento,  un  error,  una  falta, 
6  anuncia  ahora  un  accidente  desgraciado,  ahora  un  suci'so 
feliz  que  ocurre  actualmente  en  lugar  lejano  ó  (|uc  se  veri- 
ficará mañana  ineludihlementí'.  ¡Cuántos  casos  se  cuentan 
de  a|xiriciones  maravillosas,  que  coincidieron  con  sucesos  ó 
amdentes  inesjxTados,  ó  los  anunciaion,  6  hicieron  pre- 
venciones que,  aprovechadas,  dieron  por  resultado  que  se 
cuniplit»se  al  pie  de  la  letra  lo  prometido,  se  evitase  nn 
dafto  iinuinente,  se  alcanzase  el  ohjeto  á  que  rj  alma  pia- 
dosíi  aspirara!  Las  apariciones,  en  el  Río  (1(  la  Plata,  entre 
la  gente  criolla,  vulgar,  (^nnpesina,  hállanse  sienq)re  acon- 
dicionadas por  el  espíritu  y  los  dogmas  obscurecidos  de  la 
religión  aitólica  que  vagamente  informa  el  nunido  moral 
en  que  flota  y  navega,  frecuentemente  sin  brújula,  su  ánimo 
y  entendimiento  ajenos  de  doctrina. 

Lo  manivilloso  golpea  hoy  á  las  puertas  del  templo  del 
8ul)er,  de  las  cor| oraciones  científicas.  Las  apariciones  y 
fantasmas,  el  movinuento  de  los  cuerpos  sin  que  lo  im- 
prima una  causíi  cierta,  los  ruidos  inexplicables,  las  )»re- 
dicciones,  pre.«entinuentos  ó  corazón fu/ax,  los  fenónanos 
¡ní'n*n»le«  que  suele  presentar  el  espiritismo  y  el  hipno- 
tismo, hanse  ya  en  nuestni  (*|)oca  s<»meti<lo  á  la  piedra  <le 
tCK|UC  am  que  el  criterio  rigurosamente  cien  tilico  anali/a  y 
aimpnieha  la  buena  ó  falsa  ley  de  las  ¡deas.  Esta  condes- 
ci-ndeneia  inqnirta  admitir  la  )M)sibili<lad  de  las  visiones  de 
qiH*  fu»  trata,  hi  no  en  la  fornuí  y  con  el  origen  (pie  la  su- 
p  >n  ó  el  ílesvarítj  del  entendimiento    les   atribuye, 


CAPÍTULO  xxxr.  465 

cuando  menos  en  calidad  de  fenómenos  psíquicos  ó  psico- 
físicos  dignos  de  estudio.  JjO  preternatural  entra  hoy  día 
franca  y  libremente  en  los  dominios  de  la  ciencia.  El  fenó- 
meno de  las  apariciones,  dice  un  escritor  contemporáneo -^^, 
aunque  parece  trastornar  las  ideas  científicas  más  funda- 
mentales, parece  sin  embargo  un  hecho  posible. 

Las  apariciones  desempeñan  un  papel  sobresaliente  en 
los  cuentos  y  leyendas  del  Río  de  la  Plata,  que  en  oposi- 
ción á  las  estrechas  ideas  del  materialismo  pueden  aprove- 
char, cual  minero  de  oro  fino,  las  bellas  letras.  La  pobla- 
ción castiza  del  Río  de  la  Plata  guarda  en  su  seno,  entre 
grandes  preocupaciones  tradicionales  y  exóticas,  un  fondo 
de  poesía  oriental  y  cristiana,  empapada  en  los  más  dulces 
afectos  que  el  alma  humana  atesora.  Sus  primeros  proge- 
nitores aun  hacían  recordar,  cuando  la  conquista,  los  tiem- 
pos caballerescos.  La  fantasía  cristiana  no  rehusó  tomar  de 
la  de  los  árabes  cuanto  contribuyera  á  dar  mayor  brillo  y 
lujo  de  imaginación  á  sus  concepciones  poéticas.  Tales  dis- 
posiciones de  la  población  rioplatense  prepáranla  á  recibir 
como  frutos  apetecibles  los  nmy  sanos  y  deleitosos  del  in- 
genio bien  acondicionado  que,  contemplando  la  naturaleza 
y  la  vida,  sabe  hallai"  en  ellas  toda  suerte  de  materiales 
bastantes  á  enriquecer  y  poblar,  con  esmaltes  de  luz  que 
no  quema  ni  tizna,  los  vastos  dominios  del  arte.  ¿Que 
ejemplo  más  patético  de  la  ternura  infinita  que  caracteriza 
el  amor  maternal,  puede  ofrecer  la  fantasía  creadora,  que 
la  conmovedora  leyenda  de  la  a})arición  benéfica  que  acude 


(1)  Lllt/pnolisnir  Scirntiflíjiic  p:ir  le  DíX'lcur  Crocci  V\\^,  liiuróat 
de  rAcadc'inio  dv  Médec'mo  do  licliíiqíu».  Ivnpport  a  M.  lo  Ministro  do 
l'Iiilóriour  ot  dv  rinstriiotion  PubliciiU'.  Parí-,  189(1. 


466  SUPKRSTICIONKS  I>KI.  IMO  ni'.  I. A   IM.ATA. 

soliVita  a  los  goiniílos  ilel  liiu'rfaiio  (\uv  yaco  vu  la  cuna 
inoinentitneanu'iitc  ahaiuloiiaila  de  la  niHlriza?  El  ])acííicc) 
hogar  de  dos  felict\s  e8|)osos,  al  cabo  de  algunos  años  del 
oísaniiento,  casi  ya  |>erdida  la  esperanza,  cólmase  do  ven- 
tura y  alegría  con  el  favor  que  el  cielo  los  dispensara,  en- 
viándoles  un  fruto  de  bendición.  El  pueblo  todo,  de  (piien 
los  cxinyuges  se  habían  hecho  querer  por  su  iiiueha  bon- 
dad, partici|)ó  de  su  júbilo,  complaciéndose  en  el  bien  de 
los  que  tanto  le  merecían.  Los  acerbos  dolores  del  ]):uto, 
negado  á  todo  recurso,  agotaron  las  fuerzas  de  la  nmdre, 
(juien,  entre  los  delirios  de  risueña  ilusión  enluínda  con  las 
soiubnis  de  la  muerto,  entregó  su  alma  a  Dios,  que  puso  el 
infortunio  en  el  nunulo  para  que  sirviese  de  crisol  ;d  mé- 
rito y  la  virtud.  El  desolado  padre  encomendó  a  una  hon- 
rada mujer  C3im|K'sina,  (pie  á  la  sazón  vivía  en  el  pueblo, 
la  crianza  del  recién  nacido.  Cuidábalo  la  nodriza  con  el 
mayor  niriño  y  esmero,  y  no  se  sej)aral)a  nunca  de  su  lado. 
l'n  día  \v  vienen  a  decir  que  uno  de  sus  lujos  estaba  muy 
enfenno.  I^  nodriza,  sola  en  la  casa,  no  sabe  qué  hacer.  .  .  ; 
pero,  viendo  que  el  niño  estaba  bií^i  dormido,  juzgando  no 
nerle  necesario  durante  un  largo  rato,  vuela  en  socorro  del 
fruto  de  sus  entrañas.  Llega,  bésalo,  aj)lícalo  unos  remedios 
y  vuelve  á  la  casa  del  huérfano ....  ¡Cuál  no  sería  su  sor- 
presa, cuando,  al  ac<*rcarse  al  a|H)sonto  on  quo  el  niño  dor- 
mía, oye  una  voz  fomonil  (juo  modubiba  con  dulcísimo 
acento  un  tienio  arrullo  I  Detiéneso,  observa,  y  descubre 
una  nmjer  joven  y  hormo.sa,  bien  vesti<la,  (jue,  en  pie,  con 
una  mano  mecía  la  cuna  del  niño,  ¡d  |)roj)i()  tienqx)  que 
con  la  otra  le  acomodaba  bien  la  roj>:i.  \'¡ó  luego  con 
a.<aimhro  que  la  elogMiito  y  amoro.sa  dama,  que  tan  dolica- 
damentí*  adonn<*cía  al  huerfanito,  le  besaba  en  la  frente,  y, 


CAPÍTULO    XXXI.  467 

al  cabo,  dejándole  gozar  del  sueño  de  los  ángeles,  desapa- 
reció instantáneamente,  sin  saberse  cómo  ni  por  dónde  sa- 
liera del  aposento.  La  nodiúza,  hincada  de  rodillas,  rezó  un 
padrenuestro  y  un  avemaria.  El  padre  de  la  criatura,  hom- 
bre culto  y  de  no  vulgares  conocimientos,  se  reía  melancó- 
licamente de  la  candorosa  simplicidad  de  la  rústica  no- 
driza. Pero  empezó  á  llamarle  la  atención,  sin  embargo, 
que  contase  haber  sentido  llorar  al  niño,  antes  de  que 
se  oyese  el  tierno  cantar,  un  vecino  formal  de  la  casa.  — 
«  ¿Y  cómo  era  la  mujer  que  viste?  »  le  preguntó,  por  se- 
guirle el  humor,  el  padre  déla  criatura. —  «Era  esbelta,  res- 
ponthó  la  sobresaltada  nodriza,  y  estaba  bien  vestida.  Tenía 
blanca  y  medio  pálida  la  tez,  un  tanto  rosadas  las  mejillas, 
negTOs  y  grandes  los  ojos,  castaño  el  cabello,  la  boca  me- 
diana, la  nariz  un  poco  respingada,  y  aquí  ( señalando  un 
punto  de  la  mejilla  derecha )  un  lunarcito  bien  negi*o.  »  — 
«;  Mi  mujer  I,»  exclamó  conmovido  y  pasmado  el  viudo, 
«  ¡era  mi  mujer!.  »  Y,  bañados  los  ojos  en  lágrimas,  cubrió 
de  ardientes  besos  el  rostro  del  hijo  por  quien  velaba,  desde 
el  seno  de  la  eternidad,  el  infinito  amor  maternal ^^l 

A  parte  de  las  apariciones  propiamente  dichas,  cuenta 
el  vulgo  del  Kío  de  la  Plata  en  el  número  de  los  persona- 
jes de  ultratumba  que  suelen  visitarle  en  este  mundo,  los 
espíritus  de  los  finados  que  durante  la  noche  flotan  en  el 
aire  envueltos  en  un  pequeño  globo  vagaroso  de  luz  azu- 
lada. Dícenles  almas  en  pena,  almas  del  ofro  viundo,  es- 
2')íritus,  luces  de  la  viuda  y  espantos.  Suelen  llamarles 
también  luz  mala,  contemplándola  con  cierto  recelo  y  aun 


(1)    Hállase  referido  este  caso  en  las  Narraciones  Populares  reco- 
ííidas  por  Santos  Vo<;;a  ( ^^endóniíno ). 


468  SrPERSTICIOVKS  dfl  KÍo  1>K  la  imafa. 

pavor.  La  luz  ile  ijur  s^  trata  es  «^oiuTalimnti' azulada ; 
|>ero  suele  ajmriivr  cnlorailo- voi\k)sii,  y  a  veces  roja  del 
todo.  Almnios  distinguen  luces  de  luces,  asegurando  (jiic  la 
luz  propiamente  mala  es  la  colorado- verdosa,  v  (juc  es 
buena  la  que  no  presenta  nada  ile  vcrd».  FJ  mulo,  en  hoca 
del  vulgo  del  Río  de  la  Plata,  s¡L,^nilica  el  diablo ^'\  Eso  de 
nondmir  |Kir  antonomasia  ti  malo  al  espíritu  inftTnal  pro- 
ce<le  de  la  Península,  y  es  uso  antii^uo*-^.  El  vuhjo  de  los 
maritierojt,  según  «•]  historiador  I  >.  Tomás  Tamayo  de 
Vaipis,  ac^ostumhraha  llamar  luz  //mAr'''  al  fenómeno  lu- 


'^J  ¡  Puc«  no  lur  lie  de  Hantigiinrl 

CoD  <••••  eo«aa  no  Jupgo. 
l'iTu  no  iiiipitrla  :  lo  rui'^o 
(Jui-  loo  (¡mire  A  rrlatiir 
Kl  oSnio  l|«>gii  ¿  t<>|iar 
Con  el  maUt.   ¡  Virgen  HAiita  ! 
Sólo  i-l  iK'Usarlo  inc  cnpanta. 

( Kl  Fausto  ( iniprMioni'M  del  gaTirlio  AnA!<taHÍo  <•! 
Tollo  en  la  ri'|>n'*eiit«ci<ín  de  e»ta  óirt»  )  por 
1>.   Ki>Unͫln<>  del  eurii|M).  ) 

(2)  •  El  waiOf  que  toílo  lo  iiuilo  onlriía,  y  los  muchachos,  qu(»  son 
niá«*  miUcH  que  el  tnalo,»  etc.  íDon  Quijote  de  la  Mancha  por  Mi^rucl 
<|í*  ('«rvanlcí. ) 

• /■'  '■'!    (Icnionio,    l'-a-i-    hüIm  <ii    pliirMl.»  (  Diccioimrio  <!»•  la 

I -A-'.-  »aiia  í)or  la  K<?al  Acaílcmia  K-panohi. )   l'xVc  lamliirii 

con  artículo  numonil.    V.  pág.  40.3  y  nota  al  fin. 

(3)  « .Tuzpibnn  \oa  quo  «le  Icjon  (lí'scuhritTon  la  aniuula  que,  como 
:i.„  ,_._.     1     1^  no<*he,  w  ¡ha  coronando  <li*  hnninarias  á  «juc  v\  vul^r») 

•«♦  lili  i\  nomhre  <le  (lyua  inulu.  'lautas  eran  las  hiccs, 
que  (t>n  aflmirahh'rt  resplnndorcii  hc  (listiii^aiían  en  Ííih  estolas  de  las 
naíü:  «i  bien  6xtj|j»,  como  otra»  ¡mpn'HÍoneH  nieteorolójíic«'*i  ai  non  ni 
prrjcítlen  ile  íuejfri  verdadero,  í»iii<»  efe<'t/)s  de  alj^lln  aIi«'iito  (K'iinHÍa- 
daní"  f.tí-  vi.-c*íf^>  y  ^rut-Mi,  (|ue  ¡nílamado,  ó  |H>r  cohi^ión,  ó  por  aiili- 
i**,  en  la  fríaldiid  del  aire  lunhiente  hace  asiento,  luciendo  sin 
qiK-iiuir,  á  veoea  en  lai  antenni4  de  las  naves,  otras  en  lan  exLremi- 
díwl*-«  d<'  Irm  pí<*ji^  y  a'  -ohn*  I'         '     /  i-  d»*  hm  ÍMimhrex,  H¡eiidn 

»!•  nif.r»    fililí*  fi;i  t\f  :i..  I  n  (Ir  ¡..    .,!'/.«,  |M»r  la  oliMervaiMÓn  d<| 

i  u  de  lu  uiiti^'uediul  y  con  liut  diüpulas 


CAPÍTULO   XXXI.  469 

niínoso  conocido  comúnmente  con  el  nombre  de  fueao  de 
San  Telmo.  Cuando  el  tiempo  está  ó  ha  estado  tempestuoso, 
hallándose  la  atmósfera  muy  cargada  de  electricidad  y  acer- 
cándose mucho  á  la  tierra  las  nubes,  suelen  aparecer  en 
las  extremidades  de  los  objetos  elevados  y  puntiagudos 
unas  llamas  á  manera  de  penachos.  Este  fenómeno  res- 
ponde á  la  teoría  que  se  llama  en  física  el  poder  de  las 
piintas,  que  llevó  como  de  la  mano  á  Fránklin  á  la  inven- 
ción del  pararrayos.  Suele  observarse  en  los  mástiles  de  las 
embarcaciones,  en  las  picas  ó  lanzas  de  los  soldados  y 
hasta  en  las  cabezas  de  ¡Dersonas  y  animales.  Xo  rara  vez, 
estando  el  tiempo  tempestuoso,  el  paisano  del  Río  de  la 
Plata,  cuyo  oficio  es  cruzar  los  campos  y  lidiar  con  vacas 
y  novillos,  ha  visto  con  admiración  apuntar  por  las  orejas 
de  su  caballo  fugaces  llamas  azuladas,  á  manera  de  fósfo- 
ros que  se  encienden  y  se  apagan  sucesivamente.  Dicen 
que  alguna  que  otra  vez  se  ha  visto  brillar  una  chispa  en 
el  chlatado  lazo,  al  caer  sobre  el  cuello  del  animal  á  que  va 
dirigido  ^^^.  San  Telmo  ha  sido  el  patrono  de  los  navegan- 


de  los  filósofos,  en  cuya  doctrina  son  cosas  que  encerró  con  razón 
incierta  la  majestad  de  la  naturaleza:  excusa  suficiente  destos  diver- 
timientos.» (Restauración  de  la  Ciudad  de  San  Salvador  )¡  líaJiia  de 
Todos-  Saudos  en  la  Provincia  del  Brasil  por  las  armas  de  Don  Fe- 
lij)e  IV  el  Chande  por  D.  Tomás  Tamayo  de  Vargas.  :Madri(I,  1G28.) 

(1)  Fenómenos  de  la  propia  índole  que  los  carbu)iclos  y  faroles 
de  que  se  ha  hablado  en  el  Cap.  X. 

FA  fenómeno  luminoso,  en  los  dos  últimos  casos  referidos  en  el 
t€xto,  se  verifica  i'i  favor  de  la  humedad  ;  pues  lo  observan  cuando  en 
tiempos  tormentosos  ha  trabajado  mucho  el  caballo  y  está  sudando,  y 
cuando  el  lazo  con  la  lluvia  se  ha  mojado  y  atiesado.  T.a  luz  corre 
por  el  interior  de  las  orejíis  hacia  la  punta,  donde,  después  de  arder 
un  instante,  se  apaga,  volviendo  á  manifestarse  una  y  otra  vez.  En  el 
lazo  se  observa  particularmente  al  cerrarse  la  armada,  que  es  cuando 
corre  la  argoUa. 


470  srPERSTinoNF^s  dkl  kú)  dk  la  tlafa. 

tos,  quo  lo  invooiiron  en  las  teinpostjides.  Aiukíiu'  el  fucfjo 
de  San  -Telmo  iij>aríH?t'  tanihii^n  v\\  tierra,  lo  mas  fri'cuonto 
ha  sitU»  manifestarse  en  el  nuir,  i-n  las  iinhareaeiones,  en 
las  puntas  de  sus  mástiles.  Los  mareantes  i;rieiíos  y  roma- 
nos tuvieron  |K)r  feliz  augurio  la  aparición  de  un  ft(('(/o 
que  i^ara  ellos  simbolizaba  lí  los  gemelos  Canfor  y  Púlux, 
quienes,  habiéndose  distinguido  entre  los  argonautas  en  la 
omquista  del  vellocino  de  oro,  solían  apareeerseles  en 
figura  tle  dos  estrellas,  por  lo  que  pajearon  á  representar  imo 
de  los  signt^s  del  Zodíaco  y  viniíMon  á  ser  los  protectores 
de  los  que  le  invocaban  en  los  grandes  ju-ligros  que  ofrecía 
el  mar  con  sus  Imrrascas.  Los  cristianos  tomaron  esta  ad- 
vocación de  los  gentiles,  bautizando  el  fenómeno  luminoso 
con  el  nombre  de  San  Tclnio  e  inventando  un  episodio 
milagroso  enteramente  análogo  al  (pie  dio  ocasión  á  (pie 
CiUtor  y  Pólux  mermesen  ser  convertidos  en  luminarias 
del  cielo  *  .  ¿Cómo,  jmes,  siendo  el  fucilo  de  San  Tclnio 
el  alma  de  un  síinto  que  acudía,  en  las  tribulaciones  de  los 
mareantes,  al  devoto  llamamiento  <le  sus  protegidos,  han 
pfMlitlo  {''Stos  aplicarle  el  nond)re  de  atfKa  mala,  expresión 
que  (Li  {i  entender  cjue  anda  metido  en  ello  el  espíritu  uki- 
ligno?  Sin  duda  no  significó  p;^ra  todos  l:i  misma  cosa. 
Para  los  navi*gíuit£»H  en  general  significó  indudablemente 
la  protección  del  cielo  y  la  lionanza ;  i>ero  el  vnlf/o  de  los 
marincroif  nunca  quiso  dejar  de  ver  en  C\  una  luz  víala 
engendrada  en  el  agua  |)r>r  fuerzas  ó  por  (•s|)íritus  que  te- 
nían mas  de  malos  (pie  de  buenos.  Tara  los  marineros  de 
1).  Fadrique  de  Toledo  (que  mandaba  la  armada  de  Cas- 


\     !  .     Tfotro  de   Uj/i   I}UttieM   dr  la    (¡ndiliiUtd   por  A  V.  Kr. 
r  «le  VíU/rin.  ](iin'«'lonn,  1722. 


CAPÍTULO    XXXI.  471 

tillu  que  el  año  de  1G24  fué  enviada  junto  con  la  de  Por- 
tugal contra  los  holandeses  que  se  habían  apoderado  de  la 
ciudad  de  San  Salvador  y  bahía  de  Todos  los  Santos  en 
el  Brasil)  fueron  luz  mala  las  luminarias  que,  tras  tur- 
bación de  aguaceros,  coronaron  las  naves,  á  pesar  de 
que  su  resplandor  era  tan  vivo  que  se  reflejaba  magnífica- 
mente en  las  estelas  •  ^  \ 

No  toda  luz  misteriosa,  empero,  merece  tan  odioso  con- 
cepto á  los  ojos  del  vulgo.  Con  frecuencia  no  es  sino  el 
alma  de  algún  finado  que  pasó  á  la  otra  vida  sin  el  auxilio 
de  los  sacramentos,  sin  que  nadie  lo  velase  ni  rezase  por  él 
una  oración,  sin  que  lo  enterrasen  en  sagrado  ó  cuando 
menos  le  pusiesen  una  cruz  en  su  sepultura.  Esa  alma  anda 
penando  y  lleva  el  nombre  de  luz  mala^-\  En  general, 
toda  luz  misteriosa,  toda  luz  de  origen  desconocido  para  el 
vulgo,  es  luz  mala,  es  luz  que,  si  derechamente  no  procede 
del  espíritu  inmundo,  tiene,  cuando  menos,  algo  de  su  incum- 
bencia, y  en  el  supuesto  de  que  se  halle  enteramente  ajena 
de  malicia,  no  es  nada  prudente  acercársele,  si  bien  alguna 


(1)    Taniayo  ele  Vargas,   obra  citada  (pasaje  inserto  en  la  nota  3 
de  la  pág.  4G8). 

(-)  Despuós  supo  i[\\o  al  fituw 

Ni  siquiera  lo  velaron  ; 

Y  rctobao  en  un  cuero, 
Sin  rezarle,  lo  enterraron. 

Y  dicen  que  desdo  entonces 
Cuando  la  noche  es  serena, 
Suele  verse  una  lux  mala, 
Como  de  alma  (jue  anda  en  pena. 

Yo  tengo  intención  á  veces, 
I'ara  que  no  i)ene  tanto. 
De  sacar  de  allí  los  gücsos 

Y  ecliarlos  aJ  campo  santo. 

(El    (.íaúchu  Martin   FUrro    por    D.  José 
líeruáudez. ) 


472  SUrERSTICIONES  DKL  RÍO  DE  LA  TLATA. 

vez,  ctm  un  iH)qiiiio  ile  conije,  juuhIo  uno  sacar  del  dudoso 
tnuKv  nada  menos  que  un  tesoro  escondido,  á  la  par  (jue 
de  {tenas  al  que  en  vitla  fue  su  dueño ^'\  En  ocasiones  la 
/mi  mala  vendní  á  ser  el  alma  endeníoniada  de  alL:;una  he- 
chicvra  ó  hruja  que  en  vida  fue  perversa  m  demasía  y  que 
aun  desjnies  de  la  nuierte  anda  dando  sustos  á  las  gentes, 
foT  no  haber  |>t»rdido  del  toilo  sus  liáhitos  malignos,  bien 
que  sufre  horriblemente,  por  los  muchos  pecados  (jue  tiene 
sobre  su  alma,  como  vemos  (pie  le  suctdií'»  á  la  lamosa 
Montiela  (jue  tignni  en  nii:i  di  ]:\^  un rr/a.^  eje nt piaren  de 
Cervantes  - . 

Animales  y  plantas,  cuando  están  privados  del  movi- 
miento conservador  de  la  vida,  se  descomponen  y  disuel- 
ven, despidiendo  de  sí  gases  (liidrógeno,  fósforo)  (pie  al 
amtacto  del  aire  se  inflaman  y  vienen  á  r<>rmar  esas  luces 
niásónieníKS  azuladas  (pie  el  vulgo  Waumi  J)(('(/os  fddios. 
Tómalas  ^«ste  |X)r  almas  del  otro  mundo  (pie  andan  de 
nuevo  |x)r  acá,  movidas  de  algún  estímulo  benéfico  ó  bien 
pagando  saldos  de  cuentas  cpie,  al  desprenderse  de  la  en- 
voltura cor|M»ral  (pie  las  tenía  pegadas  al  suelo,  li:iii  (h  j.ido 
sin  arTí-glar  convenientemente  jíara  su  traiKpiilidad  en  la 
vida  8U|HTÍor  á  que  aspiran.    La  circunstancia  d<    jiallarse 


(1  -  Capítulo  XII. 

•.Ni.  -o,  mili  en  el  nrlí«-ul<»  tív  la  rimcrU',    iK'nlnimr  á  l>i 

í    .     '"l(fi:  i...  ....    lila   <!<•    cnt«ra  y  liriin-  cu    nu^  crmaH.    V<>  Ir  cerré 

I  .  y  fui  con  cllu  im-tii  la  B^pultura.  Allí  la  deje  parii  no  verla 

má.*.  nunquc  no  tonffO  p<T(l¡(ia  la  (>iNniir/.a  <le  verla  aiiU*H  que  muera; 
pr>n|Uc  ne  ha  «Ik-Iio  |Kir  el  lut^ar  que  la  han  vinto  alt^^uiuis  iN^rnoiuiH 
andar  por  loa  ri"  -  ••'■rifH*  y  eneni' ■' ■' ■  <n  <I¡f«'niile.-«  fi^Mira'*,  y  í|U¡/.ií 
aJtCuna  Vfz  la  t  .<>  y  le   pn  ,  h¡    nuimla  i|u<-  lia^a  alguna 

oofta  en  (Icncargo  (le  mu  conciencia.»  ( Ki  CJoUjtfuio  tic  loa  pcrroH  0¿* 
jñ'fn  y  lírrífotiía  por  Mi;(uel  de  Ceryatittía.) 


CAPÍTULO    XXXI.  473 

regularmente  los  fiLCfjos  fatuos  en  un  cementerio  ó  en  el 
sitio  en  que  se  dio  una  batalla,  ó  en  una  tapera,  contri- 
buye naturalmente  á  fomentar  en  el  ánimo  de  gente  in- 
culta la  preocupación  de  que  se  trata.  Los  terrenos  panta- 
nosos, donde  multitud  de  materias  orgánicas,  vegetales  y 
animales,  entran  en  estado  de  putrefacción  á  la  continua, 
constituyen  igualmente  un  gran  receptáculo  de  almas  del 
otro  mundo.  Cuando  el  paisano,  á  vista  de  una  de  ellas, 
pica  espuelas  á  su  caballo,  para  huir  de  tan  misteriosa 
aparición  entre  la  soledadj  el  silencio  y  la  obscuridad  de 
una  noche  serena  en  medio  del  campo,  la  luminosa  pe- 
regrina echa  á  correr  tras  él,  súbese  á  las  ancas  de  la 
caballería  y  abraza  por  la  espalda  al  aterrado  viandante. 
El  vacío  que  va  dejando  el  rápido  movimiento  de  tras- 
lación progresiva  del  fugitivo,  es  sucesivamente  ocupado 
por  la  masa  de  aire  adyacente,  que  se  precipita  con  igual 
rapidez  en  la  propia  dirección  que  lleva  el  cuerpo  que 
se  mueve,  arrastrando  consigo  el  ligerísimo  globo  de  gas 
inñamable  que  suspenden  sus  moléculas.  ¿  Cómo  no  creer, 
en  el  desvarío  de  la  mente  Hesconceilada  por  el  pavor, 
que  la  luz  que  va  en  pos  del  fugitivo  es  un  ente  do- 
tado de  entendimiento  y  voluntad  que  le  persigue?  El 
viajero  que  con  más  valor  ó  despreocupado,  se  abalanza 
hacia  la  luz,  la  hace  retroceder  á  su  presencia :  la  lleva 
envuelta  la  masa  de  aire  impelida  hacia  adelante  por 
el  movimiento  del  cuerpo  que  á  ella  aceleradamente  se 
dirige. 

Si  fuesen  á  reunirse  los  nombres  raros  v  misteriosos) 
asociados  respectivamente  á  alguna  conseja,  de  diversos 
lugares  de  las  comarcas  rioplatenses,  formárrse  una  lista 
no  poco  numerosa,  casi  tan  numerosa  cc*.:o  la  (|ue  pue- 


474  SUrKRSTICIONKS  DKL  KÍO  DK  LA  TI^VTA. 

den  ofri'cor  las  n)inantirns  rí^ionrs  <li'l  norte  de  hi  Pe- 
nínsiihi,  tan  riáis  ile  tradirii malos  levoiulas.  Las  íf////a.s' 
(it'i  otro  mundo  freciuntoineiite  se  aparecen,  desde  nuiy 
aniiiruo,  en  los  eani|>os,  sendas  y  ruinas  de  la  Inslórieu 
Esjuula,  con  esjH'cialidad  en  las  provincias  septentrio- 
naK»s  '  . 

En  Cataluña  llaman  al  íui'go  fatuo  art/tilduna:  una  cla- 
riilad  tenue,  de  color  ¡ndelinil»le,  entre  azulada  y  blanca, 
que  t)srila,  que  nuida  de  lugar,  (jue  no  abandona  el  camino 
ó  sitio  en  que  se  enciende.  A  la  presencia  de  ella,  asoman 
su  rostro  sin  carne  los  cadáveres  de  las  srjuilturas  yemiun 
y  se  lanzjín  los  unos  á  los  otros  idénticos  globos  ígneos, 
romo  los  j  tí  ¡/adores  de  raqueta  la  pelota  emplumada.  Es 
el  juego  délos  muertos  ^'\  Este  rebotar  de  los  anjuidunna, 
á  manera  del  volante  en  el  juego  de  la  raípieta,  este  ¡i*  y 
venir  y  encuentro  y  repulsión  de  las  luces  emanadas  de  los 
sepulcros  vecinos,  tiene  en  la  teología  j»oj)ular  <l('l  vulgo 
rioplatense  una  signiíicaci«')n  más  adaptable  al  estado  de  los 
espíritus  que  moran  ultratund)a.  Cierto  que  antigua  tradi- 
ción generalizada  desde  la  edad  media  en  Europa,  presenta 
los  esqueletos  humanos,  en  la  danza  de  los  muertos,  albo- 


(1)  «Cataluña  ('dice  un  eru<l¡lo  h¡!-t<)na<l(ir  y  liu-nilo),  la  Alema- 
nía  del  MfíliíxHii,  tk-iic  faiitá^ticHH  haliulaK,  curioííaH  leycndiiH,  hoiu- 
hría*»  y  terríiile»*  hwloriaí*  y  cien  nioriíWMií*  atalayas,  cien  fcudalnH  ci^^- 
lillfjír-  .  '         laroH  y  ni¡.-NT¡<>H)s  lian  í-njímdrado  otras 

f.ií,   rara     ..    ,,;íi«.  A(|UÍ    eátun  ci    (a.stillo  AVí/,o,  el  //// 

lo,  el  (Ir  la  Muerte,  el  de  la  Cinx,  el  de  Ioh  trrn  líermanos:  allí  la 
íorrt  Hoja,  la  Trjrre  0/urtira,  la  de  Ion  Knfxinlados,  la  de  laa  Jirujun,  la  de 

I        '  ^'        '         ■    '      [\\{i\i\x  ruinas  del  Inflrntít, 

1  ,..,-.  (  .    .   .  /  ('irno,  hiH  <!»•  veinte  ¡Uh- 

tr.  '  ( I).  Víílor  llalaKuer,  l'U  CaalUlu  de  Man- 

1  ^'ycnduj*. ) 

^¿}     J#il;i/u«r,  en  la  leyendií  cit^ula. 


CAPÍTULO    XXXI.  475 

rozados  y  brincando  ^^^.  Los  restos  corpóreos,  materiales, 
del  hombre,  lian  podido  conservar,  desjxiés  de  separada  de 
ellos  el  alma,  la  ilícita  afición  á  los  divertimientos  y  pla- 
ceres que  fueron  parte  á  que  en  la  vida  futura  mereciera 
la  condenación  que  sin  duda  padece  por  sus  pecados.  Mas 
el  alma  pura  y  libre  de  la  materia,  que  la  vagarosa  luz 
indefinible  representa,  penando,  pidiendo  sufragios,  aspi- 
rando en  vano  á  la  gloria  celestial,  no  debe  de  estar  de 
humor  para  entretenerse  en  jugar  al  volante.  La  gente  cam- 
pesina del  Kío  de  la  Plata  explica  ese  encuentro  y  rebote 
de  luces,  atribuyéndolo  á  las  atracciones  y  repulsiones  de 
las  almas  condenadas  de  los  compadres  y  comadres  que 
faltaron  al  sacramento  que  anudaba  más  y  más  la  obliga- 
ción primaria  de  respetarse. 

Las  almas  de  los  compadres  y  las  comadres  que  han  te- 
nido comercio  ilícito,  por  más  que  hagan,  no  pueden  alcan- 
zar la  gloria  á  que  necesariamente  aspira  todo  aquel  que, 
desligado  de  la  envoltura  corpórea  que  enciende  los  apeti- 
tos sensuales,  llega  á  conocer  perspicuamente  lo  condena- 
ble y  engañoso  de  los  placeres  é  ilusiones  de  la  vida.  Se- 
parada el  alma  del  cuerpo  por  la  mano  de  la  muerte  en 
estado  pecaminoso,  ó  queda  penando  en  el  nmndo,  ó  sola- 
mente para  penar  sale  y  viene  á  él  del  infierno  ó  del  pur- 


(1)  Explícase  de  varios  modos  el  ongeii  de  la  dama  tnacabra  ú  de 
los  muertos.  Considérase  que  pudo  nacer  del  sentimiento  de  desespe- 
ración de  la  vida  que  reinó  en  la  edad  media,  pMrtieuIarmeníe  desde 
el  siglo  XIll;  de  la  sobreexcitación  /*/.s7r//ra  del  siglo  XIV,  en  el  que 
todo  baila:  los  brujos  en  el  aquelarre,  en  las  iglesias  la  fiesta  de  los 
inocentes,  los  epilépticos  en  las  plazas;  la  necesidad  de  una  fórnuiia 
quo  recordase  á  los  opresores  que  la  muerte  todo  lo  nivela.  (La  Macrfc 
¡j  el  Diablo,  lüdoria  y  /tlosofin  dt  dos  ncyacioíics  supremas  por  Pom- 
pej'O  Gener. } 


476  sri'KitsTinoNRs  dei.  kío  db  i, a  plata. 

giitorio.  Kii  ol  tiiso  (le  los  oompíulrcs  inaiiiíirstaso  el  nhna 
en  pena,  como  en  otras  diversas  oeasÍDiu's  y  (¡ivuiistaii- 
cias,  en  forma  ile  htc(',<.  Las  /ííccn*  representativas  de  las 
almas  de  los  (^oinpadri's  nuc,  violaiul»»  uno  y  otro  saera- 
niento»  cometieron  reato,  van  ;1  encontrarse,  ehoean,  se  w- 
pclen  y  tinalnu*nte  se  tlesvaneeen.  Vano  es  sn  esfuerzo  \n)v 
asi»t»iider  á  las  rejriones  celestiales.  Obstan  á  ello  los  sacra- 
mentos tjuebnnitados. 

Toila  voz  ó  todo  mido  extrafio,  lúgubre  ó  desapacil)le, 
aun(|ue  resjx')ndan  visiblemente  a  un  ol>jeto  conocido  déla 
natundeza,  son  indicio  de  malandanza,  si  los  acentúa  el  si- 
lencio y  la  soledad  y  los  envuelve  y  esconde  entre  sus  re- 
vueltos plie<rues  el  manto  obscuro  i]o  In   iiocb(»'^\  Tn\   vez 


(1)  Tai  le  aconteció  á  Don  Quijote,  huscaiulo  los  palacios  do  Dul- 
cinea en  In  que  0\  se  iniaj^iiiaha  jrrnn  ciudad  del  TnhoBo:  «MiMÜa  no- 
che eni  por  tilo  poco  más  ó  uh'Uor,  cumdo  D.  (¿uijotc  y  Sancho  de- 
jaxx»n  el  niuntc  y  entraron  en  v\  Toboso.  Kstahn  ti  ¡mdtlo  en  un  sose- 
gado trilenrio;  porque  todon  .»*us  vecinos  dormían  V  rcpíisahaii  :i  pierna 
tendida,  como  nuelc  «lecimc.  Era  la  noche  cntnrlara,  puesto  que  (aun- 
que) M  I  Sancho  <|U0  fuera  del  t4)do  escura,  por  hallar  en  su  escu- 
ri«lad  '1-  -  ,  i  tie  -u  -and«'Z.  Xo  se  (tin  en  tmlo  rl  Imjtir  sino  Inilrnlos 
df  jtfTroM,  que  atronaban  los  oídos  de  D.  (¿uijotc  y  turbaban  el  cora- 
x6ti  de  .*^ancho.  /V  citamio  en  matulo  rehuxnulm  un  jumento,  yr uñían 
ptitrn,'  '    ,1  yutos,  rutfus  rores  de    diferentes    stmithts  se  uunttn- 

t/jÍMttt  í .'."lo  de  la  noche:  lodo  lo  ruul  turo  el  enunutrado  rahu- 

llero  ú  mal  agüero.  Pero  con  lodo  esto  «lijo  á  Sancho: — Sancho  hijo, 
guía  al  iHihicio  de  Dulcinea;  quizá  p<Nlrá  s4T  que  la  hallemos  des- 
pinUL  — ¿A  quí*  pahiiio  tenjfo  de  ífuiar,  cuerpo  del  sol,  respondió 
hincho,  que  en  el  (pie  yo  ví  á  su  grandeza  no  era  sino  cnt^ii  muy  pe- 
qiK'An?  IVhhi  de  e»tar  retirada  entonces,  reni>ond¡ó  D.  (¿uijote,  en  al- 
gúií  peí|ueAo  apartamiento  de  ftu  aleiízar  solazándoxe  á  solas  con  huh 
donoellaa.  -o  y    eo^lundin*  de  lai*  altan  -«eHoras  y   priix  '     i 

— HHIor,  <í.;     ^ ,  ya  que  vin-.-a  men'cd  qui'-n',  á  pesar  mío,  cpii  ^  .i 

alcAiar  la  rai*a  de  mi  M^riora  Dulcinea,  ¿es  hora  (Vta,  |N)r  ventura,  de 
hallar  la  puerta  abierln?  ¿Y  M*rá  bien  (pie  demos  iddabazos  para  (pie 
no«  oyan  y  luf*  abran,    metiendu  en  ullnmito  y  rumor  toda  In  ^enle? 


CAPÍTULO   XXXI.  477 

esos  niidos  indefinibles  que  á  manera  de  rumores  percibe 
el  atento  oído  en  parajes  donde  ha  solido  verse  en  ocasio- 
nes alguna  luz  vagarosa,  elevándose  y  abajándose  silencio- 
samente á  favor  de  la  soledad  y  las  sombras  de  la  callada 
noche,  no  anunciarán  ninguna  desventura,  ninguna  contra- 
riedad en  las  cosas  que  emprende  el  hombre;  sino  que  se- 
rán el  lejano  y  lóbrego  clamor  de  las  ánimas  que  en  mecho 
de  sus  padecimientos  nos  piden  oraciones  por  su  salvación 
ó  descanso  ^^\ 

Muere  como  un  perro  quien,  al  desasirse  el  alma  de  la 
material  envoltura,  no  recibe  los  santos  sacramentos,  ó, 
cuando  menos,  contrito,  no  se  encomienda  á  Dios  en  el 
trance  de  la  muerte.  Y  ¿si  por  añathdura  le  dejan  ó  queda 
tirado  como  un  perro  en  medio  del  campo?  En  semejante 
caso  una  luz  mala  indicará  que  el  alma  del  insepulto  anda 


¿Vamos,  por  dicha,  á  llamar  á  la  casa  de  nuestras  mancebas,  como 
hacen  los  abarraganado?,  que  llegan  y  llaman,  y  entran  á  cualquier 
hora,  por  tarde  que  sea?— Hallemos  primero  una  por  una  el  alcázar, 
replicó  D.  Quijote,  que  entonces  yo  te  diré,  Sancho,  lo  que  será  bien 
que  hagamos ;  y  advierte,  Sancho,  que  ó  yo  veo  poco,  ó  que  aquel 
bulto  grande  y  sombra  que  desde  aquí  se  descubre,  la  dt'be  de  hacer 
el  palacio  de  Dulcinea.  —  Pues  guíe  vuesa  merced,  respondió  Sancho, 
quizá  será  así,  aunque  yo  lo  veré  con  los  ojos,  y  lo  tocaré  con  las  ma- 
nos, y  así  lo  creeré  yo  como  creer  que  es  ahora  de  día.  Guió  D.  Qui- 
jote, y  habiendo  andado  como  doscientos  pasos  dio  con  el  bulto  que 
hacía  la  sombra,  y  vio  una  gran  torre,  y  luego  conoció  que  el  tal  edi- 
ficio no  era  alcázar,  sino  la  iglesia  principal  del  pueblo,  y  dijo: — Con 
la  iglesia  hemos  dado,  Sancho.»  ( El  hijenioso  Hidalgo  Don  Quijote 
de  la  Mancha  por  Miguel  de  Cervantes.) 

(1) 

En  distintas  direcciones 
Se  oyen  nunores  inciertos : 
Son  las  almas  de  los  muertos 
Que  uos  piden  oraciones. 

(El   Oaúi'ho   Martin   Fierro  por   D.  .Tos»^ 
Ueruáudez. ) 


478  SITKKSTICIONJIS  DKL  RÍO  DK  I.A  PLATA. 

penando  |X>r  aquellos  hisxaris  doiulc  poivció  asesinjulo  ó 
por  oualquior  ari'idento  improviso  (jue  lo  impidió  morir 
como  cristiano.  Esa  (i/tnn  rn  pena,  osa  lii/  vai;an>sa  y 
azulaila,  pido  sufragios,  pido  misas  para  su  descanso. 

Entes  punimentc  fantásticos,  con  aj)aricncia  de  seres 
ri'ales  y  verdaderos,  presentanse  á  la  mente  candorosa,  in- 
cult^i,  di'l  hombre  primitivo,  del  vul*!;o  supersticioso.  Creen 
el  hombre  primitivo  y  el  vulgo  en  la  existencia  de  fantas- 
mas, de  seres  sol)renaturales.  corpóreos  e  incor[)óreos,  (pie 
de  noche  se  presentan  en  un  lugar  detcnuinailo,  liacicndo 
nial  y  asustando  á  las  gentes.  Pero  hay  fantasmas  (pie  no 
proceden  iniiea  y  exclusivamente  de  la  imaginación  del 
hombre  ignaro  ó  supersticioso:  fantasmas  contrahechos  por 
la  malicia  ó  el  buen  humor  de  gente  a.stuta  ó  desocupada, 
que,  aprovechan<lo  la  ocasión  que  le  ofrece  la  simplicidad 
de  un  vecindario  por  demás  crédulo,  se  aventura  á  ciu- 
j)rí»sa8  de  que,  así  puede  sacar  alguna  ventaja  conforme  á 
sus  designios,  como  salir  descalabrado  ó  con  una  costilla 
rota,  fastos  fantasmas  hechizos  son  aquellos  que  de  noche 
asustan  á  la  gente  sencilla.  Las  tales  fantasmas  son  ber- 
gantes mal  entretenidos.  P^nvueltos  en  una  sábana  y  enci- 
mados en  unos  zancos  para  agigantar  su  persona,  rondan 
una  casa  ó  merodean  una  y  otra  noche  en  un  barrio  ó  jjor 
los  alretledores  de  una  pol)lación,  ora  con  el  lin  de  robar, 
ó  ¡)or  sólo  divertirse,  ó  á  intento  de  ejecutar  más  á  su 
Kdvo,  de  acuerdo  con  recomendable  ninfa,  una  aventura 
amorosa. 

¡  Una  fantasma!  ¡  un(L  Jantasnui!  claman  chicos  y 
grandep,  /  a;i^/a  una  fantasma  t  Y  ruando  aiyuno  sr  tr 
acerca,  desaparece.  Tal  pregonan;  mas  en  realidad  nadie 
w  le  acerca,  ú  lo  menos  en  los  primeros  dí;is.  Los  que  sue- 


CAPÍTULO   XXXI.  479 

len  intentarlo,  como  preocupados,  lo  hacen  con  tal  precau- 
ción que  dan  tiempo  al  espantajo  para  que  ponga  en  cobro 
su  persona.  Entretanto,  ó  éste  ha  conseguido  ya  su  objeto, 
ó,  temiendo  ser  descubierto,  no  vuelve  á  exponerse  á  que  lo 
maten  ó  le  den  una  paliza.  Y  queda  la  persuasión  de  que 
anduvo  una  fantasma. 

La  hora  que  regularmente  elige  la  fantasma  para  hacer 
sus  travesuras  es  el  anochecer,  cuando  ya  ha  obscurecido 
bastante;  bien  que  la  hora  oficial  de  las  cosas  del  otro 
numdo  suele  ser  la  media  noche  ó  de  las  doce  en  ade- 
lante ^^'.  La  noche,  con  sus  sombras  y  medias  tintas,  es 
naturalmente  la  hora  oportuna,  necesaria,  para  toda  esta 
clase  de  supercherías.  La  hora  oficial  del  brujo  es  después 
de  media  noche:  soledad,  silencio,  en  medio  de  las  tinie- 
blas, atmósfera  en  que  la  imaginación  despliega,  con  vista 
de  asombro,  alas  de  espanto.  El  lohisón  (zoántropo)  hace 
también  de  noche  sus  travesuras  ó  sus  maldades.  Salta  á 
los  ojos  la  causa  de  elegir  fantasmas  y  lobisonc^  la  noche. 
líay  gato  encerrado^  y  de  noche  todos  los  gatos  son  par- 
dos.  A  uno  de  estos  gatos  le  costó  la  vida,  en  la  frontera 
del  Uruguay  y  Río  Grande,  su  audaz  empeño:  desbalijaba 
á  los  transeúntes, /acd/i  en  mano  y  dispuesto  á  todo. 

Los  doctores  de  la  Iglesia  admiten  que  las  almas  sepa- 
radas, ora  estén  en  gloria,  ora  en  pena  ó  purificándose,  pue- 


(1)  «El  faiita.snia  aparecía  todas  las  noches.  Y  se  citaba  la  hora: 
aparecía  á  las  doce  en  punto.  ^íás  aún:  se  tenían  todos  los  detalles 
necesarios  para  atestiíxuar  la  verdad  del  caso.  ]']ra  una  sombra  blanca 
que  crecía  }•  nien<:,ual)a.  Crecía  hasta  tocar  con  la  cabeza  en  los  aba- 
ros de  los  tejados,  y  menguaba  hasta  esconderse  debajo  de  tierra. 
Andaba  sin  pies  y  volaba  sin  alas.  Aparecía  de  pronto,  y  desapiu-ecía 
de  repente.»    (Don  José  Selgas,  en  la  novela  titulada   Raijo  de  Sol.) 


4S0  SUPKHS-nCIONES  DKL  UÍO  DK  LA   TLATA. 

den,  it  fav(»r  do  t»sjHH:Mjil  jh'ÍvíK'ííÍo  y  disposirióii  de  l;i  divi- 
nidad, volver  al  nuiíulo,  aparocvrse  a  los  hombres  y  eomu- 
ninirse  con  ellos  sin  caminar  por  eso  dv  eondieióii.  No  de 
otra  nianeni,  conservando  pura,  ínlema,  la  naturaleza  y 
condición  de  eápíritns  celestiales,  cumpKn  eon  los  seres 
humantes  sn  encjirgo  ó  nn'nisterio  los  bienaventurados  que 
Dios  envía  al  mundo  como  angeles  custodios  ó  por  nuií- 
sajeros  y  panniiufos.  La  poesía  no  ha  dc^sdefíado  este  re- 
curso ^  ^  \ 

Las  apancioncs  son  almas  separadas,  (pie  en  unii  u 
otra  forma  se  presentan  al  hombre.  Corregir,  por  medio 
del  terror,  la  malicia  humana,  pedir  sufrai^ios  por  las  ahnas 
del  ])uriratorio,  cumplir  un  voto,  expiar  nlii^una  í;dtn,  jKipir 
imn  deuda,  librar  de  un  daño  (pie  ÍFijustamente  amenaza  al 
¡nocente,  hacer  una  piadosa  advertencia,  compensar  por 
mcílio  de  un  consejo  oportuno  acciones  meritorias:  tales 
8on  los  lines  con  que  las  almas  separadas  se  aparecen  al 
lionibre. 

Kara  vez,  em|HTo,  vuelven  al  nnmdo,  bajo  (Miajciuiera 
apariencia,  |)ero  en  alma,  los  muertos.  Tul  vez  parece  (pie 
He  presentan  ofreciendo  los  mismos  caracteres  de  las  jmi- 
Monas  cuyo  cuer|M)  las  albergara  en  vida.  Mas  no  ha  de 
entenderse  ¡lor  ello  que  son  las  almas  de  los  condemidos  n 


(1)  •  Ilajr  un  mt  iti  ki  mirai)  rcIcKiiAlca 

Rn  ({ulrn  tialUo  lot  mÍM'm»  iiimii¿i1<mi 
fírttérnlo  f  mmre  patrociol-' 


Y  rcn  trt-iiiuia  mano  U-  pf 

UoroM»,  aoarcMado  y  c<*m|M-..  ', 

1>M  rurgcM  df*|  fnf«*rtno  y  át'\  miilivo, 

íjm  á»  la  tlrma  ma'lrv  f  4«*  la  i>«|MtM.» 

(iViti  Jif^  Joa<|iifii  «l«*  Mor»,    i^ijfnéi.i»  h.fjxmín.n,. 
ÍM  BatéUa  dt  Fraga.     Ixiiidn*.  lH4ii.; 


CAPÍTULO   XXXI.  481 

de  los  santos  las  que  aparecen;  sino  demonios  que  toman  las 
formas  de  cuerpos  aéreos  que  semejan  las  de  aquellas  perso- 
nas que  ellos  quieren  sinuilar  que  se  aparecen.  De  suelte 
que  serán  falsas  y  echadizas  las  apariciones  que  dicen  nm- 
clios  haber  visto  de  almas  que  andan  en  })ena:  ilusiones  del 
demonio,  para  desasosegar  y  espantar  á  los  vivos  y  hacer- 
les creer  cosas  contrarias  á  las  que  enseña  la  Iglesia  ^^^. 

El  vulgo,  que  así  idealiza  las  cosas  materiales  como  ma- 
terializa las  del  nuuido  invisible  é  incorpóreo,  suele  utili- 
zar el  agradecimiento  de  las  ánimas  en  la  consecución  de 
sus  deseos  y  aspiraciones  terrenas.  Así  á  una  pobre  mu- 
chacha casadera  se  le  aparecen  tres  ánimas  muy  hermosas 
vestidas  de  blanco,  y  le  ayudan  á  hilar,  coser  y  bordar  tan 
primorosamente,  en  [)ago  del  mucho  bien  que  les  había 
hecho  con  sus  oraciones,  que  un  rico  indiano,  merced  á  ta- 
les habilidades,  la  recibe  por  esposa  y  luego  le  prohil)e  de- 
dicarse á  esas  mismas  prolijas  tareas,  por  temor  de  (pie  el 
demasiado  esmero  que  pone  en  ello  perjudique  su  salud  y 
su  hermosura ^~\ 

Separada  el  alma  del  cuerpo  por  la  muerte,  queda  pri- 
vada de  comunicarse  con  la  jH^r.-oiia  humana  y  do  recibir 
las  impresiones  que  ordinariamente  causan  en  el  hombre 
los  objetos  exteriores.  A  fuer  de  substancia  espiritual,  des- 
pn^ndida  de  su  envoltura  corpórea,  regresa  al  S(4io  de  lo 
absoluto,  que  fué  su  origen  y  es  su  centro,  (piedando  incor- 
porado su  organismo  sin  vida  al  incesante  movimiento  do 
la  materia  en  el  numdo,  de  donde  procede.  Ni  el  cuerpo  ni 


(1)  El  Maestro  Poro  Sáiulic/,  niclonero  de  la  santa  ¡};lt»s¡a  df  To- 
ledo, Historia  Moral  ij  Filusujicd.  Toledo,   !;')!)(>. 

(2)  Las  Auinids,  vw  la  colección  de  Cnnilos  //   Pursins  Dipnlnrrs 
por  Fernán  Caballero.  * 


482  SUPERSTI»  I«>\KS  DKL  líío  DK  LA   ILAiA. 

el  alma  viu'lwii  á  vivir  en  iiiiii^mia  inaiina  ó  eondicit'm  la 
vida  terrenal  (jue  los  constituyera  una  persona,  y  sólo  la 
imao^inaeión  ile  los  |K>etas,  por  medio  iK»  la  nrosopo|H'va, 
IhuhIo  halílarle-í,  esperar  sus  respuestas  v  rrpnNentarselos 
en  la  forma  y  eon  los  earaeíeres  con  ipic  fm  ron  eonoeiilos. 

El  espiritismo  pretende,  sin  emi)argo,  por  diversos  me- 
ílios  magn</ticos,  evocjir  los  espíritus  y  poner  al  honil)re  en 
comunicación  verbal  con  ellos,  cosa  de  todo  punto  inadmi- 
sible, cimtniria  á  la  razón  y  a  la  naturaleza,  siendo  pura- 
mente la  imaginación  y  el  sentimiento  (piicn  (»l)ra  las  ilu- 
siones que  sui>one  cosas  reales  y  verdaderas. 

El  espiritismo  considera  tres  elementos  en  el  liomhrc:  el 
alma  y  el  euer|)0,  y  el  pcricifpíriiu  (pie  los  une,  á  manera  de 
m^f/íWor /^/aV/Vo,  que  participa  de  la  naturaleza  de  en- 
trambos. Es  el  peri('{(jH'riiu  una  forma  del  Huido  universal, 
que  en  substancia  representa  la  vida.  101  alma  humana 
tiende  á  la  perfección  indeíinidamente,  y  j)ara  el  efecto  se 
enairna  y  se  rcvncarna  una  y  otra  vez  en  el  cuerpo.  Acom- 
páñale siempre  el  pcrirapírihi,  ílotando,  antes  de  cada  una 
<le  las  encarnaciones  (pie  efectúa,  en  los  espacios  intcrpla- 
netarios.  En  este  estado  peregrinante,  puede,  á  jx-ar  de 
faltarle  el  cnerp),  comunicarse  con  las  personas  que  K 
man.  Con  la  muerte,  q\  pcricspiritu  se  deshace  poco  á  poc 
lie  la  envoltuní  corpórea  (pie  en  resolución  abandona  en  la 
tierra  como  una  ya  inútil  vestimenta.  Cuando  se  ha  des- 
prendido ele  fl  |>or  í'omjíleto,  muí*re  el  hombre  ]>ara  los 
tuibitantCH  de  la  tierra;  pero  no  jiara  los  (pie  ])ueblan  el 
i-spacio.  I»s  vivientf*s  de  la  tierra  son,  para  <^'l,  los  nnier- 
to«.  I>as  alma**,  pues,  de  los  que  desa|)arecierofi  corporal- 
mente  de  la  tierra,  merccíl  al  pcricnplritu,  continóan  vi- 
viendo en  ella,  ó  w»  trasladan  á  otros  fnundos. 


( I 


CAPÍTULO   XXXI.  483 

El  periespírihi  de  los  muertos  obra  en  el  perie.^pírifu 
aun  encarnado  de  los  vivientes,  á  favor  de  un  fluido  mag- 
nético que  con  uno  v  otro  se  identifica.  Foséenle  todos  los 
hombres  en  mayor  ó  menor  grado.  Los  que  le  poseen  en 
alto  grado,  préstanse,  por  ende,  más  que  los  otros,  á  comu- 
nicarse con  los  espíritus  ó  almas  de  los  muertos.  Esos  sir- 
ven de  médium.  Una  doctrina  moral  complementa  esta  filo- 
sofía. El  universo  está  poblado  ab  initio  de  espíritus  des- 
tinados á  recil)ir  la  envoltura  de  los  cuerpos  que  han  de 
acompañarle  en  la  vida  terrenal,  que  lo  es  de  prueba  y  le 
convida  á  purificarse  camino  de  la  bienaventuranza.  Diver- 
samente se  manifiestan  los  espíritus.  La  materialización 
es  una  de  sus  formas.  Consiste  en  condensar  en  torno  de 
sí  la  materia,  dando  lugar  á  los  ienomeiios  fluid  i  eos.  Enton- 
ces sobrevienen  los  fantasmas,  los  espíritus  en  figura  cor- 
pórea. Manifiéstanse  asimismo  los  espíritus,  dando  golpes 
en  los  muebles  y  trasladándolos  de  un  lugar  á  otro  sin  que 
fuerza  alguna  aparente  lo  verifique  ^^\ 

He  aquí  c(Smo  se  explica  al  respecto  la  ciencia  oculta, 
la  ciencia  de  los  magos.  Después  de  la  muerte,  el  espíritu 
divino  que  animaba  al  hombre,  vuelve  al  cielo,  dejando  en 
la  tierra  y  en  la  atmósfera  dos  cadáveres:  el  uno  terrestre 
y  elemental;  el  otro  aéreo  y  sideral:  aquél  desde  luego 
inerte;  éste  todaA'ía  vivificado  por  el  movimiento  universal 
del  alma  del  mundo,  si  bien  lia  de  extinguirse  lentamente 
absorbido  por  las  potencias  adrales  de  que  procede.  El 
cadáver  terrestre  es  visible.  El  aéreo  es  invisible  á  los  ojos 


(1)  IiCchcrcJics  sur  Irs  PJn'nomrnes  du  Sj)iri(ualis))ir  por  WílHaiu 
Crookes,  tr.  por  J.  Alidol;  Traifé  Mcthodique  de  Science  Occulte  por 
Papíí:*;  Mystcres  des  Sciences  Occnltcs  por  un  Initié;  etc. 


484  srpKKSTicioxj><  i>kl  kío  dk  la  i'laia. 

lie  lo»*  vivientes,  quieneí^  sóK)  poilníii  |)en'il>irl()  nunliante 
la  apliriU'ióii  de  la  luz  anfrul  al  tran.^lúcido,  (jiie  i'oiniinica 
8U8  imprt'siioiies  al  sistema  nervioso,  exteiidii'iido  su  eíiea- 
cia  al  ói>(aiio  ile  la  vista  hastn  el  j)unlü  Je  luuerK'  ver  las 
fi»rmai»  v  caraeteres  eseritos  en  i'l  I  i  ¡tro  dr  ¡a  vida  lunii' 
nasa.  Ciiamlo  el  lnunhre  ha  sido  bueno,  sus  tlesj>ojos  attim- 
It'^  se  evaponin  eomo  el  incienso,  aseen» liendo  á  esferas 
superiores.  Pero  si  su  vida  ha  sido  mala,  sus  restos  aafvd^ 
Ivs,  durante  eierto  espaeio  de  tiempo,  le  retien(Mi  como  preso 
en  Iji  tierra,  arrastrad(>s  p<u*  el  objeto  ó  causas  que  excita- 
ran sus  pasiones.  Báñase  en  los  vapores  de  la  sanp*e  de- 
rramada, atormenta  el  sueño  de  las  jóvenes,  vela  sobre  los 
tesoros  que  jM)seyera  y  ha  enterrado  ^^^. 

Los  indios  del  Nuevo  Muudo,  así  los  (pie  poblaban  las 
Antillas  como  los  que  moraban  tii  las  tierras  maji;alláni- 
cas,  UkIos,  más  ó  menos  ineiertamente  tuvieron  ali;una 
idea  de  la  inmortalidad  del  alma  y  supusieron  (pie  ésta,  se- 
¡Kinida  de  los  euerj>08  de  los  difuntos,  solía  andar  de  no- 
che en  la  mansiijn  de  los  vivos.  I^os  ronírx  6  cernes  de 
Santo  I)(>ming(j,  á  ley  de  mensajeros  de  la  divinidad,  aj)a- 
recíanse  &  la  gente,  infundiendo  esjmnto.  Alternaban  con 
ellos  las  almas  de  los  difuntos--^.  Eran  unos  fantasmas, 
llamados  hupiae^f,  á  manera  de  los  en  (pie  han  creído 
y  CHíen  a(ín,  y  temen,  los  pueblos  cristianos  ^''^  Las  almas 
de  los  (pie  morían  de  enferme<lad,  i^{%\\n  los  mejicanos,  an- 
dalian  acá  en   la  tierra  cierto  tiemjM)'.  Generaciones  in- 


Iktgim  fl  líHutl  (U  la  Jlautr  Maijif  pí)r  K.  \á*\\.  X*  ed. 
INtlro    Nfártir  <!<•  AiitilíTÍii,    Fnrnlen    Jlintórif-aM   Mohrr    Citlón  ;/ 
Alt'  'Mul.  y  (IaíIíu  á  luz  iM)r  v\  Dr.  I).  .Ioiií|»iín   TorrcH  Ahímimí»». 

{  1     iv  Juan  <!••  'l'op|U<-iMa(lii,  Mtman¡um  Imli'ind. 

'i)    Toniuf'iitiulu,  olira  iirccMlcMitciiieiite  cil4i(la. 


CAPÍTULO  xxxr.  485 

dígenas  del  Perú  entendieron  que  las  almas  de  los  difun- 
tos quedaban  en  este  mundo  ^^^.  Los  guaraníes  temían  mu- 
cho á  los  angiieraes,  almas  salidas  de  los  cuerpos  de  los 
difuntos  ^~l  Jlhaé  también  llamaban  los  2;uaraníes  á  los 
fantasmas.  Los  magos  ó  hechiceros  guaraníes,  para  ha- 
cerse temer  de  los  indios  y  obligarlos  a  proceder  conforme 
á  lo  que  les  mandaban,  los  amenazal^an  con  formidables 
fantasmas  que,  airados,  saldrían  de  las  cavernas,  con  enor- 
mes espadas  de  piedra,  á  tomar  venganza.  Los  ecos  eran 
las  voces  que  daban  aquellos  fantasmas,  esperando  im})a- 
cientes  el  mandato  de  los  magos  ó  hechiceros,  para  salir  á 
destruir  á  los  cristianos^"'. 

Todos  los  indios,  en  general,  creían  que  las  almas  se- 
paradas de  los  cuer2)0s  (que,  ora  gozosas,  ora  afligidas, 
andaban  vagando  solitarias  de  noche)  experimentaban 
las  sensaciones  del  hambre  y  la  sed,  y  del  calor  y  del 
frío,  y  del  cansancio.  Aparecíanse  á  sus  parientes  y  a 
otras  personas,  anunciando,  por  lo  regular,  que  habían 
de  morir  ó  que  había  de  sobrevenirles  algún  mal^^^  Esta 
era  la  causa  por  la  que,  á  parte  de  las  ri(iuezas,  pren- 
das, útiles  y  comidas  con  que  para  el  día  de  la  resu- 
rrección enterraban  á  los  difuntos ^''^,  les  ofrecían  de  tarde 
en  tarde  viandas,  bebidas,  ropas  y  demás  cosas  adap- 
tables á  sus  necesidades,  las  cuales  depositaban  sobre  las 


(1)  El  P.  Bernabé  Cobo,  Historia  del  Nuevo  Mundo. 

(2)  Carta  del  P.  Alonso  de  Barzana  lí  su  Provincial,  en  la  Asun- 
ción del  Paraguay,  1594.  ( Iiclacioues  Geográficas  de  Indias  publ.  por 
el  Ministerio  de  Fomento.  Madrid,  1S>S5.) 

(3)  El  P.  Antonio  Kuiz  de  Montoya,  Conquista  E¡f¡)iritnal  del  Pa- 
raguaij,  Paraná,  Uruijiiaij  y  Tape. 

(4)  Cobo,  Historia  del  Nncro  Mundo. 

(5)  V.  Cap.  Xíl,  píiü<.  iry_>  y  M^. 


486  6urEKSTicr(»XRs  del  hío  in:  la  plata. 

sepnltuniíí'*^  Una  ct>stuinl»rr  siMucjantc  á  cstn  de  los 
iiuliüs,  tuvieron  iU»stlt'  imiv  nnii^uo  iii  il  X'irjo  MmuK) 
los  gentili»^,  quioni's  la  roiniuiiraron  trailitic  mu  luiente  a 
las  .socieihuU's  cristianas.  Todos  los  pueblos  de  la  aiiti- 
giietlad,  tuce  el  Abate  Martigny,  i^ustahan  de  ornar  y 
amueblar,  |>or  deeirlo  así,  los  sepulcros  con  todas  a(|ne- 
llas  cosas  que  |K>dían  servir  tanto  a  las  neci'sidades  eonm 
21  los  placeres  de  la  vida.  Era  e.-to  una  especie  de  ilii- 
8Íón  á  favor  de  la  que  siniidaba  |)rolonLíarse  la  existen- 
cia tem^nal  más  allá  de  sus  naturales  límites.  IjOs  cris- 
tianos adoptaron  esta  costumbre;  pero  santificándola  con 
8U  intención  j)or  medio  de  sínd)olos  coidormes  á  la  índole 
y  tendencias  de  la  religión  luieva,  (jue  es  espíritu  y  v¡(la^-\ 
Ofrecían  .<obre  las  sepulturas  cosas  de  comer  y  bebei-,  á 
fuer  de  limosna,  para  clérii^os  y  p(jbres,  por  el  alma  de  los 
difuntos.  Pero  sin  duda  nini^una  el  vuIl^o,  á  los  princij)io?, 
ílió  al  acto  una  si<íniíieaeión  menos  inmaterial,  en  fueiv.a  de 
la  tradición  jíentílica  que  le  transnútiera  ese  legado.  IJa- 
nuW  en  Ks|>aña  la  ofrenda  de  comestibles  que,  por  suíra- 
gio  á  los  difunto.s,  .»<e  |)onía  .sobre  las  sej)ulturas,  oltlculci, 
voz  de  origen  latino  (oblata);  pero  algunos  ^bárbara- 
mente »,  segAn  se  expliai  1).  Sebastián  de  Covarrubias,  de- 
cían ollada  •'.  El  uso  del  vocíddo  olladd,  en  sustitución  de 
oblada  (\  ofrecimiento,  patentiza  que  la  nnierte,  para  aque- 
llos buenos  cristianos  que  de  tal  manera  entendían  y  trabu- 
caban la  forma  de  las  palabras,  no  era  una  cosa  tan  <l¡spli- 


(\;  Cobo,  ohr»  cifmlH,  y  <•!  I*.  A(m(*  i\(»  Aí*oí*tii,  Uislnria  Natural  y 
líornl  dr  Uu  ¡n- 

(2)     I*  Atélu/mhM    l'hnln nncH. 

c.i)     7  ..   i.mjun    ('fiMteihna.   Define  a- í   \n  voz:  «Ofrcniia 

qur  MC  11  'ff*  la  lU'iiuUum  del  difunto.* 


CAPITULO    XXX L  487 

cente  y  nialii  como  dicen;  pues,  antes  que  desganar  á  los 
difuntos,  les  abría  más  el  apetito.  Comían  por  olladas,  6 
como  quien  dice,  d  dos  carrillos,  las  suculentas  viandas 
con  que  sus  deudos  y  amigos  los  regalaban:  cosa  tan 
opuesta  al  carácter  sobrio  del  español.  La  costumbre  que 
nos  ocupa,  con  respecto  á  los  cristianos,  hul)0  de  acen- 
tuarse en  America,  por  resultado  del  contingente  análogo 
que  aportaban  los  indios  reducidos  á  la  vida  de  la  civili- 
zación europea.  Los  prelados,  en  sus  sínodos,  acordaban  se 
recomendase  á  los  sacerdotes  que  procurasen  hacer  enten- 
der á  los  indios  que  las  ofrendas  que  los  cristianos  ponían 
sobre  las  sepulturas  no  eran  comida  ni  bebida  de  las  almas 
de  los  difuntos,  sino  alimentos  que  se  ofrecían  en  esa  forma 
para  los  pobres  y  ministros  de  la  Iglesia  ^^\  Ya  liemos 
visto  en  otro  lugar  ^-^  que  la  gente  india  que  sobrevivió  ala 
ruina  y  dispersión  de  los  pueblos  fundados  por  los  jesuí- 
tas en  las  vertientes  del  Uruguay  (y  lo  propio  debe  pen- 
sarse de  los  del  Paraná,  Chaco,  Santa  Cruz  de  la  Sierra, 
etc. ),  conservó  hasta  nuestros  días  la  costumbre  ¡piadosa 
de  que  se  trata. 


(1)  Kl  P.  Jcsé  íle  A  costa,  Uislon'a  Xatural  r/  Moral  de  las  Indias. 

(2)  V.  Cap.  VII,  pá-   ÍJ7. 


CAPÍTULO   XXX 11 

Maleficios:     daño  -. 


Sumario.  —  Kl  Inpiiotismo  y  la  «'.\tr:i<l¡lutac¡nn  de  la  soiisibilidad. — 
Lh  exlniílilalaciún  de  la  s^ensibilidad  y  los  maloHcios.  —  MaK-Hcio 
{t  ■  "  ;H»r  nutiio  d(>l  retrato  del  h«'t'li¡zad<>.  —  Kiit<'rradnres. — 
¡.  >  y  sinijnituis.  —  Hechizo   con  li;íuras  de  cera.  —  Su  aii- 

t¿_  .   —  Ileclúceras  tes:jd¡eiise.s.  —  Judíos  españoles:   sus  veii- 

gniizas  contra  los  cristianos.  —  Daño,  por  nieilio  de  una  prenda 
del  nmlcHciailo:  en  el  Viejo  y  el  Nuevo  Mundo,  antes  de  la  con- 
qui.ota.  —  Cosiift  con  que  se  hechiza.  —  Kl  diahlo,  macho  caljrío.  — 
Malas  mujeres.  —  I»  adveneilizo,  mezclado  ú  lo  indí;fena,  en  nia- 
Uria  de  hechizos. —  El  rut/  6  rni  en  los  hechizos.  —  Sapos,  aves- 
inicvs,  »eri»ient<'S,  entiv  lo-*  indios.  —  Como  proce<lían  en  sus  ma- 
leík'ios  lu-  indios  <lel  Perú.  —  Su  identidad  con  rl  modo  «le  he- 
chizar en  Kuropa.  —  Ilrchizos  usados  por  los  junaran  íes  :  idénticos 
á  Ion  de  Kurr>pa  :  sinijHiíiaM  y  ligaduras.  —  Los  mastiucH  rcladorcs 
del  católico  rebaño  arremeten  contni  los  Ix-chiceros. 


Kiitn*  los  e-\jKTÍmentadnre.s  (|Uc,  incdijinlc  el  liipnotismo, 
concertiulo  cí>ii  los  fenúinenos  «Id  in;i<;ii('tisino  y  csjíiii- 
l¡í*nio  V  c-on  laH  doctrinas  v  practicas  de  la  ina;;¡M,  intentan 
Imllar  cumplidos,  en  nuiclios  de  los  encantos  y  hechizos  de 
que  la  hÍHtoria  y  la  tradición  hacen  nienioriji,  los  piopios 
hec'hoH  y  fenónienos  |wico- físicos  con  íjnc  hoy  asombran 
al  iDurulo,  figura  en  |»r¡nieni  línea  M.  A.  de  Kocliás.  A  fa- 
vor de  n'petídas  exiieriencias  en  personas  hipnotizadas,  se 
ba  propuesto  demostnir  y  rejínHiucir  cirntílicamente  la  sii- 


CAPÍTUTX)  xxxir.  489 

puesta  acción  á  la  distancia  que  antaÍKj  presumían  ejercer 
( y  aun  al  presente  hay  quien  lo  presuma )  aquellos  hechi- 
ceros que,  por  medio  de  las  figiu'as  de  cera  representativas 
de  la  persona  que  recibe  su  influencia,  se  ocupaban  en 
martirizarla^^ I  Para  ello  se  vale  Rochas  de  lo  que  llama 
exterior ización  de  ¡a  sensibilidad ^-\  expresión  que  pu- 
diera acaso  sustituirse  con  la  de  extradilat ación  de  la  sen- 
sibilidad, menos  dura  de  pronunciar,  aunque  también  des- 
mesurada. Además  no  tiene  ésta  nada  de  equívoca.  Lo  que 
sale  fuera  de  una  cosa  (lo  que  se  exterioriza )  puede  des- 
prenderse de  ella,  y  lo  que  se  dilata  no  sufre  solución  de 
continuidad,  que  es  lo  que  se  supone  en  el  caso  de  los  ex- 
perimentos de  Rochas.  Aunque  las  capas  concéntricas  que 
califica  Aq  finido  sensitivo  están  se2:>aradas  por  zonas  in- 
sensibles, no  hay  entre  aquéllas  y  éstas  otra  diferencia  que 
la  cuantitativa,  procedente  de  los  movimientos  rítmicos  del 
corazón  y  de  los  pulmones. 

El  experimentador  hace  poner  al  paciente  en  un  estado 
hipnótico  de  cierto  grado  de  intensidad,  á  favor  del  cual  le 
es  posible  conseguir  que  se  dilate  fuera  del  cuerpo  su  sen- 
sibilidad, de  la  propia  manera  ({ue,  segCni  la  teoría  de  las 


(1)  «Tuviéronse  por  fabulosas  las  antigua:-? prácticas  de  los  hechizos. 
Creyóse  también  que  habían  desaparecido  para  .siempre  de  la  historia 
de  las  ciencias.  Las  experiencias,  empero,  de  Rochas  sobre  la  cxtcrio- 
rización  de  la  sensihiíidad  en  los  estados  profundos  de  la  hipnosis, 
han  venido  á  renovar  la  ¡dea  de  la  posibilidad  de  hechos  tan  extraños 
del  dominio  de  la  magia.  No  siendo  un  libro  de  hechicería  el  que  nos- 
otros escribimos,  no  tenemos  para  qué  entrar  en  el  examiMi  de  aquellas 
prácticas,  dañosas  cuando  una  voluntad  malevolente  las  ejecuta.  Cúm- 
plenos solo  insistir  acerca  de  la  posibilidad  cicnüfica  de  tales  fenó- 
menos. »    ( Papús,  Traite  Kknicntaire  de  Science  Occulfe, ) 

(2)  U Extdriorimtiün  de  la  Sensibilitc,  FAude  E.rprrinirnfalr  c(  ///.y- 
torique.  2."  ed.,  1895. 


490  Sn'KRSTIOIONES  DKL  KÍO  DK  LA  1M.\TA. 

oiulularioiK^s,  se  propíignii  hi  lii/,  rl  sonido  y  la  rliHiricl- 
tlail  en  el  osj>ai'io.  La  potenria  sensitiva,  i\\\r  rslalía  antes 
KK-iilizaila  t*n  la  epiílcrniis,  ya  fuera  ilol  iiuTpo,  se  va  coii- 
densaiiJo  en  nipas  ó  lechos  ei)iuvnt lieos  y  separados  entre 
sí  jHir  zonas  insensibles.  Estos  lechos  sensitivos  y  zonas  in- 
8i»nsiMes  ri'presentan  il  niáxinnnn  y  el  niíninunn  de  eon- 
ik'iisaeión  de  sensihilitlail,  producido  proba! )leniente  })or  la 
¡nterniiiencia  de  los  dos  niovinumtos  rítmicos  del  cuerpo 
humano:  la  res}>iración  y  el  latir  de  las  arterias.  Acer- 
cando al  cuerjH)  un  vaso  de  ai^ua,  se  impregna  de  sensibi- 
lidad, al  tiemjHj  tic  atravesar  las  capas  (pie  la  contienen. 
Cargada  el  agua  del  Huido  sensible,  ex})erimenla  el  cueipo 
humano  de  (pie  proceile  las  sensaciones  correspondientes  á 
la  impresión  (pie  en  ella  hiciere  cuabjuiera  objeto.  El  fenó- 
meno se  verifica,  aunque  el  vaso  de  agua  sensibilizada  se 
traslade  á  mayor  distancia  de  la  (jue  ocupan  las  capas  ó 
krhos  sensibles.  Pu(m1c  sustituirse  el  agua  con  otras  subs- 
tiineias  grasas  y  viscosas,  iisí  como  con  la  cera,  de  (pie  se 
servían  (y  aun  se  sirven )  los  brujeas  y  hechiceros  [kua  mo- 
delar figuras  repri»sentativas  de  la  persona  á  quien  se  pro- 
|M)nían  matar  ó  martirizar  desde  lejos,  sin  necesidad  de 
herir  directa  {^  innunliatamente  el  cuerpo  de  la  víctima.  L:i 
analogía,  pues,  entre  el  hechizo  de  las  imageiuís  de  cera  y 
el  fenómeno  fisiol(')gico  de  la  extradilatación  ó  exterioriza' 
eián  f/e  la  J^enjiihilidad,  (pie  Rochas  dilucida,  es  notoria. 
Uoehás  modeló  una  |Kí(jueña  íigura  de  cera,  y  colocóla 
vertií^lmente  delante  de  un  individuo  convenientemente 
liipnot¡ZJid(j,  a  fin  de  sensibilizarla  con  los  ejl arios  ema- 
nados del  cucrjH>  del  j>aciente  ó  sujefo.  Sensibilizada  la 
íigurillfl,  experimentaba  respectivamente  el  sujetít  en  la 
partí*  HUiM'rior  ó  inferior  de  su  euer|H)  las  |»unzadas  (pie  en 


CAPITULO  xxxn.  491 

la  cabeza  ó  en  los  pies  de  aquélla  daba  el  autor  de  la  cu- 
riosa experiencia.  Los  efluvios  de  las  diferentes  partes  del 
cuerpo  hipnotizado  se  adhieren  señaladamente  á  los  puntos 
más  próximos  á  él  de  la  materia  que  los  absorbe.  Los  efluvios 
se  refractan  de  un  modo  análogo  á  la  luz.  Así  un  lente  que  re- 
dujese la  imagen  del  cuerpo  hipnotizado,  serviría  para  adap- 
tar á  las  partes  correspondientes  de  una  materia  adecuada  los 
efluvios  de  él  procedentes.  Una  placa  fotográfica  preparada 
por  medio  de  la  gelatina  y  el  bromuro  y  ligeramente  vis- 
cosa, es  muy  á  propósito  para  conseguir  el  mismo  resultado. 
El  sujeto  experimenta  res})ectivamente  en  cada  parte  del 
cuerpo  las  correspondientes  impresiones  que  su  retrato  i'e- 
cibe :  si  en  la  imagen  de  la  mano,  en  la  mano ;  si  en  la  de  la 
cabeza,  en  la  cabeza ;  si  en  la  de  su  vestido,  en  el  lugar  á 
que  adhiere  ó  que  2)or  él  se  halla  cubierto.  Soplando  la  ima- 
gen, despiértase  el  sujeto  ó  individuo  que  representa  ^ ^ ^. 
La  extradilatación  de  la  sensibilidad  y  su  incorporación 
á  una  materia  adaptable  que  la  absorba  convenientemente, 
así  puede  servir  para  martirizar  á  una  persona,  como  jxira 
proporcionarle  goces  y  aliviar  ó  curar  sus  dolencias.  El 
agente  nervioso  exteriorizado  puede  transmitir  el  efecto 
de  acciones  favorables  y  de  acciones  nocivas  al  individuo. 
Las  curaciones  á  la  distancia  con  remedios  simpáticos,  dan 
una  idea  de  las  operaciones  })rimitivas  del  hombre  sobre  el 


( 1 )    Rochas,  Exicriorisation  de  la  Scnsihilité. 

«  El  conocimiento  del  niaiínctismo  teiTCiftre,  do  esta  fuerza  intrligrntc 
y  misteriosa  denominada  ha  astral  por  los  adeptos,  es  un  poderoso 
recurso  mágico.  Estudiando  el  auto-hipnotismo,  ejercitándose  en  la 
meditación  y  en  el  éxtasis,  llegará  uno  á  comprender  bien  esta  fuerza, 
cuyo  uso  no  ha  sido  nunca  ignorado  del  todo.  Tal  es  el  secreto  de  los 
hechizos.  >    i^  Papús,  Trait.  Klán.  de  May.  Prat.) 

3U. 


49*i  SrPKItóTiCIONKS  DEL  RÍO  1>K  LA   l'LATA. 

jMirticular.  Sirvan  tle  ojoinplo  los  ¡K)lro{<  de  itiinpaiía  (jiio 
Digby  dio  á  coiKver  cifíitílinmuMitc  en  Kiiropa,  doiuK'  al- 
caiizanuí  inmenso  favor  en  el  (leeiniosi'ntinm  sij^lo^^^ 

Las  observaeiones  ile  Koehas  pudiiTaii  ¡iíualiiu*nte  aj>li- 
eairse  á  niuehas  de  las  formas  de  daño  (jue  usm  r\  vulu;o  vu 
el  Río  de  la  Plata.  Entre  la  gente  más  ignorante,  reina 
una  preoeiijwición  resjx^eto  ile  los  retratos.  Hay,  eon  efecto, 
individuos  que  iH>r  nada  de  este  nnnido  consienten  que  los 
retraten.  Teme  el  cnVlulo  que,  cayendo  su  retrato  en   ma- 
nos de  una  |>ersona  capaz  de  maleíiciarlo,   le  haga   sufrir 
horribles  padecimientos  y  aun  acabar  lentamente  con   su 
existencia.   Ya  de  suyo  le  maravilla  el  hecho  sorprendente 
de  salir  en  un  instante  fielmente  representada  una  persona 
expuesta  á  la  acción  de  la  luz  en   las  láminas  sensibiliza- 
das, y  la  )K»rsuas¡6n  que  abriga  del  daño  que  con  su   ima- 
gen pueilen  hac*erle,  le  jMjue  en  guardia  contra  una  tan  fa- 
tal eventualidad  y  aconseja  á  sus  amigos  que  tengan  cui- 
dado Cí>n  sus  retratos.   Uno  de  los   medios  de  maleficiar 
con  el  retrato  de  una  ¡M-rsonji,  es  enterrarlo  en  lascjailtura 
de  un  cadáver  que  aun  est^  en  estado  <le  descomposición. 
A  nie«lida  que  se  va  secando  el  cuerj)o  del  difunto,  la  j>er- 
Bona  retratada  va  enfermando  y  consumiéndose,  hasta  que 
muere.    Para   es4)  el   maléfico,  al   hacer  el   enterramiento, 
pronuncia  su  («njuro,  imprecando  que  la  ])erson:i  (pie  re- 
prcucniü  i'\  retrato  acompañe  al  finado  que  está  debajo  de 
tierra.  I^  ¡MTsona  cuyo  es  el  retntto,  que<la  ( mediante  el 
entierro  y  palabnis  y  demás  ceremonias  ocultas  que  usa  el 
enterrador)  lvj(ula,  atfula  á  la  condición  <lel   difunto,  y, 
por  razones  de  auiipatúi,   va  experimentando   los    propios 

(  1 )     Rorhá^,  ohrn  cítiidfi. 


CAPÍTULO    XXXII.  493 

fenómenos  de  descomposición  que  en  él  se  verifican.  Este 
género  de  daño,  como  se  verá  más  adelante,  era  usado  por 
los  indios  guaraníes,  y  á  los  que  se  ocupaban  en  ello  los 
llamaban  enterradores.  Todos  los  hechizos  se  fundan  en 
una  razón  de  analofjía,  método  y  sistema  característico  de 
la  titulada  ciencia  oculta  de  la  India  y  del  Egipto.  Las 
sivijyatías  y  antipatías  q\ie  se  s>upone  tienen  las  cosas  entre 
sí  y  con  respecto  al  hombre  y  al  orden  del  universo,  cons- 
tituyen el  fondo  de  las  infinitas  formas  de  maleficio  que  al 
vulgo  alarman,  muchas  de  ellas  conocidas,  otras  (las  más) 
ocultas,  por  la  absoluta  reserva  que  guarda  el  que  las  sabe. 
Antiquísimo  es  en  el  mundo  el  invento  de  las  figuras 
de  cera,  para  maleficiar  á  las  personas  ^^^.  Las  mágicas  de 
Tesalia,  en  Grecia,  pretendían,  como  todas,  dominar  los 


( 1 )  Tres  cuerdas  te  rodeo  lo  primero, 

De  su  color  cada  una  variada, 
Imagen,  y  con  pie  diestro  y  ligero 
Acerca  desto  altar  y  ara  sagrada 
Traerte  al  rededor  tres  veces  quiero ; 
Que  el  número  de  tres  al  cielo  agrada. 
Ve  presto,  mi  conjuro,  y  la  mar  pasa, 

Y  vuelve  de  la  villa  á  Dafni  á  casa. 

Añuda,  ¡  ob  Amarilis!  con  tres  ñudos 
Cada  uno  destos  hilos  colorados. 
Añuda  ya,  y  no  estén  los  labios  mudos. 
Di  en  cada  ñudo  destos  por  ti  dfldos : 
«Nudos  de  amor  estrecbos,  ciegos,  crudos, 
Nudos  de  amor  doy  firmes  y  añudados.» 
Ve  presto,  mi  conjuro,  y  la  mar  pasa, 

Y  vuelve  de  la  villa  á  Dafni  á  casa. 

Ansí  como  esta  cera  torna  blanda. 
Ansí  como  este  barro  se  endurece, 

Y  uu  mesmo  fuego  en  ambas  cosas  anda 

Y  juntamente  seca  y  enternece; 

Ansí  tu  amor  conmigo  á  Dafni  ablanda, 

Y  para  las  demás  le  empedcrnece. 
Ve  presto,  mi  conjuro,  y  la  mar  pasa, 

Y  vuelve  de  la  villa  á  Dafni  á  casa. 


(Égloga  de  Virgilio,  trad.  por  í>ay  Luis  de  León.) 


•494  sri»KRSTicioxt:s  i>kl  kío  de  i.a  im.ata. 

eleiiK'iitDs,  alit'raiuK)  A  orileii  tic  la  natuniK'za.  Usaban  vn- 
salmos  in)iitni  las  inoriltHiunis  do  víl)oras  y  escorpiones,  y 
tenían  luvliizos  para  liirar  á  los  anianti's  y  ;í  los  esposos, 
jíara  destruir  los  g;inados,  ete.  Jlaeían  ligaras  ile  cera, 
echábanles  maldiciones,  elavábaides  alfileres  en  el  corazón, 
y  lu8  exponían  en  ciertos  parajes,  á  íin  de  (pie,  contempla- 
das con  ojos  tímidos  {X)r  las  personas  á  (piienes  repi-esen- 
taban,  crevendo  cvrcana  la  muerte,  les  abreviaran  el  tér- 
mino  de  sus  días^^\  Kl  ( )riente,  el  más  antiguo,  abundoso 
y  fértil  semillero  de  su|>ersticiones,  indudablemente  ha 
sido  íjuien  primero  conociera  este  y  diios  ¡nnunieral)les 
hechizos,  difundidos  luego  por  el  mundo  con  las  invasiones 
de  los  j)ersas  á  la  Grecia  y  de  los  helenos  al  Asia,  las  de 
Roma  y  sus  conquistas,  la  dispersión  <le  los  judíos,  las 
emigraciones  y  los  viajes. 

Los  judíos,  mirados  siempre  en  Esj)aria  con  malos  ojos 
por  el  pueblo  fanático,  (pie  con  frecuencia  desahogaba  su 
encono  y  aprensiones  cometiendo  bárbaros  excesos,  sufrían 
pacitMitemente  su  mala  suerte,  y,  si  alguna  vez  se  vengaban, 
vengábansí»  á  las  calladas.  Acusábaseles,  entre  otras  cosas 
que  el  vulgo  les  atribuía  no  siemj)re  con  verdad,  de  (jiic  el 
viernes  santo,  celebrando  la  muerte  del  Salvador,  cruci- 
ficaban y  l>ebían  la  sangre  <le  niños  ó  jóvenes  cristianos 
íjue  lognilüín  robar  con  arte.  A  falta  de  jóvenes  ó  niños  á 
quienes  martirizar,  valíanse  de  imágenes  de  cera  represen- 
tativas de  Cristo  cnicificado.  Tal  los  pintaba  la  tradiciún 
popular,  y  tal  apan*<'en  en  romances,  poemas  y  leyes. 
Cuenta  Gonzalo  de  l>erceo,  jMieta  del  siglo  decimotercio, 
que  hallándow  congregada  la  grey  cristiana  ante  los  altares 

(1)     Véqjc  de  Anaoarns  á  la  (Jrccia  \yot  >].  •!.  linrllM'lciny. 


CAPITULO   XXXII.  495 

de  la  catedral  de  Toledo,  en  una  fiesta  de  la  virgen,  oyóse 
una  voz  del  cielo  quejumbrosa,  que  decía: 

Otra  vez  crucifican  al  mi  caro  fijuelo: 

Non  entendríe  ninguno  quand  grant  es  el  mi  duelo. 

Era  el  plañido  de  la  Madre  de  Dios,  que  denunciaba  á 
los  cristianos  el  crimen  que  en  aquel  acto  estaban  come- 
tiendo los  judíos  en  la  ¡)ersona  de  Jesucristo.  Los  cristia- 
nos, excitados  por  el  arzobispo  que  oficiaba  en  la  misa, 
acudieron  en  masa  á  la  judería,  donde 

Fallaron  en  una  casa  del  rabí  más  onrado 

Un  grant  cuerpo  de  cera  como  ome  formado. 

Como  don  Xripsto  s'ovo,  sedíe  crucificado, 

Con  grandes  clavos  preso  e  grant  plaga  al  costado  (1). 

Los  legisladores,  siguiendo  la  corriente  popular,  prove- 
yeron á  las  repetidas  quejas  del  clero  y  de  los  fieles.  Don 
Alonso  X  de  Castilla,  sin  admitir  como  éstos  indubitable 
el  hecho  que  imputa) )an  á  los  judíos,  amenazaba  con  la 
pena  de  muerte  á  los  que  resultasen  autores  de  él.  «E  por 
que  oymos  dezir  que  en  algunos  lugares  los  judíos  fizieron 
e  fazen  el  día  de  viernes  santo  remembranza  de  la  pasión 
de  Nuestro  Señor  Jesu  Cristo  en  manera  de  escarnio,  fur- 
tando  los  niños  e  poniéndolos  en  cruz,  e  faziendo  ymagines 
de  cera  e  crucificándolas,  quando  los  niños  non  puc-den  ha- 
ver,  mandamos  que  si  más  fuere  de  a(][uí  adelante  en  al- 
gund  lugar  de  nuestro  señorío  tal  cosa  assí  fecha,  si  se  pu- 


(1)  Milagros  de  Nuestra  Señora.  Véase  Historia  Social,  Política  y 
Religiosa  de  los  Judíos  de  España  ij  Portugal  por  D.  José  Amador 
de  los  Ríos. 


496  SUPERSTICIONES  DKI,  RÍO  1)K  LA  PLATA. 

diere  averiixuar,  que  to<los  aijuellos  que  se  acertaron  y  tu 
aquel  fivho.  que  sean  presos  e  recahdados  c  duchos  ante  o\ 
Rey,  e  después  que  el  Key  sopiere  la  verdad,  (lévelos  man- 
dar matar  ahütailanieute  quantos  (juier  que  sean>^^^\ 

l'na  priMida  del  individuo  á  (juien  sf  intenta  maleficiar, 
es|XH;ialaieute  de  aquellas  que  están  adheridas  á  su  jut- 
sona,  como  una  pieza  de  ropa,  es  uno  de  los  medios  más 
socorridos  de  hacer  daño.  Este  urhIío  de  /i (jar,  tan  anti- 
guo y  comíin  en  Europa  "\  fué  tamhién  conocido  y  puesto 


(1)  !>•>•  '2.\  título  24."  <k*  la  l\irtida  7.* 

(2)  «Halló  Antonio  A  padrt»  lí  la  (Viiotia,  (lUc  buscaba  en  la  V\\- 
niarn  del  Koy  p«^r  lo  nu'iios,  y  en  vu'iulola,  puesta  urui  (hvscnvainada 
daga  en  las  manos,  con  c<'>lera  española  y  discurso  ciejío  arremetió  á 
ella,  y  asiéndola  «Id  l)ni/<^  izquierdo  y  levantada  la  dapt  en  alto,  la 
dijo:  — •  Dame,  ¡oh  hechieerul  á  mi  hijo  vivo  y  sano,  y  lu('p:o,  si  no, 
haz  cuenta  que  el  punto  de  tu  nuu'rtc  ha  liejíado.  Mira  si  times  su 
vida  envuelta  en  al^^im  envoltorio  de  aj^uj^is  sin  ojos  ó  de  alfileres 
liin  cabezas.  Mira,  ¡oh  i>érfida!  si  la  tienes  escondida  en  al^j^ún  quicio 
de  puerta  ó  en  alíruna  otra  parte  que  sólo  tú  lo  sabes. >  Pasmóse  (V- 
nocia,  viendo  que  la  amena/aba  una  da^a  desnuda  en  las  manos  de 
un  español  colérico,  y  temblando  le  prometió  de  darle  la  vida  y  salud 
de  su  hijo,  y  aun  le  prometiera  de  darle  la  salud  de  todo  el  mundo, 
si  se  la  pidiera:  de  tal  manera  se  le  había  «'nlra<lo  el  temor  en  el 
alma.  V  así  le  dijo:— «Suéltame,  espaAol,  y  envaina  tu  acero,  que  los 
que  tienen  tu  hijo  le  han  conducido  al  término  en  que  está.  Y  pues 
itabes  que  la.«  mujeres  sínnos  naturalmente  venp:ativas,  y  más  cuando 
not  llama  á  hi  ventran/.n  el  desdén  y  el  menosprecio,  no  te  maravilles 
si  la  dureza  de  tu  hijo  me  ha  endurecido  el  pecho.  Aconséjale  que 
se  humane  de  aí|uí  lulelante  con  los  rendidos,  y  no  desprecie  á  los 
qu#»  pi^'da/l  le  pidieren,  y  vete  en  paz,  que  mai^ann  estará  lu  hijo  m 
dí^ipoMción  de  lev  •  bueno  y  sano. »  —  «Cuando  así  no  sejí,  re^^pon- 

di*'    \i'í'.»!Ío,  ni  ú  faltJirá  industria  para  hallartí*,  ni  cólera  pan» 

qu  i  viíla,'  Y  con  ento  In  «lejó,    y  <dla  quedó  tan  entregada    al 

miedo,  que  olvidáiidon^'  de  trnlo  nf^ravio,  sacó  del  (piicio  de  una  puerta 
los  b*"  "  "ía  fin'parado  para  consumir   la  vida  jmwo  á  poco 

dd  riy  ......    ,  !••  'Mt!  loH  de  HU  donaire  y  Kcniile/a  la  tenía  ren- 

dida. hul>o      I  al  <    la    (Vnotia    huh   endemoiiiados    prepara- 

mentos  de  la  puerta,   cuando   sidió   la    r>alud    ¡Mordida   de   Antonio   á 


CAPITULO   XXXII.  497 

en  práctica  por  los  indios  de  América,  sin  que  entre  las 
operaciones  de  los  hechiceros  del  Viejo  y  Nuevo  Mundo 
haya  la  más  mínima  diferencia.  Las  mujeres  maléficas,  ó 
bien  eiitierran,  ó  bien  conservan  amontonadas  y  húmedas, 
en  un  rincón  obscuro  de  su  cavernoso  y  sucio  albergue,  las 
ropas  de  la  persona  á  quien  están  martirizando.  Renuevan 
ó  avivan  los  padecimientos  del  hechizado,  levantando  y 
esponjando  aquellos  trapos  húmedos  y  revueltos.  Remué- 
venlos  de  tiempo  en  tiempo,  teniendo  constantemente  mar- 
tirizada á  la  persona  cuya  era  la  ropa.  Otras  veces  forman 
con  la  pieza  de  ropa  sustraída  ó  robada  una  figura  repre- 
sentativa de  la  persona  á  quien  pertenece  ó  de  cualquiera 
de  sus  órganos.  Clavando  en  estas  figuras  unos  alfileres  de 
cabeza  grande,  le  entierran  en  su  cuarto  ú  otro  lugar  apa- 
rente según  sus  designios,  y  hacen  sufrir  al  paciente  do- 
lores acerbos,  para  los  cuales  no  hay  medicina  que  valga. 
¡Cuántas  veces,  haciendo  un  hoyo  ó  excavando  unos  ci- 
mientos, se  ha  dado  con  un  corazón  de  trapo  acribillado 
de  alfileres!  ¡Qué  sorpresa  y  qué  desmayo!  ¡Cuánta  mal- 
dad! ¿Quién  sería  la  víctima?  ¡Horrible  atrocidad!  ¡Dios 
nos  libre  de  una  desgracia  semejante! 

Ungiientos,  fumigaciones,  bebedizos,  hierbas  ^^\  sabandi- 


plaza,  cobrando  en  su  rostro  las  primeras  colores,  los  ojos  vista  ale- 
gre y  las  desmayadas  fuerzas  esforzado  brío,  de  lo  que  recibieron  ge- 
neral contento  cuantos  le  conocían.^  (Trabajos  (le  Pérsilc^  //  Sigis- 
mnnda  por  ^liguel  de  Cervantes.) 

(1)  Véase,  entre  otros  pasajes  de  este  libro.  Cap,  XI\',  pág.  209. 
Entre  los  indios  y  luego  entre  el  vulgo  de  la  gente  criolla  y  nuevos 
pobladores,  hicieron  señalado  i)apel  la  coca  del  Perú  y  la  ITuMba  del 
Paraguay. 

De  la  yerba  del  Paraguay  ó  del  mate  y  de  la  coca  del  Pi-rú  dice 
Ruiz  de  Montoya:  «Conuuímente  los  hechizos  que  se  hacen  llevan  esta 


498  SrPKR5TlCIONES  DEL  UÍt>  PK  LA  1'1^\TA. 

jaj»,  plumas  do  avt»s,  tni(X)s,  uñas,  cnlxllos,  huesos  de  di- 
funteas, nuu1iHX)s  de  cvra,  retnitos  de  jHTsouas,  v  cosas 
semejantes,  ofriwu  los  prowsos  de  la  imiuisieión  en  Am<^- 
ricrt  en  punto  á  heehieería.  Cuyes  y  sapos  aparecen  con 
fnvuencia.  Los  altileres  aplicahanse  para  herir  ó  ])unzar  á 
los  maleficiados,  ('la valíanlos,  por  ejemplo,  en  la  cabeza,  el 
|>esouezo,  los  brazos,  el  pecho  6  las  piernas  de  un  saj>o,  a  lin 
de  que  la  persona  hei'hizada  sintiese  los  efectos  de  las  heri- 
das en  las  partes  del  cuerpo  y  miembros  correspondientíN. 
I^  manivillosa  eficacia  de  los  h(>chizos  debíase  nntuial- 
mente  a  las  indicaciones  y  ayuda  del  esjuritu  mali*;no,  (pie 
en  diversas  formas  monstruosas  acudía  á  las  invociiciones 
del  hechicero.  La  forma  de  macho  cabrío,  animal  j)oco  mi- 
rado en  materias  de  cíistidad,  era,  sin  duda,  la  más  grata  á 
sus  devotas.  Mujeres  generalmente  fueron  la  gente  más 
afici<mada  á  dar  bebedizos  v  hacer  todo  róiero  de  heclii- 
cerías.  Kso  en  toda.s  partes.  E,n  el  Río  de  la  Plata  suelen 
ílecir  sencillamente  malas  mujeres  ó  mujeres  que  hacen 
(laño,  á  las  que  en  ello  suelen  ocuparse.  En  el  Perú,  una 
z^imba,  Cecilia  de  Ca.stro,  hechizaba  á  los  galanes,  mascando 
la  coca,  hablando  entre  sí  y  haciendo  movimientos  con  la 
calK'za  V  con  las  manos.  Encen<lía  velas  formadas  con  los 
cahelloH  de  los  galanes  que  intentaba  maleliciar.  A  medio 
arder,  las  apagaba,  echándolas  en  una  olla  de  aguardiente 
mezclado  con  zumo  de  coca  mascada,  la  olla  puesta  al 
fuego.  En  seguida,  aKÍ  la  malelic^i  como  las  imijeres  (»n  cuyo 
provechíi  fabricaba  el  hechizo,  prorrumpían  en   vítores  al 

y«rl..i.»  •  Kii  el  11  .  <!«•  Iiirliir«ríii-,  y   niiii   on   v\   olor  y 

-íi' •   ■  t  'I!  í*'-'/ ^  Tiniy  Hrmcjnnte  á 

U  .  j  ^  ..    ,.  ,1,1.1  ,-,;.'  .      iiUiml  del  raru' 

guay,  Pararví,  Uruguay  y  Tape.) 


CAPÍTULO    XXXII.  499 

gran  chivato,  haciendo  sonar  castañuelas.  Repetían  á  la 
vez:  ¡chasque!  chasque!^^\  »  Los  bebedizos  y  bocados  ma- 
léficos han  tenido  por  principal  y  más  frecuente  objeto,  en 
todas  partes,  en  Europa  y  América,  así  (en  ésta)  los  de 
origen  exótico  como  los  indígenas  ó  anteriores  á  la  con- 
quista, remover  obstáculos  al  logro  de  impúdicos  anhelos 
y  salir  bien  en  lances  apurados,  sobre  todo  cuando  por  el 
camino  lesiítimo  está  vedada  la  consecución  de  los  deseos 
del  pretendiente.  La  gente  menuda,  pero  en  especial  los 
mestizos,  pardos  y  mulatos,  y  entre  ellos  las  mujeres  sobre 
todo,  dedicábanse  en  el  Nuevo  Mundo  á  las  artes  de  hechi- 
cería, bajo  diferentes  formas,  mezclado  con  lo  advenedizo 
lo  indígena. 

El  sapo  y  el  cui  6  cuisito,   ó  cuy''^\  llamado  también 


(1)  Relación  de  proceso?  en  la  Historia  del  Tribunal  del  Santo 
Ofieio  de  la  Inquisición  de  Lima  por  D.  J.  T.  Medina. 

(2)  o-Cori  es  un  animal  de  cuatro  pies  é  pequeño,  del  tamaño  de 
galapos  medianos.  Pares^en  estos  caris  especie  ó  género  de  conejos, 
aunque  el  hocico  le  tienen  á  manera  de  ratón,  mas  no  tan  agudo.  Las 
orejas  las  tienen  muy  pequeñas,  é  tráenlas  tan  pegadas  ó  juntas  con- 
tinua ó  naturalmente,  que  pares^-e  que  les  faltan  ó  que  no  las  tienen. 
No  tienen  cola  alguna:  son  muy  delicados  de  pies  ámanos,  desde  las 
junturas  ó  corvas  para  abaxo:  tienen  tres  dedos  é  otro  menor,  é  muy 
sotiles.  Son  blancos  del  todo,  é  otros  de  todo  punto  negros,  y,  los  más, 
manchados  de  ambos  colores.  También  los  hay  bermejos  del  todo,  é 
algunos  manchados  de  blanco  é  bermejo.  Son  mudos  animales  é  no 
enojosos,  é  nuiy  domésticos,  é  ándanse  por  casa  é  tiénenla  limpia,  é 
no  chillan  ni  dan  ruido,  ni  roen,  para  hacer  daño.  Pasven  hierva,  é  con 
un  poco  que  les  echen  de  la  que  se  les  da  á  los  caballos,  se  sostie- 
nen ;  pero  mejor  con  un  poco  de  ca^abi  é  más  engordan,  aunque  la 
hierva  les  es  más  natural.»  (Historia  General  y  Xatiiral  de  las  Indias 
por  el  Capitán  Gonzalo  Fernández  de  Oviedo,  Primer  Cronista  del 
Nuevo  ^lundo.  Publicóla,  encomendando  la  edición  é  ilustración  de 
ella  á  D.  José  Amador  de  los  Ríos,  la  Real  Academia  de  la  His- 
toria. ) 


500  SrPF.RSTICUVNKS  DKL  HÍO  DK  I. A   11  AIA. 

chanchUo  (if  la  India,  por  su  seincjaiizii  a  un  cerdo  (chan^ 
cha  en  t*l  Kío  de  la  Plata)  en  la  forma  de  todo  sii  ciktjh), 
entndian  en  el  mencionado  hecliizo  (v  in  otros,  en  las  eu- 
^lc¡onl^'<  sujH'rsticiosas,  j>or  ejemplo )  con  mucha  frecuen- 
cia ^*l  El  nond)re  de  ruí  (cuij  mils  conforme  á  la  índole 
del  eaiétellano)  es  imitativo  de  su  modo  de  gritar:  cui\  cuí, 
cin\  cuí,  cui,  repi^tidos  precipitadamente.  Propágase  do- 
mestico con  facilidad  y  profusión  sumas.  Su  color  más  ge- 
nenil  es  nt^o  y  rojizo,  y  algunos  hay,  auii(|ue  raros,  ente- 
ramente blancos.  Los  hlancos  y  los  negros  son  los  quepa- 
rece  prt^ferían  los  hechiceros  para  hacer  daño. 

Sapos,  avestruces  y  serpientes  üguraii,  á  fuer  de  símbolos, 
en  las  urnas  funenirias,  en  los  r//yí/t\s' ó  recipientes  parecidos 
á  ellas  y  en  los  platos  ó  pucos  de  los  indios  calcha(|uíes  que 
|H>blaban  una  de  las  vastas  comarcas  del  antiguo  Tucumán. 
Los  ídolos  ó  fetiches  y  amuletos  de  la  misma  generación  ofre- 
een  diversas  formas  de  j)ersonas  y  de  animales,  predomi- 
nando entre  las  primeras  la  figura  de  nuijer,  acaso  por  su 
mayor  de<l¡cjición  que  el  hombre  al  arte  de  la   brujería  "^. 

I^»s  hechiceros  del  Perú,  con  el  malelicio  amatorio,  te- 
nían azonzadas  á  muchas  personas  pr¡nci[>alcs.  Kl  nialeli- 
cio  consistía  en  unas  pedrezuelas  y  ciertas  hierbas,  con  las 
que  hacían  que  tales  jM-rsonas,  perdiendo  el  juicio,  se  rin- 
dioícn  con  amor  vehemente  á  otras  humildes.  También  se 
valían,  ¡wini  el  mismo  efecto,  de  los  cjibellosy  vestidos  im- 
pH'gruidos   del    sudor  de    la   jM*rsf)na    á    (pie   perteiHM'ían. 


(1)     XtiuMs  lliMlonn  del  Suevo  Mumio  por  d  1*.  Jl<Tnubé  Cobo. 

I   '       <"  '  '    ••  ¡,ft  \arion  f  |Hr¡«Hl¡co)  i\v  JIiumum   Airen   (  juíÍímiIo 

•  ••'  """y,    que  Iiu»  jMuuiriíMiií'í*  m-  {Huiíaii   Imjo  la  pro- 

<K.-  fiífuní  <lf  iiiujrr.  (Número  de  17  de  junio 
de 


CAPÍTULO    XXXII.  501 

Valíanse  asimismo  de  la  saliva  v  de  otras  cosas  y  prendas 
de  uso  de  la  j)ersona  que  querían  ligar.  Hacíanle  padecer 
dolores  terribles  de  corazón  y  dejábanla  atontada  de  tal 
suerte  que,  aunque  miraba,  no  veía,  es  decir,  no  fijaba  su 
atención  en  cosa  alguna.  El  hechicero,  después  de  media 
noche,  con  el  fin  de  preservarse  del  sueño  é  invocar  al  de- 
monio, tomaba  una  gi-an  cantidad  de  coca,  de  tabaco  verde 
y  de  canela  de  los  Andes.  Luego  cantaba  en  voz  baja,  lla- 
mando al  espíritu  ó  alma  de  la  persona  cuyas  prendas  te- 
nía delante.  Luego,  oídas  las  excusas  6  temores  que  mani- 
festaba el  alma  de  la  persona  llamada,  la  reprendía  y  le 
mandaba  que  hiciese  lo  que  le  ordenaba,  ligándola  con  una 
cuerda  de  lana.  Tomaba  en  seguida  maíz  negro  y  otras  co- 
sas, y  limpiando  las  prendas  de  la  persona  hechizada,  de- 
cía:—  «Con  esto  limpio  y  quito  de  todos  vuestros  actos  y 
de  vuestros  amores  la  adversa  fortuna. »  Finalmente,  todo 
lo  dicho  y  la  coca  mascada  que  ofrecían  á  la  guaca  de  los 
amores,  y  alguna  chaquira,  poníanlo  en  la  olla,  que  ente- 
rraban en  un  lugar  secreto  y  apartado,  de  ordinario  en  la 
junta  de  dos  ríos^^\ 

(1)  Memorias  Antiguas  Historiales  y  Polítiras  riel  Perú  por  el  Li- 
cenciado Fernando  ^lontesinos.  «Este  modo  de  liecliicería  (añade  Mon- 
tesinos) dicen  los  indios  que  es  de  tanto  efecto,  que  no  puede  ninj^una 
persona  ligada  apartarse  del  que  ama,  y  casi  han  (¡uerido  decir  que 
les  fuerza  el  libre  alhedrío,  como  me  dijo  cierto  amij^o  cura,  harto  afli- 
gido  de  no  poder  darles  á  entender  lo  contrario  ú  algunos  que  usaban 
desto.  Y  díjome  que  había  hecho  toda  diligencia,  y  que  hallaba,  por 
su  cuenta,  que  estos  males  de  corazón  y  abreviarse  la  vida  lo  causa- 
ban unas  yerbezuelas  que  los  hechiceros  dan  en  los  manjares  después 
del  entierro  de  la  olla,  de  las  cuales  dicen  los  herbolarios  desta  tierra 
que  crían  cierto  humor  sobre  el  corazón,  que  causa  estos  accidentes,  y 
corrómpese  por  tiempo,  convirtiéndose  en  humor  hipocóndrico,  de  (lue 
se  les  sigue  á  los  que  h;in  t(^mad»)  estas  yerl)as  mal  de  corazón  y 
nuiertes  pepentinas. 


502  SI'PFIÍSTICIONES  !)KL  KÍO  DK  LA   TLATA. 

Si»rvíaiist\  paní  los  inaK«íii*ios,  no  solo  dv  una  partt'  de 
la  n>|KU  sino  ( ct)mo  st»  ha  dicho)  ile  la  saliva,  así  como  tle 
los  calH'lIos,  ó  (Ir  la  sangix',  de  la  jHTsoiia  a  ([iiicii  se  pro- 
|>onían  lurhizar.  Tamlneii  vi'stían  con  la  ropa  dr  la  pi-r- 
8ona  iHÜada  una  figuní  que  la  representase.  Colgábanla, 
nialdtvíanla  y  eseupíanla.  Formaban  asimismo  inulgenes 
de  cera,  de  barro  ó  de  masa,  y  poníanlas  al  fuego,  a  fin  de 
que,  derritiéndose  la  cení  ó  enduncicmlose  el  barro  ó  la 
masa,  pnKlujesen  efectos  análogos  en  las  personas  Á  (jnie- 
nes  representaban^^':  forma  de  maletieio  bien  semejante  á 
las  de  igual  índole  usadas  en  Europa''.  Slmpafíaa  y  //- 
gaduras  forman  su  trama. 

!><►>  hechiceros  guaraníes,  después  de  consultar  sus  de- 
pravados intentos  con  el  demonio,  (pie  se  les  aparecía  rui- 
dosamente en  figura  de  negrillo,  hacían  uso  de  aípiellas 
cosas  que,  segini  las  instrucciones  que  de  6\  recibían,  ofre- 
ciesen alguna  relación  ó  semejanza  real  6  imaginaria  con 
el  objeto  6  índole  del  maleficio  que  se  projx)nían  hacer  á 
la  jKTsona  odiada.  Para  ocasionar  calenturas  6  tos,  se  va- 
lían de  carlx)n(»s  muy  swos:  para  cegar,  de  objetos  que  tu- 
\ie«en  fonna  y  aspi'cto  de  ojos:  para  ciiusar  dolores  agu- 
dos, de  espinas,  huesos  ó  cosas  parecidas  ^^\  Usaban,  en  suma, 
el  mismo  procedimiento  6  m(^todo  de  analojía  que  observan 
los  magos  del  Oriente,  y  se  fundaron  en  conceptos  semeJHii- 
tc«  á  los  que  la  ciencia  ocíiUa  e.\|Kjne.  Las  siinpntías  y 
antipatía*  íjue  el  Viejo  Mundo  creyó  ver  en  las  cosas,  en 


Kl  I*.  IkTimbé  Cobo,  Ilintoria  del  Niievo  Muiuln. 

•'»  di?  1a  niit  !.  víiwe  la  UTcorn  cHtrofn  <lc  ion  vernos 

wj  ...  ..,{. 

(         i,    1     .  I.  ,  '^  de  Ui  Cow ¡ninfa   del  I*aragua¡jt 

Rio  de  la  Jlaia  y  Tucutnún. 


CAPfTUI.O   XXXII.  503 

todo  el  universo,  formaron  también  la  base  de  los  conoci- 
mientos cósmicos  ( si  cabe  la  expresión )  de  los  indígenas 
del  Xuevo.  Hechizaban,  por  ejemplo,  atando  al  pie  de  un 
árbol  un  sapo,  una  culebra  ú  otra  sabandija,  sin  darle  de 
comer.  Con  la  falta  de  alimentos,  el  animal  desfallecía, 
acabando  por  morir.  Al  propio  tiempo  íbase  consumiendo 
la  persona  hechizada,  quien  moría,  cuando  moría  el  anima- 
lejo^^l  En  una  palabra,  los  hechiceros  guaraníes,  así  como 
los  de  todas  las  demás  generaciones  que  poblaban  el  Nuevo 
Mundo  (de  la  propia  manera  que  pretendían  hacerlo  los 
del  Oriente  y  Em'opa),  ligaban,  ataban  sus  víctimas  á  la 
perversa  voluntad  del  autor  del  maleficio  y  á  la  condición 
y  suerte  de  las  cosas  animadas  ó  inanimadas  de  que  se 
servían  al  intento. 

Semejantes  ligaduras  ó  ataduras,  que  merced  á  las  su- 
puestas simpatías  y  antipatías  de  las  cosas  entre  sí  y 
respecto  de  las  personas,  creyó  poder  utilizar  el  hechi- 
cero en  daño  de  las  gentes,  con  ñ-ecuencia  tentaban  la  ocio- 
sidad y  la  malquerencia  de  muchos  individuos,  por  lo 
regular,  del  sexo  débil  y  de  humilde  condición,  quienes  á 
la  postre  venían  á  pagar  su  peligroso  entretenimiento  des- 
pedazados por  los  agudísimos  colmillos  do  crueles  )nasfi- 
ncs  veladores  del  católico  rebano  ^'\. 

El  12  de  julio  de  173¿}  salía  por  las  calles  de  Lima,  en 
hábito  de  penitente,  á  un  ñuto  de  fe,  pintados  en  el  capi- 
rote los  emblemas  de  hi  su})erstición  y  de  la  mentira,  con 
sambenito   de  media  aspa,  soga  y  vela  verde,  una  mestiza 


(1)  Lozano,  obra  precedentemente  citada. 

(2)  Así  llamo    Cervantes  en  su  Pirsilrs  (como  se  ha  indicado  re 
petidas  veces  en  estii  obra)  á  los  inquisidores. 


504  Ni'pi-i.^Ti.  i.>\r>  i»KL  RÍO  di:  la  i'Lata. 

hilamii'ni,  Sohastiaim  de  FigiuTon,  á  (iiiicii  A  Santo  Olioio 
coiulenalm  p>r  adorailoni  del  diMuonio,  maestro  de  cuyas 
lecvionei?  sai';d>a  |>rovtH.'ho  para  sus  artes  de  heeliicifía, 
pen'irtiendo  las  costumbres  y  malelieiando  á  las  *!;t»ntes. 
l^is  dañaba  en  sus  jKTsonas  y  en  sus  bienes,  las  ligaba, 
les  preilei'ía  lo  próximo  de  su  muerte.  N'alíaso  de  prácticas 
HupereticiosaH,  de  medirá mentos,  de  cierto  animnli/lo  blanco 
en  cuyo  vientre  introducía  unas  liierbas  prevenida?  al  efecto, 
con  el  cual  y  con  las  cuales  frotai):i  el  cuerpo  de  las  per- 
sonas. Un  negro  esclavo  de  una  baeienda  de  la  C\)nij)arna 
de  Jesús,  llanuido  Manuel  de  Jesús, /r/ív/Aa  (refregaba, 
frutaba)  los  desnudos  cuerpos  con  cuyes  (anímales  semC' 
jantes  d  los  conejos) y  para  ejecutar  maleficios.  Otro  negro 
bozal,  Francisco  Hazaña,  acreditado  de  brujo,  curaba  los 
nialeticios  con  palma,  romero  y  olivo  tostados  en  un  tiesto 
de  greíla,  sahumando  la  ca.sa,  as|><'rjand()  con  agua  bendita 
los  rincones  y  aleteando  con  la  punta  de  la  ca[)a  como 
f|uien  espanta  alguna  cosa,  en  dirección  ;í  la  puerta  de  la 
calle,  donde  enterraba  un  cuí  prieto,  clavado  con  allileres. 
l'saban,  pu(».s  al  ¡)arecer,  el  cuí  blanco  para  el  hechizo,  el 
negro  paní  deshacerlo. 

A  muchas  ¡xírsonas  quitó  la  vida  la  l'^igueroa  con  sus 
hechizos.  A  otras  les  embarazaba  el  uso  de  la  voz,  atrave- 
sando una  eí<pina  en  la  garganta  de  una  figura  de  cera  con- 
venientemente dispuest^i  al  intento.  Hacía  (pie  los  maridos 
ó  los  gidanc>s  quisiesen  á  las  nmjeres  que  solicitaban  su 
¡latroí'inio.  Vengábase  <ie  los  que  resistían  á  sus  sugestio- 
nes, haciéndoles  sufrir  agudísimos  dolores  y  sumiendohjs 
en  un  estado  de  idiotismo,  cuyo  termino  era,  al  cabo  d(* 
muchr>  ¡M-nar,  la  muerte.  La  aventajada  discípula  de  Sata- 
nás abjuró  de  vehemcnli,  nierwd  á  lo  cual  se  libró  de  la 


CAPÍTULO    XXXII.  505 

hoguera,  limitándose  la  benignidad  de  los  señores  inquisi- 
dores á  mandar  que  le  diesen,  entre  otras  saludables  y 
edificativas  advertencias,  doscientos  azotes  en  la  forma 
de  estilo,  á  saber:  á  voz  de  pregonero  que  publicase  su 
delito,  por  las  calles,  montada  en  bestia  de  albarda  y  des- 
nuda de  la  cintura  arriba  •  ^  \ 

Posteriormente  fue  también  penitenciada  en  la  ciudad 
de  los  Reyes  una  vendedora  de  gallinas,  Rafaela  Rodrí- 
guez, que,  para  impedir  que  un  amigo  suyo  fuese  desterrado 
á  Valdivia,  dispuso  tres  muñecos  que  representaban  sendas 
personas  de  autoridad,  vestidas  la  una  de  escarlata  y  las 
otras  de  golilla,  soplando  después  con  ellos  la  llama  en  que 
calentara  un  compuesto  de  aguardiente,  coca  mascada  y 
azúcar,  al  propio  tiempo  que,  levantada  la  olla  en  alto,  in- 
vocaban ella  y  otra  nmjer  que  la  acompañaba,  quitados 
los  rosarios,  al  demonio,  cuya  asistencia  facilitaban  con  el 
liumo  del  cio;arro  v  con  libaciones  alcohólicas.  Un  mulato 
de  Moquegua  ( Perú ),  de  nombre  Antonio  Hurtado,  reci- 
bió los  oportunos  azotes  en  las  calles  de  Lima,  por  ator- 
mentar á  sus  enemigos,  ¡linchando  con  alfileres  en  el  cuerpo 
de  un  sapo  los  miembros  ó  partes  de  él  en  que  se  propo- 
nía que  aquéllos  experimentasen  los  efectos  de  la  herida  ^-^. 


(1)  Relación  del  auto  dr  fe  celebrado  eti  Lima  el  12  de  julio  de 
lS7o  etc.  por  el  Dr.  I).  Pedro  de  Peralta  li:iriuievi>,  en  la  Historia 
del  Tribunal  del  Santo  Oficio  de  la  Inquuiición  de  Lima  por  I).  J.  T. 
Medina. 

(1)  Historia  del  Tribunal  del  Santo  Oficio  de  la  h^quisición  de 
Lima  por  D.  J.  T.  Medina. 


CArÍTULO  XXXI TI. 


Amplíase  la  materia  del  anterior. 


Sumario.  —  Leyes  antigua.-*  contm  Ioíí  h»*chizo>.  —  Hcrhiroría  y  nui- 
gia.  —  Astn»logíii  jiuüciana.  —  Doclárax*  la  íiulolc  del  daño.-  Kl 
daño  enin*  los  indios.  —  Cómo  si*  ¡njíim»  en  el  cuerpo  un  íualr- 
fick).  —  El  cig^arro  y  el  mate.  —  Modos  do  prwaverse  contra  el 
daño. —  Guayacas,  composturas,  acoffijtañannrntos  :  auto- suges- 
tión. —  Efívtos  morales  <lel  daño.  —  CVmio  se  liga  un  caballo  de 
carrera.  —  He<'hizo  del  lazo  y  de  las  boleadoras.  —  Tow/ío/ín-  y 
ntrar.  —  Varias  maneras  de  hechizo.  —  El  sapo,  animal  cMsico  en 
la  magia  y  hechicería.  —  Hechizos  de  los  indios.  —  Los  hechiceros 
ino'  de   América.  —  (.'ifucin   popular  en    punto  á  hechicería. 

—  .\ ^ama  de  h)  indígena  íl  lo  advenedizo.—  La  celosa  mano  del 

Banto  Oficio.  —  Remedios  contra  el  daño.  —  Mmlo  de  descubrir  á 
i*iw  autores.  —  Similia  ttimilibus  curantur.  —  Plantas  varias  contra 
el  daño.  —  El  rapirat't.  —  El  isijió-niruiú  ó  tHÍlhotnrns.  -  101 
tJtipó'jxiy^.  —  Simpatía.  —  Kemed¡í)s  síiujkUícos  contra  el  veneno 
de  la  vílK)ni.  —  El  venado  del  canjiK)  (¡/uaiuti)  y  su  hnha  niliu- 
poM.  —  Círculos  en  el  ciunix».  —  Las  víboras  y  culebras  maman<lo. 


Dtiií  AloiiKo  X  de  CaHtilla  juoliihiú  el  usu  dv  lo.s  1il- 
cliizos  y  (le  los  filtro»  á  huh  nada  aHcrticos  vaHallos.  €  Otrosí 
defendemos  (  prohibimoH ),  entatuyó,  que  ninguno  non  eea 
osado  de  fazer  imaginen  de  cera,  nin  de  metal,  nin  otros 
fccliiz4jH  pira  enamorar  los  omes  con  las  nmgeres,  nin  pjirn 
departir  el  amor  que  algunos  ouiessen  entre  sí.  E  aun  de- 
fendemos que  ningimo  non  sea  osado  de  dar  yemas,  nin 


CAPÍTULO  xxxrii.  507 

brcuaje  a  alguiid  orne,  niii  a  muger,  por  razón  de  enamo- 
ramiento; porque  acaesce  á  las  vegadas  (á  veces  )  que  des- 
tos  breuajes  vienen  a  muerte  los  ornes  que  los  toman  e  han 
muy  grandes  enfermedades,  de  que  fincan  ocasionados  para 
siempre ^^\»  Hechiceros,  adivinos,  encantadores  y  otros 
truhanes  (sic)  de  la  propia  familia  debían  salir  de  la 
tierra,  á  la  que  nascen  de  sus  fechos  muy  grandes  males  ^'^\ 
Acostumbraban  los  provisores  enmelarlos  y  emplumarlos, 
poniéndolos  en  una  escalera,  á  la  puerta  de  la  casa  del 
obispo  ó  cerca  de  la  iglesia  ^^\  Los  encantadores,  con  artes 
y  embaimientos,  hacían,  entre  otras  cosas,  llorar  y  sudar  á 
las  imágenes,  á  fin  de  sacar  dinero  á  los  parroquianos. 

Habráse  observado  (pie  en  la  primera  de  las  citadas  leyes 
del  Rey  Sabio  se  distinguen  los  hechizos  de  los  brebajes  ó 
hierbas  (filtros)  que  por  razón  de  enamoramiento  propinan 
algunos.  Son  hechizos  propiamente  las  cosas  y  operaciones 
ejecutadas  por  arte  de  hechicería,  es  decir,  conforme  á  los 
procedimientos  secretos,  ó  sea  indicados  por  la  ciencia 
oculta,  aunque  no  sistematizada  ni  escrita,  que  algunos 
sujetos  conocen  y  aplican  encubiertamente,  viniendo  á  for- 
mar parte  de  la  magia,  general  en  el  mundo,  nacida  y  prac- 
ticada en  todos  los  pueblos,  mirada  con  reverencial  temor 
por  el  h()ml)re  primitivo  de  todas  las  regiones.   Los  bre- 


"(1)    Ley  2:-\  título  2o.'\  Parthla  1:\ 

(2)  Ley  1.",  título  23.«,  rmiida  7.". 

(3)  Política  para  Corrcf/iilorcs  y  Señores  de  Vasallos  cu  iieiupo  de 
])az  y  de  guerra  por  el  Licenciado  Castillo  de  Bovadilla,  del  Consejo 
del  Rey  Don  Felipe  III.  «La  setena  (manera  de  pena)  es  quando 
condenan  ;i  nlíiuno  (]ue  sea  azotado  »'>  ícrido  paladinamente,  por  yerro 
que  fizo,  ó  lo  ponen  en  desonrra  del  en  la  picota,  ó  lo  desnudan,  fa- 
ziéndole  estar  al  sol,  untándolo  de  miel,  porque  lo  coman  las  moscas, 
alguna  hora  del  día.»    (Ley  4.=',  tít.  31.^',  Partida  7.^) 

34. 


508  SUrKHSTU'IOXES  DKL  HÍO  I>K  IiA  TLATA. 

bajes  6  ¡lirrhaft,  aunqiu»  asimismo  conipucsfn.^  ó  urrcujladiis 
oonformr  á  inaiiipulai'iones  serretas,  suelen  dafiar  el  orpi- 
nisino,  j>or  efeeto  de  las  eiialidades  n()eiva>  <>  drl  rrnmo 
que  contienen  naluralmrnte.  \'  de  ahí  el  iiond>re  de  mu^- 
ficaj<  (Venenosas)  cnm  que  han  sido  designadas  tales  póei- 
nias  ó  (X)midas  y  las  mallu'choras  qne  las  suministran ^^^ 
De  ahí  también  <íUí'  la  rontrnJiirrlin  >(k\  \\\\  (Mjinvalente 
de  antíiloto  o  contraveneno. 

\jOa  agori*ros,  sorteros,  ad¡vin«)s,  heehieeros  y  demás 
truhanes  c\WQ  obnisen  en  contra  de  las  prohibiciones  esta- 
bleciilas  j>or  la  lev,  debían  morir  por  ende,  «  Pero  los  que 
fiziessen  encantamiento  o  otras  cosas,  con  intí^nción  buena, 
VLA»\  como  sacar  demonios  ile  los  cuerpos  di*  ios  omes : 
o  |>nra  dí»slijrar  a  los  (pie  faessen  marido  e  nniger  <pie  non 
pudiessen  conuenir:  <►  |>ara  desatar  md)e  «pie  echasse  gra- 
nizo o  nit'bla,  jM)rque  non  eorronqúcssc  Nks  frutos:  6  para 
matar  langosta,  o  pulgón,  (pie  daña  el  j>an,  o  las  viñas:  o 

(1)    «Y  aní,  acoii»<'ja<la  (le  una  iiionsca,  en  uii  inrinhnllo  tolcdjmo 

dio  á  Tomáí»  unos  <|pí*to«  que  llaninn  hrrhixos,  crcyciulo  «iiu'  le  (lal)ji 

'      'orza-o   la    voluntad  á   (jurnTln,    couio  gi    luil)i«'S('   en    rl 

I-,  riicaiitoji  ni  palal)i'a>  -iiliricntrs  jí  forzai  el  l¡l)re  alhc- 

firío.  Y  nnU  lu^  Que  diin  vhUxs  1k'I)¡<1]1^  ó  coniwias  aniatoriaB,  kc  llani:iii 

renifiruM ;   porc|uc   no   t*»*  otra  co-a   lo  que  hacen,   «¡no   dar  rrnrno  á 

'       *  orno    lo  tiene    nio-lnulo  la    ex¡)eriencia  en  nnielniH  y 

.'    (  .Mi^^ucl  (If  (VrvaiUí'K,  A7  l/murimlo    Vidricrn.) 

"     rULH  plantiii*  y  ciertaa  HubHtiineiaf*   tienen  la  propiedad  de  «leln- 

litar  ó  de  exaltar  el  ^¡«telna  nerviono,  de  producir  un  delirio  pasajero, 

'     ■   ■      '     ■  .     •  ,.,,  |„  orononiía,  como  i>^'rdida  de  la  sen- 

.  uiiendjro^  y  lUia  verdadera  Ictiirtcía.  KsM^* 
pUnlAii  y  f«ul)9Uineiiii*  cnlrnban  en  lai4  coinp(HÍe¡oneH  de  los  breluijc^^ 
que  admini^Unbaii  loit  mago».  IÍ4put/ibai«cleM,  por  lo  niinnio,  Hul)^•tan- 
rii     '      '  /J».     Laj4  bebídar*   que  mc  cnd*rczal)an  á  i)roducir 

f«'  |Mr-'inaH    (xliadaM  del  hccliiecro  ó  de  aquello»  á 

qii  ,  prepurábanm*  con  taleM  intn'edienteH.»  (L.-F.  Al- 

ÍRii  Mnury,  ijt  Hmjte  et  i Aulrolouie  datut  l'Antit¡uHf^  ct  nu  Mof^ni  Áyi.) 


CAPÍTULO    X^TXIII.  509 

por  alguna  otra  razón  prouechosa  semejante  fiestas,  non 
deuen  auer  pena;  ante  dezimos  que  deuen  recebir  galardón 
por  ello  ^^^.»  Ni  rezaba  la  prohibición  de  formar  juicios 
sobre  los  casos  futuros,  con  los  hombres  de  ciencia  que 
procedían  por  medio  de  la  observación  de  los  cuerpos  ce- 
lestes  ( astrología ).  Estos  son  maestros  que  entienden  ver- 
daderamente el  arte  de  astronomía,  mediante  el  cual  se 
dan  juicios  y  asmamientos  (pareceres  y  consejos),  cata- 
dos por  ( formados  según )  el  curso  natural  de  las  j)la7ie- 
tas  e  de  las  otras  estrellas,  conforme  á  los  libros  de  Ptolo- 
meo  e  de  los  otros  sahidores  que  se  trabajaron  de  esta 
sciencia^^\  Las  distinciones  que  hacía  el  rey  D.  Alonso 
son  las  mismas  que  hoy  hace  (como  entonces)  la  ciencia 
oculta  entre  la  magia  y  la  hechicería,  entre  la  astrología 
judiciaria  (que  á  la  sazón  no  era  shio  la  misma  astro- 
nomía considerada  en  una  de  sus  aplicaciones  á  la  vida 
humana )  y  las  artes  vulgares  de  adivinación  que  se  usaban 
para  engañar  á  la  gente  y  sacarle  su  dinero. 

Cuantos  males  dolorosos,  graves  e  incurables  suft'e  el 
hombre  en  su  persona,  ó  los  animales,  pueden  ser  efecto  de 
un  hechizo.  Pero  el  daño  sinírularmente  se  manifiesta  de 
una  manera  horrorosa.  Caracterízale  en  especial  la  supuesta 
existencia  de  muchedumbre  de  sabandijas  y  objetos  infor- 
mes, feos  y  asquerosos,  en  el  cuerpo  de  la  persona  malefi- 
ciada. Algunas  están  agusanadas,  y  echan  gusanos  por  ca- 
beza, oídos,  pescuezo,  boca,  narices,  brazos,  etc.  Curanderos 
y  brujos  curan  estos  males,  y  por  efecto  de  sus  remedios, 
nmltitud  de  personas  han  visto  por  sus  ojos  ( los  ojos  de 


(1)  Ley  3.^  tít.  23.^  rartida  1:\ 

(2)  Ley  l.^  tít.  23.°,  Partida  ~:\ 


510  srpKRSTicioNKs  miL  Kio  ni:  la  imaia. 

la  pnocnpat'iún.  uiütlos  a  las  artes  del  (•uraiuliMO  cnihaii- 
c'julor )  salir  ilrl  iium*|H)  del  pacimtis  atornuntado  por  lioni- 
l>K*s  dolores,  una  procesión  de  vastagos  del  espíritu  iu- 
inundo  en  tii^ura  de  asquerosas  y  feas  sabandijas,  «í  saber: 
eucjirachas,  cientopies,  alacranes,  sapos,  ranas,  escuerzos, 
lapirlijas,  nitom^,  chinches,  vinchucas,  y  entre  ellos  asti- 
llas, ojos  de  gato,  agujas,  patas  de  gallin.i,  allileres,  espinas, 
ct)lnnllos  de  j>ern),  cabellos,  cicuta,  cahezas  de  víhora  y 
otras  i'osas  semejantes,  l^xpelen  materias  íedidísimas.  To- 
das ó  j>arte  de  estas  cosas,  reunidas  ó  distrihuídas  {'U  las 
entrañas  del  maleficiado,  le  muerden,  pinchan,  roen,  sa- 
cuden y  retuercen  el  vientre,  el  estomago,  el  hígado,  los 
ríñones,  la  cabeza,  el  corazón  u  otra  parte  delicada  del 
cueqH),  haciéndole  sufrir  dolores  intensos,  extraordinarios, 
niordiumtes,  que  le  tienen  aspado,  y  de  vez  en  cuando  for- 
tísimas  convulsiones.  Kntre  los  indios  ha  sucedido  lo  pro- 
pio: han  creíílo  en  i<lenticos  males,  por  identiciis  causas,  en 
to<lo  y   |)or  todo  ¡guales     .    Anant/a,  añacud  ó  ayacud 


( 1  I     IX'  io.-i  iii(hVonn>$  de  Ciunaiiá  y  vcriinití-s  (h*l  río  Orinoco  dice 
cl  I*.  F.  Antonio  Cnulín: 

«Ante;*  ík-  cDncIuir   vAi\   materia,  quiero  luiccr  inenciún  <!<•  una  \\\- 

ní«itiui  y  peniic¡0}«a  oh!*er>'anc¡a,  en  que  kc  hallan  í^eneral monte  com- 

;  s  no  H^ilameiite   lo.s  indics   infíeles  y  cristianos,  sino  nuichoH 

'  Míe  dohienin  ensrñar  á  los  indios  con  <l 

,  -   y    sífuela   de  nuestra*^   católicas  vcr- 

<  lAif^go  que  el  indio  ú  otra  ¡KTHona  <le  los  que  viven  entre  elloH, 

a  rmeilad  exlniordinaria  ó  dolor  vchenjente,  hacen 

y.  '  no,  f|ue  !<•  ha  dado  aljíún  brujo,  (|Uo  por 

• -í.>  _      ., ;       ///,s.    AuménUiH"'  la    dolencia  por  la  falla 

A*  II  *  y  %'enladeríw  nióflicos  que  hay  en  esta  tierra,  y  \\\c{no  sin 

I  d¡li(;eneia  de  un  brujo  para  ípu'  los  cure,  prome- 

'      !'•    (fratiíicaci/ín,  si  dan  id   enfrrmo  libre  <hí 

1  i. 

1.  .  adivinaciones  umui  de  unoH   eij^irros  con  unos  j^runoH  de 


CAPÍTULO  XXX rii.  511 

entre  los  guaraníes,  (jualícJiO,  Jiuecuvú  ó  Jiuecufú  entre 
los  2^ampas,  el  mismo  huecuvú  ó  huecufil  entre  los  pata- 
gones y  los  araucanos,  zopay  entre  los  peruanos,  etc.,  ha- 
cían las  mismas  cosas  en  daño  dol  hombre  6  de  los  ani- 
males ^^  ,  ya  directamente,  ya  por  medio  de  sus  ministros 
ó  servidores  (machíes  entre  araucanos  y  pampas,  payes 
entre  guaraníes ).  Entre  los  indios,  del  mismo  modo  que 
entre  los  cristianos,  el  espíritu  del  mal  tenía  sus  ministros 
ó  hechiceros,  á  quienes  se  aparecía  en  diferentes  formas, 
respondiendo  á  sus  consultas  y  dándoles  instrucciones.  El 
cristiano,  á  juicio  del  indio,  tenía  pacto  con  el  diablo.  Si  en 
las  tolderías  del  indio  hal)ía  algún  cristiano  cautivo  y  se 
presentaba  haciendo  estragos  la  viruela,  el  cristiano  era 
quien,  de  concierto  con  fjualícho,  había  traído  la  viruela 
á  la  toldería. —  «¡Cristiano  echando  (jualichiL  ! y>  gritaba 
con  espantosa  algara  la  turba  enfurecida.  Y  el  cristiano 
era  martirizado-"^. 

Toda  cosa  que  se  acostumbra  comer  6  l^eber,  se  usa  como 
vehículo  del  maleficio.  Pero  los  más  comunes  de  que  en  el 
Río  de  la  Plata  se  sirven  los  que  dan  un  hechizo,  son  el 
mate  y  el  cigarro.  La  naranja,  que  tanto  abunda  lui  Misio- 
nes, Corrientes  y  el  Paraguay,  es  otro  de  los  medios  oi'di- 

copal,  en  que  ofrecen  incienso  al  demonio  para  que  acepte  sus  obse- 
quios y  oiga  sus  llamaní  ionios  ;^  y  como  con  esto  se  ven  temidos  y  res- 
petados, crece  tanto  esta  maldita  zi/ana,  que  no  hay  convulsión,  sufo- 
cación uterina,  alferecía,  apostema  inti^ior  i'i  otra  rara  enfermedad, 
que  no  se  achaque  á  veneno,  maleíicio  ú  operación  diabólica,  siendo.  ;í 
la  verdad,  enfermedades  que  i)ro('eden  de  causas  naturales,  y  por  la 
'ignorancia  de  la  medicina  son  del  todo  incóiínitas  en  la  mayor  parte 
de  los  países. »  ( Historia  Corognificay  Xcituml  y  Evangélica  de  la 
Nueva  Anflaluda. ) 

(1)  V.  Caps.  IV  v  V. 

(2)  V.  Cap.  IV,  pág.  41. 


512  SÜPERSTU'IONES  DKL  HÍO  1>K  I. A   IM.ATA. 

narianuiíte  Uíyulos.  'ramh'u'n  se  ¡ntiltm  en  las  venas  el  ma- 
leficio |>i>r  ineilio  ilel  olfato,  y  así  las  llores  más  bellas  y 
fragantes  han  sido  en  muelias  ocasiones  norladoras  de  eflu- 
vios venenosos.  La  propinailón  di*  heclii/os  en  el  Uío  dr 
la  Plata  preocupa  it  la  ícente,  sobre  todo  en  ali^unas  provin- 
cias, como  la  de  Corrientes,  (pie  es  famosa  ;i  tal  res])ecto. 
Jjfisi  correntinas  son  las  tésalas  del  Kío  de  la  IMata.  Es  la 
jK>blación  rural  de  Corrientes,  en  su  mayor  parte,  mestiza. 
Allí  se  ha  cxjnservado  el  idioma  guaraní,  (pie  habla  siem- 
pre el  vulgo,  mezclándolo  con  el  Ciistellano.  Las  supersti- 
ciones de  la  niza  guaraní,  entreveradas  t:iMd)i('n  con  las  d(» 
origen  eurojHío,  han  echado  allí  igualmente,  entre  el  vulgo 
ignaro,  nuces  hon(his;  y  la  creencia  en  el  (Idíio  y  el  uso  de 
substancias  nocivas,  á  intento  de  maleliciar,  es  uno  de  sus 
más  abundantes  frutos. 

Nada  hay  que  fav(»rezca  tanto  la  propinación  de  un  he- 
chizo, como  el  modo  de  tomar  el  mate  y  el  cigarro.  Las 
nHijert»s  ceban  el  mate  y  las  mujeres  hacen  el  cigarro  (siem- 
pre de  hoja,  (inico  (pie  fuman).  L<>  primero  que  ofrecen  á 
un  visitíuite,  después  de  hacerlo  sentar  y  de  las  preguntas 
y  sidudos  de  costumbre,  es  un  cigarro  y  mi  mate"  .  Ll  ci- 
erro en  Corrientes  y  el  Paraguay,  suele  present4U*sc  cor- 
tada la  punta  y  prendido  y  chupado  j»or  los  |)r()p¡os  labios 
de  la  amable  obáCHpiiante  que  br¡nd:i  eoii  ('1:  muestra  la 
msls  ineíjuívm-:!  de  complacencia. 

A  fin  de  precavenie  del  </a///>  y  de  otros  males,  asi  como 
para  tener  buen  ^xito  en  las  empresas  6  ser  afortunado, 
muchos  llevan  escondida,  colgada  del  (lullo,  una  (fuayaca^'^ 


\(m'  Cap.  XV,  páff.  229. 
(!.';     VénMí  Cap.  XIX,  pilu».  !?<-,  y  280. 


CAPÍTULO  xxxirr.  513 

ó  bolsita  bien  cosida  por  todos  los  lados,  que  contiene  un 
amuleto  (guacanque  6  payé).  Raro  será  el  paisano  que 
no  cargue j  á  falta  de  escapulario,  ^ ¿¿a j/at* a.  Unos  huesi tos, 
una  reliquia,  una  bala  extraída  del  cuerpo  humano,  una 
cinta  colorada  que  se  tuvo  en  la  boca  al  tiempo  de  comul- 
gar, cualquier  cosa  compuesta^  es  decir,  bendecida  por  un 
mago  ó  poseedor  de  un  secreto  maravilloso,  suelen  consti- 
tuir el  amuleto  que  encierra  la  guayaca. 

El  que  lleva  un  anmleto  ó  guayaca,  anda  acompañado. 
A  ése,  que  está  curado,  le  irá  bien  en  los  peligros  y  trances 
duros  de  la  vida.  ;  Cuántas  veces,  ante  la  desesperación  ó 
prolongada  agonía  de  un  hombre  herido  mortalmente,  no  se 
ha  oído  decir: —  «Ha  de  tener  guayaca.  Sáquensela,  para 
que  deje  de  penar! »  ; Cuántas  veces,  sacada  la  guayaca,  ex- 
haló en  seguida  el  último  suspiro  el  moribundo!  Sin  duda,  en 
muchas  ocasiones,  la  posesión  del  amuleto  dio  fortaleza  de 
espíritu  al  paciente,  que,  resistiendo  á  la  muerte,  prolongaba 
su  martirio.  Verificábase  en  su  ánimo  un  fenómeno  psico- 
físico  de  auto -sugestión,  mediante  el  cual  mantenía  con 
cierta  forzada  regularidad  el  juego  ya  liondanunte  alterado 
de  las  funciones  vitales  por  efecto  de  un  bala/o  ó  de  una  cu- 
chillada. Pero  despojado  de  la  guayaca  en  cuyo  podi^r  mara- 
villoso para  preservarle  de  la  nuierte  en  cual(|uiera  ocasión  te- 
nía entera  confianza,  perdió  el  herido  las  fuerzas,  con  el  desfa- 
llecimiento del  ánimo,  y  los  elementos  destructores  introduci- 
dos en  su  cuerpo  no  tardaron  en  producir  su  natural  efecto. 

El  daño,  no  sólo  enferma  física  y  niorahnente  á  una 
persona,  no  sólo  la  llena  de  asquerosas  y  feas  sabandijas 
por  dentro  y  por  fuera,  no  sólo  la  niortilica  con  horribles 
dolores  en  todo  el  cuerpo,  sino  (jue  también  la  hace  des- 
graciada.   El    maleficiado  un   puede  nunca   arril)ar:    vivirá 


514  srrERSTicioNfN  ptü.  i;i'»>  i>r  i  \  ri.Ar.v. 

siempre  eiitristtviilo  y  como  alelado,  pobre  y  !iiisoral>Io^'\ 
Personas  híiv,  si^nn  rl  viili::o,  encadenadas  ¡í  la  voluntad 
lie  una  china  niiscnihlc,  qne  las  ha  cautivado  con  hnijíMÍas 
6  composiura^^.  Xo  es  la  flaqueza  culpahle  de  loca  nuijer, 
inliel  it  ijuien  jurara  amor  eterno  y  puro  ante  l(»s  altares. 
Eí?  el  heciiizo,  el  huacanf¡H(\  de  la  eliiiia  mala  (pie  la 
acompaña  y  que  hizo  huir  del  hogar  á  un  esposo  di»scon- 
solado.  Una  pieza  de  ro])a  de  su  vestido,  mía  parte  de  sus 
cabellos,  un  diente,  una  uña,  una  porción  de  su  sangro,  etc., 
enmeltos,  anudados,  junto  con  algún  animalejo  repugnante 
acretÜtado  para  el  efecto  en  el  arte  mágico,  la  /¡(/(t/t,  la 
atan  á  las  jx^rversas  intenciones  de  la  mala  mujer  <jue  la 
tiene  hechizada.   La  maléliea  hace  de  ella  lo  (pie  (piiere^^^ 


(1)  Improsioniula  la  ¡rnaí;inac¡ón  y  alterado  el  sisti'iua  lurvios»),  la 
(créxiula)  víclima  descaece  rápit lamente,  y  el  mismo  pánico  de  sus  pa- 
ríenttis  y  de  sus  ainijíos  precipita  su  ruina.  ( I'^lifás  L(iví,  Doumc,  rt 
liitnel  de  ¡a  Ilautr  Mngic.l  VA  cuso  que  indica  í^cví  pu<'ile  realmente 
%*erificarí»e  i>or  autn-sufjcüHón. 

(2»  «Los  hechiceros  tratan  de  consejíuir  una  porción  de  los  calxí- 
llod  ó  de  loí*  vestidos  de  la  persona  que  se  proponen  inaldícir.  Bus- 
can luego  un  animal  (pie  á  sus  ojos  ven^'a  ¿i  sít  la  n*|)resentación  de 
o*«la  persona.  l*on«n  de-pu6s  el  animal  en  relirión  mniindica  con  la 
persona,  por  nu^lio  de  los  cabellos  <'i  vestidos  que  le  pertenecieron. 
I>anlc  HU  nombre,  mátanlo  de  una  cuchillada  máj^ica,  ábreide  el 
pecho  y  .t  ile  el  conizón.  Knvuelv«'iM-l  corazón  paljtitante  er»  los 

'•■•-"  ••  idos,  y  durante  tres  iIímh,  á  toda   hora,   clavan  en  (•] 

••nrojwidos  al  fuego,  ó  bien,  larj^as  espinas,  proli- 
riendo  lan  maldiciones  acostumbradas.  Persuádense  entonces  que  la 
víctima  de  hus  per\'ersas  manipulaciones  experimenta  los  mismos  do- 
lores ':•  í--' .  ^i  |.||  mi  propio  corazón  si*  le  hubieran  clavado  las 
c-jipín.'i  -,  ó  clavos,  murit-ndo  íí  la    po-tn;  de  un    nitd   dcsco- 

ivi-  Klifáí*  I>;ví,  Doytfie  ei  ItUud  de  la  Jíaute  Maffie.) 

•  Kl  '»  (f*  má-  -«u^uro,  hí  el  autor  de  í'\  ptie<le  consiuuir  una  parte 

iUrlon  '     '  '       '    '       M  di(*nte,  dda  persomunaleü- 

ciada,  i.  .,       .  .  il:  voui  acn  une  dcntcunlrc 

moi  (ufted  me  tiene  inquina;.  •  ^Elifái  Loví,  Doynve  eí  JUtuel  de  la  liante 
Mogie.) 


CAPÍTULO  xxxirr.  515 

Recae  asimismo  el  maleficio  en  los  animales  y  en  las  cosas 
que  constituyen  el  patrimonio  de  una  persona;  pues  el 
objeto  (le  los  hechiceros  es  hacer  mal  á  los  hombres  de 
una  manera  6  de  otra.  Pero  en  este  caso  efectuase  el  daño 
mediante  un  conjuro,  una  maldición,  ó  un  juramento  que 
el  individuo  envidioso,  vengativo  ó  malqueriente,  ayudado 
del  espíritu  infernal,  profiere  ^'. 

He  aquí  el  modo  de  ¡¡(jar  un  caballo  de  caiTcra,  para 
hacerle  quedar  rezagado,  por  muy  ligero  que  sea.  Le  roban 
la  pisada,  es  decir,  aj^rovechando  un  descuido  del  que  lo 
guarda,  extraen  del  suelo  el  terrón  en  que  ha  asentado  el 
pie.  Le  arrancan  una  cerda  de  la  cola.  Envuelven  terrón  y 
cerda  en  un  cuero  de  sapo,  lian  dolos  con  una  hebra  de  seda 
de  color  de  gi-anate  ó  carmesí.  De  noche,  cuando  asoma  el 
lucero,  lo  entierran  cerca  del  lugar  donde  ha  de  correrse  la 
carrera.  Cuando  el  caballo  maleficiado  vava  corriendo,  lo 
tirará  de  la  cola  y  embarazará  su  rápido  andar  el  poderoso 
animalejo  cuya  piel  encierra  su  pisada  y  su  cerda.  El  ca- 
ballo corredor  estará  ligado  al  maldito  sapo,  que  aun 
muerto  y  desollado  puede  tanto.  Es  más  aún:  á  los  seis  ú 
ocho  días  empieza  á  caérsele  el  pelo,  primero  del  anca 
(({ue  es  por  donde  ha  sido  maleficiado)  y  luego  del  resto 
del  cuerpo  acabando  por  el  encuentro.  El  temor  de  una 


(  1 )  <  Cual  infernal  hochi/o,  tiuc  provoca 

Conjuro  iiifando  do  roijióu  maldita, 

Y  dócil  al  perverso  que  lo  invoca 
Sus  negras  alas  horroroso  agita, 

Y  por  las  mudas  auras  se  desboca, 
Las  plantas  y  los  árboles  nuircbita, 
Los  verdes  tallos  vuelve  en  hilos  flojos 

Y  viste  el  prado  de  ásperos  abrojos.» 

(D.  José  Joaquín  de  Múi-a,  ¿«yendas  Espa- 
ñolas.   LoudroB,  1840.) 


616  SUPERSTICIONES  DKL  KÍo  I>K  L.\   PLATA. 

lipuliini  seiuojante  hace  (|uc  los  que  cuidan  caballos  ilc 
iiirrcni  no  se  separen  de  ellos  un  instante,  |K'riuanecienilo 
ile  ilía  y  ile  noi'he,  con  luz  enceniliila,  á  su  hulo,  siempre 
alerta. 

Componer  y  curar  es  enheehi/.ar  una  cosa,  (lisj)ouerla 
convenienteinente  paní  (¡ue  sirva  al  intento  tiel  (|ue  la  j>osi»e. 
Cúranjiv  y  compóncn,<c  cuales» juiera  ol)jelos.  Hs  el  lazo  un 
instruinento  ile  traliají»  indisjx'nsaMe,  y  (jue  aeoni|)aña 
siempre  al  paisano,  para  la  aprehensión  de  animales  vacu- 
nos y  eahallares.  El  lazo  uíana  al  hombre  de  canijx).  (lor- 
iarle el  lazo,  cíjuivale  á  provocación  e  insulto  grande. 
—  «¿Qni^n  me  ha  cortado  el  la/o?^,  prciíuntó  un  indio  a  los 
ein'unstantes  en  una  reunión.  Como  nadie  respondiese, 
•'»: — «Mal  compañero  es  el  (pie  hace  un  daño,  y  calla. 
í\nt  yo  voy  á  sabtT  quién  me  lia  cortado  el  lazo.»  Toma  su 
lazo  en  las  manos,  deshace  la  trenza  de  las  puntas  corta- 
das, escupe  en  ellas  y  trama  de  nuevo  las  correas  ó  tienton 
¡Mira  lii:arlo.s.  Volviendo  á  escupir  en  la  parte  compuesta 
del  lazo,  da  un  tirón  para  ailrmarla,  mirando  al  mismo 
t¡en)|io  á  los  concurrentes,  uno  de  los  cuales  salta  inopina- 
dumente  de  su  asiento.  Tira  otra  y  otra  y  otra  vez,  escu- 
piendo, el  indio,  y  vuelve  una  y  (jtra  y  otra  vez  á  sallar  de 
HU  asiento  el  mismo  sujeto  (pie  acababa  de  condenarse 
por  tan  singular  manera.  VÁ  damnificado  no  necesitó  más 
pnielm.»*,  ¡mra  salnT  (pie  el  (pie  daba  los  repentinos  saltos 
era  (cíimo  en  sesuda  lo  confesó  todo  turbado)  el  (pie  le 
había  cortado  el  lazo.  En  otni  ocasión  el  mismo  indio  hi/o 
ir  el  lazo,  Herpenteando  por  el  suelo  como  una  culebra  gi- 
gantesca, sin  toí-arlo  entreümto  ni  antes  de  moverse,  al  lu- 
gar donde  (A  y  otros  com|Kiñcros  se  hallaban.  l)e  lales 
nianivillais  en  que  el  vulgo  (Tec  sin  rebozo,  es  ca|»a/.  (piien 


CAPÍTULO  xxxiri.  517 

tiene  el  arte  mágico,  ó  conserva  el  preciado  secreto  de  com- 
poner ciertos  objetos  útiles  á  sus  designios.  El  indio  de 
que  se  trata,  sin  duda  tenía  ¡jayé. 

El  lazo  se  cura  con  grasa  de  víbora,  al  tiempo  de  tren- 
zarlo.  A  mediodía  v  cuando  el  sol  está  fuerte,  es  la  hora 
en  que  el  dueño  del  lazo  le  hace  mover,  serpenteando  como 
una  culebra,  sin  tocarlo  y  á  distancia  de  veinte  pasos.  Cu- 
ran ó  componen  también  las  boleadoras,  poniendo  peda- 
citos  de  cuero  de  las  manos  del  león  (que  tiene  nuicha 
fuerza)  entre  la  piedra  y  el  retobo  (piel  con  que  se  afo- 
rra). Así  quedan  ligadas  las  boleadoras  á  las  cualidades 
respectivas  del  león.  Por  livianas  que  sean  las  boleadoras, 
se  enredarán  en  las  patas  del  animal  (toro,  caballo,  etc.) 
que  se  trate  de  aprisionar,  con  tanta  fuerza  como  si  los 
mismos  brazos  y  garras  de  aqueUa  fiera  las  abrazase  y  afe- 
rrase. Mediante  la  compostura,  ó  curado  un  objeto  de 
cierta  manera  ignorada  de  los  demás,  se  supone  quedar 
formada  una  correlación  de  propiedades  y  condiciones  que 
dan  el  resultado  á  que  se  aspira.  Fórmase  una  atadura, 
un  vínculo  mágico,  una  corriente  simpática  de  fuerzas  (pie 
producen  en  la  cosa  compuesta  ó  curada  (imantada  diría 
un  ocultista )  efectos  análogos  á  los  de  que  es  ca[)az  el  ser 
animado  ó  inanimado  de  que  depende.. 

Los  hechicei'os  usan  especialmente,  para  hacer  daho  y 
para  curarlo,  ciertas  hierbas,  y  sajaos,  culebras,  tortugas, 
gusanos,  carne  y  plumas  de  señaladas   aves^'\  tra[)os,  ea- 


( 1 )  «  Por  verse  libro  do  ustó, 

Lo  h.nlm'iii  quoriilo  ombriijar. » 
De.s|)^u'•^  ino  empozó  .i  pasar 
Una  pluma  do  avestruz. 

( El   íiaiicho    Martin    Fierro   por   D.   .losé 
lliináudej!.  j 


518  SUPEItóTlClONKS  DKL  RÍO  DE  LA  PIATA. 

Ih^IIo  ^  »  tierní  de  las  sepulturas,  etr.  Saenu  <K'  mm  st^pul- 
tura  rei'iente  cinco  puñados  de  tierra:  euatn»  en  j)artes  (jue 
formen  cruz  v  uno  del  tvutn).  Keliada  esta  tierra  en  el 
fondo  del  mate,  da  |K)r  resultado  (pie  a<piel  (pie  le  toma  se 
vaya  consumiendo,  á  medida  (pie  el  cuerpo  del  difunto  se 
va  sei*juido.  Los  allileres  y  agujas  se  clavan  en  cruz  en  d 
objeto  que  está  en  acción  para  malellciar  :í  una  |)ersona.  l']n 
suma,  han  usado,  y  usan,  las  mujeres  maléücas,  además  de 
las  cosas  peculiares  de  Amériea,  cuantas  tueron  conocidas 
por  el  mismo  estilo  en  l^uropa.  I'Vrnando  de  Rojas  dio 
niinuciosíis  noticias  de  la  hechicera  en  su  famosa  trai^ico- 
nieilia  de  Calixto  y  Mdilu'a  -,  y  I  >.  Kstebaii  Manuel  de 
Villejras,  el  Anacreonte  Español,  lamlácMi  lia  referido  pun- 
tualmente los  males  que  hacía  y  sus  medios  de  dañar:  (ili- 
naba  bocados,  cortaba  (jirones  yfabricaha  ideas,  es  decir, 
valíasi*,  en  sus   malelicios,  de  composturas  (pie  (la])a  á  (•(►- 


(  1  )  Sio  que  Diogtino  soRpcclif, 

("  11  iH'ifro  tn-i»  iitoUis  (•) 

^  hiTvir  «'ii  IitIh*. 

^AV    (Jaúclio  Martin   Fierro    por    I>.  Jo»é 
IIrrnáii(l<-r..  ) 

(2)  «Y  c-n  Otro  apartiulo  tenía  para  nincdiar  aniorcí<  y  para  se  (luo- 
rpr  l»i«-fi.  Tenía  huoscís  de  cora/óri  de  {-¡rivo,  ltMiy:iia  de  víhora,  cabo-  ' 
raj*  df  coíloniicejí,  mím^^  íIc  a.-^no,  U-la  d«*  caballo,  nianlillo  de  niño, 
haba  morlaca,  v}\\']\\  marina,  HOga  de  ahorcjulo,  flor  de  h¡(?dra.  espina 
de  erizo,  pie  de  tejón,  gninoH  de  hele<'ho,  la  p¡«'(lra  del  nido  del  ájruila 
y  -       "       -  M.  Venían  á  ella  muchos  hombres  y  mujeres;  y  ñ  unos 

ti* .  "  'lo  monliftti,  á  otro»  de  su  npjta,  ú  oíros  ilc  sus  ra- 

bellfjM,  i  \m  en  la  palma    letras   con   a/afrán,   ii    otros  con 

tMiTiH-llón,  á  otros  daÍMi   uhoh  roratonfjt  de  cera  Ueiioa  de  agujas  (¡ue- 
hfful  '  irro  !/  rn  pinino  lurlms,  muy  cspant^dilcs  á 

ver.  i..  .    ;     ..i  palabras  entiirra...  ¿  (¿ui('n  te  podrá  <le- 

cir  lo  ip.  i  hacía,  y  to<lo  era  burlu  y  mentira?»    (La  Celen- 

(ÚM  por  Fcniaiiüo  de  liojai»,) 

(•)   Mtié:  ptiú  nitonunu  rindo  d«  lot  Mgrot. 


CAPITULO  xxxni. 


519 


mer,  de  algún  pedazo  ó  pieza  del  vestido  de  la  ¡persona  que 
sufre  el  daño  y  de  imágenes  de  cera  representativas  de 
aquel  ó  aquella  que  había  de  ser  sacrificada'^ . 

El  sapo  es  uno  de  los  aninialejos  de  que  más  uso  hace  la 
hechicería  criolla.  El  sapo  es  elemento  clásico  de  la  hechi- 
cería y  de  la  magia.  La  ciencia  oculta  le  proclama,  por 
sus  condiciones,  uno  de  los  más  poderosos  auxiliares  del 
arte   de  hacer   maleficios  ^"\  En  las  operaciones  mágicas 


(1) 


A  Gratidia,  llccJiicera. 


CANTILENA 


Casada  la  de  Eurito, 
Asquerosa  Gratidia, 
Enojosa  á  las  madres, 
Odiosa  ú  las  hijas, 

Y  á  las  tiernas  casadas 
No  menos  enemiga 

Que  ¿í  los  tigres  de  Ilircania 
Los  leones  de  Libia: 
I*or  tí  penan  los  hijos, 
Por  tí  los  padres  gritan 

Y  los  tiernos  casados 
Tristemente  suspiran. 
Pues  no  cierto  de  amores, 
Porque  ya  en  tus  mejillas 
Las  que  antes  eran  rosas 
Agora  son  espinas ; 

Sino  de  aquella  fuerza 
Del  encanto  maligna 
Que  vuelve  los  juicios 

Y  revuelve  la  Estigia. 
Por  tí,  dura  Megera 

Y  Tesífone  esquiva. 


Se  mueven  las  peleas. 
Se  conmueven  las  iras. 
Tú,  robustas  niñeces. 
De  forta'eza  dignas, 
Estragas  á  la  sorda. 
Como  si  fueras  lima ; 

Y  de  frescas  muchachas. 
Amenas  lozanías, 

O  cual  siesta  desmayas 
O  cual  noche  marchitas. 
Los  ingenios  embotas, 
Las  memorias  descuidas 

Y  á  los  tristes  que  penas 
Los  sentidos  avivas. 
Todo  por  instrumento 

De  bocados  que  aliñas. 
De  girones  (jue  cortas. 
De  ideas  que  fabricas: 
Milagros  que  á  la  cera, 
Al  paño,  á  la  comida 
Kn  vano  se  le  deben 
Donde  tú  estjis,  (Iratidia. 


(2)  *riay  ciertos  animales  que  tienen  la  propiedad  dv  romper  las 
corrientes  de  luz  astral  (fuerza  universal  en  cuanto  i)¡ianla  los  mun- 
dos) por  medio  de  una  absorción  sui  géneris.  Pastos  animales  nos  son 
violentamente  antipáticos  y  tienen  en  su  mirada  al^o  de  faseinador: 
l^or  ejemplo,  el  sapo.  Conservados  vivos  en  las  hal)itaciones  preservan 
de  las  alucinaciones  y  otras  afecciones  mentales,  de  los  presti<íios  di' 
la  ewhriagucx  astral.^  (Klifás  Leví,  I)<><j)nr  ct  líUurl  de  la  lian  fe 
Mayie. ) 


520  srPERSTiriONi-is  dkl  río  de  la  plata. 

tiene  8U  im|x>rtaiuMa:  resjíoiulo  á  la  ¡ulliuiKMa  del  planeta 
Sttluriu»  .  Los  liechieerDs  dv  Europa  iviurrieroii  á  r\  cii 
imihiliul  íle  casos.  En  Ainériea  los  proeesos  de  la  hnpii- 
sieióii  le  pn.*seiitan  alternaiulo  vtm  el  eny  ' .  I*ero  i»»  más 
sinixular  i*s  ijue  los  indios,  antes  del  deseuhri miento  y  (mui- 
quista  de  Amériea,  usaron  taml)i(;»n,  con  preferencia,  el  sa|>o 
en  sus  hechieerías.  Tna  elase  íle  lieehieeros  <;naraníes,  á 
que  los  í»spañoU»s  llamaron  CHfrrradorcff,  hacían  sus  male- 
ficios enterrando  en  la  casa  de  la  persona  que  deseaban 
matar,  las  sobras  de  su  comida,  cascaras  de  fruta,  pedazos 
de  «irixin,  etc.  Enterraban  tambicn  sapos  atravesados  con 
alpina  (»spina  de  peecado.  El  maleliciado  con  e-te  becbizo 
íbase  enílaqumendo  y  consumiendo,  hasta  (|U(\  sin  enh  r- 
metlad  conocida,  moría.  Los  e/i  ferrad  ores,  para  hacer  este 
nialefieio,  consultaban  al  demonio,  (piien  se  les  ajuirecía  en 
fijrnni  de  negrillo  con  un  cesto  en  la  mano  y  les  daba  las 
instnicciones  convenientes  al  cumplimiento  de  sus  desig- 
nios. El  entierro  se  hacía  en  la  casa  ó  cuarto  (pie  habitaba 
la  víctima;  |)ero,  si  no  tenían  ocasión  ó  la  posibilidad  Ar 
luicerlo  allí,  verificábanlo  en  un  lugar  de  ella  frecuenladn. 
En  una  pieza  ó  galjHMi  donde  nunca  faltaba  gente  ni  de 
día  ni  de  no<;liP,  cuan<lo  los  padres  jesuítas  andaban  rc<lu- 
ciendo  y  aíloctrinando  á  los  indios  del  Paraná  y  Uruguay, 
liallarnn  más  de  trescientas  sepnltuias  de   este  genero   de 


(\)  '\jnm  nnininlcn  i«oii  (Itile*  á  la  iiin^in  iii  cunatn  (IcMprciidcii  «1 
fluúü)  oMtral  (|uc  fitifi  opcrncioncH  nc>ccHÍuui.  La  luH'hiccrín  kc  funda  en 
el  prífinpK>  (le  aniíiinci/iii  de  Ion  obji'to«  coiiHat^radoH,  qui*  ne  uffctúa 
á  favor  *\t\  nirrjut  <  '    '  "  i».  Kl  nnpo  oh    .syí- 

lurnnt  *        I'.ii/i-,    '/;   _  ./     .         v      :   it¡tir.) 

i:  .  íle  \triMtnoÉ    vuríoM  en  la    IIiMifiria   drl    Trihunal  del 

Oanlo  Ofirto  de  la  Jiufuijiinón  de  ÍJnia  por  I).  •!.  T.  Mnliini. 


CAPITULO  xxxiir.  521 

maleficios ^^\  En  las  salamancas,  ó  impenetrables  cavernas 
encantadas  del  Río  de  la  Plata,  suele  el  salamanquero  pre- 
sentar á  los  intrépidos  visitantes  de  sus  palacios  manadas 
de  sapos,  que  le  obedecen  y  rodean.  «  Son  mis  gallinas, » 
dice  con  sorna  el  salamanquero  -\  Satanás,  en  los  aquela- 
n^es,  ha  marcado,  desde  muy  antiguo,  con  la  figura  de  un 
sapillo,  impresa  á  fuego  y  sin  dolor,  en  la  niña  del  ojo  á  los 
brujos  y  brujas,  á  fin  de  que  se  reconociesen  entre  sí  con  una 
señal  tan  singular  como  diminuta.  Les  ha  dado  asimismo 
un  sapo  vestido,  que  no  es  sino  el  demonio  en  figiu*a  de 
sapo,  que  hace  las  veces  de  ángel  de  guarda  del  renegado. 
Los  brujos  novicios  y  los  aspirantes  que  aun  no  han  lle- 
gado á  la  edad  de  la  discreción  para  renegar  en  los  a(pie- 
larres,  se  ocupan  en  cuidar  una  gran  manada  de  sapos,  que 
los  brujos  ya  recibidos  por  tales  juntan,  en  compañía  del 
demonio,  por  los  camj)os,  á  fin  de  hacer  con  ellos  veneno 
y  ponzoñas  para  los  maleficios.  Deben  los  novicios  y  as- 
pirantes guardar  los  sapos  con  mucho  respeto  y  veneración. 


(1)  Conquista  Espiritual  (Id  Faragiiajj,  Para?i(í,  Uriíguau  y  Tape 
por  el  P,  Antonio  Ruiz  de  ^[ontoyn. 

Elifás  Leví  menciona  entre  los  maletirios  tradicionales  de  í^uropa, 
el  siguiente  idéntico  al  de  los  guaraníes.  «Toman  un  sapo  corpulento. 
Bautízaido  con  el  nombre  de  la  persona  que  se  trata  de  maldecir. 
Hácenle  tragar  una  hostia  consagrada,  ante  la  cual  han  proferido  fór- 
mulas de  execración.  Luego  lo  envuelven  en  los  objetos  niagnetixados 
(parte  del  vestido  ó  de  los  cabellos  de  la  víctima  por  cuyo  meilio  han 
puesto  id  sapo  en  relación  magnética  con  ella).  Lían  el  envoltorio 
con  los  cabellos  de  la  persona  maldecida,  en  los  cuales  iiabrá  escu- 
pido el  autor  de  la  opcM-ación.  Finalmente  entierran  el  cnvollorio  en 
el  umbral  de  la  puerta  del  maleficiado,  ó  bien  en  un  lugar  adonde 
acostumbre  ir  todos  los  días.  El  r.fpiritu  elemental  del  sapo  vendrá  á 
ser  la  pesadilla  y  el  vampiro  del  hechizado.»  (Dogme  rt  Rititcl  de  la 
liante  MagieJ 

(2)  V.  Cap.  VIH,  pág.  'J.-),  y  Cap.  XXXV. 


522  SrPKRSTICIONES  ÜKL  RÍO  DE  LA  PLATA. 

y  para  juntarlos,  ciiaiulo  j^c  ajKirta  alginio  »lc  la  maniula, 
hachen  usi)  iK*  una  varilla  tjue  se  los  da  ion  ese  ohjeto:  niinra 
los  encjimiiiaii  con  el  pie.  Los  sapos  vesti(li»s,  (|ue,  como  se 
ha  iliolus  !*on  demonios  en  lisura  di'  sapos,  acompañan  v 
asisten  á  los  brnjos  para  inducirlos  y  ayudarlos  lí  que  come- 
tan siempre  mayores  maKIades.  Susténtanlos  con  regalo.  De 
ellos  sacjin  el  agua  con  que  se  untan  para  ir  al  aciuelarrc  y 
jxira  dt»struir  los  campos  y  semljrados  y  frutos,  y  matar  y 
hacer  ilaño  á  las  personas  y  a  sus  ganailos,  y  para  hacer 
los  |X)lvos  y  ponzoñas  eon  que  maleücian  á  la  gente.  Ilar- 
üin  al  sajK),  y  azótanle  con  unas  varillas.  Enconase  el  sapo 
é  hínchase,  Aprietanle  luego  con  el  pie,  6  con  las  manos, 
contra  el  suelo.  Por  último  el  sapo  se  va  reponiendo  y  k^ 
Yantando,  y  vomita  jx)r  la  boca  y  por  otros  conductos  menos 
limpios  un  agua  heilion<la  y  verdinegra,  (pie  es  la  que  usan 
¡vara  ir  al  a(pielarre  y  á  otras  partes  á  hacer  maldades  y 
jmra  componer  sus  hechizos^  .  La  precedente  historia  de- 
moniaca del  sa|X)  concurre  a  demostrar  con  la  mayor  evi- 
dencia que  las  cuevas  encantadas  ó  sdlamaticd^,  no  sola- 
mente han  sido  imaginarias  escuelas  donde  se  enseñaban 
las  artes  mágicas  por  judíos  y  árabes  introducidas  en  Es- 
|Kiña  y  trasladaílas  luego  á  América  junto  con  la  concpiista, 
sino  (\ue  t¿imbién  estuvieron  habilitadas,  como  cosa  no  más 
del  diablo  á  los  ojos  de  los  cristianos,  para  la  celebración 
de  los  aquelarres  ó  asambleas  y  conciliálailos  y  fiestas  noc- 
turnas íle  brujos  y  brujas  -  .  Allí,  en  las  cavernas  ó  sald- 
//i^f/ir/7/f.  no  f.'dla  uadapara  el  cfrcto:  nbs(nr¡(lad,alcjanii('nt(). 


.,.     r    é-.      ./i-.  /  ,^   miiliul  flf   I^f/;;roño  CU  los  dntH  7  y  f^ 

df  .'t  con  iioia^  |N)r  1).    Lcaiidru    I'Vnuíii- 

(iez  «k*  Moraiíri. 
(2>     V.  Cp.  VIH,  páK.  Oü. 


CAPÍTULO    XXXIII.  523 

acceso  difícil,  frío  y  calor,  y  fuego  y  agua,  y  ruidos  subte- 
rráneos. Allí  las  manadas  de  sapos,  las  gaUínas  del  sala- 
manquero, así  como  las  culebras  disformes,  son  lo  primero 
que  se  ofrece  á  la  vista  del  novicio  6  visitante  que  en  ellas 
osa  penetrar.  En  fin,  el  sapo,  que  tanta  repulsión  nos  inspira, 
es  animalejo  de  fuste  en  la  historia  mitológica  ó  demoniaca 
de  los  pueblos  del  Viejo  y  del  Xuevo  Mundo,  y  lo  es 
desde  una  época  muy  anterior  á  la  del  descubrimiento  de 
las  Lidias  Occidentales,  á  saber,  desde  una  época  muy  an- 
terior á  la  en  que  el  uno  y  el  otro  se  comunicaron  conoci- 
damente, merced  al  genio  inventor  y  heroico  de  Colón  y 
de  la  España  regida  por  Isabel  la  Católica.  Y  ¿cuántas 
veces  DO  echa  el  hombre  por  la  boca  sapos  y  culebras? 
Echar  sapos  y  culebras  significa  estar  uno  como  ende- 
moniado, encendido  en  ira  y  furor,  denostando  y  maldi- 
ciendo á  la  persona  ó  })ersonas  que  ocasionan  la  desazón  y 
el  arrebato. 

Los  medios  que  tenían  de  maleficiar  los  indígenas  de 
América  eran  semejantes,  como  ya  queda  manifestado,  á 
los  que  de  antiguo  han  usado  los  hechiceros  del  Viejo 
Mundo:  muelas,  dientes,  cabellos,  uñas,  conchas  de  dife- 
rentes formas  y  colores,  sapos,  culebras,  gusanos  y  otros 
animalejos  y  sabandijas  vivas  y  muertas,  cabezas  de  ani- 
males, arañas  vivas  grandes  y  peludas  que  guardaban  en 
ollas  tapadas,  raíces,  semillas  y  liierbas  varias,  untos,  etc. 
El  imán  era  asimismo  recurso  frecuente  en  sus  manos ''^^. 
Infinito  era  el  número  de  hechiceros  y  sortílegos  que  lia- 


(1)  El  P.  Bornabé  Cobo,  Historia  del  Nució  Mundo,  y  c\  P.  José 
Guevara,  Historia  de  la  Conquista  del  J^araguaij,  lito  de  la  Plata  y 
Tucumáu. 

3ü. 


.Vi4  srpKiísTU'ioNKs  i>i:l  kú»  i>k  la  I'Lata. 

I»ía  en  loíí  vastos  ¡in|HTÍo>í  de  Méjieo  y  el  IVrú  al  ueinjx) 
ilel  ileseulíriniieiito  y  í»0!U]uist:i.  llalu'a  criaturas  (jiie  aun 
no  sabían  hablar  y  a|>enas  podían  tenerse  en  pie,  y  en  pre- 
pnilándoles  eónio  se  invocaban  los  nuiertos,  lo  hacían  tan 
dieslnunente,  (jue  no  parecía  sino  (pie  ejercitados  en  ello 
hul)iesen  vivido  largos  años.  Eran  sus  sacerdotes  «grandes 
luagos,  encantadores  y  hechiceros,  ciui  la  ayuda  del  denu)- 
nio  6  zopaij.  Señalóse  Tucunuln,  en  la  Argentina,  jmm- 
hi  fama  de  gus  hechiceros  ^ '  ^. 

Los  hei'hiceros  y  hechiceras  del  Prrú  daban  ponzo- 
ñas, así  para  matar  con  ellas  prestt),  c«)ino  desj)acio  y 
lentamente;  para  sacar  de  juicio  y  atontar  a  las  perso- 
nas; jxira  afear  sus  rostros  y  deformar  sus  cuerpos,  de- 
jándolos albarazados,  ó  bien,  remendados  de  ])lanco  y 
negro,  y  tullidos  sus  miembros:  oficio  mas  de  ordinario 
ejercitado  de  las  indias,  que  de  los  indios.  Kjercital)anlo 
además,  tratando  con  el  demonio,  para  imanar  reputa- 
ción con  hi  gente:  á  manera  de  sacerdotes  ó  sacerdo- 
tÍBa><,  6  adivinos,  obraban  maravillas  y  predecían  las  cosas 
|)or  venir^" . 

Considerada  la  ciencia  popular  ]>rimitiva,  mezcla  de 
tnulicione.H  europc^as  6  indígenas,  resulta  <pje  el  liechicero, 
auxiliado  |K)r  el  demonio  con  quien  tiene  |)acto  expreso  ó 
tácito  ó  en  virtud  de  las  facultades  íjue  le  ha  conferido  su 
innienna  cnanto)  fatal  H2d)iduría,  introduce  en  el  cuerfx)  del 
¡mciente  la«  causas  perturbad(»raH  de  su  existencia  que 
aoerliamente  le  mol<*stjin  y  acíiban  por  privarle  de  la  vida 
á  fuer/a  de  tanto  sufrir.  Asemejábanse,  en  jmnto  a  los  do- 


lí)   Kl  CroiiiiiUi  Anloiiio  de  Hí-rrerii,  ¡h-radns  dr  iiulifut. 

{'Jj     VA  liicñ  ífiimInM)  ili*  la  Vcipi,    CommiarioM  líe/ilM  del  J'rrú. 


CAPÍTULO  xxxiir.  525 

lores  y  muertes  que  generalmente  causaban  en  el  hombre 
y  en  los  animales,  añanga,  gualicho  y  zopay  entre  gua- 
raníes, pamj)as,  araucanos  y  peruanos.  El  diablo,  cuando 
no  directamente,  causábalos  por  medio  de  sus  ministros: 
por  medio  de  los  ^^aye^s^  entre  los  guaraníes;  por  medio 
de  los  machíes,  entre  araucanos  y  pampas.  Indígenas  y 
nuevos  pobladores  creían  y  practicaban  unas  mismas  cosa^ 
en  el  fondo,  aunque  en  la  forma  y  sus  accidentes  varia- 
sen poco  6  mucho.  La  diferencia  era  más  cuantitativa 
que  cualitativa  (disimulando  lo  pedantesco  de  la  expre- 
sión). La  diferencia  estribaba  en  que  los  cristianos  ó  nue- 
vos pobladores  representaban  una  civilización  que  en  ge- 
neral desechaba  como  patrañas  cosas  tales;  mientras  los 
indígenas,  por  su  estado  primitivo,  salvaje  ó  semisalvaje 
(estados  varios  en  que  se  hallaban  las  diversas  genera- 
ciones del  continente  americano  al  tiempo  de  su  descu- 
brimiento), las  admitían  en  absoluto.  Por  lo  tanto,  fácil- 
mente se  amalgamaron,  como  queda  advertido  en  otros 
Capítulos,  las  prácticas  advenedizas  con  las  indígenas. 
El  tribunal  del  Santo  Oficio,  en  America,  acudía  á  ello 
con  sus  acostumbrados  remedios,  sin  que  valiese  al  in- 
diciado de  pacto  con  el  demonio  el  manifestar  que,  no 
el  demonio,  sino  su  travesura,  era  el  secreto  de  sus  he- 
chizos. 

La  historia  de  los  procesos  iníjuisitoriales  ofrece,  entre 
otras  causas  análogas,  la  de  un  mestizo  de  Cajamarca,  en 
el  Períí,  llamado  Alejandro  de  Vargas,  que  se  presentó  es- 
pontáneamente (por  temor  de  denuncia,  se  entiende)  al 
tril)unal  del  Santo  Oficio,  manifestando  que  curaba  los 
maleficios  mediante  una  [uedrezuela  larga  y  lisa,  de  color 
negro,  á  la  que  daban  el  nombre  de  anchico.  Con  ella  fro- 


526  srpKRSTirioxEs  i>kl  iíío  di.  i.a  im.aia. 

taba  la  parto  iiift'rnia,  aplicaiult)  á  la  voz  unturas  do  soIm) 
lio  niaolu»,  «lue  se  is|)oiijalm  on  la  mano  al  pronunciar  osta 
¡nvocjieión: — «En  ol  iiouiImo  do  8an  l\'dn>  y  San  Pahlo, 
de  tí  ino  valgo».  Había  comprado  Varitas  la  piodra  a  un 
indio  por  vointo  j>e.sos,  viondo  las  ouracionos  (pío  baoía  oon 
ella  su  duoño,  quien  sacaba  del  cuerpo  del  i)acionto  gusa- 
nos y  otras  sabandijas.  Esto  decía  que  hacía  Vargas ;  si 
bien  despu^  manifestó  (pie  llevaba  proparadas  ile  ante- 
mano las  i'osas  que  luego  j)resontaba  como  extraídas  del 
cuor|H)  enfermo.  Sin  end)argo  se  le  dio  tormento  para  (pie 
confinase  si  tenía  pacto  con  el  demonio,  manteniéndose  ne- 
gativo. Salió  en  auto  particular,  á  1  1  de  diciembre  de 
1701),  con  sambenito  do  media  aspa  ó  ///.s/V//í/rt.s'  de  polí- 
gamo (que  tandáón  lo  iTa),  y,  absuolto  a«l  canlclam,  fué 
destemido  á  Valdivia,  con  perdimiento  de  la  mitad  de  sus 
bienes  *  . 

Por  nuiy  |H'rsuadido  (pie  esté  el  hombre  de  (pie  una  en- 
fermedad í»s  incurable,  nunca  le  abandona  la  esperanza  de 
hallar  una  mejoría,  sobro  todo  si,  habiéndose  agotado  los 
recursos  ordinarios,  se  oí-ba  mano  de  los  que  en  la  común 
opinión  del  vulgo  pasan  }>or  santo  remedio,  algmios  de 
loH  cuales  descansan  on  la  para  él  iimogal)le  acción  de 
potencias  sobrenaturales,  reacciones  ó  concomitancias  natu- 
ralmente im¡K)HÍbles,  pero  que  no  vacila  en  aceptará  favor 
de  cen'monias  y  de  palabnis  ó  fórnndas  secretas.  Así  es 
que  el  daño  ó  malolicio  se  cura  ó  intenta  curar  por  medios 
tan  si-guro»  y  verdaderos  como  las  causas  (pío  lo  lian  produ- 
cido. DÍHtínguenw,  entre  elKjH,  las  ronfrahier/nis,  los  pro- 


''  1 ;     //m/z/tiVi  del  Trihuunl  fifi   Santo    Oftrio   de    ///    In/fuisirión   de 
Ltma  por  D.  J.  T.  Mc-fliiiii. 


CAPITULO  xxxirr.  527 

ccdimientos  simpáticos  ó  antipáticos^^  ,  y  las  santiguade- 
ras y  mojigangas. 

Uno  de  los  medios  que  usan  los  curanderos  para  reco- 
nocer si  hay  daño,  así  como  para  descubrir  al  autor  6 
autores  de  el,  es  la  inspección  de  las  aguas.  Suelen  mez- 
clarles azaLar;  con  lo  que  es  más  certero  el  experimento. 
Para  descubrir  al  autor  ó  autores  del  daño,  ponen  las 
aguas  del  enfermo  en  un  vaso  de  vidrio  cualquiera  de  boca 
ancha,  y  mediante  ciertas  palabras  y  ceremonias  cabalís- 
ticas, hacen  creer  que  aquellos  aparecen  representados  en 
la  actitud  y  lugar  en  que  se  hallaban,  cuando  estuvieron 
preparando  el  bebedizo,  comida  ó  ligadura  que  produjo  el 
maleficio.  Si  la  operación  de  descubrir  á  los  maléficos  se 
hace  en  un  vaso,  por  las  paredes  de  él  se  les  verá  traba- 
jando en  sus  nefandas  preparaciones.  Si  se  hizo  en  una 
vasija,  2^or  la  boca  de  ella  podrá  contemplar  el  horrorizado 
curioso  la  horripilante  escena.  El  propio  experimento  se 
hace  con  agua,  y  así  le  usaron  los  indios.  Los  de  Méjico, 
cuando  perdían  alguna  cosa,  hacían  sus  ceremonias  con 
algunos  maíces,  mirando  en  un  lebrillo  de  agua.  Allí  veían 
al  autor  del  robo  ó  la  persona  en  cuyo  poder  estaba  el 
objeto  que  buscaban,  y  la  veían  en  la  casa  en  que  moraba. 
Si  se  trataba  de  un  animal,  aparecía  éste  en  el  estado  y 
sitio  en  que  se  hallaba,  vivo  ó  muerto  -*. 


(1)  So])rc  la  siinpaih  véaso  ol  Cap.  XXI. 

«Paracolso,  el  más  írrando  do  Io^j  nia.íros  crisliano.-í,  oponía  al  he- 
chizo un  hechizo  análor^o.  Componía  retnedios  siiiijhífiros,  y  lo.s  apli- 
caba, no  á  los  miembros  atormentados  por  el  dolor,  sino  á  íijruras  que 
los  representasen,  formadas  y  con.-a;j:radíis  con  arreglo  al  ceremonial 
mágico. >>  (Elifás  Leví,  Duíjnic  ct  Ititiid  de  la  ILintc  Magic.) 

(2)  Fr.  Juan  de  Torquemada,  Monarquía  Indiana, 


528  SüPEIlSTiriONES  DKL  lU'o  DE  LA  PLATA. 

El  daño,  |x)r  ri'*4la  «¡[tMioral,  so  oonsidiMa  ¡rrcnicdiablo. 
A  parto  lio  (Jilo  o8to  so  saho  toórioaim'iito,  |K)r  ol  oonooi- 
iniemo  tradioional  que  tioiioii  todos  do  la  íiulolo  dol  daño, 
6  sea  do  los  efectos  de  los  hoohizos  ó  jHH-¡nias  y  liiorhas 
suministnidas  j>or  arto  do  l>nijoría^*',iio  hay  (iiiioii  so  atnva 
á  tlosooiuHHTlo  anto  ol  irroousablo  tostiiiionio  do  la  ootidiana 
ex|>er¡onc¡a.  Inútil  i\s  por  oonsiirinoiito,  acudir  á  un  módico 
|)ani  curara  una  persona  ondirujada.  Hay  (juo  acudir  á  un 
eiinindero,  a  un  brujo.  Siinilia  f<¡mf'/ihi(s  cunínfur.  Ciertos 
privik^ados  vegetales  tienen  la  virtud  de  preservar  del 
daño  y  de  curarle.  Estas  preciadas  plantas  son,  en  el  Kío 
déla  Plata  y  Paraguay  y  en  el  sur  del  I>rasil,ol  j)¡j)i,  la  con- 
trahierha,Q\  if^pó-cunizú  ó  sipo  milhoinrns,  el  rapirafí, 
la  htirha  del  laoarto,  ol  romero,  el  abrojo,  la  clasica  riuW'^ 

(1)  Aunque  Contantes  no  era  te<'>Ioí,'o,  merece  oírsele,  como  si  lo 
fuorn,  en  este  punto.  «  H¡p«')l¡ta  juíudió  lí  la  judía,  íi  peílirle  i\\\r  tem- 
plan' el  r¡;,'or  <ie    los  herhizos  que  eousumíaii  á  Auristela IIí/olo 

a.*!  la  juílía,  romo  s¡  estuviera  en  su  mano  la  salud  ó  la  enfermedad 
ajena,  6  como  si  no  depeadiernn  tolos   los  males  que  llaman  de  pena 

de  la  \  ]  (le    Dio» Dios,  nhli*;ínidole,  si  así  so  pue<le  decir, 

""'"'"  »s  p<'caí|os,  para  ca>titro  dt'llos,  jx-rmite  que  |)Meda  qwilar 

la   -  .1  «'«-ta  <|Ue  llaman  hrr/ticerifi,  con  lo  <|ue  hacen  las  hahirr- 

ras,  ufando  mezclas  y  venenos,  que  con  tiempo  limitado  (juitan  la  vida  á 
la  pi-r%*ma  qu<»  quieren,  xin  que  teiiyn  renieflio  de  excusar  este  pelif/nt, 
'  "'         '  .    V  tut  se  salte  de  dnndr  jtrorrdr  la  musa  de  tan  uunlal 

de   JVi'silrs  tf  Sti/ism it ndn    Dm  ^íi"ll(•I  de   ( 'rrvaille^,  ) 

Y  ni<'  rpc«-t^  qu«,  hloradu 
En  ua  Iripo  do  la  riiidií, 
Fr«>tit4<  &  una  plan  La  <l«>  ruda 
Iliciria  mi*  uracioiica. 

( K¡   Gaúrhn   Martin   Fierro  jKir   I).  J<>»ó 
IffrnAndi'X. ) 

Me  trctiá  otra  ocaiI^So 
que  coiDÍ«ni  abrojo  chin». 

( Kt   fiatichti   Martin   Firmí    |m.i    I».  .I.im' 
n»niAnd'-a. ) 


CAPÍTULO  xxxiir.  529 

y  el  ajo  macho.  En  tisana,  solas  ó  mezcladas,  según  los 
casos,  aprovechan  eficazmente  contra  el  daño.  La  sola  pre- 
sencia de  algiuia  de  estas  plantas  en  una  casa,  libra  á  sus 
habitantes  de  un  maleficio. 

El  sipó-mílhomcns,  e\ pipí  y  la  conocida  contrahierba, 
son,  del  propio  modo  que  el  capicatí,  plantas  estimadísimas, 
por  las  propiedades  medicinales  que  tienen  en  realidad^ ^',  á 
las  que  se  adunan  las  que  á  mayor  abundamiento  les  atri- 
buye la  voz  común  entre  el  vulgo.  Tienen  además,  para  éste, 
la  propiedad  de  atraer  voluntades.  Mujeres  hay  que,  en  cier- 
tas ocasiones,  darían  por  algunas  de  ellas  un  ojo  de  la  cara. 
¿  Con  que  dinero  se  paga  lo  que  vale  un  sahumerio  de  estas 
plantas?  La  mujer  que  sahume  un  cuarto  con  capicatí, 
sipo- iii'dhoniens  y  contraliicrha,  todo  junto,  no  esperará 
en  vano  al  ó  á  los  que  desea  que  la  visiten.  Los  herbolarios 
ó  hierheros,  siempre  que  pueden,  proveen  ^\\^  guayacas  de 
tales  plantas ;  porque  las  venden  á  buen  precio,  sabiendo 
que  muchas  mujeres  dejarán  de  comer,  por  compra i'las. 

«  La  tradición  popular,  dice  Maury,  ha  aplicado  hasta  el 
día  de  hoy  la  denominación  de  hierba  de  /ox  hechiceros  á 
casi  todas  las  plantas  dotadas  de  propiedades  ponzoñosas 
ó  narcóticas  ^"\  »   También  las  plantas  benéficas  han  reci- 


(1)  El  propio  Montenegro  en  la  obra  citiula,  y  tan)l)¡én  D.  J.  llie- 
rónynius,  Plcmuc  Diaplioricrr  FI(W(P  Argentinfr,  Buenos  Aires,  y  D.  Do- 
mingo Parodi,  PlfDitas  Usuales  del  Paraguay,  de  Corrientes  y  de  Mi- 
sioueSy  Buenos  Aires. 

El  pipí  íisanlo  coniilnniente,  pisado  y  niezchulo  con  sebo  de  riñonada, 
contra  el  reuniatisnio,  y  para  curar  los  caballos  macetas  6  avejigados. 
Tiene  las  hojas  aovadas,  florecitas  blancas  adheridas  en  conjunto  á  lo 
largo  de  los  extremos  de  las  ramas,  el  tronco  leñoso,  y  el  aspecto  de 
la  diamela.  Su  olor  es  desagradable. 

(2)  La  Magie  el    l'Astrologie  dans   rAutiguili  ct  au  Mogen  Age. 


530  srPKRSTICIONKS  DKL  HÍO  DK  LA  PLATA. 

bulo  ¡irual  ilont>iniii:K'iórL  Al  capicafí,  jH)r  cjt'mulo,  \h'í)<- 
tuinhnin  ilisliiiLCiur  i*on  v\  iiomhrt»  de  hierba  olorosa  drl 
hechicero,  tnuliu'cióii  litonil  di»  las  voces  guaraníes  capii 
caií paj//  ^  .  V  no  |nietle  darse  planta  nuis  estimada  pol- 
las virtudes  medicinales  que  se  le  atribuyen.  Usada  en  ti- 
sanii,  ni*oniiendasi'  como  estinnilante  y  sudorífica,  como 
estomacal  y  antiespasniódica,  contra  la  disentería,  l;i  dia- 
beti*s,  la  retención  de  orina,  etc.  -  .  Su  fragancia,  ()ue  es 
mucha,  dice  el  herlmrizador  misionero  Hermano  Pedro 
Montenqrro,  se  asemeja  á  la  de  la  rosa,  tirando  á  la  del 
clavel;  mas  al  año  tiene  algíin  parecido  con  el  clavo  de  es- 
l)ecia:  sin  duda  el  capicaft  re¡)resenta  en  América  al  fa- 
moso esquí  na  nto  de  Aral)ia'"''.  Bien  (pie  en  las  regiones 
calientes,  como  las  antiguas  Misi(jnes  jesuíticas,  cobran 
mayor  intensidad  los  perfumes,  nos  inclinamos  á  creer  que 
el  Hermano  Pedro  Montenegi'o,  dejándose  llevar  del  entu- 
siasmo que  le  «uisara  el  hallazgo  de  una  planta  (pie  con 
tanta  ansiedad  buscaba,  olióla  más  con  la  imaginación  que 
con  la  meml)rana  pituitaria.    Críase  espontáneamente  el 


(1)     Otpií,    paja,   radülo;   rafí,  olor   fuert*',    vchcnu'iito :    pm/''.   lu'- 
rhicero. 

.1.  Ili'-róiiyiim^,  I'lunttr  I)in¡thorii'fi   yinrtr  Arf/rntitut: 
•  »;     •  K-tJimlo  un  día  «le  í¡:r;iii  sol  jl  la  <»r¡IIa  <lo  ("¡ítIo  arroyo,  sí  la 
Konibm,  ndoiiiJ«'  me  j^uancí  dv\  niiiHaiicio  «Irl  lMrj;o  nun'mo  (ju»*  traía, 
me  lo  ílí'par/í  el  To<lopo<len»«o  por  medio  del  olfato.    Y  en  fin  (K*í<piiÓ8 
«le  vnr  ig  mía-*  y  de  tre»  ¡lulio»  f|ue  venían  en  mi  compañía, 

rp|r*tnin  1"  uri»  >i<-*  y  inn*  '  fie  alredí'dor,  lun-  reparo  que,  «mí  sen- 
támUmv  en  lierní,  olíu  i:.  .  ,  «r  lo  cual  me  pu-<e  lí  buscar  entre  liu< 
yrrbaM  y  pftHto  o!  tal  olor,  ctiando  el  uno  de  Ioh  indios  me  dijo:  — <Tá 
htK'let  onte  oapU  rati.*  IM jele :  —  « Sí,  otilo  huelo  y  cHto  e«  lo  (pie  hus- 
mí         -        '  •  '    •"  '  '     '         !    V  ro  es()u¡. 

fi.'  ...  .  _.   .  .  .  '  s  tlf  M¡- 

ohrn  I  ; ).  M.  K.  Trelles  en  lu  ¡icvinta  del  l\u<adu 

Ar  Buenos  Airc<».  j 


CAPÍTULO  xxxnr.  531 

capicatí,  no  í^olamente  en  Misiones,  Paraguay,  Comentes 
y  Brasil,  sino  en  Entre  Ríos,  que  está  más  al  sur  que  estas 
regiones.  El  capicatí  de  Entre  Ríos  no  tiene  parecido  con 
el  olor  de  la  rosa  ó  el  clavel,  ni  con  el  clavo  de  especia.  Se 
parece  más  bien,  aunque  muy  suave  y  delicadamente,  á  la 
diosma.  Críase  en  los  lugares  húmedos,  á  manera  de  jun- 
quillo :  en  la  punta  de  su  recio  tallo,  que  á  lo  sumo  alcanza 
una  altura  de  cincuenta  centímetros,  echa  unas  semillas  en 
racimo,  que  forman  como  una  espiga  blanquizca.  Son  igual- 
mente olorosas  las  flores,  las  hojas  y  la  raíz ;  pero  la  raíz 
más  que  las  hojas  y  flores.  Otro  ejemplo  notable,  que  con- 
tradice el  aserto  de  Maury,  ofrece  el  anguay,  copal  ó 
benjuí  áe  Misiones,  árbol  al  que,  j9or  la  admirable  eficacia 
de  su  balsamo  para  diversas  enfermedades  (del  estó- 
mago, del  hígado,  de  los  pulmones,  del  cerebro,  de  los 
huesos,  humores,  etc.),  denominaron  los  guaraníes  ibird 
payé,  6  sea  árbol  de  los  hechiceros  ^^\  El  capicatí,  no  sólo 
es  planta  medicinal,  sino  que  se  aplica,  entre  el  vulgo,  para 
la  curación  de  los  males  que  se  atribuyen  á  daño  causado 
con  comidas  ó  brebajes  emponzoñados  por  la  mano  del  he- 
chicero. El  verdadero  origen  de  la  denominación  de  que  se 
trata,  á  parte  del  uso  que  puedan  hacer  los  hecliiceros  de 
la  planta,  parece  ser  la  circunstancia  de  distinguirse  singu- 
larmente de  las  demás,  por  la  nmltitud  y  eficacia  de  sus 
virtudes.  Una  planta  que  así  se  distingue,  es  una  planta 
extraordinaria,  privilegiada,  favorecida  del  cielo:  una  i)lanta 
mágica,  una  planta  que  tiene  algo  de  brujería.  Una  planta 


(1)  El  P.  Podro  Lozano,  Historia  de  ¡a  Cowjnisla  del  Paraguan, 
Rio  de  la  Plata  tj  Tuciiniá/i,  y  el  Hermano  Pedro  ^lontiMiej^ro,  Plantaíi 
Medicinales  de  Misio7ies, 


532  SÜPEKSTICIONES  DKL  HÍO  DK  LA  1»LATA. 

aemejanto  tle  scjíuro  la  usa  el  inaj¡;o  y  v\  lurliiciTo  para  sus 
tuu»s.  Paní  vi  vuli^n  y  los  historiailorrs  d^l  si»ílo  lUViino- 
8exto  y  tío  los  ininixliatos,  el  mago  y  el  lucliicoro  eran  easi 
una  misma  oísa.  Lo  regular  era  llamar  hcc/i ierro  ó  hnfjo 
á  tcklo  iiuliviiluo  (jue  sinuilase  6  diesi»  lugar  á  creer  ({ur 
tenía  jmeto  con  el  demonio,  ya  fuese  (  cu  Auieriea  )  indio, 
ya  europi»o  ó  criollo,  el  indiciado.  Tua  hlrvhn  ó  un  árfud 
df'  los  hechiceros  puede,  j)or  tanto,  distinguirse  por  propic- 
dacU*s  mahtó  6  buenas,  ponzoñosas  6  curativas,  caj)aces  de 
daño  ó  de  remeiliarlo. 

Los  hierberoft  ó  lierbolari(^s  recogen  (y  mejor  si  es  en 
viernes  santo)  las  hierbas  medicinales.  lian  solido  usar 
para  guanlarlas  una  (/tiaf/aca,  ó  bolsa  ó  morral  hecha  co- 
múnmente de  cuero  de  nutria  ó  de  lobo  (marino  ó  lluvial), 
sin  curtir,  basto  y  con  su  pelo  ))<)r  l:i  parte  de  afuera,  y 
cosida  con  tientos  ó  tiras  delgadas  de  la  misma  materia. 
Llevábanla  en  torno  de  la  cintura,  con  sus  divisiones  para 
colocjir  las  diferentes  hierbas  medicinales  (llantén,  cancha- 
higUH,  siete- sangría.s  cjilaguala,  zarzamora,  cepacaballo,  tu- 
rubí,  gramilla,  hierba  lucera,  meona,  de  la  vidn,  del  jíoÍIo, 
«i|H')-milhomens,  p¡|)í,  contrahierba,  ca¡>icatí,  etc.). 

Hay  una  planta  sarmentosa  y  trej)atlora,  un  bejuco,  en 
lo«  montes  de  los  ríos  (pie  tributan  al  Plata,  hacia  el  norte 
de  la  cuenca,  que  tiene  la  propiedad,  según  fama  antigua, 
de  curar  la  mordedura  de  las  sierpes  venenosas.  Le  llaman 
ísipó'curuzú^^\  nómbreos  (el  primero  guaraní  y  el  segimdo 
tomado  por  lo»  neófitos  de  boca  de  los  misioneros)  (pie 
Kigfíiíican  literalmente  bejuco  de  la  cruz.  La  planta  no  se 


(1)    Curuxú,  úv\  catU'lliiiio  cri/x,  voz  adaptiidii  |Kir  los  ^uaranícH  á 

MI    IctlglUI. 


CAPITULO    XXXIII.  533 

cría  espontáneamente  sino  en  las  regiones  antiguamente 
pobladas  por  generaciones  de  raza  guaraní,  en  cuya  lengua 
isipó,  sipo  ó  cipo  equivale  á  bejuco.  Cortado  diagonal- 
mente  el  tronco  de  una  rama,  en  una  de  sus  variedades, 
ofrece  rej^resentada  una  cruz,  y  de  alií  curiizú,  voz  que  (se- 
gún queda  indicado)  formaron  los  guaraníes  reducidos  de 
la  castellana  que  les  enseñaran  los  misioneros.  El  isipó, 
sipo  ó  bejuco  de  que  se  trata  es  de  hojas  acorazonadas. 
La  flor  quiere  ser  amariposada,  de  un  solo  pétalo  verdoso 
blanquizco,  con  muchas  pintas  azul -moradas  y  una  man- 
cha amarilla  hacia  su  extremidad  superior.  Hojas,  sar- 
mientos y  tronco  son  nuiy  aromáticos.  Aunque  estén 
secos  troncos  v  sarmientos,  conservan  su  olor  suave  v 
agradable  y  señaladamente  medicinal.  Raspada  la  cor- 
teza y  limpio  el  tronco,  cortado  éste  en  pedacitos,  pónese 
en  caña  6  en  aguarchente,  del  que  se  bebe  un  poco,  cuando 
ha  sido  uno  mordido  por  una  víbora,  aplicando  al  mismo 
tiempo  á  la  herida  unas  hilas  en  él  empapadas.  Usase  asi- 
mismo el  licor  de  isipó -curuzú  para  las  indisposiciones  del 
estomago  y  para  abrir  el  apetito.  Es  verde  y  amargo,  pero 
agradable. 

Llaman  conuuimente  al  bejuco  de  que  se  trata  sipó-mil- 
homens.  Así  le  denominaron  los  brasileños  de  Río  Grande 
del  Sur  del  Brasil,  de  San  Pablo  y  de  ]\Iatogrosso.  Vié- 
nele  tan  raro  nombre  de  la  ocurrencia  que  tuvo  un  portu- 
gués, en  el  Brasil,  respecto  de  este  bejuco.  Ponderando  la 
excelencia  de  la  planta  como  contraveneno  de  la  picadura 
de  víbora,  dijo  que  él  había  curado  con  ella  á  más  de  )nil 
homens,  esto  es,  á  más  de  mil  hombres. 

Los  tupíes  de  las  Misiones  (y  es  de  presumir  que  antes 
de  la  conquist^i  espiritual  de  ellas  hicieran  lo  mismo  los 


534  srpKi^^rioioNKs  pkl  kío  i>k  \..\  plata. 

«i^ianmírs)  ll:mial>an  al  bojuco  de  (|iu»  si'  trata  i.'<ipó'paj//, 
6  sea,  bejuco  de  los  hcch ierras.  'IV'iiían  |u>r  cosa  si\u:iira 
que  el  uso  ilel  isipó  6  sipo  pof/r  vm  eficaz  renu»(lio  y  pre- 
servativo ilel  mal  ile  ojo  y  de  todo  lieeliizo  y  brujería.  La 
ininuia  lija,  serena,  aparentemente  dulce,  pero  insidiosa  y 
pérfida,  de  la  víbora,  (|ue  fascina,  entumece  el  vuelo  de  las 
aves  y  arnistra  los  animalejos  a  sus  fauces  crueles  devora- 
donis,  valió  tanto  para  los  indios  como  el  aojamiento  de 
las  bnijas  y  de  los  becbiceros.  Los  indios  bárbaros,  como 
todo  hombre  primitivo  y  como  el  vu1íí<>,  proceden  en  sus 
juicios  y  determinaciones  p(^r  la  aj)an'iit(^  similitud  y  co- 
rnal H>ndene¡a  que  sujKíne  haber  entre  anuellas  cosas  (pie 
presentan  analogía.  El  iaipó-cunizú  desvirtúa  la  elicacia 
del  veneno  de  la  víbora.  La  víbora,  además  de  envenenar, 
fascina.  Luego  el  /.s- /y ííí -(•?//•/< 2 m  servirá  tambi(5n  para  curar 
la  fascinación.  El  isipó-citruzd  será  entonces  un  ¡s¡jk> 
pat//,  que  tendrá  la  virtud  de  extirpar  el  aojo  y  de  desha- 
cer los  encíintos  del  hechicero.  Como  el  hond)re  primitivo 
personifica  las  fuerzas  y  formas  todas  de  la  natmalcza,  el 
isipó  payé  tendrá,  no  precisamente  una  jtropirdad,  sino 
wn^  facultad  que  le  |XM'mite  contrarrestar  la  acción  malé- 
fica de  un  reptil  que,  á  la  par  que  envenena,  fascina.  Por 
una  nizón  análoga,  [Mxlrá  obrar  iguales  efectos  cuando  la 
acción  maléfica  proceda  del  hond>re;  pues  la  causa  es  en 
uno  y  otro  caso  la  misma:  obra  de  afianijo,  de  (jualicJio, 
del  demonio,  del  genio  del  mal  que  jKTsigue  á  todo  vi- 
vienta 

ConMgtlientíiníiae  el  i^ipu-curazú  ó  ,sfjju-i/til/ionirns, 
díbía  tener,  y  tiene  con  efcí'to,  alguna  si/njuifía  rcs- 
jMHlo  á  la  vílnini  y  su  veneno.  El  isipó-curuzn,  ó  me- 
jor dicho,   para  el  caso  actual,  el  tai ¡tó- payé,  cura  \)ov 


CAPÍTULO    XXXIII.  535 

medio  de  una  simpatía  })articiilar  la  Hiordedura  venenosa 
de  la  víbora.  También,  por  razón  de  sirapatíay  preserva 
de  la  mordedura.  No  hay  sino  llevar  un  pedazo  del  men- 
cionado bejuco  en  cualquier  ]:)arte  del  cuerpo,  para  que 
todo  éste  quede  preservado  del  acceso  de  la  víl)ora.  8i 
el  jugo  del  isípó-curuzú  mata,  como  aseguran,  la  víbora, 
no  sería  de  extrañar  (pie  su  olor,  que  es  sutil,  la  ahu- 
yentase, como  presume  Ilúmboldt  que  sucede  con  el 
guaco  del  Perú,  al  que  se  atribuyen  propiedades  aná- 
logas. 

Créese  que  aplicada  la  piedra  imán  á  la  herida  lieclia 
por  la  mordedura  de  víbora,  se  pega  al  punto  y  absorbe  el 
veneno.  Extraído  el  veneno,  se  despega  por  sí  sola.  El  mor- 
dido queda  sano  y  sin  lesión  alguna.  En  seguida  hay  que 
lavar  la  piedra  con  agua  caliente.  De  lo  contrario,  mucre 
la  piedra,  y  pierde  su  virtud.  Los  que,  por  efecto  de  una 
picadura  de  víbora,  hubieren  quedado  lisiados,  curan  tam- 
bién, abriéndoles  la  cicatriz  y  aplicando  á  la  herida  la  pie- 
dra imán^^l  De  igual  fama  goza  el  colmillo  de  ar/zí ara 
( a(juard-(juazú,  zorro  gigantesco  y  lanudo).  Quien  le  lleve 
consigo  á  la  raíz  de  la  carne,  lleva  un  infalible  preserva- 
tivo del  veneno  de  la  víl)ora.  I^a  víl)ora  \\o  le  muerde,  v  si 
por  acaso  le  mordiere,  no  le  hará  mal  alguno  el  veneno  que 
le  inoculare.  La  propia  virtud  tiene  el  colmillo  de  i/acarc  ó 
caimán  del  país^"\  Pero  la  virtud  de  éste  se  extiende  á 
mayores  beneficios,  (¿uien  lleva  un  colmillo  de  yacaré  á  la 
raíz  de  la  carne,  está  libre  de  daño,  de  todo  veneno  dado 


(1)  Descripción  Histórica  de  la  Antigua  Provincia  del  Paragnan  por 
D.  jMai'iano  Antonio  Molas,  dada  á  luz,  con  notas,  por  el  Dr,  D.  Án- 
gel Justiiiiano  C'arran/a.  IkuMios  Aires,  18GS. 

(2)  ]\rolas,  ol)ra  prec'odcnlcnR'nlc  citiida. 


536  8III»KRSTHI0XKS  DKL  UÍO  DE  I^\  PLATA. 

en  ct)niiila  ó  bfljiíla'.  1a)s  oainjH'siiios  iK'l  Paraujuav  v 
C'orrieiilt's  acliatan  la  calu'za  di'  la  vílxua  i[Uv  inonlió  y  la 
apliain  sohre  la  herida  ".  Naveiíaiido  río  arriba  el  Paraná, 
Fniy  Pcilro  José  di*  Parras  topo  con  la  nueva  de  las  virtu- 
des que  los  santafesinos  atril aiían  á  los  eohnillos  del  j/d- 
earé  contra  el  veneno  ó  la  niorde»lura  de  la  víhora.  Que- 
riendo eun vencerse  de  lo  (|ue,  si  bien  tenía  todas  las  apa- 
riencias de  una  fsílíula,  era  cosa  llanamente  admitida  de  los 
naturali^s  de  Santaté,  hizo  la  experii'iuia  en  dos  perros.  Le 
Sídió  tan  íHínfornie  el  experimento  á  h)  (pie  sobre  el  parti- 
cular as^uraban,  que  no  pudo  menos  de  dar  entero  cré- 
dito á  la  espi*cie,  y  desde  entonces  llevó  sieni]>re  consigo, 
|Kjr  precaución,  los   colmillos  del   j/ararr  *' .   Fray  Pedro 


(1)  I»!*  indios  comían  la  carne  de  yacaré.  Kl  scl)ü  de  01  tiene 
fánia,  entre  lo»  camix'sinoí*,  <le  ser  nuiy  bueno  para  los  dolores  reuiná- 
Úcoé.  Dicen  cjue  en  el  ventrículo  ó  estóinay:o  <TÍa  unas  cony:loin(M*a- 
ctoneít  que,  pulverizadas,  curan  el  mal  de  piedra,  y  «lUe  d  mismo  ven- 
trículo, limpio,  ííeco  ni  sol  y  bien  molido,  deshace  las  pie<lras  de  los 
ríñonei*  y  de  la  vejiga  y  favorece  la  expulsión  de  la  orina.  Dicen  tam- 
bién que  cerca  de  los  ríñones  cría  dos  vej¡;;uitas  (pie  encierran  un  iiii- 
III'. r  .Míe  huele  á  almizcle.  (  I»zano,  Coitquist,  del  Varay.:  Azara, 
/>.  del  Parntj.) 

(2;    Carranza,  nota  en  la  obra  prece<len  temen  ti'  citada. 

(3)    «Muy  por  la  marnina   «lespachó  ú  uno  de  mis  compai^eros  con 

"••■ '!  .r. .    ,|||,.  íi  p¡,.  fueron  á  la  ciudad  (<ie  Sanlafó),  distante  de 

.1  el  liarco  dos  lejfuas.  Fueron  coHteando  el  río  Sahulo, 
no  titi  peligro  de  mt  pasto  de  albinos  tij^es,  porque  los  hay  en  todaH 
la*»   rien>an(aM   de   e«la   ciudad,    y  <"on  almndan<'¡a.    Kntre  tanto,  pues, 

..-.-r:i.,. ...-._  .,t.r,,„Q^  raballos  para    pasir    I<m1os  al  convento,  su- 

IM'one'*  del  liarco,  que  era  indio,  pudo  íle(*har  un 
yararf,  que  t-n  una  ej'jK'cie  de  laj^irtos  grandes,  (jue  rc>gularmente  vi- 
ven <'ii  el  aguo,  aun(|ue  muchas  veces  ^alen  á  la  costa.  Ix)h  mayores 
que  yo  be  vUto  \vr  •  ■  •  lo  dos  variM  de  largo.  Kh  cointin  wntir  en 
ei4a  lícrní  que  Ih  ^  m  homlire  conmigo  un  diente  de  ente  animal, 

0e  prewrva  de  mt  repenttnajnentc  herido  de  algini  viento,  y  que  jun- 
üuiieiite  tieiie   virtud   |mni    luioer    vomitar   (!Uid(|uiera  veneno.   V  con 


CAPÍTULO  xxxiir.  537 

José  (le  Parras,  franciscano,  además  de  la  descripción  de 
su  viaje  por  el  Río  de  la  Plata,  escribió  la  obra  Gobierno 
de  los  RegiLÍares  de  América,  y  fué  rector  y  cancelario  de 
la  Real  v  Pontificia  Universidad  de  Córdoba  del  Tucutnán. 
Otro  de  los  remedios  y  preservativos  simpáticos  más 
vulgares  es  el  uso  y  la  aplicación  de  la  piel  del  venado  del 
campo  ^  .  El  venado  del  campo  ^'-\  llamado  así  para  distin- 
guirle del  que  habita  en  los  montes  (guazubirá),  suelta, 
dicen,  cuando  halla  una  víbora,  una  baba  pestífera,  ro- 
deando con  ella  al  reptil.  Este,  encerrado  dentro  del  cír- 
culo que  forma  la  catingosa  baba  asfixiante,  muere  al  poco 
tiempo.  A  esto  atribuyen  unas  porciones  circulares  de  te- 
rreno, que  se  distinguen  notablemente  del  resto  del  campo, 
por  ser  más  corto,  más  tierno,  más  igual  y  más  verde  el 


efecto,  los  más  de  los  naturales  de  estas  partes  traen  consigo  uno  de 
los  dichos  dientes,  sobre  cuya  virtud  siempre  estuve  incrédulo.  Pero 
hallando  la  ocasión  de  desengañarme,  lo  hice  en  la  forma  siguiente. 
Puse  á  un  perro,  ligado  al  cuello,  un  diente  del  dicho  lagarto  ó  ya- 
caré.  Hice  confeccionar  con  un  poco  de  solimán  dos  pelotillas  de  carne. 
Di  la  una  al  perro  que  llevaba  consigo  el  preservativo,  y  luego  vo- 
mitó la  carne  y  el  veneno.  Di  la  otra  á  otro  perro  que  estaba  sin  él, 
y  murió  luego.  Repetí  la  experiencia  segunda  vez,  y  sucedió  lo  mismo. 
Con  que  me  vi  precisado  á  dar  entero  crédito  á  lo  mismo  que  siem- 
pre tuve  por  fábula.  Y  con  efecto,  luego  determiné  traer  conmigo  di- 
cho preservativo,  y  hoy  lo  traigo,  precisado  de  la  utilidad  que  concebí 
con  la  evidencia.»  (El  P.  Fr.  Pedro  José  de  Parras,  Diario  y  Derro- 
tero de  su  Viaje  por  el  Rio  de  la  Piafa,  ano  de  1749  y  subsiguientes, 
publ.  en  la  Rev.  de  la  líihl.  Pñhl.  de  Buenos  Aires  por  D.  M.  R.  Trelles. ) 

(1)  «No  conocen  allí  específico  contra  tales  venenos.  A  unos  ha- 
cen beber  aceite,  si  lo  tienen ;  á  otros  aplican  fuego  en  la  mordedura, 
ó  media  cebolla  bien  caliente,  cortada  liorizontalmente;  á  otros  les 
chupan  mucho  la  herida;  y  á  otros  les  atan  lo  mordido  con  una  co- 
rreíi  de  cuero  de  un  ciervo  llamado  yua\uli.*  (D.  Félix  de  Azara, 
Descripción  é  Ilisloria  del  Parayuay  y  del  Pió  de  la  Plata.) 

(2)  Guaxuti  en  guaraní. 


538  SUPEltóTIOIOXKS  DKL  KÍo  1>K  I.A  ri*.\TA. 

{Histo  que  en  ellas  creiv.  Otros  erivii  que  tales  eíreulos,  qui' 
tieneu  ile  uno  a  cuatro  metros  de  iliainetro,  proceden  de  la 
caída  de  la  cvntella,  (pus  al  tocar  en  la  tierra,   da   á  veces 

0 

una  vuelta  en  cireunfereneia.  A  partr  del  nuevo  pasto  que 
se  crin,  apannen  luego  multitud  de  lu)ni!:os,  (|ue  concurren 
á  c:mieter¡zar  v  distinguir  más  v  más  el  lui^ar  seíialado. 
La8  cueva*  de  toro,  que  llaman,  son  otra  cosa.  Ilácelas  el 
toro,  cuando  escarba,  especialmente  en  la  cjH)ca  del  celo. 
Luego  esas  cuevas  se  cubren  de  un  pasto  más  recio  y  di- 
ferente, por  lo  general,  (pu*  kA  díl  resto  del  campo,  formando 
en  iVie  unas  manchas  circulares  (pie  no  se  j)uetlen  contun- 
dir con  aquellas  otras  que  se  supone  forma  la  centella  6  la 
baba  del  susudidio  venado. 

Aseguran  que  la  sarna  y  otras  enfermedades  cutáneas 
desaj)iirea*n,  frotando  con  la  i)iel  del  venado,  por  el  lado 
del  pelo,  y  que  lo  mismo  sucede  con  los  nacidos  ó  tumores. 

Cree  y  a.segura  la  gente  del  c^unpo  que  las  culebras  y 
vílniras  maman.  Dicen  (pie  (*stas  se  allegan  de  noche  sigi- 
losjimente  á  los  j>echos  de  las  madres  cuando  crían  y  están 
dormidas.  Para  (jue  la  criatura,  si  se  despierta  (como  (pie 
duenne  (on  la  madre),  no  llore,  el  astuto  reptil  tiene  la  pre- 
caución de  meterle  en  la  boca  la  punta  de  la  cola.  Con  este 
engaño  la  apacigua  y  entretiene,  mientras  á  su  madi(  I( 
quita  la  lec-he. 

Añaden  los  cíim|Msinos  (pie  las  culebras  y  víboras,  ( ii- 
roscandose  en  las  ¡mtiis  de  los  animales  vacuno  y  yeguar, 
en  es|M*cial  de  las  vacas  lecheras,  pn'ndense  de  los  pezones 
de  las  hinchadas  ubn'S.  Entretanto  la  vaca  permanece 
quieta,  innióvil,  cütuo  8Í  au  propio  hijo  I*-  •-tnvit-ra  ma- 
mandi  . 

Cuentan  que  unas  vawis  Inmhrrds  (  mansas,  de  leelieiía 


CAPÍTULO    XXXIII.  539 

ó  tambo),  en  un  pueblo  de  campo,  volvían  del  pastoreo  se- 
cas las  ubres.  Sospechando  el  dueño  que  las  culebras  6  ví- 
boras les  sacasen  la  leche,  apartólas  del  sitio  en  que  acos- 
tumbraban pastar.  Pero  tan  luego  como  se  descuidaba,  las 
vacas  volvían  solícitamente  al  lugar  primitivo,  como  si  allí 
estuviesen  sus  crías  esperándolas  para  recibir  de  sus  ubres 
el  rico  alimento  apetecido.  Observando  con  atención,  pudo 
cerciorarse  de  lo  que  antes  era  una  sospecha.  Unas  víljoras 
grandes,  enroscadas  en  las  patas  de  las  vacas  lecheras,  ma- 
maban tranquilamente.  Xo  habiendo  podido  matarlas,  puso 
en  torno  del  cuello  de  las  vacas  unos  pedazos  de  rama  de 
isijJÓ-curuzú  6  milhomens,  y  de  entonces  en  adelante  no 
volvieron  las  víboras  a  sacarles  la  leche. 

La  persuasión  en  que  está  el  vulgo  de  que  las  culebras 
y  víboras  maman,  opónese  abiertamente  á  las  enseñanzas 
incontestables  de  la  zoología.  Las  culebras  y  víboras  care- 
cen de  órganos  apropiados  para  hacer  la  succión  de  la  le- 
che, ni  de  ningún  otro  líquido.  La  forma  de  su  lengua  y 
de  sus  mandíbulas  no  les  permite  chupar.  No  pueden  pren- 
derse de  los  pezones  y  atraer  á  la  boca  la  leche,  como  lo 
hacen  las  crías  de  los  mamíferos. 

¿Podrá  la  víbora  ó  la  culebra  suplir  con  su  astucia  la 
deficiencia  de  sus  órganos  bucales?  ¿Dejarán  las  vacas  co- 
rrer la  leche  por  sus  ubres,  para  que  caiga  con  poco  esfuerzo 
del  reptil  en  sus  abiertas  fauces?  ¿Harán  en  sueños  las 
madres  una  cosa  semejante,  excitadas  por  dulce  engaño? 
El  lagarto,  para  comer  los  huevos  de  avestruz,  los  rompe 
haciéndolos  chocar  á  empujones.  Y  á  colazos  deshace  el  pa- 
nal de  la  lechiguann,  de  cuyo  aguijón  se  precave  poniéndose 
en  })recipitada  fuga  inmediatamente  después  de  cada  g()l})e: 
abandonado  el  nido  por  las  abejas,  saborea  su  rica  miel. 

36. 


540  SlTKllííTICIONI'^i  DEL  UÍO  DK  I^  PLATA. 

Existe  oii  España  la  niisina  preocupación  (|iu'  rii  el  Kío 
de  la  Plata  con  ri'Sj>ecto  al  mamar  de  las  t*ulcl)ras  en  las 
ul»re8  de  las  vacáis  y  aun  en  los  jh^cIios  de  las  mujeres  (pie 
estají  crianilo.  Kan»  privile^^io  del  odiado  re|)til,  ([Ue  ha  de 
«ÜKT  engañar  á  tantas  gentes  en  uno  y  olro  hemisferio.  No 
siendo  carnosos  los  labios  ni  la  leuiicua  de  las  eulehras,  dice 
el  autor  didiíctico  que  da  la  noticia  i\r  :i(|uella  preocupa- 
ción en  la  Península,  y  carecii-ndo  el  j>aiadar  de  velo,  no 
les  Qs  posible  haciT  la  succión  <1-   1 1  I» die^'. 


(1)    EUmmlo9  de  Zinilfg'm  pí>r  I>.  LaiinMiiií)  P6n-z  AmiM. 


CAPITULO  XXXIV. 

Fascinación  ó  mal  de  ojo. 


Sumario.  —  El  aojo,  preocupación  general.  — i)o /7o  y  ojeo.  —  Fascino  y 
Príapo,  dioses  de  la  gentilidad :  antipatía  entre  ambos.  —  Amuletos 
contra  el  aojo.  —  Efectos  varios  del  aojo.  —  La  envidia  y  la  insi- 
diosa alabanza,  monstruos  maléficos.  —  Mal  de  ojo  en  las  criaturas. 
—  El  mal  de  siete  cUas.  —  Modo  de  reconocer  el  aojamiento.  — 
Aojamiento  involuntario.  —  Facultad  de  aojar,  hereditaria.  —  Muje- 
res fascinadoras.  —  Cómo  explicaron  los  antiguos  la  predisposición 
del  sexo  femenino  para  aojar.  —  Otro  género  de  maravillas  ema- 
nadas de  la  especial  complexión  del  bello  sexo.  —  ^létlicos  y  fisió- 
logos de  antaño,  miraban  con  malos  ojos  los  ojos  de  las  mujeres. 


No  solamente  con  hierbas,  con  bocados  ó  bebedizos  y 
conjuros,  puede  hacer  daño  una  persona  á  otra,  ó  apes- 
tarle sus  animales,  ó  secarle  sus  plantas,  ó  trastornarle  y 
desbaratarle  sus  acciones  y  sus  obras ^^l  Puede  una  per- 
sona,  con  sola  la  vista,  causarle  todos  estos  males.  A  este 
modo  de  dañar  se  le  da  el  nombre  de  aojo  ó  aojamiento, 


(1)  «  —  Pues  ¿de  qué  le  viene  á  vuesa  merced  tanta  pesadumbre? 
—  De  ver  solamente  un  hombre,  y  es  de  manera  lo  que  le  aborrezco, 
que  el  día  que  le  topo  en  la  calle,  me  vuelvo  ú  mi  casa  y  me  estoy 
sin  salir  della  todo  aquel  día,  metido  en  un  rincón,  pensando  que  me 
ha  de  suceder  una  desgracia.  —  Por  cierto  que  vuesa  merced  tiene  ra- 
zón: que  hay  lioinhre^s  que  con  síi  vista  pronostican  eso,  y  de  balde  se 
dejan  querer  mal.^  (El  Hospital  de  los  Podr idos,  eniremé^  de  Cervantes.) 


542  süPKRSTirioxES  dkl  nío  i>k  i. a  plata. 

ó  mal  de  ojo;  i>en>  en  el  Río  de  la  IMata  le  lia  man  viil- 
giirmente  ojeo,  y  \xn  aojnr  dicon  ojcar^^  ,  IiuliulahlenuiiU' 
esta  preoí'ujxicioii  es  general  en  AnK^rica,  eoino  en  Europa 
(y  es jHX'ial mente  en  Italia).  Respeeto  i1  Santiago  de  Chile, 
esorilH'  uno  de  sus  miís  fecundos  cronistas  contemporá- 
neos ■'  (pie  no  hay  allí  persona  medianamente  educada 
«que  no  hagji  mofa  del  daño  y  del  ojeo.  -  c  Vcm  no  alal)i'is 
tamjíoco,  prosigue  el  autor  aludido,  la  salud  de  una  per- 
sona querida  en  un  hogar  santiaguiuo;  porque  ocho  ó  doce 
voces  cariñosas  y  alarmadas  ac  apresuran  d  exclamar  d 
un  tiempo: — ¡Dios  la  guarde!  Esa  exclamación  es  el 
8Ímbolo  de  un  infalibU*  preservativo'.^  Dilícil  cosa  es 
atar  rabos  entre  la  mofa  v  la  alarma  de  los  santiaí^uinos. 
Quien  se  riese  del  aojo,  y  al  mismo  tiempo  se  precaviese 
contra  el,  se  reiría  de  sí  mismo.  \jO  prol^ible  es  (pie  los 
santiagueses  de  Chile,  como  todo  hijo  de  Adán,  conudgucn 
de  vez  en  cuando  con  ruedas  de  molino. 

Entiende  el  autor  á  <pie  venimos  reíiriendonos,  I).  l>cn- 
jamín  Vicuña  Mackeuna,  (juc  la  creencia  en  el  dcüio,  así 
como  en  el  ojeo,  procede  de  los  indios  de  Arauco.  Aun  (1 
mismo  nombre  de  daño,  .segíin  dicho  escritor,  parece  dar  á 
entender  que  tiene  el  propio  origen.  Las  médicas  (curan- 
deras) de  Chile  son  (dice)  hijas  ley  (timas  de  los  machíes 
de  A  muco.  Lo  que  no  halla  indígena  es  el  ¡Jesús,  María 
y  José!  de  los  estornudos'  .  L<»s  historiadores  de  America 


M)  I»  propio  on  Chile,  m'^xw  n-^iilta  «h-  la  olna  intiliilntia  Isos 
yU'itrfm  ih  nuiítño  en  Chile  por  D.  IbMijaiiiín  ViruHa  Markoniir^ 
«I«»iií|'-  I  ii-nfln  la  voz  ojro  como  rHiuivuleiito  á  mal  dn  ojo. 

\'¿ )     \).  i.  "       n?i  Markirxia. 

{'i)      Kn    «.       .-    ..,;./    l^OM    Midirnn    lít     tiiifiiñi,   III    fluir, 

(4)    Obrm  diada. 


CAPITULO   XXXIV.  543 

se  ocuparon  en  describir  y  dar  noticia  de  las  costumbres 
y  C|:eencias  de  los  indios,  no  de  la  gente  criolla.  Da  no 
llamaron,  y  llama  el  vulgo  á  todo  maleficio,  daño  al  en 
que  creían  los  indios.  El  vulgo,  los  curanderos  y  los  que  se 
ocuparon  en  hechizos,  tomaron  de  los  indios  cuanto  juzga- 
ron oportuno  y  cuanto  se  les  pego  con  su  contacto.  Lo 
propio  que  con  el  lenguaje,  ha  sucedido  con  preocupaciones 
y  hábitos.  De  la  lengua  de  los  indios  de  las  Antillas,  de 
Méjico,  del  Perú,  de  Chile,  del  Río  de  la  Plata,  hay  no 
corto  caudal  reunido  en  el  lenguaje  vulgar  de  América. 
Nada  de  esto  se  ofreció  á  la  mente  del  autor  impugnado, 
al  tratar  sobre  la  materia. 

Fascino  (Fascinus)  entre  los  romanos,  fué  el  dios  pro- 
tector y  médico  de  las  víctimas  de  la  envidia,  6  sea  de  los 
aojados.  Entonces,  como  ahora  todavía,  eran  especialmente 
víctimas  del  aojo  las  criaturas.  Cuando  alguno  se  detenía 
á  mirar  un  niño  dormido,  tenía  buen  cuidado  la  nodriza  de 
escupir  tres  veces  seguidas,  á  fin  de  evitar  el  aojamiento^^l 
Usaban  también  figurillas  representativas  del  impúdico 
dios  Príapo,  que,  colgadas  al  cuello,  con  el  nombre  de 
amuletos,  los  preservaba  del  mal  de  ojo.  Usaban  de  la 
misma  manera  hombres,  mujeres  y  niños  el  phalum,  objeto 
de  forma  obscena,  que,  también  para  alejar  la  posibilidad 
de  un  maleficio  por  fascinación,  ostentábase  en  las  casas 
y  era  llevado  en  procesión  por  los  campos.  En  torpí>ima 
forma  era  representado,  al  }>ropio  intento,  v\  dios  Fascino. 

Multitud  de  amuletos  conoce  el  vulgo  contra  el  aojo. 
La  irrisión  y  el  desprecio  ha  sido  siempre,  y  es  hoy  día,  el 
contraveneno  del  mal  de  ojo.  El  colgar  del  cuello  de  los 

(1)    C.  PÜnii  Secuiuii  yaturalis  Hisloriic  liber  XXVIII. 


544  SUPKRSTiriONKS  DEL  KÍO  I>E  LA  PLATA. 

niños  una  liij^i  de  azahache,  li  otro  cualtiiiitM-n  ol>joto  (jiic 
8Ínil)oliiv  la  hurla  ó  nienosprivio  (|Uo  so  hace  de  la  per- 
sona u  ojos  íuvidos,  viene  \K)r  legítima  deseendeneia,  de  la 
reliinon  lírntílica^*'.  Ilaeer  una  Inga  es  meler  el  dedo  pul- 
gar entre  el  nuiyor  y  el  índiee,  cerrada  la  mano:  aceion  in- 
deivntísinia,  pn)pia  sólo  de  gente  nujy  ineulta. 

Personas  y  cosas  estjln  expuestas  a  reeihir  el  inllujo 
nialefieo  del  aojaniiento.  Kl  aojo  es  una  tuerza  misteriosa 
que  toílo  lo  invade  y  jx»netra,  y  (pie  así  pucMJe  matar  á  una 
persona,  como  destruir  un  rebaño,  secar  una  planta  ó  ma- 
lograr una  openición  en  (pie  el  liomla-e  haya  puesto  las 
manos  y  el  entendimiento  '. 

La  gente  del  camp>,  en  las  estancias,  puestos  y  chacras, 
suele  hacer  el  jahón  (pie  necesita  para  el  uso  douK^stico. 
Sí,  cuando  lo  están  haciendo,  se  corta,  y  algima  persona  lo 
ha  estado  minmdo  con  atención  y  ponderando  la  habilidad 
del  fabricsnite,  atribuyen  al  supuesto  aojaniiento  el  fracaso 


(1)  Feijoo,  Teatro  Orítiro  Universal. 

(2)  «R-iUi  fn-  '  "i  obra  en  las  cosa**  ¡nsi'ii>¡l)l('s,  c  pirdia?-,  ó 
fu-».  -  '-  vi.Ir-;, ..  ,..„.^  loáfwl.jlos  (le  fcrinosoB,  si»  quicln'iiii  por 
■i.  «IctoiiLTst»  é  tales  extraíie/.as.»  (I).  Kiuiqno 
íle  Vilicfiii,  Tratado  (Ui  Aojatniento  ó  Fojtcinoloffia,  citado  por  1).  M. 
^T                 ^'  "     <»  en  su  ¡lisí.  de  los  Iktcroíl.  Ksp.) 

;;,...  ^  ^.J^l^,  profM'ísilo  D.  M.  Menéiidez  IViayo)  (pie  s¡ 
\t>  (le  D.  Kiiriípie  eran  i>or  sciiirjaiitc  estilo,  no  per- 

dió mucho  la  cíeiicin  con  penlerlos,  aunque  como   rc^pertorioH   de   su- 
p-  iri  curiosíw.    Y  lo  «!H  el  de  la  Fnsriunrinn^ 

i\  >  pui-de    «^aher-íe  í\v  la  h¡s(nr¡a  del  iiinl  de, 

o  .  «11  la  mayor  parli*  dr  IOun»pa,  y  coi»  CHpc- 

ci  I.  ^ino  porque   revela    bien  á  las  claras    la    iiiiltiencia 

d>  I  las  artes    ilíciraii  de   C'aHtilla.    T(Mlavía   pudiera 

di  'le  de    halNT   vr-    1!      •••■.,     vigilias  A  tan 

fii  á  í|Ue  (;\   roii-i         i         ,  //  colín»  un    fr- 

nftnvwo  naUíml,  y  por  márt  que   ¡iidi(|uc   Ion  n^nunliofl   Hii|N>rstie¡osos, 
aconseja  quí*  nn  «<•  114411.*  ( ÍÍÍMtori/t  tlf  los  líeterodoxoM  KsiKiñoleH.) 


CAPÍTULO    XXXIV.  545 

de  la  operación.  Un  individuo  elogia  un  caballo  y  pide  al 
dueño  que  se  lo  venda.  Aunque  el  dueño  estime  mucho  su 
caballo  y  no  haya  pensado  en  deshacerse  de  él,  accede  al 
pedido  del  que  lo  elogia.  JIc  lo  ha  codiciado,  dice  el  pai- 
sano. Cree  éste  que  el  caballo  codiciado  se  muere  ó  se 
pierde,  si  no  lo  vende  ó  regala  al  elogiador.  Una  mujer  que 
está  haciendo  dulce  de  leche,  agradecerá  el  elogio  con  que 
la  favorezcan,  pero  con  todo  temerá  las  consecuencias. 
Ni  le  gusta  que  se  lo  estén  mirando.  En  uno  ú  otro  caso 
se  le  cortará  el  dulce  que  estaba  haciendo,  y  perderá  su 
trabajo,  herido,  para  más,  su  amor  propio.  Por  este  estilo 
producirá  sus  efectos  el  aojamiento,  así  en  las  operaciones 
en  que  uno  se  está  ocupando,  como  en  las  cosas  que  le 
pertenecen  ó  le  atañen. 

Pero  donde  más  estragos  hace  el  mal  de  ojo  es  en  las 
personas.  Muchas  enfermedades  é  imperfecciones  físicas  y 
morales  se  atribuyen  al  influjo  ejercido  con  la  vista  de  una 
persona  mal  acondicionada.  Lo  general  es  que  semejante 
influjo  maléfico  ó  fascinación  dañada  recaiga  en  las  criatu- 
ras hermosas,  que  suelen  ser  víctimas  del  rencor  y  la  en- 
vidia disfrazados  con  máscara  de  amistad  y  benevolencia. 

La  mirada  maléfica,  la  envidia,  el  odio  y  la  insidiosa 
alabanza  son  los  monstruos  á  (piients  la  imaginación  de 
los  antiguos  pueblos  y  del  vulgo  contemporáneo  atribuye 
nuichas  de  las  humanas  dolencias,  mortandad  de  animales 
útiles,  esterilidad  de  las  tierras,  destrucción  de  sementeras, 
de  árboles  y  plantas,  malogro  de  empresas,  de  operaciones, 
y  tantos  otros  males  que  sobrevienen  al  hombre  sin  causa 
aparente  ó  conocida. 

Muchas  veces  la  alabanza  no  tendrá  otra  causa  real,  ni 
otro  móvil,  que  la  mera  zalamei'ía  del  expansivo  elogiador. 


546  SUrERSTiriONES  DKL  KÍO  DE  LA  1»LATA. 

Mas  los  amorosos  pmlivs  no  so  rosiiíiiaii  :í  fontcniplar 
como  iHi  ofei'to  neivsario  de  levos  iialuralis  la  deformidad 
que  siiigulari/a  al  idolatrado  fruto  dr  sus  entrañas,  vi\ 
quien  los  delirios  de  su  eariño  han  entrevisto  mil  veces, 
por  fei>  (jue  fuese,  un  sol  resplandeeienti'  di'  liermosiu'a  sin 
igual:  grumos  de  oro  llama  el  escarabajo  á  sus  hijos. 
¡Cuantas  nodrizas,  y  otras  huenas  mujeres,  no  reeomicndan 
hoy  aún  a  las  cariñosas  madres  (jue  no  eonsient^in  (¡ne 
otros  miren  fijamente  á  sus  tiernos  hijos,  cuando  en  la 
dina  están  gozíuido  del  sueño  de  los  ángeles!  Sobre  todo 
hay  que  precaverlos  de  la  mirada  de  aquellos  que  la  tienen 
muy  fuerte  ó  hahitualmente  lija  ú  o])liena. 

To^la  criatura  está  expuesta  al  aojamiento;  jH'ro  en  es- 
¡XH'ial  las  de  temperamento  delicado  corren  el  peliiiio  á 
cada  piíso.  La  mirada  del  (pie  fascina  puede  con  estas  lo 
que  DO  es  aqiaz  de  producir  en  las  que  por  la  vigorosidad 
de  sus  órganos  y  complexión  tienen  fuerzas  bastantes  á  re- 
sistir la  acción  del  maleficio.  Contra  la  mirada  de  ciertas 
jx*rsonas,  em|)ero,  sobre  todo  si  el  maleficio  es  intencional, 
oiusado  \X)r  la  envidia  y  el  rencor  de  la  persona  que  lo 
pnxluce,  no  hay  fuerzas  naturales  (pie  valgan:  en  tal  caso  el 
niño,  |K)r  robusto  que  sea,  j)erece  irremediablemente.  En- 
fermedad infantil  que  el  medico  no  pueílc  curar,  (pie  no 
conoce,  respecto  de  la  cual  anda  desorientado,  sin  atinar 
con  el  remedio,  de  seguro  es  mal  de  ojo:  la  erial iiia  em|»a- 
|¡i|,^N.  V  se  consume,  muriendo  á  la  ¡K)stre^'\  A  ojro,  como 


:iM 


«CuAiulo  (le  \ü  nochfí  á  la  iimriatm  el  rontro  del  nit\o,  gonro- 
'  *  1  ií  al)rirHí',  /i  imhik)  uij  áiu  (|UC 

M •,  H¡n  ,1  myo  (le  ait'tírÍJi  fu  los 

id  en  loH  Inhion;  hí  ()h.<M>rváirt  que  t»u  fruiito, 

Ufi  ^Uj  niiiL*ft  tan  ríxucña,  mc  inclina  ai^obímla  i>or  un  pefto  invi- 


CAPITULO   XXXIV.  547 

dicen  vulgarmente,  atnl)uyen  el  llamado  mal  de  siete  días, 
que  es  el  tétano  producido  por  la  caída  del  ombligo,  no 
bien  curado,  de  los  recién  nacidos.  Tienen  por  cierto  que  á 
muchos  niños,  con  sólo  mirarlos  6  tenerlos  instantánea- 
mente en  sus  faldas  una  mujer,  se  les  ha  visto  empalidecer 
de  pronto,  enflaquecerse  y  abrírseles  la  cabeza  (el  cráneo), 
muriendo  á  los  pocos  días. 

Si,  echando  en  el  agua,  al  pronunciar  ciertas  palabras, 
tres  carbones  encendidos,  se  van  al  fondo,  no  hay  duda  de 
que  el  paciente  ha  sido  víctima  del  aojo.  Las  curaciones 
deben  repetirse  hasta  que  los  carbones  que  se  arrojen  al 
agua  sobrenaden  naturalmente.  Claro  es  que,  si  los  carbo- 
nes son  de  leña  muy  dura  y  pesada,  se  irán  al  fondo,  y,  si 
de  leña  liviana,  se  quedarán  en  la  superficie,  con  ó  sin  pa- 
labras ni  bendiciones.  Otros  medios  de  reconocimiento  por 
el  estilo  usa  el  vulgo.  Todos  son  igualmente  verdaderos  y 
eficaces,  y  todos,  6  los  más,  tienen  su  origen,  como  la  idea 


sible;  si  advertís  que  tiembla,  que  se  estremece,  que  el  llauto  uo  eu- 
cuentra  salida  y  se  amida  á  su  garganta;  si  lo  veis  aniciuilarse  y  mo- 
rir, el  médico  os  dirá,  con  su  denominación  vulgar  ó  con  su  denomi- 
nación técnica,  el  nombre  de  aquella  dolencia  extraordinaria  y  repentina, 
pero  no  faltarán  allí  entre  los  espectadores  de  tan  doloroso  cuadro 
unas  cejas  que  se  frunzan  con  enojo,  una  cabeza  que  se  nuieva  con 
desaliento,  y  una  voz  que  exclame :  —  ¡  Ah !  le  han  hecho  ttial  de  ojo! . . . 
Y  se  indaga  quién  lo  miró,  quién  lo  besó,  quién  lo  tuvo  en  sus  bra- 
zos, quién  ha  infiltrado  en  sus  venas  el  hechizo  mortal  que  lo  aniquila; 
y  se  levanta  una  nube  de  sospechas,  nada  más  que  de  sospechas, 
porque  el  maleficio  se  realiza  en  las  sombras  del  misterio,  sin  seilal 
que  lo  anuncie  ni  rastro  que  lo  descubra,  l^asta  una  mirada,  un  beso, 
una  sonrisa,  para  que  el  vaso  de  la  salud  se  quiebre  y  la  vida  se 
rompa.  Mirada  que  debe  ser  diabólica,  beso  que  debe  ser  honible, 
sonrisa  que  debe  ser  espantosa.  Pero  mirada  que  se  escapa,  beso  que 
no  se  conoce,  sonrisa  que  no  se  descubre.»  (Novela  intitulada  M<d  de 
Ojo  por  D.  José  Selgas. ) 


548  SUPKIUSTICIOXEií  DEL  HÍO  DE  LA  PLATA. 

del  aiíjaininito,  en  la  anti^i'kHlad  gi'ntílica  y  en  las  tradiiio- 
iies  del  Orieiile^*^. 

El  aojainiento  en  unas  personas  es  seeuela  de  su  mala 
inteneión,  de  su  envidia,  de  su  rencor  ó  de  sugestiones  de- 
moniaeas,  y  en  otras  ntH*esario  ettvto  de  una  predisposición 
ct»ntíenita,  6  acridental,  ó  de  cierto  estado  íisioló*¡:ico  de  n:i- 
tundes  funciones  del  sexo  femenino.  \)r  a(|uí  nace  (pie  en 
nnichas  ocasioni^s  el  nial  de  ojo  es  cosa  ajena  :í  la  inten- 
ción del  que  lo  causa.  Algunos  le  producen,  sin  hacerse 
ciirgo  de  ello,  sin  saher  (pie  tienen  semejante  inllueiicia. 
Por  eso,  cuando  se  alaba  á  una  criatura,  es  costumbre  aña- 
ilir:  —  Dios  lo  gnarde,  Dios  lo  conserve,  (i  otra  exjnvsión 
de  esta  índole.  La  doctrina  del  vulgo  riopla tense  conforma 
con  la  de  los  maestros  de  ciencia  oculta  ú  ocultista.^  -  . 


(P  •  PiiTJi  invciítigRr /)  (ícrtificarso  \\v\  fascinjuio  que  se  prc>sumo, 
tuabaii  laiizjir  pt(2i>  de  aceite  en  el  dedo  iiuiíor  de  la  derecha  iiiaiio 
i^hu*  a'/ua  «luetla  en  va-o  puerto  en  presencia  del  pa.-^ioiíado,  y  para- 
l»an  ini«  liles  si  derramaban  d  .le  mudaban  de  colores.  ()tro.s  lanzal)an 
i*n  nf^im  una  clara  de  huevo,  é  levantábans(>  aslilcs  é  ii^ura.'^  en  <l 
ajCií  1  »ie  fXT-onas;  é  allí  decían  los  entendidos    en    esto 

'•»  •  '  '.f?io  le  vino  é  de  (|Ué  peraoniLs.  Alcanas  reliípiias 

:.ido,  son  defendidan    ( vediulrtH )    como    aupersti- 

'.XA  é  contnu-iaH  iil  buen  vivir. . .   De  esU)  puso  el  Rabí  Asér  en  la 

'  uifila  '    .'»  en  'I'  '    '  'la  de  su  mano.»  (  1).  Krn*i<|ne  de  Vi- 

Ileiin,    i df  Aoj... J')ptrinolo(j¡ii,  año  de  Mil,  pasaje  in- 

-  rto  ^fi  In  Jíímí.  de  Ujs  Urtrnjd.  K.s¡i.    |K»r  I).  M.  Menénde/  Pelayo. ) 

Ix»-    niiMlernof)   exfíosiloreH   de  la   ciencia  ocuUa,  d  «ea  de  las 

-  de  la  mauMii   cLi-ica    del    Oriente,    adtnitin 

.*    .........    lo-»  becbi/.os  voluntinios  y  los    hecbi/.os    in- 

.  XjA  ÍUi-nuí,  diccm,  llama  á  la  fuer/^i,  la  vida  á  la  vida,  la 
«Uiid  á  la  Nalud.  Lm  hechÍ2X>n  volunüirios  Hon  fnn-uentcH  entre  la 
.•  "         iitn*  laii  iM'rsonas  ij^no- 

.1.. -.11  (pie  la  duda  (\  otros 

o  más  difícil  y  horrible    en  la   o|M'ración 
I  .   iiinyor  ep>   nú   cticacia.   como  que  obra  miU  |M)dero«a- 

fiRMU-  M>iu<   ia  ifiuifpiiaiMAn  y  vigoriza  el  esfuerzo  en  razón  dinn'ta  d** 


CAPÍTULO  xxxrv.  549 

Naciones  y  fcunilias  ha  liabido  á  quienes  se  suponía  po- 
seedoras de  la  facultad  de  producir  el  aojaraiento.  Consi- 
derábase una  condición  odiosísima,  infamatoria,  que  pasaba 
de  padres  á  hijos  por  vía  de  herencia.  Teníase  por  cierto 
que  había  en  Afíica  familias  fascinadoras,  que,  alabando, 
destruían  los  ganados,  secaban  los  árboles  y  hacían  morir 
á  los  niños.  Los  tribalios  ó  misios  del  Asia  antigua  y  los 
ilirios  en  Europa  fascinaban  con  la  vista,  matando  á  las 
personas  en  quienes  fijaban  los  ojos,  particularmente  si  es- 
taban irritados.  Lo  propio  en  Escitia,  en  el  Ponto,  en  la 
Etiopia.  Cicerón  asevera  que  todas  las  mujeres  que  tienen 
doble  pupila  dañan  con  la  vista ^^l 

Atribuyese  en  especial  á  las  mujeres  la  virtud  de  dañar 
con  los  ojos.  Si  á  esta  aseveración  circunscribiese  el  vulgo 
su  pensamiento,  pocos  se  atrevieran  á  desconocer  que  en- 
trañara una  verdad  patente.  La  encandecida  mirada  de  una 
tierna  mujer,  bella  y  graciosa,  verdaderamente  fascina,  con 
frecuencia  hace  desfallecer,  y  no  pocas  veces  enferma,  oca- 
sionando terribles  dolencias  cardíacas,  la  tisis,  la  locura  y 
la  muerte.  Y  ¡quien  no  quisiera  morir  en  brazos  de  una  de 
estas  fascinadoras!  Pero  no  es  esto  precisamente  lo  que  el 
vulgo  quiere  decir,  cuando  atribuye  á  la  mujer  la  facultad 


la  rc.-istencia.  Estamos  saturados  do /<'/;  astral  (luí  ó  fuerza  univorsal 
en  cuanto  imaufa  los  mundos),  y  la  proyectamos  y  renovamos  ince- 
santemente. Los  aparatos  nerviosos  destinados,  ahora  á  la  atracción, 
ahora  á  la  proyección  de  la  hii  astral,  son  particularmente  los  ojos  y 
las  manos.  La  pfcnte  campesina  trata  siempre  de  mirar  primero  á  la 
persona  de  quien  teme  un  maleficio,  es  decir,  antes  de  que  ésta  clave 
en  ella  sus  ojos,  á  fin  de  evitar  las  prouccoioncs  fluidicas,  inesperadas, 
y  las  miradas  fascinadoras.  Tal  se  explica  Klifás  Leví  (  Doipnr  rf  /iV- 
tuel  de  la  liante  Matjic ). 
(1)    C.  Plinii  Secundi  Naturalis  Ilistor'uc  liher  Vil. 


550  SUrERSTICIOXKS  DKL  RÍO  DE  I,A  PLATA. 

do  ooimniinír  el  ilaño.  Lo  (|uo  projíiamciitc  diré  es  que 
ciertas  mujeres,  más  serüihulaineiite  ijue  los  hombres,  pue- 
den emisario,  iiistiiradas  del  odio  ó  la  envidia,  prodigando 
alabanzjis,  de  hilaos  afuera,  á  una  eriatura  hermosa. 

Los  eserilores  antiguos  más  doetos,  que  se  tragaron  la 
es|>i»cie,  si  bien  no  ereyeron  (pie  [xn-  el  heeho  de  alabar  vi- 
niese el  daño,  atribuyéroido  buenamente  á  la  disposieión 
en  que  se  hallan  las  nuijeres  (pie  padecen  de  retención  del 
menstruo,  como  les  sucede  ( decían  )  á  las  viejas  de  cin- 
cuenta años  arriba,  (pie  no  teniendo  sulicienlt'  calor  nal  mal 
para  exjK'lerlo,  además  de  adolecer  ile  ordinario,  quedan 
tan  mal  complexionadas,  que  muchas  \eces  envían  por  los 
ojos,  merced  á  su  transparencia,  los  vapores  venenosos  que 
por  vía  de  infección  se  desenvuelven  en  su  cuerpo.  En- 
trando ¿^tos  (añadían)  ])or  los  poros  de  una  persona  d 
«ida,  si  es  ¡K*<paeñita,  le  hacen  mucho  dano^'^. 


( 1 )  El  Maestro  Pero  Sáncliez,  Historia  Moral  Philosóphira.  En 
Toletlo.  Año  15»). 

«Hay  al^iwH  pt»r><»iias  tnnio  voncnosiis  en  su  roninlisiún  ( coni- 
pl.  vi.'.ii  \  que  por  vi.-ia  .sola  cniponzoíian  «•!  aire  é  los  á  (jiiien  acjiíel 
ó  lo  riH'iben  \wr  atracción  respira! ¡va. 

«  E  avernos  doméstico  exeniplo  del  daño  O  infecci(')n  do  las  nnijerefl 
nM'íf  do  (mirando  con  alcncicHi  )  en  el  espejo,  facen 

en  i.  ...  ....•«. 

•  I^a  '.  1  de  complisiiMí  más  ¡mr  vista  obra,  (pie  por  oira 
víji;  por  la  nr^tileza  riel  espíriui  visivo.  E  tiene  distintos  jurados,  .sej;ún 
1                '     del   calutlor   (del  que  mira)  é  la  d¡'>posi(M(Mi   del  acatado 

K  por  esto  nuis  en  Ioh  ninoH  petpieAus  acae^ce  tal  daTio, 
-  de  dano><a  vista,  por  la  avertura  de  sus  poros  ó  fervor 
«  de  Hu  Min{(re  al>ondoHn,  dispuesta  á  re<*el)ir  la  impresi(Mi. 

O  :  uñíir^  é  otroH  udole^cen ;  ó  non  lc*s  prestan  las  co* 

mun 

•  i  -an,  creen )  muchos  que  las  palahrits  dañan  en  esto 
má^  que  el  catar;  porr|ue  ven  que  si  uno  niini  á  otro  qut^  le  bien  pa- 
nncñ  é  lo  alaba  de  fcnnoto  6  donot»o,  luego  en  él  pnrei»ce  ( luego  da 


en- 


CAPÍTULO  xxxrv.  551 

Plinio  el  Naturalista,  tratando  de  los  remedios  que  pro- 
porciona el  hombre  con  su  cuerpo  y  con  los  productos  de 
sus  funciones,  refiere  que  de  las  mujeres  se  cuentan  los 
más  sorprendentes  prodigios.  Cuando  están  con  el  mens- 
truo, no  pueden  tocar  las  plantas,  sin  que  se  deterioren  6 
perezcan.  Menoscábase  la  vid.  La  hiedra  y  la  ruda,  plantas 
dotadas  de  poderosas  virtudes,  mueren.  Las  abejas  aban- 
donan su  colmena.  Las  vasijas  de  cobre  toman  un  olor 
fétido  y  se  enmohecen,  particularmente  si  la  luna  está  en 
menguante.  Empaña  use  los  espejos,  si  se  mii-an  en  ellos ; 
pero  recobran  su  tersura,  mirándolos  por  el  envés.  Me- 
diante cierta  acción  nada  pudorosa,  apartaban  las  tempes- 
tades y  hacían  cambiar  de  dirección  al  granizo,  al  rayo^^^. 
Mujeres  hay  en  el  Río  de  la  Plata  que  presumen  de  hacer 
otro  tanto,  y  por  los  propios  medios,  con  los  fenómenos  ce- 
lestes. Clavan  un  hacha  en  el  suelo  en  dirección  al  punto 
de  donde  vienen  las  nubes,  pronuncian  en  secreto  con  la 


muestras  de)  daño  de  ojo,  siquier  (ó  sea)  de  fasciuación.  La  causa 
de  esto  es  que  el  que  alaba  la  cosa  mirada,  paresce  que  la  mira  nuis 
fuerte  é  firme  (é)  atentamente  ciue  á  otra  cosa.  ^  (  Tratado  del  Aoja- 
micnto  ó  Fii!=tcinolo(j¡a  por  I).  Enrique  de  Villena,  año  de  1411,  pasajes 
insertos  en  la  Historia  de  los  Heterodoxos  Españoles  por  D.  Marco- 
lino  Menéndez  Pelayo. ) 

Además  del  libro  de  Fascineición  de  D.  Em-iquo  de  Villena,  hay 
otro  inédito  del  Dr.  D.  Diego  Alvarez  Chanca,  médico  de  los  Reyes 
Católicos.  Intitúlase  Libro  del  Ojo.  Escribió  también  el  Dr.  Chanca 
un  libro  de  alquimia.  (  Hist.  de  los  Heierod.  Esp.  por  D.  ^I.  ^lenéndez 
Pelayo. )  El  autor  de  estos  tratados  del  aojamiento  y  la  alquiniiji, 
por  su  profesión,  por  su  empleo  y  por  la  época  en  que  se  distinguió, 
parece  indudable  ser  el  mismo  Dr.  Chaiica  compañero  de  Colón  en 
su  segundo  viaje  de  descubrimiento  (ano  de  1493),  en  cuya  armada 
iba  con  el  cargo  de  físico  (médico),  de  mandado  de  los  K<\ves  Cató- 
licos. V.  Colear.  Navarrete. 

(1)    Natiirali^  Historia'  liber  XXN'IU. 


552  surKitóTicioNtiis  dkl  uío  dk  i^\  plata. 

noci'sana  solemnidad  sus  palabras,  y,  ejirutaiuli)  cierta 
amúii  nada  {nuiorosa,  la  tormenta  (romo  dicen)  se  abre. 
Entre  la  acvión  á  ijiie  se  alude  y  el  (ihrirsc  la  tormenta, 
j>ari\*e  lial)ei*se  (luerido  hallar,  por  analogía,  una  eorros- 
\M >ndeneia  simpática, 

Meilieos  y  lisióloiros  huho  que,  si  bien  tuvieron  por  una 
mera  superstición  la  ereiMieia  en  el  mal  de  ojo,  admitían 
sin  eml»ai-go  que  algunas  nmjeres,  en  tales  ocasiones,  eran 
capaces  de  hacer  daño  á  los  niños  y  personas  delicadas  ó 
compuestas  de  malos  humores.  Ni  dudaron  un  solo  punto 
que  las  mujeres  que  se  hallaban  en  tal  estado  empañasen 
con  la  luz  de  sus  ojos  el  espejo  á  (pie  se  mirahaip'l  Con 
niah)S  ojos  miraban,  sin  duda,  los  médicos  de  antaño,  ó 
físicos,  á  la  bella,  cuanto  amable,  comjKiñera  del  hombre. 
Pero  ¿qué  nmcho ?  si  aun  hoy  repite  el  vul^o  (pie,  en  el 
caso  presupuesto,  se  les  pone  erizado  el  cabello,  como  si 
fueran  unas  (iorgonas!  .  .  .  ¡Que  las  plantas  ó  flores  (pie 
tocan,  ó  en  que  ponen  los  ojos,  luego  se  marchitan  y  mue- 
ren!. .  .  jKetluplican  su  hermosura  y  lozanía! 


(\)    TtMfrro  de  la  í^tiQua  CoMlrWnvi  |>«ir  v\  Lícciiciadu  Don  éSolm»- 
tíáii  (le  Covomibiai»  Orozco. 


CAPÍTULO  XXXV. 

Brujas. 


Sumario.  —  Acción  física  y  moral  de  los  sahumerios.  —  Inhalaciones  5' 
borracheras  de  los  indios.  — Brujos  y  hechiceros. —  Predisposición 
nativa  de  la  mujer  para  brujerías  y  hechizos.  — ^lultitud  de  he- 
chiceras.—Viejas,  feas  y  endemoniadas.  —  Unturas  y  pasión  sexual 
de  las  bruja.s.  — Trabas  y  delirios  del  amor  impuro.  —  Sábados  ó 
aquelarres.  —  El  descreimiento  y  la  Inquisición.  — Las  brujas  en  las 
salcunmicas.  —  El  cabróii,  ídolo  de  las  biiijas.  —  Sus  aficiones  amoro- 
sas.—  Modo  de  prepararse  las  brujas  para  ir  al  aquelarre.  —  vSueño 
profundo.  —  Visiones.  —  Las  brujas  creían  sucesos  reales  sus  pro- 
pias imaginaciones. —  Brujas  ante  el  tribunal  del  Santo  Oficio.— 
Brujos  y  hechiceros  indígenas. —  Sus  procedimientos. —  Condición 
y  hábitos  del  hechicero  indígena.  —  Diversas  clases  de  brujos. 


La  acción  física  y  moral  de  los  olores  y  de  los  sahume- 
rios es  notoria.  Las  semillas  del  beleño  exhalan  unos  odo- 
ríferos efluvios  que,  aspirados,  redoblan  la  energía  de  las 
pasiones,  disponiendo  el  ánimo  á  la  ira  y  á  la  pelea  ^^l 
Alucinaciones  de  todo  genero,  trastornos  del  organismo, 
singulares  alteraciones  nerviosas,  éxtasis,  arrobos  y  delirios, 
visiones  varias,  conforme  á  las  ideas  verdaderas  ó  falsas 
de  que  tiene  poblada  su  imaginación  la  persona  que  expe- 
rimenta estos  fenómenos  y  á  los  afectos  ó  as[)iraciones  que 

( 1 )    V.  Cap.  XIV,  pág.  2U3  y  nota  2. 


554  SUPERSTICIONES  DEL  KÍO  DE  LA  1»LATA. 

einlmnrjm  su  áinmo,  es  capiz  do  j^roilucir  podon^sanionte 
la  Vfhí'meiu'ia  ile  los  olores.  Las  ¡nluihu'iones  i\v\  i'ter,  del 
cloroformo,  dtl  ainilcno,  al  misino  tiempo  (jue  \aii  pnulu- 
cieiuK)  la  anestt»s¡a  de  la  persona  á  (jue  se  iiplienn,  ocasió- 
nanle  sueños  v  á  veivs  hasta  delirios  v  verdaderas  visiones 
relativas  a  las  ideas  e  impresiones  a  la  sazón  ])red()mi- 
luintcs  en  su  estado  de  vigilia  '■.  Los  fakires,  derviches, 


(1)  I^i  unión  del  ospíritu  y  ol  rucrpo,  en  v\  c.-tndo  nornml  y  ordi- 
nario (K*  la  vida,  no  es  intima  del  todo.    Un  cidncr  íhHhio,  un  rnlaro 

dr  ronrietirt '     -'■'•í'rnto,  sólo  le  hay  hahitimlinonte  entre  el  e.s- 

píniu  y  el  •>  -o,  no  eon  los  di'niás  úr^'anos;  y  sólo  eon  el 

«iúitenia  nervioso  cerebro -esjtinaly  que  |K?rtene<'e  á  la  lida  de  relación. 
El  tnlacv  es,  por  tanto,  con  los  nervios  del  cerebro  y  de  la  espina 
dor>al :  no  eon  el  sistema  nervioso  gan(jl¡nnar  ó  drl  f;rnn  sini]nitir<>, 
que  p*-rtenece  á  la  rida  rrf/r futirá  (conuní  eon  los  vegetales),  vida 
orffinica  6  de  nutrición.  La  de  relación  es  peculiar  de  los  animales ; 
por  lo  que  se  le  da  también  el  nombre  de  vida  animal.  Este  enlace 
í :  *-  '  -nírilu  y  el  sistema  nervioso  cerchro -espinal  da  la  clave  (tu- 
/  ,  ,  lie  todos  los  fenómenos  seiisilivos  «le  la  ii:itur:ileza  liu- 
mana  (eí^tudios  p9Íco- fínicos). 

El  enlace  entre  el  alma  y  el  sistema  nervioso  puede  quedar  limi- 
tado, y  ha«ta  aparecer  extinj^uido,  de  un'  uhmIo  natural,  en  el  sueño, 
en  el  letargo,  en  los  de.-mayos,  etc.  En  las  eiifcrmeíiades  UírvioHas 
nianiHé^tase  notablemente  este  fenómeno.  En  la  epil(>p>ia,  exaltado  el 
sUteina  nf*r\'¡oso,  la  vi/la  de  relación  se  desordena  y  los  movimientos 
son  •  '         -.  En  la   <m'   '       'i    nfnVeg*'    exliiiy:u¡da  la  sensibilidad 

pin'  'fM.  y  la  jK  : 1  de  los  senli*!*»»,  subsi.-tiendo  .-ólo  la 

<  idar.  IN-rturbaciones  análoj^as  se?  verifican  á  favor 
de  ctertOM  a^ntes  en  contJHlo  con  los  nervios  ó  mezclados  con  la 
fanjH'e.  ly*  '<  al  primipio  excitan  el  crrebro,  y  lue^^o  le  <le- 
bilitiin,  pro<  ::  «'KfiM  artificial.  Las  bebidas  espirituosas  em- 
li<'rrrichafi,  ■  :  1  .  ui.los  y  relajando  los  músculos.  Las  subs- 
t.'iii'tas  anf  como  el  6lcr,  el  cloríjformo  y  el  protóxi<lo  «le  ázo<', 
'   *    '  !  y  los    movimientos    voluntarios,  sin 

1 , ;.  ,il.I..u  V  tie  la  I"i' 'i '•  iicia. 

•Ma**  el   enlace   itUimo  :ii  y  el  nervioso  cere- 

bral rjtuiuitMt  al  nervio  ^impático  y  ¿  los  óricanos  niternos  en  la» 
coícfmedadCT  que  daAan  las  viAOenis  de  la  vida  vegetjitiva.  Entonces 


CAPITULO    XXXV.  000 


santones  y  bonzos,  los  magos  todos  dc4  África,  de  la  Ara- 
bia, de  la  India,  de  la  China,  de  todo  el  Oriente,  en  suma, 
fomentan  sus  éxtasis  y  delirios  sagrados,  su  arrebato  pro- 
fético,  sus  maravillosas  facultades  semidivinas,  sus  visiones 
celestiales,  con  las  inhalaciones  del  haschisch,  del  opio  y 
de  otras  plantas  narcóticas  6  estupefactivas.  Tedos  los  ma- 
gos, en  los  conjuros  y  ceremonias,  quemaban  substancias 
dotadas  de  estas  mismas  propiedades,  como  el  eléboro,  la 
belladona,  el  estramonio,  el  beleño,  el  acónito,  la  mandra- 
gora, la  amapola  y  multitud  de  solanáceas  ^^\  Los  magos 
del  Nuevo  Mundo  usaron,  con  el  propio  objeto  que  los  del 
Oriente,  en  inhalaciones  y  sahumerios,  entre  otras  plantas 
narcóticas,  las  hojas  del  tabaco.  Usaron  otras  substancias 
dotadas   de  propiedades   análogas   á  las  de  esta  famosa 


híi}'  entre  el  alma  y  el  organismo  un  enlace  de  co)ic¿en€m  y  de  senti- 
miento más  completo  que  en  el  estado  normal  y  ordinario  de  la  vida. 
El  enlace  manifiéstase,  en  tal  caso,  por  medio  del  dolor.  Pero  tam- 
bién puede  manifestarse  por  medio  de  un  sentimiento  do  bienestar, 
como  sucede  en  el  estado  de  lucidez  magnética,  que  no  hay  que  con- 
fundir con  los  supuestos  fenómenos  sobrenaturales  que  pretende  exhi- 
bir el  charlatanismo. 

Uno  de  los  hechos  más  averiguados  del  magnetismo  animal  es  la 
conciencia  y  el  sentimiento  que  el  espíiitu  adquiere  de  la  vida  orgá- 
nica. Este  íntimo  enlace  (que  se  manifiesta  igualmente,  como  queda 
indicado,  en  varias  enfermedades)  ofrece  una  prueba  de  la  unidad  de 
nuestro  sistema  nervioso,  demostrando  que  el  nervio  simpático  puede, 
en  determinadas  circunstancias,  participar  del  estado  de  exaltación  de 
los  nervios  cerebrales  en  personas  de  temperamento  nervioso.  La  vida 
orgánica  no  está  separada  de  la  rida  animal,  y  el  sistema  nervioso 
ganglionar  no  es,  en  suma,  sino  una  prolongación  de  la  médula  es- 
pinal y  del  encéfalo,    conforme  á  las  necesidades  de  la  nutrición. 

(La  Science  de  VAme  dans  les  limites  de  l'observation  por  G.  Ti- 
berghien.) 

(1)  Maury,  La  Mtgie  ct  l'Astrolotjic;  Sal  verte.  Las  Ciencias  Ocul- 
tas; Papús,  Mayic  Pratiqíic;  etc. 

37. 


556  surKKSTirioNt>i  dkl  río  i>k  la  ii.aia. 

planta-* .  Al  propio  intento  los  adivinos  indígenas  tnvieron 
sus  l>ebidas  ospiritnosas,  formadas  mediante  la  fermenta- 
ción de  diversos  frutos  y  semillas,  eomo  ri  maíz,  el  in(>lle, 
la  miz  de   la   mandioca:    bebieron   la  r/t ¡cha,  i\U(rv[i  ^u 
Tino.  Emborraeliíibanse  il  mas  y  mejor,  y  entre  la  exalta- 
rión  de  los  esejuulmdos  nervios  6  tras  largo  y  profundo 
letargo,  siiltando  alegres  ó  eayendo  como  muertos,  según 
las  dosis  que  les  parcvía  6  tenían  ocasión  de  ingerir  en  sus 
santificadas  entrañas,  constituíanse  oráculos  de  las  geiUes '-  . 
Sin  duda  alguna  el  dial)lo  de  los  indios  fué  un   borracbón 
de  marca:  pues,  en  sintiendo  los  vapores  del  vino,  compa- 
recía infaliblemente,  como  atraído  á  su  j)ropio  centro,  á  la 
pri*scncia  de  sus  ministros,  y  brincaba  ó  dormía   con  ellos, 
y  les  decía  sus  secretos.   La  embriaguez   ba   sido  siempre 
para  el  indio  cosa  |X)co  menos  que  santa.  ( ),  más  bien  di- 
cho, ertí  una  cosa  celestial   v   verdaderamente  santa.  Sus 
fiesstas  más  .*<olemnes,  sagradas,  convertíanse  en  borracberas. 
IJorraclieras  desenfrenadas  ó  grandes  lientas   religiosas  era 
todo  uno.  Em|)ezando  por  los  bistoriadores  de  la  concpiista 
de  América  y  acabando  por  los   informes  de  las   ultimas 
expediciones  á  los  indios  que  basta  <lías  recientes  perma- 
necieron en  estado  salvaje  en  la  Pampa,  en   la    Tatagonia, 
en  Arauco,  en  el  Chaco,  todos,  antiguos  y   moilernos,  nos 
presentan  ecjuiparadas  las  grandes   fiestas  á  las  grandes 
borracheras,  (ieneraciones  indígenas  bubo  (jue  no  envidia lan 
al  paraíso  de  Maboma  la  inefable  felicida<l  (pie  les  esperaba 
de>«pu6i  de  muertos:  en  la  mansión  de  los  bienaventurados 


'  il   y    Mural  dr  laj*    indias;   (iueviini, 

i(iy,  Uto  de  ¡a  J*Uila  y  Turunidn. 


CAPÍTULO    XXXV.  557 

estaban  eternamente  borrachos  al  lado  de  su  deidad  protec- 
tora ^^\  Debió  de  ser  también  el  diablo  del  Nuevo  Mundo  mi 
vicioso  fumador;  pues  no  tardaba  en  acudir  á  las  inhalacio- 
nes del  humo  del  tabaco  que  por  boca  y  narices  hacían  magos 
y  adivinos,  así  como  á  los  sahumerios  de  la  misma  planta, 
que  trascendían  á  doquiera  se  hallase,  y  le  envolvían  y 
arrastral)an  hacia  los  pebeteros,  y  luego  allí  la  fuerza  del 
perfume  confundía  y  unificaba  el  espíritu  del  uno  y  de  los 
otros  en  una  sola  é  idéntica  aspiración  y  sentimiento. 

A  parte  de  las  inhalaciones  y  sahumerios  y  de  las  bebi- 
das espirituosas,  tuvieron  magos  y  hechiceros  unturas  ma- 
ravillosas que  conducían  al  propio  intento.  El  extracto  de 
belladona,  aplicado  á  una  llaga,  causa  un  delirio  acompa- 
ñado de  visiones.  Hechiceros  y  brujos,  en  sus  fumigaciones 
y  en  sus  unturas,  echaron  mano  de  tales  substancias.  El 
beleño  y  el  opio,  el  acónito  y  la  amapola,  la  hierba  mora 
somnífera  y  algunas  otras  plantas  igualmente  narcóticas, 
anestésicas  ó  estupefactivas,  componían  los  ungüentos  de 
que  brujos  y  hechiceros  hacían  uso  para  sus  fantásticas 
excursiones  por  los  espacios  imaginarios  "I  Estos  eran  su 
teatro.  Allí,  en  su  fantasía,  aparecíaseles  el  demonio,  con 
quien  tenían  pacto  y  se  comunica])an,  y  les  decía  cuanto  á 
sus  designios  convenía:  los  casos  futuros,  los  lugares  donde 
se  hallaba  algún  objeto  perdido,  el  escondrijo  de  un  tesoro, 
los  medios  de  llevar  á  cumplido  término  sus  deseos,  ordi- 
nariamente malos.  Trasladábanse  por  los  aires,  en  su  propio 
ser  natural  ó  con  la  apariencia  de  aves,  adonde  les  ocurría  y 


(1)  V.  Cap.  XXXVI. 

(2)  SiUverte,  Las  Ciencias    Ocultas;    Mmín-,  I.a  Maf/ic  rt  rAsIro' 
logic;  etc. 


558  <i-rFn«»TiciüNí>  i>kl  iiío  di:  i.a  i'lata. 

en  es|>cc¡al  á  los  (»onvites  ó  jinis  (aábatloa)  (|iu»  i'ii  lugMres 
8ivn»tos  y  ¡ipartiulos  crluhrabnn  con  d  ilcmoiiio,  (jiie  en 
figiini  de  ealírón  los  e<>|X'ralui.  Hrnjos  y  heeliieeros,  unos  y 
otros  de  una  familia,  hermanos,  lujos  ó  hechura  del  (Umuo- 
nio,  ¡nvonílmnle,  como  todo  nuigo,  jK)r  los  propios  medios, 
con  iguales  fumigiiciones  y  vapores,  gratos  á  sus  buenas  na- 
rices. Los  atributos  del  brujo  y  del  hechicero  suelen  hallarse 
reunidos  en  una  misma  })er¿ona.  Pero  el  brujo  se  dedicii 
con  es¡H<*ialidad  a  transformarse,  á  volar  por  los  aires  con 
fines  diversos,  á  descubrir  tesoros  ocultos,  á  liaccr  adivinn- 
cioni*s  y  á  otras  cosas  preternaturales:  es  tan  mal  acondi- 
cionado, que  hasta  se  come  á  los  niños  tiernos  bautizados. 
El  hechicero  no  le  va  en  zaga  en  punto  á  perversidad, 
como  hijo  y  esclavo  (|ue  es  tamiúén  del  espíritu  maligno, 
y  prefiere  ejercitar  su  pericia  en  la  tarea  <h'  hacer  daño  á 
las  gentes  con  bebedizos  y  mojigangas. 

La  mujtT,  j)or  la  mayor  delicadeza  de  sus  órganos  y  por 
las  condicione»»  de  su  espíritu,  es  mas  susceptible  de  im- 
presionarse que  el  hombre.  I^n  el  hom))re  tiene  mas  poder 
qu<-  en  ella  la  inteligencia  y  la  voluntad,  la  acción  clara, 
ej<jK)ntanea  y  vigorosa.  En  la  mujer  obra  con  mayor  efica- 
cia la  fuerza  vaga,  compleja,  caótica,  digámoslo,  del  sen- 
timiento, que  se  apí'ga  á  las  cosas,  cuya  acción  no  halla  ó 
Holaniente  halla  blanda  nísistencia  en  su  espíritu,  antes 
que  eH|M)ntáneo,  receptivo  '  .  Por  tanto,  la  tradición  albc^r- 


•  I>i"tiiiKU^ni«e  loi»  ncxon  por  In  prí-íIominaiiíMu   rocíprorn  <!«?  la 

ulaneidfid  (t  de    la  recepiirúlad,  t\v    la  artivlílml    indciM'ndirnU;  y 

/i  íie  la  acihcTt-nriii  á  la  vida  tfi-inTal  de  la  HíK'¡e<la<l  y  «lo  la  na- 

K^lo*  •  í-r|ii¡lii)raii  íii  la  c^im-cíc,  hí»  nparloii 

n  ílof»  -'  ,  )<»-  á  líiiir-i*  para  cíimplrtarhí'  iiiuluu- 

in«-rit<-.    Hay  qw  advenir,  cii  el  partirular  <!<•  <|U<'  hc  traía,  ciue  la  re- 


CAPÍTULO   XXXV.  559 

gase,  como  en  más  favorable  ambiente,  en  el  alma  de  la 
mujer.  Los  sueños,  las  visiones,  los  fantasmas,  germinan  y 
flotan  espaciados  en  su  candorosa  mente,  en  atmósfera  á 
ellos  tan  pro]3Ícia.  Tal  es  el  ser  en  quien,  por  añadidura, 
suelen  presentarse  alteraciones  ó  crisis  nerviosas,  no  pocas 
veces  ocasionadas  por  la  más  vehemente  de  las  pasiones : 
el  amor;  alteraciones  ó  crisis  que  trastornan,  en  lo  moral 
á  la  par  que  en  lo  físico,  el  juego  armónico  de  las  facul- 
tades. ¿Que  efecto  habrá  de  producir  en  terreno  de  tal 
forma  acondicionado  un  fermento  incendiario? — Que  efecto 
habrá  de  producir?  —  Una  hoguera  entre  tinieblas. 

Ha  sido  siempre  mucho  mayor,  sin  comparación,  en 
todas  partes,  el  número  de  brujas  que  el  de  brujos.  El 
egoísmo  de  los  antiguos  quiso  ver  la  causa  de  ello  en  la 
fragilidad  y  ligereza  del  sexo  femenino,  al  que,  á  mayor 
abundamiento,  atribuyó,  con  tan  poca  galantería  como  suma 
injusticia,  un  connatural  espíritu  rencoroso  y  vengativo  que 
la  dispone  á  recibir  con  facilidad  las  sugestiones  del  demo- 
nio en  daño  de  las  gentes  ^^\  De  herejías  de  brujas,  y  no  de 
brujos,  hay  que  hablar,  decían;  que  los  brujos  son  pocos 
(el  inquisidor  Santiago  Sprénger,  á  fines  del  siglo  XV). 
Para  un  maléfico,  añadían,  diez  mil  hechiceras  (en  tiempo 
de  Luis  XIII:  siglo  decimoséptimo).  La  naturaleza  las 
hace  brujas,  repetían,  tratando  de  las  nuijeres  en  orden  á 
la  hechicería.    «  La   mujer,  por   su  disposición  natural  y 


ceptivklad  sólo  dice  rolación  á  hi^  ('Oiuricionc-í  cxt(T¡orcs  de  la  activi- 
dad, y  no  á  la  adiridad  considerada  en  sí  misma  ó  concentrada 
en  sí  propia.  ^  (La  Science  de  VÁmc  dans  les  limiten  de  l'obscrvation 
por  G.  Tiberghien. ) 

(1)     Tesoro  de  la  Lengua   Castellana  por  I).  Sebastián  de  C'ovarru- 
bias.  Madrid,  IGU. 


560  SüPKItóTUIONKS  DEI,  KÍO  DK  TJV  PLATA. 

toinjK^ranuiíto,  m\ce  lunla,  ilire  Mirluk't :  por  su  propi'ii- 
8¡ón  al  entusiasiuo,  es  una  silúla:  \k)V  il  amor,  ima  ina^a: 
por  la  sutileza  ilo  su  iii«^rnio  y  j>or  su  malicia  (frocuente- 
nieiito  aiitojailiza  y  bom'tioa  ).  viene  á  ser  una  hechicera,  y 
iliee  la  huenaventuní,  ailormecienilo,  cuando  menos,  los 
males,  enirañanilo  al  dolor  .  .  Contra  la  ¡nreliz  hcchi- 
í5t»ra,  se  levantó  el  clero  con  sus  hoi^ueras,  el  puehlo  con 
sus  injurias,  el  muchacho  con  sus  pií^lras.  ...  Y  ¡hasta 
el  pt>elal  arrojaha  piínlras  conti'a  hi  l>ruja ....,  piedras 
miLs  dunis,  piinlras  más  crutlcit  (pie  las  (pie  los  muchachos 
letirnhan:  ; llamábala  vieja  y  fea.  .  .!  Muchas  brujas  pe- 
rei'ieron  precisamente  por  ser  jóvenes  y  bellas ^^ I*  Con 
creces  (si  en  obsequio  del  bello  sexo  puede  en  algo  haber 
exceso ),  con  creces,  fue  compensada  por  los  modernos  la 
falta  de  galantería,  la  fiera  autoridad  de  nuestros  antepa- 
sados, ípie  tan  mal  jH*nsaron  de  las  brujas  y  hechiceras, 
que  tan  desapiadadamente  las  persiguieron. 

Contadas  deben  de  haber  sido  en  el  inundo  las  mujeres 
jóvenes  y  hermosas  que  dedicaran  sus  facultades  al  arle 
de  la  hechicrería.  ¿Que  mayor  hechizo  (pie  el  de  su  juven- 
tud y  su  Ix'lleza?  V  cuando  falta.se  la  belleza,  ^;(pi¡en  re- 
siste al  imán  de  la  gracia?  Con  todo,  no  cabe  desconocer 
que,  siendo  tan  antojadizas  de  su  condición,  bis  mujeres 
jóvenes  y  hermosas  habrán  echado  más  de  una   vez  su 


^1^    .1.  M'k'heK't,  />!  éSr/reifre.  liajo  ol  líliilo  de  sorrihr^  rom|)n*inlo 

por  lo  cjiíc  reMiiltfi  <lc  mu  rfliito,  (x  la  hnija  y  d  la  Itcrhicrní, 

xiílo  y  Hoii    fr-  iiu'iíl»'    iiK.'ulaM  como  H\\\(^• 

t  --' ¡a  (iit i  <li'  fitfiíiíicado,  iiií^iriuada 

|.  II  mi  Dirrinnirio  dr  la   I.nif/ua   (  aa- 

UUana  una  hI  iiiáM    ttcnaladaiiinitc   |H)r  I).  8<'l)aHi¡:iii 

íle  (  ovarruUut»  en  nu    Tt*oto. 


CAPÍTULO    XXXV.  561 

cuarto  á  espadas  en  el  arte  de  hacer  bebedizos  ó  de  pre- 
parar bocados  maléficos.  Pero  ni  la  curiosidad  ni  el  ca- 
pricho han  podido  tí^ntar  su  ánimo  de  manera  que  las 
indujese  á  servir  al  demonio  en  cuento  de  brujas.  Ese  ha 
sido  oficio  casi  peculiar  de  las  viejas,  y  muy  viejas,  y 
por  añadidura  feas  á  más  no  poder  ^^  Lo  que  sí  ha 
habido  no  pocas,  y  hay,  entre  las  mujeres  que  no  han 
llegado  á  la  senectud,  es  endemoniadas,  denominación 
antigua  y  vulgar  de  las  histéricas,  de  las  catalépticas. 
Las  brujas,  además  de  ser  generalmente  feas  y  viejas,  fue- 
ron casi  siempre  livianas,  demasiado  amorosas:  mujeres 
á  quienes  una  desgracia  (como  dicen  en  justificación 
de  su  conducta)  arrastró  á  hacer  de  su  cuerpo  comercio 
infame. 

Mulatas,  cuarteronas,  mestizas,  negras  y  zranbas  forman 
el  mayor  número  de  las  brujas  y  hechiceras  que  en  la 
América  Meridional  fueron  á  parar  á  las  cárceles  del  Santo 
Oficio.  Una  limeña,  tuerta  de  nacimiento,  tenía  una  prima 
muy  hermosa.  Reflexionando  sobre  ello,  no  halló  otra  ex- 
plicación de  la  diferencia  de  rostros,  que  la  voluntad  de 
Dios  de  hacerla  fea.  Sublevóse  contra  esta  desigualdad  en 


(1)  «El  hechicero  y  la  hechicera  (en  La  edad  media)  eran  casi 
siempre  ima  especie  de  .wpo  Immano,  lleno  de  añejos  odios.  Eran  po- 
bres, despreciados  de  todos,  y,  por  ende,  rencorosos.  El  miedo  que  ins- 
piraban, era  su  consuelo  y  su  venganza.  Envenenados  ellos  mismos 
por  una  sociedad  de  que  sólo  conocieron  la  escoria  y  los  vicios,  enve- 
nenaban ii  su  vez  á  aquellos  cjue  eran  bastante  débiles  para  temerles 
y  de  su  detestada  vejez  y  fealdad  vengábanse  en  la  juventud  y  en  la 
belleza. »  ( Elifás  Leví,  Dogmc  d  Hitud  de  la  liante  Magie. )  En  otro 
lugar  (1(1  mismo  libro  dice  Leví:  «El  saj>o  por  sí  mismo  no  es  vene- 
noso; pero  es  una  esponja  que  al^sorbe  venenos:  es  el  hongo  del  reino 
animal.  >  Alude  con  eslo  á  la  >upuesta  aptitud  del  sajio  para  las  con- 
fecciones mágicas. 


562  srrKRsTicioxEs  dkl  ufo  de  la  im.ata. 

el  repiirto  de  los  dones  do  la  horiuosura,  olondiondo  :í  Dios 
de  loilas  inanenis  y  enseñando  ;í  las  niñas  el  arte  de  peear, 
á  tin  de  que  \X)T  su  parte  también  le  nienosj)reeiasen.  Esta 
nuijer,  llamada  Catalina  iHílionjues,  de  veintitrés  años  de 
eihul  lial>ía,  jx»r  lo  visto,  entrej^ado  su  alma  al  diablo,  y  la 
Inquisición  echóle  mano,  con  su  acostumbrado  celo  y  be- 
nevtdenciiL  Tna  costurera,  María  de  Valenzuela,  de  vein- 
tioí'ho  años,  no  bastándole  las  (/radas  naturales,  valíase 
de  maleficios  paní  sacar  dinero  a  los  hombres  ^^  I  La  iicr- 
niosura  de  la  malélica  llamó  la  atención  de  los  inquisido- 
res. Ninguna  mujer  hermosa  se  alza  en  guerra  con  el  su- 
prc»mo  d¡s|x»nsador  de  los  dones  qu(»  la  esmaltan  y  le  dan 
señorío  sobre  las  gentes.  Raras  son  las  mujeres  hermosas 
que  bastardean  sus  gracias  con  la  negra  ocupación  de 
propinar  Wbeilizos.  Su  natural  sagacidad  no  les  permite 
csier  en  semejante  bobada  :  harían  las  del  topo,  (pie  cam))ió 
loH  ojos  j)or  el  nii)0. 

Las  unturas  fueron  (1  recurso  más  socorrido  de  las 
mujerea  que  han  tenido  pacto  y  connmicación  con  el  espí- 
ritu inmundo  á  fuer  de  brujas.  í^a  calidad  afrodisíaca  de 
los  ungüentos  de  que  para  el  efeí-to  se  servían,  ocasiona- 
ban en  su  espíritu  sueños  voluptuosos,  y  tal  era,  en  resu- 
midas euentas,  el  más  ordinario  efecto  de  las  brujerías. 
Imaginá)>anse  brujas  y  brujos  tener  comercio  ttirnal  con  de- 
monios que  tomaban  ))ara  el  intento  la  forma  de  un  hombre 
( inciihon)  6  de  una  mujer  (súruhos ).  Pero  las  fábulas  tan 
numerosas  que  á  e«<?  reH|K*cto  ha  habido  en  todo  tienqx), 
tienen  ordinariamr-ntí-  |>or  protagonisti  '  im   demonio  ín- 


(1)     I  «le  procpfoi*  en  U\   Uij*lw¡a   ilrl    Trilmual  del  Sanio 

'O  (U  í^i  im¡HÍMwi/m  fie  Lima  jior  D.  J.  T.  Mi-iüim. 


CAPÍTULO    XXXV.  563 

cuho  '^\  La  principal  aspiración  de  las  brujas  que  iban  álos 
sábados  ó  convites  nocturnos  del  maligno  espíritu,  y  su  re- 
sultado definitivo,  tampoco  fué  otro  que  la  satisfacción  de  un 
desordenado  apetito  de  placeres  sexuales,  que  nunca  dejaron 
de  aguijonearlas,  aunque  fuesen  más  viejas  que  Matusalén, 
más  feas  que  Satanás,  más  asquerosas  que  un  murciélago, 
más  secas  que  un  bacalao  y  más  arrugadas  que  una  pasa  de 
uva.  Sin  duda  por  eso  fué  costumbre  llamarlas  en  España 
(con  perdón  de  ^\.\q\iq\qí)  ¡outas  viejas.  Xi  tomaban  á  mal 
que  las  apellidasen  con  este  apodo :  ellas  mismas,  con  tranqui- 
lidad de  ánimo  y  de  conciencia,  se  lo  daban  á  sí  propias  ^-'^. 


(1)  E.  Salverte,  Las  Ciencias  Ocultas  ( tracl.  por  D.  F.  J.  Orellana). 

(2)  «Dirás  tú  ahora,  hijo  (si  acaso  me  entiendes ),  ¿quién  me  hizo 
á  mí  teóloga  ?  Y  aun  quizá  ( entre  tí ) :  —  ¡  Cuerpo  de  tal  con  la  puta 
vipja!  ¿  Porqué  no  deja  de  ser  bruja,  pues  sabe  tanto,  y  se  vuelve  á 
Dios?»  (El  Coloquio  de  los  perros  Cipión  y  Berganxa  por  Miguel  de 
Cerv^antes. )  «Y  ¿tú  piensas  que  es  vituperio  en  las  orejas  desta  (de 
la  madre  Celestina,  hechicera)  el  nombre  que  la  llamé?  Xo  lo  creas; 
que  así  se  glorifica  en  lo  oir,  como  tú,  cuando  dicen  •.  —  Diestro  caballero 
es  Calixto.  Y  demás  desto,  es  nombrada  y  por  tal  título  (puta  vieja) 
conocida.  Si  entre  cien  mujeres  va,  y  alguno  dice :  —  Puta  vieja,  sin  nin- 
gún empacho  luego  vuelve  la  cabeza  y  responde  con  alegre  cara.  En 
los  convites,  en  las  fiestas,  en  las  bodas,  en  las  cofradías,  en  los  mor- 
tuorios, en  todos  los  ayuntamientos  de  gentes,  con  ella  pasan  tiempo. 
Si  pasa  por  cabe  los  perros,  aquello  suena  su  ladrido.  Si  está  cerca 
las  aves,  otra  cosa  no  cantiin ;  si  cerca  los  ganados,  balando  lo  pre- 
gonan ;  si  cerca  las  bestias,  rebuznando  dicen  :  —  Puta  vieja.  Las  ranas 
de  los  charcos  otra  cosa  no  suelen  mentiir.  Si  va  entre  los  herreros, 
aquello  dicen  sus  martillos.  Carpinteros  y  armeros,  herradores,  calde- 
reros, arcadores,  todo  oficio  de  instrumento  forma  en  el  aire  su  nom- 
bre. Cántanla  los  carpinteros,  péinanla  los  peinadores.  Labradores  en 
las  huertas,  en  las  aradas,  en  las  vinas,  en  las  segadas,  con  ella  pa- 
san el  afán  cotidiano.  Al  perder  en  los  tableros,  luego  suenan  sus 
loores.  Tod^  cosas  que  son  hacen  (que  suenan),  á  doquiera  que  ella 
está,  el  ta  nombre  representan....  ¿Qtié  quieres  más,  sino  que  si 
una  piedra  topa  con  otra,  luego  >uQna:  —  Puta  vieja  f»  (La  Celestina  ó 
Trafjicomc'lin  de  Calixto  ¡j  Melibea  por  Fernando  d»»  Rojas.) 


564  Sl'PEIlSTIOIOXES  DKL  lU'o  1>K  I-A   l'LAI  A. 

l^w  ]vi8K»nes  e  ideas,  cuaiido  i*staii  colulmlas,  tiondon 
«iii  cosrtr»  priiu'ipalinenti*  en  el  estado  de  siiefio,  á  eiiear- 
narse  en  formas  ademadas,  huseando  en  la  amplia  esfera 
ele  Ih8  ilusiones  la  satisfaeeiónó  la  vida  de  (jiie  en  el  i*am|)o 
de  la  rivalidad  eareeeii.  Los  delirios  iK'l  amor  impuro,  di'l 
amor  ú  t|ur  la  ley  y  la  rrli«;¡ón  ponen  un  írcno,  no  |)udie- 
nm  hallar  forma  nuis  adeLMiada,  entre  las  reniiniseeneias 
que  el  ¡uiclilo  cristiano  i^uardaba  de  la  gentilidad  iii  la 
etiad  nie<lia,  que  las  im|)údieas  fiestas  estrepitosas  (pu*  en 
Greeia  v  Roma  se  eelehrahan  en  honor  de  Haeo,  dios  del 
vino  y  protector  acérrimo  ck*  los  deshonestos  goces  desin- 
f renados.  Rotas  las  trahas  impuestas  á  las  acciones,  que  á 
la  continua  puíriuin  naturalmente  por  desasirse  de  ellas, 
va  el  exento,  en  fuerza  de  las  persecuciones,  mnclio  más 
adelante  del  punto  á  donde  se  proponía  llegar  ile  propio 
movimiento.  Huye  de  la  venganza  encolerizada,  é  irrítanle 
los  excesos  de  la  represión,  á  la  j)ar  (pie  las  solicita- 
ciom^s  contrarias  aprovechan  la  ocasión  para  atraerle  y 
dominarle  |)or  completo.  Si  la  ley  le  C()h¡he,  se  hace  de- 
magogo. Si  es  la  religión  (piicn  le  coarta  en  sus  anhe- 
los, tómase  impío,  y  blasfema.  Así  los  delirios  del  amor 
impuro,  en  la  e<lad  mcnlia,  convirtieron  el  recuerdo  de 
lai)  bacanales  en  orgías  que  el  exento  descreído  cele- 
braba en  obseíjuio  de  Satanás.  Las  bacantes,  ó  sacerdo- 
ti-a«  de  Race,  fueron  re<'m¡)lazadas  por  las  brujas  y  sus 
«ecuaces.  De  noche,  á  la  confusa  luz  de  fuegos  y  rojas 
teas,  en  lo  man  ocidto  de  una  selva,  coniparecían  á  la  pre- 
wncia  de  Satanás,  ipie  en  figura  de  ma<ho  cal)río  y  sobre 
rCisti<*<»  trono  recibía  u  los  convidados.  Reverenciálianli;, 
maldiciendo  á  Dios,  hartábanse  de  viandas  y  bebidas 
execrables,  y  formaban   ronda,  de  espaldas  al  diablo,  dnn- 


CAPÍTULO    XXXV.  565 

zando  y  saltando  por  sobre  los  fuegos  al  son  de  pan- 
deros y  tamboriles.  Oían  la  misa  negra,  en  que  se  es- 
carnecía al  Redentor,  comulgaban,  desafiaban  al  cielo  ai- 
rado, y,  dándolo  por  vencido,  ya  extinguidos  los  fuegos 
y  apagadas  las  teas,  el  manto  obscuro  de  la  noche,  entre 
el  más  destemplado  y  tumultuoso  ruido  de  voces  e  ins- 
trumentos, encubría  escenas  de  las  que,  no  sólo  la  ho- 
nestidad, sino  las  leyes  divinas  y  humanas  horrorizadas 
apartaban  los  ojos.  Tal,  en  el  fondo,  nos  parece  haber 
sido  el  génesis  y  explicarse  la  índole  verdadera  de  los 
sdbados'^\  aquelarres,  juntas,  convites  ó  jiras  demonia- 
cas de  las  brujas  de  la  edad  media,  las  que,  diversamente 
modificadas  en  accidentes  ó  pormenores,  han  llegado 
hasta  nuestros  días.  Escritores  contemporáneos  Cjuieren 
hallar  en  los  sábados  argumento  á  sus  ideas  sobre  la 
constitución  religiosa  y  política  de  las  sociedades  euro- 
peas, reputándolos,  en  el  terreno  de  los  hechos  reales, 
como  la  protesta  y  lucha  activa,  cuanto  sorda,  de  los 
oprimidos,  en  asambleas  nocturnas  celebradas  en  lugares 
recónditos  ó  en  medio  de  los  bosques,  perdida  la  fe,  con- 


(1)  Las  sabasias  fueron  el  oric^en  de  Jos  cuentos  del  sáhadoy  en  el 
que  la  iinaginación  concentraba,  por  decirlo  así,  todos  los  recuerdos 
de  los  ritos  paganos.  Que  el  sábado  deriva  de  las  snJ)ijsias,  que  ha- 
bían sido  ceremonias  licenciosas  en  que  se  adoraba  a  Baco  Subas io, 
á  quien  estaba  consagrado  un  macho  cabrío,  resulta  de  un  pasaje  del 
libro  intitulado  Jo.se^?///  Ili/ponincíiticum,  ap.  Fabric.  (Maury,  La  Migic.) 
Baco,  dios  del  vino,  de  la  borrachera  y  de  los  furores  y  libertinají»  que 
ésta  engendra,  recibió  el  sobrenombre  de  Snbasio.  Este  nombre  viene 
de  un  verbo  griego  que  significa  y  rilar,  alborutarsCy  rutrrgarse  d  las 
convulsiones  del  furor  producido  por  el  abuso  de  los  dones  de  Baco. 
(Christian,  Ilistoirc  de  la  Magie.)  Créese  también  (|ue  Baco  Sabasio 
(de  los  sabes  de  Tracia)  sea  otro  dios  más  antiguo  que  ti  eoimn»' 
mente  conocido,  aunque  hijo  también  de  Júpiter. 


56t)  SUPERSTICIONES  DEL  RÍO  DE  LA  PI^TA. 

tra  las  cnu'lt's  injiistioias  y  tnliosas  tiranías  de   clérigos  y 
señores^  . 

En  este  mundo  no  me  rea.^i  mal  prntar,  (¡nr  en  el  otro 
no  me  vertís  penar,  ileinan  los  españoles  de  la  <!^{)ooa  d(»  la 
ci>iiquista  y  |H)l»lación  de  América '".  Kste  refrán,  vigoroso 
vastago  del  descreimiento  y  de  la  licencia,  trasplantado  de 
España  en  América,  prendió  en  tierra  fecunda.  Los  masti- 
nes veladores  del  católieo  rebano  (gráfica  expresión  de 
Cervantes),  es  dtvir,  los  inquisidores,  no  tardaron  en  aba- 
lanzarse con  sus  afilados  dientes  á  los  temerarios  lobos  del 
Nuevo  Mundo  que,  siguiendo  máximas  tan  libres,  aumen- 
taban el  número,  ya  liarto  crecido,  de  servidores  del  demo- 
nio. Por  el  año  de  1()L'!>  fué  en  la  América  Meridional  ne- 
gocio urgente  el  acudir  con  remedio  y  preservativo  eíiaiz  y 
proveí'hoso  al  gran  daño  que  recibían  las  almas,  cou  escán- 
dalo del  pueblo  cristiano,  de  la  nuiltitud  de  liecliicero?,  bru- 
jos, sortílegos,  invocíidores  del  demonio  y  toda  clase  de  ni- 
gromantes. Comprendióse  la  necesidad  de  emprender  con 
tíxia  diligencia  una  tarea  purificadora.  Los  señores  incjuisi- 
dores  de  la  ciudad  de  los  Reyes,  pasada  l:i  cuaresma,  pu- 
sieron manos  á  la  obra,  reuniendo  á  toda  j»risa  las  di- 
versas causas  |)end¡entes  en  el  Tribunal,  «con  ánimo  de 
cuajar  un  auto  mediano,*,  por  luicer  ya  una  j)orción 
de  años  que  los  denunciados  como  tales  se  bailaban  ))re- 
Hos  y  €^\t'aeü^  despacharlos,  vxoin'V'.iiuli  ;d  l'isco  y  //v/- 
tando  de  salearlos  'í  fftdos  m  im  iHn  <lf  trabajo  d  la  ca- 


(1)    J.  Mií-lwlíft,  //I  Sorcitre ;  Génor  (I).  Pompeyo),  ¡m  Mnrrtr  y 
,''-''    '   'f    *oria  II  FilfjHofia  (U  dos  ii>  <  suprnnaM ;  I*.  (!hr¡'<- 

/>   //I  Mnijie,  (iu    M'f/nlr  ,  ///  tt  ilr    la  FatalHr  a 

tracerM  Um  Umps  el  Um  peupltM. 
<     ■>.  III,  páK.  M 


CAPITULO    XXXV.  567 

pilla '^^\»  ¡Dignísimos  magistrados!  De  resultas  salieron 
al  auto,  en  27  de  febrero  de  1031,  trece  penitentes,  cas- 
tigados, fuera  de  las  penas  de  estilo,  con  azotes,  multas, 
destierros  v  cárceles,  habiendo  muerto  en  la  prisión  cua- 
tro procesados,  uno  de  ellos  desesperadamente  con  un  cor- 
del que  se  echó  á  la  garganta  y  tapada  la  boca  con  un 
trapío  para  ahogarse  ^"^. 

¡Cómo  subsisten  y  de  qué  manera  se  transforman  las 
cosas  humanas!  En  las  cámaras  del  tormento  (cuyo  solo 
nombre  hace  estremecer)  y  en  los  tablados  de  los  autos  de 
fe,  con  una  insensibilidad  asombrosa  (efecto  del  fanatismo 
en  épocas  de  hierro,  general  en  el  mundo),  intentaron  des- 
pedazar y  quemar  al  diablo.  Pero  el  diablo,  que  es  incoer- 
cible, se  les  escapaba  de  entre  las  manos,  y  los  brujos  y 
hechiceros  continuaron  haciendo  de  las  suyas.  Hoy  es,  y 
todavía  las  brujas  del  Kío  de  la  Plata,  y  señaladamente  las 
de Tucumán, asisten  á  los  festines  de  las  salamancasyd  las 
jiras  en  otros  lugares,  como  las  tan  mentadas  de  la  isla  de  Ca- 
hmayo  ^^\  que  á  ojos  vistas  no  son  sino  los  convites  satánicos, 
aquelarres  ó  sábados  que  se  conocieron  en  Europa.  El  sala- 
manquero ií:Q,^xe^Qntd.  á  Satanás,  sus  gallinas  en  figura  de  sa- 
pos (demonios)  acuden  á  su  llamado  rodeando  al  peregrino 
que  le  visita,  y  grandes  sierpes  espantosas  le  reciben  á  la  en- 
trada. Allí  los  adeptos,  cuyas  aspiraciones  versan  ordinaria- 
mente sobre  asuntos  de  juego  y  amor  '\  obtienen  cuanto  de- 


(1)  Carta  de  los  Inquisidores  dv  1."  do  junio  do  l()i)l,  on  la  Jlis- 
ioria  del  Trilninal  del  Sanio  Oficio  de  la  Inquisición  de  Lima,  por 
D.  J.  T.  Medina. 

(2)  0])ra  citada  do  ^íodina. 

(3)  Cap.  VIH,  píig.  OG;  Cap.  XIII,  pá-.  IST. 

(4)  Cap.  XVIII,  pág.  271. 


568  SUrKRSTICIONES  DKL  UÍO  DK  LA   l'LATA. 

?eain.  Mas  en  rejilidad  dv  vonlad,  los  brujos  y  luH'lúcvros, 
las  iiignunaiitt's,  los  inaüjos  do  toda  laya,  no  van  ya,  romo 
antaño,  á  lo  intrnor  do  las  oavornas  v  á  lo  nuís  oculto  d(»  los 
lx>sqnes  ií  apri'ndor  y  enseñar  la  cicíicia  oculta,  ni  á  j>ur¡- 
tiiiirse  y  limpiarse  del  hálito  del  diahlo,  tiznes  del  inlierno 
y  liollín  de  las  ehimi'neas  en  las  eámaras  y  tablados  del 
í?anlo  ( )lieio;  sino  (|ue  se  presentan  ufanos  en  los  teatros  y 
en  las  sidas  de  los  euerjH)s  eientiTieos  y  gabinetes  y  labora- 
torios de  físicos  y  químicos,  intentando  avasallar  la  volun- 
tail  del  hombrea  sus  mandatos  y,  con  nunio  invisible,  mo- 
ver, como  si  estuviesen  dotados  de  vida,  los  cuerpos  iner- 
tes. Ix)8  fenómenos  d<l  niasfuetisino  aniínnl  y  del  sueño 
nervioso  han  sido  el  demonio  invisible  y  eternamente  activo 
que  hizo  ¡>erecer  á  muchos  hnijoit  y  hcc/iiccros  en  las  lio- 
giieras  y  prisiones  (pie  encendiera  y  forjara  el  desatentado 
celo  religioso  de  los  hombres  de  antaño ^*^. 

Las  brujas  y  lieehiceras  han  debitlo  ser,  pues,  por  lo  ge- 
neral, feas  y  viejas.  Las  jóvenes  hermosas  (pu  han  figurado 
en  los  sábados  ó  aquelarres  ",  no  han  podido  ser  sino  vi- 
siones de  los  bnijos  ó  adeptos  (pie  (ixiatínu  á  ellos  y  con 
ella»  se  golazal)an  al  apagar  de  las  luces.  Visiones  tam- 
bién han  sido  de  las  bnijas  (pie  tomaban  parte  en  los  festi- 


W*aí»c  K.  SaJviTlc,  ¡^h  CirnriaM  (Jculta.s  (triul.  «le  I).  F.  .1.  Ore- 
V    Minjr>%    ¡M    Mnyic   ct   VAftrtAo'jir   dans  iAntii¡HÍt('  et    nu 

'      I  í^tí-  nonihrc  ( aqurUtrre )  llniímii  Mom  l)nijoK)  á  hmm  ayuíi- 

ríifiveiiiíriilrH,  y  en  el  viii*ciu'nrc   xiu-iin  tanto  como  decir 

lo  dri  rn¡jróti;  porquo  el  (Icinonio,  (|uc  tUMH-ri  iK)r  dio8  y  m*l\or  («n 

'     '  '        -,    imiy    onüiijirio  ?*<•  I<  "  -  mi 

//     í,    ,,!<}, nulo  rn  la    I     /.    ,         >  rn 

rvUu'uni  piihliciiílii  i>or  I).  Iauhi- 


CAPÍTULO    XXXV.  569 

nes.  Las  brujas,  por  otra  parte,  aunque  viejas  y  feas,  allí 
se  transfiguraban,  allí  rejuvenecían  y  adquirían  gracia  y 
hermosura,  con  que  enloquecían  á  los  sátiros  libidinosos 
que  con  ellas  bailaban  en  ronda.   Mujeres  jóvenes  hermo- 
sísimas, que  al  son  de  melodiosos  instrumentos  danzan  con 
gracia  inimitable,  hacen  latir  con  eléctrica  rapidez  las  arte- 
rias del  afortunado  peregrino  que  ha  tenido  el  arrojo  inau- 
dito de  penetrar  en  una  salamanca  rioplatense.  El  amor 
impuro,  la  satisfacción  desenfrenada  del  apetito  sexual,  ro- 
tas las  vallas  que  el  pudor  y  la  ley  y  la  religión  ponen  al 
gusto  voltario,  constituyen  el  fondo,  el  asunto  primordial 
de  las  artes  del  brujo  y  el  hechicero.  Companeros  del  amor 
impuro,  el  vino  y  el  juego  acabalan  el  cuadro:  ternario  del 
libertinaje.  Venus  y  Baco  engendraron  á  Príapo.  Príapo 
fué,  en  resolución,  el  dios  á  quien  las  brujas  reverenciaron. 
Envidiosa  la  bellísima  Juno,  naturalmente  estéril,  de  la 
fecundidad  de  Venus,  quien,  habiendo  andado  algunos  días 
acompañada  de  Baco,  dio  señales,  meses  adelante,  de  que 
estaba  próxima  á  ser  madre,  fingióse  una  viejezuela  hábil 
en  partos.  Ofreciósele,  y,  enhechizando  las  manos,  se  las 
puso  sobre  el  vientre.  Tuvo  tal  fuerza  el  hechizo,  que  el 
hijo  de  la  impúdica  Venus  nació  monstruoso:  Príapo  se 
llamó:  fué  caudillo  de  los  lujuriosísimos  y  feísimos  sátiros: 
representósele,  como  á  éstos,  velludo  el  cuerpo  y  con  ore- 
jas, cuernos,  piernas  y  cola  de  macho  cabrío;  y  las  fiestas 
(jue  en  su  honor  se  celebraron,  fueron,  tanto  ó  más  (si  cabe) 
que  las  de  Baco,  espantosas  orgías.  Era  la  del  cabrón,  se- 
gún el  criterio  de  los  antiguos,  [)intura  nuiy  conforme  á  la 
torpeza  de  este  chos  del  desenfreno  en  los  placeres  carnales. 
Reputábase  al  cabrón  animal  lascivo  sobre  manera,  cons- 
tantemente aparejado,  desde  el  séptimo  día   ile  su  naci- 


570  surERsTinoNtiíí  del  kío  dk  i^\  tIwVta. 

iniento,  para  satisfacer  ilesa|HKlorailo  apitito  *  .  Servidonis 
más  sumisas  y  más  (lil¡i;riiies  (jiie  las  vetustísimas  brujas, 
no  \mh\Íí\  tener  el  demonit).  Justo  era,  pues,  y  necesario,  te- 
nerlas conlentiis  '  ;  y,  para  v\  efecto,  no  pcnlía  tocar  mejor 
resorte  ijue  el  de  la  concupiscencia  en  seres  (pie  á  ella  rin- 
dieran toda  la  vida  su  cuerjX)  y  alma  y  á  (piienes  ya  les 
estaba  naturalmente  vedado  continuar  disfrutando  de  sus 
dones  impuros.  Convertíase,  jaics,  con  tal  designio,  el  dia- 
blo en  cabrón,  en  ligura  de  cabrón  las  \  isitaba  y  en  la  })rü- 
pia  dÍ8|X)sición  las  recibía  en  los  aquelarres,  convites,  jiras 
ó  asambleas  nocturnas,  ó  sdhadoit,  áque  rolando  asistían  ^^\ 
Una  insigne  bruja,  la  Cañizares,  nos  revelará,  por  boca  de 
Miguel  de  Cervantes,  el  modo  y  forma  de  prepararse  para 
ir  al  aquelarre.  Usan,  para  dio,  las  brujas  cierto  un<¡;¡u'nio, 
que  se  liace,  no,  como  cree  el  vul<^o,  con  la  sangre  de  los 
niños  que  ahogan,  sino  con  jií (/os  de  yerbáis  en  todo  extremo 


(1)  Teatro  de  los  Dioscj*  de  la  Gentilidad  por  Vr.  IJaltasar  «le  \'¡- 
toría. 

{'¿)  «KI  cabrón  ha  .-¡«lo  iwrsonaje  muy  n'>|)('ial)l(' en  la  anli^iudad 
y  ninv  .  .*iti)ado  íic  las  nuij<'n*M,  ¡Mir  hum  bellas  prendas.  Kn  el  pueblo 
de  I  •  necesario  prohibir  expresamente   que  hiH  damas    tralanen 

con  denia-iada  familiaridad  á  6sta  y  otras  bestias;  de  las  cuab's  ya  no 
hacen  ca"^>  la-  íju»*  hoy  tenemos  por  mis  antojadizas  y  peea(h>ras.  Kl 
padre  Martín  «leí  Kío,  jesuíta  d(K"tísimo,  nos  relien*  (pie  las  brujas  lla- 
man el  cabrón  Maríiniro:  cpie  las  favoreí'C  con  particulares   muestras 
do  amor;  y  que,  afn^d<*cido  lí  la  docilidad  que  encuentra  en  ellas,  Ins 
I-  Ví*ces  de  <'abal^Midura.*  (I).  li<'andro  Fernííndez  de  Mo- 
:.t  ú  la  relación  del  Auio  de  fe  eelrhmdn  en  la  ciudad  de  Lo- 
.  lofi  diatt  7  y  S  de  tiovicmhre  de  Jf/lo.j 
(A)    l'n  mal  intencionado  ¡Kx^ta  dijo: 

l'na  miij«f  y  una  lirbrr 
A|KMiarun  á  rorrrr; 
Y  romo  r\  prrniio  fn  un  linnilin*, 
Hr  lo  Ikvó  la  imt)»r. 

(D.  Manurl  dil  Palacio.) 


CAPÍTULO    XXXV.  571 

fríos  (narcóticos,  anestésicos).  Desnudóse  la  Cañizares  á  la 
luz  de  un  candil  colgado  de  la  pared,  y,  metiendo  la  mano 
en  una  olla  vidriada  donde  estaba  el  ungüento,  untóse, 
murmurando  entre  dientes,  de  pies  á  cabeza.  Acabada  la 
untura,  tendióse  en  el  suelo  como  muerta  ^^^,  sin  respirar 
poco  ni  mucho.  «Era  la  Cañizares  larga  de  más  de  siete 
pies:  toda  una  anatomía  de  huesos,  cubiertos  con  una  piel 
negra,  vellosa  y  curtida.  Con  la  barriga  que  era  de  badana, 
se  cubría  las  partes  deshonestas,  y  aun  le  colgaba  hasta  la 
mitad  de  los  muslos.  Las  tetas  semejaban  dos  vejigas  de 
vaca  secas  y  arrugadas.  Denegridos  los  labios,  traspillados 
los  dientes,  la  nariz  corva  y  entablada,  desencajados  los 
ojos,  la  cabeza  desgi'eñada,  las  mejillas  chupadas,  angosta 
la  garganta  y  los  pechos  sumidos:  finalmente,  toda  era  flaca 
y  endemoniada  ^"^  »  De  una  pierna  la  arrastró  un  observador, 
Montiel,  al  patio;  pero,  ni  aun  así,  dio  muestras  de  tener  sen- 
tido. En  cuclillas,  junto  á  ella,  horas  enteras  estuvo  Montiel 
contemplando  su  espantosa  y  fea  catadura,  hasta  que  vino 
el  día  y  acudieron  los  curiosos.  Unos  le  tomaban  el  pulso, 
otros  le  hincaban  alfileres  en  las  carnes,  otros  la  sacudían ; 
pero  ni  por  esas  volvía  en  sí.  En  fin  á  las  siete  de  la  ma- 
ñana recobró  el  uso  de  sus  facultades,  toda  acri])illada,  ma- 


(1)  «Son  (las  unturas)  tan  fñas,  que  nos  privan  de  todos  los  sen- 
tidos, en  untándonos  con  ellas,  y  quedamos  tendidas  y  desnudas  en  el 
suelo;  y  entonces  dicen  que  en  la  fantasía  pasamos  todo  aquello  que 
nos  parece  pasar  verdaderamente.  Otras  veces,  acabadas  de  untar,  á 
nuestro  parecer  mudamos  de  forma,  y  convertidas  en  gallos,  lechuzas 
ó  cuervos,  vamos  al  lugar  donde  nuestro  dueño  nos  espera.  Y  allí  co- 
bramos nuestra  primera  forma  y  gozamos  de  los  deleites  que  te  dejo 
de  decir,  por  ser  tales,  que  la  memoria  se  escandaliza  en  acordarse 
dellos,  y  así  la  lengua  huye  de  contarlos.»  (El  Coloquio  de  los  pe- 
rros Cipión  1/  Bcnjan'.ci  por  Miguel  de  Cervantes.) 

(2)  Cervantes,  obra  citada. 

38. 


572  SUI»KRSTU'IONE8  DKL  RÍO  DK  I. A    II.AIA. 

giillaila  y  monliila,  Aliulioiulo  al  efecto  dr  las  unturas  y  á 
la  8al»iihiría  dt»  nú  cabrón,  ijuo  a  j)OHar  de  liaoorlo  mil  l)iir- 
las,  la  traía  tan  cncjailada,  <¡nc  no  lo  podía  dtjar,  decía 
á  Montiel  la  Cañizares:  —  c  Vamos  á  verle  nuiy  lejos  tle 
aquí  á  un  ijnni  camjK),  iloiule  nos  juntamos  iníinidad  de 
gente,  brujos  y  brujaí»,  y  allí  nos  da  de  comer  desahrida- 
inente,  y  pasan  otras  cosas,  ()ue  en  verdad  y  en  Dios  y  in 
mi  áiiima  <iue  no  me  atrevo  á  ct)nt4irlas,  según  son  de  su- 
cias y  asquerosas,  y  no  (]uiero  ofender  tus  castas  orejas. 
Hay  opinión  (|ue  no  vamos  {\  esos  convites  sino  con  la  fan- 
Uisía,  en  la  cual  nos  representa  el  demonio  las  imájíenes  de 
todas  aquellas  cosas  que  despu(*s  contamos  (jiie  nos  han  su- 
cedido ^  *  .  > 

Las  brujas  llegaron  á  creiT  de  buena  fe  que  verdadera- 
mente sucíNlían  las  cosas  que  (diu'antc  el  profundo  letargo 
á  que  las  reducía  la  eíiciicia  de  las  substanciaos  de  que  se 
comjHDnían  los  ungüentos)  les  representaba  en  la  fantasía 
el  mundo  <le  (juimeras  de  que  la  tenían  po))la(hu  (juimeras 
mezcladas  á  ideas  corres jKJud i (?n tes  á  objetos  reales  y  á  las 
impn*í5Íon(i8  cotidianas  mas  recientes.  l)(í  ahí  (pie  deelara- 
Hcn  ant«  sus  jueí-es  (jue  en  realidad  habían  asistido  al 
aquelarre  6  ejecutado  hechos  criminosos  ó  abominables, 
Comprometiendo  á  veces  á  terceras  personas,  que,  en  medio 
á  la  sucesión  v  enlace  confuso  de  reminisítencias  de  ideas 
C  impH'siones  en  una  imaginación  extraviada  jK)r  efecto  del 
sueño  arliíicial  producido  \h)Y  A  narcótic<».  les  jiarecía  haber 
vi^to  en  Ifl«  satániciis  jinitas  " . 


(1)     Ci»lotjtiiit  fie  Ion  jf^rrffM  í^tión  v   Hn-ff^in'.n  X¥^T  Mi<;»i<l    «Ir  (Vr- 
vonU-n. 
('¿)    HaI  vertí',  />ía  Cuucuim  (AuíUím;  Maury,  ím  MuyiceU  lAMlroloy  ir . 


CAPÍTULO    XXXV.  573 

En  Cliilláii,  pueblo  del  antiguo  reino  de  Chile,  á  me- 
diados del  siglo  decimoctavo,  fueron  denunciadas  como  he- 
chiceras al  cura  de  la  parroquia  unas  indias,  que  con  la 
mayor  seriedad  declararon  que  de  noche  se  convertían  en 
chonchones  (en  buhos  probablemente)  y  se  iban  volando  á 
las  casas  de  aquellos  á  quienes  se  proponían  hacer  dafio^^^. 
María  de  Jesús  Cornejo,  alias  la  jabonera,  año  de  1772, 
en  Lambayeque  (Perú),  fué  denunciada  por  bruja  y  he- 
chicera. Usaba  unos  polvos  amarillos  que  le  llevaba  un 
mestizo  serrano,  con  los  cuales  ella  y  otros  se  untaban. 
Tenía  una  receta,  para  no  estar  pobre  y  para  que  los  hom- 
bres la  quisiesen.  Juró  una  vez  que  había  de  impedir  que 
cierto  sujeto  se  casase  con  su  novia,  y  así  lo  hizo,  atrayén- 
dolo á  su  casa  y  á  su  albedrío.  Luego  se  supo  que  el  mí- 
sero visitante  se  hallaba  moribundo,  por  efecto  de  un  ve- 
neno que  ella  le  diera  en  un  mate.  Acúsesela  de  que  en  un 
talego  se  le  encontraron  unas,  cabellos,  piedras  y  otras  co- 
sas, pérdida  que  la  afligió,  porque  ya  no  se  casaría  con  ella 
el  hombre  á  quien  amaba.  Refregaba  con  una  piedra  negi'a 
y  redonda,  hasta  que  ésta  sudase  gotas  gordas,  á  sus  hijas,  á 
fin  de  que  los  hombres  las  quisiesen.  Limpiaba  las  paredes 
con  una  gallinaza,  para  tener  suerte  en  sus  negocios.  En 
suma,  entre  otras  cosas,  se  la  vio  una  noche  en  lo  oculto  de 
un  bosque,  bailando  y  mochando  en  una  rueda  de  indios 
bajo  la  apariencia  de  tigre.  Tenía  sesenta  años  y  era  viuda  de 
dos  maridos  ^"l  Quien,  no  contenta  con  enterrar  á  dos  mari- 
dos, da  un  bebedizo  á  su  pobre  amante  esclavizado,  bien 

(1)  Historia  del  Sanio  Oficio  de  la  Inquisición  en  Chile  (relncióii 
de  procesos )  por  D.  J.  T.  ]\Iedina. 

(2)  Historia  del  Santo  Oficio  de  la  Jnquisiciun  de  Lima  (  rcliioión 
de  procesos )  por  I).  J.  T.  Medina. 


574  SUPERSTICIONES  DEL  RÍO  DK  IJV  PLATA. 

piulo  hablarse  convertido  en  tigre,  para  ir  al  acpu'larre.  Pero 
los  que  tesliticíiron  contra  la  Cornejo  ilel»ieroii  de  haberla 
mirado  con  ojos  de  espmto  en  la  rueda  de  indios,  mochando 
(reverenciando  ií  su  cabrón,  que  indudabKinente  estaba  en 
cilantro  de  la  ronda);  pues  es  cosa  averiguada  que  los 
brujos  en  el  aquelarre  se  ri*stituyen  á  su  ser  natural.  El 
que  tiene  padrinos,  no  7íiucre  infiel,  advii-rte  un  reirán 
muy  acritlitado  en  el  Río  de  la  Plata,  y  la  Cornejo  le  tuvo 
en  una  j>ei>>ona  calillcada,  (pie  logró  demostrar  que  todo 
aquello  de  que  se  la  acusaba  debía  atribuirse  á  imagina- 
ciones de  nuijeres.  Cecilia  Montenegro,  zamba,  se  juntal)a 
en  Guaura  ( Perú )  con  otras  nuijeres  los  jueves  y  viernes 
y  se  iban  de  noche  volando  en  ligura  d(^  patos.  Una  noche, 
estando  en  sus  preparativos,  al  tieniju)  de  invocar  al  de- 
monio, se  les  apanrió  un  rJiivato  y  se  fueron  con  él.  Tenía 
un  crucifijo  metiólo  en  una  almohadilla  ( era  costurera )  y 
solía  punzarlo  con  alfileres ^'^.  Con  estas  l)rujas  tenía  el 
cabrón  la  deferencia,  p)r  lo  visto,  de  envi:ules  un  mensa- 
jero joven,  para  ípie  las  acomj»añaseal  aquelarre  (privilegio 
rara  vez  concedido).  Muy  meritorias  debieron  de  ser  aíjue- 
llas  amables  i>enianas. 

Dos  ó  tres  horas  antes  de  media  ^loehe  empiezan  las 
brujas  á  darse  las  convenientes  unturas  para  ir  al  a(pie- 
larre,  lanzando.se  luego  por  los  aires  á  su  destino.  Pero  tan 
luego  como,  pasíida  la  media  noche,  cpiiere  apuntar  el  <lía 
en  el  horizonte  y  cjinta  el  gallo,  brujos  y  brujas  se  vuelven 
á  sus  casas,  acompañados  de  sus  sapos  vestidos:  deshácese 
la  junta;  pues  ya  no  ]>ueden  c»star  mas  en  ella  los  convi- 


(1)     IÍÍMtf/ria  de  la  Inf¡uwiriun  de  Lima  \ntr  I>.  J.  T.  MimIíiiu  (n-la- 
ci6n  de  proooMM). 


CAPITULO    XXXV.  0<0 


dados  ^^\  La  hora  en  que  su  majestad  cabruna  tenía  dis- 
puesta la  celebración  de  unas  fiestas  y  ceremonias  tan  so- 
lemnes y  gustosas  al  bello  sexo  que  á  ellas  asistía,  era,  sin 
duda,  la  más  aparente:  después  de  la  media  noche.  Y  aun 
esa  es  la  hora  que  brujas  y  brujos  prefieren  para  sus  fe- 
chorías y  aventuras.  Sin  embargo,  es  constante  que  toda  la 
caterva  de  espíritus,  fantasmas,  duendes,  brujos  y  brujas,  y 
almas  en  pena,  y  espectros,  y  demás  engendros  espantables 


(1)  Auto  de  fe  celebrado  en  la  ciudad  de  Logroño  en  los  días  7  y  S 
de  noviembre  de  1610,  publicado,  con  notas,  por  B.  Leandro  Fernández 
de  Moratín. 

«  El  gallo  es  un  pájaro  muy  de  bien,  y  no  consiente  picardías.  Así 
que  él  empieza  á  cantar,  van  que  el  diablo  se  los  lleva  brujas,  y 
silfos,  y  espectros,  y  lémures,  y  trasgos,  y  duendes,  y  toda  la  des- 
creída canalla  de  visiones  horrendas,  que  durante  la  noche  hacen 
tantas  travesuras  por  los  barrancos,  encrucijadas  y  cementerios.  Si 
todos  supiesen  la  habilidad  de  este  cantor,  en  más  estimación  le  tu- 
vieran, y  la  gente  regalona  no  se  daría  tanta  prisa  á  comer  pollos. 
En  los  teatros  de  Inglaterra  se  recomienda  mucho  estíi  virtud  del 
gallo,  y  en  una  de  sus  más  aplaudidas  tragedias  dice  muy  serio  un 
personaje:  —  «Yo  he  oído  decir  que  el  gallo,  trompeta  de  la  mañana, 
hace  despertar  al  dios  del  día  con  la  alta  y  aguda  voz  de  su  garganta 
sonora,  y  que  á  este  anuncio  todo  extraño  espíritu  errante  por  la  tierra 
ó  el  mar,  el  fuego  ó  el  aire,  huye  á  su  centro. »  Lo  cierto  es  que  luego 
que  amanece,  no  hay  t^rujo,  ni  ánima  en  pena,  ni  fantasma,  ni  de- 
monio que  se  atreva  á  presentarse  en  público. »  ( I).  Leandro  Fer- 
nández de  Moratín,  nota  al  Auto  de  fe  precedentemente  citado. ) 

« Que  Jiay  brujas,  lo  creen  todos  los  aldeanos,  y  muchos  que  no  lo 
son,  así  montañeses  como  no  montañeses.  Que  (la  bruja),  montada 
en  una  escoba,  va  por  los  aires  á  los  aquelarres  los  sábados,  á  media 
noche,  es  la  leyenda  aceptada  para  todas  las  brujas.  Estas  soirées  (los 
aquelarres)  duran,  desde  las  doce  de  la  noche,  hasta  que  el  alba  asoma 
sus  primeros  tornasoles  sobre  las  cumbres  más  altas. »  (  D.  José  M.  Pe- 
reda, Tipos  y  Paisajes.)  ¿Los  sábados  solamente  van  á  los  aquelarres 
las  brujas  de  ciertas  regiones  del  norte  de  la  Península  ?  Acaso  ha 
llegado  algo  trocada  la  noticia  á  oídos  del  cronista.  Sábado,  según 
queda  indicado,  es'  uno  de  los  nombres  que  se  dan  al  aquelarre,  y  de 
ahí  pudo  nacer  una  confusión  respecto  dA  día  en  que  se  celebra. 


576  érpEitsTicioNKs  dkl  kío  dk  la  plata. 

que  pueblan  los  espacios  iinairinjirios  ilel  vuli^o  ii;nan)  cu 
las  diversa.-^  rei^iones  del  ulobo,  apareeense  v  dan  u  conocer 
8U  prwencia  á  totla  hora  dv\  día  y  de  la  noche  y  en  espe- 
cial ilespui^s  que  el  padre  dv  la  luz  se  oculta  cu  el  hori- 
zonte, 

liase  ya  indicado  (jue  el  espíritu  nialiüjno  eligió  siempre 
oou  preferencia  el  sexo  femenino,  como  pasta  más  blanda 
y  materia  más  maleable,  para  hacer  las  travesuras  y  mal- 
dadt^s  de  que  es  capaz  su  fatal  sabidiu'ía.  Esta  preferencia, 
que  los  inquisidores  tuvieron  ocasión  de  comprobar  lar<ía- 
mente  en  Europa,  resultó  igualmente  evidenciada  en  el 
Nuevo  Mundo  ^  .  Desde  luego  ol)servóse  que  entre  los 
tupíes  del  Brasil  (y  lo  propio  sucedi^ría  entre  otras  genera- 
ciones indígenas),  ante  hus  pláticas  y   mojigangas  de  los 


vi       « Ifí*m.  qu«*  nuR'hn.'*  persona?»,   cspecijilmcnto   niiijcrcB    fácilof*  y 

dadiut  A  í«uper?*t¡c¡oncH,   con  más   ifravc?   ofenda  do  Nuestro  Scfior,    no 

dudan  de  dar  cierta  manera  ríe  adomc¡r)n  al  demonio,  para  fin  de  salícr 

de  laM  co«a4  que  desean,   ofreciéndole  cierüi   manera  de  sacrificio,  cn- 

•lo  candcla'í   y   quemando    incienso  y  oíros  olores  y  perfuriies. 

i    ..  ...ido  df   ciertas   unciones  en    ?<us   cuerpos,   le  invocan  y  adoran 

con  n'»níhre  <ie  titiyel  de  lux,  y  esperan  de  las  («le  61  las)  rcspiicBlas 

6  ii  ó  representaciones  aparentes  de  lo  que  pr(!ten<len.  I*ara  lo 

cual,   ¡tt.-.  «iichas   nmjeres    otras   vec<»s  se    sal«*n   al    campo  de  día  y  Á 

*'  -*  -•^^   de   la   noí'he,   y   toman  ciertai   bellidas  tle  yerbas   y   raíces 

la»  el  acliumu   y    el  chamico)  y  la  co<'m,  ron  (pie  se  ennjeniin 

y  entorfx-O'n   lew  mentidos.    Y  Iiis  ilusiones  y  representaciones  fanti'is- 

tiou  quí'  allí  tienen,   juzgan  y  publican  despuí's  por  revelación  6  no- 

ücia  cierta  de  loque  ha  de  ctucefler.  •    C  I')<licto  ¡nfjuisitorial  t Ij^adc) 

en  la  du<iad  de  hm    lUya*,   aHo  de    1022,   ingerto  en  la    /  /  'A/ 

Triffunal  Htl  Santo  Oficio  c¿f  la  Inquisición  de  ¡Ama  por  I>.  .1.  T.  Me- 
dina.) Xm  juria^Iicríón  del  Tribunal  establecido  en  Lima  comprendía 
á  la  au/ín.    no  *».'  '  hoy   ««e  Huma    propimnentc  el  Perú, 

ano  Quito.  TTiir.  •  r|e  la  SiiTrn,  (hile,  el  anticuo  Tucu- 

máii   I  <  del  tetero,  ele. ),   Huenos  Airea  y  otraa  co- 


CAPÍTULO    XXXV.  577 

hechiceros,  las  mujeres  con  más  especialidad  que  los  hom- 
bres experimentaban  una  emoción  tan  grande,  que  con  un 
vehemente  temblor  en  sus  cuerjDos,  arrojábanse  al  suelo, 
echando  espuma  por  la  boca :  «  parecían  endemoniadas, 
como  de  cierto  lo  eran  »  '^\  Este  fenómeno  demostraba 
por  sí  solo,  del  modo  más  palmario,  la  mayor  disposición 
de  las  mujeres  del  Nuevo  Mundo,  como  se  vio  que  sucedía 
con  las  de  Europa,  para  el  arte  de  brujería  y  el  anexo  de 
los  hechizos:  las  disposiciones  naturales  de  los  sexos,  en 
todas  partes  son  las  mismas.  El  oficio  de  hechicero  ( en  el 
comprendido  el  de  brujo )  de  ordinario  le  usaban  en  el  Perú 
las  indias,  dice  el  Inca  Garcilaso^"\  Dice  más,  en  menos- 
cabo de  los  poéticos  arrobos  de  Michelet,  el  P.  José  de 
Acosta.  Dice  el  P.  Acosta  que  los  indios  del  Perú  testifi- 
caban ser  las  viejas  quienes  de  ordinario  usaban  este  oficio. 
Brujos  y  hechiceros  untábanse  de  pies  á  cabeza,  como  la 
Cañizares  de  Cervantes,  con  un  ungüento  que  hacían  de  la 
ceniza  de  varias  sabandijas  ponzoñosas  (arañas,  alacranes, 
cientopies,  salamanquesas,  víboras)  y  de  las  hojas  del  ta- 
baco. ^Mezclábanlos  en  un  mortero,  añadiendo,  al  tiempo  de 
revolver,  algunos  alacranes,  cientopies  y  arañas  vivas,  y 
unos  gusanos  negros  y  peludos.  Luego  echaban  en  la  mez- 
cla la  semilla  molida  del  ololuchqui,  con  la  que  hacían  una 
especie  de  chicha  que,  privándoles  del  juicio,  les  producía 
también  el  efecto  de  ver  visiones.  Untados  con  este  un- 
güento, veían  y  hablaban  al  demonio  ó  zopaij  y  tomaban 
la  forma  de  animales.   Especialmente  convertíanse  en  pá- 

(1)  Fr.  Bartolomé  de  Ine  Cnma,  Historia  de  las  Judias,  por  pri- 
mera vez  dada  á  luz  por  el  Marqués  do  la  ]'\iensanta  del  N'alK^  y 
D.  José  Sancho  Rayón. 

(2)  Comentarios  liealcs  drl  í\rú. 


578  SUPERSTICIONES  DEL  RÍO  DE  LA    TLATA. 

jaros,  y  en  esii  ú  otra  forma  ihan  por  los  airos  larj^o  ca- 
mino en  breve  tiempo.  Así  fáril  y  prontamente  se  enteral)an, 
por  vista  de  ojos,  de  lo  qne  pasal)a  en  humares  remotos  ^^\ 
To<lo  ello  sin  jx^rjnicio  de  liaMar  también  con  zopaij,  mas- 
candi»  la  coca.  Zopaij,  j)or  intermedio  de  ciert^is  piedras  ú 
otros  objetos  señalados,  respondía  á  las  preguntáis  que  le 
dirigían  sus  ministros  y  servidores.  Los  gravísimos  umus, 
genero  de  adivinos,  para  conumiearse  con  zopai/,  eiuborra- 
cbiiÍMinse  l)ravameute,  hasta  |)erder  el  juicio:  efecto  deli- 
ciosamente inspirador  del  ololnchqui  y  de  todo  otro  género 
de  chicha,  que  solían  reforzar  con  el  zumo  de  la  vilca^'K 
Entre  los  indios  de  las  regiones  del  Plata,  también  fué 
propio  de  viejas  el  oficio  de  adivinas  y  hechiceras  ^^^. 

Rasgo  característico  del  brujo  (^n  el  Nuevo  ^Nfundo  lo 
feo  y  lo  viejo,  no  jHjdía  por  otra  parte  dejar  de  ser  espan- 
table su  figura  en  razón  de  los  betunes  con  (pie  embadur- 


(\)     /'  .Xaturaí  y  Moral  de  las  Indias.  También  Cobo  cu  su 

Hütiorui    -      .    irio  Mundo. 

(2)  Aconta,  IIímí.  Xai.  y  Mor.  de  las  Ind. :  C^obo,  llist.  del  Xuer. 
Mund.  De  lo«  udívinoH  dice  Acosta :  *  Estos  sirven  de  decir  lo  que 
|Mi*a  en  luganos  muy  remotos,  antes  que  vtn;::!  ó  pucíla  venir  la  nucvii, 
como  aun  despuí>  "n*-  í"-  españoles  vinieron  li:i  sucínlido,  (jue  en  dis- 
tancia de  máíi  de  i;  .la  6  trescientas  lej;uaii  se  ha  sabido  de  los 
nKjtincí^,  de  la-*  baitUlaJ»  y  de  lo«  alzamientos  y  muertes,  así  de  los 
úrniMtiá  como  de  lo«»  qu<'  eran  de  la  part«*  del  rey,  y  de  personas  par- 
fí-Mil  ir...  il  nii.inr.  día  y  tienifH)  que  laii  tales  cosas  sucedieron  ó  el 
¡or  curno  natural  ««ra  imposibl**  saberlas  tan  prento. » 

(3j  Un  exacto  narrador  de  la  vida  de  la  f\'ini|>a  rntre  los  indios, 
dice: 

Huí  r«aiMl«M  -■-i.  ,.-.••...- 
I>M  llMira  ia«  Bfllrlnii» 


(Kl   (iaúé-ho  Martin   Fierro   |>or   I>.  Jitfii 
ll<'rnán<Jct, ) 


CAPITULO   XXXV.  579 

naba  su  cuerpo  desde  la  planta  de  los  pies  hasta  la  corona 
de  la  cabeza.  Untábase  con  el  mágico  ungüento,  para  sus 
desmayos,  á  la  vez  que  para  cobrar,  durante  la  vigilia,  es- 
píritu de  fiereza  y  crueldad,  que  le  permitiera  matar  sin 
escrúpulo  hombres  en  los  sacrificios  y  desafiar  en  las  selvas 
la  ferocidad  de  lobos,  tigres,  onzas,  leones  y  serpientes. 
Tiznábase  además  con  el  humo  de  tea,  antigua  y  parti- 
cular ofrenda  de  sus  reverenciados  dioses  ^^\  Entre  los  in- 
dios de  la  Pampa  y  la  Patagonia,  los  que  se  dedicaban  al 
oficio  de  hechiceros  estaban  obligados  á  renunciar  á  los 
hábitos  y  exigencias  del  sexo  masculino.  Xo  podían  casarse 
y  vestían  traje  de  mujer.  Elegíanse  desde  niños  los  que 
parecían  más  aptos  para  el  ejercicio  del  cargo,  observando 
sus  concUciones  nativas,  dándose  preferencia  á  los  que 
mostraban  más  similitud  con  el  sexo  femenino.  Los  que 
padecían  del  mal  de  epilepsia  ó  corea,  eran  desde  luego  re- 
conocidos como  poseedores  de  las  condiciones  más  ade- 
cuadas al  ejercicio  del  arte  de  la  hechicería,  suponiéndoseles 
poseídos  de  los  espíritus.  Llevaban  un  tambor  y  unas  ma- 
traquillas,  á  fuer  de  instrumentos  distintivos  del  cargo  que 
desempeñaban  ^-\  Lo  propio  sucedía  entre  los  araucanos, 
de  donde  sin  duda  vino  á  la  Pampa  y  á  la  Patagonia  esta 
costumbre.  Los  huecuvuyes,  larga  y  suelta  la  cabellera, 
suplida,  á  falta  de  la  natural,  con  hebras  de  cochayuyo  6 
de  otras  plantas,  traían  en  lugar  de  calzones  un  puno  ó 
taparrabo,  al  modo  de  las  mujeres,  y  una  especie  de  cami- 
són. Xo  podían  casarse,  ni  cohabitar;  pero  no  les  estal)a 


(1)  Acosta,  Historia  Nainral  y  Moral  dr  las  Indias. 

(2)  Dcsrripnió)i  de  la   Patagonia    y  de   las  partes  adyacentes    por 
D.  Tomás  Fálkner,  en  la  Colección  Angelis. 


580  SUrKRSTICIOKES  DEL  RÍO  DE  I^  PLATA. 

voíhulo,  antes  eni  cmüiiario  ofioio  suyo,  aiin(|iu*  tonillo  por 
infamo,  el  |KH*ado  nefando^  .  Talos  oran  lo8  machirs,  re- 
wi'cjf  ó  huerurui/cs  (magos,  hrujos,  hoohicoros,  nKfnlioos) 
de  los  arauninos. 

Pero  hay  hriijos  do  brujos.  Hay  l)nij()s  cuyo  oíicio  ordi- 
nario es  ontonder  en  lanoes  do  amor  y  fortuna.  L:i  sutilo/.n 
de  ingenio,  ol  artiíioio,  unido  á  la  [)orsoveranoia,  son  los 
iuihHos  más  adecuados  para  conseguir  en  casos  tales  ol  fin 
apetei'ido.  A  ello  res[X)nden,  más  propiamente  quo  las  del 
hombre,  las  facultados  do  la  mujor  física  y  moralmento 
considerada.  Poro  hay  brujos  cuyo  oficio  ordinario  os  liactM* 
daño  en  lides  .sangri(»ntas,  on  las  quo  ha  monostor  do  fie- 
reza, de  impetuosidad,  do  fuor/a  material  extraordinaria, 
de  las  facultatles  del  tigre,  del  loón,  do  la  onza,  do  la  j)an- 
tera,  del  lobo,  ó  bien  del  porro  y  dol  zorro,  tlel  gato  montos 
ú  otras  alimañas.  Para  todo  esto,  salvas  excepciones,  son 
más  propios  los  hombros  (pie  las  mujeres.  Este  g(^noro  de 
bnijoría  es  raro,  nmcho  monos  abundante  que  el  primera- 
mente indicado.  Hase  considerado  como  el  más  alto  genero 
de  l)rujería  (jue  se  conoce.  Los  brujos  que  tales  transfor- 
nuiciones  han  obrado  en  sus  personas  han  sido,  á  los  ojos 
de  los  historiadores  de  la  coiKpiista  dr  Amí^rica,  grandes 
bnijofi,  brujos  f)or  excelencia.  De  ellos  vamos  á  tratar  rn 
el  Capítulo  siguiente  y  nltiino  do  este  libro. 


(í)    D.  Fnftidfoo  NúiV'Z  úp  Pinc<ln  v  IViHíMifiíln,    Cniílivrrio  Frhx 
p  líaxón  de  iáu  UuerroM  (le  Chile  i  C  <lr  I/mtifriutioren  de  Chile 

y  doeumentoM  reJaiiroM  d  la  lliMlona  Macionai.    SniiliaKo,  18ÜH). 


CAPÍTULO  XXXVI. 

Transformaciones  de  hombres  en  animales. 

Sumario. —  El  lohishómem  de  San  Mií^uel  de  las  Azores.  —  Licántro- 
pos  en  el  norte  de  Europa.  —  ]Manía  lupina.  —  El  ücántropo  pasa 
en  naves  portuguesas  al  Xuovo  Mundo.  — El  zoántropo  es  cosmo- 
polita.—Diversidad  de  brujos  zoántropos.  — Zoántropos  del  Nuevo 
Mundo:  Méjico,  el  Orinoco.  —  Los  tejojes  de  Nicaragua.  —  Aaí'íía/e» 
de  Guatemala  y  Honduras.  — El  brujo  de  Tatutí,  en  Entre   Ríos. 

—  Cutiguará,  mago  famoso,  guaraní.  — Las  transformaciones  má- 
gicas en  la  antigüedad.  — Filósofos,  historiadores  y  poetas  anti- 
guos, hablaron  de  ellas.  — Los  neuros  de  la  Escitia  europea,  hoy 
Livonia.  — Remoto  origen  de  la  creencia  de  que  se  trata. —  Iden- 
tidad de  creencias  á  su  respecto  en  todas  las  regiones  del    globo. 

—  Los  apkairés  guaraníes,  —  El  licántropo  europeo  topa  en  Amé- 
rica con  el  zoántropo.  —  ^Multitud  de  brujos  zoántropos  en  Santiago 
del  Estero. — Cómo  se  explican  sobre  zoantropía  los  modernos  expo- 
sitores de  la  magia.  —  El  brujo  de  Yacuí,  en  el  Uruguay.  —  El  lohisón 
restituido  á  su  forma  primera. —  El  chancJio  importuno. —  Doctrimí 
esotérica:  aplícase  y  analízase  en  algunos  parúculaves.— Lobisoncs 
mal  entretenidos:  su  desencanto. —  Doctrinas  de  un  erudito  del 
siglo  decimosexto  sobre  la  transmutación   do  hombres  en  bestias. 

—  Los  perros  Cipión  y  Berganza  de  Cervantes. —  La  zoantropía 
en  la  edad  media. —  San  Macano  y  unos  pobres  labriegos. —Anti- 
guos y  modernos.  —  Transfórmase  en  manía  epidémica  la  creencia 
de  que  se  trata.— Zoantropía  entre  los  indígenas  de  Tucumán  y  en 
Bolivia.  —  La  fiesta  del  tigre  entre  los  del  Ciíaco.— Genealogía  zoo- 
lógica de  los  indios  de  la  Pampa. —  Transformaciones  por  causa  de 
arañazos  y  mordeduras  de  animales.  —  En  el  Río  de  la  Plata  no  liay 
licántropos,  sino  zoántropos.-  Hombres  con  vestigios  de  animalts. 

—  Idea  de  un  erudito  humanista  á  su  respecto. —  Signos  de  zoantro- 
pía en  las  personas.  — Doctrinas  del  ocultismo  sobre  el  particular,  — 
Las  mujeres  que  conocen  frailes,  se  vuelven  muías.  —  El  ngxinrá 
(zorro)  tomado  por  lobo. —  Descríbese. —  Zorrería  del  zoántropo  rio- 
platense. 


582  SUPERSTICIÓN Ei5  DEL  KÍO  DE  I^  Tl^TA. 

Un  ct^ebnulo  historimlor  lusitano,  Ti^ófilo  l^raga,  as'uMiín 
en  una  de  sus  obnis  eruditas  (|ut*  la  existencia  dd  lo- 
bijshómcm  está  popularmente  acreditada  en  la  isla  de 
San  Miguel  de  las  Azores^*'.  Otro  escritor  de  autoridad, 
D.  Manvlino  Menéndez  Pelayo,  sigue  en  este  punto  á 
Braga ^^\  dando  a  entender  ct)n  ello  (jue  la  crei»ncia  popu- 
lar en  la  transformación  de  hond^rcs  en  lobos  ú  otros  ani- 
mak^s  hallase  circunscrita,  por  lo  (\\\v  á  la  raza  ibérica  se 
refiere,  á  una  de  las  islas  Azores.  Sin  embargo,  en  las  vas- 
tas regiones  de  Am<:*rica  pobladas  de  portugueses  y  espa- 
fioles,  no  escasea  la  creencia  de  (jue  hay  y  se  ven  hombres 
capaces  de  aparecer  bajo  la  forma  (h*  un  animal  cual- 
ijuiera.  Esta  enuncia  viilpir,  en  parte  procede  del  \'iejo 
Mundo,  y  en  j)arte  tiene  origen  de  los  indios  que  pobla- 
ban el  Nuevo. 

Las  noticias  referentes  á  las  menudencias  caseras  del 
Cí)ntinente  americano  tardía  y  obscuramente  llegan,  si  al- 
guna vez  llegan,  lí  Europa.  Y  así  vemos  (jue  historiadores 
de  nota  confinen  en  una  mezíjuina  isla,  en  la  isla  de  San 
Miguel  de  lafi  Azores,  á  un  personaje  tan  c(?lebre,  j)Opular, 
antiguo  y  calificado  como  A  zoantropo,  que  desde  muy  an- 
tiguo, mucho  antes  de  que  Colón  desplegase  en  las  Antillas 
el  estandarte  <le  los  Keves  Católicos,  anda  recorriendo  á  su 
salvo,  entre  indios  y  cristianos,  las  regiones  fertilizadas  por 
la»  Cí)pÍ08aH  aguas  que  r-nvínn  rápidos  .il  iu:ir  el  IMatn  y  (1 
Amazonas. 

Teófilo  Braga  entiende  que  la   ¡«lea  <lel   lohishómcm   es 


M)     KjtffJ**fiM  fltt   í.'fhn   yt<'Siii'iifff    (Jí'isfnr'ui  <lii   Purs'ifi   í\/rtimt/f  \n) 
Porto,  IgTl. 
(2)    I  i  ¿Mana  <U  ios  iifierudoxoii  EitjtañoUg. 


CAPÍTUI.0    XXXVI.  583 

originaria  de  los  pueblos  germánicos  ^^.  Muy  inclinado  se 
muestra  de  continuo  el  erudito  escritor  lusitano  á  ver  en 
los  pueblos  ibéricos  el  sello  de  los  germánicos,  en  lo  que 
toca  á  creencias  vulgares,  supersticiones  y  engendros  de  la 
mente  del  hombre  ignaro.  En  orden  al  lohishómem,  des- 
críbele del  modo  siguiente.  De  noche  y  á  horas  determina- 
das, el  hombre  acondicionado  para  el  efecto  acude  fatal- 
mente á  los  parajes  donde  ha  de  metamorfosearse  en  cual- 
quier cuadrúpedo  que  encuentre,  acometiendo  luego  á  los 
transeúntes.  Haciéndole  verter  sangre,  recupera  su  forma 
primera.  El  último  lujo  de  una  serie  de  siete  varones  con- 
secutivos es  lohishómem.  I^íbrasele  de  esta  fatalidad,  bau- 
tizándole con  el  nombre  de  Benito  (Bento),  apadrinado 
por  el  mayor  de  los  siete  hermanos  ^-^.  El  lohishómem  de 
la  isla  de  San  Miguel  de  las  Azores  no  difiere  en  nada 
esencialmente  del  que  asusta  y  hace  cavilar  á  los  brasi- 
leños y  riopla tenses  de  las  desiertas  campañas  envueltas 
aún  en  densas  tinieblas  de  superstición  é  ignorancia  ^^l 

Creyóse,  y  en  ello  reparó  Cervantes,  que  el  foco  y  mo- 
rada ordinaria  de  los  hechiceros  ó  brujos  que  se  convertían 
en  lobos,  se  hallaba  en  las  islas  y  regiones  septentrionales 
de  Eurojia,  donde,  á  la  verdad,  abundaron  más  (|ue  en  el 

(1)  Esta  superstición,  dice  I^raga,  es  do  origen  escandinavo -teutó- 
nico: procede  tal  vez  de  la  antigua  penalidad  heroica  del  han  ido,  com- 
parada en  los  códigos  bárbaros  a  la  acción  del  lobo  nocturno.  (Ej>o- 
péas  da  Ra^a  Mosárabe.) 

(2)  Epopcas  da  Tiara  Mosárabe. 

(3)  La  genealogía  del  lobisón  en  las  comarcas  fronterizas  al  Brasil 
es  ésta:  el  último  hijo  de  una  serie  no  interrumpida  de  siete  varones 
del  mismo  vientre,  nace  brujo  capaz  de  adquirir  la  forma  del  animal 
que  le  place.  Líbrasele  de  la  condición  á  que  le  sujeta  la  fatalidad 
septenaria,  teniéndole  en  la  pila  el  mayor  de  los  siete  hermanos  di  l.i 
serie  de  que  procede. 


584  SUPERSTICIONES  DEL  RÍO  DE  LA  PIJITA. 

nuiluxlía '  ^ .  Pero  el  mismo  Corvantes  puso  en  elaro  esta  eon- 
fusa  ¡dea  que  se  tenía  ile  ello,  notando  (|ue  así  el  hechizo  ó 
el  enauíto  de  la  transformación  de  hombres  en  lobos,  como 
la  dolencia  moral  que  llamaron  inania  liijiina,  era  nuicho 
más  general  y  estaba  nuicho  más  extendida  en  el  mundo ^^^, 


(1;  •  riu-vltvs  buen  liombiv.  ilar  intinitns  jjrju'ias  al  ciólo,  por  ha- 
berte Übnulo  dv\  jKxier  ilcslas  inalóficas  lurhiivras,  dv  las  cuales  hay 
mucliA  aiiunilancia  en  esUu*  sclenLrionalcs  partos  (on  Noruc^^i).  (>uen- 
tan  lidian  que  ¿«  convierten  en  lobos,  así  nuichos  como  hembras; 
pon|ue  de  entrambos  g:í'neros  hay  maléficos  y  encantadores.  (V>mo  esto 
p.._i..  ..,  ,.,^  1^^  ijrnoro,  y  como  cristiano  que  soy  cat«'»Iico,  no  lo  creo; 
pT  :  icncia  me  muestra  lo  contrario.     \a)  que  j)uedo  alcan/ar 

CA  que  estas  transformacioneü  son  ilusiones  del  demonio,  y  permisión 
j  ininables  jx^cados  deste  maldito  {género  de  gente.» 

(I ■  ¡'  :^    -    -'    /r/.>/(e,v  V  Siiji:imun(JaJ 

i¿^  « K-u  de  convertirse  en  lobas  y  lobos  aljjfunas  (gentes  dcBtas 
setentríomües,  es  un  error  grandísimo,  dijo  Mauricio,  aunque  admitido 
de  muchos.» — -«Pues  ¿cómo  es  esto,  dijo  Arnaldo,  (|ue  comúnmente  se 
dice  y  «e  tiene  por  cierto  que  en  Inglaterra  andan  por  los  campos 
manadas  de  lobos  que  de  gerjtes  humanas  m-  lian  convertido  en 
ellos?...  I»  que  se  ha  de  entender  desto  de  convertirse  en  lobo.s, 
es  que  hay  una  enfennedad  á  (juien  Human  los  m^niicos  manía  lupina^ 
que  1  -  '  '  !  !  ,iie  al  que  la  padece  le  parec<?  que  se  ha  conver- 
tido > :  ..  a  como  lobo,  y  .h*  junta  <<jn  otros  heridos  del 
múimo  mal,  y  andan  en  manadas  por  los  campos  y  por  los  montes, 
ladrando,  ya  como  perros,  6  ya  aullando  como  lobos,  despttdazan  los 
arbole»*,  I  '  quien  encuentran,  y  comen  la  carne  cruda  de  los 
mu<'rt(>«.  -  --  _:  día  s¿*  yo  que  hay  en  la  isla  «le  Sicilia,  que  es  la 
mayor  del  mar  Mediterráneo,  f^vutes  deste  género,  á  quien  los  sicilia- 
IKM  llanuin  IfjlfOM  menor,  los  cuales,  antes  que  les  dó  tan  pestífera  (*n- 
fermedad,  \(>  ->,  y  di(x*n  á  los  que   entún    jiuito    á   ellos   que   se 

apartan  y  bu .  lio-,  ó  (pie  los  aten  ó  encierren;    poniuc   si  no  se 

guanlan,  \(>^  buen  iK'daz<»s  á  b(j<'ados  y  los  desmenuzan,  si  pueden, 
oon  las  uAaii,  dando  ti'rríbles  y  espantosos  ladridí>s.  Y  os  esto  tanta 
verdad,  <>  ^4>  han  de  casiu*  k?  hace  información  bas- 
tante de  -,  .í    ,-,■...         ..  >!*  en  twailo  de»»ta    enfermedad;    y    si    <les- 

poAs,  andando  el  tiinqx),  la  ex|NTÍenc¡a  nuie-tra  lo  contrario,  se  di- 
rúne  el  malrimonío.  También  es  opinión  d<*  l'linio,  tw^dn  lo  escr¡l>e 
en  el  líb.  8,  cap.  22,   que  entre  los  árcades  hay  un  (^Miero   d(^  ^onte, 


CAPÍTULO   XXXVI.  585 

Caballero  en  el  manto  de  una  hecliicera,  es  transportado  por 
los  aires  Rutilio,  desde  Toscana  á  Noruega.  Tan  luego 
como  pone  su  planta  en  las  septentrionales  tierras,  transfór- 
mase la  hechicera  en  loba.  El  cautivo  la  mata  de  una  cuchi- 
llada (la  efusión  de  sangi'e  deshace  el  encanto). —  «Mate 
la  loba,  dice,  y  hallé  muerta  á  mis  pies  la  hechicera  ^  ^  ^  » 

Los  desgraciados  á  quienes  la  manía  lupina  tenía  con- 
turbado el  juicio,  juntábanse  espontáneamente  y  andaban, 
como  lobos  en  manadas,  por  campos  y  caminos,  aullando 
y  ladrando,  acometiendo  á  los  transeúntes,  matando  gente 
y  comiendo  la  carne  podrida  de  los  cadáveres. 

El  brujo  licántropo,  no  el  monomaniaco,  pasó  en  naves 
portuguesas  al  Nuevo  Mundo,  donde  halló  colegas  anteco- 
lombinos á  los  cuatro  vientos  cardinales,  como  luego  ve- 
remos. En  determinados  días  de  la  semana  (jueves  ó  vier- 
nes )  el  brujo  de  que  se  trata,  durante  la  noche,  efectúa  la 
transformación  que  le  place.   Toma  la  forma  de  un  cerdo. 


la  cual,  pasando  un  lago,  cuelga  los  vestidos  que  lleva  de  un  encina, 
y  se  entra  desnudo  la  tierra  adentro,  y  se  junta  con  la  gente  que  allí 
halla  de  su  linaje  en  figura  de  lobos,  y  está  con  ellos  nueve  años,  al 
cabo  de  los  cuales  vuelve  á  pasar  el  lago,  y  cobra  su  perdida  figura. 
Pero  todo  esto  se  ha  de  tener  por  mentira,  y  si  algo  hay,  pasa  en  la 
imaginación,  y  no  realmente.»  — «No  sé,  dijo  Rutilio;  lo  que  sé  es,  que 
maté  la  loba,  y  hallé  muerta  á  mis  pies  hi  hechicera.» —«Todo  eso 
puede  ser,  replicó  ^Mauricio;  porque  la  fuerza  de  los  hechizos  de  los 
maléficos  y  encantadores  (que  ios  hay)  nos  hace  ver  una  cosa  por 
otra.  Y  quede  desde  aquí  asentado  que  no  hay  gente  alguna  que 
mude  en  otra  su  primer  naturaleza.»  —  «Gusto  me  ha  dado  grande,  dijo 
Arnaldo,  el  saber  esta  verdad,  porque  también  yo  era  uno  de  los  cré- 
dulos deste  error,  y  lo  mismo  debe  de  ser  lo  tjue  las  fábulas  cuentan 
de  la  conversión  en  cuervo  del  rey  Artús  de  Inglaterra,  tan  creída  de 
aquella  discreta  nación,  que  se  abstiene  de  matar  cuervos  en  toda  la  isla.» 
—  «No  sé,  respondió  Mauricio,  de  dónde  tomó  principio  esa  fábula 
tan  creída  como  mal  imaginada.'^  i  Tnihi/jos  de  IVrsiics  y  Siyistmimla.) 
(1)    CerTantes,  obra  citada. 


586  8rrKR>TK'ioNi-»  del  río  de  la  plata. 

de  un  zorro,  de  un  jvrro,  do  un  pito,  dr  un  ternero,  etc. 
Llámasele  en  el  Río  de  la  Plata  lohisón,  corrompida  la 
voz  [>ortuguesa  lobi^hómcm:  del  latín  lupua-homo,  lobo- 
hombre.  VA  lobiiihómem  se  trasladó  fácilmente  dil  P>rasil 
( junti»  c\)n  el  nomUre  que  trajera  de  Europa)  al  Kío  de  la 
Plata.  Su  forma  primera  inmediata  fue  en  Europa,  como 
lo  expresa  su  noml>re,  la  licantropía,  la  transformación  de 
hondíre  en  lobo.  Pero  en  el  Prasil  v  en  el  Kío  de  la  Platu 
dfsdf  luego  fué  zodntropo,  aun(|ue  con  el  nond)re  de  lobii<- 
hómvm,  el  brujo  advenedizo.  Xo  pudo,  ni  (pliso  limitarse 
á  .ser  licdntropo.    La  razón  la  daremos  más  adelante  '^. 

La  transformación  de  la  persona  liuiiiana  en  un  animal 
cualquiera  ha  sido  en  todo  tiempo  lialúlidad  del  brujo.  El 
brujo,  siempre  que  le  ha  dado  la  gana,  lia  tomado  la  forma 
de  un  ave  6  de  un  cuadríiiKxlo  y  ha  salido  volando  ó  co- 
rriendo |)or  los  Cíimjx)s.  Todo  brujo,  en  una  u  otia  forma 
y  máá  ó  menos  preferentemente  según  su  vocación  y  apti- 
tudes nativa.s,  es  ó  tiene  la  capacidad  de  ser  zoántropo.  1  lay 
zoántrojíos  desde  que  hay  brujos  en  el  mundo,  y  hay  brujos 
en  el  numdo  desde  que  el  mundo  es  mundo.  Antes  de  (jue 


(\)  Usamos  la/í  vocrp  liriintrojm  y  lon/ilmjKj  i  no  Mutorizaílas  ',  con 
€•1  fin  de  evitar  la  repetición  dt*  circunloquio»,  ¡aí  livnl  Academia  Kn- 
paiioln  define  la**  voce»  licatitropia  y  xoantrop'm  on  el  «entido  de  nio- 
nornanía  ó  dolencia  moral,  y  no  en  el  de  Huperntición  ó  creoncia  vul- 
gar (  /hrcioriario  de  la  Lftujna  (^'antrlüina,  <liiodí'<'inia  e<l¡<'ión  ).  Don 
MATcciino  Menóndez  l'clayo,  «in  emharjfo,  umi  la  voz  lúantrujña  vt\ 
el  mifOK>  «entido  en  que  noAOtroM  la  u^aniox,  e»  decir,  en  el  de  hu- 
pcntirión  6  cn^encia  vulgar,  Mentido  n*cto  de  la  i'XprcHiím.  •  Kn  la  isla 
de  fían  Miguel,  una  de  la>4  Azon*»*,  Hub^^i^^tc  la  nrruda  en  la  I  irán- 
iropía  (i  trannfin  niftri'.n  »//  Inonf/rrM  ni  loboa^  encanto  (|ue  >*e  «Ichhace 
por  la  efuiií/ín  •  ¡       i  HttperMtiri/m  fsmcowiH'XiWAiwtí  en  el  norte 

de  Kun>|m,  y  aiii    la  a>locó  Cervantcí<    en  hu  ¡'traUat.  *    ( llüítoria  íIc 
¿M  Hetfrfjtl/jxos  ErjKtñoim.J 


CAPÍTULO    XXXVI.  587 

fuesen  descubiertas  las  Indias  Occidentales,  es  decir,  antes 
de  que  las  gentes  del  Viejo  Mundo  viniesen  á  poblar  el  Nuevo, 
había  en  éste  brujos,  y  brujos  declaradamente  zoántropos. 
La  fantasía  humana  en  todas  partes  es  idéntica  y  en  todas 
partes  puebla  de  idénticas  invenciones  el  teatro  déla  vida ^^^. 

Entre  los  brujos,  como  en  todas  las  cosas,  hay  sus  diferen- 
cias cuantitativas.  En  substancia  todos  son  unos:  todos  tie- 
nen pacto  con  el  diablo.  Pero  el  diablo  puede  ser  más  ó  menos 
condescendiente  con  unos  que  con  otros.  O  bien  no  todos  ten- 
drán una  predisposición  natural  aparente  para  adquirir  la 
forma  y  hábitos  de  los  cuadrúpedos,  conforme  á  las  doctrinas 
de  la  ciencia  oculta,  que  en  este  particular  da  sus  razones 
para  demostrar  la  posibilidad  del  fenómeno,  cuya  existencia 
real  v  verdadera  admite.  O  muchos  se  contentarán,  como  las 
brujas,  con  transformarse  en  aves  nocturnas,  con  el  único  y 
principal  objeto  de  ir  á  banquetear  y  solazarse  con  su  cabrón 
en  algún  lugar  recóndito  é  ignorado  de  las  gentes.  La  dife- 
rencia estriba,  repetimos,  única  y  exclusivamente  en  la  cali- 
dad de  las  aficiones  y  en  el  mayor  ó  menor  j)oder  que  el  brujo 
recibe  de  su  confidente  y  patrono.  Así,  cuando  en  él  sobresale 
la  facultad  de  transformarse  en  cuadrúpedo,  es  brujo  por  ex- 
celencia. Por  eso,  hablando  de  los  indios  de  Nicaragua,  decía 
el  cronista  Antonio  de  Herrera  que  eví\n  grandes  hechiceros 
y  brujos,  porque  se  hacían  perros,  puercos  y  jimios^ '\ 

Brujos  y  brujas  que  se  convertían  en  animales,  tuvo 


(1)  Gonzalo  Fernández  de  Oviedo,  hablando  de  los  tejojcs  6  brujos 
zoántropos  nicaragüenses,  dice:  Y  esto  baste  para  que  se  entienda  la 
similitud  que  allí  tienen  las  obras  del  dia))lo  con  las  quél  mismo  lia  fecho 
é  hace  en  otras  partes  6  para  lo  que  toca  á  la  transformación  de  los 
hombres   en   animales.»    (Historia  General  y  Natural  de  las  Indias.) 

(2)  Décadas  de  Indias. 

39. 


588  srPKRSTU'ioNKs  i>i:i.  kío  ni'  t  \  ri  \r\ 

Mi'jiíx)  ^  .  A|Kirerían  en  loí^  montes  oonu)  liiinliro,  la  i\\w  de 
re[>eiite  v  instaniáiieaniontesi»  trasladaba  á  otro  lugar  lejano. 
El  Obispo  Fr..Iuan  de  Zuinárraga  tuvo  preso  á  uno  de  ellos, 
llamado  (Kvlotl,  y,  j>or  ser  nuiy  perjudicial,  lo  envió  a  Es- 
paña: jK'nlióse  la  nave  cérea  del  puerto,  y  no  se  supo  mils  de 
^1.  Fr.  Andrés  de  Olmos  metió  en  la  carecí  nn  discípulo  de 
Ocelotl,  el  cujU  decía  que  su  maestro  se  soltaba  dv  la  prisión 
cuando  quería,  dando  con  ello  á  entender  que  él  taml)ién 
sabría  hacerlo.  Luego  se  soltó  y  desapareció  ^-\  En  Cumana 
j  vertientes  del  Orinoco  convertíanse  ij^ualmente  en  tigres, 
|)erms  y  en  otros  animales.  Un  religioso  del  siglo  decimoc- 
tavo con  claro  ingenio  atribuía  el  becbo  de  (jue  se  trata  á 
meras  visiones,  obra  del  demonio  ((jue  representaba  aun  por 
entonces  todo  raro  extravío  de  la  mente),  y  argüía,  en  con- 
tra de  su  supuesta  realidad,  (pie  el  juicio  del  brujo  puede 
enfermar  y  el  de  los  circimstantes  subvertirse  hasta  el 
punto  de  creerse  a<juél  transformado  en  tigre  y  parecerles 
á  éstos  que  efectivamente  lo  están  viendo  con  los  ojos^^\ 
Entrtí  los  indios  de  Nicaragua  fueron  bimosos  los  tc- 
jojcft,  brujos  Z(nlntro]M)S  ^  .  Creían  ciegamente  en  ellos.  Ke- 


(1)  «Se  volvían  vn  nninuiltn,  que  (píTiiiiliémloIo  Dios,  y  ellos  Ijímo- 
rándolo)  el  rlcmonio  les  rfpreiM.'iital)a.  *  (  Fr.  .Juan  (lt>  Torqueinadii, 
Monarquía  Indiana, } 

'¿ )     Torqueiiuiíla,  Monarquía  Jndiatui. 

(3;  Historia  Coro{/rdfica,  Xalurai  y  Kvntujélica  de  la  Xucva  Anda- 
lucia  por  el  I'.  Fr.  Antonio  Oiulín. 

^  i )  «Tienen  ellos  lo-*  ¡n<lio'.  di*  N¡<*íO"i"ni  por  muy  uvitI^^ujuío  (|U»' 
( loft  brujon  ó  tejojejí)  se  transforman  en  1.  <!••  a(|ucll(>s  grandes  (que 

más  cierto  i*«  (l«'l)en  llamar  cocatricen ),  (}  en  perro,  6  en  tigre  6  le/in,  />  en 
la'  'roiiiiiiiii"  M»I  ellos  lo  quieren  lineer. »  í(í<»n- 

la.     ;     ..  \..    11.  II  nn<d  ¡I  Sntnnd  dr  las  Indias.) 

•  Knuí  ^  S  iH>rque  se  harían  [x-rms,  puercos 

y  limk/*.  •    '  .\ntonio  de  llfmTa,  IhcoáluM  de  IndiaM. ) 


CAPÍTULO   XXXVI.  589 

fiere  el  cronista  Oviedo  que  cierto  cacique  presentóse  un 
día  ante  el  conquistador  Luis  Farfán,  á  quien  con  su  par- 
cialidad estaba  encomendado,  pidiéndole  con  encarecimiento 
que  le  prestase  uno  de  sus  perros,  por  miedo  de  los  tejojcs, 
que  rondaban  su  casa,  con  intento  sin  duda  de  llevarse  uii 
liijito  que  tenía  y  devorarlo.  Rióse  Farfán  de  la  simplici- 
dad del  indio,  y,  apaciguándolo  y  haciéndole  ver  que  lo  que 
temía  era  imposible  que  sucediese,  lo  despachó  sin  el  perro. 
Volvió  á  su  casa  el  cacique,  y,  no  menos  temeroso  que 
antes,  tomó  de  los  brazos  de  su  mujer  al  hijo,  envolvióle 
en  su  manto  y  estrechándolo  contra  su  pecho  entregóse  al 
sueño,  rodeado  su  lecho  de  cinco  de  sus  vasallos  para  que 
lo  custodiasen  y  defendiesen  en  caso  de  que  los  tejojes  inten- 
tasen acometerlo.  Durmiéronse  todos,  y,  al  despertar  del 
primer  sueño .  .  . ,  ¡el  tierno  niño  había  desaparecido  de 
entre  el  manto  y  los  brazos  de  su  padre!  Los  desolados 
padres  acudieron  á  Farfán,  participándole  con  lágrimas  que 
los  tejojes  se  habían  llevado  al  niño  para  comérselo.  Pre- 
guntóles Farfán  cómo  sabían  que  eran  tejojes  los  que  se 
habían  llevado  al  niño.  —  «  Por  haberlos  visto,  le  respon- 
dieron ;  pues  rondaron  la  casa  la  víspera  del  día  en  que  vi- 
nimos á  pedirte  el  perro  para  que  nos  defendiese  de  ellos. 
Eran  dos  animales  grandes,  el  uno  blanco  y  el  otro  negro.  » 
Todos  andaban  de  una  parte  á  otra  buscando  el  niño,  con 
hachas  encendidas,  sin  encontrarle.  Pero,  poco  antes  de 
amanecer,  hallaron,  obra  de  dos  tiros  de  piedra,  algunos 
sangrientos  rastros  y  despojos  que  les  certificaron  más 
y  más  de  la  fatal  desgracia.  La  infeliz  madre,  tomando 
en  sus  manos  unas  piedras  verdes  como  esmeraldas 
que  el  niño  tenía  en  el  cuello  y  se  hallaron  junto  á  su 
casco,  besábalas  con  muchos  suspiros  é  dolor  de  su  CO" 


590  <irpKRSTiri»>NKs  dkl  río  de  i. a  im  \r\. 

raxóié  .  1  >ivía  despui's  el  caciqíUN  relirioiulo  el  hci-lio,  (jiie 
el  autor  ile  tamaña  inaUlad  no  era  otro  (jiie  un  ciertt)  vecino 
8uyo  (.*on  quien  estaha  enemistado,  el  cual  lialn'a  jurado  que 
le  comería  su  hijo. 

Genenil  fué  sin  duda  niniruna  esta  creencia  entre  todas 
las  generaciones  que  jH)blal)an  la  América  Central  (como 
lo  ha  sido  en  la  Meridional  v  en  la  del  Norte).  De  Gua- 
témala,  Honduras  y  Nicaragua  hablan  expresamente,  par- 
ticularizando circunstancias  curiosas,  el  Cronista  de  Indias 
Antonio  de  Herrera  y  el  Capitán  Francisco  Antonio  de 
Fuentes  y  (iuzman.  No  cabe  dudar  tam|)oco  (pie  el  en- 
canto de  los  tejojcs  de  Nicaragua  se  verificaría  por  los 
mismos  trámites  y  formas  (pie  el  de  los  na(/ualcs  de  Gua- 
temala y  Honduras  de  que  vamos  á  hablar  en  seguida. 

Si  todos  los  historiadores  y  cronistas  hubieran  tenido 
ocasión  de  ad(piirir  noticias  cabales  S(>l)rc  las  creencias  de 
las  diversas  generaciones  de  indios  que  poblaban  el  Nuevo 
Mundo,  de  seguro  no  halláramos  hoy  tanta  divergencia  en- 
tre una.s  y  otras  creencias,  por  más  distantes  que  se  halla- 
ren entre  sí  las  generaciones  que  las  poseyeren.  Todo  cuanto 
86  refería  á  los  naguales,  dice  Antonio  (le  I  lerrera,  sehacía 
muy  en  secreto,  y  los  sacerdotes  castigaban  á  los  que  te- 
nían la  ligereza  de  cí)ntarlo  •''^.  Este  rígido  secreto  era  la 
causa  que  ¡m|K)8Íl)ilitaba  á  los  nuevos  pobladores  de  cono- 
cer circunstanciadamente  y  con  propiedad  las  creencias  y 
rito»  de  los  pueblos  primitivos.  El  secreto  ha  sido  siempre 
uoa  condición  esencial  de  la  eficacia  de  las  virtíides  (pie  se 
atribuyen  a  las  cosas  de  magia,  y  |K>r  eso  la  ciencia  de  los 


( 1 )  Oviedo,  obra  dtada. 

(2)  iMcwiojí  de  IndUu. 


CAPÍTULO    XXX VI.  591 

magos  ha  sido  en  todas  partes  oculta,  esotérica,  poseída 
sólo  de  los  iniciados  en  los  misterios  del  culto  respectivo. 
Y  así,  todo  mago,  todo  sacerdote  de  la  gentilidad  primitiva, 
habla  poco  ó  nada  de  cosas  tocantes  á  su  ministerio. 

Llamaban  naguales  los  indios  de  Honduras  y  Guate- 
mala á  los  entes  (animados  ó  inanimados)  tutelares  de  su 
existencia  terrenal,  ó,  con  más  especificación  expresada  la 
idea,  aquellas  cosas  que,  correspondiendo  al  día  del  naci- 
miento de  una  persona,  constituíanse,  según  sus  formas  y 
propiedades,  en  ayuda  y  defensa  de  ella  en  los  trances  de 
la  vida,  en  virtud  de  ciertas  ceremonias  oportunamente 
ejecutadas  por  el  brujo  adivino,  sacerdote  ó  mago,  que  te- 
nía poder  para  invocar  al  demonio  ó  deidad  dispensadora 
de  ese  beneficio.  Nagual  equivale  á  compañero  ó  patrono 
de  la  persona  con  quien  estaba  invisiblemente  vinculado. 
D.  Justo  Zaragoza,  que,  al  dar  por  primera  vez  á  luz  la 
Recordación  Florida  escrita  el  siglo  XVII  por  el  capitán 
D.  Francisco  Antonio  de  Fuentes  y  Guzmán,  la  anotó  6  ilus- 
tró con  vocabulario  y  datos  geográficos  y  biografieos,  su- 
pone que  el  término  naguales  úgm^iQ^  «  hechiceros,  encan- 
tadores ó  adivinos  por  el  influjo  de  los  astros. »  Pero,  tanto 
de  la  obra  de  Fuentes  y  Guzmán,  como  de  las  Decadas  de 
Herrera,  resulta  con  toda  evidencia  que  la  verdadera  sig- 
nificación de  aquel  vocablo  no  es  sino  la  que  nosotros  he- 
mos consignado  en  la  definición  que  precede  á  esta  del 
anotador  á  que  nos  referimos.  Los  encantadores  y  adivinos 
délos  indios  de  Guatemala,  Honduras,  etc., eran  los  ahquics 
ó  sacerdotes,  en  cuvas  atribuciones  entraban,  como  sucede 
en  todos  los  pueblos  primitivos,  cuantas  operaciones  ó  mi- 
nisterios encierra  la  magia.  Tenía  el  agorero  una  plantilla 
ó  calendario  en  que  estaban  consignados,  por  su  orden,  los 


592 


SUPERSTICIONES  DKL  RÍO  DK  I.  A   II  A  lA. 


diversos  objetos  correspoiulientes  ;í  caila  uno  di  los  días 
del  mt»:*.  Fuentes  y  Cíuzínán  da  noticia  eiivunstanciada  df 
uno  que  se  tomó  á  un  viejo  adivino  de  (luateniala.  Los 
meses  del  año  tienen  en  el  calendario  susodicho  treinta  y 
treinta  y  un  días,  como  en  el  gregoriano;  lo  iiue  dcnuiestra 
que  fue  arreglado  al  modo  de  contar  de  los  cristianos,  pues 
los  meses  de  los  indios  sólo  eran  de  veinte  días.  La  cosa 
registrada  en  el  «dendario,  fuese  animada  ó  inanimada,  era 
el  tiaguai  del  recien  nacido,  ó,  como  nosotros  diríamos  res- 
pecto de  nuestro  almanaque,  el  santo  de  su  día.  El  indio 
convertíase  en  el  animal  \i  objeto  que  representaba  su  ?m- 
pual,  cuyas  fonnas  ó  cualidades  naturales  le  servían  de  de- 
fensa en  las  ocasiones.  El  león  le  daba  su  fuerza  y  valen- 
tía, la  víljora  su  veneno,  etc.  Convertido  en  piedra  ó  |)al(), 
desaparecía  su  figura  á  los  ojos  de  su  enemigo  ^^^.  El  día 
del  nacimic^nto  de  la  criatura  daban  de  ello  aviso  al  ago- 
rero. Iba  éste  en  tiempo  o}K)rtuno  á   la   casa  donde  había 


(1/     lie  Hijuí  la  plaiililla  (le  enero,  que  inserta  <ii  su  ol)ra  FuenícB 
j  Guzmán: 


DtMM. 

k  prla«ro 
kém 
X  tm. 
X  caatn»... 

XmI. 
XiM* 

X 
X 

X4in 
X  «oe» 
X4» 

X 

x< 


Saguaka. 


Dios. 


NaguaU*. 


X  tea  f 


I^.'n. 

k 

á\n.  7  «iete. . 

Flecha. 

r.l.  »,ra 

k 

dici  7  ficho. 

i:-. ..»,«, 

V  -   i-.-i 

\ 

Mtf.  7  nuí'vi- 

1  ..;i«'. 

I     ' 

\ 

vi'inti'. 

rololiiior.llo. 

- 

k 

rrhitiiM  . 

Fiauía. 

' ,'    '  ■  / .  . 

k 

Trii,- 

ChalrhiKit. 

I 

X 

«"■K  rro. 

.\ 

1     ..  .'O. 

'•; 

\ 

ChtiiitAn  ((]U«  r»   ptro), 

11  ,-. 

A 

Ibjurii. 

V«-n«í|o. 

X 

▼•1' 

rariialxfn. 

iiu»emtn»jo. 

.( 

n 

>-\in. 

A 

i'if  ra  gallinaro), 

Hapo. 

k 

imiiui 

(4a«i 

CAPÍTULO    XXX VI.  593 

nacido  el  niño.  La  madre,  con  él  en  los  brazos,  se  lo  pre- 
sentaba. El  mago,  con  muchas  ceremonias,  á  espaldas  de  la 
casa,  invocaba  al  demonio,  quien  se  le  aparecía  en  la  figura 
de  SQ  nagual,  es  decir,  en  la  figura  del  animal  ó  de  la  cosa 
correspondiente  al  día  del  nacimiento  de  la  criatura.  El 
mago  entonces  recomendaba  al  demonio  el  infante,  pidién- 
dole que  lo  cuidase  y  lo  defendiese  en  los  peligros.  Tomaba 
la  mano  del  niño  y  la  ponía  sobre  el  nagual  (león,  piedra, 
hoja,  flor,  culebra,  escoba,  palo,  tigre,  gusano,  etc.,  que  acu- 
diera al  llamamiento  del  mago),  en  señal  de  reconocimiento 
y  amistad.  Así  terminalja  la  consagración  del  nacimiento 
de  la  criatura  en  orden  á  su  nagual  ó  patrono.  Los  pa- 
dres del  niño  debían  sacarlo  todos  los  días  al  mismo  lugar 
de  la  ceremonia,  donde  volvía  á  aparecérseles  el  nagual;  á 
fin  de  que,  familianzándose  con  él,  le  perdiese  el  temor  y 
anduviese  siempre  en  su  compaña^'  .  La  existencia  de  la 
persona  del  indio  quedaba  tan  vinculada  á  la  del  nagual, 
que,  muerto  el  animal  (¡ue  lo  constituía,  moría  el  indio. 
Herrera  difiere  en  el  modo  de  explicar  el  horóscopo.  Ibase, 
dice,  el  indio  al  río,  monte,  cerro  ó  lugar  más  escondido. 
Convocaba  al  demonio.  Sacrificaba  algún  cuadrúpedo  ó 
ave.  Dormíase  (probablemente  en  fuerza  de  fumigaciones  ó 
inhalaciones  y  unturas,  como  los  brujos  y  adivinos  y  ma- 
gos en  general),  y  en  sueños  ó  despierto  veía  alguno  de  los 
animak^s  cjue  había q  de  ser  compañeros  y  guardadores,  6 
sea  naguales  de  su  persona,  y  le  pedía  que  le  {)rotegiese  y 
ayudase  en  los  negocios  y  ocasiones  dv  la   vida.  Sacábase 

(1)  Historia  de  Gunlemnla  ó  Recordación  Florida  escrita  el  siglo 
XVn  por  el  Capitán  D.  Friineisco  Antonio  de  Fuentes  y  (luzmán, 
pnl)l¡c;ula  por  primera  vez,  eon  notas  é  ilustraciones,  por  I).  Justo 
Zaragoza.  Matlrid,  1883. 


594  SDI»KRSTU'IOXt>5  DKL  lU'o  PE  LA  PLATA. 

sangre  de  la  loiijíiia,  dv  las  orejas  6  de  eiialijuiera  otra  |)arte 
del  cuer|>o,  y  ivlebnilm  su  paeto  de  alianza  con  el  aniínal 
que  se  le  había  apareí'ido,  quien  decíale:  —  «Tal  día  irás  á 
caza,  y  el  primer  pajaro  ó  animal  (pie  vieres  seré  yo,  que 
seré  tu  naifttaly  compañero  en  todo  tii'mpo»^^^ 

Después  de  decir  (pie,  ruando  moría  el  auardador  ó 
compañero  (el  nagual),  «  también  moría  el  indio  (pie  es- 
tal»a  con  él  prendado,  >  añade  Herrera:  «y  esto  se  vio 
muchas  veces,  y  tenía  por  cosa  verdadera.  »  Cuenta  (pie, 
yendo  de  camino  un  soldado  Franeiseo  Hernández,  anoche- 
cióle cercji  de  un  arroyo,  donde  se  «piedó  á  dormir  con  el 
arcidjuz  á  la  Cíil»eci»ra.  A  media  noche  comenzó  á  ladrar  un 
perro  que  llevaba;  y  tanto  le  iinj^ortunó,  (pie  se  levantó  á 
ver  lo  que  era,  y  vio  un  león  subido  y  ai;aehado  en  un  ár- 
bol, aijos  ojos  relund)raban  como  fuego.  Encaró  el  arca- 
buz y  dióle  en  una  espalda.  Nada  de  esto  se  sabía:  ]^ero  el 
cacique  de  Finiera,  en  Honduras,  se  hal)ía  levantado  nuiy 
triste  y  vuelto  á  echar  en  la  hamaca,  sin  (pie  mal  ali^uno 
le  aipiejanL  Llamando  á  los  principales  de  sus  vasallos,  les 
dijo  en  secreto  que  pronto  hal)ía  de  morir,  ponpie  le  ha- 
bían herido  de  muerte  al  león  que  le  patrocinaba,  y  que  lo 
enternisen  en  un  monte  con  música  de  cuernos,  flautas  y 
caracote»,  y  que  comiesen  y  no  llorasen.  A  la  noche  mu- 
rió. Luego  hallaron  muerto  al  le('>n  (jue  Francisco  Hernán- 
dez hiriera  de  un  arcabuzazo  ' . 

Por  el  año  de  lsr>7  ajiareció  en  Tatutí  de  Entre  Ríos 
( paraje  \\á  denominado  |)or  el  arroyo  de  ese  nombre  (pie 
dcHagua  en  el   M(K*oretá  )  un   indio   misionero,  viejo,  (jiir 


f\)     I  df  ¡ndioM. 

fir    IndiOM. 


CAPÍTULO   XXX VI.  595 

luego  se  dio  á  conocer  como  brujo.  Llamábanle  Pay  Viejo. 
Paí  (pay  castellanizado )  es  vocablo  guaraní,  que  significa 
persona  grave  ó  venerable,  anciano,  hechicero,  mago.  Pay 
Viejo  curaba  con  yuyos  (hierbas)  y  remedios  simpáticos 
y  hacía  otras  cosas  extrañas.  Estaba  de  peón  en  una  es- 
tancia, á  la  que  habían  llegado  de  diversos  puntos  varias 
tropas  de  ganado.  El  dueño  de  la  estancia  entresacó  ( cuen- 
tan )  de  todas  ellas  los  animales  mochos,  de  los  que  había 
crecido  número,  y  mandó  que  los  aquerenciaran  en  un  lu- 
gar determinado  del  campo.  Para  el  efecto  empezaron  por 
encerrarlos  en  un  corral.  Pay  Viejo  dijo  á  su  patrón: 
—  «  Xo  hay  necesidad  de  mortificar  á  estos  animales.  Yo 
los  voy  á  aquerenciar  en  seguida,  sin  privarles  de  la  liber- 
tad, ni  andarlos  persiguiendo.  »  Pay  Viejo  se  fué  al  lugar 
donde  se  le  había  mandado  que  parase  el  rodeo:  cortó  las 
ramas  de  cuatro  árboles ^^^  próximos  entre  sí:  descortezó 
los  troncos  privados  de  ramas:  mató  un  toro,  y  enterróle 
en  medio  á  los  cuatro  árboles  descortezados  y  sin  ramas 
(operación  ejecutada  con  el  fin  de  que  los  árboles  se  seca- 
sen ) ;  y  luego  arreó  el  ganado  mocho  hacia  el  lugar  donde 
había  hecho  todo  esto.  El  ganado,  aunque  extraño  al  campo 
y  aunque  procedía  de  diferentes  lugares,  olvidando  sus 
querencias,  quedó  todo  reunido  en  donde  estaban  aquellos 
árboles  y  toro  muertos.  De  entonces  más  allí  paraba  vo- 
luntariamente, aquella  fué  su  querencia.  Pay  Viejo  era 
amigo  de  los  animales.  Jugaba  con  las  víboras,  y  si  encon- 
traba alguna  enojada,  porque  la  estaban  persiguiendo  ó  {)or 
otra  causa,  le  hablaba,  la  aquietaba  y  hacía  que  se  fuese 


(1)     Entre  Ríos  es  muy  montuoso.  Hay  estancias  (muchas)  en  las 
que  todo  está  poblado  de  árboles  silvestres. 


"í  SrPKKJ^TICIOXES  DKL  lUO  DK  LA  PI^\TA. 

inmune.  Ilahía  á  la  sa/óii  iniiclios  tii^res,  y  por  rl  hv^wv 
más  fn*tHientailo  dr  rllos  cimstriiyó  7'fí//  T/V/o  un  chi- 
quero (ci)rral  de  ovejas).  Allí  puso  sus  ovejas.  Los  tigres 
pnsaiban  de  noche  jH)r  allí,  y  lu»  hacían  nada  á  sus  ovejas. 
Aniansidm  Pat/  l'itjo  h)s  baguales  ó  potros,  hahiándoles 
y  nüml)níndolos  j)or  su  pelo.  Un  día,  en  tiempo  de  guerra 
civil,  il)a  Pay  Viejo  j>erseguido  di'  unos  cuantos  de  sus 
ctnitrarios.  Paij  Viejo,  (jue  huía  por  lo  más  cerrado  del 
monte,  acierto  á  pasar  junio  á  un  tii^rc  <pic  cstaha  devo- 
rando una  carniza.  El  tigre,  continuando  tranquilamente 
8U  comida,  dejó  pasar  al  fugitivo,  como  si  nada  huhicra 
visto.  No  tardó  en  presentarse  en  el  mismo  sitio  uno  de 
los  que  seguían  las  pisadas  de  Paij  I  icjo.  El  tigre,  así  que 
vio  al  j>erseguidor,  le  echó  la  zarpa,  despedazándolo  en  iin 
abrir  y  c(»rrar  de  ojo.s.  Los  demás  perseguidores  de  Paij 
Viejo,  escarmentando  en  cabeza  ajena,  volvieron  las  espal- 
das á  tan  fiero  luchador.  Los  vecinos  de  Tatutí  no  andu- 
vieron acordes  en  la  explicación  de  este  admirable  acci- 
tlente.  Ix)s  más  estaban  persuadidos  de  que  Paij  Viejo, 
viéndose  ya  á  punto  de  caer  en  manos  de  sus  enemigos,  se 
había  nnida<lo  en  tigre;  pues  era  fama  íjue  tenía  el  ¡uxler 
de  transformarse  en  bestia  por  arte  de  brujería.  Algunos, 
sin  endiargo,  entendían  (pie  no,  teniendo  j>or  más  probable 
que  el  tigre  no  rjuiso  dañarle;  pues  se  decía  (pie  P<ni  Viejo 
había  {Kisado  adelante,  cuando  se  encontró  con  la  íiera  ocu- 
pada en  Cfinier  un  jN*dazo  de  c¡n'ne  de  algún  animalejo  (pie 
había  pillado  en  el  monte.  Creencia  es  Asta  muy  semejante 
á  la  de  los  indios  de  la  AmMca  Central  res|)ecto  de  los 
naguales.  Pay  Viejo,  á  quien  mejor  cuadraría  el  nombre 
de  Aynard  Viejo  (es  decir,  Z(frro  viejo),  era^hombre  (pie 
hablaba  poco,  y  lo  ¡lOCo  que  hablaba,  lo  decía  en  voz  baja 


CAPÍTULO    XXXVI.  597 

y  con  medias  palabras,  metafóricamente  por  lo  regular,  y  á 
veces  en  términos  enigmáticos,  siempre  grave.  Saljía  muy 
bien  Pay  Viejo  que  el  pez  por  la  boca  muere. 

Nuflo  de  Chaves,  en  la  Asunción  del  Paraguay,  salió  á 
principios  del  año  de  1550  al  castigo  de  los  tupíes  del  Bra- 
sil, que  acababan  de  cometer  nuevos  insultos  en  las  pose- 
siones españolas.  Reprimiólos  con  fuerte  mano ;  y  regresaba 
victorioso,  cuando  hubo  de  ser  destrozado  por  los  morado- 
res indígenas  de  Peabiyú,  quienes,  instigados  por  Cuti- 
guará,  mago  famoso,  elocuente  y  audaz,  acometieron  con 
gran  vocería  y  furia  á  los  españoles,  que  no  esperaban  se- 
mejante alzamiento.  El  denuedo  y  pericia  de  Nuflo  de  Cha- 
ves y  sus  compañeros  le  concedieron  también  la  victoria 
en  este  trance,  repeliendo  el  asalto  y  pasando  por  el  filo  de 
sus  espadas  á  los  arriscados  bárbaros,  muchos  de  los  cua- 
les, con  el  espanto  que  les  produjo  el  furor  de  la  pelea,  se 
arrojaron  á  un  río  cercano,  donde  perecieron  ahogados. 
Cidiguard  les  infundiera  aliento  y  bríos,  prometiéodoles 
el  triunfo,  que  no  podía  dejar  de  obtenerse  regidos  por  tal 
caudillo,  quien,  para  dar  alcance  á  los  españoles,  se  con- 
vertiría en  onza:  para  arrancarles  las  entrañas,  en  tigre;  y 
para  devorarlos  y  beberles  la  sangre,  en  fiera  hambrienta 
y  hostigada  por  la  sed^^^.  Los  secuaces  del  caudillo  que 
de  tal  manera  les  asegurara  el  buen  éxito  de  la  empresa, 
no  vieron  sino  correr  sangre  de  sus  venas,  á  vista  del  brujo 
zodntropo,  que  se  esperaban  ver  transformado  en  onza 
veloz  y  en  tigre  carnicero. 

La  supersticiosa  antigüedad  creyó  que  los  hombres  pudie- 


(1)     El  P.  Lozano,  Ilisloria  de  la  Cowiuisfn  del  Pamuuan,  Uio  de 
la  Plata  ij  Tucunu'ui. 


598  SÜPKRSTICIONES  DEL  RÍO  DK  IJl  TI  ATA. 

son  lnui!íforinarso  vn  aiiimalos''  .  Los  hediiceros  y  luiijos 
íi|xii\»iUaluin  jx»seorí*l  lio»  y  el  stnvto  do  ojocutar  las  trans- 
inutaoioiu^.  Fórmulas  y  unixüriitos  iTan  el  nunlio  de  (jue  para 
ello  se  valían  ^'-^  lUirlóse  de  ellos  la  discreta  filosofía.  Lucio 
A|nileyo,  imitador  de  Luciano,  filósofo  eomo  el,  y  doeto  eseri- 
tor  de  los  comienzos  de  nuestra  era,  habiendo  aprendido  en 
Ttsalia  las  artes  mágicas,  lí  intento  de  utilizarlas  en  cosas  de 
amenidad,  sinmló  la  idea  de  ambicionar  la  conveniencia  de 
troairse  en  buho  o  en  otra  cualquiera  ave,á  fin  de  salirvolando 
á  la  par  de  cierta  hechicera,  cuando  le  pluguiere,  por  una  ven- 
tana de  su  casji.  Mas, en  lugar  de  un  ungüento,  le  aplicaron,  |>()r 
equivocación,  otro,  cuya  esencia  dio  por  resultado  que,  antes 
que  en  ave,  qucnla-se  convertido  en  asno.  De  resultas  tuvo 
Apuleyo  que  sufrir  largo  tiempo  todo  lo  que  de  ordinario 
sufre  un  asno,  hasta  que  un  día,  comiendo  rosas  (según  ya 
estaba  prinlicho),  volvió  á  ad(piir¡r  su  forma  primitiva^ '^ 


(1)  I>a  ¡«lea  de  que  los  hombres  pueden  transformarse  en  animales 
ct  oríi^naria  ile  la  anti^üetlad  luim  remota.  Creíase  (|ue  determinadas 
pemonatt,  gozando  <le  un  privile^^io  snhpnalura!,  tmían  la  facultad  de 
mlterar  y  modifícur  la  naturaleza,  obediente  ú  sus  mandatos.  Los  adi- 
▼inoft.  en  Grecia,  eiicantiihan  la<<  üerpicntes,  como  los  jmhs  de  los 
al  -4  de  Púríum  y   de  la  Libia,  y  hasta  podían  metamorfosear 

lo-  li  -iiii>n*M  en  cuerpos  de  animales.  (Maurv,  Íai  Mikjíc  et  V Astroloyic.) 

Tanbi^o  mUu  ponzoñas  producidaii 
Rn   T  '.  rlJI  drllai. 

D*     -  ilM 

Y  Tuplto  ra  lotw  á  M«TÍ«  Ti  con  cllan : 
Al  Mcria,  que  Uu  vidat  fviK'ddaa 
iUdiiea  á  vrr  la  luí  d<>  laa  otirdlaa. 
Vr  •  r  la  mar   ; 

Y  «  lufiii  i  •.. 

,1  d<-  Virgilio,  trad.  por  Fraj  I.uii  de  Ixntn.) 

i;  />!  MttamnrfoniM  d  el  A»ni>  de  Ora  de  Lucio  Apuleyo.  Tra- 
áüyÁP  k  6nr»  did  XV  «itrio  el  arr«<<liano  de  Sevilla  Diut^  J/ípez  de 
(*ortaKana.  (I  '•//,  Madrid.; 


CAPÍTULO    XXXVI.  599 

Püdío,  que  hace  una  breve  referencia  del  licántnjpo 
(versipelles),  se  asombra  de  que  los  griegos  hayan  llevado 
su  credulidad  hasta  el  punto  de  tragarse  la  especie  de  que 
un  hombre  pueda  ser  convertido  en  lobo,  para  volver  luego 
á  tomar  su  forma  primitiva.  El  origen  de  tal  preocupación 
explícale  de  este  modo.  Cierto  sujeto,  en  Arcacha,  conducido 
fatalmente  al  borde  de  una  laguna,  determinó  trasladarse 
á  la  orilla  opuesta.  Desnudóse,  colgó  su  ropa  de  una  encina 
y  pasó  á  nado  la  laguna.  Hallóse  en  campos  desiertos,  so- 
lamente habitados  de  alimañas,  convertido  en  lobo.  Juntóse 
con  otros  lobos,  y  vivió  entre  ellos  nueve  años.  Quiso  la 
suerte  que  durante  este  lapso  de  tiempo  no  apareciese  por 
alK  hombre  alguno,  ó  no  lo  viese  el  lobo  hechizo.  Por  una 
ú  otra  causa,  no  comió  este,  mientras  fué  animal  bravio, 
carne  humana.  Gracias  á  ello,  tornó  el  licántropo  á  su 
figura  primera  de  hombre.  Vuelve  á  la  vera  de  la  lagima, 
arrójase  al  agua  y  pasa  á  la  orilla  opuesta.  Al  pisar  de 
nuevo  la  tierra  que  le  conociera  hombre,  recobra  la  forma 
humana  ^  ^  \ 

Herodoto,  Platón  y  otros  historiadores  y  filósofos,  así 
como  algunos  poetas  de  la  antigüedad ^-\  hablaron  también 


(1)  C.  Plinü  Secundi  Natnralis  Hisiorice  líber  VIH. 

(2)  «Las  fábulas  de  las  transformaciones  mágicas  de  los  hombres 
en  bestias  son,  por  lo  menos,  tan  anti?,uas  como  los  más  anlii¡,uos 
poetas  cuyos  escritos  nos  han  quedado.  Kn  Homero  y  en  Ilesíodo  se 
leen  los  compañeros  de  Ulises  transformados  en  brutos  por  los  en- 
cantos de  Circe,  y  Scila  convertida  en  escollo,  para  venixar  en  ella 
los  desdenes  de  Glauco.  A  los  poetiis  creyó  esta  fábula  la  turba  del 
gentilismo,  y  tle  la  turba  del  gentilismo  se  propagó  al  vulgo  de  la 
cristiandad.  Esta  errada  creencia  venía  á  ser  como  consectario  ó  se- 
cuela de  la  teología  pagana;  porque,  como  en  ésta  eran  venerados 
como  deidades  los  demonios,  se  atribuía  al  demonio  el  poder  que  es 
privativo  de  la  deidad.  Sólo  el  supremo  dueño  de  la  naturaleza  pucíic 


iiOO  8UI»KltóTIC10NK8  DEL  KÍO  DK  I^\  PLATA. 

iná¿5  ó  menos  clara  y  siTÍanu'iito  de  lieánt ropos.  1^1  eiiento 
de  la  laguna  eiieaiitada,  ivforiilo  por  IMinio,  y:i,  antes  (pie 
fl,  lo  eoiitara  Mareo  Vurrón,  repitiéiuloK)  después  asimismo 
Plauto,  Ovidio,  Virgilio,  iVopereio,  ete.,  y  hasta  el  glorioso 
|mdre  de  la  Iglesia  San  Agustín,  <ju¡en,  eonstreftido  de 
inuciios  que  como  testigos  oculares  6  de  propia  experiencia 
lo  U*stiticjiban,  atribuía  las  transnuilaeiones  de  hombres  en 
iK'stia.**  á  virtud  ilivina  en  unos  casos  y  á  prestigios  del 
demonio  en  otros '^l 

Pom|)On¡o  Mela  presenta  á  los  nritros  dotados  <lc  la 
fncnitad  de  transformarse  en  lobos.  *.  Cnal<piiera  de  los 
neums,  dice,  tiene  tiem|>o  señalado  (mi  (|ii(*  puede,  si  ansi 
fuere  su  gusto,  tnuisformarse  cii  lol)o,  y  volverse  después 
u  »u  forma  primera»  "  .  Mela,  (pie  tom(')  de  IMinio  la  es- 
|Mi-ic,  no  hizo  más  (pie  repetir  lo  (pie  ya  en  su  época  era 
genend  creencia.  Ivos  ncurox  eran  pueblo  dr  la  Escitia 
eiirojR'íi,  hoy  Livonia,  asentada  á   orillas  del    mar   IJaltico. 


eiecuUir  i*enM'jantet*  triint*formac¡oiH's.  A«í  leemos  como  mninvilinH  de 
ui    '  ti*  la  f  tríin-formaciÓM)  <!<'  la  mujer  dr  Loth  en  es- 

Iji  NabucíMloiioHor  en  Ixiey.  Como  1í)s  j^enlües,  pues, 

at  al  (Iciiioiiio  autoridad  divina,  le  creían  eapiiz  de  hacer  estos 

pr  6  por  t>í  mHino  inmediatamente,  d  tomando  por  iiiHtrumentos 

á  ma^ut.  Ija  tierra  humilde  del  vul^o  i^  de  tan  huena  eondici^m 
para  trmiiplanUinic  á  ella  las  patrañas,  (pie  las  da  aiinHMito  y  das) 
oociier%'a,  nun  M^panulas  de  las  raíces,  (¿uicro  d(*c¡r  que  aun  extin- 
KukUa  Aquellas  drx'trinaA  emidan  que  dieron  ocaAÍ('>n  á  la  produi'ciAn 
d<    •   .  '  '  ,     '  f;m   eii   rl    vulj^o.»    iVr.    IÍíiííIo 

J.  sij     f)i-r,   -t»lirr    Ti'diisíurntiifin- 

11/        -  ■  ' 

{1}    [}.  Jtiaepe  Antonio  (ioiizáJez  de  Halas,  comento  y  diticrijición 
rti  '  '  ''     *"  '        '  I  o  I    líislóriro   tlrl    Orl^r 

,1  /    < -rril;!     por     PiiiniMHiio 

M 
{'¿)    'inuíwxutu  eilada  de  *íum:\h:  («on/ález  de  Suhis. 


CAPÍTULO    XXXVI.  601 

Fué  creciendo,  entre  la  obscuridad  de  los  tiempos  medios, 
la  persuasión  de  que  en  las  regiones  septentrionales  de 
Europa  hal)ía  encantos  á  favor  de  los  cuales  se  transfor- 
maban los  hombres  en  lobos.  De  ahí  nació  que  Cervantes 
poblase  de  licántropos  á  Noruega  en  su  novela  de  Pórsiles 
y  Sigismunda. 

El  origen,  empero,  de  la  creencia  de  que  se  trata,  es 
mucho  más  general  y  más  antiguo  que  el  que  Plinio  le 
atribuye ^^'.  El  licdntropo  no  representa  sino  una  de  las 
multiplicadas  formas  de  la  zoantro}')ía.  Sólo  que  la  lican- 
tropía  vino  á  ser,  digámoslo  así,  la  forma  clásica,  la  que 
preponderó  en  Europa,  la  que  hizo  casi  olvidar  todas  las 
demás  de  que  se  revistiera  el  zoántropo.  La  zoantropía  fue 
sin  duda  alguna  uno  de  los  primeros  frutos  de  la  supersti- 
ción, hermana  de  la  ¡primitiva  ignorancia  de  las  sociedades 
humanas.  Con  la  supei'Stición  vino  al  nnmdo  el  hechicero, 
que  es  su  ministro,  su  intérprete,  su  representante.  Facul- 
tad peculiar  del  brujo  es  la  de  transformarse  en  bestia,  y 
el  hechicero  la  tiene  para  comunicar  á  otros  su  virtud 
transmutativa.  Que  ha  podido  transformarse  en  lobo,  no 
hay  duda,  así  como  de  que  pudo  adquirir,  cuando  le  ha 
convenido,  la  figura  de  perro  ó  de  zorro,  la  de  tigre,  gato, 
león,  pantera  ú  onza,  la  de  cabra  ó  de  toro,  la  de  cerdo  ó 
jabalí. 

La  manía  lupina,  melancolía  de  ciertas  gentes  que  en 
la  edad  media  v  en  la  moderna  se  juzi^aban  transformadas 

%l  Jo 

en  lobos  y  las  inducía  á  salir  al  aimpo  y  andar  por  él  va- 


(1)  D.  Maníclino  ^ícniMidoz  Pclayo  (y  ooino  (A  otros  liistoriadons) 
atribuye  en  especial  á  las  brujas  de  Tesalia  el  poiK'r  de  la-  fian-for- 
maciones, en  su  Historia  de  los  Heterodoxos  Españolea. 


002  SUPERSTICIONES  DEL  RÍO  1>E  L.\  PLATA. 

gando  en  manadas  como  fieras  y  aullando  y  ladrando  v 
atn>pellando  á  los  transeúntes,  nació  inmediatamente  de  la 
orei»nc¡a  en  brujos  I  i  can  tropos.  Mas  la  tu  n  nía  lupina, 
como  forma  de  la  zoantropia,  trae  orillen  de  tiempos  más 
remotos.  El  so1ktI)Ío  Nahueodonosor,  |K)r  eastigo  del  eielo, 
pideció  dunnite  siete  años  esta  terrible  enfermedad.  Perdí*'» 
la  razón,  manifestando  instintos  <^  iiulinaeiones  de  fura, 
huyendo  de  la  soeiitlad  y  yéndose  á  vivir  como  bestia  sal- 
vaje en  los  desiertos  y  en  los  bosques ^^l 

Ya  Si'  considere  la  st)la  creencia  en  iransniutaciones  de 
seres  humanos  en  bestias,  ya  el  género  de  locura  (|ue  de 
ella  se  origina,  así  el  error  como  la  dolencia  ofuscaron  y 
aquejaron  á  latinos  y  griegos,  antes  qui;  á  ellos  á  los  pue- 
blos de  Oriente  y  con  posterioridad  á  los  de  Europa.  Las 
80cie<lades  humanas  padecieron  en  todas  partes  idénticos 
extnivíos.  Teníalos  necesariamente  el  Nuevo  Mundo  al 
tiem{M>  del  dt*scubr  i  miento.  Hallólos  la  conquista  en  los 
bohíos  y  tolderías  del  .salvaje  y  en  los  imperios  del  Inca  y 
de  Motezuma.  Después  de  la  conquista,  vióseles  retoñar  en- 
tre los  nuevos  pobladores  en  campos  y  ciudades. 

Un  furor  parecido  al  que  aquejara  al  juxleroso  cuanto 
envanecido  rey  de  Nínive  y  de  Jjabilonia,  |)adecieron  cier- 
tos indios  del  Nuevo  Mundo.  Cuentan  las  relaciones  his- 
toriales de  los  misioneros,  cjue  había  en  las  regiones  que 
vierten  al  Paraná  y  Uruguay  una  ¡)arcialidad  ó  c^istii  de 
ind¡í>s  en  cuyos  cueq>os  como  que  se  introducía  de  vez  en 
cuando  «'I  espíritu  maligno,  arrastnnnlolos  a  ejecutar  cosas 


I  L/i  l'roferta  de  ífaniri,  Cap.  IV,  vithÍcuIo  13,  y  notii  rcHiMH!- 
lira  (Id  OhUfM  I>.  Félix  Torre»»  Ainat  en  hi  Satjnula  Itihlia  irculu- 
eida  de  ¡a  l'uiffaia. 


CAPÍTULO  xxxvr.  603 

inauditas  y  á  penetrar  en  los  pueblos  á  modo  de  perros  rabio- 
sos y  hacer  en  ellos  carnicerías.  De  repente  se  apoderaba  de 
tales  indios  un  furor  irresistible,  y  con  su  arco  y  flechas, 
bramando  como  tigi*es  ó  como  toros,  mata])an  á  la  gente  y 
se  comían  á  los  muchachos.  Solían  andar  vagando  de  no- 
che por  los  campos  como  locos  ó  borrachos,  tomaban  bra- 
zas de  fuego  en  las  manos,  sin  quemarse,  y  las  llevaban  á 
la  boca  y  se  las  engullían,  sin  que  les  hiciesen  daño.  Pa- 
sado el  furor,  quedaban  tranquilos,  sin  meterse  con  nadie, 
diciendo  que  no  sabían  qué  era  aquello  que  interiormente 
les  movía  á  ejecutar  cosas  semejantes.  Llamábanles  apí- 
cairés,  que  quiere  decir  howihve^  protervos  6  sin  discurso -^K 
El  licántropo,  pues,  que  de  Euroj^a  se  traslado  con  los 
nuevos  pobladores  al  continente  de  Colón,  ha  podido  pa- 
sar á  ser  zodntropo  con  facilidad  en  su  nuevo  domiciHo. 
Al  pisar  las  playas  del  Nuevo  Mundo,  se  encontró  de  manos 


(1)  El  r.  .Viitonio  Kuizdc  ^lontova,  Conquista  Kt^pi ritual  del  Pa- 
raguay, Paraná,  Uruguay  y  Tape. 

« Dudoso  es  de  creer,  y  yo  confieso  que  lo  tuve  por  patraña ;  pero 
desengañóme  la  experiencia  que  uno  en  mi  presencia  hizo,  mascando 
terrones  encendidos  como  un  terrón  de  azúcar, »  (Ruiz  de  Montoya,  en 
la  obra  citada.) 

« Causó  en  el  padre  ( rector  de  la  reducción  de  San  Cosme  y  San 
Damián)  espanto,  como  temor  en  los  demás,  que  con  él  estaban,  por 
saber  ya  las  calidades  destos  ministros  de  Satanás  (de  los  apicairéa). 
Pero  pasó  de  largo  (el  apicairr  ),  sin  hacer  daño  alguno.  Dijeron  los 
indios  al  padre:  —  «Déjale  ir,  padre;  ([ue  luego  se  le  quitará  acjuel 
furor. »  El  padre,  á  la  noche,  sabiendo  que  estaba  ya  quieto,  lo  mandó 
llamar  y  le  preguntó  ¿cómo  hacía  aquellas  cosas,  y  comía  fuego  y  lo 
traía  en  las  manos  sin  (lucmarse?  El  dijo  al  padre  que  no  siempre 
hacía  aquellas  cosas,  sino  á  temporadas.  ^  (Xoticia  de  alguHoa  Pe- 
duccioncs  'de  la  Compañía  de  Jesús  en  las  Provincias  de  Paraná  y 
Uruguay  por  el  Padre  Provincial  Diego  de  l^oroa :  1()37,  ins(>rta 
en  la  Ucvista  del  Archico  (¡i ncral  de  liuenos  Aires  por  D.  M.  K. 
Trelles.) 

40. 


1*04  5iUI*Ei:sTIClONKS  DKL  Río  DK  LA    l'I.ATA. 

á  Ihhsi  1*011  im  i'olinjji  (|iir  \v  (U'jal)a  muy  ntras  oii  lml)¡li- 
ilaiU's  V  aiiliniiento.  En  toila  la  Anu'rica  Moridional  Imlu) 
tO(intropo:<.  En  totlas  las  cD^tas  (le  rila,  ha  nadas  por  A 
Allánlii'o,  el  liaintropo  ó  lobiahómcm  halló  lurliicoros  ó 
brujos  ciipatvs  de  tomar  las  formas  de  lolu)  y  de  euahiuier 
otro  animal  bravio  euvos  feroces  instintos  v  poder  irresis- 
tibie  le  a)nv¡niese  utilizar  para  sus  unes,  en  satisfacción  de 
8U8  ¡msioni':^  ó  venganzas  personales  ó  en  la  ejecución  de 
empresiis  menos  interesadas.  Va\  las  regiones  (|ue  se  dila- 
tan di'sde  el  istmo  de  Panam:í  hacia  el  ( )rint)co,  salió  el 
U*jojc  á  recibirle,  primero  con  la  Hecha  eidierbolada  del 
«iribi\  y  dc"<pués  con  la  amistad  que  impuso  la  conquista 
al  indio  sojuzgado.  P^n  las  regiones  (pie  se  extienden  del 
Amazonas  al  Plata,  húboselas  con  el  /><///''  ó  hechicero  que, 
c«»mo  el  tf'jojVf  sobrevivió  a  la  entrada  «le  ios  españoles  y 
])ortugiii»íes.  En  el  Río  de  la  IMala,  aun  nuicho  después  de 
la  conquista,  el  zoántropo  indígena  propagó  abundante- 
mente la  especie.  Muchos,  con  efecto,  eran  los  indios  redu- 
cidos que  continuaron  dedicándose  á  brujos,  profesión  ale- 
gre y  fnictuosa,  como  (pie  mediante  ella  adquirían  presti- 
gio y  bienestar.  En  la  jurisdicción  de  Santiago  del  Estero 
wmejante  conlaíjio  y  peste  cundió  sobremanera,  dinido  hi- 
gjir  á  que  el  teniente  general  Don  Alonso  de  AHaro  pnri- 
lAe  ei  airr  '  ,  (piemando  en  el  brasero  algunos  de  acpie- 
-  !M•rgantí^•*.  liuena  medida  higiénica:  no  hay  mejor  me- 
dio de  desinfección  (pie  el  fuego. 

San   Agustín   duda   seriamente,   dice   l'iliiás  Leví,   <pic 
A|Mileyíi  haya   |)0<lidM   mt  transformado  en  asno  por  una 


(1;     Kl  I*.  IVilru  Ixmuuio,    liiMlutút  Ue   In  (uw/nista  del  I'ininjuatf, 
lüfi  dt  Ui  l'latu  y  Turuuuin. 


CAPÍTUL(3    XX XVI.  605 

hechicera  de  TesaUa^^\  y  hubo  teólogos  que  ditu.samente 
disertaran  acerca  de  la  transmutación  de  Nabucodonosor 
en  animal  bravio.  Ni  el  primero  ni  los  últimos,  según  Leví, 
sabían  lo  que  se  pescaban.  Con  efecto  (añade  este  clásico 
expositor  de  la  ciencia  oculta),  hay  que  empezar  por  esta- 
blecer: 1.^  Que  ninguno  ha  sido  muerto  por  un  licántro})0 
(loup-garou),  á  no  ser  por  sofocación,  sin  herida  ni  san- 
gre. 2.^  Que  ningún  licántropo,  aun  herido,  ha  muerto  en 
el  acto  y  lugar  de  la  pelea.  3."  Que  las  personas  indiciadas 
como  licántro2)OS  hanse  encontrado  siempre  en  su  casa, 
después  de  la  persecución,  más  ó  menos  lastimadas,  pero 
en  su  ser  natural.  Ahora  bien,  un  licántropo,  según  Len, 
es  el  cuerpo  sideraV'^  de  un  hombre  cuyos  instintos 
salvajes  y  sanguinarios  representa  el  lobo.    Penosamente 


(1)  Sostuvo  San  Agu.-tín  que  al  demonio  no  le  es  dado  transnui- 
tar  el  cuerpo  del  hombre  en  el  de  ninguna  otra  especie.  Todo,  así  en 
el  paciente  como  en  los  espectadores,  no  es  sino  pura  ilusión  y  fan- 
tasía. Los  espectadores  creen  ver  efectivamente  la  cosa  ó  animal  en  que 
el  paciente  sueña  haberse  transformado.  A  este  engaño  concurre  el 
demonio.  (V.  Feijoo,  Teatro  Critico  Universal,  Disc.  sobre  Transfor- 
maciones y  transniifjraciones  vuhjicas.) 

(2)  Según  las  doctrinas  de  la  magia,  el  fluido  astral  condensado 
en  cuerpo  astral  es  una  de  las  grandes  fuerzas  de  la  naturaleza.  Todo 
cuerpo  emite  este  fluido.  El  fluido  astral  permite  las  materialiuicioncs 
de  los  cuerpos  de  los  difuntos  y  de  los  vivos.  Es  el  lazo  psíquico 
que  une  el  nmndo  material  ó  físico  al  nuuido  inmaterial  n  invisible 
( espiritual ).  El  cuerpo  astral,  durante  la  vida  del  hombre,  está  en  él 
y  fuera  de  él.  Irradia  en  torno  de  él,  produciendo  emanaciones  fluí- 
dicas.  Puede  proyectar  fuera  de  sí,  mediante  una  fuerte  concentración 
de  su  voluntad,  su  cuerpo  fluidico  ó  cuerpo  astral,  en  parte  al  menoí', 
no  enteramente,  que  eso  sería  la  muerte.  El  jiombre  puede,  pues, 
aparecer  fliídicamionti-:  (en  estado  de  cuerpo  astral)  á  una  tlistan- 
cia  cualquiera  del  punto  donde  se  encuentra.  Puede  también  materia- 
lixarse,  es  decir,  aparecer  revestido  del  cuerjto  físico,  y  desde  luego 
recupera  hasta  cierto  punto  todas  las  propiedailes  del  euerpo  verda- 
dero. (Ernest  JBosc,  La  rs/jc/ioloyic  dcvant  la  Science.) 


606  8XTrKRSTICI(»NKá  DEL  KÍO  PK  I.A  IM.ATA. 

cliiormo  i'ii  811  cania  y  sueña  ser  un  viTiladcio  IdIm),  in'u'u- 
tniá  el  fantasma  que  lo  representa,  á  fuer  de  animal  hravú», 
amia  |>or  el  ejimjv\  Iláeele  visihU'  la  sohrexeitaeión,  pró- 
xima al  sonamlnilismo,  (jue  el  pánico  ocasiona  en  los  iiuli- 
viiliios  que  le  íX)nteinplan,  ó  la  particular  disposición  de  la 
gente  cam|H*s¡na  á  ponei*se  en  directa  conuuiicación  con  la 
luz  astral ^\  ú  cuvo  favor  se  realizan  las  visiones  v  los 
sueños.  Ix)s  golpes  que  recibe  el  licántropo  hieren  á  la  per- 
sona dormida  que  representa;  lo  (pie  se  verilica  en  viilud 
de  una  coiuje^tlón  ódica  y  .simpática  de  la  ///,:  as/rdl,  de 
una  correspondencia  entre  el  cuerpo  inninteridl  y  el 
cuerpo  maíerial.  Quien  tal  ignore,  poco  sal>e^-\ 

Entre  los  inlinitos  cuentos  de  brujos  ó  individuos  y  fa- 
milias (pues  la  Z(»antropía  suele  ser  hereditaria  ),  que  se 
tnuisforman  en  animales,  hay  uno  referente  á  cierto  mora- 
dor tic  Yacuy,  paraje  bañado  por  el  río  de  este  nombre  que 
d«*semlx)csi  en  la  margen  izípiierda  del  Uruguay,  que  á 
ciertas  horas  dv  la  noche  desaparecía,  sin  saberse  cómo,  (1( 
su  csíi^y  y  luego  8e  venía  en  conocimiento  de  que,  convci- 


(1)  I^  hit  agirul,  ge(^(in  las  doctrinas  (!<•  la  ina^íia,  ts  la  fuerza- 
tulmianna  umtersal^  de  la  cual  son  modal ulatlrs  todaH  las  demás  fuer- 
laü  y  huí  -  '  ca-i  la-*  mismas  leyes  (jue  la  ele<*lrie¡dad,  una 

t\*'  -••-  '  .    .^  -u|MT¡ores.     Ks  la  (jrdii  furrxn,  ó  rorrifulc  ///- 

n>  .  If  le  viene  el  nombre  I,    que  mantiene  las  alrncciottea 

Qi  »  ctitre  todoff  \w  iistros.  La  parU-  máí<  elevada  <le  la  pnnlur- 

r»  '  viene  á  imt  el  cuerpo  ttMtral,  es  decir,  la  fuma  urrvutsa 

<|w*  •■  • '  '- •  !•«  cual,  ai«í  es  susceplilde  de  roniicusarsr 

como  'U'   Ui\  niíxlo,  (|ue  ¡utalr  salir  fuera  del 

ter  humano.  Ka  una  fuma  innxihlr,  á  que  vul^nirnu'nu»  llaman  rida. 
(Pap(í#,  ^  -ur  de  Srieure  (kruUe.) 

('¿)     ¡t-'  ,..■'   ■  de  la  JIuutr  Mat/ie  |K)r  Klifáft  Ia'VÍ. 

fJd:  Fu<nui  i.i  ..    que,    iw^úií    U<íe|ienl>acli,    lodo  lo  penetra  y 

(Je  todíM  loM  cuerpoit  fluyo  ¡urcntiuitemente,  ú  maneni  de  dinamirnio 
cümtáco,  Údko:  que  incluye  od  d  pertenece  á  él. 


CAPÍTULO   XXXVI.  607 

tido  en  chancho  ( cerdo ),  había  andado  haciendo  daño  y 
travesuras  por  la  vecindad.  Una  noche  alborotó  de  t<il  ma- 
nera á  los  perros  de  una  chacra,  á  quienes  acometía  y  las- 
timaba, que  los  dueños  de  ella  salieron  con  palos  y  lo  de- 
jaron molido.  Al  día  siguiente  amaneció  el  biiijo  de  Yacuy 
en  su  cama,  quejándose  de  los  dolores  que  sentía  por  todo 
el  cuerpo.  Muerto  el  brujo,  sus  hijos,  (pie  viven  todavna, 
conservan  las  mismas  habilidades  y  viejas  mañas  de  su 
progenitor.  ¡Cuántas  cicatrices  y  contusiones  señaladas  en 
sus  carnes  no  tendrán  el  mismo  origen  porcino  que  las  ma- 
chucaduras y  dolores  del  tra^^eso  marrano  de  Yacuy! 

El  paisano,  por  lo  general,  antes  huye  ó  no  hace  caso, 
que  eche  mano  á  su  cuchillo,  para  empeñarse  en  una  lucha 
verdaderamente  desigual,  con  un  ser  fantástico,  lucha  de 
la  que,  á  buen  librar,  tal  vez  ealiera  desorejado  de  una  ta- 
rascada. En  las  ocasiones,  sin  embargo,  se  defiende  y  des- 
trÍ2ia,  como  todo  hijo  de  vecino.  Cuentan  que  un  sujeto  iba 
caminando,  de  noche,  por  medio  del  campo.  Pasando  por 
junto  á  un  cementerio,  notó  como  quu  un  cuadrúpedo  estu- 
viese deshaciendo  ó  destrozando  alguna  cosa.  Acercóse,  y 
vio  á  un  chancho  (cerdo)  que  comía  las  entrañas  de  un 
cadáver.  Apeóse  para  matarlo;  y  no  bien  lo  hul)o  hecho, 
cuando  el  cerdo  le  acomete.  Recibe  el  cerdo  un  machetazo 
(MI  la  cabeza.  Corre  la  sangre  y  transforma  en  hombre  el 
cerdo,  diciendo  al  heridor:  — /'%?/  cristiano!  ¡  Xo  me  mate! 
Al  día  siguiente,  estando  en  una  pulpería,  advierte  el  heri- 
dor que  uno  de  los  tertulianos  presentaba  fresca  en  In  ca- 
beza la  señal  de  un  hachazo.  Indudablemente  era  el  mismo 
que  en  figura  de  chancho  hozaba  en  el  cementerio.  Ítem: 
el  vecindario  le  tenía  por  lohisón. 

Acompañado  de  un  moreno,  á  la  caída  de  la  tarde,  en- 


(J08  sürKK>Ticii)Nt:8  dki,  uío  dk  la  plata. 

ciiininálmst^  un  i»stanoiei*o  á  su  casa.  Ya  cerrada  la  noclic, 
salióle  un  chancho  al  paso,  estorlumdo  la  marcha.  Pacien- 
tes y  s¡lenc¡ost)s,  los  caminantes,  ahora  desviándose,  ahora 
cn\vendo  tomar  de  nuevo  ti  rumho  (|uc  seL;uían,  j)ere*íri- 
uaron  en  vano  la  noche  entera.  Solo  al  día  sii^uiente,  cuando 
ya  el  sol  8e  hallaha  m  il  hori/ontc,  loi:;ró  el  estanciero 
\'  i  el  seno  de  su  hojear,  donde  con  el  mate  en  la  mano 

le  i»8|>endm  su  tH)ni|>añera.  ; Mísero  de  él,  si  por  vcntnni 
nmrtiri/.aba  su  corazón  el  torcedor  de  los  ceK)sI 

La  doctrina  esotérica  de  Leví,  antes  expuesta,  vientí  tam- 
bién como  anillo  al  deilo  en  el  caso  de  los  nagualoi  refe- 
rido j)or  Fuentes  y  (luzmán,  natural,  vecino  y  ri»<j;idor  per- 
¡letuo  de  la  ciudad  de  (íuatemaJM.  I)('>|ni('s  de  dar  noticia 
del  hon')sco|K)  de  los  naguales,  de  (jue  ya  hemos  hídílado  '■, 
aí*evera  que  de  su  elicacia  y  verdad  hahía  «  sobrados  tes- 
timonios en  admirables  é  inauditos  prodigios  (pie  han  su- 
cetlido  entre  estas  gentes.  >  Contóle  un  caso  bien  extraño 
el  maestre  de  campo  1).  José  de  Portal  Artadia,  (jue,  go- 
l)ernan<lo  la  provincia  de  Nicaragua,  conociera  un  indio  que 
tomaba  la  forma  de  león.  Habiéndose  veriíieado  este  asom- 
broso accidente  ii  su  presencia,  tuvo  un  día  atado  á  cadena 
al  Iwiu,  y,  yendo  ;í  la  casa  del  indio,  le  halló  transportado 
y  como  muerto  ^'\ 

Hay  í|ue  tener  presente,  enipero,  (pie  las  doctrinas  de 
Ix'VÍ  en  el  punto  de  rpie   sí»   tr.ita    no  (lebcii   de   ser  abso- 


:  '  fU  GunUmnln  /í  Ufrordarión  Florida  |>or  D.  Fnuicisro 

A; '•  r    '    :  -  '!         :  ,.    tOtroH   cnMOH   (iifijulí»)  1110  n'ftTÍn  ol 

í"        1     I>  .       iU'n  y  (ruzíiiáii,  mi  pínliv,  qui*  !<•  íichc- 

cMi  niurhiiM   pHrt(*M,  hím  lo  nujclio  c|uc  iiic  iiotiriiin 

fio  fe,  de  qu«*  piKl¡<*rn  llenar  mucho  volumen.» 


CAPÍTULO  xxxvr.  609 

lutas;  pues  otra  autoridad  irrecusable  en  materias  de  magia 
y  de  hecliicería,  Miguel  de  Cervantes,  ofrece  una  excepción 
á  la  regla  en  el  caso  de  la  hermosa  encantadora  que,  ha- 
biendo transportado  por  los  aires,  desde  Italia  á  Noruega, 
un  sujeto  que  por  su  desgracia  estaba  preso,  convertida  en 
loba  al  pisar  las  playas  septentrionales,  recibe  una  cuchi- 
llada de  manos  de  su  cautivo,  y  bañada  en  su  ¡u'opia  san- 
gre cae  á  los  pies  de  el  muerta '^^.  Los  maestros,  los  que 
están  en  los  ápices  de  la  ciencia  oculta  ventilarán  el  punto, 
explicando  el  fenómeno,  en  tan  grave  divergencia  de  he- 
chos y  de  principios;  pues  Cervantes,  aunque  novelista, 
cuando  e^^cribía  y  describía  en  cualquier  género  de  asuntos, 
no  lo  hacía  a  humo  de  pajas. 

Parece  también  no  haber  concordancia  entre  la  idea  de 
que  el  encanto  se  deshace  con  la  efusión  de  sangre,  como 
sucede  en  el  caso  de  la  maléfica  de  Cervantes  y  la  tradi- 
ción de  ser  invulnerable  con  armas  de  fuego  el  zoántropo. 
Al  brujo  no  le  entran  las  balas,  dicen  en  el  Río  de  la 
Plata.  El  brujo,  de  la  propia  manera  que  aquel  que  lleva 
pendiente  del  cuello  un  amuleto,  una  ya  ai/ acá,  y  á  veces 
un  escapulario,  está  libre  de  la  acción  de  los  tiros.  El  es- 
ca]nilario,  y  la  yuayaca^-^  ó  amuleto  (\mm'  íA  (luacanqac  ó 


(1)  «Divisé  que  la  que  me  al)r:iz;il):i  era  una  ÜLiura  de  lobo,  euya 
visión  me  helo  el  alma,  me  turbó  los  sentidos  y  dio  con  mi  uuieho 
ánimo  al  través.  Pero  como  suele  acontecer  que  en  los  grandes  pe- 
lif^ros  la  poca  esperanza  de  vencerlos  saca  del  ánimo  desesperadas 
fuerzas,  las  pocas  mías  me  pusieron  en  la  mano  un  cuchillo  que 
acaso  en  el  seno  traía,  y  con  furia  y  rabia  se  lo  hinqué  por  el  pecho 
á  la  que  pensé  ser  loba,  la  cual,  cayendo  en  el  suelo,  perdió  aquella 
fea  figura,  y  hallé  nnierta  y  corriendo  sanj^re  á  la  desventurada  en- 
cantadora.'    (Trahajos  de  IVrsilea  y  SiijísmiitidaJ 

(2)  V.  pág.  513. 


610  SUPERSTICIÓN KS  PKL  KÍO   l»i:   I  A    11   VTA. 

/)rtí/í'<luo  ct>nt¡ene)  aparta,  cainhia  la  ilinroión  ile  las  líalas. 
FII  bnijo  i'stá  retobado,  (jiu*  es  como  decir,  acorazado. 
Jidohar  vs  aforrar  en  eiu»ro  (gencralmonti')  una  cosa,  como 
las  holvatiorajf  del  lioinhrc  de  cainj)o,  n  los  potrillos,  ter- 
neros, etc^  ci>n  la  piel  de  los  (pie  niuenn  ó  se  matan,  á  lin 
de  que  las  madres  de  los  nmertos,  tomándolos  por  suyos, 
los  amamanten  ^'^  Metafóricamente,  pues,  retobado  es  a(|Uol 
que,  por  tener  brujería,  ¡>ni/(^  6  (juacauque,  está  lihic  del 
|H?ligro  de  morir  de  un  balazo.  Así  cuentan  de  imidios 
que,  ¡íermaneciendo  inmunes  despuí^s  de  repetidas  di-seargas 
en  el  acto  de  ser  fusilados,  se  les  registró  para  ver  si  tenían 
algiin  escapulario,  amuleto  ó  //í<ayac(7.  l)rl  registro  resultó 
que  en  efei'to  tenían  un  escapulario  ó  una  (fuai/aca.  Quitada 
la  guayaca  ó  el  esc;ipulario  los  ajusticiados  c^iyeron  muer- 
tos á  la  primera  descarga.  Pero  ni  el  santo  del  escapulario,  ni 
el  diablo  escondido  dentro  de  la  (juayaca,  pucnlen  nada  ó  pue- 
den poco,  jKir  lo  visto,  cuando  la  herida  se  infiere  con  un 
gol|)e  asestado  imnediatamente  jxn-  l.i  mano  íirme  de  un 
agresor  de  cí»raj(*.  Kn  Francia,  para  (jue  entre  una  bala  en 
el  cuerpo  de  un  licántropo  (louj>-(/(troi(J,  tiene  que  haber 
nido  Ix'ndita  en  la  capilla  de  San  fluberto,  patrón  de  los 
cazadores,  ó  bien  es  necesario  que  la  juTsona  (pie  asesta  el 
tiro  !!f*vp  consigo  un  pnrn  í]o  tn'b<il  dt-  ciintrn  hojas,  ó  (juc 


Aquí  fu/*  In  pririicni  vez  que  vi  una  comm  nmy  cxtrana.    Aca- 
ImUii  *l  *iii   fviliiiio.  y  en  la    iiii^ina    iiocln*    li:ilȒa    parido    tina 

*• :  '  •  '  al  potrillo,  y   dentro  dr    él    «iivolviinu»,  ó, 

jrffn  al  jumento.     IIe<'ha  enla    diligencia,  lo 
I  á  la  yefTUA,  quien,  con   hoIo  el   olor   del    cucto   de   hu  cría, 

V  \t'  euidnlm  eonio  á  hu  hijo.»  (Kl  I*. 
i  i     I  •1.  '  '  /  »/  ¡hrrotrro    dr  su    Vifijr  al  ¡{¡o  dfi 

in  Fíala.    I  /    Ihhl.    J*úhl.  de    ¡iufnoH    Airen   ¡mr 

1).  M.  K.  1 


CAPITULO    XXXYI.  611 

haya  echado  mano  de  algíín  otro  recurro  igiiiilmeiito  ade- 
cuado y  eficaz  al  intento ^^\ 

Por  vía  de  divertimiento  6  con  otro  designio,  suelen  al- 
gunos disfrazarse  de  terneros  ó  perros,  ó  de  otro  animal, 
envolviéndose  en  su  pellejo,  y  asustando  y  á  veces  desba- 
lijando  á  los  transeúntes.  En  la  frontera  del  Uruguay  y  el 
Brasil  le  salió  muy  mal  su  bellaquería  á  uno  de  estos  ber- 
gantes; pues  no  faltó  uno  que,  con  más  ánimo  en  su  cora- 
zón que  ideas  supersticiosas  en  su  mente,  acechase  al  lo- 
bishó/nem  desde  un  escondite  del  lugar  donde  acostum- 
braba presentarse,  y  de  un  par  de  balazos  bien  dirigidos, 
deshiciese  el  encanto.  Sacado  el  cuero  de  que  estaba  reves- 
tida su  figura  natural  y  su  maücia,  presentóse  á  los  ojos  el 
cadáver  de  un  vecino  ocioso  y  mal  acondicionado,  que  juz- 
gara más  cómodo  y  oportuno  allegar  por  ese  medio   un(^s 
pesos  ó  reales  con  que  ir  á  emborracharse  y  á  jugar  á  la 
taba  á  la  pulpería,  que  no  reunir  por  el  camino  más  ás- 
pero, cuanto  menos  azaroso,  del  trabajo  los  recursos  nece- 
sarios para  una  vida  morigerada.  Y  aquí  parece  que  de- 
bieran buscarse  los  cabos  del  nudo  gordiano  de  las  trans- 
formaciones de  que  se  trata.  El  encanto,  dice  la  tradición, 
se  deshace  con  sangre.  La  reversión  del  zoántropo  á  su  ser 
natural,  á  la  condición  y  formas  de  la  persona,  se  verifica 
á  favor  de  la  efusión  de  sangre.  Tan  luego  como  el  brujo 
recibe  una  puñalada  ó  un  pistoletazo,  si  cae  nuierto,  se  le 
cae  el  retobo  y  se  descubre  su  bellaquería.  Si  no  muere  y 
solamente  queda   herido,  y  puede  hablar,  viendo  la  cosa 
mal  })arada,  se  apresura  á  transformarse  en  ser  humano, 
antes  que  de  otra  puñalada  lo  dejen  tendido  en  el  suelo  y 

(1)    P.  Larousse,  Dicliomiairc  de  la  Lmujuc  Frmiraisc. 


612  SDPKRSTinoNKS  DKL  UÍO  DK  LA  IKA TA. 

no  cutínU>  el  rúenlo,  y  armjandi)  la  mascara  (lUc  lo  (l(>sli- 
guní  sarita: — ;Soj/  crinHano!  ; Xo  me  maten!  l*or  eso  lün- 
pni  liriijo  herido,  (.•ontimuí  sii»ntlo  l»rujo.  l*or  eso  se  trans- 
forma en  hombre  inmediatamente  después  de  sentir  la  pu- 
ñalada. Por  eso  80  deshaee  el  encanto  coiiio  por  encanto. 
La  conyeAtión  údivn  y  simpdticd  de  la  ¡tiz  astral  se  des- 
vaiiece,  piie«,  á  favor  de  una  cuchillada  certera  y  eficaz  qu(» 
ilü  al  traste  ct^n  el  rucrpo  astral  del  lobo- hombre.  VA 
cuerpo  astral,  en  tal  caso,  con  toda  su  íhiide/.  y  crlcsiiai 
í^ondicióii,  lie  nada  le  val(\ 

Los  contemporáneos  de  I).  ,Iusepe  Amonio  (¿onzále/.  de 
Salas,  es  decir,  los  escritores  del  siglo  decimosexto  y  del  si- 
giiienleiuineíliato,  atribuían  á  cansas  varias  la,  para  ellos,  po- 
BÍtiva  transmutación  de  hombres  (y  nmjeres  también,  se  en- 
tiende) en  bestias:  facultad  esjM^cinl  extraordinaria  y  oculta 
de  algunos  individuos;  virtud  natural  de  ciertas  piedras  y 
plantas;  //íM/íírrw  ó  confecciones  de  determinados  simples; 
prí*xl¡g¡08  ó  eiíjM'cies  engañosas  interjaiestas  entre  los  ojos 
y  los  cuerpos  (jue  des  fit^ura  el  es|>íritu  inmundo:  todo  obrán- 
dolo originariamente,  ó  permitiéndolo,  el  soberano  autor 
tiel  universo.  I.ií)s  que  atribuyen  á  melancolía  ó  aluoinacio- 
nesí  de  loco  la  existencia  de  licántropos,  notoriamente  ye- 
rran, á  juiíio  de  González  de  Salas;  pues  las  personas  que 
Io8  ven,  no  llenen  en  Ion  ojo»  la  misma  lorura^^K  Segura- 
mente (tonzález  de  SahiH  no  conocía  la  anécdota  de  San 
Macjirío  - , 

El  licántropo,  segiln  González  de  Salas,  eonsí  iva  el  alma 


M       DI... rtn.  ;.'.•.  ,h.  (:,,i,f'A.  ,  ,]..  t:.,l..„  ,.fi    la    umliucuní   ¡iiI¡IiiImiÍ>i 
^  Anlif/uo  <li'  I'<)iii|Mii)io  Mcla. 

-',     I >■««#•  (Tfi  el  l'ap.  oiili'nor. 


CAPÍTULO  xxx\t:.  613 

racional ^^ I  Aunque  la  forma  exterior  se  adultera,  dentro 
subsiste  la  natural  armonía  y  juego  de  las  potencias  ó  fa- 
cultades humanas.  Si  queda  privado  del  uso  de  la  palabra, 
si  no  expresa  sus  conceptos,  impídeselo  el  defecto  del  ór- 
gano de  la  voz,  que,  mediante  la  transmutación,  solamente 
puede  emitir  los  sonidos  con  que  manifiesta  el  lobo  sus 
instintos.  Pero  se  objetaría  que  la  disposición  y  aptitudes 
del  cuerpo  de  los  vivientes  depende  de  las  condiciones  del 
alma  que  le  informa;  por  lo  que  no  se  concibe  cómo  el 
hombre  puede  transfigurarse  en  bestia  y  la  bestia  en  hom- 
bre, ni  conservar  su  esencial  potencialidad  cambiando  de 
figura.  Sin  embargo  es  constante  que  nuichos  filósofos  con- 
cibieron la  posibilidad  de  la  metamorfosis,  sin  perjuicio  de 
subsistir  idéntica  la  naturaleza  íntima  del  ser  transformado, 
como  sin  duda  lo  entendió  Pitágoras  en  su  célebre  doctrina 
de  la  metempsicosis  ó  transmigración  de  las  almas  ^■^. 


(1)  Harto  debieron  de  conocer  el  misterio  de  las  transformaciones 
el  cura  y  el  labrioí^o  que  departieron  sobre  la  posibilidad  de  que  cierto 
l)orrico  leyese.  El  labriego  juraba  que  el  borrico  leía,  y  el  cura,  i^ara 
ser  testigo  de  semejante  maravilla,  le  puso  un  libro  delante.  El  resul- 
tado, si  no  fué  plenamente  satisfactorio,  dejó,  á  lo  menos,  establecida 
la  verosimilitud  del  hecho;  pues  que  el  burro  no  leyese  en  alta  voz, 
no  excluía  la  posibilidad  de  que  leyese  para  sí.  He  aquí  contado  el 
cuento  por  dos  insignes  maestros  del  arte  dramático: 

lili  n'istico  llovó  un  día  Mas  ¿loor?  Xi  por  asomo: 

Al  cura  de  su  lugar  So  estaba  mudo  que  mudo. 

Cierto  asDillo  que  tenía,  Ya  el  cura  se  auiostuzó 

Perjurando  que  lefa  E  iuipacionte  exclamó  así: 

Con  acierto  singular.  — *¿Lee  este  animal  ó  no?» 

El  preste,  de  ingenio  romo,  Y  el  otro  lo  i-ospond¡<í : 

Busca,  limpia  y  al-re  un  tomo:  — «Es  que  lee  para  sí.» 
I^)  mira  el  asno  sesudo; 

(La  Riralwmhra   por   D.    .Vureliano    Forn.-íiidoz 
(iu«*rra  y  Orbe  y  I).  Manuel  Tan>ayo  y  líaii.»*.) 

(2)  Di.sertaciún  de  González  de  Salas,  citada  en  la  pág.  t»12. 


t>14  8UPEIWT1CIONKS  DKL  UÍO  DK  LA  TLA TA. 

Corvantes,  tle  la  propia  inanii*a  (pie  rii  el  Asno  de  oro 
Ajuileyo,  i-onservu  el  enteiuliinieiito  y  aliiui  racional  en  los 
|X'rn>s  ('ij)ión  y  Bcnjanzn,  riiya  forma  tomaron,  al  tiempo 
de  naeer,  los  hijos  de  la  Montiela,  en  tuerza  iK'  un  heehizo 
que,  enojada  6  recelosa,  les  eoinunicara  secretamente,  reci- 
biéndolos en  sus  manos,  la  Camaeha  de  la  Montilla,  (pie 
con  esa  maligna  idejí  se  le  ofreciera  á  servir  de  comadre. 
Hirhioera  sin  igual  en  el  mundo,  la  ('amacha,  <iue  era 
fama  tninsformaba  los  hombres  en  animaU-s,  se  vahó  (hi- 
ninte  seis  años,  para  sus  comisiones  y  fechorías,  de  un  sa- 
cristán cimvertido  real  y  verdaderamente  en  asno.  Las  Cir- 
'••  -  y  las  Mtnleas,  dijo  la  Cañizares,  encantadoras  y  magas 
de  la  gentilidad,  con  su  hermosura  y  sus  halagos  atraían  a 
los  lionibres  y  los  sujetahan  tan  despóticamente  á  su  allu- 
drío,  íjue,  ¡perdiendo  la  racionalidad,  «piedahan  convertidos 
en  I>e55t¡a8;  |K*ro  Herranza  y  Cipión  eran  jirrsotias  ració- 
nale* en  figura  de  perros ^'^ 

La  i<lí*:i  de  (jue  una  persona,  por  vía  de  encantamiento 
ó  con  lu*chizos,  pudi(»se  ser,  6  estuviere  expuesta  á  ser, 
transformada  en  bestia  ó  en  ave,  no  se  desvaneció  nn  punto 
con  la  caííla  del  gentilismo,  antes  bien  echó  niayorts  y  mas 
lion(Lis  raíces  en  v\  ánimo  su¡>ersticioso  de  las  gentes  en  los 
primeros  siglos  de  la  era  cristiana  y  en  la  edad  media. 

IVcí^cntáronse  á  San  Macario  (siglo  cuarto)  un  houd)re 
y  una  mujer,  casados,  llevando  consigo  una  (|ue  imaginaron 

-n   mnestnis  del   más  profimdo  dolor  y  descon- 

.-iK  lu.  —  <  ¿Qué  os  |msa?  »  preguntóles  el  santo. —  «Señor,  le 
n-jirmdieron,  esta  y<*gua  es  inia  desventurada  doncella,  hija 


vniitc*. 


<'t  díi  loM ptrroM  (Spióri  y  ¡irrijnuxa  por  M¡tcufl  «K*  (Vr- 


CAPÍTULO  XXX vr.  615 

nuestra,  á  quien  unos  malos  hombres,  con  hechizos,  han 
tornado,  como  veis,  en  bestia. »  —  «Yo  á  la  donceha  veo,  re- 
plicó San  Macario,  y  no  tiene  en  sí  cosa  de  bestia.  Eso  que 
decís  que  se  halla  en  vuestra  hija  no  esta  en  su  cuerpo, 
sino  en  vuestros  ojos.  Fantasías  de  demonios  son  ésas, 
buena  gente.  »  En  seguida  San  Macario,  tomando  el  olio, 
uníi'ió  con  él  á  la  doncella  en  nombre  de  Jesucristo.  Los 
padres  de  la  doncella,  de  entonces  más,  tuvieron  la  dicha  de 
contemplarla  en  su  propio  ser  y  formas  naturales'^-. 

Durante  la  edad  media,  y  aun  en  la  moderna,  generali- 
zóse en  Europa  la  creencia  de  (|ue  las  personas  de  ambos 
sexos  podían,  á  favor  de  ciertos  hechizos  ó  por  medio  de 
un  encanto,  transformar  ó  ser  transformadas  en  aves  ó  en 
cuadrúpedos  ^'"^  La  transformación  se  verificaba  volunta- 
riamente ó  por  vía  de  maleficio.  En  unos  era  temporaria, 
dependiente  de  su  voluntad  y  para  sólo  cumplir  sus  desig- 
nios, buenos  ó  malos,  y  en  otros  fatal,  ineludible  y  perpe- 
tua. Lo  más  común  era  tomar  la  forma,  hábitos,  condicio- 
nes é  mstintos  de  ave  de  rapiña,  de  lobo,  de  buho  y  de 
gato^"^^.  Robar,  matar,  espiar  y  andar  por  los  tejados  ha- 


(1)  Historia  General  y  Xatural  de  Jas  Indias  por  Gonzalo  Fer- 
nández de  Oviedo. 

(2)  Francisco  Claudio  Prieiir  dio  á  luz,  en  Antuerpia,  el  ano  de 
1530,  una  obra  intitulada  Diálogos  sobre  la  lAcantropia  ó  Transforma- 
ción de  los  Hombres  en  Lobos^  vulfjar mente  llamados  lobos  espanta- 
dizos, LOUPS-GAROUS.  (El  Asno  Ilustrado  ó  sea  la  Apología  del  Asno 
por  J.  J.  Zeper  Demicasa,  aprendiz  de  poeta. ) 

(3)  « Otras  A'eces,  acabadas  de  untar,  á  nuestro  parecer  mudamos 
(las  brujas)  de  forma,  y  convertidas  en  j^allos,  lechuzas  ó  cuervos, 
vamos  al  lugar  donde  nuestro  dueño  (el  demonio)  nos  espera,  y  allí 
cobramos  nuestra  primera  forma  y  jaezamos  de  los  deleites,  que  te  dejo 
de  decir,  por  ser  tales,  que  la  memoria  se  escandaliza  de  acordarse  do 
ellos. »    (  Coloquio  de  los  perros  Cipión  y  Ikrgatixa  por  M.  de  C Vrvantes.) 


tílG  SUrERüTiriONES  DKL  UÍO  DK  I^\  PLATA. 

dt'iulo  tnivosunis,  oni,  ¡xir  lo  visto,  t'l  principal  ó  iiuls  or- 
ilínario  objeto  á  cjue  ge  eiulcrczahan  las  trausforiuacionrs 
voluntarias.  IK»  modo  ijUt'  t'l  sor  uno  gato,  lechuza,  ave  ra- 
paz ó  lol><>  rarnitvro  dopt'iuK'n'a  de  las  circunstancias.  Prc- 
j»ondi'niri>n  h»s  1oIk)s,  espociahncntc  en  Francia,  donde  el 
loup-tjaroH  (licántropo)  ad(|U¡rió  celebridad.  Vale  nuís, 
para  el  «iso,  ser  lobo  que  cualipiiera  otra  alimaña.  Acriilí- 
lale  la  ituistancia  de  su  mal  acondicionada  índole:  muda 
c¡  lobo  los  dientes,  y  no  ¡(u  inir/ifcit.  ^íuchas  excelencias 
se  le  supusieron.  íSu  vista  era  agudísima.  W'ía  míís  de  no- 
che, cpie  de  día.  Por  obscuro  (jue  fuera,  percibía  clara  y  dis- 
tintamente los  objetos.  8u  mirada  era  dañosa.  En  viendo 
uu  IoIkí  a  un  hombre  antes  de  que  el  hondjre  viese  al  lobo, 
quiílaba  el  hombre  ])rivado  de  la  voz  por  algunos  instan- 
titi.  Cuando  un  lobo  mataba  nuichos  corderos,  escogía  el 
mún  ruin  y  flaco  para  llevárselo,  á  liii  de  huir  mejor  con 
él  como  más  liviano.  Y  eso  precisamente  movió  á  los  an- 
tiguo.»*  á  comparar  con  las  lobas  á  las  mujeres;  porcpie 
-     iipre  escogen  lo  |)eor^^^. 

Ya  j»r6xima  la  época  moderna,  tomóse  muy  á  lo  serio,  en 
las  niá«  cultas  naciones,  hasta  [M)r  los  jMÍncipes  y  los  varo- 
nes <le  mayor  doctrina,  eso  de  transmutarse  un  bond)re  en 
IoInk  Sí-gismundo,  empenidor  de  Alemania  (siglo  décimo- 
quinto )  sometió  á  la  deliberación  de  sabios  teólogos  las 


(1)    Plinio,  XainraÜM  lliMoria;  Apuloyo,  Asinn  Aures;  el  I*.  Fray 
\\\Mmu  de  Vilorifl.  Trntro  dt  loa  Diotten  (le  la  dentiliihui.  Püruo  dicí» 

o    i'I    llamar  á  uno    licántropo  frmtipr- 
i»--  ,  'f  j.i-  II    i  I'.  '•  i-ar  ílc  Vitoria)  la  cxpn'Hión  cnn- 

U'Wñtiñ  *>  /,  í|iii'  •  _  (i  mudar  dr  rondiriún  ó  rostutu- 

IfffM,  Mi^ii  t\  iJincionariíf  de  la  í^cngua  Outcllana  |Mir  la  lU-al  AchíIc- 
niÍA  IvtpflAolA. 


CAPÍTULO    XXXVI.  G17 

eludas  que  se  le  ofrecían  sobre  el  particular.  Decidióse  (jue 
en  efecto  había  Jicántropos  ú  hombres  que,  con  ayuda  del 
diablo,  transformábanse  en  lobos.  Más  decidióse:  que  era 
una  herejía  negar,  ó  no  creer,  que  hubiera  licántropos^^^. 

Con  el  andar  de  los  años,  la  creencia  en  la  transmuta- 
ción de  los  hombres  en  lobos  llegó  á  tomar  el  carácter  de 
manía  epidémica.  Grave  por  demás  era  esta  nueva  forma 
de  la  ya  tan  estrambótica  creencia.  Xo  se  trataba  ahora  de 
gente  bellaca  y  endemoniada  que  intentare  pasar  por  pri- 
vilegiada con  el  don  de  transformarse,  ó  de  transformar  á 
otro,  en  lobo.  Tratábase  de  gente  sencilla,  cuya  simplici- 
dad le  conducía  á  creerse  convertida  positivamente  en  lobo, 
impulsándole,  de  resultas,  á  vivir  como  él  é  imitar  sus  cos- 
tumbres. Los  médicos  de  la  época  daban  á  esta  dolencia 
moral  el  nombre  de  manía  lupina. 

Los  arribeños  de  Tucumán,  la  Rioja,  Catamarca,  Salta, 
Jujuy,  Santiago,  en  la  Argentina,  creen  aún,  por  tradición 
indígena,  que  muchos  tigres  ó  aturuncos  han  sido  antes 
individuos  de  la  especie  humana^- .  Pero  esta  transforma- 
ción no  se  ha  verificado  por  los  medios  á  favor  de  los  cuales 
toma  el  ser  de  un  animal  el  zoántropo.  El  brujo  de  las  regio- 
nes andinas,  del  propio  modo  que  el  de  las  comarcas  rega- 
das por  el  Paraná  y  Paraguay,  tomaba  voluntariamente  la 
forma  del  animal  que  se  proponía  representar.  En  el  caso 
á  que  se  alude,  la  transformación  no  es  voluntaria,  sino 
fatal;  ni  tampoco  es  pasajera  ó  para  un  fin  determinado, 
sino  perpetua.  Es  efecto  de  una  lesión  maléfica  causada  en 


(1)  Mysth-cs  des  Sciences  OccuKrs  por  Vn  Iiiitié.  Taris.    Lihrairir 
illutítrée. 

(2)  D.  Samuel  A.  Lafon»-  y  Queyedo,  Lo ndrCrS  y  Calmmirca. 


61S  SUPKRSTIi'IONF>;  I>KL  RÍO  1>K  LA  l'LATA. 

el  ouer|H)  humano  |K)r  las  uñas  6  los  coluiillos  lUI  tigre,  Kl 
alma  iK'l  herido  transuiiiíra.  Kuirv  Santa  Cruz  ile  hi  Sierra 
y  Clú<|U¡tos,  al  Noroeste  del  C'haeo  (  Holivia  ),  hay  pareia- 
lidailes  que,  eonio  los  guara  vos,  ile  raza  guaraní,  tienen  por 
cierto  (jue  si  el  tigre  araña  al  cazador,  pierde  este  el  ser 
de  h»>!nl>re,  euya  alma  se  convierte  en  la  de  la  litra  (pie  le 
chivara  sus  malélieas  uñas.  Por  eso  en  sus  reuniones  se 
abstienen  de  bel)er  la  ehieha  m  el  mismo  recipiente  6 
fitafc  de  que  se  sirve  el  arañado,  temiendo  contaminarse 
V  verse  convertidos  ellos  tamhién  en  tiiTrcs.  Eso  obstaría 
á  (jue,  después  de  la  nuierte,  fuesen  á  vivir  nueva  vida, 
como  van  los  huenos,  á  la  mansión  de  su  progenitor  (pie 
los  es|^ra  CH)n  abundancia  de  chicha,  para  que  puedan 
eiiibornicharse  á  jKilir  de  boca.  Responde  á  esta  aspiraci(')n 
la  costumbre  que  tienen  los  guarayos  de  enterrar  los  nnier- 
tos  mirando  al  occidente,  que  es  liacia  (junde  se  halla  la 
deliciosa  morada  ajK*tecida  ''. 

Los  indios  del  Chaco  dedicaron  al  tigre  solennies  heslas.  • 
Desembarazaban  y  limpiaban  bien  un  campo  abierto.  l)es- 
cortí'zaban  dos  largos  y  derechos  palos  y  los  clavaban  en 
medio  del  cam()o  destinado  a  la  fiesta.  Kmbijábanse  y  en- 
g-alanábuns^'  con  plumas  y  abalorios  (')  chaíphra  según  su 
Ur^Hiizíi.  Prevenían  grandes  cantidades  de  chichít;  j)ues  ya 
eti  sabi<lo  que  entre  los  indios  no  hay  íiesta  sin  liorrachera. 
K^'unidos  tmlos,  luMnbresy  nnijeres,  entonaban  mon('>tono8 
c:uiticos  á  manera  de  clamorosas  lamentaciones  en  torno 
de  aquellos  palos,  en  cuyo  tronco  iban  haciendo  cada  día 
una  figura  imitativa  de  la  j»iel  del  animal  (pie  reveren(!Ía- 


1  ;     /xw    '  ^  FrancisrauaM  fiUrr  Iom  InfielfM  de  Jtoliria  iH»r  el 

K    I'    Frnjr  .j</ím   (  nnlú». 


CAPÍTULO    XXXVI.  619 

ban.  En  sus  clamores  pedían  al  tigre  que  no  les  tomase 
sus  hijos.  La  fiesta  duraba  lo  que  durase  la  chicha,  aca- 
bando ordinariamente  con  pendencias,  heridas  y  muertes  ^^\ 
Personificado  un  animal,  no  está  lejos  la  imaginación  de 
representarse  transformado  en  él  á  un  hombre,  y  es  presu- 
mible que  los  indios  de  que  se  trata  tunesen  una  creencia 
análoga  á  la  que  tienen  los  guarayos  respecto  del  tigre. 

Los  pampas  creían  que  cada  generación  había  sido  creada 
por  una  deidad  que  presidía  á  su  existencia  terrenal.  Unas 
procedían  de  la  raza  de  los  tigres,  otras  de  la  del  león,  otras 
de  la  del  guanaco,  del  avestruz,  etc.  Sus  deidades  tutelares 
moraban,  separadas  unas  de  otras,  debajo  de  una  lagima,  de 
una  montaña  ó  de  otro  lugar  señalado.  Cuando  los  indios 
morían,  iban  á  participar  de  una  nueva  vida  de  ultratumba 
con  su  divinidad  generadora,  junto  á  hi  cual  gozaban  la  di- 
cha inefable  de  estar  eternamente  borrachos  ^-^ 

La  creencia  de  que  un  arañazo  ó  una  mordedura  fuese 
capaz  de  convertir  á  una  persona  en  el  animal  que  hubiese 
chivado  en  ella  las  unas  ó  los  cuentes,  existió  tam])ién  en 
el  Viejo  Mundo.  Creyóse  que  un  lobo,  un  caballo  ó  un 
buey  que  mordiese  á  una  persona,  la  dañaba  de  tal  manera, 
en  ciertos  casos,  que  acababa  })or  transformarla  en  lobo, 
caballo  ó  buey.  Esta  creencia  constituía  la  enfermedad  ima- 
ginaria conocida  con  el  nombre  de  ¡icantropía  y  tambicn 
de  manía  ¡iipina.  Es  presumible  que  las  demás  genera- 


(1)  Diario  de  la  expedición  hecha  en  1774  al  Gran  Charo  por  el 
Gobernador  de  Tucuniiui  I).  Jerónimo  ^íníorras,  en  la  Cokcciún  de 
Obras  y  Docnnienlos  relaiiros  d  la^  Historia  Anticua  ¡i  Moderna  del 
Rio  de  la  Piafa  por  D.  Pedro  de  Ángeüs.  lUienos  Aires. 

(2)  Descripción  de  la  Vataijonia  ij  de  las  parles  adyacentes  por 
D.  Toniáá  Fálkner,  en  la  eitada  Colección  de  An«íel¡á. 

41. 


&20  SlTl»KKsriCIONB8  HKI.  UÚ)  DE  LA  PLATA. 

cionei*  iiulíiíiiKiii  del  NiU'vo  Mmulo  niir  crcNeroii  ni  luujos 
zoui)tro|H>s,  lüi'scn  tninhii'ii  vn  considi^nirse  expiU'Htas,  j)or 
un  aiviiK'iite  análo^D,  á  quinlar  oonviTtidas  en  un  animal 
cualquiera.  La  onx»neia  en  Iumijiks  Z()antroj)()s  pareee  traer 
apiirejada  la  enfernieilad  moral  indieada,  <jne  responde  á 
ella  nei'esaria  y  lógieamente.  Kl  brujo  engendra  ;il  iiiono- 
maníaei).  A  la  invertía,  no  será  aventurado  deeir  (pie  donde 
existe  la  cri'oneia  de  que  el  arañazo  ó  mordedura  de  ciertos 
animales  produce  el  efecto  de  convertir  :i  la  persona  en  d 
animal  que  inlirió  la  herida,  existe  igualmente,  ó,  cuando 
menos,  ha  existido  en  otro  tieni|>o,  la  creencia  en  la  misma 
transformación  jH)r  arte  de  brujería. 

Ki\  el  Kío  de  la  Plata  no  hay,  ni  puede  haber,  Hain' 
tropos,  como  que  en  sus  bosques  no  se  guarece  el  lobo,  ni 
sale  en  8U8  caminos  al  encuentro  del  caminante.  En  el  Río 
de  la  Plata  no  hay  más  lobo8  que  los  marinos  y  los  bípedos 
6  urbanos;  y  ninguna  de  estas  dos  clases  de  lohos  utiliza 
el  lobUón  ¡mra  sus  fines.  El  lobo  marino  ó  fluvial  no  sale 
del  agua  y  de  las  islas  ó  C4)stas  donde  hai>ita.  El  bípedo  no 
anda  ytox  los  cam|)o8  ni  por  los  montes,  aunque  suele  andar 
d  montr,  ni  gusta  de  la  vida  rural,  ni  de  morar  en  despo- 
blado, aunque  con  sus  uñas  y  sus  dientes  sería  capaz  de 
despoblar  y  dejar  yermas  las  más  grandes  ciudades  en  (pie 
se  cría  y  huelga:  se  tragji  un  hond)re  con  todo  lo  que  lleva 
encima. 

Ciego  ü  muy  terco  tendría  (pie  ser  quien  s(»  atreviese  á 
negar  que,  desde  que  el  mundo  es  mundo,  andan  metidos 
entre  la  gente  diversidad  de  animales  en  figura  de  seres 
humanos.  .\  cjida  paso  en  la  conversacit'm  familiar,  ú  en  la 
cíinverf*aci/»n  airada,  lo  rH'onoce  la  sociedad,  y  constanlc- 
niente  lo  pregonan  el  jM-riodismo  político  y  In  eríti»  m   de 


CAPÍTULO    XXXVI.  621 

costumbres.  ¿  Quien  no  ha  oído  llamar  á  otro,  por  ejemplo, 
borrico,  zorro,  caballo  ó  baf/iial,  chancJio  ó  cochino?  ¿Quién 
no  ha  leído  lo  propio  en  periódicos  ó  novelas  ?  ¿  Quién  no 
sabe  que  hubo  un  hombre  tan  discreto,  que  halló  retratada 
su  propia  personalidad,  así  como  la  de  otros  muchos  pró- 
jimos á  él  semejantes,  en  el  cadáver  de  un  jumento?  Yendo 
por  un  camino,  vio  en  medio  de  él  la  osamenta  de  un  burro. 
Se  detuvo,  como  otros  que  pasaban,  á  contemplarla,  y,  me- 
ditando sobre  el  término  de  la  vida,  con  grave  y  melancólico 
acento  exclamó:  —  ¡Lo  que  somos!  Si  todos  cumplieran 
el  aforismo  de  Sócrates:  conócete  á  tí  mismo,  y  lo  practi- 
caran con  tanta  sinceridad  como  el  caminante  del  burro, 
I  cuántos  pájaros  y  zorros,  cuántas  ratas,  cuántas  sierpes 
venenosas,  cuántos  lobos  y  cuántas  hienas  no  conociéra- 
mos, que,  ocupando  una  alta  posición  social,  ó  vistiendo  la 
toga  del  magistrado,  ó  arrodillándose  todos  los  días  al  pie 
del  altar  con  muestras  de  compunción,  se  venden  por  hom- 
bres de  bien? 

Un  erucUto  humanista  de  principios  del  siglo  decimo- 
séptimo, D.  Jusepe  Antonio  González  de  Salas,  ya  ci- 
tado, concibió,  disertando  sobre  licántropos,  una  idea  muy 
original.  Así  como  parece  haber  hombres  que  se  transfor- 
man en  bestias,  dijo  para  sí,  ¿porqué  no  habría  de  ser  po- 
sible, queriéndolo  Dios,  que  las  bestias  á  su  vez  se  transfor- 
masen en  hombres?  Confiesa,  no  obstante,  que,  antes  que 
él,  pensaron  lo  mismo  Simónides  y  Proclo;  pero  también 
es  cierto  que,  aun  no  había  leído  sus  obras,  cuando  le  asaltó 
aquella  sospecha,  hallazgo  que  dio  lugar  á  que  ya  por  i^u- 
tonces  recelasen  espíritus  nobles  ij  trascendidos  (dechu-o 
y  agudo  ingenio)  que  viviesen  entre  la  gente  lobos,  asnos, 
cochinos  y  otros  diversos  animales  en  figura  de  seres  hu- 


622  SUrKRSTUMONES  DKL  KÍO  I>F.  l.A   ILATA. 

manos,  poro  con  há luios,  aotitiulos,  aíltMnancs  y  rasgos 
tisiononiiitís  i|iu'  ilahan  á  conocer  su  vcnhulcra  forma  é  ín- 
dole naliinil  <'»  rsinrie  primera.  No  nos  sorprciula,  i)or  tanto, 
el  que  to|HMnos  con  ¡luliviiluos  (jue,  después  de  verlos  y 
de  haMar  con  ellos  un  rato,  y  a  veces  :1  la  primera  ojeada, 
los  desconozcamos  nicionales:  son  bestias  con  apariencia 
de  hombrías  *  . 

Si  los  razonamientos  de  (íonziílez  de  Salas  sobre  el  p;ir- 
tieular  de  que  se  traía  hubiesen  sido  conocidos  de  los  mo- 
dernos expositores  del  ociilfisnio,  sin  duda  hubiéniíile  eu- 
loi'julo  en  el  número  de  sus  mas  cal  ideados  predecesores. 
Klifás  Leví,  maestro  y  autor  clásico  en  la  materia,  ex- 
plana una  doctrina  exactamente  igual  :i  i:i  de  González  de 
Salas,  sin  sos¡>ecbar,  por  lo  visto,  (pie  un  humanista  caste- 
llano le  hubiese  precedido  siglos  antes  en  la  misma  tarea. 
Sabida  cosa  es,  dice  Klifás  Leví,  (jue  l:i  fisonomía  hu- 
mana tiene  algima  semejanza  con  el  as})eeto  de  uno  ú  otro 
animab  ó  bien  que  lleva  en  sí  marcado  el  predominio  de 
un  instinto  «leterminado.  A  unos  instintos  se  contraponen 
otros  diferentes  de  igual  ó  mayor  eficacia,  ])or  los  que  son 
e<|UÍlibrados  o  vencidos.  Si  tCi  eres  })erro,  y  (piieres  cpie  te 
ame  una  linda  gata,  no  tienes  más  (pie  metamorfosearte  en 
gato  por  meíüo  de  la  observaciiui,  de  la  ¡mitacicHi  y  de  la 
imaginación,  polarizando  tu    proj)ia  luz  animal,  hasta 

'T        f^ '•"'"■   n.,.,..-.:/:..,.  ,'  fj :./.:.■:....  J.l    Orhr  Antiijua  por  Wnn- 

j  VíTl¡«lo  al  ('lintel laño  i>or 

1).  .Ituiepr  Antonio  (tonzálcz  de  HiihH.  i'^ilicínn  i\v.  Sancha.  Antvn 
fie  «lar  á  l.t  •     '      il  Iraíliiclor  líe  Mcla,  .xonn-lióloH 

•'■"■'••  h      ^í  irlín  VázqiU'Z  Sinn'la,  trólojro 

\  >\ht  la  conjetural  dfM'trina  <lel 
-ló  §ol>n*  v\  particiilnr  un  iIÍMCitrMo  muif  ciu- 
,  í|ué:  LtumruU  tn  iuj/fir  ojH/rluno  vería  ln  lut  pública. 


CAPÍTULO    XXXVI.  623 

conseguir  el  equilibrio  de  la  fuerza  que  obraba  en  sen- 
tido antagónico.  La  polarización  magnética  puedp  efec- 
tuarse por  medio  de  formas  animales.  Los  magnetizadores 
dan  al  agua  pura,  por  la  sola  imposición  de  las  manos  (vo- 
luntad expresada  por  un  signo ),  las  projnedades  del  vino 
6  de  un  medicamento.  Los  domadores  de  fieras  dominan  al 
león,  superándole  mental  y  magnéticamente  en  fuerza  y  en 
bravura.  Los  animales  son  los  símbolos  vivos  de  las  pasio- 
nes é  instintos  de  los  hombres.  Un  liombre  tímido  conviér- 
tese en  liebre,  el  feroz  en  tigre.  Gran  potencia  mágica  des- 
arrolla San  Ignacio  en  sus  Ejercicios,  ordenando  á  sus 
discípulos  que  vean,  gusten  y  palpen  las  cosas  invisibles. 
El  jesuíta,  de  tal  suerte  constituido,  comunica  la  eficacia 
de  sus  principios  á  un  conjunto  de  voluntades  igualmente 
acondicionadas,  y  cada  uno  de  los  padres  de  la  couipañía 
es  tan  fuerte  como  la  sociedad  religiosa  que  concurre  á  in- 
tegrar, y  esta  sociedad  es  más  fuerte  que  el  mundo  ^^^.  Así 
se  explica  el  más  sabio  de  los  ocultistas  contemporáneos, 
según  juzga  Papvis  á  Elifás  Le  vi. 

El  sapientísimo  vulgo  parece  arrimarse  á  la  o})inión  de 
González  de  Salas.  Para  él,  ciertos  sujetos,  con  señales  no- 
torias, publican  su  condición  de  zoántropos.  El  ser,  por 
ejemplo,  muy  flaco  y  bajito,  ó  muy  escuálido  y  alto,  con 
algo  de  singular  en  sus  costumbres,  le  hacen  sospechoso: 
ése  es  muy  probable  que  sea  lobisón.  Los  extremos  se  to- 
can: ó  nmy  alto,  ó  nuiy  bajo,  pero  chupado  y  misterioso 
en  uno  y  otro  caso.  También  es  in<lici()  casi  seguro  de 
zoantropía  la  circunstancia  de  tener  los  dientes  superiores, 
como  dicen,  salidos,  es  decir,  cuando,  por  un  defecto  tle  la 

(Ij    La  Cíe f  des  Granas  Mysttres  por  Eiifiiá  Leví. 


624  suPKitóTiriONJis  dkl  uío  di:  la  ilata. 

niamlíhula,  sal(»ii  fiicni  di'  la  boca.  A  los  que  ofrecen  eatn 
partioulariilail  llaiuan  ho(ju¡nc;f.  Los  dii'iite.s  salidos  ariíu- 
yeii,  á  la  eueiita,  las  aíioioiiOs  caninas  dr  hi  persona.  Tam- 
hicn  en  este  particular  parecen  conformarse  las  opinionen 
del  vulgo  con  las  enseñanzas  de  Leví.  Scí^un  Loví,  como 
se  acaba  de  ver,  la  fisonomía  de  cada  individuo  lleva  mar- 
cado el  sello  de  su  instinto  predominante.  Esta  circunstan- 
cia le  preilisjx>ne  a  transformarse,  por  medios  adecuados, 
en  el  animal  cuyo  instinto  manifiesta  predominar  entre  las 
condiciom»s  de  su  carácter.  Por  tanto,  quien  con  la  dispo- 
sición de  sus  dientes  manifiesta  ser  capaz  de  d.ir  una  taras- 
i«da  lobuna,  da  á  conocer  que  tiene  instintos  de  lobo  y  la 
consiguiente  prinlisposición  á  transformarse  en  esta  feroz 
alimaña:  no  le  falta  más  que  la  piel  de  ella,  i)ara  serlo  en 
cuerjK)  y  alma. 

La  creencia  en  las  transformaciones  ha  sido  cosa  lla- 
namente admitida  entre  toda  clase  de  personas,  así  rústicas 
como  letradas.  La  multitud  de  clérigos  solicitantes  perju- 
diaiba  no  píjco  la  religión  y  las  buenas  costumbres  en 
America ^*\  Señaladamente  los  religiosos  escandalizaron  de 
continuo  á  la  socieilad  con  sus  torpezas.  El  Tucmnán,  que 
abrazaba  entonces  casi  todas  las  actuales  provincias  argen- 
t¡na.H  situadas  entre  el  Paraná  y  los  Andes,  h\6  teatro  de 
grandes  escándalos.  Aunque  la  In<juisici6n  persiguió  á  loa 
que,  abusando  de  su  ministerio,  corrom|)ían  las  eostinn- 
bres,  fuC*  nK*<»sario  acorazar  con  terrores  el  pecho  de  las 
mujeres  Mancillas;  pues  su  propia  honestidad  no  era  bas- 
tante á  esíiiílarlas  contni  las  solieitHcion(*s  de  los  que  se 
pn-s^entaban  revestidos  de  un  caráetí-r  sagrado.   Ilízoseles, 

t<  el  Cap.  VI. 


CAPÍTULO  xxxvr.  625 

para  el  efecto,  creer  que  las  que  conocían  frailes,  se  rol- 
vían  muías.  Las  pasiones  sexuales  degradando  al  hombre, 
conviértenle  en  bestia,  como  refiere  la  fábula  antigua  de 
las  Medeas  y  Circes,  cuya  gracia  y  hermosura  eran  su  he- 
chizo. ¿En  qué  especie  de  animal  se  convirtiera  el  solici- 
tante, á  quien  le  priva  de  la  racionalidad,  no  ya  la  coque- 
tería femenil,  sino  su  propio  delito  '^? 

Se  ha  dicho  antes  que  en  el  Río  de  la  Plata  no  hay 
lobos.  Sin  embargo  los  descubridores  creyeron  que  los  hu- 
biese, tomando  por  tales  otros  cuadrúpedos  que  se  les  pa- 
recían á  la  distancia  y  que  no  pudieron  observ'ar  conve- 
nientemente á  los  principios.  Así  sucechó  con  el  aguard- 
guazú,  que  se  asemeja  bastante  al  lobo.  Gonzalo  Fernán- 
dez de  Oviedo,  describiendo  las  regiones  del  Río  de  la 
Plata,  da  por  cierto  que  hay  en  ellas  lobos  mayores  que 
grandes  alanos' -\  Tomó  Oviedo  la  noticia  de  boca  de 
Juan  de  Junco,  tesorero  de  la  armada  de  Gaboto.  Jmico 
le  dijo  que  había  lobos  nuiy  grandes  y  muy  armados  de 
colmillos,  con  dientes  semejantes  á  los  del  perro  y  el  pelo 
parecido  al  de  la  vaca:  de  noche  daban  muchos  aullidos. 
Por  el  tamaño,  por  los  dientes  y  colmillos,  por  el  p^lo  co- 
lorado (que  es  el  común  del  ganado  vacuno),  por  el  grito 
particular  que  da  de  noche  y  por  lo  que  al  lobo  se  parece, 
no  cabe  duda  de  que  el  cuadrúpedo  á  que  Junco  se  refería 
es  el  aguará- guazú  (voces  guaraníes  que  significan  zorro 


(1)  Fray  Andrés  Corral,  tratando  de  persuadir  á  una  niujor  que  á 
sus  instancias  le  daba  por  respuesta  ciue  las  que  conor'iati  frailes,  se 
volvían  ínulas,  le  replicaba  (pie />o/- f/  contrario  se  iban  al  cielo,  fllela- 
ción  de  procesos  en  la  Historia  del  Tribunal  del  Santo  Oficio  de  la 
Inquisición  de  Lima  por  D.  J.  T.  Medina.) 

(2)  Jiisforia  (leneral  ij  Xatural  de  las  Indias. 


626  SUPERSTICIONES  DEL  HÍO  DK  l.A   IM.MA. 

grande),  os|)ei*ie  ile  raposo  lanudo  y  *Tj¡ü;ant(»sco  que  se 
cría  en  las  roiíioiu'S  templadas  y  aun  eálitlas  del  Ivío  de  la 
Plata.  Kl  eolor  del  cuerp)  es  propiamente  rojizo  amari- 
llento; hus  manos  y  pies,  así  como  la  punta  y  hacia  el  me- 
dio lie  la  ct>la,  negnxs.  Fino  y  laríjo  el  hoeieo,  láridas  las 
patas,  más  alto  acaso  que  un  perro  lehnl,  t[uiere  iinitnr 
inciertamente  el  ladrido  del  |KTro.  Camina  moviendo  ;í  un 
tíein|)0  hi  mano  y  pie  de  cada  lado,  eomo  el  caballo  an- 
dadora de  sobrepaso.  Habita  con  preferencia  las  vertiiMites 
de  los  ríos  Panniá,  Paraguay  y  Uruguay,  arriba.  La  piel 
del  aguara,  cecino  se  le  llama  comunmente,  lia  fama  de 
ser  eficaz  remedio  de  las  hemorroides;  por  lo  (jue  son  nmy 
estimados  los  cojinillos  ó  pellones  que  hacen  de  ella  para 
los  recjidos  de  montar  (pie  usa  el  hombre  de  campo. 

Es  el  aguará  liera  temible  y  muy  capaz  de  hacer  peda- 
zos ií  un  hombre;  jKíro  arisco  por  demás:  no  se  aproxima, 
como  el  IoIk),  á  los  caminantes,  ni  los  acomete,  á  no  ser 
que  lo  |)ers¡gan  ó  se  le  interpongan  con  amenazas.  El  lobo 
de  la  Península  acostumbra  ir  emparejado  con  el  vian- 
<lante,  á  cierta  «listancia  íjue  le  jKírmita  arrojju'le,  con  ma- 
nos y  pies,  terrones  y  rociadas  de  tierra  (pie  levanta  del 
suelo.  Este  hábito  es  d(?  presumii*  (pie  haya  influido  en  d 
prevenido  ánimo  del  vulgo  supersticioso  para  coiiíirniarle 
en  la  sospecha  de  ser  un  brujo  transfigurado. 

£1  bnijo  advenediza  ó  el  brujo  criollo  que,  á  ¡mj)ulso  de 
mis  aficiones  y  hábitos  adípiiridos  en  Europa,  intent^ira 
convertirse  en  lolx)  en  el  Río  (h*  la  J*lata,  se  vio  inq)osibi- 
litado  de  hacerlo  y  hulK)  de  buscar  otras  formas  de  ani- 
males fiara  cumplir  sus  designios.  Halló  en  el  Río  de  la 
Plata,  aní  como  en  el  I'rasil,  vastísima  región  comarcana, 
multitud  de  animahfs,  así  indígenas  como  inq)ortados  de 


CAPÍTULO   XXXVI.  627 

Europa,  que  en  el  continente  de  Colón  hanse  propagado 
mansos  ó  domésticos  y  silvestres  6  l:)ravíos.  De  unos  y  de 
otros  se  vale  el  zoántropo,  comúnmente  llamado  brujo,  lo- 
hisón  6  lohíshómem.  Este  bellaco  brujo,  lobhón  ó  lobi.^Jió- 
mem,  en  el  Kío  de  la  Plata  y  en  el  Brasil,  así  ancla  por  las 
afueras  de  los  pueblos  ó  calles  de  una  ciudad,  cuando  están 
solas,  como  por  las  encrucijadas  y  caminos,  por  despoblados 
y  serranías.  Adopta  ordinariamente  el  tipo  del  cerdo  6 
chancho,  de  la  ternera  ó  del  perro  doméstico,  para  trans- 
figurarse. Pero  tiene  mucho  y  muy  bueno  en  que  elegir. 
El  zorro,  por  ejemplo,  le  hallará  en  todas  partes,  y  es  fácil 
comprender  cuánto  puede  servir  el  zorro  al  zoántropo. 
Hasta  podrá  en  ocasiones  suplir  por  el  lobo.  Zorros,  perros, 
lobos,  manopeladas  y  otras  alimañas  que  la  historia  natural 
aun  no  ha  clasificado,  son  lobos  de  una  carnada.  No  tra- 
tándose de  una  carnicería  humana,  es  lo  mismo,  por  ejem- 
plo, el  zorro  que  el  lobo;  pues  el  lobo  y  la  vulpeja  ambos 
son  de  una  conseja.  El  apered,  el  capincho,  el  fjafo 
montes,  el  vianopelada  ó  perro  del  monte  ( aguará -popí^ 
de  los  guaraníes)  y  el  cuatí  pueden  servir  de  mucho  al 
zoántropo  en  sus  empresas. 


PIN. 


LISTA   ALFABÉTICA 

DE  LOS  AUTORES  CITADOS  EN  ESTA  OBKA. 


Los  números  romanos  se  refieren  d  la  Introducción  y  los  arábi- 
gos al  texto  y  á  sus  notas. 

Academia  Española,  82,  164,  223,  237,  482,  Ul,  46S,  560,  586,  616. 

Acosta  (el   Padre  José  de),  21,  23,  130,  192,  277,  414,  453,  486,  487, 
556,  577,  578,  579. 

Alcedo  (D.  Antonio  de),  358. 

Alonso  el  Sabio  (el  Rey  Don),  62,  304.   Vóase  Legisladores  Españo- 
les (Las  Siete  Partidas). 

Alsina  (D.  Valentín),  73. 

Amador  de  los  Ríos  (D.  José),  62,  63,  306,  495. 

Angloría  (Pedro  :\rártirde),  114,  115,  1^5,  140,  203,  206,  251,  4R4. 

Anónimos:  (cantar),  vi. 

(Xaturales  del  Pirú),  21,  184  y  1^5,  191,  205,  278,  aiá,  454. 
(Ernest  Bosc),  200,  204. 
»  (Idolatrías  de  los  Incas),  208. 

»  ( Ixclación  del  ceno  de  Potosí),  275. 

(Un  initié),  147,  48:^,  617. 
»  (La  Nación,  periódico  de  Buenos  Aires),  500. 

»  (Relación  de  auto  de  fe  en  Logroño),  522. 

Alvarez  Chanca  (Doctor  1).  Di(»<?o),  551. 

Apuleyo  (Lucio),  59S. 

Argensolft  ( Ikrtolomé  Leonardo  de ),  182  y  183,  419. 

Argerich  ( I).  Juan  Antonio ),  xiii. 

Asperger  (el  Padre  Segismundo),  379. 


630  >l  rKiyíTICIONK>  l'l  L  liío  PK   l.A    1  I  ATA. 

AMr.  'D    r.Miv  .!.  V    n.   240.  248,  2:)7,  2:)8,  2:>í),  2<*»<),  2G1,  2()r.,  270, 

V  M),  :íV.>,  359,  378,  379,  381,  4(JÍI,  53G,  rxJ7. 
IVilagiitT  ^U-  VioioD,  474. 
]■  1).  V¡ivnte\  3. 

1  Fniv  1a>ih»  ilt» ),  G2. 

1 .  ( A  Xhnto  .1.  J. ).  !K).  494. 

lUlA-s  ,laun*k'U¡  (  D.  Antonio),  237. 
Riu/á     I).  Fnnioisco ),  .>l,  fú. 
Ikir/"'       1  P.  Alonso  de),  48.'». 
Ikti  .  Rollan  (  Vizoonae  de),  217,  2í)l. 

Ikfluvoir  (Presbítoro  I).  José  Muría),  .'íO. 
1'  •         lo  de),  4aj,  49:). 

l;.uv^      A íi  (iiHírjje).  318,  426. 

BorxM  (el  P.  Ihv^  do\  O^a 
B(Mc  ( Eruest ),  dX"). 

]■         I).  T<N'»filo),  81,  !.>.>.  413,  :»s2,  rm. 

1.  .  mu*  Carlos  Inca  (  D.  Calixto),  SI,  ISl,  2(i7. 

'  :o  (  Fernán),  seudónimo  de  Dfia.  Cecilia  Hóhl  de  Fál)or,  2G-1, 

.  323,  333.  4S1. 
(  i  .  /i   de   Vaca   (Alvar  Núftez  ),    fX),  57,  397  y  398,  399,    lol,  403 

V  4^^. 
Calderón  «If  la  liarca  (I).  Pedro >,  107,  108  y  Ka 
Ciuiipo  (  Estanislao  del ),  408. 
<  -  del  Castillo  (I).  Antonio),  xviii,  J,  78. 

P'niy  José),  53,  197,  618. 
•  /.i  (  D.  Ángel  Jusiiniano ),  536. 

Carrillo  Laso  ( D.  Alonso),  171. 
(  fl).  Vicente),  193. 

i  ,;.>    i.,.M.M...,u'-  de  hbí),  47,  57,  1:^5,  15:5,  lí)2,  203,  577. 
r  ( 1).  Emilio),  X. 
CaaUfllanoí»  (Juan  de),  173  y  174,  417  y  418. 
<!»•  I^)lmdilla  (I).  Jerónimo),  üíJ7. 
'  P.  F.  Antonio),  510  y  511,  588. 

.Martín  del  Harco),  12.5,  127  y  1-28.  186,  .355. 
.Mitfuel  de).  25.  48,  90,  06,  103  y  H>1,  18*2,  249,  2í)4,  :íOl  y 
:i  y  .312,  376.  377,  '^H,  413,  V.\  43S,  441,  412,  414,  16S, 
'    '    506,  528,  541,  T^aJ,  .5ÍJ6,  571,  572, 


1  I  U ■  II. 


•      m  de  I>e/ni  (  Vadra  ),  167. 

152,  172,  J  .  207,  20Í),  210, 

.,    ^-.i,  441,  485,  1^.,  >M,  502,  52.3,  578. 


LISTA    ALFABÉTICA.  631 

Colón  ( Cristóbal ),  3,  34. 

Contreras  (  D.  Ramón  ),  10. 

Couto  de  Mac^alhaes  ( D.  J.  V.),  121,  217,  2í)r>. 

Covarrubias  ( D.  Seba-^tián  de),  1U3,  441,  4SG,  ;V>2,  550,  5G0. 

Crocq,  fils  (el  Doctor ),  4()r>. 

Croisi^et  ( el  Padre  Juan ),  107. 

Cronau  ( Rodolfo ),  211. 

Crookes  (  Wílliam  ),  483. 

Cruz  ( D.  Luií  de  la ),  ^'Á,  443. 

Cueva  (Juan  de  la),  190. 

Chrístian  ( P. ),  88,  95,  565,  566. 

Díaz  ( D.  Xicomedes  Pastor ),  342. 

Digbv  (Kénelni),  368. 

Doblas  ( D.  Gonzalo  de ),  379. 

Duran  ( D.  Agustín  ),  102. 

Echegara}'  (D.  José),  101, 

Encausse  (  Gérard  ).  Véase  Papús. 

Epicteto,  343. 

Escriche  (D.  Joaquín),  271  3'  272. 

Fálkner  (Tomás),  455,  579,  619. 

Feijoo  (Fray  Benito  Jerónimo),   xix,  66,  SCj,  89,  124,   164,  313,   318, 

319,  330,  353,  356,  367,  337,  410,  455,  544,  599  y  600,  6U5. 
Fernández  de  Oviedo  (Gonzalo).  Véase  Oviedo. 
Fernández  ( el  Doctor  Francisco ),  251. 
Fernández -Guerra  y  Orbe  (  D.  Aureliano ),  613. 
Flores  ( D.  .Manuel  A. ),  359. 
Franck  ( Ad. ),  310,  313. 
Franco  ( el  Padre  J.  J. ),  450. 

Fuentes  y  Guzmán  (  D.  Antonio  de ),  123,  2ti7,  5:)U,  591,  592,  593,  6(J8. 
Gallego  ( D.  Juan  Nicasio ),  203. 
García  (el  Padre  José),  341. 
García  ( D.  Pedro  Andrés),  39. 
Garcilaso  de  la  Vega  (el  Inca),  115,  153,  184,  191,  2n5,  2as  21n,  22í), 

276,  277,  354,  356,  524,  577. 
Gay  ( el  Canónigo  Juan  Pedro ),  160. 
Géner  (D.  Pompej'o),  475,  566. 
Góngora  ( D.  Luis  de ),  7. 
González  de  Salas   ( D.    Jusepe    Antonio),    110,    r,(X),   612.   (;13.  (?21, 

622,  623. 
Granillo  (  D.  Arsenio ),  187. 

Guevara  (el  Padre  José),  37,  4^,  5.3,  55,  112,  ISd,  1S7,  523,  556. 
Crutiérrez  ( D.  Eduardo),  xv. 
Guzmán  ( Ruidíaz  de ),  12,  13,  358. 


632  SUrKR5TICIONE8  DKL  RÍO  DE  LA   PLATA. 

Horoáiidei  (D.  José).  XIV,  58  y  TiO,  67  y  68,  OS,  228,  ^m,  471,  477, 

517.  51S.  52S.  :»78. 
Ilemáiuiez  (  D.  .íua»  Antonio ),  55,  58,  268. 
If.mrt    el  CYonista  Amonio  de),  47.  57,  111,  115,  i;i5,  175,  185,22.% 

415.  4:i2.  524.  587,  588,  590,  591,  591. 
1  MUÍS  .  D.  J.\  IMO.  529,  530. 

1  ^'     Alejandro  de).  170,  212. 

il  I).  T.  J.),  143,  1S7. 

írvinjj  i  Wáshinjrton),  151,  415  y  410. 

uez  d<»  la  Espada  ( V.  Marcos  \  270  y  277,  454. 
.1  .  uí  *  I).  Jorge)  V  rUoa  yl).  Antonio  di»),  153. 
Laione  y  Que  vedo  ( 1).  Samuel  A.),  llí),  142,  154,  107,  268,  617. 
I^pnido  (Víctor  de),  xi,  xviil 
I^rouftsc  (  P. ),  611. 
Ut7--        T>.  Fnuirisco),  119,  173. 

Leg-  -   t'spañoles:  Las  Siete  Partidas,  414  y  415,  495,  496,  506, 

507,  500. 

»  »  El  Farro  de  Alcalá,  83. 

»  >  ICl  Fuero  de  Xtijera,  82. 

>  »  El  Cahildo  de  Santiago  de  Chile,  190. 

•  »  La  Xtnisima  Recopilacvm,  21S6. 
»                   »             La  Nueva  Rrcopiloi-ión,  2.'i6. 

»  »  La  ¡íecopilarión  de  Indias,  25,  223,  230. 

»  >  Las  Cortes  de    Valladolid,  230. 

•  »  El   Ordenamiento  de  las  Tafurerias,  274. 
I>*uyizamón  (  D.  Martiniano ),  295  y  2ÍK5. 

I>.'.n  'Fniv  Luis  de),  3'22.  :^.),  403.  .502,  rm. 

I>-ví  '  Elifíl'^  j,  172,  .3<)7,  317.  484,  514.  51í>.  521.  527,  548  y  54Í».  501.  IXí4, 

6íjt5,  6<j6,  608.  622,  6'A  624. 
I/»pí-2  de  (jomara  (Francisco),  181. 
I/ipí-z  de  rbeda  (  Franci-sco ),  }»eud«Miiiiio  «I»    Fray    Andrés   Pérez  de 

I>-.'»n.  82,  ,386. 
Ijoman  <el  Padre  Pedro),  13,  16,  48,  55,  111,  143,  157,  176,  178,  180, 

1K7.  198,  211.  212.  214,  233.  240,  2fi2,  267.  .3-16.  :J55,  456,  5^/2,  503, 

531.  53«,  597,  O^H. 
T..-.n     .1  .,..'.1..,..  Cario»),  110  y  111. 

ira  (  D.  Jo«^  Joaquín  ),  ÍJ5. 
.Mai 'iouti  (el  i.>ocUír),  3H0. 

Man-illa  ''••1  General   I).  Lnno   \.  „   xvii,  J.),  71. 
\f  ..t;„,y  íf^  Alíate  ;,  211,  :fi7.  4.S6. 

1  de  la  Puente  (  |>.  Jo^d ),  467. 
Mariini'Z  íIc  la  litfw  ( 1).  FraneÍMjo ).  117. 
Martínez  Marina  {D.  FranciiK!o),  3M,  30:'»  y  .vn,. 


LISTA    ALFABÉTICA.  633 

Matorras  ( D.  Jerónimo ),  G19. 

Mattos  (D.  José  Veríssimo  de),  121. 

Maury  ( D.  Juan  María ),  132. 

Maury  (L.-F.  Alfred),  Uo,  204,  304,309,  326,  327,  445,  508,  555,557, 

5G5,  568,  598. 
^Medina   ( D.  José  Toribio),  24.  25,  27,  28,  31,  33,  165,  106,  209,  231, 

233,  250,  390,  405,  499,  505,  520,  526,  562,  í567,  572,  573,  574,  576,  625. 
iNIela  (  Pomponio  ),  140,  600. 
Mendoza  ( D.  Pedro  de ),  8. 
Menéndez   Pelayo  ( D.  Marcelino ),  155,  306,  307,  308,  309,  322,  544, 

548,  551,  582,  586,  601. 
Mexía  ( D.  Pedro  de ),  379. 
Michelet  (J.),  391,  5G0,  566. 
Molas  (D.  Mariano  Antonio),  273,  337,  535. 
Monardes  ( Doctor  Nicolás ),  2U5,  207. 
Monescillo  y  Viso  ( el  Cardenal  D.  Antolín ),  67,  68. 
Monláu  ( D.  Pedro  Felipe ),  201,  227. 

Montenegro  (el  Hermano  Pedro),  198,  205,  229,  248,  379,  529,  530,  531. 
Montesinos  ( el  Licenciado  Fernando  de ),  166,  250,  276,  354,  501. 
Montoto  (D.  José  María),  463. 
Mora  ( D.  José  Joaquín  de ),  438,  480,  515. 
Moratín  ( D.  Leandro  Fernández  de ),  522,  568,  570,  575. 
Morel-Fatio  (Alfred),  172. 
Moreno  ( D.  Francisco  P. ),  193. 
Moussy  ( ^lartín  de ),  16,  159. 
Muratori  (L.  A.),  79. 

Navarrete  ( D.  ^lartín  Fernández  de ),  3,  34,  212,  551. 
Nííñez  de  Arce  ( D.  Gaspar ),  29. 

Núñez  de  Pineda  y  Bascufián  ( D.  Francisco ),  60,  113,  580. 
Nyder  ( Fray  Juan ),  462. 
Olascoaga  ( D.  ^lanuel  J. ),  39. 
Olavarría  y  Iluarte  ( D.  Fugenio ),  388. 
Olivares  ( el  P.  ^Miguel  de ),  34."). 
Oliveira  César  (  D.  Filiherto  de ),  75. 
Ona  (D.  Pedro  de),  113. 
Oviedo  ( el  Cronista  Gonzalo  Fernández  de ),  7,  8,  47,  i'AK  57,  175,  202, 

207,  222,  223,  280,  251,  394,  415,  432,  ^155,  499,  587,  5«S8,  589,  590, 

615,  625. 
Palacio  (  I).  Manuel  del ),  570. 
Papús  ( seudónimo  del  I)r.  Gérard  Encausso ),  138,  2(X),  204,  275.  310, 

314,  :U5,  32U,  821,  392,  426,  437,  4,52,  483,  491,  520,  5rw,  606,  623. 
Parodi  ( I).  Domingo ),  222,  230,  238,  529. 
Parras  ( Fray  Pedro  José  de ),  181,  536,  537,  610. 


034  surKitóTicioNUS  del  kío  de  la  plata. 

Pfclr\»ro«  (el  Capitán  D.  Antonio  dv  St»to\  113. 
Pinilta  Rnrnut'vo  (el  iXvior  D.  Ptnlro  dv\  xix,  2"),  r><C). 
Pemia     1^    ^     *•  M.  \  ÓTS. 
Póft-z  A:  '    I  surcaño),  54iK 

P¡  y  Mn  >.  Fnuu'isoo),  íVi. 

Pünio  .1  '.  liíT..  161.  100,  204,  317,   oL'i,  :m,   :W2.  380,  30-1, 

'  '    •íUi. 

Q 

Quevwlo  Vil  1).  Fnmcisco  de),  312.  ,3-12,  343,  3-U,  ,353. 

Q  M  I).  Mauíul  .Ins^O,  2SSÍ,  200. 

li  '■ val  «lo  Ingenieros  I).  José  María  \  iJ,7.J. 

l:    .  .  íle),  43! >,   MU. 

Riven>  »  i'l  Padre  .luán),  218. 

i:  ^'     •  r  I)irp>  Andrés   ,  1  Ri. 

l:  XM- ..  del,  4>^;,  4M),   UHi,  VM,  4!)2. 

I:  HarhilltT  Fernando  de),  (32,  G3,  (>l,  niS,  'm. 

I:  l'a.lre  Dietjo  de),  112. 

K—i.y  v.l.-ll.  ,  -íí. 

Hiii7.  di-    \'       '  1     I).  .luai».,  lai. 

Ku¡£  df  " .  i  iil  Padrr  Antonio  ),  48,  .05.  215,  210,  1>23.  220,  227. 

228.  233,  340,  485,  4Í)7  y  408,  521,  003. 
8  :D.  I->lunrdo),  311. 

S«i:i-   i*:r'     '  "      (I).  .leróninio  Alonso  de),  172. 
8alverle  lo  ),  12*),  555,  557,  503,  50S.  572. 

Sánrhei  ( el  Maestro  Pero ),  481,  550. 
Santa-. \na  Nery  (F.-.I.  de),  121. 
R.   -  '"     ^el  Li.        '-'     r       uid.»  .U- ;,  l.T). 

f^  .     I).  1 '    :         'inu;,  XV. 

.  1  Fray  Marün),  332,  408. 
h!  '.itero  I).  José  María),  IX,  3.32. 

K^  ;  i  5.  12,  1.3,  175  y  170. 

Si¡-aa  y  ta:.  .  I  >.  .1.  ftr  df  \    ^'7.  .".ll    v  3r_'.  :'»ll   V  .315,  3^S.    170. 

546  y  .547. 
Bénrca  el  V'iUt>*oU),  3. 

HicfTa        «  I).   H.;,    ÍK>. 

Hi-íi'  ~.  niondf,  Vr¿. 

S  .  Julio).  137. 

hv,i.',rziiii  l.Vt,  154.  35S  y  3.50. 

H*»pr:-  I.,  i»    f          '   I'       IS,  14-1.  410. 

Tn'"  '.  Mam 

T  I).  T                    V  400,  471. 

'I  lili. 

'I.:'  :¿¡.  •  '     .  .A>1  y  ^KJ,  »xj8  y  &JÍ). 


LISTA    ALFABÉTICA.  635 

Toiqueniada  (Fray  Juan  de),  22,  57,  113,  141,  IGO,  192,  2U2,  34j,  'S'jít, 

414,  4Ó3,  484,  527,  58S. 
Torre  ( Alfonso  de  la ),  435. 
Torres  ( D.  Diego  de ),  231  y  232. 
Torres  Amat  ( el  Obispo  D.  Félix ),  325,  329,  G02. 
Ulloa  ( J3.  Antonio  de ),  230. 
Valera  ( D.  Juan ),  ix,  39,  226. 
Vedia  ( D.  Enrique  de ),  402. 
Vega  ( Santos  ),  seudónimo,  467. 
Yélez  de  Guevara  ( Luis ),  xx. 
Viana  ( D.  Javier  de ),  425. 
Vicuña  Mackenna  ( D.  Benjamín ),  542  y  543. 
Viedma  ( D.  Antonio  de ),  5S. 
Viera  y  Clavijo  ( D.  José  de ),  5. 
Villegas  (D.  Esteban  Manuel  de),  518  y  519. 
Villena  (D.  Enrique  de),  62,  309,  321  y  322,  544,  548,  550  y  551. 
Vinaza  ( el  Conde  de  la ),  408. 
Virgilio,  el  poeta  latino,  322,  329,  493,  502,  598. 
Vitoria  ( Fray  Baltasar  de ),  264,  470,  570,  616. 
Xiniénez  ( Fray  Francisco },  251. 
Zaragoza  ( D.  Justo ),  591. 
Zeper  Deniicasa  ( J.  J. ),  seudónimo,  615. 
Zevallos  (D.  Estanislao  S.),  xvii,  42,  74. 


JJ. 


TABLA  ALFABÉTICA 

DE  COSAS  NOTABLES. 


(Véase,  respecto  de  muchas  de  las  voces   aquí  registradas,  el  Vocabulario  Rioplatense 

por  el  autor,  2.*  edición.) 


Los  iiümcros  romanos  indican  la  página  de  la  Introducción  //  de 
sus  notas.  Los  números  arábigos  señalan  la  jiáginu  del  texto  y  de  las 
notas  de  la  obra. 


Abatí  (voz  guaraní):  estaca,  14. 

Acay  ( nombre  guaraní ).  Véase  Yupacaray. 

Acompañado  (andar):  llevar  consigo  algún  talismán  ó  amuleto,  275, 
287,  513. 

Achuma,  planta :  on  la.s  artes  mágica?,  2G,  2<J!), 

Agua:  arrojan  la  que  sobra,  en  bebiendo,  341:  miran  en  ella,  para 
descubrir  al  autor  de  un  maleficio,  ry27  :  los  indios  mejicanos  mi- 
raban en  ella,  para  descubrir  un  robo,  527. 

Agua  de  los  dioses :  fuente  encantada,  115. 

Aguas :  su  inspección,  para  reconocer  si  hay  maleficio  y  descubrir  á 
su  autor,  527. 

Aguará  (voz  guaraní):  zorro,  21)3.  Así  se  llama  comúmnentc  al 
aguará -gua\ú.  Véase  esta  palabra. 

Aguará -guazú  (voces  guaraníes  \  zorro  grande:  preocupación  á  su 
respecto,  240  y  250:  su  piel,  contra  las  hemorroides,  3Sí> :  sus 
colmillos,  contra  el  veneno  de  la  víbora.  5iij :  creyéroide  lobo, 
G25  :  rectificación  histórica  á  su  respecto,  ()25  y  G2() :  su  piel  contrii 
las  hemorroides,  026:  fiera  temible,  020. 


638  8urFií>Ti»'io\t:8  dki.  kío  m:  i  a  imaia. 

Ai/unni '  f»ofK  (vocos  «nmmníos ) :  un  ciuulrúiHxlo,  G27. 

A:  (  vox  g\ianiii( ),  un  árUol :  su»  excoloncias,  247  y  218. 

Ai/..  .  >  V  Vi'asr     1  ■^•"■. 

.4j/íui .   ... ..;u-aiiva  y  pu: :ia,  llly   11.'):  fiitir  lo>  in-ii- 

liles  y  entrv  lew  ¡mi¡08  del  Nuevo  Muiuio,  11  L 
Affua  Milla   (  fuet^)  do  Siin   Telmo ):  468  ( errado  el   texto,   ///;  por 

a^in  i  y  nota  3,  4(2>.  IT')  y  471.   Véase  Lm  mala. 
-■IyMU>  »"•'•»  •  'I- 1  II  iTii   <!•  1    MomÍi'.   \\'2 :  dv\    uoiif  d»*  luiropa  y  ilu 

Affyirrf  ( f 'miirwiro  </*>,  eoiupiisiador:  ante  la  Iiupiisición,  31,  32  y  33, 

4«k4  y   lU'»:  cura  con  t'n>alinos,   lol  y   loó. 
Aktfutes :  nia;^>s  de  la  Ainérira  IVnlral,  ')\)i. 
Ají :  su  u.-io  en  la  hethiivría,  2t»0. 
Alifarroho:  árbol  .sabido  entre  los  indios,  107. 
A'  '■  '       '  ■'       >.*  misas  |x>r  ellas,  GS. 

A  >  .'  r/zaides,  tW. 

A.  "lo  II  en  peiui:    117,  US,  122.    KiG,  24G,  4'jí),  IGü, 

4ü7,   474,  47ü,  478,  470  y  480,  484  y   483  (entre  los  indios). 
A'  \'    '>e  Alnift.s  del  otro  mundo  t/  en  ¡tena. 

Ai"-   -  ■"    /"•*»•   rnerjfos :  doiarina  de  la    ly^lcsia,  47!),   ISO  y 

i>l  :  ;i  t'>p¡r¡luali>ta,    481  y  482:  doctrina  espiritista,  482  y 

483:  doctrina  ocultista,  483  y  484. 
Aloja,  liebida  de  S4>ni¡lla8  fennentadas  :  l;i  dil  m«»ll<',  muy  estimada,  248. 
AlonJto  fiarria:  un  pájaro,  21HÍ. 
AUareJí :  en  lucran-*  eminente^,  ll.'>:  los  dioses  infernales  lulorados  en 

cuevai»,  113. 
A  ■'  utilidaíl  tie  .su  e?-ludio,  VI. 

A  '.-     nuijen»  ) :  plapi  de  elliLs  en  América,  27. 

A'  voz  quichua  ' :  a<l¡vino,  a;rorero,   sal>i<»,    sacerdote,  101,    2<)7, 

277  y  278,  dTA 
Ambaio:  nierra  encantada  ó  hraia  de  Catamarc4i,  1  II. 
A"*'    ^'''•a■^•  Hanihi. 
A'  ujftM.  \7iLH4*  ¡íamhiramayos. 

AmuUioM:  «u  índole,  327:  contra  el    aojo,  51.3,  511.  Ví-ase   (himiira, 

' '  "    «'•  y  KwritoM. 

Analo'ji'i  «jm*  por  su  medio  forman  la  rtmi  rt  umlln,  el  hom- 

bre   i  .  y   el    viiIl'o.    'JS¿  y   2s:{.  2^1.    :iífc').    313.    31«,    310. 

ai7,  319,  414.  4ÍI3,  I.  552. 

A  fMí-ílm 

A  -  it.iii.ih  lo  III    :  22:    invocálianle  lo»  he<dii- 

A'  •  i»u  veljicifin,  7u  y  71. 


TABLA    ALFABÉTICA.  639 

Anguay  (voz  guaraní):  copal,  benjuí  de  Misione?,  árbol  de  lo.s  he- 
chiceros, 107,  198,  531:  sus  excelencias,  198,  531. 

Angueraes  ( voz  guaraní ),  fantasmas  :  temíanlas,  485. 

Animales:  su  personificación,  255  y  256. 

Animas.  Véase  Almas  del  otro  mundo  y  Apariciones. 

Anta :  sus  uñas,  contra  la  alferecía,  381. 

Antipatías  ( supuestas,    mágicas )  de  la  naturaleza.    Véase    Simpatías. 

Antropomorfismo :  133  á  138.  Véase  Fuerzas  de  la  naturalcxa. 

Añacuá  (voz  guaraní),  el  diablo.  Lo  propio  que  A/langa. 

Añanga  ( voz  guaraní ),  el  diablo,  sus  transformaciones,  sus  hechos : 
37,  38,  39  y  40,  53,  109,  125,  206,  292,  421,  510,  524  y  525. 

Añangapitanga  ( voz  guaraní ),  diablo  colorado :  124,  127.  Véase 
Añanga. 

Añapiireitá  ( voz  guaraní ),  cerro  encantado. 

Añumhí  ( voz  guaraní ) :  un    pájaro,    leñero  ú   espinero,  258  y  nota  2. 

Aojamie}ito,  aojo:  intencional  ó  maléfico,  é  involuntario,  548  y  nota  2: 
predisposición  á  él  en  naciones  y  familias,  549 :  especial  predis- 
posición en  las  nuijeres,  549 :  segíín  los  antiguos,  550  y  nota, 
551,  552. 

AparJiitas  (  voz  quichua  ) :  cumbres,  192  (  nota ). 

Aparejo :  instrumento  de  pesca,  146. 

Apariciones :  de  potestades  celestiales,  al  tiempo  de  la  conquista,  en- 
tre indios  y  cristianos,  10 :  de  almas,  á  los  vivos,  463  y  464 :  pa- 
pel que  desempeñan  en  los  cuentos  y  leyendas  rioplatenses,  465: 
según  la  Iglesia,  480  y  481 :  según  el  espiritismo  y  el  ocultismo, 
•    482,  483  y  484. 

Aj)icairés  (voz  guaraní):  género  de  licantropía,  furor  á  manera  de 
rabia,  entre  los  indios,  6<J2,  603  y  nota. 

Apodos :  entre  los  españoles  de  la  décimasexta  centuria,  14. 

Aquelarres :  en  las  salamancas^  95  :  en  la  edad  media,  475  (  nota ) : 
en  las  salamancas,  522 :  en  la  edad  metlia  y  moderna,  557  y  558  : 
principal  aspiración  de  las  brujas,  ir  á  ellos,  563 :  explícase  su 
génesis  é  índole,  564,  565  y  566 :  subsistencia  de  ellos,  567 :  en 
las  salamancas,  567  y  568 :  las  viejas  y  feas,  no  las  jóvenes  y 
hermosas,  asisten  á  ellos,  568,  569  y  570:  voz  vascuence  (prado 
del  cabrón )  568  (  nota  2 ).  Véase  Sábados  y  Bruja.s-. 

Árabes :  cultivan  las  ciencias  del  Oriente  ( magia,  etc. )  en  Iv-paña, 
305,  306  y  307. 

Araguirú  (voz  guaraní):  un  pájaro,  256- 

Arañazos  y  mordeduras  de  aninmles :  convierten  al  hombreen  el 
animal  que  lo  araña  ó  muerde,  antigua  creencia,  617,  61S  y  610. 
Véase  Tigres. 

Árbol  de  los  Hechiceros.  Véase  Anguay. 


640  SUrERSTICIONES  DEL  KÚ)  DK  LA  l'LATA. 

Arboles  :  iiersonificaílos  y  reveronciftdos  ilo  los  aMl¡y:uOí*.  Isí),  100  y 
191:  de  Iw  indios  de  América,  101,  102  y  10!í :  lioiulin»  primitivo 
entre  elloé^  ofrtMulas.  10:{,  llU  y  10:>:  a.'rvuljro.  2\\  2:>X 

Arguiánna  (en  caiahuí  j>  fueteo  fatuo:  creencia  viilu:ar  á  su  res- 
pecto. 474. 

ArimHupos^  pueblos  ima^iuirios  de  Moscovia :  en  fierra  cou  los  jarifo», 
por  el  oro.  10»  y  Uil. 

--lr/ijf/<i  (condiciones  nivcsarias  del):  x\'i. 

Amera  v  voz  de  ori^n'ii  portuíjués ),  un  árbol  :  perturbaciones  que  causa 
en  el  organismo,  250  y  251:  curación  del  mal,  2r)l  y  2r)2:  con 
si  .    2.'>3:    mo<Io    cabalístico    de    proervarse  de  su  malcíico 

íníi>.j  .  ->1  y2r)3:  sus  projiietlades  medicinales  'J.'kí:  la  alioija  y 
mata  una  pará^it;i.  254. 

Asimilarión  de  ideas  y  costumbres  entre  españoles  c  hulios :  22. 

Asombrado  (lugar):  molestado  de  espíritus,  418,  4r)0,  40 •,  \i\'2. 

Astral  (término  de  la  magia):  (cuerpo),  314:  mediador  plástico  \\\\\- 
versal,  od,  317:  (plan),  320:  fuer/a  universal,  4S3 :  (luz),  4S4: 
( cuerpo ),  4ÍW :  ( luz ),  491  (  nota ) :  ( luz ),  519  ( nota  2) :  (  Huiílo ), 
520  (nota  1):  ( cuerpo ),  520  (nota  1):  (luz),  548  (nota  2): 
fuerza  universal,  5-1-'^  (  nota  2 ) :  (Huido  ),  005  (  nota  2):  (  cuerpo  ), 
(jiO  i  nota  1 ). 

Atar,  ataduras  (mágicas).  Véase  Ligar,  ligaduras. 

At'  iriariji,  en  la?    simpatías  de    la    naturab'/.a,    niá;j:¡cas, 

.   NI.  LN.-»,  :i'r2,  317  y  :íh,  xs. 

At  juicbua) :  tigres. 

A"'  :  autorizan  »u  ejercicio  las  leyes,  509. 

Auio '  <tfio :  en  la  hechicería,  591  (  nota  ). 

Auto 'f  II j  í  fenómeno    i)s¡co  -  físico  ) :    en    las    simpatías   de    la 

aruer:^  en    las    del    caburé,    2S7,    .'MO.   ?>(;_>.    3()3.    300.    372, 

302,  4íl2.  4ÍI3.  408,  409.  513,  514  ( nota  1 ). 

AvtM :  su  perwnificación,  influencia  mágica,  etc.,   35:0  á  377,  343,  i345. 

AreMr^  >  •   •    .- .    •     l'/ena,    207  y  20S :   sus  huevoH  guachos, 

bi;  _  :  la  nidada,    si   la  tocan    ó   miran    nm- 

cIk),  209:  entre  asiático»*  y  africanos,  331:  entre  los  coptos,  332: 
•tt"»  huí'vo»»,  efecto»  mágicos,  332:  su.h  huevos,  en  las  mezíiuiLjw 
«leí  ámbe  y  en  \n       '  '  '    ristiano,  332  y  3^13:  simpatías  para 

que  no  (IcNfi.igA  

Arestrui  <.  fantá-^iico :  122,   2G8  y  209. 

AreMtrux  de  fuegfí,  fantá.-^tico :  122,  208. 

Ayartui.  I»  í 

Ayuno:  iilfíñ.-   ...^ .        iu,-ti,  :W5. 

Aletear  ruhin  :  225  y  nota. 

Bacará  (  voz  guaraní ) :  ínMrumento  mt'ntifx),  ri5. 


TABLA   ALFABÉTICA.  641 

Balsamo  de  Misiones.  Véase  Aguaraibá. 

Barajeros :  fabricantes  de  naipes,  en  el  Paraguay,  273. 

Barba :  uso  antiguo,  82  y  83 :  entre  los  gauchos,  79. 

Barbacoa  (  voz  americana ) :  zarzo,  diversas  acepciones  similares,  222  y 
223  y  nota  1. 

Barbacuá  (voz  americana):  zarzo,  222  y  223  y  nota  1. 

Bautismo  :  entre  los  gentiles  y  entre  los  indios  del  Nuevo  Mundo, 
414 :  el  de  los  cristianos,  414  ( nota  3 ). 

Beber:  tirando  el  agua  que  sobra,  341. 

Beleño,  planta :  enardece,  los  poetas  simulan  usarla  en  sus  cantos, 
203  y  nota  2. 

Bellasombra,  de  ]\ [álaga :  om.bíí,  240. 

Bencedura :  vocablo  cerril,  del  portugués  benier  (bendecir),  424  y 
nota. 

Bendición :  de  padres  y  padrinos,  67. 

Benteveo  ( voz  imitativa ) :  un  pájaro,  257,  296  (  nota ). 

Bichera  (del  portugués  bic/ieira )  :  gusanera,  42;"). 

Bicíio  moro :  un  insecto  destructor,  428 :  descríbese,  429 :  cómo  con- 
curre á  la  destrucción  de  los  sembrados,  43U  y  431  :  ahuyéntanle 
con  simpatías  cabalísticas,  432  y  433. 

Biguá  (voz  guaraní):  zaramagullón.  Véase  Zaraniagnllón. 

Bitambó  (voz  guaraní):  árbol  cuyos  efluvios  daílan,  251. 

Bohiques  ( voz  de  las  Antillas ) :  mago,  hechicero,  médico,  adivino, 
206,  454. 

Boliorqiies  ( Pedro )  :  célebre  impostor,  156  y  157. 

Boicio  (en  las  Antillas):  mago,  hechicero,  206.  Véase  Bohique. 

Boighe  (voz  araucano -pampa):  canelo,  árbol  sagrado.  Véase  Canelo. 

Bombilla  ( del  mate ) :  defínese,  224. 

Boquines :  de  dientes  salidos,  624. 

Boratios,  de  Venezuela :  magos,  hechiceros,  médicos,  49  y  50. 

Borracheras  de  los  indios :  en  las  más  solemnes  tiestas,  556 :  en  la  man- 
sión de  los  bienaventurados,  196,  556  y  557,  618,  619.  Véase  Chicha. 

Boyero :  un  pájaro,  257. 

Bramidos:  do  cerros  y  sierras,  142,  143,  144,  174,    180. 

Bravos,  bravas  (cerros,  lagunas,  etc.):  172  y  173,  174,  46()  y  461. 
Véase  Cerros  bravos.  Lagunas  bravas  y  Pasos  bravos. 

Brujas :  en  los  aquelarres  de  las  salamancas,  95  y  96 :  su  odio  y  en- 
vidia, su  maldad,  437,  442 :  más  que  brujos,  559 :  ideas  de  un 
célebre  escritor  á  su  respecto,  559  y  560 :  ¡mpúgnanse  las  ideas  de 
este  escritor,  560,  561,  562,  563,  564,  565,  566 :  ñamáronles  pufos 
viejas,  563  y  nota  :  en  las  cárceles  y  hogueras  del  Santo  Oficio, 
568:  sus  aficiones,  unturas,  etc.,  570,  571,  572:  en  el  Nuevo 
Mundo  ( indias ),  577. 


642  8UPKRSTICIONES  DEL  RÍO  DK  LA  PLATA. 

Bn^fos :  en  el  Xuevo  Muiulo  (iiulios),  fiH)8,  viejos  y  nof mulos,  578, 
"■"  'sil;  SUS  varias  rlaso-,  rK'^>:  transfónnjuise  oi)  aiiiinales,  .086 
}  .  •■'»1  :  i'ii  t'l  Niu'vo  Muiulo  t,  iiulio>  ,  r»s7.  .'kSS,  r>8ü  y  59(>, 
501 :  ipiali's  en  toilas  piirti».s  t*»*^-. 

líufHos  Aires :  orip'ii  ^\e  su  nonihrw  0. 

Jinfit. :  atl«>r:ulo  «lo  los  indios,  »77  :  sus  ojos  alabados  tic  indios,  jjric- 
;;<•-  y  r<-'nianos,  277:  do'uml  agüero,  277. 

Oki  ^vox  jfuaraní):  yorha  del  inatts  VX\.  213  y  214,  220  y  227,  230 
nota  3).  Véast»  Yerlxi. 

t\uilmii  ( vox  guanuíí  ^1 :  una  (•la>e  di'  yerba  i^  ilcl  niate  ),  22u. 

('  •  i  (  voi  puanmí  -  tupí ) :  demonio  de  los  bosques,  hace  des^ra- 
i«  á  los  que  le  niimn  una  vez,  291  y  nota,  202. 

t.oit  i/uqui  (vocea  junaran  íes ) :  tabaco  silvi'stre,  2t».'). 

CiiUJI'»  !/  UiíImj  :  í^refias  del  in<l¡o,  78:  cabellera  de  la  china,  7S  y  7!): 

bu-ba  y  calHÜ»»  dtl  paisano,   70  y  S<):    trenzas    de   la    nuijer   del 

cainpo,  8i>:  calR-lleni  de  las  tucumanas,  81:  antiiruas  nnijeres  de 

l-IspuAa,  si  y  ,s2:  espiu^ole.s  antijruos,   82  y  83:  griegos,  romano?, 

s  on  general,  bi^  y  S4. 

CaU  , . ...    i/-  Xúñci  ):  coní|UÍsia<lor  ilustre,  hazanoso,  3'.r)  y 

nota :  sus  cunu-iones  preternaturales  en  la  América  Septentriomd, 

f  I     voz  guaraní    :  un  árbol  aroniálico,  223. 

'  ...  *^M tanas  en    los  aquelarres,  00  :  acude    al  liainatio  de  hu>  he- 

•^,  4!íS:  vitorí'anle,   4íí8  y  400:  <la  nombre  al  (njuclarrr,  5í)8 

(nota  2):   en  loí*   a<|uelarres,  574:   concepto  que  de  él  formaron 

lo6  ant:  '*»0  y  570  y  nota  2:   Satanás,    para   enteiulerse  con 

Iflü  bruj.ir..    ..  »:  en  1o>í  aquelarres,  574,  5s7.  \'éase  Cliivalu. 

Cahuré  (voz  guaniní):  un  ave  i\v  rapii^a,  27(i:  descríbese,  279:  su 
ferocídmi.  279  á  282:  su  canto  y  vi>Ui  atmai,  28Ó  y  283  á  287: 
clfU-nní:  dgiinas  de  sus  virtudes    nulgicits,  284  y  285  :  airae^ 

332  y  .1^..,    ...  y  318. 

Caburty  (  voz  gimruní;.  Víaw  Caburé. 

(anti:  un  pájaro,  270.  2ÍK5:  su  origen  mítico,  205  y  '2íKj  (nota  2). 
^     i^e   t'm' 

'  !  '  *;    f:i,   borrachera,  101. 

f  .'  :        ;  :i     la,  borra<hera.   Véase  Oii/iiin. 

'  'immm  (  vox  guaraní  -  tupí ) :  demonio  de  los  iMHques.  VóaJíO  Qia¡H/ní, 
o  C  nombre  quichua;:  ifla  encantada,  187. 

'  ■  '  '      '  ■     ro,  méílico.  Oí». 

'  ,  iradíir,  ginirdador,  15.3,    2í^)8. 

z  guaraní):  una  chuM-  preferida  de  yerba  (del  mate),  221. 

íJóiiro,  bollo  nagrado,  ''U  de  lott  ptTuanoM :  20. 

Catteha  (  sta  quichua ; :  ^ü. 


TABLA    ALFABÉTICA.  643 

Canchear  (de  candía):  223. 

Canelo :  árbol  sagraJo  de  araucanos  y  pampas,  193,  104. 

Cantipuera  (del  tupí):  vino  de  mandioca,  217. 

Capibara  ( voz  guaraní ).  Véase  Capiguara. 

Capiguara  (del  guaraní) :  cuadrúpedo,  roe  y  derriba  el  árbol  por  donde 

los  mocobíes  subían  al  ciclo,  199 :  era  el  diablo,  que,  transformado 

primero  en  una  vieja  mendicante,  castigaba  la  falta  de  caridíid  en 

ellos,  444. 
Capicati  (voz  guaraní):  una    planta,   528:   de  propiedades  mágicas  y 

medicinales,   529,   53u   y   nota  3 :   su  olor    delicado,   y   dónde   se 

cría,  531. 
Capii  (voz  guaraní):  paja,  530  (nota  1). 
Capincho  (  del  guaraní ) :  cuadrúpedo.  Véase  Capiguara. 
Caracaraes  (indios).  Véase  Tinihúcs. 
Caraí  payé  ( voces  guaraníes ) :  mago,  sacerdote,  227. 
Carbunclo,  animal    imaginario :   en  las  regiones  andinas,   119 :   familia 

mítica  á  que  pertenece,  124,   127  y  128. 
Cardenal :  un  pájaro,  250. 
Caribes  de  la  Florida  ( América  Septentrional ) :  intentan  comer  á  unos 

españoles,  y  los  canonizan  por  médicos,  396  y  397  y  nota:  cómo 

curaban  los  médicos  ó  liechiceros  indios,  397  y  398  ( nota ) :  cómo 

los  curaban  los  españoles,  397  y  398. 
Carpintero :  un  pájaro,  259  y  26u  y  nota  1 :  fatal,  260. 
Casa  Blanca,  sin  puertas  ni  veíitanas  ( sin  vanos ) :  en    Misiones,  156 

y  157:  en  el  antiguo  Tucumán,  156. 
Catanga  (  del  quichua ) :  escarabajo,  429. 
Cateadores :  cómo  buscan  las  geodas  llamadas  cocos,  359. 
Caudillo  riograndense,  consultando  el  oráculo  en  una  salamanca,  93. 
Cauín  (voz  tupí):  vino  de  mandioca,  217. 

Caüna  ( del  guaraní ) :  una  clase  de  yerba  ( del  mate ),  220,  224. 
Cavernas :  prehistóricas,  110  y  111 :  las  naturales  parecen  á  veces  obra 

del  hombre,  111.  Véase  Cuevas. 
Cebar  ( mate ) :  servirlo,  ocharle  el  agua,  224. 
Ceibo,  árbol :  en  la  mitología  indígena,  19G  y  197. 
Cernes.  Véase  Ccniics. 
Cemíes,  de  Santo  Domingo:  ciertas    deidades,    el   dial)lo,    111    y    115, 

206,  454,  484. 
Censura:  moderación  con  que  debe  hacerse,  para  i\\w  dé   buenos   re- 
sultados, XX. 
Cercos  de  la  luna :  preocupaciones  á  su  respecto,  entre  los  indios,  353 

y  354. 
Cerrillada,  provincialismo :  defínese,  120  ( nota  3 ). 
Ceiro  de  Famatina :  encantado,  142  y  143. 


644  SUPKRÜTICIONES  UKL  UÍO  l>t:  l.A  TLAIA. 

Cerro  dei  Monjr,  m  Misiones:  sus  aguas  santas,  {\\  y  412. 

Cirro  de  Afiapuraeitti :  encantado,  del  Panijruay,  11?5. 

Crrr                      '  :  sus  caraolnis,  liL*:  elenuMito  pai*a  el  i>oeta 

1.-.  iman,  IX)  y  noUi  2,  142.  14:J  y  Hl. 

Ciencia  iVmio  ¡dea  el  universo,   137  y  líiS:  y  de  los  aiilij^uos, 

171  y  1?2 :  su  móto*lo,  284  :  su  pn^tendida  é  imposible  incorp<ira- 
cíAn  A  la  experimental  y  racional.  IVM  y  !ttf»:  secnMa,  esotérica, 
'^'í  (nota  2)  y  lii-O:  en  K>píU^a  i^  >i.LrIo  XIV  y  sul)s¡j;uientes ), 
•A  310  y  notas  resixH'tivas :  españoles  y  portu;;iieses  propá- 
pinla,  311:  primitiva  ó  matriz,  312:  sus  principios  fundamentales, 
314  y  31Ó,  317 :  con  n*lación  A  las  sim¡>nti(is  do  las  cosas, 
..>■•;  su  estudio  en  la  antij;üe<lad,  393:  sol)ic  el  ternario,  420:  so- 
bre las  fuerzas  y  el  ternario,  434,  43."j  y  nota :  sobiv  hus  aparicio- 
nes, 4S3  y  4-S4 :  métvxlo  de  analogía,  41)3,  r>(>2:  en  punto  á  hechi- 
lOí,  007  y  ó08  y  nota,  y  á  astrolopía,  ^Añi:  sobre  el  sapo,  511)  y 
nota  2.  ')'}(\  y  nota  1,  521  y  nota  1  :  sobre  el  aojo,  VIS  (nota  2): 
tn  las  sdlamanríis  y  en  los  teatros,  'AiS :  sus  doctrinas  sobre  la 
/.o:iniropía,  5íS7,  tíUü  y  notii  2,  ÜtJ6  y  nota  1  :  su  secreto,  590  y  591. 

(  ia  oculta,  3»>S  y  'M). 

(i  m     iti.ii.    .  .luíanlo:  el  más  tónico,    224  y  233:    pnítiiilo    dol 

1  Mi -ano,  225. 

Cigarro:  vehículo  <le  njali-ficios,  511,  512. 

Cnnhra:  ¡nstrumcnto  de  caza,  290  y  nota  2. 

C»/"'  rnilhontfns.  Véase  Sipo  luUhomrus. 

('irruios  en  ti  rampa:  ú  qué  se  atribuyen,  537  y  53^. 

Ciudad  de  ios  Cesares :   imaginaria,  O  y  7. 

uiichua ),  planta :  en  la   mitología  y  nuigia    indígenas,   2G, 
nota  3,   2'j7    y  nota   2,   208  y   2<J9,  497   y   498  ( nota ), 

Cotos^  seoda- :  cdmo  revientan,  144:  creencias  de  los  indios  a  .«u  res- 
'  -ríbense,  357:  causan  sorpresa  y  admiración  á  los 

revientan  con  estruendo,  ii5S  y  3.59:    cómo  las  ca- 
\.  r  .  ,etura  á  -u  resp<et<».  3Í30 :  virtudes  ípie  les  han  atri- 

buido, aeO  y  3G1. 
<}jh'>f>'i     i-n  Ua  Antillai*;:  tabaco  y  acción  «le  iwpirar  el  humo  de  él, 

'J't:  y  jtO  y  nota»»,  '¿ffT).  Véa^»  Tabaco. 
('>.t>n, '     en  la«  nimpatias,  303  y  3Í>1. 
(  '-ia:  «Q  mmo  y  fn^ita,  para  las  hemorroides,  381. 

f  "ñ  &  HU  respecto,  352  y  .'153  y  nota :   entre   los 

.  ,í;*.3  y  354:  entre  lo»  guaraníes,  ^154  y  .'155. 

f'"ti  án  y  amuleto  rpn*  lleva  uno  consigo,  27.5. 

^r;   |»n*panir   un  hí-í-hizo,  enhe<*hizar :    513,   510,   517.    Véaiu! 
'  -//(/■ '«fura. 


TABLA   ALFABÉTICA.  645 

Compostura:  hechizo,  274,  285,  286,  517. 

Comunión  :  entre  los  indios,  20. 

Cóndor^  adorado  de  los  indios,  277. 

Confesión  y  penitencia :  entre  los  indios,  20  y  21. 

Conquista  española:  expansión  civilizadora  que  la  caracteriza,  2  y  3, 
78  y  nota  1. 

Contrahierba:  508,  526,  528,  529. 

Coptos :  cuelgan  ante  los  altares  huevos  de  avestruz,  y  su  objeto,  332. 

Coro  (  voz  quichua ) :  tabaco  silvestre,  205. 

Corpus  Christi  ( puesto  6  fortaleza  de ) :  San  Blas  salva  en  ella  á  los 
españoles,  11,  12  y  13. 

Correntinas :  tésalas  del  Río  de  la  Plata,  512. 

Corporificación  del  espíritu  universal:  hipótesis  famosa  respecto  del 
vitriolo,  368. 

Criollos  (dramas):  sus  defectos,  xiv. 

Cristiano  :  en  oposición  á  indio,  á  infiel,  75. 

Cruces :  su  velación,  68  y  69 :  en  el  campo,  en  los  árboles,  69 :  ben- 
dita, en  las  sequías,  342. 

Cruz  ( señal  de  la ).  Véase  Santiguaderas. 

Cruz  en  el  mate :  que  el  indio  no  tiene,  expresión  proverbial, 
75  y  77. 

Cruz  en  el  paladar :  387,  3SS  y  389 :  en  el  pecho,  389. 

Cruz  milafjrosa :  en  Corrientes,  16  y  17. 

Cuaternario :  según  las  doctrinas  cabalísticas,  315. 

Cuentos  y  leyendas :  del  cristiano  encantado,  94 :  del  peregrino,  09  y 
lOTj :  su  carácter  en  el  Río  de  la  Plata,  101  y  102 :  su  importan- 
cia social  y  literaria.  102:  del  tcyuyaguá  ( guaranítico- misionera), 
126  á  130 :  de  la  piedra  encantada,  148 :  de  la  casa  blanca  sin 
puertas  ni  ventanas,  en  Misiones,  156 :  de  la  casa  blanca  sin  puer- 
tas ni  ventanas,  en  Tucumán,  156  y  157  :  de  la  china  infiel  á  su 
í-ecreto,  157,  158  y  159:  de  la  desolación  de  Misiones,  177:  del 
castigo  del  pecado  nefando,  179  y  180 :  dé  la  soga  de  oro  de  Haina 
Capac,  183  y  184 :  del  gigante  pescador  y  la  peña  pobre,  185,  lvS6 
y  187:  déla  vieja  mocobíque,  pidiendo  limosna,  se  la  negaron,  198 
y  199:  del  tabaco,  202:  de  la  coca,  2»i8:  de  la  yerba  (del  mate), 
213  á  215 :  de  la  mandioca,  215,  216  y  217 :  deí  urutíiú,  289  á  295, 
y  295  y  296  ( nota  2 ) :  de  la  caza  del  lu-utaú,  299  y  300 :  muche- 
dumbre de  ellas  en  el  Río  de  la  Plata,  473  y  474 :  de  los  tcjnjes, 
588,  589  y  590 :  del  lobisón  ( varios ),  606,  607  y  6(.^. 

Cuerpo  astral,  término  de  la  ciencia  oculta.  Véase  Astral. 

Cuerpo  fluidico,  término  de  la  ciencia  oculta.  Véase  Astral. 

Cuerpo  sideral,  término  de  la  ciencia  oculta.  Véase  Astral. 

Cuevas  de  toro :  en  el  campo,  538. 


•46  srrFn>Tirio\F<  del  kío  hk  la  im.ata. 

Cuems  enttiHÍaths :  h\  tna^in  oii  oUaj*,  S6:  las  do  Salamanca,  Cónloha, 
eU?^  86:  la  tío  San  Patricio,  cii  Irlaiula,  87,  S8  y  89:  las  del  Kío 
de  la  ríala,  s^  y  SJh  la  de  'iVofoiiio,  v\\  ihw'ux,  Sí)  y  IH):  la  do 
MoiiU->¡nos.  del  Qttijoie,  DO  y  Ul  :  de  Salamanca.  Ulií,  UU  y  lO'n 
enlrv  lo?»  íikÜos  íÍv  Méjico  y  el  l*erú,  111  :  entre  araucanos  y  pam- 
pas, 111  y  iri:  do  Mixco,  en  (íuatemala,  12ii. 

Cu'  '.  término  de  la  nja^ria.  Véase  Astral. 

Cu.  ,      tativa),   un   cuadrúpedo:    su  uso  en  la   luchicería,   408: 

descrílH'se,  lííl)  y  nota  'J,  "MiCh  en  la  luvlucería,  oi^:  el  blanco  y 
el  nojfTO,  ^Á^\. 

Culebras  y  rilHjnis  :  fascinan,  .i-üi  y  'X\i :  alraen.  iÜU  :  la  ¡/anini.  'XV>  y 
lüÜ:  las  que  juegan  con  ellas  ( brujds,  nuiyurtixddorcs  y  cncautn- 
doresjf  3ííü  á  ^i39:  los  que  juopin  con  víboras,  mueren  arrastra- 
damente^ 339 :  encantadores  do  víboras  entro  los  indios  del  IVrú, 
338:  reniíHÜos  contra  la  picadura  de  víl)*)ra,  'XIG:  su  camisa,  con- 
tra el  dolor  de  cabi'za,  .'iSI3 :  su  vímumio  y  monledura,  12G  y  l'J7  : 
créese  que  maman,  'kíS:  mamando  en  unas  vacas,  538  y  r)!W :  im- 
posibilidad natural  de  ello,  'kíO:  conjetura  sobre  el  modo  de  suplir 
la  falta  de  «Varano  apropiado  para  la  succión,  539 :  la  misma  pre- 
.v...,|, ...'•'•!  .  M  KspaHa,  51U. 

Cu  ,  (ic  Sin  Antón:  cúranla   con    j)alal)ras,   383:    ideas 

vulgares  sobre  su  origen  y  efectos,  38.3. 

Curationes  á  la  distancia  :  por  medios  simpáticos^  3G5,  3GC,  307  y  notji, 
:«8,  424. 

Curado  ( mate ) :  penetnulo  de  la  yerba,  por  el  uso,  224. 

Curanderos :  sus  procetiimientos  cabalísticos  y  sus  bierbas  y  brebajes, 
3&0  y  351  y  nota,  378  y  nota,  3sl,  \m  y  107:  reconocen  por  las 
agua**    '  '• '• '  •' -lo,  527:  curan  el  dano^  528. 

Curar:  ti.  la  cosa,  513,  51<)  y  517. 

Curas  morales:  4<J6. 

Curiyú  (voz  guaraní  j :  <ul«bra  gigantesca,  boa,  175  y  170. 

Curuzuyd  (voz  guaniní,  fornuulo  «•!  radi<*al  <!<•  la  espariola  rrnx,  co- 
rrompida en  ruruxú ) :  enfcnn^To,  37s  y  379. 

Cutiguará  (nombre  guaraní;:  famoso  nnigo  del  timípo  <!«•  la  <<»m- 
quÍAta,  .597. 

Cuy,  r.-      :    Irópedo.  VéaM  Cui. 

Cuyan  '  ;  voz  quichua):  udiMinlín.  27ti. 

Chata  (del  Orínooo):  un  pencado  que  usan  en  los  hechizos,  218. 

r/  >ta:  en  las  arUís  mágiciis,  20,  2<)9. 

a<  >-,>-.  „„  cuadrtipedo,  499  y  5ÍX).  Véase  Cui. 

Charrúas,  ¡rHlk>»:  imp(ígnaH<'  la  opinión  de  un  historiador  «n  punto  á 
■u  manera  de  curar,  54  y  55. 


TABLA   ALFABÉTICA.  647 

Clíiclia  (voz  americana),  vino:  de  mandioca,  196,  217:  de  molle,  2liJ: 
de  maíz,  217 :  de  molle,  248 :  de  mandioca,  203  (  nota ) :  r-u  uso 
entre  los  mago>  indígenas  de  América,  borracheras,  556  y  557 :  de 
ololuchqui,  577. 

Chinas,  indias:  su  modo  de  parir,  5G:  indias  y  mestizas,  71  :  origen 
del  nombre,  71 :  no  se  usa  el  nombre  en  masculino,  72 :  usan  el 
pelo  largo,  78  y  79 :  costumbres  religiosas,  79 :  háceles  mala  par- 
tida el  caburé,  2S5. 

Chingólo :  un  pajarillo  cauteloso,   280. 

Chiqíii  (voz  indígena):  fiesta,  borrachera,  197,  268. 

Chivato,  gran  chivato  :  cabrón.  Satanás  de  las  brujas,  498  y  499,  574. 
Véase  Cabrón. 

Cldriguanos,  indios:  cómo  curan,  52  y  53. 

Cho7ichones  ( en  Chile ) :  las  brujas  toman  su  figura,  573. 

Chucho  ( del  quichua ) :  fiebre  intermitente,  409. 

CJiumhé  (  voz  guaraní ) :  faja,  78. 

Chupadores :  médicos  primitivos,  52. 

Chuspa  (voz  quichua):  bolsa,  morral,  208. 

Danza  de  los  muertos,  macabra  :  antigua  tradición  europea,  474 :  cómo 
la  interpretan,  475  (  nota ). 

Daño,  maleficio :  en  el  mate,  228  y  nota  2 :  hechizo,  440 :  hecho  por 
maléficos,  441 :  males  de  daño,  442 :  entre  los  indios,  443 :  según 
modernos  experimentos  científicos,  492 :  entre  los  guaraníes,  493 : 
varios  medios  de  hacerlo,  402,  493,  496  y  nota,  497  y  498 :  entre 
los  indios,  406  y  407  :  antiguas  leyes  españolas,  castíganlo,  506  y 
507  y  nota  3:  cómo  se  manifiesta  físicamente,  500  y  510:  entre 
los  indios,  510  y  nota,  511  :  cómo  se  propina,  511,  512:  modo  de 
precaverse  de  él,  512,  513 :  sus  efectos  morales,  513,  514 :  medios 
de  hacerlo,  514 :  en  los  animales  y  en  las  cosas  inanimadas,  515, 
516 :  cosas  con  que  se  hace  y  se  cura,  517  y  nota,  518  y  notas, 
510  y  notas :  enterrando,  520 :  medios  usados  para  hacerlo,  523 : 
para  reconocer  si  le  hay  y  descubrir  á  sus  autores,  527  :  sus  re- 
medios, 526,  528 :  con  la  vista,  511  y  nota,  542 :  voz  usada  por 
mal  de  ojo  y  por  todo  maleficio,  542,  543. 

Demonios :  subterráneos,  118,  124  y  125 :  sus  transformaciones,  325 
y  326 :  asombran  las  casas  y  otros  lugares,  450,  460,  463. 

Desgracia  :  homicidio,  175 :  fiaqueza  nuijeril,  561. 

Destino  :  concepto  de  él  entre  el  vulgo,  OS,  377. 

Diablo  y  dononios :  su  historia,  440:  nudtitud  de  ellos,  450:  sus  fe- 
chorías, 450 :  pactos  con  él,  451  :  sus  cualidades  superiores,  4")1  : 
según  doctrinas  heterodoxas,  451  y  452 :  su  st'inejanza  con  el 
de  los  indios,  453,  454  y  435.  \6nác  Iluei-urú.  (iualirho,  /ofHíy, 
Añanga. 


648  ¿l*rERSTK'10NF>*  DKL  KÍO  PK  LA  1»L.\TA. 

Dolor :  8U¿  oausa5.    para  el  hombrt»  primitivo,   fxí :   en  stMititlo   moral, 

necesario  vn  v\  imiiulo,  4^)9  y  iu»ln. 
Donnilon :  un  pújarx>.  2jC. 

Dragón  :   transforiiuición  lie  Satanás,  4 10  y  ni»ia.  Waso  Scrpicnica. 
Ihifmies :  íjT»  y  nota  3,  4'>S. 

Eí  '  :   •IcsluKv  t'l  iMu*anlo  dv   las  iransformatMonrs,  ."V^'J, 

.    locirina  esotéricn  ú  su  rv^pocto,  (Vü,  0(Kj  y  nota  1 :  ol 

encanto   de  los   naguales  ile  In   América   Central    paréensele,  ")!)! 

y  GOa 
Etiii*sts :  -  á  su  respecto,  eniiv  los  aiiti^fuos,  SiJT):  entro 

lo©  cli.;.     .  —  !  .  í;.uc  los  indios,  ii^lG  lidénlicas). 
Empacho :  de  las  criatunus,  347. 
En  este    mundo  no  me   t-eas  mal  jxisnr,   que  en  el  otro  no  me  ceids 

penar:   anticuo  ri'frán  impío,  en  KspaHa  y  Amí-riea    ( s¡y;lo  déei- 

mowxlo  y  sijjruieiites  \  i>(),  'áM. 
Enanos,  de  Kuropa,  imapnarios :  su  parsimonia  contrasta  con  la  pro- 

dig^ilidad  del  saUtman/juero  rioplatense,    IGl  y  1G2. 
Er  '  '    "  ■  //  (¡olores :  sus  causas,  entre  los  indios,  ól,  52  y  53. 

En  ^ :  enfermos,  histéricos,   14-1  y  nota  .i,  .'iül.  Véíise  J'osejios 

Enierradorrs :  una  clase  de  hechiceros,  492:  entre  los  guaraníes, 
4ü:í.  521  >. 

Entierros  (tesoros  escondidos):  122,  152,  154  (nota),  IGG,  lÜS :  en 
los  lugares  asmnbraflos,  4G2  y  403. 

Eaerito:  n^^mina,  palahnv*  máíjicas  escritas  y  reservadas,  274. 

Espantos  '■< ):  122,  467. 

EfjMÍi''  loni.  Véase  Couquistn  rsjiañola. 

Espaít'  j''t  A  17;  derraman  su  vida  y  fuerzas  por  el  mundo, 

1,  2  y  3:  i«us  ilusióneos,  6:  sus  desengartos,  S:  cruel e«  en  sus  apo- 
do*, llaman  tupi  (indio  horrible)  y  c/ira  de  jtrtro  á  dos  ¡nsi^nies 
coiK|iiÍAta< lores,  14:  coiK{u¡^-taii  civilizando,  3  y  78:  contrilniyen 
podenMUnenie  al  adilantamiento  de  las  ciencias,  17ü. 

Egjáiuro :  un  pájaro,  258. 

E\  ><»:  mencióna-e,    xvii,  xviii,  448:  sum  doctrinas,  4.S2  y  1H3. 

K'i     <   '       vi^ioneM ) :  122,  407. 

Km,.  »'„ujH  y  exíjrchttas :  .'120  y  327,  421. 

Erieriíjrixari/m  déla  «enjtibilúiad,  h¡pótfHÍH  d<-  un  experimentador:  su 
ai  á  la>*  anoH  de  ht^hiccría,  4Hs,  Islí  y  nota,  4ÍM»,  líil  y  V.r2. 

Rztro/-  1^  la  tennbil'fl'i'l :  expnfiión  sustituíhle  á  la  msls  dura 

y  •:  <     Itt  de  ext«rior¡/.a<¡ó:i,  etc.,  4Mí. 

Faeán  ( del  portu^uéM ; :  cuchillo,  223 :  los  de  madera  con  que  se  pica 
la  yerba,  véndeidos  por  nmcamiH,  223  (nota  8). 

Fatúamnaa  ( propiainenic  ima^nario«4,  y  he<'hizos  ) :  47H  y  479. 


TAHLA    ALFABÉTICA.  649 

Farol:  luz  iniáteriosa,  119,  120. 

Farrapos  ( voz  portuguesa ) :  rotos,  en  Río  Grande  del  Brasil,  93. 

Fascinación.  Véase   Vista,  Culebras ^   Víboras  y  Mal  de  ojo. 

Fascino  :  dios  y  médico  de  la  envidia,  protector  de  los  aojados,  543. 

Ferocidad  en  la  guerra :  quiénes  son  peores,  76  y  77. 

Fiestas  6  borracheras  de  los  indios.  Véase  Borraclieras. 

Fluido  astral,  término  de  la  ciencia  oculta.  Véase  Astral. 

Folk  -  lore :   su  objeto,  ix :  recurso  para  el  literato,  el  historiador  y  el 

sociólogo,  XVIII,  320. 
Fórmulas  cabalísticas.  Véase  PalaJjras. 

Frailesco  (más  comúinnente  bicJio  moro).  Véase  Bicho  moro. 
Fríos,  as   (jugos,  unturas,  etc.):    narcóticos,   anestésicos,   570,  571  y 

nota  1. 
Fuego  de  Sa?i  Telmo  :   llamóle  el  vulgo  de  los  marineros  agua   mala, 

468   ( errado  el  texto,  lux,   por  agua )   y  nota  3,  469 :    sus  varios 

modos  de  presentarse,  469 :  su  origen  mítico,  entre  gentiles  y  entre 

cristianos,  470. 
Fuegos  fatuos:  472,  473,  474. 

Fueguinos  ( indios ) :  su  modo  bárbaro  de  curar,  59  ( texto  y  not«i ). 
Fuerza  del  oro,  de  los  metales,  de  la  tierra :  117,    124,    135,    138. 
Fuerzas  de  la  naturaleza,  personificadas :   34,  35,  36  y  37,  42,    116   y 

117,    133,    130  y  110,    1(58  y  160,   243,   313  y  314,   331,  356  y  :^7. 
Gabiroba   ( voz  guaraní ) :   un  árbol,  mezclan  sus  hojas  con  la  yerba- 
mate,   224. 
Gallina :  cuando  canta  como  gallo,  mal  agüero,  266. 
Gallo :  en  la  historia  demoniaca,  575  ( nota ). 
Gatos :  cuando  llueve,  342 :  negros,  1342  y  34^1. 
Gauchescas  (  composiciones ) :  su  índole,  xiv. 
Geodas :    llaman  las    cocos,   356  y  357  :    preocupaciones  á  su  respecto 

entre  los  antiguos,  360 :  sin  cristalización,  361.  Véase  Cocos. 
Gigante,  pescando  á  orillas  del  Paraná,  185. 

Giras  por  la  campaña,  por  los  párrocos  y  sus  tenientes :  cómo  son  66. 
Gitanos :  contribuyen  al  aumento  de  supersticiones,  300  y  310. 
Gnomos  (en  el  Viejo  Mundo):  custodios  de  las  riquezas  subterráncius, 

161,  162  y  163:  sala)nanqueros  del  Río  de  la  Plata,  174. 
Golondrina  :    dispútale  el  liornero  el  carino  del  hombre,  264  y  2(r>  y 

nota  en  ambas :  la  rioplatense,  265  y  266. 
Goi'gojo  del  campo  (el  diablo  transformado  en):   53  y  "4. 
Gran  chivato :  el  demonio  en  Kgura  de  macho  cabrío,  499. 
Greñas,  del  indio :  por  lo  general,  distínguenles,    7S :  ios   jesuítas    iii- 

ciéronselas  cortar,  78. 
Grifos,  odre  los  antiguos  :    monstruos  que    extraen  el  oro  y  guardan 

los  tesoros,  160. 


650  SUrERSTK'IOXKS  DEL  RÍi)  DE  I^  PLATA. 

Guaras :  u^soros  ocultes  l'>2 :  vnria^<  sijrnifu'mMones  do  ostn  voz,  LVi, 
\:k\  y  IM  y  iiola,  102.  J'X^).  2«J7,  2ln:  tic  los  amon's,  270:  dei- 
tlmltv'*  r^pn^sriitmiiH  oi\  ídolos,  277  :  <le  los  aiiioivs,  'á)\. 

üiéacttmjNe :  talisnuin  y  anudoto,  voz  quicliua  ciistrllaiiizada,  11  y  10. 
275,   2S5,  5ia 

OuaeOt    una  planta:  ahuyenta  y  mata  á  la  víliDia.  Tkíó. 

Ouaeko:  íUíUwm'  la  voz.  2l>!). 

Owtgua  (  voz  quichua ) :  niui"\eco,  prenno  t»u  los  chú¡uis\  197. 

(htairá  (nombre  guaraní):  célebre  salto  6  catarata,  1S,'>. 

Gualicho  ( dd  anuicano  -  pampa  ) :  diablo,  .'IS  :  convicMtesc  en  niicrobio, 
ií^.  MK  l<»  y  41  :  disfrázíise  dr  niend¡ii:o,  y  se  venpi  de  quien  le 
xúv^w  limosna,  42,  -1-13  y  444:  prinieras  noticias  de  ó),  vagas,  4.'i: 
castellanízase  la  voz,  43  y  44 :  en  las  cuevas  cmantadas,  109, 
tde  con  tabaco  y  huevos  de  avestruz,  2lJ8:  sují  malda- 
.n~  j.   .11  ¿.manas,  421,  óll  :  en  los  nwdeHcios,  024  y  020. 

GuaUjHi  Inca  (?upue'ito):  el  ¡nq>oslor  lk)hor(iU('s,  15(i 

Guamjta  (  voz  quichua  ) :  asta,  vaso,  127. 

Guarayos  i  indios ) :  sus  creencias  respecto  íí  la  vida  futura,  19G  y  197. 

Guariba  {  voz  tupí  ^ :  vino  de  nuuidioca,  217. 

Guaribay,  contracción  de  (ujmirailHiy.  Véase  Ayuaraihí. 

Guayaca  i  voz  quichua ) :  bolsa,  costal,  27')  y  nota  2 ,  285  y  28G :  lle- 
van la  los  herbolarios,  529,  532. 

Gua^     ■     voz  quichua):    talismán  y  anudcto,  274  y  275,   285  y  280, 

Guazubirá  (  voz  guaraní):  venado  del  monte,  537. 

Guaxuii  (voz  guaraní):  venado  del  campo,  5:J7  y  nota  2.  Véase  Ve- 
nado del  ramjpo. 

Guirapayi  •' voz  guaraní  j :  un  páiaro.  atrilíúvensele  lieehicerías,  270: 
f»u  carne,  purgante,  3^1. 

Gusatitra^  en  el  ganado:  «u  curación  con  sim¡Kituis  cabalística^,  318 
y  :íI9,  T"    '    '    121,  422,  423,  424.  425,  427. 

Jíalfon^M :  a:  de  lo.««  indios,  277. 

1¡  voz  araucaim):  una  hierba  usmla  «mi  los  hechizos,  195. 

Jiin.'^r  imoyos  (de  ambi  y  la  voz  quichua  -  araucana  ramayoj:  he- 
«I.;.  .r..-     Vr,  y   1%. 

Han  ni  a>  ¿.lUj.-  de  mandifK*a,  210. 

Ihyo,  ili?  la  América  Cí'Utnd  :  coca,  230. 

Ilrchtcrñnn,  htchictroi,  UcchixQM :  2í>5,  2ii6,  2<«,  22S  y  nota  2,  249,  27G, 
4:#;,  üTi  y  nota,  Uo,  411,  442,  4-13.  45G:  distinguen'  la  hechicería 
de  1a  magia  y  ai»fr"'"'''  '-^'7  '<iv^  y  'W:  multitud  <1(!  hechi- 
ocroM  entre  lo«*   ind  .  :   el  maleficio,  incundile,  528 

y  iKiüi  1. 

ütíbolanoM :  340. 


TABLA    ALFABÉTICA.  651 

Herradura :  su  hallazgo  inesperado,  341,   343  y  344. 

Herrero  :  un  pájaro,  258. 

Hidalgo  pobre  :  un  pájaro,  25G. 

Hierba  de  los  hechiceros  :  define  la  expresión  un  escritor  contempo- 
ráneo, 529 :  determínase  el  sentido  de  la  expresión,  modificando 
la  idea  de  este  escritor,  520,  530,  53  L  y  532. 

Hierbas  medicinales.  Véase  Plantas  Medicinales. 

Hierba,  del  Paraguay,  del  mate.  Véase  Yerba. 

Hierberos :  herbolarios,  529,  532. 

Higuerón,  un  árbol :  descríbese,  238. 

Hipnotismo  :  324,  330  y  331,  36G,  392,  408,  434  y  4.3;1,  488  y  4S0. 

Hipo  :  su  curación,  342. 

Histerismo.  Véase  Posesos  y  Obsesos. 

Hora  ( oficial  ó  más  común  de  brujos,  fantasmas,  ruidos  y  voces 
extrañas,  almas  del  otro  mundo,  etc.)  :  24";,  47G,  479  y  nota,  574, 
575  y  nota,  576. 

Hm'nero :  un  pájaro,  su  nido,  263  y  264:  respétasele,  265:  aleja  el 
rayo,  265 :  por  sus  condiciones  y  hábitos,  semejante  á  la  golon- 
drina, 264  y  265 :  no  trabaja  en  domingo,  265. 

Huacas  ( voz  quichua ).  Véase  Guaeas. 

Huacanque  ( del  quichua ) :  talismán,  44  y  4.J,  275,  285,  286,  287. 
Véase  Giiacanque. 

Huacanqui  ( voz  quichua ) :  talismán,  276,  285,  286.  Véase  Gua- 
canqiie. 

Huamincas  ( voz  quichua ) :  ángeles  buenos,  454. 

Huatuc  ( voz  quichua ) :  agorero,  277  y  278. 

Huecos  ( pesos  ) :  moneda  antigua,  232. 

Huevos   de   avestruz:    imaginarias  virtudes  de  ellos.   Véase  Avcstrux. 

Huecufú.  Lo  propio  que  Huecú  vú. 

Huecuvú  (voz  araucano  -  pampa  ) :  Satanás,  el  diablo,  41  y  42,  60, 
112,  206  :  autor  de  todos  los  males,  443 :  disfrazado  de  pobre,  pide 
limosna,  443,  y  castiga  con  veneno  al  que  la  niega,  44^^  y  444 :  el 
vagador,  455.  Véase  GualicJto. 

Huecuvuyes  (voz  araucana),  magos,  hechiceros:  su  morada  en  las 
cuevas,  111  y  112:  origen  del  nombre,  112:  sacrificaban,  113: 
el  canelo,  en  sus  ceremonias,  113:  hechiceros,  nefandos,  579  y  ."kS(». 

Huellas  de  pies  humanos  (figuras  representíitivas  de  elhis):  qué  sig- 
nifican, 211  á  213. 

Huey  i  voz  araucana ) :  nefando,  hechicero,  00. 

Huevo  de  avcstrut  guacho:  feliz  hallazgo,  269. 

i/umm  (voz  araucano -pampa):  español,   cristiano,    ;idvene<lizo,  71. 

Huno  (voz  quichua):  cacique  de  diez  mil  vasallos,  2(>8. 

Hup'ui  (  voz  dominicana  ) :  fantasma,  4H1. 

43. 


652  SrPKKSTIi*Ii>NBS  DKI.  KÍO  DK  LA  IM.ATA. 

Ibapoi  (voi  guaraní ),  hiifiionm.  VéasH!  ¡Ugucnm. 

Iberd  (nombre  jaianuií).  hijirium  de  Corrit'ntes:  iMicantoss  quo  !<•  atri- 
buyen. 173  t\  17^. 

Ibkrú'payé  vvocvsKrnanimV}*),  árbol  délos  heehieeros.  Vilano  Amjuaij. 

Jbirart)  (nombre  guaraní):  planta  excitante,  221. 

¡biyaH  (  voi  guaraní):  pájaro,  207  y  nota  1, 

'  '  el  Perú.  confei«or.  A». 

.    ,      ^  .,,     .voceíguanuiíit» »:  Ih'Juoo  (le  los  hechiceros.  \vi\<v  Isifió-paf/r. 

Ieipó''rurniú  (voces  giianuiíes).  Véase  Isipf't-curttxú. 

Jgtiúfut :  su  grasa,  pimx  hinchazones,  i{81. 
tdns  (nuijerea):  27  y  2s. 

....  .^  .'■>•  (hechizo  por  medio  de):  .<egún  nio<lcrnos  ex  iktíi  lientos 
cienlíficoí»,  posible,  488,  489,  491»,  491  y  492:  entro  los  antiguos, 
49IÍ  y  nota,  494:  entre  lo8  judíos  de  España,  494  y  490:  castigu- 
do«  su?  autoH's  por  las  anti^íuas  h-ycs  «'spnriolas,  495  y  49i) :  cii 
AnH'rica,  4ÍK  'iíU  y  .'»<►.'):  fntre  los  indios,  'juj. 

Imán:  usado  en  los  maleficios,  "123:  contra  el  veneno  de  la  víbora,  r>3r). 

hmaniar,  término  de  la  magia :  r)l7,  019  ( nota  2 ),  5^18  ( nota  2  ). 

Impogieií'm  de  Uia  manos.    \'éa.s<"  Manos. 

:  modo  de  hacerles  la  guerra,  74  y  l'> :    idcii   (¡ue  se   formó  de 
ello«  el  cri.stiano,  l't :  no  tienen  cruz  en  el  niaíe,  75 :   matanzas,  7(1 : 
{♦•roridad  del  cristiano,  del  hnnhre,   70  y    77  :    su   exterminio,   77 : 
..'....,.  M^iiron  el  i)elo,  7S. 
//I/.  de  la  mujer  amante :  cruel  castigo,  8t). 

Infiel,  en  opoí«¡ción  á  cristiano:  indio,  75. 

'  .•    muchcílumbre  ¡x-rjudiciul  <le  inw<'los,  pájiu"Os,  etc.,   2<'A 
déi  brujo:  ü»J9,  GU)  y  011. 

,  proc<»sos  contra  nnigos,  hechiciTOs,  adivinos,  prt>stidigi- 
ladoren.  etc.:  24  y  25,  28,  29,  3íJ.  31,  .32  y  33,  IW,  1G5  y  1(50, 
172  (nota),  'Si\,  249  y  2."i<),  389  y  :m,  4^  y  m\  498,  499,  5(J3, 
%»i    -I»-,    v¿-,  y  -,'j(',^  -,73  y  ;j74. 

//íf.  //•  /^yx   Munidos  de    la    natunüexa:    españoles    é    indios, 

.  u:inio  difieren,  257  y  258,   2íiC  (nota). 
¡I^oray    <  xtn.    giuuuní):    lagtma    <lel    Paraguay   encantatla,    17!»    y 

Ipti  /  guaraní.':  carpintero,  pájaro,  2^)1. 

Ironía:  la  de  buena  ley  punza,    híu  herir,  427:    la  mortlnz,  HiU'tíi  <  n- 

hrr'  en  laM  simpatían  mágicas,  428. 

/  — ;«*M  ) :  d«'terfiiíimns«',  .'»i»J  y  533. 

i   >j  •  mtUtonirim. 

hépó-jtay*      v-  :  liejuco  de  lo«  h<*<'hicerí)H  w»ntni  el  nud 

(le  o'yt  y  t^nlu  ímiIiIíu^,  .V33,  .534  y  535. 


TABLA    ALFABÉTICA.  653 

Isla  de  Calhnayo,  en  Tucuinán  :  encantada,  aquelarres  en  ella,  teso- 
ros, 187. 

Isla  Encantada,  de  Rocha  ( Uruguay ) :  palomitas  blancas  sus  mora- 
doras, 187  y  188. 

Isoca,  un  gusano:  descríbese,  428  y  429:  cómo  concurre  á  la  destruc- 
ción de  los  sembrados,  430:  ahuyéntanla  con  simpatías  cabalísti- 
cas, 432  y  433. 

Itapucú  ( nombre  guaraní )  :  piedra  viviente,  148  y  149. 

Jesuítas :  cómo  reprimían  á  los  magos  y  hechiceros,  25 :  supuesta 
ocultación  de  tesoros,  155,  156:  destrucción  de  sus  pueblos  por 
los  portugueses,  159 :  leyenda  á  su  respecto,  177 :  otra,  178 :  otra 
sobre  sus  supuestas  riquezas,  186  y  187 :  sucesores  de  Santo  Tomé 
entre  los  guaraníes  ( leyenda  },  213 :  sus  yerbales,  221 :  teatinos, 
148 :  hacen  usar  el  pelo  cortado  al  indio,  78 :  combaten  el  uso  de 
la  yerba,  y  que  se  sujetase  los  indios  á  duros  trabajos  por  su 
causa,  231  y  232:  estudian  las  plantas  medicinales  del  Paraná  y 
Uruguay,  379. 

José  Chavarría:  un  pájaro,  258  y  259. 

Judíos :  cultivan  las  ciencias  del  Oriente  ( magia,  etc. )  en  España, 
305,  306  y  307 :  contribuyen  al  aumento  de  supersticiones  en  Es- 
paña, 311  y  nota. 

Juego  :  el  lícito  y  el  ilícito,  271  y  nota:  el  paisano  juega  hasta  la  ca- 
misa, 271  y  272  y  nota :  la  tiranía  y  el  juego  en  el  Piu-aguay,  272 
y  273 :  leyes  antiguas  sobre  él,  273  y  274  :  talismanes  para  ganar 
en  el  juego,  274  y  275. 

La  Cruz:  antiguo  pueblo  jesuítico  misionero,  157,  159  y  160. 

Lagarta  ( voz  portuguesa ) :  un  gusano,  428 :  cómo  concurre  á  la  des- 
trucción de  los  sembrados,  430  y  431 :  descríbese,  431 :  aliuyén- 
tanle  con  simpatías  cabalísticas,  432  y  433. 

Lagarto  :  cómo  se  ingenia  para  comer  los  huevos  de  avestmz  y  sa- 
borear la  miel  de  la  lechiguana,  539. 

Laguna  de  la  Cruz,  en  Santiago  del  Estero :  encantada,  187. 

Langosta:  voladora,  saltona  y  criolla,  428,  431  y  432:  ahuyéntanla 
con  simpatías  cabalísticas,  432  y  433. 

Lavado  ( mate )  :  sin  substiuicia,  224. 

Lechiguana  ( voz  quichua ) :  una  avispa,  127. 

Lechuza :  su  chirrido,  fatal,  262. 

Leñero:  un  pájaro,  258. 

Leyendas.  Véase  Cuentos  y  Leyemlas. 

Licantro])ia :  586  y  nota. 

Licdntropos:  5S5,  586  y  nota,  599,  (inl.  mi,  (iil3,  604,  605. 

Lifuostuz :  terrible  castigo  del  que  fallaba  á  esto  deber  eutn*  los  in- 
dios, 42,  198  y  199. 


r>r> 4  srpKi:sTirioNh>  DEi.  KÍo  DE  LA  rL.vrA. 

Lig^ir,  ¡Kj^uiíiras  ^  mápicaí»):  348,  ^ÍG,  11)2,  496,  r>02,  5(tí,  :)14,  015,  517. 

Limpiar  un  row/Hí ;  talar  bu*  niontt's,  237. 

Liteii'  'O  :   iiiHiuMu'in  di»  lo  pn'ttMualunil  cu  olla,  ix. 

1.,Jt>  ,        liJUl'^a^:  liiánlropo  y  zo;inti\)po,    osnisits    nol¡- 

Í!ts  lie  los  cscritorej*   i>en¡nsulan\s  á  su   rospcH'lo,  582:    sus   \\vn- 

pinni'ioni's  por  el  Nuevo  Mundo,  5S2  y  .Vvt :  su    nacimiento,  .'kSíí 

y  nota  \\:  o^rróniívse  la  voz  en  el    Kío  de  la     lM:ita,  .')8() :    lieán- 

trojK)  y  zoántri>i>\  G<^1. 

Lobisón^  comijKMÓn  tie  lof)ishómnn :  586,  G<)7. 

Lobo:  supuesto,  en  el  Río  de  la  I  Mata  625. 

Lmms  de  la  rimia  (visiones^:  122,   Uu. 

Luciano,  esícrilor  fixie«^),  s**  convierte  en  asno,  5í)vS. 

Luí,  luces  misteriosas :  blanca  y  negra,  en  la  magia  vulgar,  1<hi  y 
luí:  negra,  en  la  cienciíi,  lül  (nota):  (almas),  117:  (espíritus), 
119:  (le  líi  rinda,  122  y  467:  ( almas  \  IOS:  en  la  vida  d<l  uni- 
v.r...  Kl :  á  los  ojos  de  la  magia,  172:  :i  los  de  los  indios,  172: 
r  lativas  de  compadres  y  comadres   que   violaron   el   sacra- 

mento, 475  y  476. 

Luz  astral,  término  de  la  magia.  Véase  Aatral. 

Luz  blanca:  en  la  magia  vulgar,  10 1. 

Luí  mala:  467,  46S,  470,  471,  472,  477. 

Luz  negra:  en  la  magia  vulgar,  l(X>y  101 :  según  la  ciencia,  K»,  lül  y  nota. 

Lhii'-ns  '  voz  <|uiehua ) :  adivinos,  magos,  astrólogos,  íVí'X 

JlacJu,    Wli.<L'    Mirlu. 

Hacfcj  ( voz  araucano -pampa  ) :  niago,  hechicero,  miélico,  54,  55,  60, 
125,  193.  511,  .525. 

}iadrt  del  oro.  de  los  mrtaks:  117,  110,  120.  122,  124,  VX\  l.T),  138, 
14i),  141,  142,  157,  169,  171. 

Magia:  >*us  diverjas  géneros,  85:  gentiles  y  <*rist¡anos,  86:  su  cvolu- 
cií'm  en  el  «eno  del  cristianismo,  86  y  H7  :  en  la'^-cuevas,  86 :  doc- 
irinnji  -««hn-  cl  universo,  137  y  l.'W :  y  ciencias  físicas,  2o2  á  201: 

íii  la  India  y  el  V.r '13:  hija  <le  la  meilicina,  303:    sus  prc- 

tíii-ione-,  4.Í-1:  y  h  ¡a,  4.36:  sus  divisiones»,  4-11    (nota):   en 

onleii  á  loH  lie<hizos,  .507  y  5<J8.    V'éase  Ciefwia  oculta. 

y  <o:  comcília  «le  CahlerAn,  107,  IOS  y  109. 

' '  rtoH,    teorías,  etc.,  324.   3.30.   :U1,    :m,   .'«MJ, 

.  . »,  44>l,  iSH  y  514 :  ( c»  I"  »>i»^f'a  y  í»'*^''»"^'«rí"  )i 

521  nota  1  ({deni):  en  lo»  teatros,  568:  ante  la   lnqu¡s¡ri/>n,  568. 

M'i'jo'.  i  ■     ■      .  mé'dicoK,  sa^erditlrs :  en  el    Nuevo 

Muí,..  -i.  -  ii;-,  Z\'.  en  Tucumán,  24:  njí-ílicos,  46: 

olinidof  i%  47  :  wmcjantí-s  á  los  «leí    Viejo    Mundo, 

^  y  XÜ:  curan  trxios  de  la  minma  manera,  57:   nié<licos,  391,  .'{92 
y  riÜ3:  co  el  Nu«'Vo  Mundo,  394  y  nota. 


TABLA    ALFABÉTICA.  655 

Maíz :  su  u>o  en  la  hechicería,  209. 

Majada  :  defínese  el  vocablo,  422,  nota  2. 

Mal  de  siete  días :  atribuyese  al  aojaniiento,  546  y  547. 

Mal  de  ojo  :  preservativos  contra  él,  380  y  548 :  su  curación,  534  y 
547 :  da/lo  con  la  vista,  541  y  nota :  general  creencia  en  Amé- 
rica, 542 :  impúgnase  sobre  la  materia  á  un  escritor  chileno,  542  y 
543:  en  la  antigüedad,  543:  amuletos  contra  él,  543  y  544:  en 
personas  y  cosas,  544  y  nota  2,  545 :  en  las  criaturas,  545,  540  y 
nota,  547  :  reconocimiento  del  aojo,  547,  548  y  nota  1 :  quiénes  y 
cómo  le  causan,  54S  y  nota  2,  549,  550  y  nota,  551  y  552. 

Malas  mujeres :  hechiceras,  maléficas,  498. 

Maleficios.  Véase  Daño. 

Maléfico,  C(i  (  hechicero,  ra ).   Voz  usada  como  sustantivo,  441  ( nota ). 

Males  y  desgracias :  cómo  aparecen  en  el  mundo,  42  :  religión  y  jus- 
ticia divina  á  su  respecto,  438  y  nota,  441 :  funestos  efectos  de  la 
desesperación,  439,  440  y  nota :    de  daño  ó  pena  y  de  culpa,  442. 

M(flo,  cosa  nuda  :  el  diablo,  cosa  del  diablo,  403  y  nota,  404  ( not<i ), 
44(},  468  y  notas. 

Mamaconas,  Perú :  monjas  del  templo  del  sol,  20. 

Malicio  Sierra  de  LeQui^umo,  conquistíidor  :  juega  el  sol,  antes  de  que 
amanezca,  161  y  162. 

Mandinga  (voz  africana):  duende,  diablillo,  44:  habita  particularmente 
las  ciudades,  455  y  456 :  origen  del  vocablo,  457  y  458. 

Mandioca  (voz  guaraní):  chicha  ó  vino  de  mandioca,  196,  217:  sus 
clases,  215  y  217 :  leyenda  á  su  respecto,  215 :  su  origen  mítico,  216. 

Mandouti  ( Doctor ),  portugués  :  famoso  por  sus  curaciones,  379  y  380 : 
anécdota,  380 :  su  popularidad  y  recetario,  280  y  notii. 

Mañero,  ra :  de  buena  mano,  que  favorece,  341. 

Manía  lupina :  5S4  y  nota  2,  585,  60l,  602. 

Manos :  su  acción  simbólica  en  la  magia,  i24 :  su  acción  en  las  ope- 
raciones del  magnetizador,  324 :  entre  los  antiguos,  324 :  imposi- 
ción de  las  manos,  según  la  Iglesia,  3.25  :   su  mudo  lenguaje,  325. 

Manosantas :  taumaturgos  pedestres,  347,  365,  360,  369,  37ü,  371,  372, 
373,  374,  375,  376,  :m,  386,  388,  407,  408,  432. 

Manzanillo,  árbol  de  Tierrafirme  y  las  Antillas :  difiere  de  la  arnera, 
251. 

Mará nd ubd  (\oz  guaraní):  un  gusano,  428:  descríbese,  431:  cómo 
concurre  á  la  destrucción  de  los  sembrados,  431 :  ahuyéntanle  con 
simpatías  mágicas,  432  y  433. 

Marcela :  planta  medicinal,  220,  370. 

Mariposa :  negra,  342  y  nota :  blanca.  3-13. 

Martes :  día  aciago,  341  y  nota  2,  y  342. 

Mascada :  de  tabaco,  337  y  nota  2. 


•56  SUI»KR8TU'IONE8  DEL  KÍO  DK  LA  l'LATA. 

Montadores:  narcotiuin  las  vibonus  düMj  y  337. 

Jétíama  He  huiios  i  invecr  I :  frnsr  proverbial,  T(>. 

Maié  (  voi  quichua):  cnlabarino  6  infusión  do  la  Ví-rba.  JJ^t:  .iiuarp) 

6  rimorron,  224  y  22.'»:  sostiene,  2  Já :  vehiVuK»  ile  m;il»tii'i(is.  r»ll, 

512.  57a  \éñ»  Yerba. 
}f :  mo :  pornicioíwi  doctrina,  xi :  sus  frutos  noi'ivos,  xii. 

Mu  (■  ii.iuiriuti,  mnlrrialiiarsf  un  cuer|x>  astral,  Icrminos  <lc  la  ma;;;i¡i 

y  i'iencUi  urultn  :  A>\\,  Oú  (  nota  2  ). 
Mbúé  (  Toz  tnianiní ) :  fantasma,  485. 
-V'  voz  tniaraní):  cuK»l)ni  de  fucpo,  120  y  121. 

M  voz  «guaraní):  anta.  \'éase  Anta. 

Mf'  '    '■      nombre  j^aniní  '  :  casa  encantada   «Ir  la-  aiiti-jnas  Misiom-s 

jesuíticas,  156. 
Medi'-uior  plástico.  Véase  Astral. 

;  refrán  á  -u  tv<pc<-to.  :KT  v  :NI. 

Médirttx  imitas.  Véase  Magos. 

Mru'in  (voz  guaraní-tupí):  madero  encendido,  en  que  se  transforma 
el  tnhoitaíii,  121. 

Microbios^  una  de  las  infínitas  transformaciones  del  dial)lo.  X'éase 
Auanga  y  (iualicho.  Véase  asimismo  JUdhlos  y  (lemonios. 

Micttré  ( voz  guaraní ),  comadreja.  Véase  Ontiatlrcja. 

Mirada:  su  poder  y  efectos  májjicos.   Véa»<e    Vista. 

Mirasol:  un  ave,  Záj. 

Misa  negra:  en  los  aquelarres,  9G,  5G5. 

Moeohíes  ( indios ) :  pierden  el  naliaditjua,  por  cuyas  rama.s  subían  al 
cii'lo,  por  no  dar  limosna  á  un  pobre,  1!>S  y  1í>0,   111. 

MuUe  [  voz  originaría  del  «luichua  ),  un  árbol  :  su  uso  en  la  hecliicería, 
30O:  la  chicha  de  él,  muy  estimada,  210:  agnarailuí,  en  guaraní, 
248:  hacen  aloja  y  chicha  de  él,  24H:  varias  clases  de  él,  24Í) :  en 
la  magia  y  hechicería,  249  y  250. 

Monjiia:  una  aver'illa,  J'/C. 

Montes:  hu  destrurción,  2^G :  leyes  antiguas  para  impe<lirlo,  28í>. 

Míjriscos :  oontríbuyen  al  aumento  de  sup<THticiones,  .'{11  y  nota. 

Míj/roH  efi  '.-n  (1(.  la  tradición,  154  y  155. 

Mudar  e<  •-,,■■,     nota  i. 

Mujeres:  las  por  el  diablo  piu"a  hacer  sus  travesuras  y  malda- 

des, 55H  y  nota,  55ÍI,  576  y  notji,  577 :  traunfórmans»*  «-n  nudas  las 
í|ue  '  •  625. 

M—' -í 'í.aza,  217. 

M  <-u  bn  piíHlm-,  116:  hipótesis  de  llúni- 

boldt,  14G  y  147 

Soto  ( Toi  portugueMa  ^ :  iieilacilo  de  tabaco,  il'iT  y  noLa  1. 


TABLA    ALFABÉTICA.  657 

Naguales  ( voz  indígena  de  la  América  C'entral ) :  especie  de  horós- 
copos, compañeros,  guardadores,  patronos,  .">9<J :  errado  concepto 
de  un  historiador  sobre  el  significado  de  esta  voz,  591 :  ceremo- 
nias mágicas  á  su  respecto,  592,  593  y  594 :  sus  efectos  mági- 
cos, 594 :  ante  la  ciencia  oculta,  608  y  6r)9. 

Xaliarligua  ( voz  indígena ) :  árbol  mítico,  198  y  199. 

Naranja:  vehículo  de  maleficios,  511  y  512. 

Naranjero  :  un  pájaro,  256. 

Narcotixadores  de  víboras :  336  y  337. 

Negro  ( representación  del  diablo  en  figura  de ) :  en  figura  de  negrillo 
aparecíase  el  demonio  á  los  indios,  456 :  en  figura  de  negro  re- 
preséntanle  en  el  Oriente,  457. 

Negros  del  agua  :  imaginarios,  174,  4.5G  y  457. 

Negrillos:  diablillos  y  salamanqueros,  163. 

Neiü'os,  de  la  antigua  Escitia :  convertíanse  en  lobos,  6(  K}. 

Números  cabalísticos :  315.  Véase  Ternario  y  Septenario. 

Ñacurutú  ( voz  guaraní  imitativa ) :  un  ave,  261 :  atribúyenle  instintos 
singulares,  261  :  comunica  el  vicio  de  la  pereza,  262. 

Ñandú -puitá  (guaraní):  avestruz  colorado,  fantástico,  122,268  y  269. 

Nandú -tata  (guaraní):  avestruz  de  fuego,  fantástico,  122,  268. 

Oberúj  mago  guaraní :  sus  predicciones,  354  y  3-55. 

Obsesos.  Véase  Posesos. 

Ocultismo  y  ocultistas  (arte  y  ciowia  oculta  } :  310,  434.  Véase  Ciencia 
oculta  y  Magia. 

Od  ( de  Reichenbach ).  Véase  Astral. 

los  indios,  577  :    hacían  chicha  con  su   semilla  y  bebíanla  en  sus 
ceremonias,  577  y  578. 

Ofrendas  culinarias  :  sobre  las  sepulturas,  entre  las  chinas,  79 :  de 
los  sacrificios,  entre  los  antiguos,  dadas  á  los  enfermos,  4<XS:  entre 
los  indios,  para  alimento  de  los  muertos,  485 :  entre  los  gentiles 
y  entre  los  cristianos,  486  y  487. 

Ojear:  aojar,  542.  Véase  Mal  de  ojo. 

Ojeo :  mal  de  ojo,  541,  542  y  nota  1.  Véase  Mal  de  ojo. 

Ololuchqui  (voz  quichua),  una  planta:  en  las  unturas  mágicivs,  entre 

Olores.  \"éase  Sahumerios. 

Ollada:  corrupción  de  oblada  ¡ofrenda  en  las  sepulturas  \  486  y  487. 

Ombú,  un  árbol :  de  dónde  es  originario,  239  y  24n :  en  los  sepulcros 
de  los  indios,240, 241  y  242 :  hállasele  aislado.en  las  /rt/)í'ra,s-,242y  243: 
preocupaciones  á  su  respecto,  24^ :  cómo  se  cría,  244 :  terrores  que 
causa,  245  :  en  la  geografía  del  l\ío  de  la  l*lata  y  el  Hrasil,  245  y  2l(í. 

Ondinas:  genios  de  las  aguas,  161. 

Oñapué  (  voz  araucano -pampa  \  veneno:  dalo  el  diablo,  disfraiado  tle 
pobre,  á  los  que  niegan  limosna,  42,  4l^i  y  444. 


658  SUPKRSTinONKS  DEL  RÍO  DE  LA  PLATA. 

OpaetiHa :  bautismo  iie  los  pcninnos,  '3K 

(kariÓH :  sus  .f.itos  injlvncos.  :{2U  y  .til,  322  y  :^2X 

Or^ :  eiuvmiiihi.  Mi. 

Ortiga  nirachem :  muy  brava,  2G3. 

Orúot  (  voi  quichua  ^:  someticos,  ISl. 

Chrxttek) :  su  cunicióii  ytor  simpatía,  MI. 

Púi  (  voz  tnianiní    :    i>fr>oiía  tjravc  y  veiinablc,   anciano,   ma^'o,  .")<>.'>. 

I*us*ino,  campesino:   ajeno  de  doctrina,  GT)  y  G() :   padres  y  padrino^», 

U^ndicen,  G7 :  usa  cs<*a  pul  arios,  GT  :  santij^ua  la  coniida,  ()8:  ruejía 

por   las   alma-i  «le   los  ílcsierlos,  G8:   vrla  cruces,    GS  y  Gí) :   cómo 

usa  v\  cabi'llo  y    la  l)arl)a,  7í>  y   8():    sii|»l¡(¡o   d.-    la   mujer   infiel 

tufarla  )^  80. 

J'tititi :  paí-  imafrinario,  6. 

J'tijti-'S.  W'-ast*  Ares. 

J\il'tf'r'¡s  :  fórmulas  sei^rctas,  cabalísticas,  []i)\  y  nota.  'An2:  envuelven 
alguna  bendición  ó  maldición,  321  y  322 :  solemnes  y  reservadas, 
321.  364,  366,  42U.  423,  4:13  y  nota  :  su  transnnsión,  3G4  y  SGT), 
42'J:  en  el  Oriente  y  entre  ^ri«*p)8  y  romanos,  323:  sus  varias 
clu:<es  y  aplicaciones,  323  y  324  :  exóticas,  extrava<,n\nles  O  inexpli- 
cable*. 324.  327.  312  ( nota  al  fin  ). 

PüUtiUa  (caída  de  la):  sus  remedios,  347. 

Falo :  por  árbol  '2Ti  y  237. 

Palomas:  en  una  ca>»a,  desíjracia  cierta,  26G. 

Falos:  de  la  yerba -niate,  '221. 

Palla  Inga  (  voces  quichuaj» ) :  eniiK-rador  y  ¡xTsona  sainada,  de  la 
•^n^n'e  t£"ül  de  los  Incas,  in volábanle  los  hechiceros  criollos,  2(»!). 

J'atnjHijf,  indios :  su.-?  cuniciones  atroce-,  37,  fxS  y  óí). 

Pan  de  Azúcar:  denomimu'ión  dada  {)or  los  conquistadores  á  nuuhos 
cfTOfl.  143:  uno  encantado,  en  Salta,  143, 

Pango:  cáñamo  índieo,  fúmanlo  los  netjTos,  2Ul  (nota  2). 

¡\trarf'-'.    -nbio  m¿dico :  hácese  ma^o,  W.)')  y  3ÍM}. 

Parri  nía  de  indios:  fnise  proverbial,  7G. 

Paso  liraro  de  San  José  de  Feliciano :  tra^íábjise  á  los  transeúntes, 
40íi  y  461 :  su  dettencanto,   IGl. 

Patay  '  voz  indígena):  pasUi  de  harina  de  algarrobo,  197. 

/Vil/   \'%ejtf :  un  mago  vulgar,  en  Knlre  Ríos,  r*lM,  r,!r>,  W.){)  y  ¿7)7. 

P'ttj'      voz  guaraní):  encanto,  brujería,  mago,  hechicero.  i\  y  40,  125, 

-7,  .W),  :dl,  r>13,  520. 

/^i/  ^  -^  I  «le,  venendile,  y  Zunit ,  c<írrupc¡ón  írimniiií 

'1      '  /  Tonn'tJt. 

pBtado  nefando:  enire  lo»  indio^  lyO  y  181. 

Fídrero :  un  pájaro,  2G0. 

Fmn:  átüime,  383  (doU  2). 


TABLA    ALFABÉTICA.  659 

Periespíritu :  término  del  espiritismo,  4S2  y  4S3. 

Personificación  de  fuer  xas  de  ¡a  7iaturakia.  Véase  Fuer  xas  de  la  na- 
turaleza. 

Péncanos  (indios):  adoraban  en  lugares  eminentes,  115. 

Peii  xaeté  (voces  guaraníes):  tabaco  silvestre,  205. 

Peto:  tabaco,  202  (nota  2). 

Phahnn  :  contra  el  aojo,  543. 

Piache  (voz  indígena ) :  sacerdote,  mago,  médico  en  el  Orinoco,  4G  y  47 : 
enseñaban  en  lugares  ocultos,  114:  ayunos  y  penitencias,  114: 
hacían  maleficios,  5lU  (nota). 

Piedras  arrojadas  por  mano  invisible:  446,  463. 

Piedras  huecas  (geodas).  Véiise  Cocos. 

Piedras  vivientes:  creencia  antiquísima,  147  y  14S:  la  Itacupú,  de 
Corrientes,  14S  y  149. 

Pillán  (voz  quichua -araucana):  el  diablo,  autor  de  todos  los  males, 
60:  inspirador  de  magos  y  hechiceros,  60,  112,  20(3. 

Pipí  (nombre  indígena):  una  planta,  contra  el  maleficio  ú  daño,  528: 
para  atraer  voluntades,  529:  sus  propiedades  medicinales,  529  y 
nota  1. 

Pitar:  fumar  202  (nota  2). 

Pitcietl  (voz  mejicana):  tabaco,  202  y  nota  *.  Véase  Tabaco. 

Plan  astral,  término  de  la  magia.  Véase  Astral. 

Plantas  medicinales:  340,  341,  370,  379,  381,  382,  529,  530,  531,532,5a3. 

Plantas  aromáticas,  narcóticas,  estupefactivas,  excitantes.  Véase  Subs- 
tancias aromáticas,  narcóticas,  estupefactivas,  excitantes. 

Ponce  de  León  (Juan),  conquistador:  va  en  busca  de  la  fuente  de  la 
juventiul  y  halla  la  Florida  (América  Septentrional),  415  á  418, 
415  y  416  (nota). 

Poro,  porongo  (voces  de  origen  guaraní):  calabacino,  220. 

Posesos  y  obsesos:  según  el  vulgo  y  los  antiguos,  28  y  29,  444  y  445: 
según  las  enseñanzas  de  la  crítica  y  la  ciencia,  445:  el  vulgo 
rehacio  á  su  respecto,  445  y  446:  caso  raro  en  il  Uruguay,  ma- 
ravillas y  conjuros,  446,  447  y  448. 

Preocupaciones :  varias,  341  á  !:344:  entre  los  indios,  345  y  346. 

Príapo:  dios  impúdico,  entre  los  gentiles,  contra  el  aojo,  543. 

Promesante:  peregrino,  que  cumple  una  promesa,  409. 

Promesero:  peregrino,  que  cumple  una  promesa,  4'>1). 

Pruebas:  terribles  para  entrar  en  las  salamancas,  98,  99. 

Psilos  (líbicos):  enciuitadores  de  serpientes,  338,  598  (nota  1). 

Pucará  (voz  quichua):  fortaleza,  143. 

Puco  ( voz  quichua )  :  plato,  5<». 

Puitaguá  (voz  guaraní):  un  pájaro,  el  benteveo,  257,  296  (nota). 

Pulco  (voz  quichua -araucana):  chicha,  bebida  espirituoáa,  194. 


660  SUrKRSTICIÜXKS  DEL  RÍO  DK  LA  PLATA. 

PitMo  (voi  qiliohun-arHUcana),  dolniUal:   usábanU'  los  hui/fs  A  lut^hi- 

J\ir  ,.,f  .;,.  ,/|.  ¿¡(jii  Pútrido,  t»n  Irlaiulji.  W'asr  Cuera.^  rniHinlaíhis. 
1  'S  por  medio  del  atjna:    fuliv   jjoiitili'íi   y   cristianoK,    113 

y  414. 
Quebraduras:  su  ounición  |)or  simiMiím^  ^i-kS. 
Qmvira :  fiñU  inui^nario,  (>. 
ÜBifador:  un  pájan\  2r)8  y  nota  1. 

RdoUsimo  en  ei  arte:  su  iltvadeneia,  x;  sus  frutos  nocivos^,  xiii. 
/.  "  't  de  ci  s:  on  KspaHa  v  América,  2í)  v  30. 

y.  ■•■-••  ^. ..-_. 

y.  .  370. 

Htni  (aniuc4ino):  hechicero,  5S0. 

lietoltado:  innnuie,  610. 

Retobar:  aforrar  en  cuero,  (ílO  y  nota. 

Jírtfttfj:  pit'l  c*on  que  está  afornuia  una  cosa,  T)!?. 

Jieinito:    nialeñcios    por    nie<lio  de   él,    se^rnn   nuxlornos    exporiinentos 
s  491:  á  los  ojos  del  vuljro,  4'J2  y  4D3. 

lirrtn  i .   n .  ílí'fíneso  la  voz,  123  (nota). 

Jíiii  de  la  I*lata :  origen  de  su  nonil)re,  4. 

Jiobar  la  pisada  (de  un  animal,  para  ligarlo):  515. 

liuhia  ( azúcar ; :  defínese.  225 :  el  campesino  gusta  de  ella,  y  la  prc- 
fieiv  á  la  refinada.  225  y  \\oU\. 

liúda  :  planta  clásica  ni  la  hechicería  y  demonología,  447,  528  y  nota  2. 

Huidos,  rumores,  vocts,  extraías,  misteriosas :  4(31,  402,  40^3,  47G  y 
nou,  477  y  nota,  483  ( espiritismo ),  485  (  entre  los  indios ). 

Sábados :  juntas  nocturnas  de  hnijos,  origen  del  nomhre,  í)5,  40.")  y 
nota:  mencionante,  5.">i,  .'»í;.'?.  Vil  v  n.iin.  "r.7.  ."r.s.  '(70.  Véase 
Afiuelarres. 

Sahumerios :  »u  ací'ión  física  y  mond,  553,  5;'4  y  nota  :  en  el  Oriente 
j  entre  los  indios  de  Anjórica,  554,  555,  557 :  en  la  antigüeílad  y 
••<lnd  media  y  nuxlerna,  557  y  5.58. 

>  voz  guaraní;:  un  pájaro,    25(5:  hermosura  incomparahle  «hl 

¡ireriosrj,  256  y  257. 

'   '  í"  '  !  ;  :  tabaco  hortense,  1,'U.j  y  nota  3. 

• , ;vos,  52. 

otuí ;  cueva»  encantiuhM,  deHcrílM-nne,  88,  8í),  91,  92,  93,  97, 
1^ :  origen  del  vocablo  como  nombre  susLantivo,  102,  103  y  105 : 
fuego  y  oro  en  ella**,  117:  su  univ<r-al¡dad,  122  y  123:  la  de  Ya- 
nií.    T^:  •:  !'!/•     <.,.  l.,    rnente    vulgar    y    en  la  iKX'sía,  131   y  132: 

,  112  y  1 13 :  y  en  las  vertientes  <h'l  Para- 
guay, I'  1.  niguay,  154)  y  151  :  minas  y  tesoros  en  ellas, 
163:  dan  6  174:  obtiétiense    secretos  simpáticos  en  ella^, 


TABLA    ALFABÉTICA.  661 

365 :  manadas  de  sapos  en  su  interior,  521,  523  y  50S :  sus  aque- 
larres, 522,  567,  568 :  mujeres  jóvenes  hermosísimas  fascinan  al 
visitante,  569.  Véase  Salamanqueros. 

Salamcuidras  :  lagartos  imaginarios,  161. 

Salamanqueros :  señores  y  guardianes  de  cuevas  encantadas  en  las 
cumbres  de  los  cerros,  163 :  organizan  aquelarres,  95 :  custodio  de 
tesoros,  117:  pródigos,  161  y  162:  gnomos,  174:  representan  á 
Satanás,  521,  567  :  sus  gallinas  ( sapos ),  521,  523,  567. 

Saliva :  ideas  vulgares  á  su  respecto,  entre  antiguos  y  modernos, 
385  y  :386. 

Saludadores :  taumaturgos  pedestres,  164,  365,  375,  376,  384  y  385, 
386,  387,  388,  389  y  390,  392,  407,  432. 

Saludo  al  revés:  en  las  simpatías  de  la  arnera,  252  y  253. 

San  Antonio  :  favorece  la  pesca  y  hace  llover,  341. 

San  Blas :  patrono  de  la  conquista  del  Río  de  la  Plata,  13. 

San  Cipriano  y  Justino  :  su  historia,  105  á  109. 

San  Macario  :  dicho  suyo  sobre  las  alucinaciones  y  prestigios,  44S : 
como  desencantó  á  una  doncella  que  se  creía  convertida  en  ye- 
gua, 615 

San  Antonio :  en  las  sequías,  tempestades,  etc.,  341  y  nota  1. 

Santiguaderas  :  23,  369,  371,  397, 398  y  nota,  399  y  nota,  40<:i,  401,  421,  424. 

Santo  Tomás  Apóstol,  ó  Santo  Tomr  :  sus  imaginadas  predicaciones 
por  el  Nuevo  :Mündo,  210  á  213. 

Santuarios :  sus  riquezas  y  estancias,  411. 

Sapos :  en  las  preocupaciones  y  en  la  magia  y  hechicería,  345  y  316, 
498 :  su  historia  demoniaca  y  según  la  rienda  oculta,  519  y  nota 
2,  520  y  nota  1,  521  y  nota  1,  522 :  manadas  de  ellos  en  las  sala- 
mancas, 521,  523 :  y  hechiceros,  561  ( nota ) :  esponja  de  venenos, 
561  ( nota ) :  gallinas  del  salamanquero,  521,  523  y  567. 

Secreto:  de  las  fórmulas  ó  palabras,  420,  425.  Véase  Palabras. 

Señal  de  la  o'ux.  Véase  Santiguaderas. 

Septenario  :  según  las  doctrinas  cabalísticas,  315,  350  y  351  y  noUi,  1^. 

Sepulturas:  ofrendas  en  ellas,  79:  de  los  indios,  el  ombú  y  las  plu- 
mas de  avestruz  en  ellas,  240,  241  y  242. 

Serpientes :  transformaciones  del  demonio,  22 :  on  las  salamancas,  S9, 
567:  armadas  de  garras  (dragones),  117  y  118:  de  fuego,  121. 

Sierpes  voladoras :  154. 

Silfos :  genios  del  aire,  161. 

Silencio  repentino:  el  paso  de  un  ángel,  322  y  323. 

Simpatías  (supuestas,  mágicas)  de  la  naturaleza:  253,  260  y  270,  '.V)\ 
y  nota  1,  32,  317  á  321,  327,  329,  340.  316,  362,  3(1,3,  361.  36"».  IMu, 
419,  420,  422,  423,  424,  4:^2,. 491,  492,  493,  5(12,  óCtí,  517,  526  y 
527  ( nota  1 ),  534,  535,  537,  552. 


662  SUPERSTICIONES  DEL  RÍO  DK  LA  PLATA. 

Sipa  mUhomens  (  voct^s  íruaraní  la  primera,  y  portu^'uosa  la  sopuiuia ), 
planta :  contm  la    inoititMiuní   lie    víbora,   !i.iG,  !K? :  sus  propicda- 
,1.^  ,,,:,,:.. .,^^  ',2\^i  lioscríbt'so,   532  y  ')33 :  sus  propicdados  nietÜfi- 
orijren  del    nombn'    fuilhomfíis,   aI'í  :  entn*    los  iiulios, 
contra  la  fascinación  y  todo  hechizo,   5»^S  y  534 :  sus  aplicaciones 
:  tw,  5^i4  y  535. 
SUit.r,..^  ...vniriOA*.*  su  inHuencia  en  la  vida  de  los  pueblos,  xin. 
Snhar  :  víbonis,  i>ani  jupir  con  ellas,  XMj. 

-oyoc :  hwhicvro,  médico  en  el  Perú,  G(). 
*'Í44Í  -  •    aronif ¡ticas,    mircótinis,   esiupe/artiirL'f,    exrilnntrs  :   en  la 

!W  :í  2tH,  203  y  '3» I,  5(>S  (nota),  553,  5;">1  y  ijola.  J555, 

> ;  502. 

'  ios  niíios :  con  los  anídeles,  322. 

'      fenómeno    psico-físico ) :  3;U  :    niental,    3l»(í,    .3!)i  :    mental, 
^,   UO.  Véase  Anto-sugeslión. 
'<>,  ténnino  del  hipnotismo:  4íX),  591. 
¿<éij  /'w  y  creencias:  su  universalidad,  xix  y  xx  :  analoj^ía  en- 

u.    iíi.-<  del  Viejo  y  Nuevo   Mundo,  1!),   l.')2  y  453:  causas  de  ello, 
2'í:  anud^ma  de  unas  y  otras,  su  fermento,  23:  comunidad  de  su 
origen  en  América,  Gl :  del  Oriente,  árabes  y  judíos,  Gl  y  G2 :  in- 
fluencia latina,  G3  y  G4  :    arrai^ro   de   supersticiones  gentílicas,   64 
y   05:    di-iposición    de    las   diferentes    castiis,  71  y  72:  gentílicas, 
su   evolución    en    el   seno    del    cristianismo,  SG   y    87 :    su   seme- 
janza é   identidad   en    todas    bus    regiones    del    globo,    lOíJ,    523, 
y  52.5. 
.^Kfí   ^  VOZ  íjuicbua ,  :  avestruz,  re-pétanlo,  1!)7   y  2(>S.  Véase  .líTA'/n/;. 
Susloi :  onlra  el  hi|)o,  3-12. 

//t);  su  uso  en  las  ceremonÍRS  de  la  magia  y  creencias  indígenas, 
IKt,  2f)l,  202,  204,  2(6,   2íJíi  y  2U7,   2<A   jíiS,  510  y -511   (noUi), 
555,  557. 
To/^ñ  (voz  indígena):  algarrobo,  árbol  iK)r  excelencia,  IHT.  Véase  Al- 
garrobo. 
Tacuara  (toz  guaraní),  una   caí^a,  especie  de    bambú:  <ii  la  mit^)lo- 

gia  indígena,  V.Hi. 
T'il'í    ufi  Ar\»iA  :  ffi  los  cerrilos,  conjetura  á  su  res|)(?clo,  241. 

-7.  VéaMc  (jwiyaca,  (hia/'nwinc,  Payé  y  Escri'os. 
:  por  matiso,  538  y  5.'{9. 

•ni  .:  un  insecto,   42H,    cómo    concurre  á  la  <les- 
'•rado-»,  4.3"  y  431  :  uhuyéntanle  con  simpatías 

'ndulo  6  mina  oculta,  152,  155,  lOG,  IGS  :  defínese 
los  lugares  asombradoi,  462  y  463. 


TABLA    ALFABÉTICA.  663 

Tapera  (voz  de  origen  guaraní):  ruina.-^,  luce»  en  ellas,  117:  ombúe» 
junto  á  ellas,  242 :  casa  con  omhú  acaba  en  tapei'a  ( frase  prover- 
bial ),  243  y  245 :  etimología  de  la  voz,  245 :  en  la  Geografía  del 
Río  de  la  Plata  y  el  Brasil,  245  y  24G :  qué  ve  en  ellas  la  ima- 
ginación del  vulgo,  246. 

Tatadioses  :  taumaturgos  pedestres,  365,  366,  369,  371,  373,  375,  3S4, 
386,  392. 

Taumaturgos  :  populares,  véase  Manosania,  Tatadiós,  Saludador :  céle- 
bres, el  abate  Faría,  331:  Paracelso,  331. 

Tayazuguirá  (  voz  guaraní ) :  un  pájaro  de  mal  agüero,  270. 

Te  de  yerba  :  dase  á  los  recién  nacidos,  226. 

Teatino :  jesuíta,  148. 

Tejojes :  brujos,  zoántropos  del  Nuevo  Mundo  (  América  Central ) :  587 
( nota  1 ),  388  y  nota  4,  389,  6(J4. 

Temblores  ó  sacudimientos  del  suelo :  preocupaciones  á  su  respecto, 
entre  los  indios,  353. 

Teogonias  de  los  indios  (fuerzas  de  la  naturaleza):  36.  Véase  Fuer- 
zas de  la  naturaleza. 

Tereré  ( voz  guaraní ) :  infusión  fría  de  la  yerba,  concentrada  y 
fría,  229. 

Ternario :  según  las  doctrinas  cabalísticas,  315,  319,  320,  3^16,  347,  lUS, 
349,  364,  371,  385,  386,  387,  424,  426,  435  (  nota  ),  547. 

Terutero  (voz  imitativa):  un  pájaro,  260  y  261. 

Tesoros:  151  y  nota,    181,  182  y  laS. 

Teteu  ( voz  imitativa ) :  un  pájaro,  260  y  201. 

Teyuyaguá  (voz  guaraní):  animal  imaginario,  119,  120,  124. 

Tieira  viva,  encantada:  123,  124. 

Tigre :  su  arañazo  ó  mordedura,  entre  los  indios,  transforma  al  hom- 
bre en  ese  animal,   317  y  318  :  fiestas  que  le  dedican,  318  y  iUU. 

Timtnies  y  caracaracs  :  asaltan  el  fuerte  de  Co^ms  Chrisii,  y,  ante 
una  aparición,  huyen  espantados,  11,  12  y  13. 

Tingazú  (voz  guaraní):  un  pájaro.  Yéaso  Guirapayc. 

Tipoy  ( voz  guaraní ) :  saco  nuijeril,  78  y  79,  128. 

Tradición  :  utilidad  de  su  estudio,  v :  su  rápida  desaparición  actual, 
VII :  dispersión  de  sus  elementos,  viii :  recursos  para  il  lilerato, 
el  historiador  y  el  sociólogo,  xviii. 

Transformaciones  de  hombres  en  ajiimales :  entre  los  antiguos,  597,  59vS 
y  nota  1,  599  y  nota  2,  6(K):  curiosa  doctrina  de  un  humanista  drl 
siglo  decimosexto  sobre  la  racional iila< i  drl  transmutado,  612  y 
613:  antiguos  y  modernos,  613:  Ai^uleyo  y  Cervantes  sobre  lo 
mismo,  014:  en  la  edad  media,  614  y  015:  vn  la  moderna,  615, 
616  y  617.  Véase  Zoántropos,  Licii)it ropos,  Lubisliomem  y  Lo- 
bisón. 


664  8UFHR2»TICION£8  DEL  UÍO  DK  I. A   ILATA. 

TVtmiformaeioneíí  de  aninHiUs  en  hombres:  doctiíim  de  un  luniitiiusta 

(irl  siglo  ti  \i'»  sobre  la    posilíilidad    dA    fonónuMio,   G21  y 

' :  el  vul;.  •  1  1-  ii^a  lo  mismo,  iV2l\  y  r»J4  :  la  rünria  (trulta  acoin- 

.1  al  vul^o  y  al  humanista  oii  su  inotio    tío    pnisur,  (iJ2  y  023. 

TVeon:  á  una  mesji,  343,  344  y  nota  2. 

7V«t  (número).  Véase  Ternario. 

T — - •-    las  ramiH\sinas.  81»  y  SI. 

i  '  rio  lie  la ) :  vnliv  los  iiulios,  20. 

TVopeiia:  arte  de  presentar  á  la  vista  una  cosa  por  otra,  25  (  nota  1  ). 

7  .  del  Perú :  conupeión  de  terebinto,  24S. 

/  :  lichua"^:  adivinos,  aírortíros,  21rt,  277  y  278,  578. 

/  />  ;  vu  la  antijíiH'dad,  en  la  tnlad  metlia  y   en    la    mo- 

di-nin,  557,  562. 

í.'ratnbiti,  adivino  guaraní :    prL»dice   la  entrada   de  los  españoles  y  el 
* üiirnto  df  lod  puaninít'8,  355. 

I'm  vo/  t^uaraní } :  hrliuza  »lel  eampo.  202:  su  ainista<l  eon  la 

vizcaclia,  262  y  263. 

Vnmday  (  nombre  gujminí ) :  un  árbol  y  su  madera,  15  ;  de  ella  e8  la 
crui  milagrosa  de  Corrientes,  15. 

f'rufao:  un  pájaro,  27n,  2íh;.  Véase  l'rutaú. 

uiú  i  voz  t^uanmí  ) :  un  pájaro  célebre,  270 :  su  orij^en  mítico,  28í) 
á  *J*J5,  y  2Ü6  ( nota  2 ),  298 :   varios  modos   de   nombmrle,  295   y 
'  «críbese,  297  y  nota.*»,  298:  maravillosa.**   cualidades  de  él, 
-     .  _  J  y  dnf). 

VruUmy  d  urutaui  ( voces  guaraníes ) :  un  páj:u'o,  295. 

Clero  ( eníennedades  del ) :  su  curación  por  simpatía,  348. 

Vaquilla,  in-Mí-io  destructor:  \2^:  descríbcíse.  129:  cóm«>  concurre  ú  la 
destrucción  de  los  sembrados.  Í'*J»  v  \:\\  :  ahuyénUmle  con  simpa- 
tías mancas,  4*^2  y  433. 

Velariones  de  cruces.  Véase  Cruceji. 

r  ;  dí-srrílHiisi*,  09  y  70. 

:  f.f.i   "4»;. 

.    Hu   piel,   contni    la  nn)rde<lura  de   vílxira,   330  y 
3K¿:  oon  ia  baba  mata  á  la  víÍKira,  382:    ideas  <le  antiguos  y  mo- 
d0nM>*  á  su  respocto,  382:  con   la   bidut   mala   á   la   víbora,   537. 
Venado  dti  monte.  Véam*  duazubirá. 
Vñnéfírv,  ea :  venenoso,  hechicííro,  5<J8  y  nolii  1 . 
VeraipeJiu  (  voz  latina ) :  zoántropfj,  599. 
í  VéaiM*  (StUhrtiM  if  v'tlMjraji. 

vfrz  r|ui«'hua  ,  una  (ibinia :  n-fonudiaii  la  eliíelia  cotí  ella,  2ln, 

VUáfui  (ron  quichua):  eHp<!CÍ«t  de  urna,  />Ji» 
VirgtfUM  milagroMM:  l<f<,   U/i,  4lM  y  nota  2.  411. 


TABLA    ALFABÉTICA.  665 

Vichcaderos  (voz  de  origen  portugués  ) :  qué  .<on,  241 :  etimología  de  la 
voz,  241  nota. 

Vista :  en  la  magia  vulgar,  228  y  229 :  sus  efectos,  2^50 :  en  las  ope- 
raciones del  magnetizador,  280 :  entre  el  hombre  y  las  víboras  y 
culebras,  333  á  33G  :  entre  las  víboras  ó  culebras  y  los  animales, 
333  y  334 :  la  pierden  los  que  juegan  con  víboras  y  culebras,  337 
y  338 :  en  los  maleficios,  540 :  entre  los  antiguos,  543,  y  entre  el 
vulgo,  544,  541 :  en  las  nmjeres,  549 :  según  la  ciencia  oculta^  548 
( nota  2 ). 

Vitola  :  una  avecilln,  256. 

VizcacJia :  cuadrúpedo,  su  amistad  con  la  lechuza  urucurc/í,  262  :  su 
condición  y  hábitos,  262 :  sus  visitas  nocturnas,  203. 

Voces  indígenas  castellanizadas  :  conveniencia  y  oportunidad  de  su  uso, 
43,  44  y  45. 

Yacaré  ( voz  guaraní ) :  caimán,  sus  colmillos  contra  el  daño  ó  male- 
ficio, 535 :  contra  el  veneno  ó  mordedura  de  la  víbora,  536  y  nota 
3 :  sus  propiedades  medicinales,  536  ( nota  1 ). 

Yaat,  de  la  América  Central :  coca,  230. 

Yaguané  ( voz  guaraní ),  zorrino.  Véase  Zorrino. 

Yaguareté  ( voz  guaraní ),  tigre :  en  una  salamanca,  99. 

Yalaleicurá  (  voz  araucano  -  pampa ) :  piedra  personificada,  venerada  de 
los  indios,  192. 

Yankees  ( norte  -  americanos  ) :  persiguen  al  indio,  exterminándole,  con 
ruda  inhumanidad,  77  y  78  y  nota  1.^ :  aspiran  á  la  absorción  de 
la  isla  de  Cuba,  78  ( nota  1 ) :  desconocen  tradiciones  glorio- 
sas, 395  y  396 :  quieren  libre  á  Cuba,  para  hacerla  esclava,  396 
( nota ). 

Yarará  ( voz  guaraní ) :  una  víbora  muy  mala,  335 :  efectos  de  su 
vista  y  mordedura,  335  y  336. 

Yararaca  (voz  ^?/flra>í/-^¿/;)/J  .*  una  víbora,  335  (nota).  Véase    Yarará. 

Yerba,  del  Paraguay,  del  mate:  ofrécenla  los  indios  á  sus  deidades,  193: 
en  la  magia  y  mitología  indígenas,  2Ul,  209,  210,  213,  214  y  215: 
sus  clases,  220  y  221  :  cótno  se  prepara,  222,  223  y  224 :  en  la 
magia  indígena,  227  :  en  las  hechicerías,  228 :  usada  como  bebida, 
228  y  '229 :  sus  excelencias,  229  y  230,  nota  3 :  cómo  la  tomaron 
los  españoles,  230  (nota  3) :  como  medicina  ó  zumatiue,  23(1:  quejas 
del  clero  á  su  respecto,  231  y  232 :  modo  ile  tomarla  actualmente, 
233  y  234 :  es  alimento  nervino,  234 :  cómo  la  tomaban  los  in- 
dios, 229  y  232 :  en  los  hechizos,  497  y  498  ( nota ). 

Yerbal:  monte  de  árboles  de  yerba -mate,  220  y  221. 

Yicta  (voz  quichua):  pasta  de  coca  y  de  tabaco,  2(>7  (nota  2),  23t). 

Yojia  (del  Orinoco):  una  iiarina  usada  en  los  hechizos,  218. 

Yuca  ( voz  tupí ) :  mandioca,  196,  215.  Véase  Mandioca. 


666  srrKitvriciONES  del  kío  dk  la  ii.aia. 

Yupacaray  (  nombrt'  t^ninuü  ) :  lajjuim  eiicaiilndii,  iKl  Pani>;imy.  V6usc 

J^tacttray, 
Zakorie      "*;    ICÓ.  im,  1(57. 
Zaramti,.  .  conini  v\  a>nm,  !tól. 

Ztmes.  \'6aM}  Ceiuies. 

/    ntropin.  Véítse  Transformaciones  de  honihres  en  az/mm/r*'. 
;   17!»,  :>^),  fxsN.  G(1:í,  G(H. 
\   ¿  quichua) :   diablo  y  ilemon¡o«í.  '3M).  *Jln.  '2'^.)  (nota  1  ),  4"kí, 
.  511.  524,  525,  577.  578. 
Zorrino:  BU  hígado,  como  sudorítifo  y  para  rl  dolor  do  costado,  3S1  : 

su.-  para  hi  jaqueca,  .'iSl,  .'i8.'i. 

Zuiuan-:       \   /  ::iiaraní ) :  ceibo.  Véa-^c  Ceibo. 
Zumaque :  compiU-Ú5>e  á  él  la  yerba  del  mato,  2'^)  y  231. 


ÍNDICE  GENERAL. 


Introducción iii 

Capítulo  Primero.  —  Primeras   ilusiones  y  desengaños  de  los 

españoles  en  el  Río  de  la  Plata.  —  Sumario 1 

Capítulo  II.  —  Apariciones   al   tiempo  de   la   conquista   entre 

indios  y   cristianos.  —  Sionario 10 

Capítulo  III.  —  Supersticiones  indígenas  y  supersticiones  ad- 
venedizas. —  Sumario 19 

Capítulo  IV.  —  Gualicho  y  Xhanga.  ~  Sumario íi4 

Capítulo  V.  —  Médicos  indios.  —  íSi/^^my-Zo 46 

Capítulo  VI.  —  Condición  moral  del  campesino  rioplatense.  — 

Sumario Gl 

Capítulo  VII.  —  Preocupaciones  acerca  del  cabello  y  la  barba 

entre  indios  y  cristianos.  —  Sumario 73 

Capítulo  VIII.  —  Salamancas.  —  Su7)mrio 85 

Capítulo  IX.  —  Salamancas.  —  Sumario 07 

Capítulo  X.  —  Cerros  encantados.  —  Fuego  y  oro.  —  Sunuirio.  IIG 

Capítulo  XI.  —  Cerros  bravos.  —  *S?//;?ari'o lol 

Capítulo  XII.  —Entierros  y  guacas.  —  Sumario l.')<j 

Capítulo  XIII.  —  Lagunas  Bravas.  —  Sumario 173 

Capítulo  XIV.  —  El  mito  en  la  naturaleza  vegetal.  —  Sumario  189 
Capítulo  XV.  —  Uso  y  hechizos  de  la  yerba  del  Paraguay.  — 

Su7ua:'io 219 

Capítulo  XVI.  —  Vicisitudes  del  onibii  y  preocupaciones  á  su 

respecto.  —  Sumario 23.') 

Capítulo  XVII.  —  Naturaleza  y  efectos  maléficos  del  guaribay 

bravo  ó  arnera.  —  Sumario 247 

Capítulo  XVIII.  —  Personiíieaeión    y    supuesta    ¡ntlucneia    de 

las  íiwes.  —  Sumario 255 

Capítulo  XIX.  —  Maravillosas  virtudes  del  caburé.  —  Sumario  279 

44. 


668  SrPERSTICIÜNES  DEL  HÍO  DE  I^\  PI^TA. 

CapÍTULi'»  XX.  —  ürigt'ii  luítii'o  y  exceleiuMji-  <1.  1  unitm'i.  -  Su- 
mario   ....  289 
CAPfn.*lx>  XXI.  —  SimpiítÍH,  palabnus  utc.  ^^  elementos  dv  la  ilia- 
ca vulgar   .   -  Sumario íWl 

CArÍTrui  XX 11.       I>ii    vista   en  la    níay;¡a    \iú^iiv.  —  SttNiario      328 
CAPfn'LO  XXIIl.  —  IX»   algunas    priHH.upa<MOMe>   i  slmpatíns   y 

antipaim&  cahiilístieiia).  —  .SMwm*io  .  340 

Capíti  i.o  XXIV.  —  De  otras  preoi'upacioncá  ^  k iiununos  naiu- 

niK'>  >.      Sumario 352 

Capítiia)  XXV.  —  Fe  en  las  simpatías.  Tauniaturjfos  pinlestres. 

Auio-*up*stiún  ).  —  Sutnario.  3(12 

i  V  '  XXVI. —  El  vuljío  meilicu.       .>(iijtnnij 370 

C  ,  XW'II.  —  De  algunos  tainnalur;;os  célebres  {  ma<;ia, 

r»z..-.    -antijuailera-,   s>plos:    •  fU«;»'stiún  »  y    •  auto  -  suges- 

'tn»).— Sumario  i'l'l 

Laiiti'Iji)  XW'III.  —  i  ura-i     inoraK-.s     i, «  auto  -  sugestión » ;.  — 

Sumariit 1<X> 

CAl'ÍTt'ljí^  XXIX.  —  Gusanera    y    simpatía.  —  .S/zmar/o  419 

Capítulíi  XXX.       HeehietTÍa  y  demonios.  —  Sutnario.  434 

Capítii.o  XXXI.      Demonics  apariciones,    fantasmas,    etc. — 

Sufuano 409 

Catítl'!.»»  XX .\ II.  —  Maleficios:  •  ílai'io».  —  *S//;;/aní>  4S8 

CaI'Iti'U»  XXXIII.  —  Amplía'ie  la  materia  del  anterior.  —  Su- 

ft  506 

'"'"^  !':;-cinac¡ón  ó  mal  de  ojo.—  Sumario  .       541 

'  1     .1-4.  —  Sumario 553 

<'APlTru>  XXXVl.  —  TmnsformacioneH    de    hombres   en   ani- 

ri  i  o .'iSl 

I^üi                                    •"• —    í'itado'  m  estii  obra  02í) 

Tahlit  .¡es i).37 


ERRATAS  Y  CORRECCIONES. 


Página         Línea 


Dice 


I^se  : 


XII  .  . 

( . . . . 

11.. 

14.... 

30.. 

12  y  13 

62.. 

2 . . . . 

77. . 

12.... 

133.. 

32.... 

U6.. 

28.... 

193.. 

13.... 

196.. 

24.... 

207.. 

17.... 

208.. 

2y3.. 

224. . 

17.... 

230.. 

19.... 

233.. 

16.... 

257.. 

21  y  22 

273.. 

28.... 

275.. 

8.... 

275.. 

9.... 

276.. 

17.... 

306.. 

6y7.. 

468.. 

11.... 

547-. . 

Ilvl2 

en  orden 

Ayolas  de.spués 

otro,  etc. 

hicieran  las 

escuela 

nueva 

García 

machíes 

angosto 

Venezuela  y  de 

regalaban  una  vez 

achatado,  en 

Pero  se  habituaron  á 

mano  ] 

viéntete  o 

que 

que 

)2);^yen^ 

Tenían  una 

sarracenos.  Los  árabes 

luz 

curaciones  deben 


en  el  orden 

Ayohis,  después 

otro  etc. 

hicieran  entre  los  muslimes  las 

secuela 

mera 

Rocha 

inacJiks) 

angosto, 

Venezuela  y  horóscopos  de 

regalaban  los  Incas  una  vez 

achatado  en 

Se  habituaron  luego  á 

mano,  ^ 

bienteveo 

qué 

V 

(2),En 

Tenían  los  peruanos  una 

sarracenos  ;  bien  iiue  los  árabe*? 

arjua 

curaciones  que  despué.~i  <ie  t^te 

reconocimiento  .<e  aplicaren  :il 

enfermo,  deben 


icabóse  de  imprimir  este  libro  en  AloQitevideo, 

en  casa  de  Dornaleche  y  Reyes, 

á  O  del  mes  de  febrero  del 

ano  de  mil  ochocientos 

noventa  y  siete. 


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Píiiiimiii^l